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Para todos los públicos Los misterios de Laura - Capítulo 8 - El misterio del Club Diógenes - ver ahora
Transcripción completa

.Subtitulado por TVE.

-Todo está preparado, señor. -Muchas gracias, Henry.

El coche les llevará de vuelta a la ciudad como siempre.

-Buenas noches. -Buenas noches, Henry.

Bienvenidos de nuevo.

Espero que el viaje no se os haya hecho muy largo.

En las carpetas encontraréis todo lo necesario.

Ya sabéis dónde están vuestras habitaciones.

Nos vemos dentro de una hora y media en el salón

listos para la cena.

Os aseguro que este va a ser un fin de semana

que nunca olvidaréis.

-Sinceramente, no sé para qué quiere todo este espacio.

Al fin y al cabo, vive solo. -¿Tú crees? Yo no lo veo tan claro.

-Vamos, señor Verde, no hay nada en la decoración

que nos diga que en esta casa vive una mujer.

-¿Y el señor Azul? Deberíamos empezar ya.

-Pues ya aparecerá. -¿Y esto qué es?

-¿Usted qué cree?

-Un a... acertijo. -Sí.

Lo descubrí en un libro

y no he encontrado la solución por ninguna parte.

Pensé que podíamos resolverlo. -No sé si el Sr. Azul te dejará.

¿Y el caso que nos dio al llegar?

-Hoy me tocaba a mí plantear misterio, no es su turno.

-Parecía algo ansioso cuando llegamos.

Dice que ha descubierto el crimen perfecto.

-Otro de sus casos aburridos sacados de las páginas de sucesos.

-Serán aburridos, pero hemos resuelto algunos

que la policía no fue capaz.

-Lo que demuestra que no existe el crimen perfecto.

-Por supuesto que existe.

Si no, ¿por qué nos reunimos aquí todos los meses?

¿Sabéis cuál es el crimen perfecto?

El que nunca pareció un crimen, como este.

Ana María Gálvez, 24 años.

Apareció hace dos años ahorcada en su casa.

Aparentemente suicidio.

Por eso no se buscó a ningún sospechoso,

pero fue un crimen. Un crimen perfecto.

Y la solución, como veréis,

la encontraremos en la mesa.

-¿Y por qué crees que lo de esta chica fue un asesinato?

-Porque esa tarde se gastó un dineral en la peluquería

y en un vestido muy, muy caro.

Esa mujer no se estaba preparando para una cita con la muerte,

sino con un hombre.

Su asesino.

-O quería que la encontraran guapa.

Eso es muy femenino.

-¿Entonces por qué no tomó pastillas para dormir?

Un ahorcado es algo poco estético.

-Me temo que tendrá que esperar al día que le toque proponer

para hablar de este crimen. Hoy me toca a mí.

-¿Lo veis, como era el crimen perfecto?

Ni siquiera a vosotros os ha llamado la atención.

-No creo que este caso tenga mucho interés, sinceramente.

-¿Por qué te llamó tanto la atención?

-¿Estás bien, Emilia?

-¿Pero cómo que Emilia?

¿Cómo sabes mi nombre si se supone que no debemos conocernos?

-Señorita Amapola, ¿qué nos quería proponer?

-Sí, gracias. Mi acertijo.

Una chica va al funeral de su madre,

allí ve a un hombre que le impresiona mucho.

A la semana siguiente, esa misma chica mata a su hermana.

¿Por qué?

-Bueno, pues porque descubre... -Un momento.

¿Se... se encuentra usted bien?

-Sí, no es nada.

Me vais a tener que disculpar.

Cuando terminéis de cenar, nos vemos en el salón.

Tengo una sorpresa preparada para vosotros.

-Me encanta este vino que trae siempre, Sr. Negro.

Y yo tengo muy buen paladar para esto.

-Pues me temo que no traeré más hasta el próximo año.

Hemos acabado ya con todas las que tenía en casa.

-¿No deberíamos ir a ver si el Sr. Azul está mejor?

Llaman a la puerta.

-Ya estamos dispuestos a que nos demuestres

que el crimen perfecto existe.

-¡Dios santo! -¡Aaaah!

Qué mesa tan bien puesta.

¡No metas el dedo ahí!

Hummm... Está buena.

Ay, no, no.

Tiene al final como un regustillo a cacahuete que no le ayuda nada.

-La víctima no gritó, así que debía conocer al asesino.

-La pistola tenía silenciador, por lo que nadie oyó nada.

Y pertenecía a la colección de armas del muerto,

así que cualquiera tenía acceso a ella.

-Seguro que usó guantes para no dejar huellas

y luego los tiró a la chimenea. -Por el tamaño del impacto

y el ángulo de tiro, el asesino se le debió acercar de frente.

Pero si nos están haciendo todo el trabajo.

¿Los han enviado de la central?

No son policías, ellos son los sospechosos.

¿Qué? Pero si parecen expertos.

Son una panda de pirados que se reúnen

el último fin de semana de cada mes para plantearse acertijos

o resolver crímenes que la policía no pudo aclarar.

Bueno, a mí eso no me parece ser pirado.

¿No? No se conocen entre ellos ni saben sus nombres.

Se llaman por colores.

La señorita Amapola, el señor Amarillo,

el señor Negro y el señor Verde.

Y al muerto le cayó el marrón. (IRÓNICA) Ja, ja.

Era el señor Azul.

Y tampoco sabemos quién es, puesto que ellos no lo saben.

Nos han dicho que es el dueño de la casa.

Estamos comprobando su identidad.

¿Estaban todos en la casa cuando se cometió el crimen?

Sí. Las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto

y el sistema de alarma del jardín estaba activado.

Nadie pudo entrar o salir de la casa.

O sea, que uno de los amigos del crimen perfecto decidió

saltarse las clases teóricas y pasar a las prácticas.

-Perdón, usted es la inspectora Laura Lebrel, ¿verdad?

Sí.

-Es ella. No esperábamos que fuera a venir.

¿Por qué? ¿Me conocen de algo?

-Claro que la conocemos, faltaría más.

Somos sus fans número uno.

Cada vez que proponemos un caso, nos preguntamos:

"¿Esto cómo lo resolvería la inspectora Lebrel?".

Es usted toda una institución.

¿Qué dice? No, yo... yo no soy nada de eso.

-Claro que sí. Es usted un ejemplo para nosotros.

