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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 284 - ver ahora
Transcripción completa

Bueno, pues viendo que tanto usted como Rodolfo se encuentran bien

y yo he estado aquí todo el tiempo que ha hecho falta,

me vuelvo a casa con Cristóbal.

Deberías recordar que tu marido tiene un cargo político

de enorme responsabilidad y que necesita tener a su lado

a su esposa. Y más, ahora. -Blanca ha sido muy generosa

viniendo a casa y cuidándonos estos días.

Ahora ha tomado una decisión. La tenemos que respetar.

Puedes irte cuando quieras.

-Claro que su marido y yo nos vamos a casar.

Por eso la he llamado, para que no se extrañe

cuando Bernardo le pida la nulidad matrimonial.

Es absurdo que sigan casados,

cuando hace tanto tiempo que ni siquiera viven juntos.

Sí. Bernardo me lo ha contado.

No sé por qué le parece tan raro,

cuando... Huy. No te había visto.

-Es demasiado tarde para remilgos.

Tu fábrica de Núremberg fabricará munición,

hagas lo que hagas. Lo único que cambiará,

es que, si la vendes, ese dinero pasará a otra persona.

Pero el resultado será el mismo.

-¿Estabas hablando con mi esposa?

-Sí. Hablaba con tu esposa.

-¿Y no te dije que quería hablar yo con ella?

-Sí. Pero como no lo has hecho,

me ha parecido bien informarle de la situación.

-Carolina, prométeme que no volverás a hacer algo así.

-Está bien. Te lo prometo.

-Puede que veas cosas que no te gusten.

¿Qué cosas? Cosas que yo tuve que sufrir

y que ahora, quizás, sufras tú también.

Marina, no sé a qué te refieres,

pero estoy segura de que estás mintiendo.

Le he visto en este mismo despacho besando a una mujer.

Y no éramos ni tú ni yo. Cristóbal adora a las mujeres.

Y es posible que cuando estuviste enferma,

se hiciera a la idea de perderte.

¿De quién es esta medalla? ¿Esta medalla?

Sí. No sé. La encontré ahí mismo y no es mía.

Es de mi madre. ¿De tu madre?

Sí. Ya me la quedo yo y se la doy cuando la vea.

Lo he estado pensando

y me gustaría vivir aquí.

Y aún hay más. Me gustaría que fuera cuanto antes.

¿Qué?

-Es por Tulio. Me dijo que nos fuéramos de aquí.

No me pudo decir por qué, pero me dijo

que nos fuéramos cuanto antes.

Se puso tan intenso, que me dio un poco de miedo.

-Cuénteme todo lo que sepa sobre Alonso de Zúñiga.

-Que no sé nada de Alonso.

Le juro que le estoy diciendo la verdad.

-Eso espero.

Por su bien.

Le estaré vigilando.

-¡Extra, extra! Un tren lleno de refugiados españoles

colisiona con un tren

de municiones francés. -Dame uno.

-¡Extra, extra! Bélgica resiste.

Se sigue combatiendo en Lieja.

Se sigue combatiendo en Lieja.

-Si Federica cuenta a sus superiores

que sospecha de usted, le ordenarán matarla.

-¿Entonces, qué hago? -Corte todas las comunicaciones

del hotel. Y, al menos, impedirá que Federica

se comunique con nadie.

-El tren en el que viajaba su hermana Francisca

ha sufrido un accidente.

-Francisca no está en la lista de supervivientes.

-Quizás, está herida o extraviada. -Sí, sí.

Todo eso está muy bien. Pero, tal vez, debamos asumir

que Francisca esté entre las víctimas.

(Sintonía)

Merceditas, ya te he dicho que no estoy para desayunar.

-No. No te traigo el desayuno.

-¿Y tú qué haces aquí? Estás despedida.

-No vengo como empleada. Sino como amiga de la familia.

Por lo de Francisca. -¿Con la esperanza

de que haya muerto? -Con la esperanza de que viva.

Luis, además de ser tu esposa, fue mi alumna y es mi amiga.

Cuando supe que iba en ese tren,

sentí como si el corazón se me parase.

Y eso ha hecho que me dé cuenta de mi error.

-¿Qué error? -Dejar que los celos me poseyeran.

Por eso te hice lo del láudano, para retenerte a mi lado.

Pensé que no podría soportar verte con ella.

-Eso fue un absurdo. Te lo dije en su momento

y te lo vuelvo a repetir ahora.

Para mí, jamás significarás

lo mismo que Francisca. -Lo sé.

Y ahora lo acepto. Lo que dijiste ese día,

que Francisca y yo te dábamos cosas diferentes,

por fin lo he entendido. -¿Lo entiendes?

-Cada una de nosotras ocupa una parte de ti.

Y en eso consiste el verdadero amor,

en dar sin esperar nada a cambio.

Déjame ayudarte y reconfortarte en estos momentos tan tristes.

Sé que nadie te conoce mejor que yo.

Y... Y no volveré a cometer el error de pedir

lo que no se me ha prometido.

(Se abre una puerta) -Rosalía.

¿Hay alguna novedad? -Los Loygorri saben

lo mismo que nosotros.

-¿Nada? -Solo podemos seguir esperando

y rezar.

-Ay, Rosalía. ¿Por qué no descansa un poco?

-¿Y cuándo se sabrá algo nuevo?

-Don Rodolfo está en contacto con un conocido suyo,

un corresponsal de guerra que se ha desplazado

al lugar del accidente.

Espera que le llame pronto. -¿Y va a saber más

la prensa que el Parlamento? -Bueno, parece ser

que eso es lo corriente en tiempos de guerra.

En cuanto hayan identificado

a todas las... personas fallecidas, le llamará enseguida.

Solo de pensar que doña Francisca pueda estar entre ellas...

-Que Dios la proteja. -Tenemos que mantener

la esperanza. ¿De acuerdo? -Claro que sí.

