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No recomendado para menores de 7 años Seis Hermanas - Capítulo 156 - Ver ahora
Transcripción completa

Al pedirle ayuda a tu madre en la junta de accionistas,

apoyé abiertamente a las Silva.

Y mucho me temo que me he descubierto ante don Ricardo.

-¿Ante don Ricardo?

¿Te ha dicho algo? -Nada.

-Vamos, Salvador, quizá mi madre no haya hablado con él,

o quizá ni siquiera sabe que lo quieres lejos

de la dirección de Tejidos Silva. -Lo dudo mucho.

-Perdone que le insista,

¿pero no cree que estarían mucho mejor aquí?

Germán tiene su propia casa. Pero es mucho más pequeña.

Pero prefiere que vayamos a su casa.

Estoy segura de que podría usted convencerle

de que se quedara aquí. -Sí, doña Rosalía lleva razón.

Los hombres creen que deciden lo que nosotras sugerimos.

En este caso, yo estoy de acuerdo con Germán.

Creo que es mejor que empezamos solos nuestra vida, desde cero.

Al principio ya dudé de ti,

pero, cuando supe que habías hecho esos informes para doña Dolores,

estabas intentando quitarme mi sitio en Tejidos Silva.

Me quedó claro que recuperaste la memoria

y volvías a estar del lado de mis sobrinas.

-En mi descaro diré que... -Chis...

Si te mantengo a mi lado es porque me resultas de utilidad.

Así que, por muy leal que seas a las Silva,

te aconsejo que me sigas siendo útil a mí,

que además te pago un sueldo.

-¿Sabías que la nulidad matrimonial estaba en trámite?

Ya ha llegado. -¿Ya no soy la Sra. de Rivera?

-No. Y me he casado con Adela Silva.

Carolina...

Aunque no estemos casados,

me seguiré ocupando de ti.

-Sus inquietudes sociales me parecen muy bien,

pero no pueden entorpecer el funcionamiento de la fábrica.

-Solo llegamos unos minutos tarde. -Su tío no pensará así,

ya saben cómo es. -Srta. Celia,

un periodista pregunta por usted.

-¿Aquí? ¿Por qué? -Por las manifestaciones

de la comisaría, dicen que las organiza usted.

-Dígale que voy. -He sabido que las trabajadoras

de la fábrica, azuzadas por Diana y Celia Silva,

se han manifestado ante la comisaría.

-Ya han recuperado esas horas.

-Pero si toman la costumbre de provocar a la Policía,

atraerán la atención hacia Tejidos Silva.

No me preocupa que descubran un nido de sufragistas,

sino el opio con el que traficamos.

Apáñatelas como sea para que esas manifestaciones se acaben.

-No pararé hasta ayudar a esclareces los detalles

de la muerte de Azucena Barbero.

-Lo único que le pido es un poco de prudencia,

las manifestaciones son peligrosas. -Lo sé.

-A veces, la justicia se levanta sobre los mártires

y no me gustaría que se convirtiese en uno.

Piense en su familia, ya ha sufrido bastante.

-No quiero ser motivo de enfrentamiento familiar,

hablaré con don Hilario. -Mejor no hables con él.

-Carlitos es mi amigo y don Hilario también.

-Tu amigo...

-Pues sí, es mi amigo.

Sofía, no todas las amistades tienen que ser interesadas, ¿sabes?

-Elisa, estamos hablando de ti. -Pues precisamente por eso.

¿Carlitos y tú qué sois?

Sofía, sois mis amigos,

y eso que no os necesito para nada.

-¿Qué? -En el buen sentido, me refiero.

-¿Acaso estáis insinuando tu hermano y tú

que yo he intentado envenenar a Blanca?

Absolutamente.

No puedes tratar así a tu madre. ¿Lo hizo o no lo hizo?

¡Madre, respóndame, por favor! ¿Para qué?

Mi palabra ya no tiene valor para ti.

Una cosa tengo clara,

en lo concerniente a Blanca Silva,

el bienestar de esa mujer pesa más en ti

que el de nuestra propia familia, hijo.

Cuando supe que Rodolfo pudo haberme contagiado,

lo primero que hice fue ir a buscarte para saber qué hacer.

¿Por qué no hablaste conmigo? Me encontré con Marina

y me dijo que tomara lo mismo que Rodolfo.

¿No es lo correcto? Sí, pero vuestros cuerpos

son diferentes y las dosis que necesitáis también.

¿Y Marina no se dio cuenta?

Está visto que no. ¿Cómo era Salvador aquellos años?

-Juerguista, bebedor, canalla, un canalla encantador

pero canalla al fin y al cabo. -¿Y la Srta. Viñas?

-Guapa, divertida, interesante, además, por aquel entonces

tenía mucho éxito, estaba trabajando en varias zarzuelas.

-¿Y su romance? -Breve pero... intenso.

Discutían, se reconciliaban y así siempre.

Salvador se fue a Mónaco, volvió con otra mujer

y no quiso volver a saber más de ella.

¿Te das cuenta de que Blanca estuvo a punto de morir

por culpa del arsénico del tratamiento?

La dosis no puede ser tan alta. ¿Y por qué se ha envenenado?

No lo sé, Cristóbal, si hubiera querido envenenarla

tengo los conocimientos para no haber fallado.

Por favor, no digas... Si se intoxicó es porque ella

o un boticario metió la pata. Ya.

Ese niño lo perdí por tu culpa.

Fue un accidente. Que tú provocaste.

Yo no quería. Me da igual, es lo que pasó, Luis.

Desde que ese niño ya no está,

lo que había entre nosotros cambió. Mi sacrificio es el mismo.

Lo que te prometí durante el embarazo ya no tiene valor.

¿Cómo que no? Tenemos un vínculo.

El único vínculo que había aquí ya no está.

Todo esto es por celos, reconócelo.

-No estoy celosa, lo que pasa es que confundes celos

con curiosidad y con preocupación.

-Disculpad, a mí esto me parece muy interesante,

pero yo tengo que trabajar. -Y yo, si me disculpan...

-¿Sabe qué es usted? Una cínica.

¿Por qué me trata así? Cuando el niño estaba vivo,

para tenerlo y mimarlo era de Luis y, ahora que está muerto,

¿para llorar y sufrir es de Gabriel?

Mire, no, ya tomó una decisión,

así que apechugue con las consecuencias.

Váyase a su casa con su marido.

-Es usted verdaderamente ejemplar. -Ah...

-Envidio la fortuna de joven que la conquiste llegado el momento.

Lo que yo daría por ser uno de esos jóvenes.

-No tiene nada que envidiarles. -Claro que sí.

La edad te da experiencia, pero te arrebata tantas cosas.

-No sé qué le habrá arrebatado,

porque es igual de apuesto que todos ellos.

-Olga, podría llevármela a casa,

a mi casa mientras tú estás de gira por América.

-Es mi hija. -Aquí va a estar tranquila,

bien, estable, podrá continuar con su educación.

-Y contigo, claro. -Sí, conmigo.

No sé si tú estás preparado para asumir ese tipo de compromiso.

-Déjame demostrártelo. -Espero que seas un padre ejemplar.

-Mejor que eso. -¿Que me ha salido un admirador?

Me ve todos los días debe ser un cliente habitual.

