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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 278 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué ha pasado? Me ha decepcionado, Diana.

Y nos hemos tomado un tiempo para poner las cosas en su sitio.

Gracias a usted, Blanca y yo no podemos casarnos.

Y Rodolfo no puede rehacer su vida como él quisiera.

Seguimos igual. Todos tenemos que aguantar

y sufrir un matrimonio que no contenta a nadie.

Algún día, hijo, entenderás que eso...

Es lo mejor para mí. Lo mejor para todos.

No quiero escucharla más, madre.

Siga organizando mi viaje a Roma.

-No se preocupe. Dispondré todo lo necesario.

-Tengo que reunirme con Francisca

y traerla de vuelta a casa.

-Cuando no le conocía, me parecía casi imposible separar

a doña Francisca de don Luis.

Pero ahora, lo veo al alcance de mi mano.

-Y yo la voy a ayudar en todo lo que me pida.

-Y yo a usted.

-¿Te quieres casar conmigo?

-¿Podrá devolverme el dinero de mis familiares?

-Teniendo en cuenta que las inversiones van muy bien,

por supuesto. Por mi parte, no habrá ningún problema.

-Me alegra oír eso. -Simplemente, quería pedirle

que me conceda unas horas más. -Claro, claro.

-Es un hombre muy poderoso. -¿Y quién es, según usted,

el Asesino del Talión? -Don Ricardo Silva.

-Una testigo afirma que usted es el Asesino del Talión.

-Miente. -Eso tendrá que decidirlo un juez.

De momento, ya me ha firmado una orden de detención.

Proceda. -No sé quién es este testigo,

pero lo que dice es falso. Yo no he matado a esas mujeres.

-Imaginaba que no iba a admitirlo. Por favor, no se revuelva.

-¡Quiero hablar con mi abogado!

¡Esto no es una detención! ¡Es un atropello!

-La gente cambia. Unos pocos, para mejor.

-Y otros se convierten en monstruos.

Pero, bueno, lo importante es que el asesino ya está detenido

y que por fin estamos fuera de peligro.

(Sintonía)

Siéntese, por favor. -Aún no me ha dicho

por qué me han llamado. -Enseguida lo sabrá. Siéntese.

-Ya les dije todo lo que tenía que decir.

Y han detenido a Ricardo Silva.

¿Qué más quieren? -La verdad.

-¿Es que insinúa que le mentí?

-Yo no insinúo nada, señora.

-Pues es lo que parece. -Yo solo observo,

infiero y concluyo.

-¿Esto de cuándo es? -De esta mañana.

Y el asesinato al que se refiere,

ocurrió ayer a última hora de la tarde.

-Nosotros, siguiendo su testimonio,

detuvimos y encarcelamos a Ricardo Silva

unas cuantas horas antes de que se cometiese.

-Demuestra que Ricardo Silva puede ser un criminal.

Pero no es el Asesino del Talión.

-Y lo que me lleva a concluir que usted ha mentido.

-Yo no he mentido. -¿Ah, no?

¿Y cómo enlazan su testimonio y esto?

-Ricardo Silva no habrá matado a esa mujer,

pero sé que mató a las otras. -¿Y usted cree que hay alguien

tan estúpido como para matar del mismo modo a esta última,

teniendo así que pagar por las muertes anteriores?

No. Aquí el único estúpido, he sido yo por creerla.

¿Sabe qué es lo que más me duele?

De no haberme dejado llevar por el afán de cerrar el caso,

esa mujer quizás todavía seguiría viva.

¿No se siente usted responsable también de su muerte?

-No. -¿Va a seguir mintiéndome?

-Inspector, por favor. -¿Por qué me mintió?

¿Qué interés tiene en destruir a Ricardo Silva?

Como ayer me sugirió la señorita Silva,

cotejé su testimonio con el inspector Tobías,

quien llevaba el caso del opio. No conseguí corroborar

ni uno solo de todos los detalles de su relato,

que tengo más claro que es falso. ¿Por qué mintió?

¡Míreme a los ojos y dígame por qué me mintió!

-Quería que ese miserable pagara por lo que hizo

-¿Pero qué hizo? Él no mató a esas mujeres.

(LLORA) Mató a mi hijo.

La señorita Silva se ha de acordar de mi hijo.

-¿Quién era su hijo?

-Basilio, señorita.

-¿Sabe quién es?

-Basilio era el secretario de mi tío.

Un poquito a la izquierda, Raimundo.

¡Tanto no, hombre! ¡Tanto no! Un poco más a la derecha.

-¿Qué más te da que quede más para allá, que más para acá?

-Bueno, si a ti te da igual, ponlo más a la derecha.

-¿Se puede saber qué te pasa? Nada, nada.

Que me alegro por ti, de verdad, Bernardo. Felicidades.

Con esa cara, no pareces alegrarte mucho.

Esta cara no tiene nada que ver contigo.

Solo, que habré dormido poco.

Si quieres, lo dejamos para otro día.

En absoluto. Pregúntame. ¿Qué querías saber?

Verás. Ya sabes que para poder casarme con Carolina,

no solo bastante con que ella haya aceptado,

sino que necesito la nulidad

de mi matrimonio con Purificación. Entiendo.

Sé que el abogado soy yo. Pero como tú conseguiste

la nulidad de Marina... Eso es mucho decir.

¿No te la otorgaron? Quiero decir, que yo la solicité.

Y con la oposición de Marina.

¿Y entonces? ¿Cómo te la concedieron?

Digamos que hay maneras de influir en la decisión

del Tribunal Eclesiástico. ¿Y cómo? ¿Es difícil?

Más que difícil, es caro. Como todo en esta vida,

se puede comprar. Ya. Entiendo.

No es que me sienta muy orgulloso, pero conoces a mi madre.

Es una experta en esas lides.

Tú dirás lo que tú quieras, pero a ti te pasa algo.

Y no solo es sueño. ¿Problemas en casa con Blanca?

Se ha ido a casa de sus hermanas. Vaya. Lo siento.

