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Mamás y papás a la vista - Emma e Ignacio, Laura y Antonio
Transcripción completa

Hoy en "Mamás y papás a la vista"

conoceremos la historia de Laura y Antonio.

Viven con tensión su recién estrenada paternidad.

¿Ves? Se pone nervioso. -Hala, toma, con tu madre.

Toma.

Una madre sobreprotectora y un padre que se siente anulado

por su mujer.

Me siento poco valorado padre. Por falta de confianza.

La actitud de Laura desespera a su propia madre,

que le plantará cara reprochándole su comportamiento.

Laura... Déjame ser abuela.

Como la mayoría de las obsesiones,

la de esta joven madre tiene un origen.

Yo creía que mi hijo se había muerto.

Lejos de olvidar aquel dramático momento,

la tensión se ha ido agravando con el paso del tiempo.

Pues hombre, de alguna forma habrá que quitarte ese miedo.

Yo no sé cómo, pero bueno. Así no puedes estar.

No puedes vivir con ese miedo.

Por otra parte, nos desplazaremos a Esplugues de Llobregat

para entrar en la vida de Emma e Ignacio.

Nací de 26 semanas.

Entonces la retina no se acabó de formar.

Este matrimonio de invidentes espera ilusionado la llegada

de su segundo hijo.

Aunque también confesarán los posibles miedos

de un embarazo en sus circunstancias.

Lo que sí que te da más miedo es que, por ejemplo,

mi enfermedad es hereditaria.

Y no sabes si la criatura la va a tener o no.

Cuando faltan tres meses para que nazca su segundo hijo,

este matrimonio nos dará una lección de vida

y unos momentos conmovedores.

Posiblemente pierda vista, me llegue a quedar ciego total.

Soy afortunado, porque a día de hoy puedo ver la cara de mi hija.

Nuestros psicólogos Gala Almazán y Xabi Leal

siguen atentamente estas situaciones.

Tienen algo que decirles y se lo van a decir.

Esto es "Mamás y papás a la vista".

En Torrevieja, Alicante, Antonio, vigilante de seguridad,

prepara el biberón para su hijo Dylan,

nacido hace dos meses en un parto por cesárea.

Él se siente anulado como padre y dice que su mujer actúa

como una madre sobreprotectora.

Soy Gala Almazán, soy psicóloga y hoy os presento un caso

de madre sobreprotectora.

Y para los que os preguntéis si tiene solución,

lo vamos a ver en este programa.

Cielo. -Dime.

-El bibe. -Ya va, le estaba preparando.

-A ver. Tranquilo.

-Ya, ya. Chiquitín. Ya, ya.

Sí, está bien. -Madre mía.

-Deja, que se lo doy yo. -No, se lo doy yo.

-No, déjamelo.

Que sí, déjame un poquito. Venga, ya, ya.

Ya, ya. Ya está. Chiquitín.

Ya está, ya está.

Vale, que sí, que sí.

Venga, ya.

-Antonio tiene mucha paciencia.

Lo está llevando lo mejor que puede.

-Un poquito de bibe. Venga, un poquito.

Venga, vamos.

-No le insistas, que a lo mejor...

-Venga. ¿Quieres bibe o no?

Venga... ¿Qué te pasa?

-Así. -No, ya, ya, venga.

-En el antebrazo mejor. -Así está bien.

-Cielo... No te das cuenta la espalda y el cuello.

-Que así está bien. ¿Qué le pasa así?

-Que se mueve mucho y el cuello hay que tener cuidado.

Obviamente, Laura no lo hace intencionadamente.

Laura está actuando bajo el temor irracional, prácticamente,

de que le pueda pasar algo al niño.

Este temor es tan grande que a ella le supone un esfuerzo

dejar que otros se encarguen del niño

o tomar más distancia de este tipo de situaciones.

Cuando he visto a Antonio dándole el biberón,

me siento angustiada.

Digo: "Tengo que dejarle", pero no lo puede evitar.

Es algo que no puedo evitarlo. Si no lo digo...

Y quiero hacerlo yo.

-Yo le pongo recto.

-¿Pero por qué tiene que estar recto?

¿Será verdad que lo hago tan mal como ella me dice?

Que ella esté siempre encima. "Esto no es así, ten cuidado".

Será verdad que lo hago mal y no tengo cuidado con mi pequeño.

-A que te cuidamos bien. Mamá no lo sabe.

Tiene que olvidar lo que le pasó en el hospital, ¿a que sí?

-En el momento de la cesaria, lo que vi...

Empecé a notar que algo iba mal.

Empecé a ver mucho movimiento.

Llamaron a mi marido y me resultó raro.

-Ella iba con la ilusión de que cuando naciera el bebé

se le iban a entregar en sus brazos.

Pero no fue así.

-Pensábamos que iba a ser el día más feliz de nuestra vida

y al final fue un día un poco angustioso.

-Lo que más me impactó,

lo que más me puede desgarrar,

es ver cómo se lo llevaban y no saber qué estaba pasando.

-Vi a mi hija muy mal.

Preguntaba: "¿Dónde está mi hijo, dónde está mi hijo?

Se han llevado al niño, se lo han llevado".

Y yo: "Tranquila, tranquila".

-Realmente creía que mi hijo se había muerto.

-Ya nos dijeron los sanitarios que se lo habían llevado arriba

porque tenían que asearlo y mirarlo un pediatra.

-Dáselo ya, que si no...

Se va a enfriar y todo. -Venga, ya.

-Yo en un momento...

Podemos comparar este caso

con la situación que viven otras personas en la que,

a raíz de sucesos difíciles, algo trágicos,

desarrollan este tipo de miedos.

Miedo que pueda pasar algo malo al niño.

Llevan a cabo este tipo de conductas

para intentar controlar la situación,

que no le pueda pasar nada. Comprobar que todo va bien.

Les da seguridad, alivio a corto plazo,

pero a largo plazo contribuye a mantener el problema.

¿Ves? Se pone nervioso. -Ya, ya.

-Toma con tu madre. Toma.

Lo hace mejor que yo.

-Me siento poco valorado como padre. Por falta de confianza.

