www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.14.0/js
3387445
No recomendado para menores de 7 años Seis hermanas - Capítulo 155 - ver ahora
Transcripción completa

-Es notable la discreción

con la que habéis anunciado vuestro matrimonio.

El anuncio del periódico había que buscarlo con lupa.

-Nos pareció bien hacer una boda sencilla.

-Más que sencilla, yo diría pudorosa,

como si os avergonzarais de casaros.

-Vergüenza no, pero no nos pareció necesario

anunciar la boda a bombo y platillo.

-Tienes que deshacerte de esa rabia,

al menos delante de Luis deberías actuar con más normalidad.

No, no puedo fingir que todo está bien si no lo está.

Pero es tu marido. ¿Y qué?

Sé que debería razonar y controlar mis sentimientos,

pero es que no puedo, ¡no puedo!

Eso lo dices ahora porque está todo muy reciente.

Jamás le voy a perdonar lo que ha hecho.

¡Jamás! "Me pareces hermosa hasta

como tus carnes generosas".

¡Eh, nos ha salido un ripio!

(RÍE) Pues yo creo que está fetén.

-Pues ahora fírmala. -Sí.

-Se acabó el asueto, Raimundo, que hay que atender a los clientes.

-En estos momentos, doña Francisca está aturdida

y no atiende a razones, pero pronto se dará cuenta

de lo injusta que está siendo con usted.

Y las cosas volverán a encauzarse. -Ojalá tenga usted razón.

-Pues, si le digo la verdad, yo nunca me he enamorado.

Hasta ahora.

-¿Hasta ahora? -No, no quería decir eso.

Perdone, creo que me he equivocado.

Lo que quería decir era que creo que muy pronto,

intuyo...

Que empezaré a sentir eso que sienten en las novelas.

¿Cree que me merezco lo que me ha pasado

por concebir un hijo sin estar casada?

¡Por Dios, señora, no he dicho eso! Déjeme sola, por favor.

Intentaba hacerle comprender que hay que acatar

la voluntad de Dios, por mucho que nos cueste.

-Había muchos nervios tras el atentado en el Ateneo,

mucha presión por conseguir algún culpable y...

Y que hiciera alguna confesión.

Queremos pedir que se investigue, para eso organizaremos

una manifestación en la comisaría.

-Si hacéis ruido abrirán una investigación.

-Exacto. -¿Qué está pasando aquí?

-La Srta. Celia está hablando con las obreras.

-Las ha convocado a una manifestación, le he oído.

-Pues eso parece, sí. -Las obreras tienen que estar

a las nueve delante de su tejedora. -No se va a parar el mundo

porque falten unos minutos. -¿Cómo? No entiendo.

-Bueno, escucha, escucha y lo verás.

-Si dejamos pasar este suceso,

pensarán que cualquiera puede callarnos,

y eso no lo podemos permitir.

No podemos dejar que nadie nos pisotee.

-No debí entrar en la Villa de París con un cuchillo,

eso estuvo muy mal.

Y no debí amenazar a las hermanas Silva

ni atacar a Germán, no sé qué me pasó.

La rabia me cegó y me nubló el sentido.

Carolina quiere que vaya a verla, está muy arrepentida

y le gustaría disculparse ante usted personalmente.

Si vuelve al sanatorio, dígale que no quiero verla más.

Pero, Germán, por Dios... No, ni Germán ni nada.

¡Está loca! Me apuñaló, casi me desangra.

No quiero saber nada de ella, ¡en mi vida!

-Elisa sería la heredera, por eso hablé con mi tío,

pero me echó un rapapolvo.

-¿Qué te dijo? -Que se siente vivo,

que no permitirá que me inmiscuya en su vida,

que aunque sea viejo tiene derecho a ser feliz,

que quiero que se muera para quedarme con su dinero.

-¿Eso te dijo? -Nos va a birlar la herencia.

-Hay que hacer algo para evitarlo, ese dinero es nuestro.

Estoy tomándome esto para prevenir una enfermedad,

es muy posible que Rodolfo me haya contagiado.

¿Está enfermo? ¿De qué? Es una infección.

¿Y cómo le han contagiado a él?

Ya entiendo, ya.

Y también que no quieras volver a su casa.

No es solo que tenga que soportar sus continuas infidelidades,

ahora encima puede ser que me haya contagiado.

No ha sido fácil asimilar una noticia

como que Salvador tenía una hija, así, de un día para otro.

¿Y a quién se parece más? ¿A usted o a Salvador?

-Puede usted comprobarlo por sí misma.

-¡Es preciosa! Mira, preciosa, ¿verdad?

-Sí, muy guapa.

¿Cuántas veces tengo que decirte que no siento nada por ti?

Las que haga falta hasta que se te pase esta actitud,

esta amargura... Eh...

¡Blanca, Blanca! ¿Qué te pasa?

Blanca, ¿qué te pasa, cariño? ¡Blanca!

¡Merceditas! -Esa niña no es tu hija.

-¿Pero has visto al foto? Es igual a mí,

¿qué otras pruebas necesitas?

-No necesito pruebas, es una intuición.

No me creo para nada las historias de Olga.

-Una prueba irrefutable por lo que veo.

-Te está engañando. -Ah, sigue, sigue alertándome

de los peligros que corro, venga. -Ah...

Algún día me darás la razón. -¿Ah, sí?

-Ajá. -Dime cuándo, para estar preparado,

nada más. -Un trago vale,

una borrachera la tolero, pero lo tuyo es preocupante.

-Solo quiero no pensar, ¿entiende?

-Siéntate y sigue bebiendo hasta reventar.

Sigue pensando en la chica esta. -No es por Francisca, madre.

-Reconócelo al menos, si no es por Francisca, ¿por quién?

Estás siempre con lo mismo... -¡Es mi por hijo!

El hijo de Francisca era mío.

La causa para que Blanca esté así

es el envenenamiento, ni por una, ni por tres,

ni por seis gotas, así que dime la verdad,

¿estás envenenando a tu mujer? No, Cristóbal.

¿Quieres que te saque la verdad a puñetazos?

Quiero que me sueltes, ¡suéltame! Ya está bien,

no me vuelvas a agarrar así. Llamaré a la Policía.

¡Haz lo que quieras! ¡Dime la verdad!

¡Te la dije! No la estoy envenenando,

pregúntale a tu madre. ¿Qué?

Le estás preguntando a la persona equivocada.

(Sintonía)

-¿No te sientas, hijo?

¿Le digo a Engracia que te traiga una taza?

No, no he venido a eso. Ah.

¿A qué has venido entonces? Quiero hacerle una pregunta

y, por difícil que sea, quiero que me diga la verdad.

