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No recomendado para menores de 7 años Seis hermanas - Capítulo 0 - Derechos y deberes - ver ahora
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(PULSA EL TIMBRE)

Ah, don Cristóbal. Por fin.

Lo hemos instalado en su dormitorio. Muy bien.

Haré lo que esté en mi mano. Tranquilas.

Llame al hospital.

Hay que llevarlo allí si queremos que tenga opciones.

No debieron traerle a casa. -Rosalía.

-Aquí estoy, señor.

-¿Dónde están mis hijas? -Están abajo, en el salón.

¿Quiere usted que las llame?

-No. No quiero que me vean así. Acérquese.

-Aquí estoy. Y el doctor Loygorri también.

Ya verá usted cómo se pondrá bien.

-Cuiden de ellas. Prométanme que lo harán.

Tienen que perdonarme. Yo no quería dejarlas solas.

Lo siento.

-Don Fernando, no puede usted irse todavía.

Llame al hospital.

Hágame caso.

Dios mío.

¿Cómo está?

Lo siento.

No he podido hacer nada.

(Sintonía)

(FERNANDO) "Todos ustedes saben lo feliz que me siento esta noche".

Y estoy seguro de que Elisa, mi esposa,

estaría tan orgulloso como yo de que hoy,

Blanca, la segunda de mis hijas,

se comprometiera con un hombre como Rodolfo Loygorri.

Recordar a mi esposa es siempre algo muy hermoso.

Las miro y cada una de mis seis hijas tiene algo de su madre.

La dulzura, la educación,

la prudencia, el carácter,

el talento... incluso el nombre.

Rodolfo, hija, me hacéis muy feliz en vuestro compromiso.

Y lo seré más cuando me deis el primer nieto.

¡Padre! Lo siento. Tenía que decirlo.

Blanca, Rodolfo, que seáis muy felices.

Y que podáis compartir con todos nosotros vuestra felicidad.

-Bueno.

¿Sucede algo, padre? No, nada. Disculpadme un momento.

¿20 años y no vas a dar un abrazo a tu hermano?

-¿Qué haces aquí, Ricardo?

-No podía esperar para ver a mi familia.

Sobre todo en un día tan especial para mi sobrina.

-Claro. Has venido a ver a la familia.

No hay nadie delante. No tienes que fingir.

¿Qué quieres? (RICARDO) Ya lo sabes.

-El negocio es mío. -Y Elisa era mía.

Además, era nuestro negocio. No lo olvides.

Una herencia de nuestros padres.

Hasta que tú decidiste engañarme para dejarme casi sin nada.

-No te engañé.

-He venido para quedarme aquí, Fernando.

Voy a quedarme hasta que el 100 por 100 de la fábrica sea mío.

Ahora tengo dinero para conseguirlo. -Mi parte de la fábrica no se vende.

Y solo con la tuya no puedes hacer nada.

Así que vete. Vete de aquí.

No me hagas montar un escándalo. -Hermano, no te sulfures.

A tu edad no te conviene.

Mañana iré a tu casa y hablaremos de esto.

La verdad, estás preciosa, cariño. Gracias.

Pero el mérito es todo de tu madre. Ella eligió el vestido.

-Y por lo que veo, no he perdido el buen gusto.

Estás perfecta. Elegante, delicada y recatada.

Las tres cualidades que debe tener una dama y que últimamente

escasean bastante. -Los tiempos cambian, doña Dolores.

Por suerte.

Y lo que se considera a uno recatado, también, madre.

Desde luego. En mis tiempos,

un hijo no osaría a poner en duda las palabras de una madre.

Claro, madre. Si me disculpan.

Sí, ve, hijo, ve. A ver si encuentras una novia que te dé alegría.

¿Todo bien? Eh...

-Don Fernando, ha debido ser muy difícil

educar a seis jovencitas solo.

-Nada es fácil con seis muchachas, doña Dolores.

Por suerte, mis hijas ya son mujeres,

y ni aceptan mis consejos ni los quieren.

-Lo que no quiere decir que no los necesiten.

Rodolfo, hijo, ahora que estamos todos,

¿no deberíais ir a saludar a los invitados?

-Sí, madre. ¿Vamos? Sí.

-¿Me disculpa, padre? -Sí. Ve con tus suegros.

Señora.

-¿Tú no vas, Adela? No.

-Supongo que este habrá sido un día complicado para ti, ¿no?

Varios meses sin tener ningún evento social

y el primero es el compromiso de tu hermana.

Y si no me equivoco, es el mismo salón

donde celebraste el tuyo.

Creo que también fue una fiesta espléndida.

Todos los días son complicados cuando se pierde un marido.

Usted debería saberlo también.

Pero hoy es el día de mi hermana Blanca, y estoy feliz por ella.

(Suena un vals)

Lo peor de estas fiestas de compromiso

es que ya sabemos cómo será la vuestra.

Por todos los santos, Diana. Siempre igual. Disfruta del momento.

Escucha la música.

Y fíjate en los chicos tan apuestos que hay.

Igual encuentras a uno que te interese.

Me da igual. Yo no pienso casarme.

-Cuídate, que no te oiga padre decir eso.

-Yo ya se lo dije, y si tú piensas como yo, deberías hacer lo mismo.

-Pues yo sí pienso casarme. Y creo que ya tengo un candidato.

(RÍEN)

-Padre nunca dejaría que una de nosotras se casase

con un hombre como ese. (ELISA) Pues entonces me fugaré.

(SUSURRA) Olvídalo.

-¿Cuándo vais a dejar de prohibírmelo todo?

-Cuando tengas sentido común.

-O cuando me prometa y me vaya de casa.

-También. Pero eso no será con él.

Ese no es de los que vienen y te ponen un anillo en el dedo.

Es más bien de los que te engatusan y luego desaparecen misteriosamente.

¿Y lo dices por experiencia?

Lo digo... porque conozco a los hombres como él. Es peligroso.

-Bueno, ¿se puede saber quién es ese hombre tan peligroso?

-Salvador Montaner.

Pues para no interesarte los amigos de Rodolfo, estás muy enterada.

No me interesa, pero tampoco estoy sorda.

Y todo el casino habla de él.

Es el hijo de los difuntos marqueses de Fuensanta.

Dicen que se graduó con Matrícula de Honor

en París. Y sus padres le dejaron una fortuna.

Acaba de llegar de Londres, de hacer negocios.

-A mí me dijeron... -Lo importante no es de dónde venga.

Es... que no se vaya nunca.

-Por favor.

(Finaliza el vals y todos aplauden)

(Música clásica)

¿No sabe que es de mala educación huir por la puerta trasera?

-No huía, solo me tomaba un descanso.

-Una verdadera lástima.

Iba a proponerle que huyésemos juntos.

-¿Siempre es tan directo con la primera señorita que se encuentra?

-¿Cree que esto fue casualidad? Llevo toda la noche buscándola.

-Hace honor a su fama.

De todas las maneras de las que un hombre intentó mostrarme su interés,

esta es probablemente la más falsa. -¿Falsa?

¿Eso es lo que dice mi fama, que soy un embustero?

-Reconózcalo. Ha estado demasiado ocupado

rellenando el carné de baile de medio Madrid.

Es imposible que estuviese buscándome.

-Tiene razón.

No me hacía falta, es cierto. Pues ya estaba usted pendiente de mí.

-¿Yo?

Mentiroso y engreído.

Nada más conocerlo ya se ve que es un dechado de virtudes.

-Y usted muy dura.

-Podría estar ofendiendo a mi novio, o a mi prometido.

-Podría, si lo tuviera. Pero no lo tiene.

-¿Y cómo está tan seguro?

-Porque salvo yo,

no sé de nadie aquí capaz de lidiar con un carácter tan impetuoso.

Le hace gracia.

-Me hace gracia que tenga la certeza de que usted podría.

(Aplausos)

-Me gustan las cosas complicadas.

¿Quiere comprobarlo?

-No tengo el más mínimo interés.

Pero le aseguro que se sobreestima.

Por cierto, un consejo para la próxima vez:

apréndase los nombres de pila. Somos seis hermanas.

Tampoco debería costarle tanto

a quien recibió Matrícula de Honor en la Universidad de París.

(Pasos alejándose)

Don Fernando, me alegro de verle. -Don Luis.

-Francisca. Luis.

-¿Qué tal van las clases con mi hija? -Bien.

Francamente bien. Mejora notablemente en cada sesión.

Es una pena que solo yo pueda disfrutarlo.

Usted, que es un melómano, debería permitir que se dedicara a la música

para que todo el mundo pudiera admirar su arte.

-Don Luis, a mí también me gusta el zoo,

y no metería a mis hijas en una jaula con las cebras.

