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Los gozos y las sombras - Capítulo 8 - ver ahora
Transcripción completa

¿Te pasa algo, Inés?

-Tengo miedo. ¿Miedo, a qué?

-No sé, no me atrevo a ir sola al monasterio.

¿Sola?

-Las demás ya no van,

como la boticaria se ha puesto enferma.

Pues el fraile se quedará sin clientes.

-Tengo que ir.

¿Por qué no vienes conmigo?

¿Al monasterio?

¿Y la casa quién la hace?

-Volveremos temprano.

Supón que a Juan le da por madrugar

y mamá, que hay que lavarla.

-Te lo ruego, yo le diré a Juan que espere.

Tengo que ir, ¿no lo comprendes?

¿Y mañana? -Vendrás también.

Hasta que encuentre nuevas amigas.

Yo no puedo faltar ni una solo día, sería terrible.

No creo que se vaya a morir el fraile, ¿no?

-¿Pero no te das cuenta que si no va nadie

dejarán de decir esa misa?

De acuerdo.

Avisa a Juan, anda.

-Gracias. Voy a vestirme.

-Gracias de verdad.

-Es orden del prior, la cripta no volverá a abrirse.

-Pero ¿y la misa? -No se celebrará, orden del prior.

-Quiero hablar con el padre Osorio. -El padre Osorio se fue.

-¿Se fue?

¿Adónde? -No sé, no puedo decirle nada.

Llame al padre Eugenio.

-Estará en el confesionario. No voy a ir yo a buscarlo.

-Está bien. Esperen.

Cánticos a los monjes.

-¿Le conoces?

Alguna vez le hablé.

Seguramente él nos dirá lo que pasa.

Habrá ido a predicar a alguna aldea.

-Al padre Osorio no le entienden en las aldeas.

Tranquilízate, Inés.

Buenos días, padre, ¿me recuerda?

-Naturalmente. Buenos días. Buenos días.

Esta es mi hermana Inés.

Ya sabe, de las que venía a la cripta.

-Sí, la he visto algunas veces con las otras.

-¿Por qué cerraron la cripta, por qué no está el padre Osorio?

-Eso se acabó, hija, el padre Osorio se ha ido.

-¿Adónde? ¿Cuándo volverá?

-No sé adónde ha ido ni creo que vuelva nunca.

-¡No puede ser, no puede hacernos esto!

¡No puede abandonarnos!

-Piense usted que él fue abandonado antes.

Desde el domingo solo usted viene a la misa de la cripta.

-¿Y qué? Yo no he faltado un solo día.

¡Yo no podía faltar, no lo entiende!

Usted no puede entenderlo.

Padre, mi hermana quiere ser monja.

El padre Osorio era para ella su director espiritual.

Es natural que se sienta abandonada.

le estaba prohibido toda clase de dirección espiritual.

y no creo que haya desobedecido.

Ni aún en el caso de su hermana.

-Durante dos años yo he escuchado al padre Osorio,

él ha conducido mi alma hacia Dios.

Pero mi camino no ha terminado. Todavía le necesito.

Dios... ¿Está lejos?

Lo estará para siempre si él no vuelve.

-Señorita, yo no dudo que usted habrá escuchado

la voz de Dios a través de la palabra del padre Osorio,

pero debe saber que él se ha marchado del convento

después de un acto de rebeldía.

Bueno, más exactamente de soberbia.

-¿Contra usted? -No.

De ninguna manera, el padre Osorio fue siempre

mi buen amigo y gran compañero.

-¡Da igual contra quien sea! El padre Osorio

solo puede revelarse contra el demonio.

Necesito saber cuánto antes dónde está, debo escribirle.

-Yo no lo sé. Acaso don Carlos Deza

sepa algo. ¿Deza, nuestro primo?

¿También está metido en esto? -El padre Osorio pasó la noche

es su casa. ¿En su casa?

Campanadas.

Si el Osorio tenía alguna pena o alguna dificultad

ya habrá encontrado ayuda en Carlos Deza,

una gran ayuda.

Usted también es amigo de él, ¿no?

-Sí.

Una gran tipo: valiente, inteligente

y, sobre todo, caritativo.

Inés, podemos pasar por su casa.

-¿Por casa de quién?

Si alguien que sepa dónde está el padre Osorio

Nadie como él para sacar a la gente lo que piensa

y dejarla después en la estacada.

Bueno, padre, muchas gracias.

Se acabaron las visitas al convento.

