Dirigido por: Julián del Olmo

El rastro de Dios, que el programa va siguiendo, le lleva a descubrir la infinidad de campos en los que la Iglesia está comprometida: pobreza, enfermedad, ancianidad, cultura, arte, vida contemplativa, minusvalías, juventud, campos de refugiados, niños de la calle, Sin Techo y Sin Tierra, mutilados de las minas antipersona, grandes catástrofes humanas, naturales o provocadas, etc.

Pretendemos hacer una comunicación que muestre el rostro de una Iglesia samaritana y provoque en la audiencia comunión, solidaridad y compromiso con los más desvalidos de nuestra sociedad y de nuestro mundo.

Nos aplicamos las palabras de Juan Pablo II: "Cada día, los medios de comunicación social llegan a nuestros ojos y a nuestro corazón, haciéndonos comprender las llamadas angustiosas y urgentes de millones de hermanos menos afortunados, perjudicados por algún desastre, natural o de origen humano; son hermanos nuestros que están hambrientos, heridos en su cuerpo o en su espíritu, enfermos, desposeidos, refugiados, marginados, desprovistos de toda ayuda; ellos levantan los brazos hacia nosotros, cristanos que queremos vivir el Evangelio y el grande y único testimonio del amor". (Juan Pablo II. Cuaresma de l986).

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Transcripción completa

(Música cabecera)

(Música)

Hay historias que merecen ser contadas

aunque haya que atravesar toda África.

Aunque haya que recorrer medio Mozambique para darlas a conocer.

Esta va sobre la lucha de la vida sobre la muerte,

sobre la desesperanza y sobre la enfermedad.

Es una historia que no ha acabado y cuyo final

se vislumbra en el horizonte.

Pero ya sabemos que el horizonte no se alcanza nunca.

Aun así, merece la pena.

El Hospital del Carmelo, en la ciudad de Chókwè,

se instaló en un convento de carmelitas

del que tuvieron que salir las religiosas

en la guerra civil mozambiqueña.

Años después, las Hijas de la Caridad

se hicieron cargo del edificio

y se ha convertido en un centro de referencia

para el tratamiento del sida y la tuberculosis.

Hace 14 años nuestro programa visitó el hospital,

cuando la pandemia hacía estragos en el sur de África

y hablar de sida era directamente hablar de muerte.

La situación ha cambiado mucho y los enfermos

se han cronificado gracias a un amplio abordaje de la situación.

Ha pasado lo contrario a veces, porque lo han minimizado tanto...

Es una enfermedad que se trata y lo cogen como una enfermedad cualquiera.

Que tampoco es así.

Tiene muchísimas implicaciones y complicaciones.

Muchísimas ventanas abiertas a otras enfermedades.

María Elisa, misionera y médica valenciana

dirige este hospital que hace un seguimiento

de nada más y nada menos 10 000 enfermos de sida

y más de 1000 de tuberculosis.

Las cifras son abrumadoras.

Como también lo es la de los 36 millones de personas

que viven con el virus en el mundo.

De ellas, 1 800 000 son mozambiqueñas.

Pero también son impactantes los buenos resultados

que se están consiguiendo.

Especialmente, en algo tan importante como prevenir

el contagio madre e hijo.

Gracias, en este caso a la eficacia de la gestión hospitalaria

de las misioneras.

Es un problema a nivel de todo Mozambique.

Hay una porción elevada de mujeres en edad fértil.

Normalmente, si no se trata el sida, las mujeres en un 30 o 40 %,

transmiten la enfermedad a los hijos.

Entonces, con un buen tratamiento,

acompañada de todo el contexto social, familiar

y que hagan bien la toma, los horarios,

conseguimos que las madres no transmitan más

la enfermedad del sida a los hijos.

Aquí estamos a una prevalencia negativo del 95 al 96 %.

De cada 100 mujeres embarazadas,

95 o 96 niños nacen libres de la enfermedad.

Es un porcentaje bastante alto.

Alguna se escapa porque viene ya cuando está muy avanzado el embarazo

y no da tiempo al tratamiento.

Lo que intentamos decir a las mujeres es que si hacen un buen tratamiento,

nos dicen con quién, porque están embarazadas,

los niños pueden nacer todos seronegativos.

Solucionada la que llaman transmisión vertical madre e hijo,

quedan aún por atajar

y eso ya no depende de las misioneras,

los altos índices de contagio de enfermos de sida.

Según los datos de 2016,

en Mozambique se produjeron 83 000 nuevas infecciones

y murieron 63 000 personas.

