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Para todos los públicos Otros documentales - En la máquina de matar de Hitler: El increíble banquero de Hitler - ver ahora
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21 de julio de 1944, una de la madrugada.

Adolf Hitler hacía unas declaraciones en la radio.

El Führer acababa de salir indemne de un brutal atentado.

Apenas unas horas antes,

una bomba había explotado en el Cuartel General de Rastenburg,

conocido por los nazis como La Guarida del Lobo,

sin alcanzar su objetivo.

En medio de los cadáveres y de los escombros,

Hitler había resultado ileso.

La venganza que les aguardaba a los terroristas no tenía límites.

7000 opositores fueron detenidos en las horas siguientes,

asesinados o encerrados en campos de concentración.

Entre ellos Hjalmar Schacht, banquero brillante, aunque ambicioso

Uno de sus biógrafos lo describió como un egoísta supremo.

Creo que con mucho acierto.

Schacht era un gran negociador. Se ganaba a la gente.

Enseguida se hizo indispensable.

El hombre que se marchaba con la policía nazi

aquella mañana de julio de 1944,

lo había sacrificado todo para que Hitler llegara al poder.

Había renegado de sus convicciones y de su ideología,

para ponerse al servicio del Führer,

conseguir la recuperación de Alemania, su rearme,

y construir los campos de concentración

antes de que estallase la guerra.

Schacht creía poder instrumentalizar a Hitler

e imponer sus ideas.

¿Quién era Hjalmar Schacht?,

el "amigo" de los nazis olvidado por la historia.

¿Cómo consiguió un banquero desconocido seducir a Hitler

y ayudarle a ponerse al frente de una dictadura,

antes de cambiar de chaqueta y conspirar en su contra?

¿Cómo consiguió rearmar Alemania ante las narices de los aliados

del Tratado de Versalles?

Hablaba frecuentemente con Hitler.

Tenía que estar al corriente de lo que iba a pasar.

Esta es la historia de un hombre que consiguió librarse de todo,

incluso de su propia muerte que no le sobrevino hasta 1970.

Esta es la historia de Hjalmar Schacht,

el banquero de las dos caras.

(Música)

"EL INCREÍBLE BANQUERO DE HITLER".

Núremberg. Octubre de 1946.

Los principales jerarcas del régimen nazi

que seguían con vida estaban siendo juzgados

desde hacía 10 meses en un juicio único

en el sur de Alemania: El juicio de Núremberg.

En medio de la sala, Hjalmar Schacht.

Era uno de los jerarcas del Tercer Reich

que fueron juzgados en Núremberg.

Juzgado por ser providencial para la reconstrucción de Alemania,

Schacht habría acompañado el ascenso al poder de Adolf Hitler,

y lo que es peor aún, manipulado por el dictador,

habría ayudado al Tercer Reich

a convertirse en un monstruo sanguinario.

Le dio fama a Hitler.

De algún modo, eso le convirtió en culpable.

Pero contra todo pronóstico, Hjalmar Schacht fue absuelto.

Schacht fue absuelto en el juicio de Núremberg

porque fue imposible probar su culpabilidad

en la preparación de la Segunda Guerra Mundial

y porque no había cometido ningún crimen contra la humanidad.

Para investigar una historia tan extraordinaria como esta

hemos conseguido una autorización excepcional para penetrar

en los archivos militares de Estado, en Rusia.

En estas estanterías que ninguna cámara había grabado antes,

se encuentran algunos instantes del destino del Hjalmar Schacht.

Un destino perfectamente calculado.

El banquero del diablo lo tenía todo previsto.

Solo cometió un error:

Conocer a un hombre con mayor determinación que él.

Enero de 1877.

El pequeño Hjalmar vino al mundo en el pueblo de Tinglev, Prusia.

12 años antes que el hombre que iba a cambiar para siempre

su existencia.

Nada hacía presagiar que los destinos

de Adolf Hitler y Hjalmar Schacht se cruzarían algún día.

Schacht era un alumno brillante que ya por entonces

daba muestras de una gran ambición.

Empezó los estudios de forma un tanto aleatoria,

no sabía lo que quería estudiar.

Pasó un semestre en París durante el caso Dreyfus

y terminó estudiando Economía.

Schacht aprovechó su estancia en la Sorbona para aprender francés.

A su regreso a Alemania hizo un doctorado en Economía

y empezó a trabajar con éxito.

Schacht era un gran negociador. Se ganaba a la gente.

Enseguida se hizo indispensable.

Siendo tan joven llegó a convertirse

en uno de los grandes dirigentes de las finanzas alemanas.

Pero en el verano de 1914 los planes profesionales de Schacht

se interrumpieron bruscamente.

La Primera Guerra Mundial estalló propagándose por toda Europa

y por todo el mundo.

La guerra y los diez millones de víctimas

provocaron un giro en la carrera de Schacht.

El primer paso hacia su auténtico destino de banquero del diablo.

Octubre de 1914.

Al principio de la guerra,

Hjalmar Schacht fue movilizado en Bélgica.

Pero no como soldado.

Los alemanes habían ocupado el país.

Schacht acudió para restablecer la economía.

Fue su primer golpe maestro.

Bélgica tuvo que pagar durante su propia ocupación.

Schacht fue llamado para organizarlo,

su misión era reducir la inflación.