¿Sabe qué es la prueba de Marsh?

Pues no, no lo sé. Se usa para detectar arsénico.

Ah, ¿y qué me quieres decir con eso?

¿Sabe lo que es el arsénico? Ajá.

Desde luego, es un veneno, ¿no?

Precisamente Engracia lo utiliza como matarratas.

Rodolfo y Blanca están siendo tratados de...

Sí, sé perfectamente de lo que están siendo tratados.

No quiero que se hable en voz alta

de esa asquerosa enfermedad en esta casa

y mucho menos fuera de ella. El medicamento para esa enfermedad

de la que usted no quiere hablar contiene arsénico.

¿Y bien? Blanca ha sido envenenada,

envenenada por arsénico.

Bueno, pero me acabas de decir que ese medicamento lo contiene.

En cantidades ínfimas pero, al hacer la prueba de Marsh

a la sangre de Blanca, la concentración es altísima.

Hijo, yo no entiendo nada de eso.

¿No entiende de lo que le estoy hablando?

No. ¿No sabe nada de este tema?

En absoluto. ¿Y por qué Rodolfo

me ha dado a entender lo contrario?

(Pasos)

Carolina, soy yo, Germán.

-El Dr. Loygorri me dijo que te habías recuperado.

Siento mucho lo que te hice.

-No... No he podido venir antes.

-Pero has venido.

Gracias. -Dudaba si contarte lo que pasó

estos días, pero los médicos me animaron a hacerlo.

Así que intentaré ser completamente sincero contigo.

-Dicen que tengo que aceptar la realidad tal y como es,

que rechazarla fue lo que me trajo aquí.

Pero que, si me esfuerzo, y acepto las cosas como son,

podré curarme, por tristes que me resulten.

-Ah, no es fácil empezar.

-No tengas miedo.

-¿Sabías que la nulidad matrimonial estaba en trámite?

Ya ha llegado, y la han aceptado.

-Ah...

¿Así que ya no soy la Sra. de Rivera?

-No. Y me ha casado con Adela Silva.

Lo siento.

-No, perdóname por...

No quería reaccionar así, pero no he podido evitarlo.

-Piensa cómo eran nuestros últimos meses casados.

Todo eran mentiras y no parábamos de hacernos daño.

-Lo sé, pero si ti estaré sola.

Y ahora necesito a alguien más que nunca.

-No estarás sola, hablaré con tu madre,

seguro que viene del pueblo para visitarte o cuidarte.

-No, con ella no. -¿Por qué?

-Germán, prométeme que no le contarás nada de esto

a mi madre ni a nadie de mi familia.

-¿Pero por qué no?

-No quiero que sepan que estoy aquí,

ni lo que he hecho.

Júramelo. -Te lo juro.

-Gracias.

-Pero no estás sola.

Carolina,

aunque no estemos casados

me seguiré ocupando de ti.

-¿De verdad? -Sí.

-Ah, tengo sueño.

Ah, perdona,

con estas medicinas

siempre tengo sueño.

-¿Y qué es exactamente lo que te ha dicho tu hermano?

Que usted sabe a qué se debe el envenenamiento de Blanca.

Ah. Pues, no sé, déjame pensar, quizá Blanca haya...

Haya tomado una dosis excesiva de ese medicamento

o la ha confundido con algún jarabe que necesitase,

en el botiquín hay tantas cosas... Trabajó como enfermera

y conoce perfectamente los medicamentos que hay en casa.

No cometería un error como ese. ¿Y por qué debería saberlo yo?

Tiene acceso a los medicamentos y a los productos para matar ratas.

¿Acaso estáis insinuando tu hermano y tú

que yo he intentado envenenar a Blanca?

Absolutamente.

¿Me crees capaz de una cosa así?

Ah, ¿pero cómo puedes tratar así a tu madre?

¿Lo hizo o no lo hizo?

¿De verdad quieres que te conteste? Ahora mismo, madre.

Muy bien, pues aquí la única que ha echado veneno

sobre esta familia ha sido siempre Blanca Silva.

Por culpa de ella siempre estamos enfrentados:

Primero Rodolfo y tú, luego tu hermano conmigo,

ahora tú contra mí vertiendo sobre mí esa terrible...

¿Lo hizo o no lo hizo? ¡Madre, respóndame, por favor!

¿Para qué? Si mi palabra ya no tiene valor para ti.

Una cosa tengo clara, en lo concerniente a Blanca Silva,

el bienestar de esa mujer pesa más en ti

que el de nuestra propia familia, hijo.

-A ver, hijo,

sé que estás pasando por un mal momento,

pero así no arreglas las cosas, así solo las empeoras.

-Las cosas no pueden ir a peor. -Y a mejor tampoco.

-Bueno, solo me duele la cabeza. -Ya.

Deberías pensar en tu futuro, en ordenar tu vida, en trabajar.

-Madre, madre, de verdad, a estas horas

y con este dolor de cabeza, no necesito un sermón.

Me voy dentro a acostarme un poco y vuelvo a la fábrica.

(Golpe)

-Ah...

-¿Cómo está?

-Pues, mira, no lo sé, pregúntaselo tú a tu hijo,

a ver si a ti te hace más caso.

-No es momento de atosigarle.

-Claro, mejor que llegue así cada noche.

A ver si le vuelven a echar de la fábrica.

-Lo está pasando muy mal, con el tiempo se le pasará.

-No sé si a mí se me pasará el enfado que tengo contigo.

-¿A mí? -¿Por qué no me dijiste

que el hijo de Francisca era mi nieto?

-Porque las Silva no te permitirían tratarle como tal.

-Ni lo pretendía, pero hubiera sabido

por qué el niño lo pasaba mal. -Me dijo que no te lo contase.

-Y si te dice que te tires de una ventana, te tiras.

-No es lo mismo. -No es lo mismo, es peor.

Ándate con ojo, a ver si por la ventana

te voy a tirar yo. -¿Cuántas veces te pediré perdón?

-No lo sé, muchas, tendrás que esforzarte mucho.

-Aunque no lo creas, ya lo estoy haciendo.

-No te sale muy bien, cada día me tienes de peor humor.

Te voy a pagar con tu misma moneda, el silencio.

-Mira, Antonia, eso no soluciona nada.

Me voy al almacén. -Ah.

¿A ver?

(LEE) Queridísima mía, sé que te va a sorprender

recibir una carta mía.

¡Ay, mi madre!

(LEE) Llevo tiempo queriendo hacer algo así

pero no me atrevía.

Te veo todos los días y no me sale decirte

lo que tengo dentro.

¿Que me ha salido un admirador?

Me ve cada día, tiene que ser un cliente habitual.

