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Los gozos y las sombras - Capítulo 9 - ver ahora
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Subtitulado por TVE.

Truenos.

(TOSE)

Truenos.

Juan se ha llevado todo el dinero que había

en su casa y Clara está necesitada.

Habrá que hacerle un préstamo. -Querrás decir un regalo.

No, un préstamo. ¿Sabe que se ha decidido

a abrir una tienda? Me encargó que le preguntase

a usted si está dispuesta a alquilarle el bajo

de una de sus casas. -¿Una tienda ella?

¿Y con qué dinero? Va a vender el pazo,

me pidió que no se lo dijese a usted, que le guardara

el secreto. -Esa chica es la única

que tiene arrestos de todos vosotros.

Me gustaría que fuera mi sobrina. Puede usted adoptarla.

-No me gustan los falsos lazos de sangre.

Además, está Germaine. Yo quiero que se case contigo.

¿Tan mal la quiere?

-Este verano vamos a hacer un viaje a París.

¿Vamos? -No pretenderás que vaya sola.

Quiero averiguar el misterio de Gonzalo y de su hija

y traérmelos.

¿Y qué pasa con los barcos? -Si no está Juan,

no hay nada de lo dicho. Era un favor que yo le hacía.

Ya, pero Juan diría... -Muchas tonterías, como tú.

Ya puedes llegarte hasta la taberna del Cubano

y explicarles que las cosas seguirán como hasta aquí.

Tendré que dar razones. -Pues te las inventas.

-Señora. -Apaga las velas.

Sonería del reloj.

Sirena.

-¿Traes algún recado? -¿Qué tienes de don Carlos?

-No, se quedó en cama, con este temporal...

-¿Pero creéis que le importa lo nuestro?

-Hombre, claro. -El hambre de los pobres

no le llega.

Carmiña, trae una botella. -Voy.

-Dame un vino.

-Carmiña, trae vino.

-Ya voy.

-Te he pedido un vino.

¿Pero qué pasa aquí? -Que el Mariana III

ha roto marra de popa y se va a perder.

Y es el pan de muchas familias.

-Pues con media docena de hombres dragados no se perdería.

Aquí no se mueve un dedo para salvar al Mariana.

No es de nuestra incumbencia. -Lo que diga él.

-Cuando vino la galerna del 17 se perdieron dos parejas

con sus tripulaciones.

Aquello sí que fue una catástrofe.

Tu padre murió allí, no lo habrás olvidado.

Los tiempos cambian, los hombres ya no se juegan la vida

por el caudal de los ricos.

-No doy media hora de vida por el Mariana.

-¿Y no te da pena? -Pena me da, sí.

Fui su patrón durante cuatro años.

-Pues ya puedes pedirle a Cayetano que te dé el mando de una barcaza.

-Yo soy un patrón de altura.

-Los hombres de antes eran mejores.

No se dejaban perder una barca así como así.

-Te han comisionado para reventarnos.

Los hombres de antes eran esclavos resignados.

A nosotros no nos va ni nos viene que el barco se pierda.

Allá la vieja, como lo tiene asegurado,

le importará un pito. Ella cobrará su dinero

y la tripulación, a quedar sin trabajo.

-Los hombres de antes tenían más pelotas.

Y en estos casos, no se metían a cuestión social.

-Es un problema de dignidad.

¿Quién coño se atreve a decir que la vieja no nos ofendió?

Porque si tuviera a sus obreros el debido respeto,

¿le habría importado que se embarcase o no?

Vamos a ver, ¿le habría importado?

La cuestión fue entre ellos y nosotros las víctimas.

El hambre de los pobres les trae sin cuidado,

la dignidad del obrero les parece una novedad peligrosa.

-Ameba. -¿Pero por qué hablas tú?

¿A ti quién te dio vela en este entierro?

Tú eres un puñetero lacayo de los ricos.

Antes de Cayetano y ahora de don Carlos.