¿También se comprarán la ropa en El Rastro?

¿De qué crees que murió?

Como te oigan tus fans se van a llevar un chasco.

Tenía un agujero de bala en la frente

y una pistola a su lado, ¿tú qué crees?

No, no, lo que quiero decir es que...

Iba muy elegante, pero se quitó la corbata.

Y llevaba la camisa desabrochada.

El vaso de agua tirado en la bandejita...

Le dispararon mientras se estaba relajando.

No veo por qué hay que complicar las cosas.

¿Tienes algo en esa cabecita?

No.

O sea, que hasta ahora tenemos que fue con la pistola en el salón.

Sólo nos queda saber qué color lo hizo,

como en el juego del Cluedo.

¿Les hemos registrado a todos?

A ellos y a las habitaciones donde iban a pasar la noche y nada.

Hemos tomado muestras para la prueba de la pólvora,

pero me temo que no servirá para nada.

Si el asesino usó guantes para disparar,

no quedará ni un rastro.

-Tengo la confirmación.

El muerto se llama Tomás Valdemar. Empresario.

La casa era suya, aunque él vivía en un piso en el centro.

Pa... pa... pa... Divorciado.

Su ex está de viaje desde hace semanas.

¿Le habéis tomado declaración a los sospechosos?

-Sí. Entre el momento en el que la víctima

salió del comedor al que lo encontraron muerto,

todos, pero absolutamente todos, se levantaron de la mesa

por lo menos una vez.

O sea, que todos son sospechosos.

Cualquiera de ellos pudo hacerlo.

Cuevas, luego llévate estos libros; puede que encontremos algo.

-¿Qué hago con los sospechosos?

Que vayan mañana a primera hora a comisaría para interrogarlos.

Si lo que querían era jugar,

jugaremos.

Una costumbre muy curiosa

esa de no utilizar los verdaderos nombres.

-Usábamos los colores, como en el juego de misterio.

Cuando yo jugaba,

siempre me pedía la ficha de la señorita Amapola, como usted.

La verdad es que le pega.

-Pues mi verdadero nombre es Emilia Pérez.

Ya ve, nada misterioso ni glamuroso.

¿Y su profesión? -Soy bibliotecaria.

Nombre completo y profesión. -Diego Almagro.

Tengo una empresa de servicios funerarios.

¿Una funeraria? ¿Después de pasar el día

entre cadáveres su evasión es juntarse con más gente

para pensar formas de matar sin que les pillen?

-Usted no puede entenderlo.

Nos apasionan los misterios.

Nos tomamos muy en serio el Club Diógenes.

-¿El Club Diógenes? -Sí. Sí, así nos llamábamos.

Como el que sale en las novelas de Sherlock Holmes.

Muy bien, nombre, apellido, profesión...

-Antonio Zárate, matemático.

-Ángel Pisano. Y mi profesión...

Bueno, la verdad es que le va a sonar algo extraño.

¿Por qué? Si aquí ya hemos visto de todo.

-Digamos que tengo un rebaño del que ocuparme.

¿No me diga que es usted cabrero?

-No, no, no, soy sacerdote. Oh...

¿Llevaban mucho tiempo reuniéndose?

-Unos dos años. Salió un anuncio en una revista

proponiendo un acertijo, quien lo resolviera

pasaría a formar parte del Club Diógenes,

un club para amigos del misterio.

¿No saben quién publicó el acertijo?

-No. Tuvo que ser uno de nosotros, pero nunca lo supimos.

Al principio, nos reuníamos en un local,

pero luego, el señor Azul nos invitó a su casa.

-¿Y no saben nada los unos de los otros?

-No. O sea, salvo nuestros nombres falsos, no.

No tenemos ninguna información per... personal

los unos de los otros.

¿Ocurrió algo durante la cena?

-Bueno, la señorita Amapola propuso un acertijo.

Emilia. Ya no tiene sentido que sigan ocultando sus identidades.

-Ya, claro. Bueno, pues Emilia propuso un acertijo.

A ella le encantan los acertijos. De hecho, en lugar de un caso,

a veces, propone un acertijo, como hizo aquella noche.

Pero, cuando el señor Azul, bueno, cuando Tomás lo oyó,

se puso malísimo. ¿Cómo era?

-Una chica va al funeral de su madre y allí ve a un hombre.

Unos días después, esta misma chica mata a su hermana.

¿Por qué lo hace?

Pero era algo inventado,

yo no sé por qué a Tomás le afectó tanto.

¿Se levantó usted después de que Tomás se marchara?

-Sí, para ir a mi cuarto a por unas vitaminas

que tomo después de las comidas.

Son para...

-Tengo cólicos en el riñón.

Y, en fin, eso me hace ir al baño con bastante frecuencia.

-Tuve que... que... que...

que ir a atender una llamada de la universidad donde doy clases.

-Era un poco tarde, ¿no?

-Ya, ya, sí...

Bueno, porque estamos organizando un congreso

y me llamaron del departamento para decir

que había habido una confusión de las fechas,

pero nada, falsa alarma.

-Bueno, sí, se me había acabado el tabaco

y fui a buscar un paquete.

Yo también tengo mis pequeños vicios.

No se preocupe, puede tener usted los vicios que quiera.

A nosotros sólo nos interesan los pecados.

Los mortales, claro.

He estado revisando los informes de ayer.

Eran casi las tres de la mañana y seguías en la escena del crimen.

¿Qué hiciste con los gemelos? Se quedaron con mi madre.

¿Me vas a reñir por estar trabajando?

Me podía haber quedado yo con ellos, ¿no?

Claro que podías haberte quedado.

Yo nunca te he puesto ninguna pega, sólo tenías que pedirlo.

Pero eso es precisamente lo que no quiero hacer.

No tengo por qué pedir cita para estar con mis hijos.

No se trata de pedir cita, sino de estar más organizados.

Tú te puedes quedar con ellos los fines de semana...

Pero es que para mí 10 horas a la semana no son suficientes.

Yo quiero estar con ellos más, necesito más.

¿Cuánto más?

Seis meses contigo y seis meses conmigo.

Sí, claro. Los gemelos necesitan estabilidad,

no una persona que manda su vida al cuerno por la crisis de los 40.

Bueno, si te vas a poner así, mejor lo hablamos en otro momento,

cuando estés más calmada.