Fueron como unas prácticas para su futuro puesto

en el Banco Central alemán.

Ya eran conocidos sus dotes de banquero

y puso en marcha un plan para impulsar el consumo belga.

Y funcionó, la Bélgica ocupada salió de la ruina.

De regreso a Alemania,

Schacht aceptó un puesto en el "National Bank"

y se incorporó a las redes políticas.

Antes, durante y después de la guerra mantuvo contactos

con el mundo político pero dichos contactos

no lo sitúan en la extrema derecha.

Era un oportunista.

Creó una red de contactos para satisfacer su ambición.

Al terminar la guerra,

Alemania entró en la República de Weimar.

Schacht participó en la creación de un partido de izquierdas,

el Partido Democrático alemán.

Fue cofundador del Partido Democrático alemán,

que es la expresión del liberalismo de izquierdas.

En el seno del partido conoció e intercambió ideas

con miembros de las altas esferas de Inglaterra y Estados Unidos.

¿Pero cómo pudo Schacht renegar de sus convicciones

para unirse al autor de Mein Kampf, Adolf Hitler?

Para comprenderlo, es necesario conocer la personalidad de Schacht.

Una combinación de ambición desmesurada y aplomo.

Una especie de pequeño dictador de la economía.

Hjalmar Schacht era un hombre con una gran seguridad en sí mismo,

que estaba convencido de su superioridad intelectual.

A muchos les parecía muy arrogante.

Era un hombre muy inteligente.

Se sabía muy superior a los demás y así se lo hacía sentir

a todo el mundo y eso no era nada fácil de llevar.

Schacht era altivo, no admitía críticas,

estaba convencido de tener siempre la razón.

Pero era brillante y le admiraban por su cultura.

En los años 30 el embajador americano en Berlín

le invitaba regularmente a sus cenas porque era un excelente interlocutor.

Sin embargo, otros lo encontraban desleal, falso e hipócrita.

Llegó a decir: "El brillo, soy yo",

dicho de otra manera: "Soy brillante".

Uno de sus biógrafos lo describió como un egoísta supremo.

Creo que con mucho acierto.

Su arrojo le hizo ganar dinero muy deprisa.

Con sus primeros ahorros,

Schacht compró una casa inmensa cerca de Berlín.

Un lugar de descanso,

que guardaba los mayores secretos de la historia de Schacht.

Se compró un gran terreno en Gühlen

que está a unos 80 kilómetros al norte de Berlín,

con una casa enorme rodeada de bosques.

En ella hubo importantes reuniones

en las que se intercambió mucha información.

En la enorme mansión podía entrevistarse con quien fuera

con la certeza de que nadie le iba a espiar.

Al principio de la década de 1920 en una Alemania destruida,

Hjalmar Schacht intentó acelerar su ascenso social

a cualquier precio.

Schacht no era un hombre que buscase la riqueza.

Había ganado mucho dinero como banquero.

Lo que a él le interesaba era el poder,

ejercer el poder económico

y conseguir la recuperación de Alemania.

Muy pronto, un hombre iba a brindarle la oportunidad

de alcanzar su sueño: Adolf Hitler.

Julio de 1923.

Alemania estaba en una situación desesperada.

Faltaban menos de ocho años para que se celebrase la cena

que iba a cambiar la vida de Schacht al permitirle conocer a Adolf Hitler

Al final de la Primera Guerra Mundial Alemania estaba derrotada,

en ruinas, su economía arruinada.

Los aliados, vencedores, impusieron en el Tratado de Versalles

unas reparaciones de guerra colosales a Alemania.

Alemania emprendió un programa de gastos masivos

después de la Primera Guerra Mundial.

Primero para pagar a las viudas y huérfanos de los combatientes,

pero también para pagar las pesadas reparaciones

impuestas por los aliados.

A mediados de 1923,

el marco no valía más que el papel sobre el que estaba impreso.

Este periodo en el que los precios se dispararon

y la moneda perdió todo su valor, se denomina hiperinflación.

La moneda perdió cinco millones de veces su valor entre 1918 y 1923.

Una inflación extraordinaria con la clásica imagen de personas

yendo a hacer la compra con carretillas llenas de dinero.

Se necesitaba alguien que acabase con esta situación.

El Reichsbank no era capaz y en 1923

el Gobierno pensó en Schacht que ya era un famoso banquero,

para detener la inflación galopante.

Era un puesto fusible, Schacht quería cumplir el objetivo

ya que si los fusibles no saltaban,

podría catapultarle a una posición superior.

Hjalmar Schacht acababa de conseguir un puesto

creado especialmente para él:

comisario de la moneda para el Gobierno.

No tenía despacho, ni medios y era un puesto suicida.

Pero Schacht se puso a trabajar, a su manera.

Estuvo varios días reflexionando sobre lo que iba a hacer.

Se instaló en un trastero oscuro del Ministerio de Economía.

Fumaba puros durante todo el día mientras pensaba las soluciones

y al final, ideó un plan para acabar con la inflación.

Schacht sabía que estaba en juego su carrera.

El primer rastro de Schacht que encontramos

en los archivos rusos de Moscú data de ese momento.

Pasaba de ser un banquero aser un personaje público.

En ese mismo momento,

un hombre intentaba ser el foco de atención en Alemania,

aprovechando la rabia que poco a poco

se extendía entre la población.

En 1923, Adolf Hitler,

era una personalidad política secundaria.