Cómo es posible que ahora, sabiendo todo,

habiendo preservativos por todas las partes,

todo el mundo sabiendo lo que es el sida,

aún se contaminen

aún haciendo una vida sexual activa con un riesgo...

Esto existe todavía.

Y también, por más que... todas las campañas que he visto,

ha venido mucha gente a hacer campañas de prevención.

Pienso que faltaría meterse más en la idiosincrasia del país.

Alguien que surgiera de dentro de ellos, cosas impuestas.

Hasta ahora, lo que veo...

-El tema del contagio está muy relacionado no solo

con una cuestión de salud.

Tenemos unos grandes problemas para afrontar en nuestro pueblo,

entre ellos, el tema de la cultura.

Existen las costumbres de la promiscuidad

y también de la poligamia.

Son parte de la cultura del país.

También está el asunto de la falta de poder de las mujeres.

Ellas no tienen mucho poder de decisión

porque no trabajan de forma remunerada,

y en el plano económico dependen de sus maridos.

Todavía hay mucho que hacer en el tema social

para trabajar en estos puntos, para ver si en el futuro esto cambia.

Las religiosas no están solas en la lucha contra el sida.

Desde España, Manos Unidas está apoyando este trabajo.

A petición de las misioneras, la ONG española ha contribuido a conseguir

la joya de la corona del hospital.

Un laboratorio que no tiene nada que envidiar al mejor del país.

Durante 11 años, cada lunes los trabajadores y las misioneras

tenían que empezar a trabajar a las 4:30 de la madrugada

para hacer las extracciones.

El sistema era muy complejo y a veces no resultaba bien.

Tenemos una cantidad enorme de enfermos.

Para hacer la analítica estábamos obligadas todos los lunes,

hacíamos 300 o 400 extracciones de sangre.

Teníamos que prepararlo, llevarlo o urgentemente a Maputo

y tenía que llegar antes del mediodía.

Son cargas virales y tenía que ser así.

Primero hacíamos a los enfermos madrugar una barbaridad

o tenían que venir el día antes a dormir al hospital,

con lo cual, teníamos que habilitar lo que era la capilla de la iglesia

con colchonetas o esteras para que durmiesen.

Era muy complicado.

Este laboratorio nos permite hacer diagnósticos de certeza.

Esto hace un tratamiento.

Los enfermos dan mejor respuesta y tienen mejor calidad de vida.

Las instalaciones del laboratorio llaman la atención.

Especialmente, en un país como este,

donde los recursos sanitarios son tan precarios.

La última gran aportación de Manos Unidas

hizo posible adquirir un sofisticado sistema

para analizar las pruebas de tuberculosis.

Casi el 60 % de los casos de tuberculosis

asociados al VIH en todo el mundo ni se diagnostican ni se tratan.

De ahí la importancia de este equipamiento.

Lo más bonito de Manos Unidas es que vienes cada año

no en plan de supervisar, sino en plan de ayuda.

Vemos cómo hemos trabajado juntos, vemos que está realizado,

quedamos todos contentos y seguimos proyectando,

ellos siguen ayudando y España sigue ayudando también.

Gracias a todos.

La gestión hospitalaria en el Carmelo

es la clave del buen funcionamiento del hospital.

Por eso las hermanas también se están preocupando de formar

a nuevos profesionales,

como es el caso de Edy,

un mozambiqueño que ya es director clínico.

Es un hospital donde las cosas funcionan bien.

Diferente a otros hospitales del país.

Está administrado por las hermanas,

que tienen otra mentalidad, otra filosofía.

Yo, como médico, estoy aquí desde 2013.

Aprendiendo con María Elisa, que es mi jefa

y tiene mucha experiencia en VIH y tuberculosis.

Estamos aprendiendo mucho de ella.

Las hermanas ahora están mayores y nosotros somos nuevos aquí.

Yo tengo una experiencia como médico de 15 años,

pero también están llegando médicos jóvenes

y estamos bebiendo de la filosofía de trabajo que tienen las hermanas.

Mañana las hermanas no estarán por aquí

y nosotros seguiremos con su legado.

En el país, las hermanas son consideradas

como personas excepcionales.

Hablando de hermanas,

14 años después de nuestra primera visita

nos volvemos a encontrar con sor Fernanda.

En aquellos tiempos en los que el sida hacía estragos,

las religiosas tenían que hacer frente a una situación

en la que los enfermos no querían saber si estaban contagiados.

Equivalía a conocer su sentencia de muerte.

