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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 283 - ver ahora
Transcripción completa

Ahora toda Europa está en guerra.

Y pendiente de lo que hace España.

¿Y qué es lo que puedo hacer yo ante algo así?

Hablar con su marido

y convencerle de que cambie su discurso en el parlamento

a favor de Inglaterra.

Blanca, la política es cosa de hombres.

Así que será mejor que os mantengáis al margen.

La reina y tú. Pues muy bien,

se lo voy a decir a la reina con tus mismas palabras.

A ver qué le parece. No, no vas a hacer nada de eso.

Pues entonces no vuelvas a pedirme nada, nunca más.

Venden el hotel con varias hectáreas de viñedos.

¿Quieres comprar el hotel?

Sí. ¿Y por qué no?

La fábrica lo único que hace es traernos problemas.

¿Usted cree que debo ceder ante Salvador?

Si usted es feliz con la fábrica

no debería ceder.

Pero si mantener su fábrica le cuesta perder a su marido...

Eso parece.

Puede que Aurora haya escrito esa carta para protegerte.

¿A mí, de qué? -De tu lealtad a un amor

que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir.

Yo la quiero igual que el primer día.

Y no voy a parar hasta encontrarla.

Me da miedo preguntar en qué está pensando.

En utilizar Tejidos Silva.

¿Después de lo ocurrido con el opio?

Padre, ¿se ha vuelto loco?

El cloro se utiliza también para blanquear telas.

Mandar esos bidones a través de la fábrica

no levantará ninguna sospecha.

Los alemanes me han llamado

para pedir que le enviemos cloro.

¿No les saldría más a cuenta buscar un proveedor local?

Eso les he dicho yo,

pero me han dicho que no, que les enviemos cloro.

Allá ellos, el cliente manda.

Quizá cuando lea esta carta que me ha mandado Aurora

cambie de opinión sobre los motivos

que puede tener su marido en mi contra.

Su padre me conocía de las tertulias del casino.

Me ayudó en un momento muy delicado de mi vida.

Y yo quiero ayudarle a usted.

Pero tendrían que irse de aquí cuanto antes.

¿Qué va a hacer?

¿Va a entregarme a la policía?

Si vuelve a las andadas, no lo dude.

Para ser un burgués no está mal.

Con eso me basta.

Hey, buenos días.

No he querido despertarte.

Y te lo agradezco.

He dormido muy bien.

Te recuerdo de madrugada...

diciéndome ciertas cosas al oído...

Cosas que no se pueden decir a la luz del día.

Está bien.

¿Has desayunado?

Sí, hará unas dos horas.

¿Qué?

Nada. Nada, sólo que me encanta

que estemos así hablando, como antes.

¿Antes?

Sí, antes de estar discutiendo todo el día por cualquier cosa.

¿Tan bien has dormido que no recuerdas

que nuestra última discusión fue ayer?

Y la reconciliación a altas horas de la madrugada

y sin reproches estuvo muy bien.

Sí.

Cariño, siento haber sido un cretino.

Apenas sin hablarte.

Yo también estuve un poco terca.

Y yo muy intransigente.

Bueno, los dos estamos empatados.

Somos unos cabezotas orgullosos.

Sí.

¿Pero sabes qué? -¿Qué?

Lo he estado pensando y...

me gustaría vivir aquí.

¿Hablas en serio? -Sí.

Y aún hay más.

Me gustaría que fuera cuanto antes.

Cariño, ¿estás segura? -Segurísima.

Yo podría ser la directora de este hotel.

Y tú podrías encargarte de las bodegas donde haremos

nuestros propios vinos. -Sí.

Pero la fábrica seguirá siendo nuestra.

Pero sólo iremos una vez al mes

porque confiaremos mucho en nuestros trabajadores.

¿De acuerdo? -De acuerdo.

Estoy tan contento que ni me lo creo.

Federica me ha ayudado a pensar.

Es una mujer muy sabia.

Y por si quieres saberlo, son primos y amantes.

Y su marido vive.

¿No te parece fascinante?

¿Qué?

Es por Tulio Fernández de Bacua.

Está celoso porque cree que Federica te miraba.

Me dijo que nos fuéramos de aquí.

No me pudo decir por qué pero me dijo

que nos fuéramos cuanto antes. Y se puso tan intenso

que, la verdad, me dio un poco de miedo.

Eso es porque no soporta tener a su lado

a un hombre tan apuesto.

¿Nos vamos a dar una vuelta por nuestros futuros dominios?

Sí, usted primero.

¿Por qué me sonríes de ese modo?

Porque vuelve a tener color en sus mejillas.

Y esta mañana tenía muy bien la tensión.

Me alegro tanto de que esté recuperada.

Te lo parece, pero la verdad

es que no me encuentro muy católica.

¿Le duele algo?

No, dolor realmente no tengo.

Pero no sé, es una sensación general.

Yo creo que usted se encuentra perfectamente.

Lo que pasa es que le gusta que la mimen.

¿Pero qué dices? ¿Estás escuchando, Rodolfo?

Yo también la encuentro fabulosa.

Pues viendo que tanto usted como Rodolfo

se encuentran bien y yo ya he estado aquí

todo el tiempo que ha hecho falta

me vuelvo a casa con Cristóbal, aquí ya no me necesitan.

¿Quién te ha dicho eso?

Naturalmente que te necesitamos.

Sobre todo Rodolfo. ¿Verdad, hijo? Díselo tú.

Yo me encuentro estupendamente.

¿Lo ve? Ya está curado.

No necesita a ninguna enfermera.

Deberías recordar que tu marido

tiene un cargo político de enorme responsabilidad

y que necesita tener a su lado a su esposa.

Y más ahora, que está en el centro

de todas las miradas.

Pues yo lo siento mucho pero ya he hecho bastante

quedándome aquí mientras estaban convalecientes.

¿Se te olvida que tú deberías vivir en esta casa?

No deberías haberte marchado nunca.

Y a usted se le olvida que yo vivo con Cristóbal.

Perdone que le hable así, doña Dolores.

Pero cuando vine aquí para cuidarles

usted sabía que este día iba a llegar tarde o temprano.

Y yo tenía la esperanza

de que ibas a entrar en razón.

No sé, no sabes la cantidad de sacrificios

que tiene que hacer mi hijo por mantener ese puesto.

Y francamente que su esposa conviva con otro hombre

es una deshonra que le puede costar muy caro.

Y eso no se sabrá.

Ya hemos hablado de este asunto largo y tendido.