-¿No volverá? Yo no hubiera venido nunca.

Si vine fue por acompañar a Inés,

que no venga sola tan temprano y con este tiempo.

-Adiós, padre.

Esté seguro de que el padre Osorio se reveló contra el demonio

y que esté dónde esté crecerá en santidad.

-Que Dios la oiga, hija mía.

Le acompaño, padre. -Gracias.

Espérame, Inés.

Gracias por su ayuda, fray Eugenio.

Vamos, Inés. Vamos.

-¿Por qué no subes tú sola a ver a Carlos?

Ya sabes, le preguntas si quedó en escribirle el padre Osorio,

y le dices que cuando tenga su dirección nos avise.

Que te avise a ti, ¿no?

-Bueno, es igual. ¿Pero por qué no subimos juntas?

-No, no, sube tú sola.

Además, Juan ya se habrá despertado.

-Eh, Clara.

¿Qué te pasa, Paquito?

¿Te da miedo verme?

-No, al contrario, me da alegría.

(RÍE) Anda, pon eso ahí.

-¿No vendrás ver a don Carlos? Sí.

-Está durmiendo.

Bueno, esperaré hasta que se despierte.

-Entonces siéntate.

Gracias.

(RÍE)

-Eres un poco tonta.

Y te ganaron la partida.

No sé de qué me hablas.

-La otra fue más espabilada.

Vino y se metió en la cama del señor.

Vuelve casi todas las noches.

Bueno...

-A don Carlos se le engaña como a un niño.

A mí no me gusta engañar, Paco.

-No se trata de engañar,

yo, en tu caso, le quitaría el hombre a la otra

haciendo lo mismo que ella.

Que sinvergüenza eres. -Te doy un buen consejo.

Conozco a tu Carlos. Un clavo quita otro clavo.

Contigo se casaría,

porque le tiene respeto a Juan.

Pues que se case con Juan.

Anda, Paquito, avísale que tengo que hablarle.

Vamos.

-Ven.

¿Dejáis la chimenea encendida toda la noche?

-La enciendo yo todas las mañanas antes de ponerme a trabajar.

Y también le preparo esto, y le traigo leche.

Así que estás de criada para todo.

-¡Lo hago porque me da la gana!

Si no he querido ofenderte, hombre.

-Estás chorreando.

¡Paco!

-Le ayudo para que no eche de menos a una mujer

y se traiga a La Galana a vivir aquí.

¿Eso es lo que busca ella?

A las mujeres no hay quien os entienda.

Por eso yo me busqué una loca.

Anda, deja, yo lo haré.

¡Paco!

-Entonces puedes hacer también el café

y tomarlo con él.

Estarás en ayunas.

A estas horas tú dirás.

El reloj da la hora.

-Dice que vendrá enseguida, que le esperes.

Bueno.

-Para ti.

Gracias.

(RÍE)

-Ahora me voy a trabajar.

Adiós.

¡Ay!

Carlos... ¡Carlos!

Que no entiendo esta cafetera.

¡Date prisa!

Hola, Clara, ¿qué pasa? Hola.

Que me daba miedo eso. Ah, con apagar.

Ya lo hice yo. Entonces no hay cuidado.

Perdona la hora. No, te lo agradezco,

hubiera dormido hasta las tantas. Aproveché que venía del monasterio.

¿Tú también?

(RÍE) Solo fui por acompañar a Inés.

Es que las otras ya no van.

¿Quieres café? Sí.

El pan... Bueno, tú sabrás cómo lo quieres.

Sí, yo me lo preparo. Siéntate.

¿A qué has venido?

El padre Osorio se ha marchado y quería saber Inés dónde ha ido.

Ya.

El padre Osorio ha pasado aquí la noche,

se marchó hace una hora.

pero le convencí de que en Madrid se desenvolvería mejor

y encontraría trabajo más fácilmente.

¿Trabajo? ¿Para qué?

Ha colgado los hábitos definitivamente.

¿Qué pasa? ¿Te disgusta?

No, personalmente me trae sin cuidado.

Pero Inés...

Va a ser horrible.

Si hubieras visto la cara que puso

esta mañana cuando se enteró.

Me temo que no hay nada que hacer, ¿sabes?

Ese fraile no es de los que hacen las cosas a medias.

Así que tu hermana no tiene nada que hacer porque...

La ignora por completo.

¿Te lo ha dicho?

Se lo saqué discretamente.

No dejé de pensar en Inés desde que apareció por esa puerta.

