Adaptación para TVE de las novelas 'Los pazos de Ulloa' y 'Madre naturaleza' de Emilia Pardo Bazán en la que se refleja el ambiente de fatalismo, superstición y brujería de la Galia rural de finales de siglo XIX. En un pazo recóndito viven unos personajes violentos, amorales.

A este ambiente llega un cura joven y puro que intenta reconducirlos al buen camino, pero su intervención resultara nefasta.

'Los pazos de Ulloa' es la adaptación televisiva de la novela del mismo título, y su continuación, 'La madre naturaleza', ambas escritas por Emilia Pardo Bazán, autora gallega del s XIX y máxima representante del naturalismo literario español.
La serie consta de cuatro capítulos de una hora de duración, aunque en un principio se pensó en cinco, e incluso seis episodios. Se impuso el criterio de su director, Gonzalo Suárez, para él que la historia no necesitaba más metraje.
El argumento de la serie, muy fiel a la novela, gira en torno a la figura del marqués de Ulloa, un cacique de la Galicia rural de 1880, y un conjunto de personajes que verán alterada su existencia con la visita de un cura.

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Los pazos de Ulloa - Capítulo 4 - ver ahora
Transcripción completa

Así que va usted a los pazos de Ulloa.

(RÍE) Buen sitio, buen sitio. Siempre pasan cosas raras.

Ese marqués...

Si le hubiera usted visto, cuando vivía mal arreglado...

o enredado o embrutecido o..., como quiera decirse, con Sabel,

la hija del mayordomo que mataron.

Pues Sabel ahora se ha casado con un gaitero

porque... la gaita del marqués ya no tiene fuelle.

(RÍE)

Y...

Luego, está lo la muerte de la señora esposa del marqués,

que era muy poquita cosa y que dicen que murió de tisis,

pero yo creo que fue de la mala vida que le dieron.

¿Y quién le diría a usted que el curita ha vuelto?

Ese don Julián...

Del que ser rumoreaba que algo había tenido que ver

con la marquesita.

Y que ahora anda por Cebre como un loco...

por aquello que dicen de que el asesino

siempre vuelve al lugar del crimen.

(Pájaros)

(Música)

(Trueno)

(Continúa la música)

(SUSURRA) ¿Es el cura?

(SILBA)

No, así no.

(Canto)

(TRINAN)

(Lluvia)

¡Venga!

(RÍEN)

(Música)

(A LA VEZ) ¡Huy!

Manolita...

¡Te quiero!

(RÍEN)

Dímelo otra vez. -Te quiero.

-¿A que no eres capaz de decírmelo 10 veces?

-Te quiero, te quiero... -¡No! Pero con los ojos tapados.

(A LA VEZ) Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero,

te quiero, te quiero...

¡Huy! El señor Antón, el algebrista. -¿Quién?

-El atador de Boán. ¿Se habrá puesto alguna vaca mala?

-¡Bah! Será la vaca vieja de María la Sabia.

Dicen que se la va a morir. -¡Señor Antón!

¡Señor Antón! -Que no.

-Déjame.

(Pasos)

¿Viene a ver a la vaca de María la Sabia?

-No, voy a la diligencia, que ha volcado junto al río,

y creo que hay un cura gordo que se ha roto una pata.

(AMBOS) Ah...

O sea, que no va a curar a la vaca, sino al cura.

Cura o vaca, tanto da. Yo curo.

(SE BURLAN)

Estos chiquillos...

Anda, vamos.

-Sí.

-¡Le acompañamos!

(Pájaros)

Señor Antón, cuéntenos eso de las tumificaciones.

-¿Qué es eso de las tumificaciones? -Espera, ya verás.

¡Dicen los libros...! -Dicen los libros

que el hombre es un gusano, pero viene la soberbia y replica:

"No, gusano no. Que yo tengo lo que no tiene un gusano".

Pero viene la enfermedad, "maina mainita" y... ¡carraspo!

Ya no se diferencia al hombre del gusano.

Porque dígame, ¡carraspo! ¿acaso soy una navaja

para extirpar, con perdón, las tumificaciones de las vacas

y otra para las personas humanas? No, señor, que uso la misma.

Que aquí la llevo en el bolsillo. ¿Y el emplaste o la cataplasma?

¿Se misturan de otro modo? No, señor, que las bestias

y los hombres y hasta los curas padecen los mismo males.

