Dirigido por: Julián del Olmo

El rastro de Dios, que el programa va siguiendo, le lleva a descubrir la infinidad de campos en los que la Iglesia está comprometida: pobreza, enfermedad, ancianidad, cultura, arte, vida contemplativa, minusvalías, juventud, campos de refugiados, niños de la calle, Sin Techo y Sin Tierra, mutilados de las minas antipersona, grandes catástrofes humanas, naturales o provocadas, etc.

Pretendemos hacer una comunicación que muestre el rostro de una Iglesia samaritana y provoque en la audiencia comunión, solidaridad y compromiso con los más desvalidos de nuestra sociedad y de nuestro mundo.

Nos aplicamos las palabras de Juan Pablo II: "Cada día, los medios de comunicación social llegan a nuestros ojos y a nuestro corazón, haciéndonos comprender las llamadas angustiosas y urgentes de millones de hermanos menos afortunados, perjudicados por algún desastre, natural o de origen humano; son hermanos nuestros que están hambrientos, heridos en su cuerpo o en su espíritu, enfermos, desposeidos, refugiados, marginados, desprovistos de toda ayuda; ellos levantan los brazos hacia nosotros, cristanos que queremos vivir el Evangelio y el grande y único testimonio del amor". (Juan Pablo II. Cuaresma de l986).

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Para todos los públicos Pueblo de Dios - Refugiados sin refugio - ver ahora
Transcripción completa

(Música cabecera)

El número de refugiados en todo el mundo

supera los 65 millones de personas.

Casi la mitad son menores.

(Disparos)

La guerra, la persecución política y religiosa y las hambrunas

están obligando a millones de personas a salir de sus países

para salvar la vida.

Dos ejemplos: la guerra de Siria ha dejado un saldo

de cinco millones de refugiados, y tres la de Afganistán.

(Música)

La llegada de refugiados a Europa, vivos unos y muertos otros,

debería haber provocado una reacción colectiva de humanidad

y solidaridad con ellos.

En algunos casos, ha sido así; pero en otros, no.

Hay gobiernos que han blindado las fronteras con muros,

alambradas y policías para cortarles el paso.

Y Europa se dispone a repatriar a un millón de refugiados,

sabiendo que sus países de origen siguen tan mal o peor

que cuando se vieron obligados a abandonarlos.

España se comprometió a acoger a 17 000 refugiados,

pero hasta el momento solo han llegado 1200.

Estamos en un momento muy complicado.

La oleada de personas que han ido llegando se está incrementando.

Cada vez hay más solicitantes de asilo en España.

Es verdad que no ha sido algo tradicionalmente muy importante.

Había pocas personas que pedían asilo. Cada vez hay más.

Los sistemas de protección de las personas refugiadas

son débiles y tienen plazos muy cortos.

La gente se va descolgando.

Nosotros, como Compañía de Jesús,

donde estamos trabajando es en esos vacíos del sistema,

donde detectamos que no se acompaña suficientemente,

donde vemos que hay gente que se queda sin ayuda,

que se queda en calle,

que no recibe ayudas para la integración,

que no puede acceder a un empleo.

Ahí es donde trabajamos nosotros.

(Música)

Los obispos españoles han pedido al Gobierno

que abra inmediatamente corredores humanitarios

para que los refugiados puedan llegar finalmente a nuestro país.

En muchas ciudades españolas ha habido movilizaciones

exigiendo a los gobiernos europeos el establecimiento de rutas seguras

para los cientos de miles de personas

que se han visto obligadas a abandonar sus hogares

y buscar un lugar seguro en nuestro continente.

Los obispos han pedido paseos humanitarios al Gobierno español,

a imagen de lo que han hecho en otras naciones de Europa,

porque necesitan avalar las posibilidades

de que los refugiados inmigrantes, que sufren inmensas penalidades

en sus rutas migratorias, puedan llegar a sus destinos

y proteger sus proyectos vitales y sus familias

en lugares donde no tengan que sufrir violaciones,

abusos de menores, trata de personas...

Y con esta posibilidad, la Iglesia se suma con muchas instituciones

para que estos vulnerables y descartados

puedan tener un techo, una acogida, una integración,

que la Iglesia aporta subsidiariamente

porque entendemos que es una labor fundamental

de responsabilidad del Estado.

