'Mujeres viajeras' reconstruye las aventuras extraordinarias llevadas a cabo por mujeres durante el siglo XIX y principios del siglo XX, a través de sus diarios escritos. Historias de mujeres valientes que supieron desafiar a la propia época enfrentándose a empresas propiamente masculinas: escaladas solitarias al Tíbet para llegar a la cima del mundo, viajes por África en canoa, cruzando de incógnito tierras prohibidas.


Las vivencias de las protagonistas están narradas en primera persona, una voz en off sobre una animación muy particular, inspirada en el teatro de sombras. Como complemento, una serie de expertas aporta las claves históricas, económicas y políticas para entender la repercusión real de la aventura dentro del contexto social de la época.

Cada episodio cuenta la vida de una de estas pioneras y el viaje realizado, utilizando un tipo muy original de grafismo entremezclado con imágenes de archivo.

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Para todos los públicos Mujeres viajeras - Alexandra David-Néel - Madame Tíbet - Ver ahora
Transcripción completa

Subtitulado por TVE.

Fue en 1924,

cuando después de mucho tiempo y fatiga

conseguí llegar a Lasha, la capital del Tibet.

Tenía 56 años.

El Techo del mundo, el país de las nieves,

un reino prohibido para los occidentales

y sobre todo para las mujeres.

Llegar a Lasha, la capital santa, era mi mayor deseo.

Por eso tuve que hacerme pasar por mendiga-peregrina,

de otra manera me habrían descubierto

y me habrían mandado a Europa.

Pasé hambre, frío, me cansé, tuve miedo a que me reconocieran

y me denunciaran a las autoridades inglesas,

también temí que me atacaran los bandidos

y las bestias feroces.

La fe budista

fue la que me socorrió por el camino.

Mi viaje debía durar 3 meses,

pero necesité 3 años para llegar.

Nací el 24 de octubre de 1868

en un pueblo llamado Isla de Francia.

Desde pequeña fui una lectora empedernida.

Me atraían los libros de aventuras de Julio Verne

y los textos filosóficos

que encontraba en la gran biblioteca de mi padre,

un pensador libre que me repetía siempre:

"Vive tu vida lo más intensamente que puedas,

vive cada instante como si fuera el último."

Una familia acomodada, muy convencional,

con un largo linaje burgués

y se ve confinada en una educación muy estrecha,

muy rígida.

Mi madre, por el contrario, era una santurrona.

Tan devota

que esperaba que yo hubiera sido varón

para que me hiciera ¡obispo!

El padre, anárquico,

librepensador, profesor, periodista.

Madre, muy religiosa, muy retraída.

Alexandra David-Néel dice de ellos:

"una pareja, que como dos estatuas que estuvieron juntas 50 años,

jamás se miraron a la cara."

Yo era un espíritu inquieto.

¡A los 18 años recorrí Europa,

atravesé el continente en bicicleta en busca de mi camino!

Lo encontré solo tres años después,

cuando visité el Museo Guimet y tuve una iluminación.

Ante mí se presentó una enorme estatua de Buda

con los ojos medio cerrados.

Su expresión era de una paz indescriptible.

El sereno distanciamiento de todas las cosas.

Me quedé embelesada.

Fue aquella escultura la que me indicó el camino,

y así empecé a soñar con la India.

No se queda solo impresionada con la estatua de Buda,

sino con todo el museo.

Dice: "El Museo Guimet es como un libro

en el que ojeándolo encontré...

lo que debía...

lo que debía buscar."

Mi sueño pronto se haría realidad.

Gracias a la herencia que me dejó mi abuela

pude viajar por primera vez a la India.

Corría el año 1890

y yo tenía 22 años.

Estamos en la época de la gran Revolución Industrial,

textil, en Inglaterra,

1890, 1880, más o menos.

Cuando ella llega a la India

ha desarrollado..., los ingleses han desarrollado

construcciones civiles de interés,

han asfaltado grandes ciudades, hay puertos

que ya están funcionando a pleno rendimiento.

Fue en Darjeeling donde descubrí a lo lejos

las cumbres del Himalaya del Tíbet,

"el país de las nieves", como lo llamaban los tibetanos.

Aunque lo administré sabiamente,

el dinero de la herencia me duró solo un año.

Me ayudaron los estudios de canto lírico

que cursé de pequeña.

Tenía una bonita voz.