Dirigía un partido de Baviera, al sur del país,

que contaba con unos 50.000 miembros.

Soñaba con emular a Mussolini

y su Marcha Roja sobre Roma, en Italia,

para forzar al Gobierno a darle un puesto clave.

Schacht puso en práctica sus ideas para acabar con el fracaso

del sistema económico.

Su primera misión cumplida,

fue detener una situación que nadie había conseguido detener

en cuatro años.

En unas semanas,

la inflación pasó de más del 1000% a alrededor del 15%.

¿Qué habría pasado si Schacht hubiese fracasado? Nadie lo sabe.

Lo que está claro es que su estrategia

para reducir la inflación fue clave para la historia

de la República de Weimar.

Y eso le hizo muy popular.

En diciembre de 1923,

Hjalmar Schacht fue nombrado presidente vitalicio del Reichsbank,

el Banco Central de Alemania

desde donde cambió el destino del país

y renegoció el importe de las reparaciones de guerra.

Se presentó como salvador y puso en funcionamiento

el célebre rentenmark,

la nueva moneda que permitió detener la inflación

e inauguró un periodo de relativa estabilidad y expansión

para la economía alemana.

Pero Schacht cada vez aguantaba menos la forma

en la que el nuevo canciller Heinrich Brüning, dirigía el país.

Y tras siete años dirigiendo el Reichsbank, dimitió.

Schacht creía que el Gobierno alemán no intentaba reducir

el fardo de las reparaciones de guerra.

La oposición a la política de las reparaciones del Estado

se convirtió en la base

de la incipiente asociación con Hitler.

Despreciaba al canciller Brüning le consideraba un inútil,

no podía trabajar con alguien así,

prefirió marcharse antes que acabar frustrado.

Fue entonces cuando Schacht cambió de rostro.

Dejó atrás su partido de izquierdas para unirse a un movimiento

de ideología algo más desconocida: el nacional socialismo.

Schacht fue uno de tantos políticos, industriales y banqueros

que en la década de 1920 se pasaron del liberalismo

a un nacionalismo liberal e incluso a partidos fascistas,

debido a la decepción provocada por la República de Weimar.

A partir de 1930 mantuvo contacto con Goering.

No es nada sorprendente ya que Goering era dirigente nazi

desde los primeros momentos del primer círculo de Hitler.

Era el más elegante o eso pretendía.

Está claro que Hitler le eligió

para seducir a la élites tradicionales.

Schacht dudaba,

pero tuvo que marcharse unas semanas al extranjero.

El viaje resultó determinante.

Fue invitado a unas conferencias en Estados Unidos

y durante el viaje leyó Mein Kampf.

Me llama la atención que no viera Mein Kampf

como una obra racista, sino como la obra de un patriota.

En las elecciones de septiembre de 1930,

el partido nazi conoció su primer éxito en las urnas.

El acercamiento entre los dos hombres podía comenzar.

Enero de 1931.

Las ideas de Hjalmar Schacht habían seducido a Herman Göring

unos meses antes.

El 5 de enero organizó una cena

a la que también invitó a Adolf Hitler.

Esta cena iba a cambiar la vida de Schacht por completo.

En un ambiente relajado,

el banquero escuchaba con atención, las palabras del futuro dictador.

Schacht se sentía fascinado

por la personalidad y el carisma de Hitler.

Pensaba que era el líder que merecía y necesitaba Alemania.

Hitler hablaba por los codos.

Así que mientras ellos hablaban, Schacht escuchaba.

Sin duda, Hitler ejercía una especie de fascinación sobre Schacht

que sucumbió a su encanto,

y digo encanto en el sentido estricto de la palabra,

es decir, una especie de encantamiento.

El banquero estaba como hipnotizado,

y eso que el programa económico del Führer, no le gustaba nada.

A Schacht no le convencía el programa,

pero le parecía que Hitler

era un hombre con mucha determinación,

que quería aplicar sus ideas a cualquier precio

y desgraciadamente, decidió unirse a Adolf Hitler.

Hitler necesitaba a Schacht,

necesitaba a alguien que consiguiera estabilizar la economía.

No olvidemos que lo más difícil de la economía alemana

era el desempleo masivo.

Una vez en su casa, reflexionó.

Su mujer Louise, fascinada por el futuro dictador,

acabó de convencerle.

Estaba decidido, seguiría al Führer hasta el final.

Los meses siguientes,

Hjalmar Schacht se dedicó a la causa hitleriana.

Coordinó a los grandes empresarios en torno al proyecto nazi

mientras se veía cada vez más cerca de la cima del Estado.

Schacht estaba convencido

de que el futuro le pertenecía a Hitler.

Fue entonces cuando unió su suerte a la de Hitler.

Schacht creía que podría instrumentalizar a Hitler

y después imponer sus propias ideas.

Era algo bastante arrogante pero típico de Schacht.

Estaba muy seguro de él mismo.

El banquero tenía razón,

Hitler lo convirtió en su mentor económico.

Schacht creía que había manipulado al futuro dictador,

pero la realidad era muy diferente:

Hitler se había dado cuenta de lo que podría sacar

de la credibilidad internacional de Hjalmar Schacht

e hizo todo lo posible para hincharle el ego.

El periodo entre 1931 y 1933 fue lo que los alemanes

denominan un "escaparate".