-¿Por qué le llamas don Carlos?

¿Por qué le llamas don Carlos y no le llamas al otro

don Cayetano? -Es un modo de hablar.

-Miguel.

No sé cómo aguanta. -El ancla es buena,

y la cadena de primera. -Pues en una de esas...

-No, no quiero.

-Desengáñate. Es cuestión de pelotas.

Todo lo demás son patetas, lo que pasa es que nadie

se atreve a meterse en una gabela y sacar al Mariana del apuro.

-Si hubiera cuatro que viniesen conmigo...

-Cuatro tíos con pelotas, eso es. -¿Te quieres callar

de una puñetera vez? -¡Déjalo, déjalo!

-Nadie le ha llamado ni tiene por qué meterse en esto.

-A su modo, no le falta razón. -Y a vosotros no hay

quien os saque de esclavos, lo lleváis en la sangre.

-Ahora no se trata de eso.

-Así me trataba Cayetano.

Me voy, quedamos en que en Pueblanueva

ya no hay riñones.

Os han vuelto maricas a todos.

-Eh, tú, que no pagaste el vino.

-Yo no pido trabajo en el astillero.

-¿Prefieres jugarte la vida por un barco que no es tuyo?

-No se trata de eso. -Se trata

de que os han tomado el pelo con promesas.

Y a la hora de la verdad, nada.

-Eso es cierto y te juro que si tuviese a Aldán

ahí sentado lo iba a moler a palos.

-¿Entonces? -Pero lo del barco es otra cosa.

En cierto modo, es como si el barco fuera mío.

Porque como yo digo... -Eres un parvo, Miguel.

Estás engañándote a ti mismo.

-Pero vamos a ver, si no te hubiera pasado

lo de Aldán, ¿no encontrarías razonable

que intentáramos salvar el barco? -¿Jugándote la vida?

-La vida nos la jugamos igual cada vez que salimos a la mar.

-Haz lo que quieras, Miguel. -Lo que quiero es razonar contigo.

-Están dando de palos al relojero. -Pues que no se meta

en camisas de once varas. -Que lo maten de una vez.

-Ya está bien...

-Has dado un cambio. -Es que en faenas como esta...

Tienes un amigo, confías en él

y te hace traición. Me ha dolido de veras

porque tú sabes que Aldán era mi amigo.

-Lo sé.

-Y esto me llegó a lo vivo. Ya lo creo.

Lo siento más que si hubiera sido mi hijo.

De todos modos, haced lo que os parezca.

Yo no pienso meterme más.

-Carmiña, trae una botella de aguardiente.

-¿Para usted solo?

-Para mi tripulación.

Si hubiera cuatro que quisieran venir conmigo,

tienen que ser cuatro, sin mujer ni hijos.

Uno de ellos, mecánico.

Se trata de dar una lección a la vieja y demostrar

a ese mierda del relojero que tenemos pelotas.

Claro está que nos jugamos la vida.

-Tráeme un vaso a mí.

-A mí también.

-Y a mí otro.

-¿Qué ocurre? -Que va a haber una desgracia,

señora. Se les metió en la cabeza

sacar de apuros al Mariana III, que tiene rota un ancla y garrea.

Van cinco hombres allá. -¿Por qué lo hicieron?

-Cosa de ellos, señora. -Están locos.

¿No comprenden que el barco no vale la vida de un hombre?

-Si se pierde, son muchos a quedar sin trabajo.

-Tráeme la bata, tú espérame en el pasillo.

Descorre esas cortinas. -Sí, señora.

-Aquí tiene, señora. -Señora, yo creo que se vería mejor

desde el salón. -Tráeme los prismáticos.

-Sí, señora.

-Señora, su toquilla. (TOSE)

-El barco es aquel, señora. -Tenga.

-No sé cómo no se estrelló hace mucho rato.

La cadena no puede tardar en romperse.

