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Una extraña obsesión.

Churchill y los judíos.

Winston Churchill es uno de los hombres de Estado

más respetados de todos los tiempos,

pero tiene una cara que los historiadores

no han estudiado hasta ahora:

un hombre demasiado amante de los judíos.

Durante toda su vida, Churchill estuvo pendiente

de la corriente de persecución religiosa contra los judíos,

que consideraba una antipatía hereditaria por la raza judía.

Se convertiría en una extraña obsesión.

De joven, tal como hacían todos los jóvenes de su generación,

estudió la Biblia.

Churchill se formó con la Biblia y llegó a interesarse mucho

por los relatos judío.

No solo por la narrativa histórica de lo que habían pasado los judíos

sino también por la parte moral, por la ética judía.

Naturalmente, le gustaba

el dramatismo de algunas historias bíblicas,

disfrutaba con las aventuras y el heroísmo.

Aunque en mi opinión no era un hombre muy religioso,

está claro que admiraba y apreciaba los textos bíblicos.

Los usaba para dar color a sus propios textos

y a sus discursos.

En palabras de los sionistas,

no temerá malas noticias.

Su corazón estará firme en el Señor.

Era capaz de citar páginas y páginas y páginas de Shakespeare

de la Biblia o de cualquier cosa.

De ahí le viene el conocimiento de la historia de los judíos.

Winston Leonard Spencer Churchill

nació en una familia aristocrática privilegiada

en el palacio de Blenheim

hogar ancestral de los duques de Malborough desde 1724.

Esta es la habitación donde nació Winston.

Decía: «En Blenheim tomé dos decisiones muy importantes:

la primera, nacer; la segunda, casarme,

y estoy muy satisfecho

con la decisión que tomé en ambas ocasiones».

Bueno, aunque era un político brillante,

autor de más de cuarenta libros y más de quinientos cuadros,

siempre tenía tiempo para las personas.

Lo que mucha gente no sabe es que, aunque la familia Churchill

estaba en el centro del sistema, era una familia anti sistema

en muchos sentidos.

Esto puede deberse en parte a que Jenny Jerome

la madre de mi abuelo, era americana.

Era una mujer muy poco convencional.

Churchill era un gran admirador de su padre,

Lord Randolph Churchill un político joven, dinámico

e independiente que llegó a ser secretario de Estado para la India

y canciller de Hacienda.

Le gustaba presentar a su joven e impresionable hijo

a los políticos más importantes del momento

pero también a un grupo selecto de judíos que incluía

a Nathan Rothschild, el primer judío en la Cámara de los Lores,

el barón de Hirsch y el banquero Sir Ernest Cassel.

Los invitaba a cenar a su casa, eso nadie lo hacía.

La familia de su padre, incluyendo al abuelo de Churchill,

el duque de Malborough, lo tomaba como una verdadera ofensa.

En aquel momento habían pasado solo veinte años

desde que la Cámara de los Comunes

había admitido a sus primeros miembros judíos.

Se relacionaba, por ejemplo, con Lord Rothschild y Ernest Cassel.

El joven Churchill conoció no solo a judíos como tal,

era como un viejo caballero que se interesa por un joven,

por sus ideas, pensamientos, sentimientos, preocupaciones.

Ansioso por vivir aventuras como las de sus libros de historia,

Churchill ingresó en la Real Academia Militar,

se graduó un año más tarde y se alistó en la caballería.

En 1898, en la batalla de Omdurman, participó en la última carga

de la caballería del ejército británico.

Pero el joven Winston Churchill

ya se había decantado por la carrera política.

Creía firmemente en el destino.

Estaba convencido de que había venido al mundo para hacer algo.

Fue primer ministro en 1940, durante los peores días de la guerra.

Más tarde escribió «Me sentí como si estuviese marchando con el destino».

Era un hombre que decía las cosas

como las sentía.

No era un estratega político.

Perdió varias veces su propia circunscripción

a lo largo de su carrera, y su relación con los votantes

fue siempre un poco precaria.

Era un oportunista,

y no debemos olvidar que se pasó casi toda la vida trabajando

por sus propios intereses para encontrar su lugar

en la política y en el escenario internacional.

Después de ganar Oldham para los conservadores,

Churchill se pasó a los liberales y ganó un escaño en Manchester,

en una circunscripción con una población judía

muy importante.

Uno de sus electores, Nathan Laski solicitó el apoyo de Churchill

contra la ley de extranjería de 1904,

que podría limitar la inmigración de los judíos al Reino Unido.

Su temor, expresado en el parlamento, era que, aunque era necesario

controlar la inmigración,

¿qué pasaría si el ministerio de Inmigración,

la secretaría de Interior, caía en manos de un antisemita?

Churchill era un poco extraño para su tiempo y su clase.

Porque entre las clases altas británicas,

había un poso de antisemitismo.

Decían que los judíos eran muy listos o que había demasiados.

A la clase alta británica no le gustaban los advenedizos

ni los judíos.

Los consideraban prepotentes y ambiciosos.

No era habitual que un joven pensase de esa forma;

que lo expresase en esos términos en la Casa de los Comunes

era absolutamente excepcional.

En 1905, Churchill entró en el nuevo gobierno liberal

como subsecretario para Asuntos Coloniales.

Ese gobierno fue el primero en el que los judíos constituían

una parte integral.

Uno de ellos, Herbert Samuel presentó en 1914 el primer plan

para entregar Palestina a los judíos tras la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, algunos políticos consideraban más prudente ocultar

sus orígenes judíos

y Winston Churchill

solía recibir críticas por sus compañías.

Churchill era inteligente.

Los políticos inteligentes entienden que hay que ir allí

donde está el talento.

Le interesaban las personas inteligentes y activas

y no se preocupaba mucho por sus orígenes.

Hacía amigos donde podía.

Su primera aparición pública

después de ser nombrado subsecretario de Estado

fue en Manchester,

en una protesta contra los pogromos que los judíos

estaban sufriendo en Rusia.

