'Mujeres viajeras' reconstruye las aventuras extraordinarias llevadas a cabo por mujeres durante el siglo XIX y principios del siglo XX, a través de sus diarios escritos. Historias de mujeres valientes que supieron desafiar a la propia época enfrentándose a empresas propiamente masculinas: escaladas solitarias al Tíbet para llegar a la cima del mundo, viajes por África en canoa, cruzando de incógnito tierras prohibidas.


Las vivencias de las protagonistas están narradas en primera persona, una voz en off sobre una animación muy particular, inspirada en el teatro de sombras. Como complemento, una serie de expertas aporta las claves históricas, económicas y políticas para entender la repercusión real de la aventura dentro del contexto social de la época.

Cada episodio cuenta la vida de una de estas pioneras y el viaje realizado, utilizando un tipo muy original de grafismo entremezclado con imágenes de archivo.

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Para todos los públicos Mujeres viajeras - Carmen de Burgos, ¡Soldado Colombine! - Ver ahora
Transcripción completa

23 de agosto de 1909.

Acabo de llegar a Melilla como corresponsal de guerra

del periódico Heraldo de Madrid

durante el conflicto entre España y Marruecos.

Fui la primera mujer española que estuvo en una trinchera

para pasar una noche con los soldados.

La primera mujer corresponsal de guerra.

Luché por la emancipación femenina,

peleé por el derecho al voto y por el divorcio.

Viajé por todo el mundo para conocer a mujeres

de otros países y entender cuáles eran sus condiciones de vida

para poder escribir sobre ellas.

Mi compromiso hizo que arriesgara mi vida

y la de mi hija cuando estalló la Primera Guerra Mundial.

Nací en Almería, en España, el 10 de diciembre de 1867.

Pasé una infancia feliz junto a mis nueve hermanos,

en Rodalquilar, donde mi padre, vicecónsul de Portugal,

tenía tierras y minas.

No era ese prototipo de viajera victoriana

de familia pudiente con propiedades en Kent

y que montaba a caballo con 14 años.

A los 16 años me enamoré de Arturo Álvarez Bustos,

un famoso periodista que me conquistó

dedicándome poesías de amor.

Arturo me doblaba la edad y mi padre, naturalmente,

se opuso a nuestra unión.

La España de principios de siglo

es una España... donde el hombre

es el protagonista y toma las decisiones familiares,

sociales, políticas, económicas.

Es el páter familia, el que mantiene a la familia,

el que está en los círculos intelectuales,

el que toma las decisiones...

Yo le imploré de todas las maneras posibles

para que diera su consentimiento al matrimonio.

Él, al final, cedió, pero el día de la boda

se negó a venir a la iglesia y a acompañarme hasta el altar.

En siglo XIX la mujer, en países como España,

pasaba de ser propiedad de la familia o de los padres,

a ser propiedad de los hombres.

Yo, rebelándome contra todas las convenciones,

recorrí sola el pasillo de la iglesia,

con la cabeza bien alta,

convencida de que lo que estaba haciendo

era lo mejor para mí.

En ese momento,

casarte también es una forma de emanciparte,

de gobernar una casa

y de escapar un poco del yugo familiar, de tus padres.

Es como una ilusión de la independencia,

que luego no se tiene o no siempre se tiene.

Una vez que nos convertimos en marido y mujer,

Arturo dejó de escribirme poesías de amor

y reveló su verdadera naturaleza: me traicionaba,

me humillaba, me maltrataba.

Me di cuenta de que si quería escapar

de aquel matrimonio equivocado,

tenía que encontrar un trabajo que me permitiera independizarme.

No se acepta el divorcio en España en 1931,

y las mujeres casadas no tienen pasaporte para viajar.

Tienen que viajar con sus maridos

o el marido tiene que darles consentimiento

para que se saquen un pasaporte.

Empecé a estudiar por la noche, a escondidas de mi marido,

para sacarme el título de maestra.