No tenemos nada de qué hablar. El tema ya está zanjado.

Portazo.

Y estoy calmada.

Mira, mamá,

te he marcado aquí unas casas que creo que te pueden interesar.

-Bien, a ver...

Gracias.

Eh... (SONRÍE)

Has elegido bien, ¿eh? (ASIENTE)

-Fíjate que todas tienen algo en común.

Están a kilómetros de aquí. ¿Sí? ¡Qué va!

Pues no me he dado ni cuenta. -¿No?

Mira esta, no está ni en la provincia.

Y esta seguro que no tiene ni la misma zona horaria.

Mira, mamá, aquí hay una que te va a gustar y no es cara.

Tres habitaciones, dos baños, portero, ascensor.

Y no está lejos de aquí.

-Sí. Sí, pero no. No, porque no tiene garaje.

¿Y tú para qué quieres garaje?

Si no tienes coche ni carné.

-Claro, como soy un trasto viejo, no me lo puedo sacar.

Eso es lo que piensas de mí, ¿no?

Además, no tienes por qué preocuparte,

si yo ya he encontrado una casa que es perfecta para mí.

Está aquí al lado. Y nueva, eh.

¿Y entonces cuál es el problema? -Pues que ya estará alquilada.

En la agencia me dijeron que era una ganga.

Además, no sé si te va a gustar. ¿Pero por qué no llamas, mamá?

-Porque ya estará alquilada.

Que no, mujer, que seguro que todavía la pillas.

-Que no voy a llamar, no voy a llamar.

No me tiene que gustar a mí, te tiene que gustar a ti.

-Y a ti también. ¡Mamá!

-¿Qué? Alquila.

-¿Sí? Sí.

-Venga, alquilo.

-Laura.

¿Puedes venir un momento a mi mesa? Claro.

-Llevo toda la noche revisando los casos del Club Diógenes.

¡Te va a dar un pasmo! -Es que hay algo que no me cuadra.

Cada mes un miembro del club debía presentar

un misterio sin resolver, ¿no? Sí.

-Pues aquí hay trampa. ¿Por qué?

-Porque alguien sacó los casos de estas novelas.

Las que me pediste que me llevara.

Por ejemplo, el caso número 4: "La pista de tenis".

Encontraron el cadáver de una mujer sobre la pista.

No había huellas en la tierra batida.

Mira cómo se llama esta novela.

"El misterio de la pista de tenis".

Bueno, quien planteó este caso en el club lo sacó de la novela.

¿Qué tiene de malo? -Que a mí el matemático me dijo

que los misterios debían ser crímenes sin resolver

y el que infringiese las normas era expulsado del club.

¿Hay muchos más casos?

-Todos los casos fueron sacados de estos libros.

Son los que estaban en la escena del crimen.

¿Mismo autor? -Mismo autor.

Catalán, "Andreu Vic". -Es inglés: Andrew Wyke.

Es un seudónimo, eh.

Oye, espera un momento, aquí hay algo raro.

Fíjate, la fecha de edición de este libro es posterior

a la fecha en la que plantearon el caso en el club. Mira...

-O sea, que no sacaban los casos de estos libros, sino al revés.

De lo que se hablaba en el Club Diógenes

luego alguien sacaba una novela. El muerto lo descubrió.

Por eso tenía todos los libros marcados, los estaba cotejando.

-¿Llamo al registro de la propiedad intelectual?

Nos dirán el verdadero nombre del autor.

Que seguro que es uno de los miembros del club.

-Nos hemos reunido aquí para honrar la memoria de Juan José.

Cuando nació, el único que lloraba era él

mientras todos los demás reíamos.

Y ahora es al revés.

Seguro que allí donde esté, él se alegra.

Móvil.

Móvil.

-Juan José era un hombre de pocas palabras,

un amante del silencio.

Guardemos un minuto de silencio para recordarle como él se merece.

-Tenía mucha curiosidad por saber cómo sería usted.

(SONRÍE) -La inspectora Lebrel,

que ha resuelto tantos casos.

No exagere, que no es para tanto. -Sí, sí lo es.

Es usted el misterio en sí misma.

No entiendo cómo pudo resolver todos esos crímenes.

Lo que también es un misterio es su trabajo.

¿Cómo termina uno con una funeraria?

-Hace años, les llevaba la contabilidad.

Tuve la oportunidad de comprarles todo el negocio

a sus anteriores dueños.

¿Con el dinero que gana escribiendo novelas policíacas?

Lo hace con un seudónimo inglés: Au...

No me lo haga pronunciar, que no quiero hacer el ridículo.

-¿Y?

¿Ahora es un delito escribir? No.

Pero tampoco es muy bonito plagiar los argumentos.

-Yo no he plagiado nada. Mis argumentos son originales.

Sí, originales del Club Diógenes.

Lo hemos comprobado con los casos

y las ediciones de sus libros son posteriores.

Usted no podía utilizar esos argumentos

o los miembros del club podrían argumentar que no son originales.

¿Se enteró Tomás de lo que hacía?

-No, claro que no.

¿Ya se ha curado de su afección al riñón,

esa que le hacía levantarse constantemente durante la cena?

-No. ¿Por qué?

Es que le he estado observando toda la tarde

y no le he visto en ningún momento ir al servicio.

-Ya que le gustan tanto los acertijos le propondré uno.

La policía nos dijo que la caja fuerte estaba vacía, ¿no?

Pues bien, Tomás siempre nos decía que la caja estaba llena de dinero.

Y que uno de nosotros daría con la combinación

y abriría la caja fuerte.

¿Usted sabe quién? -No.

Pero parece ser que esa persona no se contentó

sólo con abrir la caja.

Se llevó el dinero y puede que estuviera dispuesta a todo

para que nadie se lo impidiera.

Buenos días.

El segundo en 10 minutos, ¿mala noche?

Mala noche, mal día, mala semana... Una mierda.

Sé que soy la persona menos indicada

para hablar contigo de este tema, pero sabes que no puedes

pasar así el resto de tu vida.

Antes o después tendrás que olvidarla.

Es por los niños.

Quiero pasar más tiempo con ellos y no hay manera.

¿Y qué problema hay?

Eres el padre.

Tienes tanto derecho como Laura. Sí, pues díselo a ella.

Dice que necesitan estabilidad

y que la custodia compartida, pues que no ayuda.