Yo en ella sigo confiando plenamente, pero por lo visto,

ella en mí está siempre mal.

-Sí, que sí, que sí. Que lo cuidas mejor.

Vale.

-Yo creo que mi hija antes no tenía tanto miedo.

La actitud de Laura controlando personalmente

cada movimiento de su hijo y casi excluyendo al padre del niño,

pueden cuadrarse en el ámbito de las obsesiones.

Muchas veces, este tipo de situaciones o comportamientos

se justifican bajo la etiqueta de la depresión postparto.

Pero no es exactamente lo mismo.

Es verdad que durante el embarazo y después de dar a luz,

muchas mujeres experimentan cansancio, fatiga,

un estado de ánimo bajo, cierta sensación de apatía,

además del esfuerzo que supone y del cambio que supone

tener un niño y todo el cambio a nivel de logística,

de estilo de vida y demás.

Todo eso puede repercutir bastante en el estado de ánimo

de una mujer, y es lo que podría conducir

a un estado de ánimo depresivo.

Pero los comportamiento de Laura son diferentes.

O hacen alusión a un problema algo diferente

que tiende más a responder a ese miedo o esas conductas

de comprobación para evitar que al niño le pueda pasar algo malo.

Nuestro psicólogo Xabi Leal se traslada a Esplugues de Llobregat

para acercarse a la historia de amor y superación de Ignacio y Emma.

Soy Xabi Leal, soy psicólogo,

y hoy les presento la historia de unos padres invidentes

que esperan a su segundo bebé.

Cómo se cría a unos hijos a los que apenas puedes ver.

Hola, Ignacio. ¿Cómo estás? Qué susto.

Hoy no me esperaba aquí a nadie ahora saliendo de casa.

¿Sabes quién soy? Pues no, no te reconozco.

Soy Xabi. El psicólogo del programa. Hola, ¿qué tal? ¿Cómo estás?

Muy bien.

Me llamó Ignacio Ávila Rodríguez.

Soy vendedor de la ONCE.

Me dedico desde hace más de 20 años.

Sé que has sido plata olímpica en Río.

Sí.

Sé que tienes una mujer que se llama Emma.

Efectivamente. Con una hija que se llama Ivet.

Sí.

Sé que estáis esperando una parejita.

Va a ser la segunda vez que voy a ser papá.

Ya tengo una niña de tres años.

Para poquito esperamos al segundo crío que se va a llamar Eric.

Sé que tenéis una discapacidad visual,

pero que es más una motivación que un problema.

Mi discapacidad visual es una retinosis pigmentaria.

En lo que consiste es en el campo de visión reducido.

La retinosis pigmentaria es una enfermedad

que va cerrándote poco a poco el campo de visión.

¿Cómo ve Ignasi?

En estos momentos sería algo así como coger nosotros con un cilindro

y lo que vemos a través de él sería su campo de visión actual.

Es de un 10 %.

Te voy a proponer algo. ¿El qué?

Hoy voy a observar tu día a día y, si me dejas,

esta noche vengo y me presentas a tu familia.

Vale. Perfecto. ¿Vale? ¿Trato?

Sí, sí. Me parece muy bien.

Las puertas de mi casa siempre están abiertas.

Muy bien, Ignasi. Hasta ahora.

A la hora de tener hijos, sí que da miedo.

Da miedo a la hora de cómo me lo voy a montar,

cómo lo vamos a hacer el día a día.

El afán controlador de Laura con su hijo Dylan

no se reduce a su marido.

Su madre, Felipa, sufre los efectos de este comportamiento

y no puede aproximarse a su nieto con la tranquilidad que le gustaría.

Siempre lo hace con el temor de molestar a su propia hija.

Ahora, mamá, cuando llegamos a ver el momento del baño.

Es que ya lo temo.

-Hija, delega un poco. Es su padre.

-Ya, pero... -¿Tú le has visto cómo lo coge?

-Sí, pero es su padre. -Ya, mamá.

-Y quiere lo mejor para su hijo. -Yo ese momento lo paso muy mal.

Cómo lo coge, no lo puedo remediar.

-Lo tendrás que superar.

Un factor de buen pronóstico en este caso es la madre de Laura.

Porque, como vemos, ella empatiza con el yerno

y entiende perfectamente su situación,

dado que ella se siente así.

Es decir, no justifica a su hija, todo lo contrario.

Le hace ver que no está haciendo las cosas del todo bien

o que hay un problema.

Empieza a ponerme nerviosa.

Lo veo venir y no pienso en otra cosa.

Es así, mamá.

-Hija, yo qué sé.

Tienes que superar esto. -Ya, mamá.

Esto no... -Ni vives, ni dejas vivir.

-Ya, ya.

-Ni vives ni dejas vivir.

-Déjame que le lleve un poquito ahí.

-Sí, pero con la...

Ya te lo he dicho.

-Y cuando llevo el carrito por la calle,

Me ata con una cuerdecita al mango del carrito

porque tiene miedo de que se me vaya a escapar el carrito.

-Lo coges al final y agarrado. Las dos manos.

-Las dos. -Sí.

No se va a llevar con una mano. -Vale, tú tranquila.

Tranquila, que ya lo hago como tú dices.

Es que es así. Me tengo que atar el cordel y ponerlo.

¿Así está bien? -Sí, así.

-Bueno, pues nada. Si te vas a encontrar más segura así,

pues así. No pasa nada.

-Y a lo que estás. No despistada o cualquier cosa.

-No, no. Hija mía, por Dios. Y no lo puedo ni creer.

El hecho de que Laura ate a su madre al carro

es una manifestación más de este tipo de comportamientos

que Laura lleva a cabo para intentar controlar

o tener la sensación de que controla las situaciones.

Puede parecer anecdótico,

pero es una manifestación más del problema.

No me lo puedo ni creer.

-Así es. -Esto lo tienes que superar.

-Que te despistas, te despistas.

-Lo tienes que superar porque lo paso fatal.

-Pero si te despistas, ¿qué hago yo?

-Lo paso fatal. Cada vez que voy contigo lo paso fatal.