Cada cosa requiere su momento y su lugar,

y la música de mi hija es para disfrutarla en el hogar.

-Al menos entonces me permitirá que la invite al Teatro Real.

-Claro. Si ella quiere.

Eh... gracias, padre.

-Me alegro de saludarle.

(MUJER) Francisca. Ay, padre, perdone.

Ah, gracias.

¡Padre! ¿Dónde va? -Un asunto urgente en la fábrica.

Dile a tu hermana que vuelvo rápido. -Voy con usted.

-Celia, no. -Necesito contarle algo.

-Algo que por lo visto no puede esperar.

Vamos.

Prométame que no va a enfadarse.

-Hija, no puedo prometerte algo que no sé si voy a cumplir.

Vamos, habla.

-Esta mañana he recibido una carta.

Llevaba mucho tiempo esperándola.

No quise decirle nada hasta estar segura.

-¿Segura de qué?

-Me han aceptado en La Sorbona.

-La Sorbona.

-Sabe el tiempo que llevo diciéndole que quiero seguir estudiando.

-El mismo que yo llevo intentando convencerte de lo contrario.

-Sé que puedo hacerlo bien, padre.

Y el catedrático de Literatura también.

Ha leído todos mis escritos. Me ha recomendado él en persona.

-¿Piensas que dudo de tus aptitudes? -Si no lo hace, ¿por qué se niega?

-Yo no dicto las normas.

-Las normas están para romperlas, padre.

-¿Sabes dónde acaban los que rompen las normas?

En la cárcel, o peor, en el cementerio.

Gracias.

¡Me iré de todos modos!

(SUSPIRA)

(Portazo)

Ah, por fin llega, don Fernando.

Intenté evitar que entrara, pero decía que no.

Que tenía derecho. -No te preocupes, Benjamín.

No es tu culpa. ¿Los libros de cuentas siguen arriba?

-Sí. Creo que no se llevó nada, pero no estoy seguro.

-¿Trajiste la llave de la caja? -No, la tengo en casa.

Voy por ella. -Bien.

¡Celia!

¡Celia!

-¡Padre!

Padre, ¿está usted ahí?

¡Padre!

¡Benjamín, por favor, llame a mis hermanas!

¡Padre!

No entiendo. ¿Qué ocurre? Aún no lo sé. Es mi padre.

Algo le ha sucedido.

No irás sola. Iré contigo. No, por favor.

Debes ocuparte de los invitados. Yo iré con ella.

No te preocupes. Y así veré si don Fernando necesita algo.

Discúlpame frente a todos. No será nada.

Mantenme al tanto, Cristóbal. Claro.

-Rodolfo. -¡Salvador, amigo! Pero qué alegría.

Pensé que al final no pudiste venir.

-No me habría perdido esta fiesta por nada.

Quién me iba a decir que terminaría viéndote casado.

¿Cómo te llamaban? Rodolfo cerraduras.

El que abría todas las puertas de las doncellas.

-Con el paso del tiempo, uno debe sentar la cabeza.

Pero cuéntame tú. ¿Qué, te has casado?

-Rodolfo, no mentes al Diablo en casa del cura.

Yo soy un filántropo del amor. -Anda, ven aquí.

Vamos a tomar algo. Vamos.

Rosalía.

(TOCA EL PIANO)

¿Podrías... dejar de tocar?

-No tenía que haber discutido con él.

Se enfadó y se puso nervios. No te castigues más, Celia.

No creo que padre estuviese nervioso por tu culpa.

Además, no puede estar en mejores manos.

Cristóbal se está ocupando de él.

Es de los mejores doctores de la capital.

Como le pase algo...

-No vamos a perder a padre. ¿Verdad?

No, claro que no.

¿Cómo está?

Lo siento.

No he podido hacer nada.

(SOLLOZAN)

Y si no pasa nada, ¿por qué está aquí Cristóbal?

¿Por qué no me dejan besar a padre?

-Porque está descansando. -Merceditas,

que nos conocemos. Que tú no sabes mentir.

-Pues entonces no me obligue a hacerlo, señorita.

Que yo solo cumplo lo que dice doña Rosalía.

Merceditas, calladita. Calladita, que es como mejor está.

Y bastante trabajo me cuesta, no se vaya usted a creer.

-Merceditas, dime que padre está bien.

-No me ponga esa carita, señorita. Y acuéstese, que ya es muy tarde.

-Adela.

Merceditas, déjanos un momento.

Adela, ¿qué pasa? ¿Qué pasa con padre?

Ven aquí.

Adela, me estás asustando. Dime qué pasa.

¿Sabes lo que decía siempre madre?

Que pasase lo que pasase, nosotras debíamos estar siempre unidas.

No, Adela. Dime que padre está bien. Ya está.

Elisa...

(SOLLOZA) Elisa.

(LLORA)

No me lo puedo creer, doña Rosalía. ¿Qué va a ser de nosotros?

(SUSPIRA)

Una casa sin hombre es como... como un prado sin ovejas.

Tarde o temprano, las malas hierbas crecen y llegan las desgracias.

Espere, a lo mejor el señorito Loygorri se ha equivocado.

Deberíamos llamar a otro médico para que le ponga sanguijuelas.

-Mercedes. -No me llame así, que me asusta.

-Ve a la despensa, y mira si hay comida suficiente

para todos los invitados que vendrán al sepelio.

-Como usted diga, doña Rosalía.

¿Está usted bien?

-Deberías ya saber que nosotras no tenemos derecho a sentirnos afligidas

cuando hay seis jovencitas que se han quedado huérfanas.

-Pobres señoritas.

-La pena no debe paralizarnos. Anda, ve a hacer lo que te he dicho.

Yo iré a elegir un traje para vestir al señor.

Señorita Adela.

Doña Rosalía.

No sabe cuánto lo siento.

Claro que lo sé.

Mi padre la tenía en alta estima.

Siempre dijo que no se habría podido ocupar de nosotras sin su ayuda.

Créame, él habría podido hacerlo solo sin problema.

Era... un gran hombre.

¿Qué vamos a hacer, doña Rosalía?

Seguir adelante, como él habría querido.

Ojalá fuese tan sencillo.

¿Usted sabe que mi marido y yo

teníamos una tienda en el centro de Barcelona?

Sí. Sí.

Su padre me lo contó.

Nos habíamos gastado todos nuestros ahorros

por sacarla adelante.

Eusebio y yo nos dejamos la vida luchando por ese negocio.

¿Y qué sucedió cuando él falleció?

Que yo no tuve derecho a nada.

Su familia se lo quedó todo.

No nos van a dejar salir adelante, doña Rosalía.

Nosotras somos mujeres.

No tenemos derechos, solamente deberes.

Y entonces, ¿qué piensa hacer?

(CELIA) "Definitivamente estás loca".

¿Por qué quieres hablar ahora de los negocios de nuestro padre?

Porque si el tío Ricardo se entera de la situación,

se quedará con la fábrica.

¿Y sabéis qué tendremos nosotras? Nada.

Perderemos la fábrica, perderemos las asignaciones.

No podremos mantener esta casa. Lo perderemos todo.

-El tío Ricardo lleva fuera más de 20 años.

No va a volver por la fábrica. Está en América.

Ya no. Lo vi hoy en el compromiso de Blanca.

Padre se fue a hablar con él y al volver estaba alterado.

¿Estaba en mi compromiso?

¿Cómo sabes que era él? Lo sé.

Porque les escuché hablar.

El tío Ricardo ha venido a por la fábrica.

Que venga a por lo que quiera. Las herederas somos nosotras.

De una parte. Él también es accionista,

y sin padre controlará toda la fábrica.

De ahí a que nos eche hay un paso.

Y nosotras sin la fábrica lo perdemos todo.

No. No puede ser que nos quedemos sin nada, Adela.

Padre lo tenía todo pensado. No creo...

No entiendo qué quieres hacer.

Ocultar que nuestro padre ha muerto.

¿Qué? Si nadie se entera

de esta situación, las cosas pueden seguir igual.

Pero es imposible ocultar una cosa así.

Y aunque lo fuera, ¿cómo ibas a hacerlo?

Sin duda es una locura.

A mí tampoco me gusta.

Pero ¿qué pasará cuando lo perdamos todo?

¿Tú crees que doña Dolores apoyará que te cases con su hijo?

Yo no hago las normas, pero sé cuáles son.

Hablas como padre.

Él decía que el que rompe las normas

acaba en la cárcel o en el cementerio.

Y se muere de hambre.

Toda nuestra vida está en juego.

Diana, díselo tú. A ver si contigo entra en razón.

-Yo opino como Adela.

-Yo también.