-Todo va a salir bien. Francisca estará aquí pronto.

Nuestro hijo crecerá fuerte y sano.

Seremos una familia feliz. -Ojalá pudiésemos hacer

algo más que esperar. -Yo, con su permiso,

voy a preparar unas tilas. -Sí. Anda. Ve.

-Buena idea, Merceditas.

Nos hará bien.

Creo que tienes demasiada confianza en ese reportero.

-Romero es un hombre del partido,

fiel y un buen amigo. Lo ha demostrado con creces.

-De todas maneras, no me gusta nada que utilices

tus influencias para ayudar a las hermanas Silva una vez más.

-¿Ya está con esas otra vez?

¿Es que usted no tiene corazón?

-Sí lo tengo, hijo. Claro que lo tengo.

Cada vez, más maltrecho con tanto disgusto.

-Las hermanas están preocupadas

por lo que le pueda haber pasado a Francisca.

-¿Y puedo saber qué te ha pedido a cambio de esa información

ese tal Romero? Aún está por nacer

el periodista que haga algo gratis.

-No me ha pedido nada. -Si te lo hubiera pedido,

tampoco me lo dirías. Que te conozco.

Aun así, no entiendo tanto revuelo.

Lo que le haya podido pasar a Francisca, ya no tiene remedio.

¿A qué viene tanta urgencia? -Para aliviar la angustia.

¿O usted no lo pasó fatal cuando no sabíamos

nada de Cristóbal en África?

-¿No estarás comparando? Es mi hijo.

-Y Francisca mi cuñada. No lo olvide.

-Como para olvidarlo. Cinco cuñadas.

-Estoy tan harta de que gastes tus energías en ayudar...

-Madre, madre. Sosiéguese.

Piense en su salud. -Ya. Salud.

-Tome. Seguro que los ecos de sociedad

la distraen un poco. -Pero si ya no escriben

sobre esos temas. Solo de la guerra.

Bueno, y ni siquiera dicen lo que nos preocupa

a los españoles. Y es saber de qué lado

va a entrar España en esa guerra. -Si es que entra.

-¿Por qué dices eso? ¿Es que se discute algo

al respecto en el Parlamento?

-El gobierno pretende mantenerse neutral.

-¿Y tú? ¿Qué pretendes tú?

-Yo mantendré mi postura de apoyo a los alemanes.

Como es lógico.

-Lógico y forzoso, hijo. -Ya lo sé, madre.

-Que nadie te haga olvidar que estás donde estás por ellos.

Y también esperan su compensación. -Eso también lo sé.

Y le aseguro que nadie me ha movido de mi postura.

-Porque lo han intentado, ¿no es así?

-Porque lo han intentado, sí. -¿Es que la oposición

quiere que cambies de bando? -Ay, déjelo.

-No me vengas con esas. ¿De quién se trata? A ver. Dímelo.

-Está bien. Ayer Blanca me sugirió...

-Blanca. Tenía que ser Blanca.

-En realidad, no fue ella.

Fue la reina quien le pidió que me tanteara.

Ya sabe que Blanca es una de sus damas.

-Ya te encargas tú de recordármelo cada dos por tres.

-En cualquier caso, como bien sabe,

a la reina le atan lazos familiares con Inglaterra.

Pero su suegra, la madre del rey, simpatiza con los alemanes.

-Y, entonces, la reina pretende

que tú te pongas de su lado. -Eso es.

Por eso vino a verme Blanca.

-E imagino que te mantendrías firme.

-Inamovible, madre. No tiene por qué preocuparse.

-Bien. No me fío nada de Blanca.

No permitas que te haga cambiar de opinión,

porque sería catastrófico para nosotros.

-Madre, es que cada vez que insiste...

-Mira. Si no te encargas tú, me encargaré yo.

-No. Usted no se va a encargar de nada.

Se mantendrá de todo al margen. ¿Lo ha entendido?

-Si por ti fuera, estaría arrumbada como un mueble.

-No. No me venga con esas.

Convinimos que las cosas se iban a hacer a mi manera.

Con miel en lugar de hiel. ¿Recuerda?

No la he oído.

-Que sí.

-Pues ya lo sabe.

¡Federica! ¡Federica!

¿Qué ha pasado? ¿Qué? ¡Federica!

-Diana... -¡Ayuda! ¡Ayuda!

¿Diana qué? -Diana...

-¿Qué? Federica, ¿Diana qué?

¿Puede oírme? ¿Puede oírme?

¡Ayuda! ¡Ayuda!

Gracias por acudir. Tengo algo suyo

que quería devolverle. No sé si le tiene

mucho cariño a esta medalla, pero se le cayó en mi casa.

Gracias. La echaba en falta.

Pero, por favor, siéntese. Inés.

Le he llamado porque quería pedirle ayuda.

Uno de mis compañeros está herido de bala.

Llévelo a un hospital. Fue herido en una redada.

No me extraña. Perdió mucha sangre.

No podemos llevarlo, porque los médicos

darían parte a las autoridades.

Y pretende que cure a ese amigo. Se lo ruego.

Es un buen hombre y jamás hizo daño a nadie.

Lo siento, Inés, pero no cuente conmigo.

Cristóbal. Le juro que nunca le pediré otro favor.

Pero no me deje en la estacada.

Por favor.

(Llaman al timbre) ¡Ay, Dios mío!

-Voy. Pero por la hora, debe ser el cartero.

-Igual, es Rodolfo que viene a traernos noticias.

-Este dolor de cabeza acabará conmigo.

Tendría que haber dormido más.

-Quién podría hacerlo con esta angustia.

-¿Quiere que le traiga su medicina?

Necesita descansar. -No. Ahora no.

Quizás, más tarde. -¡Ay, mi Francisca!

-¡Francisca, gracias a Dios que estás viva!