La situación ha llegado a un límite en el que Felipa

hace un desesperado llamamiento a su hija.

Cuando mi hija se pone en ese plan tan histérico e insoportable,

digo: "Hasta aquí".

No me dejas hacer nada con el bebé. Nada.

Tú no comprendes que yo soy abuela. Quiero disfrutar del niño.

Laura, déjame ser abuela. Laura, déjame ser yo.

Sabes cómo soy.

Y que no me deje a mí expresarme, en el fondo me hace daño.

-Ya, pero hay un cuidado.

-Tú no me estás dejando. Que lo sepas.

Además, me estoy poniendo fatal. -Bueno, ya está.

-¿Qué hago? ¿Me lo callo? ¿No te digo nada?

-Voy a cogerle un poco. ¿Puedo cogerle un poco para calmarlo?

¿Lo puedo coger un poquitín? -Sí.

-Vale.

-Ya, mi niño, ya. -Pero bien.

Y si te sientas, mejor.

-Yo ya voy predispuesta porque no sé cómo va a reaccionar.

-Ya está, ya está.

Ya está, ya está.

¿Ves?

Se ha calmado.

Mi hija lo agranda todo mucho.

De un granito de arena hace una montaña.

En otros casos donde quizás alguno de los familiares justifica

este tipo de comportamientos,

el problema no solo podría mantenerse en el tiempo,

sino incluso hacerse mayor,

porque se está dando validez a ese tipo de conductas.

La mujer de Ignacio, Emma,

invidente y embarazada de seis meses,

va a buscar a su marido al acabar su trabajo

como teleoperadora en una entidad bancaria.

Hola, Emma, ¿qué tal? -Muy bien.

Mi nombre es Emma Pérez. Tengo 38 años.

Soy madre de una niña que cumplirá tres.

Ahora seré madre por segunda vez de un niño.

¿Vamos? -Vamos, venga.

Cojo la chaqueta y salgo.

¿Qué tal? -Bien.

-¿El bebé qué tal? -Bueno, moviéndose.

Dando sus patadas. -¿Sí?

-Mi patología es retinopatía del prematuro.

Nací de 26 semanas.

La retina no se acabó de formar. No es nada genético.

Simplemente, fui prematura. -Cuidado.

-Ahora.

Emma y yo tenemos discapacidad visual,

pero cada una es diferente.

Yo veo bien a 30 metros, 40 metros.

Puedo leer algún cartel que otro.

Ella, por ejemplo, no. Los tiene a 5 metros o no los lee.

Entonces ahí le echo una mano a ella.

Ella no tiene el problema del campo de visión reducida.

Ella tiene todo el campo por si a veces,

cuando vamos cogidos de la mano,

me avisa de algún obstáculo que pueda tener

en los pies o a mi derecha, izquierda, que no lo vea.

Incluso que esto que me lo conozco y todo...

A veces tropiezo.

-Nos conocimos haciendo atletismo.

-En un campeonato que organizaba la ONCE que organizó en Burgos.

Fue donde surgió esa chispa.

Nos gustamos, y a partir de ahí, empezamos a salir juntos.

-¿Ves de qué color está?

-Creo que está verde porque está cruzando la gente.

-SÍ. No hay que fiarse mucho, pero sí.

-Si fuera de led lo veríamos mucho mejor.

-Ya.

Pero ya sabes que no todos son de led.

Al principio no me gustó mucho porque lo vi un poco chulillo.

Pensé: "Este no...".

Pero después, poco a poco, lo fui conociendo, tratando más y...

Era la apariencia. Es un trozo de pan.

-Creo que por el camino que vamos, creo que tenemos más escaleras.

-Sí. Aquí delante tenemos un tramo.

Para mí, criar una niña,

al principio tienes muchos miedos. Supongo que como todos los padres.

Tengas o no tengas discapacidad, siempre te da apuro,

porque no sabes si lo vas a saber hacer bien.

-Es que lo que parece normal para la gente,

para nosotros es una aventura.

Emma, vamos a vivir una aventura. Ya verás.

Hola. -Hola.

-¿Tienes las flores más bonitas para mi mujer?

-Sí que las tengo, sí. -¿Sí? Genial.

Qué bien. -Aquí tienes.

-Emma, para ti. -Qué bonitas, muchas gracias.

-De nada, guapa.

-Ignasi es una persona muy alegre.

Es muy extrovertida.

La definición es alegre.

-Lo que más me gusta es su risa. Siempre se lo he dicho.

Tiene una risa muy contagiosa. Es lo que más me gusta.

Lo que me enamoró a mí al principio de conocerla.

¿Seguimos? -Sí.

Venga, que vaya bien. Muchas gracias.

Mejor me cojo de la barandilla, ¿vale?

-Sí, sí. Cógete.

-Nunca me planteé no tener hijos por el tema de la discapacidad.

-Ahora va a venir un poco de sol. -Sí, me las pongo otra vez.

-¿Quieres que te sujete el ramo? -No, mira. Ya está.

-¿Sí? ¿Van mejor así? -Me lo quedo para mí.

Es mi regalo.

Alguna vez hemos dicho: "Ivet, ayuda a papá que aquí no ve".

Pero es muy pequeña.

Lo que nos ayuda mucho es para coger cosas del suelo.

Ivet, se ha caído una goma del pelo, una moneda

y ella lo recoge y te lo da.

-A la derecha me parece que tenemos un parque.

-Sí, sí. -Aquí luego podemos venir con Ivet.

Cuando juego con Ivet, cada dos por tres la estoy llamando

porque la pierdo de mi campo de visión.

Si se me mueve mucho de derecha izquierda,

me va correteando por un lado o por otro y no sé por dónde me anda.

¡Ivet, Ivet! Ella va diciendo: "Estoy aquí".

A los otros padres les pregunto: "¿Veis a Ivet?".

Y me dicen: "Sí, sí, está jugando con mi hijo.

Ningún problema, no te preocupes".

-Además este está muy bien.

Tiene tierra y los columpios son chiquititos para ella.

-Puede jugar con la tierra entonces. -Luego venimos.

Hay una frase que me gusta mucho. Y Emma e Ignasi la representan.