(LEE) Tuyo, te desea sin remedio y con desesperación...

¿Qué pone aquí? (CARRASPEA)

-¿Qué te pasa? -¡A mí nada!

¿Qué me va a pasar? Nada, ¿qué me va a pasar?

Me voy a casa de Germán, no a otro país u otra ciudad,

me voy a casa de Germán. Ya, pero no será lo mismo.

No va a ser como la otra vez. No, esta vez te saldrá bien.

Te mereces tanto ser feliz. Gracias.

(RÍEN)

(Sintonía)

Germán, no cargues con peso todavía.

Estoy bien. ¿Has visto el pedido que nos han entregado?

Sí, lo estaba revisando ahora, es lo de siempre.

Sí, exactamente, lo de siempre.

Les pedí el doble y nos mandan lo de siempre.

Pediremos más la próxima vez. Se nos acaba el género del almacén.

Ya casi no queda sarga, se ha acabado la muselina,

queda muy poco encaje...

Y, encima, no nos mandan ni siquiera alguna novedad.

Ya, hay que ver. Antes don Fernando nos daba

un trato exclusivo, mandaba a confeccionar catálogos exclusivos

con diseños que no se encontraban en toda la ciudad.

Y, ahora, mira. No, si ya lo sé, ya.

La calidad no es la de siempre. Ni la calidad, ni el trato,

¿qué pasa con Tejidos Silva? Mi tío lleva las cosas diferentes.

Los obreros trabajan a destajo, pero no se fijan en el detalle,

no hacen las cosas bien. Con lo que nos costó

recuperar a las clientas, las perderemos en dos días.

Eso no puede ser, hay que hacer algo.

Hablé con Salvador Montaner y mira de qué sirvió.

Pero si no es con Salvador con quien tienes que hablar.

Es el director. Pero si él es un mandado.

Si la fábrica está como está es por culpa de mi tío.

Yo trabajé a sus órdenes, sé bien cómo es.

¿Sugieres que hable con él? No veo otra opción.

Tienes razón, voy a llamar a su despacho

para que me conceda una cita.

-Benjamín, necesito refrescarme un poco, ¿le importaría ocupar

mi puesto de trabajo? -No, vaya sin problema.

-Gracias. -Diana.

Ayer tu tío me citó en su despacho para transmitirme sus quejas

por lo que pasa en la fábrica. -¿Qué quejas?

Cumplimos con nuestro horario, cobramos menos...

-Sabe que llegasteis tarde por acudir a la manifestación

por la sufragista muerta. Exigió que dejéis de manifestaros.

-No es quién para controlar lo que hacen fuera de la fábrica.

-Sí si es en horario de trabajo.

-Solo fueron unos minutos y ese tiempo se recuperó, ¿o no?

-Esa no es la cuestión, él se agarra a eso

porque no quiere llamar la atención de la Policía.

-Tú y yo ya sabemos por qué. -Naturalmente.

Pero ahora la prioridad

es el puesto de trabajo de las obreras.

Así que habla con tu hermana, por favor.

-¿Por qué no hablas tú con ella?

-¡Va, va, a trabajar, por favor!

-Solo les estaba hablando otros cinco minutos

para convocarlas a otra manifestación.

-¿Otra? -Sí, mañana, en la puerta

de la comisaría, puede venir. -A su tío no le hará gracia.

-A él no le afecta. -Sabe cómo es su tío,

llegó a sus oídos que las trabajadoras llegan tarde.

-Pero eso no volverá a pasar, ellas se irán un poco antes

y estarán a su hora en sus puestos de trabajo.

Luchamos por un mundo más justo. -Eso es muy bonito.

-Usted no lo entiende,

Azucena se ha convertido en un símbolo para todas ellas,

para mí también. -Y para mí.

-¿Y usted qué opina, Benjamín?

-Bueno, los hombres no iremos a esa manifestación,

pero pienso en mi hija Petra, ella estaría allí la primera.

-¿Lo ve, Salvador?

-Un momento, olvidan la realidad.

Don Ricardo ha sido tajante y no quiere líos

no quiere que las autoridades se presenten aquí,

no quiere que lleguen tarde. No le temblará el pulso

si tiene que despedir a alguien. -Entonces...

-Mejor se olvida de las protestas y manifestaciones,

eso será lo mejor para todos.

-Begoña, querida, te lo ruego, no insistas,

te repito que no es cierto,

si la gente hace esos comentarios es por pura envidia.

El matrimonio de mi hijo va como la seda,

mi querida nuera Blanca se ha instalado unos días

en casa de sus hermanas para cuidar de Francisca. Es todo.

¿Qué? Ah, disculpas aceptadas, Begoña.

Bueno, querida, te hablo en otro momento. Adiós.

-¿Por qué discutía con su amiga Begoña?

-¿Y por qué va a ser? Una vez más,

nuestra reputación está en entredicho.

-Pues, en ese caso, menos mal que está usted,

nuestra mejor adalid. -Muy gracioso,

pero es la tercera llamada que recibo esta mañana

preguntando sobre ese asunto, ¿eh?

Otra vez los Loygorri estamos en boca de todo el mundo

por tu culpa y la de tu mujer. -¿Por mi culpa?

-¿Pero qué he hecho yo ahora? -Bueno, afortunadamente

tu enfermedad no ha trascendido, pero no podemos seguir ocultando

que Blanca ha huido de nuestra casa.

-Es que no ha huido, madre, se instaló provisionalmente

en casa de sus hermanas. -¿No crees que lleva

demasiado tiempo viviendo ahí para que sigas insistiendo

en que es provisionalmente? -Las aguas volverán a su cauce.

-Hijo mío, Blanca Silva se está riendo de ti en tus barbas

y tú no estás haciendo nada por impedirlo.

-¿Y qué quiere que haga? -Bueno, ¿te lo tengo que decir yo?

-¿No la voy a hacer volver a rastras, no?

-Vamos a ver, hijo, llevar los pantalones en un matrimonio

consiste en ser uno el que toma las decisiones

y, en el tuyo, parece ser que la que los lleva en Blanca.

No, Engracia, se lo ruego, por favor,

no traiga más chocolate, más pastas ni nada de eso.

¡Haga el favor de dejarnos solos y deje de husmear!

Oh...

-Lo paga con la pobre Engracia. (RÍE) Todo lo que se habla

en esta casa, la pobre Engracia lo suelta en el mercado.

-Siempre lo mismo, no sé para qué le pregunto,

la verdad. -¿No te importa lo que comenten

sobre tu matrimonio? -No me importa nada.

-¿Ni que Blanca viva con sus hermanas?

-Mi tío no me da miedo,

yo misma iré a hablar con él.

-Don Ricardo no dará su brazo a torcer.

-Le haré entender que esto no tiene nada que ver

con la fábrica, sino luchar por nuestros derechos,

por un mundo más justo. -No la escuchará.

-Lo intentaré, nadie está faltando a su puesto de trabajo

y no consentiré que se las despida. -Bien.

Diana, ¿me puedes ayudar? -Yo la aplaudo.

Mi hermana es una valiente.

-Está demostrado que las Silva sois más tercas que las mulas.

(RÍEN) -Pero don Ricardo también lo es

y no van a doblegar su voluntad.

-Eso lo veremos.

-Estoy diciendo que ya no tengo argumentos para hacerla volver.