-¿Y ellos? -No se les ve.

-¿Pero podrán llegar al barco? -Señora, buenos marineros son,

pero abordar en esas condiciones es peligroso.

Se puede estrellar. -Voy a ir allá.

-Señora...

-Cierra la ventana. -Sí, señora.

-Sube al pazo y dile a don Carlos que venga.

-Señora, no sabe el huracán que sopla.

-Haz lo que te digo. -Señora, está usted mal,

está enfriada. -Paparruchas.

-Pero doña Mariana, ¿qué va a hacer usted en el muelle?

-Mirar como las otras. Soy tan buena como ellas.

-¿Qué pito va a tocar allá? ¿O es que por estar mirando

va a salvar el barco? -Dame coñac.

-Sí, señora.

-Señora, con este tiempo lo mejor que puede hacer

es volver a casa. Usted no puede hacer nada.

-Es doña Mariana. -¿Qué hace?

-Es doña Mariana.

-Doña Mariana. -Doña Mariana.

-La señora. -Es doña Mariana.

(TOSE) ¿Pero cómo van a subir al barco?

-Señora, no podrán subir. -¿Por qué no dan la vuelta?

-Tampoco podrán.

-¿Pero es que están locos?

-Señora, ya están subiendo dos a bordo.

-Señora, póngase bajo el alpende, azota menos el viento.

Si es que la señora no quiere volverse a casa.

(TOSE)

-La señora debería marchar a casa. Está empapada.

-Esperaré a que los hombres lleguen a tierra.

-La señora debería tomar una copa de caña.

-Señora, ahora creo que debería irse a casa.

-¿Ahora?

-¡Se van a ahogar! ¡Se van a ahogar!

¡Se ha roto la cadena! ¡Se van a ahogar! ¡Se van a ahogar!

¡Señora, se van a ahogar! ¡Se ha roto la cadena!

Gritos.

-Si no viene el remolcador del astillero...

-Tiene que ser deprisa, señora. -El señor Salgado no lo manda

porque no quiere a los marineros. -Y si tuviera voluntad

de ayudarnos, ya lo hubiera mandado.

-¿Y qué queréis? Que se lo pida yo,

que soy su amiga. -Es que si no viene el remolcador,

están perdidos. -Está bien.

-Dios, le va a dar un mal, póngase mi mantón, señora.

-Quiero ver a Cayetano. -Lo que usted ordene, señora.

-Doña Mariana.

-Cinco hombres están a punto de ahogarse.

Solo el remolcador puede salvarlos.

¿Viene usted a pedírmelo? -Vengo a recordarte

que tu obligación es mandarlo sin que yo te lo pida.

¿Y si no lo mando? -Entonces, yo misma me pondré

al frente de los marineros que vengan a arrastrarte.

¿No exagera? -Si exagero, es cosa mía.

No he venido aquí a discutir. ¿Tendrá al menos que convencerme,

no? El remolcador es mío y hasta ahora la autoridad

no me ha mandado acudir al rescate.

Puedo esperar.

O puede usted llamar al comandante de marina

de Villagarcía, si él me lo ordena.

-No pienso hablar ni telefonear a nadie.

Allá tú. Yo ya he cumplido.

De lo que suceda, tú serás el responsable.

Pero si esos hombres se ahogan, te consideraré además

como asesino.

Espere.

Por favor.

Que esté listo el remolcador dentro de cinco minutos

y lleve mis ropas de agua, voy a dirigir personalmente

el salvamento.

A valiente no me gana usted, ni a generoso tampoco.

-Haces bien.

Hasta me siento capaz de ofrecerle una copa.

Va usted a coger una pulmonía.

Bébala tranquila, no es una copa de la paz.

Y ahora, debería irse a su casa y meterse en la cama.

Que los acontecimientos sigan su curso.

Si quiere, puede llevarla mi coche. -Gracias, pero ahí fuera

esperan unas mujeres y no creo que quepamos todas.