Bueno, estáis. -Señora, creíamos que iba

en ese tren. ¿Pero qué tren?

¿Cuál va a ser? El que ha tenido el accidente.

¿Pero qué accidente? Era el que iba a coger.

Bueno, la estación de Roma era un caos

y cogí el primer tren que pude.

Pero creo que tenéis mucho que contarme.

No se figura cuánto.

Hola, Luis. Estás preciosa.

Sí, gracias. Me alegro de que esté

en casa, sana y salva.

Tenía ganas de volver, de estar en casa

y estar con la familia.

Pero, bueno, contadme las novedades, por favor.

No, no. Primero, nos tienes que contar tú.

¿Qué tal en Roma? -Yo voy a avisar a sus hermanas

y a decirles que ha llegado sana y salva.

¡Qué alegría tan grande!

-Luis, ¿quieres que yo...?

¿Quiere que anule sus citas del conservatorio?

Para poder pasar más tiempo con su esposa.

-Sí. Claro. Gracias.

Está siendo todo tan desagradable.

No sé quién pudo cortar los cables del teléfono.

¿Sabes que tuvieron que enviar un coche al pueblo

para avisar a la funeraria?

-¿Alguien sabe cómo murió? -No tengo ni idea.

Pero el director del hotel me ha dicho

que Federica le dijo que tenía un poco delicado el corazón.

-Es horrible.

-Cariño, ella quiso despedirse de ti.

Sus últimas palabras fueron: "Diana".

Entiendo que estés impresionada.

Pero, bueno, tampoco la conocíamos tanto.

-Parecía tan llena de vida.

-Y es todo tan extraño.

Su primo ni siquiera ha vuelto.

Se esfumó. -Salvador.

Hay algo que no sabes y quiero contarte.

-¿Ha llegado ahora el momento de las confidencias?

-Federica entró en nuestro cuarto...

-No quiero saber nada más de ese suceso.

Seguro que te dio muy buenos consejos.

Parecía una mujer que sabía lo que quería en la vida.

Pero ahora... ¿Por qué no disfrutamos

de los días que nos quedan aquí?

En nuestro hotel.

Nuestro futuro sencillo y perfecto.

-El futuro puede ser de muchas formas.

Pero casi nunca es sencillo.

Y nunca es perfecto.

-A mí no me hace falta.

¿Sabes? He quedado con el dueño de los viñedos

dentro de unos minutos. ¿Quieres pasar antes a retocarte?

-No. Estoy bien. -Es cuñado del director del hotel.

Parece un hombre muy atento, de campo.

-Sí. Me hablaste de él.

-¿Quieres que retrase la cita? Quizás, sea insensible.

Debes estar afectada por lo de Federica.

-No, cariño. Claro que no.

-Iré yo solo. -Me sentará bien pasear

y respirar un poco de este aire. -Bien.

-¿Nos vemos luego? -Ajá.

Diana.

Sé que para ti no debe ser fácil dar este paso.

Por todo lo que has luchado por la fábrica.

Tampoco debe ser fácil separarte de tus hermanas.

Pero ya verás que todo esto

va a merecer mucho la pena. -Seguro que sí.

-Qué guapísima que ha venido

Francisca, ¿verdad? -Desde luego.

-Yo creo que es por el embarazo.

-Es una bendición que su hermana vuelva a estar en casa.

-Eso creo yo también.

Aunque parece que no fuera conmigo.

-¿Por qué dice eso? -A Blanca y a Celia

les faltó tiempo para quitarme de en medio.

-¿Qué le han hecho? Vamos a ver.

-Me han dicho que tenían que hablar de sus cosas.

¿Se lo puede creer? ¿Por qué no me puedo enterar

yo de eso? Francisca es mi hermana y yo ya no soy una niña.

-Desde luego que no. Es usted toda una mujercita.

-Menos mal que alguien se da cuenta.

-Estoy segura de que, más pronto que tarde,

sus hermanas también se darán cuenta

y dejarán de tratarla así.

-Rosalía, no sabe la ilusión que me hace oírle decir eso.

¿Qué le ocurre?

-Demasiadas emociones, supongo.

-Creo que nunca la había visto así.

¿No estará enferma? -Sí.

Enferma de ingenuidad, parece.

-¿Y qué le ha pasado, Rosalía?

-Yo creía que las cosas con mi hija Carolina

se habían arreglado.

-Así que ha sido por ella. Pues créame, Rosalía.

Es mucho mejor que no se arreglen.

Carolina no la merece.

-Yo solo quería tenerla cerca.

-¿Pero qué es lo que le ha hecho?

-Nada.

-Rosalía. -No es nada importante, señorita.

Pero es que, viniendo de ella, todo me hace tanto daño.

-Cuénteme. ¿Qué ha pasado?

-Se va a casar con don Bernardo Angulo.

-Bernardo no sabe dónde se mete.

-Y he tenido que enterarme por terceros.

-Rosalía, piense que todavía no se ha hecho público.

¿Pero cómo puede dejarme de lado en algo así?

Es mi hija, va a casarse

y ni siquiera me lo había dicho.

Bueno,...

supongo que la culpa es mía por haberme hecho...

ilusiones sin ningún fundamento.

Tendré que hacerme a la idea de que es un caso perdido.

Rosalía, olvídese de ella.

Nos tiene a nosotras.

Claro que sí, señorita.

Con su permiso,

tengo un montón de cosas sin hacer.

Es aquí dentro, vamos.

¿Está segura de que no los han visto?

Hicimos lo que nos dijo, esperar a un cambio de turno

y entrar por la puerta de abastos.

Muy bien, ayúdeme.

No tengas miedo, estás en muy buenas manos.

¡Doctor, se ha desmayado!

Veamos.

La bala no parece estar en mal sitio.

Pero hay que sacarla, está hipotenso

y corremos el riesgo de que se desangre.

Tiene que ayudarme, no puedo avisar a enfermeras.