La gente decía: «Eso está muy lejos, ¿qué tienen que ver con nosotros

las palizas que les dan a los judíos en Rusia?».

Pero él había decidido que era un problema moral del que tenía

que hablar, y habló con mucha elocuencia.

Churchill solía citar una frase de uno de sus mentores,

Benjamin Disraeli: «El Señor trata a las naciones

igual que las naciones tratan a los judíos».

Curiosamente, a su lado estaba otro orador recién llegado del continente:

el doctor Chaim Weizmann

el líder del movimiento sionista.

Fue la primera vez que Churchill y él compartían una tribuna.

AlanWeizmann, tuvo un papel fundamental a lo largo

de los treinta años que llevaron a la fundación del Estado de Israel.

Lo que Churchill vio en Weizmann era lo que veía casi todo el mundo.

Una persona muy persistente y persuasiva que había dedicado

gran parte de su vida a la causa sionista.

La idea del sionismo nació de la búsqueda de un hogar seguro

para los judíos que huían de Europa Oriental.

En 1895, el periodista Theodore Herzl publicó

"El Estado judío",

en el que defendía una patria judía en Palestina.

Esa fue la base del sionismo político moderno.

El asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria,

el 20 de junio de 1914,

fue el desencadenante de la Primera Guerra Mundial.

Durante el conflicto, en Gran Bretaña escaseaban

los explosivos.

Churchill, Primer Lord del Almirantazgo

y ministro de Munición, recurrió a Chaim Weizmann,

un investigador químico de la Universidad de Manchester.

Y Weizmann fue el autor del avance que permitió a Gran Bretaña

ganar la guerra:

una forma de explosivo sintético.

El Gobierno británico, agradecido,

estaba ansioso por recompensar al doctor Weizmann.

Weizmann podía haber pedido cualquier cosa.

Pudo pedir dinero, pudo pedir ser ordenado caballero

o lord, pero pidió algo inesperado: un hogar para el pueblo judío.

Tras el colapso del Imperio Otomano,

todo el Próximo Oriente, incluyendo Palestina,

estaba bajo la responsabilidad

de la administración militar británica.

Contando la India, el Imperio Británico

incluía más musulmanes que cualquier otro país del mundo.

Sin embargo, en Londres muchos vieron ventajas

en el plan de Weizmann de un Estado judío en Palestina,

un proyecto que desencadenaría una guerra religiosa

durante las siguientes décadas.

Para los británicos era muy atractivo.

Si permitían que los judíos formasen su Estado en Palestina,

estarían bajo la influencia británica.

Con esto quiero decir que estarían en deuda con los británicos

y actuarían dentro del marco de su imperio.

En 1917, el Reino Unido estaba comprometido

con la fundación de un hogar para los judíos en Palestina.

Después de discutirlo en el Gobierno y de consultar

con los líderes sionistas, Lord Balfour comunicó la decisión

en una carta a Lord Rothschild.

Esa carta fue el primer reconocimiento político

de las aspiraciones sionistas por parte de una gran potencia.

La carta no hablaba del Estado de Israel.

No hablaba de un Estado judío.

Hablaba con precaución de un hogar para los judíos,

Sin embargo, quienes participaron en la declaración Balfour

sabían que se trataba del documento fundacional de un posible Estado

aunque consideraron más inteligente no decirlo en aquel momento.

La declaración Balfour, en mi opinión,

fue interpretada como una recompensa, como una promesa

o como una oportunidad cínica

para obtener el apoyo de los judíos americanos pero, fuese cual fuese

el motivo, el compromiso estaba claro.

Por supuesto, fue firmada durante el fragor

de la Primera Guerra Mundial con un plazo muy corto

y un objetivo militar y político definido.

En 1916, las cosas no iban bien.

Necesitaban apoyo desesperadamente.

Temían que Alemania, que siempre había tratado bien a los judíos

y donde estaban muy bien integrados,

pudiese presentar una declaración similar para aparecer

a ojos del mundo como protectores de los judíos.

Churchill fue uno de los primeros en aplaudir la declaración

y en explicarle a Weizmann que no iba a ser fácil.

Muchas corrientes intentarían minar el proyecto.

Uno de los opositores fue Edward Stanley,

decimoséptimo conde de Derby.

El conde de Derby le dijo que no estaba de acuerdo

con ese compromiso con los judíos por varios motivos.

No le gustaban los judíos y no quería colaborar con sus aspiraciones.

Churchill le respondió: hemos hecho una promesa

y, como ya sabrá, el Gobierno británico

ha incumplido tantas promesas que no importa incumplir una más.

Churchill era inflexible.

Consideraba que ese compromiso era importante,

también porque los judíos

habían apoyado el esfuerzo de guerra británico.

Churchill apuntó que los soldados judíos del ejército británico

habían ganado más de 1500 medallas por su valor:

«Es un gran historial, los judíos británicos

pueden estar orgullosos de su contribución a la victoria

en la Gran Guerra».

En el momento de la declaración Churchill tuvo algunas reservas.

Era muy favorable a la idea de un país para los judíos

en algún lugar de Oriente Próximo,

pero también pensaba en los intereses británicos

y era consciente de que la decisión podía causar problemas

para Gran Bretaña en el futuro.

Siempre dudó del plan.

Quería cumplir lo que había prometido Balfour:

crear un hogar para los judíos.

Dijo: «no hacer de Palestina el hogar de los judíos sino crear un hogar

para los judíos en Palestina».

Lo que Churchill hizo como subsecretario de Estado

para las colonias, y lo que hizo a lo largo

de toda su carrera política,

fue sostener que la Declaración Balfour

no era algo que pudiese desecharse y olvidar.

Era un compromiso que tenía que respetar.

Churchill declaró que no se trataba de un regalo

sino de un acto de compensación.

Estaban devolviendo a los judíos algo que se les había arrebatado

en los albores de la era cristiana.

Sus palabras sonaban a peligro para quienes querían mantener

el equilibrio religioso en Palestina.