"No hay que estar vivo, hay que vivir".

Laura podría incluirse en ese 11 % de mujeres que,

según algunos estudios, desarrollan significativos síntomas

obsesivo compulsivos en las tres semanas posteriores al parto.

Son madres preocupadas en exceso por la salud

y el bienestar de sus hijos recién nacidos.

¿Has mirado el agua? -Sí.

-¿Has puesto este? -Lo he medido yo.

Está comprobado, recomprado y vuelto a comprobar.

Está bien. Está a la temperatura ideal.

Tómate algo ahí, relájate, salte fuera.

-No, no, no.

-No tienes por qué estar aquí controlándome y vigilándome

a ver cómo lo hago.

Acabamos de ver que ahora están en el momento del baño

y la situación sigue igual o incluso peor.

Es decir, Laura es consciente de que tiene un problema,

pero su miedo es tan grande, que es superior a ella.

No puede evitar ir detrás para asegurarse de que Antonio

está haciendo todo bien.

¿Y si lo cojo yo? Estoy más tranquila.

-¿Quieres dejarme?

El culete...

-Si yo pudiera evitar estar nervioso, lo evitaría.

Te ayudaría.

-¿A qué papá también te lava bien? ¿El agüita está calentita?

¿Cómo está el agua?

-Ya quisiera estar yo tranquila como tú y disfrutar.

-No estoy disfrutando mi maternidad.

La preocupación no me deja estar como soy.

De la mesa te has asegurado también, ¿no?

-Sí. Está bien cogida. Está todo bien.

-Ya sabes. Rápido cuando eso. -Que sí, que sí.

Lo sé. Con cuidado. Siempre lo hago con cuidado.

-Lo hago yo en el momento y lo evito. Luego puedo estar pensando.

Tú eso no lo entiendes. Te lo he dicho.

-Siempre lo hago con el mejor cuidado del mundo.

-Y yo te lo he dicho siempre. -Y sí que puede pasar.

Pero también puede no pasar nunca. Que nunca pase nada.

-Hay que tratarle más suave. Más despacito.

-Se le trata con suavidad, con cariño, con amor.

-Es un bebé, es muy chiquitito.

Todavía la cabeza la tiene abierta. -Bueno, ya.

Se tiene cuidado. Siempre se tiene cuidado.

Todo se hace con cuidado. Todo.

Tanto tú, como yo, como tu madre y cualquiera.

Yo creo que ese temor a que ese bebé naciera fallecido

es lo que a ella le trae el problema del día a día,

de esa preocupación. Que le pase algo.

Cree que a la mínima, el bebé se va a marchar.

Y no va a ser así.

-De alguna forma habrá que quitarte ese miedo. Yo no sé cómo.

Pero bueno, así no puedes estar. No puedes vivir con ese miedo.

-Viéndome cada día,

he pensado lo de pedir ayuda.

He hablado con amigas, lo he comentado.

Llega un punto que yo creo que necesito que alguien me ayude.

Yo sé que así no voy bien.

Obviamente, lo que quiero es ayudarles

a solucionar este problema.

Lo bueno es que Laura es consciente de que algo no va bien.

De que no está haciendo las cosas correctamente.

La mano, si la pones debajo del brazo, tienes más...

-Así, despacito. Despacito. Vamos al cambiador.

¿Ves cómo no ha pasado nada? -Es que me tiemblan hasta las manos.

-No le ha pasado nada. -Ya, ya.

Venga, cielo. Ya sé yo. Hoy le toca limpiar la lengua.

-Déjame. -Ya termino yo.

-Que no, déjame. -Eso no vas a saber tú.

-¿Y qué? Déjame.

Toma, para ti. Que mamá lo hace mucho mejor, ¿verdad?

Todo tuyo.

Siento que no estoy disfrutando de pequeño

por culpa de esa inseguridad.

Como padre me siento totalmente anulado.

Esta escena es demasiado frecuente en el hogar de Antonio y Laura.

El matrimonio discute en presencia de su hijo

por la manera de cuidarle.

El padre está al límite.

La madre, por fin,

toma conciencia de que tiene un problema.

En el año 2002, Emma e Ignacio se fueron a vivir juntos.

y en el 2015 se casaron.

Cuando la hija de ambos, Ivet, había cumplido su primer año.

Es una niña muy alegre y extrovertida.

La pequeña es, en muchas ocasiones, los ojos de esta casa en la que,

muy pronto nacerá su primer hermano Eric.

Ivet, ¿qué te parece si leemos un libro?

-Sí. -¿Sí?

¿Este va bien? -Sí.

-Este te gusta, ¿a que sí? -Sí.

-¿Al bebé también?

Os leo el libro a los dos.

(LEE) "El palacio de la princesa Pepa.

La princesa Pepa juega en su habitación".

Para poder leer un cuento tengo que acercarme el libro.

Entonces, ¿qué sucede? No ve los dibujos.

Claro, hace que me separe el libro, porque si no no ve los dibujos.

Si me separo el libro, ya no veo la letra.

¿Qué he optado a hacer? Inventarme el cuento.

Los trenes, sí. -Otros trenes, y otros trenes...

-Chu chu.

-Teníamos mucho miedo al principio por el tema

de la discapacidad visual.

Hemos visto que no es para tanto.

Tenemos amigos que también son discapacitados visuales,

ciegos totales y tienen hijos.

Lo único que creo yo que a lo mejor tenemos un poco,

que pecamos un poquito, que no nos damos cuenta de alguna cosa.

Si tiene los ojos rojos porque tiene una conjuntivitis.

Un rasguño. Si va algo manchada de la ropa.

A lo mejor no nos damos cuenta.

Por ejemplo, cuando llegamos al colegio,

en la guardería y en el colegio siempre lo hemos dicho.

Que si, por favor, si le ven algo, un sarpullido en la piel,

ojos rojos o alguna cosa, que nos avisen.

Que es de gran utilidad para nosotros ya que nos falta esa visión.

-¿De qué color son los vagones?

-Verde, otro verde, otro verde, y rojo.

-Rojo, muy bien. ¿Leemos aquí?