Y en la botica, no hay diferentes remedios

y la vida se les viene y se les va del mismo modo.

Y los perritos pequeños lloran y enredan como las criaturas.

Y, luego, llega lo de andar tras de las mozas

y también los perros tras las perras y los señoritos con las señoritas.

-¡Ay!

(RÍEN)

(Graznido)

(Música)

¡Eh, don Tumificaciones!

¡Eh! ¡Don Antón Tumificaciones!

(RÍEN)

¡Tengo prisa!

-Eh, señor Antón, siga, siga.

(RESPIRAN AGITADAMENTE)

(SUSURRA) Que no, Perucho, que no.

¿Por qué? -Déjalo, que tiene prisa.

-Ah, ah.

(SE QUEJAN)

(GRITA)

Paciencia, padre, paciencia. -¡Ay, qué dolor!

Ay...

-¿Cuál es la casa más cercana? -La del señor médico, Juncal.

-¿Y queda cerca de aquí? -Depende...

-¿Se puede ir andando? -Bueno...

-¿Por dónde? -Por allá.

-Gracias.

(Quejidos)

(Pájaros)

Una, dos...

-¡Señor Antón! -Ah, manzanas.

-¿Qué le pasa, padre? -A mí, a mí primero...

-¡No! ¡A mí, a mí! Estoy malherido.

-¿Se va a morir? -¡Señor Antón, aquí!

-¡Déjeme! -¡Huy, cómo está todo!

-Que me deje en paz, le he dicho.

-¿No sabe quién soy? Ya se enterará...

¡Ya se enterará, curandero de mierda!

El clero primero, ¿eh? De qué nos sirve ganar elecciones.

(GRITA)

¡Se lo contaré al gobernador!

-Cuidado, cuidado. ¡No, no, no! ¡Ay!

-Bueno, lo primero que vamos a hacer es descubrir para ver

si nos encontramos una herida abierta.

-Ay, ay. -Es importantísimo,

lo malo son las grasas. Bueno, bueno, ahora dolerá un poco.

¡Hay quebradura! -Gracias, niña.

-Tú eres Manolita, la hija del marqués de Ulloa.

-Sí, señor, Manolita, hija de doña Marcelina.

(CON DIFICULTAD) Yo conocí a tu madre. Era una santa.

¡Ah!

(Cacareo)

Mi pitillo...

Mi pitillo... ¿dónde...?

-Así que es usted hermano de Nucha.

Pobrecita, demasiado delicada.

Este no es lugar para señoritas.

(Zumbidos)

¿Y qué hace un hombre de cultura como usted por estos pazos

si puede saberse?

-He venido a buscar a la hija de mi hermana.

Ella me lo pidió por carta antes de morir

para que no llevase una vida tan salvaje.

He tardado mucho en recibir la carta.

Y también he tardado mucho en venir.

Soy comandante de artillería y he estado en guerras...

hasta ahora en que he dejado las armas.

Estoy muy cansado, Juncal.

(SUSPIRA)

(SE QUEJA)

¿Le duele mucho?

-No, molesta un poco.

-Es natural que le duela.

Debería llevarlo en cabestrillo unas tres semanas.

Luego veremos.

-¿Cree usted que el marqués de Ulloa le dejará llevarse a Manolita?

-He venido a hablar con él.

-No parece que tenga mucho aprecio a la niña.

Ese bruto nunca la vio con buenos ojos desde que nació.

A Nucha le hubiera gustado

ver a Manolita cuanto antes lejos de aquí.

-¡Pitas, pitas, pitas, pitas!

¡Pitas, pitas! ¡Pitas, pitas!

(Cacareos)

¿Y cómo está la niña?

-¿Manolita?

(RÍE) Es un gato salvaje,

pero buena chica.

-Yo no digo que no deba irse a la ciudad,

pero sí digo que podría vivir aquí.

Ella ha crecido con la tierra y con las gentes de la tierra.

No conoce otra cosa.

Y no parece querer conocer nada más. -¡Cuidado! ¡Ay!

-¡Mire, mire! ¡Fíjese! -Esto siempre pasa por viajar.

Si no os movierais, como yo, otro gallo cantaría.

-Estando mi casa tan cerca de donde volcó la diligencia,

esas gentes han preferido llamar al algebrista,

que vive a cuatro leguas. (RÍEN)

-Y usted no se ofende.