Los judíos rusos querían un país

y Churchill era el subsecretario de Estado para las Colonias,

así que los judíos rusos le pidieron un territorio en una de las colonias.

Y Churchill les respondió: pensad en Jerusalén.

La Conferencia de paz de París de 1919

aceptó la Declaración Balfour y un año más tarde la aprobaba

la Sociedad de las Naciones.

Entonces hubo disputas muy agrias en los Comunes,

debates muy difíciles,

y el propio Churchill recomendó a Weizmann no pedir demasiado.

Weizmann propuso un Estado judío

que llegaba casi hasta Damasco por el norte, Amán por el este

y el golfo de Áqaba por el sur.

Churchill dudaba sobre la división de la región

temiendo un gran conflicto.

Escribió al primer ministro David Lloyd George y le dijo:

«Los judíos parten de la base de que la población local

será exterminada de acuerdo con sus necesidades».

Churchill, era ambiguo respecto al proyecto sionista.

Por una parte se mostraba partidario; por la otra, tenía obligaciones

como hombre de Estado y debía atender a los intereses británicos.

Y para Gran Bretaña era importante un Oriente Próximo seguro,

tanto por la comunicación con la India como por el petróleo.

Para ello era fundamental que los habitantes de la región,

los árabes, estuviesen felices.

Gran Bretaña tiene dificultades financieras,

tiene dificultades militares

y está atada por compromisos internacionales,

incluyendo el de Palestina, cada vez más difíciles de cumplir.

Cuando Lloyd George nombra a Winston Churchill

secretario de Estado para las Colonias en 1921,

le encarga establecer un asentamiento en Oriente Próximo

que reduzca el compromiso británico.

A pesar de las reservas de Churchill,

el primer ministro Lloyd George mantuvo su compromiso

con la Declaración Balfour y el establecimiento de un hogar

para los judíos en Palestina.

Cuando los bolcheviques, dirigidos por Lenin y Trotsky

entraron en San Petersburgo y se hicieron con el Imperio Ruso,

Churchill estaba horrorizado.

Lo vio como lo que era desde el principio:

un sistema corrupto y totalitario.

Fue una de las pocas personas que comprendió la naturaleza

del partido creado por Lenin,

y lo antidemocrático que era.

Como había algunos judíos en cargos importantes

de la jerarquía bolchevique, como Trotsky,

el sentimiento antijudío se extendió en Gran Bretaña

y por todo el mundo democrático occidental.

Entonces publicó un potente artículo en el Sunday Herald,

en el que defendía un hogar para los judíos en Oriente Próximo:

«Debe crearse en vida de nuestra generación un Estado judío

bajo la protección de la corona británica

que acoja a tres o cuatro millones de judíos;

será beneficioso desde todos los puntos de vista

y en armonía con los intereses judíos del Imperio Británico».

Lo que hace en este artículo es responder a la opinión,

muy extendida en el momento, de que el bolchevismo

podría estar asociado con una conspiración judía internacional.

No quería asociar la posición judía solo con el bolchevismo:

existe otro movimiento, el sionismo, y sus objetivos pueden alcanzarse

dentro del sistema.

Eran muchos los que simpatizaban con su punto de vista

y lo compartían.

Por ejemplo, el importante periódico liberal,

el Guardian de Manchester, dirigido por CP Scott,

era muy favorable a los judíos.

Este artículo fue un punto de inflexión en cómo la gente

percibía la actitud de Churchill hacia los judíos:

no era idealista,

no fantaseaba con el papel de los bolcheviques judíos

en la fundación de una terrible tiranía en el este,

apoyaba a los judíos que decidían formar parte de la sociedad británica

y, lo que es más notable, empatizaba con aquellos judíos que deseaban

fundar un hogar nacional judío, un Estado judío en Palestina.

Hacer una declaración así está muy bien pero,

a la hora de la verdad, ¿qué significa?

¿Cómo se puede llevar a cabo?

Y, por supuesto, es el problema que ocupa a Churchill

desde su nombramiento como secretario de Estado

para las colonias en 1921.

Lloyd George le dijo a Churchill:

«Quiero que se ocupe de toda esta región».

Pero los intereses británicos en Oriente Próximo

no se acaban en sus obligaciones con el Mandato de Palestina.

El Canal de Suez era fundamental para las colonias del Lejano Oriente

y, sobre todo, para la India, la joya de la corona.

Con sus consejeros, Herbert Samuel y T.E. Lawrence,

Churchill convocó una conferencia en El Cairo

con líderes árabes y judíos.

Fue la conferencia en la que se crearon el Irak

y la Jordania actuales,

pero también se acordó implementar la Declaración Balfour

y dar presencia al pueblo judío, darle un territorio en Palestina.

Tuvo que convencer al emir Abdulá de Jordania para que aceptase

no tener acceso al Mediterráneo,

que los judíos estarían entre el Mar Muerto y el Mediterráneo.

No era tan solo cuestión de tener contentos a los sionistas.

También había que tratar con los árabes

y con un nacionalismo árabe cada vez más beligerante.

Cuando llegó a Gaza y recorrió las calles de aquella ciudad árabe,

los árabes gritaban entusiasmados.

El ministro británico le preguntó al traductor qué estaban diciendo.

Cualquier político se emociona al ver a cien mil personas

aplaudiendo entusiasmadas.

El traductor le dijo: Están diciendo «¡Viva el ministro británico

y muerte a los judíos!».

Eso lo impresionó mucho.

Se reunió con los líderes de los árabes palestinos

y con los de los sionistas.

Los árabes cometieron el error de no decirle cuál era su visión

para el país, solo decían que querían echar a los judíos.

A continuación fue a hablar con los judíos.

Estos, en vez de protestar por los árabes,

cosa que podían haber hecho dada la violencia que sufrían,

presentaron su visión de lo que podía ser Palestina

con energía hidroeléctrica, agricultura, regadíos, industria.

Tenía clara la importancia de los judíos para convertir

esas tierras yermas y áridas en un país fértil,

lo que refleja la visión de Churchill para el mundo.