En aquel periodo conocí el dolor más grande para una madre:

tres de los cuatro hijos que tuve con Arturo

murieron a muy tierna edad.

Durante mucho tiempo, fui cada día al cementerio

a llevar flores...

hasta que se me secaron las lágrimas.

Solo me quedó María,

y junto a ella escapé una noche de 1901.

Yo tenía 30 años, María apenas 4.

Como equipaje, solo llevaba una maleta pesada

y el título de maestra que conseguí sacarme a distancia.

Pero ella lo que está deseando es ir a Madrid,

que es dónde hay una efervescencia intelectual

y cultural tremenda.

Nos fuimos a Madrid donde empecé a enseñar

en una escuela elemental,

pero mi verdadero objetivo era convertirme en periodista.

Llevé mis artículos sobre la condición de la mujer

y sus derechos a diferentes redacciones

y conseguí que el periódico El Globo

me diera una columna fija.

Augusto Figueroa, el director del Diario Universal

me bautizó con el que fue mi nombre de batalla: ¡Colombine!

Es una mujer hecha a sí misma.

Es una mujer poliédrica, militante política,

republicana, intelectual, feminista...

Es una mujer que abrió la puerta para el reconocimiento social

de la mujer en España.

Fue realmente una luchadora por los derechos humanos.

A los 39 años, en 1906,

me había convertido en un punto de referencia

para las mujeres que querían emanciparse.

En los salones literarios de aquella época,

conocí a Ramón Gómez de la Serna,

un joven escritor del movimiento futurista

que tenía 20 años menos que yo.

Fue... amor a primera vista.

Él tiene 21 años y ella tiene 42,

y a pesar que Ramón Gómez de la Serna,

personaje maravilloso por otra parte,

está en plena juventud, cae prendado,

son dos trenes que se chocan,

son dos almas gemelas.

En 1909 estalló la guerra entre España y Marruecos.

Hice de todo para que el Heraldo

me mandara como corresponsal de guerra.

¡Al final lo conseguí!

Jamás, antes de mí, una mujer había estado en el frente.

Ahora podía contar la guerra desde mi punto de vista,

el punto de vista de Colombine.

Llegué a Málaga y me fui a hablar con la marquesa de Polavieja,

presidenta de la Cruz Roja.

Quería saber si las damas voluntarias

irían a Melilla, para poder unirme a ellas,

pero me respondió que, a pesar de su ardiente deseo,

los generales se lo habían impedido porque era muy peligroso.

Tenían que desarrollar su misión en Málaga,

a donde trasladaban a los heridos más graves.

España tiene una situación ahí estratégica,

hay muchísimo interés mediático por ese conflicto

y, bueno, Carmen ve una oportunidad de oro

para ir allí y no solamente estar,

si no escapar de dónde está.

Los enfrentamientos entre españoles y marroquíes

se sucedían uno tras otro,

y el número de muertos y heridos era incalculable.

Las noticias desde el frente de Melilla

se hicieron cada vez más alarmantes:

se estaba llevando a cabo una gran carnicería.

Llegados a ese punto, los militares se vieron obligados

a llamar a las voluntarias de la Cruz Roja

para que intervinieran en el lugar de los hechos.

No dejé que se me escapara la ocasión, aunque era trágica,

y me marché con uno de los grupos

a bordo de un barco mercante el 23 de agosto de 1909

en dirección a Melilla,

ciudad situada al norte de Marruecos.

Las damas de la Cruz Roja tomaron el mando de la situación

e instituyeron un hospital de campaña.

Prestaban su servicio con valentía, incansables,

preparadas siempre para asistir a los soldados heridos y mutilados

que llegaban en camillas transportadas por caballos.

Nunca vi a ninguna de ellas echarse atrás

o perder el ánimo ante aquellos cuerpos desgarrados,

mutilados, heridos de muerte.

Mi deseo, sin embargo, era llegar a la trinchera,

el lugar de combate.

No era fácil, pero la suerte me sonrió.