Carlos... ¿Qué?

También Inés tiene el demonio dentro del cuerpo.

Esta mañana, cuando el padre Eugenio le dijo

que el otro se había largado, pegó un grito horrible.

Le salía fuego por los ojos.

¿Por qué has dicho también?

Porque a pesar de todo llegué a creer que Inés

era la única de todos nosotros que no tenía tentaciones.

Últimamente estaba tan cariñosa conmigo

que creí que me había equivocado.

Parecía un ángel.

Un día me dijiste que estaba enamorada

del padre Osorio, ¿no?

Sí, fue un desahogo. ¿Y ahora lo vuelves a creer?

Bah, ¡qué sé yo!

A lo mejor no es enamoramiento,

sino otra cosa.

Me apostaría una mano a que jamás sintió un mal deseo

ni tuvo un mal pensamiento.

Si eso es amor... ella no está enamorada.

Pero si el amor es necesidad de otra persona

para seguir viviendo... ¿Es eso el amor para ti?

Yo no cuento, Carlos.

Yo estoy hecha de otra madera.

Pero por lo visto la carcoma no distingue.

Si sabes del fraile y sabes su dirección me la das,

por favor. Te la doy ahora mismo.

El hombre andaba un poco desorientado

y yo le di una carta para mi antigua patrona.

Me voy.

Gracias.

y todavía tengo que hacer la compra.

Hoy no puedo contar con Inés para nada.

(PACO) ¡Buenos días! -Hola, Paco.

-¿Qué tal, Juan? Qué tiempecito.

-Déjame, tengo prisa. -¡Un momentito que esta mañana

estoy inspiradito y te diré un discursito!

(RÍE DE FORMA EXAGERADA)

Risas a lo lejos. Eso es una señal,

Paquito es mi ángel guardián, ¿sabes?

Espera, voy a ver qué pasa.

¿No será La Galana?

Me han dicho que la vieron salir de su casa por la noche.

¿Ah, sí? Y venir aquí. Sí.

Bueno, eso no son más que habladurías.

¿No te importa esperar ahí un momento?

¿Quieres entrar?

-¡Ciudadanos, mientras

en este país no seamos capaces de arrumbar...!

Hola, Juan. -Hola, Carlos.

¿Por qué no has subido? -Iba a subir pero...

-Estábamos hablando de política.

Creí que usted aún no se había... despertado.

Pues ya me ves. Hala sube. -Hasta luego.

(TITUBEA)

Pasa.

¿Te apetece un café, te lo preparo?

-Sí, hace mucho frío, te lo agradezco.

Acércate un poco, caliéntate.

-Esta mañana salí de casa antes de que llegasen mis hermanas,

al venir me tomé un aguardiente en una tasca pero tengo hambre.

Ve comiendo algo mientras.

Voy a traer una taza limpia, dame esa, por favor.

-¿Has tenido invitados?

No, no, es Paquito el relojero, desayuna conmigo todos los días,

ahora somos grandes amigos, ¿sabes?

-Ya.. Bueno, ahora vengo, siéntate.

¡Eh! Ya puedes salir.

-¿Haces algo?

Sí, quiero escribir un libro sobre Pueblanueva,

estoy preparando las notas. ¿No te parece interesante?

(RÍE) -Sí. ¿De qué te ríes?

Puede ser un gran libro y, aunque no se publique,

así nos reiremos tú y yo. -Claro...

¿Y tú qué haces ahora? -¿Yo?

Nada, como siempre.

Bueno... ¿Quieres azúcar?

-Sí, un poco.

Traigo un asunto entre manos.

De él vengo a hablarte.

¿A mí? -Yo creo que tú puedes ayudarnos.

Se trata de los pescadores, pasan hambre,

carecen de lo indispensable y hay que buscar una solución.

A mí se me ha ocurrido un proyecto, de acuerdo con ellos,

porque una cosa así no puede intentarse

sin el consentimiento de la mayoría.

¿De qué se trata?

-La explotación de la pesca por el sindicato.

Parece un disparate, pero puede ser la salvación

de los pescadores. Mira, las cifras cantan.

No entiendo nada pero es igual.

la pesca es negocio en otras partes y aquí no,

por algo será.

-La vieja está anticuada y los pescadores también.

Los barcos tienen que ir provistos de radio y...

¡Ah! Y esas radios, ¿quieres que las instale yo?

-Estoy hablando en serio. Sí, lo sé, perdona,

pero es que no sé que tengo que ver en esto.