Cambió todo y cambió para mejor.

En 2004 apenas estaba comenzando el tratamiento, se estaba expandiendo.

Ahora ya está extendido por todo el país.

Aquí fuimos de las primeras y muchos enfermos fueron tratados

con el medicamento antirretroviral.

Mucha gente ya es consciente de la enfermedad que tienen.

La asumen y aceptan.

No todos, pero la mayoría lo acepta y se adhiere al tratamiento

y a todo lo que el tratamiento exige.

Ven que mejoran.

Están bien, pueden trabajar.

No solo pasa aquí, sino en todo el país.

La actividad de las religiosas es agotadora.

El volumen del trabajo es grande en un hospital con 115 camas

especializado en atender a personas seropositivas

con enfermedades oportunistas.

Pero a Fernanda no le faltan las fuerzas.

Yo le pido a Jesús que nos dé fuerza día a día

y saber disfrutar del trabajo de enfermería.

Del trabajo con los más pobres,

del cuidado del enfermo de una manera particular.

Si tú disfrutas de tu servicio como hija de la caridad,

el trabajo irá adelante.

En otro rincón del hospital seguimos con los reencuentros.

En este caso, con la hermana Aurora.

Una mozambiqueña que, pese a los años

y a los achaques propios de la edad, supervisa a la hora de comer

a una veintena de niños.

Estos son como hijos para la religiosas

porque viven en el hospital durante una larga temporada

que puede prolongarse varios años.

Este proyecto de niños nació porque veíamos que había niños

que empezaban el tratamiento e iba mal.

Nos dimos cuenta que las casas...

Primero, los padres a lo mejor habían muerto

y estaban con una abuela o el hermano mayor y no daban los tratamientos.

Los niños, algunos morían o evolucionaban muy mal.

No había formulaciones pediátricas.

Entonces nos tocaba dividir mucho los comprendidos.

Fue una historia, hasta que la sociedad en general

se conciencie de que tenía que hacer formulaciones pediátricas

para los niños.

En la primera lo que hicieron eran jarabes.

Eran tres medicamentos.

Cada jarabe era una medida.

Obligaba a pesar a los niños cada semana

y según el peso de un jarabe, 1 cm.

De otro jarabe dos. De otro 12.

Esto en cada casa era inviable,

con lo cual había un descontrol de los medicamentos.

Decidimos que los niños que no tenían condiciones en sus casas

para hacer bien el tratamiento que se quedaran aquí.

Los tenemos hasta que ellos son capaces de automedicarse

y controlar la medicación por la mañana y tarde.

Aquí están hasta la adolescencia.

Si pasa la adolescencia y vemos que tienen que quedarse,

en la otra parte del hospital tenemos un grupo de adolescentes.

Son mayores, van a la escuela, ayudan un poco en la huerta

o donde haga falta y estudian.

Y controlamos un poco la medicación.

Cuando tienen 20 años o así,

o estudian hasta la secundaria y hacen un curso de mecánicos,

o cursos de profesorado, cursos de enfermería.

El hospital no solo funciona de puertas adentro.

También despliega una gran variedad de programas de atención social

o acoge el reparto de alimentos que organizan otras instituciones.

Se trata de entender la salud de una forma mucho más amplia

que la estrictamente sanitaria,

sobre todo cuando se trata de una población con escasos recursos.

(Música)

En esa opción por trabajar fuera del hospital,

las visitas domiciliarias son imprescindibles.

Vamos con la hermana Manuela y Antonio,

el coordinador del hospital de día

a uno de los barrios de las afueras de Chókwè.

Nos hablan de que en la zona urbana,

el 40 % de la población es seropositiva.

Un dato estremecedor

y que revela lo mucho que aún tienen que hacer en el hospital.

Las familias que visitamos son familias desfavorecidas.

Viven en lugares muy precarios y necesitan de algún apoyo

en material escolar o alimentación.

A veces se puede encontrar dentro de la familia que visitamos

que haya alguna persona que esté enferma

y el apoyo clínico le viene muy bien.

Entonces le enviamos al médico o le decimos

que al día siguiente vaya al hospital para poderle tratar esa enfermedad

o esa herida.

-¿Estamos bien o estamos mal?

¿Cómo va? ¿Cómo va?

Esta tarde toca visitar a Enriqueta, que tiene 30 años y tres hijos.

Su enfermedad le impide atenderlos y es el mayor de ellos

el que hace de padre de familia.

Hasta ahora, lo que más nos preocupa de las familias que visitamos

es el tema de la escolarización y el registro de los niños.