Mujeres que sí que habían sido corresponsales de guerra,

pero en España eran impensable, impensable.

Ella ve una oportunidad de oro;

el poder estar en primera línea de combate

y tener esa adrenalina, que ella siempre buscó, a tope.

En el campamento del general Tovar, cercano a la línea de fuego,

se iba a hacer entrega de la Cruz al Mérito Militar

a los oficiales y a los soldados heridos.

Asistí a la ceremonia como corresponsal de guerra,

para escribir un artículo y enviarlo al periódico.

La ceremonia fue un momento conmovedor:

los altos cargos del ejército conferían los honores

a los soldados que habían combatido con valor.

Muchos de ellos, algunos verdaderamente jóvenes,

estaban mutilados y se sostenían con muletas.

Terminada la celebración, en vez de volver a la ciudad,

aprovechando que la noche estaba cayendo,

me encaminé hacia la trinchera,

a la que llegué después de varias horas caminando.

Se convierte en la primera...,

luego habrá otras, pero puede ser considerada

la primera corresponsal de guerra española, sin lugar a dudas.

Era una mujer “armada” solo con un bloc de notas y un lápiz,

que quería recoger los testimonios de los soldados

en el frente de guerra.

Fue una larga noche la que pasé con ellos.

Una noche en las estrechas galerías llenas de arena,

fango, suciedad y desesperación,

que es con lo que están hechas las trincheras.

Nos mantenían despiertos los disparos de las ametralladoras

y los cañonazos a pocos metros de nosotros

porque la hostilidad no tenía tregua.

Los soldados españoles fueron muy amables conmigo.

Me prepararon té y me lo sirvieron sobre una caja de municiones.

Y luego me contaron sus vidas, su miedo a la muerte,

la nostalgia de su casa, de la patria, de sus mujeres...

Ella es una mujer muy atractiva,

también debía de causar sensación por donde pasaba,

con unas convicciones muy fuertes,

republicana...,

muy interesante.

Al alba tuve que volver.

Llegué a Melilla exhausta, pero feliz por mi aventura.

Había logrado mi objetivo como corresponsal de guerra,

pero antes de marcharme

quería encontrar a las mujeres árabes

y entender cómo vivían.

Creo que hay un estilo femenino a la hora de viajar.

Históricamente, los hombres siempre han contado las millas

que recorrían,

pero las mujeres suelen ir a algún lugar

y pasar un tiempo allí para conocer a la gente.

No se trata de la distancia recorrida,

se trata de las personas con las que han estado

y cómo han llegado a conocerlas.

Caminé durante horas por toda la ciudad.

El sol era deslumbrante

y no había encontrado a ninguna mujer,

cuando un portón en la penumbra de un callejón

me llamó la atención y entré.

Era un patio, un "dchar",

que tenía una pequeña fuente en el centro.

Detrás de unas maravillosas ventanas arabescas

vi sombras de mujeres que,

curiosas pero al mismo tiempo atemorizadas, me espiaban.

Yo les sonreí, alargando las manos,

como para decirles que no había peligro alguno.

La curiosidad femenina tuvo las de ganar

y poco a poco, las mujeres salieron de sus casas.

Me miraban asombradas.

Las condiciones, los aspectos favorables

de lo que nosotros consideramos una clausura,

que realmente lo es,

para que nos entendamos, son...

la libertad y el poder que la mujer islámica

tiene en el seno de la familia.

Una joven, más valiente que las otras,

me tocó el vestido..., luego una mano...,

luego la cara.

Parecía que se divertía.

También las demás, poco a poco, se me acercaron.

Tenían la piel oscura, el pelo negro,

los ojos color ámbar.

Llevaban vestidos largos, en su mayoría blancos,

collares de perlas y pendientes grandes.

Eran bellísimas.

Una de ellas me trajo un vaso de té, dulcísimo,

que me repuso del terrible calor.

No podíamos comunicarnos porque no hablábamos

la misma lengua, pero nos sentíamos cerca,

casi íntimas.

