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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 298 - ver ahora
Transcripción completa

Tiene razón, estaba mirando la agenda de su hijo.

¿Y puedo saber por qué?

Porque buscaba una información concreta que me interesa mucho.

Los datos de un contacto alemán, un mayorista.

Pues ya está preparado el próximo lote

con el cloro incluido para los alemanes.

Perfecto, comuníqueselo a don Ricardo

como si fuera una información confidencial.

Brindar con alcohol por un negocio

siempre da buena suerte.

Además, tengo un whisky que no te lo vas a creer.

¿Y qué tal si brindamos con ese licor

que guarda tu madre en el salón?

Voy a por él, ahora que nadie nos ve.

¿Por qué no me acompañas a Lourdes?

Mi madre quiere llevar a mi abuela allí

para tratarse el reuma

y me ha pedido que las acompañe.

Ah... Carlos, ¿tú vas a ir?

No, yo me tengo que quedar

aquí en Madrid por trabajo. -Ya.

Se cursó una orden de detención contra el cochero.

Y enseguida le localizamos; pero por alguna razón

aquel hombre estaba prevenido.

Cuando ha llegado la policía se ha resistido,

ha intentado huir, ha habido un tiroteo...

¿Ha muerto? -No, pero está malherido

en el hospital totalmente inconsciente

y no he podido hablar con él todavía.

¿Pero por qué un cochero querría matarnos a nosotras?

Es que no lo entiendo.

Eso es lo que tiene más preocupado al inspector,

porque parece no haber relación entre el cochero y nosotras.

Así piensa, Adela, Juan Morandeira.

Voy a cambiar, voy a ser un hombre nuevo,

tolerante, paciente, comprensivo.

Ahora son sólo palabras,

pero te juro que te voy a demostrar

con actos lo que te estoy diciendo.

La señorita Vinuesa ha hecho una tontería

y ahora está en el hospital.

Ha intentado quitarse la vida, Luis.

Yo creo que le he perdido, Francisca.

No digas eso, Blanca.

Se ha ido porque está enfadado, pero volverá seguro.

Prométame que va a ser cauta,

que va a luchar por su libertad.

Lo que ahora hay en juego no es un mundo más justo,

es su vida.

Siento rabia, rencor, y así es mejor que no hablemos.

Ni tampoco puedo compartir cama contigo.

¿Y a dónde vas a ir?

De momento, al despacho del hospital unos días.

Dormiré allí. Adiós, Blanca.

Inés. ¿Qué hace usted aquí?

Lo siento mucho, de verdad.

¿Sentir?

Supongo que eso es una broma.

Una broma de muy mal gusto, por cierto.

Lamento que se encuentre en esta situación por mi culpa.

Ya, eso debería haberlo pensado antes de denunciarme.

Póngase en mi situación, por favor.

Atentó contra la fábrica de mi familia,

hirieron gravemente a mi hermana y a Rodolfo.

Y Miguel, un buen amigo de la familia, murió

Ya lo sé. Todo eso ya lo sé. Y yo no quise que pasara.

Ya se lo expliqué a Cristóbal.

Creía y creo en la causa,

pero los métodos me sobrepasaron.

Y a mí también me sobrepasó la situación.

Pero no sabía que las consecuencias

iban a ser tan graves.

Pues no hace falta ser muy lista para saberlo.

¿O qué pensaba que la policía haría conmigo,

darme un cachete y decirme que no lo volviera a hacer?

Quieren matarme, pero usted ha acabado con mi vida.

Y le ha hecho un daño terrible a mi familia.

Cuando uno toma una decisión tiene sus consecuencias.

Las mías y también las suyas. ¡Yo no he matado a nadie!

Y ya me arrepentí.

¿Por qué tengo que pagar por esas muertes?

Participó en un atentado.

¿Y eso se merece que me condenen a muerte?

No, Dios quiera que no.

Dígame la verdad, señora Loygorri, ¿qué hace aquí?

¿Limpiar su conciencia para que Cristóbal la perdone?

Yo no necesito el perdón de nadie.

Pero tampoco me alegro de verla aquí encerrada.

¿Ah, no? ¿Y por qué ha empezado

esta conversación diciendo "lo siento"?

Cuando le conté a la policía

que usted era uno de esos anarquistas

sólo pretendía que se hiciera justicia.

Permítame que lo dude.

Yo estuve allí y pensé que mi hermana

y Rodolfo se iban a morir.

¿Ve como no es justicia?

Se trata de simple venganza.

Cuando uno colabora en un atentado

no puede pretender salir indemne con sólo pedir perdón.

¿Y ahora de qué se ríe? No, que se me ha pasado

por la cabeza el motivo verdadero de su denuncia.

¿Y cuál es ese motivo? Celos.

¿Pero qué dice?

Que tenía celos de mi relación con Cristóbal,

que me vio como una amenaza

y que me denunció para quitarme de en medio.

Se equivoca, yo no estoy celosa.

Sí, sí que lo está. ¿Y sabe lo mejor de todo?

Bueno, lo más triste según se mire...

que Cristóbal jamás significó nada para mí,

solamente un buen hombre que me ayudaba

y que intentaba entender mi causa.

Ha intentado alejarnos sin darse cuenta

de que ha sido usted misma

quien le ha alejado a él de su lado.

Eso no es así. Sí, sí lo es.

La ha sacado a patadas de su vida.

Y no sabe cuánto me alegro porque Cristóbal no se merece

estar al lado de una mujer tan rencorosa como usted.

Y ahora por favor márchese, no necesito su compasión.

¡Guardia, la señora Loygorri ya se va!

Ay, ¿cómo está la niña más bonita del mundo?

A ver mi princesa.

¡Huy, caramba! ¿Qué pasa?

Qué grande está. Ah, crece por momentos.

O no sé si es que el tiempo pasa más deprisa.

Un poco de las dos cosas supongo.

Me da pena no pasar más tiempo con ella y perderme cosas.

Pero bueno, tengo que trabajar, es así.

Si necesitas que Salvador y yo

te hagamos algún pago más, dínoslo.

No, bastante habéis hecho ya. No quiero abusar.

Adela, somos familia. Precisamente.

Tú trabajas, ¿no?

Pues yo también, y no pasa absolutamente nada.

Lo hago muy a gusto para darle a mi hija

lo que pueda necesitar.

