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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 294 - ver ahora
Transcripción completa

Las ganas de matar del asesino no han acabado.

Si su hermana es el objetivo, y yo estoy casi convencido,

esto es solo el principio.

-Voy a denunciar a Carolina, ella mató a Germán.

-Ni se te ocurra decir algo así. ¡Eres una niña del diablo!

Y atente a las consecuencias si haces algo así.

Deja en paz a tu hermana, ¿me oyes?

-Es la culpable y lo voy a demostrar.

-Se ha descubierto que cada persona tiene un dibujo particular

en las yemas de los dedos. Si encontramos a alguien

cuya huella coincida con esta, tendremos al asesino.

Marina estaba en lo cierto, ¿tienes una relación con esa mujer?

Te he dicho que solo es una paciente.

¿Y la medalla? No sé, la medalla, no sé...

Será igual que la que tiene mi madre, te dije que era de ella

porque lo creía. Entre Inés y yo no hay nada.

Se ha perdido una vida, pero hay mucho más en juego.

Y no podemos quedarnos en casa llorando.

-Solo le estoy pidiendo unos días.

Si no conseguimos más información,

entonces podrá interceptar el envío.

-Pues eso me dijo Salvador que, si el cloro daba beneficios,

él también quería participar. -¿Y si te niegas qué?

-Pues dejará de enviar el cloro a Alemania.

-¿Cómo es posible que se haya enterado?

-Ayer estuve hablando con don Ricardo.

-¿Y qué le dijo?

-Me propuso que fuera el informador de la fábrica.

Claro, le dije que no, que no quiero que usted piense...

Que yo jamás le traicionaría.

-Debe aceptar la oferta de don Ricardo.

-¿Quiere que les traicione? -No.

Le estoy pidiendo que sea nuestro espía.

-¿Quién cree que podría querer hacerle daño a usted o su marido?

Para mí hay dos sospechosas clarísimas:

Carolina y Leticia.

Tiene que investigarlas. Estas son sus huellas digitales.

Y ahora las vamos a tener aquí marcadas perfectamente.

-¿Y para qué sirven además de para mancharme los dedos?

-Por si no lo sabe,

cada persona tiene una huella diferente.

Yo quiero comparar la suyas con las que encontramos

en el lugar donde mataron a don Germán.

-Él ha sido el hombre de mi vida.

-Lo entienda o no, sigo necesitando

que me acompañe a comisaría. -Lléveme donde quiera.

Me da igual.

(Sintonía)

¿A qué has venido aquí?

Pensé que te alegraría tener visita.

Acabo de perder a mi marido, Leticia.

Lo sé.

Siento mucho tu pérdida.

No me apetece ver a nadie y mucho menos a ti.

He venido a contarte un par de cosas:

La primera, para que no te confundas,

yo no maté a Germán. Dejemos que lo decida la Policía.

¿Crees que arriesgaría mi libertad para hacerte daño?

Eres capaz de muchas cosas.

Siento desilusionarte,

a pesar de ser una mosquita muerta

debes tener más enemigos aparte de mí.

"Quien siembra vientos...". ¿Viniste a recitarme el refranero?

No, por supuesto que no. Ve al grano.

Supongo que ya sabías que tu marido hipotecó la casa.

Sí.

Y que yo compré ese préstamo al banco.

Así que esa deuda la tienes conmigo.

A mí me gusta encargarme personalmente de mis negocios.

¿Por qué has hecho algo así?

Cuando una dispone de cierto capital,

como es mi caso, acostumbra a hacer

inversiones buenas y rentables.

El alquiler de esta casa no es una inversión rentable.

La rentabilidad no solo se mide por el dinero,

también por el grado de satisfacción

que un negocio pueda aportar. Y este espero que me aporte muchas.

Ya veo, ya.

Claro que para mí tiene una contrapartida desagradable,

que es tener que venir a verte de vez en cuando.

Ese sentimiento lo compartimos.

Por qué no me dices a qué viniste y te vas,

tengo que atender a mi hija. Ya que tienes tanta prisa,

vine a informarte de las condiciones

del pago de la hipoteca. Tú dirás.

100 pesetas al mes.

¿100 pesetas?

Sí, querida, 100 pesetas mensuales.

Eso es más dinero del que le pagábamos al banco.

Es una lástima.

Yo no puedo pagar ese dinero, Leticia.

Pues tendrás que hacerlo porque, o pagas

o me quedo con tu casa.

-¿Podemos hablar de esto en otro momento?

-Es importante, hay que hablarlo lo antes posible,

el tiempo corre en nuestra contra. -Como quieras.

Pero no veo una solución fácil.

Mejor dicho, ni siquiera veo una solución.

-Debemos tener las posiciones claras.

-La de Green lo está: Quiere que sus agentes

intercepten el cloro y no llegue a Alemania.

-Eso podría delatarnos ante los alemanes.

-Pueden pensar que los ingleses se enteraron de otra forma.

-O llegar a la verdad y correríamos peligro.

-Lo sé. -Y, lo segundo y más probable,

si ese cargamento de telas no llega a Alemania,

tú y yo no cobremos y perdamos el contrato con Alemania.

Eso nos dejaría al borde de la ruina.

-Podemos buscar otros clientes, como siempre hemos hecho.

-¿Con qué tiempo? ¿Cómo pagaríamos a todos?

-No sé, Salvador, hay mucho en juego,

la vida de miles de personas, entrar en la guerra...

Es más grande que nosotros, que la fábrica de mi familia...

Me supera. -Eso justifica que los empleados

y nosotros vayamos directos al desastre.

Nunca pensé que fueras de las que piensan

que el fin justifica los medios. -Y no lo soy.

Pero solo tenemos dos opciones:

Lo que propone Green o enviar ese cloro.

-No va a ser fácil, pero tenemos

que encontrar una solución. -¿Cómo?

-No lo sé.

Carlos va a hablar con tu tío para que sea socio de la fábrica.

-¿Crees que aceptarán? -Creo que sí.

Y Benjamín aceptó espiar a don Ricardo para nosotros.

-¿Benjamín espiar a don Ricardo? -Sí.

-¡Pero eso es un disparate!

Es un buenazo, lo verá venir de lejos.

-Lo contrario, tu tío le pidió a Benjamín

que nos espíe, él me lo ha contado.

-No quiero meter a don Benjamín en todo esto.

-Demasiado tarde, tu tío le ha amenazado,

pero mi idea es que acepte,

así le contará a don Ricardo todo lo que nos convenga,

sea verdadero o falso.

-Bueno, eso es una buena baza.

-Sí, aparte de que Benjamín no contará

todo lo que tu tío le diga.

-Ah, no te creas, conozco bien a mi tío

y no soltará información valiosa delante de cualquiera.

-Puede que sea difícil, pero no imposible.

-Lo que menos me gusta de esto es poner en peligro a Benjamín

-Tú misma has dicho que no quedan muchas alternativas.

-No. -Con lo de Benjamín

y yo trabajando en la fábrica de armamento de Carlos,

puede que sepamos más de lo que traman Ricardo y los alemanes.

