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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 295 - ver ahora
Transcripción completa

(GRITA) ¡Germán!

¡Germán!

(LLORA) ¡No, Germán, no, no, por favor!

¡No...!

¿Quién cree que podría querer hacerles daño

a usted o a su marido? Para mí hay dos sospechosas claras:

Carolina y Leticia.

Estas son sus huellas digitales.

-¿Y para qué sirven? Además de para mancharme los dedos.

-Cada persona tiene una huella diferente,

quiero comparar las suyas

con una encontrada donde mataron a Germán.

-Yo no sé nada de los negocios de mi padre.

-Bueno, pero quizás has oído alguna conversación telefónica,

has visto alguna carta, algún visitante extraño...

-El único extraño ha sido Carlos porque quería hacer negocios

con él por la fábrica de Núremberg de Carlos de municiones.

-Me gustaría saber más sobre ese negocio.

-¿Qué tipo de cuestiones le interesan?

-Métodos de fabricación, fechas de entrega, de salida,

rutas, riesgos... Ahora soy socio de la fábrica

de Núremberg y, gracias a eso, sé que, cuando llega el cloro,

tardan unas dos semanas en hacer los cilindros.

-Pasado ese tiempo, cuando estén listos,

los enviarán a un almacén en Stuttgart.

Si son interceptados en ese itinerario,

nadie relacionará el ataque con nosotros.

-Creo que puede funcionar. -Dígame, ¿puede confirmar

la historia de su hija? ¿Estuvo con ella toda la tarde?

-Sí.

Estuve con ella.

-Me encontraba muy mal

y no sabía qué hacer conmigo ni con mi dolor,

así que me encerré en casa

e hice lo que hago siempre que me encuentro así: tomar opio.

Srta. Villamagna, espero que se encuentre mejor

de sus dolencias en el oído.

¿A qué se refiere?

¿No tiene otitis? No, jamás he padecido de eso.

-He comparado la huella que encontramos

junto al cadáver de don Germán con la que sacamos de Leticia

y, aunque no es definitivo porque es una huella parcial,

sí puede ser la asesina.

-Comete un grave error.

La sangre de las víctimas caerá sobre su conciencia.

La mentira afecta a la relación. Lo sé.

Pero Inés sí que ha sido mi paciente,

no por una otitis, sino por una herida de bala

que tuve que curarle en secreto. ¿Y por qué?

Pertenecía al grupo anarquista que atentó en la fábrica.

Por favor, Blanca, prométeme que guardarás el secreto.

No sé si puedo hacer algo así. Te lo estoy pidiendo por favor.

Tienen que hacerse con su agenda para que sigamos su movimiento

y también para descubrir a quién está ayudando.

-Rodolfo no es una persona descuidada,

es inteligente y muy organizado.

(Sintonía)

Inés.

¡Blanca!

Ah, me alegro de verla. ¿Qué tal está?

Bien, ¿y usted?

Bien. Estaba esperando a una amiga, pero parece que se retrasa.

Ayer no tuvimos tiempo de despedirnos en el Club Social.

Una verdadera pena, sí.

¿Le sucede algo?

Me preguntaba cuáles serían sus verdaderos motivos

al acudir ayer al acto maurista después de lo que hizo.

¿A qué se refiere?

Lo sabe perfectamente.

¿Por qué, Inés?

Me gustaría poder entenderla de verdad.

Es que, de verdad, no sé qué quiere decir.

No se haga la tonta conmigo, por favor.

Sé que atentó contra todos nosotros en la fábrica de mi familia.

Sé que es cierto que es uno de los terroristas.

No es cierto y desconozco de dónde ha sacado esa patraña.

¿Llama mentiroso a la persona que le ha salvado la vida?

¿Cristóbal se lo ha contado?

Sí, por favor, deje de negarlo de una vez.

¿Cómo puede estar tan tranquila después de lo que hizo?

Saludarnos como si nada, acudir al acto maurista...

Vale, sí, soy anarquista y participé en el atentado,

pero no maté a nadie. Mis manos están limpias,

cosa que no podría decir su marido que está empeñado

en meternos en esta guerra. ¿Lo reconoce?

Sí, mis motivos eran de peso, pero una señorita como usted

jamás podría comprenderlos.

Usted también es una señorita

y de mejor familia, así que no me venga con esas.

He de irme. ¿No estaba esperando a una amiga

o esa es otra de sus mentiras?

¿Desea algo más, Sra. Loygorri?

Si piensa que dejaré esto así se equivoca.

Iré a la Policía y la voy a denunciar.

¿Sería capaz cuando fue su amante quien me curó?

Las personas como usted tienen que estar encerradas

en la cárcel para no atentar más contra gente de bien.

¿Gente de bien? Creo que tiene una visión escueta de la vida.

Ilústreme. No es algo que pueda comprender.

Si quiere denunciarme, denúncieme.

Claro que lo haré, no tenga dudas.

La cuestión será después ver cómo Cristóbal

le explica a la Policía por qué me curó y no me denunció,

o qué hace compartiendo casa con usted.

Imagino que para una dama de la reina,

un escándalo así sería terrible, ¿no?

¿O me equivoco? Ilústreme.

Como ya ve, Sra. Loygorri, no se trata solo de mí,

sino también de Cristóbal y de usted misma,

así que mejor piénseselo.

Buenos días, Sra. Loygorri.

-¿No me estarás esperando?

Todavía tardaré un rato en bajar a desayunar.

-¿También vas a evitarme ahora?

-Simplemente me parece absurdo que esperes ahí sentada.

Eso es todo.

-No quieres hablar conmigo desde que anoche salimos de la fábrica.

-No sé a qué te refieres, Diana.

-Siempre que algo te incomoda, me evitas.

Y esta vez está muy claro de qué se trata.

-Simplemente no quiero volver a hablar de ese asunto.

-No nos han pedido que le hagamos daño a Rodolfo,

solo que le espiemos.

-Rodolfo no es solo mi cuñado,

sino mi amigo.

Hace años que lo conozco y no le traicionaré.

-No seas tan dramático, solo tenemos que hacernos

con la agenda de Rodolfo, copiarla y entregársela a sus enemigos.

-¿"Solo"? ¿Eso te parece poco?

-Entiendo lo que te pasa por la cabeza,

sé que para ti la amistad es muy importante,

pero estamos en una guerra.

-No, ahora mismo España es neutral.

-Pero tú y yo hemos elegido bando y Rodolfo está en el contrario.

-¿Se te tiene que pegar todo lo malo de Green?

-Le das demasiada importancia a esa amistad

y tienes que ver más allá.

-Más allá... Lo pintes como lo pintes,

Diana, esto es una canallada.

-Tenemos que descubrir con quién se reúne Rodolfo.

-Todo esto que me estás pidiendo es muy mezquino.

-Nos puede llevar a quien presiona al Gobierno y al rey

para que España deje de ser neutral y entre en una guerra.