Había estudiado canto de joven, y por lo tanto,...

aceptó hacer una tournée por Oriente,

Grecia y Túnez.

Entré en la compañía de ópera del Teatro de Hanoi, en Indochina.

Con ellos viajé en una tournée como cantante

y después de varias etapas llegué a Túnez.

Fue allí donde conocí al ingeniero Philip Néel,

que trabajaba para el gobierno francés

en un gran proyecto de construcción ferroviaria.

Después de cuatro años viviendo como amantes,

Philip me pidió que me casara con él.

¡El matrimonio!

¿Cómo podría yo, espíritu libre y feminista,

ansiosa de viajes y de nuevas culturas,

enamorada de Oriente y ferviente budista,

vivir como una burguesa casada?

Quise dejar las cosas claras a Philip escribiéndole una carta.

Le conté mis dificultades, y le dije que no quería hijos.

Entre ellos chocaban muchas cosas.

Él tenía la idea de una familia normal

y ella un concepto totalmente feminista,

pero feminista de las de la primera época,

así que nada de hijos,

una idea absolutamente libre sobre su propia vida.

Philip hizo caso omiso, y el 4 de agosto de 1904

nos casamos en el Consulado de Túnez.

Como había imaginado, haciendo de esposa perfecta,

caí en una depresión.

Los viajes que organizaba Philip al desierto o a bordo de su velero

"Lirondelle" no eran suficientes para mí.

Fue un matrimonio singular. Una locura, sin duda alguna.

Descubre el amor, pero no le convence.

Descubre la vida casada, pero no le convence.

Descubre la vida sedentaria de nuevo, pero no le convence.

Mi marido también lo sabía, y el 9 de agosto de 1911

me dejó hacer un viaje de estudios

con el Ministerio de Educación francés a la India.

Tenía que haberme quedado 18 meses.

¡Volví después de 14 años!

Era importante que no viajaran con el marido.

Un marido hubiera arruinado los viajes

de estas mujeres viajeras y hubieran mantenido exactamente

la misma relación que en casa.

Viajé por todo el país, y en 1912 llegué a Nepal.

El Marajá puso a mi disposición una caravana de elefantes

para poder explorar el interior del país.

Llegué a lomos de un elefante a Sikkim,

un pequeño estado de India

situado en la cadena montañosa del Himalaya.

Fue allí donde conocí a mi compañero del alma,

el único que desde entonces me siguió en todos mis viajes,

el Lama Yongden.

Él tenía 14 años, yo, 46.

Yongden

era más que un guía para Alexandra David Néel,

era un compañero,

un alma gemela

y en forma de salvoconducto,

una vía hacia otra sociedad.

A través de él podría acceder a otro mundo.

Mi obsesión seguía siendo

las montañas del "país de las nieves".

Cuando llegamos a Kalimpong, en el Himalaya,

supe que el soberano del Tíbet,

el decimotercer Dalai Lama, estaba allí exiliado.

Se había fugado de su país que estaba en guerra contra China.

Se entenderá que no podía dejar escapar

la ocasión de visitarle,

pero él se negaba obstinadamente a recibir a mujeres extranjeras.

Después de mucho insistir, al final lo conseguí.

Le llevé una Kata,

la bufanda blanca que se ofrece como señal de buen augurio,

junté las manos en señal de respeto

y algo en él cambió.

Mientras le escuchaba hablar del Tíbet,

sentí que detrás de aquellas cimas nevadas

existía un país como ningún otro,

y el deseo de penetrar en su misterio

se apoderó de mí inmediatamente.

Le hace profundizar sobre el budismo

y a partir de ahí es cuando ella abriga el gran viaje

a la capital de Tíbet, a Lasha.

En mayo del mismo año entré en un monasterio budista.

Viví en una caverna a 4.000 metros de altitud

en el Himalaya.

En la roca dormía y velaba, meditaba,

conocí la verdadera naturaleza de los elementos

y me adentré cada vez más profundamente

en la doctrina religiosa,

ejercitándome en las prácticas de yogui.

Uno de los aspectos más impresionantes

sobre Alexandra David Néel

era su dedicación al aprendizaje de la cultura.

Sus viajes le llevaron a formar parte de la cultura

y de las creencias del país donde se encontraba.

¡Cómo había cambiado mi vida

desde que pisé Oriente por primera vez!