Y así sabremos cómo evitarlo

y que no arruinemos la fábrica.

-El problema es el tiempo, Salvador.

Un tiempo que no tenemos.

-Bueno...

Pero no puedes hacerme esto, llevamos muchos meses

pagando la casa, era la ilusión de Germán.

Pues honra a tu difunto y paga. Es que no puedo,

los gastos del entierro fueron costosísimos

y mis ahorros son muy pocos. Eso no es problema mío.

Necesito un poco de tiempo. Quiero el ingreso

el día uno de cada mes. Lo que me pides es imposible.

Si el día dos no está el dinero,

me veré obligada a echarte de tu casa.

Por el amor de Dios, acabo de ser madre.

¿A qué viene tanto odio? Ya lo sabes.

No, no lo sé.

No sé cómo tras tanto tiempo me guardas tanto rencor.

Ya sé que nunca te gustó que me casara con tu hermano,

pero... Él valía muchísimo más que tú,

pero estaba ciego, no lo veía.

Yo nunca me interpuse entre Eusebio y vosotros.

Tú eres más de hacerte la santa y acaparar la atención

para que no quede nada para nadie. ¿Eso crees?

Por supuesto. Eres una egoísta.

Tu hermano me pegada, me insultaba,

amenazaba con matarme.

La que puede guardar rencor soy yo y no lo hago.

Mi hermano era una buena persona, era un hombre feliz.

No tienes ni idea de cómo era.

Fuiste tú quien lo convirtió en un amargado,

en la sombra del hombre que había sido.

Quizá murió del corazón como dijo el médico, sí,

pero ese corazón lo habías destrozado con tu ponzoña.

La única ponzoña que hay aquí

es la que sueltas por esa boca contra mí.

¿Por qué no me olvidas como hice yo con vosotros?

¿Como hiciste con nosotros?

¿Te olvidas de la puñalada trapera que fue renunciar a la herencia?

La hubiera rechazado aunque fuera una fortuna, no quería.

Quería volver con mis hermanas y empezar de cero.

Qué bien te vino. Ellas no tenían que pagar

los errores de Eusebio. ¿Y yo sí?

No estoy diciendo eso. No te bastó con hacerme de menos

en vida de mi hermano, que tras su muerte

me cargaste con sus deudas. Lo siento, no sabía

el dinero que debía. Me arruinaste el bolsillo

y casi la vida. Casi tengo que dormir en la calle.

Hice lo que tenía que hacer.

Reconoce que tú en mi lugar... ¿Qué? ¿Habría hecho lo mismo?

Es posible.

Igual que, si tú fueses la dueña de esta casa,

querrías cobrar la hipoteca en tiempo y forma.

Así que, ya sabes, 100 pesetas al mes

a ser pagadas el día uno.

O eso,

o te vas con tu hijita a la calle.

(SUSPIRA)

Mi hermana Adela quería darle las gracias

por las coronas de flores que mandó para Germán.

Bueno, es lo mínimo que podía hacer.

Pobre mujer,

tan joven y ya ha enterrado a dos maridos.

Y ahora se queda sola con una criatura.

Le hubiese gustado agradecérselo en persona,

pero no se encontraba con ánimos.

(TOCA LA CAMPANILLA) Lo entiendo.

Eh, ¿cómo se encuentra? Le pedimos que se trasladara

a casa de mis padres, pero prefiere quedarse en casa...

Bueno, en su casa, en la que tenía con Germán.

Siempre ha mostrado mucha entereza.

Eso es porque tiene voluntad de vivir,

cosa que no todas las mujeres sabrían hacerlo.

La pequeña Eugenia le da fuerzas para seguir adelante.

Admiro ese tesón. Yo también, cuando murió mi marido,

sentí que el piso se hundía bajo mis pies.

Tuvo que ser muy duro. Durísimo, querida. Durísimo.

Pero, aunque no lo creas, estábamos muy enamorados

y, además, nos necesitábamos mucho.

Siempre me lo han contado sus hijos.

Pero después de mucho tiempo penando me di cuenta

que había convertido esta casa en un mausoleo

y que mis hijos no se merecían eso.

No es fácil convivir con la tristeza.

Así es.

En aquel entonces, no sabía si volvería a ser feliz alguna vez,

pero la vida continuaba y yo tenía que seguir con ella,

no sé si me entiendes. Claro, doña Dolores.

En fin, Blanca, te he hecho venir porque,

aún en circunstancias tan tristes,

no podemos eludir nuestras responsabilidades.

¿A qué se refiere con eso?

El Partido Maurista va a celebrar un acto en el Club Social

y el principal invitado va a ser Rodolfo.

Ni que decir tiene que va a asistir

la prensa nacional y extranjera y, como es lógico,

tienes que estar presente. Como comprenderá, doña Dolores,

no me resulta sencillo salir de casa en estos días.

Mi hermana está de luto, sería una falta de respeto.

Aun entendiendo las tristes circunstancias

en las que nos encontramos en nuestras familias,

la sociedad en la que nos movemos espera que aparezcas con mi hijo.

Entonces hablaré con su hijo. Seguro que entenderá mis motivos

y sabrá disculparme ante los invitados si no voy.

Tú puedes hablar con él cuanto quieras,

pero estoy hablando contigo y te lo pido de buenas formas.

¿Por qué siempre lo pone todo tan difícil?

Además, Rodolfo y yo no estamos... Seguís casados,

no tengo que recordarte cuáles son tus responsabilidades.

Mis responsabilidades eran solo hasta las elecciones

y, que yo sepa, ha pasado mucho tiempo desde entonces.

Y han cambiado mucho las cosas. No tanto.

Los escándalos que protagonices afectan a mi hijo Rodolfo

sino también a su majestad la reina.

Por lo tanto, como comprenderás, ¡tienes que asistir esta vez!

(SUSPIRA)

Sé que usted es como de la familia para las Silva

y que está tan afectada como ellas.

Así que, si mis preguntas le incomodan...

-Yo se lo haría saber, inspector, pero...

Voy a colaborar en todo lo que pueda.

-Bien. En el bautizo de la hija pequeña de doña Adela,

como comprobé con mis ojos,

hubo un incidente muy desafortunado.

-Me figuro que se refiere a la aparición de mi hija.

-En efecto, doña Carolina se presentó en la celebración

interrumpiéndola sin ningún miramiento.

-Estaba muy dolida.

Su prometido, don Bernardo Angulo, acababa de dejarla.

No había sido invitada al bautizo, por eso perdió los nervios.

-Y tanto. Acusó a doña Adela y don Germán

de todos sus males e, incluso, llegó a amenazarlos.

-Lo recuerdo, estaba muy alterada.

-Y les amenazó diciendo, si no recuerdo mal:

"Ojalá te quedes sola y sufras lo mismo

que estoy sufriendo yo por tu culpa".

-No recuerdo sus palabras con exactitud.

-Pero fueron como esas.

Todos estábamos muy asustados.