-¿Desde cuándo un hombre necesita argumentos para que le obedezcan?

-Ya no sé qué puedo hacer, madre, y Blanca está dolida

con el tema de la enfermedad. Es lógico, entiéndala.

-No sería la primera vez que una mujer tiene que compartir

este tipo de problemas con su marido.

-No sé cómo lo solucionan los demás.

-En mi caso, mi mujer no quiere saber nada de mí.

-Rodolfo, mira, yo solo digo una cosa,

como no consigamos que Blanca vuelva enseguida a casa,

te vas a convertir en el hazmerreír,

no solo de las criadas y sus señoras,

sino de los clientes del banco, ¿no lo has pensado?

(SUSPIRA)

-Es verdad, tiene razón.

Pero no sé cómo lo voy a hacer.

No sé, pero hazlo, y hazlo pronto, hijo,

porque como me obligues a intervenir,

luego no quiero quejas.

-¿Qué haces, Francisca?

Esa ropa está limpia, ¿eh?

¿Es que no me oyes? No necesito que Merceditas la lave.

No la va a lavar, la va a llevar a otro cuarto.

¿Por qué? Ya no compartimos habitación.

¿Qué estás diciendo? ¿Me estás echando?

Desde hoy dormirás en otro cuarto, el de invitados está libre.

Estamos casados, somos un matrimonio.

Nuestro matrimonio es una farsa. Ah...

Sé que está enfadada, y con razón,

lo que ha pasado ha sido muy duro, pero, Francisca,

dormir separados no es la manera de solucionarlo.

No hay nada que solucionar. ¡Claro que sí lo hay!

Estás ofuscada. Escúchame.

Hacía mucho que no lo veía todo tan claro.

No te quiero en mi vida y, como eso no puede ser,

de momento, no te quiero en mi cuarto.

Tú no me echas.

Yo me quedo aquí. No, tú no te quedas.

Sí, este es mi lugar, no me vas a echar.

¿Qué haces? Lo que ves, me obligas a irme.

¡Oh, Francisca! No hay nada que hablar, Luis,

¡tú eliges quién se va!

¿Y Salvador? ¿No va a venir?

-No, quería verla a usted a solas. -Ah.

Me haces sentir importante.

Usted dirá.

-Se trata de Salvador. -Ah, no sé por qué,

no me sorprendía.

-Es lo único que tenemos en común.

-Y no está mal, es todo un mundo Salvador.

-Ah, sí, supongo. -Bueno, dejemos las divagaciones

y dígame qué quiere de mí, Srta. Silva.

-La pregunta es otra:

¿Qué quiere usted de Salvador?

-Lo que yo pueda querer no supone una amenaza para usted,

Salvador no me interesa en ese sentido,

lo tengo ya muy visto. -Y, sin embargo, está aquí,

cinco años más tarde. -Los celos no le sientan bien,

Srta. Silva. -Me preocupo por la gente

que me importa. Insisto, ¿qué quiere usted de Salvador?

-Quiero que asuma sus obligaciones como padre.

Hace cuatro años tuve una hija y hay una serie de cargas

que he asumido en solitario.

-No la creo. -Me ofende.

-¿Por qué? -Pone en duda que Salvador y yo

tuvimos una hija, ¿eh? -Eso es lo que usted

le ha dicho a Salvador y él, que en el fondo es buena persona,

ha picado el anzuelo.

-Sigue ofendiéndome y cada vez me está disgustando más.

-Dígame,

¿por qué no le ha dicho antes a Salvador que tenía una hija?

¿Cuando nació o hace dos o tres años?

-Una no siempre hace las cosas cuando debería hacerlas.

¿No le ha pasado nunca?

-¿Y a usted no le ha pasado nunca intuir que le están mintiendo?

-Es usted muy desconfiada, Srta. Silva,

pero lo entiendo, Salvador tiene el don

de despertar las desconfianzas.

Pero a mí déjeme tranquila.

Adiós.

-Le advierto que voy a averiguar la verdad.

-Déjenos tranquilas a mi hija y a mí, por favor.

-Así que me das calabazas, ¿eh?

-Lo siento mucho, padre,

le prometo que si la obra está muy bien,

otro día le acompaño a verla. -No sé si fiarme,

últimamente tienes una agenda muy apretada.

-Tampoco se queje, más de una vez, al decir que quería hacer algo,

me dicho que no insista tanto. -Es verdad.

¿Pero me permitirás saber, por lo menos,

si has quedado con Carlitos y Sofía?

-Frío, frío. -¿Qué ha pasado?

¿Te has enfadado con ellos? -No.

-Entonces, supongo que habrás quedado

con ese pretendiente del que me hablaste.

¿Eh?

-Puede... -Buenas tardes, tío.

-Buenas tardes. -Elisa, ¿cómo estás?

-Pues lo cierto es que estoy estupendamente.

-Será mejor que hablemos a solas.

-Que vas a llegar tarde a tu cita.

-Pasaré a despedirme antes de salir.

-Bien. -Ah...

Ya estamos a solas.

-Salvador me ha trasladado sus órdenes sobre lo que pueden

y no pueden hacer las obreras de la fábrica.

-Te habrá dejado claro que, si quieren seguir trabajando

en mi fábrica, no pueden asistir a manifestaciones en comisarías.

En cambio, sí pueden y deben cumplir con el horario de trabajo.

-¿Sabe usted por qué se arriesgan esas mujeres?

-La verdad, no me interesa.

-Se arriesgan a desafiarle porque piden que se abra

una investigación sobre la muerte de Azucena Barbero.

-¿Sobre quién? -Fue la mujer que murió torturada

por la Policía en los calabozos la semana pasada.

-Eso de que murió torturada lo dices tú, ¿no?

Yo leí en la prensa que se suicidó en su celda.

-La prensa escribe lo que la autoridad dicta.

-Vaya, nos ha salido revolucionaria.

Vaya por Dios. -¿Qué hay de revolucionario

en pedir justicia? ¿En que se investigue su muerte?

-¿Por qué estaba en los calabozos? Porque la detendrían por algo.

-¿Pedir que las mujeres tengan los derechos de los hombres

se merece ser castigado con la tortura?

-¿Y no te ha dado ninguna pista?

-Será por la discusión que tuvimos el otro día.

Se daría cuenta de cómo es Elisa y me pedirá disculpas.

Pero no sé por qué insistió en que viniera yo también.

-Es un caballero y se quiere disculpar

delante de mi novia. -Ah...

Ya entiendo de quién te viene esa caballerosidad.

-Claro, por eso soy el sobrino favorito de mi tío.

-Pues bueno...

-¡Hola, tío! -Buenas tardes.

-Os he citado a los dos por un asunto que me preocupa.

-No sufra, no hay que darle importancia.

-Claro que sí. -Él se quedó fastidiado,

pero no sufra por nosotros, estamos de su parte.

-Sí, lo estamos. -¿Me dejáis hablar?

Sentaos.

Elisa va a tener razón, avasalláis y no tenéis respeto.

-Disculpe si le hemos interrumpido.

-Disculpas aceptadas.

Ahora también debéis disculparos con Elisa.

-¿Con Elisa? ¿Por qué?

-Por cómo la tratáis, por más amigos que seáis de ella

no podéis manipularla ni hacerle vacío

porque no haga lo que queréis.