Tienes que estar muy orgullosa de tu determinación.

Yo lo estoy de ti. Gracias.

Perdonen, señoras, estaba en la cocina

organizando las tareas del servicio para mañana.

¿Qué pasa mañana? Viene la tía Adolfina.

¿A visitarnos? Sí.

Nos llamó anoche para avisarnos

de que viene a la capital para hacer unas gestiones.

Se quedará unos días.

Su visita no me puede venir peor.

La tía siempre es un incordio.

Señora, que es su tía.

Y es muy buena y muy atenta.

Y una entrometida también.

Con la de hoteles que hay en Madrid

y se tiene que alojar aquí, en esta casa.

Si no trabajara yo la alojaría conmigo en casa.

Fue muy buena conmigo

y me ayudó muchísimo cuando nació Eugenia.

¡Mi trabajo!

Si la tía Adolfina se entera se muere de vergüenza.

Ahora me das la razón, ¿eh?

No, un momento, no puede ir al Ambigú bajo ningún concepto.

Y a mi casa tampoco a algunas horas,

porque no voy a estar.

No te preocupes, nosotras te cubriremos.

¿Y Merceditas?

Con ella es muy difícil guardar un secreto.

No se preocupe, señora, yo me encargaré

de que mantenga la boca cerrada.

Entre todas conseguiremos despistar a la tía Adolfina.

Claro, y siendo mi tía la que viene

pues me voy a tener que llevar a Eugenia al Ambigú.

No, no, de eso nada. Eugenia se queda aquí.

El bar no es un lugar adecuado para una cría.

No quiero darle más trabajo del que ya tiene, doña Rosalía.

Bueno, en realidad tampoco hay tanto que hacer.

Preparar la habitación de invitados

y repasar la casa de arriba a abajo.

No, no, no quiero abusar.

Ya sabe usted que soy muy perfeccionista

y quiero tenerlo todo impecable,

al gusto de su tía.

Pero me las apañaré bien.

Gracias por cuidar de Eugenia.

Y por guardarme el secreto también.

(RÍEN)

No tendrías que haber venido, con lo ocupada que estarás

preparando tu viaje a Lourdes.

Precisamente por eso quería pasar un rato contigo.

Ya te he dicho que no voy a poder ir.

No vengo a convencerte de nada.

Vengo a... a pedirte un favor.

¿Un favor? ¿Qué puedo hacer?

Como ya sabes me voy unos días fuera

y será la primera vez que Carlos se quede sólo

después de nuestro casamiento.

Y quería pedirte que cuidases de él.

¿Yo? -Sí.

Ah...

Bueno, claro, somos amigos.

Lo puedes llamar y puedes estar pendiente de él.

No sé, podéis ir a pasear.

Incluso merendar y cenar algún día.

Ay, ¿los dos solos? ¿Y qué dirá la gente?

La gente ya sabe de nuestra amistad,

no se va a extrañar.

Ah... bueno, está bien.

Ay, eres una amiga de verdad.

Es que ya se sabe, que no hay nada más peligroso

para un matrimonio que un marido aburrido.

¿Verdad? -Sí, sí, sí.

Ay, qué rabia que no puedas venir conmigo.

Tú aquí despachando y Carlos con tanto trabajo.

Os voy a echar tanto de menos.

Ay, y nosotros a ti.

Buenos días, Sofía.

¿Alguna novedad? -Pues mira, sí.

Ha venido la señora Ramírez y ha encargado un vestido

para el bautizo de su hija.

También he hecho los pedidos que me encargaste

y ha venido la modista para cobrar.

Todo eso ha pasado en la hora

que tú has estado en el médico.

Eso último no hacía falta que lo dijeses, querida.

Ay, perdona, Carolina,

es que no sabía que era algo tan privado.

Carolina, ¿qué le pasa?

Nada, la espalda, un poco de lumbago.

Ay, le traeré un frasco de agua bendita de Lourdes.

Literalmente hace milagros.

Muchas gracias.

Bueno, ya me marcho.

Que vaya bien. Adiós. -Buen viaje.

Adiós. -Os echaré de menos.

No se lo digas, pero esta amiga tuya me ha parecido

siempre un poco pánfila. ¿No crees?

No sé por qué dices eso.

Ah, estaba colocando toallas limpias,

pero enseguida termino.

No hace falta que corras, Merceditas.

Yo ya me he aseado temprano. -No, ya está.

Espera. -¡Ah!

¡No me pegue, se lo suplico, señor!

No pensaba hacerlo, sólo quería darte una cosa.

¿Un sopapo?

¿Qué? No, mujer, no...

Esto es para ti, Merceditas.

Cógelo, mujer.

Cógelo.

Y ábrelo, no tengas miedo, dentro no hay nada malo.

¿Y qué quiere que haga con este pañuelo, señor?

No sé, ¿qué es lo habitual?

Pues lavarlo y plancharlo. Pero este está sin estrenar.

No, no, creo que no me has entendido.

Ese pañuelo te lo puedes quedar.

¿Es para mí? -Sí.

Ah, no, no puedo aceptar un regalo así.

Porque es un regalo, ¿no?

Sí, sí, por supuesto que sí.

Y también son unas disculpas.

Lamento mucho mi comportamiento

contigo, Merceditas, de corazón.

Sólo espero que ese pañuelo te guste

y que con él podamos sellar la paz.

No tiene que disculparse por nada, señor.

Sí, sí, por supuesto que sí.

He sido cruel e injusto contigo.

Perdóname, por favor, Merceditas.

Yo estaba fuera de mis casillas.

Y asumo completamente mi responsabilidad al dejar

que esta enfermedad me poseyera

y me convirtiera en un hombre vil.

Pero te aseguro que eso

no va a volver a suceder, de verdad.

Es muy bonito el pañuelo y...

y qué tacto, ¿eh?

Se lo agradezco mucho.

Bueno, el regalo y las disculpas.

Ahora que me lo ha explicado todo así

lamento no haber entendido su comportamiento.

La enfermedad le llevó a esta situación y bueno...

Eh... gracias, Luis.

¿Desde cuándo llevas en la puerta?

Pues el tiempo suficiente para darme cuenta

del cambio de actitud por tu parte.

Con su permiso...

Me pediste que cambiara y eso es lo que estoy haciendo.