En esa ocasión, dijo a los líderes judíos que el mundo cristiano,

el mundo civilizado,

debía a los judíos un sistema ético

en el que se basaba toda la civilización judeocristiana.

Churchill dijo: «El ideal sionista es admirable y merecedor

de toda mi simpatía».

Sus enemigos consideran que su visión positiva de los judíos,

la irrigación y todo lo que consiguieron

tras pocos años en Palestina no deja de ser colonialismo clásico.

La población blanca llega de Europa llevando consigo todos los avances

y tiene más éxito del que podría soñar la población local.

Muchos creían que los judíos eran una fuerza del progreso

y de la civilización.

Tenían acceso a la tecnología occidental

y capacidad para desarrollar el país.

Los árabes eran sobre todo campesinos que se dedicaban a la agricultura.

La edad de oro de la civilización árabe

parece haber quedado en el pasado.

Los árabes podían haber reconocido los beneficios que obtenían,

no del colonialismo sino del regreso de los judíos a unas tierras

que habían habitado durante dos mil años.

Esperaban que los árabes viesen los beneficios

de las industrias sionistas en Palestina,

del desarrollo de la red eléctrica, de los regadíos

y del progreso de la agricultura.

Creían que los árabes aceptarían cualquier cosa

por lo que su rechazo fue chocante.

Antes de salir de Jerusalén,

Churchill visitó el lugar de la futura Universidad Hebrea

en el monte Scopus.

Recordó a los judíos su responsabilidad

para con toda la población palestina, pero los árabes

seguían presionando para obtener un gobierno representativo.

Churchill se opuso porque comprendió que se opondrían

a la inmigración judía.

Se negaba a abandonar la idea de que, al tener una mayoría judía

en Palestina, querrían formar gobierno.

Los británicos asumieron el mandato de Palestina

y creo que no lo pensaron bien.

No se dieron cuenta de que acabaría por haber problemas.

Ya desde el principio, cuando nació la idea de un hogar

para los judíos en Palestina,

nació también el sueño de que los judíos y los árabes

serían capaces de convivir.

Cuando Weizmann se reunió con Faisal,

el líder de la revuelta árabe en el desierto,

se reunieron y acordaron trabajar juntos.

Sin embargo, al final, no fueron capaces de hacerlo

y, a medida que llegaban más y más judíos a Palestina,

creció la resistencia árabe.

La pequeña comunidad judía ya había sufrido dos ataques

a manos de los árabes, lo que obligó a ampliar las guarniciones británicas

y enviar más soldados.

La Cámara de los Comunes no quería ni oír hablar de eso.

Se creó toda una estructura para los judíos en Palestina:

un hogar nacional judío, inmigración abierta,

un Estado judío en el caso de que los judíos

llegasen a ser la mayoría, que era el objetivo del proyecto.

Todo eso fue cuestionado en el Parlamento

y, para desazón de Churchill,

en el primer debate celebrado en la Cámara de los Lores

se votó contra el proyecto.

Lord Curzon, el ministro de Exteriores,

opinaba que todo lo que se hacía por los judíos

se basaba solo en motivos sentimentales y no tenía base legal.

Una de las cosas que a muchos miembros del parlamento

les costaba asimilar era que hubiese concedido el monopolio del desarrollo

de la electricidad en Palestina a un judío, Pinhouse Rutenberg

El debate se convirtió en un ataque contra los judíos,

contra los empresarios judíos, contra las empresas judías.

Los enemigos de Churchill

vieron la oportunidad de renovar sus ataques.

Entonces Churchill tuvo que pronunciar, por así decirlo,

el discurso de su vida.

En él, como en todos sus discursos,

dejó claro que no entendía el sionismo

como una cuestión de beneficios y pérdidas sino como un ideal.

Dio una clase magistral sobre el sionismo

a la Cámara de los Comunes y explicó que, de haberlo considerado

como una fuente de ingresos,

por supuesto que no lo habría apoyado.

Pero se trataba del ideal de un pueblo que buscaba un hogar,

un lugar donde pudiesen desarrollar su personalidad y su cultura

para cumplir su destino histórico.

Creo que Churchill apoyaba la idea de un hogar nacional judío

en Palestina porque tenía la firme convicción de que ayudaría

al progreso del Imperio Británico y del mandato británico en Palestina.

Ganó el debate con gran dificultad.

Si no lo hubiera ganado, no se habría creado un hogar nacional judío.

Gran Bretaña no habría podido ir a la Sociedad de las Naciones

a presentar su proyecto.

La Sociedad de las Naciones aprobó el libro blanco de Churchill

en julio de 1922.

En él se manifestaba que los judíos tenían derecho a estar en Palestina.

Sin embargo, solo cuatro meses más tarde,

el gobierno fue derrotado

y Churchill perdió su escaño parlamentario.

El Gobierno laborista de Ramsey McDonald

se dedicó a vaciar de contenido el libro blanco de Churchill.

Uno de los líderes laboristas, Ernest Bevin dijo que los judíos

en Palestina eran los capitalistas, los explotadores.

Los árabes eran los campesinos, los explotados.

Churchill respondió

con una serie de vehementes artículos periodísticos.

Por así decirlo, izó la bandera sionista.

No le sirvió para hacer amigos,

pero sí creó un pequeño círculo de parlamentarios

que compartían sus ideas.

La población judía en Palestina seguía aumentando

y los ataques árabes contra los judíos y los británicos

se hacían más intensos.

Estaban dirigidos por Haj Amin al Husseini

el muftí de Jerusalén, que odiaba profundamente a los judíos.

Nombrado para el puesto sin mucha reflexión por Samuels,

un judío británico.

Creía que la mejor forma de unir a los árabes de Palestina

era poner al frente a una figura política y religiosa fuerte.

Los británicos reaccionaron a los disturbios

con la fuerza de las armas.

Querían sofocar la rebelión y lo lograron.

Pero el problema de los británicos en Palestina era que la región

era muy inestable.

Era un lugar muy violento, les estaba costando más dinero

y efectivos de los que podían permitirse mientras

se preparaban para una posible guerra con la Alemania nazi.