Ahora mi casa era de piedra,

no poseía nada, y vivía de la caridad de los otros monjes.

Este aniquilamiento era fundamental

para llegar al corazón del sentimiento religioso.

Me quedé en el monasterio dos años y medio.

Al final de mi experiencia,

los monjes me apodaron "Lámpara de sabiduría".

Yongden recibió el nombre de "Océano de Paz".

La conversión de Alexandra David Néel al budismo

influyó en su modo de hablar,

de interactuar y de retratar a la gente con la que viajaba.

En 1916, con 48 años,

los 18 meses previstos para mi viaje de estudios

habían pasado ya hacía tiempo,

pero yo no tenía intención de regresar a casa.

Sin pedir permiso a las autoridades

entré en el Tíbet por primera vez.

Se conocía el Tibet desde la Edad Media.

Estuvieron los Jesuitas, luego los viajeros,

así que David Néel no suponía una novedad.

David Néel es una novedad hoy en día.

Es el espíritu de la alteridad,

y esta constituye su inmensa modernidad.

Fui descubierta, y el gobernador inglés

me obligó a volver a la India

amenazándome con expulsarme a la fuerza.

"¡No se pasa!", me decían continuamente.

También me arrestaron

cuando intenté atravesar las fronteras.

Y entonces enfermé, pero las autoridades

seguían sin concederme el permiso para entrar.

Por aquel entonces

el Tíbet era un reino prohibido para los extranjeros.

En un territorio como Lhasa,

objeto de importantes tensiones internacionales,

estaba prohibido entrar.

Por razones estratégicas y políticas,

tanto los ingleses como los chinos,

pero sobre todo los ingleses,

no querían que entraran extranjeros.

Estaba realmente exasperada y desanimada

cuando en otro de mis viajes llegué a Japón.

Estaba a punto de perder la esperanza

de poder llegar a Lhasa.

Sentía que todo y todos obstaculizaban mi camino

cuando de repente tuve un encuentro muy valioso,

el filósofo Ekai Kawaguchi.

Me contó que había vivido un año y medio en Lhasa

haciéndose pasar por un falso monje chino.

Lo decidí en aquel instante, haría lo mismo que él,

¡me disfrazaría!

Era octubre de 1923

cuando llegó mi oportunidad de entrar en tierras tibetanas.

Para no llamar la atención les dijimos a todos

que nos marchábamos a hacer una excursión a la montaña

en busca de hierbas medicinales.

Me camuflé de peregrina-mendiga.

Yongden se hizo pasar por hijo mío,

un joven Lama que yo acompañaba a Lhasa.

Nuestro equipaje era ligerísimo,

porque el viaje a pie que estábamos a punto de emprender

iba a ser largo y peligroso.

Me teñí la piel de la cara y de las manos con ceniza de cacao.

Para simular las largas trenzas que llevaban las mujeres tibetanas

usé el pelo de yak que teñí con tinta china negra.

Un par de pendientes voluminosos completaban mi obra.

Ahora era la viuda de un nagpsa, es decir, un lama brujo.

Es una mujer poliédrica,

es una mujer inteligente, tenaz,

es una mujer rebelde,

es una mujer temeraria,

intelectual, mística...

Por quinta vez en 10 años, inicié mi viaje a Lasha.

Para que ni las autoridades

ni los propios habitantes de aquellos lugares sospechasen,

nos cargamos a la espalda unas pesadas mochilas

que contenían lo justo y necesario para sobrevivir.

Llevaba conmigo una pequeña pistola,

una bolsa de monedas de plata y un poco de comida.

Yongden y yo nos dimos cuenta enseguida

de que hacer el viaje solos era una empresa casi imposible,

pero no nos desmoralizamos.

Yongden tiene un papel...

dominante, se puede decir que importante,

del que no habría podido prescindir,

ya que constituye un papel concreto de ayuda material.

El río Mekong nos servía de guía.

El monte Kha Karpo se erguía delante de nosotros.

Fue nuestra primera escalada.

Fueron muchos los peligros que encontramos:

bandidos,

peregrinos que podían descubrir mi verdadera identidad

y denunciarme,

puestos de bloqueo, y además el terreno impracticable,

las terribles subidas y los precipicios,

crecidas de ríos, la nieve,

el hielo, la comida escaseaba,

con frecuencia nos equivocamos de camino,

por no hablar de las fiebres que cogíamos.