Para hacerlo, debemos estar todas de acuerdo.

Esto no va a salir bien.

Es muy importante que nadie sepa lo que le ha sucedido a padre.

No estaréis hablando en serio.

Cristóbal.

Entiendo que estéis afectadas por el fallecimiento de vuestro padre.

Siento ser quien ponga cordura aquí, pero habláis de algo muy serio.

Si ocultáis lo que ha pasado, podéis ir a prisión.

Yo no voy a colaborar con eso.

Cristóbal.

Cristóbal. Blanca. Blanca, lo siento.

Entiendo que Adela haya sufrido mucho en la vida,

pero lo que propone es una locura. Por favor, recapacitad.

Danos... solo un día para pensar lo que vamos a hacer.

¿Qué disparate sugieres?

Los médicos sois como los confesores, ¿no?

Si no fuese importante sabes que no te lo pediría.

Un día y... después lo haremos público.

Nadie sabrá que fue esta noche. A nadie le importará.

Lo que me pides es muy grave. Lo sé, créeme.

Y precisamente por eso. ¿Y Rodolfo?

Sabe que algo ha pasado. Me preguntará.

Un día.

Solo un día.

Hazlo por mí.

24 horas. Nada más.

Gracias.

(Se abre y cierra una puerta)

Esperará 24 horas.

Nada más. Está bien.

¿Y ahora? ¿Qué vamos a hacer?

Pues hablar con doña Rosalía, con Merceditas...

y con Elisa.

(Teléfono)

Quizá sea Rodolfo.

¿Qué le digo?

Nada, no contestan. Esto no puede ser nada bueno.

-Tranquilízate. No sé por qué te preocupas tanto.

Si fuese algo importante, Cristóbal nos llamaría.

-Bueno, voy para allá. Si no es nada importante, habré dado un paseo.

Volveré pronto. Si necesita cualquier cosa, dígamelo.

-Ya está tu hermano aquí. -¿Cómo está don Fernando?

He llamado pero no he podido hablar con Blanca.

Tu suegro sigue un poco indispuesto.

-¿Ves cómo no era nada grave?

Eres idéntico a tu padre, que en gloria esté.

Todo menos hacerme caso. Os dejo. Buenas noches.

-Adiós, madre. ¿Qué le ha pasado exactamente?

Un... desvanecimiento.

Trabaja demasiado,

y con los nervios de la fiesta de compromiso...

Cristóbal, ¿va todo bien?

Sí. ¿Por qué?

Voy a ir a su casa.

¡No! Rodolfo, no es lo más adecuado.

Don Fernando necesita reposo absoluto.

Las visitas no le vendrán bien.

Además, es tarde. Acuéstate. Ya verás mañana a Blanca.

Si algo no fuera bien, me lo dirías, ¿verdad?

¿Por qué no iba a hacer tal cosa?

Porque sé del respeto que tienes al secreto profesional.

Pero si tú me dices que mi suegro está bien, yo te creo.

Por ahora está bien. Muy bien. Gracias.

Buenas noches. Buenas noches.

No. No. De ninguna de las maneras.

Ay, dios mío. Es que mentir es una cosa,

y esconder a un finado, Dios lo tenga en la gloria, es otra.

Señorita, usted sabe el tiempo que llevo en esta casa,

y ni una sola vez he incumplido una orden.

Pero esto... esto no es... es demasiado.

Merceditas, si nos quedamos en la calle, ¿adónde vas a ir tú?

-Me vuelvo al pueblo, con las vacas y la tía Angustias.

Pero yo no quiero líos.

Su padre era un gran hombre. Se merece algo mejor que esto.

No me mire con esos ojitos.

Que bien sé yo que quedan muy desvalidas sin su padre.

Pero ¿usted cree que es así como querríamos enterrarle?

¿De verdad? ¿Lejos y con un nombre falso?

La mentira tiene las patas muy cortas, y esta nace coja y manca.

-No podemos hacer otra cosa.

¿Durante cuánto tiempo podremos mantener que su padre está de viaje?

Yo solo debo callarme, ¿no?

Vamos, lo que me piden siempre.

Y lo de la fábrica.

Las mujeres deben estar donde deben estar.

Y los despachos no son su sitio.

Dios hizo hombres y mujeres.

Si quisiera que hicieran lo mismo,

habría hecho solo hombres. O solo mujeres.

¿Entonces?

Ay, dios mío. En qué lío tan grande nos vamos a meter.

-Muchas gracias, Merceditas.

Rosalía, tengo que pedirle un favor.

Que se encargue de todo el traslado de mi padre.

Pero... ¿ni siquiera os vais a vestir de negro para despedirle?

-Elisa. -¿Qué?

Está claro que os da igual todo. Os da igual padre.

Elisa, no podemos vestir de luto...

porque no queremos que nadie sepa lo que le pasó a padre.

-No es que nos dé igual. La pena se lleva por dentro.

-Por eso solo habláis de la fábrica, del tío Ricardo y de la herencia.

A ver, sé que no es fácil de entender.

Pero cuando alguien fallece, hay muchos trámites de los que ocuparse.

Da igual si estás dolido. Alguien debe hacerlos. Es así.

Y tú... ¿Qué?

¿Que soy muy joven para entenderlo?

No. Lo que digo es que Adela intenta que además de toda esta desgracia

no nos quedemos en la calle. No lo entiendes.

Me da igual quedarme en la calle. Padre ha muerto,

Francisca. -¿No quieres despedirte de él?

-Así no.

-¿Sabes qué fue lo último que le dije?

Que iba a hacer lo que me diese la gana.

Le dije que no le respetaba, y eso no se puede borrar.

Celia. No, déjame terminar.

¿No quieres ir al entierro? No lo hagas.

Pero hay cosas que no tienen vuelta atrás.

Dentro de un tiempo te arrepentirás y ya no tendrá remedio.

(SOLLOZA)

Perdona. Pensé que no había nadie.

Huele a su colonia.

Todo aquí huele a él.

Es como si fuese a abrirse la puerta de la calle y...

...y fuese a escucharle hablar.

¿Y siempre será así?

¿Recuerdas que entrar aquí era el preludio de un castigo?

(RÍEN)

Qué me vas a contar a mí, que viví parte de mi infancia aquí.

Diana, ¿cómo voy a poder casarme con Rodolfo?

¿Quién me llevará al altar?

Tendremos que ir solucionando las cosas según vengan, Blanca.

¿Y cómo?

Solo somos seis mujeres. Exacto.

Madre siempre decía que las mujeres

conseguirían todo lo que se propusiesen.

Sí. Mientras los hombres

siguen pensando que ellos mandan.

(RÍEN)

Todo va a ir bien.

Sí. Ya lo verás.

(Se abre una puerta)

Ya está todo listo.

Deberíamos irnos. Vamos.

(Relincho)

"Yo soy la resurrección y la vida", dice el Señor.

"El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá".

"Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente".

(SOLLOZAN)

Señorita Diana, señorita Adela, me alegro mucho de verlas.

Siento aparecer sin avisar. Sé que no son maneras,

pero vengo a preguntar qué tal está su padre.

Le agradecemos mucho su preocupación, Benjamín,

pero nuestro padre está... está bien.

Me alegro. Ayer nos dio un buen susto.

-Sí. Afortunadamente, ha quedado en nada.

-Bueno. Señorita, ¿podría decirle a su padre que estoy aquí?

No, lo lamento, Benjamín, pero... Sé que no es un buen momento.

Pero... es que es muy importante que hable con él ahora mismo.

Va a ser un segundo. Se lo aseguro.

Un cliente de la fábrica viene de Barcelona a cerrar un gran negocio.

Yo no sé qué les habrá contado el señor,

pero ese pedido es muy importante para la empresa.

-Lo siento mucho, Benjamín. Tendrá que esperar.

Padre acaba de irse... de viaje.

-¿De viaje? Pero eso es imposible.

Anoche mismo lo traje yo a casa y estaba muy grave.

-Venimos de despedirle.

-Señorita Adela, si perdemos ese pedido,

la fábrica tendrá que cerrar.

Sabía que las cosas no iban bien. El tío Ricardo volvió por algo.

No sabía la situación de la fábrica.

Pues Benjamín no pudo ser más claro.

¿Qué vamos a hacer ahora, dios mío?

Ir nosotras.

Hablar con el cliente y cerrar el trato.

No sabes lo que dices. Nosotras podemos cerrar ese trato.

No me parece tan complicado.

Acabamos de enterrar a nuestro padre.

Nosotras no sabemos nada del negocio.

He visto a padre hablar con miles de clientes aquí.

Y nada, Diana. Si no podemos tener una cuenta en el banco.