-Lo que sí que da más miedo es que, por ejemplo,

mi enfermedad es hereditaria,

y no sabes si la criatura la va tener o no.

Ignacio empezó a perder visión a los ocho años

por una enfermedad ocular que no se puede prevenir.

Su visión es inferior al 10 %.

En la misma situación se hallan dos de sus tres hermanos.

Esta enfermedad es progresiva, y un miedo que tenía era

que no llegara a ver la cara de mi hija.

Yo estoy muy feliz y muy contento de poderla ver cada día,

de poderla distinguir bien si me acerco a ella,

si estoy con ella, de cómo va creciendo

y la sonrisa que me va poniendo.

Tengo a mi hermano, el mayor, que tiene cuatro años más que yo,

que ya hace más de ocho años que perdió prácticamente la visión.

-Siempre se tiene miedo, porque sabes que ese momento llegará.

Es absurdo pensar que a ti no te va a pasar.

Porque ya lo sabes.

Es una enfermedad que, por desgracia,

vas perdiendo la visión poco a poco.

Contemplando las estrellas.

Pega en el cielo algunas estrellas para que puedan observarlas.

Hala, cuántas estrellas, ¿verdad?

Qué bien.

-Sí, aprendes a vivir con este miedo de un día perder la vista.

Creo que lo tienes asimilado,

pero, seguramente, si algún día me viene un bajón de vista

y acabo perdiendo la vista que tengo,

me costará acostumbrarme a mi nueva vida.

-¡Chis! ¿Le explicamos un cuento para que se duerma?

-Es de día, mami. -¿Es de día?

-Sí. -¿Vamos a ver qué hace papi?

Vamos.

Yo creo que Ivet no es consciente del todo de lo que nos pasa.

Ella sabe que tenemos un problema.

Por ejemplo, la niña está contenta cuando saca el bastón.

El primer día que llegamos al colegio y ella fue con el bastón,

le dijo a la directora de parvulario:

"Mira, mi papá y su bastón".

Como que los presentó, ¿no?

Nasi.

-Hola. -¿Qué haces?

-Pues mira, estoy marcando la jeringuilla, ¿vale?

El émbolo.

Para que llegue a 60.

Está marcado el 30, ¿vale?, pero mejor marcar el 60

para cuando toca hacer los bibis más grandes.

-El otro día estábamos en casa de una amiga,

y dijimos: "Nos vamos a casa".

Y la niña le dice a la madre: "Sí, nos vamos a casa

porque es de noche y mis papás no ven".

Vamos a prepararle el bibi a Eric. -¿Seguro que ahí hay 60?

No sé, llénalo un poco hasta arriba.

¡Ya, ya, ya!

Para ser un buen padre o una buena madre,

lo que verdaderamente hace falta no es ver bien,

sino querer a tu hijo,

y hay muchas maneras de poner un biberón.

Sí, puedes verlo, pero puedes coger la jeringuilla,

marcarla, y, gracias al tacto, saber las medidas que le das.

Ivet, si se encuentra con amigos,

hoy mismo me ha pasado, se pone a correr con ellos.

Y entre que yo no puedo correr por la barriga

y si se va muy lejos ya no distingo dónde estás,

pues la llamo: "¡Ivet! ¡Ivet! ¡Ivet!".

Hoy, por ejemplo, no me ha hecho caso.

Al principio tendremos que utilizar la marca del 30.

-Sí, primero esta marca para saber que está en los 30.

Ya sabemos que 30 de agua es un cacito.

-Exacto. -De leche en polvo.

Y dos, que serían 60, que aquí está marcado...

A ver, espérate. Aquí está marcado.

Si lo notas bien... -Ah, sí. Perfecto.

Perfecto. -¿Hacemos una prueba?

-Hacemos una prueba. -Venga.

A ver dónde está la marca.

Ah, mira, aquí.

Que no me pase.

Si te pasas de agua, luego sale el biberón...

El nacimiento de Ivet fue maravilloso.

Nos levantamos por la mañana...

Bueno, por la noche ya estuvimos muy nerviosos,

porque como fue cesárea, ya sabíamos a qué hora iba a hacer

y qué día iba a nacer.

Y ya te lo esperas, ya lo sabes.

-¿Dónde está? Aquí, mira.

Se tiene que bajar primero.

-¿Ya le has hecho el bibi? -Mira.

-Ahora falta la leche.

-Ahora falta el chocolate.

(RÍE) -El chocolate.

-Si hay alguna familia y tenga hijo con discapacidad,

mi consejo es que no lo sobreprotejan.

No debes sobreproteger nunca a nadie, pero con discapacidad menos.

Porque tú no vas a estar allí toda la vida para protegerlo.

Por desgracia, es así, y esta persona se va a quedar sola.

Tiene que saber tirar para adelante, sacar sus problemas solo,

y poderlo hacer con seguridad.

Si él se siente seguro, seguro que lo puede conseguir.

Y la sobreprotección no es buena en ningún caso.

-Venga, y ahora en el bibi.

Aprieta fuerte. -¿Cuánto ha llenado ahora?

-No sé, lo que ha querido. Hasta arriba.

-Pero vamos a hacer la práctica bien.

Padres felices de Ivet,

Emma e Ignacio esperan con la misma ilusión

el nacimiento de su próximo hijo.

¿Mojamos a la mama? -¡No!

¡Sí, hombre!

Llega la hora de buscar soluciones.

Decidido a luchar y no tirar la toalla,

Antonio acude a un lugar en el que va a poder demostrar

a su esposa sus dotes de padre perfectamente preparado.

Antonio tiene que aprender también a desenvolverse mejor

y con mayor tranquilidad y naturalidad.

Y cuando me puse en contacto con él para que fuera a la escuela infantil

y pudiera aprender y ganar experiencia,

él no lo dudó en ningún momento,

y eso es un factor muy positivo en este caso.

Hola, buenas. -Hola, Antonio.

Bienvenido a La Casita Bilingual School.

-Es un placer. -Me ha comentado Gala

que querías pasar un día con nosotras en nuestra escuela

para que tu mujer pierda los miedos en este momento.