-Mi hija tiene un carácter muy difícil.

Y es lógico que no haber sido invitada al bautizo

de la hija de su antiguo marido y de doña Adela le causara dolor.

Lo expresó con esas palabras como podrían haber sido otras.

-Pues fueron muy desafortunadas sabiendo qué ocurrió después.

-Ah... -No solo expresan un posible móvil,

sino que parecen anunciar un asesinato:

Dejar sola a doña Adela,

como ella dejó sola a doña Carolina.

-No, no, no, no, no, eso sí que no.

Mi hija no ha asesinado a nadie.

-No digo que lo haya hecho, pero considere que es normal

que sea nuestra principal sospechosa.

-Solo queremos comprobar que lo que dice ella es verdad.

-Ayer mismo fui a visitarla.

-¿Ah, sí? -Ajá.

-¿Y qué le dijo?

-Bueno, insistió en su inocencia. -¡Claro!

Porque es inocente. -Y me dijo que, al salir del club,

había pasado el resto de la tarde con usted.

Antes de responder, piénselo bien,

porque puede estarle proporcionando

una coartada a un asesino.

Sé que se trata de su hija, pero espero que su buen juicio

y su afecto por la familia Silva y por don Germán

le hagan no mentirnos. -Rosalía no acostumbra a mentir.

-Bien.

Dígame, ¿puede confirmar la historia de su hija?

¿Estuvo con ella toda la tarde en su casa?

-Sí, estuve con ella.

-Bien, ¿puede contarme algo más sobre esa tarde?

-Al salir del bautizo, la vi tan afectada,

tan fuera de sí, que me temí que pudiera sufrir un...

Un desmayo o un ataque de nervios.

De modo que le insistí en acompañarla a su casa,

prepararle una tila y hacer que se metiera en la cama.

-¿Hasta qué hora estuvo con ella?

-No puedo precisar la hora con exactitud, pero...

Ya se había hecho de noche cuando salí de la casa.

-Entonces Carolina no pudo matar a Germán.

-Muchas gracias por su colaboración, doña Rosalía.

-Aquí estoy para lo que necesiten.

(SUSPIRA)

-Carolina, ¿está listo el fajín que le encargué?

-Sí, sí, enseguida.

Perdone, ¿qué me ha dicho? No le he escuchado bien.

-El fajín de gala que le encargué para mi hijo Rodolfo.

-Ah, claro.

Este color está muy de moda

y creo que luciría muy bien como fondo del fajín.

-Carolina, ¿está usted en Babia? -No quiero un fajín nuevo,

le repito que ya le encargué uno el miércoles pasado.

¿No lo recuerda? -Sí.

El miércoles pasado, eh...

-¿Y a nombre de quién estaba en fajín?

-¿A cuántos Loygorris conoce usted en la capital?

-Ah, sí, claro. Disculpe.

-Carolina, está usted totalmente ida.

¿Se encuentra bien? ¿No debería llamar al médico?

-No, no, es solo que no he dormido bien esta noche.

Enseguida voy a la trastienda a buscarlo.

-Ah... No me puedo creer que estés trabajando así sin más.

-¿Y qué esperas que haga? -Nada.

Solo que me sorprende cuando

todos están tan afectados por la muerte de Germán.

¿Por qué tú no? -Yo soy la que más le quería,

y tú lo sabes. -No.

Le odiabas tanto como odias a mi hermana.

-Yo creo que me voy a retirar, ¿eh?

-No, no, doña Dolores, no hace falta.

Ya la conoce, es una cría resentida

y malintencionada, siempre lo ha sido.

-No intentes distraer la atención,

sé perfectamente que no soportabas

que Germán fuera feliz con alguien que no fueras tú.

Yo creo que no.

Yo creo que fue el bebé,

eso ya fue demasiado para ti, ¿verdad?

Se te veía en la cara cuando irrumpiste en el bautizo.

-La verdad, Carolina, es que aquello fue

un espectáculo lamentable, pero yo creo

que los asuntos de familia mejor resolverlos en familia.

Buenas tardes.

-Por supuesto que no podía soportarlo.

Germán era mi vida

y fuimos una familia feliz durante muchos años,

hasta que Adela acabó con todo eso.

-Por eso su muerte no te desagrada del todo.

-Yo no tuve nada que ver con su muerte,

le quería demasiado.

Pero tú eso no puede entenderlo, ¿verdad?

Y ahora ya no está.

Ah... Y Adela...

Al menos tiene a su hija.

No, pero yo estoy completamente sola.

-No intentes disimular tu ira con lágrimas.

Te podrá funcionar con los demás, pero conmigo yo.

-¡Lloro porque yo también soy su viuda, a ver si te enteras!

-Su viuda es Adela. (LLORA) Adela...

Adela...

No quiero volver a oír ese nombre nunca más.

-Carolina, la Policía no tardará en descubrir

quién fue el asesino de Germán.

Entonces le condenarán a muerte

y arderá en el infierno, que es lo que se merece.

Hola. ¿Cómo te encuentras hoy?

Si no fuera por la niña, no habría ni salido de la cama.

Otro motivo por el que esta niña es una bendición.

Se supone que la cuido a ella y parece que es al revés.

Es ella la que tira de mí.

Si necesitas ayuda, solo tienes

que pedírnosla. -Sí. Lo que sea.

¿Qué pasa?

Va a parecer oportunista, después de lo que acabáis de decir.

Pero si quería veros, es porque necesito consultaros algo.

Lo que necesites. Sabéis que Leticia está en Madrid.

Ah, sí. Esa mujer tan antipática.

No. Es más que antipática. ¿Quién es?

-Es la hermana de Eusebio, el primer marido de Adela.

Creo que te he hablado de él en alguna ocasión.

-Sí. Germán hipotecó la casa.

Yo no sé por qué hizo ese disparate.

Y, la verdad, no quiero ni saberlo.

Seguramente, no lo hizo para mal.

Es lo que ha conseguido, hacernos mal.

Y eso es lo que enturbia mi recuerdo de él.

Germán... Bueno, lo importante ahora,

no es si mi recuerdo de Germán es perfecto o no lo es.

Lo importante es que Leticia

ha comprado esa hipoteca. Ahora es tu casera.

Pues sí.

¿Y de dónde ha sacado el dinero? ¿No estaba arruinada?

Sí, pero se casó con un anciano que se murió a los pocos meses.

Heredó una fortuna. Y en vez de disfrutarla,

me hace la vida imposible. ¿Cómo?

Las condiciones son abusivas. ¿Cuáles son?

Me pide 100 pesetas al mes. ¿100 pesetas?

-Eso es muchísimo. Sí.

Y si no se las pago al primer día del mes, nos echará.

Qué malnacida. Como si a ella no le sobrase el dinero.

Sí, pero lo que quiere, es vengarse.

Lo que me cuesta creer, es cómo Germán ha podido hipotecar la casa.

Yo tampoco me lo explico.

Supongo que le iría mal en el trabajo. Yo qué sé.

Pero nos ha dejado en una situación muy incómoda.