Dice que necesita distancia y tiempo para reflexionar.

Bueno, eso no es malo en sí mismo.

Pues yo no le veo la parte positiva.

La distancia y la reflexión vienen bien

para ver las cosas más claras.

Mírame a mí. ¿Qué quieres decir?

Si no me hubiera separado de Purificación,

ahora no estaría con Carolina.

¿Para qué te habré contado nada? ¿Qué he dicho?

¿Es tu manera de ayudarme?

¿Sugerirme que encontraré a otra mujer o Blanca

a otro hombre? No. Si a los dos días

de estar sin Purificación, estaba muy contento.

Está claro que tú de contento, nada.

Nada. Estos dos días solo han servido para darme cuenta

que no quiero separarme de ella.

Pero no te vengas abajo. ¿Y qué hago? ¿Bailo un chotis?

Lo que quiero decir, es que no te conformes.

Que vayas a buscarla y que luches por ella.

Sí. Aunque también cuenta lo que sienta ella.

Estoy seguro de que ella siente lo mismo que tú.

Estará en casa triste, deseando volver contigo.

-Dentro de unos minutos, podrán ver una obra de arte

en las paredes del Ambigú. La primera.

Yo se lo digo para que lo sepan.

-¿Ya lo estás anunciando? -Toma. Claro.

La muerte de mi hijo quedó sin castigo.

-¿Y cómo sabe que fue don Ricardo quien lo mató?

-Mi hijo hizo cosas horribles por orden suya.

Lo sé porque me las contaba cuando me venía a ver.

Y también sé que estaba aterrado.

-¿Por qué? -Sabía que el día que fallase,

ese malnacido de don Ricardo

no se iba a contentar con despedirle.

Había visto demasiado.

Y ese día llegó.

-¿Tiene pruebas de lo que está diciendo?

-Yo tengo pruebas.

Por eso hice lo que hice.

Si Ricardo Silva no pagaba por la muerte de mi hijo,

pagaría por los crímenes del Talión.

Años de cárcel. El garrote vil, tal vez.

-Llévensela.

-¿Está bien? -¿Usted qué cree?

-Creo que no ha resuelto el caso, pero que no tardará en hacerlo.

-No solo se trata del caso.

-¿Hay algo más en juego? -¿Aparte de la muerte

de esa pobre mujer a la que debería salvar?

-Pensó que tenía al asesino entre rejas.

-Ajá. Y ahora todos deben estar riéndose de mí.

¿Sabe la presión que supone ser el hijo de mi padre?

Tener la certeza de que, haga lo que haga,

siempre acabarán comparándome con él y saldré perdiendo.

-Eso no tiene por qué ser así siempre.

-No sea ingenua, Celia.

Hace años que mi padre es una leyenda del cuerpo.

Para muchos, el mejor comisario de policía que haya habido nunca.

-Usted mismo lo ha dicho. Su padre es una leyenda.

No tiene sentido que se compare con él con esos términos.

-No puedo dejar de pensar que le he defraudado otra vez.

-¿Otra vez? -Estoy seguro que la paliza

que me dieron, le dolió más a él que a mí,

por la humillación. Y ahora me he dejado engañar

por una madre resentida. ¿Qué pensará mi padre de mí?

-No lo sé.

Pero, francamente, creo que es lo que menos importa.

Creo que no importa lo que piense su padre de usted.

Sino quién es usted en realidad.

-Un fracaso. Eso es lo que soy. -No.

Usted es un buen detective.

Tiene método, tiene inteligencia,

tiene intuición. -No me diga.

-Sí. Velasco.

Sí se lo digo.

Eh... Tengo el honor de inaugurar esta obra de arte,

que, de hoy en adelante, decorará las paredes del Ambigú.

El autor se llama Francisco Pérez y es de Talavera.

(APLAUDEN)

-¿A que tiene gracia, doña Antonia?

-Sí. Mucha, mucha. Es muy bonito. Sí.

-Aquí está. La andaba buscando.

-Bueno, pues ya me has encontrado.

-La verdad, no sé por qué ha vendido el Ambigú,

si se pasa más tiempo aquí que en casa.

-Ay. Pero no es lo mismo.

Antes venía porque no me quedaba más remedio.

Y ahora vengo porque quiero.

No sabes el gusto que da sentarse en esta mesa

y ver cómo esos dos se afanan como locos.

Como hacíamos tu padre y yo. -Ya imagino.

-Creo que me acostumbraré rápido

a que me sirvan, en lugar de tener que servir yo.

-A eso uno se acostumbra rápido. -Sí. ¿Para qué me buscabas?

¿Quieres que vayamos a dar un paseo?

-Sí. Por qué no. Pero venía a darle un regalo. Otro.

-Hijo, no hace falta que me regales más.

Lo de la kermés ya está olvidado.

Aunque si me regalas un perfume, no le haré ascos.

-Siento decepcionarla, madre.

Porque no venía a regalarle un perfume.

-¿Entonces, qué es? Yo no veo ningún paquete.

-Es que no está aquí. Está fuera.

Es un automóvil. -¿Qué?

-Lo que oye, madre. Un automóvil.

Para que pueda dar sus paseos por el campo

que tanto le gustan. -Pero, hijo, por Dios. Eso es...

-Eso es lo que usted se merece. Ni más ni menos.

-Pero si yo ni siquiera sé cómo se lleva un chisme de esos.

-Ya lo había pensado. Me tocará a mí llevarla,

hasta que usted aprenda. -¿Yo? No, no. Quita, quita.

-Bueno, pues ya lo llevará padre cuando se encuentre mejor.

Seguro que le encanta. -Eso no te digo yo que no.

-Así podré ir donde quiera y cuando quiera.

Con un poco de suerte, conseguiré que deje

de venir al Ambigú. Por cierto, ya no es nada suyo.

-Pues no. Tienes razón. Ya no es nada mío,

pero lo fue todo. No sabes cómo me gusta ver

a esos dos. Me recuerdan tanto a tu padre y a mí

cuando éramos jóvenes. Éramos más guapos, eso sí.