-Para que confíe un poco en mí, a ver si delega un poco en mí.

-Ya verás cómo vamos a conseguir que se pierdan.

-De acuerdo. Muchas gracias.

Ignacio es un deportista paralímpico de élite

y compagina a diario su paternidad con la pasión por el ciclismo.

En el mundo del deporte llevo ya 20 años.

Empecé a montar en un tándem y a practicar ciclismo,

y desde entonces, hasta ahora, estoy en la élite del ciclismo.

-Durante una época de mi vida lo llevé bastante mal,

porque, claro, me quedaba sola.

Era tener una pareja muchas veces sin tenerla.

-Hubo un momento de crisis cuando yo viajaba mucho,

pero creo que al final Emma se dio cuenta

de que para mí el deporte es una forma de vida,

y eso es lo que me ha llenado muchísimo,

lo que me ha formado como persona.

El año pasado, en tándem, con Joan,

se alzó con la medalla de plata en los Juegos Paralímpicos de Río.

(Música suave)

¡Nachete, qué pasa!

Yo soy Joan. Soy el piloto del tándem de Ignacio Ávila.

Es una bicicleta para dos.

Yo soy sus ojos y también una parte de...

Son dos de las cuatro piernas que hay montadas en la bicicleta.

-¿Qué tal? -¿Cómo estamos?

-Muy bien, tío. -¿Sí? ¿Entrenando un poco?

-Sí. -Hay que empezar a entrenar ya.

-Yo necesito la figura de un guía, que va a ser el piloto,

el que va a pilotar el tándem.

Yo voy en la parte de atrás,

mi piloto va en la parte de delante del tándem

y es quien me va avisando de todo.

-Otra vez en Río, como en los Juegos. Hay que volver a ese velódromo.

La medalla de plata que conseguimos en Río

es un momento maravilloso.

Para cualquier deportista, estar en unos Juegos

es lo máximo que hay en el deporte.

-Qué vivencia, ¿eh? -Espectacular.

-No hay tándems que duren como nosotros.

Una pareja, yo lo considero, a veces lo he dicho,

que es como mi segunda pareja.

Está Emma.

Paso con mi familia, con Emma, mucho tiempo,

pero con Joan también llegamos a pasar meses juntos.

Nuestro objetivo, ¿ahora cuál es?

-El mundial, está claro. El mundial de pista.

-Y luego, para Tokio. Si llegamos a Tokio, ¿no?

¿Llegaremos o no? -Sí que llegamos, claro.

-¿Sí? -Claro.

Ignacio sabe que en cualquier momento se puede quedar ciego total.

Una de las cosas que me dijo es que no se quedara ciego total

antes de poder ver a su hija Ivet y a su bebé que está en camino.

-Ganas le vamos a poner. -Por el camino, irán cayendo cosas.

-Mientras no nos caigamos nosotros... -Espero que no sea así.

La historia de Nacho es de superación.

Lo sé desde el primer minuto que lo conocí.

Solo contarme un poco su historia, ya no solo deportiva,

sino lo que hace en el día a día,

hay gente que, si tiene lo que tiene Ignacio,

no se atreverían a salir de casa.

-Pues nada, chico, que yo sigo. -Muy bien.

Yo me quedaré aquí un rato mirando los tiempos de vuelta,

a ver si estás en forma. -Vale.

-Te controlo. -Estaremos, estaremos.

-Venga, Nachete. -Hasta luego.

(Música suave)

Llegados a este punto, considero necesario desplazarme a Torrevieja

para poder hablar con ellos en persona

y darles pautas de cara a solucionar este problema definitivamente.

Laura, ¿verdad? Sí.

¿Qué tal? Me presento, soy Gala Almazán.

Soy psicóloga. Encantada.

Y estoy siguiendo tu caso.

¿Estás sola? Sí, se acaba de ir mi madre

y estoy esperando a Antonio. Vale.

Sí me gustaría que habláramos seriamente de algunas cuestiones

para que, precisamente en un futuro, no te quedes sola de verdad, ¿vale?

¿Te parece que demos un paseo y charlemos?

Bueno, Laura, me consta que en casa lo estáis pasando...,

bueno, mal,

y que no estás disfrutando del todo tu modernidad.

Sí, es verdad. Claro.

Está la cosa un poco tensa.

Porque tienes un miedo muy intenso a que le pueda pasar algo al niño.

Sí.

En el caso de Laura, vemos un miedo muy irracional

y muy intenso, incluso extremo, adquirido en parte por episodios

que tuvo a lo largo de su historia de aprendizaje,

entre ellos, el tema de la cesárea,

que se manifiesta con pensamientos anticipatorios muy recurrentes,

muy negativos, que generan mucha tensión.

Lo que debes hacer, precisamente, es comprobar

que pese a que otros le bañen, le vistan, le den el biberón...

Sí. ...no pasa nada

o no tiene por qué pasar nada malo.

Y aprender a quedarte tranquila

sin recurrir a quitarle de los brazos de alguien,

bañarlo tú, hacerte tú cargo.

¿Y cómo me puedo retener yo en esos momentos?

¿Qué puedo hacer para no tener ese impulso?

Obviamente, lo más fácil sería no verlo, por ejemplo.

Dejarle con tu madre mientras tú haces la compra,

sin llamarla para ver que está bien,

porque eso ya es una comprobación.

Te deja tranquila a corto plazo... Sí.

...pero al rato te va a volver otra vez la inseguridad,

el nervio, el miedo, y vas a volver a hacer lo mismo.

Es lo que te explicaba antes. Quizás irte, aguantar.

Al principio lo vas a pasar mal,

porque estás acostumbrada a comprobar,

a evitar esas situaciones. Sí, claro.

Son las que temes. Estoy evitándolas.

Exacto. ¿Qué es mejor quizás?

¿Irme mucho rato, irme primero un poco?

¿O un buen rato? Para ponértelo fácil,

muy buena pregunta, puedes ir poco a poco,

pero sin esas comprobaciones de llamar.

O que vayan siendo otras personas las que estén con el niño.

Vale, puedo.

Es exponerte a lo que temes para que compruebes y aprendas

que no tiene por qué pasar nada malo.