Y sabes qué supondría eso. -Sí, sí, lo sé.

-Decenas de miles de españoles muerto,

entre ellos podrían estar tus amigos, Bernardo o Raimundo.

¿Me estás diciendo que la privacidad de Rodolfo

está por encima de eso? -No se trata de su agenda,

sino de su amistad. Y dudo que Rodolfo

pudiera hacer algo así.

-Ahora eres tú quien ve lo que quiere ver.

Rodolfo sale cada día en prensa diciendo que España

debe entrar en la guerra y del lado de Alemania.

Y en nuestras manos está impedirlo.

¿No te das cuenta la importancia que tiene

descubrir quién está intentando meternos en ese baño de sangre?

-Está bien,

lo entiendo.

Pero lo haremos a mi manera,

sin implicar a Rodolfo.

-¿Cómo?

-Conozco a alguien que nos puede ayudar.

-No tenía usted que empezar a trabajar ya,

podía haber esperado unos días. No me quedaba otra.

Deja de hablar de usted, ahora soy tu empleada.

Pero sigue siendo una Silva y a mí no me sale,

así que vaya acostumbrándose.

Que digo que, si le hacía falta el dinero,

me lo podía haber pedido, se lo adelanto,

para eso somos familia.

Cualquier cosa que necesite, me la pide.

No le va a faltar nada, ni a usted ni a la niña.

Gracias, de verdad, pero debo valerme por mí misma,

se lo debo a mi hija. Te agradezco que me ofrecieras trabajo.

Yo no sé ni cómo me atreví, una señora como usted...

Necesito los ingresos, las deudas no se pagarán solas.

Admiro mucho que no se le caigan los anillos por ello.

Si siempre fue usted muy trabajadora

y muy valiente.

Como Germán.

Yo también lo echo de menos.

(SUSPIRA) Era tan bueno...

Bueno, me queda el consuelo

de que al menos con usted conoció la felicidad.

En fin, que admiro mucho

que retome usted su vida cuanto antes.

Antonia, he dejado a Eugenia ahí detrás, está durmiendo,

hasta que encuentre a alguien que se haga cargo.

Sí, sí, no se preocupe, ya estaré yo pendiente.

¿Y ha pensado en alguien para que cuide de ella?

Sí, pené en doña Rosalía, pero no se lo he dicho.

Con lo del bebé de Francisca en camino, pues...

Esa mujer está muy mayor y dos criaturas para ella sola

va a ser mucho, ¿eh? Ya...

¡Doña Adela! Qué bien tenerla aquí de nuevo.

Hay días que no doy abasto. Ah...

Gracias, Raimundo.

Tienes muchas cosas que enseñarme.

¡Bueno! Cuidado con este que es un manazas.

La otra vez que estuvo aquí ya aprendió mucho

y cualquier duda me la pregunta.

Con 40 pesetas que me pagas a la semana y tus lecciones,

estoy más que pagada. ¿Cómo que 40 pesetas?

¿Y por qué me paga 30? -Eh...

Raimundo, pues es lo que tiene ser familia.

¡Anda, venga, date prisa!

Ponte el mandil y atiende las mesas.

-Sí, la familia... La familia, la familia...

Siento mucho si metí la pata. Que no, no se preocupe.

Este es duro de cabeza, pero blando de corazón.

Voy a ver qué hace la niña. Gracias.

Buenos días. ¿Qué haces con el mandil?

Pues es que ahora trabajo aquí.

¿Desde cuándo?

Pues desde hoy, ha sido algo repentino.

Perdona, no pude avisar a nadie, lo siento.

No, no te voy a juzgar, yo trabajo y me parece digno

que las mujeres lo hagamos.

Gracias.

¿Has quedado aquí con alguien?

Eh, no, iba de camino a la comisaría

a preguntarle a Velasco si se pueden publicar

los detalles de la detención de Leticia.

Ah... ¿Y eso?

El director del periódico donde colaboro

quiere seguir publicando detalles sobre el caso

y me ha pedido que lo haga.

Pero si te molesta mucho no lo haré.

No, no. Además, me han pedido

que publique cosas sobre Leticia, no sobre Germán.

Celia, ¿te puedo pedir un favor?

Sí, claro, lo que quieras.

No te va a resultar fácil.

Disculpe, don Luis,

¿puedo retirarle ya el servicio?

-Sí, puede recogerlo.

-¿Está seguro? Es que todavía tiene bizcocho.

No quiero importunarle.

-No, claro, Merceditas, no me importunas en absoluto.

-Volveré más tarde, tengo mucho trabajo en la cocina.

-¿Yo he dicho que te puedes ir? -No.

-Eso me había parecido.

Porque más bien te he dicho que sí puede recoger,

así que, vamos, deja de escabullirte y trabaja.

-Sí, señor.

-Además, quiero hablar contigo.

-¿Y qué se le ofrece al señor?

-No finjas que no lo sabes.

-Supongo que se refiere a...

Bueno, a lo que pasó en la cocina.

Yo le pido disculpas otra vez porque pensaba que usted

quería hacerle daño a doña Rosalía, que ya sé que no.

Pero, bueno, que se me fue... -¿Te he dado permiso para hablar?

-No, señor, y le pido disculpas otra vez por hablar

y, bueno... -¡Quieres callarte de una vez!

Me levantas dolor de cabeza.

-Lo siento... -¡Chis!

Si por mí fuera, ya estarías en la calle,

porque eres una inútil.

Eres irrespetuosa y lenguaraz.

-Yo... -Pero...

Tienes valedores en esta casa

muy dispuestos a protegerte y a defenderte,

lo cual no puedo entender en absoluto.

Aunque tal vez sí,

en esta casa hay una conjura para acabar conmigo,

eso lo explicaría todo. -No, señor,

en esta casa todos le apreciamos... -¡Silencio!

Pero poco me importan esas confabulaciones.

A pesar de mis deseos, no puedo despedirte,

pero sí que puedo hacer otra cosa:

Hacerte la vida imposible.

Y lo haré, Merceditas,

no te quepa la menor duda de que lo pienso hacer.

Tanto vas a padecer que llegará un momento

en el que tú misma querrás salir de esta casa por tu propio pie.

Avisada estás.

Y ahora límpialo.

-Sí, sí, señor.

-Esto es solo el principio de lo que te espera conmigo.

-Ah...

¡Ay!

(LLORA)

-Claro que puedo pedírselo al inspector Velasco,

pero no sé qué ganas yendo a visitar a una asesina.

Tengo que entender por qué mató a Germán.

Sabes que Leticia te odia

y puede interpretar tu visita como un desafío o, peor,

como una humillación.

Lo necesito, Celia, no duermo por las noches.

¿Ha pasado algo?

No, no, nada.

Pues por las caras que tienen, parece que trae una mala noticia.

-No, una mala noticia no, ella tiene una mala idea.

Celia, por favor...