(RÍEN)

-Cuando llegué de la universidad me enfadaba con estas cosas,

ahora se que estos componedores, por instinto y práctica,

hacen maravillas.

(RÍEN)

Y entre todos, el señor Antón es el mejor.

(RÍEN)

Qué suerte tuvo usted...

(RÍEN)

de que ese hipopótamo de arcipreste no le cayera encima.

(RÍEN)

(SE QUEJA) (RÍEN)

(RÍEN)

-Es usted un hombre inteligente, doctor.

Inteligente y honrado. -Honrado sí.

(SUSPIRA) -Confío en usted, Juncal.

En realidad he venido con objeto de casarme.

Con mi sobrina.

La hija del marqués de Ulloa.

-¿Qué me dice, don Gabriel?

¿Manolita?

Pero si ni siquiera la conoce.

-La persona a quien más quise en este mundo fue mi hermana.

Como tío podría cuidar de Manuela,

pero como marido, mucho más.

(RÍE)

-Ahora es solo un animalillo,

pero pronto necesitará que alguien se ocupe de ella

y le enseñe la educación y las maneras

que ese bestia del marqués nunca conoció.

Llévesela, don Gabriel,

llévesela.

A poco que pueda, llévesela.

(Música)

(Risas)

(RÍEN)

(LADRA) (RÍE)

(LADRA) (RÍE)

(GRITAN)

(Música)

(TARAREA)

(TARAREA) (RÍE)

(SUSPIRA) (RÍE)

(RÍE)

¡Estúpida mujer! ¡Ay!

¡Casi me corto!

¿Te acuerdas cuando tú y yo...? ¡No, no me acuerdo!

¿Qué hay para comer? (SUSPIRA)

María, dile al señor qué tiene hoy para comer.

(SUSPIRA)

Lo que he visto es que la diligencia ha volcado junto al río

y que un hombre viene de lejos a esta casa.

-Pero ¿qué dice? No le hagas caso.

(Ladridos)

(Relincho)

¿Qué creías, que serías el único hombre aquí?

No, yo y el marqués de Ulloa.

¡Bah, ese pobre viejo!

(Ladridos)

Mucha suerte, don Gabriel.

-Adiós, Juncal y gracias. -Adiós.

Soy Gabriel Pardo, el cuñado del marqués.

-El señor marqués está en la siega y no volverá hasta el anochecer.

Acompaña a don Gabriel a la era, si es que no viene muy cansado.

Un paseo me vendrá bien.

(Música suave)

¿Qué le pasó en el brazo?

-Volcó la diligencia. -Lo que dijo la vieja.

(Música suave)

(Coro)

Soy Gabriel, Gabriel Pardo, el hermano de tu mujer.

(Cantos)

¿Qué te ha pasado en el brazo?

Volcó la diligencia.

Uhm.

Pero ¿tú no eras militar? ¿Capitán o algo así?

Comandante.

Uhm.

¿Y qué has venido a hacer aquí?

A conocer a la familia.

(ASIENTE)

(Cantos)

Gallo, ve al pazo.

Dile a tu mujer que prepare vino y bizcochos

y que vaya adecentando un dormitorio para el señorito Gabriel.

(Cantos)

No, no, no, Perucho, esas no, más largas.

(Cantos)

Aquella es tu sobrina.

Echa, echa.

Basta.

Basta.

¿Por qué no cena mi sobrina Manuela con nosotros?

(RÍE)

Porque ahora está bailando con los demás en la era.

(RÍE)

(HACE ESFUERZOS)

¿No habrás venido a ver cómo educo a mi hija

o como gobierno mi casa?

No, no he venido a pedir cuentas a nadie.

Ah.

En realidad he venido a interesarme por mi sobrina,

si a ti no te importa.

¿A interesarte por ella?

¿No habrás venido a reclamar la herencia de tu hermana?

Yo no he dicho eso. ¡No, no!

No lo has dicho, no.

Bueno, dime lo que tengas que decirme.

Pues verás.

Yo, en realidad, estaría dispuesto a llevarme a mi sobrina a Madrid.

Y darle estudios, que es lo que necesita.

(RÍE)

¡Sabel!

Llévale a su dormitorio.

Mañana le diré a Manolita

que te acompañe y te enseñe la finca.