¿Cómo vamos a cerrar una venta?

Yo esperaba tener un poco de tiempo para organizar las cosas.

¿Qué no has entendido, Adela? Sin clientes nos quedaremos sin nada.

Ya lo he oído, Diana. Pues eso.

Eres la mayor. Deberías ir tú.

Que te he dicho que no.

Pues entonces iré yo.

Pero que no va a servir de nada, Diana.

De menos servirá quedarse aquí de brazos cruzados.

(SUSPIRA)

(Teléfono)

Tejidos Silva. -Quiero hablar con don Fernando.

-Ah, don Germán. No, pues no está.

"Se ha ido de viaje". -¿De viaje?

¿Y se sabe cuándo volverá?

-"Eso no se lo puedo decir yo, don Germán. No lo sé".

-¿Y nuestro pedido? -"Estamos preparándolo".

-Benjamín, llevamos más de un mes esperando este pedido.

Tendré problemas con las clientas. Y si eso pasa, les haré responsables.

-Le prometo que estamos acabando de prepararlo.

Lo tendrá antes de lo que cree.

-Está bien. Espero su llamada. -"Está bien, don Germán. Adiós".

-¿Qué te ha dicho? -Que nos la servirán pronto.

-¿Pronto? Si llevan más de un mes de retraso.

Y tú te lo crees. Si no velas por nuestros intereses,

ya podemos colgar el cartel de liquidación por cierre.

Porque este Fernando por nosotros no va a mirar.

-Ten un poco de paciencia.

Es la primera vez que se retrasan tanto.

-Lo sé, y por eso estoy tan enfadada.

Si pagamos a tiempo, que se nos sirva a tiempo.

Para el vestido de la cacatúa de Dolores Loygorri

sí que tuvieron género.

-Uy. -Buenos días.

Buenos días, doña Dolores.

Qué alegría verla por aquí. Hace un rato alabábamos su gusto.

-¿En qué podemos ayudarle? -Buscaba telas para un nuevo vestido.

-¿Algo en concreto?

-Si me puede enseñar lo que tenga de la fábrica de mi consuegro.

-Claro. Germán, saca todo lo que tengamos de los Silva.

-Sí, ahora mismo.

-¿Y qué tal la fiesta de compromiso? Se comenta que fue todo un éxito.

-La niña iba divina. Llamaba la atención de todo el mundo.

Ya saben lo que dicen: la tela importa, pero la percha manda.

Y la verdad, las hermanas Silva son unas bellezas.

-No todas pueden decir lo mismo.

-Aquí lo tenemos.

Tenemos esto por aquí.

Buenas tardes, señoritas. -Buenas tardes.

-Pasen.

Quién pillara una de estas, ¿eh, Miguel?

-A Miguel no le hace falta mirar a esas señoritingas.

Tiene suficiente conmigo.

-Petra, hasta que estéis casados aún te puede cambiar.

-¿Te hace mucha gracia? -Eh, que yo no dejaré a nadie.

¿Cómo se llama el cliente?

-Don Aurelio Buendía.

Tiene un negocio de mesas de juego. Sobre todo billares.

En Barcelona. Y viene a encargarnos el tapete que cubre las mesas.

¿Y en la fábrica hacemos ese paño? De momento no.

Pero su padre dice que hay que abrirse a nuevos pedidos.

Ese paño es muy caro,

y don Aurelio vende mesas de juego a los mejores casinos del mundo.

Es nuestra tabla de salvación.

Don Aurelio, las hijas de don Fernando.

La señorita Diana y la señorita Adela.

-Vaya. ¿Son las seis tan hermosas como ustedes dos?

-Gracias por el cumplido, señor Buendía.

-En alguna ocasión su padre me habló de ustedes.

Siempre con mucha devoción. -Nos adora. Como nosotras a él.

-Si no mandan otra cosa, yo me bajo. -Claro, Benjamín.

-Pues menos mal que han aparecido ustedes. Se me hacía larga la espera.

¿Y su padre?

¿Ha olvidado nuestra cita? -No, claro que no.

¿Entonces? No es que no me resulte grata su compañía,

pero tengo poco tiempo.

Pasado mañana vuelvo a Barcelona. Entendemos su premura,

pero lo cierto es que mi padre... -Está de viaje.

Sí. Un viaje imprevisto.

-¿Un viaje imprevisto? Llevamos semanas preparando este encuentro.

Lo sabemos, don Aurelio.

Y lo último que querría mi padre sería importunarle.

Por eso nos ha enviado aquí.

Esto tiene que ser una broma.

-No, claro que no. -Lo que me faltaba por ver.

Que las mujeres crean que pueden hacer

lo mismo que los hombres.

Váyanse a casa, señoritas, y aprendan a cocinar

para sus futuros maridos. -¿A qué viene ese desprecio?

-No quiera que le conteste. Este viaje ha sido inútil.

Su padre me ha hecho perder el tiempo.

Encantado de conocerlas, señoritas.

Don Aurelio.

Aunque no lo crea, no encontrará una fábrica mejor que esta.

Lo sabía. Este tipo es un cretino.

Pero abre los ojos, Diana.

La mayoría de los clientes de la fábrica son como don Aurelio.

No querrán negociar con mujeres. ¿Y qué pretendes?

¿Que nos rindamos antes de empezar?

No. Si no quieren negociar con mujeres,

buscaremos un hombre que negocie por nosotras.

De verdad que no os entiendo.

Si él no quiere tratar con vosotras, ¿cómo pensáis hacerlo?

Porque tendremos a alguien que cierre los tratos con los clientes.

Buscaremos a un hombre que dé la cara, y diremos que lo eligió padre

porque él tenía asuntos que atender en... en ultramar.

¿Otra mentira más, Adela?

No quiero seguir mintiéndole a Rodolfo.

No pienso formar una familia así.

Pero si ya lo has hecho, Blanca.

Y por una buena causa: nuestra supervivencia.

Y a día de hoy, tu familia, que yo sepa, somos nosotras.

Yo no estoy de acuerdo.

Podemos dirigir nosotras la fábrica sin intermediarios.

Es solo cuestión de tiempo.

Tiempo que no tenemos. -¿Y quién será ese hombre?

Eso todavía no lo sabemos.

-En caso de contratar a un hombre, deberá ser alguien que conozcamos.

Bien relacionado y con don de gentes.

-Salvador Montaner.

-Elisa. -Que no es porque sea guapo.

Pero todos hablan de lo inteligente que es y de cómo hace negocios.

En eso tiene razón. -No me lo puedo creer.

-Dices que necesitamos a alguien con don de gentes, ¿no?

¿O también soy demasiado niña para participar en estas decisiones?

-A mí me parece buena idea.

Acaba de llegar, y no está en ningún otro negocio.

Seguramente busque ocupación. -Las referencias no son las mejores.

Las profesionales sí.

-Votemos. ¿Las mujeres podemos votar?

En esta casa, desde hoy, sí.

Votos a favor de que Salvador sea nuestro hombre.

-¿Sabéis cómo localizarle?

-Es amigo de Rodolfo. Él sabrá cómo localizarle.

No, por favor.

(RODOLFO) Quiero viajar a Londres. En un mes, seguramente.

He hablado con el presidente del Banco de Escocia.

Fue casualidad conocerle la semana pasada.

Y si todo va como espero, firmaremos con ellos un acuerdo de colaboración.

Sería una publicidad fantástica para nosotros.

Sí.

Estoy seguro.

Cristóbal, una pregunta.

¿De verdad no te importa nada lo que te cuento?

Rodolfo, por favor, hombre. El banco lo llevas tú.

Confío en ti, y te apoyo en todas las decisiones que tomes.

Si quieres hacer negocios con el Banco de Escocia, tocamos la gaita.

(RÍE) Qué ocurrencias tienes.

¿Quieres una copa? No, gracias.

Oye, podrías venirte conmigo.

Podríamos ir a las carreras de caballos y quemar el casino

como despedida antes de casarme. Me han dicho que las británicas,

con cuatro copas de champán te regalan sus islas y sus islotes.

Ya. Bueno, entre el hospital y la consulta no tengo mucho tiempo.

Ya. No tienes tiempo ni para buscarte una esposa.

A este paso vas a matar a tus pacientes de aburrimiento.

No empieces como madre.

No te quejes, que desde que está ocupada conmigo, te dejó en paz.

A veces parece que no la conoces.

Tienes razón. Esa mujer tiene tiempo y fuerzas

para perseguirte a ti, a mí y a la mitad de la tuna de Santiago.

Menuda es. La paciencia que tendrá que tener don Fernando

con ella en la boda. Guau.

Hermano.

Quiero hablar contigo.

Claro. Dime.