Y que aprendas a quedarte tranquila,

a poder así disfrutar de tu maternidad,

a que la relación de pareja funcione mejor

y sea más satisfactoria.

Y que tu hijo se críe en un entorno de confianza,

de seguridad, y no le transmitáis esos miedos.

Solo así es como vas a poder superar esto.

Las conductas de no dejar que otros le bañen, le vistan,

den el biberón, y que sea ella la que se haga cargo de todo

y no delegue, son conductas que en psicología

denominamos de escape, de evitación o de comprobación.

Como eso me genera inseguridad, miedo a que al niño le pase algo,

prefiero hacerlo yo.

Yo me voy a ir despidiendo,

pero me gustaría que vieses algo antes, ¿vale?

Mírala, piensa y cambia.

¿Vale?

(Música suave)

A punto de ser papás por segunda vez,

Emma e Ignacio reciben a Xabi en su casa.

Nuestro psicólogo quiere decirles algo muy importante.

Han sido ellos los que esta vez le han dado una lección de vida.

Hola. ¿Cómo estáis, familia? Muy buenas.

¿Qué tal? ¿Qué tal? Muy bien.

Yo también.

¿Qué te ha parecido mi día a día? Me ha encantado.

Me ha maravillado. ¿Te ha encantado?

No me mientas. No, no, no.

No me eches broncas. De verdad que no puedo mentir.

Perfecto.

Mira, Emma, el psicólogo que te dije esta mañana.

-Hola. Madre mía, ¿qué hemos hecho?

No habéis hecho nada. Habéis ganado un regalo,

eso es lo que habéis hecho. Toma asiento.

Sentaos primero vosotros.

Pero el regalo no os lo daré ahora.

Porque la historia me ha parecido tan maravillosa

que no puedo resistirme a preguntaros algunas cosas.

Es que tengo que saber más. Dispara, tú mismo.

¿Cómo lleváis el embarazo?

Muy bien.

Muy diferente al primero.

Porque no tienes los mismos miedos.

Además, con Ivet tuve muchas pérdidas,

tuve que hacer mucho reposo.

En cambio, con este...,

se ha enganchado y está superenganchado.

Perfecto.

-Se vive de diferente manera. La experiencia, ¿no?

-Sí. -Sí, sí, sí.

Sobre todo, ya no tiene tanto tiempo para ella.

-No puedes pensar tampoco. La niña te ocupa muchas horas.

Va a hacer tres años.

Ella quiere jugar y hacer las cosas como siempre,

como antes de tener la barriga.

A ella no le expliques que estoy cansada

o es que no me encuentro bien...

Claro, no lo entiende.

Hay una cosa que os quiero plantear,

y es que os remontéis a hace cinco años,

cuando aún no estaba Ivet, ¿vale?

¿Lo podemos imaginar? Sí.

Entonces, me gustaría saber qué les diríais a los padres

que pueden estar en una situación parecida a la vuestra,

pero que, a lo mejor, aunque tienen ese sueño de ser padres,

hay una serie de miedos, barreras, que les limitan,

y no se atreven.

¿Qué consejo les lanzáis?

Que se quiten esos miedos de encima.

Es verdad que todos tenemos siempre miedo a algo,

pero que si quieres algo en la vida, que tires para adelante,

lo intentes conseguir.

Y luego ya tener una criatura es algo maravilloso.

-Nosotros tardamos en tener hijos,

pero no fue por el miedo a...

no poder cuidarlo porque no veíamos bien,

sino porque nosotros queríamos, bueno, ser libres.

Salir, entrar, no tener obligaciones.

Hasta que llegó un día que fui al médico y me dijeron:

"Tienes un mioma. Puede ser que te cueste un poco".

Eso me hizo plantearme el hecho.

Además, ya tenía 34 años, y dije:

"Pues oye, mira, me haría ilusión".

¿Notáis por parte de la gente en algún momento

algún tipo de sobreprotección por vuestra discapacidad visual?

Lo que hay que demostrar es que a pesar de las dificultades

que te puedas encontrar en la vida, tú tiras para adelante.

Si me falta la vista, agudizo el oído.

Si no puedo correr,

a lo mejor soy un excelente escritor.

No lo sé. Que cada uno tiene sus cualidades

y que no solo hay que ver a la gente por lo que le falta,

sino por lo que puede aportar.

Vosotros realmente valoráis cada segundo,

y quizá por eso lo vivís de una manera tan bonita

y tan intensa.

Creo que hay que disfrutar todos los momentos buenos

que nos da la vida; y los malos también,

porque de los malos también aprendemos.

Y hay pequeñas cosas en la vida que nos pueden llenar muchísimo.

Yo me doy por afortunado.

Y digo esto teniendo una retinosis pigmentaria,

que tarde o temprano va a tener su evolución

y posiblemente pierda vista y me llegue a quedar ciego total.

Y soy afortunado porque a día de hoy puedo ver la cara de mi hija.

Es algo especial y que hay que vivirlo.

Hay que vivirlo.

Es...

Perdona si me emociona un poco lo que...

(Música emotiva)

Pues querría deciros que vais a ser unos padres maravillosos,

pero eso no es así, porque ya lo sois,

porque Ivet es la viva demostración de ello.

Y lo único que quiero es daros un abrazo,

daros las gracias por esta historia tan maravillosa, y nada más.

Daros luego vuestro regalo, que está aquí.

Muchas gracias. Muchas gracias, Ignasi.

Gracias. A ti también, Emma.

Gracias.

-Gracias.

Aquí tenéis vuestro regalo.

Gracias. -Gracias.

Muchísimas gracias. -No hacía falta.

Mira, azul, con lo que le gusta a ella el azul.

-Sí, y tanto. Le encanta.

¿Qué tenemos aquí?

El juego de... parchís.

-Plegable. -Plegable.

Ah, muy bien. Genial, genial.

-A ver.

Ah, mira qué bien. ¿Te das cuenta que está adaptado?

-Sí, sí. Qué bien. -Qué bien, qué detalle.

Muchas gracias. -Muchísimas gracias.