A lo largo de los años,

"Pueblo de Dios" ha sido testigo directo

del drama de los refugiados.

Unas veces, como en Ruanda y Liberia,

visitando los campos en los que vivían

en condiciones infrahumanas miles de personas.

Sin saber cuándo acabaría este infierno.

Otras veces, como en Sigüenza y Madrid,

hemos grabado en centros de acogida a inmigrantes y refugiados

que lograron entrar en el paraíso,

pero viven con miedo a ser expulsados en cualquier momento.

La vida en los campos de refugiados cambia radicalmente

lo que es el vivir de la gente.

Porque de estar en una vida en dispersión,

rodeados de sus campos, con los vecinos,

manteniendo su intimidad,

llegan a estos campos, donde todo se masifica

y se crea un espíritu totalmente distinto.

Al comienzo les da una sensación de seguridad.

Han escapado de donde estaban cercanos a la muerte.

Pero pronto se dan cuenta de que algo grave está pasando,

que esa esperanza de volver pronto a casa se va terminando.

Los refugiados viven entre plásticos con logotipos de organizaciones

de la ONU y Comunidad Europea

que ni los protege de las inclemencias del tiempo

ni de la violación de sus derechos humanos.

La vida en la colina de Guiembé, a 2500 metros de altitud,

se ha convertido en un infierno del que se sabe el día que empezó,

22 de diciembre de 1997, pero que nadie sabe cuándo acabará.

(Música tribal)

Aquí todo es miseria, todo es plástico.

Son ciudades en plástico.

Ciudades que no tienen ningún sentido

y que el mundo se tendría que rebelar contra todo esto.

Mamá Gabriol nos dice que los milicianos

le cortaron el cuello a cuatro hermanos suyos,

y ella pudo escapar con sus hijas y nietas.

Asegura que ha sido algo horrible lo que ha sucedido en el país.

Todos salieron de sus casas con lo puesto

y no tienen dinero para comprar comida.

Ella transporta bidones de agua en la cabeza

para conseguir algo de dinero.

Las condiciones en el campo de desplazados son inhumanas.

La gente vive como sardinas en lata

entre cuatro palos techados con plásticos

o, en su defecto, con hojas de palmera.

Sobreviven gracias a la ayuda humanitaria

de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús.

Esta ayuda viene de la campaña de solidaridad con Liberia

que la congregación está promoviendo en España e Inglaterra.

Los desplazados llevan un año en el campo

y aún tendrán que estar al menos otro año más.

Hasta que las fuerzas de paz de la ONU

consigan pacificarlo totalmente

y la gente pueda regresar a sus lugares de origen

sin que sus vidas corran peligro.

Para garantizar el cumplimiento de los acuerdos de paz

firmados el 18 de agosto de 2003,

la ONU ha enviado a 15 000 soldados.

Toda la gente de este campo vive miserablemente.

En la pobreza más absoluta.

No tienen nada, ni medios para vivir,

ni a nadie a quien pedir ayuda.

No tienen ropa, ni dinero, ni siquiera agua potable.

El país está sembrado de campos de desplazados,

pero solo 14 reciben ayuda de organizaciones internacionales.

Los otros, entre ellos, este, no reciben ninguna ayuda oficial.

La única que reciben es la de las Hermanas Hospitalarias,

que les dan alimentos,

atención sanitaria en el ambulatorio de la misión,

medicamentos y vacunas para los niños.

Los responsables del campo se encargan de la distribución

de los alimentos.

Las misioneras se ocupan de que el reparto sea ordenado

y nadie haga trampa,

porque el arroz es escaso y tiene que llegar para todos.

Normalmente, junto con el arroz, se entrega pescado ahumado.

Pero la economía de la misión ha tocado fondo

y esta vez solo se puede dar un saco de 25 kilos

para cada cinco familias,

que tendrán que multiplicar el arroz si quieren comer durante una semana.

En este año, las Hermanas Hospitalarias

han repartido toneladas de arroz y pescado,

que adquieren en el mercado de Monrovia

con el dinero solidario que les llega de España.

Líbano está sembrado de campos de refugiados

instalados en tierra de nadie, sin escuelas,

sin centros de salud y sin perspectivas de futuro.

Más de 200 000 personas están en campamentos

que no reciben ningún tipo de ayuda.