Claro que no necesita compartirla; aquí hace lo que le da la gana.

Quiero decir, que con la excusa de ocuparse de los niños

entra y sale cuando quiere.

¿Qué insinúas?

¿Que si tuviera que cumplir todo su horario

estaría menos con los niños o...?

Yo no he dicho nada.

Has sido tú.

¿Así que uno de los miembros del club podía dar

con la combinación de la caja fuerte?

Sí, pero no sabemos cuál es.

Pero si Tomás pensaba que podían abrir la caja

era porque los conocía.

Sabía a qué se dedicaban, cuáles eran sus aficiones.

Por lo menos, a uno de ellos.

O sea, que en esta habitación tiene que haber algo

que nos dé la pista para la combinación.

Sí.

Y de quién la encontró.

Y tiene que estar a simple vista.

Tenemos una bibliotecaria.

La solución podría estar en los libros.

También tenemos un matemático, el de la funeraria y un cura.

Laura, hemos quedado que la pista tiene que estar a simple vista.

¿Que vas a mirar todos los libros?

Todos los libros, no, sólo uno.

¡No la cierres!

¿Cómo se te ha ocurrido?

Porque la combinación estaba a la vista.

Si eres sacerdote.

Ave María Purísima. -Sin pecado concebida.

¡Inspectora!

¿Ha venido a confesarse?

Más bien he venido a ver si quería hacerlo usted.

-¿Cómo dice? Por cierto,

he visto que en la entrada tienen obras.

-Sí, es una parroquia muy antigua.

Le estará costando un dineral.

¿Lo paga con el dinero del cepillo?

-No. Bueno, hemos recibido alguna donación importante.

A lo mejor, esa donación ha salido de la caja fuerte de Tomás.

Usted era el único que conocía la combinación.

-¿Yo? ¿Cómo iba a conocerla?

Verá, en el salón hay un cuadro con la muerte del Santo Job.

¿Sabe usted dónde se encuentra ese salmo en la "Biblia"?

(SUSPIRA) -Capítulo 42, versículo 17.

Justo las cuatro cifras que componen

la combinación de la caja.

-Últimamente hemos tenido muchos gastos.

La parroquia estaba en números rojos,

necesitábamos instalar un sistema de seguridad.

(RÍE) Y usted decidió obrar el milagro.

-Cogí el dinero antes de que llegara la policía.

Sé que lo que hice no estuvo bien y no tengo perdón.

Bueno, si devuelve el dinero, puede que se libre de la cárcel.

Pero, si quiere mi absolución,

antes tendrá que contestarme un par de preguntitas.

-Si Dios la ha enviado aquí es por algo.

Él quiere que yo le ayude a resolver este horrible crimen.

Por eso es justo que le diga el nombre del asesino.

¿Usted sabe quién lo hizo?

-Fue el señor Amarillo.

Antonio.

Dios me libre de emitir un falso juicio.

Pero había algo en la manera en que miraba a Tomás

que me hizo sospechar. ¿Tiene pruebas?

-Los verdaderos detectives no necesitamos pruebas, inspectora.

Nos basta con leer el alma humana.

Y, como comprenderá, tengo mucha práctica

y soy bastante bueno en eso.

Ese hombre guarda un secreto, se lo digo yo.

Hablando de guardar,

antes me ha comentado que necesita un sistema de seguridad,

¿ha tenido algún problema?

-Hemos tenido mala suerte con los robos.

Aunque la última vez no se llevaron nada.

Se colaron por aquí, rompieron el cristal de la ventana

y abrieron los archivos, pero nada más.

¿Qué ladrón entraría para coger papeles?

-Lo ignoro. Lo que sí es seguro que se fueron con las manos vacías.

Tengo un sistema de archivos muy complicado.

Sólo yo sé cómo funciona.

El ladrón se cortó el brazo para entrar a robar.

-Sí, exacto.

La policía no encontró huellas, aunque sí alguna mancha de sangre.

¿Cómo sabe que el ladrón se cortó?

Porque sé quién lo hizo.

Y que si no removió ningún papel es porque sabe exactamente

cómo y dónde buscar.

¡Venga, vamos! ¡Ay!

Oye, no hay manera de ponerte nunca la chaqueta.

¡Os vais a sacar un ojo! (LOS GEMELOS) ¡Hola, abuela!

-¡Ay, mis niños, que cosa más bonita!

¿Maribel?

-¿Jacobo? ¿Qué haces saliendo de esta casa?

-¿Y qué haces tú saliendo de la tuya?

Se supone que salíais de paseo hace media hora.

Ya, pero con estos es un desastre...

Oye, ¿tú cómo sabes eso?

-Pues las cañerías, supongo.

O los conductos del aire acondicionado. Mira, no lo sé.

El caso es que se oye todo, eh.

¿Así que esta es la casa que has alquilado?

-Era una ganga. La dueña necesitaba el dinero

y yo quería estar cerca de la niña.

¿Y por qué no nos lo has dicho?

-Por lo mismo que vosotros no me dijisteis lo del divorcio.

No... no sabía cómo os lo ibais a tomar.

No, si a mí me da igual. Es Laura la que vive aquí.

No creo que le haga mucha gracia.

-Que yo esté aquí es lo mejor que le puede pasar.

Necesita alguien que le ayude a poner orden en su vida.

Mira, ya me los voy bajando yo. ¡Vamos, cariños!

Golpes. -¡Chis!

¡Chis!

Golpe. -¡Chis!

(SUSURRA) -Por favor.

¡Emilia! -Chis.

¿Qué tal? -Bien.

¿Se puede saber qué está haciendo?

Es que he visto que tenía unos libros de plantas muy bonitos.

Y me he dicho: "pues me voy a llevar unos".

-Muy bien, ¿pero los tiene que tirar a la mesa? No, ¿verdad?

Ay, qué tontería tengo encima. -¡Chis!

¿Me lo coge, por favor?

Gracias.

Tenía que haber utilizado un trapo o algo así.

-¿Cómo dice?

Para romper el cristal de la puerta de la sacristía.

Se cortó cuando metió la mano para abrir el pomo, ¿verdad?

-No sé de qué está hablando.

Quien entró lo hizo para buscar algunos archivos,

pero el sistema de archivos del padre Ángel es muy complicado.

Sólo una persona podría saber cómo encontrar lo que busca

sin descolocar un papel: una bibliotecaria.

