'Mujeres viajeras' reconstruye las aventuras extraordinarias llevadas a cabo por mujeres durante el siglo XIX y principios del siglo XX, a través de sus diarios escritos. Historias de mujeres valientes que supieron desafiar a la propia época enfrentándose a empresas propiamente masculinas: escaladas solitarias al Tíbet para llegar a la cima del mundo, viajes por África en canoa, cruzando de incógnito tierras prohibidas.


Las vivencias de las protagonistas están narradas en primera persona, una voz en off sobre una animación muy particular, inspirada en el teatro de sombras. Como complemento, una serie de expertas aporta las claves históricas, económicas y políticas para entender la repercusión real de la aventura dentro del contexto social de la época.

Cada episodio cuenta la vida de una de estas pioneras y el viaje realizado, utilizando un tipo muy original de grafismo entremezclado con imágenes de archivo.

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Para todos los públicos Mujeres viajeras - Giuseppina Croci (La China) - ver ahora
Transcripción completa

Zarpé el 9 de junio de 1890 rumbo a Shangái

a bordo de un carguero alemán.

Tenía 27 años.

Mi familia era pobre y muy numerosa.

Yo no sabía nada del mundo,

porque desde niña estuve empleada en una hilandería,

una fábrica donde se producía seda, en Castano Primo,

un pueblecito cerca de Milán.

Me fui a Shangái para trabajar, acompañando a mi patrón,

el señor Beretta,

que había sido contratado por una compañía inglesa

como director de una de las hilanderías

que habían abierto en China.

Yo tenía que ayudarle a organizar el trabajo de las obreras.

Desconocía lo que me esperaba en China,

pero sabía que si me hubiera quedado en el pueblo

en el que nací y crecí,

habría seguido siendo una simple obrera

hasta que me hubiera casado.

Habría pasado de la esclavitud de la fábrica

a la de un marido

que me habría hecho tener hijos, uno tras otro.

Mi madre murió de parto después de nueve embarazos.

Yo no quería terminar como ella.

¡Mejor un viaje hacia lo desconocido

que un destino ya escrito!

Nací en 1863 en Castano Primo,

un pueblo del norte de Italia.

Era la mayor de 12 hermanos.

A los 10 años ya trabajaba en la hilandería del señor Beretta.

Mujeres y niñas trabajábamos en un hangar enorme,

bien apretadas unas junto a otras.

Nos llamaban las hilanderas.

Nos pagaban una miseria y los turnos eran extenuantes:

¡hasta 16 horas al día!

Trabajaba como un animal,

pero era fuerte y nunca caí enferma.

No me quejaba ni siquiera cuando la temperatura del agua

donde metíamos las manos para sacar la seda de los capullos

llegaba a los 80 grados.

Estamos en la segunda mitad del siglo XIX.

Es una chica de familia casi pobre,

hija de un fabricante de escobas,

por lo tanto una familia modesta

que trabaja en una hilandería de seda.

Tenía determinación.

"Dura como el cuero", como decía mi patrón,

el señor Beretta,

quien justo por este motivo y después de 10 años

me hizo jefa de sección.

Desgraciadamente un día los gusanos de seda

empezaron a morir por una extraña enfermedad,

justo ahora que me habían ascendido y me habían subido el sueldo.

La situación era desesperada cuando llegó un golpe de suerte.

La empresa inglesa Jardine, Matheson and Company,

una potencia inglesa con sede en Hong Kong

y varias sedes en Shanghái, se puso en contacto con mi jefe.

Los ingleses eran expertos en la elaboración de algodón,

pero no sabían nada de la producción de seda.

¡La seda la sabían tratar solo los italianos!

Hay que recordar

la importancia que ha tenido la industria de la seda

en muchos lugares de Italia en el siglo XIX,

en Toscana y en los valles lombardos.

Había grandes capacidades,

tanto desde el punto de vista de la mano de obra

como desde un punto de vista más elevado.

Los ingleses utilizaban la mano de obra italiana

que probablemente era más barata que la inglesa.