-¿No tenéis nada que decir? ¿No he sido suficientemente claro?

-Creo que usted está un poco confundido.

-No, Elisa merece un respeto,

es una muchacha maravillosa y os adora.

Ha sufrido mucho en esta vida, está sola.

Necesita afecto y comprensión.

-Creo que tiene una impresión bastante equivocada

de Elisa y de nosotros. -Sí.

Elisa no es lo que parece.

-¿Habláis mal de vuestra amiga aprovechando que no está presente?

-No es hablar mal, es hablar claro.

Elisa se está aprovechando de usted, es una embaucadora.

-Carlos solo quiere que abra los ojos,

él y yo también hemos sido víctimas

de las malas artes de Elisa. -¿Cómo habláis así de ella?

-Queremos protegerle.

-Ah, a mi edad, con todo lo que he vivido,

no necesito tu protección, sobrino.

Me sé defender bien de ese peligro tan grande

que representa Elisa. -Es mucho más serio

de lo que parece, está con usted por interés.

-Sí, no se piense que es por gozar de su compañía.

-Me estáis confirmando que Elisa tiene razón en lo que me dijo,

sois unas malas personas.

Me queréis predisponer contra ella,

pero tengo pruebas de que eso que decís es falso.

-¿Qué pruebas? -Ayer quise regalarle

un collar extraordinario y lo rechazó.

Me demostró con hechos que solo quiere mi compañía,

nada más. -Eso es parte de su plan,

hacerle creer que no busca su dinero

y que disfruta de sus paseos y de ir a conciertos con usted.

-Aunque tengamos edades muy dispares, nos parecemos mucho.

-¿Elisa y usted? -¡Sí!

Con ella me siento rejuvenecer.

Cuando estamos juntos el tiempo se detiene.

así que os aviso de que vuestra campaña de desprestigio

no ha hecho mella en mí.

Buenas tardes. -Buenas tardes.

-Es terrible, está...

-Está completamente enamorado.

-Las obreras pueden hacer con su tiempo libre lo que quieran,

y si lo que quieren es manifestarse están en todo su derecho,

nada le afecta a usted. Usted debería respetarlo.

-Llevo cinco minutos que se me están haciendo eternos

oyendo una sarta de estupideces que te pido que te vayas,

tengo que dedicarme a algo más productivo, ¿comprendes?

-¿Y ya está? ¿Me despacha así? -No.

Te despacho con una advertencia:

Si esas mujeres mañana están delante

de la puerta de la comisaría caerá sobre tu conciencia

que pierdan su trabajo y su jornal.

-Es que no me ha escuchado. -Ya le he dado la orden a Miguel,

o sea, que la que llegue un minuto tarde, será despedidas.

-Tío, s usted hace pagar a esas trabajadoras

los minutos de retraso haciéndolas trabajar más...

-¡Celia, Celia, Celia! No me hagas repetírtelo.

Quiero que mis trabajadoras estén en su puesto a su hora,

nada más.

-No puede hacer eso. -¿Qué?

¿Despedirlas?

Por supuesto que puedo, y en 10 minuto tendría sustitutos.

Intentaré que sean hombres, a ver si me dan menos problemas.

-¡No es justo!

-Haz lo que te digo

o serás tú, únicamente tú, la responsable

de que despida a esas trabajadoras. ¿Lo has entendido?

-Buenas tardes, tío

-Buenas tardes.

-Don Luis.

Deje las cosas donde están que ya me las iré llevando yo

conforme las coloque en el armario. -Prefiero hacerlo contigo,

no tanto por ayudarte, que también,

sino ir habituándome al cambio.

-Ah...

No sé por qué ha hecho algo así doña Francisca.

-Pues ya lo puede suponer, después del accidente

ella me culpa de lo sucedido.

-Pues no debería, como usted bien dice,

ha sido un accidente.

Y, además, muchos embarazos se malogran antes de que llegue

el primer hijo al seno de una familia?

Mi tía Carmen tuvo cinco abortos antes de que naciera mi primo.

No tenemos que meter todo en las maletas, se arrugará.

-A mí me da igual que mi ropa esté arrugada o no.

-Por Dios, don Luis, no diga eso, usted es un hombre muy elegante

y siempre va hecho un pincel. -Perdí el interés

en ese tipo de cosas. -Pues no debería,

usted es profesor y cuando le vean entrar en casa

de sus alumnos así, tan elegante y bien puesto, pensarán:

"Este sí que es un verdadero artista, un músico".

Bueno, eso es lo que yo pensé la primera vez que le vi

pero, claro, usted no se acordará. -Por supuesto que me acuerdo,

claro que sí. -Ah...

-Pero las cosas han cambiado mucho desde entonces, yo también.

-Pues no cambie, a doña Francisca se le pasará.

Ahora está triste, pero con el tiempo superará el trance.

-Eso no significa que vuelva a aceptarme a su lado.

-Sí, usted tenga paciencia.

-Yo estoy seguro de que no me va a poder perdonar.

-Mire, don Luis, todos los matrimonios

pasan por rachas de distanciamiento, eso es normal.

Y, claro, uno de los dos

se tiene que ir a dormir a otro cuarto.

Mi tío Clemente, sin ir más lejos, durmió más veces

en la habitación de los niños que en la de matrimonio.

El pobre tenía unos dolores de espalda

porque, claro, tenía que dormir en el suelo.

Y menos mal que tenía una manta... No sé por qué le cuento todo esto.

-Me lo cuentas para animarme, Merceditas,

y porque eres una buena persona.

-Y usted también es muy buena persona, don Luis,

que lo sé yo.

Mire, cree las oportunidades para hacerse valer

y recuperará a la señora.

-Uf, ni que fuera tan fácil.

-Pues mírelo por el lado positivo,

le ha tocado a usted el mejor cuarto de la casa,

caliente en invierno y fresco en verano.

-Gracias, Merceditas.

Sé que estás poniendo mucho de tu parte para consolarme.

-Es que yo le aprecio mucho, don Luis.

-Y ahora voy a tener que marcharme, doña Rosalía me espera

para dar un paseo con Germancito. -Ve tranquila,

yo me encargo de colocar. -Don Luis, anímese,

esto no es el fin del mundo.

-Mañana será otro día, Gabriel, ahora a descansar.

-¿Descansar? Descansará usted, voy a arrimar el hombro al Ambigú,

mi padre está desbordado. -¿Y tu madre? ¿Está enferma?

-Qué va. Se ha cogido el día libre.

-De vez en cuando, tendrá que descansar, ¿no?

-¿Mi madre? Eso es rarísimo.

Es la primera vez que lo hace. Me voy corriendo antes

de que me coja la lluvia. Hasta mañana.

-Olga. ¿Has venido a verme?

-Tenemos que hablar, Salvador. -¿De quién? ¿De Magdalena?

¿Cuándo la voy a conocer? -No es por la niña.

Es tu novia. Estoy muy disgustada con ella.

-¿Con quién? ¿Con Diana? ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

-Bueno, me citó para hablar, mejor dicho,

para echar pestes de mí. -Tampoco será para tanto.

-Quiero que sepas que ha insinuado que Magdalena no es tu hija,

entre otras lindezas. -Diana es así de impulsiva.