Si lo prefiere, podemos comparar su ADN con el de la sangre

que se encontró en el cristal.

¿Qué le parece si nos vamos a susurrar a un sitio más discreto?

-Tomás y yo habíamos empezado a vernos

al margen del resto del grupo hará unos cinco meses.

Pero como él estaba casado, lo manteníamos en secreto.

No me diga más, él le prometió que iba a dejar a su mujer.

-Me dijo que ella era muy tradicional,

que sólo le concedería el divorcio si la Iglesia les daba la nulidad.

Dijo que él ya la había pedido y que sólo quedaba esperar.

Por eso entró usted en la sacristía.

-El tiempo pasaba y todo seguía igual.

Me enteré de cuál era su parroquia y allí descubrí

que el señor Verde era el sacerdote.

Yo sólo entré allí para ver si la petición estaba cursada.

Oh... ¿Y no lo estaba?

-A estas alturas, se podrá imaginar que llevaba años divorciado.

Había sido todo un cuento para utilizarme.

Así que sólo tenía dos opciones; o olvidarse de él o...

-Yo no le maté.

Pero su historia la coloca como principal sospechosa.

-Pues nunca lo habría imaginado.

Parece que se alegra.

-A ver, entiéndame, llevo años siguiendo sus casos

y ahora yo soy la sospechosa de uno de ellos.

Esto no ocurre todos los días.

(RÍE)

Sí, va a ser usted la envidia del barrio.

-Gracias.

¿Qué es todo esto? -Jacobo me pidió que te lo subiera.

¿Jacobo? -Sí. Al parecer, son casos tuyos.

Quiere que hagas un análisis de cada uno para ver

cómo se llevó la investigación y qué se puede mejorar.

No, no, no, eso no, no.

Oye, te llamo ahora mismo, en cinco... Nada, adiós.

Me quieres explicar qué tontería es esa de los casos antiguos.

Félix me ha pedido que lo analicemos

a ver si se pueden optimizar los recursos.

Lo único que vas a conseguir con eso es parar los casos nuevos.

No puedo avanzar nada si tengo que estar

sentada a una mesa revisando papeles.

Pero es una cosa buena para el funcionamiento de la comisaría.

Tendrás que sacar tiempo. ¿De dónde lo saco?

-Perdón. Pasa, pasa, pasa, Cuevas.

-Laura, ha venido a verte la bibliotecaria.

Pero si acabo de verla. -Ya. Bueno...

Dice que tiene una teoría o algo así sobre el asesinato.

Otra teoría.

Tú y yo aún no hemos terminado.

-Verá, después de irse usted, no he parado de darle vueltas.

A Tomás lo mataron de una manera fría y calculada.

Una motivación pasional no se corresponde con el crimen.

¿Qué quiere decir, que usted no es la asesina?

-Analicemos mi perfil.

Está claro que yo querría ver muerto a Tomás,

pero la gente que mata por un móvil como el mío

suele ensañarse con la víctima. Yo, por ejemplo,

en lugar de sólo un disparo le hubiera vaciado el cargador.

O sea, ¿que como usted lo quería matar de forma violenta,

no puede ser la asesina?

-No sólo eso.

¿Sabe cuál es la única manera de cometer un crimen perfecto?

Si en lugar de un asesino son dos.

Por eso creo que Ángel y Diego estaban compinchados.

Por separado ninguno de los dos es tan inteligente

como para preparar algo así, pero juntos sí.

Yo pensaba que todos tenían el mismo nivel.

¿No tuvieron que acertar un acertijo muy especial

para entrar en el club? -Sí, bastante sencillo en realidad.

Verá, un hombre entra en un bar, pide un vaso de agua

y el camarero le saca una pistola.

El hombre le da las gracias y se marcha de allí.

¿Qué es lo que ha pasado?

¿Y dice que es bastante sencillo? -Claro, fíjese.

El dueño del bar sabe que hay un ladrón en el barrio

y que lo que pide cuando va a robar es un vaso de agua.

-El hombre tiene hipo. -¿Cómo dice?

-El hombre que entra en el bar, que tiene hipo,

por eso pide un vaso de agua. ¿Y la pistola?

-El camarero le asusta apuntándole con ella,

que es mejor que el agua. Por eso el otro le da las gracias

y se va sin más, porque con el susto se le pasó el hipo.

Claro, claro. Toma.

-Pero no puede ser.

Yo no resolví el acertijo.

¿Entonces por qué entré en el club?

Tal vez había alguien que tenía interés en que lo hiciera.

-Pero ¿quién? Antes de entrar en él,

¿conocía a alguno de sus miembros? -Yo pensaba que no.

Hasta que uno de ellos me llamó por mi nombre la noche del crimen.

Buenas noches.

Le pillamos haciendo la declaración de la renta, ¿verdad?

Huy, la declaración. Hace que no me sale a devolver

como tres o cuatro años.

-Qué sorpresa.

Me temo que no voy a poder atenderles ahora.

Estoy trabajando.

Sólo queríamos saber por qué razón usted no nos dijo

que antes del Club Diógenes solía sacar libros

de la biblioteca donde trabaja Emilia.

Es un poco raro, ¿verdad?

Porque esta universidad tiene una biblioteca

mucho más completa que la de Emilia.

¿Y sabes también lo que es muy raro?

Que justo después de que se fundara el Club Diógenes,

este señor no volvió a aparecer por la biblioteca.

¡No! O sea, que lo que menos le importaban eran los libros.

-El club fue idea mía, ¿vale?

Para estar con Emilia.

Nunca me atreví a hablar con ella. La veía en el mostrador

leyendo libros de crímenes y asesinos y...

Y publicó un anuncio en una de las revistas que ella leía.

-Era la primera vez que me hablaba.

Entonces, no le debió sentar nada bien

que ella empezara una relación con Tomás.

-No, yo no le maté, pero no me importa que haya muerto.

Ese tipo no le llegaba ni a la suela del zapato

ni a ella ni a ninguno de nosotros.

¿Por qué dice eso?

-Todos los enigmas que él planteaba eran una estupidez.

Cualquier muerte que aparecía en el periódico,

aunque fuera un accidente, la convertía en un asesinato.

Como el que propuso la noche en que murió.

-Intentaba convencernos de que había sido un asesinato

y de que encontraríamos la solución en la mesa.