Entonces se les ocurrió que Gran Bretaña debía retirarse,

que la idea de un hogar nacional judío entre el Mediterráneo

y Jordania no era aceptable para los árabes y, por lo tanto,

propusieron establecer de inmediato dos Estados:

un Estado judío en las zonas habitadas por judíos

y un Estado árabe en las zonas habitadas por árabes.

Jerusalén y Belén se excluían del plan

y seguían bajo dominio británico.

Para algunos sionistas los británicos habían cumplido su promesa.

Los árabes recibían su parte de Palestina,

el mandato había creado Jordania.

El resto era para ellos.

David Ben-Gurion dijo: «La expulsión forzosa de los árabes

de los valles del Estado judío propuesto podría darnos algo

que nunca hemos tenido».

El doctor Weizmann fue a ver a Churchill y le pidió que aceptase

la partición de Palestina.

Le aseguró que aceptarían un Estado en las zonas que ya estaban habitadas

por judíos.

Nadie lo consideró nunca

como un incumplimiento de la Declaración Balfour.

Era política real.

Por supuesto, en aquel momento, gran parte de Oriente Próximo

estaba dividido por fronteras artificiales

y la única frontera no artificial era la del Israel histórico,

la de la Palestina histórica,

donde se formarían los actuales Israel y Cisjordania.

Entre quienes se oponían a la partición

estaba la hija del primer ministro Asquith, Violet Bonham-Carter.

Era una sionista convencida, aunque gentil,

y amiga de Vladimir Jabotinsky, el líder revisionista judío,

partidario de la primera propuesta británica en la que Palestina

llegaba desde el Mediterráneo hasta el Jordán.

Jabotinsky era un encantador que en el curso de una hora

convenció a Churchill para romper los documentos enviados por Weizmann

y para decir que la partición era inaceptable

porque Gran Bretaña había prometido a los judíos toda la región.

Si reciben solo una parte del país,

¿cómo se defenderán de un ataque árabe?

Churchill se presentó en el parlamento

y pronunció su gran discurso contra la partición

en el caso de que los árabes rechazasen la partición de Palestina

y de que el Gobierno británico

tuviese que seguir al mando de la difícil situación.

David Ben-Gurion escribió:

«Si se hubiese dividido Palestina, la historia de nuestro pueblo

habría sido diferente

y no habrían muerto seis millones de judíos en Europa.

La mayoría estarían en Israel».

Sin embargo, impulsada por la creciente presión del nazismo,

la emigración judía a Palestina seguía creciendo.

Para los judíos europeos, la situación se estaba volviendo

muy difícil y peligrosa y Palestina parecía un lugar seguro.

Muchos consideraban la emigración como un paso natural.

Hasta los años 30, la mayoría de los judíos

no querían irse a Palestina.

¿Por qué iban a hacerlo?

Era un lugar remoto y ningún judío urbano quería ser agricultor.

En 1939, la población judía de Palestina

había crecido un tercio de la población total.

Las protestas árabes continuaban.

No de los árabes de Palestina sino de los árabes de otros países.

El ministro de Colonias británico, Malcolm McDonald,

escribió otro libro blanco que llegaría a ser conocido

como el Libro Negro.

En él aumentaban las restricciones a la inmigración judía.

El primer ministro, Neville Chamberlain dijo:

«Si tenemos que ofender a una parte, que sean los judíos

y no los árabes».

El debate sobre el Libro blanco de Palestina

fue uno de los más controvertidos del parlamento británico.

Al final del discurso de Churchill contra el Libro Blanco,

muchos parlamentarios con los que hablé

que estaban presentes dicen que le sudaban las manos.

Se dieron cuenta de que estaba diciendo la verdad.

Por supuesto, votaron por el gobierno,

pero el mensaje caló.

La Ley McDonald fue aprobada en el parlamento

con una gran mayoría y puso fin al sueño

de un Estado judío en Palestina.

Cuando Churchill fue elegido primer ministro en mayo de 1940,

comprendió que el primer ministro no tiene autoridad

desde el punto de vista constitucional.

No tiene autoridad para alterar, modificar o ignorar

la legislación aprobada por el parlamento.

Churchill hizo cuanto pudo para ignorar la ley

cuando fue nombrado primer ministro, y llegó a decir que creía

que había que hacer caso omiso de esa ley,

pero no podía derogarla completamente

por lo que algunas de sus disposiciones

siguieron vigentes durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero una cosa que sí pudo cambiar fue la Armada Real,

de la que se hizo cargo desde el 10 de septiembre de 1939.

La armada estaba interceptando los barcos de refugiados

con destino a Palestina

y, cuando Churchill lo descubrió por casualidad,

dijo que tenía que acabarse completamente.

La armada obedeció porque no estaba actuando así

por una ley del parlamento.

En 1932, Hitler estaba listo para asumir el poder el Alemania.

Por casualidad, Churchill estaba en Múnich

para presenciar los desfiles de camisas pardas.

A su regreso, Churchill fue a la Cámara de los Comunes,

cuando Hitler todavía no se había hecho con el poder,

donde pronunció un discurso extraordinario y profético

sobre lo que había visto en Múnich y el peligro que representaba

para todo el mundo.

No es posible para una sola nación, por bien armada que esté.

Mucho menos para un pequeño grupo de hombres, hombres violentos

y despiadados que, sin embargo,

tienen que estar siempre vigilándose las espaldas.

No está en sus manos poner trabas a la marcha del destino humano.

Ya en los años 30 vio el peligro de una Alemania remilitarizada

y agresiva dirigida por un régimen fanático.

Pero también habló de la política racial de los nazis,

del antisemitismo.

Vemos a esos dictadores en sus pedestales,

rodeados por los más valientes de sus soldados

y por las porras de sus policías.

Tienen miedo de las palabras y las ideas,

que se vuelven más poderosas porque están prohibidas.

Una de las cosas que se le criticaban a Churchill, tanto en el parlamento

como entre la población,

era que no dejaba de hablar de ese tema.