A ver si me ayuda a que entre en razón:

Quiere visitar a Leticia en la cárcel.

-¿A esa asesina? ¿Para qué?

-Pues eso digo yo, para pasar un mal rato.

No es plato de buen gusto. Claro que no.

Estará con la asesina de Germán. Es exactamente lo que quiero:

Mirarle a los ojos y preguntarle por qué lo hizo.

¿Por qué va a ser? Porque la odia y quiere su dolor.

-Adela, esto no te ayudará en nada.

Yo necesito entenderlo. No hay nada que entender.

-Hay gente que nace torcida y cuanto más lejos, mejor.

Anda y que se pudra en la cárcel.

Os olvidáis de que solo es una sospechosa.

Y yo, para descansar en paz,

necesito saber la verdad de su propia boca.

Por favor.

Está bien, y puedo hablar con el inspector Velasco,

pero no te prometo nada. Gracias.

Me basta con que lo intentes.

Señorita, ayer no quise intervenir, pero he estado reflexionando

y hay un asunto que no quiero dejar pasar por alto.

-Bueno, ya me lo contará, ahora estoy leyendo.

-Se trata de lo que sucedió entre su hermana y usted.

-¡Oh! ¿Es eso?

Está todo olvidado, hemos hecho las paces.

Pensé que me iba a regañar por algo de la casa.

-Vaya, pues me alegro mucho. -Sí.

Yo también me alegro de resolver mis diferencias con Celia.

-¿Con Celia? -Ajá.

Aunque tendré que andarme con ojo con lo que le cuento,

porque enseguida corre a decírselo a Diana.

-No, yo no me refería a eso, señorita,

no sabía que se había reconciliado con Celia,

y me alegro si así ha sido, pero yo me refería

al incidente con su hermana Carolina en la Villa de París.

-Ah...

Ya veo, usted se refería...

A esa hermana.

-Sí, a esa hermana

y a todo lo que usted le dijo.

-Mire, preferiría que olvidara que ella y yo compartimos sangre.

-Oh, ¡fue usted muy dura con ella!

-¿De verdad? Yo creo que me quedé corta.

-¿Pero cómo pudo ocurrírsele acusarla de haber matado a Germán,

al hombre que ella más ha amado en el mundo?

-Sí, todos sabemos cuánto.

Una vez le apuñaló de tanto amor que le tenía.

-Por aquel entonces Carolina no estaba bien.

Necesitaba ayuda, y la tuvo.

-Exacto, en un manicomio.

-No, en un sanatorio

donde la trataron de su enfermedad de los nervios.

-Lo olvidaba, ahora se le llama padecer de los nervios.

-Oh, fue usted muy injusta

y, además, perdió la compostura,

algo que una señorita nunca debe permitirse.

-Mire, Rosalía, puede que no fuese muy amable,

pero dije la verdad.

Estoy segura de que fue Carolina.

-No, Carolina no mató a Germán.

-¿Y cómo puede estar tan segura?

-Porque sé dónde estuvo Carolina aquella tarde.

-¿Dónde?

-Estuvo conmigo.

-Rosalía...

¿Usted sabe que mentir en un caso de asesinato es muy grave?

-Es la verdad.

Y, además, me he enterado por la Srta. Celia de que

ya han detenido a una persona, y no es Carolina.

-¿A quién?

-La hermana del difunto don Eusebio.

-¿Leticia? ¿La antigua cuñada de Adela?

-Sí, ella es la sospechosa principal.

Ya ve usted lo injusta que fue

al acusar a Carolina tan a la ligera.

-Pero Carolina odia a mi hermana.

-Bueno, señorita, pero eso no la convierte en una asesina.

Usted sufrió y se molestó mucho cuando la acusaron

de haber enviado aquellas cartas con las amenazas,

¿no es así? Pues imagínese lo que sufrirá Carolina

acusada por su propia hermana de haber matado

al hombre que tanto quería.

-Bueno, Carolina tampoco es que sufra demasiado.

-Se equivoca de nuevo.

Carolina sufre más de lo que se merece,

está pasando un momento muy difícil

y necesita todo el apoyo de su familia.

Ojalá sintieraun poco de piedad por su hermana, señorita Elisa.

-Dr. Loygorri, tiene visita.

Marina, hoy no tengo visitas concertadas,

tengo quirófano en un rato.

Estoy segura de que a esta visita sabrá hacerle un hueco.

Señorita, pase, por favor,

el doctor está libre para atenderla.

-Buenos días, doctor.

(CARRASPEA)

Veo por su cara que no me equivocaba.

Marina, haz el favor de dejarnos solos.

No se preocupe, les dejaré a solas.

-Una enfermera con carácter. No sabe usted cuánto.

Le ruego la disculpe.

Hoy parece que no tiene un buen día.

¿Es su ex mujer, me equivoco?

¿Por qué lo sabe?

No sé por qué se sorprende tanto, Dr. Loygorri,

en los corrillos de la alta sociedad

nada escapa al comadreo, así es este país.

Cierto.

¿Le apetece un café? ¿Lo traerá su simpática enfermera?

(RÍE) Me temo que sí. Entonces mejor que no.

Marina todavía me guarda mucho rencor por...

Por todo nuestro pasado. Conozco muy bien ese pasado.

Ambos hemos indagado en el pasado del otro.

Ya, ¿y eso también lo ha hecho en los corrillos?

No. Han sido Carlos y Sofía los que me pusieron al día.

Ya. Sobre ella

y sobre su relación con Blanca Silva.

Bien, pues ya que no tenemos nada que esconder

sobre nuestros respectivos pasados, pasemos al presente inmediato.

¿A qué debo su visita? A Blanca Silva.

Verá, siempre que usted irrumpe sin avisar,

trastoca mi vida de alguna manera, no sé cómo se las apaña.

Mucho me temo que ahora no será diferente.

Me ha dejado claro que sabe quién soy

y que atenté contra su esposo.

¿Blanca ha hecho eso?

No entiendo por qué.

Yo no sé por qué se lo contaste, Cristóbal.

Prometiste no delatarme. Inés, me vi obligado a hacerlo.

Blanca estaba empezando a hacer suposiciones

acerca de nuestra relación que no eran verdad.

Contarle la verdad no sirvió de mucho,

estaba muy furiosa, tanto que amenazó con delatarme.

No lo hará. Yo la vi muy convencida.

Hablaré con ella.

Espero que la convenza, Dr. Loygorri,

porque tanto ella como usted se verían implicados:

Ella por el escándalo y usted por haber atendido

a una anarquista y no dar parte.

Hablaré con ella y la convenceré para que la cosa no vaya a más.

En cualquier caso, no estaría de más

que se fuera unos días de Madrid.

No le propondré que vuelva a París estando los alemanes

tan cerca del Marne, pero sí que se vaya lejos.

No, doctor, no lo haré.