(LEE) Por escrito al menos pienso un poco más las cosas

y podré expresar lo que llevo dentro de mí.

Me pareces bonita hasta con el delantal puesto,

me pareces guapa hasta con el olor de los fogones pegado a la piel,

y me pareces hermosa hasta con tus carnes generosas.

Ah, mira, le ha salido un ripio. (RÍE)

(LEE) Tuyo, te desea con remedio y desesperación...

¿Qué pone aquí? (CARRASPEA)

-¿Qué te pasa, Antonia? -A mí nada.

¿A mí qué me va a pasar? Nada, ¿qué me va a pasar?

-¿Crees que gritar y protestar delante de la comisaría

con pancartas servirá? -No lo sé.

De no hacerlo, la muerte de Azucena

será olvidada enseguida. -Y nadie lo investigaría.

-Hicimos lo que está en nuestras manos.

-Llegáis tarde, esto se descontará del sueldo.

-No pretendo cobrar por un trabajo que no hicimos.

-Me alegra ver que coincidimos. -¿Y si recuperan el tiempo

a la hora de comer? Así nadie sale perdiendo.

-Muy buena idea. -De acuerdo.

Que recuperen ese tiempo, pero que tengan listos los pedidos.

-Así se hará. No perdamos tiempo.

-Esperen un momento, señoritas.

¿Esta manifestación frente a la comisaría va a repetirse?

-Sí, hasta que investiguen la muerte de Azucena Barbero.

La torturaron. -Ya, entiéndanme,

la fábrica tiene unos ritmos de trabajo,

lo de hoy no puede repetirse. -No cada día muere

una mujer en la cárcel. -Fue algo excepcional.

Cuando se haga justicia volverá a la normalidad.

-¿Y si no se hace justicia qué?

-Hoy ha sido el primer paso.

Quizá hayamos conseguido lo que nos proponíamos.

-Sus inquietudes sociales me parecen muy bien,

no pueden entorpecer el funcionamiento de la fábrica.

-Apenas llegamos unos minutos tarde.

-Su tío no piensa así, ya saben cómo es.

Si se entera de esto, me despide a mí, a usted

y a quien haya llegado tarde.

-Yo no obligo a nadie a acudir a las protestas,

pero hoy ha sido Azucena Barbero, mañana podría ser yo,

podría ser Diana... Podría haber sido Petra.

¿De verdad quieres que lo deje correr?

-Srta. Celia. -Dígame.

-Un periodista pregunta por usted. -¿Por qué?

-Bueno, por las manifestaciones delante de la comisaría,

dicen que las organiza usted. -Dígale que voy.

¿Lo ve? Parece que funcionan. La policía no nos hará caso,

pero la prensa sí. -Te escucharán.

Y se hará justicia.

-Y te aseguro que todo ese dinero irá para ellas.

Y parte de mi sueldo en la fábrica

lo utilizaré para pagar ese crédito.

(RÍE)

-Es increíble, ¿quién te ha visto y quién te ve?

-¿Me apoyarás? -Por supuesto que sí.

Cuenta con ese dinero que necesita para su gira americana

y con una buena suma para la manutención de Magdalena.

-¿Y cuándo podré disponer de él?

-Agilizaré las gestiones todo lo que pueda,

pero aún tardará unos días. -Gracias.

-No me las des, Salvador, somos amigos.

-Ya que estoy aquí

me gustaría hablar con tu madre.

-¿Y eso por qué? -Me debe una explicación

por apoyar a don Ricardo en la junta.

-Si por mí fuera, no habría entrado

como accionista en la fábrica, lo sabes.

No me gustaría que se viera salpicada

por los negocios sucios de don Ricardo.

-Podrías hablar con ella.

-Como comprenderás, no le puedo decir

que Tejidos Silva sirve como tapadera

para comerciar con opio. (RÍE)

-Y, créeme, si te digo que mi madre,

cuando toma una decisión, es inamovible.

-Quizá su voto a don Ricardo no fue cosa suya.

-¿No? -No.

Quizá don Ricardo hizo algo para ganarse su apoyo,

no sé el qué, pero...

-Yo tampoco lo sé. -Y eso no es lo peor, Rodolfo,

al pedirle ayuda a tu madre en la junta de accionistas

apoyé abiertamente a las Silva y mucho me temo

que me he descubierto ante don Ricardo.

-¿Ante don Ricardo? ¿Te ha dicho algo?

-Nada.

-Salvador, quizás mi madre no haya hablado con él o...

O quizá ni siquiera sabe que lo quieres lejos

de la dirección de Tejidos Silva. -Lo dudo mucho.

-¿Y tienes miedo de que te pueda hacer algo?

-De lo que tengo miedo es de que aún no haya hecho nada.

-He pensado que el broche nuevo me puede ir muy bien

con el vestido verde, ¿qué te parece?

Quizá es demasiado elegante para ir a dar un paseo.

Sofía, ¿qué te pasa?

-Lo que me pasa se resume en una palabra,

bueno, no, en dos:

Don Hilario.

-¿Otra vez con esas?

-Carlos tuvo una discusión bastante fea con él.

-¿Y qué culpa tengo yo de eso? -¿No le contaste a don Hilario

ciertas cosas que hablaste con Carlos?

-No lo sé, he hablado mucho con él, igual se me escapó.

-Ya, un despiste un poco inoportuno.

-Sofía, no quiero ser motivo de ningún enfrentamiento familiar.

Hablaré con don Hilario, te lo prometo.

-Mejor no hables con él -No, claro que sí.

Carlitos es mi amigo e Hilario también.

(IRÓNICA) Tu amigo...

-Pues sí, es mi amigo.

-Sofía, no todas las amistades tienen que ser interesadas, ¿sabes?

-Elisa, estamos hablando de ti. -Pues precisamente por eso.

¿Carlitos y tú qué sois? Sofía, sois dos amigos,

y eso que no os necesito para nada.

-¿Qué? -En el buen sentido, me refiero.

-¿Y qué buen sentido tiene eso?

-Pues, Sofía, que, aunque no aportéis nada fundamental

a mi vida, os aprecio y me gusta teneros a mi lado.

Sois mis amigos.

Lo mismo me pasa con don Hilario.

Si es que, en realidad, os estoy haciendo un favor.

-¿Un favor a nosotros? -¿No eras tú la que decías

que don Hilario te parecía un hombre aburridísimo?

-Bueno, sí, pero... -Así le entretengo

y vosotros podéis estar a vuestro aire.

Me tenéis que dar las gracias. -Ay, pero es tan mayor...

-¿Y qué? Don Hilario y yo mantenemos gustos

e inquietudes en común. -¿Ah, sí?

Dime dos inquietudes que tengáis en común.