Es decir, expusieron un elemento clave

para que los líderes económicos y los dirigentes

viesen que la política nazi,

no era tan radical como ellos temían.

Para un partido que estaba intentando llegar al poder

era fundamental conseguir los servicios de alguien como Schacht

porque tenía una fama considerable.

Para financiar las campañas

del Partido Nacionalsocialista Obrero alemán,

conocido como partido nazi,

Schacht recaudó tres millones de reichsmarks

de los industriales alemanes.

Y funcionó.

Las elecciones legislativas de julio de 1932

confirmaron el avance del NSDAP

que se convirtió en el primer partido de Alemania

con casi 14 millones de votos.

Pero el presidente del Reich, el mariscal Hindenburg,

se negaba a confiar la cancillería a Adolf Hitler.

Schacht consiguió que los industriales alemanes

firmaran una petición para presionar a Hindenburg.

Schacht hizo todo lo posible para que Hitler llegase al poder.

Hindenburg no tuvo más remedio que nombrar a Hitler, canciller.

El 30 de enero de 1933,

Adolf Hitler se convirtió en el canciller del Tercer Reich.

Para Hjalmar Schacht,

el apoyo inquebrantable y el estratega en la sombra,

era el principio de una nueva vida.

Marzo de 1933.

Hitler llevaba varias semanas dirigiendo Alemania.

El país se enfrentaba a una crisis económica.

Schacht seguía sin ocupar ningún cargo en el seno del Reich.

Así que el dictador,

le propuso un puesto que ya había desempeñado:

presidente del Banco Central.

El banquero del diablo, aceptó.

Al mes y medio de la llegada de Hitler a la cancillería,

Schacht recuperó la presidencia del Reichsbank que tanto deseaba.

Es el regalo que recibió de Hitler.

Schacht reformó la economía de Alemania por encargo de los nazis

Aprovechó sus contactos del pasado

para renegociar las reparaciones de guerra.

Fue a Londres y luego a EE.UU. para ganarse al presidente Roosevelt

Inspiraba confianza

y tranquilizaba a quienes temían el radicalismo de los nazis.

Desde el principio,

Schacht y los nazis se utilizaron mutuamente

para compartir intereses complementarios.

En junio de 1934 la deuda alemana estaba cancelada,

pero el banquero soñaba con un puesto de mayor prestigio

el de ministro de Economía que ocupaba Kurt Schmitt.

La disputa que le enfrentaba al ministro de Economía Schmitt,

que estaba a favor de aumentar el consumo en Alemania,

culminó en mayo-junio cuando Schacht hizo todo lo posible

para eliminar a Schmitt y desacreditarlo.

Contra todo pronóstico,

Hitler destituyó a Schmitt

y nombró a Hjalmar Schacht en su puesto.

Hitler se lo dijo muy claro:

"Es imprescindible que el pueblo alemán vuelva a trabajar".

Schacht no podía seguir ignorando

la dictadura que preparaba Adolf Hitler,

ya que un acontecimiento acababa de sellar el destino de Alemania.

Junio de 1934.

La SA, la organización paramilitar del partido nazi,

se volvió demasiado violenta y molesta para el Führer.

El 21 de junio el presidente Hindenburg le pidió a Hitler

que devolviese la tranquilidad al país.

Ocho días más tarde,

se produjo la Noche de los Cuchillos Largos.

Una serie de asesinatos,

una auténtica purga en la que más de 200 miembros de la SA

fueron asesinados por las SS, la guardia personal de Hitler.

Un mes más tarde,

el presidente Hindenburg moría de un cáncer de pulmón.

A partir de ese momento

solo Hitler, tenía en sus manos el destino de Alemania.

Para construir el gran Reich con el que Adolf Hitler soñaba,

el país tenía que rearmarse.

Pero era imposible.

Alemania no podía rearmarse porque seguía sujeta

a las duras imposiciones del Tratado de Versalles,

de modo que el rearme alemán debía realizarse

de una forma, llamémosle discreta.

Hitler ya había encontrado al hombre que iba a realizar

semejante proeza.

Presidente del Banco Central y ministro,

Schacht acababa de entrar a formar parte del círculo cerrado

de los jerarcas nazis.

Pero exceptuando a Hitler,

ninguno de los dignatarios del Reich era santo de su devoción.

Su relación con Hitler era la más interesante.

Con Goering y Goebbels apenas coincidía

porque no se movían en los mismos círculos.

Para Hitler, Schacht era muy útil, tanto que incluso lo protegía.

Pero Schacht no sabía de lo que era capaz Hitler.

Los auténticos nazis no lo consideraban uno de los suyos.

Era el prototipo del gran burgués,

prueba de ello era su indumentaria.

Schacht nunca llevaba uniforme.

Herman Goering era el único que mantenía las apariencias

por interés.

Goering quería cultivar la imagen de amigo de Schacht.

Le invitó en varias ocasiones

a las fiestas que daba en su "castillo de opereta".

Pero Schacht no solía ir.

A Goering le gustaba disfrazarse con uniformes recargados y coloridos

y organizar orgías a la romana.

Resulta difícil imaginarse a Schacht, siempre tan correcto,

con sus trajes, sus cuellos almidonados,

sus gafas de acero, asistiendo a este tipo de fiestas.

Al principio del dominio nazi

los hombres como Goering y Goebbels lo veían como alguien útil,

pero luego empezó a resultarles molesto.