Ya le dejé claro a Blanca

lo que estoy dispuesta a hacer si me denuncia,

así que me quedaré a ver cómo se desarrolla todo

para los tres.

-¿Entonces qué opina?

Lleva mucho rato callado.

-Ah, disculpe, sí, estaba pensando en mis cosas.

-¿No ha escuchado nada de lo que le he dicho?

-Solo el principio.

-¿Qué era? -Sí, era...

Era algo sobre su hermana Adela, ¿no?

-Se lo repetiré, pero prométame que me prestará atención.

¿Y ahora qué hace? -Prestarle toda mi atención.

-Ah, a veces no sé si habla en serio

o me toma el pelo.

La cuestión es que Adela quiere visitar a Leticia en la cárcel.

Dice que quiere enfrentarse cara a cara

con la asesina de su esposo. -Sospechosa de asesinato.

-Yo ya le he dicho que es muy difícil

que pueda acceder a ver a los detenidos,

que solo lo pueden conseguir los abogados y familiares.

-Sí, y según qué casos, claro.

-Le diré que hemos hablado y que es completamente imposible.

La verdad es que nos aliviará mucho a todas que no vaya.

-No, no, si es una gran idea.

-¿Cómo dice? -Cualquier detenido

puede ser visitado si se le autoriza por una razón.

-No se me ocurre ninguna. -Puede sonsacarle información

a su cuñada. -A Adela no le van las intrigas.

-Estoy seguro que con el odio

que le tiene doña Leticia bastará, se desenmascarará sola.

-Pobre Adela, no sé cómo pudo despertar tanto odio en ella.

-Hay gente que tiene esa mala fortuna.

-A mí no me parece una buena idea que vaya a visitarla.

Solo puede resultar mal parada.

-Con esa visita no mitigará su dolor,

francamente, no lo creo.

Pero para nosotros puede ser de gran ayuda.

-¿Por qué? ¿Hay algún detalle que desconozca?

-Sí, sí que lo hay. -¿Cuál?

-Desde su detención, y pese a haberla interrogado ya dos veces,

las señora Sáez se comporta de un modo extraño.

-¿A qué se refiere con "extraño"?

-Insiste en su inocencia, no solo con lo que respecta

al asesinato de don Germán, sino a las víctimas anteriores.

-A mí no me parece extraño, es de lo más normal.

-Verá, lo niega todo, pero no se esfuerza

en darnos una coartada creíble que apoye la teoría

de que no es la asesina. -Porque no la tiene,

es lo que ocurre con los culpables.

-No, no así, no.

Lo que cuenta doña Leticia es simple, es vulgar,

es imposible de demostrar, que estaba sola en su habitación.

Generalmente, los culpables, cuando no se desmoronan

al apretarles un poco, nos dan toda clase

de extravagantes coartadas para librarse de la cárcel.

Luego demostramos que son falsas.

-¿Quiere decir que ella desea estar encarcelada?

-Digamos que le es indiferente.

-Pues eso sí que es extraño.

-Se empeña en decir que estuvo toda la tarde

en su habitación sola, que no habló con nadie.

-Menuda coartada, entre eso y autoinculparse no hay diferencia.

-Sí, desde luego...

Pero algo me dice que no es cierto.

-¿Cree que ella es la culpable?

-Lo que creo es que la visita de doña Adela

puede hacer que se le suelte la lengua y se comprometa algo

o que, al menos, arroje un poco de luz sobre este asunto.

-¿Y no tenía una huella?

-Parcial, eso indica que doña Leticia

podría ser la asesina, pero no es seguro.

Un juez nunca lo aceptaría como prueba definitiva.

-¿Y por qué la ha usado?

-Bueno, pensé que con la detención y con esa huella,

doña Leticia se amedrentaría y confesaría,

lo he visto miles de veces.

Pero ya le digo que esa mujer esconde algo

y su hermana Adela puede ayudarnos a descubrir qué es.

-Esperemos que la conversación con Adela sirva de algo

y que podamos resolver esto de una vez por todas.

-Cada vez es más difícil quedar contigo.

-En palacio me tienen secuestrado la mayor parte del día,

a veces hasta de la noche.

-Gracias.

A causa de la guerra, imagino.

-Pues sí, imaginas bien.

El ritmo en palacio ha cambiado completamente.

-No debería ser así, España se ha declarado neutral

en la contienda. -Bueno, neutral...

Una neutralidad muy difícil de mantener.

-Con las presiones que recibimos los empresarios de los bandos,

no me quiero imaginar las del rey o el Gobierno para cambiar de idea.

-Empezando por la propia reina madre.

-Ah, doña María Cristina es una Habsburgo.

-Y la reina escocesa y don Alfonso allí

en medio de ambas mujeres.

-No serán las únicas.

Como te digo, los empresarios recibimos presiones

por todos los lados. -No te sabía tan interesado

en la política nacional.

-Yo no soy el único que ha cambiado,

ahora no soy el vividor que conociste en París, soy...

Un empresario responsable. (RÍE)

Suena bastante aburrido.

El Salvador de antes no estaba tan mal, la verdad.

-Si te soy sincero,

también tengo un interés oculto en todo esto.

-Ah... Como la mayoría de empresarios españoles, muy bien.

-Así es. Tejidos Silva hace negocios con Alemania

y el devenir de la política de ese país me interesa

por razones obvias. -Lo lamento mucho

pero no puedo ayudarte, desconozco completamente

qué tipo de presiones recibe el rey,

más allá de las que ejerce su madre.

Aunque, pensándolo bien...

-¿Qué?

-En la logia hay gente muy cercana a la presidencia del Gobierno,

incluso a ministros.

-Y ellos podrían saberlo.

¿Podrías hacerme el favor de averiguarlo?

-Haremos algo mejor, tenías una visita pendiente a la logia.

¿Por qué no me acompañas hoy mismo a la reunión?

-¿Tú crees que verán bien mi presencia allí?

-Yo sí, y me encargaré de que seas bien recibido.

-Pues allí estaré.

(Se oyen pasos acercándose)

-¿Qué haces aquí?

-¿Has venido a regocijarte?

Yo no haría tal cosa.

No, claro que no.

La santa de Adela, se me había olvidado

cuánta bondad abarca tu corazón.

Te equivocas, Leticia,

soy una mujer como cualquier otra.

¿Entonces a qué has venido? ¿A ver si estoy bien encerrada?

Pues ya ves, aquí estoy,

puedes irte tranquila, de aquí no me escapo.

¿Estás disfrutando del espectáculo? Te dije que te fueras.

Ojalá pudiera marcharme, pero no puedo.

Yo, en cambio, no sé qué se te ha perdido aquí.

Si mi marido siguiera vivo,

estaría en mi casa con él y con mi hija,

pero te has encargado de que eso no sea así.

Puedo imaginarme los motivos, Leticia,

pero necesito oírtelo decir:

¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste, Leticia?