Vamos a poder disfrutar muchísimo.

-¡Mami! -¡Hola, Ivet!

-¡Hola!

-Mira, Ivet, guapa. -Mira.

-Mira.

Es un parchís. -Nos han hecho un regalo.

-¿Has visto qué regalo más chulo?

Al final, por mucho que seas un profesional,

cuando te cuentan una historia que te llega,

pues tampoco eres de piedra.

Y cuando Ignasi habla de que se siente muy agradecido

por poder ver a sus niños antes de perder la visión,

pues la verdad es que se te ponen los pelos como escarpias.

Bueno, familia, yo os dejo con Ivet,

que ya veo que es más lista que el hambre.

Sí. Y me marcho.

No os levantéis, os dejo en familia. Un placer, Ignasi.

Muchas gracias.

-Gracias. Lo mismo digo, Emma.

Nos vemos. Venga.

-¡Adiós, gracias! -¡Adiós!

Emma e Ignacio están agradecidos por lo que la vida les ha dado,

por su hija, Ivet, y por el hijo que vendrá al mundo

dentro de tres meses, Eric.

En esta casa de Esplugues de Llobregat,

la vida continúa.

Como cualquier familia, este matrimonio y su hija

van a compartir uno de esos maravillosos momentos del día.

Un momento en el que vivirán algo para recordar.

(Música suave)

Nuestra psicóloga sitúa a Laura frente al espejo

en el que hasta ahora no quería asomarse.

Su marido, haciendo las tareas habituales en el cuidado de niños.

Pero ninguno es su hijo.

(ANTONIO) Vamos a por el bibe, que me gusta mucho.

-Hacia abajo la cabeza.

(Música emotiva)

Sí, un poquito.

El bibi, para arriba. Completo.

-Qué bien tragas. -¡Qué bien!

Muy bien. -Qué bien tragas, Adrián.

Qué ojazos que tienes.

Yo en casa se lo suelo dar así

porque al nuestro se le mueve mucho la cabeza

y así parece que lo aguanto menos.

¿Así está mal...?

¿Así estaría en mala posición?

-No, siempre y cuando la cabeza esté hacia abajo.

-Sí, se lo suelo dar así.

Y la mujer me dice mucho: "Así está mal,

porque la posición puesta aquí...".

-La posición idónea es encima del brazo.

-Sí.

-Pero si el niño está cómodo, tú te sientes cómodo,

una posición perfecta.

(SOLLOZA) -Ha hecho eso.

-Mi mujer, por ejemplo, me dice siempre que esté recto,

y yo siempre intento inclinarlo un poquito.

-Las dos maneras. Si funciona, el nene tiene que estar erguido.

-Sí. -Hacia adelante mejor,

pero está perfecto. -Tanto recto como un poco inclinado

estaría bien.

-Muy bien. Pues dile a Laura que no se tiene que preocupar

porque lo has hecho muy bien. -Está bien hecho.

-Y con mucha tranquilidad.

-Me alegro, porque eran dudas que tenía

acerca de cómo le daba el biberón,

que la mujer insistía en que estaba mal.

Siempre estaba atenta a ver y me decía: "Eso está mal.

Así no se lo hagas".

-Y yo siempre diciéndole... Claro.

-Es por la inseguridad.

-¿Te lo has pasado bien? -Ha estado muy cómodo.

-Usted ahí a estar bien. Ahora, una siestecita.

Adiós, chiquitines.

Por fin, Laura se percata de sus errores.

El esmero y dedicación con el que su marido

atiende a unos niños le abren los ojos.

Antonio es un padre perfectamente preparado.

Toma, rubiales, esta para ti.

-Me encanta cómo es.

La verdad es que me paso mucho.

Porque mira...

(Música emotiva)

-Qué bien rompéis las burbujas, ¿eh?

Sois unos profesionales de romper burbujitas.

¿Tú cómo te llamas? -Ángel.

-Ángel.

Yo tengo un nene que se llama Dylan.

-Sí. -Es muy chiquitito aún.

Cuando sea grande, lo traigo para que sea vuestro amiguito.

-De verdad, es... -¿Una grande o una pequeña?

-Una grande. -¿Muy grande? ¿Cuánto de grande?

Eso es muy grande. ¿Vas a poder con ella?

-Cariño, madre mía, eres el mejor.

Qué esfuerzo. Y yo así, pasándome.

Y él esforzándose.

Después de lo que acaba de ver, Laura se viene abajo.

Es que no me lo merezco, es que a veces...

Pero, en ese momento, un inesperado camarero

hace su irrupción en el paseo marítimo de Torrevieja.

¿Bien?

Antonio abraza a su mujer.

Parece que la armonía vuelve a esta pareja.

Laura tiene que ir poco a poco exponiéndose

precisamente a las situaciones que más teme.

De esta manera, comprobará que aunque ella

no se haga cargo de todo, las cosas pueden salir bien,

no tiene por qué ocurrir nada malo.

Esto daría espacio a que su marido pudiera intervenir más

y cumplir un papel más importante en la paternidad,

que tiene derecho,

y es muy enriquecedor para el niño también.

Verás que soy buen padre. ¿Me vas a dejar?

-Sí, claro. -Yo me pondré en tu lugar

y te voy a entender. -Vale.

-Una madraza y un padrazo,

a cuidar de un bebé del copón de guapo y de bonito.

Que ha salido una cosa maravillosa.

Venga.

Un besito.

Me ha gustado mucho este caso porque, además, Antonio me comentaba

que hacía mucho que no hablaban de esta manera

y de esta situación.

Yo creo que el cambio está empezando justo ahora

y que va a ir con éxito.

A partir de ahora, voy a confiar más en Antonio.

Vamos a conseguir vivir nuestra maternidad,

su paternidad.

Voy a dejar que esté más con él, que le atienda él también.

Voy a poner todo de mi parte.

  • Emma e Ignacio, Laura y Antonio

Mamás y papás a la vista - Emma e Ignacio, Laura y Antonio

07 ago 2018

Los primeros protagonistas son Emma e Ignacio, una pareja invidente que espera con ilusión la llegada de su segundo hijo.

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