Y llegamos a un acuerdo, ¿no es así?

Así es.

Pues entonces ahora no pretenda cambiarlo.

El único acuerdo válido entre tú y mi hijo

es matrimonio, se llama matrimonio,

y está firmado antes Dios y ante los hombres.

Y eso no cambiará nunca.

Madre, basta ya. ¿De acuerdo?

¿Me estás mandando a callar?

Blanca ha sido muy generosa viniendo a casa

y cuidándonos estos días.

Ahora ha tomado una decisión, la tenemos que respetar.

Gracias.

Una decisión que nos puede costar muy caro a todos.

Ya, pero es que es un tema entre Blanca y yo.

Y usted no se tiene por qué meter.

También yo he hecho enormes sacrificios por ti.

Y este es el pago que recibo, que me hables de esa manera.

A usted nadie le ha pedido nada, nunca.

Blanca, disculpa a mi madre.

Gracias por cuidar de nosotros estos días.

Puedes irte cuando quieras.

De nada.

Voy a recoger mis cosas.

Doña Dolores.

¿Cómo se te ocurre tratarme de esa manera?

Porque usted me ha obligado.

¿Es que no se da cuenta

de que se gana más con miel que con hiel?

Qué estupidez, ¿más con miel?

Más con miel que...

Creo que te entiendo. Y me parece que tienes razón.

Aunque no va a ser fácil.

Al menos para mí.

¿Alguna noticia interesante en el periódico?

¿Francisca Silva no estaba estudiando en Roma?

¡Extra, extra! ¡Tragedia en Ventimiglia!

¡Accidente ferroviario en la frontera de Italia!

¡Un tren lleno de refugiados españoles procedente de Roma

ha colisionado con un tren de municiones francés!

¡Extra! ¡Bélgica resiste!

¡Se sigue combatiendo en Lieja!

¿Qué has dicho? Se sigue combatiendo en Lieja.

Digo lo que has dicho antes, lo del tren.

Tiene que comprar el periódico.

¡Extra, extra!

¡Un tren de refugiados españoles colisiona

con un tren de municiones francés!

Dame uno.

¡Extra, extra! ¡Bélgica resiste!

¡Se sigue combatiendo en Lieja!

¡Se sigue combatiendo en Lieja!

¡Bélgica resiste!

¡Extra, extra!

¡Accidente ferroviario en la frontera de Italia!

¿Ha llegado el cloro?

Desde que llegué esta mañana aquí no ha venido nada.

Pues cuando llegue lo mandamos a Alemania con las telas.

Voy a ver si está todo empaquetado.

Germán.

¿Qué haces aquí? -He venido a hablar contigo.

No tenemos nada de lo que hablar.

Así que por favor, vete.

No seas así. -Márchate, por favor.

Vengo a darte una noticia que te va a alegrar el día.

Dudo que puedas alegrarme.

Me voy a casar con Bernardo.

Te dije que era una buena noticia.

Sí, sorprendente.

Pero ya te he dicho que no me importa

lo que hagas con tu vida.

Me lo estás poniendo muy difícil.

Y lo único que quiero es arreglar las cosas contigo.

Pues lo intentes, me has hecho mucho daño,

y a la gente que quiero.

Ahora no pretendas que seamos amigos.

No lo he hecho bien, lo reconozco.

Me ha costado asimilar que seas feliz con otra mujer

y que hayáis sido padres.

No es sólo que estuvieras disgustada.

Has hecho cosas horribles. -Y lo siento.

Por mi parte está todo olvidado.

Igual que tú has rehecho tu vida con Adela

yo quiero rehacer la mía con Bernardo.

Me pides que olvide cosas

que merecen no ser olvidadas jamás.

¿Y qué quieres haga? Lo que pasó, pasó.

Y no lo puedo cambiar.

Quiero invitaros a Adela y a ti a mi boda

para poder empezar de cero.

No vamos a ir.

¿Te da igual que haya venido a humillarme?

Sí, así es, me da igual.

¿Y soy yo la rencorosa,

cuando yo sí que he olvidado

que mi marido se fue un día con otra?

Cuándo asumirás que no tenemos nada que ver.

Ni a mí me importa tu vida

ni a ti debería importarte la mía.

Eres injusto y cruel,

no vayas de víctima delante de los demás.

No voy de nada, mi vida empezó cuando te abandoné

y conocí a Adela.

Tú ya no formas parte de mi vida.

Si lo que quieres es estar a malas conmigo, perfecto.

Ya me conoces, a buenas soy muy buena.

Pero a malas no me gana nadie.

¿Se puede saber qué está haciendo?

¿Qué es usted, una cleptómana maleducada?

Qué imaginación.

Pues ya me dirá qué hace revolviendo entre mis cosas.

Si se hubiera ido a pasear con su marido

no estaríamos teniendo esta conversación.

O me dice qué hace o llamo al personal del hotel

para que avise a la policía.

¿Qué me dice de Alonso de Zúñiga?

Por su gesto veo que le conoce.

¿Dónde está y qué hace?

¿Cuándo habló con él por última vez?

Salvador me ha contado

que usted y él estuvieron a punto de casarse.

Eso no es verdad.

Se acabó, voy a llamar a la policía.

Alto.

Para todo el mundo soy una señora respetable.

Si da un paso más la acusaré de agresión.

¿Pero se ha vuelto loca? -Inténtelo y me pongo a gritar.

La gente me creerá.

La han visto discutir y saben lo irascible que es.

Ya entiendo, usted no es una señora

que está de vacaciones con su amante.

Ni tampoco es una ladrona.

Su disfraz es muy efectivo.

Pero la he descubierto.

Dejémoslo en que...

me he descubierto antes de tiempo.

¡Es una espía!

La tenía por una mujer más inteligente.

Ha tardado en darse cuenta.

Y si pregunta por un amigo mío que está de misión en Londres

me figuro que es alemana.

Pues entonces déjese de juegos

y cuénteme todo lo que sepa sobre Alonso de Zúñiga.

Lo único que sé es que fue mi prometido

durante unas semanas.

Me parece que no se ha dado cuenta

de que no está en posición de hacerse la ofendida.

Si no habla por las buenas...

lo hará por las malas.

Le digo que no sé nada de Alonso.

Pues qué mala suerte,

porque entonces voy a tener que matarla.

Mi madre me ha dicho que la tómbola benéfica

de mañana es muy importante, que de ella depende

la vida de muchos españoles que está fuera.

Cuánta gente necesitada y qué afortunados somos, ¿no?