Repetía, una y otra vez la idea de que tenemos que prepararnos,

que Alemania se está rearmando.

Identificó el problema más terrible del siglo XX

e hizo algo para remediarlo.

Pero el gobierno de Chamberlain, en los años 30 se mostraba

más reticente a enfrentarse a Hitler.

Los miembros del gobierno en los años 30

eran los que habían sobrevivido.

Muchos de sus amigos estaban muertos.

Otros estaban mutilados pero habían sobrevivido.

Entendían lo que significaba una guerra y estaban dispuestos

a hacer todo lo posible para evitarla.

Más tarde se convencieron de que Hitler

no era tan razonable como quería parecer.

Sin embargo, en noviembre de 1938, los paramilitares nazis

atacaron casas y negocios de judíos e incendiaron miles de sinagogas.

Más de treinta mil judíos fueron deportados

a campos de concentración.

La Noche de los Cristales Rotos fue algo despreciable

y conmocionó a la opinión pública británica,

estadounidense y canadiense.

Las imágenes, las noticias,

porque todavía había muchos corresponsales occidentales

en Alemania, y el cinismo de los nazis al hacer pagar

a los judíos los daños causados por los vándalos nazis.

Los judíos de Alemania empezaron a buscar desesperadamente

un refugio.

Vivir en Alemania se estaba volviendo imposible para los judíos

y, tras la anexión de Austria,

la situación de los judíos austríacos se volvió intolerable también.

Podían haberse ido pero no era fácil encontrar un lugar adonde ir.

El mismo Churchill estaba todo el tiempo buscando refugio

para los judíos.

Si se reunía con un diplomático extranjero, por ejemplo,

le preguntaba si no podía acoger a algunos judíos.

Todo el mundo debía ayudar.

La gente entendía que la situación era desesperada,

no solo para los judíos; muchos otros sufrían la tiranía.

Estaban asesinando a muchos polacos, franceses y belgas esclavizados.

Toda Europa era un gran presidio.

El historial de las democracias occidentales

en cuanto a la inmigración judía en los años 30,

como ya sabemos, fue vergonzoso.

Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña, Francia, se resistían a acoger

a un número significativo de judíos.

Churchill estaba impresionado por la distancia que Roosevelt

había tomado de las necesidades de los judíos.

Hay muchos ejemplos de intervenciones directas de Churchill

intentando reforzar la posición de Roosevelt en favor de los judíos.

No ha recibido el reconocimiento que merece por admitir

a más de cien mil fugitivos del nazismo,

pero también tenía en cuenta las encuestas,

que mostraban una gran hostilidad.

Los judíos americanos, británicos y canadienses

no lo tenían fácil para defender a sus hermanos

y hermanas de los campos de concentración y los crematorios.

Temían por su propia seguridad.

Pero Churchill defendió su posición con firmeza y tenacidad.

Fue a partir del 44 cuando los refugiados

empezaron a llegar en gran número.

En ese momento, Churchill firmó un acuerdo secreto

por el que todos los que lograban escapar podían ir a Palestina

con pasaportes colectivos sin tener en cuenta las cuotas de inmigración.

En el archivo de la Agencia Judía de Jerusalén se encuentran

esos maravillosos pasaportes británicos,

cada uno de los cuales lleva doscientos, trescientos,

cuatrocientos, quinientos nombres.

Quinientas personas salvadas con un solo pasaporte.

La imagen es ambigua: queda claro el deseo de ayudar a los judíos

supeditado al esfuerzo de guerra.

El esfuerzo de guerra era lo primero.

Dijo que el objetivo de su gobierno era la victoria.

Victoria a toda costa.

Victoria a pesar del terror.

Churchill utilizó el poder de Gran Bretaña para ayudar

a los judíos.

No era fácil porque la capacidad de Hitler de oprimirlos

era mucho mayor que cualquier cosa que pudiese hacer Gran Bretaña

o, más adelante, Estados Unidos.

En mayo de 1940, Hitler había conquistado Europa

y estaba dispuesto a invadir Gran Bretaña.

Neville Chamberlain se vio obligado a dimitir y Winston Churchill

fue nombrado primer ministro.

Diré a la Cámara lo mismo

que he dicho a los miembros del gobierno.

No puedo ofrecer más que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor.

Para los judíos, que Churchill fuese primer ministro

fue una buena noticia.

David Ben-Gurion, el líder de los judíos de Palestina,

estaba en Londres.

Los discursos y la personalidad de Churchill fueron inspiradores

para él.

Ben-Gurion dijo: «He visto lo que las personas pueden lograr

a la hora de la verdad, cuando la nobleza toca su espíritu.

De eso es capaz el hombre.

De eso es capaz el pueblo judío».

Pero, a medida que la guerra avanzaba,

quedó cada vez más claro que la persecución nazi

contra los judíos estaba aumentando.

A partir de 1942, el gobierno británico empezó a recibir informes

sobre grandes redadas de judíos y otros grupos

que se estaban desplazando, por norma general,

hacia campos situados en el este.

En la primavera de 1944, cuatro judíos y un cristiano polaco

huyeron de Auschwitz y pudieron contar lo que era Auschwitz

en realidad.

Llevaron consigo mapas del campo

y una descripción detallada del proceso de exterminio.

Y también una noticia increíble:

se estaban construyendo ferrocarriles directamente al campo de Birkenau.

Hasta entonces, Auschwitz era un destino desconocido.

Un punto en el este.

Nadie sabía adónde iban esos trenes ni qué sucedía al final.

Weizmann vino a hablar con él y con Anthony Eden.

Bombardear Auschwitz, o lo que pueda conseguir la fuerza aérea,

y mencióneme si es necesario.

Esas fueron las palabras de Churchill.

No tenemos pruebas de que Franklin Delano Roosevelt

haya tenido nunca esa decisión sobre la mesa.

La petición llegó a Washington, al subsecretario de Estado

para la guerra, R.J. McLoy

Y este la desechó.