Tampoco encontraron la solución al acertijo de Emilia.

-He intentado resolverlo, pero no he conseguido nada.

Y estoy convencido

de que en la solución al acertijo

está la pista para encontrar al asesino.

Siempre y cuando el asesino no sea usted mismo, claro.

Gracias por su tiempo.

-Espere.

Hay algo más.

Algo que todavía no me he atrevido a decirle.

¿Le importaría...

sacarse una foto conmigo?

(RÍE) -Por favor.

En serio, esta gente está como una cabra.

El hombre y la hermana habían matado a la madre

y la chica lo descubrió por algo. ¿De qué hablas?

Del acertijo de la chica en el funeral de la madre.

Allí ve a un hombre. Y poco después, mata a su hermana.

El hombre y la hermana son cómplices del crimen.

¿Pero qué tiene que ver esto con la muerte de Tomás?

¡Martín!

¡Martín! No digas nada.

¿Pero cómo que no diga nada?

Martín, esto no puede ser. Somos compañeros.

Estamos aquí.

¡Diego! Hace rato que nos sigue.

-No. He estado siguiendo a Antonio.

Estoy seguro de que él es el asesino.

Sabía que estaba enamorado de Emilia

y que por eso odiaba a Tomás.

Estoy convencido de que lo mató por celos.

Sólo había que ver cómo lo miraba.

Oiga, yo... Son las diez de la noche,

tengo ganas de llegar a mi casa y de ver a mis hijos.

Hasta que no aprueben las oposiciones

y les admitan en la policía, manténgase al margen.

-Yo les aviso que no se fíen de este individuo.

No suelo fallar con estas cosas.

Estoy empezando a cansarme un poco de los amantes del crimen perfecto.

¿No se podían haber hecho amantes de la cocina vasca?

Oye, ¿qué es eso de que no puede ser,

que somos compañeros y que no puede ser?

No puede ser...

No puede ser estos brotes de violencia, hombre.

¿Y los niños? Los acosté hace media hora.

Estaba con... (SUSPIRA) Ya.

Oye, Jacobo, ¿tú no me habrás dado todo esto de los informes

para pasar más tiempo con ellos, verdad?

Qué tontería. No te he dado más trabajo del que te corresponde.

Pero lo has hecho justo cuando te apetece hacerte el padre.

Es que, según tú, con que esté con ellos

dos fines de semana al mes y 15 días en verano,

pues está estupendo, está bien.

Los psicólogos dicen que deben tener un calendario organizado.

¿Un calendario organizado? Mira, mira...

Ven, mira. Estos son fotos de los niños y mías

de los últimos años, ¿ves? Esta, pues no era fin de semana.

Esta, fuera. Y esta, pues también fuera,

porque era jueves, tampoco era fin de semana.

Ni esta, ni esta, que era martes, era un puente, yo qué sé.

Y esta, mira, vacaciones, pero Semana Santa, no verano.

Entonces, la quitamos también. Y esta y esta...

¿Sabes lo que me quedará si no paso más tiempo con ellos?

Esto, nada.

Nada.

Por mucho que me lo expliquen los psicólogos,

yo no sé por qué es mejor que yo no vea crecer a mis hijos.

Llaman a la puerta.

-¿Qué tal, cariño?

¡Hola, Jacobo! Hola.

Mamá, ¿tú qué haces aquí?

Si te he llamado hace cinco minutos

y me dijiste que estabas en tu piso nuevo.

-Claro, que he venido corriendo para verte.

¿Sin abrigo y con las zapatillas?

-Bueno, venga, ya que estamos la familia,

¿por qué no hacemos algo de cenita? No...

-Jacobo, no me vas a hacer el feo de irte ahora.

Que no. -Por favor, no quiero caras largas.

Laura, tú no le des tantas vueltas a eso del trabajo,

que Jacobo no lo ha hecho con mala intención.

Mamá, le daré vueltas a lo que le tenga que dar.

¿Cómo sabes tú lo que estábamos hablando?

-Porque se os oía a través de la puerta.

¡Laura!

¿Este es el piso que has alquilado?

-Tú te empeñaste: "Alquila, alquila".

Pues yo alquilo.

Ya te dije que quería uno cerquita de ti.

¿A dos metros? Pero si hasta me has oído discutir.

Tú lo sabías. Bueno, yo me la encontré aquí

cuando iba a sacar a pasear a los niños.

Empiezo a ver de qué va esto.

Mi exmarido me quiere quitar a mis hijos

y mi madre viene a vigilar que no discuta con él.

-No te tomes todo tan a pecho, eh.

No justifico, pero entiendo que Jacobo quiera estar

más tiempo con los gemelos.

Si eso fuera así, no se habría ido de casa.

Y después, no se habría liado con la única mujer

del mundo que no soporto. En eso te doy la razón.

Pero sólo digo que entiendo que un padre

quiera pasar más tiempo con sus hijos.

Debe ser muy duro que te separen de ellos.

Ahora no sé si me hablas de Jacobo o de ti.

¿Lo dices por Sandra? Sí.

Ahora que sé que no puede ser,

pues la verdad es que empezaba a hacerme a la idea.

¿A la idea? ¿A la idea de qué?

¿De ser padre?

¿Quién eres y qué has hecho con Martín?

Me parece que nos esperan para la reunión.

Un cosa es clara, el acertijo parece ser la clave de todo.

Tomás lo había acertado y eso le hizo descubrir algo.

Y por eso se levantó.

No entendemos qué pudo poner nervioso al fiambre.

¿Tanto te cuesta decir "la víctima"?

Esto no es un bar de carretera. Eso lo sabrás tú mejor que nadie.

Bueno, por lo que me habéis contado,

además de ser amantes del crimen perfecto,

estos eran unas buenas piezas, ¿no?

Tenemos un escritor que le robaba historias a sus compañeros.

Y que Tomás lo había descubierto

y eso podía acabar con la carrera de Diego.

Mi favorito es el cura.

Tomás le prometió dinero, pero no se lo dio.

Podría haber aligerado el proceso.

Y también tenemos dos casos de celos.

La bibliotecaria estaba enamorada de Tomás...

Y el matemático de la bibliotecaria.

Y ninguno era correspondido.

Así que, los dos se quitaban un peso de encima matando a Tomás.

Y los cuatro, curiosamente, se levantaron de la mesa

el tiempo justo para cometer el crimen, ¿no?