-Directamente nada.

En todo esto...

hay una dificultad inicial;

el sindicato no es propietario de los barcos

de esta república burguesa de la puñeta

que nos ha caído en suerte.

No es de esperar que socialice los medios de producción.

Y en el caso de que hiciese algo en ese sentido,

predominaría el criterio marxista...

Ya... -No el sindicalista.

Pero lo que nosotros queremos es la explotación

por el sindicato propietario de los barcos,

no en sentido capitalista sino en el sentido

en que nosotros lo entendemos. Ya.

-¿Sabes lo que pretendo y quiero que hagas?

Tú piensas que yo puedo convencer a doña Mariana

de que regale los barcos al sindicato, ¿no?

-No aspiramos a eso de momento,

basta con que le hables y la prevengas

de que un día de estos irá a verla una comisión.

Los echará con cajas destempladas.

-Para evitarlo es para lo que te necesito.

No iremos a pedirle que nos regale los barcos,

si no que nos los alquile mediante una renta razonable.

Es todo.

¿Quieres un coñac? -Bueno.

-¿Me vas a hacer ese favor?

No sabes lo que significa para mí.

Hablaré a la vieja pero no te prometo nada.

-Que sepa, al menos, que irán a verla.

¿Irán?

¿Sin ti?

¿Quién va a hablarle?

-Le presentarán un escrito, hecho por mí,

confío en que tú harás que lo lea...

Incluso que se lo expliques si no lo entiende.

Vas a meterte en el mayor lío de tu vida, Juan.

Si fracasas te juegas reputación

y hasta es posible que se rían de ti.

-¿Y si resulta?

No sé...

-Se debe ser muy desgraciado cuando no se tiene fe en nada.

No, no ni siquiera desgraciado.

Te deseo suerte.

-Salud.

(NARRADOR) Claro citó a Carlos en la playa.

Tenía que hablarle con urgencia sobre el comportamiento

de Inés en los últimos días.

Inés permanecía encerrada en su habitación al fray Osorio,

cartas desesperadas, el resto del día lo pasaba rezando.

Temía que Inés, en un acto de desesperación,

hiciese la maleta y se fuese del pazo

siguiendo al hombre y no al sacerdote.

Carlos escuchó a Clara, no se atrevió a darle un consejo.

Sabía que las cartas de Inés al fraile llegarían

en un momento oportuno. Fray Osorio estaría desorientado

en sus primeros días en la gran ciudad,

se sentiría hundido, fracasado y sin salida.

Las cartas de Inés le llenarían de alegría al pensar

que había alguien en el mundo que se preocupaba de él.

Llaman a la puerta.

¿Quién es?

(INÉS) Soy yo.

Empuja, está abierto.

¿Qué quieres a estas horas?

¿Adónde vas?

-Me voy.

Acércame el mantón.

-Me voy, tengo la obligación de irme.

Allá tú.

Haz lo que quieras, pero en esta casa no ha pasado nada

para que te sientas obligada a irte.

-Es una obligación que me llama desde fuera.

Tú no lo entenderías.

Ah.

-Me voy ahora mismo en el autobús.

¿Adónde?

Al menos nos harás saber dónde estás.

¿Lo sabe Juan? -Espera...

Espera para contárselo,

no tengo fuerzas para decirle adiós.

Sé que no me perdonará.

¿Por qué no?

Era de esperar que ocurriera una día u otro.

-Sí... Pero no así.

¡Qué más da!

-Voy a dejaros algún dinero. No, déjalo.

-Tengo más del que pensaba. Te hará falta, ya nos arreglaremos.

-Por favor, toma, para ti y para Juan.

Repártelo entre los dos.

100 duros. ¿Tanto?

-Tengo mucho, más de 2000 pesetas.

Tengo que llevarme un paraguas pero se lo dejaré

a los del autobús. No, yo iré contigo.

No vas a andar por ahí muerta de hambre.

-No, déjalo, no te molestes.

No es ninguna molestia, solo hay que echar una piña.

Voy a vestirme.

Carraspeo.

Si quieres pan queda un poco de ayer.

Me da mucha pena que te vayas, Inés.

A lo mejor no vuelvo a verte,

me gustaría que llevaras un buen recuerdo de mí...

Claro que eso no es posible, pero me gustaría.

Cuando quieras.

Ladridos.

-¡Date prisa, Clara! Ya voy.

-¡Voy a perder el autobús!