En su opinión, aunque la misión era posible,

podría provocar una venganza aún mayor por parte de los alemanes.

Cuando recibió la petición una vez más,

su respuesta fue la misma.

Esto nos muestra que nunca llegó a entender lo que era Auschwitz.

No era un hotel acogedor ni nada parecido.

Comparemos su respuesta con la de Winston Churchill.

Creo que llegaron a matar hasta doce mil personas al día

en el campo y que llegaron a vivir allí doscientos mil prisioneros.

Los alemanes habrían seguido matando y transportando

a los que querían exterminar.

Para ello, reconstruirían los ferrocarriles

o los transportarían por otros medios.

Pero si hubiéramos destruido la infraestructura

mediante bombardeos durante varios días en la región,

podríamos haber logrado algo.

Cuando la noticia de los horrores del Holocausto llegó a Occidente,

Churchill preparó una declaración que se publicaría en Washington,

Londres y Moscú

en la que se detallaba crudamente

lo que estaba pasando con los judíos,

se afirmaba que era parte de una política de exterminio deliberada

y se advertía a los colaboradores de que se enfrentaban

a un juicio tras la guerra.

Cualquier persona relacionada con lo que sucedía en los campos

era culpable de crimen de guerra y Churchill llegó a decir

que serían ahorcados tras la guerra.

Pasaban muchas cosas terribles

pero creo que su principal preocupación era no perder la guerra,

en el caso de Gran Bretaña.

Después, intentar ganarla.

Roosevelt intentó quitar fuerza a la declaración:

se dice que, se sugiere que.

Pero Churchill dijo: No.

Esos son los hechos, eso es lo que está sucediendo.

En 1944, algunos judíos decidieron recurrir al terrorismo

para proteger su país.

La relación entre Ben Gurion y Churchill,

entre la nación judía y Churchill, era muy buena.

Pero había un pequeño grupo de judíos

dirigidos por un hombre llamado Abraham Stern

conocidos como la banda de Stern,

que no eran más que terroristas que asesinaban a judíos, árabes

y británicos.

No puedo ni imaginar lo furioso que debía de estar Churchill

con personas como Begin y Shamir el Irgun y la banda de Stern,

que estaban asesinando a soldados británicos.

Leer que mientras tus soldados luchan contra los nazis,

contra los alemanes, mientras los judíos los asesinan

no favorece las relaciones.

Le afectó mucho el asesinato de Lloyd Moyne.

Moyne había sido antisionista durante años pero Churchill

lo había convencido de que, tras la guerra,

debería haber un Estado judío en Palestina.

Después de hacer cambiar de opinión a Moyne,

Churchill le dijo a Weizmann, que estaba en Londres:

«Vaya a El Cairo, reúnase con Moyne y organícelo todo con él.

Está de acuerdo con nosotros».

Pero antes de que Weizmann pudiese ir,

Moyne fue asesinado por terroristas judíos

que creían que era un antisemita, algo que nunca había sido.

Churchill nunca volvió a sentirse tan cercano al sionismo,

decía que eran tan solo una banda criminal

y que no volvería a tratar con ellos.

Pero Churchill sabía lo que quería.

Sabía que después de la guerra

quería presidir una conferencia de paz que crease un Estado judío

en Palestina, una conferencia de paz para Oriente Próximo.

Churchill propuso una reunión en El Cairo

con el presidente Roosevelt

y el rey de Arabia Saudí, Ibn Saud.

Pero Ibn Saud se reunió con Roosevelt en su barco

antes de la conferencia.

Roosevelt conocía los planes de Churchill de un Estado judío.

Roosevelt le aseguró a Ibn Saud que los Estados Unidos

nunca harían nada opuesto a los intereses de los árabes.

No solo se comprometió personalmente con Ibn Saud

sino que, cuando volvió a los Estados Unidos,

prácticamente lo último que hizo antes de morir

fue asegurarse de integrar ese compromiso

en la política del país.

Cuatro días después, Churchill presentó a Ibn Saud su plan

para crear un Estado judío en Palestina.

Churchill no sabía que Roosevelt se habría comprometido a convertir

el punto de vista árabe en la base de la política americana.

Ibn Saud hizo algunos comentarios desagradables dejando claro

que no apoyaría el proyecto,

pero Churchill defendió vehementemente a los judíos

y el proyecto de Estado judío ante el rey.

Los esfuerzos de Churchill fueron en vano,

no solo por el veto de Roosevelt

sino también porque,

cuando llegó el momento de la conferencia de paz

que sellaría el futuro de Oriente Próximo,

Churchill ya no era primer ministro.

La victoria de la causa de la libertad.

Cuando Alemania capituló en 1945, el Gobierno de coalición

se disolvió.

Churchill seguía siendo muy popular,

pero el Partido Laborista de Clement Attlee

ganó las elecciones y Churchill perdió el Gobierno.

Poco después de las elecciones, Weizmann fue a hablar con Churchill

y le pidió que usase su influencia

para que el nuevo gobierno conservador o laborista

siguiese apoyando el proyecto sionista.

Churchill le recomendó ir a Estados Unidos.

Sabía que Gran Bretaña ya no era una gran potencia.

La Segunda Guerra Mundial lo obligó a reconocerlo

y sabía que los Estados Unidos era la potencia emergente.

En su opinión, los Estados Unidos

tendrían que cargar con la responsabilidad

que los británicos habían tenido durante al menos un siglo.

Iban a tener que gestionar.

Sabía que los Estados Unidos

tendrían que hacerse cargo de la situación.

Gran Bretaña ya no podía hacerlo.

Churchill siempre creyó que los americanos

tratarían con justicia a los sionistas,

a pesar de que su mejor amigo judío de Estados Unidos, Bernard Barouk

era un antisionista acérrimo.

Churchill tenía una dura lucha, no solo con Roosevelt

sino con todo el sistema americano.

El Departamento de Estado estaba en contra.

George Marshall era contrario al sionismo.

Muchas de las familias judías con las que Roosevelt tenía relación

eran antisionistas vehementes.