Eso le vino de perlas al asesino.

Bueno, nos volvemos a reunir a las cuatro,

a ver si para entonces tenemos algo.

¿Todo bien?

¡Lidya! ¿Sí?

¿Tienes el informe médico de Tomás?

Estará en mi ordenador. ¿Para qué lo quieres?

No, es... es por como estaba el cadáver,

con la camisa desabrochada y el vaso de agua...

No, será una tontería. Será.

Oye, ¿sabes que Tomás era alérgico a los frutos secos?

No. ¿Se supone que es importante?

Aún no estoy segura.

¿Aquí están todas las páginas que tenían los invitados?

Pues no lo sé, supongo que sí.

Yo misma traje todas las carpetas, ¿por qué?

Porque...

Todas las páginas están numeradas en la parte de arriba.

¿Y?

Mira...

Todas las páginas tienen un numerito arriba, ¿vale?

Cuando estás en la página 12, te pasas directamente a la 14.

Falta la página 13 en todas las carpetas.

Si tú las trajiste directamente desde la escena del crimen,

sólo hay una explicación posible.

Que alguien se dio mucha prisa en quitar las páginas 13

de todas las carpetas.

¿Las has leído?

Sí, es un reportaje sobre la chica que se suicidó.

Timbre. -Ay...

Le he dicho a Jacobo que se pase a comer.

Huy, huy, ay, una más.

Martín, ¡cómo no! ¡Martín!

¿Habéis solucionado el acertijo? Me está volviendo loca.

-¿Acertijos?

Me encantan.

No, mamá, este no es un acertijo normal.

-¿Sabes lo deprisa que hago yo los sudokus? ¡Bah!

Venga, a ver.

Una chica va al funeral de su madre.

Allí se fija en un hombre.

Días después, la chica mata a su hermana. ¿Por qué?

-Está chupado, eh.

Pues porque el hombre le ha gustado y quiere volver a verlo.

Y sólo sabe de él que conoce a la familia.

Así que cree, que como ha ido al funeral de su madre,

también irá al de la hermana.

Y por eso la mata.

Me gustan más los sudokus.

(RÍE) Pero no veo de qué forma nos puede ayudar esto en el caso.

Lo que traigo tampoco sé cómo nos puede ayudar.

He encontrado la página 13.

¿La que se perdió de las carpetas del club?

He consultado en la hemeroteca la noticia

de la chica que se suicidó. Tenía dos partes.

La segunda parte estaba en la página 13,

la que se llevaron. ¿Lo has leído ya?

Sí. No he encontrado nada que nos interese.

No sé por qué se la llevaron.

A lo mejor nos estamos equivocando

y Tomás no la incluyó en las carpetas.

-Laurita,

¿sabes que tomar vino con el estómago vacío te sienta mal?

¿Por qué no descubrís al asesino ese sentados a la mesa?

¿Laura?

-Nena, tendrías que ir al médico, eh, a ver de qué son

esos parones que te dan. Sentados a la mesa.

El matemático nos contó que el muerto dijo

que la solución al crimen la encontrarían

sentados en la mesa.

Él quería decir que lo encontrarían mientras estaban cenando.

¿Y si se refería a literalmente sobre la mesa?

A ellos les encantan los acertijos.

Si dijo que la solución estaba en la mesa,

a lo mejor es que había algún... alguna pista,

algo que estaba literalmente sobre la mesa.

A ver las carpetas...

(RÍE)

Los amantes de crimen perfecto

van a tener su última reunión.

-¿Hay alguien?

-¿Qué haces tú aquí?

-Me mandaste un mensaje para que viniera.

-Yo no te he enviado nada.

He venido porque Antonio quería hablar conmigo.

-¿Cómo? -Ya está bien, Diego.

Deja de montar el numerito, sé que tú y Ángel estáis

detrás de la muerte de Tomás.

-¿Pero qué estás diciendo? Si yo soy un hombre de Dios.

-Tú lo que eres es un mentiroso y un asesino.

-Ahora veo bien de qué va todo esto.

Los citas aquí para acusarlos a ellos porque tú eres la asesina.

-¿Pero qué dices? Tú me mandaste un mensaje.

-Tú me mandaste el mensaje a mí. -¿Qué...?

-Creo que alguien nos ha engañado.

He sido yo.

¿Pasamos al salón?

Como sé cuánto les gustan los misterios,

se me ocurrió darle un poquito de color a la reunión.

Por eso no quisimos citarles oficialmente,

para que el asesino no se escapara.

Verán...

Todos ustedes tenían motivos de sobra para matar a Tomás.

Alguno quería matarlo para conseguir dinero,

otro para seguir ocultando un secreto.

Y hay quien lo quería ver muerto por motivos sentimentales.

Pero el asesino tenía un problema.

O mejor dicho, dos.

¿Cómo podía matar a Tomás sin que los demás lo descubrieran?

Al fin y al cabo, los cinco estaban cenando.

El primer problema es que la víctima debía quedarse sola.

Así que, el asesino se las tuvo que ingeniar

para hacer que se levantara de la mesa.

-Eso no puede ser, porque se levantó de la mesa

justo cuando yo conté el acertijo. Y yo no soy la asesina.

Pero es que Tomás no se levantó por el acertijo,

sino por su alergia a los frutos secos.

El asesino lo sabía y lo utilizó en su contra.

Echó los justos para provocar que Tomás se sintiera indispuesto.

Fue sólo una casualidad que Emilia planteara el acertijo

justo en el momento en que la alergia de Tomás

empezaba a manifestarse.

Tomás vino al salón y se intentó relajar.

Se desabrochó la camisa, se quitó la corbata

y bebió un vaso de agua.

El primer problema estaba resuelto, la víctima estaba sola.

Pero aún quedaba un segundo problema.

¿Qué pasaba si nadie más se levantaba de la mesa?

Si sólo lo hacía el asesino o asesina,

sería señalado como culpable.

Por eso se aseguró de que todos tuviesen un motivo

por el que levantarse y salir de allí.

Y que así todos hubieran tenido la ocasión de matarlo.

Así que escondió el tabaco de monseñor.

Igual que hizo con las vitaminas de Emilia.

Realizó una llamada falsa para Antonio.

Y aprovechó uno de los múltiples viajes al baño de Diego.

Por lo tanto, una de sus cuatro coartadas es falsa.