¡Chicos! Antes de iros, por favor, dejad el cargo preparado.

Bien. -Salvador, impulsiva

y desconfiada y rencorosa. ¿Qué le he hecho yo

para que me trate como si fuera la sospechosa de un crimen?

-No se lo tengas en cuenta. Solo se preocupa por mí.

-Pues vaya manera de preocuparse. -No tiene importancia.

Desconfía un poco, eso es todo.

-Para ti es fácil quitarle importancia. No te ha insultado.

-Olga, ¿qué puedo hacer yo?

-Pues mira, prométeme que la mantendrás alejada de mí,

sobre todo, de Magdalena.

-Está bien. Te lo prometo.

Hablaré con ella. No se inmiscuirá más.

-Ya le he dicho que yo no soy una amenaza para vuestra relación,

que lo nuestro terminó hace tiempo.

Pero sigue tratándome de manera hostil.

-Olga, confío en ti.

-Ya. Pero yo temo que pueda sembrar dudas.

-Sé que todo lo que me has contado, es cierto.

-Gracias, Salvador. De verdad, valoro mucho

todo lo que haces por mí.

-Es lo menos que puedo hacer.

Tengo ganas de verla. Tengo ganas de conocerla.

-Hoy he hablado con la directora del internado por teléfono.

Le he dicho que quiero ver a Magdalena.

Tengo que hablar con ella antes de presentártela para,

no sé, prepararla. -Cuanto antes, por favor.

-Sí. No sé cómo se va a tomar todo esto.

-¿Pues cómo se lo va a tomar? Soy su padre.

Se lo tomará bien. -Seguro.

Por cierto, el tema del dinero,

¿sabes cuándo lo tendría disponible?

Es que tengo que encargar el pasaje a América y...

-Rodolfo me lo entregará mañana. -¿Mañana?

-Sí. -Perfecto. ¿Me llamarás?

-Por supuesto. Y por Diana no te preocupes.

Hablaré con ella y no te va a molestar más.

-Eso espero. -Y vamos.

No sea que llueva. -Sí.

-Esperábamos 20 rollos y nos ha entregado siete.

Así no podemos atender a nuestras clientas.

-Tiene muy mal acostumbrada a su clientela.

No les pasará nada por esperar un poco.

Mientras, vaya apañándose con la que ha recibido.

-Este no es el trato al que Tejidos Silva nos acostumbraba.

-Va a resultar que también son unos malcriados.

-¿Perdone? No vine a escuchar sus sarcasmos.

-No se lo tome tan a pecho.

La fábrica está teniendo problemas.

Cuando no es por una cosa, es por otra.

Su esposa que conoce las interioridades del negocio,

se lo podrá contar. -Mi esposa conoce la fábrica

desde tiempos de su padre. Entonces, no había problemas,

ni con el pedido ni con la calidad.

Por favor, toque esta tela.

-¿Qué quiere que le diga? Yo no superviso la calidad.

-Adelante, tóquela. -¿No es de su agrado?

-Y ahora, por favor, toque esta otra.

-¿Qué es esto? ¿Una adivinanza?

-Adelante.

¿Nota usted la diferencia? -Sí.

Esta parece mejor.

-Cualquiera se daría cuenta.

Esta tela es de su fábrica antes de que se hiciera cargo.

Un resto que teníamos en el almacén.

-¿Adónde quiere ir a parar?

-Mis clientas son de lo más selecto que tiene Madrid.

No puedo ofrecerles cualquier producto.

-¿Ah, no? Pensaba que últimamente

se dedicaba a saldos y restos de serie.

-Los saldos que nosotros vendemos también tienen gran calidad.

Son restos de temporadas anteriores que han quedado en el almacén.

-Muy inteligente. Vender algo antiguo a precio menor.

-Mis clientas quieren telas nuevas, a la moda y de gran calidad.

Y no quiero perderlas porque no nos suministra

el género que antes producía.

-Lo entiendo.

Si no le gusta lo que le ofrece Tejidos Silva,

usted puede buscar proveedor.

Hay muchas empresas textiles.

-¿Eso es todo lo que tiene que decir?

¿No le importa perder a la Villa de París como cliente?

-No es el centro del universo.

Tenemos clientes con los que facturamos más.

-Mi tienda es uno de sus clientes más fieles.

Durante años... -No me hable del pasado.

Mi hermano llevaba el negocio de una forma y yo de otra.

-Entonces, no le importa que compremos el género

a otra fábrica. -Pues no.

-Esto con don Fernando nunca habría pasado.

-Pero mi hermano ya no está.

-Él nunca lo habría tolerado.

-Él, que todo lo hacía tan bien, se murió,

dejando la fábrica llena de deudas.

Pero, claro, eso todo el mundo lo olvida

cuando decide ponerse nostálgico.

Y ahora, váyase.

-Hola, Diana. ¿Vas a salir? -Hola.

Sí. ¿Vienes tan tarde de la escuela de maestras?

-No. He ido a hablar con el tío Ricardo.

-Y no te ha hecho caso, como si lo viera.

¿Qué pasa? Las obreras de la fábrica

están participando en manifestaciones.

Quieren protestar en contra de la muerte de Azucena Barbero.

El tío Ricardo amenazó con despedirlas.

-Se mantiene en sus trece.

Dice que no le costaría encontrar sustitutos.

¿Las echaría? Si mañana no están

en sus puestos de trabajo, pueden olvidarse de volver.

-¿Habéis quedado para ir a la manifestación?

Tienes que decirles que no vaya. No es el momento para claudicar.

Azucena Barbero ha muerto. Y si no hacemos nada,

puede que no investiguen su muerte.

-¿Y la entrevista que te hizo el periodista ese?

Quizás cuando salga su artículo...

-No ha salido nada publicado hoy.

Quizás la hayan guardado en algún cajón.

Hay que seguir manifestándose, protestando.

-Celia, las obreras necesitan ese trabajo.

Yo estoy todos los días con ellas y sé lo que significa el jornal.

-La causa sufragista pretende ayudarlas.

Lo que hacemos, lo hacemos por las obreras.

Sí. Pero cuando hay bocas que alimentar,

no se puede ser una heroína.

Celia, todo tiene un límite y el tío Ricardo te lo ha marcado.

Sería injusto que las obreras perdieran su puesto de trabajo.

No puedes pedirles un sacrificio así.

-Entonces, la muerte de Azucena Barbero quedaría impune.

De momento, sí.

Sé que te apena y que te da rabia, pero no podemos hacer nada más.

-Está bien. Tenéis razón.

-¿Acabas de llegar? Hace un rato.

¿Y por qué no me has esperado para volver juntos del hospital?

No sabía cuándo tiempo ibas a tardar en salir.

Podías haberme preguntado. Me apetece volver contigo.

A mí no. Ayer te fuiste

y me dejaste con la palabra en la boca.

Lo siento, Cristóbal.

Lo siento mucho. Es que estaba furiosa.

¿Y cómo te crees que me sentía yo?

Permitiste que Blanca tomara un tratamiento

que no es el suyo y me lo ocultaste.

Perdóname, por favor. Reconozco que me equivoqué.

No, Marina. No es una equivocación.

Actuaste a conciencia, que es lo preocupante.

Actué así por despecho.

Pero te aseguro que no pensé

que iba a ser tan grave. Pues lo ha sido.