No recorre los itinerarios habituales

para que no la reconozcan,

no la paren, no la arresten.

Atraviesa lugares intransitables,

poco conocidos,

realmente difíciles.

Para evitar ser descubiertos,

decidimos viajar de noche y descansar de día.

Pero no siempre podíamos montar nuestra pequeña tienda.

Teníamos que viajar como fantasmas,

invisibles a los ojos de los demás.

Así nos acurrucábamos en la tierra

o sobre la nieve,

y cerrábamos los ojos algunas horas.

¿O quizás eran solo minutos?

Está firmemente decidida a llegar,

y por lo tanto a no seguir los recorridos habituales.

Los caminos que siguen son complicados,

pequeñas aldeas, calles desconocidas.

Muchos fueron los momentos de dicha.

El cielo terso de la montaña iluminado por un sol amable,

aldeas y pequeños bosques,

qué poco les basta para ser felices a los peregrinos en camino.

Poder beber una taza de té caliente con mantequilla de yak.

A veces conseguimos cocinar una especie de sopa

compuesta de hierbajos

que encontrábamos a lo largo del camino

y era la comida más rica del mundo.

Hasta el cielo nos guiaba gracias a las estrellas que,

de noche, nos indicaban el camino.

Para ella el viaje es una profundización

y una experiencia física, intelectual y mental.

Como nuestro equipaje era pequeño,

no habíamos podido llevar reserva de alimentos.

Confiábamos en la providencia,

pero no siempre la providencia vino en nuestra ayuda.

Después de dos días de ayuno, Yongden y yo, exhaustos,

nos preparamos por desesperación una sopa

hirviendo unos trozos de cuero que cortamos de nuestras botas.

Al menos estaba caliente, y resultó incluso tonificante.

Reanudamos el viaje enseguida.

Con frecuencia el camino se iba improvisando.

Como no eran viajes por encargo

muchas veces las mujeres

tenían menos posibilidades que los hombres,

y en este sentido tenían que buscar

otras formas de adaptarse.

Nos dirigíamos hacia Lhasa, atravesando las montañas.

El frío era terrible,

y estuve a punto de morir congelada.

No comíamos desde hacía días y estaba agotada.

Sentía las piernas paralizadas, y un frío glacial

que me subía por dentro hasta el corazón.

Yongden fue el único que supo mantener la calma.

Se acercó a mí

y me recordó que podíamos utilizar la técnica tummo,

un tipo de respiración que habíamos aprendido

con el yogui Lachen,

capaz de encender el fuego interior.

Poco a poco, mi cuerpo empezó a descongelarse.

Se lo agradecí de todo corazón y seguimos nuestro camino.

Él era tremendamente importante para ella.

Aportaba profundidad y comprensión a sus viajes,

y si no, simplemente no habrían sucedido.

Nuestro peregrinaje duró ocho meses.

Ocho meses que recuerdo como eternos

y a la vez rapidísimos en su transcurso.

Lhasa se acercaba cada vez más a nosotros.

Tenían que tener... tenía que tener fortaleza física,

pero sobre todo tenían que tener fortaleza mental

y fortaleza psicológica

para poder afrontar

las durísimas situaciones que tuvieron que afrontar.

Los últimos momentos fueron los más dramáticos.

Yongden se rompió un tobillo y tuvimos que parar.

¿Cómo proseguir nuestra marcha sobre el hielo

en aquellas condiciones?

El frío era terrible,

y solo gracias a la práctica de la meditación

conseguimos no morir congelados.

No comimos ni dormimos durante seis días.

Luego, nos volvimos a poner en camino.

Recuerdo, exhausta, cuando llegamos a Lhasa,

fue como en una visión.

Estábamos al límite de nuestras fuerzas,

pero ¡lo habíamos conseguido!

Mientras caminábamos, el Potala,

el palacio sagrado de los Dalai Lama,

apareció majestuosamente ante nosotros.

Se distinguían claramente las líneas elegantes

y sus numerosos techos dorados,

las esquinas puntiagudas que desprendían rayos

al contacto con la luz.

En ese momento pensé:

"¡ahora sí que puedo cantar victoria!"

Tres largos años con unas penurias tremendas,

luchando contra el hambre, contra el frío,

contra la intemperie, contra las fieras,

contra los obstáculos de los funcionarios chinos...