Me alegra verte sufrir, Adela,

me alegra ver cómo se te desgarra el corazón

igual que se me desgarró a mí con la muerte de mi hermano

y cuando tu egoísmo nos sumió en la ruina.

¿Lo hiciste por eso?

¿Tanto odio me tienes?

¿Por qué no me lo hiciste a mí?

Germán no tenía la culpa de nada, Leticia.

¡Ja!

¿Qué te pasa? ¡Muy bien!

(APLAUDE) ¡Bravo!

¡Qué bonita representación! Ya veo que tu hermana Francisca

no es la única con talento artístico.

¿Pero a qué viene esto? Adela, no te hagas la mojigata.

¿Crees que finjo el dolor por la muerte de mi marido?

El papel de viuda que viene a hablar

con la asesina de su marido lo bordas,

pero ambas sabemos que no sientes absolutamente nada.

Siento en lo más profundo de mi alma

haber perdido a mi marido,

¡más en circunstancias tan espantosas!

Te encanta, te hace feliz verme aquí encerrada,

has venido a regodearte en tu desprecio.

Yo no te desprecio.

¡Ah!

Por eso me lanzaste un dardo envenenado

rechazando la herencia de mi hermano.

¿Pero tú has matado a mi marido en venganza por aquella herencia?

Que te quede una cosa muy clara:

Yo no maté a tu marido, pero me alegra verte sufrir

si es que sufres de veras.

¡Por supuesto que sufro de veras! Amaba a mi marido.

Igual que amabas a mi hermano.

A Eusebio lo amé en su momento.

Le destrozaste la vida,

le destrozaste el corazón, no con un puñal,

pero sí con disgustos. ¿Pero qué locura es esta?

Planeaste la muerte de mi hermano como la de tu segundo marido.

¡Tú has perdido el juicio! Esto es un plan urdido por ti

para implicarme en el asesinato. ¿Pero qué locura es esta?

Cuando volví a tu vida lo viste claro,

necesitabas deshacerte de mí, arruinarme la vida otra vez

y, de paso, deshacerte de tu segundo marido.

¡Dios mío! ¿Por qué todas las trastornadas la toman conmigo?

¿Qué mentiras estás diciendo ahora?

Si estás aquí encerrada

es porque la Policía cree que eres culpable.

Soy inocente.

Tú mataste a Germán y vas a pagar por eso.

¡Esa es la única verdad!

La verdad saldrá a la luz antes o después

y te aseguro que, cuando eso pase,

yo te haré la vida imposible.

-Srta. Elisa, ha venido a verla don Carlos.

-Ah... Gracias, Merceditas, te puedes marchar.

-Eh, señorita, he de ausentarme de la casa, pero solo será un rato.

Tengo que acercarme al Ambigú un momentito.

-Está bien. -Pero regresaré a la hora de comer.

-Ah, no hay problema.

¿No vas a darme ni los buenos días?

-Buenos días. -Ah...

¿Qué haces aquí? ¿Por qué no estás trabajando

como te gusta hacer tanto últimamente?

-Me tuve que escapar de la oficina, necesitaba hablar contigo.

Dada la gravedad del asunto, no lo vi oportuno por teléfono.

-¿Qué ha pasado?

-Sofía me ha preguntado que si me veo con otra mujer.

No me extraña nada tu poca discreción.

-Yo soy una tumba. -Al parecer no.

Me ha contado que ayer estuvisteis hablando

y salió el tema. -Intenté quitarle las sospechas,

pero me hace gracia que me lo preguntes tú.

-¿Por qué? -Ah...

Sofía me ha contado que estás muy distante con ella,

incluso arisco. -¿Eso te ha dicho?

-Ajá. Y mucho más.

Me ha dicho que...

Que ya casi no la tocas.

-Pues no debería haberte hablado de eso, no.

Es el trabajo, es el único motivo por el que estoy arisco con ella.

-¿Estás seguro de eso?

-Ajá.

Sí, no hay ningún motivo, sobre todo de índole femenina.

-Ah...

Y... ¿Y lo que pasó entre nosotros?

Porque conmigo no estabas tan distante.

-Eso ha sido un tonteo sin importancia.

-Ya... Sí, sí, es verdad.

Fue una locura sin más. -Ajá.

-¿Qué íbamos a hacer nosotros dos juntos?

-Eso mismo digo yo.

-Ah...

Somos tan diferentes. -Sí, como el agua y el aceite.

-Estoy completamente de acuerdo.

-Confundimos amistad con atracción.

-Sí.

Si somos como hermanos.

-Yo podría darte un beso y no sentir nada.

-Nada de nada.

-No. -No.

¿A ver?

Nada. -Nada, yo tampoco he sentido nada.

-No. -Nada, ¿a ver?

Pues... Pues nada.

-Nada de nada.

-Espero no importunarle con mi visita.

-Tendré que hablar con la criada para saber por qué

te ha dejado esperarme en mi despacho.

-No, no se moleste con la muchacha, he sido muy insistente.

-Imagino que le recordarías que obtuvo su puesto gracias a ti.

-Así es.

-Pues ya que estás aquí dime a qué has venido,

pero sé breve, estoy muy ocupado.

-Ah...

¿Tan ocupado como para no darse cuenta del gravísimo problema

que tiene en su propia casa.

-¿A qué te refieres?

-A nuestra hija, Carolina.

(RÍE) Carolina no tiene ningún problema

más allá de los que se crea en su imaginación.

-No es eso lo que tengo yo entendido.

-Ah, ¿ya la conoces tan a fondo? -Sí.

Por lo que parece, más que usted.

-A ella no le falta de nada

y me preocupo de que tenga todo lo que necesite.

-¿Incluso el opio que necesita para conciliar el sueño

y para levantar su ánimo cuando está hundida?

-¿Pero de qué me estás hablando, Rosalía?

-Le estoy diciendo que...

Carolina toma opio.

-¿Carolina toma opio? ¿Desde cuándo?

-Desde la muerte de Germancito.

Y usted sabe perfectamente dónde lo consigue.

-Ah... Los envíos a Inglaterra.

-¿Pero cómo se le ocurrió ponerla a supervisar ese material?

Si no hubiera sido por ese trabajo,

jamás habría conocido las cloacas de ese mundo.

Ni siquiera sabía qué era el opio cuando empezó a ayudarle.

-Estaba en la cárcel, no tenía a nadie en quién confiar.

-Pero usted conocía a Carolina,

sabía lo delicada que es su estabilidad.

Ese opio era una tentación irresistible,

yo no tenía idea de ello,

pero usted debió haberlo supuesto, debió haberlo evitado.

-¡Bueno, está bien, eh...! Ya de nada sirve lamentarse.

-En eso le doy la razón,

tenemos un grave problema con Carolina

y hay que hacer algo. -Lo primero es apartarla del opio.

No volverá a supervisar esa mercancía

y hablaré con ella hoy mismo.