Ladridos y canto de un gallo.

Campanadas.

¡Por favor, Clara!

-¿Están buenas, eh? -Me gusta más la beata.

-No hay en Pueblanueva hembra con otra.

-No, la beata, la beata. -Pues si las dos están buenas.

Claxon.

-A ver, señorita, deme la maleta.

-Cuando llegues allá, iré a ver a tu madre.

Adiós, Vicenta, buen viaje. -Adiós, hija.

-Bueno... adiós, Clara.

Dame un beso, Inés.

(LLORA)

-Llévatelos, yo no los voy a necesitar.

No llores, Inés. Estarás mejor que en casa.

-Sí.

Toma.

Claxon. ¡Anda, vete ya!

-¡Vámonos!

-Adiós. ¡Suerte!

-Adiós.

Perdón...

Oye, ¿eso será para todos, no?

-La casa quiere convidarle. ¿No lo despreciará?

Bueno, pero la casa no prohibirá que yo convide a estos amigos.

Bueno, yo no, doña Mariana.

Yo sólo vengo de parte de ella. Sírvanse.

-Oye, Carlos, ¿qué te dijo?

Doña Mariana quiere a los pescadores,

eso lo saben ustedes. Pero los barcos son mal negocio

y otra persona, en su lugar, se hubiera deshecho de ellos.

Yo creo que es evidente que doña Mariana

los sostiene para no dejar en la calle a 60 o 70 familias.

-Es verdad, nos quedaríamos en la calle.

-Claro. Bueno, pero de lo otro,

¿de lo nuestro qué?

Admite entrar en conversaciones.

Es decir, hablará con ustedes, pero necesita garantías.

-No se trata de que pierda la propiedad de los barcos.

Creo que eso te lo he explicado bien.

Ya, me refiero a garantías de otra naturaleza.

Por precaria que sea su situación,

los pescadores cuentan con unos ingresos mínimos seguros.

Murmullo. Y ella necesita saber...

que, en cualquier caso, ustedes no saldrán perjudicados.

La propiedad de los barcos no le preocupa.

-Entonces cosa hecha. ¿Cómo van a perjudicarse los pescadores?

Murmullo. Se trata, precisamente,

de que se encarguen ellos de sus propios intereses.

Ya, ¿pero y si no hay ganancias?

¿Si se sigue perdiendo como hasta ahora?

¿Cómo cubrirán el déficit? -Se está enfocando mal la cuestión.

Los pescadores agradecen a doña Mariana su interés,

pero ahora no se trata de paternalismos

sino de reconocer a un grupo de trabajadores

capacidad para administrarse. -Sí, señor, esa es la verdad.

-En todo caso y reconocida la buena voluntad de doña Mariana,

se le puede acusar de mala administración.

O más bien, de torpeza en el enfoque del negocio

y, por tanto, de perjudicar a sus asalariados.

-¡Sí, señor, eso es así, claro!

-Claro está que ella no puede comprender

que los intereses de los trabajadores

jueguen en este asunto con el mismo derecho

que los suyos propios.

Sería pedir peras al olmo

que una mente capitalista se superase a sí misma

y alcanzase el sentido de la solidaridad humana,

necesario para llegar a semejante comprensión.

Nosotros no hemos planteado jamás el problema en esos términos...

Ustedes... ustedes, de momento...

tienen suficiente con saber que doña Mariana hablará del asunto.

¿No es así, Juan? -Así será.

En un estado capitalista... Ya pero aún hay capitalismo.

Así que, desde el sindicato, intenten hacer lo que puedan.

Bien, he terminado con mi embajada.

Juan, si quieres te llevo a casa, tengo el carricoche ahí fuera.

Gracias.

Carmiña. -¡Voy, don Carlos!

-Deje usted, deje. No, no, doña Mariana convida.

-Como quiera.

Toma. -Gracias.

Bien. Gracias a todos y buenas tardes.

(TODOS) Adiós, don Carlos.

Murmullo de los pescadores.

¿No estás contento? Todo salió a pedir de boca.

-¿Tú crees?

¿Como generosidad de la vieja, no? ¿Como un regalo o una limosna?

¡Llámalo como quieras! ¿Qué más da?

Si la explotación colectiva de la pesca acaba con el hambre,

pues eso, se acabó el hambre.

-¿Y la justicia?

No se restituye la justicia dando de comer a los hambrientos,

sino que el hambre debe desaparecer

porque se ha restituido la justicia, ¿entiendes?