-Pero ¿por qué arriesgarse tanto?

El asesino pudo esperar a que acabara la cena.

No, no podía.

No podía, porque Tomás iba a desenmascararlo.

-¿Tomas nos iba a decir que uno de nosotros planeaba matarlo?

Tomás iba a decir que uno de ustedes...

había matado ya

a esta chica.

-Estaba co... convencido de que había sido un asesinato.

-Apareció hace dos años ahorcada en su casa.

Aparentemente suicidio.

Por eso no se buscó ningún sospechoso,

pero fue un crimen. Un crimen perfecto.

Y estaba en lo cierto.

Tomás se sentó a cenar sabiendo que uno de ustedes

había matado ya a Ana María.

Tomás había anotado algunos datos curiosos sobre ese caso.

Al parecer, el día de su muerte, esa chica, Ana María,

gastó bastante dinero en peluquería

y en un vestido nuevo.

Si cuidó tanto su aspecto, ¿para qué se iba a ahorcar?

Podría haber elegido una muerte con pastillas, por ejemplo.

Algo mucho más estético.

No, Ana María se había arreglado

porque tenía una cita con su amante.

El que después sería su asesino.

Tomás lo había descubierto por esta foto en el periódico.

Fue por esta foto por la que Tomás dijo

que la solución al crimen la iban a encontrar en la mesa.

Literalmente sobre la mesa.

Porque Tomás vio algo en la fotografía

de la casa de Ana María que ya había visto antes

en las reuniones del club.

La misma botella de vino.

Un vino muy especial, muy difícil de encontrar,

que sólo se consigue por encargo.

El mismo vino que el asesino había bebido con Ana María

antes de asesinarla.

¿Estoy equivocada, señor Negro?

-¿Pero qué tonterías dice?

Sólo una persona acostumbrada a trabajar con cadáveres

es capaz de estrangular a alguien y hacerlo pasar por un suicidio.

Y en la base de datos de la bodega que vende ese vino

hay un miembro del club que figura como cliente:

usted.

Tomás lo había descubierto.

Usted se dio cuenta y no tuvo más remedio que matarlo.

Tuvo hora y media para preparar el asesinato.

Desde que les entregó las carpetas hasta la hora de la cena.

Recordé que en el cementerio sacó frutos secos del bolsillo.

Cacahuetes, más exactamente.

Justo a lo que sabía la salsa de la cena.

Aprovechó uno de sus viajes al cuarto de baño

para coger una de sus armas de colección...

Y acabar con él.

Matar a Tomás fue lo más sencillo.

Finalmente, se deshizo de la página que le incriminaba,

la que tenía la fotografía con la botella de vino.

Aprovechó la confusión del final para llevarse también

las páginas del resto de las carpetas.

-Yo estaba casado por aquel entonces.

Iba a dejarlo con Ana María.

Pero ella no estaba dispuesta.

Amenazó con contárselo a mi mujer.

No tuve más remedio.

(SUSPIRA) Despídase de sus amigos.

Pero no se preocupe, en el lugar donde va a ir

hay mucha gente a la que, como a usted,

le encantan los crímenes.

¡Sandra! ¿Qué haces aquí?

-Martín, ahora no es un buen momento, eh.

Ya sé que últimamente he estado un poco distante,

pero es que yo soy así.

Quería hablar de lo de tu marido y del niño.

-¡Sandra! Estás aquí.

Te estaba buscando.

¡Félix! -¡Hola, Laura!

Hacía mucho que no te veía por aquí.

-Sí, he venido expresamente para felicitaros

por el caso del Club Diógenes.

Habéis hecho un buen trabajo. Gracias.

-Estoy muy orgulloso de teneros en el equipo.

Ahora, si me disculpáis,

le he prometido a Sandra que la llevaba a cenar.

Y un buen marido tiene que cumplir las promesas que hace a su mujer.

-¿Vamos? -Vamos.

-Adiós.

Dime que tu amante no es la mujer del jefe.

Por favor.

-Martín, eh...

Laura, he comprobado la solución del acertijo.

Tenía razón tu madre. ¿Ah, sí?

Pues qué bien. -Sí.

Pues nada, oye, podemos contratarla aquí.

-Sí, pero también he comprobado que es una adivinanza

que se le hace a alguien para saber si es un psicópata.

Así que, si podemos contratarla en otra parte. (RÍE)

Laura. Jacobo.

Necesitaba hablar contigo. Sí, yo también.

Es que he estado dándole muchas vueltas a esto de los niños.

Quiero decirte que puedes venir a ver a los niños cuando quieras,

las 24 horas del día.

Por eso te he traído esto.

Laura, he pedido un acto de conciliación con los abogados.

¿Para qué?

Voy a pedir la custodia compartida.

Porque yo no quiero ser una visita más,

quiero criar a mis hijos, como tú.

-¿Habéis visto a un chico con un traje azul

que hablaba por un móvil?

El problema es que en el ayuntamiento no lo recuerdan.

-He pasado el último mes de mi vida con ese hombre.

No he podido soñarlo, ¿verdad? Tiene que conocerlo.

Es abogado, alto, castaño y esta es su casa.

Si aquí tampoco lo conocen, está chica está oficialmente loca.

Vamos a darle un voto de confianza.

-Recuerdo verla a usted sentada ahí, sola.

Y recuerdo cuando se marchó, también sola.

-No tienes que inventarte a nadie que te quiera.

Me tienes a mí.

Sabemos que estaban a punto de divorciarse

y ella se iba a quedar con la mitad del dinero.

-¿Y se puede saber qué pretende? Coger al asesino de su mujer.

-A esto se dedica la policía, a acosar gente inocente.

¡No sabes la que estás liando!

-¿Qué pasa, ahora las madres no pueden testificar?

Que yo sepa, no estoy muerta, no me paga nadie, no estoy loca

y tengo toda la documentación en regla.

Soy un testigo perfectamente válido.

  • El misterio del Club Diógenes

Los misterios de Laura - Capítulo 8 - El misterio del Club Diógenes

14 jul 2015

Laura tiene entre sus manos un caso insólito. Por primera vez, los sospechosos están encantados de serlo, ya que pertenecen a un club particular. El Club Diógenes está compuesto por cinco personas aficionadas al mundo del crimen.

Histórico de emisiones: 

02/05/2011

13/03/2013

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