Me he dado cuenta de que tratando de herir

a los demás sólo he conseguido hacerme daño a mí mismo.

Eso es lo que hacías, Luis.

Me he ido aislando cada vez más.

Y quiero dejar de ser esa persona huraña y mezquina,

un hombre lleno de ira, rencor y amargura.

Me alegro porque tú no eras así.

Eras una gran persona,

y un gran amigo para mí.

He estado a punto de convertir esta casa en un erial.

Sólo quiero que me perdonéis todos.

Y quiero vivir en paz conmigo mismo y con vosotros.

Ah, y también haré lo que me sugeriste ayer,

visitar a Beatriz en el hospital.

Bien, pues tienes una conversación pendiente.

(SUSPIRA)

Mr. Green.

Oh, no, gracias.

De modo que no han podido hacerse con la agenda

del parlamentario Loygorri.

El parlamentario Loygorri, Rodolfo, es mi amigo, ¿sabe?

Hicimos todo lo que pudimos, pero nos resultó imposible.

Había muchísima gente. Por no hablar de doña Dolores.

Perro guardián donde los haya.

Robar esa agenda nos habría delatado o alertado a Rodolfo.

O sea, no lo han conseguido.

Tampoco hemos dicho eso.

Pudimos ver el contenido de la agenda.

Oh.

Bueno, no tenía muchas citas, lo cual me sorprendió.

Me resultaba raro para ser la agenda de un político.

¿Y puede recordar algunas de esas citas?

Sí, las más relevantes para nuestro cometido.

Apenas tuve unos segundos. -¿Y cuáles son?

Algunas con extranjeros y miembros del gobierno.

Mañana comerá con Luis Medinaceli

en el Hotel Ritz.

No, no es relevante.

¿Y por qué?

Porque es miembro del Partido Maurista.

Sí, pero podría ser de los que están presionando al rey.

No, lo hemos investigado hace tiempo

y no es muy activo en la política internacional.

¿Qué más recuerda, Diana?

Helmut Braun.

Con él quedará mañana.

Helmut Braun...

ya es otra cosa.

¿Sabe quién es?

Sí, y no es buena noticia.

¿Hay alguna noticia del hijo de los Lombard?

Aún no, pero su majestad y sus colaboradores

ya han empezado las investigaciones

y le aseguro que es el caso que más les preocupa.

Ojalá le encuentren. Les debo mucho a esa familia.

No se preocupe, enseguida que tengamos información

sobre su paradero se lo haré saber.

Gracias de nuevo. -No, gracias a usted.

Porque su aportación fue vital para la organización.

Ya le he dicho que para mí es un placer colaborar.

Fue mucho más que generosa. Gracias.

¿Quieren algo más?

No, no. Yo ya me iba.

Gracias por la invitación.

Adiós.

Preséntele mis respetos a sus hermanas,

en especial a doña Blanca.

Así lo haré.

Adiós. Adiós.

Yo estoy bien, Adela, gracias.

Pero hijo, qué buena planta tiene ese caballero.

Me gusta que hagas nuevas amistades.

Madre... -Que sí, que te sienta muy bien

hacer nuevos amigos, que aún me acuerdo

de aquellos tunantes. ¿Cómo eran?

El "Peli", el "Tallo", el "Chopo". Anda que...

No hay quien la entienda.

Hace dos días me acusaba de engreimiento.

¿Y ahora la está oyendo?

Hombre, hijo, ni tanto, ni tan calvo.

Es que ahora te codeas con el secretario de la reina.

Aunque yo no diría que somos amigos.

Tan sólo estoy colaborando en una causa,

la Oficina Pro-cautivos.

¿Pro-qué?

Pro-cautivos.

Verá, es una oficina que han instalado en palacio.

Y se encarga de ayudar a los familiares

que están buscando a los soldados desaparecidos.

¿Pero qué soldados desparecidos?

Si no estamos en guerra.

De los extranjeros, madre, de ambos bandos.

En esa oficina hay unas señoritas

que se encargan de leer las cartas de los familiares

que les están buscando.

Huy, qué duro para ellas, ¿no?,

leer todas esas cartas llenas de dolor.

O de esperanza.

No olvidemos que esas señoritas ponen en marcha

un proceso de búsqueda por las embajadas

aprovechando nuestra neutralidad.

Ah. Qué bien que estés

en algo así, Gabriel, es muy loable.

Si es que mi niño siempre ha tenido un gran corazón.

Pero ándate con ojo, hijo, que detrás de todo buen hombre

siempre hay alguna mujer dispuesta a aprovecharse.

¿A qué viene eso, madre?

No he querido decirte nada,

pero hay unas clientas del Ambigú

que sólo aparecen por aquí cuando saben que tú estás.

(RÍEN)

Bueno, vosotros reíros, pero a mí no me la dan,

que son todas unas busconas

y a estos ojos no se les escapa nada.

Bueno, Gabriel sabrá quitárselas de encima.

Eso sí, porque mi niño es muy listo.

Pero yo sólo lo digo porque me preocupo.

Hablando de preocupaciones, voy a llamar al hospital.

¿Le ha pasado algo a padre? -No, es por la chica esta

que intentó quitarse la vida aquí mismo.

-¿Quién?

Beatriz, la antigua institutriz de Elisa.

A saber qué o quién ha empujado a esa pobre niña

a hacer lo que hizo.

Pobrecilla...

¿Está usted hablando en serio?

-¿Un expediente con información comprometida sobre el rey?

-Sí, y con pruebas que la avalan sobre el rey

y muchos miembros del Gobierno.

-¿Y por qué los alemanes no la han usado ya?

-Brown es un hombre muy peligroso,

no es un espía como tal.

No es patriota.

Se vende al mejor postor y...

Nosotros esperábamos comprarlo,

pero es evidente que ha decidido vender esa documentación a otros.

-¿Y no pueden inutilizarlo?

Usted ya me entiende.

-No, es muy escurridizo.

Hay que quitarle ese expediente,

si cayese en malas manos... -En malas manos ya está.

-¿Pretende que robemos ese expediente

a todo un profesional? ¿Por qué no lo hacen sus hombres?

-Lo hemos intentado ya sin éxito.

-¿Y qué propone entonces?

-Si Brown está en España y se ha citado

con el parlamentario Loygorri,

es porque ha decidido venderle esa documentación.