Dile todo lo que tengas que decirle, ella decidirá.

Yo estoy cansado, me voy a la cama.

(SUSURRA) Borracho.

(SUSURRA) Le he preparado el cuarto de su difunta hermana.

(Música)

Ella no se murió aquí, ¿sabe usted?

Se murió en el cuarto donde duerme ahora la niña.

(Continúa la música)

(SUSPIRA)

(Puerta)

(LEE CON DIFICULTAD) "Y los periódicos de...

Londres se sienten...". (RÍE)

¡Oh!

¡Oh! (RÍE)

¡Oh!

(SUSPIRA)

(LEE CON DIFICULTAD) "Si...

bien dicen...".

(RESOPLA) (SUSPIRA)

(LEE CON DIFICULTAD) "... que la Gran Bretaña...".

(Música)

"Queridísimo papá,

no sé qué decirle.

Aquí las cosas no van como yo bien quisiera.

Sé que no tiene remedio,

no podemos hacer nada.

Todo fue tan distinto a como podíamos imaginar...

Tan diferente.

Me acuerdo tanto de la vida en casa,

en Santiago.

Pero dice Julián que Dios lo quiso.

Dios y usted también.

Y aunque esta carta no llegará en su tiempo,

felicito a usted los días.

Sabe Dios quién vivirá al año que viene.

Hágame el favor, si me empeoro,

de darle a mi hermano Gabriel la sortija adjunta.

Y que mucho me acuerdo de él.

Y le quiero". (LLORA)

"Que si llego a faltar, ahí queda mi niña.

Usted y él no dejarán de mirar por ella.

Moriré tranquila confiada en eso".

(LLORA)

(Música emotiva)

(SOPLA)

Uhm. Ayer no te lo dije todo.

Quiero casarme con Manuela.

Me sorprendes.

Anda, siéntate y desayuna. Llamaré a Sabel.

No.

¿No quieres comer nada?

¿Uhm?

No es ninguna broma, y menos contigo.

¿En qué quedamos?

Me pides a Manolita, ¿no?

No te pido,

lo único que hago es advertirte de que voy a intentar tomarla.

Y no decírtelo me parece desleal.

Al fin y al cabo es hija tuya y esta es tu casa.

¿Qué quieres decir con eso de tomarla?

No lo que tú entiendes.

Y para explicarte lo mejor, voy a ver si logro que me quiera.

Y entonces...

Uhm.

¿Entonces?

Entonces te la pediré.

Aunque bien mirado, si la chica quiere,

lo que menos me importa es tu opinión.

Uhm. Ahora ya lo sabes todo.

Y...

¿cuáles son tus planes?

No quiero un céntimo.

Dispón de tus testamento como te dé la gana

y en favor de quien te convenga.

¡Eh, eh! ¡Quieto, quieto!

Mi hija no está en la calle todavía.

Dispone de la legítima materna.

No quiero un céntimo de Nucha.

Yo dispondré de mi patrimonio lo que sea conveniente.

¿Nada?

Ni un céntimo.

Uhm.

¿Y cómo es que te gusta tanto la chica?

Hace tiempo que me gusta.

¿Sin conocerla? ¿A ti qué te importa?

Te pido permiso y nada más.

(ASIENTE)

Uhm.

Por mí...

(RÍE)

... de acuerdo.

Trato hecho.

(Pájaros)

Papá me mandó poner el vestido nuevo para acompañarle a usted.

-¿Te sería igual tutearme o te parezco demasiado viejo?

-Me da vergüenza.

(RÍE) -Anda, dame el brazo.

-¿Brazo? Solo tengo dos.

-Y ¿qué?

-Que si fuéramos por el monte te daría la mano.

-Precisamente eso quería decirte.

Vamos a dar un paseo.

Muy largo.

(RÍE) -¡Pues ven! -¡Eh! ¿Qué haces?

¡Eh! ¡Espera! (RÍE)

(RÍEN)

(RÍEN) ¡Manolita!

(RÍEN)

(Risas)

(Pájaros)

Oye, ¿estás de mal humor por culpa mía

o por tener que acompañarme?

Dímelo sinceramente.

Lo comprendo.

No me voy a enfadar.

(SUSPIRA)

Yo, ¿sabes?

Te quiero.

(RÍE)

(RÍE) ¿Te ríes? Me gusta cuando te ríes.