Pero estábamos igual de ilusionados y desorientados.

Ay, el tiempo, cómo pasa, volando.

-Sí. En eso, le doy la razón. Así que no perdamos más el tiempo

y vayamos a estrenar su coche. -Claro que sí. Vámonos.

Ay, qué ilusión me hace, hijo.

Con Dios. -Buenos días.

-Adiós.

(TOCA EL PIANO)

(Suena música de piano)

Esa nota no significa nada.

¡Claro que significa! Significa que todavía

estás en contacto con él. No. Eso no es cierto.

Te lo prohibí. Te dije que tenía que desaparecer.

La conversación ha terminado. ¡No, no!

¡Que me sueltes! ¡Ay! ¡Francisca!

Voy a ver a Gabriel. No vas a ir.

Claro que sí. Ese hijo también era suyo.

Te lo prohíbo. Necesito hablar con él.

¡No! Hay una cosa que es mejor

tener clara. Ese niño lo perdí por tu culpa.

Fue un accidente. Que tú provocaste.

Y desde que ya no está, lo que había entre nosotros cambió.

¿A qué viene eso de pedir un día de descanso?

Solamente es una lección. ¡Ya está bien!

¿Por qué me gritas? Esas lecciones son esenciales.

Te estás convirtiendo en una niña mimada,

veleidosa e insoportable. Ahora te miro,

¿y sabes lo que veo? A una mujer cualquiera.

(Suena música de piano)

Vas a declarar en favor de Gabriel. No.

¡Por supuesto que no! Pero porque no te lo permitiré.

Su suerte depende de mí. Te lo pido por favor.

Y eso es lo mejor. Porque cuando le condenen,

sabrás que ha sido por tu culpa, porque no estuviste a su lado

cuando más te necesitaba. Bebe.

No. ¿Qué sueñas tú cuando lo tomas?

A mí me atormentan los miedos más horribles.

Y aun así, estoy convencido de que no querría tener tus sueños.

Y no te permitiré escupirlo. Luis...

Bebe. (LLORA)

¡Bebe!

(Suena música de piano)

Por favor, no.

-Perdón. Pensé que la música

le haría bien. -No.

Me duele tanto la cabeza.

¿Podría darme un poco de láudano, por favor?

-Claro.

Tome.

¡Chis!

Cierre los ojos.

Ahora, el dolor se irá yendo.

Mi voz se lo va a llevar poco a poco.

¿Sientes cómo mi voz te hace bien? -Sí.

No dejes de hablar, por favor.

-Mi voz entra en tu cabeza

y hace que el dolor salga de ella.

Déjate acariciar por mi voz.

Ya hemos acondicionado la zona de máquinas para el evento.

-Pues muy bien me parece. -No estoy seguro

de si lo hemos hecho como tenía que ser.

¿Por qué no baja y me lo dice? -Esto es cosa de mi mujer.

Cuando me toque firmar, bajaré.

Haré la histórica foto y adiós, muy buenas tardes.

-Si va a ser solo un momento. -No insista.

Si por mí fuera, firmaría en el despacho,

sin políticos, sin prensa y sin nada de eso.

-Como usted quiera.

-Necesito hablar contigo, Salvador. Estoy desesperado.

-No me extraña. Esto inquieta a cualquiera.

¿Has llamado ya a Toledo? ¿Adela y la niña están bien?

-Sí, perfectamente. Pensaban volver

tras la detención de don Ricardo, pero será mejor que esperen allí.

-¿Y a qué viene esa cara? -Estoy muy preocupado.

-¿Por qué? ¿Qué pasa? -Había quedado con Wenceslao

para que me devolviera el dinero de Antonia y de Adolfina.

-Entonces, ¿ha accedido a hacerlo? -Sí. A regañadientes.

El caso es que habíamos quedado esta mañana y no ha aparecido.

¿Por qué no has ido a buscarlo? -¿Adónde?

Trabajas con él. Tendrá un despacho.

Empiezo a pensar que no tiene ningún despacho.

Lo cual me convierte en un tonto todavía mayor.

Su supuesto despacho estaba siempre en obras,

como te había dicho.

Me imagino que también supuestas obras.

Tampoco sabrás dónde vive, ¿no?

Tampoco.

¿Y cómo hacías para hablar con él?

Me dio un teléfono y le he estado llamando

toda la mañana, pero no contesta nadie.

Esto no pinta bien.

Pero seguro que hay muchas explicaciones.

Sí, sí, y todas malas.

¿Y si tenía razón don Ricardo

y he estado ayudando a un ladrón a robar

a mis amigos y mi familia?

Germán, cálmate. Lo mejor que puedes hacer

es ir a ver a don Ricardo.

¿A don Ricardo para qué? -Él sabe más de Wenceslao.

Quizá sabe dónde está, dónde ir a buscarle.

Está en la cárcel, le detuvieron ayer.

A la vista de los nuevos crímenes

no tardarán mucho en soltarle.

Claro.

Claro.

Eso es lo que voy a hacer.

Voy a hablar con don Ricardo, en su casa o en la cárcel,

que es donde yo acabaré si todo esto no se resuelve.

Germán, no te pongas en lo peor.

Gracias.

Gracias.

¿Por qué me has traído tan poca ropa?

Porque no va a necesitar más, padre.

El asesino del Talíón ha vuelto a matar

mientras usted estaba aquí dentro.

¿A quién ha matado? -No sé, una desconocida.

Lo importante es que esa es la prueba que necesitábamos

para demostrar su inocencia. -Excelente.

Ese policía bisoño

va a tener que liberarme hoy mismo.

Toma, llévate la ropa.

No, la prensa se habrá enterado

y estarán todos los periodistas esperando en la puerta.

Quiero que le vean tan pulcro como siempre.

¿Qué le trae por aquí, inspector?

Me figuro que ya lo sabe.

Dadas las presentes circunstancias

y teniendo en cuenta que no se ha podido probar

de forma concluyente las acusaciones de esa mujer

vamos a proceder a excarcelarle.