-Conozco a Rodolfo y no aceptará.

-Con amenaza de hacer públicos esos documentos

podría ser que el rey y otros miembros del Parlamento

cambiasen su opinión y apoyasen

una entrada en la guerra al lado de los alemanes.

-Eso sería una tragedia. -Sí.

-Para mí país, pero sobre todo para el suyo.

-Rodolfo es un hombre íntegro y amante de la monarquía,

no comprará ese expediente. -Y también contiene detalles

comprometedores de miembros del Partido Maurista.

Eh, y Brown...

No, el silencio de Brown tiene un precio.

-Ah...

-Recuerde dónde iban a citarse.

-Creo que en el hotel París. -Es donde creemos que se aloja.

Y por eso le ha citado allí.

Es que no quiere pasearse por la ciudad

y que alguien le identifique.

-Tenemos que entrar en su habitación

y robarle esos documentos. -¿Cómo?

-Entrando sin que se dé cuenta.

-¿Cómo entraste en el despacho de Rodolfo?

-No estará doña Dolores. -No es un asunto para bromas.

-Creo que sé cómo puedo hacerlo.

-Ah... Explíquenos, la escuchamos.

-¿Tienes un plan?

-Por supuesto que lo tengo.

-Cojo el sombrero y nos vamos.

-¿Dónde quieres que vayamos?

-Pues a comer, que tengo un hambre...

-Ah, pues me alegra oírlo porque, justamente,

he traído una empanada, un poco de vino y fruta.

-Ah, pero yo pensé que íbamos a comer en un sitio más elegante.

-Aquí podemos estar un poco más tranquilos.

-¿Se puede saber qué haces? -¿Qué pasa? No hay nadie.

-Nos podría ver cualquier persona, ¿no ves que esto es una tienda?

-¿Y qué tal si echas el cerrojo y comemos en la trastienda?

-Bueno, está bien.

Pero solo porque tengo mucha hambre,

no me hace ni pizca de gracia esta idea.

Carolina podría sorprendernos en cualquier momento.

-No llega hasta las cinco.

-Bueno... -Bueno, ¿qué tal el día?

¿Has tenido mucho trabajo aquí?

-Algunos encargos de la boda de los López de Saavedra.

-¿Se va a casar la Srta. Beatriz? -Sí, ¿no lo sabías?

-No, no tenía ni idea.

-Oye, ¿y Sofía se ha ido ya a Lourdes?

-Sí, la acompañé esta misma mañana a la estación.

-Ah, ¿y cuándo llegará?

¡Carlos! -¿Por qué seguir disimulando?

¿Eh? ¿Por qué no nos vemos esta noche?

-Ah... ¿Esta noche?

-A ver, a lo que me refería es que, a lo mejor,

cuando tú echases el cierre de la tienda,

pues te podía acompañar dando un paseo a tu casa,

así no vas sola por la calle. -Ya...

Bueno, me parece buena idea.

Además, Sofía me dijo que cuidara de ti,

tiene miedo de que estés solo.

(RÍEN) -Y no sé si podría faltar

a la palabra de mi mejor amiga.

-No, claro, no, yo estoy completamente de acuerdo.

-Ajá, pues entonces no hay más que hablar.

No quiero que se enfade conmigo. -No, ni yo.

Ni yo, por nada del mundo quisiera tener la culpa de ese enfado.

-¿Entonces dónde me vas a llevar? ¿A un sitio caro y elegante?

-¿Qué te parece si te llevo a un tablao flamenco?

El de Cuatro Caminos. -¿A un tablao, Carlos?

¿A ese antro y en las afueras?

Voy a tener que faltar a mi palabra con Sofía.

¿No ves que soy una señorita y no me puedes llevar a esos lugares?

-¿Qué más quisiera que llevarte a cenar a un sitio caro,

a la ópera, pero...?

¿Qué diría la gente? -Que vas con una amiga.

-No, eso ya daría que hablar.

Además, no podría tener ni un gesto cariñoso contigo.

-Ya. Y me llevas a un tablao para ocultarme

como si fuera una vulgar amante.

-Elisa, allí podremos darnos la mano

sin tener que disimular. Además, ¿qué más da el sitio?

Lo importante es que estaremos juntos.

Nos podremos besar sin temor a que nos reconozcan.

-Está bien, pero no me recojas en la tienda,

Carolina podría sospechar. -¿Te recojo en tu casa?

-Sí, sobre las ocho, quiero que me dé tiempo a cambiarme.

-Muy bien. (RÍE)

(Se oyen pasos acercándose)

(LLAMA A LA PUERTA)

¿Tiene fiebre? No.

Está bastante estable.

Bueno, me alegra oír eso.

Hoy todos los pacientes evolucionan favorablemente.

Vengo de ver al cochero y también estaba estable.

Aún sigue con la morfina, a ver cuando se la quitemos.

Te iba a pedirte eso, si no hay cambios en su estado, retírasela.

La Policía quiere hablar con él

y necesita estar despierto. Está bien, lo haré.

Señorita...

-¿Dónde estoy? -Tranquila.

Está en el hospital, está bien.

-¿Usted...? Yo la recuerdo.

-Sí, y la ayudé.

-Usted me salvó.

Beatriz, ¿cómo se encuentra?

Ay... No me mire, doctor,

siento tanta vergüenza...

Ahora lo importante es que se recupere.

Ya hablaremos más adelante de lo que ocurrió con más calma.

Estoy tan arrepentida de lo que hice...

-Lo celebro. Quitarse la vida nunca es una solución.

-Me dejé llevar por la angustia del momento.

Se me nubló el entendimiento, pero yo no soy así, se lo juro.

A veces, el sufrimiento puede hacernos desvariar.

Lo bueno es reconocerlo y afrontarlo.

Tiene razón, doctor. Y más en su estado, ¿eh?

Debería haber pensado más en alguien que en usted, ¿no?

¿A qué se refiere?

¿No sabe de lo que estoy hablando?

No.

Marina, ¿te importaría dejarnos solos, por favor?

Sí.

-¿Hay algo más? ¿Una enfermedad grave?

No, no, su estado de salud es bueno y se va a recuperar,

por el que temo es por su hijo.

¿Qué hijo?

Beatriz, usted está embarazada.