-Pues... Pues paseamos juntos y... -Ah...

-Y escucho música con él.

Y precisamente por su edad, don Hilario sabe mucho de la vida

y mantenemos conversaciones conversaciones muy interesantes.

-¿Interesantes? -Sí, Sofía, interesantes.

Y no me negarás que don Hilario es un hombre bien parecido.

-Pero si podría ser tu padre.

-No sería el primer matrimonio ni el último

que transcurre entre una mujer de mi edad y un hombre de la suya.

-Ya. ¿Y tu padre qué dice de esta amistad,

por decirlo de alguna manera?

-Pues nada porque...

Porque aún no lo sabe.

-No me extraña.

-¿Por qué dices eso?

¿Crees que mi padre diría algo malo sobre tan bella amistad

que hay entre don Hilario y yo?

¡Huy!

Creo que he ganado.

-Y si Salvador ha cedido a que Olga y yo nos conociéramos

es porque no tiene nada que ocultar, digo yo.

Es más, parecía encantado de habernos presentado.

-Ajá.

-Debió de ser una mujer muy guapa, ¿no cree, Bernardo?

-¿Eh? -Digo que Olga debió de ser

una mujer muy guapa. -Ah, sí, lo era.

Y lo es. -Y muy divertida.

-La que más.

-Salvador le sigue riendo las gracias,

se ve que fueron muy buenos amigos.

-Le dije que lo que quisiera saber sobre Olga se lo pregunte a él.

-Lo he hecho, y la he conocido, solo quiero saber cómo fueron

aquellos años, cuando estaban juntos,

ya que usted fue testigo.

-También ellos fueron testigos de su propio romance,

hable con ellos. -Ya sabe cómo es la memoria

de los amantes, siempre hacen más dulce el principio

y más amargo el final. Su visión será más objetiva.

-Hoy no me libraré de este interrogatorio.

(CARRASPEA)

-¿Cómo era Salvador en aquellos años?

-No sería de su agrado. -He visto a Salvador

en malos momentos. -Sí, cierto, por culpa

del accidente y de la amnesia, pero el Salvador de aquellos años

no tenía excusas, solo era así: Juerguista, bebedor, canalla,

un canalla encantador, sí, pero canalla al fin y al cabo.

-¿Y la Srta. Viñas? -Guapa, divertida, interesante.

Además, por aquel entonces tenía mucho éxito,

estaba trabajando en varias zarzuelas.

-¿Y su romance? -Breve pero intenso.

Discutían, se reconciliaban y así todo el rato

hasta que Salvador se fue a Mónaco, volvió con otra mujer

y no quiso saber nada más de ella.

-¿Pero no me va a contar nada más? -Señorita, por favor.

-Por favor, cuéntemelo y no le preguntaré nada.

-¿No volverá a interrogarme sobre ninguna mujer

del pasado de Salvador? -¿Hay tantas?

-Hay municipios con censos más magros.

¿Me promete que este será el último interrogatorio?

-Sí

-Está bien.

Salvador y Olga se conocieron durante una representación

en la que ella interpretaba un papel, no era la protagonista,

pero sí la que más destacaba.

-¿Por su interpretación?

-Por su belleza y por su...

Escote.

-Ah, el collar que le regaló su padre cuando cumplió 16 años.

(RÍE)

Ah, y los guantes que se compró el año pasado

para la fiesta de otoño. No se los puso casi nada.

Si me vas a contar la historia de lo que metes en la maleta,

no terminamos ni el siglo que viene.

Entendido. Merceditas calladita.

Muy bien, todas las cosas para dentro de la maleta,

bien dobladitas y sin comentar nada,

sin abrir la boca. Tiene usted razón, señora,

nos ponemos de charla y las cosas no se hacen solas.

Y los mozos no esperan.

¡Ah! Este es el vestido que se compró al regresar a casa

tras su primer matrimonio. Sí.

Sentí mucho lo de su marido,

pero me alegré de tenerla de regreso en casa.

La habíamos echado mucho de menos. Y yo a vosotras.

Lo mismo que os echaré ahora.

Ay...

Todo este tiempo se me ha pasado volando.

Yo pensaba que se iba a quedar aquí con nosotras para siempre.

(SUSPIRA)

Yo también lo pensaba, Merceditas.

Es que la casa es tan grande que pensaba

que se iban a ir casando y se vendrían aquí

a vivir con sus maridos. Yo me imaginaba la casa

llena de niños correteando por todas partes.

¡Y montañas de camisas de sus maridos

esperando a ser almidonadas!

Y la mesa del comedor llena todos los días

como si fueran días de fiesta.

Mucho trabajo os iba a dar eso.

Ah, sí, no sé si íbamos a dar abasto.

Pero una cosa sí le aseguro,

esta iba a ser la casa más feliz de toda la capital.

Es un sueño muy bonito. (RÍE)

Bueno, yo... Si ustedes son felices,

estén donde estén, yo ya me conformo.

(RÍE)

Ay, ¿esa es la ropa que faltaba por planchar, doña Rosalía?

Sí, aquí está, señora. Gracias.

Perdone que le insista,

¿pero no cree que estarían mucho mejor aquí?

Germán tiene su propia casa. Pero es mucho más pequeña

y sin servicio. Ahí va a tener que hacer

usted todas las tareas del hogar,

en cambio, aquí estaría mucho mejor.

Pero Germán prefiere que vayamos a su casa.

Estoy segura de que podría usted convencerle

de que se quedara aquí. -Sí, doña Rosalía lleva razón,

los hombres creen que deciden lo que nosotras sugerimos.

En este caso, estoy de acuerdo con Germán.

Para los dos es mejor que empecemos solos nuestra vida,

desde cero.

Espero que lo entiendan.

Yo hace mucho tiempo que no entiendo

lo que ocurre en esta casa.

Pero si esta es su voluntad, señora, la respeto,

y haré todo lo posible por ayudarla.

Muchas gracias. Del revés, Merceditas,

este vestido hay que guardarlo del revés.

-Y como Salvador es muy orgulloso,

¿qué le voy a contar a usted? Y ella también lo era,

después de lo de Mónaco, no quiso volver a llamarle

ni saber nada más de él, hasta ahora.

-¿Y Salvador no quiso saber nada de su carrera de actriz?

-No. Además, creo que, por aquel entonces,

ella no trabajaba tanto. ¿Algo más?

-Eh... No. Creo que no.

-¡Gracias al cielo!

(APLAUDE)

Excelente relato. Si algún día necesito un biógrafo,

ya sé a quién recurrir.

-¿Has estado ahí todo el tiempo? -Sí.

-Eso es una insolencia por tu parte.

-¿Y este interrogatorio al que has sometido a Bernardo?