¿Es eso lo que piensas decir a doña Mariana?

-¿Y si se lo dijera qué? ¿Cómo que qué?

Que doña Mariana os mandaría a paseo y las cosas irían a peor.

-Pero en alguna parte se habría oído la voz de la verdad.

Y quién lo duda. Y los hambrientos

se llamarían imbécil por haberlo hecho.

A los pescadores no les importa la justicia,

sólo quieren vivir mejor.

El régimen tampoco les importa; la monarquía,

la república burguesa, la libertaria, ¡les da igual!

Pero de todo esto se desprende una cosa que tú no quieres entender.

Y es que ninguno de ellos es verdaderamente un revolucionario,

ninguno quiere un cambio radical de la sociedad. Sólo tú.

¿Lo comprendes, Juan? Sólo tú. -¿Y no basta?

Quizá a ti te baste.

-Bueno, de todas maneras gracias por todo.

Ya te avisaré cuando vayamos a visitar a la vieja.

Sí.

¡So! -Entonces, Carlos,

hasta otro rato. Muy bien.

-Nos veremos cualquier día en El Cubano.

Adiós, Juan. ¡Arre, arre, caballo!

¡Arre!

Mi querido y respetado amigo don Carlos Deza,

le escribo estas líneas no para darle cuenta de mi vida,

que bien quisiera que fueran buenas noticias,

sino para un asunto con el que no contaba al abandonar

Puebla Nueva y que, en este momento, pesa en mi conciencia;

aunque no como culpable.

Le diré que se trata de una señorita de ese lugar,

de la familia Aldán, pariente de usted

y creo que también del padre Eugenio.

La razón de estos parentescos es lo que me obliga a escribirle,

pues usted y el padre Eugenio son dos personas

a las que estoy agradecido y siento respeto y amistad.

Dicha señorita se presentó el otro día

con la pretensión de que regresase al monasterio.

Pues bien, cuando se hubo percatado de mi firmeza,

cambió de propósito y con un descaro,

perdone la palabra, que no hubiera esperado jamás de una señorita...

bien educada y cristiana,

un descaro que...

un descaro que hubiera estado bien en una mujer de otra calaña,

me propuso que nos fuéramos a vivir juntos.

Le aseguro, don Carlos, que no se trata

de una falsa interpretación, pues no puede darse otra

a las palabras que salieron que salieron de sus labios.

Si no quiere usted que nos salvemos juntos, perdámonos juntos.

De modo que, inmediatamente, decidí escribir estas líneas

para que usted advierta a la familia de la interesada

y que alguien venga a buscarla.

Oye, aquí hace frío, vamos a sentarnos cerca del fuego.

Y de lo demás, pues nada, dice que está esperando un trabajo y...

en fin, otra serie de pormenores.

Es completamente la carta de un aldeano.

Sus ideas acerca de la moral femenina, en el fondo,

deben ser las que heredó de su madre.

Y su madre, claro, llevaría siete refajos.

Tenemos la negra.

Ese...

¿Ese "perdámonos juntos" es bonito, verdad?

Sobre todo por lo que revela.

Pero a este tarugo, ante el estallido de la pasión,

sólo piensa que tu hermana es una loca descarada.

¡Es un mierda!

Un hombre, aunque sea fraile, hace frente a la situación de otro modo.

¡Pobre Inés, estará desesperada!

No olvides que tiene fe.

¿Crees que le habrá quedado mucha después de lo que ha hecho?

En cualquier caso, ella tiene buen sentido.

¡Qué poco conoces a las mujeres, Carlos!

¿Quieres decirme que Inés hará un disparate?

No. No pienses que temo que Inés se eche a la mala vida, no.

En primer lugar, porque lleva dinero para una temporada;

y en segundo lugar, porque ella no es de esas.

No es como yo.

Tendrás que ir a buscarla. ¿Yo? No.

No. Es lo natural, eres su hermana.

Si alguien puede... Soy la última a quien quiere ver.

Se sentiría humillada, ¿comprendes?

Ay...

Pienso que Juan no es el indicado, ¿sabes?

No está en condiciones de hacer un viaje.

Lo del alquiler de los barcos por el sindicato es algo maduro.

Y no creo que Juan piense en abandonar tan fácilmente.

No debe hacerlo, puede ser un éxito.

De todas maneras y, aunque sea difícil, debo darle la carta.

Ya sé que va a darme de bofetadas...

como si yo fuera la culpable.