¿Se marea con la sangre?

¿Quiere que le recuerde cómo nos conocimos?

Tiene razón, acérqueme la bandeja de abajo

y unas vendas, por favor.

La bandeja. Sí.

Tiene que estar atenta a limpiar la sangre.

Mira que te conozco, Blanca,

no hagas el paripé para que no me preocupe.

Que no, que te juro que me encuentro mucho mejor.

Celia.

Eso es cierto, está mucho mejor.

No sé cuánto durará. Eso también es cierto.

Pero si la enfermedad vuelve me enfrentaré de nuevo a ella.

¿Y tú cómo estás?

Tienes una tripa...

Pues bien, mejor, más serena.

Tiene que haber sido difícil al principio.

Sí, digamos que la noticia del embarazo no...

no fue muy buena, pero todo ha cambiado ahora.

¿Ah, sí? ¿Y cómo ha cambiado?

Me he dado cuenta de que este niño es mío,

que forma parte de mí.

Así que él o ella pues no tiene culpa de nada.

Vas a ser una madre estupenda.

No hagáis nada esta noche, por favor.

Quiero cenar con vosotras e ir a la zarzuela. Por favor.

¿Qué ocurre?

A ver cómo te contamos esto, Francisca.

Bueno, pues contándomelo. ¿Qué es lo que pasa?

Últimamente no salimos mucho.

Y sobre todo a ciertas horas de la noche.

Hay que ser precavidas. ¿Y eso por qué?

Nos han amenazado.

¿A las dos? No, a las seis.

A todas las hermanas Silva.

¿Cómo?

Han matado a cuatro mujeres en los últimos meses.

Dios mío, ¿y se supone que la persona

que nos ha amenazado es el asesino?

Sí. Envía una página de "La Biblia",

la que habla sobre la ley del Talión.

Y a esta casa llegaron seis cartas,

una para cada hermana.

¿Por qué no me lo habéis contado antes?

Para qué preocuparte estando tan lejos y esperando un hijo.

¿La policía no sabe quién puede ser ese hombre?

No.

Pero también hay algo más.

¿Qué?

Y yo creo que tienes derecho a saberlo.

Porque la última víctima era la cuarta

de varias hermanas y...

y se llamaba Francisca.

Y además se parecía bastante a ti:

pelirroja, tez clara.

¿Qué me estáis queriendo decir?

La policía baraja la opción de que...

de que el asesino se equivocara de víctima.

¡Dios mío!

Acabo de llegar de Roma y ya lo echo de menos.

La policía lo está buscando, pero no parecen estar cerca.

Así que hay que tener cuidado. Simplemente hay que ser cautas.

Y yo sobre todas por lo que veo.

Sí, tú sobre todas.

¿Pero quién puede odiarme así para querer matarme a mí?

No lo saben, están investigando a la gente de tu alrededor;

al tío Ricardo, a Luis, Gabriel.

Ah, ¿porque Gabriel ya está aquí?

Sí.

¿Y a qué vienen esas caras de marisabidillas?

¿Y por qué os miráis así?

El Gabriel de ahora no tiene mucho que ver

con el que tú recuerdas. ¿Qué quieres decir?

Pues que ahora es un...

es un hombre rico.

¿Rico?

Dios mío, la de vueltas que da la vida, ¿no?

Rico y con título de nobleza.

Conde de Barnos.

Ah.

Pensé que se sobresaltaría al verme aquí.

Estaba segura de que andaba cerca.

Porque ha sido usted, ¿verdad?

Le recuerdo que Federica de Macua

trabajaba para los alemanes.

Y su amante huido también.

Claro,...

eso es una buena razón para matarla.

La estaba investigando y ya sabía de Alonso.

Federica habría informado

y usted habría quedado al descubierto.

¿Y eso justifica su muerte?

¿Qué muerte prefería evitar,

la de Federica o la suya?

Inglaterra y Alemania están en guerra, Diana.

Y en la guerra un error, un momento de duda,

significa la muerte.

Si ha de morir alguien que sea el enemigo.

No lo olvide.

Le dije que se había acabado, señor Green.

Pues las circunstancias la han traído de vuelta a mí.

Ni siquiera sé si debo darle las gracias

por lo que ha hecho esta madrugada.

No quiero seguir.

Se acabó.

Llámeme egoísta, pero quiero continuar con mi vida

de espaldas a esta guerra.

No tome una decisión así en caliente.

La necesitamos.

Es usted una mujer de acción.

Si nos deja con tiempo lo lamentará.

Nunca tenía que haber empezado con todo esto.

Si lo que siente es miedo, no tiene por qué.

Es que no es miedo, señor Green, es asco.

Buenos días, Carolina. -Si tú lo dices.

¿A qué has venido? -¿La verdad?

A decirte cuatro cosas y ninguna de ellas bonita.

Muy propio de ti.

Adelante, soy toda oídos.

Eres una descastada. ¿Y me lo dices tú,

que sólo te acercas a nuestro padre

cuando necesitas algo de él?

Mi padre y yo nos tratamos bien.

¿Puedes decir tú lo mismo? -No nos podíamos llevar mejor.

Soy buena hija.

Ya, ¿y si le preguntas eso a tu madre?

¿Qué diría ella?

Eso a ti no te incumbe.

Claro que me incumbe, porque la estoy viendo sufrir.

Claro que alguien como tú... -¡Ay, me encanta!

Es perfecto, y a tiempo para la tómbola.

¡Sofía!

Elisa...

¿Qué tómbola?

Nada, un acto benéfico

al que no me queda más remedio que acudir.

Ya.

Ay, sólo de pensarlo me entra un sueño...

Hombre, aburrido no creo que sea

organizándolo la marquesa de Salinas.

Sus fiestas son las más divertidas.

Y las más concurridas también.

Bueno, no será para tanto.

Pues yo estoy deseando ir.