Ni la policía secreta lo habría hecho mejor.

-Salvador, disculpa que me haya ido de la lengua.

-No tienes por qué disculparte.

-No. Quien se tiene que disculpar,

eres tú por escuchar detrás de las puertas.

-¿Por qué no entraste y nos interrumpiste?

-No tengo nada que ocultar.

Has podido comprobarlo. ¿O no es así?

-Más o menos. -Si os hubiera interrumpido,

te habría dado la sensación de que oculto algo.

¿O no habrías pensado eso?

-Tal vez. -Hubieras sido un buen abogado.

-Has podido comprobar que soy sincero. No como tú

-¿Yo?

-Todo esto es por celos. Reconócelo.

-No estoy celosa. Lo que pasa es que tú confundes

los celos con curiosidad y con preocupación.

-Disculpad. Esto me parece muy interesante,

pero yo tengo que trabajar.

-Yo también. Si me disculpan.

El doctor Méndez hizo un trabajo excelente.

Las dosis para tu tratamiento están claras

y son adecuadas a tu constitución.

¿No volveré a intoxicarme? Si sigues las instrucciones, no.

Lo haré con más cuidado.

Siento haberos asustado por culpa de mi torpeza.

Blanca, por favor. No te disculpes.

Pensé que hacía lo correcto al tomar

la misma dosis que Rodolfo.

Deberías haber consultado con Méndez o conmigo.

Lo intenté, pero me encontré con Marina

y me dijo que no era necesario, que podía consultarlo con ella.

Y que la dosis que tenía que tomar, era la misma que Rodolfo.

¿Marina sabía todo esto?

No es que fueran una o dos obreras.

La señorita Adela y Diana

arrastraron a casi todas a la manifestación.

-Bueno, al fin y al cabo, solo pedían justicia

para esa pobre muchacha que murió en la cárcel.

-¿No podían pedir justicia más tarde?

Me preocupa que lleguen tarde.

-Pero han recuperado el tiempo y la fábrica está

a pleno rendimiento. -Sí.

-A veces, un buen capataz debe tener un poquito

de manga ancha con sus trabajadores.

-Y que me tomen por el pito del sereno.

-Miguel, aquí todos le respetan.

-Si esto vuelve a repetirse, vamos a tener problemas.

Créame. Lo sé. Unos trabajadores se han quejado

a don Ricardo y sabe cómo se las gasta.

-Lo tendré en cuenta.

-Bueno.

-Era un periodista del diario.

Me preguntó sobre la manifestación,

sobre el caso de Azucena Barbero, sobre el sufragismo.

-Primero encabeza una manifestación frente a la comisaria.

¿Ahora una entrevista? Se está exponiendo mucho.

-Y más me expondré, cuando publique lo que acabo de contarle.

-¿Pero acaso ha olvidado lo que ha pasado

alrededor de su casa? -Nada salpicará a mis hermanas.

Me salpicará a mí y a las que se me quieran unir.

-Señorita, podrían perder su trabajo.

-Pero yo ya he hablado con Miguel...

-Miguel no es el problema. Don Ricardo ya lo sabe.

-Pienso que este artículo ayudará a esclarecer

la muerte de Azucena Barbero.

Y ya no tendremos que manifestarnos

y todo estará solucionado.

-¿No tiene miedo de volver a la cárcel?

-Claro. Y de que me pase lo mismo que le pasó a esa mujer.

Pero por eso salgo a la calle y lucho,

para que no me pase ni a mí ni a mis compañeras.

Bernardo, la revolución ya está en marcha y es imparable.

-¿Pero qué locura está diciendo?

Si pudiera escucharse... -no voy a parar hasta ayudar

a esclarecer los detalles de la muerte de Azucena.

Y usted, que es abogado y que nos ha defendido tanto

a nosotras, a seis mujeres, debería comprenderlo.

-Y la comprendo. Lo único que le pido,

es un poco de prudencia. Las manifestaciones son peligrosas.

-Lo sé. -A veces la justicia

se levanta sobre la sangre de los mártires.

Y no me gustaría que se convirtiese en uno de ellos.

Celia, piense en su familia, que ya ha sufrido bastante.

En cuanto supe que Rodolfo podría haberme contagiado,

fui a buscarte para saber qué es lo que tenía que hacer.

¿Por qué no hablaste conmigo?

Tú no estabas. ¿Y el doctor Méndez?

No pudo visitarme hasta hoy.

Tenías que haberme buscado. A mí o a cualquier médico.

Ya te lo he dicho. Me encontré con Marina

y me dijo que lo que tenía que tomar,

era lo mismo que Rodolfo.

¿Qué ocurre? ¿No es lo correcto?

Lo es. Pero tu cuerpo y el de Rodolfo son diferentes

y las dosis que necesita cada uno también.

¿Tan diferentes son? En este caso, sí.

¿Y Marina no se dio cuenta?

Está visto que no. Un error puede tenerlo cualquiera.

Debería haberte pedido que esperaras.

No es propio de ella ni de otra enfermera

evitar que un paciente vea a su médico.

La situación es muy tensa.

Puedo entender que no quisiera tenerme allí esperando.

Estabais en el hospital. Su deber médico debe estar

por encima de cualquier sentimiento.

Eso no es tan fácil, Cristóbal.

Ya.

Siento llegar tan tarde.

Doña Elvira se ha empeñado en que le hiciera una prueba

a su hija para ver su rango de voz.

Una soprano bastante normalita.

No sé qué esperaba su madre, la verdad.

Veo que te preparas para salir.

Está bien que sigas las recomendaciones del doctor.

Pasear y tomar el aire te vendrá bien.

¿Dónde quieres que vayamos?

¿Qué te pasa, Francisca? Iré yo sola.

Estás convaleciente. Te podría dar un mareo.

Me encuentro bien. Por prudencia, no debería ir sola.

Es lo que deseo. No quiero hablar con nadie.

Te puedo acompañar en silencio. No hace falta.

¿Por qué? Porque no voy a estar sola

Voy a ver a Gabriel. ¿De verdad quieres acompañarme?

No vas a ir. Claro que sí. Ese hijo era suyo.

Te lo prohíbo. Necesito hablar con él.

¡No! Debo consolarle y que me consuele.

Francisca, ya habíamos hablado de esto, por favor.

Me prometiste, me juraste que esa relación

se había acabado para siempre.

Era una de las condiciones de nuestro matrimonio.

Tú me lo juraste. Vamos a ver.

Hay una cosa que es mejor que tengamos clara.

Ese niño lo perdí por tu culpa.

Fue un accidente. Que tú provocaste.

Yo no quería. Me da igual lo que quisieras.