Como quiera.

-Cayetano, entiéndelo bien.

Quiero que se salven los hombres, el barco me trae sin cuidado.

Que la lleve mi coche.

-Venga, la acompañaré al coche. -He dicho que no lo quiero.

-Está usted empapada, doña Mariana, va a enfermar.

-¿Y qué?

-¿Nos va a mandar el remolcador? -¿Nos va a ayudar?

-¿La señora se encuentra bien? -Dios la bendiga, señora.

-Dejad en paz a Dios y vamos al muelle.

-La señora no tiene por qué, va a ponerse enferma.

-¿Pensáis que soy menos que vuestros hombres?

Vamos.

Sirena de barco. -¡El remolcador del astillero!

¡El remolcador!

-Dora. -Ya están salvados.

Señora, no se moje más. -No importa.

Ahora sí, a casa.

-Yo la ayudo, señora.

38 y medio, casi 39.

Ha hecho usted una locura.

En el fondo, es usted como Cayetano,

un gallo de pelea. -En el fondo no, hijo,

sino bien a las claras.

El médico vendrá enseguida. (TOSE)

¿Le duele algo?

-El costado, casi no puedo respirar.

Entonces, esté callada. -¿Y si me queda poco tiempo

de hablar contigo? Haga lo que quiera,

pero de momento, escúcheme. Xirome me contó que no fueron

a salvar el barco por hacerle un favor a usted.

Sino porque el relojero les dijo que no tenían riñones

para hacerlo. -Yo no fui al muelle

para darles las gracias, sino para que vieran

que tenía tantos riñones como ellos.

¿Qué puede esperarse de un país donde las cosas

se hacen por riñones? -Del país a lo mejor nada,

pero de mí, que cuando me recuerden

lo hagan con respeto. En cuanto a los pescadores,

¿qué quieres? Me resultan simpáticos.

Ahora, cuando venga el médico y nos diga de qué me voy a morir,

te irás a la taberna del Cubano y encargarás que vengan a verme

los que fueron al barco. ¿Va usted a gratificarles?

-No, voy a darles la mano. (TOSE)

¿Duele?

-Un pinchazo. Estese quieta y no hable,

puede ser serio. -¿Y qué?

Si me ha llegado la hora, bienvenida sea.

Pensaba durar unos años más, pero no temo a la muerte.

Cállese.

Motor de un vehículo.

-¿Qué sucede? Creo que es importante.

Quizá una pulmonía. -Vaya por Dios.

A su edad...

-Gracias.

Pasos que se acercan.

Buenas noches, doña Mariana.

Déjanos, Chela, por favor.

Latidos del corazón.

Tome, escuche usted. No sé, he olvidado

lo más elemental. -Sin embargo, escuche.

Escuche el lado izquierdo.

Latidos del corazón.

(TOSE)

-¿Pulmonía? -Hizo usted una locura, señora.

Tenía una gripe. -Le he preguntado si es pulmonía.

Dígaselo. -Sí, señora, una fuerte pulmonía.

-Así nos entenderemos. -Don Carlos, por favor.

(TOSE)

-Sobre todo, hay que procurar que no coja frío.

Es importantísimo. Y que le apliquen las ventosas

inmediatamente.

(TOSE)

Carlos,

quiero que mañana vayas a La Coruña.

Tengo mucho dinero en cuenta corriente

y quiero que lo pongas a tu nombre. De lo contrario,

la Hacienda se quedará con una parte

y no quiero que el Estado se enriquezca a mi costa.

Además, hay que arreglar el asunto de mi sepultura.

(CHISTA)

-Tienen que enterrarme en Santa María.

No estoy dispuesta a que me entierren en otra parte.

(TOSE)

Dame agua.

Gracias.

Dame mis llaves, ahí, en la cajita.

Hazte cargo de ellas y de todo.

El talonario, en el cajón.