¿Que tú también estás invitada?

Naturalmente, si acudirá medio Madrid.

¿Todavía no te ha llegado la invitación?

Aún no.

Pues si no te ha llegado ya...

¿Se curará? Espero que sí.

Dentro de lo malo ha tenido suerte.

Sí, la suerte de dar con usted.

La bala no ha roto ningún vaso sanguíneo importante.

Yo también tuve mucha suerte. Lo suyo fue un milagro.

Me refiero a que se haya recuperado tan pronto.

Es importante que le diga a su amigo que guarde reposo.

No cuente con ello, es uno de los compañeros

más activos de la organización.

La verdad es que no logro entenderlo.

¿Qué es lo que no entiende? Lo que hacen.

Arriesgan su vida cada día,

no pueden moverse con libertad por miedo a ser descubiertos,

se exponen a la cárcel, a la muerte.

En cambio para nosotros hay algo mucho peor que todo eso,

vivir con el yugo puesto, doblegados.

Todavía no sé si usted es una heroína o...

o una demente.

He de volver a la consulta.

Pueden quedarse aquí hasta que despierte.

Me aseguraré de que nadie entre.

Gracias por todo. Es mi vocación.

Parece que la suya es cambiar el mundo.

Yo simplemente salvo vidas.

¿Me acerca la corbata?

Cuando supe quién era usted, un Loygorri, me dejé llevar

por los prejuicios y no fui justa.

No lo fue. Me alegra haberme equivocado.

Aquí tiene su vermutito...

y su aperitivo.

Muchas gracias, Raimundo.

De nada. Aquí estamos para servirla.

Bueno, aquí y en su casa.

(RÍE)

Muchas gracias por venir. -No hay de qué.

Por tu llamada me he dado cuenta

de que podría ser algo importante.

He intentado contactar con Salvador,

pero las líneas no funcionan. ¿Sabes algo de ellos?

A mí me ocurre lo mismo.

Pero si necesitas alguien con quien hablar

puedes contar conmigo.

¿Sabes lo que ha hecho Carolina sin consultarme?

Ha llamado a mi mujer, a Purificación.

¿Para qué? -Para contarle que estamos

juntos y pedirle que no se oponga

a la nulidad matrimonial. ¿Qué te parece?

Pues que le ha cundido la llamada.

¿Pero tú no querías que Purificación se enterara?

No, si eso era algo que tenía que ocurrir.

¿Entonces?

Quería hacerlo yo a mi manera.

Pero Carolina es una persona de impulsos.

Más vale que te hagas a la idea si te vas a casar con ella.

Y Purificación también es de impulsos.

Así que a saber por dónde sale ahora.

Comprendo.

Los malditos impulsos cuánto daño pueden hacer

y a cuánta gente.

Bernardo,...

yo también me he dejado llevar por un impulso.

¿A qué te refieres?

Celia, no le habrás enseñado la carta de Aurora a alguien.

Ya sé que me pediste que no lo hiciera.

Pero se la he acabado enseñando al inspector Velasco.

¿Pero cómo se te ocurre?

Pensé que podía ayudar a encontrar a Aurora.

¿Y cómo reaccionó? -Pues es que no reaccionó.

Quiero decir, que no dijo nada.

¿Cómo que nada? Acabaría por decir algo.

Es que se fue. -¿Sin decir nada?

Sí, así sin más.

Pero su cara lo decía todo.

Celia, esto es un desastre.

Velasco es policía

y podrías acabar en la cárcel. -Lo sé.

¿Y la carta te la requisó?

No, la carta la tengo yo. -Gracias a Dios.

¿Por qué es tan importante que tenga la carta?

Porque es una prueba fehaciente

y sin ella no tienen nada contra ti,

nada más que conjeturas y testimonios.

Pero con ella estás perdida si decide presentarla.

¿Entonces qué debo hacer? -Destrúyela.

Si la policía se presenta en tu casa lo peor

que te puede pasar es que la encuentren.

No habría modo de librarte de la cárcel.

Esa carta es de un gran valor sentimental para mí.

¿Más valor que tu libertad? -Hombre, visto así...

Es que no hay otro modo de verlo.

Destrúyela.

(Tocan a la puerta)

Me ha sorprendido que subieras nada más comer.

Supuse que haríamos una larga sobremesa.

Tienes tanto que contar, ¿no?

Tampoco tanto.

Supongo que Roma al menos

dará para una conversación, ¿no crees?

Sí, para una conversación sí, claro.

Estoy deseando que me hables de la ciudad,

de la escuela, de tus progresos.

Luis, estoy agotada del viaje.

Por eso he venido a descansar.

Claro que sí, mi amor, tienes toda la razón.

En tu estado lo mejor es que descanses cuanto puedas.

Es lo único en lo que se ponen de acuerdo los médicos, ¿no?

Eh... ¿qué haces?

Te he dicho que quería descansar.

Velaré tu sueño para que nadie lo turbe.

¿Por qué te apartas, Francisca?

Luis, es mejor que sea clara contigo desde el principio.

Mis sentimientos hacia ti no han cambiado.

Francisca, acabas de llegar.

Eres mi esposa, vamos a tener un hijo.

¿Es que eso no significa nada para ti?

Significa que este hijo también es tuyo.

Y también es la razón de mi vuelta.

Pero no me pidas nada más.

Somos un matrimonio, Francisca.

Luis, no voy a compartir mi vida contigo,

no más de lo indispensable.

Y por supuesto no dormiremos juntos.

Francisca, por favor. Luis, por favor.

Puedes dormir en otro cuarto,

en el de invitados si te parece bien.

No puedes hacerme esto.

Sí, sí puedo.

Y ahora si me disculpas...

¿Te sientes mejor?

El paseo me ha venido muy bien,

me ha servido para aclararme además.

Ya sé que Federica no será enterrada aquí,

pero aquí es donde ha muerto.