En su despacho berlinés, Schacht solo pensaba en una cosa:

satisfacer a Hitler rearmando en secreto al país.

En pocas semanas se le ocurrió una solución prodigiosa.

Lo primero que Hitler tenía que hacer

para financiar el Ejército

y relanzar la industria armamentística,

era engañar a los aliados.

El Tratado de Versalles

limitaba el ejercito alemán a 100.000 hombres,

pero Hitler se imaginó que, con el paso del tiempo,

la capacidad de resistencia

de las democracias occidentales se relajaría.

También necesitaba dinero.

Mucho dinero.

¡Y las arcas estaban vacías!

Hitler y las élites nazis sabían muy bien cómo rearmar Alemania.

La industria estaba ahí.

Lo que no sabían era cómo financiar el rearme.

¿Cómo conseguir el rearme

sin alertar a la comunidad internacional?

Pues bien, intentando enmascararlo

a través de dispositivos financieros y monetarios.

Schacht participó en el encubrimiento.

Quizá este sea su papel más importante en el Tercer Reich.

El banquero del diablo ideó un sistema ingenioso.

Una especie de moneda paralela emitida por una sociedad privada

y garantizada por el Estado: Los bonos MEFO.

Los llamados bonos MEFO fueron emitidos

por una sociedad pantalla.

Dichos bonos emitidos por un máximo

de unos 13.000 millones de Reichsmark

sirvieron para pagar a las industrias que participaron en el rearme.

Era su retribución.

Los bonos MEFO atraían a los inversores

porque producían intereses.

¡Todo el mundo los quería!

Y las arcas del Estado empezaron a llenarse.

El Reich ya tenía con qué financiar la fabricación

de tanques, armas y municiones.

Ironías de la historia,

algunos grandes industriales americanos

invirtieron en Alemania como General Motors o Prescott Bush,

el padre de un futuro presidente americano.

Schacht ideó la estrategia para que el dinero

se utilizara únicamente para pagar a la industria por el rearme,

para comprar materias primas.

Eran medidas para hacer a Alemania autosuficiente,

pero el objetivo también era disminuir lo máximo posible

la importación de materias primas para que Alemania

estuviera lista para entrar en guerra.

Con el éxito de los bonos MEFO,

las empresas empezaron a contratar a más trabajadores

y Alemania alcanzó el pleno empleo.

Schacht lo había vuelto a conseguir.

Pero habiéndose convertido en el hombre clave

del rearme en Alemania,

¿desconocía a esas alturas que su país

se dirigía hacia la guerra?

Hablaba frecuentemente con Hitler

tenía que estar al corriente de lo que iba a pasar.

Creo que Schacht sabía desde el principio

que los nazis planeaban armar el país a gran escala.

Después de 1945 Schacht negó cualquier implicación,

como en estas imágenes de archivo inéditas de los años 60.

"Yo no sabía que él iba a iniciar una guerra".

"A pesar de todos sus discursos".

¿Mentira o ingenuidad?

Lo que sí es seguro es que a mediados de la década de 1930,

Schacht se dejó arrastrar por el engranaje asesino

que preparaba entre bastidores la guerra y la masacre

de todos los judíos de Europa.

Septiembre de 1935.

Durante el séptimo congreso anual del partido nazi,

las leyes de Núremberg fueron aprobadas por unanimidad.

De este modo, Hitler daba fuerza

al proceso de exclusión de los judíos de la sociedad alemana

Hjalmar Schacht participó en algunos debates

que promulgaban esta ideología.

Schacht era antisemita en un sentido que era muy normal

en aquellos años.

Había muchas publicaciones que afirmaban que los judíos

eran el mal que aquejaba a la sociedad

y Schacht pensaba como los demás.

Schacht creía en el gran mito antisemita

de que los judíos controlaban la economía

porque controlaban las finanzas.

Schacht asistió al expolio a los judíos

que perdieron sus comercios e industrias.

Pero era más moderado en sus convicciones

por una razón muy precisa.

Era totalmente consciente del desarrollo del expolio

a los judíos entre 1933 y 1939 en Alemania

y consintió ampliamente.

Les advirtió a los nazis

de que si lo realizaban demasiado deprisa,

la economía alemana se vería afectada.

Por eso él quería ralentizar el ritmo de expulsión de los judíos

de la industria y del sistema bancario.

Pero no estaba en desacuerdo con el expolio.

Schacht no cuestionó en absoluto su papel en el Gobierno.

Una reciente investigación histórica muestra que el banquero

se aprovechó personalmente del expolio nazi a los judíos

en Alemania.

Schacht aceptó participar en el expolio de una galería de arte

muy conocida de Múnich.

Un amigo suyo que conocía la galería

le recomendó invertir dinero para hacerse con el negocio judío.

Una galería de arte comprada por una miseria

a su propietario judío que había sido expulsado

por los nazis para revenderla a precio de oro.

Schacht siempre intentó pasar por un político honesto

y un banquero sin intereses personales y financieros.

Pero el caso de esta galería de arte judía expoliada

demuestra lo contrario.

No tuvo escrúpulos a la hora de beneficiarse de la arianización

y fue un elemento que mantuvo en secreto

hasta el final de sus días.