Ah, siento haberte hecho esperar,

cerraba una cita importante para mañana.

No pasa nada.

Pareces preocupada, Blanca, ¿está todo bien?

Sí, está todo bien.

Lo mejor será que nos pongamos en marcha

para ir al almuerzo de los Medinaceli

Blanca...

¿Has estado llorando?

Blanca, ¿cuéntame qué ha pasado?

Recuerda que en mí también tienes un amigo.

Me encuentro muy mal, Rodolfo.

No es por la enfermedad,

no ha vuelto la enfermedad, ¿verdad?

No, no, no te preocupes.

Me siento muy mal por haberos hecho tanto daño a todos.

¿Pero por qué dices eso, Blanca?

No, no... Blanca, tú eres muy buena persona.

¿Precisamente tú puedes decir eso de mí?

Pues claro que lo digo de ti.

El daño que me pudiste hacer no fue a propósito.

Uno no es dueño de su corazón. Sí.

Yo también te herí muchas veces.

A todo el mundo le doy motivos para estar a disgusto conmigo,

mira tu madre. ¿Mi madre?

Está a disgusto con todo el mundo constantemente.

No sé qué ha pasado, pero seguro que no fue culpa tuya.

No creo que tu hermano piense igual.

¿Es Cristóbal quien te hace sentir así?

Tiene sus motivos.

Me cuesta pensar en alguno.

¿Pero por qué? ¿Qué te ha dicho exactamente?

No me dice nada.

Nunca lo hace.

Solo hablamos para discutir.

Esta noche ha dormido en el hospital,

ni siquiera ha pasado por casa.

Vaya, lo siento.

Si puedo hacer algo...

Rodolfo, sé que es pedirte demasiado, pero...

Mira, vamos a hacer una cosa:

No vengas, ¿eh?

¿De verdad?

De verdad.

Me ha costado entenderlo, pero ahora sé que

el amor consiste en respetar la libertad del otro

y en anteponer su felicidad a la propia.

Y luego dices que la buena soy yo. (RÍE)

Te excusaré ante los Medinaceli.

Sé que es una reunión muy importante para ti.

Bueno, pero no te haré sufrir la verborrea infernal

de algún miembro de esa familia,

no estando así de mal, desde luego.

Gracias.

Muchas gracias, Rodolfo.

¿Qué va a pasar ahora, doctor?

Haré lo que esté en mi mano para que el embarazo

llegue a buen término, pero no puedo hacer milagros.

El láudano puede haberle afectado. Y, en ese caso, ¿qué...?

¿Qué le pasaría?

Es difícil predecirlo, ahora lo importante

es que usted se recupere. ¿Y me recuperaré con el reposo?

Esperamos que sí.

Doctor, haga todo lo que sea para ayudar a mi niño,

le juro que no sabía nada. Lo sé, lo sé, tranquila, Beatriz.

Voy a hacer todo lo posible

para que ese niño nazca sano, ¿de acuerdo?

¿Se puede?

¿Llego en mal momento? No, en absoluto.

Adelante. Beatriz, seguiremos hablando.

Ahora descanse.

Luis, trate de no alterarla demasiado, ¿eh?

Necesita reposo. Descuide.

He venido a ver cómo estabas

después de... -¡Pues ya lo ves!

Estoy viva.

-¿Por qué lo hiciste, Beatriz? -¿Y tú me lo preguntas?

-Por mí, claro.

-Me hiciste sentir tan insignificante, Luis.

-Lo sé,

por eso estoy aquí, para pedirte perdón.

-Eso no es suficiente.

-He sido un monstruo contigo.

Reconozco que te usé porque me sentía

muy solo y desgraciado.

Abusé de ti.

Fui cruel

y malvado.

Y, cuando llegó Francisca, me di cuenta de que lo único

que quería era recuperar a mi esposa

y de que me había portado mal con todo el mundo.

Perdóname. Perdóname, te lo ruego.

Tenía que salvar mi matrimonio

y pensé que, alejándote de esa manera,

lo conseguiría, sin pensar en las consecuencias

que eso tendría para ti.

Ya sé que no es excusa, pero...

Pero lo hice por ella y por nuestro hijo.

-¡Basta!

No quiero oír nada más.

Entiendo tu arrepentimiento y acepto tus disculpas.

-¿Las aceptas así, sin más? -¿Y qué más quieres que haga?

Solo quiero olvidarme de todo lo que hubo entre nosotros

y seguir adelante con mi vida.

-Muy bien.

Te lo agradezco.

Cualquier cosa que necesites... -No necesito nada,

aquí estoy perfectamente atendida.

-¿Eso quiere decir que estás mejor?

-Estoy perfectamente.

Gracias.

-Me alegro de oírlo.

-Buenas tardes, don Ricardo. -¿Mi sobrina está en su oficina?

-No, ni ella ni el Sr. Montaner están en la fábrica.

-¿Han salido ya a comer? -Se fueron hace una hora

de correprisas y me dijeron que no sabían si volverían hoy.

-¿No ha oído dónde iban? -No, no, señor, no me lo dijeron.

-Podría haberlo preguntado usted.

-Yo sé lo que acordamos, pero no me parece oportuno

andar preguntando a los patrones dónde van y vienen.

Es un asunto que no me incumbe. -Pero a mí sí.

¿Ha olvidado ya quién es el patrón ahora?

-Bueno, yo le informo de cada envío que sale de la fábrica.

-Quizá eso me interese más que los envíos.

-Pero he de andarme con ojo para que no sospechen,

más ahora que andan suspicaces desde que trabajan para Alemania.

Si sospecha alguno que ando haciendo preguntas

que nunca hice, me descubrirán. -Está bien.

Usted sabrá lo que hace, para eso lleva toda la vida aquí.

Pero busque la forma de enterarse

adónde fueron con tanta prisa y con quién se vieron.

Y cuando lo sepa, me llama. -Sí, señor.

-Quiero que me informe de todo lo que hacen o dejan de hacer.

-Lo haré. Don Ricardo, le recuerdo que me prometió

que compensaría generosamente mi colaboración.

(RÍE) Y así será, cuando me dé algo de peso, ¿eh?

-Ah, entonces descuide que lo tendrá.

-Hasta pronto.

Siento no haber podido venir antes.

Además de los pacientes de oncología,

me han surgido unos casos que quería supervisar.