-Espere aquí un momento, señorita Blanca.

Tranquila, entro a ver a los señores.

Pero antes, ¿puede ayudarme con el sombrero?

Por supuesto, señorita.

-¿Es Blanca? Sí, eso parece.

¿Qué querías contarme?

Eh... nada, que... en el hospital se han empeñado este mes

en organizar una gala benéfica, y han pedido

si podemos colaborar con una pequeña aportación.

No es... Con ese corazón que tienes,

salvarás el mundo pero nos arruinarás a todos.

Lo sabes, ¿no? Rodolfo.

Cuenta con ello. Blanca, cariño.

No te esperaba. Lo sé.

Es que necesitaba hablar contigo.

Bueno, os dejo solos.

No, no importa, Cristóbal.

¿Va todo bien? Sí.

¿Qué tal tu padre? Bien.

¿Bien? Eh... sí.

Tanto es así que ha decidido partir a primera hora de viaje.

Me alegro, pero me sorprende, después de lo que me dijiste ayer.

No te imaginas lo que me sorprende a mí.

Va a resultar que no eres tan buen médico como piensa tu madre.

Bueno, ya conoces a mi padre. Es muy testarudo.

Y... no pudimos decirle que no.

Sí. Don Fernando siempre tuvo carácter.

¿Y se ha ido por mucho tiempo?

Bueno, tiene negocios que cerrar en América.

Lo que tarde en cerrarlos. Tampoco me ha contado mucho.

Ya. Y yo no me entero demasiado

de las cosas de hombres.

(CARRASPEA) Me voy al hospital. No quiero llegar tarde.

Blanca, ¿te preocupa algo? No.

¿Qué pasa, que echabas de menos a tu prometido?

No sabes cuánto.

¿Estás segura de que no podemos casarnos mañana mismo?

Rodolfo, tu madre volverá en cualquier momento.

No. Seguro que hoy tarda.

Estará pavoneándose de nuestra fiesta de compromiso.

Todo Madrid estará hablando de ella. De ella y de Salvador Montaner.

Creo que fue el rey de la fiesta.

Nos destronó a los dos.

Salvador siempre es el rey de la fiesta.

No sabía que fuera tan amigo tuyo. Estudiamos juntos en el Liceo.

¿No te lo había dicho? No.

Pero ya me han informado de todo. O de todo salvo de dónde vive.

Creo que vendió la casa de sus padres.

Por un buen dinero, además. Ahora vive en el Hotel Excelsior.

Pero ¿por qué tanto interés por Salvador?

No, no. No me digas que alguna de tus hermanas se quedó prendada de él.

¿Me meto yo en vuestros asuntos de hombres?

Es verdad. No hago más preguntas.

Pero supongo que no has venido para hablar de Salvador Montaner.

Por supuesto que no.

Blanca tarda demasiado. Quizá Rodolfo se percató de todo.

O Cristóbal lo ha contado. -Dejad de ser agoreras y esperad.

¿Dónde está Elisa? Arriba,

he conseguido que se acueste a descansar.

(Se cierra una puerta)

Señorita Adela, tiene usted que venir.

¿Qué sucede, doña Rosalía?

(SUSPIRA) Don Ricardo Silva, su tío, está en la puerta,

dice que quiere ver a don Fernando.

-¿Qué hacemos? -Lo que dijimos,

mantener ante todos que está de viaje

y no sabemos cuándo volverá. Quedaos aquí.

Doña Rosalía, llévelo al despacho de padre, por favor.

Viene con un hombre. El hombre que se quede fuera.

Hablaré con él, solamente con él. No le va a gustar

que no le permitamos entrar con su acompañante.

Apáñeselas como sea, por favor. Ah...

Ricardo no me soporta, nunca me soportó,

pero haré lo que pueda.

-¿Por qué no quieres que te acompañemos?

Porque soy la hermana mayor.

No deberíamos haber llevado a... ¡Francisca!

La estamos poniendo más nerviosa.

¿Qué es lo que decía madre cuando teníamos problemas?

-Que sonriéramos,

que todo se veía de otra manera. -Pues eso.

Sonreíd.

No puedo.

¿Y esta descortesía?

-Cuando no hay un hombre en la casa,

no está bien que entren extraños. -Basilio es mi secretario.

-Para mí es un extraño,

debo velar por estas niñas mientras su padre esté fuera.

-¿Fuera? -Sí,

fuera.

Está de viaje. -Ah.

En otros tiempos no eras tan arisca, Rosalía.

-No sé a qué tiempos se refiere, señor.

Tío Ricardo.

Vaya.

Supongo que uno no se da cuenta

de la cantidad de tiempo que ha estado fuera

hasta que se enfrenta a una evidencia como esta.

Tú debes ser Adela. Claro que sí, tío Ricardo.

¡Ah! Doña Rosalía,

Elisa necesita que la ayude con algo en su cuarto.

Ah, claro que sí. Subo enseguida.

Estaba segura de que algún día volvería.

Aquí estoy. (RÍE)

Han sido demasiados años fuera.

Venía a ver a tu padre.

Está de viaje.

Ya, ya, ya, me lo ha adelantado Rosalía.

Sorprendente, había quedado en verle hoy aquí.

Si es tan importante, como parece por su tono de voz,

me lo puede decir a mí. (RÍE)

¿Sabes? Tengo la impresión de que tu padre me está rehuyendo.

Piense usted lo que quiera,

pero es muy tarde y, y, si no va a decir

lo que tiene urgencia en hablar, mejor se marcha.

¿Así me recibe mi sobrina favorita después de tantos años?

(RÍE)

Tío, le conozco,

mi madre me habló de usted, doña Rosalía me habló de usted,

incluso, mi padre me habló de usted.

¿Qué quiere?

Nada de falsos cumplidos, nada de irse por las ramas, ¿eh?

Eres una Silva, de eso no hay duda.

Iré al grano:

Llevo muchos años preparando mi vuelta

y, aunque tu padre le haya dicho a todo el mundo

que la fábrica es suya,

no es verdad. Ah...

Sigo manteniendo mi porcentaje.

¿Qué es esto?

Hubiera querido hacer las cosas de otra manera, pero no es posible.

Tu padre ha tenido de todo en la vida,

yo solo tengo dinero,

dinero que conseguí ganarme lejos de mi hogar,

él me quitó lo que más quería,

pero no va a conseguir que renuncie a Tejidos Silva.

Si me permites.

(Portazo)

¡Oh!

Adela tiene el encanto suficiente

como para convencer a cualquiera, pero a mí no.

-¿A qué se refiere?

-No creo que mi hermano se haya marchado de viaje.

No quiere dar la cara.

-¿Y por qué no? -Porque sabe que tiene

todas las de perder. Yo sé por qué estoy aquí,

y él también lo sabe.

-¿Qué te ha dicho? ¿Todo está bien?

El tío Ricardo ha demandado a nuestro padre.

Blanca, querida, no te esperábamos,

¿o es que a mi hijo se le olvidó informarme de tu visita?

Es que estaba haciendo recados, siento presentarme sin avisar.

No te apures, estás en tu casa. ¿Cómo está tu padre?

Precisamente se lo contaba a Rodolfo.

Cuánto me alegro, dale recuerdos de mi parte.

Me viene de perlas que estés aquí,

pensaba llamarte para hablar contigo.

¡Engracia! He estado hablando

con el padre Cosme de la fecha de vuestra boda.

Tráiganos café. -Muy bien.

-No le gusta a usted organizar ni nada, madre.

-Si no es por mí, a saber cómo habría salido la fiesta ayer.

Siéntate. Claro, si no queréis

que me ocupe de nada, no tenéis más que decirlo.

No le haga caso, doña Dolores.

Y, cuénteme, ¿qué le ha dicho el padre Cosme?

Gracias a Dios esta mujer te guiará tan bien

como guié yo a tu padre. Me dijo que apenas quedan fechas

para el siguiente verano. Nosotros nos casamos en otoño

y no os lo recomiendo. Los tres días anteriores a la boda

estuvo lloviendo sin parar un segundo.

Todos los días llevaba una docena de huevos

a las monjas de Santa Clara para que rogasen por mí.

Afortunadamente, no cayó una gota, pero la angustia que yo pasé

no se la deseo a nadie. En cambio, en verano,

en Madrid hace un tiempo fabuloso.

-Yo os dejo con vuestras cosas, ¿eh?

Estaré en el despacho. -Bueno...

Ya verás, va a ser una fiesta de las que marcan época.

(RÍE)

Me siento fatal por engañar a Rodolfo

y doña Dolores hablándome de la boda.

Blanca, la boda tardará meses.

Y no tenemos que quedarnos para vestir santos

aunque padre ya no esté. ¿Has averiguado algo de Salvador?