Mientras que el Führer reforma el país

a un ritmo desenfrenado, Schacht, asistía desde su Ministerio

a la construcción de los campos de concentración

de Dachau, Sachsenhausen y más tarde, Buchenwald.

Pero a pocos meses de la espeluznante

"Noche de los Cristales Rotos",

un hombre al que Schacht consideraba su amigo

dio un vuelco de 180 grados a su relación con Hitler.

Adolf Hitler ordenó la puesta en marcha

de un nuevo plan económico megalómano a partir de 1936,

para armar todavía más a Alemania

y hacerla independiente en solo cuatro años.

Hermann Goering, el número 2 del régimen

se hizo cargo del proyecto.

Pero Schacht, en calidad de ministro de Economía, se opuso.

Schacht quería detener el rearme

una vez alcanzado el nivel necesario para Alemania

mientras que Goering deseaba proseguir para preparar la guerra.

Entre 1933 y 1936,

el gasto alemán en armamento se multiplicó por diez

es decir, pasó del 4% del gasto público al 40%.

Schacht pensaba que ese era el máximo posible

ya que si el gasto en armamento seguía creciendo a ese ritmo

Alemania se sumiría en una crisis inflacionista.

Goering y Hitler no se preocupaban por eso.

Su objetivo era armar la nación para la guerra

y así conquistar territorios que aportasen nuevos recursos

a Alemania.

La relación entre Schacht y Goering se volvió insoportable.

Odiado por los demás jerarcas nazis,

Schacht fue invitado a abandonar el lugar.

Decidió entonces jugárselo a todo o nada

y en el verano de 1937 fue a Baviera para convencer a Hitler

que se había retirado a su segunda residencia.

Hitler y Schacht se entrevistaron en Berchtesgaden.

Schacht le dijo claramente:

"Escuche, no podemos seguir así, tiene que elegir entre Goering y yo".

Apenado Hitler le respondió: "Schacht, le tengo mucho aprecio,

no podemos llegar a estos extremos,

intente solucionar las cosas con Goering".

Schacht se esforzó durante dos meses y trató de convivir con Goering,

pero al final, dimitió del cargo de ministro de Economía.

Al día siguiente,

Goering le llamó por teléfono para comunicarle que estaba sentado

en su sillón de ministro ocupando su puesto.

Schacht explotó.

Él que se veía como el mentor de Hitler

tenía que rendirse a la evidencia.

Le habían manipulado, utilizado y excluido.

Ambos pensaban que podrían utilizar al otro para sus propios objetivos.

Pero solo Hitler utilizó a Schacht y no al revés.

Pero no se fue con las manos vacías.

El Führer no olvidó lo que Schacht había hecho por la nación.

Entre 1933 y 1938,

el paro se redujo de siete millones a cero.

Hitler lo mantuvo al mando del Banco Central

y le nombró ministro sin cartera, una especie de empleo ficticio.

Pese a ello, el banquero estaba resentido con Goering y con Hitler.

Así que, en el mayor de los secretos,

volvió a cambiar de chaqueta, ya no había vuelta atrás.

Su piso de Berlín y su casa de Gühlen,

se convirtieron en lugares de reunión

de los opositores al régimen nazi.

Aunque en ese momento ya no realizaba sus funciones,

había sido una pieza del engranaje del sistema y no podía evitar

que le mirasen con cierta distancia.

Militares, intelectuales, políticos.

Schacht trató de que le aceptasen los resistentes en la sombra

pasándoles información.

Una noche, el banquero descubrió micrófonos escondidos

en su piso berlinés.

De dignatario nazi había pasado a ser sospechoso.

No sabemos cuándo pusieron los micros.

Pero a partir de ese momento, Schacht desconfió mucho más.

No se sabe quién los puso, probablemente fuera la Gestapo.

Un pie con los nazis y el otro con los opositores al régimen.

El doble juego de Schacht duró hasta 1944,

era el momento de que tomase una decisión irrevocable:

eliminar a Hitler.

Noviembre de 1938.

Alemania se convirtió en el escenario de un momento clave

de la política antisemita de Hitler.

La noche del 9 al 10 de noviembre,

los judíos y sus viviendas fueron atacados en la llamada:

"Noche de los Cristales Rotos".

Schacht estaba estupefacto ante tanta violencia.

Judíos asesinados, sinagogas incendiadas.

La Noche de los Cristales Rotos fue un shock para él

y tuvo el valor de denunciarlo públicamente.

En los días siguientes, 30.000 judíos fueron detenidos

y enviados a campos de concentración.

Las leyes de segregación se endurecieron

despojando a los judíos de sus derechos

y prohibiéndoles cualquier trabajo.

Schacht se puso en contacto con Hitler para explicarle

que su política de persecución llevaría al país a la ruina.

El banquero quería encontrar una solución.

Buscó con representantes de la comunidad judía inglesa

la manera de actuar.

Pero no funcionó. ¿Insistió mucho? No lo sé.

A finales del año, Adolf Hitler, irritado por la posición

que había tomado Schacht le convocó en Berlín.

Hitler le pidió a Schacht que acudiese a su despacho

y sin mediar palabra le echó.

Schacht no se esperaba algo así.

El año 1938 supuso un giro radical en la historia del Tercer Reich,

porque Hitler se libró de una serie de dignatarios

que representaban el ala conservadora del régimen.

En enero de 1939,

Schacht no tenía ya ningún poder en el organigrama nazi.