-Oh, Carolina necesita algo más que una... charla.

Necesita que la ingresen en una clínica.

-¿Otra vez? No, eso sería un escándalo.

Y tampoco sé cómo llevaría lo de volver a un sanatorio.

-Pero la adicción al opio no se cura con buenas palabras.

¡Hay que hacer algo! -Bien, buscaré un médico,

el mejor de Madrid. Haré que nunca esté sola.

-Bueno, parece que empezamos a entendernos.

-He visto lo que la adicción al opio hace a la gente y...

Y no permitiré que a mi hija le ocurra algo así.

-A nuestra hija.

-Haré todo lo que sea necesario para salvarla.

-Usted es el culpable de lo que le ha sucedido a Carolina,

más vale que haga algo pronto.

-Celia me ha contado que Adela iba a ver a Leticia.

¿A la cárcel?

Pues qué valor. Me preocupa que lo haga,

esa mujer es una asesina. Pero si así se queda más tranquila,

pues que lo haga.

Eso no le va a devolver a Germán. Ya lo sé.

Pero entiendo que quiera mirar de frente

a quien le hizo tanto daño y decirle cuatro cosas.

Le ayudará a superar su pérdida.

No sé cómo.

La pobre ha tenido que ponerse a trabajar en el Ambigú.

¿De camarera? ¿Como hizo la otra vez?

¿Por qué no la contratasteis en la fábrica?

Antonia se adelantó y Adela, desesperada como está,

aceptó de inmediato.

Adela es el ave fénix, siempre resurge de sus cenizas.

Su entereza y su disposición son dignas de elogio.

Tú tampoco te quedas corta.

Tu situación entre Rodolfo, la reina y Cristóbal

no es nada fácil.

Y cada vez se vuelve más complicada.

He leído en el periódico

que acompañaste a Rodolfo a un acto en el Club Social.

Estoy condenada a ir del brazo de Rodolfo como si fuera...

Un bonito paraguas.

¿Cuándo se va a terminar todo esto?

Sin la nulidad, nunca.

Mañana mismo tengo que ir a una cena que se organiza

en casa de los Loygorri.

¿Ah, sí? ¿Y qué se celebra?

Ya ni siquiera lo pregunto.

Si todos eventos germanófilos y mauristas son igual de aburridos.

Mañana estoy libre. Si quieres, te puedo acompañar.

Así ya no te sentirás como un paraguas.

¿Lo harías? De verdad, que será una velada soporífera.

Y, además, estará mi suegra. Invitaremos a Salvador.

Él sabrá cómo alegrarnos la cena.

Está bien. Le diré a doña Dolores que os mande las invitaciones.

Gracias. Para eso estamos las hermanas.

Diana, ya que estamos, me gustaría...

pedirte consejo sobre un tema muy delicado.

Para ti y para mí.

¿De qué se trata?

Sé quién atentó contra Rodolfo en la fábrica.

Así que se dio cuenta de que soy inocente.

-¿Cree que por eso la saqué del calabozo? Siéntese.

-¿Por qué otra razón, si no? -Para interrogarla.

-¿Otra vez? Ya le dije que yo no tuve nada que ver

con la muerte de Germán. -¿Y qué hay de las otras mujeres?

-Ni las conocía. ¿Por qué les haría daño?

¿Por qué no me suelta y deja de hacer el ridículo?

-No podrá ser. Mis sospechas contra usted

no han disminuido. Han aumentado.

-¿Y cómo es eso posible? -Porque me miente.

-No. -¿Sabe quién es...

Herminia Segura?

-¿Debería conocer a esa señora?

-Es una de las doncellas del hotel donde se aloja.

Niegaque usted estuviera la tarde

en la que asesinaron a Germán en su habitación,

como usted nos ha dicho. -Esa mujer se equivoca.

-Ella está muy segura. ¿Sabe por qué?

-No. -Porque la vio salir

de su habitación, la 233.

-Me habrá confundido con otra.

-Resulta que usted pisó el suelo que ella acababa de fregar.

Se acordaba muy bien de usted.

Se ha quedado sin coartada. Y su odio por Adela Silva,

la pone en el punto de mira como principal sospechosa.

-Nunca le haría daño a mi cuñada.

-La acaba de amenazar. Hágase un favor y deje de mentir.

¿Estuvo usted en casa de don Germán?

-No. No estuve. Debe creerme. -¿Usted lo mató?

-Malamente le pude hacer nada, si ni estuve allí.

-No mienta. -Es la verdad.

-¿Y dónde estuvo? -Es un asunto personal.

-¿Es consciente de que se juega la pena de muerte?

-Le doy mi palabra de que no tiene nada que ver

con este asunto. -Su palabra ya no me sirve.

-No puedo desvelarle los detalles de qué hice.

-¿Por qué? -¡Porque soy una dama!

Ya sé que parece el argumento de una novela rusa.

Celia podría hacer una buena historia con todo esto.

Te aseguro que lo que te cuento, es verdad

Inés amenazó a Cristóbal para que le ayudase, a punta de pistola.

Pobre Cristóbal. Y él, siendo tan humanitario

como es, hizo lo posible para salvarle la vida.

Pero después no la denunció.

Él es así, cuando se trata de auxiliar a un herido.

Recuerda lo que hizo en Marruecos. Esto no era la guerra.

Era un atentado. No te haces idea

de cómo es esa mujer. Por mucho que diga Cristóbal,

es manipuladora, chantajista y una criminal.

Para mí, está claro. Tienes que denunciarla.

Ya, pero Cristóbal... Me da igual lo que diga Cristóbal.

Esa mujer atentó en la fábrica.

Intentó matar a tu marido.

Hubo muchísimos heridos. Yo, entre ellos.

Y lo que es peor, la muerte de Miguel.

Ya lo sé, pero... No hay peros que valgan, Blanca.

¿Y si acusa a Cristóbal de ser su cómplice?

¿O si destapa todo lo que sabe sobre mí?

La palabra de una anarquista relacionada con un atentado,

aunque sea de muy buena familia, no tiene tanto peso

como la de una dama de la reina.

Que diga lo que quiera. Niégalo.

Nadie la creerá. Pero Cristóbal la ayudó.

Porque lo estaba apuntando con un arma.

Y después no la denunció.

Tú misma has dicho que esa mujer es peligrosa.

Solo quería protegerte.

Todo el mundo sabe lo peligrosos que son los anarquistas.

Por eso, tienes que denunciarla ya.

Esa mujer es peligrosa. Y cuanto antes pague

por sus delitos, mucho mejor.

Es usted increíble. -No me ponga en este aprieto.

-Además del asesinato de Germán,

es usted sospechosa del de cinco mujeres más,

¿y me sale con reticencias de damisela?

-Es cierto. Le ruego que no me haga hablar

de determinados asuntos. -¡Seis asesinatos!

¿Se da cuenta de la gravedad?

-Soy inocente. -El juez será implacable.