Muchos sirios escapan de la guerra para refugiarse en Jordania

o Líbano, donde han llegado más de un millón,

y otros viajan a Turquía para dar el salto a Europa,

en cuya aventura más de 3000 personas

perdieron la vida en el Mediterráneo.

Los refugiados representan el 30 % de la población del Líbano.

Proporcionalmente,

es como si en España hubiera 16 millones de refugiados.

Las familias son familias muy humildes.

Salieron de su país expulsadas, amenazadas de muerte.

Y estas familias salieron sin nada.

Aquí están sin permiso de trabajo, sin permiso de residencia.

Se han acogido a un permiso provisional de la ONU

para poder viajar un día a otro país.

Son familias muy agradecidas, pero que carecen básicamente de todo.

Evidentemente, nuestra tarea es acercarnos

y trabajar con los niños

para defender y proporcionarles un derecho fundamental,

que es el derecho a la educación.

El Proyecto Fratelli es un oasis

en medio del drama que viven estos niños.

Salida precipitada de su país, pobreza extrema

y aislamiento social.

En Fratelli tienen acogida, seguridad, respeto,

estudios y hasta merienda.

Si no fuera por Fratelli, algunos de estos niños y niñas

estarían sirviendo en alguna casa libanesa

por un plato de comida o pidiendo en la calle.

Salimos de Irak huyendo de la persecución de Daesh

porque conquistó nuestro pueblo y perseguía a los cristianos.

Estábamos bien en nuestro país hasta que llegó Daesh.

Vinimos a Líbano porque en mi familia somos siete.

Mi marido y yo y cinco hijos.

Y no queríamos separarnos ni que nos ocurriera

una desgracia en el camino como a tanta gente.

Yo trabajo aquí, en el centro, y un hijo mío viene a esta escuela.

La ciudad del Doncel se distingue también

por la acogida a inmigrantes y refugiados.

En 1992, don José Sánchez,

entonces obispo de la diócesis de Sigüenza, Guadalajara,

abrió un centro para refugiados

cuya gestión encomendó a la ONG Accem.

En 1999, durante la guerra de los Balcanes,

el obispo acogió en el seminario mayor

a un centenar de refugiados kosovares.

Accem es una ONG que trabaja con refugiados políticos,

con inmigrantes y con personas que están en exclusión social.

A la hora de hablar de refugiados políticos,

la Dirección General de Migraciones

se pone en contacto con los trabajadores sociales

que tenemos en la sede central, en Madrid,

y los deriva a los diferentes dispositivos por toda España.

Cerca de 700 plazas tenemos en este momento

en torno a la acogida con refugiados.

El centro de refugiados dispone de 60 plazas para solicitantes

de protección internacional, que siempre están ocupadas.

En los 24 años que lleva abierto el centro,

han pasado por él más de 5000 solicitantes de asilo.

(HABLA EN SU IDIOMA)

Hussein está en España,

pero su cabeza y su corazón están en Siria

con su mujer y sus hijos.

Hussein vive pegado al teléfono

esperando angustiado noticias de su familia

porque teme por sus vidas.

Mi único deseo,

reunirme con mi esposa y mis hijos, que están en Siria.

Reunirme con ellos donde sea.

Me da igual el país. Es lo único que pido.

Visitamos la casa de acogida San Francisco de Asís,

en la periferia de Madrid,

donde vive el padre Jorge con 16 emigrantes y refugiados

de seis nacionalidades.

Unos, con papeles; y otros, sin ellos.

La casa, de corta y mediana estancia,

tiene 20 años de existencia.

Por ella ha pasado más de un centenar de personas.

En un principio, acogió a toxicómanos,

y más tarde, a emigrantes y refugiados,

que llegan con los pies cansados de tanto caminar

y con las manos dispuestas a trabajar en lo que sea.

Cada uno de los miembros de esta familia es muy importante,

y esa es una de las cosas que nos hacemos sentir unos a otros.

Todos somos necesarios porque cada uno tiene su tarea.

El ser de diferentes países, de diferentes culturas,

nos está ayudando a que cada uno enseñe a los demás

su forma de ver la vida, su forma de sentir a la familia,

la suya de su país, pero también de sentirse aquí.

Esto hace que cada uno tenga su sitio

y que de cada uno los demás vayamos aprendiendo.

Como la casa es pequeña para una familia tan grande,

el padre Jorge ha habilitado dos caravanas.