Demasiado hace ya usted por mí,

como para pretender que esté aquí a todas horas.

Bueno, ya sabe que la culpabilidad me acompaña.

Pues quítesela, porque usted no es el culpable.

¿Ha conseguido hablar con mis padres?

Fui a verlos, tal y como me pidió.

No me lo diga,

no quieren saber nada de su hija, la criminal.

Hablé con ellos, Inés.

Les dije que usted estaba arrepentida,

que desconocía lo que planeaban sus amigos en la fábrica,

que no tuvo nada que ver con los disparos

ni con las muertes que hubo, pero...

Pero no le creyeron. Si le soy sincero,

no sé si me creyeron o no;

lo que me quedó claro es que están muy dolidos.

Sí, y decepcionados.

Siempre lo han estado conmigo.

Siento como que están superados por la situación.

Está usted en todos los periódicos, Inés,

la sociedad la señala y la condena.

Y a mis padres siempre

les ha importado demasiado el qué dirán.

Bueno, esta vez es comprensible, ¿no cree?

Lo que temo es que el juez

no sea indiferente a la opinión pública, Inés.

Ya, supongo.

Gracias, Cristóbal.

Le estoy muy agradecida por lo que ha hecho por mí.

Siento no haberles convencido para que la ayudasen.

Pero aquí no acaban las noticias.

Que tampoco pintan muy halagüeñas.

He hablado con su abogado.

¿Y bien?

La fiscalía le ha dicho que van a pedir la pena máxima.

¿Van a matarme?

Lo siento.

Pero también le han dicho que hay una posibilidad

de que la condena sea reducida a la reclusión.

Pero para eso, usted tiene que hacer algo.

Ya me lo imagino. No quiero oírlo. Piénselo.

No daré nombres. No pienso traicionar a nadie.

Usted confesó que no sabía lo que iba a pasar en la fábrica.

¿No se da cuenta de que está protegiendo

a esos criminales con su propia vida?

Sí, pero yo no soy una chivata.

Está bien. El abogado habló

también de llegar a un punto intermedio.

¿Cuál? Usted debería comparecer

ante el juez y la prensa.

Tiene que pedir perdón por los hechos

y renunciar a sus ideas.

Al ser mujer y pertenecer a una familia de buena posición...

Jamás haré eso. ¿No se da cuenta

que es la única manera de que se libre?

La han condenado a muerte.

¿A cambio de repudiar todo aquello

en lo que creo? Por favor, recapacite.

Mienta al juez y siga pensando lo que quiera.

Pero eso me convertiría en la cosa que más odio,

una hipócrita. Solo tiene que mentirle.

Solo tiene que decirle a ese juez

lo que quiere escuchar. No insista.

No viviré en la mentira. Yo no soy así.

De verdad, admiro su determinación,

pero solo le llevará... Señor Loygorri, tengo ideales.

Y estoy más que dispuesta a servirles con fidelidad

hasta el final. No le mentiré.

Me aterra ser una mártir.

Pero prefiero ser eso, a una traidora.

¿Me va a decir de qué se trata o tengo que esperar más rato?

-Es embarazoso para mí, Celia.

-Quizás, si se lo saca rápido, será mejor para todos.

-Está bien. Allá voy.

Dentro de un par de días, el pretendiente

de mi hermana Elena va a pedir su mano.

-Felicidades. Una boda en la familia

es un gran acontecimiento.

Entonces, ¿a qué viene esa cara?

¿Es que su hermana no ama a su prometido?

-No, no. Están muy enamorados. -¿Entonces?

-Como se trata, como usted bien ha dicho,

de un gran acontecimiento familiar,

mi madre se ha encargado de decir a todos

que iré con mi encantadora novia. -¿Yo?

-Lamento mucho meterla en este embrollo.

Siempre puedo decir que estaba indispuesta.

-Iré. -O que tenía cosas que hacer.

-Velasco, ¿no me ha oído?

He dicho que iré. -¿Vendrá?

-Sí, claro. Después de todo lo que ha hecho

por mí, es lo mínimo que puedo hacer.

Estaré encantada de acompañarle.

-No quiero ponerla en una situación difícil.

-Sus padres son encantadores.

Siempre me hacen sentir cómoda.

-Sí. Usted también les cayó bien.

Hablan maravillas de Celia Silva.

Mi madre no para de decir que no puedo dejarla escapar,

que he tenido mucha suerte.

No se imaginan cuanta. -Gracias.

El aprecio es mutuo. -Lo que está claro,

es que mi madre es muy corta de vista al pensar

que usted y yo estamos enamorados. Pobrecilla, si supiera la verdad.

-Mucho me temo que su madre no es

la única que desconoce la verdad. -¿Por qué dice eso?

-Nunca me ha contado si ha estado enamorado.

-Eh... Bueno, alguna vez.

Aunque muy pocas he sido correspondido.

Ya sabe lo difícil que es encontrar a alguien

en nuestra situación. -Lo sé.

-¿Le confieso algo? -Por favor.

-La primera vez que me enamoré, fue de mi primo Abel.

-¿De su primo? -Como lo oye.

Mis padres me enviaron un verano al pueblo,

a casa de mi abuela Carmen y allí coincidí con mi primo Abel.

Era tan guapo...

-¿Y él fue uno de los que sí le correspondió?

-Compartimos algo más que juegos. Sí.

Fue la primera vez que sentí que era feliz.

El amor por Abel me hizo...

me hizo sentir fuerte.

-Qué bonito. -Lo fue.

Hasta que mi abuela nos descubrió en el desván.

Y... ya se puede imaginar el resto de la historia.

-Lo lamento.

¿Y no ha vuelto a verle?

-Tras la paliza que nos dio mi abuela,

mi primo cambió de parecer.

El Abel con el que he coincidido después,

no tiene nada que ver con el de aquel verano.

Y yo sé que, en el fondo, es como yo.

Pero se esconde tras capas de desprecio a los homosexuales.

Y yo tengo que fingir lo mismo,

si no quiero que se sepa la verdad.

-Encontrará a alguien que le vuelva a hacer sentir.

-Sinceramente, ya me da igual.

No espero nada del amor.

(Suena el teléfono)

Inspector Velasco al habla. Dígame.

Bien. Enseguida voy. Gracias.

Debemos ir de inmediato al hospital.