Eres muy bonita cuando te ríes. (RÍE)

¡Manolita!

¿Dónde estás?

He estado en cien batallas, pero tú eres la guerra.

¡Oh!

Manolita, baja.

-Sube tú.

-Te juro que si no fuera por esto que me puso el doctor...

Anda, baja.

(Música animada)

¡Uhm!

Antes de conocerte también me gustabas.

-¿Antes? -Claro.

¿Te acuerdas de tu madre?

-No, era muy pequeña cuando ella murió.

-¿Y cómo te la imaginas? ¿Guapa o fea?

-Guapa.

-Pues eso mismo me pasó a mí contigo.

-Señor, ¿sabe lo que le digo?

Hubiera sido mejor que papá le acompañase.

Yo no se entretenerle ni darle conversación.

Vaya ocurrencia mandarme a pasear con usted.

-Ah, ¿sí?

No digas tonterías, tenemos muchas cosas de qué hablar.

-Yo me he criado aquí y usted anduvo mucho mundo

y sabe muchas cosas.

Conmigo se tiene que aburrir.

-Te equivocas.

Tú eres precisamente lo que necesito.

No sé nada de las cosas que tú puedas contarme.

-¡Vaya, vaya, vaya! -No hay "¡Vaya, vaya!" que valga.

Yo me he criado en un pueblo,

he estudiado en otros y he vivido en varios.

Y no he estado en el campo,

sino en un campamento, que es una cosa muy distinta.

Allí la tierra solo sirve para hacer trincheras.

(Música suave)

Vamos.

-Sí.

-¿Y anduvo en muchas batallas?

-En algunas.

Tiroteos, escaramuzas...

-¿Y moría mucha gente?

-¿Morir?

Sí.

Se veían muy de cerca las bayonetas, los machetes,

los cañones de las pistolas.

-¿Y a usted le hicieron daño?

-Alguna vez. Arañazos.

-¿Como este?

-Eso es de una explosión. Un poco de pólvora en la piel.

¿Ves como sí podemos hablar de muchas cosas?

(RÍE)

Y tú me cuentas otras cosas que no se estudian en los colegios.

Te vas a reír mucho cuando sepas lo tonto que soy.

(RÍE)

Nunca he visto moler un molino.

(RÍE)

Ni distingo el maíz del centeno.

Y tampoco he visto regar.

(RÍE) Calle, por Dios. No diga más tonterías.

Fíjate si soy ignorante que no sé ni qué bicho es este.

-Pero si es la camisa de una serpiente.

Mire, aquí estaba la cabeza.

Mire, los ojos, la boca...

-¿Te la llevas? -Sí, claro.

Se la voy a dar a Perucho. -¿Eh?

¡Manolita! ¡Espérame!

¡Manolita! -Venga, que le enseño una cosa.

(Pájaros)

¡Tío Gabriel!

-¿A dónde me llevas ahora? -¿No quiere conocer al cura?

-¿A qué cura? -Al que conoció mamá.

-Ah, don Julián. -¿Lo conoce?

-No. -Ah, pues vamos.

Mire, es ahí, pero no está. Viene todos los días

y se pasa las horas rezando. Nosotros nunca nos acercamos tanto

porque a Perucho no le gustan los muertos.

-Y el marqués, ¿tampoco viene? -Nunca.

Tampoco le gustan.

-No estoy hablando de muertos, estoy hablando de tu madre.

-Está muerta y los muertos son todos iguales.

Ya no están. -Siguen vivos en el recuerdo.

-En el recuerdo sí, pero no aquí.

(SUSURRA) Mire, ahí viene.

(Pájaros)

Buenos días, mamá.

-Don Julián, soy Gabriel Pardo.

El hermano de... ...de la señorita Marcelina.

Lo supe desde el primer momento.

Me dijeron que había llegado usted a los pazos de Ulloa.

¿Por qué?

Por la misma razón, supongo, que por la que está usted aquí.

Las razones no son nunca las mismas.

Los sentimientos, a veces, sí. Me alegra conocerle.

He oído hablar mucho de usted. No hay que hacer caso

de lo que dicen, sino de quien lo dice.

Yo también he oído hablar de usted.

Doña Marcelina le quería mucho.

A usted también le tenía mucho aprecio.

Eso es diferente.

A nosotros nos unía solo... Dios.

Verá, Julián...