El señor Beretta

enseguida aceptó ir a Shanghái a dirigir la hilandería

y me pidió que le acompañara.

"¡Eres fuerte como un toro y testaruda como una mula!

¡Necesito a alguien como tú para organizar el trabajo!"

El señor Beretta me entregó un buen contrato para firmar:

tenía que quedarme en China cinco años,

pero ganaría un buen sueldo.

Era la gran oportunidad de mi vida para no terminar como mi madre.

No era un ambiente rural,

era más bien empresarial,

así que se comprende

que dado su carácter más bien emprendedor,

una cierta formación,

lo que había progresado en la fábrica

al dejar de ser una simple obrera,

además de sus necesidades económicas

y la curiosidad que le producía el mundo, decidieron marcharse.

9 de junio de 1890,

fecha importantísima.

Tenía 27 años y me embarqué en Génova

en un carguero alemán que me llevaría a Shanghái

donde el señor Beretta me estaba esperando.

Era la primera vez que veía el mar.

Y por primera vez en mi vida estaba sola.

Me sentía como una verdadera aventurera.

Estaba orgullosa y feliz.

Iba a ganar el dinero que me haría independiente.

Me sorprendió que estas mujeres en aquella época

pudieran haberse atravesado el planeta

sin dinero

y sin acompañante,

sin GPS, sin agua embotellada,

sin aviones, sin barco de vapor...

En el barco había poquísimos pasajeros

y ninguno hablaba italiano.

Para poder contar a alguien lo que veía

empecé a utilizar un diario,

aunque apenas supiera leer ni escribir,

ya que solo había ido a la escuela hasta tercero de primaria.

Escribiendo tenía la sensación de hablar con alguien.

Empieza a escribir

un detalladísimo y encantador diario

que es un resumen,

comparado con las 600 páginas de otras viajeras.

El viaje duró 37 días

y el carguero hizo escala en muchos puertos.

No se comunica con nadie.

No entiende nada de todo lo que sucede a su alrededor,

así que escribir es la única manera de pasar el rato,

además del evidente interés por observar ciertas cosas.

Recuerdo cuando llegamos a Egipto, a Puerto Saíd,

y vi por primera vez a los moros de Abisinia.

Tenían la piel negra como el carbón,

y como vestido llevaban solo un trapo

que les tapaba sus vergüenzas.

Pero aunque fueran medio desnudos, no resultaban escandalosos

porque su piel parecía de terciopelo.

Sí que entiende que viene de un ambiente cerrado

como el de su pueblo,

por el hecho de que a los negros les llama:

"Negros como diablos."

Y escribe: "Son negros como diablos,"

pero modera esta observación diciendo:

"Pero aunque sean negros y vayan desnudos

no impresionan tanto."

Eran fortísimos,

y cargaban y descargaban nuestro barco

llevando pesos enormes sobre los hombros.

Me daban pena

y les regalé los cacahuetes que me habían sobrado de la comida.

Ellos me lo agradecieron inclinándose.

Por primera vez en mi vida me sentí como una señora.

No tiene la ocasión

ni la capacidad de hacer comentarios

que vayan más allá de la percepción de las cosas,

pero es muy interesante precisamente por esta espontaneidad

de captar algunos detalles.

Un pequeño texto puede facilitarnos la idea de un mundo,

de una situación sin tantas palabras.

El valor del pequeño diario de Giuseppina Croci

reside en su espontaneidad.

Una de las cosas más extrañas que viví durante el viaje

me sucedió en Suez.

Era el 17 de junio de 1890

cuando de repente el sol empezó a perder su luz

y pareció que estábamos en enero, por el frío que hacía.

Algunos en el barco

miraban hacia el cielo con un cristal ahumado.

El fenómeno duró algunas horas

y luego el sol volvió a ser el mismo de siempre,

y el calor, lamentablemente, también.

Suez me gustó porque el canal me pareció igual

que el Canal Villoresi que cruzaba mi pueblo.