Bueno, pues la habitación de invitados ya está lista.

Esta vez, creo que doña Adolfina no va a tener ninguna queja.

-¿Estás segura o, simplemente, lo crees?

-Bueno, si quiere, vuelvo a pasarle el plumero,

pero ya lo he pasado cuatro veces. -No. Déjalo.

Mañana habrá que volver a hacerlo. -¿Otra vez?

-¿Qué quieres? La tía Adolfina no llega hasta mañana.

Y para entonces, alguna mota de polvo puede haber caído

sobre el aparador o sobre alguna lámpara.

-¿Y no va a subir a mirar que todo está correctamente?

El embozo de la cama en su justa medida,

las cortinas perfectamente planchadas.

-No, no, no. Me fío de ti.

-¿Qué?

¿En serio? ¡Ay, doña Rosalía! No sabe usted lo feliz

que me hace fiándose por fin de mí.

¿Se encuentra usted bien?

-¿Por qué dices eso? -Porque algo le pasa

cuando se fía tan ciegamente de mí.

Y lo que más me escama, que no va a subir a comprobarlo.

A ver. ¿Qué le sucede?

-Nada, mujer. Nada. Ay.

No hay quien te entienda. Para una vez que no ando

tras de ti fijándome en lo que haces, lo echas de menos.

-Ah, no, no. No lo echo de menos.

(Llaman a la puerta) Pero es que la noto un poco rara.

Ah. Buenas noches, don Benjamín.

Vaya. Llega usted en el momento adecuado.

A ver si usted da con lo que le pasa a doña Rosalía,

porque pasar, le pasa algo.

-¿Por qué tiene ese gesto tan serio?

-¿Qué hace usted aquí? -He venido a verla

y a invitarle a una horchata cuando acabe de trabajar.

-Una horchata. Ya imagino de dónde

habrá salido el dinero para pagarla.

-De mi trabajo.

-¿De qué trabajo?

No quiero saber nada más de usted.

Lo nuestro, fuera lo que fuera,

termina en este mismo momento.

-¿Se puede saber a qué viene todo esto?

-¿Cómo pude estar tan ciega?

¡Salga de aquí inmediatamente!

-Pero... ¿así, sin ninguna explicación, Rosalía?

-Ni Rosalía ni nada. No tiene usted conciencia

ni memoria. Fuera de aquí.

-Rosalía, por favor. ¿Qué...?

-Fuera.

-Pero a mí sí que me lo va a explicar, ¿verdad?

Porque me ha dejado muerta.

-Merceditas, he sufrido la mayor decepción con este hombre.

-¿Pero qué ha pasado?

¿Acaso usted le ha sorprendido con otra mujer? ¿Es eso?

-Esta mañana me he enterado

de que engaña a Diana y a don Salvador.

Benjamín trabaja para don Ricardo.

(SUSPIRA)

Teníamos que haber entrado en la habitación de Brown

cuando te lo dije. -La camarera cambiaba las sábanas.

-Era la ocasión perfecta. Tú podrías haberla entretenido

con tu maravillosa sonrisa, mientras yo me colaba.

-No me dio tiempo. Brown regresó enseguida.

El flirteo, aunque sea con una camarera, llega su tiempo.

-De nada sirve ya lamentarse.

-Tampoco tu plan era maravilloso.

Esperar a que saliese para colarnos

en la habitación. -Sencillo, pero eficaz.

-Hubiese funcionado, pero regresó enseguida

y no salió en toda la tarde.

Para ser espía, ese hombre tiene una vida un poco aburrida.

-Está claro que no quiere dejarse ver.

-Obvio. Es un espía.

-El asunto es que no tenemos el dichoso expediente.

-Sí. Eso ya lo sé.

-Claro. Cómo no se me había ocurrido antes.

-¿El qué? -Entramos en su habitación mañana,

mientras almuerza con Rodolfo. Tendremos un par de horas.

-¿Y si lleva el expediente encima?

Si es como Green cree y se lo quiere vender a Rodolfo,

le querrá enseñar toda la mercancía.

-Esos documentos son demasiado valiosos

como para pasearlos por la ciudad.

-Si los va a vender, tiene que llevarlos encima.

Por eso, vio Green que lo mejor sería robárselo cuando antes.

-Se lo robaremos en la calle. -¿Qué?

-Nos acercamos y se lo quitamos. -Perfecto.

¿Y cómo piensas hacer tal cosa?

Ahora no solo eres espía, sino que eres una carterista.

¿Qué es lo siguiente? ¿Estafadora? No. Asesina a sueldo.

-Nuestra misión es robar ese expediente.

-Una cosa es entrar en una habitación de hotel

y otra, robar en la calle a cara descubierta.

-No será difícil. Nos acercamos sigilosamente y se lo quitamos.

-Cariño, has perdido el juicio.

¿Has pensado en las consecuencias si te pillan?

-Si nos coge la policía, Green podrá sacarnos de la cárcel.

-No me preocupa la policía. Me preocupa Brown.

Si nos descubre, nos matará.

Lo mejor será que nos olvidemos de este asunto.

-¿Qué quieres decir? -Le decimos a Green

que lo hemos intentado, pero que hemos fracasado.

-La palabra fracaso no va conmigo.

Somos las únicas personas con las que cuentan para la misión.

-Esta guerra no depende ni de nosotros

ni de ese expediente. -Quizás sí.

Pero no te preocupes. No pasa nada.

Si no quieres hacerlo, no lo hagas.

Lo haré yo sola. -No. Cariño...

(SUSPIRA)

Pero, Leticia, ¿qué haces aquí? Soy tu casera.

¿Te lo tengo que recordar? No.

Pero, igualmente, no son horas.

Espero no haber despertado a la niña.

Qué tranquilita está. Y cuánta paz cuando duerme.

Deja a la niña y dime a qué has venido, por favor.

No eres muy cortés con las visitas que digamos.

Entre tú y yo no hay cortesía que valga,

dado el poco aprecio que nos tenemos.

Es pronto para cobrar el dinero de la semana.

A no ser que quieras cobrar al día, como un hotel.

No vine por el dinero. Los pagos seguirán siendo

en domingo, que es el último día

de la semana. Entonces, ¿qué quieres?

Te parece un poco extraña mi petición,

pero necesito tu ayuda. No sé en qué te puedo ayudar yo.