Luego otro aspecto muy interesante es que económicamente

es dueña de muchas cosas,

es decir, tiene un gran poder económico.

La chica más joven me tocó la cara,

parecía muy interesada en mi sombrero.

Me quité un crisantemo de seda que lo adornaba y se lo di.

Ella me sonrió muy contenta por aquel regalo inesperado,

luego corrió a su casa y volvió... con huevos.

Yo saqué algunas monedas para pagarle,

pero ellas las rechazaron.

Me dieron a entender que era un regalo.

Tenía que irme.

Les hice gestos invitándolas a que se vinieran conmigo,

a la calle, pero ellas no podían salir.

Mi viaje había llegado a su fin.

Regresé a España en un barco lleno de heridos.

Había escrito diez blocs de notas con apuntes.

Los artículos que publiqué como corresponsal en el frente

tuvieron una gran repercusión.

Gracias a la experiencia del frente visto de cerca

pude escribir mi primer libro: “En la guerra”.

Fue todo un éxito.

Desde entonces, la siguiente batalla de Colombine

se jugaría en un campo diferente.

El divorcio y el voto de las mujeres

fueron los nuevos retos con los que me comprometí.

Es una sociedad que va muy a la zaga

de sus vecinos europeos en cuestiones como el divorcio,

la emancipación, el sufragio femenino,

el sufragio universal,

el feminismo,

la incorporación de la mujer a las universidades, al trabajo.

No pasó ni un solo día sin que escribiera sobre ese tema.

Fue en 1913 cuando las mujeres noruegas,

las primeras del “viejo continente”,

obtuvieron el derecho al voto.

Entusiasta, me marché para encontrarme con ellas

y escribir una serie de artículos sobre su conquista.

Y además ella oía hablar de los corresponsales

que viajaban fuera y traían noticias

de lo que estaba ocurriendo en Europa.

Ella tenía esa curiosidad ya por viajar y conocer.

Me acompañaba mi hija María, que por entonces tenía 21 años.

Sabía que Europa era “un polvorín”

y las tensiones políticas podían desembocar en un conflicto,

pero me podía la curiosidad y subestimé el riesgo.

Espíritu de aventura es estar decidido a crecer

de dentro a fuera, a afrontar situaciones inesperadas,

a tomar decisiones en el último momento,

a tener que renunciar a cosas que pensamos, en principio,

que son necesarias para vivir.

Recuerdo aquella mañana de 1914, yo tenía 47 años.

Estaba trabajando en un artículo

con mi fiel máquina de escribir Remington,

cuando María entró asustada en la habitación de nuestro hotel.

En Oslo había estallado la guerra.

Teníamos que volver a España, renunciando, muy a mi pesar,

a nuestra visita a Rusia,

ya que había entrado en guerra contra Alemania.

Cogimos un tren desde Oslo hacia Hamburgo.

Pensaba que el único problema serían los posibles retrasos,

pero me equivocaba.

Enseguida empezó a circular por el tren el rumor

de que éramos espías rusas.

Las sospechas aumentaron porque llevábamos francos franceses,

con los que habíamos pagado la comida.

En un momento se vació nuestro compartimento:

nadie quería estar con dos “traidoras”.

En Berlín la situación empeoró.

Algunos soldados subieron al tren

y nos hicieron bajar a la fuerza.

Abrieron nuestro equipaje y lo registraron delante de todos:

encontraron las guías rusas y un diccionario,

necesarios para nuestro viaje a Rusia,

una carta para el embajador español en San Petersburgo

y la correspondencia con nuestros amigos moscovitas.

Su tendencia política

le anima a visitar Moscú

y recorrer Europa visitando Moscú,

aunque eligió un mal momento para hacerlo, en 1914.

Una pequeña muchedumbre de viajeros alemanes

se había reunido a nuestro alrededor gritando:

“¡Son espías rusas!”

Uno de ellos tiró a mi hija al suelo,

otro me arrancó el velo.