(TOSE)

Resuélvelo todo a tu gusto.

Y avisa al notario, que venga mañana.

Y no te separes de mí más que lo indispensable.

Me gusta hablar contigo. (TOSE)

(JADEA)

-Levántate, la señora ya puede verte.

Por favor.

-¿Qué me quieres? Me dijeron que estaba enferma.

-Sí, hija, en las últimas.

Me contaron lo del muelle, no debió hacerlo.

-Fue una hombrada, ¿sabes? Como en nuestra familia

no hay hombres, las hombradas tenemos que hacerlas

las mujeres. Y que lo diga.

-¿Quieres arreglarme esta almohada? Sí, señora.

-Tráeme el coñac, en ese armario.

¿Aquí?

(TOSE)

Guárdalo.

Puedo echarle una mano, si quiere. Ese par de bestias

que tiene por criadas no me parecen muy listas

para cuidarla. -¿Es a eso a lo que viniste?

No, se me ha ocurrido ahora. Solo he venido a verla.

(TOSE)

Estoy muy mal. Si usted quiere, me voy.

-No, espera.

Siéntate y espera.

¿Cómo van tus cosas?

Como siempre.

-Es una pena que no podamos marchar de acuerdo,

pero tus intereses y los míos

no van por el mismo camino. Y lo siento, de veras.

Porque te tengo simpatía, ¿sabes? Eres la única de la familia

que sirve para algo. Gracias.

-Agradezco tu ofrecimiento de quedarte,

pero no puedo aceptarlo. Carlos está conmigo,

hoy ha ido a La Coruña, pero me acompañará hasta que muera.

Le quiero mucho, ¿sabes? Yo también.

-Por eso no me conviene que estés a su lado,

una mujer, aunque sea una mujer leal como tú,

tiene muchos recursos. Y yo debo impedir

que te cases con Carlos. Lo necesito para otras cosas.

Tú, naturalmente, no estarás de acuerdo conmigo.

Para ti está todo perdido, pero yo no me resigno

a que se pierda todo. ¿Y espera que Carlos le salve algo?

-Estoy segura de que lo conseguirá. Ya he tomado mis medidas.

Acaso consiga de muerta lo que no conseguí de viva.

Bueno, pues ya pasaré por aquí otro día

a ver cómo se encuentra, y si en algo puedo ayudarla...

-¿Yo puedo ayudarte en algo? No, señora, gracias.

Lo que sí le agradeceré es que diga a su criada

que no me trate como a una mendiga.

Hoy a poco le rompo el alma.

No lo he hecho por respeto a usted.

(TOSE)

Pasos que se acercan.

Campanadas.

-Hola, hermosa. Idiota.

-¿Adónde vas tan elegante? Estás cada día más guapa,

te espero a la salida.

-Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte, amén.

Tictac del reloj.

(JADEA)

-¡Ah, ah! Carlos... (TOSE)

¡Pero...!

(TOSE)

Campanadas del reloj.

-¿El señor no va a tomar nada?

-¿Se salió el mercurio? (RÍE)

-Señora, no hable, se lo ruego.

-¿Estoy peor? -Está muy mal.

-Aunque me muera antes, ¿no hay una medicina

que me conserve la lucidez?

-Esto le ayudará a dormir un poco, después se encontrará mejor.

-¿Pero no comprende que quiero estar despierta?

(TOSE)

-Señora, cumplo con mi deber de médico.

-Su deber es obedecerme. (TOSE)

Carlos. Sí.

-Es un imbécil.

-Gracias.

No confío en que la señora pase de mañana.

Habrá que avisar al cura.

¿Al cura? -Sí, si quiere, yo mismo

dejo recado en la parroquia. No, no, en la parroquia no.

Avisaré a fray Eugenio.

-Téngame al corriente. Sí.

-Gracias.

Paco, deja todo eso. Necesito que me hagas un favor.

-Ya está aquí la primavera, y yo me voy.