Necesito un techo y había pensado

que podría quedarme aquí. Ah.

¿Esto es una broma de mal gusto?

No. Es un favor, como ya te he dicho.

¿Pero cómo se puede tener tal desfachatez?

Para mí, tampoco ha sido fácil pedírtelo,

pero no me ha quedado otra opción. ¿Pero aquí por qué?

Como sabes, estoy comprometida con un viudo, don Severiano.

El que te sirvió de coartada. El mismo.

Y me imagino los motivos por los que estás con él.

Es rico, sí. Pero nos queremos. Ya.

El caso es que sus hijos no aprueban nuestra relación

y han amenazado con perjudicarme, si no abandono la ciudad.

Cosa que tú no piensas hacer.

Me esconderé aquí. Será solo un par de días.

Pero mira, ¿por qué no te alojas

en un hotel con un nombre falso?

En un hotel, me buscarían. Pero aquí...

No entiendo por qué me pides esto a mí, Leticia.

No lo entiendo. Porque puedo obligarte.

Si no, te subiré tanto los pagos,

que tendrás que abandonar tu casa.

Así que, ¿quieres ayudarme por las buenas o por las malas?

Cuando me enteré de la noticia, les llamé inmediatamente.

¿Y cómo ha muerto? Nos dijeron que hoy

podríamos interrogarle. Su muerte fue una sorpresa

para todos, Celia. Esta mañana presentaba

una situación favorable.

Incluso me planteé retirarle la morfina.

¿Y cómo ha podido darle un infarto?

Eso no te lo puedo decir,

hasta que no se le practique la autopsia.

Pudo ser debido a una cardiopatía, pero es una posibilidad.

Inspector.

Eh... Sea como fuera, la muerte del sospechoso

deja la investigación a medias.

¿No estaban seguros de que era el asesino?

Sí, sí. Todo lo señalaba y su reacción cuando

fuimos a detenerlo, lo corrobora. ¿Entonces?

Muchas preguntas que se quedan sin respuesta.

-Aunque, sin duda, los familiares de las víctimas lo celebrarán.

El asesino ha muerto.

No es necesario matar para hacer justicia, ¿no cree?

Eso dígaselo a esos familiares.

En fin. Jamás sabremos muchas cosas

sobre el Asesino del Talión.

-Como por qué quería matarnos a nosotras

y por qué mató a Germán.

Al parecer, las cosas con Cristóbal no van bien.

Han discutido. De hecho, creo que debería ir

a hablar con Cristóbal. -Ni se te ocurra.

Si hablas con él ahora y te metes en medio,

lo único que harás, es unirlos más.

Tú espera agazapado, de momento.

-¿Y desaprovechar esta oportunidad cruzado de brazos?

-Confía en mí. La relación entre ambos tiene que estar

muy mal para que Blanca se haya sincerado contigo.

Seguro que está a punto de saltar por los aires.

-¿Ha salido ya mi sentencia?

Supongo que ese silencio no significa nada bueno.

-Diana vio en la agenda de Rodolfo que va a reunirse

con él en el vestíbulo del hotel París.

-Estoy segura de que en esa cita el señor Brown

va a intentar venderle el expediente a Rodolfo.

Con lo cual, los llevará encima.

-Una vez pase a manos de Rodolfo, todo estará perdido.

-Por eso, tenemos que robárselo antes de que se encuentren.

Entretendré a Rodolfo para que llegue tarde.

-Y yo aprovecharé para acercarme a Brown

y quitárselo sin que se dé cuenta.

-El señor Brown no llegó donde está,

dejándose engañar por dos principiantes.

-Te aficionas mucho a enterrar maridos.

Y en la flor de la vida. Te llamarán la Viuda Negra.

-A esa mujer la agarraba por los pelos

y le decía cuatro cosas. Ganas no me faltan.

Pero amenaza con echarme. Pero será mala persona.

Lo peor de todo, es oírla hablar de su relación con el tal Sevi.

Lo único que lo quiere, es por su dinero.

Entonces, utilícelo en su contra.

Amenácela con contarle a los hijos

que está con su padre por su dinero.

-He hablado con muchos vecinos y compañeros de trabajo

del cochero y todos hablaban de que había tenido relación

con una tal Milagros Sánchez. -¿La del anuncio?

-Sí. Pero nadie sabía dónde vivía.

Solo sabían su nombre y que era partera.

No la teníamos fichada en la policía.

Cuando abrí el periódico y vi el anuncio,

dije: "Velasco, eres un hombre con suerte".

-Y tanto que lo es. Si ella era la novia,

podría darnos detalles sobre el asesino.

-Llevo tanto tiempo intentando separar a Luis de Francisca,

intentando que se olvide de esa obsesión que siente

por ella, que ahora, por fin he encontrado

la manera de conseguirlo. -Cuidado con lo que desea.

A veces, obtenerlo solo le trae

a uno desgracias. Sé de lo que me hablo.

-No tiene sentido que me aparte del caso,

justo cuando va a interrogar a alguien que podría saber

la relación que tenía Juan Morandeira con nosotras.

¿Has dicho Juan Morandeira? Sí.

Ese es el nombre del asesino.

¿Por qué te extrañas? Juraría que oí su nombre antes,

pero no sé ni dónde ni cuándo.

¿Estás segura? Si supiéramos la relación de ese cochero

con nosotras, habríamos resuelto el caso.

-He pensado en llevarte esta noche a una verbena,

en la ribera del Manzanares. -Huy.

¿A un lugar así, a una señorita como yo?

Dicen que por esos sitios hay bandoleros con trabucos.

-Estoy dispuesto a correr ese riesgo,

con tal de estar contigo. -Me encanta el peligro.

-Más le vale no cruzarse en mi camino,

o aténgase a las consecuencias. -Tal vez, es usted quien

debería atenerse a ellas, ¿no? ¿O es que no recuerda

cómo perdió el ojo? (GRITA)

-¿Qué es este comportamiento? (GRITA) ¡Ay!

¿Francisca, estás bien? -¡Apártese de ella!

¿Qué pasa, Francisca? Algo no va bien.

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Seis Hermanas - Capítulo 298

29 jun 2016

Las hermanas Silva son el alma de las principales fiestas de la alta sociedad madrileña de la época, en el Madrid de 1920.

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