Nos salvó un oficial alemán que nos preguntó

si realmente éramos españolas como decíamos.

Hablaba francés y pudimos explicarle nuestra situación.

Nos creyó porque a veces los milagros existen.

Afortunadamente, el oficial consiguió que pudiéramos subir

a un convoy que se dirigía al norte del país.

Tras infinitos retrasos y sufrimientos,

llegamos al puerto de Hamburgo.

Teníamos que embarcarnos en el buque Císcar

y zarpar enseguida,

pero nos quedamos en tierra durante días

porque el puerto estaba rodeado de minas

y un barco mercante había explotado hacía poco.

Mi hija estaba perdiendo las fuerzas y yo también...

Nos registraban constantemente y la situación era cada vez peor,

una de las veces María se echó a llorar sin parar

refugiándose en mis brazos,

temiendo que nos fusilaran en aquel mismo lugar.

Yo, que había entendido que los soldados alemanes

se divertían aterrorizando a dos mujeres solas e indefensas,

la estreché entre mis brazos y le susurré:

“No llores delante de los alemanes.

¡No lo hagas delante de ellos!”

María obedeció.

Los alemanes... nos dejaron en paz.

Al final el barco zarpó.

Habían sido suficientes viajes

y mucho tiempo fuera de nuestro país.

Tras aquella terrible experiencia,

el corazón había empezado a darme problemas.

Aun así no abandoné la batalla por el divorcio

y el derecho al voto de las mujeres españolas.

Continué escribiendo artículos y panfletos sin parar.

Ha dejado una huella decisiva

en el mundo social

y en la vida de la mujer, no solamente en España.

Ha demostrado que la fuerza de voluntad

y el tesón te lleva, muchas veces, donde tú quieres,

con independencia que seas hombre o mujer.

Fue en 1931 cuando, en España,

las mujeres obtuvieron el derecho a ser votadas.

No podían votar,

pero sí podían presentarse como candidatas.

Enseguida me sumé a las filas del partido republicano

y empecé a dar mítines políticos por doquier.

Mientras tanto, Ramón, mi Ramón,

se había convertido en un escritor famoso.

Está con él durante años.

Comparten viajes, comparten museos, tertulias,

pensamientos intelectuales...

Es realmente un acelerador de partículas

en la vida de ella, un hombre que la enriqueció,

con el que se complementó, al que admiró.

En una de sus comedias que se representaba en Madrid,

actuaba mi hija María como protagonista.

Fui a aplaudirla...

Pero me esperaba una amarga sorpresa.

Durante una de mis ausencias,

ella y Ramón se habían hecho amantes.

Los sorprendí juntos, después del espectáculo.

Fue un golpe terrible para mí.

Me volqué en el compromiso político con más ardor todavía.

Una ciudad tras otra, un mitin detrás de otro...

Fue precisamente en un palco,

mientras hablaba de los derechos de las mujeres,

cuando mi corazón dejó de latir.

Me desplomé.

Era el 9 de octubre de 1932.

Como todo buen soldado,

puedo decir que morí en el campo de batalla,

mientras combatía por mis ideales.

Sentí el dolor de los pesares ajenos

y lloré con los oprimidos.

Mujeres viajeras - Carmen de Burgos, ¡Soldado Colombine!

23:08 05 mar 2016

Carmen de Burgos fue la primera mujer corresponsal de guerra del periódico Heraldo de Madrid durante el conflicto entre España y Marruecos. Luchó por la emancipación femenina, el derecho al voto y por el divorcio.

Contenido disponible hasta el 13 de febrero de 2026.

Carmen de Burgos fue la primera mujer corresponsal de guerra del periódico Heraldo de Madrid durante el conflicto entre España y Marruecos. Luchó por la emancipación femenina, el derecho al voto y por el divorcio.

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  1. Angela sanchez perez

    Gracias por poner imagenes a mi biografiada, si quereis mas informacion sobre ella podeis leerlo en mi pagina ninessanchez.wordpress.com. La dama roja

    05 mar 2016

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