¿No tiene nada más que decirme?

Lamento lo ocurrido.

Ahora está claro que...

que mis conclusiones fueron precipitadas

y erróneas.

Yo también tengo algo que decirle a usted.

Se arrepentirá de su error.

Nadie me ha humillado como me ha humillado usted

sin sufrir las consecuencias.

¿Me está amenazando una vez más, Señor Silva?

No le quepa duda.

¡No pueden encerrarme, yo no he hecho nada!

Obstrucción a la justicia se llama.

Métanla en la celda.

¡Asesino!

¡Asesino!

Saldré de aquí y usted sabe

lo primero que voy a hacer, ¿verdad?

Cállese, no empeore las cosas.

Mi hijo está muerto por su culpa.

Y eso es lo peor. ¡Lo peor al menos para mí!

Y yo también creo en la ley del Talión, inspector.

¡Y ese canalla pagará con su sangre

por la sangre de mi hijo!

Padre, ¿es verdad que usted mató a su hijo?

Su hija le ha hecho una pregunta.

¿Es que no te das cuenta que esta mujer está loca?

También dijo que yo era el asesino el Talión.

Padre, ¿por qué no nos vamos?

Sí, mejor será irnos de aquí lo antes posible.

Asesino...

Oh, Rodolfo.

¿Cerrando los últimos detalles? Sí, sí.

Gracias por venir, ya sabes la ilusión que me hace

que me acompañes a la fábrica.

Sé que es un día muy importante para ti.

Este acuerdo puede lanzar tu carrera política

y también salvar la que era nuestra fábrica.

Sí, sí, y estarán muy bien las dos cosas.

Y entonces todo habrá merecido la pena,

tus esfuerzos y también los míos.

Me alegra mucho que lo veas así.

Oye, ¿mi madre no ha terminado de arreglarse todavía?

No, ya sabes cómo es.

Bueno, pues entonces

a ti y a mí nos da tiempo a brindar.

¿Y por qué brindamos?

Pues... no sé.

¿Por nosotros?

Pues por nosotros.

Blanca, ¿qué ha ocurrido entre Cristóbal y tú?

¿Y tú cómo sabes que haya ocurrido nada?

Bueno, lo sé.

Claro está, tu madre, se me olvidaba.

¿No me lo vas a contar?

No es nada importante, es sólo una crisis pasajera.

Tú y yo también las pasamos

cuando nos fuimos a vivir juntos, ¿te acuerdas?

Claro que me acuerdo.

Blanca, quiero que sepas una cosa...

Si tu historia con mi hermano no funciona

y así lo deseas, yo te estaré esperando.

Sin reproches, mi puerta

está abierta para ti cuando quieras.

¿Pero por qué me dices eso?

Como si no lo supieras.

Lo cierto es que me sorprende mucho tu actitud

en estos últimos meses, Rodolfo.

No sé, pareces...

Otro. Sí.

Más comprensivo.

Mira, Blanca, cuando tu enfermedad se agravó

y me di cuenta que podía perderte para siempre

entendí muchas cosas.

Sobre lo que sentías por mí.

Bueno, más bien sobre cómo debía sentirlo.

Entendí que para mí lo importante eres tú;

tu felicidad, no la mía.

Así de simple.

Bueno, pues brindemos.

¿Y por qué brindamos esta vez?

Pues... por ese otro hombre.

Sería curioso que tú y yo no enamoráramos

estando casados, ¿no te parece?

¡Ay, padre! -Carolina.

He venido en cuanto me he enterado. Me alegro.

-Por fortuna ese asesino no debe ser muy listo.

Le bastaba con dejar de matar

para que me cargasen sus muertos.

Y ha hecho exactamente lo contrario.

Así que me han tenido que liberar.

En cualquier caso, qué vergüenza de policía.

Debe haber pasado unas horas espantosas.

Si hubieras ido a verle como he ido yo

habrías visto hasta qué punto ha sido.

Elisa, por favor. -Iba a ir a mediodía.

Algunas no vivimos del cuento

y tenemos un negocio que atender.

Padre, no pensará...

No, ya sé que tú sí te preocupas por mí.

No como otras.

Carolina.

Elisa, esas miraditas.

Estoy muy contento porque he recuperado mi libertad,

no me la estropeéis con vuestras rencillas.

No se preocupe, no lo haré.

Para mí usted es lo más importante.

Y ahora tengo que volver a trabajar.

Le veo más tarde. -Claro.

Te noto extraña desde que esa mujer me acusó

del asesinato de su hijo.

Espero que le des a sus palabras

el crédito que se merecen, es decir, ninguno.

Padre, yo ya sabía que usted es inocente.

Esa mujer es una mentirosa.

¿Si mintió ayer por qué no iba a mentir hoy?

Me alegra oírte decir eso.

Si me ve preocupada igual es por otro asunto

que no tiene nada que ver con usted.

¿Y cuál es? -José María.

Pues ya sabes lo que tienes que hacer

si quieres saber de él. -Ya lo he hecho.

Ya he hecho las paces con Sofía.

Así que puede reanudar sus negocios con Carlos.

Pero eso es una noticia excelente.

Yo ya he cumplido con mi parte.

Ahora le toca a usted.

Yo también, hija. -¿De verdad?

Tengo algo para ti.

¡Oh!

¿Es una carta de José María?

Pero no estés segura

de que lo que diga la carta sea de tu agrado.

(SUSPIRA)

(Murmullos)

Espero que se encuentren aquí a gusto y puedan hacer

fotografías cómodamente del evento.

Cualquier cosa que necesiten estamos a su disposición.

(CONVERSAN)

Salvador.

Bueno, pues parece mentira...

Don Ricardo.

Hombre, ¿por qué no me sorprende verle por aquí?

He estado 3 horas en comisaría esperando para hablar con usted

pero nadie se ha dignado

a decirme que ya le han liberado.

Y si llego a saberlo les pido que no me suelten hasta mañana.