Adela, Diana.

Os voy a decir algo que no os va a gustar.

-¿Qué? Me estás asustando.

-La idea de hipotecar la casa fue mía.

-¿Pero por qué? ¿Cómo has podido decirle algo así?

-Hace unas semanas, Germán vino a mí desesperado.

¿Desesperado por qué? ¿Por qué no me dijo nada?

Acababas de dar a luz y no quería disgustarte

por tu salud y por la de la niña.

Dios mío. Me dijo que le habían estafado

con todo aquello de la bolsa.

-Donde querías invertir. -Sí.

¿Pero quién le estafó? ¿Cómo le estafaron?

Quiero limpiar la memoria de Germán,

así que os lo voy a contar todo.

Ya verás que todo lo hizo por amor a ti.

Gracias.

Te agradezco mucho que hayas venido, Blanca.

Supongo que no ha sido fácil.

Me hubiera gustado quedarme con Adela.

Lo entiendo. Por eso, le doy

tanto valor que estés aquí.

Te hacía tan dolida, que, la verdad,

no me atrevía a pedírtelo.

No tiene más importancia.

Siempre tienes a alguien para que te haga el trabajo sucio.

No entiendo, Blanca.

Un momento. ¿Mi madre te ha pedido que vengas?

¿Pedir? ¿Desde cuándo tu madre pide algo,

si siempre lo exige? Como si me hubiera puesto

una pistola en el corazón y no tuviera otra opción.

Lo siento mucho. No sabía nada.

Ya que he venido, sonreiré a todo el mundo

y hablaré con quien sea preciso.

Pero cuando termines tu intervención y se vaya

la prensa, me iré. ¿De acuerdo? De acuerdo.

Y te lo agradezco.

Ahí está el tesorero del partido.

Tengo que hablar con él. Ahora vengo.

-Ahora le alcanzo.

Señorita Villamagna. Qué casualidad encontrarnos aquí.

Yo he acompañado a mi marido.

¿Y a usted qué le trae por aquí? He venido con mi padre.

Espero que se encuentre mejor de sus dolencias en el oído.

¿A qué se refiere? ¿No tiene otitis?

No. Jamás he padecido de eso, afortunadamente.

Disculpe. Me habré confundido.

Desde luego, me hablaron de otra persona.

No se preocupe. No tiene importancia.

Parece que el acto va a dar comienzo. ¿Vamos?

Sí. Deberíamos acercarnos. Sí.

Entonces, Wenceslao desapareció.

-¿Y el dinero de Antonia y de la tía Adolfina?

-Desapareció con él.

¡Ay, Dios mío! Pobre Germán.

Debió sentirse tan responsable y tan abrumado.

No estaba abrumado, estaba desesperado.

No quería ser el causante de la ruina de tía Adolfina.

Y asesorado por mí y en qué mala hora,

hipotecó la casa. No te tortures.

Tú le dijiste lo que creías que era mejor en aquel momento.

De esa forma, pudo devolver parte del dinero que invirtió Adolfina.

¿Ves cómo Germán era un buen hombre?

Su único pecado fue no querer preocuparte.

Era tan bueno y tan generoso. Sí.

Y ahora, su recuerdo es exactamente

como tiene que ser. Gracias, Salvador.

Lamento no haberle podido ayudar de otra manera.

Le diste trabajo y buenos consejos.

No sé qué más podías hacer.

¿Por qué no nos lo contaste antes?

-Le prometí a Germán que le guardaría el secreto.

Y eso lo que he hecho, hasta este instante.

Me apena que lo haya pasado tan mal

y que yo no hubiera estado ahí.

No pienses en eso. No tiene sentido.

Sí. Tienes razón. Tengo otras cosas

de las que preocuparme.

Soy una viuda llena de deudas y sin ahorros

y con una niña a la que hay que dar de comer y vestir.

Si Germán se metió en ese lío, fue por mi consejo.

Lo justo sería que pagase la hipoteca.

Al menos, de momento. De ninguna manera.

No lo aceptaré. Deja que te ayudemos.

Estamos en condiciones de hacerlo, si no, no te lo diríamos.

-Si estuviéramos en tu situación,

tú harías lo que fuera por ayudarnos.

Sois demasiado buenos, pero no puedo aceptarlo,

de verdad. Adela.

Si lo acepto, os devolveré hasta la última peseta.

Pero dejad que me lo piense. Sí.

Tómate el tiempo que necesites. Tranquila.

No sé qué haría sin vosotros. Bueno.

Gracias.

Perdón por el retraso. ¿Lleva mucho esperando?

-No. No se preocupe. -Me he retrasado

porque hay novedades importantes

en el caso del asesinato de don Germán.

-¿Por qué me da un listado de los turnos de guardia

de la comisaría? -Ah. Eh... No, no.

Perdón. Tengo demasiadas cosas en el despacho y...

-¿De qué se trataba? -La huella parcial que encontramos

en la casa del señor Rivera...

En fin. Sé que mi principal sospechosa era Carolina.

-Y la mía, por mal que le pese a doña Rosalía.

-Ya. Pero la coartada de doña Rosalía era sólida.

-Es su madre. -Y hay algo más.

Comparé la huella que encontramos

junto al cadáver de don Germán, con la que sacamos de doña Leticia.

Aunque no es definitivo, porque es huella parcial,

sí puede ser la asesina. -¿Leticia es la asesina?

-Podría ser. Bien porque, en su locura,

crea que es una forma de justicia

contra doña Adela, quitándole a su marido,

como ella le quitó a su hermano.

-Tiene una lógica macabra. -O bien, porque la asesina esperaba

a Adela y antes llegó don Germán.

-¿Y qué relación tiene con los otros crímenes?

-Para despistarnos. Para que ella no parezca sospechosa.

-¿No es excesivo? Incluso viniendo de Leticia.

-La línea que separa a veces la razón de la locura,

puede ser muy quebradiza. Se sorprendería de ver

los motivos que hay tras muchos crímenes.

-Pobre Adela. Quién le iba a decir que su pasado

se le iba a volver en su contra

de esta forma. -Sí. Una tragedia.

Tengo que ir al juzgado a cursar una orden de detención

contra doña Leticia. -Vaya, por favor.

Cuanto antes, mejor. -Le pido discreción.

Por lo menos, hasta que logremos atraparla.

No vaya a ser que la noticia llegue a sus oídos y huya.

-No diré nada hasta que usted lo permita.

-Espero traer noticias pronto.

(CANTURREA)

Por mí, no pare, señora. No.

Solo le estaba canturreando al bebé que llevo en el vientre.

¿Tú crees que nos oyen desde ahí dentro?

Pues yo casi preferiría que no, señora,

porque si no, mi bebé solo oirá mis lamentaciones

o las discusiones con Raimundo, doña Rosalía.

Pensará que su madre es una loca o una tristona.

No será para tanto, mujer. Seguro que también te oye reír.

No. En estos últimos días, con todo lo que ha pasado...

Y ahora, encima, me tengo que marchar de la casa.