La apertura del canal de Suez que hace menos lentos,

menos largos los viajes

en travesías que antes eran impensables

y empieza a haber una serie de facilidades

y empiezan a haber una serie de agregados

que facilitan de alguna manera

que la mujer se adentre en determinadas regiones.

El viaje fue agotador.

Me mareaba.

La sed y el calor eran tan horribles que no conseguía dormir,

ni siquiera yo que me hubiera quedado dormida

sobre un saco de pulgas,

pero nunca dudé de que lo conseguiría,

incluso cuando atravesamos el Océano Índico

y vivimos ocho días ininterrumpidos de tormenta.

La temeridad,

la valentía, la seguridad en sí mismas,

esa fuerza que las acompañaba

eran mujeres cosidas a mano,

eran de alta costura, no eran pret a porter.

Eran mujeres que no se rompían fácilmente,

eran mujeres curiosas, independientes,

con una sagacidad tremenda,

observadoras, discretas,

que se adaptaban.

En los momentos de desánimo y de miedo

me llegaban a la mente las palabras del señor Beretta:

"Giuseppina, ¡las personas como tú tienen la piel dura

y pueden con todo!"

Finalmente llegamos al puerto de Colombo,

una colonia inglesa que es la capital de Ceylon.

Allí me ocurrió algo que me impresionó mucho.

Alquilé una barquita

para que me llevara del carguero al puerto

y cuando fui a pagar le di al barquero dinero italiano,

monedas con la efigie del rey Vittorio Emanuele.

El hombre se enfadó porque creía que era dinero falso.

¡Vino a ayudarme un guardia inglés que empezó a pegarle con un bastón!

Yo no quería que le golpease,

pensando que la cuestión se podía resolver de otra manera,

pero el guardia no me hizo caso.

Las mujeres que viajan despiertan un cierto morbo.

Uno no deja de preguntarse,

cómo aquellos seres teóricamente tan frágiles

pudieron viajar y pudieron viajar solos.

Fue en Singapur donde vi por primera vez

a un grupo de hombres de piel amarilla

con una trenza de pelo negro bellísima

que les llegaba hasta el suelo.

Pero lo que más me llamó la atención

fue que en Singapur había carritos tirados por hombres,

que hacían el trabajo de los caballos.

Se llamaban rickshaws.

A las mujeres de Singapur no las vi,

porque no podían salir solas por la calle.

Por lo visto, a las mujeres

se las trata siempre como a un trapo.

Observa sobre todo las ciudades,

la grandiosidad de algunas ciudades, los jardines.

Describe cómo se visten,

anota cómo van vestidas las personas.

El 16 de julio, después de 37 días de navegación,

llegué a Shanghái.

Ya no aguantaba más en el barco, el mareo era insoportable

y cogí una lancha para llegar a tierra firme.

De este modo llegué antes de lo previsto

y no encontré al señor Beretta, que como habíamos acordado

debería haber estado allí para recogerme.

Me encontré sola y esta vez desesperada de verdad.

Shanghái es una ciudad enorme, con edificios altísimos.

El ruido era ensordecedor y una marea de gente me rodeaba.

En medio de la multitud vi a un hombre blanco.

Me acerqué para hablar con él y descubrí que era francés.

Se encuentra en un sitio desconocido

donde nadie la conoce, nadie la espera...

No consigue hablar con nadie.

Intenta hablar francés, pero nadie la entienden.

Traté de explicarle a dónde tenía que ir,

a la hilandería Iardin

que me había dicho el señor Beretta.

La persona que le ayuda

llama a un lugareño, un chino,

al que le da la información

para después subirse al carro y trotar.

El señor francés pidió un rickshaw, me montó en él,

dio unas indicaciones al conductor

y se metió en medio de la multitud.

Tuve miedo. "¿Adónde me llevaba ese extraño conductor chino?"

Habría podido hacerme de todo: secuestrarme, robarme...

¡Mi primer viaje en rickshaw fue horrible!

A pesar de mis miedos,

el hombre-caballo ¡me llevó directo a mi destino!