Perdone que le hable así, de repente, como si nos conociéramos

de toda la vida.

Le hablo como un hombre de Iglesia. Hable, hable en paz.

Quiero casarme con ella. Sería una locura.

Si ella llega a quererme, no. ¿Y el señor marqués?

Ha dado su consentimiento. Pero...

si es todavía una niña.

¿No la ve con Perucho siempre jugando?

Eso es algo que me preocupa, siempre enredada con Perucho.

Parece como si entre ellos hubiese algo más que juegos.

¡No puede haber nada más!

Son hermanos, hijos del mismo padre.

Juegan, solo juegan. ¿Hermanos?

¿Hijos del marqués? Del marqués de Ulloa, sí.

Lo sé muy bien.

Y doña Marcelina también lo sabía.

¿Y ella? ¿Lo sabe?

Lo murmura todo el pueblo. Si no lo saben,

es que no quieren enterarse.

Quizá tenga usted razón, don Gabriel.

Quizá tenga razón y... deba llevársela de aquí

cuanto antes. Hola, he hablado con mamá.

Gabriel, ¿quiere tomar una taza de chocolate en mi casa?

Es tarde.

Gracias, otro día.

Por favor... Sí.

Adiós, Julián. Adiós.

¿Qué hacemos? ¿Volvemos a casa?

(Música)

¡Sabel!

Necesito hablar con usted. Acompáñenme.

Ah.

¡Ah! Señor...

¡Señor!

¿Quién es el padre de Perucho? ¿Con qué derecho

me hace usted esa pregunta? Se lo pregunto, Sabel,

pero no quiero verlo porque lo sé. Todo el mundo lo sabe menos ellos.

Y los que más lo saben están obrando de tal manera...

Como si quisieran que pasase algo irreparable.

Estas cosas, señor, de tener que pasar, pasaron ya.

¡No son cosas en las que ni usted ni yo podamos hacer nada!

Porque... son cosas que pasan...

si tienen que pasar.

Ah...

Lo que tengas que decirme, dímelo pronto.

¿Cómo puedes dejar que Manuela y Perucho anden por ahí

sabiendo, como sabes, que son hermanos?

(SUSPIRA)

La vida en el campo tiene sus propias leyes

y esas no las hacen los hombres ni dependen de elecciones

que digan esto sí o esto no.

¿Quieres a Manolita?

Pues bien.

Si ella lo quiere y Dios lo quiere, llévatela.

Es Perucho y no ella quien tiene que hacerse cargo

del pazo cuando las fuerzas empiecen a faltarme.

Pero si ella no quiere...

y Dios no lo quiere...

es igual.

Llévatela también, te la regalo.

(ESCUPE)

¡Sabel! ¿Dónde está Manuela?

Estará con Perucho, yo que sé. Perucho...

¡Sabel!

¡Sabel!

¡¡Sabel!!

(Pájaros)

(RÍE)

¡Uh! ¡Perucho! -No te sueltes, ¿eh?

¡No te sueltes! -¿Pero qué te pasa?

-Que vamos juntos, ¿sabes? ¡Tú no te apartas de mí!

-Bueno, ¿a dónde vamos? ¿Vamos a seguir siempre así,

como locos? -No sé dónde vamos,

pero tú vienes conmigo. -Vaya genio...

-¿Qué te dijo?

-No me acuerdo.

-Algo sería.

Yo creo que ese tío tuyo te quiere.

Está enamorado de ti.

Y que ha venido aquí para casarse contigo.

Eso creo yo.

¿Y ti te gusta el tío Gabriel? -¿Gustar?

Y yo qué sé lo que es gustar, como tú dices.

Él es diferente, yo no he conocido a otro hombre igual.

No se parece al señor de Liñoso ni al sobrino del cura del Boán...

Ni a nadie, a ninguno.

-Entonces...

¿a ti te gusta tu tío?

-Sí, me gusta. ¿Por qué no?

Pero tú me gustas más.

-Dímelo otra vez.

-Me gustas más. -¿Te casarás conmigo?

-Contigo. -¿Sí?

(ASIENTE)

¿De verdad?

(ASIENTE)

(GRITA ALEGRE)

(RÍE)

(Música)

¡Teresa!

(Risas)

Déjame.

(SE ESFUERZA)

Busca al señorito Perucho y tráelo. ¿Lo hago yo, señor?