Quién me mandaría a mí empujar a don Luis.

Como si no tuviera yo bastantes problemas ya.

No te flageles más. Lo has hecho por defender a Rosalía.

Cualquiera habría hecho lo mismo.

Ya, señora. Pero qué vergüenza.

Yo, una simple criada, zarandeando al señor de la casa.

Ya sabes que Luis puede ser muy desagradable cuando quiere.

Y tú también estás muy sensible.

Muchas gracias, doña Francisca.

Pero yo me siento muy mal.

Estoy muy avergonzada. Entiendo que me haya despedido.

Eso ya lo veremos. Ya veremos si el despido

se hace efectivo o no se hace efectivo.

No, por favor, señora. No se enfrente a su marido por mí.

Ya bastantes problemas les he causado.

¿Pero de qué problemas me hablas?

Verá, doña Francisca. Ayer, sin yo quererlo,

escuché sus gritos, sus discusiones,

los reproches que se hacían el uno al otro.

Y no quiero que vuelva a discutir por mi culpa.

Pero no discutimos por tu empujón, sino por muchísimas más cosas.

Luis me reprocha lo ocurrido en el pasado

y me parece que sabes a qué me refiero.

Sí. Y yo también tengo mucho

en contra de él. Me aterra pensar

en un futuro así a su lado, todo el día enfrentados.

Yo que pensaba que ahora las cosas irían mejor,

ahora que ha vuelto a instalarse

en la habitación con él. No van mejor.

Ya la he puesto triste. Si es que siempre digo

lo que no debo. Es como una enfermedad y no puedo parar.

Lo mejor será que me marche de esta casa

para dejar de importunarles a todos de una vez.

No digas eso, Merceditas. Aquí se te quiere

y se te aprecia muchísimo.

No se preocupe, que no volverá a oírme.

Esta tarde recojo mis cosas y me marcho.

Se me partirá el corazón, pero es lo que debo hacer.

Tú no te vas a ningún sitio.

Puede que yo no consiga que Luis no te eche de casa,

pero creo que sé quién puede hacerlo.

¿Y de quién se trata?

Buenas tardes.

¿Cómo estás, Carolina?

-¿Usted qué cree? -Hija, yo estuve contigo

la tarde en que mataron a Germán.

-Y le agradezco que me sacase del Club Social.

Monté un escándalo innecesario. Lo sé.

Es que me hervía la sangre.

Suerte que la tengo a usted. -Siempre. ¿Me oyes?

Siempre.

Pero no estuvimos juntas toda la tarde.

Por eso, necesito que me digas

qué hiciste luego cuando te marchaste.

¿Adónde fuiste, Carolina?

-Estuve por ahí.

-Hija.

Necesito saber dónde estuviste luego.

-¿Usted también ha venido a llamarme asesina, madre?

Han matado al hombre que amaba.

-He venido a saber qué hiciste la tarde en que mataron a Germán.

La policía me ha interrogado.

Y yo les he dicho que pasamos la tarde juntas.

Porque eso fue lo que dijiste tú.

Pero las dos sabemos que no es así.

Por eso, necesito que me digas

qué hiciste aquella tarde, Carolina.

-Yo no le maté, madre.

Le quería.

No hice nada malo.

Al menos, nada que causara daño a otra persona.

-Yo creo en tu inocencia.

Por eso, necesito saber por qué he tenido que mentir

a la policía.

-Me encontraba muy mal.

Y no sabía qué hacer conmigo ni con mi dolor.

Así que me encerré en casa.

Hice lo que hago siempre que me encuentro así.

Tomar opio.

(Llaman a la puerta) Pase.

Vaya. ¿Vienes a verme? Qué grata sorpresa.

No, no tan grata.

He venido con alguien que quiere hablar contigo.

Salvador, ¿va todo bien?

Le he contado que quieres despedir a Merceditas.

Ah, sí. Mostró una conducta completamente inaceptable.

Está muy arrepentida y ha pedido perdón.

No te pongas de su lado. Estoy pensando seriamente

denunciar su agresión a la policía.

-¿A la policía? ¿De verdad vas a hacer eso?

¿Te sorprende? A mí también, y mucho,

ser agredido por el servicio en mi propia casa.

Qué forma de sacar las cosas que quicio.

¿Se puede saber qué hizo exactamente Merceditas?

-Me empujó y apunto estuve de caer al suelo.

Le conté qué hiciste tú para que te empujase.

Se requiere mucho coraje para amenazar a una anciana.

Pero frenar a una joven criada que no levanta

esto del suelo, para alguien de tu envergadura,

eso es demasiado, Luis.

-¿Te hace gracia que el servicio maltrate

a sus señores? -Me hace gracia

cómo te lo tomas. ¿Llamar a la policía?

¿Me tengo que tomar todo esto en serio?

-Mis nervios son muy frágiles.

Cualquier sobresalto, me podría causar mucho daño.

-Merceditas te apartó de Rosalía porque temía que le hicieras algo.

Son como madre e hija. Hasta tú puedes entenderlo.

-Lo único que entiendo es que, incluso tú,

quieres hacerme pasar por culpable,

cuando la víctima soy yo. -¿Víctima?

Las mujeres de esta casa tienen que soportar

día sí y día también tus desplantes y malhumor.

-Si yo hubiera tratado así a tu esposa,

entendería tus argumentos. Pero se trata del servicio.

Si no podemos castigarlo y reñirlos sin temerlos,

¿qué sería de nosotros? Sería el caos.

-No creo que entre los planes de Merceditas

esté iniciar ninguna revolución. Pero no te preocupes.

La vigilaré bien de cerca. Y si ella tiene

alguna inclinación revolucionaria, ya la sacaré de esta casa.

Mira. Me parece muy razonable. Muchas gracias.

-Os lo pasáis muy bien a mi costa.

Me da igual. Quiero que Merceditas

se vaya de esta casa. -No.

-¿Cómo que no? -Luis, quería convencerte

por las buenas, pero va a tener que ser por las malas.

-¿Qué piensas hacer? ¿Me vas a hacer daño?

-No. Si tanto has lamentado el empujón de una mujer,

una bofetada mía te causaría la muerte.

-Vigila tus palabras. A lo mejor, te las tienes

que tragar con unos cuantos dientes rotos.

-Luis, di lo que quieras. Pero yo soy tan señor

de esta casa como tú. Pero con una diferencia.

Tengo el apoyo de las hermanas Silva. Y tú no.

Ni siquiera tienes el de tu esposa. Tiene toda la razón.

Merceditas se va a quedar en esta casa, te guste o no.

Aquí el que debería irse, eres tú.

Nadie te quiere, Luis.

¿Desde cuándo tomas opio, Carolina?

-Cuando mi padre entró en prisión, me pidió

que hablara con unos ingleses

y que me encargase yo del tráfico de opio.

Así fue cómo lo descubrí.

-¿Y lo tomas desde entonces? -No.

En mi vida había visto algo así.

Así que les pregunté sobre cómo manejarlo.