Es lo que pasó. Y desde que ya no está,

lo que había entre nosotros cambió.

No para mí. Sigo sintiendo lo mismo por ti.

Mi sacrificio sigue siendo el mismo.

Lo que te prometí durante el embarazo, ya no tiene valor.

Tenemos un vínculo ante Dios.

El único vínculo que había aquí ya no está.

A mí es que me gusta mucho la ópera.

-Pues no hay muchas jóvenes de su edad que les guste.

-Sí. Pero yo escucho ópera desde niña.

Porque mi medio hermana Francisca toma clases de canto

y yo misma he tomado algunas lecciones.

-Un momento. -¡Ay, don Hilario! ¿Qué le ocurre?

¿Quiere que llame a un médico? -No.

-Igual el paseo ha sido demasiado largo.

-Hasta la avenida más larga se me haría corta en su compañía.

-¿Qué son? ¿Sus pastillas del corazón? Siéntese, por favor.

-Esto es para usted. -¿Un regalo?

-Espero que le guste.

-¡Es preciosa!

-Y más preciosa lucirá en su cuello.

¿Qué le pasa? ¿No le gustan las joyas?

-Claro. Pero usted es muy generoso

y tiene un gusto exquisito.

Pero no puedo aceptarlo. -¿Por qué?

-Porque yo lo que busco en usted es su compañía.

No que me regale cosas.

-Pensé que lo había visto, pero esto es realmente nuevo.

En toda mi vida, jamás una mujer me había rechazado una joya.

-Espero no haberle defraudado. -No. Claro que no.

A la larga, todas esas mujeres demostraron estar más interesadas

en mi dinero que en mí. -Ese no es mi caso.

-Claro que no. Me lo acaba de demostrar.

Es usted verdaderamente ejemplar.

Envidio la fortuna del joven que consiga conquistarla

cuando llegue el momento. -Oh.

Bueno, para eso, primero tendría que interesarme por alguno.

Pero son todos tan sosos e infantiles.

-Lo que yo daría por ser uno de esos jóvenes.

-Pues usted no tiene nada que envidiarles.

-Claro que sí. La edad te da experiencia,

pero te arrebata tantas cosas.

-Pues no sé qué le habrá arrebatado a usted.

Porque usted es igual de apuesto que todos ellos.

Me estaba hablando de la ópera. -Ah, sí.

Aquí está bien. Pero como la Ópera Estatal de Viena no hay nada.

Debía de tener sus años cuando fui a su inauguración.

El "Don Giovanni" de Mozart.

(CANTA EN ITALIANO)

(LLAMA A LA PUERTA) -Adelante.

-He venido en cuanto me han dado su mensaje.

-Siéntate.

¿No sabes para qué te hice llamar? -No.

-Espero que me estés mintiendo porque te tenía por inteligente.

-¿Es por lo que sucedió en la junta de accionistas?

-Creo que ya no tiene sentido que sigamos con estos engaños.

Al principio, ya dudé de ti.

Pero cuando supe que habías hecho esos informes para doña Dolores,

que estabas intentando quitarme mi sitio en Tejidos Silva,

me quedó claro que habías recuperado la memoria

y que volvías a estar del lado de mis sobrinas.

-En mi descaro, diré... -¡Chis!

Mejor no digas nada. -¿Va a despedirme?

-Si te mantengo a mi lado, es porque todavía

me resultas de utilidad. Así que por muy leal que seas

a las hermanas Silva, te aconsejo que me sigas siendo útil a mí,

que, además, te pago un sueldo.

-¿Y qué quiere que haga?

-He sabido que las trabajadoras de la fábrica,

azuzadas por Diana y Celia Silva

se han manifestado ante la comisaría.

-Pedían justicia por la muerte de una sufragista.

-Por mí como si piden la república.

Lo que no puede ser, es que lo hagan

durante el horario laboral. -Recuperaron esas horas.

-Si toman la costumbre de provocar a la policía,

pueden atraer la atención hacia Tejidos Silva.

Y no me preocupa que descubran un nido de sufragistas.

Me preocupa el opio con el que traficamos.

-Le entiendo. -Bien.

Y recuerda que ese opio puede ser tu ruina

y la de la fábrica. Si se descubre lo que hacemos,

todos, y ese todos te incluye a ti,

acabaríamos mal. -Lo sé.

-Así que apáñatelas como sea para que esas manifestaciones

se acaben, porque si no lo consigues,

tendré que despedir a esas alborotadoras,

mi sobrina incluida. ¿Te ha quedado claro?

-Totalmente. Sí. -Bien.

-Francisca, ven aquí.

¿Dónde está Gabriel? Mire, siento mucho

lo que le ha pasado, pero usted ya no es bienvenida aquí.

Creo que mi marido se lo dejó bastante claro.

Lo sé. Y le prometo que será un momento,

pero tengo que hablar con él. Es por el bien de mi hijo

por el que no quiero verla por aquí.

Es importante. ¿No le basta el mal que le hizo?

No era mi intención. No sería su intención,

pero lo ha hecho y mucho.

Y ya le cuesta al pobre levantar cabeza,

como para que venga a confundirlo más.

Luego se irá a su casa con sus hermanas, su marido.

Pero él se queda aquí, solo.

Entiendo su preocupación. Pero debo hablar con él.

Lo digo que no. Déjele en paz.

Por favor. Esta vez es diferente.

¿Ah, sí? Le quiero.

Y tengo que decírselo. Entonces, no es diferente.

Es peor. Usted no lo entiende.

¿Que no lo entiendo? Claro que no lo entiendo.

¿Cómo puede querer a un hombre que no le valía

como padre del niño que esperaba, aun siendo suyo?

¿Lo saben? ¿Que hemos perdido a un nieto

que casi ni nos enteramos? Sí lo sabemos.

Entenderá que tengo que estar con Gabriel ahora.

Entenderé su dolor. Déjese de palabrerías.

¿Sabe lo que es usted? Una cínica.

¿Por qué me trata así? Cuando el niño estaba vivo,

para tenerlo y mimarlo era de don Luis.

Y ahora que está muerto, ¿para llorar es de Gabriel?

Pues mire, no. Usted ya tomó una decisión.

Ahora apechugue con las consecuencias.

Váyase a su casa, con su marido.

Antonia, entre Luis y yo ya no hay nada.

¿Usted qué quiere? ¿Volver con Gabriel

y al mínimo problema, si te he visto, no me acuerdo?

Esta vez no será así. ¿Ah, no? ¿Y por qué?

Sigue siendo una niña bien

y nosotros unos taberneros. No veo qué ha cambiado.

Yo he cambiado. No me fío.

Haga el favor. No quiero volver a ver sufrir

a mi hijo de esta manera.