Ese sitio es un desbarajuste.

No seré yo quien diga lo contrario.

Pero dígame qué era eso tan urgente

que le ha hecho esperarme 3 horas.

Necesito que me ayude.

Creo que usted es la única persona que puede hacerlo.

¿Ayudarle a qué? -A encontrar a don Wenceslao,

el corredor de bolsa.

¿Espera que yo sepa dónde está un hombre al que no conozco?

Bueno, usted me previno contra él.

-Ajá... Si fue capaz de averiguar

su pasado puede averiguar su presente, si quiere.

Usted lo ha dicho, si quiero.

¿Por qué habría de querer?

Usted se negó a aceptar mi dinero

porque su procedencia le repugnaba.

Me despreció, sin titubeos.

Espera que crea que ahora me respeta.

Le pido perdón, reconozco que no le traté

como usted se merece.

Me pide perdón porque está desesperado

porque no sabe a quién recurrir.

Y está dispuesto a humillarse por una buena razón,

evitar la cárcel.

Sí, no se lo puedo negar.

Pero ha llamado a la puerta equivocada.

Por favor, se lo ruego, haga lo que pueda.

No. -Mire, no me importa mi suerte,

pero tengo una hija recién nacida

y una mujer que me necesitan. Ayúdeme.

Es usted asombroso.

Su mujer y su hija le necesitan.

Sí, es la pura verdad.

No, no lo es.

Su mujer y su hijo eran otros.

Carolina y Germancito. ¿Se acuerda de ellos?

Usted les abandonó porque una sobrina mía

le calentó los cascos. -Eso no cierto.

Sí lo es, al menos para mí.

Mis sobrinas, espero que lo entienda,

me importan menos que mi hija y mi nieto,

que en paz descanse.

Don Ricardo, si me deja que se lo explique.

No, no, será usted quien me escuche

y yo quien le explique.

Hace bien poco usted acusó a mi hija

de ser la asesina del Talión.

Sí, me gustaría disculparme también por eso.

Sí, pero no se arrepiente.

Al menos no por Carolina.

Sí, que me arrepi... ¡No intente mentirme!

¡No a mí!

Sé reconocer a un mentiroso de lejos.

Por eso le previne contra Wenceslao

y usted no oyó mis palabras.

Y con el dinero en el bolsillo le pareció una cosa menor.

Le juro que no fue por eso.

Fuera lo que fuera se equivocó.

Y ahora está embarrado hasta el cuello,

más de lo que se figura. ¿Y sabe por qué?

Porque cuando sus clientes, los confiados inversores,

reclamen su dinero, ¿quién va a dar la cara?

¿Don Wenceslao, que estará Dios sabe dónde

disfrutando del dinero que usted le consiguió?

Usted será quien responda ante la justicia.

Por favor, usted puede ayudarme.

Hágalo.

Espero que estas tres horas de espera le hayan ayudado

para familiarizarse con el sistema penitenciario.

Pronto formará parte de él.

Bien, esta es una ocasión excepcional,

memorable.

Creo que un poco más

de lo que muchos de ustedes se figuran.

Una compañía española, Tejidos Silva,

se dispone a firmar un contrato comercial con Alemania.

Y lo ha ce auspiciada por la embajada del país amigo,

cuyo agregado mercantil nos honra hoy con su presencia.

Quiero agradecerle públicamente que haya aceptado

la invitación de Tejidos Silva y del gobierno español

a la firma del contrato.

Te preguntarás por qué hay

tan pocos asistentes y tan mal situados.

Y la culpa es de tu querida hermana,

que es más testaruda que un jabalí sordo.

Y para colmo este olor nauseabundo.

El olor ese es el cloro y los tintes.

Sé perfectamente de qué es.

Que los políticos puedan negarme este reconocimiento.

Desde que ocupé mi escaño

he trabajado de manera incansable

para propiciar la cooperación hispano-germana.

¿Esta pantomima va a durar mucho tiempo?

¡Chis!

Se me antoja la más propicia

en estos días de incertidumbre internacional.

Alemania debe fijarse en España

y España debe fijarse en Alemania,

un país que ya hace siglos era nuestro hermano.

Hoy con esta firma retomamos ese pasado

y plantamos la semilla para el futuro.

Caballeros, por favor.

Bien, pues gracias a todos por su asistencia

y disfruten del ágape.

Salvador.

Caballeros, una sonrisa para la posteridad.

Ay, qué hedor tan mortal.

Cristóbal, ¿qué haces aquí? ¿Se encuentra bien?

Pues no, tengo nauseas y estoy mareada.

No sé cómo esa pobre gente no se ha desmayado ahí

con ese olor tan espantoso. Siéntese, haga el favor.

Dios mío, qué vergüenza, vaya sitio para firmar

un acuerdo con el pueblo alemán.

¿Quiere que le traiga algo de beber?

No. Te lo agradezco, hijo.

Lo que quiero que me expliques es qué haces aquí.

No se moleste, madre, pero eso no es asunto suyo.

No me vengas con esas, Cristóbal,

y cuéntame qué te traes entre manos.

Vengo a ver a Blanca.

¿Pero qué dices?

¿Precisamente hoy, en un momento tan delicado?

Es algo que no puede esperar. Por favor, todo puede esperar.

Voy a pedirle que vuelva a casa.

¿Te das cuenta de que ahí hay periodistas?

¿Quieres que seamos la comidilla de todo Madrid?

A mí todo eso ya me da igual. Espera un momento.

El acto está a punto de acabar y ya se irán los invitados.

Tu hermano está hablando con los empresarios alemanes.

¿Quieres estropearlo todo? Es un acuerdo muy importante.

Ese acuerdo ya está firmado. Así que no me tome por tonto.

Pues no te comportes como si lo fueras.

Si he salido es porque tenía ahogos y palpitaciones.

¿No deberías estar examinándome?

Cuando haya hecho lo que he venido a hacer.

¿Tiene que ser ahora?

¿No puedes esperar a que todo esto acabe?

Llevo mucho tiempo esperando.