¿Pase lo que pase? ¿Eh? -¿Qué puede pasar?

La señora se está muriendo. Necesito que te llegues

al monasterio, que venga contigo el padre Eugenio.

Por el camino le dices lo que pasa.

(LLORAN)

-Deme un pitillo. Sí.

Anda, Paquito, coge el carricoche y date prisa.

Te lo pido por favor. -Ahora deme fuego.

Es cuestión de ir fumando. Sí, pero date prisa.

-Para no aburrirse por el camino.

No toquéis nada, ¿eh?

(LLORA)

Señor, Señor...

(LLORAN)

-¿Cómo está la vieja? -Me ha dicho la Rucha

que se está muriendo.

-Toma.

-He traído los santos óleos y una forma consagrada.

No le daré la comunión a no ser que...

En fin, que ella lo quiera. Como quiera.

-Disculpe. -Señor, doña Mariana le llama.

Perdón, padre.

¿Cómo se encuentra?

-Fastidiada.

¿Con quién hablabas? Está ahí el padre Eugenio,

se enteró de que estaba usted enferma.

-El padre Eugenio. No hable, voy a ponerle

una inyección.

(JADEA)

Tictac del reloj.

-No, no. No te vayas.

Quiero que me entierren...

En mi iglesia. Sí.

-Tendré que confesarme. Como usted quiera.

-Si no... Sí.

-Padre Eugenio. No hable más de lo necesario.

-Dame algo que me espabile.

(JADEA)

Ya puede entrar. -¿Lo ha pedido ella?

Sí, pero no se haga ilusiones, no ha dicho que crea en Dios,

sino que quiere confesarse.

Vamos.

El padre Eugenio está aquí.

-No quiero que te vayas. Ha venido a confesarla.

-Que se siente. Yo no puedo estar aquí

mientras la confiesa.

-¿No? No.

-No te alejes mucho. Bien.

-Eugenio, no te veo bien.

Ah, estás ahí.

Tan feo...

Eugenio, estoy muy cansada. -¿Quiere usted que coja su mano

y le vaya diciendo los mandamientos?

Basta con que apriete la mía cada vez que...

-Acúsame de mis pecados,

yo diré que sí.

-Señora, yo...

-Sé valiente.

-Mariana Sarmiento, sierva del Señor,

te acuso de soberbia.

-Sí.

A ver, una de ustedes que vaya corriendo

a buscar al médico. -Ve, hija, ve.

Que se dé prisa. -Sí, señor.

-¿Quiere tomar algo, señor?

-Llama a Carlos.

(JADEA)

Carlos...

Ayúdame a morir.

No puedo más.

Me duele todo.

No me dejes. El médico vendrá enseguida.

-Que me deje morir en paz.

No vale la pena seguir haciéndome daño.

Ah... (JADEA)

Fray Eugenio. -Perdónanos, Señor...

Pasos que se acercan.

Esto se acaba, casi no tiene pulso.

-Dios mío...

¿Se acuerda usted del padrenuestro? Rece por ella.

"In nomine Patris et Filii et Spiritu Sancti, amén".

-¿Cómo se encuentra? -Se está muriendo.

-Le pondré otra inyección. No, sería prolongar la agonía.

Latidos del corazón.

-Carlos...

Latidos del corazón.

Los latidos del corazón se paran.

Pasos que se acercan.

Silbidos y rumor del viento.

-Allá va la vieja.

  • Capítulo 9

Los gozos y las sombras - Capítulo 9

13 sep 2017

Doña Mariana, acude al muelle bajo un tremendo temporal, ya que unos hombres intentan salvar uno de sus barcos. Por este motivo, enferma de una pulmonía que la llevará a la muerte. Carlos, junto con Fray Eugenio, la acompañarán hasta el final, escuchando sus últimas recomendaciones.

Histórico de emisiones:
20/05/1982
05/05/2013

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