Está bien. Dime qué puedo hacer para que se te pase el enfado.

Así no puedo seguir mucho.

Tampoco puedo seguir así, pero no sé qué hacer,

no encuentro solución. Tus celos son excesivos.

¿Eso crees? ¿Que todo es culpa mía únicamente?

Actué mal al no dejar que Blanca te consultara.

Eso es cierto. ¿Pero actuaste

tú bien al acusarme de querer envenenarla?

Los dos debemos poner de nuestra parte.

No solo yo. Sí.

Sí, es cierto.

Los dos nos hemos equivocado.

Y mis celos tienen fundamento, tú lo sabes.

Pero te aseguro que jamás pensé que unas simples gotas

iban a tener ese efecto en Blanca.

Jamás. Lo sé. Lo sé, Marina.

Me ocupo de Blanca como médico.

Únicamente, como médico.

Lo pasado, pasado está.

Está bien.

Pues hagamos borrón y cuenta nueva.

Pero dime que me perdonas.

Te perdono.

Y yo a ti.

-Enseguida les traigo la comanda. Tres vinos, un anís y un vermut.

-Oído. Dos vinos y tres de anís.

-Muy bien. No ha dado ni una.

-Cuando llegue tu madre, la voy a poner de vuelta y media.

No doy más de mí. -No se preocupe.

Yo le ayudo. -Gracias, hijo.

-Hola. ¿Qué tal vais?

-¿A ti te parece normal dejarme a cargo de todo?

¿Sabes la mañanita que he pasado sin parar

ni un momento para respirar? ¿Y todo por qué?

Porque la señora quería acicalarse.

-Madre, está muy guapa. -¿A que sí?

-Yo voy un momento al almacén. Acuérdese del pedido.

Tres vinos, un anís y un vermut.

-Sí. Ya me acuerdo. Tres, dos, dos.

¿Qué miras, Antonia? -Nada.

No miro nada. Tú estate por la comanda. ¿Qué era?

-Sí. Tres de anís. -Tres... Ay, Enrique.

Tres vinos, un anís y un vermut. -Eso.

-Hola, Raimundo. ¿Qué tal estás? -Normal, doña Antonia.

-¿Te puedo hacer una pregunta?

-¿Pero no me la acaba de hacer cuando me ha preguntado

cómo me iba? -Otra, Raimundo. Otra.

Y estate atento, que es muy importante para mí.

Quiero que seas sincero. -Ya sabe usted

que yo siempre soy sincero. Nunca le ha mentido.

-Lo sé. Ya. Cállate. Mira.

¿Tú te has fijado si algún cliente,

de los habituales, ha preguntado por mí?

Que si te has fijado en si algún cliente

de los que suelen venir siempre,

te ha preguntado por mí. Si alguno has notado

que ha entrado y se ha ido si yo no estaba, por ejemplo.

Piensa. Tiene que ser alguno de los habituales.

Y tiene que ser un hombre elegante,

maduro, interesante, culto.

-Pues no. No lo hay. -¿Seguro? Haz memoria.

Memoria, Raimundo. -Ya le digo que no.

No lo hay. -Es un hombre tímido.

Que no se atreve a dirigirse a mí abiertamente.

Es normal que tú no hayas caído en ello, pero...

-Doña Antonia, exactamente, ¿de qué me está hablando?

-Verás. No se lo digas a Enrique,

pero me ha salido un admirador secreto.

-¿A usted? -A mí. Sí.

A mí. Sí. ¿Qué pasa? ¿No puedo tener un admirador secreto?

-Si por poder... cosas más raras se han visto.

-Bueno.

-No había probado una horchata más buena desde hace años,

cuando viví en Valencia. -¿También ha vivido en Valencia?

-Sí. Y allí no hay horchata mala.

Sin embargo, aquí el mérito no es tanto

del café donde hemos ido, sino de su compañía.

-Ah. Pues mi compañía se puede alargar un poco más.

¿Quiere que demos un paseo por el Retiro?

-Se nos hará tarde. ¿No estará preocupado su padre?

-No. Por mi padre no se preocupe.

Él confía mucho en mí.

-Se nota que tienen buena relación.

¿Pero no cree que va siendo hora de que nos conozcamos?

-¿Usted y él? -Sí.

Me gustaría contar con su aprobación

para salir con usted.

-No creo que sea necesario, Hilario

-¿Por qué? ¿Él sabe de mi existencia?

-Por supuesto que sí.

¿Cómo le iba a ocultar algo así?

-¿Y qué piensa de mí? -¿De usted?

-Sí. ¿Le ha dicho quién soy, cómo soy y cuánto la aprecio?

-Por supuesto que sí. Y está encantado.

-¿Sin conocerme?

-Bueno, es que mi padre confía mucho en mi juicio.

Y me ha dado el permiso para que salgamos.

-Verá, querida, yo es que soy muy tradicional.

Y esta aprobación me gusta conquistarla en persona.

Ya sé que hoy en día los muchachos cortejan sin reparos

a las muchachas que les gustan.

Pero yo quiero cortejarla como Dios manda.

-Ay. Pero, don Hilario, esos son palabras mayores.

-Por supuesto que lo son. Por eso, debo conocer primero

a don Ricardo y que él me dé permiso para hacerlo.

-Bueno, igual puedo intentarlo, pero es que mi padre es

un hombre muy ocupado

y no puedo asegurarle cuándo... -Cuando sea.

No tengo todo el tiempo del mundo, pero esperaré.

-Entonces, su admirador es inteligente, interesante,

elegante, es un poco tímido... -Y se expresa muy bien.

Estate atento, Raimundo. Estate atento.

Yo no puedo fijarme, porque imagínate que Enrique

se da cuenta y podría ponerse celoso.

-¿Celoso por qué? -¿De qué va a ser, Raimundo?

Pues de que un hombre inteligente, elegante, culto, maduro

beba los vientos por mí.

-Doña Antonia, ¿usted está segura de eso del admirador?

-Completamente.

No sé por qué dudas tanto, Raimundo,

porque estarás conmigo en que estoy de muy buen ver.

¿O no? -Sí, por favor. Eso no lo discuto.

Pero, entonces, figurémonos que averiguo quién es

y que descubrimos al admirador secreto este

y que resulta que no, que no es interesante, ni elegante,

ni inteligente... -Lo será.

Lo intuyo. Lo siento aquí. -Pues lo es.

¿Y qué hará después? ¿No será mejor dejarlo estar?

¿Y si se entera don Enrique? ¿Y después, qué?

-Pues después... Ya veré yo lo que hago.

Tú estate atento. Tiene que ser un cliente habitual.

Y, además, seguro que es un hombre elegante...

-Interesante, inteligente. Ya me hago yo una idea.

Ya me hago a la idea ya.

-¿Se puede saber a qué viene tanta cháchara vosotros dos?

¿No veis cómo está el café? -Sí.

Ya atiendo a las mesas ahora mismo.

Ahora mismo. Ahora voy. Sí.

-¡Vamos!

(SUSPIRA)

¿Qué miras, Enrique? -A ti.

Que estás muy... -Ya empezamos con los "muys".

-Muy bien. -Ajá.

Muchas gracias.

(Llaman a la puerta)

-¿Tanto te alegras de verme? -Digamos que no estoy

en mi mejor momento. -¿Por qué?