Eh, ¿qué rezongas?

Que mucho nos quieren a su lado por el retrato

y a la hora de la verdad el champán se lo toman ellos.

Yo estoy aquí mejor contigo, ahí no se me ha perdido nada.

Pues más le vale. -Anda, déjalo ya.

disfruta un poco.

Este contrato nos va a dar unos meses de seguridad.

Piensa en eso y no sufras.

¿Y esos?

Es la primera vez que lo veo.

Pues yo creo que no, y espero equivocarme.

No voy a permitir que esta familia pague

el precio de tu insensatez.

Lo siento, pero usted no puede hacer nada para impedirlo.

Te lo ruego, no entres. Por favor, suélteme.

Madre, suélteme. No entres.

(Disparos)

(Explosión)

¡Madre! Madre, ¿está bien?

¡Madre!

Madre, ¿está bien? Sí.

Sí...

Espera, hijo. Espera.

(Toses y quejidos)

¡Benjamín! ¿Qué ha pasado?

Entraron unos hombres con explosivos.

Miguel los descubrió y luego sacaron una pistola.

¿Le han disparado?

Sí, él quiso detenerlos, pero no pudo.

Quédate con él hasta que llegue la ayuda.

Sigue taponando la herida.

(Toses)

¡Blanca!

(Toses)

¡Blanca!

(Toses)

Diana...

¡Blanca!

Blanca...

¡Blanca! Ah...

¡Blanca!

¿Estás bien? ¿Estás bien?

Ah...

Tu hermano. Está herido.

¡Rodolfo! Tapona la herida, ¡eso es!

No le va a pasar nada, ¿verdad?

¡Dios mío, Rodolfo, hijo! ¡Madre, madre!

¿No estará...? ¡No, está bien!

¡Vaya al despacho y llame al hospital, haga el favor!

Que manden ambulancias. ¡Rápido!

Arriba, doña Dolores. Sí.

Hay que cortar la hemorragia. Tapone.

Blanca, hay que organizar a los heridos por orden de gravedad.

Por favor, venga. ¡Diana!

¿Está bien? No lo sé.

Pero no se despierta.

Dios...

Diana... Diana, por favor.

Diana...

Ah...

¡Doña Rosalía!

¿Está en casa alguna de mis hermanas?

-No, las señoras Blanca y Diana han ido a la fábrica

a la firma de ese contrato. ¿Pero qué le ocurre?

Está temblando. -Necesito hablar con ellas.

A Adela y Francisca no quiero preocuparlas

y Elisa no me escuchará. -¿Qué ha ocurrido?

-Acompañé al inspector a investigar el crimen del Asesino del Talión.

La víctima era la cuarta de varias hermanas.

Era pelirroja y se llamaba Francisca.

-¿Qué significa eso, señorita? Que...

¿Que el asesino se ha equivocado y era a nuestra Francisca

a quien quería matar? ¿Es eso? -No lo sé, Rosalía.

Sé que Francisca sigue en Roma por ha aplazado su viaje,

si no, debería estar aquí.

-Lo lamento por esa mujer que ha muerto, pero

doy gracias a Dios de que Francisca no haya regresado.

-La Policía lo investiga.

No han podido hablar con los familiares de la víctima,

no saben si las hermanas estaban amenazadas.

Ah, quizá no tenga nada que ver con nuestra Francisca.

-Pero quizá.. Quizá sea una señal del asesino,

quizá sea su forma de decir que Francisca

será la próxima en morir.

¿Pero quién puede quererle mal...?

(AMBAS) Don Luis. -¿Pero por qué precisamente ahora?

Está tan ilusionado con el niño que esperan...

-¡Un tiroteo! ¡Un tiroteo! Ha habido un tiroteo en la fábrica.

-¿Qué? -¿Quién había dentro, Merceditas?

-¡Dios mío! ¡Blanca, Diana!

-¡Ay...! -¡Ah!

¡Oh...! Dios mío...

(RSPIRA CON DIFICULTAD) Te vas a poner bien, Rodolfo.

¿De acuerdo? Ve tranquilo.

Lleváoslo. ¿Pero cómo?

¿No vienes? Tu hermano te necesita.

Aquí hago más falta, vayan tranquilos.

La ambulancia les espera. Tranquila.

Me ocuparé de Diana. Por favor.

Te quiero. Y yo a ti.

Vamos, vamos.

Ve, vamos.

Salvador, ¿cómo está? ¿Qué tiene?

Cristóbal, ¿qué más puedo hacer? Sigue taponando la herida.

Voy a por más material. Vengo enseguida.

Diana, no te puedes morir ahora.

¿Eh?

(TOSE)

-¿Estás bien?

¿Eh? -No lo sé.

-Sí, sí lo estás.

-Ah... -Mantente despierta

hasta que lleguemos al hospital. -Eh...

-¿Eh? -Tengo ese olor ahí...

-¿Qué olor? -Ah...

-Pólvora.

¿Qué ha pasado? -Nada importante, se...

Se ha estropeado una tejedora, tenía mal el cableado.

Se ha quemado el motor.

-Pero huele a pólvora.

Ah... -¿Te acuerdas de...?

¿De la noche en el balneario? (RÍE)

-Allí entre los fuegos y las tracas.

-Sí. Es el mismo olor.

-Fue nuestra primera noche juntos.

-Estabas guapísimo

con aquel traje.

-Nunca más te lo has vuelto a poner.

-Mañana mismo me lo pongo para ti. -Ah...

-Aquella noche tuve la sensación de que...

De que mi vida empezaba de verdad.

De que tú lo cambiabas todo.

-Yo también sentí lo mismo.

-Diana, perdóname.

-No hay nada que perdonar.

Ah... -Lo que te dije esta mañana...

...no era cierto, nunca he lamentado casarme contigo

porque nunca he querido a nadie como te he querido a ti.

¿Me oyes? ¿Eh? Mi amor...

-¡Ah...! -Diana.

Diana...

¡Diana! ¡Eh! ¡Eh!