Muy afortunados.

N te imaginas l terrible que puede ser una guerra.

Viene Elisa, no hablemos de la tómbola.

Si no hablaba de eso. -Os estaba buscando.

Carlos, llegamos tarde.

¿Adónde, Sofía? ¿Qué pasa?

Te pide que me ignores, Carlos.

Y la verdad es que lo entiendo.

Ayer me porté muy mal con vosotros.

Muy sagaz.

He venido a hacer las paces.

Muy bien, pues entonces vamos a escucharla.

Por favor, Sofía, siéntate.

(SOFÍA SUSPIRA)

Entiendo que estéis enfadados.

Porque yo también lo estaría.

Sé que ayer no me porté muy bien con vosotros.

Pero es que lo estoy pasando muy mal con lo de José María

y lo estoy pagando con la gente que no debo.

Elisa, eso ya lo sé. Pero lo que no es normal

es que te comportes mal con nosotros

y después tengamos que perdonarte

porque nos vengas con ojos de oveja triste.

¿Tengo ojos de oveja? -Ay, que no, es un decir.

Si se arrepiente es porque tiene intención

de no volver a hacerlo, Sofía.

Sólo te pido que no seas tan impulsiva,

que eso de perdonar un día tras otro no es fácil.

¿Hasta cuanto? -Hasta setenta veces siete.

¿No? Es lo que decía "La Biblia".

Ah, pues entonces me quedan muchísimas.

Ay, Sofía, que es broma.

Te juro que no lo volveré a hacer.

O bueno, al menos intentaré no volver a hacerlo.

De acuerdo.

Le digo que no sé nada de él.

Éramos amigos de la infancia.

Tuvimos una relación breve y después se marchó a Londres.

¿Y por qué se fue a Londres?

Ni me lo dijo, ni le pregunté.

¿Y por qué tengo que creerla?

Porque no acostumbro a mentir

a quien me está apuntando con una pistola.

¿Y después no le ha escrito, llamado?

Estuve a punto de marcharme con él.

Pero le rechacé y supongo que sintió ofendido

y no me volvió a escribir.

Le estoy diciendo la verdad.

Por favor, baje esa pistola.

Voy a averiguarlo.

Y si veo que me ha engañado lo va a pagar muy caro.

Le juro que le estoy diciendo la verdad.

Eso espero.

Por su bien.

La estaré vigilando.

Auf wiedersehen.

Ah, señorita.

¿Sabe ya la desgracia del tren?

He venido en cuanto me he enterado.

¿Se sabe algo de Francisca? -No sabemos nada.

Sabíamos que tenía que coger ese tren,

pero ahora no sabemos nada.

¿Quiere un poco de agua?

Que no se sepa nada de su esposa

no significan malas noticias.

¿Pero sabemos si iba en ese tren?

La última vez que hablé con ella me dijo

que iba a coger el tren que salía a las ocho de Roma.

Y ese es el tren que ha sufrido un accidente en Ventimiglia.

Francisca siempre llega tarde a todas partes.

Lo más seguro es que lo perdiera.

¿Entonces por qué no ha llamado?

Porque las comunicaciones con Europa son difíciles.

Gracias. Y ahora más que nunca.

Yo he pensado lo mismo que tú.

Tenía la esperanza de que hubiera perdido el tren.

He llamado y aunque me ha costado mucho comunicar

me han dicho que...

Que no saben nada de Francisca.

-¿Y en la residencia?

-La vieron salir con las maletas.

-Hablé con el periódico donde colaboro.

Me han dicho que ahora todo es muy confuso,

no saben cuántas víctimas hay y menos sus nombres,

solo que el tren iba repleto. -¿Y qué hago yo?

No soporto esta angustia y este dolor de cabeza me mata,

pero no quiero tomar láudano, no hasta saber qué fue de ella.

-Tampoco hay que mortificarse.

Si quiere, yo se lo preparo.

-Por ahora solo podemos esperar. -Pues esperaré así.

-Habrá que hablar con mis hermanas.

-Ya he hablado con doña Blanca, está al corriente de los hechos.

Nos piden mucha calma y dice que vendrá enseguida.

¿Quiere que avise a su hermana Diana

para ponerla al corriente? -No, está fuera descansando.

Será mejor no preocuparla hasta saber qué ha pasado.

Estoy segura de que Francisca está bien.

-Gracias, Celia, tus palabras me consuelan.

-Es que sé que es así.

Además, estuviera o no Francisca en ese tren,

pronto tendremos noticias suyas.

¿Elisa? -Ahora iba a enviar a Merceditas

para avisarla. -Estará con Sofía o con Carlitos.

-Ah...

-¿Y qué os parece si, para celebrarlo,

os invito mañana a ver una película al cinematógrafo?

-¿Al cinematógrafo? Me encanta,

¿por qué no vamos? -¿Justo mañana?

Vaya... -¿Qué pasa mañana?

-Sí, mañana...

-Eh, tengo que cuidar a mi madre. -Sí, su madre.

-¿Qué le ha pasado a tu madre?

-Está muy grave. -Un resfriado.

-¿Un resfriado o está muy grave?

-Las... Las dos cosas.

-No es muy grave, pero es molesto.

-Me estáis engañando, ¿no?

(AMBOS) ¿Nosotros? -Sí, vosotros.

Yo fui quien inventó las mentiras, así que sé cuando me engañan.

-¿Así que reconoces que mientes? -Claro, miento muchísimo.

Bueno, ahora no, cuando os he pedido perdón

estaba diciendo la verdad.

-Lo de mi madre es cierto pero si quiere Carlos acompañarte

al cinematógrafo... -Sí, claro que sí, yo voy contigo.

-Qué pena, quería que fuéramos los tres.

-Srta. Elisa, perdóneme que la moleste,

pero tiene que venir conmigo a casa ahora mismo.

-¿Ahora mismo por qué? -El tren en el que viajaba

su hermana Francisca ha sufrido un accidente.

-¿Pero...? ¿Le ha pasado algo?

-No se sabe todavía, señorita.

Su hermana Celia ya está en casa,

estamos avisándolas a todas. La espera allí.

¡Pero, señorita, no corra!

-¡Elisa, lo siento!

-¿Qué habrá pasado? -No sé.

(LLAMA A LA PUERTA) Buenos días.

Ah... Estoy buscando a Cristóbal.

Pues ya ves que no está aquí.

Ah, ¿y dónde puedo encontrarle?

Es muy urgente que hable con él.