¿Qué quieres decir con esto de aclararte?

Saber lo que quiero hacer y lo que no quiero hacer.

Cariño, ¿hay algo por lo que deba preocuparme?

Nada de nada.

Gracias a Dios, pensé que te echabas atrás

con esto de comprar el hotel y empezar una nueva vida.

Si lo estoy deseando, tonto.

Es verdad que echaré de menos algunas cosas.

Bueno, sobre todo a algunas personas.

¿Quizás personas que llevan tu mismo apellido?

¿Y qué tiene de raro?

Estoy tan hecha a estar con mis hermanas.

Hablando de tus hermanas, ya han reparado el teléfono.

Antes cuando tú no estabas ha llamado Rosalía.

¿Y ha sucedido algo?

Sí, pero algo muy bueno.

¿Qué?

Ay, dímelo, por Dios.

Que tu hermana Francisca ha vuelto a casa.

¿De verdad?

Tenemos que volver a Madrid.

Esta misma tarde. -¿Tan pronto?

Ni siquiera he cerrado el trato con el dueño de los viñedos.

Le he hecho una oferta

pero hasta mañana no podré hablar con él.

¿Y qué importa? -A mí me importa.

Y a ti también te importaba.

Sí, claro, que me importa. No quise decir eso.

Lo que quiero decir es que puedes seguir

las negociaciones desde Madrid por teléfono.

No sé.

Salvador, ya sabes las ganas que tengo de ver a mi hermana.

¿Seguro que no hay nada más?

Ya sé que ha sido muy desagradable

todo esto de Federica.

Bueno, supongo que estoy un poco sensible.

A ver si vas a estar...

No, no estoy embarazada.

Ah.

¿Por qué no te vas a llamar a la estación

y a reservar dos billetes para el próximo tren a Madrid?

Yo me quedaré aquí un rato más.

De acuerdo.

Dígame si la han matado.

Sólo quiero saber eso.

Voy a quitar mi mano de su boca.

Pero como grite... ¡la mato!

No sé nada.

Todos dicen que murió de un ataque al corazón.

La mataron los suyos.

No sé de qué me habla.

Esta guerra no les importa.

Federica me obligó a trabajar

para los alemanes por un puñado de dinero.

No quiero seguir.

Pero me matarán.

Y a usted también la matarán.

No sé de qué me está hablando, de verdad.

Sí lo sabe. Salga de este juego o será su marido

el que le traga flores a un lugar como este.

(JADEA NERVIOSA)

-Doña Blanca.

Siéntese, por favor. Gracias.

¿Ha podido hablar con su marido?

Sí, pero no ha servido de nada.

¿Le pidió que dejara de apoyar al bando alemán?

Sí, y que empezar a hacer declaraciones

menos hostiles hacia los ingleses.

Y él se negó. De inmediato y rotundamente.

¿Le dio algún tipo de explicación? No muchas:

Que eso comprometería su posición en el partido y...

Y que lo que le pedía era un imposible.

¿Le transmitió que era una petición de la reina?

Sí, es lo primero que le dije. ¿Ni siquiera eso le hizo dudar?

Y, es más, me dijo algo al respecto:

Que la política es cosa de hombres

y que la reina y yo deberíamos mantenernos al margen.

Me parece completamente lamentable.

Si le digo la verdad, no me sorprende mucho su respuesta.

No, ni a mí. Ya intuía que sería una negativa.

¿Y entonces por qué me pidió que hablara con él?

Nunca se sabe, como primera medida

pensé que era razonable proponérselo.

¿Como primera medida?

Sí.

La segunda es proponerle algo a usted.

No sé si me gusta mucho esa sonrisa suya.

Por el contrario, a mí la suya me parece deliciosa.

¿Y cuál es esa propuesta suya?

Dentro de unos días habrá una recepción

en la embajada británica y a su majestad le gustaría

que usted, como dama suya que es, la acompañara.

Tengo la impresión, don Emilio, que me está utilizando.

¿Acaso no es usted una dama de la reina?

Sí, más que una dama de la reina parezco el peón de la reina.

Es un modo muy descarnado de expresarlo.

Sí, y esa una manera muy elegante de admitirlo.

(RÍEN) En otro caso, su propuesta

me resultaría de lo más halagadora pero, por favor,

no me tome por tonta. Si la tuviera por tal,

no le estaría proponiendo absolutamente nada.

¿Lo ve? Vuelve a retorcer las cosas a su conveniencia.

No, no, no, no. Sí, sí, sí.

Lo que le digo es que lo inteligente

me parece que es aceptar y asistir a la recepción.

Y yo le intento decir que no puedo hacerle eso a mi marido.

¿No le parece que va siendo hora de dejar de asimilar

todos los puntos de vista de su marido

y hacer lo que usted desea?

(Llaman a la puerta)

-Celia, soy yo, Velasco.

-Deme solo un minuto. Cojo mis cosas y podemos irnos.

Solo le pediría un poco de discreción.

Ya no es por mí, sino por mis hermanas,

que no se merecen un escándalo.

-¿A qué vienen estas prisas?

-¿No viene a detenerme?

-¿Ve los grilletes por algún lado?

No voy a detenerla, Celia.

-¿No? -No.

-Cuando vi cómo reaccionó al leer la carta de Aurora, lo...

Lo di por supuesto.

-¿Puedo sentarme?

-Claro.

-Cuando... leí la carta me marché,

pero no porque me escandalizara,

sino porque...

Me dio miedo. -¿Miedo?

-Su valentía me asustó,

el modo en que demostraba sus sentimientos.

Me dio miedo y me...

Me admiró. -¿Por qué?

-Porque yo no me veo capaz

de dar ese paso.

-¿Quiere decir que usted también querría dar ese paso?

-Digamos que...

Comprendo muy bien

la naturaleza de sus sentimientos por Aurora.