La condenará a morir por garrote vil.

-No puedo hablar. -¡Su pudor le costará la vida!

-¡Estuve con un caballero!

-¿Y por qué lo ha ocultado?

-Es obvio. ¿No le parece?

-Está casado.

-Acaba de enviudar. ¿Se imagina cuáles

habrían sido los comentarios?

-Imagino que, además de viudo, también será millonario,

como su anterior marido. ¿Me equivoco?

-¿Qué insinúa? -Que es usted peor

de lo que me imaginaba.

-Pero tengo una coartada. -La comprobaré.

-Hágalo. Le daré el nombre de ese caballero.

Hable con él y, después, me pondrá en libertad.

No, no. Ponme un mosto mejor.

Le prometí a mi madre que moderaría la bebida.

-Pues un mosto.

-¿No sabrás cuándo volverán, por casualidad?

-No sabría qué decirte. Esta mañana tu madre

se ha ido con doña Adela a la comisaría.

-¿A la comisaría? ¿Para qué? -Y yo qué sé.

Tu madre nunca me cuenta nada. Conmigo, es a hechos consumados

y gracias. Aquí soy la última mona. -¿A ti qué te pasa?

-¿Por qué lo preguntas? -Por el tono.

Es obvio que estás enfadado.

-Pues... puede. Pero contigo no.

-¿Y qué te ha hecho mi madre esta vez?

-Nada. No es por tu madre. Y menos, por doña Adela.

Aunque le pague más que a mí.

Pero no es eso lo que me trae disgustado.

-¿Es por la parienta? ¿Habéis discutido?

-¿Cómo voy a discutir con Merceditas, si es un amor?

Es por culpa del tuerto de don Luis.

-¿Qué ha hecho ese sinvergüenza esta vez?

-Le dijo a Merceditas que le haría la vida imposible.

-¿Por qué?

-El otro día, cuando lo de don Germán,

Luis amenazó a doña Rosalía. -Es despreciable.

-Y Merceditas, como es más noble que un conde,

con perdón, salió en defensa de doña Rosalía

y empujó a don Luis. Y eso no le gustó.

Le pareció fatal. Quiso despedirla, pero don Salvador

y las Silvas no se lo permitieron. -Claro que no.

-Ya. Pero ahora, por venganza, se dedica a hacerle

la vida imposible a Merceditas. ¿Te lo puedes creer?

-Por supuesto que sí. Sé cómo se las gasta ese malnacido.

Es capaz de eso y de más. -Yo ahora estoy preocupado por...

Por Merceditas. Don Salvador aún le planta la cara.

Pero cuando no está, entonces, el tuerto de don Luis

hace y deshace lo que le da la gana.

-Si a ese hombre se le ha metido en la cabeza,

no parará hasta hacérselo pagar a Merceditas.

-Pues yo lo mato. Lo...

Yo no mato a nadie. Ya me conoces.

Yo tengo horchata en las venas.

-Raimundo, Luis tiene mucho poder en esa casa.

Tampoco podrías hacer mucho por ella.

-Eso me dice Merceditas, que no me meta.

No me puedo quedar de brazos cruzados.

¿Qué hago? Con gusto, le dejaba tuerto del otro ojo.

-Es una situación complicada.

De verdad, lo siento mucho.

-El caso es que no podemos seguir así.

Y no sé. Merceditas tendrá que buscarse otro empleo.

-¿Y estaría dispuesta a dejar a las Silva?

-Don Luis no va a parar hasta que la eche.

¿Para qué sufrir mientras? -Bueno.

En ese caso... Tal vez, podría ayudaros.

-¿Tú? ¿Cómo? -Ajá.

Bueno, podría venir a servir a mi casa.

-¿En serio?

-¿Por qué no?

-No sabría qué decirte. -Pues di que sí.

Di que sí y vente tú con ella.

En la zona de servicio, hay sitio para los dos.

Incluso para el bebé en camino.

-Eres muy generoso. Pero...

A ver. No tienes por qué hacerlo.

-Raimundo, te lo debo. De verdad.

En el pasado, fuiste de mucha ayuda.

Y podríais venir e instalaros cuando quisiérais.

Mañana mismo. -Pues yo...

Tendría que hablarlo con Merceditas.

-Pues háblalo con ella y dame una respuesta.

Y dile que estaré encantado de que trabaje para mí.

-Buenas tardes, Merceditas. ¿Cómo estás?

-Bien. Buenas tardes, señorita Beatriz.

-Ya se te empieza a notar la tripita.

¿Qué tal el embarazo? -Perfectamente.

¿Y qué se le ofrece?

-Dejé unos libros olvidados y he venido a buscarlos.

-Ah. ¿Y quiere que yo la deje pasar para recogerlos?

-Eso mismo. Los he echado en falta al instalarme.

-¿Y está segura de que no se los dejó olvidados

en el conservatorio? -Segurísima.

Eran unos diccionarios y unos libros de gramática

que usaba para darle clases a la señorita Elisa.

Nunca los llevé al conservatorio de música.

-Pues se los buscaré y me encargaré

de que se los hagan llegar.

a la pensión donde se hospeda.

-Ya que estoy aquí, me gustaría llevármelos ahora.

-Ya. Pero no puedo dejarla pasar.

-¿Y eso por qué? -No, no. ¿Adónde cree que va?

-Al despacho, a por mis libros. -Mire, señorita. No insista.

Si don Luis se entera de que la he dejado pasar,

no quiero ni imaginar cómo se va a poner.

-Si solo va a ser un minuto.

-Tiempo suficiente para que se enoje.

-Está bien. Creo que no están en el despacho.

Creo que los dejé en el salón, en el aparador.

¿Podrías ir a mirar, por favor?

Aunque te pediría que no me dejaras esperando aquí en la puerta.

-No. En el aparador no pueden estar.

Porque si no, me hubiera dado cuenta esta mañana

cuando limpié el polvo. -¿Estás segura?

Quizás estén en el comedor.

-Mire, señorita. Dado que usted no saben bien

dónde los dejó, yo los buscaré

y se los llevaré personalmente a su pensión.

¿Qué ocurre, Merceditas? Ay, doña Francisca.

Menos mal que está usted aquí. ¿Qué desea, Beatriz?

Se dejó olvidado unos libros y venía a recogerlos.

Pero ya le he dicho que no podía pasar.

Ah. ¿Y dónde están esos libros? Pues eso es lo malo,

que no lo sabe muy bien. Pues pase y búsquelos.

No. ¿Pero y si don Luis la ve...? Me hago cargo.

Bajo mi responsabilidad, Merceditas.

Ay. Qué susto me ha dado.

-He entrado por la puerta, como todo el mundo.

¿No me has oído? -No.

Desde la trastienda, no se oye bien la puerta.

¿Tiene una cita por el centro? -Nada de eso.

He venido para hablar contigo

de un asunto muy serio.

-¿Tan serio?