¿Mi tío te ha vuelto a decir algo? -Él no.

Olga. -Ah.

¿Y qué te ha dicho?

-Quiero que la dejes en paz.

-Pero si no he hecho nada.

-Hablaste con ella. Dejémonos de disimulos.

-¿Qué hay de malo en que hable con ella?

Quería averiguar qué trama. -No trama nada.

Tuvimos una relación, una niña de la que no me informó en su día.

Y ahora quiero hacerme cargo de ella. Punto.

-Te falta añadir que te pidió dinero.

-Quiere hacer una gira por América

y recuperar su carrera. ¿Qué hay de malo?

-Te está ocultando algo.

-¿Qué? -No sé. Por eso me cité con ella.

-La interrogaste y la violentaste con tus insinuaciones.

-Porque me preocupo por ti. -Preocúpate cuando haya motivos.

Y deja de insultar a Olga, por favor.

-Estás ciego. Esa mujer te va a hacer daño.

-Me vas a hacer daño tú entrometiéndote en mi vida.

-Tu vida. -Sí. Yo tenía una vida

antes de conocerte. Una vida que estoy a punto de recuperar.

-¿Olga? -No.

Magdalena. Y estoy a punto de conocerla.

No voy a permitir que nada lo estropee.

Y si Olga se enfada, me alejará de ella.

-¿Y si no es tu hija? -Deja que eso lo averigüe yo.

Y si por tu culpa pierdo la oportunidad de conocerla,

no te lo perdonaré nunca.

-Es que tengo una corazonada.

-Hay niños que se acostumbran al paseo

y luego solo les calma estar de parranda.

-Necesitaba dormir. Tras lo que llegó a llorar

esta mañana, el pobre debía estar exhausto.

-Ni que lo diga. Tengo su llanto metido en la sesera.

-A mí se me había olvidado lo agotador que es

ocuparse de un niño tan pequeño.

-Doña Rosalía, le propongo una cosa.

Si usted me deja libre una hora al día,

yo paseo al niño encantada.

-Tú siempre buscando excusas para escabullirte de la casa.

Yo soy la responsable de Germancito

y seré yo quien le saque a pasear. -Está bien.

Pero avíseme siempre que pueda y vamos juntas.

-Ah. Doña Adela, ¿ya ha acabado en la tienda?

Había poco trabajo y como me dijo que el niño estaba regular...

Eso ha sido esta mañana. Ha llorado bastante.

Pero le hemos sacado de paseo y se ha quedado dormido.

¿Y qué tal comió? Muy poquito.

Estaba muy inquieto y no quería ni comer ni dormir.

Pero no se preocupe usted. Los niños a veces tienen días así.

-Como no pueden hablar, ¿verdad?

Si no, nos contaría qué le duele.

-¿Pero qué le va a doler, mujer? No es para tanto.

Solo ha tenido una molestia sin mayor importancia.

Tal vez debería llevarlo al médico para que lo examine.

Ah, no. Como dice doña Rosalía: "No hay para tanto".

Entonces, ¿se lo traigo mañana a la misma hora?

Claro que sí. -Con nosotras está en la gloria.

Si llora esta noche, no sé qué voy a hacer.

No se preocupe. Voy a prepararle una tisana, que es mano de santo.

-Usted sí que tiene mano de santa, doña Rosalía.

Con lo así que es con los adultos y con el niño es todo dulzura.

-¿Cómo que "con lo así que soy"? ¿Qué has querido decir?

-Nada. Yo solo quería halagarla.

Que tiene usted mucha mañana con los niños.

Se nota que las ha criado a ustedes, doña Adela.

No puede estar en mejores manos.

Anda, Merceditas, adelántate y ve a buscar

la bolsa con las cosas del niño.

Ay, doña Rosalía, no me canso de darle las gracias

por ocuparse de él. Se ocupó de él como una madre.

Bueno, a mi edad tal vez debería usted decir

"como una abuela".

-Solo quiero demostrarte que esa mujer te engaña.

-¿De dónde lo sacas? -Lo percibo.

-¿Ah, sí? Tu sexto sentido, tu intuición, ¿no?

-Sí. Te está engañando para conseguir lo que le interesa.

Dinero para volver a ser una actriz de éxito.

-Sé que está diciendo la verdad.

-Se presenta de repente, hace años que no la ves,

¿y la crees? -Sí. Porque la conozco. Tú no.

Sé que no me mentiría con una cosa así.

-Qué tozudo eres. -¿Tozudo yo?

Mira quién habla. Tú y yo llegamos a un trato.

Que si no encontrabas indicios contra Olga,

me ayudarías a hacerme cargo de Magdalena.

-Dije que te apoyaría si llegaba a la conclusión

de que Olga no te mentía. Todavía no he llegado...

-¡Basta! ¡No quiero discutir! -Yo tampoco.

Me preocupo por ti. Te quiero.

No quiero que sufras si descubres que es mentira.

-Entonces, deja que conozca a Magdalena.

Deja que las cosas sigan su curso.

-Está bien.

Pero...

-Ya está.

Diana Silva tenía que tener un pero.

La última palabra.

Siempre tienes que llevar la razón en todo.

Ay, me encantaría ir a París.

Y visitar el Folies Bergères. ¿Y qué es? ¿Un teatro?

De variedades, como el Ambigú, pero a lo grande.

Buenas tardes. Blanca, recoge tus cosas, que nos vamos a casa.

Blanca no va a ningún sitio porque no se encuentra bien.

Yo la veo estupendamente.

Me parece que empleas un tono muy poco cortés.

Me gustaría hablar con mi mujer a solas. No sé por qué tienes

que intervenir. Yo no llamaría hablar

a eso que haces. Déjalo, Francisca.

Blanca, ¿podemos hablar tú y yo a solas?

¿Nos puedes dejar, por favor?

¿Seguro? Sí. No te preocupes.

Andaré cerca.

No voy a ir contigo a ningún sitio. Me quedo aquí.

Blanca, vuelve.

Estarás bien atendida. No te faltará de nada.

Podrás descansar. Estoy enferma por tu culpa.

Lo sé. Lo sé.

Pero tu lugar está en casa, en nuestra casa.

Ya te lo he dicho. No quiero estar contigo.

No quiero estar con tu madre. No quiero estar en esa casa.

He aguantado muchas cosas y ni una más.

Me quedo aquí, donde me tratan con cariño y con respeto.

Blanca, por las buenas o por las malas, pero vas a volver.

Estoy cansada de tus amenazas.

Blanca, que lo vas a lamentar. ¡Vete, por favor!

Muy bien. Te he dado la oportunidad

de hacerlo por las buenas.

Ahora, atente a las consecuencias.

-No ha sido la mejor noche de mi vida,

pero no ha sido por tu culpa, claro.

-¿Le pongo más café? -No. Gracias.

Buenos días, Merceditas. Buenos días.

¿Le pongo el café? Sí, por favor.

Germán le dijo que no entendía

cómo llevaba la fábrica a la ruina,

que las telas ya no tenían calidad,

que había entregado menos cantidad.

¿Y él qué le contestó? Que se buscara otra fábrica.

Así se lo dijo, sin pestañear.

Está hundiendo la fama de Tejidos Silva.