¡Por favor, ayuda!

¡Hay que llevarla al hospital cuanto antes!

-¡Diana! ¡Chis! ¡Hey, eh, despierta!

¡Diana! ¡Diana! ¡Diana!

¡Ayuda, por favor! ¡Ayuda!

(LEE) Estimada Elisa, espero que estés bien.

Yo estoy bien.

Te pido, por favor, que respetes mi decisión

y no intentes juntarte conmigo.

Lo bendijo Dios con el don de la palabra.

-No digas memeces y sigue leyendo.

(LEE) Aquí he empezado una nueva vida

y no regresaré a España. Trabajo en una hacienda

domando caballos y he formado una familia.

Mi mujer espera ya un hijo.

Sé que todo esto puede sentar mal,

pero mejor que sepas la verdad y la aceptes.

-Esta mujer no tiene clase ninguna.

Se ve enseguida. -Ni falta que le ha hecho.

(LEE) Con el tiempo seré para ti lo que ya eres para mí,

un bonito recuerdo. Tuyo afectísimo, José María.

-Y yo intentando reunirme con él.

(LLORA) Es que mira que soy tonta.

-No saquemos conclusiones antes de tiempo.

A lo mejor esta carta no la ha escrito él

-Sofía, ¿por qué dices eso?

-A ver, ¿tú conoces la letra de José María?

-Sí. Nos escribíamos cartas.

¿A ver?

Mira, es que yo ya no lo sé. -Pues a saber.

-¿Cómo que a saber? Si esta carta viene franqueada

por la ciudad de Rosario, Argentina.

Mira el matasellos. ¿Y este del retrato no es él?

¿Este no es José María? -No hace falta ser tan concluyente.

No sé, a lo mejor alguien le dictó la carta

y no está siendo sincero.

Y esta palurda quizá no es ni su esposa, mira tú.

-¿Tú crees, Sofía?

-¿Esa es tu manera de consolarla, dándole falsas esperanzas?

-¿Falsas por qué?

-Pues porque "fabula acta est", "la commedia è finita",

se acabó lo que se daba. Ha mandado su certificado de boda.

Este mentecato ya no está enamorado de Elisa Silva,

ahora le gusta María de las Mercedes Batista Steinberg.

Se ha casado con ella y va a tener un hijo.

¿Qué tiene que mandar? ¿Una partida de nacimiento?

¿El retrato del bebé? -Sofía...

-Sofía, por favor, dile lo que piensas

y no lo que quiere oír.

-Elisa, lo siento.

-¿Y qué se supone que voy a hacer yo con mi vida?

-Pues vivirla. Y vivirla de verdad,

sin estar pendiente de ilusiones. -No podré.

-Claro que podrás. Y volverás a enamorarte.

-No. -Que sí y te va a salir bien,

hazme caso. -¿No os dais cuenta

de que ya es demasiado tarde?

Que los años van pasando y...

-Elisa, por favor, si solo tienes 17 años.

(Sirena de ambulancia)

-¿Qué sucede hoy en Madrid?

Primero ese monstruo ataca y ahora esta agitación.

Debe ser por algo grave.

¿Qué ha pasado? -Ha habido una explosión.

-¿Dónde?

-En la fábrica de Tejidos Silva.

-Ya se han llevado a los últimos heridos.

-Solo quedo yo. No podemos moverte, Miguel.

El riesgo de causarte un daño irreparable

o de que te desangres sería alto. ¿Pero entonces?

Montaremos un quirófano de campaña. Ya lo he ordenado.

Eres un valiente, Miguel.

Lo que has hecho solo lo hacen los héroes.

-Para lo que ha servido. -¿Pero qué dices?

Sin tu intervención la bomba hubiera causado

más estragos, estaríamos muertos.

Lo que has hecho es digno de elogio.

No es justo que te lleves la peor parte.

No se preocupe por mí,

a mí morirme no me importa.

-Que no te vas a morir.

-Pues yo creo que sí.

Ya ve que el doctor no me lleva la contraria.

De verdad, morirme no me da miedo.

Usted sabe que he tenido una vida miserable,

pero también muy feliz.

Fue muy feliz, don Benjamín,

cuando Petra y yo nos queríamos. Ah...

Ella conseguía que todo mereciese la pena.

-Sí, ella lo alumbraba todo, sí.

-Solo espero encontrarme con ella ahora

y que podamos ser amigos.

Y que así no me encuentre yo tan solo allí arriba.

-Sí, yo también lo espero, pero para eso que pase mucho tiempo.

Eh, Benjamín, voy a necesitar paños limpios.

Sí, estamos en una fábrica,

paños sobran. Por favor, llame al hospital.

La ambulancia con el material ya debería estar aquí.

Aguanta, Miguel.

(Ruido)

¿Hay alguien ahí?

(Toses)

Señorita. Ah...

Señorita, ¿se encuentra bien?

Está sangrando, ¿por qué no ha pedido ayuda?

La Policía no puede saber que estoy aquí.

Usted es médico, ¿verdad? Sí.

Necesito que me cure,

pero en otro lugar.

Yo no voy a salir de aquí.

Ah, le estoy apuntando con un arma, doctor.

Si quiere que la ayude, tendrá que ser aquí.

Piénselo, si me mata, usted también va a morir.

Así que decida, pero ahí hay un hombre

que está agonizando y no voy a dejarlo solo.

¿Si estuviera muerto vendría conmigo?

¿Qué piensa hacer?

No creo que haga falta hacer nada.

¡Miguel! ¡Alto, alto!

Lo siento mucho por él, pero si quiere salvar dos vidas,

la suya y la mía, ¡vamos!

(GRITA) ¡Vamos!

¡Ah...! (TOSE)

-Ah...

(Llaman al timbre)

¡Antonia, pasa!

-Ay, Germán, vengo del hospital.

Ay, ¡aquello es un caos, está desbordado!

¡Nadie sabe nada! Salvo que hay decenas de heridos.

No han podido decirme si alguna de tus cuñadas está allí.