El señor Beretta me acogió con los brazos abiertos

como si fuera su hija.

La hilandería adonde fui a trabajar era enorme.

Había 1.000 obreros entre mujeres y niños.

Estaba en Chengdu Road,

en el asentamiento internacional de Shanghái,

a orillas del río Huangpu.

Trabaja de instructora

en los nuevos telares de seda,

una innovación que sin duda venía de Inglaterra

y que era muy importante.

Ella, que en su tierra ya era experta

en el manejo de estas máquinas

fue llamada por esta razón.

No había una gran diferencia

entre la hilandería de Castano y ésta.

El cansancio era el mismo, el calor también

¡y hasta los turnos de trabajo eran extenuantes!

Tenía 200 obreras chinas a mis órdenes

que cada vez que me veían se reían como locas.

Me costaba mantener el orden y hacerlas trabajar.

La ciudad era un protectorado británico.

A Inglaterra

le interesaban las relaciones comerciales con estos sitios

y no es casualidad que la fábrica de Giuseppina

también fuera de propiedad inglesa.

Las obreras empezaron a llamarme "Ciotzina",

mientras se reían entre ellas.

Le pregunté al señor Beretta si sabía qué quería decir

y me explicó que significaba, "¡mujer de mala vida!".

¡Qué ofensa!

Me acordé entonces del guardia que dio bastonazos al barquero.

Conseguí un buen garrote y establecí el castigo:

por cada "ciotzina" que oyera cada una recibiría un bastonazo.

Por cada retraso, ¡otro bastonazo!

¡Nos entendimos de maravilla!

Además del trabajo agotador en la fábrica,

tuve que acostumbrarme a vivir en Shanghái,

una ciudad desconocida para mí, demasiado grande y extraña.

Aprendí algunas palabras en chino y me las apunté en el diario.

También tuve que aprender inglés

porque era la segunda lengua de la ciudad.

Y para mí,

que nunca se me habían dado bien los estudios,

fue una auténtica tortura.

Además tenía el problema de la comida.

Por suerte en China comían sobre todo arroz,

como en mi pueblo.

¡Lo peor eran aquellos malditos palillos!

Pero enseguida aprendí a comer con ellos.

En cierto modo me recordaba el sabor de casa

y me acostumbré a su cocina sin hacer muchas muecas.

La China de Giuseppina es una China muy limitada.

Se trata de la China del puerto al que llega,

probablemente la China de la hilandería,

y creo que poco más,

ya que no sabemos qué China ve,

pero indudablemente no salió mucho de su ambiente de trabajo.

¡Lo que más me gustaba era el té!

Nunca lo había probado,

pero desde entonces no pude dejar de tomarlo.

Aquella bebida oscura y caliente era deliciosa.

Además, me gustaban las teteras y las tacitas pintadas a mano.

Cuando el señor Beretta, durante la pausa,

me veía beber y comer sola en mi rinconcito se reía:

"¡Ya te dije que en Shanghái te encontrarías como en casa.

Eres cabezota como ellos. Muy bien, Giuseppina!"

Lo que más me atraía

eran los zapatitos que llevaban las mujeres chinas.

¡Eran maravillosos!

De seda bordada y del tamaño del de los niños.

Me preguntaba,

cómo conseguían las mujeres chinas tener unos pies tan pequeños.

En realidad descubrí

que tenían los pies grandes como los nuestros,

pero desde la infancia se los vendaban muy apretados

para que fueran minúsculos.

Solo el dedo gordo podía crecer.

Se llamaban, "Pies de Loto".

Me quedé desolada. Era un verdadero tormento.

No podía ni imaginarme el daño que eso hacía.

Pero los zapatitos me gustaban, así que me compré un par

y me los puse solo en la punta del pie.

Por encima llevaba un par de pantalones muy anchos

que caían cubriendo el resto de mi pie.

Me fui a buscar un fotógrafo profesional

para hacerme un bonito retrato chino

vestida de aquel modo.

¡Ahora ganaba dinero y podía permitírmelo!