¡Tú no! ¡Perucho! Pero señor...

(GRITA) ¿No has oído lo que te he dicho? ¡Vamos, muévete!

Sí, señor.

-Perucho y Manolita se han ido a no sé a dónde.

¿Te das cuenta?

Donde esté él, estará ella.

¡He dicho que quiero a Perucho!

Mira, ven, ven.

Ven.

(CHISTA)

¡Ah!

(RÍE)

¿Te gustaría vivir aquí conmigo?

Aquí es donde encontré el hurón que le regalé al señor marqués.

Pero nunca lo saca de caza.

Siempre lo tiene en su habitación, encerrado en una jaula.

-¡Señor marqués!

Señor marqués...

¡Mire!

Ya lo tengo.

¡Ja!

Mételo en una jaula.

A veces, pienso que hice mal.

Que tenía que haberlo dejado aquí,

donde estaba.

Este es su sitio.

Es como si a ti o a mí nos llevan a otra parte...

y nos encierran.

Y ya no podemos estar juntos.

-Moriría si pasa una cosa así.

-No seas tonta, es mentira.

Nadie puede separarnos.

Nunca.

Nunca.

(RÍE) Vamos.

¡Sube!

Ah.

-¡Ay!

Por aquí, por aquí.

-Qué más da. -Tengo mucha sed.

-Venga, vamos.

(RÍE)

Ah.

¡Manolita, vienes conmigo!

(RÍE)

¡Vienes conmigo!

(Música)

(TRINA)

(Continúa la música)

¡Perucho!

(RÍE)

Te he asustado, ¿verdad?

¡Caray! Colea como una trucha, ¿me dejas oír?

(RESPIRA AGITADAMENTE)

Sí, colea, colea. Esta trucha es mía.

-Sí, es tuya.

-La siento... como debajo del agua.

¡Plof, plof, plof!

-Ten cuidado, que no se escape.

-Meteré la mano debajo de la piedra y moveré los dedos así, así...

-Ay, no, déjame, que estoy sudando.

Qué bien huele la hierba.

-¿Por qué no duermes la siesta?

-¿Y tú qué harás?

-Echarme a tu lado.

(Pájaros)

Ah.

(Viento)

¿Qué quiere usted, señor?

-¡Maldita sea la perra que te parió! -¡No me tutee, ni me insulte!

(FORCEJEAN)

¡Ah!

-Máteme, máteme ahora ya que puede

porque, si no, seré yo quien...

Ah...

(GRITA)

¡No, no!

-¿Usted sabe o no sabe que es hermano de Manuela?

Quiero hablar... con usted, señor marqués.

Habla. No, aquí no.

¿Qué tienes que decir que no pueda oírlo tu madre?

Algo que solo mi padre debe oír.

Perucho...

Espera.

(RÍE)

Así que quieres hablar conmigo, ¿eh?

Bueno, bueno, bueno...

(Pasos)

(Música)

Le consolé lo mejor que pude.

Le di dinero y lo acompañé a la diligencia.

También le di una carta de presentación

para un amigo, que lo va a emplear de dependiente en una tienda.

Y no pienso dejarlo de mi mano.

Eso lo considero... obligación mía. ¿Sabe usted para que quiere verme

la señorita... Manolita? Dice que quiere confesarse

o algo parecido.

El doctor Juncal cree que ya está mejor,

pero han cargado su conciencia de inútiles remordimientos.

Padre, quisiera pedirle que me acompañe y la tranquilizara.

Al fin y al cabo, ella no tiene ninguna culpa.

Si de mí depende, lo haré por ella... y por usted.

(SUSPIRA) Dios mío. Si no he estado en el pazo

desde que vivía doña Marcelina.

Dígale que no está maldita ni cosa parecida.

Y dígale que estoy dispuesto a casarme con ella

como si no hubiera pasado nada.

¿Quiere usted decir...

que se casaría con ella sin tener en cuenta lo sucedido?

Ni recordarlo, yo la quiero.

Es usted noble, don Gabriel.

Mi destino y el de Manolita... está en sus manos.

No, no, no...

En las de Dios.

(Música)

Vamos.

¿Qué tal? -Va mejor, mucho mejor.

Entonces, ¿puedo entrar? Sí, señor. Ella quiere verle.

Que Dios me inspire. Vamos a tomar el aire.