En una de ellas vive Kofi.

Kofi es de Ghana.

Vino en patera y, dentro de lo malo, tuvo suerte.

Cuando, en Senegal, fue a subirse a la patera,

después de pagar 2000 euros, estaba llena y se quedó en tierra.

Resultó que la patera naufragó y se ahogaron todos.

Trabajó nueve meses vendiendo pescado.

Y cuando tuvo dinero para pagar a las mafias, se hizo a la mar.

En este viaje éramos 190 personas.

Lo pasé mal. Y no solamente yo,

190 personas que estuvimos en una patera.

Entramos en diciembre, y en el mar hacía un montón de frío.

Muchas olas, grandísimas.

Y hubo un momento que decía: "Ya estamos muertos",

porque ya no veíamos nada.

Olas, olas, olas... Y no paraba.

Digo: "Estamos muertos".

Y poco a poco, los capitanes venían: "Calmaos, que ya estamos llegando",

y no llegamos. Pero al final llegamos a Tenerife.

Cuando cuento eso a la gente,

dicen: "¿Cómo puedes coger una patera con 190 personas?

¿Cómo habéis podido venir?".

Eran sentados en el suelo.

Nueve días sentado sin ir al baño ni moverme.

Una vez que subes, donde te sientas, ahí te quedas hasta que llegues.

Si te mueves, te quitan el sitio.

Y si te quedas de pie, te tiran al mar,

porque saben que vas a buscar un problema.

Kofi vio la luz

cuando el padre Jorge lo acogió en su casa.

Atrás quedó el pasado.

Ahora tiene trabajo y mira al futuro con esperanza.

Nunca me ha faltado nada. Desde que vine a vivir con él,

no me ha faltado nada de lo que he pedido.

Me ha ayudado en todo.

Y no solamente a mí, a mis compañeros también.

Todo lo que pueda, se lo pides y te lo da.

Me ha ayudado a mí, mi madre, mis hermanos. A todos.

No tenía papeles. Me ayudó para conseguir los papeles.

Y trabajo.

O sea, todo, todo, todo.

Todo.

Ahora mismo, es mi padre.

(Música suave)

Rolan es de Ghana y vive en esta caravana.

Vino a España en patera con otras 27 personas más.

El pasaje le costó 500 euros.

El teléfono es el cordón umbilical que mantiene conectados

a los emigrantes y refugiados con sus familias,

que están a miles de kilómetros.

Una vez al mes, llama a su país

para saber cómo están sus padres y hermanos.

Aquí ha encontrado un padre que se preocupa por él

y una nueva familia.

Porque la suya está muy lejos.

Lo que vivimos en esta familia es que es tan particular

que cada uno ha tenido un camino diferente para venir a España.

Desde pateras grandes ya hechas,

hasta tablas que les dieron algunos con clavos y pintura

para hacerse la patera, o los que han saltado la valla.

Claro, todo lo que han vivido hasta ahora es tan duro

que el compartir esas experiencias

hace que el encontrarnos ahora aquí, en un sitio cálido y agradable,

digan: "Uf, esto es otra cosa.

Aquí merece la pena. Y después de tanto sufrimiento,

ahora podemos decir que hemos encontrado nuestro sitio".

El padre Jorge es un cura todoterreno.

Acoge a los que llaman a su puerta, busca solución a sus problemas.

Acude a los feligreses de sus anteriores parroquias

para que le ayuden a sacar adelante a la familia que ha creado,

y hasta se atreve a dar lecciones de agricultura.

El Evangelio.

El Evangelio es lo que ha movido mi vida

desde que yo lo descubrí.

Soy de una familia numerosa donde hemos tenido muchos problemas

y donde ver a la gente sufrir

me llegaba al corazón.

Y el Evangelio me estaba diciendo:

"Jesucristo está en cada una de las personas que pasan a tu lado".

Si yo sigo a Jesucristo,

tengo que abrir mi corazón, mi vida, mi casa,

a las personas que están sufriendo.

Para que Jesucristo deje de sufrir en cada uno de ellos.

La casa de acogida San Francisco de Asís,

aunque más bien son dos casas,

está en un terreno de Renfe al pie de la carretera de Colmenar Viejo.

El padre Jorge rehabilitó las viejas casas de los ferroviarios

y el terreno baldío lo ha transformado

en huertos ecológicos y jardines que cultivan los propios acogidos.