¿Ha habido algún problema con el último envío?

-Carolina, has traicionado mi confianza.

-Padre, yo le soy fiel y leal hasta la muerte.

¿Qué ha pasado para que dude de mí?

-Sé que fumas opio y, también, dónde lo consigues.

¿Cómo puedes hacer una cosa así, Carolina?

-Mi madre le ha ido con el cuento. -No.

Tu madre está muy preocupada, como lo estoy yo.

-He cogido cantidades pequeñas.

Sus socios nunca se darán cuenta.

-Me dan igual mis socios.

¿No te das cuenta que mi preocupación es por ti?

-¿Por mí? Gracias. -Sí.

Y lo primero que voy a hacer, es cambiar el sistema de envíos.

El opio no volverá a pasar por la Villa de París.

-Padre, no, por favor. No haga eso.

-Esa es la actitud que temía.

Quiero que me entregues de inmediato

todo el opio que tengas. -No tengo nada. Se lo juro.

-Estoy dispuesto a poner esta tienda patas arriba.

Será mejor que me lo entregues por las buenas.

-Padre, le he dicho que aquí no hay nada.

-Lo he visto en tu mirada perdida. Acabas de fumar.

Por eso, no me has oído entrar.

-Devuélvamelo, por favor.

-Estás peor de lo que pensaba.

Es lamentable verte suplicar por esta tontería.

Buscaré en tu cuarto. Seguro que escondes más.

-No sabe el mal que me está haciendo.

-El único mal, te lo está haciendo el opio.

-Me hace feliz.

Me ayuda a superar el día a día.

-El opio no es una cura. Es una enfermedad.

-¿Quién se cree que es para decirme

lo que tengo que hacer? -Tu padre.

He visto lo que el opio hace a los adictos.

Y no quiero eso para ti.

Escúchame. Buscaré un médico, el mejor de Madrid

y harás un tratamiento.

Y te curarás, cueste lo que cueste. (LLORA)

Lo siento.

-Eres mi hija.

Y quiero tener a mi lado, viva.

(LLORA)

Ya están todos. Gracias.

¿Podría darle este libro a Elisa?

Es un diccionario de alemán que, quizás, le sirva en el futuro.

Lo haré.

¿Y podría darle un mensaje de mi parte?

¿Es lo último que va a pedirme?

Dígale que no deje de estudiar alemán.

No se le daba mal y si no lo practica,

se le olvidará enseguida.

¿Es todo? Sí.

He terminado. Entonces, váyase ahora mismo.

Y no ponga un pié en esta casa nunca más.

Su presencia aquí es muy molesta para mí.

Me pregunto por qué lo hace.

Sé de sobra que no ama a Luis.

Más bien, le odia. No es asunto suyo.

Le obligó a despreciarme y a repudiarme.

¿Qué más le daba que estuviésemos juntos?

No consentiré que me humillen en mi propia casa

y menos, delante de mi familia.

Pues deje que nos marchemos lejos.

Qué ilusa. Luis no quiere abandonarme.

Ojalá tuviese esa suerte.

Sigue sin responder a mi pregunta.

¿Por qué lo ha hecho?

Está bien. Tiene razón. Yo no le quiero. No.

Le odio profundamente.

Pero si yo no puedo ser feliz, él tampoco.

Es usted quien ha arruinado su vida.

Se aprovechó de la veneración que siempre le tuvo,

del amor que siente por usted, para destruirle.

¿Es usted su abogado o su ángel de la guarda?

No tiene aspecto de ninguna de las dos cosas.

Sé que todo lo que hizo don Luis por usted,

lo hizo por amor. Él siempre actuó de buena fe.

Cómo se nota que no le conoce.

Es un obseso, un demente, un monstruo.

Eso no es verdad. Despierte de una vez.

No se merece ni el más mínimo aprecio.

Él no es así. Es un ser especial y sensible.

Y esto no ha acabado.

No pararé hasta recuperarle.

Luis y yo acabaremos juntos.

(Portazo)

No debería haber insinuado que fueras una asesina.

No lo volveré a hacer. Padre me ha contado

que tienen que tratarte.

Sé que te va a costar.

Pero estoy segura de que, con el tiempo,

aprenderás a controlar

tus impulsos... asesinos.

-¡Ya está bien! ¡Ya está bien!

¡He dicho que ya está bien!

-Don Gabriel nos ofrece vivienda y trabajo

a Raimundo y a mí. Merceditas, lo siento,

pero no entiendo nada. ¿Qué está pasando?

Es que no puedo más y esto solo iba a ir a peor.

¿Qué es lo que ha ocurrido? Señora, su esposo...

Luis no puede echarte. Salvador se lo ha impedido.

Pero no puede impedirle que me haga la vida imposible.

Si Merceditas se va de esta casa, es porque has hecho

lo imposible por amargarle la vida.

Mis buenas razones tenía. No tan buenas razones.

Si se van de esta casa, yo me iré con ellos.

Mira. Ya es tarde para remordimientos, eh, Elisa.

-Los remordimientos vienen

cuando vienen. -Y los deseos también.

-¿Estás loco? Podría vernos cualquiera de mis hermanas.

-Elisa, no he visto a ninguna de tus hermanas.

-¡Carlos! Ya. -Mira.

Vamos a ir al Excélsior. Allí no podrá verte ni oírte nadie.

-No voy a traicionar a Rodolfo.

-No harás nada que ponga en peligro

tu amistad con Rodolfo. Yo robaré la agenda.

-Aquí tiene, señorita.

A ver si le entona el cuerpo. -Gracias.

-¿Qué hace cargando peso en su estado?

Si ella se marcha, yo también. Es lo que he prometido.

Disculpe. Es que no sé muy bien cómo decir esto.

Ese policía que ha entrado, me ha explicado

que han venido para detenerla a usted.

Pero, Blanca, ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho?

¿Qué te parece si volvemos al salón?

No querrás quedar mal con todos estos alemanes

a los que estás poniendo por las nubes.

-Lo dices con un poco de retintín.

¿Qué te pasa, Salvador? Te noto un poco tenso con esto.

-No. Vamos, parece que no me conoces.

-¿Quiere decir que Leticia ya no está en la cárcel?

-No había modo legal de retenerla.

-Tengo que avisar a mi hermana Adela cuanto antes.

(Suena el teléfono) Chis, chis.

Chis. Ya está. Ya está.

Qué estampa tan conmovedora.

¿Cómo no has echado la llave?

¿Es que no sabes que hay un asesino suelto?

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Seis Hermanas - Capítulo 295

24 jun 2016

Blanca está dispuesta a denunciar a Inés. Adela empieza a trabajar en el Ambigú y quiere ver a Leticia. Salvador se niega a espiar a Rodolfo. Luís está dispuesto a hacer la vida imposible a Merceditas. Rosalía y D. Ricardo ponen los medios para que Carolina deje su adición al opio.

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