Váyase, si no quiere que la eche.

Para dar el espectáculo, ya tuvo el escenario del Ambigú

hasta que lo dejó porque le dio la gana.

Venga, arreando.

-Cómo has tardado hoy con las consultas externas.

Seguro que don Agustín te ha enredado.

No. No ha sido eso. Me lo cuentas cenando,

que tengo un hambre. ¿Dónde me vas a llevar?

Antes de salir, quiero que aclaremos un asunto.

¿Por qué no me dijiste que Blanca había ido por la consulta?

No sé. ¿A cuándo te refieres?

¿Cuántas veces ha ido Blanca por la consulta?

No te hagas la tonta.

¿Por qué tendría que decírtelo?

Debes informarme de cada paciente y dejar que yo lo atienda.

Estabas ocupado. Quería ayudar. Ya.

Y por eso le diste a Blanca la medicación de Rodolfo.

Tienen la misma enfermedad. Y diferente constitución.

Blanca ha estado a punto de morir por culpa del arsénico.

La dosis no podía ser tan alta.

Explícame por qué se ha envenenado. No lo sé.

¿De verdad crees que quise envenenarla?

Solo intento saber qué ha pasado.

Si hubiera querido envenenarla, ya sabes que tengo

los conocimientos suficientes de farmacopea

como para no fallar. Si Blanca se ha intoxicado,

será porque ella o un boticario han metido la pata.

Pero no. De quien sospechas es de mí.

No te he acusado de nada. ¿Ah, no?

¿Y a qué vino esto, esa forma de mirarme?

Te digo lo que me ha dicho Blanca.

Blanca, Blanca. Cuando estamos juntos,

escucho más su nombre que el mío. No es verdad.

Me doy cuenta que has llegado tarde

no por las consultas, sino porque has estado hablando

con ella de todo esto. Tenía que comprobar el tratamiento.

Y ella aprovechó para señalarme a mí

como la causante de su accidente.

Marina, ha respondido a mis preguntas.

No me ha dicho nada malo de ti.

No lo empeores defendiéndola. No tengo que defenderla,

porque no hizo nada malo. Ni yo tampoco.

Un matrimonio es cosa de dos, no de tres.

Y hasta que no apartes a Blanca por completo,

esto no va a funcionar. ¿Dónde vas?

A dar un paseo a solas. Se me ha quitado el apetito.

-¿Celebran algo? -Eso espero.

-Así es. -Bueno, pues, sea lo que sea,

enhorabuena. Y que lo disfruten.

-Gracias. -Gracias, Enrique.

-¿Qué celebramos? -El banco me ha concedido

el crédito para tu viaje.

-Ya tenemos el dinero. -Casi. Me lo dará en dos días.

-Bueno, con tiempo de sobra. -Así que dentro de nada

estarás por América en tu gira triunfal.

-No sabes las ganas que tengo de comenzar esa gira.

No lo habría conseguido sin ti. Gracias.

-Un brindis.

Por todo tu éxito en esa gira.

-Y por todo lo que vivimos juntos.

¿Estás bien? Te noto nervioso.

-Sí. Estoy bien. Solo que...

Quería proponerte algo

y no me está resultando fácil planteártelo.

-¿A ti? Con la labia y el descaro que tienes, no me lo puedo creer.

-Es algo importante a lo que jamás concedí importancia.

-¿Qué es?

-Desde que me enteré de la existencia de Magdalena,

no he podido dejar de pensar en que tengo una hija.

Antes me daba pavor solo la idea de pensar

que podía ser padre.

Y ahora que me he enterado de que lo soy,

estoy entusiasmado.

¿No te parece una locura? -Un poco sí.

-Me apena pensar en todos los años que me ha perdido como padre.

Y aún me apena más pensar en que estoy a punto de conocerla

y que te la vas a llevar a América.

-Bueno, soy su madre. -Y yo su padre.

Y no la he visto nunca.

-Ya. ¿Qué querías proponerme?

-He estado dándole vueltas a lo que te dije.

Y creo que esto es bueno para todos.

Olga, podría llevármela a casa,

a mi casa mientras tú estás de gira por América.

-Es mi hija. -Sí. Sí. Es tu hija.

Pero no le irá bien estar de un lado para otro,

siguiéndote de teatro en teatro.

Aquí va a estar tranquila, bien, estable.

Podrá continuar con su educación.

-Y contigo, claro. -Sí, conmigo.

-Salvador, tú eres el padre, pero nunca has ejercido como tal.

-Pero ahora quiero. -Suena muy bonito,

pero no es fácil. Requiere mucho esfuerzo y sacrificio.

Y es un compromiso que no se puede romper.

-Lo sé. -Yo no sé si tú estás preparado

para asumir ese tipo de compromiso.

-Olga, déjame demostrártelo.

-¿Y si sale mal? Magdalena lo sufrirá.

-Conseguí ese dinero para ella.

¿Qué más tengo que hacer para demostrarte que voy en serio?

-No lo sé.

-Conseguí ese dinero, ¿no?

Confía en mí para hacerme cargo de ella

mientras tú estás fuera.

-Espero que seas un padre ejemplar.

-Mejor que eso.

Esto sí que merece un brindis.

Por...

Por mi inesperada paternidad. Salud.

-Salud.

¿Dónde está?

¿Qué ocurre? Ay, aún estás.

Pues que he visto dos mozos salir con tus cosas

y pensaba que te habías ido.

Voy a ir dando un paseo. Prefiero que lleguen ellos antes

y descarguen. Y así me da tiempo de despedirme de vosotras.

Me va a costar no llorar. -Debemos mantener la compostura.

Bueno, bueno. ¿No estamos exagerando un poco?

Si me voy a casa de Germán. No me voy a otro país.

Me voy a casa de Germán. Ya, pero no será lo mismo.

Si Germancito va a estar aquí todos los días.

Entre venir a buscarlo y las visitas,

será como si no me hubiese ido.

No va a ser como la otra vez. No.

Porque esta vez te va a salir bien.

Te mereces tanto ser feliz. Gracias.

Blanca, tienes que mantener la esperanza.

Yo estoy aquí como siempre para lo que quieras. ¿Me oyes?

Sí.

Voy a echar mucho de menos tu voz y tus ensayos.

Siempre has sido el ángel de esta casa

y muy pronto vas a volver a serlo.

Tú eres la más inteligente y la más valiente.

Y me voy muy orgullosa de ti.

Y no sabes lo que me alegro de no ser ya más la hermana mayor.

Tú no eres la segunda, pero eres la más fuerte.

Y vas a cuidar de todas ellas.

¿Y quién va a cuidar de mí? -Todas.

Unas a otras. Como siempre.