Está en quirófano operando a un paciente

y ahí no se puede entrar a menos que seas médico.

¿Va a tardar mucho? Puede que sí y puede que no.

Hay operaciones que se sabe cuándo empiezan

pero no cuándo terminan, esta es una de ellas.

Si quieres que le diga algo. Necesito hablar con él,

hubo un accidente de tren y es posible que Francisca

fuese en ese tren.

Vaya, lo siento, ¿pero qué puede hacer él desde aquí?

Nada, pero necesito que esté conmigo en este momento.

No te preocupes, esperaré aquí.

Ah, no te lo aconsejo.

¿Por qué?

Puede que veas cosas que no te gusten.

¿Qué cosas? Cosas que yo tuve que sufrir

y que ahora quizás sufras tú también.

Marina, no sé a qué te refieres, pero seguro que mientes.

Un día juró que me amaría hasta la muerte,

pero luego se encaprichó de la mujer de su hermano

y me abandonó. Yo no soy ningún capricho.

Yo tampoco lo era y, mira, hasta el siguiente capricho.

Cristóbal no es de ese tipo de hombre.

¿No? Pues le he visto en este mismo despacho

besando a una mujer y no éramos ni tú ni yo.

Me parece patético

que uses ese tipo de cosas para sembrar celos entre él y yo.

Cristóbal adora a las mujeres

y es posible que, cuando estuviste enferma,

se hiciera a la idea de perderte. Patético y ruin.

Tú sigue insultándome, no me importa.

Eso no hará que la mujer a la que besó Cristóbal desaparezca.

¿Sabes qué es lo que pasa?

Que hay una gran diferencia entre tú y yo.

Cristóbal nunca te quiso.

Y a mí siempre me ha querido.

Siempre.

Tú no estabas allí para ver cómo me miraba.

Estabais en medio de una guerra,

Cristóbal estaba desesperado y pensó que jamás podría tenerme.

Había amor en sus ojos.

Claro, mucho amor,

un amor desesperado

porque, cuando te miraba,

cuando te besaba,

cuando te amaba,

en realidad estaba pensando en mí.

Mírame, Marina.

Mírame.

Callas porque sabes que tengo toda la razón del mundo.

A ti nunca te quiso.

¿Cómo te atreves a hablarme así?

No he empecé yo con esas odiosas insinuaciones.

Son ciertas. Ah...

Nada de lo que sale por tu boca es cierto.

Has mentido a Cristóbal, me has mentido a mí.

Y lo peor es que te mientes a ti.

Hasta aquí han llegado tus humillaciones.

¿Y qué vas a hacer? Nadie te cree.

Nadie te quiere.

Ya no tienes ningún poder ni sobre Cristóbal ni sobre mí.

Aún no sé lo que voy a hacer,

pero te juro que vas a pagar por todo lo que me has hecho.

¡Te lo juro!

(SUSPIRA)

-¿Seguro que el vestido estará listo para mañana?

-Seguro. Aunque pasaré a ver a la modista.

-Mire que la tómbola es dentro de nada, ¿eh?

Y yo le dije que lo necesitaba para hoy.

Más que nada también por ajustar cosas.

-Sí, sí, lo sé.

Cambiaré de costurera, esta siempre entrega tarde.

Es lo malo de contratar a la mejor. -Ya.

Vendré mañana por la mañana. -A primera hora.

-Muy bien, aquí estaré.

-Que vaya a esa tómbola es un gesto de generosidad por su parte.

-Bueno, si es que, cuando se puede ayudar,

una tiene que hacerlo. -Pero no todo el mundo lo hace.

-Ya, bueno, pero una no tiene que fijarse en los demás,

sino en lo que quiere hacer una. -Ah...

-Todo sea por los españoles en países en guerra.

-Ay, sí, pobre gente, lo tienen que estar pasando mal.

Ahora no se está seguro en ningún sitio,

si no fíjese en ese tren del accidente de Italia.

-No me he enterado. ¿Qué accidente?

-Ay, no se habla de otra cosa en toda la ciudad.

Venía de Italia a España lleno de refugiados

y chocó con un tren francés militar al salir de Ventimiglia,

en la frontera entre los países. -¡Por Dios!

-Sí. -Como no salgo de la tienda,

soy la última en enterarme.

-Puede que Francisca sea una de las víctimas.

-¿Francisca?

¿Y qué hacía en ese tren?

-Lo cogió en Roma donde estaba estudiando canto.

Venía a reunirse con su familia.

Imagínese qué disgusto. -¿Ha habido muertos?

-Dicen que no hay casi supervivientes.

Pero, bueno, todo son rumores.

Ojalá Francisca esté bien.

-¿No se sabe nada de ella? -Nada.

Ay, su familia, qué sufrimiento.

-Sí, sí, ya me imagino.

Aunque mis primas deberían estar acostumbradas a las desgracias.

-¿Por qué dice eso?

-Bueno, ya sabe cómo son.

-No, no sé cómo son.

-El que juega con fuego, se acaba quemando.

-Eh, como usted ya sabe, yo soy muy amiga de la familia.

-Sí, sé que es amiga de Elisa

y que ha sufrido sus caprichos mil veces, igual que yo.

-Carolina, vendré mañana a buscar el vestido.

Buenos días.

-Buenos días.

¡Jesús, qué humos!

Operadora, ¿podría ponerme con

doña Purificación de Angulo por favor?

-Me pilló por sorpresa.

Parecía una mujer encantadora y dulce.

Y, de repente, ahí la tengo en mi habitación revolviéndome todo

y apuntándome con una pistola.

Todavía me tiemblan las piernas.

-La estaba vigilando, está claro. -¿Iba sola?

-No, con un supuesto primo que no he vuelto a ver.

Desde el atentado les dije

que no quería volver a colaborar con ustedes.

¿Por qué me vigila? -Estamos en guerra

y todo el mundo sospecha de todo el mundo.

-¿Entonces qué hago? ¿Tengo que preocuparme?

-Federica es una espía que hace muy bien su trabajo.

¿Le ha dicho algo sobre Alonso?

-Que no le había vuelto a ver.

Me costó convencerla pero lo logré.

O eso creo. -¿Le preguntó por algo más?

-Solo parecía interesada en Alonso.

Y me amenazó con matarme

si descubría que le estaba mintiendo.

Y, tal y como hablaba, la veo muy capaz de hacerlo.

-Y lo es. Lo es.

Los alemanes son muy serios y concienzudos de su trabajo,

gente muy profesional.