Ahora es una casa de campo a las afueras de Madrid

Donde vive, en paz y con dignidad,

una familia de emigrantes y refugiados.

Y todos contentos, empezando por el padre Jorge.

Fode es de Guinea-Conakry, y hoy le toca hacer de granjero.

Llegó a Canarias en patera

después de haber pagado 2000 E a las mafias.

Ha vivido cinco años en la calle

pidiendo limosna en las puertas de las iglesias.

El padre Jorge le ofreció su casa

y aquí ha encontrado acogida, comida y cariño.

A la sociedad hay que denunciar muchas cosas.

Desde la pasividad ante estos dramas,

desde el no tomar un compromiso por abrir fronteras,

por abrir corazones, por abrir... por hacer justicia.

Abrirse a la justicia.

Esto es algo tan importante que la sociedad tiene que despertar.

Hay muchos chicos, hay muchas familias,

que están sufriendo muchísimo. No digo mucho, sino muchísimo.

Y es una denuncia que está siendo evangélica.

El Evangelio está gritando y está gritándonos a cada uno

porque, cuando descubres, cuando conoces las personas,

dices: "Pero qué barbaridad estamos haciendo".

El padre Jorge regenta la parroquia de Nuestra Señora de la Guía,

a la sombra de las famosas cuatro torres de Madrid.

La iglesia parroquial fue la primitiva capilla

de la colonia de los ferroviarios.

El padre Jorge le ha dado su impronta a la iglesia

y parroquianos, emigrantes y refugiados

se encuentran muy a gusto en ella.

Hemos ido haciendo de esta capilla un lugar de encuentro para los...

refugiados, los inmigrantes.

Era una parroquia, como muy hecha para el barrio solo,

pero yo creo que hemos ido abriendo

y la gente del barrio ha sido también...

ha ido abriendo su corazón a todas estas situaciones de dolor

que hemos ido reflejando en las paredes.

Primero en el corazón de la gente. Y, cuando lo han tenido dentro,

lo hemos ido reflejando en las paredes.

Y ha sido crear un ambiente

que nos hace vivir la realidad de lo que está pasando en el mundo.

La Iglesia está decorada con símbolos alusivos

a la peripecia de los emigrantes y refugiados.

El vía crucis, que discurre por una pared lateral de la Iglesia,

es un camino desértico y tortuoso como el que ha recorrido tanta gente

huyendo del hambre y de la guerra.

Las imágenes de las estaciones son de los cristos de hoy,

que sufren un calvario a semejanza del que padeció Jesucristo.

Uno de los chicos que vive en casa, que es musulmán,

vino el otro día, cuando íbamos a... a cambiar el dibujo de la pizarra

y, viendo la fotografía del espacio de memoria,

se me quedó mirando impresionado y me dijo:

"Jorge, cuántas lágrimas he derramado yo en el mar".

Dice: "Aunque debe dar vergüenza decirlo, pero no me da vergüenza.

Yo lloré mucho cruzando desde Libia hasta Italia".

Y ahí dije: "Esto es lo que tenemos que poner".

Esta es la realidad. Esto es lo que ha pasado ahora mismo.

Y esto es lo que tenemos que rezar, nada más entrar en la iglesia,

que veamos la experiencia de una persona que sufrió mucho.

Al fondo de la iglesia está el espacio de la memoria,

de una historia que nos avergüenza a todos.

El chaleco azul es de un bebé sirio

que llegó a Lesbos en los brazos de su madre.

El chaleco naranja es de otro niño rescatado en alta mar

cuando se hundía la embarcación.

El pañuelo lo llevaba al cuello una mujer

que estuvo a punto de morir ahogada.

Las piedras son de la playa de El Tarajal en Ceuta,

donde llegan, vivos o muertos, muchos emigrantes.

(Música suave)

(Música créditos)

Pueblo de Dios - Refugiados sin refugio

25:36 02 abr 2017

Europa ha blindado sus fronteras a los refugiados. Los obispos españoles han pedido al gobierno que abra corredores humanitarios para que los refugiados puedan llegar a nuestro país.

Europa ha blindado sus fronteras a los refugiados. Los obispos españoles han pedido al gobierno que abra corredores humanitarios para que los refugiados puedan llegar a nuestro país.

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