Envidio la sinceridad de la relación que tienen.

Y me asombra el orgullo con que habla de ello.

-No sé si orgullo es la palabra correcta.

Pero sí sé que no me avergüenzo de ello.

-Yo sí.

Siento una vergüenza atroz.

Supe muy pronto que...

Que me atraían los hombres,

no las mujeres.

-Sofía se acercará un poco más tarde,

tenía que cuidar de su madre. -Sofía no vendrá.

-Bueno, vendrá cuando venga, lo que tarde.

-¿No te ha contado nuestro encuentro?

-No.

-Pues te ha pedido que me hagas compañía

mientras ella se va a la tómbola benéfica.

-¿Y cómo estás? -Pues cómo voy a estar,

deshecha.

No sabes lo mal que me sentó. -Tampoco es para tanto.

-¿Cómo que no lo es? Todos irán a esa tómbola menos yo.

-Yo tampoco he ido y me alegro.

-A ti nunca te han gustado estas cosas.

-Tú y yo no podríamos ser más distintos.

-Ya no es solo por el hecho de no ir, que también,

es por todo lo que representa. -¿Y qué representa?

-Pues que la gente me da la espalda.

Y eso no viene de ahora, ¿eh? La cosa viene de largo.

-Eso no es verdad. -Claro que es verdad.

Todos me quieren lejos, me... me rechazan y...

Y empezando por mis hermanas.

-Creo que tus hermanas te quieren mucho,

te lo demostraron. -Incluso mi mejor amiga me engaña.

-Pero te ha engañado por una buena razón.

-Sí, una buenísima, como todas las suyas.

-Si no te dijo nada fue para evitarte un disgusto.

-O sea, que tú también lo sabías, ¿no?

-¿Y eso qué más da, Elisa? -Claro que da, Carlos.

¡Ni siquiera puedo confiar en ti!

-Elisa, no seas injusta, ¿eh? Yo siempre he estado a tu lado.

Bueno, o al menos casi siempre. -Eso, casi siempre,

hubo una temporada que no me querías ni ver.

-Pero eso fue lo que fue. Y volví, porque siempre vuelvo.

Habremos tenido nuestros más y nuestros menos,

pero siempre te he demostrado lo mucho que me importas

y siempre me he preocupado por ti.

-Eso lo dices porque...

Porque sabes que es lo que necesito oír.

-No. Lo digo porque es cierto.

-Es tan fácil hablar...

-Elisa, si no puedes importarme más.

¿Es que no te das cuenta?

Y no sé si te lo mereces porque, a veces,

puedes llegar a ser insufrible, caprichosa, manipuladora...

-Ah, muchas gracias. -Pero para mí tienes algo que...

Que te hace única y maravillosa.

-¿Y eso qué es?

-Pues no sé, no es algo en concreto, es...

Es un sentimiento que, cada vez que te miro

o pienso en ti, pues... Pues está ahí.

Y siempre ha estado y siempre estará.

-Las palabras se las lleva el viento.

-No. Son más que palabras.

-Llevo muchos años intentado cambiar.

Soñando con...

Con convertirme en alguien normal.

-"Normal".

¿Como su padre?

-Recuerdo con horror el día en que cumplí 15 años.

Mi padre me llevó a cenar por ahí, los dos solos.

A los postres me dijo que...

Que ya era hora de que...

De que me hiciera un hombre.

Me hizo acompañarle a un burdel.

A él le recibieron como le reciben en todas partes:

Como un héroe. Aquellas mujeres

se peleaban por él.

A mí una de ellas me...

Me subió a una...

A un cuarto repugnante.

-¿Qué sucedió?

-Aquella pobre hizo lo que pudo.

Pero, para resumir el episodio, digamos que...

Ella me desnudó y...

Y yo me volví a vestir.

Recuerdo que lo que más me aterraba era que

no se lo contara a mi padre. -No me extraña.

-Me dijo:

"Pierde cuidado, galán,

tarde o temprano tu padre se va a dar cuenta

de que este no es tu negocio.

Salta a la vista". -¿Y usted quiso seguir siendo

como su padre? -Sí.

¿Y quién dicta lo que es normal y lo que no?

¿La sociedad?

-Pues sí. -Ah...

-Y Dios. -Dios nos ha hecho así,

a usted y a mí.

Y si a la sociedad no le gusta, allá ella.

Yo soy como soy.

Y siento lo que siento. -Ya, pero eso no la hace menos...

Desviada. -No hay amores desviados,

ni amores pervertidos.

No si no se hace daño a otra persona, Velasco.

-Yo no lo veo así.

-Yo también lo veía como usted.

Pensaba que lo que yo sentía era contranatura.

-¿De verdad ya no lo piensa? -Desde luego que no.

-No sé si felicitarla o...

O compadecerme de usted.

-Felicíteme al menos por mi buena suerte.

-No lo entiendo.

-Yo creía que estaba enferma

y que, como toda enfermedad, tenía una cura.

Me sometí a...

A terapias con descargas eléctricas durante semanas.

Fue un horror.

Yo creí que me moría.

-Sigo sin ver la fortuna en eso. -Entonces,

en medio de todo ese horror,

cuando abominaba de mí misma

y quería curarme de cualquier forma,

apareció Aurora.

Ella era una enfermera

que me hizo ver que yo no estaba enferma.

¿Se da cuenta, Velasco?

En medio del periodo más tormentoso de mi vida

encontré una luz, una luz que no había visto nunca.

Y el amor.

-¿Aurora la salvó? -Sí.

-¿Y quién va a salvarme a mí?

¿Dónde voy a encontrar yo esa luz de la que me habla?

-No lo sé.

Pero, si me permite, yo le ayudaré a buscarla.

-Bueno, pues ya están aquí los bidones de cloro,

revisados y descargados.

-Buena noticia.

¿Podemos mandarlos con la remesa de telas?