La otra vez casi me pega cuando le dije que Inés se había ido.

Y eso que creyó que se había marchado al convento.

Toma.

En fin... me gustaría echarle la vista encima al fraile ese.

¿Qué querías que hiciera, que se liara con él?

¿No era ese tu temor cuando se marchó?

Una nunca sabe lo que es mejor o peor.

Pasos de Clara alejándose.

-Hola. Hola, Juan.

¡Juan!

-Estoy cansado. Llévame la cena a la cama.

Siento que estés cansado, Juan.

Sí, se te nota en la cara.

-¿Qué sucede? ¿Algo de mamá?

No. Toma, lee.

-Es para Carlos, ¿qué tiene que ver conmigo?

Lee, Juan, y no me preguntes.

Silbido del viento y lluvia.

(LLORA)

Silbido del viento.

¡Juan!

(LLORA CON AMARGURA)

Tarareo de la anciana.

Vamos, mamá... -¡Déjame!

(LLORA)

Come un poco. ¡Mamá, por favor!

-No... no quiero comer.

Anda. (TOSE)

Un poquito.

(GRITA)

(LLORA)

Mamá es un cuerpo sin alma, Juan.

¿Qué vas a hacer?

Hay que hacer algo. La pena no remedia nada.

-¿Qué harías tú? Ir a buscarla.

A Inés hay que ayudarla consolándola.

Es una mujer abandonada.

-Abandonada no. De esa carta se desprende que ella...

¡Sí, ya lo sé!

No ha pasado nada.

Pero hay muchas maneras de sentir el abandono y el desprecio.

Basta un minuto y, a veces, una sola mirada

para lastimar un corazón.

Seguramente Inés lo ha pasado muy mal...

Y yo también, Juan.

-¿Tú? ¡Tampoco sucedió nada!

Hay hombres que andan detrás de una como perros.

Pero esos hombres no nos gustan.

Y cuando una encuentra a un hombre

con el que sería capaz de pasar el resto de su vida...

es un fraile

o se llama Carlos Deza.

Tenemos mala suerte tus hermanas, Juan.

Anda, come, está caliente.

Debes marcharte a Madrid.

Me da el corazón que encontrarás a Inés y podréis volver enseguida.

-¿Volver? ¡No volveremos nunca!

¡Tú no entiendes! Por supuesto.

Yo no entiendo y, sobre todo, no soy nada para vosotros.

No me quejo. Ve a buscarla, quédate con ella

y que todos os salga bien.

Esto, por mucho que le haya dolido, le pasará.

Hay unos huevos, ¿quieres?

-Bueno.

¿Y eso del sindicato cómo va?

-¿Del sindicato? Sí,

según Carlos, es cosa hecha.

-Así parece.

¡Ya era hora de que algo resultase, no sabes cómo me alegro!

Vas a quedar muy bien con tus amigos.

-Cállate, ¡cállate,

no te metas en eso! ¡Si no es meterme, hijo,

es alegrarme de que tengas un éxito!

-¿Pero no te das cuenta de que marcharé mañana,

de que lo abandonaré todo?

¿Vas a dejar a tus amigos en la estacada, eres capaz?

-¡Dejaría hundirse el mundo entero!

Por eso no volveremos.

Me iré mañana en el primer autobús, como un traidor.

¡Y tú, tú no dirás a nadie dónde he ido ni por qué!

¡Dios mío, Juan, no os entiendo!

-Bah, no te hace falta entender nada de esto, ¡nada va contigo!

¡Vaya, se han quemado los huevos!

Espera, freiré otros, estos me los comeré yo.

-¿Te queda algún dinero?

Claro, hombre, no me voy a gastar 50 duros en cuatro días.

-¿Puedes darme algo?

Te lo daré todo, yo ya me arreglaré.

-No necesito todo, ya me entiendes: unos cuantos duros.

No sabemos lo que nos puede pasar. Inés...

Sí, hombre, sí, no hace falta que te justifiques.

-Es que... Desembucha.

-Habría que vender la casa.

Nos pueden dar por ella 20 000 duros;

la huerta es grande y buena.

Y 20 000 duros es un buen precio. Lo repartiríamos.

De acuerdo. La mitad para vosotros.

La otra mitad para mamá y para mí. Mamá también entra en la parte.

Y si muere, repartiremos también lo suyo.

-Lo he estado pensando.

Esta casa es demasiado grande.

Podrías buscarte un piso en el pueblo.