Hemos registrado ahora a dos niños que perdieron a sus padres

en Sudáfrica y los abuelos no tenían ningún documento.

Nosotros hicimos de padrinos.

-A mover su piecito.

Quiero saber desde cuándo tiene estas heridas.

La hermana Manuela se preocupa por la situación de la enferma.

Descubre que han aparecido complicaciones

y le aconseja que vaya cuanto antes el hospital.

En estos años, la misionera ha tenido que enfrentarse

a todo tipo de situaciones en sus visitas a las casas de los enfermos.

Había una enferma que salió del hospital

y luego la trataron como si estaba loca.

La ataron con una cadena con candado en el tobillo a un árbol

y ahí la tenían.

La hermana Magdalena me pregunta...

Yo llevé el serrucho de cortar hierro y la traigo, si es posible,

porque no voy a dejar a esa señora ahí.

Me arrodillé, corté el candado,

ella fue a la ambulancia y la llevamos para casa.

Después quedó internada un tiempo y ahora está muy bien.

Después tuvo una chiquita y la puso mi nombre.

Ahí está la relación.

Aunque la vocación es la que sostiene la misión,

la hermana nos confiesa la dureza de vivir tantas situaciones amargas.

Aquí, ver morir una persona, ver morir otra...

Había épocas que en el hospital llevábamos hasta cuatro o cinco

personas por día a la morgue. Es muy duro.

Me tocó llevarlos, acompañarlos.

Son momentos muy duros.

Pero a la vez te hace crecer más en el espíritu de fe

y en tu entrega en el servicio donde estás.

Yo, por ejemplo, me preguntan en Argentina que cuándo vuelvo.

Yo digo que me van a poner ahí...

La misión es para toda una vida, les digo.

Salvo que digan que tengo que volver para la Argentina de aquí,

de Mozambique, pero pienso que no.

Estoy muy contenta, muy feliz.

(Música)

A hora y media de Chókwè, la población de Chalucuane

cuenta con otra misión de las hijas de la caridad.

Llevan aquí desde 1979 gestionando el hospital que, con el tiempo,

se ha convertido en el centro sanitario de referencia

para una población de unos 100 000 habitantes.

Cuando nuestro programa visitó Chalucuane en 2004,

aún estaban recientes las consecuencias de las inundaciones

que arrasaron esta parte de Mozambique.

La misionera mexicana Adela,

doctora y directora del centro,

dedica buena parte de las mañanas a pasar consulta

y atender a los pequeños.

Entonces fue la hermana Adela, una doctora mexicana,

quien tuvo el coraje de reconstruir el centro sanitario.

La gestión actual del hospital,

que sigue en manos de las religiosas,

lo ha convertido en un servicio muy demandado por la población.

Casi todos los pueblos de la región quieren venir a Chalucuane

por el tratamiento que se les da a los pacientes.

Creen que es el mejor.

También se trabaja de una manera humanizada.

No se maltrata al enfermo.

Ningún enfermo que llega aquí se va sin tratamiento.

En esa transformación del hospital

también ha tenido mucho que ver Manos Unidas.

La ONG ha respondido positivamente a los proyectos presentados

por las misioneras para mejorar las instalaciones.

Conozco Manos Unidas y la verdad es que es una labor solidaria

que vale mucho la pena.

Desde luego, puedo decir que todo lo que nos ha llegado de Manos Unidas,

100 % revierte en el pobre y en el pueblo.

Manos Unidas siempre, en todos los sitios que hemos estado,

la verdad es que nos ha ayudado muchísimo y eso vale mucho,

porque si no tuviéramos esa primera, vamos a decir,

ese primer respaldo,

no arrancaríamos nunca.

Y después, con los años, el proyecto va creciendo.

Vamos consiguiendo ayudas de otros financiadores

y apoyos de otras partes.

Pero hemos de decir que siempre Manos Unidas ha estado a nuestro lado

en estos pequeñitos proyectos y en otros más grandes.

Entre otras cosas, llegó la ayuda para hacer este pabellón

donde se atiende a los enfermos de tuberculosis.

Esta patología es la principal causa de muerte

entre las personas que viven con el VIH.

Gracias por las ayudas.

Sin las ayudas de ustedes y otros sería imposible mantener esto aquí.

Chalucuane es un hospital de referencia,

y cuando hay visitas, la gente queda admirada.

Para empezar por la limpieza tanto exterior como interior,

que se puede comer en el suelo.