Y me entró mucha curiosidad

de por qué la gente lo tomaba y pagaba tanto por él.

"La medicina del alma", lo llamaba

uno de los transportistas.

Y él me explicó cómo se tomaba

y qué precauciones había que tener.

-Yo tampoco sé muchas cosas sobre el opio.

Pero tengo entendido que es muy peligroso,

que la gente que lo toma, pierde la cabeza

y que luego no puede dejar de tomarlo.

-Y lo es.

Por eso, al principio, me resistía a tomarlo.

Pero la muerte de mi hijo me dejó tan hundida.

Pensé que no iba a sobrevivir y necesitaba ayuda.

-La muerte de esa criatura fue un golpe terrible.

-Y los pensamientos y el dolor no me dejaban estar tranquila.

Lo necesitaba. Necesitaba algo de paz.

-¿Y te la dio?

-Mucha.

Por eso, el opio es tan peligroso,

porque cuando lo tomo, es como estar en el paraíso.

Un paraíso de humo falso.

Pero que te reconforta tanto,

que, a veces, me daban ganas de no volver.

-Calla, hija. Tienes que recurrir a mí

cada vez que lo necesites.

-Y lo haré, madre.

Pero, en ese momento, no había otra salida.

Lo malo es que...

el opio te llama, aunque tú no quieras saber de él.

Y ahora, lo necesito constantemente.

-No, no, no. Tienes que alejarte de eso.

Yo te ayudaré. Hija.

No quiero que sufras.

Lo venceremos.

Estaré contigo, ¿me oyes?

Lo venceremos, ya lo verás.

Las dos juntas.

¿Lo entiendes?

Las dos juntas.

¿Sabe la vergüenza que me ha hecho pasar?

Yo sólo hago mi trabajo. Siéntese.

Detenerme en mi hotel a la vista de todo el mundo

como si fuese una delincuente.

Es que es usted una delincuente.

La asesina de Germán Torres y de otras 5 mujeres más.

Yo no tuve nada que ver

con la muerte del marido de Adela.

Y menos con la de esas otras mujeres.

Los indicios apuntan en su dirección.

¿Qué indicios son esos?

Llegó a Madrid unos días antes del primer crimen.

Una simple coincidencia.

Tiene un usted un móvil, tuvo una oportunidad.

Y tenemos una huella que coincide con las suyas.

Un huella, como si fuese un animal.

Las huellas digitales ya se usan

para dar con asesinos como usted.

Pues se equivoca, porque yo odio a Adela Silva

pero no maté a su marido.

Insisto en que son los indicios los que hablan, no yo.

Usted no sabe interpretarlos.

Y mientras aquí perdiendo el tiempo

el auténtico asesino sigue libre.

Bien, ¿entonces si no mató usted a don Germán

puede decirme qué hizo la tarde del crimen?

Estuve en mi habitación, en el hotel.

¿Sola? -Sí, sola.

¿No hizo ninguna llamada a alguien?

Estuve toda la tarde durmiendo. Me encontraba indispuesta.

Lo ve, ni siquiera tiene una coartada decente.

Cuanto más sé de usted más sospechosa me parece.

Acabará soltando y pagará muy caro su atrevimiento.

Agente, llévese a esta mujer al calabozo.

Se equivoca. Por favor, ¿eh?

Está cometiendo un grave error

y la sangre de nuevas víctimas caerá sobre su conciencia.

Suélteme, por favor.

No sé, es como si Carlos no me escuchara.

Bueno, Sofía, entiéndelo, sus nuevos negocios

le quitan tiempo y atención. Debe estar cansado.

Ya, pero no es sólo eso.

No sé, está... está raro.

¿Raro cómo?

Pues raro en general.

No sé, antes era mucho más cariñoso.

Y cuando estábamos solos

siempre de acariciaba, me besaba.

Ya, ya, lo he entendido.

Y ahora es que no me busca.

Hasta diría que intenta evitarme.

¿Y no serán imaginaciones tuyas?

Ya, antes pensaba eso.

Pero como sigue tantos días huraño y frío pues...

no sé, cada vez estoy más convencida

de que algo le pasa.

¿Y... y qué crees que le pasa?

Pues a veces pienso

que a lo mejor ha conocido a otra.

¡Oh!

Sofía, ¿Carlos a otra?

Yo creo que eso no es. Vamos, seguro.

Ya, ya, si es que parece que esté exagerando un poco.

Pero no sé, no puedo evitar pensarlo.

Sofía, yo creo que eres un poco malpensada.

Ya, en realidad me cuesta

imaginarme a Carlos coqueteando con otra.

Claro. -Por fin te encuentro.

Quería hablar contigo.

Entonces os dejo solas. -Gracias, Sofía.

No, no, Sofía. Va a ser sólo un momento.

No, tranquila, se me ha hecho tarde.

Mejor me voy.

Adiós, Celia.

Está bien, ¿de qué me vas a acusar ahora?

Quería pedirte disculpas.

Vaya eso no...

no me lo esperaba.

Sé que fue muy injusto

acusarte de estar detrás de las amenazas.

Y ahora sé que desgraciadamente no es una broma

y que quien las envió quiere hacernos daño.

Celia, me dolió mucho que pensaras

que pudiera ser capaz de algo así.

Lo siento mucho.

Pero reconoce que has hecho muchas trastadas.

Y muchas de ellas desafortunadas.

Creo que no estamos desviando un poco de la disculpa.

Si no eres capaz de disculparte

sin hacerme reproches mejor me voy.

Lo siento.

No quiero hacerte ningún reproche.

De verdad que sólo quería pedirte perdón.

Ya hemos pasado mucho tiempo peleadas

y yo quiero que esto se acabe.

Sí, eso es verdad.

Ahora parece que no hacemos otra cosa.

Yo pensé que las cosas cambiarían cuando te acogí

después de que te escapaste del tren.

Pero luego se lo contaste a Diana.

Porque te ibas a escapar a Argentina.

Y temía que te fuera a pasar algo malo.

Tú dijiste que me odiabas y eso también me dolió mucho.

Celia, pero sabes que no lo dije en serio.

Simplemente fue un mal pronto.

Aparte de pensarlo también me gustaría sentirlo.

Yo te quiero mucho, hermana.

Sólo quiero que me perdones.

Está todo olvidado, Celia.

Ya podemos seguir como antes.

(SUSPIRA)

Don Salvador.

¿Puedo hablar con usted un momento?

Dígame.

He visitar a don Ricardo a decirle que sí, que lo haría,

lo de pasarle la información de la fábrica

como me pidió que hiciera. -¿Y qué le dijo?

Pues que aceptaba encantado.

Ya me ha encargado la primera misión.

¿Cuál?

Que haga salir el cargamento de cloro con o sin su permiso

y que luego ya me las apañe yo con usted.

Ya veo. -Y no sé qué hacer.

Hágalo. -¿Y doña Diana?

Diana se va a enfadar. Y yo también me enfadaré.

Y usted templará nuestros ánimos como siempre ha hecho.