-No. Yo no puedo. Ahora, en este mismo instante,

se está decidiendo mi destino y el de Manuela.

El cura lleva a un encargo mío.

-¿No me diga que ha puesto su destino en manos de ese clericeronte?

Hombre, Gabriel, ¿qué ha hecho? -Usted me había dicho

que don Julián es el único cura en el que se podía confiar.

-Pero un cura siempre es un cura. Ya verá, yo la curo...

y el cura la enfermará otra vez metiéndole escrúpulos en la cabeza.

En fin, que sea lo que Dios quiera, es decir, lo inevitable. Adiós.

-Eh, doctor... Señor Juncal, ¿puede usted venir un momento?

¿Conoce usted al algebrista señor Antón?

-Hola, hola, doctor. Me gustaría saber su opinión

sobre este caso, ya que mi tratamiento

no está dando el resultado apetecible.

Observe, se ve por ahí fuera. Ah.

Venga, ¿qué le ha puesto? -Le estoy poniendo

manzanilla deshojada, berro y viruja. -¿Viruja?

-Y antes de que la cante el cuco. Ay.

Hija mía,

tu santa madre se equivocó porque habiendo oído la llamada

del esposo verdadero y valioso, la desoyó.

Y entregándose a un hombre mortal se hundió en la locura,

la desesperación y el dolor.

Manolita, no te equivoques.

Dios es el único esposo que te puede proporcionar

todo el fuego, todo el amor y la ternura infinita.

Una ternura que te durará para siempre.

Solo Dios te dará la satisfacción eterna,

la pasión eterna...,

la eterna felicidad.

Solo Dios.

(Chirridos)

(Pájaros)

(Gruñidos)

(Música)

(Pasos)

(CHISTA)

(RESOPLA)

He hecho lo que he podido.

Le he dicho que usted estaba dispuesto a ayudarla

casándose con ella, a pesar de todo. No me diga que se lo ha dicho así.

Seguro que habrá tenido su orgullo, Que, por delicadeza, se habrá negado.

No, no, no...

(NIEGA) No, señor.

¿Ha dicho que sí?

Se ha negado. ¡Lo ve!

Manuela se ha negado.

Pero por causas que usted y yo debemos respetar.

¿Qué causas? Ella quiere llorar...

y expiar su culpa. ¿Su culpa? ¡Pero si es inocente!

Manuela quiere entrar en un convento.

No me diga que la ha metido monja. No...

Yo le he hablado de matrimonio, de esposo, de alegría...

Y ella me ha contestado con celda y llanto.

¡Bah!

¡Gabriel!

Lo que la naturaleza yerra,

lo enmienda la gracia.

Manuela, ¿te encuentras bien?

-Bien, algo cansada.

-¿Te molesta que hable contigo? -Bajito, no.

-¿Qué te ha dicho el cura?

-Ya sé lo que está dispuesto a hacer por mí.

-Solo quiero hacer lo que tú quieres que haga.

Si estás triste, te acompaño.

Si estás enferma, te cuido.

¡Pero que se te olvide eso de las rejas y los conventos!

En cuanto a lo de casarte conmigo,

no hablemos más de ello.

Solo haré lo que tú quieras y cuando tú lo quieras.

-¿De verdad que hará lo que yo le pida?

-Sí. -¿Sea lo que sea?

-Sea lo que sea.

(SUSPIRA)

Quiero que se vaya a Madrid lo antes posible,

antes de que Perucho se desespere del todo.

No está hecho para vivir allí.

Vaya a buscarle, vaya a buscarle y tráigalo

antes de que sea demasiado tarde.

-Así lo haré. ¿Quieres que me vaya hoy mismo?

-Sí, hoy mismo.

-Adiós.

(Pasos)

"No había esperanza.

Muchos años después de la muerte de Nucha,

Julián había conseguido ver cumplidos sus deseos, ver cumplida su venganza.

Manolita dejaría los pazos para confinarse en un convento.

Ese sería su inexorable destino, tal y como don Julián

lo había concebido.

Partió Gabriel aquel mismo día.

Y cuando volvió la mirada por última vez hacia los pazos,

sintió una extraña mezcla de atracción y rencor y pensó:

'Naturaleza, te llaman madre,

deberían llamarte madrastra'".

(Música)

(Música créditos)

Los pazos de Ulloa - Capítulo 4

25 jul 2017

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