Aunque no estemos bajo el mismo techo.

Pero si esto no es una despedida.

Si yo mañana mismo voy a estar aquí.

Aunque esta ya no será mi casa.

Se equivoca, señora. Esta siempre será su casa.

-Y nosotras siempre su familia.

Bueno, que yo no soy de la familia, pero como si fuera.

Que llevo más años en esta casa con ustedes que con mis padres.

Y yo las echaré en falta a ustedes porque son parte de esta familia.

No sé qué sería de nosotras sin ustedes.

Bueno, me voy ya.

Bueno.

Os quiero mucho.

¿Acabas de llegar? Hace un rato.

¿Y por qué no me has esperado para volver juntos del hospital?

No sabía cuánto tiempo ibas a tardar en salir.

Podías haberme preguntado. Me apetecía volver

dando un paseo contigo. A mí no.

Ayer te fuiste y me dejaste con la palabra en la boca.

Blanca está dolida con lo de la enfermedad.

Y es lógico. Entiéndala. -No sería ni la primera

ni la última vez que una mujer tiene que compartir

este tipo de problemas con su marido.

-No sé cómo lo solucionan los demás.

En mi caso, mi mujer no quiere saber nada de mí.

-Como no consigamos que Blanca vuelva,

te vas a convertir en el hazmerreír,

no solo de las criadas y sus señoras,

sino de los clientes del banco. ¿No lo has pensado?

-Ayer tu tío me citó en su despacho para transmitirme

sus quejas por lo que pasa en la fábrica.

Se ha enterado que llegasteis tarde

por acudir a la manifestación.

-Con lo que nos costó recuperar a las clientas,

las perderemos. No puede ser.

Tenemos que hacer algo. Ya lo hice.

Hablé con Salvador y mira de qué sirvió.

Pero si no es con Salvador con quien tienes que hablar.

Es el director. Él es un mandado.

Si la fábrica está como está, es por culpa de mi tío.

Sé perfectamente cómo es. ¿Sugieres que hable con él?

Es que no veo otra opción.

Don Ricardo no dará su brazo a torcer.

-Le haré entender que esto no tiene que ver con la fábrica.

Sino luchar por nuestros derechos,

por un mundo más justo. -No la escuchará.

-Lo intentaré. Nadie está faltando a su trabajo

y no consentiré que se las despida.

-Está demostrado que las Silva sois más tercas que las mulas.

Don Ricardo también lo es.

No van a doblegar su voluntad. -Eso lo veremos.

-Lo siento mucho, padre. Le prometo que si la obra

está bien, otro día le acompaño a verla.

-No sé si fiarme. Últimamente, tienes

una agenda muy apretada. -Tampoco se queje.

Más de una vez, cuando le he propuesto hacer

algo juntos, me ha dicho que no. -Es verdad.

Pero me permitirás saber

si has quedado con Carlitos y Sofía.

-Elisa merece un respeto. Es una muchacha maravillosa

y os adora. Ha sufrido mucho en esta vida.

Está sola. Necesita afecto y comprensión.

-Creo que tiene una impresión bastante equivocada

de Elisa y de nosotros. -Sí.

Elisa no es lo que parece.

-Sé que estás enfadada y con razón.

Lo que ha pasado entre nosotros ha sido muy duro.

Pero dormir separados no es la manera de solucionarlo.

No hay nada que solucionar. Por supuesto que sí.

Estás ofuscada. Escúchame.

Hacía mucho que no lo veía todo tan claro

No te quiero en mi vida.

Y como eso no puede ser, de momento,

no te quiero en mi cuarto.

¿Qué quiere usted de Salvador?

-Quiero que asuma sus obligaciones como padre.

Hace cuatro años tuvo una hija y hay una serie de cargas

que he asumido en solitario. -No la creo.

-¿Pone en duda que Salvador y yo tuvimos una hija?

-Eso es lo que usted le ha dicho a Salvador.

Y él que en el fondo es buena persona, ha picado el anzuelo.

-Esperábamos 20 rollos y nos entregó siete.

Así no podemos atender a nuestras clientas en condiciones.

-Tiene muy mal acostumbrada a su clientela.

No les pasará nada por esperar. Mientras, apáñese

con lo que ha recibido. -Este no es el trato

al que Tejidos Silva nos tenía acostumbrados.

-A doña Francisca se le pasará.

Ahora está triste, pero con el tiempo superará el trance.

-Eso no significa que vuelva a aceptarme a su lado.

-Sí. Usted tenga paciencia.

-Yo estoy seguro que no me va a poder perdonar.

-¿Tú te has fijado si algún cliente de los habituales

ha preguntado por mí?

Que si te has fijado en si algún cliente

de los que suelen venir siempre,

te ha preguntado por mí. Si alguno has notado

que ha entrado y se ha ido si yo no estaba, por ejemplo.

-Pues no. -¿Seguro? Haz memoria.

Memoria, Raimundo. -Ya le digo que no.

-Estamos hablando de que es un hombre tímido.

-Doña Antonia, ¿de qué me está hablando?

-Celia, mira, llevo cinco minutos que se me están haciendo eternos

oyendo estupideces. Te voy a pedir que te vayas.

Tengo que dedicarme a algo un poco más productivo.

¿Comprendes? -¿Ya está? ¿Me despacha así?

-No. Te despacho con una advertencia.

-Tu novia. Estoy muy disgustada con ella.

-¿Con quién? ¿Con Diana? -Quiero que sepas que ha insinuado

que Magdalena no es tu hija, entre otras lindezas.

¿Qué le he hecho yo para que me trate

como si fuera la sospechosa de un crimen?

-No se lo tengas en cuenta. Solo que se preocupa por mí.

-Vaya manera de preocuparse. -No tiene importancia.

Desconfía un poco. Es todo. -Para ti es fácil

quitarle importancia. A ti no te ha insultado.

-Olga, ¿qué puedo hacer yo?

-Pues mira. Prométeme que la mantendrás alejada de mí,

sobre todo, de Magdalena.

Seis hermanas - Capítulo 155

30 nov 2015

Adela se traslada a la casa de Germán y le convence de que visite a Carolina, mientras Celia sigue con las manifestaciones, alterando el funcionamiento normal de la fábrica. Cristobal sigue investigando el envenenamiento de Blanca. Por su parte Francisca no quiere ni ver a D. Luis.

ver más sobre "Seis hermanas - Capítulo 155" ver menos sobre "Seis hermanas - Capítulo 155"
Programas completos (495)
Clips

Los últimos 1.814 programas de Seis hermanas

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

El administrador de la página ha decidido no mostrar los comentarios de este contenido en cumplimiento de las Normas de participación

comentarios.nopermitidos