Don Ricardo debe creer que está usted de su lado.

No va a ser fácil.

Por eso le estoy tan agradecido.

Ahora haga el envío sin tardanza.

A sus órdenes.

Bueno, a las órdenes de don Ricardo.

Carlos.

Espero que traigas buenas nuevas

del negocio que tenemos entre manos.

¿Lo has hablado con don Ricardo?

Sí, y aunque al principio no le ha hecho mucha gracia

ha aceptado que usted sea socio de la fábrica.

Es lo normal, teniendo en cuenta que el cloro

sale de nuestra fábrica.

Sí, así lo ha visto él también.

Espero que pronto nos podamos reunir

para repartir beneficios. -Sí, sí.

Pero antes me gustaría hablar contigo de otra cosa.

¿Qué?

Mi negocio son las telas, no las armas.

Me gustaría saber más sobre ese negocio.

A mí me costó unas semanas ponerme al día.

Aprendo rápido.

¿Y qué cuestiones le interesan? -Las que se te ocurran.

Métodos de fabricación,

fechas de entrega, de salida, rutas, riesgos...

¿Y a qué se debe tanto interés en estas cosas, Salvador?

Control, Carlos. Si quieres triunfar

en los negocios tienes que tenerlo todo controlado.

Y si no lo conoces no puedes controlar.

Sí, perdona, es que soy nuevo en esto de los negocios.

No te preocupes, me vas poniendo al día

en el despacho con un Croisette

que me acaban de traer. -Claro que sí.

Yo también sabía lo de la hipoteca, Adela.

¿Y cómo no me has dicho nada? Pues por no preocuparla.

Germán andaba apuradísimo con sus deudas

y usted acababa de dar a luz.

Y él temía que la noticia pudiera afectarla demasiado,

que bastante trajín se tiene ya con un bebé recién nacido.

Pero aún así, Antonia. Aún así.

Es que Germán estaba angustiadísimo.

Hizo verdaderos esfuerzos para que nadie se lo notara.

Y estuvo a punto de hacer un disparate.

¿Qué disparate?

Ya qué más da, no merece la pena lamentarse.

Al menos hemos tenido la suerte

de que estuviera en nuestras vidas.

Y yo de tener una hija con él.

Claro que sí.

Aunque ahora duela ya verá que con el tiempo y poco a poco

se convertirá en un bonito recuerdo.

Aunque seguirá doliendo.

Ojalá tenga razón.

Bueno, ¿y con la hipoteca qué va a hacer?

Salvador y Diana me van a ayudar a pagarla.

Ah, qué bien. Se sentirá aliviada, ¿no?

Pues sí, con la hipoteca sí.

Pero mis ahorros van mermando, Antonia.

Y yo no sé cómo me voy a mantener a mí y a la niña.

Bueno, Dios proveerá. Pues no sé cómo.

Me encantaría ayudarla, pero nos hemos quedado

con una mano delante y otra detrás por culpa

del malnacido de Wenceslao.

Que en buena hora lo conoció Germán.

Menos mal que pude recuperar el Ambigú gracias a mi hijo.

Dicen que Dios aprieta pero no ahoga.

Aunque yo tengo la soga al cuello.

Se me está ocurriendo una idea.

¿Por qué se no se viene aquí a trabajar en el Ambigú?

¿Lo dices en serio o es por caridad?

No. Enrique sigue enfermo y Raimundo y yo hay ratos

en los que no damos abasto para atender a la clientela.

Y bueno, usted ya tiene experiencia.

Pues si te puedo ser de ayuda, yo...

Claro que sí.

Se lo consultaré a Enrique, pero delo usted por hecho.

Pues yo encantada.

Hablaré con mis hermanas

a ver quién se puede quedar con la niña.

¿Para qué? Tráigasela. ¿Aquí?

Claro.

No ve que aquí se crió Gabriel y mire, que es conde.

(RÍEN)

Señoras. -Ay, buenas.

La estaba buscando para darle una noticia.

Espero que sea una buena noticia.

Hemos detenido a Leticia Sáez como sospechosa

del asesinato de su marido.

¡Oh!

Ya podemos respirar tranquilas.

Pues aunque nos falte el ánimo

yo creo que esto hay que celebrarlo.

No, gracias, yo no bebo mientras trabajo.

Pero si esto es vino de la casa.

El vino de la casa no cuenta.

¿Y por qué fuiste, Blanca?

Porque no me quedó más remedio. No sabes cómo se puso tu madre.

Sí, eso me lo puedo imaginar.

¿Y fue muy aburrido?

Pues siendo el típico evento pro-alemán, lo normal.

Sirvieron esos típicos dulces de chocolate anisado

que no me gustan nada. Sí, si alguna vez nos invaden

espero que al menos nos dejen conservan nuestra gastronomía.

Aunque sí fue interesante encontrarme con alguien

que tú también conoces. ¿Ah, sí? ¿Con quién?

Inés Villamagna.

Ah, mi paciente Villamagna.

¿Por qué me has mentido?

¿Y por qué crees que lo he hecho?

Le pregunté sobre su otitis.

Está bien, puedo explicártelo.

A mí sólo se me ocurre una explicación

que como comprenderás no me gusta nada.

Sé lo que temes, Blanca, pero no va por ahí.

¿No hay nada entre esa mujer y tú?

Nada.

Nada sentimental, nada físico,

nada que pueda poner en peligro nuestra relación.

La mentira afecta a nuestra relación, Cristóbal.

Lo sé, peor Inés sí que ha sido mi paciente.

No por una otitis, sino por una herida de bala

que tuve que curarle en secreto.

¿Y por qué?

Pertenecía al grupo anarquista que atentó en la fábrica.

¿Cómo?

No, no puede ser.

Después del tiroteo me apuntó con un arma

y me obligó a traerla hasta aquí

para que le curase la herida.

Por eso encontraste la medalla

y por eso nos has visto juntos más de una vez.

Espero que no te estés inventando esta historia

porque sería muy desagradable.

¿Me crees capaz de hacer algo así?

Es que no me lo puedo creer. Inés asesina y anarquista.

No es una asesina. En cualquier caso,

es la única relación que mantengo con ella.

De verdad sigo sin entender por qué te comportas

tan amistosamente con alguien así.

Casi mata a tu hermano y te ha apuntado con un arma.

Sí, lo sé. Pude haber muerto yo.

Y tú también, estuve en ese tiroteo.

Y pudo haber matado a la gente que más quieres

y sin embargo te empeñas en protegerla.

Inés no es como piensas.

No quiero pensar en ella, es una asesina.

No es una asesina, está arrepentida.

Ah, muy bien, mata a Miguel,

hiere a mi hermana, hiere a tu hermano

y sin embargo ahora está arrepentida.

Pues bien, que siga en libertad

hasta que se le ocurra disparar a otros.

Espérate, no fue así.

Inés acudió a la fábrica pensando que se trataba

de una manifestación de protesta.

No estaba al corriente de los explosivos

ni de que se iba a provocar un atentado.