Hitler lo había excluido del Gobierno,

luego del Banco Central,

pero sorprendentemente le mantenía en su cargo de ministro.

Una cáscara vacía.

El banquero del diablo se encerró en su casa de Gühlen

y se dedicó a su jardín, a descansar, a reflexionar.

Asistió impotente al caos de la Segunda Guerra Mundial.

Febrero de 1941.

Alemania ya había invadido Polonia, Francia

y preparaba el ataque a la URSS.

Hjalmar Schacht ya no podía ignorar que la guerra escondía

uno de los peores crímenes

contra la humanidad de la historia: el holocausto.

¿Estaba al corriente del asesinato de los judíos en Europa?

Sí, igual que las élites alemanas,

por la información que llegaba del este.

Tenía amigos oficiales y generales del ejército alemán.

También era amigo de los opositores conservadores contrarios a Hitler.

Todos los altos cargos de Berlín conocían la existencia

de los campos de concentración en Europa.

Y todo el que estuviera en lo alto del organigrama nazi

sabía que en el frente del este se realizaban ejecuciones masivas.

Principalmente de judíos.

Sin embargo, Schacht, mantuvo la relación con el dictador

e incluso le informó de su deseo de volverse a casar

tras el fallecimiento de su primera esposa.

Este encuentro se produjo en 1941. Fue el último.

Sin duda esta particular relación que existía entre ambos

salvaría a Schacht de la muerte, cuatro años más tarde.

Julio de 1944.

Los campos de concentración y los campos de exterminio

habían engullido a millones de víctimas.

Hitler había devastado Europa.

La guerra no había terminado, pero los nazis la estaban perdiendo.

Fue el momento elegido por la resistencia alemana

para poner en marcha la operación Valkiria

que debía derrocar a Hitler.

El dictador se había enfrentado a más de 40 atentados desde 1921.

Pero este fue, sin duda, el más espectacular.

Schacht recibió a los conspiradores en su propiedad de Gühlen

y conoció algunos detalles del plan.

Estaba al corriente, sabía que algo iba a pasar.

No sabía el qué, ni quién lo iba a hacer.

Recibió información a través de sus contactos

con personalidades importantes de la resistencia.

No estaba en el primer círculo,

pero estaba en el segundo que ya es mucho.

Incluso se atrevió a ofrecerse como nuevo canciller.

Su nombre circulaba en las listas clandestinas.

Pero sabía que si el atentado fracasaba, lo matarían.

Sabía que estaba en peligro y que debía hacer algo

para salvar el pellejo.

El 20 de julio de 1944,

Hitler estaba en uno de sus cuarteles generales;

La Guarida del lobo.

Era una reunión en la cumbre

con varios altos responsables militares del aparato nazi.

El dictador estaba estudiando un mapa del Estado Mayor

cuando una bomba explotó.

Hitler sufrió heridas leves, cinco personas murieron.

Hitler tuvo mucha suerte y se salvó del complot

pero obviamente se enfureció mucho.

La represión se extendió

a todo el que tuviese aspecto de opositor en el país.

La venganza no tuvo límite.

Adolf Hitler mandó detener, torturar o asesinar

a más de 7000 opositores al régimen.

Uno de ellos fue Hjalmar Schacht.

La mañana del 23 de julio

unos hombres fueron a detener al banquero por orden de Hitler.

La casa de Gühlen fue registrada de arriba abajo en busca de pruebas.

Como es natural, no encontraron nada.

Schacht había eliminado cualquier prueba que le implicara.

Tenía 67 años.

Fue internado en un campo de concentración.

Se iniciaba el episodio más terrible de su vida.

Vivió la experiencia de ser prisionero,

coincidió con la mayoría de los conspiradores

de la operación Valkiria y vio cómo iban desapareciendo,

porque fueron ejecutados.

Nadie habló.

Y afortunadamente para Schacht,

su nombre no figuraba en los documentos

de los principales conspiradores contra Hitler.

La Gestapo no encontró nada que pudiera relacionarle

con los conspiradores.

El banquero del diablo pasó por varios campos

como Ravensbrück, Flossenbürg o Dachau.

Sus amigos conspiradores fueron asesinados.

Pero él no.

Porque Schacht era un "prisionero especial" de Hitler.

Su vida nunca estuvo amenazada.

Los americanos liberaron el campo en el que estaba Schacht

en abril de 1945.

Unos días más tarde, Hitler se suicidó

disparándose una bala en la cabeza junto a Eva Braun,

con la que se acababa de casar.

Schacht por fin era libre.

Se sintió libre.

Cuando liberaron el campo estaba muy contento.

Por fin podía respirar tranquilo porque pensó que lo iban a ejecutar.

En muchas ocasiones creyó que era el fin.

Al banquero ni se le pasaba por la imaginación

lo que iba a suceder después.

Fue interrogado durante varios días por los americanos,

permaneció en la cárcel y lo mandaron ante los jueces

en el juicio de mayor repercusión de la historia.

el de los criminales de guerra nazis.

Estamos en octubre de 1946,

el banquero del diablo declaraba en el juicio de Núremberg.

¿Cómo se desenvolvió?

Muy astutamente porque sabía lo que podía narrar

y lo que debía negar.

Hjalmar Schacht hizo una declaración brillante,

evocó la resistencia, criticó los horrores del nazismo

en los que dijo no haber participado en absoluto.