Yo sé lo que he de hacer, Juan.

(SUSPIRA)

¡Esto no hay quien lo coma!

Si no estás, hablaré con doña Mariana de lo de la quincalla.

-Me da igual. Habla con ella o con quien quieras.

Carlos también te puede ayudar.

Lo de vender la casa traerá enredos,

pero tienes que hacerlo pronto.

Ya te escribiré adónde has de mandar el dinero.

Hasta mañana.

Crujido de la madera.

Crujidos.

(RONCA)

Esto es todo lo que me queda.

(LLORANDO) ¡Y después de esto, nada!

¿Qué te pasa?

Vamos, dime qué te pasa.

Juan se ha ido a Madrid.

¡Oh, no...! Ha hecho mal tu hermano en marcharse tan pronto.

¡Es abandonar a los pescadores! Eso le dije yo.

Con él fuera, no creo que la vieja acceda a nada.

¿Cuándo vuelve? No volverá.

Me dijo también que vendiera la casa

y quedé en mandarle la mitad de lo que me den.

¿Y tú, vas a quedarte en la calle? Ya me arreglaré.

Claro que... necesito alguna ayuda.

En el ayuntamiento me dieron esto.

Son los gastos que hay que hacer para una subasta.

Pero yo no tengo un real. Di a Juan todo lo que había en casa.

En cuanto la venda, pagaré. Sí, pero aquí no hay nadie

que tenga cuenta corriente para imprevistos, por lo menos yo.

La finca es buena.

Tiene 70 ferradas de monte y 20 de regadío.

Bien trabajada, daría dinero. Puede convenir a cualquiera.

¿A cualquiera? Aquí el único que puede comprar es Cayetano.

O vendérsela a la vieja. ¡No, eso no!

¿Por qué no? Ella puede comprarla, le hablaré si quieres.

No, podría pensar que vendo para obligarla a comprar.

Querrá hacerlo. Cayetano está empeñado en llevarse

todo lo de los Churruchao y ella en impedírselo;

por ese lado, no hay problema. Ella no tiene por qué enterarse.

Y está enferma y no debes decirle nada.

Como quieras. Lo que sí puedes es preguntarle

si está dispuesta a alquilarme el bajo que tiene.

Donde quería poner la tienda y encargarme a mí.

¿Para qué te interesa? Si vendo la casa,

puedo abrir la tienda yo. El sitio es bueno.

No te imagino vendiendo metros de puntilla a las aldeanas.

¿Por qué? No lo sé, pero...

cada uno tiene su destino y el tuyo no es ese.

Tú eres una mujer dramática, Clara;

luchando contra tus hermanos, la pobreza y el pecado, eres tú,

estás en tu salsa. Pero detrás de un mostrador,

perderías el interés.

¿Sabes una cosa? Doña Mariana

tuvo que darse cuenta cuando te ofreció el empleo.

No, hijo, no. Lo que doña Mariana pensó

es que, a lo mejor, te compadecías de mí

y te casabas conmigo por lástima.

Tu obligación es quedarte en tu casa y aguantar hasta el final.

¿Y cuál será el final? Y quién lo sabe.

¡Arre, bonito!

A lo mejor, ocupar el puesto que deja vacante tu hermano...

una mujer como tú sería un gran caudillo anarquista.

No dices más que tonterías. Sí, sí.

Y además las haces. Porque todo eso que acabas de aconsejarme en broma,

es lo que vienes haciendo desde que llegaste.

Sólo que a ti te visita una mujer todas las noches y yo duermo sola.

¡Y ya estoy harta!, ¿sabes? Además, ¡tengo miedo!

Como pueda poner la tienda, la pongo. Aunque a ti no te guste.

¡Arre!

Y si no quieres ayudarme, allá tú.

¡Me importa un pito dejar de ser una mujer interesante!

Lo que quiero ahora es ser un poco feliz.

¡Arre!

¡So!

Gracias por traerme.

¡Clara!

Intentaré conseguir el dinero. Y le hablaré a la vieja.

Como quieras.

¡Arre, bonito!

  • Capítulo 8

Los gozos y las sombras - Capítulo 8

13 sep 2017

Inés se marcha de Pueblanueva en busca del Padre Osorio. Más tarde llegará una carta en la que el fraile cuenta las proposiciones que le hizo Inés. Por este motivo, Juan Aldán decide marcharse a buscar a su hermana, pero para nunca regresar.

Histórico de emisiones:
13/05/1982
28/04/2013

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