En Lhasa, en aquellos días, se celebraba el Fin de Año budista,

una especie de carnaval colorido

que atraía a miles de peregrinos y fieles.

Encontrar un alojamiento era casi imposible,

pero esta vez la providencia sí que vino a nuestro encuentro,

y una mujer caritativa nos ofreció una casa.

Aún sigo recordando la música

que se tocaba para las celebraciones,

los monjes vestidos con sus llamativos colores.

El corazón me explotaba de felicidad.

Yo, la única mujer occidental que había llegado a la ciudad santa

con la fuerza de la propia espiritualidad.

Sola, en mi habitación,

tumbada por primera vez en una cama,

después de tanto sufrimiento,

sentí que los dioses habían triunfado.

Alexandra David Néel es una descubridora

del yo interior a través del budismo,

es una libre pensadora que hace reflexionar

no solamente a sus coetáneos, sino a generaciones posteriores.

Dejé Lasha cuatro meses después de mi llegada,

sin que nadie hubiera tenido la sospecha

de la presencia de una extranjera en la ciudad.

Había cumplido mi objetivo.

El 10 de mayo de 1925 regresé a Europa

desembarcando en El Havre.

Me recibieron como a una auténtica celebridad.

Salí en la portada del "Time",

rebautizada como "La mujer sobre el techo del mundo".

Se convirtió en una heroína, pero también en alguien

que nos proporcionó un conocimiento de las sociedades

que no teníamos antes.

Cuando no se conocía nada al respecto,

alguien como Alexandra David Néel era la única persona

que podía hablarnos de la sociedad budista,

la única persona que podía hablarnos del Tibet,

así que sus relatos tan intensos

fueron los que nos permitieron conocer

esas sociedades tan distintas en aquella época.

Volví a ver a Philip, mi marido, que comprensivo como siempre

aceptó mi deseo de adoptar a Yongden como hijo.

A la edad de 100 años

pedí y conseguí que me renovasen el pasaporte.

Morí al año siguiente,

pero todavía me esperaba un último viaje.

Y una vez más la meta fue la India,

donde mis cenizas fueron esparcidas,

junto a las de Yongden, en el Ganges.

Era el 28 de febrero de 1973.

"Por fin,

todo lo que estaba escrito se había realizado".

Mujeres viajeras - Alexandra David-Néel - Madame Tíbet

25:55 13 feb 2016

En 1924, tras tres años de viajes e innumerables detenciones, Alexandra David-Néel consigue rebasar la frontera tibetana llegando a Lasha, la capital, cuyo acceso estaba prohibido por el imperio británico. De esta forma, se convirtió en la primera mujer occidental en conseguirlo, aunque para ello tuvo que viajar a lo largo de tres años con falsa identidad y vestida de tibetana.

Contenido disponible hasta el 13 de febrero de 2026.

En 1924, tras tres años de viajes e innumerables detenciones, Alexandra David-Néel consigue rebasar la frontera tibetana llegando a Lasha, la capital, cuyo acceso estaba prohibido por el imperio británico. De esta forma, se convirtió en la primera mujer occidental en conseguirlo, aunque para ello tuvo que viajar a lo largo de tres años con falsa identidad y vestida de tibetana.

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  1. Nonstopwoman

    Me parece genial el documental de "Madame Tibet", yo en mi modesto blog, en el apartado de mujeres viajeras, aventureras o montañeras también hablo de ella pero este proyecto de tv2 me parece fantástico, seguro que os sigo de cerca. Gracias por recopilar esta información y hacer este tipo de programas.

    28 abr 2016
  2. Clelia

    no se puede ver ningun documental!

    01 abr 2016
  3. Avatar de Carmen Tibet Carmen Tibet

    no puedo ver ningún documental. puede alquien ayudarme

    02 mar 2016
  4. Avatar de Mónica García Cabral Mónica García Cabral

    Hola, porque no me permite ver el documental completo? Gracias.

    28 feb 2016
  5. Maria Antonia Prado Peinado

    Podrían tener más tiempo disponible cada programa?

    22 feb 2016
  6. Mar

    Muy interesante

    16 feb 2016
  7. yolanda rubio lago

    me ha encantado descubrir a Alexandra David-Néel, con la valentía de descubrir y seguir su pasión. Gracias por esta bella propuesta

    13 feb 2016
  8. yolanda rubio lago

    me ha encantado descubrir una pionera. Gracias

    13 feb 2016

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