No aprueba la violencia, Blanca. No es una criminal.

Simplemente pecó de ingenuidad.

Y necesita un poco de ayuda, eso es todo.

¿Y tú sin embargo quieres

ayudarla después de todo lo que ha hecho?

Por favor, Blanca, prométeme que guardarás el secreto.

No sé si puedo hacer algo así, Cristóbal.

Te lo estoy pidiendo por favor.

No le cuentes a nadie este secreto.

Por favor.

No sé por qué debería hacerlo.

Porque te lo estoy pidiendo yo.

Mis agentes están listos para interceptar

este cargamento en la aduana.

Parecerá un ataque anarquista.

Parecerá, ese es el problema.

Ya hemos enviado el cloro con retraso

y después de haber puesto mil problemas.

Si lo interceptan nada más salir

de la fábrica sospecharán.

Y para nosotros sería la ruina.

No veo otra solución.

Yo creo que sí la hay.

Usted tiene agentes en Alemania, ¿no?

Claro.

Ahora soy socio de la fábrica de Núremberg.

Y gracias a eso sé que cuando llega el cloro

tardan unas dos semanas en hacer los cilindros.

Pasado ese tiempo, cuando estén listos,

los enviarán a un almacén en Stuttgart,

más cerca del frente,

hasta que sean requeridos por el ejército.

Cuando llegue el momento

le pasaremos los horarios y el itinerario concreto.

He mirado el mapa y hay una zona de bosques y montañas

que puede ser perfecto para la emboscada.

Si son interceptados en ese itinerario

nadie podrá relacionar el ataque con nosotros.

Creo que puede funcionar.

Nosotros también lo creemos.

¿Entonces qué, se hará así?

Sí, creo que será mejor para todos, ¿no?

Bien.

Y ahora hay otra cosa que debo pedirles.

Una nueva misión.

No salimos de una para meternos en otra.

Así es la guerra.

Desde que ha estallado la contienda

los alemanes están ejerciendo mucha presión

para que España deje de ser neutral

y que se "alía" con su país.

Sí, lo hemos visto publicado en los periódicos.

Su cuñado, Rodolfo Loygorri,

parece "que ser" uno de los baluartes

de la causa alemana en el congreso.

Sí, también lo sabemos.

La misión es muy "sencillo".

Tienen que hacerse con su agenda

para que "podemos" seguir su movimiento.

Y también para descubrir a quién está ayudando.

Pero eso es muy complicado.

Amén de comprometido.

Una cosa es controlar nuestra fábrica

y otra la vida personal y profesional de una persona.

Con los lazos familiares que les unen

no será tan difícil, ¿no?

Pero Rodolfo no es una persona descuidada.

Es inteligente y muy organizado.

Y ustedes astutos y lleno de recursos.

Sé que no me defraudarán.

Lo intentaremos, pero no le prometo nada.

Cuanto antes logran hacerse con su agenda

mejor será para todos.

Good luck.

¿Qué te preocupa?

No quiero traicionar la confianza de Rodolfo,

es mi amigo.

Pero no es ningún ángel.

Puede que no lo sea,

pero hay líneas que no se deben cruzar.

Y la lealtad es una de ellas.

Si piensa que voy a dejar las cosas así se equivoca.

Voy a ir a la policía y la voy a denunciar.

La cuestión será después ver cómo Cristóbal le explica

a la policía por qué me curó y no me denunció.

O qué hace compartiendo esa casa con usted.

Imagino que para una dama de la reina

un escándalo así sería algo terrible, ¿no?

¿O me equivoco? Ilústreme.

Siempre que usted irrumpe sin avisar

trastoca mi vida de alguna manera.

No sé cómo se las apaña.

Mucho me temo que en esta ocasión no será diferente.

Me ha dejado claro que sabe quién soy

y que atenté contra su esposo.

¿Blanca ha hecho eso?

Diana, ya que estamos me gustaría pedirte consejo

sobre un tema muy delicado,

para ti y para mí.

¿De qué se trata?

Sé quién atentó contra Rodolfo en la fábrica.

Carolina no tiene ningún problema más allá

de los que se crea en su imaginación.

Aquí no le falta de nada

y me preocupo de que tenga todo lo que necesite.

¿Incluso el opio que necesita para conciliar el sueño?

Rodolfo sale todos los días en la prensa diciendo

que España debe entrar en la guerra,

y del lado de Alemania.

Y en nuestras manos está impedirlo.

¿No te das cuenta de la importancia que tiene

descubrir quién está intentando meternos en ese baño de sangre?

Lo entiendo.

Pero lo haremos a mi manera,

sin implicar a Rodolfo.

¿Cómo?

Conozco a alguien que nos puede ayudar.

Tejidos Silva hace negocios con Alemania.

Y el devenir de la política

de ese país me interesa por razones obvias.

En la logia hay gente muy cercana

a la presidencia del gobierno, incluso a ministros.

Y ellos podrían saberlo.

Tú tenías una visita pendiente a la logia, ¿verdad?

Por qué no me acompañas hoy a una reunión.

A pesar de mis deseos no puedo despedirte.

Pero sí que puedo hacer otra cosa,

hacerte la vida imposible.

Y lo haré, Merceditas,

no te quepa la menor duda de que lo pienso hacer.

Avisada estás.

Merceditas tendrá que buscarse otro empleo.

¿Y estaría dispuesta a dejar a las Silva?

A ver, don Luis no va a parar hasta que la eche.

¿Así que para qué sufrir mientras?

Bueno, en ese caso...

tal vez podría ayudaros.

La cuestión es que Adela

quiere visitar a Leticia en la cárcel.

Yo ya le he dicho que es muy difícil

que pueda acceder a ver a los detenidos.

No, no, si es una gran idea. -¿Cómo dice?

Cualquier detenido puede ser visitado

siempre que se le autorice por una buena razón.

No se me ocurre ninguna.

Adela puede sonsacarle información a su cuñada.

Si mi marido siguiera vivo estaría con él y con mi hija.

Pero tú te has encargado de que eso no sea así.

¿Por qué lo hiciste, Leticia?

Me alegra verte sufrir, Adela.

Me alegra ver cómo se te desgarra el corazón

igual que a mí con la muerte de mi hermano,

y cuando tu egoísmo nos sumió en la ruina.

¿Sabe quién es Herminia Segura?

¿Debería conocer a esa señora?

Es una de las doncellas del hotel

y niega rotundamente que usted estuviera la tarde

en la que asesinaron a Germán en su habitación,

como usted nos ha dicho.

Esa mujer se equivoca.

Ella está muy segura.

¿Sabe por qué? -No.

Porque la vio salir de su habitación, la 233.

  • Capítulo 294

Seis Hermanas - Capítulo 294

23 jun 2016

A su dolor por la muerte de Germán, Adela debe añadir la presión que Leticia, convertida en su casera, ejerce sobre ella. Por su parte Salvador y Diana quieren boicotear la entrega de cloro y además Green les encarga otra misión. Blanca descubre que Cristóbal le ha engañado.

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