Si es que le dio igual lo que le dijo Germán.

Le dio igual. Yo no entiendo esta actitud.

Tanto que luchó para quedarse

con la fábrica, ¿para qué? ¿Para hundirla?

¿Qué más tengo que hacer para pedirte perdón?

Con esa actitud te haces tanto daño tú como el que me haces a mí.

Háblame. ¡Háblame! ¡Grítame! ¡Haz algo!

Me ha denunciado por abandono del hogar.

Él dijo que iba a conseguirlo por las malas y aquí está.

Yo no sé cuáles son los motivos que tienen

para separarse, pero, por desgracia,

la ley permite poner esta denuncia.

¿Qué pasa si no vuelvo? Rodolfo podría obligarla.

Pero tiene que haber otra opción.

Sí. Hay algo que podemos hacer.

-Verá. Tengo un pretendiente. -¿Qué pasa?

¿Quieres presentármelo? -Él quiere conocerle, sí.

-Por mí puedes traer a ese pretendiente a comer

o a cenar cuando quieras. Y ya sé por qué

estás tan preocupada. -¿Ah, sí?

-He recibido críticas de tu hermana Elisa.

No puedes imaginar la cara que puso

cuando tocó la telas. Y la entiendo.

No son dignas de esta tienda.

¿Y qué vamos a hacer? Las clientas se quejan

y no compran. Si mi tío no hace nada

por el negocio, poco podemos hacer nosotros.

Estoy muy preocupado con una cosa del café

y, además, afecta a más personas. Y yo no quiero meterme en líos

y tampoco quiero meter en líos a nadie.

-¡Desembucha!

-Que doña Antonia tiene un admirador secreto.

-A ver cuándo me has escrito una carta de amor.

-¿Cómo que no? Una vez te mandé una desde el pueblo.

-Sí. Para decirme: "Lo siento mucho,

pero no tengo tiempo de escribirte".

-Pero la escribí. -¿Y las cosas bonitas

cuándo me las dirás? -¿Qué cosas bonitas

te voy a decir que no sepas?

-Pues todas, Enrique. Todas.

A una mujer hay que decirle siempre cosas bonitas.

Si no, corres el riesgo de que venga otro

y se las diga por ti. -¿Otro? ¿Pero qué otro?

-¡Lo han publicado! ¿El qué?

La entrevista que hice en la fábrica.

¿De verdad? Mira. Pone mi nombre.

Me dan igual las amenazas del tío Ricardo.

No es el momento de parar.

Sabes que quiere despedir a las obreras.

Lo sé. Pero hablaré con ellas.

Yo sé que es muy difícil porque don Ricardo

ha amenazado con despediros.

Y yo no os puedo pedir nada, porque no trabajo aquí.

Pero sí os puedo prometer que no os van a despedir.

Os lo puedo prometer porque tengo una solución.

-Don Ricardo, en la edición de tarde

acaban de publicar que el Gobernador Civil

va a abrir una investigación en la comisaría

donde murió la sufragista.

-¿Y eso qué tiene que ver con todo esto?

-Que es justo lo que piden los manifestantes.

Así que las protestas van a terminar

y usted no tendrá por qué preocuparse por nada.

-Así que los obreros me retan

y tú me sugieres que reaccione no haciendo nada.

-Exacto. -Esto es el colmo.

-Mi tío es una persona mayor y lleva mucho solo.

Encontró a alguien que le hace compañía.

Y si ese alguien se aprovecha de él, es problema suyo,

no nuestro. -¿No podemos hacer algo?

-¿Como qué? -No sé. Impedir que sigan juntos.

-Mi tío tiene dinero, mucho dinero.

Y es, precisamente, lo que le interesa a Elisa.

Que es viejo, sí. Que podría ser su padre, también. Le da igual.

-Eso es.

-Deberías esperar a conocerla. Y además...

-No lo digas. -Está bien.

No lo digo. -Gracias.

-Pero quizás Olga te mienta

y esa niña puede no ser tuya.

-¿Vamos a discutir otra vez? -Te haces muchas ilusiones.

-Aquí tienes lo que me pediste y algo más de mi parte.

-Gracias. No sé qué habría sido de mí sin tu ayuda.

-Eres la madre de mi hija.

No tienes por qué darme las gracias.

-Yo voy a abusar un poco más de su amabilidad.

-Miedo me da. -Tranquilo.

No le voy a pedir ningún favor.

Solo que necesito desahogarme. Es por Salvador.

-Casi hubiera preferido lo del favor.

-Vigílenlo. Esta mañana tenía un poquito de fiebre.

Igual tenemos que llevarlo al médico,

porque, últimamente, llora mucho.

No creo que tenga importancia.

Los niños a veces tienen cólicos. Ahora está bien.

-No me gusta pero que nada nada lo que está haciendo

su hermana Francisca con su marido.

Y usted la está ayudando. -Lo que no debería haber hecho

Francisca, es casarse con Luis. -Señorita, no diga eso.

-Siento decirlo, pero no me gusta ver a mi hermana así de hundida.

-Pero esta no es la solución. Echar a don Luis de la habitación

de matrimonio, solo empeorará las cosas.

-Me lo ha pedido ella. -Claro.

Y como don Luis no es santo de su devoción,

usted ha visto el cielo abierto.

-Venga. Te vienes a casa. Me haces daño.

He dicho que te vienes a casa. ¡No pienso volver! ¡Suéltame!

Vas a venir por las buenas o por las malas.

Tú eliges. ¿Por qué lo tienes que poner

todo tan difícil? -¿Qué pasa aquí?

Acompaña al señor Loygorri a la puerta, por favor.

Yo no me muevo de aquí. Soy tu marido.

Y vendrás conmigo, lo quieras o no. No.

Señor Loygorri, por favor. -Merceditas, no te metas.

Vete a la cocina. Merceditas, ve al despacho,

por favor, y trae el auto del juez.

  • Capítulo 156

Seis Hermanas - Capítulo 156

01 dic 2015

Diana se cita con Olga para aclarar sus sospechas, mientras Francisca no quiere seguir compartiendo su dormitorio con D. Luís. Celia se cita con D. Ricardo para evitar que tome medidas contra las obreras de la fábrica. Por su parte, Germán también se va a verle para reclamar sus pedidos.

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  1. celia Blanc

    Parece extraño que Salvador no le pida a su ex-amante el acta de nacimiento de la supuesta hija, al menos para asegurarse de la fecha y lugar de nacimiento. Siendo él tan perspicaz, desde el primer instante se lo cree todo, tal vez me equivoque y después se vaya aclarando el por qué.

    13 sep 2016
  2. Sussi

    Via youtube

    03 dic 2015
  3. Macun

    Casi todos los días hay un error en esta serie. A los 30 min aprox hay una falta de señal, sale una pantalla verde y después continua pero perdiéndose bastantes minutos del capítulo. Puede ser la cinta de magnetoscopio si es este el soporte que utilizan, que no esté bien pistada y no graben por ensamble. También lo he notado con un capítulo de Carlos I. Espero que se resuelva pronto. Muchas gracias.

    02 dic 2015
  4. Luleichon

    Por qué no puedo ver Seis hermanas?

    02 dic 2015
  5. maria lamas

    Como puedo ver la serie otra vez siempre dice invalid source.

    02 dic 2015