Sí, Salvador Montaner se aloja en el Hotel Excélsior.

Dice que vivir en un hotel le hace sentir más libre.

Cada palabra suya demuestra mi teoría

de que no es el candidato adecuado.

¿Quién en sus cabales haría eso?

-Diana.

-Ya, ya, hemos votado, ya.

Será mejor que hable yo.

Operadora, necesito que me comunique

con el Hotel Excélsior, con el Sr. Salvador Montaner.

Sí, espero.

¿El Sr. Salvador Montaner?

Le sorprenderá mi llamada, soy la hija mayor

de don Fernando Silva, Adela Silva.

Nos conocimos en el compromiso de mi hermana Blanca.

(RÍE) Sí.

Queríamos proponerle un tema importante,

muy importante.

No, negocios.

Pues si pudiese venir esta misma tarde...

Ajá.

Nuestra dirección es...

Ah, muy bien.

Sí, pues aquí le esperamos.

Ah.

¿Y?

Pues eso, que viene para aquí.

Oh... ¿Así de fácil?

Nada es fácil, ahora tendremos que convencerle.

A lo mejor es un hombre muy ocupado.

-Un hombre ocupado no aceptaría una cita con tan poco tiempo.

-Disculpen, el Srto. Loygorri desea hablar con la Srta. Blanca.

¿Rodolfo? Pero si acabo de estar con él.

No, no se trata de su prometido, sino del doctor,

don Cristóbal. Diga que no estoy.

¿Estás loca? Debes hablar con él.

¿Y qué le digo? ¿Que le hemos engañado?

Si ha venido a verte será que tendrá algo que decirte.

¿Dónde está, doña Rosalía?

Parece muy nervioso, ha pasado al jardín,

dice que le espera allí tomando el fresco

que buena falta le hace. Eso ha dicho.

Me pediste 24 horas,

y solo pretendías ganar tiempo para engañarme.

Lo siento. ¿"Lo siento"?

¿Y ya está?

No me sirve de mucho una disculpa, ¿qué esperáis que haga?

¿Que me calle?

Cristóbal, tú no tienes nada que ver con todo esto,

nosotras nos encargaremos de todo por nuestra cuenta y riesgo.

Tu carrera no está en peligro. No mi carrera, pero sí mi palabra.

Estoy engañando a mi familia y a quien me pregunta por tu padre.

Quiero a tu hermano.

Te juro que lo quiero más que nada en el mundo

y, en parte, esto lo he hecho por él.

Si le quieres como dices empieza contando la verdad.

No puedo. ¿Ves que no me disteis opción?

Me hiciste una petición, dije que no

y habéis dado por hecho que guardaría silencio.

Porque eres un buen hombre,

probablemente, el mejor que conozco,

y sabes lo mucho que queríamos a mi padre

y lo duro que ha sido tomar una decisión así,

pero, si no o hacíamos, nos podíamos quedar en la calle.

¿Y qué crees que hubiese hecho tu madre

si nos hubiésemos quedado sin nada?

Creí que me conocías mejor, Blanca.

A mí no me importa el dinero. Te pido, por favor, no digas nada.

(SUSPIRA)

Cristóbal ya se ha ido.

Le estamos pidiendo demasiado.

¿Nos va a delatar? No lo sé.

¿Pero qué te ha dicho?

Pues que le estamos engañando,

que es muy grave lo que estamos haciendo

y que por qué creemos que no nos va a descubrir.

Porque si lo hace y se descubre nos procesarán.

¿Y si no lo hace? ¿Hasta cuando lo mantendremos?

Cálmate, por favor. Yo no podré soportar esta angustia.

Blanca, Cristóbal no nos va a delatar.

Tenemos tiempo de pensar qué hacer

mientras nos ocupamos de la fábrica.

(Timbre)

Ese sí debe ser él, avisad a Elisa.

-Buenas tardes. Pase usted. -Buenas tardes.

Soy Salvador Montaner.

-¿Y qué desea el señor?

-Vaya, creo que me he equivocado de casa.

Buscaba el domicilio de don Fernando Silva.

-Aquí es, señor, no se ha equivocado.

-Claro que sí, me dijeron que vivían

seis bellezas femeninas en esta casa,

pero veo que viven siete.

(RÍE DE FORMA NERVIOSA)

-¡Ay, señor, qué cosas dice!

-¿Podría avisar a sus señoritas

de que ya he llegado? (RÍE)

-El oporto inmejorable

y la compañía no puedo calificarla,

no saben la de hombres que me envidiarían

si supieran que tengo a las hermanas Silva enfrente.

Debo reconocer que cada minuto que pasa

me intriga más el motivo por el que me llamaron.

-Es un asunto de negocios. -Eso me lo dijo su hermana.

Queríamos saber si le interesaría participar en el nuestro.

¿Tienen un negocio? -¿Le extraña?

-No es muy propio de señoritas,

aunque debo reconocer que las Silva no son corrientes.

(RÍEN) -¿Y de qué negocio se trata

exactamente? Es la fábrica textil

de nuestra familia.

¿Y hay algún motivo por el que su padre no esté aquí?

(TODAS) No. -Está de viaje.

-¿De viaje? -Sí.

-¿Y las ha dejado al cargo?

(RÍE) Pues menudo valiente.

-Es usted un arrogante y un cretino.

-¿Me han convocado aquí para insultarme, Srta. Silva?

Créame que esto no me había sucedido nunca.

No, por favor, necesitamos a alguien se encargue

de la fábrica mientras nuestro padre está de viaje.

Nuestro padre pensó que quizá a usted,

dado su currículum y su buena relación

con la familia del prometido de mi hermana, le interesaría.

-Nuestro padre se equivocaba.

-¿Me están proponiendo dirigir la fábrica de su familia?

-No acepte, no es negocio para usted.

-Creía haberle dicho

que me gustaban los retos difíciles.

¿Ha dirigido alguna vez una fábrica?

Lo cierto es que no, nunca he dirigido una,

pero sé algo de telas. Fui importador de telas en Italia,

realicé tres veces la ruta de la seda.

-¿Y qué tal le fue? -Mal,

en un principio.

Los tres barcos que había fletado para traer la seda a Europa...

...naufragaron. Vaya...

¡Qué buenas expectativas! -Como le decía,

eso fue en un principio,

porque después conseguí que el seguro corriera

con las pérdidas y, con ese dinero,

compré dos barcos que ahora surcan los mares

con cargas de Oriente a América.

-¿Sabe lo que pienso?

Que, además de arrogante, es usted un fanfarrón.

(SUSURRA) ¡Diana! -Y que lo que dice es mentira.

-¿Pues sabe lo que opino yo?

Que si me han llamado sin conocerme de nada

y para verme de manera inmediata,

es porque realmente me necesitan,

pero como es usted muy orgullosa para reconocerlo,

creo que lo mejor es que me marche. No, por favor, no se marche.

Srta. Silva, claramente su hermana tiene

otros candidatos más interesantes,

y yo estoy muy ocupado. Espero que tengan suerte.

-Aceptaré que soy una orgullosa

si usted demuestra que todas esas habilidades

de las que presume son ciertas.

-Aceptará que es una orgullosa

y, esas habilidades de las que hablo, créame,

superarán sus expectativas.

¿Cuándo empezamos?

-El cliente se llama don Aurelio Buendía

y tiene una fábrica de mesas de juego

Fundamentalmente, construye billares.

Quiere encargarnos los paños que cubren esas mesas a la fábrica.

Al parecer, solo estará esta noche en Madrid.

-¿Aurelio... Buendía?

¿Le conoce? ¿Que si le conozco?

Le desplumé en una partida de póquer en Montecarlo,

le dejé sin un real. (DIANA SUSPIRA)

-Sabía que esto no era una buena idea.

¿Y cree que después de eso

querrá hacer negocios con usted? Señorita Silva,

he cerrado más negocios en casinos que en oficinas y restaurantes.

Hágame caso, los jugadores no recuerdan cuándo pierden,

solo cuando ganan.

Mañana le llamaré con un contrato en las manos.

Ahora necesitaré documentación de su empresa.

-¿Para qué? -Para ganarle la apuesta.

-¿A qué viene tanta prisa? -¿Dónde te habías metido?

Llevo media hora esperando. -Suena a problemas, me voy.

-No, es un asunto de negocios. -La última vez que me pediste ayuda

Purificación casi me echa de casa. -Por favor, déjame hablar.

-Eso es lo más peligroso, que hablas de tal manera que,

al final, acabo metido en un lío. -No puedo recurrir a nadie más.

Tú eres mi abogado y mi mejor amigo.