-No sabe cuánto me tranquiliza.

-Pues no debe estarlo.

Es posible que esta mujer acabe por descubrir algo.

Y, por eso, lo mejor será que la mate usted antes.

¿Diana, sigue usted ahí?

-¿Pero qué dice?

-¿Está loco? -Es ella o usted.

-Pues ya puede olvidarse porque, desde luego,

yo no soy una asesina. -Mire, matar al enemigo

en estos momento no se considera como un asesinato,

sino un combate.

-Eso será en el campo de batalla, pero no en unos viñedos.

Además, para matar hay que valer, hay que tener sangre fría.

-No es tan difícil si lo piensa.

-¡Le digo que no!

Por favor, solo quiero que me deje en paz, por Dios.

-O.K. "I understand. I understand".

Habrá que buscar a alguien que la mate.

-Por favor, no me lo cuente, no quiero saberlo.

-Diana, si Federica cuenta a sus superiores

que sospecha de usted,

le ordenarán matarla.

Ya lo ha hecho antes.

¿Entonces corro peligro si me quedo aquí?

-Y si se marcha también.

Sabe quién es, dónde vive,

dónde tiene la fábrica.

-¿Entonces qué hago?

Y no me diga que la mate.

-Corte todas las comunicaciones del hotel.

-¿Cómo?

-Al lado de la recepción

está la sala con los cables de los teléfonos.

Córtelos y así el hotel

se quedará incomunicado durante horas.

¿Lo ha entendido?

-Sí. -Y, al menos, impedirá

que Federica se comunique con nadie.

¿Se ve capaz de hacerlo? -No sé, lo intentaré.

Espero que me dejen de temblar las manos.

-Confío en usted.

-Diana. -¡Ah! Ah...

Salvador, eres tú. -Sí, sí, soy yo

¿Acaso esperabas a otra persona? -Ah, qué tontería.

-Te estaba esperando en el jardín, pero como no venías...

Por cierto, me he encontrado a Federica y charlamos un rato.

-¿De qué? -De lo buena pareja que hacemos

tú y yo, Madrid, la fábrica... -Ah...

-Nuestros planes.

Esa mujer es un ángel. -Sí, recién caído del cielo.

Eh, vuelvo ahora mismo.

-¿Adónde vas?

-Eh... A hablar con ella.

Cosas de mujeres.

-Bien.

-Sí, sí, claro que su marido y yo nos vamos a casar.

Por eso la he llamado, para que no se extrañe

cuando Bernardo le pida la nulidad matrimonial

porque es absurdo que sigan casados

cuando hace tanto tiempo que no viven juntos.

Pues sí, Bernardo me lo ha contado.

Ya. Escuche, doña Purificación,

la he llamado porque esto es importante.

¡Pues claro que estamos enamorados! Su marido se me ha declarado.

No sé por qué le parece tan raro cuando... ¡Huy!

No te había visto.

-Ya, ya me he dado cuenta.

¿Estabas hablando con mi esposa? -No.

Estaba hablando con una amiga.

-Ya, ¿una amiga que se llama Purificación

y cuyo marido también se te ha declarado?

-Eh, sí, estaba... Estaba hablando con tu esposa.

-¿Y no te dije que quería hablar yo con ella?

-Sí, me lo dijiste pero, como no lo has hecho,

me ha parecido bien informarle de la situación.

-Te tomaste una libertad que no te corresponde.

-Te estás arrepintiendo, ¿es eso?

-No, claro que no, sigo queriendo casarme contigo.

-Entonces está bien que tu mujer se prepare

para la anulación del matrimonio. -Sí, claro...

Quería contárselo yo que soy su marido

y quien se va a casar de nuevo.

-Solo le he adelantado la información,

se lo ibas a decir enseguida.

-Carolina, prométeme que no volverás a hacer algo así.

-Está bien, te lo prometo.

-Bueno, no vamos a darle más vueltas porque lo hecho,

hecho está. -No quiero que estés enfadado.

-No, si no estoy enfadado.

-Sí, aún lo estás. -No, no lo estoy.

-¿Me das un beso?

-¿Y si entra alguien?

-Es la primera vez que me preguntas eso.

-A mí los nervios me dan por comer,

así que aquí os traigo algo para aguantar

mientras se sabe o no algo de doña Francisca.

Muchas gracias. Tengo el estómago cerrado.

-Pero tampoco ha comido nada a mediodía, así no puede estar.

Tiene que coger fueras para... -¿Para qué?

¿Para qué tengo que coger fuerzas?

¿Para recibir la noticia de que mi esposa ha muerto?

-No digas eso, no va a morir. Es lo que deseamos todas.

Y lo que no va a suceder.

-¡La culpa es de ella!

-Merceditas no ha dicho nada malo.

-Ah, lo lamento, don Luis, yo solo quería ayudar.

-¡Pues no ayudas, Merceditas!

Así que coge todo eso y largo de aquí. ¡Fuera!

-¡Ah! (LLORA)

-¿Y ahora qué le pasa?

-Que ella también quiere a Francisca y está sensible.

No se merece lo que le has dicho.

-Ahora tenemos que tener cuidado con qué decimos al servicio.

Es mucho más que el servicio. Es Merceditas.

-Luis, ¿por qué mejor no te vas a descansar?

-No, no, no, yo me quedo aquí. Hazle caso a Celia

Te avisaremos cuando haya novedades.

Me quedo hasta saber qué pasa. -¿Pero eso cuándo va a ser?

Rodolfo está en la embajada italiana,

están elaborando una lista con los supervivientes.

¿Y cuándo estará esa lista? En cuanto la tenga, me llamará.

No sé por qué tardan tanto. ¿Por qué la mandaría tan lejos?

No sirve de nada lamentarse.

Hasta que no la consiga, no podemos hacer nada.

Ah, esperar.

-Doña Blanca, una llamada de su esposo.

La he pasado al despacho. -¡Ah!

-Por fin, vamos a encontrar a Francisca sana y salva.

-Venga, Blanca, voy contigo. No, quedaos aquí.

Luis os necesita más que yo.

Ah...

-Gracias por venir tan rápido.

-Pensé en llamarle cuando recibí su mensaje.

-Tengo muy buenas noticias.

-Ahora me la cuenta, pero me están esperando,

primero le digo yo. -¿A qué vienen esas prisas?

-No quiero que mi fábrica fabrique armamento:

Ni de gas, ni bombas, ni balas

ni nada que tenga que ver con la guerra.