-En breve estará lista la próxima. -¿Y qué cambia eso las cosas?

-Como le ganamos tiempo a la fecha de entrega,

podríamos enviar las dos juntas y ahorramos dinero en los portes.

-Bien pensado. -Bueno...

Pues, entonces, voy a ver dónde coloco esto ahí dentro.

-Espera, que te ayudo. -No hace falta.

-No seas testarudo, te voy a ayudar igual.

-Bueno, usted manda.

(Golpe metálico)

-¡Ah!

(TOSE)

-Entrando en el almacén a mano derecha que...

¿Don Germán? ¡Don Germán!

¡Don Germán! ¿Esto qué es...?

¡Ah! ¡Don Germán!

¡Ah!

¡Ah! ¡Vamos, venga, vamos!

¡Vamos de aquí! ¡Vamos de aquí!

¡Ah!

Quiero conocer la relación que hay entre mi marido y Beatriz.

Ah, profesional, señora.

Las habladurías dicen que no es tan profesional,

que se han relajado y... Y bastante.

Habladurías.

A mí no me gusta meter la nariz donde no me llaman.

Yo me limito a... A hacer mi trabajo

y a llevar la casa. Precisamente.

Por llevar la casa usted se entera siempre de todo.

Anoche me acosté sintiéndome liviano

como hacía mucho tiempo que no me sentía.

-Y, por la energía que trae, el sueño fue reparador.

-Pues dormí bien poco.

Me acosté feliz, pero también me acosté

con una imagen en la cabeza: La imagen de una corona.

-¿De una corona? ¿Qué significa?

-La corona es la marca de agua de la carta de su amiga Aurora.

Y eso es una muy buena pista.

-¿Cómo va todo por aquí?

-¿No ha hablado con sus hermanas?

Les llamé a primera hora.

-No, acabamos de llegar.

¿Ha ocurrido algo?

-Don Germán.

Estaba ayudándome a cargar el cloro, este se derramó y...

-¿Germán ha inhalado cloro? -Está en el hospital.

-¡Dios! ¿Y cómo se encuentra?

-He decidido contar con usted para mi fábrica

y aprobar su plan para fabricar armas con cloro para Alemania.

-¿Y ese cambio de actitud? ¿Se debe quizá a la visión

de cierto maletín lleno de dinero? -Pues no, se equivoca.

Las oportunidades pasan silbando, la vida es muy corta.

Si uno no está atento, se le escapan.

-Lo intuía, sabía que algo malo había pasado.

-Nunca tuvimos una intoxicación por cloro.

-He guardado el resto de bidones de cloro

para que no ocurra otra desgracia. -¿Bidones?

-Los alemanes hicieron un pedido de bidones de cloro

para enviárselo con las telas. -Este pedido no es normal.

-Decidió asumir la responsabilidad y yo también.

-Merceditas, ¿qué ha pasado?

-Bueno, don Germán está ingresado en el hospital.

-¿Ingresado? ¿Pero qué le ha pasado?

-Al parecer, se ha intoxicado

con un líquido venenoso en la fábrica.

-¿Por qué nadie me cuenta nada en esta casa?

-No sé, doña Adela, yo pensaba que usted lo sabría la primera.

-Escúchame, no le van a negar la nulidad.

Por lo que yo sé, su mujer le abandonó a él,

cosa que te debería hacer pensar.

-Yo no juzgo los actos por el pasado, padre.

-Dios mío...

Te ha sorbido el seso, ¿eh? Ya hablas como él.

-Padre, sé que es probable que le concedan la nulidad,

pero es un proceso muy lento y, quizás, con una limosna

a una persona de la Iglesia, se agilizaría todo.

-¿Qué te pasa? ¿Carlos te ha dicho

o te ha hecho algo que te incomodase?

-No, no, nada, nada.

No, es que... He dormido un poco mal.

(RÍE) -Mira, como Carlos,

exactamente igual.

Ayer por la noche le hablaba y nada, él estaba en su mundo.

Asentía como si me escuchara, pero no.

Ay, no me presta atención.

¿Para qué me llamaste con tanta urgencia?

Tengo entendido que la reina quiere que le acompañes

a una recepción en la embajada inglesa.

Ya veo por dónde vas, Rodolfo.

Si pretendes que le haga llegar un mensaje

para que apoye a los alemanes, no lo haré.

Sabes bien cuál es su postura y también la mía.

No voy a hacer eso, Blanca.

No, no pretendo comprometer tu trabajo,

así como tú no deberías comprometer el mío.

Por eso te pido que no vayas a ese acto.

¿Qué hace usted aquí? ¿Se encuentra bien?

Sí, solo quería darle las gracias

por atender a mi amigo,

le gustará saber que se encuentra mucho mejor.

Su amigo tuvo mucha suerte.

De dar con un buen médico y un buen hombre.

La suerte se acaba, Inés.

Si juegan con fuego, terminarán lamentando una desgracia.

No vine para que me soltara un sermón.

Solo me preocupaba por usted.

Lo sé.

Me estoy acostumbrando a que lo haga.

Y me gusta mucho la sensación.

-Prométeme que te vas a cuidar.

Te lo prometo. Ah...

Y ahora me tengo que ir.

Cuando sepas algo de Aurora, me lo cuentas.

Sí. Pero te acompaño.

Eh, no, es que no...

No voy a casa. ¿Ah, no?

¿Y dónde vas si se puede saber?

Eh... Es que tengo que hacer algo importante

y... y debo ir sola.

(SUSPIRA)

  • Capítulo 284

Seis Hermanas - Capítulo 284

09 jun 2016

Salvador se encuentra con un drama, del que Diana prefiere no hablar. Todos dan por hecho que Francisca ha muerto en el accidente. Las diferentes posiciones ante la guerra crean problemas a Rodolfo y Blanca. Cristóbal vuelve a encontrarse con Inés. Elisa se siente marginada.

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