(SUSPIRA) Desembucha, anda.

-Necesito que me lleves a localizar a don Aurelio Buendía.

-¿Aurelio Buendía? No me suena. -Tiene un negocio

de mesas de juego, vive entre Barcelona y Londres,

es un jugador empedernido. (RÍE) Deberías ser tú

el que diga cómo encontrarle. -Llevo tiempo fuera,

tú conoces a todos, pregunta. Por lo que sé,

no es de quedarse en hoteles leyendo,

le gusta la diversión, le conocí en un casino.

-Salvador, no pienso mover un dedo hasta que no me digas qué quieres.

¡Ah, no, espera, ya lo tengo! Tiene una hija que quieres seducir.

-No, esta vez es un asunto de negocios.

No tiene ninguna hija. -¿Seguro?

Mira que me extraña porque, si no hay una dama de por medio,

no te levantas de la cama. -Hay seis damas por en medio.

-¿Cuántas? -Esa historia ya te la contaré.

Ahora ayúdame a encontrar a ese hombre.

-Bueno, no tenemos nada más que perder, ¿no?

(SUSPIRA) -No, sobre todo si es igual

de encantador con los hombres que con las mujeres.

-Sí, seguro que cerrará el negocio sacándolo a bailar.

-¿Y tú?

¿Qué haces así? ¿A qué hora viene don Luis a buscarte?

Debe de estar a punto de llegar,

pero le he dicho a Merceditas que... que le diga

que me siento indispuesta. ¿No vas a ir?

Pues claro que no.

Lo último que me apetece es asistir a un concierto.

Si no vas, don Luis sospechará.

Sabe que querías ir por encima de todo.

Hemos de tratar de seguir con nuestra vida normal,

para que nadie sospeche. Ya no tendremos una vida normal.

Pero todos deben pensar que la tenemos.

Y, si yo lo he hecho con Rodolfo, tú seguro podrás hacerlo con él.

Francisca, vístete, si no, vas a llegar tarde.

(Teléfono)

(Teléfono) -Muy bien tuvo que ir

para acabar tan pronto. Bueno, quizás no sea él.

¿Y quién si no? -Eh, Srta. Adela,

¿puede usted venir, por favor?

¿Qué sucede, doña Rosalía? Acaba de llamar el sacerdote

del pueblo donde enterramos a su padre, dice que

necesita el certificado de defunción.

-¿Para qué? -Pues eso no lo ha dicho,

pero si no se lo llevamos, exhumarán el cuerpo de su padre.

(Canción de vodevil)

(Murmullo)

-¿Le importaría que compartiéramos mesa?

-Por supuesto que no, siéntese.

(Canción de vodevil)

(Aplausos)

Perdone, ¿nos conocemos?

-Nos conocimos en el casino de Montecarlo.

Salvador Montaner. -¡Sr. Montaner, qué alegría verle!

Le invito a una copa.

¿Qué le trae por aquí? -Volví a mi tierra hace tiempo,

me cansé de dar tumbos por el mundo.

-Sí, yo sigo viviendo en Londres,

aunque allí uno se muere de aburrimiento.

¿Cuántos años han pasado? -¿Aquella mítica noche

en Montecarlo en la que me dejó sin blanca?

Casi ya cuatro años. -Cómo pasa el tiempo.

No me guardará rencor, ¿no?

Fue una gran partida, las cosas del póquer son así.

-Poco más y me deja sin pantalones. (RÍE)

-La fortuna no estuvo aquel día de mi parte,

¿estará hoy?

-¿Hoy? -¿Qué le parece

si jugamos la revancha?

Creo que me la debe.

Es de caballeros dar al adversario la oportunidad de jugar de nuevo.

-Me parece...

...que no puedo tener un plan mejor para esta noche

después del día que he pasado.

Adelante con esa revancha.

-Camarera. -¿Sí?

-Una botella de coñac. -Marchando.

Enrique, llégate al almacén y tráete dos botellas

de coñac del bueno que, entre estos dos y los mirones,

esta noche hacemos la semana. -Del bueno ya no queda, Antonia.

-¿Y qué más da? Pues trae del malo,

a la tercera copa estos ni se enteran.

Tira, venga, va.

-Voy.

-Creo que es muy tarde,

prefiero acelerar un poco la partida.

-¿Y qué piensa hacer?

-Voy con todo.

-¿Con todo? -Sí.

-Ya lo ha visto.

Eso no cubre la apuesta.

-Supongo que se fiará de mí.

-Mi difunto padre

siempre decía que, en el amor y en el juego,

no debe uno fiarse de nadie.

-Entonces tendré que retirarme.

-Le hago una propuesta.

Cubra la apuesta con el contrato

que pretendía firmar con Tejidos Silva.

-¿Perdone? ¿Qué sabe usted de eso?

-Trabajo para don Fernando Silva,

¿no se lo había dicho?

-Es usted un pozo de sorpresas, Sr. Montaner.

-Si gano,

el contrato será para la fábrica;

si pierdo,

no volveremos a vernos, se llevará mi dinero

por segunda vez y los paños para sus billares

se los harán en otro lugar.

-Es una locura.

-Qué aburrida sería la vida

si no cometiéramos locuras de vez en cuando.

-Está bien,

cubro la apuesta.

Lo siento, que no he sido la mejor acompañante del mundo.

Francisca, tú eres la mejor acompañante siempre,

y más para una velada como la de esta noche.

¿Me tuteas?

¿No debería hacerlo tras una magnífica noche en la ópera?

Aunque, la verdad, lo siento, porque parece

que no has disfrutado mucho de la representación.

No, sí que he disfrutado, y mucho.

No has parado de llorar. Porque estaba muy emocionada y...

Francisca, ¿de verdad estás bien?

Que sí, que sí, por supuesto que sí.

De verdad, gracias por haberme llevado a ver "La Traviata",

podemos incluirla en el repertorio de las clases.

Hay momentos que puedes cantar sin esfuerzo.

¿De verdad lo dice?

¿No habíamos quedado en tratarnos de tú?

Ay, perdóname, que se me olvida.

Muchas gracias por esta noche.

¿Otra vez te vas a poner a llorar?

Hay mujeres a las que la tristeza les sienta como un guante.

Eh, Luis, mis hermanas estarán preocupadas...

Por supuesto. Mañana vendré a darte clase.

Recuerda practicar escalas y ejercicios de armonía.

Muy bien. Hasta mañana. Hasta mañana,

Violeta.

(TOCA EL TIMBRE)

Inesita, gracias.

¿Cómo ha ido?

Muy bien.

¿Ha llegado ya Salvador Montaner?

Todavía no.

¡Ya viene! Sin correr, Elisa.

(Timbre)

Deja, Inesita, que ya abro yo.

-¡Buenas noches! -Buenas noches.

Me estaban esperando. -Sí, por favor, pase al comedor.

-Buenas noches. Buenas noches.

Lo sabía.

-Entonces habrán puesto el champán a enfriar.

¿Ha aceptado?

Por supuesto. ¡Ah!

(RÍEN) Merceditas, haz el favor

de traer unas copas.

-Espero que no nos arrepintamos de esto.

De momento ha salido todo bien,

ha conseguido el contrato.

Dale una oportunidad.

Le he dado más de una, créeme.

-Está claro que tuve suerte. -Pero no hace más que confirmarme

que lo que le interesa son las mujeres y las fiestas.

-Yo estaba completamente segura de que lo conseguiría.

-Se agradece la confianza.

(TODAS) ¡Uh! (RÍEN)

-Esto sí es brindar. Vamos, Diana, toma una copa.

Una gotita.

-Alcen esas copas. (RÍEN)

-Por mi primer trato en Tejidos Silva.

(RÍEN)

-Si hubiera apostado ese collar de perlas

a que no triunfaría,

lo hubiera perdido.

-Qué fácil le ha resultado.

Le felicito. -Don Aurelio solo ha puesto

una condición, algo sencillo,

firmar con vuestro padre.

Brindemos por ello.

-Brindemos.

Don Aurelio tardará unos días en enviarnos el contrato.

A mí lo que me preocupa ahora es la demanda del tío Ricardo.

No podemos estar de brazos cruzados.

-¿Y qué sugieres que hagamos? -Llamar a un abogado.

-Montaner es abogado. Pidámosle consejo.

Les estás mintiendo, ¿cuánto tardarán en averiguar

que no eres abogado? -Ser mi amigo no te da derecho

a torturarme de esta forma. -Solo digo la verdad,

no saldrás bien de este lío. -Quiero demostrar que valgo

para los negocios. Vengo a hablar de la demanda

que le puso a mi padre. Cualquier tema legal háblelo

con nuestro abogado. Un abogado, vaya.