Odiaban la idea del judaísmo como nacionalidad.

Querían regularizar su situación en los Estados Unidos

como una comunidad religiosa más,

sin lealtad con ningún otro Estado nación.

Roosevelt estaba recibiendo mensajes contradictorios de sus amigos judíos

de origen alemán que vivían al norte del Estado de Nueva York.

Churchill creía que era la mejor opción para Weizmann.

Pero la violenta situación de Palestina seguía deteriorándose.

Algunos sectores de la comunidad judía habían empezado a atacar

a los británicos para obligarlos a marcharse y los británicos

respondieron a lo que consideraban acciones terroristas.

Los británicos dieron argumentos a quienes reclamaban fuerzas armadas,

que se ganaron a parte de la Agencia Judía

y, en parte, a Ben-Gurion.

La Haganah, el brazo militar de la Agencia Judía,

empezó a colaborar con el Irgun, una nueva organización armada.

Los británicos creían que habían hecho todo lo que habían podido

por los judíos y que estos eran muy desagradecidos.

Algunos de sus líderes se asociaban con la Haganah y la banda de Stern

hasta el atentado contra el hotel Rey David

en el que habían muerto varios oficiales británicos.

Churchill seguía siendo miembro del parlamento

y era el líder de la oposición.

Muchos miembros de la oposición conservadora se escandalizaron al oír

sus palabras en esta ocasión.

Habló de la guerra de los británicos contra los judíos.

Y también de la huida del Gobierno de Attlee:

iban a devolver Palestina a las Naciones Unidas,

la organización que remplazaba a la Sociedad de las Naciones.

Fue un final deshonroso para lo que Churchill

había empezado en 1929: un experimento positivo y visionario

en el que Gran Bretaña guiaría, acompañaría y contribuiría

a la creación de un Estado judío.

El 14 de mayo de 1948,

un día antes de que terminase el mandato británico,

la Agencia Judía proclamó

la independencia del Estado de Israel.

Al día siguiente, cuatro países árabes, Egipto, Siria,

Líbano e Irak, atacaron Israel.

Tras el alto el fuego, se trazó una frontera provisional

conocida como la línea verde.

Jordania se anexionó Cisjordania y Jerusalén Este

y Egipto se hizo con el control de la Franja de Gaza.

El Gobierno laborista se mostraba reticente a reconocer

el Estado de Israel y Churchill fue el principal portavoz,

y prácticamente el único,

que exigía el reconocimiento de Israel por razones históricas:

nosotros pusimos en marcha el proceso,

nosotros nos comprometimos con los judíos.

No podemos negarnos a reconocerlos.

El Gobierno británico tardó dos años más

en reconocer el Estado de Israel.

Creo que el reconocimiento británico del Estado de Israel,

a regañadientes y dos años después, fue una agradable sorpresa

para muchos israelíes.

Tras la derrota del nazismo,

veían a Gran Bretaña como el enemigo.

Estoy seguro de que muchos israelíes

creían que nunca habría buenas relaciones

entre Gran Bretaña y el nuevo Estado de Israel.

En 1960, David Ben-Gurion, primer ministro de Israel,

visitó a Churchill en Londres.

Churchill le entregó a Ben-Gurion su fantástico ensayo sobre Moisés,

escrito 30 años antes.

Ben-Gurion se quedó extasiado.

Creo que para los judíos Churchill es alguien que siempre consiguió

mantener vivas sus esperanzas.

Lo hizo en 1921 y, sobre todo, lo hizo entre 1940 y 1945.

A lo largo del siglo XX,

algunos dirigentes decidieron perjudicar a los judíos,

Hitler y Stalin entre ellos.

Churchill fue excepcional

porque adoptó una posición igualmente firme pero orientada a protegerlos.

Sabía que los judíos podían lograrlo

y tenía mucha fe en que lo conseguirían

si se les daba la oportunidad.

Para nuestra eterna gratitud,

fue uno de los que creyeron en lo que podía lograrse

y puso de su parte para dar una oportunidad a los judíos.

Los judíos están muy orgullosos de sus logros, de lo que han hecho.

Recuerdan a Moisés y a los Moisés que siguieron a Moisés.

Si se le pregunta a un judío

quién fue el responsable de la fundación del Estado de Israel,

recitará una letanía de nombres partiendo de Pinsker y Hertzel

Ben-Gurion y Jabotinsky

y, dependiendo de su ideología política,

incluirán a otros como Chaim Weizmann.

El nombre de Churchill no aparece en la lista

porque a veces los judíos no tienen una visión muy abierta

sobre la fundación del Estado de Israel,

pero en realidad

debería haber una enorme estatua de Winston Churchill

en el centro de Jerusalén y en el centro de Tel Aviv

porque, sin Winston Churchill, no creo que hoy existiese Israel.

En 1965, Winston Churchill falleció tras una larga carrera política

llena de resurrecciones.

En su elogio ante el parlamento israelí,

Ben-Gurion dijo: «Churchill fue la combinación perfecta

de un gran hombre en el momento perfecto.

Entró en la batalla y salió victoriosa.

Churchill pertenece a todo el mundo.

Su memoria iluminará el camino para las generaciones futuras

en todos los rincones del mundo».

Otros documentales - Una extraña obsesión: Churchill y los judíos

56:19 17 jul 2017

Una de las facetas menos conocidas de la personalidad de Churchill es su gran interés por la historia y el pueblo judío. Churchill apoyaba la idea de la construcción de un hogar nacional judío en Palestina porque tenía la firme convicción de que ayudaría al progreso del Imperio Británico.

Contenido disponible hasta el 24 de julio de 2017.

Histórico de emisiones:
14/06/2016

Una de las facetas menos conocidas de la personalidad de Churchill es su gran interés por la historia y el pueblo judío. Churchill apoyaba la idea de la construcción de un hogar nacional judío en Palestina porque tenía la firme convicción de que ayudaría al progreso del Imperio Británico.

Contenido disponible hasta el 24 de julio de 2017.

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