-Bueno, eh, vayamos por partes, ¿no?

-Es para mí esencial mantenerme alejado de ese negocio.

Estuve en la guerra y vi morir a muchos soldados.

No quiero cargar sobre mi conciencia

ni una sola muerte. -Está bien, bueno,

si esa es tu decisión, yo la respetaré.

Pero antes quiero mostrarte lo mucho que puedes ganar.

-¿No ha pensado que Francisca

puede ser una víctima de esta guerra?

¿O no leyó el accidente de Italia? -Sí, y lo lamento muchísimo.

-Pues, entonces, comprenderá que quiera vender la fábrica.

-No, no lo comprendo. Hace falta una fábrica como esa.

-¿Para matar? -O para defenderte si te atacan.

¿O vas a quedarte de brazos cruzados

mientras matan a tu familia? -No es el caso.

-Puede serlo. El asesino es quien empuña el arma,

no quien la fabrica.

Y, ahora, quiero...

Que abras este maletín.

Por favor. -¿Para qué?

-Tú ábrelo.

-Es... ¿Esto qué es?

-Los beneficios que genera una fábrica como la de Núremberg

en solo una semana. Y eso es solo el principio.

-Pero aquí hay... Hay mucho.

-Y mucho más que puede haber

si ampliamos la fábrica con mi inversión

y nos dedicamos a las armas de gas.

-Pero... -Carlos, escúchame, escúchame:

Yo soy un hombre de negocios y me dedico a hacer negocios.

¿O crees que no lamento las víctimas?

Pues claro que sí.

Y, cuando acabe la guerra,

que será dentro de cuatro o cinco meses como mucho,

vendes la fábrica o la reformas para producir

otro tipo de material.

Pero mientras dura el conflicto no debes hacerlo.

-Ya... Ya le he dicho que, para mí...

-Escúchame.

Es demasiado tarde para remilgos.

Tu fábrica de Núremberg fabricará munición hagas lo que hagas.

Lo único que cambiará es que, si la vendes,

es que ese dinero pasará a otra persona.

Pero el resultado

será el mismo.

Si renuncias a ella,

no vas a hacer que este mundo sea mejor,

sino que tú seas más pobre.

¿Estás seguro de vender?

Blanca, por Dios, habla.

Rodolfo ha tenido acceso a la lista de supervivientes.

¿Y? -¿Nuestra hermana?

No aparece en ella.

No puede ser. No puede ser.

¿Está seguro? ¿Él ha visto esa lista?

A lo mejor, se han equivocado.

Me han pedido que no nos desmoralicemos.

La lista puede no estar completa.

He oído el teléfono. ¿Ya se sabe algo?

-Todavía no sabemos nada seguro.

-Francisca no está en la lista de supervivientes.

-¿Y eso qué quiere decir? -De momento, nada, Merceditas.

No nos pongamos en lo peor. Dentro de unos días,

tendrán una lista definitiva. Pero no mintáis.

Si no está en la lista de los vivos,

es porque está en la de los muertos.

-Elisa, esto no es matemático.

Ni siquiera sabemos si Francisca iba en ese tren.

Quizás, sigue en Italia. O puede que subiera a otro tren.

-¿Por qué no ha llamado por teléfono?

No es tan fácil, Merceditas,

como ir hasta un teléfono y marcar.

Las comunicaciones con Francia e Italia están saturadas

y controladas por los militares.

Quizás, está herida o extraviada.

-Sí, sí. De acuerdo. Todo eso está muy bien.

Pero, tal vez, debamos asumir

que Francisca esté entre las víctimas.

Es terrible, pero es así.

-Yo voy a rezar para que eso no sea así.

-Si de verdad le importásemos a Dios,

no permitiría esta guerra. -Con su permiso, don Luis.

Las guerras las hacen los hombres.

Dios no tiene ninguna culpa de nuestros pecados.

-Si él nos ha creado así,

ya me dirá. Por favor. Por favor.

Rosalía, hay que llamar a Diana y contarle todo lo que ha pasado.

Claro que sí, señora. Lo haré enseguida.

-Yo voy a preparar unas tilas, que buena falta nos hará.

Elisa.

(Llaman a la puerta) Adelante.

-Perdón, don Germán. Me dijo usted que el pedido

de cloro llegaría ayer, o, como muy tarde, hoy.

-Sí. Eso me dijeron los portugueses.

-No ha llegado. Si quiere que les llame.

-No te preocupes. Me encargaré yo.

Hoy ha sido un día horrible. -Entiendo.

¿Se sabe algo nuevo de doña Francisca?

-Que no está en la lista de supervivientes.

Pero hay que esperar hasta que llegue el comunicado oficial.

-Pobres hermanas, deben estar sufriendo.

-Imagínate. Adela quería volverse de Toledo,

pero le dije que es mejor quedarse.

-Hizo muy bien. Allí está más segura

y protegida con la niña. -Allí estarán bien.

Tía Adolfina siempre está pendiente de todo.

-Pues si habla con ella,

le da ánimos de mi parte. -Se lo daré.

Y ojalá Francisca pueda conocer a mi hija.

A Adela le haría mucha ilusión.

-Confíe. Francisca estará bien. -Esperemos.

-Yo sé lo que es perder a un ser querido

en un accidente inesperado.

Y no les deseo ese dolor a estas pobres chiquillas.

-Estas chiquillas ya son mujeres.

-Para mí, no.

Mira que no darte cuenta de que se nos acabó la manzanilla.

-Lo sé, lo sé. -Te lo he dicho mil veces.

Hay que mirar cuidadosamente la despensa

y anotar lo que se va acabando.

-Ya lo miré el otro día y no faltaba nada.

Bueno, que yo sepa, no faltaba nada.

A lo mejor, me confundí con la manzanilla.

Sé que soy un desastre y que todo lo hago mal.

-Mujer, todo, todo... Tampoco te pongas así.

Además, nos vendrá bien este paseo.

En la casa, está todo el mundo tan triste,

que nos contagiamos las unas a las otras.

-A mí la que me da más pena es la señorita Elisa.

A su edad, solo debería estar pensando en divertirse.

Y ya ve. -Pobrecilla. Me temo que con esto

se va a hacer mayor de golpe.

-¿Usted cree que todo esto acabará mal?

-Me inquieta que doña Francisca no esté

en esa lista de supervivientes. -A lo mejor, no iba en ese tren.

-Claro. Eso es lo que nos decimos todas.

Que no iba en ese tren, que aparecerá en cualquier momento.