Además de los pantalones elegantes,

tenía también otros de seda azul con su bella casaca a juego.

Me los ponía cuando estaba en la fábrica.

¡Estaba convencida de que me quedaban muy bien!

En una ciudad donde todo era frenético como en Shanghái,

cinco años pasaron muy rápidamente.

En este tiempo mi vida había cambiado.

Había ascendido en el trabajo, bebía té, comía comida china

y había aprendido 100 palabras del dialecto de Shanghái,

hablaba inglés y llevaba pantalones.

Ahora podía decidir libremente sobre mi futuro.

Me había emancipado.

No quise renovar mi contrato

y el 28 de junio de 1895 dejé Shanghái,

después de haberme despedido del señor Beretta.

Había hecho mis cálculos y decidí que había ganado bastante

para vivir de las rentas toda la vida en mi casa.

Este viaje le permitía cambiar su vida

desde un punto de vista económico,

pero su objetivo era volver.

Ya no es jovencísima

y por su edad probablemente desea una familia normal.

Es una mujer normal,

no es una mujer transgresora,

una mujer que busca la aventura,

no quiere como tantas otras viajeras medir sus fuerzas,

quiere volver a casa.

Cuando me fui de Castano, cinco años antes,

era una hilandera pobre e ignorante.

Ahora volvía como una gran señora,

vestida a la moda

y con un patrimonio de 30.000 liras.

¡Tenía 32 años y era rica!

Me compré una bonita casa

que llené con los objetos que había traído de China.

Estaban mis vestidos, los zapatos de seda,

los pantalones, mi juego de té,

muchas fotografías de mis amigos chinos,

postales y muchos otros objetos de decoración.

Muchas mujeres viajeras se los llevaron a casa

para poder recrear China en sus propios hogares.

Se llevaron China a casa,

así podían seguir tocándola,

sentirla, olerla en sus hogares.

Además contraté a una sirvienta.

Solo necesitaba un marido.

Dado que era una mujer rica,

no tenía por qué esperar que nadie me eligiese.

Quería un marido guapo porque yo no lo era

y necesitaba un hombre que mejorara mi descendencia.

Conocí a Pietro, 40 años, ex-subteniente de la Policía.

Enseguida me gustó. Nos enamoramos y nos casamos.

De nuestra unión nació Carlotta,

guapa como su padre y testaruda como yo.

Le enseñé un poco de aquella lengua extraña

que había aprendido,

una mezcla entre el dialecto lombardo y el chino,

que me había quedado en la mente y en el corazón.

Además, siempre le repetía

que para ser mujeres independientes era necesario estudiar idiomas.

No volví a trabajar nunca más.

Morí en 1955, a la edad de 92 años.

Era una bella mañana de primavera.

Estaba sentada cómodamente en la cama

mientras mi sirvienta regaba las plantas de mi jardín.

Fue como quedarme dormida.

"La vida del hombre en este mundo está llena de zarzas y de espinas,

pero de cada espina al final brota una flor".

Mujeres viajeras - Giuseppina Croci (La China)

24:41 10 mar 2018

En 1890, una simple hilandera, una chica de 27 años parte sola de Génova en un carguero alemán directa a Shangai para trabajar en la hilandería que su antiguo jefe iba a dirigir. La travesía fueron 37 largos días contados en un diario en el que describe los puertos, las ciudades que visita y se sorprende por el diferente sentido del pudor, primero de los árabes, luego de los indios y por fin de los chinos.

Contenido disponible hasta el 13 de diciembre de 2025.

Histórico de emisiones:
20/02/2016

En 1890, una simple hilandera, una chica de 27 años parte sola de Génova en un carguero alemán directa a Shangai para trabajar en la hilandería que su antiguo jefe iba a dirigir. La travesía fueron 37 largos días contados en un diario en el que describe los puertos, las ciudades que visita y se sorprende por el diferente sentido del pudor, primero de los árabes, luego de los indios y por fin de los chinos.

Contenido disponible hasta el 13 de diciembre de 2025.

Histórico de emisiones:
20/02/2016

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