Nunca nos faltaron medicinas ni material médico quirúrgico

porque siempre hay stock suficiente.

Tampoco faltan en el hospital de Chalucuane

los medicamentos antirretrovirales que se necesitan en la lucha

contra el sida y que se utilizan dentro del programa DREAM,

un exitoso plan para la prevención y tratamiento del virus del sida

que nació en 2002.

La idea surgió de la comunidad italiana de San Egidio

e incluye todo un conjunto de medidas que la hacen eficaz.

Educación en salud, complemento nutricional,

diagnóstico avanzado, formación del personal

y lucha contra la malaria, la tuberculosis,

las infecciones oportunistas y la malnutrición.

El proyecto DREAM funciona

porque gestionar una cantidad de pacientes tan grandes.

Por ejemplo, aquí tenemos 3800 en tratamiento.

Gestionar la atención clínica, la atención de laboratorio,

todas las analíticas que hay que hacer en los periodos

que se debe de hacer, controlar esos resultados,

después dar el tratamiento adecuado, controlar la adherencia,

después las condiciones psicosociales.

Todo eso, si no fuera por un proyecto que está bien coordinado

sobre una base informática bien elaborada, no sería posible.

Se ha exportado a toda África y se está implementando

en muchísimos sitios, y gracias a este programa,

y a toda la coordinación y toda la gente voluntaria

que está colaborando de una manera o de otra,

se está atendiendo a miles de enfermos,

diría millones de enfermos de sida en África.

La última gran ayuda de Manos Unidas al funcionamiento del hospital

ha sido la construcción de varias viviendas

destinadas al personal médico.

En muchas poblaciones africanas de difícil acceso

y sin medios de transporte,

es muy complicado conseguir profesionales,

tanto para las escuelas como para los centros sanitarios.

Un caso es el de Ortega.

Una enfermera que fue seleccionada para trabajar aquí

y que respondió afirmativamente gracias a la vivienda.

Un beso. ¿Cómo estás?

-Mi casa está muy lejos de aquí.

Yo no soy natural de aquí, soy de Chibuto,

otro distrito diferente a este. Queda distante.

Sería difícil llegar a tiempo al hospital.

Para mí es muy bueno vivir cerca y así evito retrasos.

Es importante vivir cerca del hospital,

porque en caso de urgencia o cuando haya una ausencia

y haya que atenderla,

me pueden localizar lo más pronto posible.

Así se puede resolver el problema en poco tiempo.

Si viviera lejos del hospital eso sería muy complicado.

Como no paran de idear nuevos proyectos,

las misioneras han comenzado en Chalucuane dos "escoliñas".

Es decir, centros de educación infantil.

Como lo importante es ponerlo en marcha,

lo han hecho bajo un árbol,

que es la forma clásica de iniciar una escuela en África.

(CANTAN)

Este pueblo está poco desarrollado porque no ha tenido

una educación suficientemente fuerte para desarrollarse.

Vemos que hay escuelas primarias precarias

y los jóvenes no tienen continuidad para estudiar la secundaria.

Se ve claramente que es necesario ofrecer posibilidades

de estudio y de continuidad para que en el futuro

se pueda desarrollar la población y, desde luego,

empezar por la base, que son las "escoliñas",

que es la base de la educación.

Estos críos van a aprender portugués, van a aprender a socializarse,

los conceptos básicos.

De manera que cuando lleguen a la escuela primaria,

ya tienen mucho ganado.

Estos críos, el aspecto de tener una comida cada día,

una comida que les da lo suficiente para estar satisfechos

y garantizada cada día, les hace cambiar el aspecto.

Llegaban y lloraban, ahora ya no llora ninguno.

Ahora son muy pillos.

Hemos desarrollado cursos de corta duración,

de carpintería, electricidad, y albañilería,

de costura, de tres o cuatro meses.

No es suficiente, pero eso anima a la población

a descubrir que formarse vale la pena,

que la educación abre las ventanas

para seguir empeñados en desarrollarse.

La hermana María quiere ir más allá en el tema educativo.

Sueña con poder construir un centro de secundaria en Chalucuane.

Un lugar donde los jóvenes puedan seguir formándose

porque en la educación está la llave del desarrollo de los pueblos.

También del mozambiqueño.

María ya tiene el terreno,

queda mucho por hacer y muchas peticiones que realizar.

Y claro, ya está pensando en escribir a Manos Unidas.

(Música)

(Música créditos)

Pueblo de Dios - La larga sombra del Sida

28:36 15 jul 2018

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