¡Ay! Pobres chiquillas.

-Y para colmo, doña Diana tampoco aparece.

-Otra preocupación.

-¿Ha llamado usted al hotel? -Sí.

Primero, lo han hecho doña Blanca y la señorita Celia.

Y luego, yo. Pero no hay línea.

-Mire que si le ha pasado algo. -Eso ni lo pienses.

¿Me has oído? Que no haya línea,

no quiere decir que también a ella

le haya podido pasar algo. -¿También?

-No quería decir eso. -Pero lo ha dicho.

Un día se levanta una tan normal,

todas las cosas funcionando perfectamente, todo bien,

y, de repente, el cielo se pone negro

y le caen a una todas las desgracias encima.

-Escúchame. Hay algo que no debes olvidar nunca.

Nosotras estamos en esa casa para atender a la familia.

Y eso quiere decir, no solo servirles la comida

y arreglar la ropa y las camas,

sino, también, saber consolarlas

en los momentos difíciles y tristes.

-Si yo lo intento, doña Rosalía.

Pero es que, de repente, me pongo a pensar

en doña Francisca, que está embarazada, igual que yo,

y es que me pongo en lo peor.

Me imagino una desgracia. -Pues sí que estamos buenos.

Vamos a ver, Merceditas. Nada de lágrimas.

Ponte a pensar que doña Francisca

está tranquilamente viajando en otro tren

y con una maleta cargada de regalos para sus hermanas.

-Sí. Lo voy a intentar.

-No lo vas a intentar. Lo vas a hacer ahora mismo.

Y cuando hables con sus hermanas,

las vas a consolar. ¿Me has oído?

-Sí. Las voy a consolar.

Les diré que doña Diana está tan tranquila y feliz

porque no sabe que doña Francisca ha desaparecido.

Y que pronto estarán todas juntas otra vez.

-Ay, madre del amor hermoso.

Seca esas lágrimas, chiquilla.

Y vamos corriendo a la botica, a ver si nos la van a cerrar.

Raimundo, te estás dejando ahí una mancha.

Dale con más brío, hombre. ¿Qué te pasa?

Ni trabajas ni refunfuñas.

-¿Y usted no ha leído la prensa?

Lo del tren accidentado entre Italia y Francia.

-Pues sí. Una desgracia. Pero mientras dure

esta guerra, desgracias como esa,

tendremos todos los días. -Como esa, no.

-Anda. ¿Y por qué? -Porque acabo de hablar

con Mercedita y me ha dicho que las Silva cree

que su hermana viajaba en ese tren.

-¿Qué hermana? ¿Francisca?

-La única que tenían en Roma.

-¡Ay, Dios mío, la pobre niña!

Con las que pasamos aquí con ella cuando la teníamos trabajando.

Eso no puede ser verdad. -Eso no es lo peor.

Su nombre no aparece en la lista de supervivientes.

-¿Es seguro que iba en ese tren?

-En esta vida, seguro, seguro, no hay nada.

Y Merceditas está la pobre que no...

-Ya me lo puedo imaginar. Anda, ahora entiendo tu ánimo.

Déjalo. Ya sigo yo. -¿No le importa?

Acabo de recoger y me voy a hacerle compañía a Merceditas.

-Sí. Que falta le hará. Con lo sensible que está,

no parará de llorar hasta que aparezca Francisca.

-A mí me parece que exagera. Pero ya dice usted que es normal

que las mujeres se pongan así cuando están embarazadas.

-Sí. Unas más que otras. Pero Merceditas es

de las que se altera con todo.

-Buenas noches, madre. -Hola, hijo.

Traes cara de cansado. ¿Te hago una tortilla?

-No se preocupe. He cenado por ahí.

¿Y a usted qué le ocurre? Parece preocupada.

¿Sabe algo de padre? -Sí. Está bien. Sigue bien.

Sigue recuperándose bien.

No es por eso. Estoy algo cansada.

-Bueno. Ande, deje esto. Ya le ayudo yo.

-Que no. No te vayas a manchar. Espérame aquí, que ahora vuelvo.

-Gabriel, ya me marchaba. Pero por ti, se hace una excepción.

¿Qué te sirvo? -Ponme un whisky bien cargado.

-Estarás destrozado, ¿no? -¿Por qué dices eso?

-Por lo de Francisca.

-¿Francisca? ¿Qué le ha pasado? -Eso no se sabe.

Me parece que se va a tardar en saber.

-¿De qué me hablas, Raimundo?

-Que viajaba en el tren que ha tenido el accidente.

-¿El Ventimiglia?

-En uno que venía de Italia.

-Por el amor de Dios, Raimundo.

-Pero bueno. ¿Dónde va mi hijo tan deprisa?

-No sé. Estábamos hablando de lo de Francisca...

-¿Pero le has contado lo de...? ¿Cómo puedes ser tan animal?

¿Cómo se te ocurre? ¡Pedazo de cabestro!

¡Vete! ¡Vete, que no te quiero ni ver! ¡Anda!

¡Bruto!

Gabriel, ¿no te dijo Merceditas que te marcharas?

-No pensaba irme sin hablar con usted.

-¿Qué quieres? Luis está en casa

y como sepa que viniste, no sé cómo reaccionará.

-Me enteré de lo de Francisca.

-No estamos seguras de que cogiera ese tren.

Era el que tenía que coger, pero no estamos seguras

de que lo haya hecho. -¿Y han llamado a la escuela?

-Hablamos con todo el mundo. La última noticia que tienen

de ella, es que la vieron salir con sus maletas.

-¿Y ahora? A lo mejor, ya tienen novedades.

-Lo intentamos. Es difícil hablar con Italia.

-Está bien. Está bien. Cualquier cosa que pueda hacer,

lo que sea, cuenten conmigo. -No hay nada que puedas hacer.

-Celia, ahora tengo dinero. Me da igual lo que se necesite.

Pongo a vuestra disposición toda mi fortuna,

con tal de encontrar a Francisca. Lo único que pido,

es que no me dejéis al margen. -No es cuestión de dinero.

-Todo es cuestión de dinero.

Podría ir a buscarla a Roma, París,

incluso, al fin del mundo, si fuera necesario.

-Si tuviéramos la certeza de encontrarla, yo iría contigo.

-Es desesperante estar con los brazos cruzados.

-Lo sé. Pero ahora, vete, antes de que Luis sepa

que estás aquí. Te mantendré informado,

si hay cualquier novedad. -Está bien. Me voy.