Cuando Schacht vio en el juicio de Núremberg

las grabaciones americanas y soviéticas

de los campos de exterminio, dijo estar muy impactado.

El caso de Schacht suscitó el debate entre los cuatro jueces

del Tribunal de Núremberg.

Eran un inglés, un americano, un francés y un soviético.

La opinión del inglés se impuso y Schacht fue absuelto

ante la sorpresa general.

No olviden que era un negociador extraordinario,

así que consiguió presentarse de forma muy favorable.

La sorpresa de su absolución fue considerable,

aunque él permaneció impertérrito pero quedaría marcado de por vida.

Hablaba muy poco de aquel tiempo,

para él fue una experiencia bastante traumática.

También fue absuelto en los demás juicios

contra nazis celebrados en Alemania después de Núremberg.

Pero estaba arruinado y tuvo que dejar su casa de Gühlen.

Quedo limpio de toda acusación y pudo iniciar una nueva vida

por así decirlo.

Tenía más de 70 años

pero pese a ello tenía un futuro por delante.

Enero de 1951.

Hjalmar Schacht acababa de cumplir 74 años.

Pero nadie en Alemania quería trabajar con un superviviente

del Tercer Reich.

Entonces tuvo una idea: iba a viajar.

Schacht no tenía cabida en la Alemania de la posguerra

por una sencilla razón:

Konrad Adenauer el canciller de Alemania occidental

desde 1949 hasta principios de los años 60, le odiaba.

Le llamaban algunos países emergentes para pedirle consejo

para optimizar su desarrollo.

Trabajó de asesor financiero

para países como la Indonesia de Soekarno.

Trabajó para el Egipto de Gamal Abdel Nasser

que recurrió a muchos antiguos nazis.

En los años 50 durante un viaje el avión en el que regresaba

hizo una escala inesperada en un país

que intentaba evitar a cualquier precio: Israel.

Schacht sentía un sudor frío en la espalda.

No era precisamente una persona grata en Israel.

Era el país de los judíos y su comportamiento con los judíos

no había sido muy correcto.

En la sala de espera del aeropuerto de Tel Aviv,

el banquero del diablo temía ser reconocido,

detenido y encarcelado como antiguo nazi.

Pero una vez más la suerte estaba de su lado.

Al final pudo despegar sin ningún problema

y eso que dos personas le reconocieron,

un camarero que estaba allí

con el que había coincidido en Alemania

y una mujer que viajaba a Sudamérica y que se dio cuenta

de que era Hjalmar Schacht, el banquero de Adolf Hitler.

La persecución de los nazis que habían escapado se intensificó.

Cuando el exdirigente del Reich Adolf Eichmann

fue capturado en mayo de 1960

por los Servicios Secretos israelíes,

los demás exnazis cercanos a Hitler se inquietaron

pero no Hjalmar Schacht.

La detención de Eichmann en Buenos Aires

alarmó a los exdirigentes nazis que habían logrado escapar.

¿También a Schacht?

Me gustaría tranquilizarles,

no creo que viviera inquieto temiendo que lo asesinaran

o que lo detuviesen para ser juzgado.

Schacht nunca fue detenido por su pasado.

Junio de 1970.

El banquero de Hitler tenía 93 años.

Había escapado a la guerra, a los campos de concentración,

a los juicios contra los jerarcas nazis.

Pero llegó el momento de rendir cuentas.

En 1970, le invitaron una cena de gala.

Era una cena importante.

Se puso la chaqueta del traje, el pantalón y entonces se cayó

y se rompió una pierna.

Fue al hospital donde murió.

Su corazón dejó de latir.

El 3 de junio de 1970,

el banquero del diablo no pudo escapar a su destino.

Murió en paz, con el sentimiento

de haber sido un hombre importante para Alemania.

No se sentía culpable de nada de lo que hizo

durante el Tercer Reich.

Solo se lamentaba de una cosa, se sentía engañado por Hitler,

eso es lo que siempre dijo:

"Ese hombre me engañó, se aprovechó de mí".

Se creyó el único hombre capaz

de recuperar la economía y la moneda alemana.

No comprendió que lo que Hitler quería era preparar Alemania

para una guerra.

Murió anciano, tranquilamente, en el olvido, en algún lugar.

Es cierto que no dejó una huella considerable

en la historia como otros que dejaron una mucho más criminal que él.

Fue una de las grandes palancas que ayudaron a Hitler

a acceder al poder

y uno de los grandes facilitadores de la carnicería

de la Segunda Guerra Mundial.

Aunque se destaque su inteligencia,

no es nada comparado con los horrores que hizo posibles.

El banquero de las dos caras se llevó a la tumba el secreto

de su verdadera relación con Adolf Hitler y el nazismo.

Su nombre permanecerá grabado para siempre en la lista

de los miles de dirigentes nazis sin los que el apocalipsis

del Tercer Reich no habría podido producirse.

Subtitulación realizada por Paloma Masa Barroso.

Otros documentales - En la máquina de matar de Hitler: El increíble banquero de Hitler

51:44 10 sep 2019

Hjalmar Schacht es una figura en gran parte olvidada. Sin embargo, el ascenso de Hitler al poder dependía de él.

Contenido disponible hasta el 17 de septiembre de 2019.

Histórico de emisiones:
07/09/2018

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