Nos asesora y nos ha dicho la mejor manera para defendernos.

Mi padre no quiere volver a hablar con usted, nunca.

Mi sobrina Adela me dio su misiva,

sabe que los juicios son largos, tediosos y caros.

-Le recuerdo que fue usted quien puso la demanda.

-Mi hermano no me dejó otra salida,

pero ahora que es director quizá la haya.

-Conozco a Montaner, es cliente del café de mis padres.

Un señorito, como todos. -No podemos quejarnos,

tenemos trabajo, es importante. -Aguantamos lo que pudimos,

es hora de hacer algo. -No me dijeron la verdad.

Nunca hubiera aceptado a trabajar con ustedes

si sé que la fábrica está así. -No sé de qué está hablando.

-De un negocio que puede pagar a sus trabajadores,

de una revuelta, de una huelga.

-Hemos trabajado semanas con la promesa de recibir el sueldo.

-Yo le entiendo. -No diga eso y no nos insulte.

-Solo queremos cobrar nuestro jornal.

-Y solo trabajaremos cuando tengamos lo que se nos debe.

(TODOS) ¡Huelga, huelga, huelga!

-Tal y como quedamos, entonces,

una parte ahora y el resto cuando la fábrica esté cerrada.

¿No te fías de mi palabra? -No es personal, don Ricardo,

simplemente no me fío de nadie con el apellido Silva.

Esto es el fin de la fábrica, ¿qué va a ser de nosotras?

Nosotras sustituiremos a los trabajadores en huelga.

-¿Sustituiremos cómo? -Trabajando, ¿cómo va a ser?

(RÍEN)

Hermana, esto sí es una locura. ¿Los habéis revisado bien?

-Lo he probado todo, pero no da resultado.

Llevamos toda la mañana y no avanzamos.

-El pedido hay que entregarlo a tiempo.

-Es imposible. -La solución está en este libro.

-¿Por qué no lo han leído? -Porque no hemos podido,

a algunos nos cuesta en español, imagine en inglés.

-Para nosotros quizá resulte indescifrable, pero...

-¿Y para quién no? -Para nuestra hermana Celia.

Necesitamos que traduzcas el manual de una de las máquinas,

así sabremos cómo funciona y podremos hacer el pedido de paños

para los billares. -Necesito ayuda,

alguien con experiencia. -¡Petra! Claro, señorita.

-Buenas. -Confiamos en vosotras dos

para llevar a cabo este pedido. -Lo haremos, ¿verdad, Petra?

-Claro que sí, señorita. -Srta. Adela.

¿Cómo le va la tienda? Bien, la tienda muy bien.

Salude a su mujer de mi parte. Sí.

Srta. Adela, me alegra mucho volver a verla por aquí.

-Ahora busco otro proveedor. -Carolina, nuestra clientela

siempre ha apreciado los tejidos Silva,

que la empresa pase por un bache no significa que no cumpla.

-Donde tú ves un bache, yo un pozo negro.

-No quiero acabar así una relación profesional

tan buena y de tantos años.

No deberíamos acabarla, quiero decir...

Que entiendo su posición,

habría hecho lo mismo en su situación.

-Lo hubiera hecho, pero de otra manera.

¿Nunca has pensado en otros hombres?

(RÍE) No.

Pues deberías, porque eres muy guapa y muy joven.

Creo que podrás volver a casarte.

Podría. Como yo veo la situación,

tenemos dos opciones... Comprarlas en otra tienda

y vendérselas a Carolina como de Tejidos Silva,

o incumplimos la palabra y los perdemos como clientes.

-Mercedita, yo quiero muchas cosas.

-¿No estará pensando en el Sr. Montaner?

-Tengo una gran idea y necesito tu ayuda.

-La Srta. Elisa no va a bajar. -Si no hemos dicho nada.

-Sé que vienen a buscar a su amiga.

Si suben, les contagiará lo que tiene.

-Te pones roja como un tomate, eso es que mientes.

-Ya me lo decía mi madre:

"Mientes mal y eso no es bueno". -Carlitos, vamos.

-¿Adónde? -A buscarla.

-Me gustaría invitarle a la próxima puesta de largo

de Sofía Álvarez. Si vengo a invitarle en persona

es porque creo usted no puede faltar a dicha ceremonia.

-Salvador Montaner ha roto un nuevo corazón.

-Bernardo... -No te preocupes, deberías estar

más que acostumbrado. -Elisa es una niña.

-Que quedó prendada de un galán, no te quites culpa.

-Te romperá el corazón como sigas intentándolo.

-Padre ha muerto y no eres nadie para decirme

lo que tengo que hacer. Tomaré mis propias decisiones.

-¿Piensa que podría sentirme atraído por una niña?

-No quiero que sufra cuando sepa que no es el hombre ideal.

-¿Sabe?

Es una lástima que nunca le hayan dicho palabras de amor.

-Quiero una clientela que aprecie un espectáculo

y no solo el escote. -No es fácil buscar sustituta

con lo que pagamos. -El público debe sentir

que se canta con la naturalidad con la que se habla,

así que...

-Perdón, no quería interrumpir.

¿Quién es usted y qué hace aquí?

Soy Gabriel, me ha gustado mucho lo que cantaba.

-¿Tú sabes de una buena cantante? -Fantástica,

la mejor que he oído, vamos. -¿Quién es?

-¿La conocemos? Francisca, tendrás que renunciar

a las clases de canto hasta que resolvamos esto.

¿Sabéis lo que significa la música para mí?

Y don Luis confía en mí, tenemos planes sobre mi futuro.

¿Sobre tu futuro en la música o con él?

No sé qué insinúas. No insinúo nada, te lo pregunto.

¿No quieres dejar las clases o dejar de ver a don Luis?

No seguiré con mis clases de canto. ¿Por qué las deja?

Por mi padre.

Tiene una voz muy bonita y creo que todos deberían escucharla,

y no sé dónde, en el teatro de mi familia.

Están haciendo audiciones. ¿Y por qué piensas que iría?

Usted canta como los ángeles, a la gente le gustaría escucharla.

Estaré allí esta tarde, las audiciones empiezan a las ocho.

Espero verla. Con ese dinero pagaría mis clases

e intentar entrar en el conservatorio.

Es buena razón para hacerlo. Si las coristas ganan tanto,

podría ayudar en la casa, que no vendría nada mal.

No pienses en nosotras, piensa en tu futuro.

-Doña Margarita, esa canción no es muy de café teatro.

¿Te puedes quitar el antifaz para hablar cara a cara?

El repertorio podría cambiarlo un poco si insisten, pero...

Lo de la máscara no es negociable.

Cuatro canciones por noche y los sábados doble actuación.

Y escote, de nada me sirve que cantes bien

si no enseñas un poquito de... Tú ya me entiendes.

-Don Aurelio me dijo que quiere firmar el contrato,

le dije que sin problema.

-Mi padre no vino, el contrato no está firmado por él.

-No debimos trabajar sin el contrato firmado.

Blanca,

creo que no deberías seguir mintiendo a mi hermano.

Cristóbal, no...

Ah, espera, ¿a qué te refieres, hijo?

Lo siento, os he fallado, he fallado a la familia,

a todas, pero no pude hacerlo. ¿Qué ha pasado?

-¡Miguel!

(GRITA) -¿No ve que le está haciendo daño?

-Podríamos ayudarle mejor.

-Hay que taponar la herida para parar la hemorragia.

Me apellido Silva, mis padres, tus abuelos,

fundaron esa fábrica, tengo todo el derecho.

Si quiere guerra, no piense que no lucharemos.

He investigado a Salvador Montaner como pidió.

-Espero que oculte varios secretos inconfesables.

-Salvador Montaner no es quien dice ser.

-¿Qué quieres decir? -Sabía que era un error

contratar a un vividor, espero no volver a verle nunca.

-En ese caso, si volveremos a vernos,

permítame hacer algo que deseo hacer

desde el primer día que la vi.

  • Capítulo 0 - Derechos y deberes

Seis hermanas - Capítulo 0 - Derechos y deberes

22 abr 2015

La capital se ha puesto de gala para celebrar el compromiso de una de las seis preciosas hermanas Silva: Blanca va a casarse con Roberto Loygorri y todo en la familia es felicidad. No saben que un grave suceso dará un giro de 180 grados a sus vidas. Adela, Blanca, Diana, Celia, Francisca y Elisa tendrán que tomar las riendas de la familia y de la empresa textil de su padre si no quieren perder su estatus y la vida que siempre han llevado. Su futuro y sus sueños están en peligro. Pero, ¿cómo salir adelante solas en un mundo donde las mujeres no tienen siquiera derecho a voto?

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