Llámame... -Me ha parecido oír tu voz,

pero no podía dar crédito. ¿Qué haces aquí?

-Ya se iba. -Esperaré cualquier noticia.

No importa la hora. Llámeme cuando haya novedades.

-Descuide. -¡Te he hecho una pregunta!

¿Qué haces aquí? -¿No se dio cuenta

de que no quise contarle? -¿A qué demonios viniste?

-No le importa. No vine a hablarle.

-¡Fuera de aquí! -Por favor.

Bastante nerviosos estamos.

Gabriel, vete. -No se preocupe.

Pero para que el caballero se quede tranquilo,

le diré que vine a ofrecer mi ayuda para encontrar

a Francisca. Le alegrará saberlo. -No la necesitamos.

No necesitamos nada que venga de ti.

¡Fuera de aquí! -¿Y si no?

-¡Te echaré yo mismo a patadas! -¡Basta ya!

¿No pueden estar en una habitación sin sacar a relucir estos modales?

-Que se vaya. ¡Ya!

-Señorita Celia.

No deberías alterarte tanto, Blanca.

Tu salud no es de hierro.

Lo intento, pero no puedo evitarlo.

Desde que has vuelto de casa de tus hermanas,

estás igual. Nerviosa, encogida.

Solo pienso en Rodolfo, en que va a llamar

y nos va a dar una mala noticia. O buena.

Quizás, sea Francisca quien llame y todo habrá sido una pesadilla.

Es lo que intento imaginarme, que es Francisca quien llama

y que se ríe de nosotras por preocuparnos tanto.

Y si imaginas eso, ¿por qué te agobias?

Porque no me lo creo.

Por mucho que sufras, no cambiarás las cosas.

No está en tu mano cambiar los acontecimientos.

Si quieres, puedo darte algo para que te relajes.

No. Prefiero estar lúcida para cuando llame Rodolfo.

Como quieras. Un té sí me aceptarás.

Sí. Eso sí.

Me alegra haber vuelto a casa.

Estábamos muy alteradas y en lugar de calmarnos,

nos estábamos poniendo más nerviosas.

También estoy contento de que estés aquí.

Soñaba con llegar del hospital y tenerte en casa.

¿Y no te han dicho que había ido a buscarte al hospital?

¿A mí? ¿Al hospital? Sí.

No sé. Pensé que tendrías un momento para descansar.

Ha sido un día duro. He ido de operación en operación.

Eso mismo me dijo Marina.

Me extraña que no te comentara nada.

Marina no me ha dicho nada.

Bueno, tampoco me extraña.

La verdad es que no terminamos muy bien.

No tiene mayor importancia. Voy a prepararte ese té.

Seguro que te sienta bien.

Ya he puesto el agua a calentar. Enseguida estará.

¿De quién es esta medalla? ¿Esta medalla?

Sí. La encontré ahí mismo y no es mía.

Nunca la había visto. ¿Dónde estaba?

Ahí mismo. Es de mi madre.

¿De tu madre? Sí. Se le habría caído

la última vez que estuvo aquí.

Ya me la quedo yo y se la doy cuando la vea.

No sé. Me extraña mucho que no haya llamado preguntando

por ella. Con el apego que tiene a todas sus cosas.

Sí. Quizás, no sabe dónde está.

Ya. Pues seguro que tiene a Engracia poniendo

toda la casa patas arriba.

A lo mejor no se ha dado cuenta de que la ha perdido.

Entonces, me alegro de haberla encontrado.

Sí. Le hará ilusión recuperarla.

Sí. Voy a ver cómo está el té. Sí.

En cuanto hayan identificado a todas las personas fallecidas,

le llamará enseguida.

Solo de pensar que doña Francisca pueda estar entre ellas...

Que Dios la proteja.

-Antes, cuando tú no estabas, ha llamado Rosalía.

-¿Y ha sucedido algo? -Sí.

-Déjame ayudarte y reconfortarte en estos momentos tan tristes.

Sé que nadie te conoce mejor que yo.

Y... Y no volveré a cometer el error de pedir

lo que no se me ha prometido.

-Le he llamado porque quería pedirle ayuda.

Uno de mis compañeros está herido de bala.

Llévelo a un hospital. Ha perdido mucha sangre

y no podemos llevarle a un hospital,

porque los médicos darían parte a las autoridades.

¿Pretende que cure a ese amigo suyo?

Lo siento, pero no cuente conmigo. Cristóbal.

Le juro que no le pediré otro favor.

No me deje en la estacada.

-No quiero seguir. Se acabó.

Llámeme egoísta, pero quiero continuar con mi vida,

de espaldas a esta guerra.

-No tome una decisión así, en caliente.

-Buenos días, Carolina. -Si tú lo dices.

¿A qué has venido? -A decirte cuatro cosas.

Te podrás figurar que ninguna bonita.

-Muy propio de ti. Adelante. Soy toda oídos.

-Velasco es policía y podrías acabar en la cárcel.

-Lo sé. -¿Y la carta te la requisó?

-No. La sigo teniendo yo. -Gracias a Dios.

-¿Por qué es tan importante que la tenga?

-Es una prueba fehaciente. Sin ella, no tiene nada contra ti.

Nada más que conjeturas y testimonios.

Pero con ella, estás perdida, si decide presentarla.

-¿Qué debo hacer? -Destrúyela.

Si la policía se presenta en tu casa,

lo peor que te puede pasar, es que la encuentren.

-Esta guerra no nos importa.

Federica me obligó a trabajar para los alemanes,

por un puñado de dinero. No quiero seguir.

Pero me matarán. Y a usted también la matarán.

-No sé de qué me está hablando, de verdad.

-Sí lo sabe.

-¡Federica! ¡Federica! ¿Qué ha pasado?

¿Qué? ¡Federica! -Diana...

-¡Ayuda! ¡Ayuda! ¿Diana qué?

-Diana... -¿Qué? Federica, ¿Diana qué?

-Deme solo un minuto. Cojo mis cosas y podemos irnos.

Solo le pediría un poco de discreción.

Ya no es por mí, sino por mis hermanas,

que no se merecen un escándalo.

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  • Capítulo 283

Seis Hermanas - Capítulo 283

08 jun 2016

Diana recibe una amenaza. Blanca decide volver a casa con Cristóbal y Marina le cuenta que él la engaña. La inquietud invade a la familia al pensar que Francisca podría viajar en el tren procedente de Italia que ha sufrido el terrible accidente. Elisa quiere reconciliarse con sus amigos.

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