Celia, con lo que es ella, no pudo sacar nada en claro.

Ay... ¿Has hablado con Adela?

-No quiero llamarla hasta saber qué ha pasado.

Sería preocuparla en vano.

-¿Por qué querías que nos viéramos aquí?

Cualquier novedad llegará al Ambigú.

-Tengo malas noticias y prefería hablarlo en privado.

Antonia, no es el mejor momento para hablarlo,

pero no quiero que pase más tiempo.

-Ay, Dios mío, Germán, ¿qué ha pasado?

-Mi jefe, Wenceslao,

ha desaparecido.

-¿Cómo que ha desaparecido? -Sí.

Me temo que se ha esfumado con el dinero de los inversores,

como hizo con los condes de Linaza. -Eso no puede ser.

Tú nos dijiste... -Sé lo que os dije.

Lamento haberos metido en esto.

-¿Estás diciendo que ese hombre se ha llevado nuestro dinero?

-Lo siento muchísimo.

-Que lo sientes...

¿Peor tú te das cuenta de lo que eso significa?

Que era todo lo que teníamos, que nos has dejado sin el Ambigú,

sin un duro, vamos, ¡sin nada!

-Quizá podáis echaros atrás en la venta del local.

-¿Cómo? Raimundo ya nos pagó la mitad

y ese es el dinero que le dimos a Wenceslao.

-Falta otra mitad. -Hasta que nos la dé

de qué vivimos, ¿de la beneficencia?

-Quizá Wenceslao aparezca.

-Si es que no tendría que haberte hecho caso.

Te lo dije, no tendría que haberme dejado convencer.

¡Ay! Nadie da euros a cuatro pesetas, Germán.

¡Ay, Dios mío!

¿Qué vamos a hacer ahora?

Ay...

-Me ha costado Dios y ayuda que me cogieran el teléfono.

Ya están viniendo para acá.

¡Doctor!

¿Miguel?

¡Miguel, Miguel!

¡Miguel, Miguel!

¡Miguel!

Ah...

Espero que ya estés con Petra.

Y que esta vez os salga bien.

Por favor, le dices a mi niña que la quiero, ¿eh?

Adiós, hijo mío.

-Por un momento pensé que ella también estaba muerta.

-¿También?

¿Por qué dices también?

-¿No te has enterado?

-¿Quién ha muerto, Elisa?

-Ah... ¡No me toque!

Déjeme ayudarla. Está muy débil.

Ni se le ocurra acercarse, ¿me oye? ¿Cómo le curo si no puedo tocarla?

Si hace alguna tontería, no voy a dudar en dispararle.

-Si Diana se muere,

mi vida para mí se ha acabado.

Ella es todo mi universo.

-No conozco a mi hermana, pasé la vida discutiendo con ella

y haciéndole rabiar. No sé cómo es.

Nuestra última conversación fue una discusión,

como siempre. -Gabriel, necesito tu ayuda.

Sí, bueno, usted dirá.

-Necesito dinero.

Mucho dinero.

-¿Qué ha pasado, tío?

-Me han estafado. He invertido en bolsa

de la mano de un desgraciado que se ha largado con todo el dinero.

-¿Ese hombre del que me habló? -Sí, ese hombre.

-Salvador, con nosotras puede ser honesto.

No puede haber nada peor que esto, así que...

Tú has hablado con los médicos.

¿Qué te han dicho?

-Trabajo más que en casa de las Silva

pero aquí no sé si ganaré dinero a final de mes.

-Te recuerdo que fuiste tú la que me convenció

para que comprásemos el bar, que había que buscar un futuro

para el niño y no sé qué monsergas. -Ajá. Monsergas.

Monsergas son las que te voy a dar yo ahora.

Ven al almacén, por favor. -Que Dios me coja confesado.

-Voy a investigar el entorno de la fábrica

y el pasado de su hermana Francisca en el Ambigú.

Si Poe tiene razón, en uno de esos dos lugares

puede estar la clave del misterio. -¿Quién es?

-Soy periodista británico. Cubro el atentado anarquista.

-No ha venido el mejor día.

-Perdone, señor, solo dos preguntas.

¿Es verdad que el atentado está relacionado

con un contrato comercial con los alemanes?

-No pienso rendirme, Antonia. -Asúmelo, Germán, te han timado.

Él frecuentó el Ambigú hasta que encontró

a quien desplumar. -Te devolveré tu dinero

hasta la última peseta. -Ya me han dicho

cómo intentabas conseguirlo. No me parecen maneras.

-Tu hijo ya te lo contó.

Qué poco ha tardado en chivarse a su mamá.

-La explosión de la bomba es espantosa,

pero lo de Elisa con el Asesino del Talión...

No me lo saco de la cabeza.

Qué susto debió pasar. -Cuando entró ese hombre en casa,

era un ladrón. Ya lo han detenido.

-No, me refiero al asalto de anteayer.

Mira, cuando la vi tendida en el hospital, en esa cama,

pensaba que se nos iba.

-¿Elisa tendida en una cama del hospital

por un ataque del Asesino del Talión anteayer?

-¿Qué tal doña Adela y la pequeña Eugenia?

¿Ha hablado con ellas? ¿Les ha pasado algo?

-No, no, están bien en Toledo lejos de mí.

No podrían estar mejor.

-Está usted un poco raro, don Germán.

¿Le pongo otro whisky? -No, no, no. Bueno, me voy.

-Ah...

-¿Seguro de que este whisky está bueno?

-Como para no estarlo, cuesta un riñón y un trozo del otro.

(Golpe)

¿Qué ha sido eso? -¡Ay, Dios mío!

  • Capítulo 278

Seis Hermanas - Capítulo 278

01 jun 2016

Tras el nuevo asesinato, D. Ricardo es exculpado y Velasco comprende que Patrocinio le ha mentido. Diana y Salvador tienen un agria discusión antes de acudir a la firma con los alemanes. Crístobal decide acudir también a la fábrica para recuperar a Blanca. entonces se produce un hecho inesperado.

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