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Los gozos y las sombras - Capítulo 7 - ver ahora
Transcripción completa

-Vaya tiempo.

De seguir así quedará muy deslucido el baile del casino.

-¿Pero vas a ir al baile?

-He de cuidar de mis ovejitas. -Bah...

buenas estáis tú y tus ovejitas.

Y sé que cuidarás mucho de ellas cuando un tío las apriete.

Lo que deberías hacer es ir al médico y meterte en la cama.

-¿Ya quieres desterrarme de esta vida?

(TOSE LUCÍA) -No.

Lo que quiero es que te cuides

y no hagas disparates, deberías seguir en la cama, ¿ves?

Buenos días. (ALEGRE) -¡Carlos!

(RÍE) -Eh... -Pase, pase.

-¿Pero qué le ocurre hoy, hombre? ¿Riñó con alguien?

No sé, quizás sea el tiempo.

-Siéntese, Carlos, ahora le preparo un café calentito.

-Perdóneme, Carlos, pero tengo que ir a la estación de autobuses

a por unos medicamentos. Pero, don Baldomero...

-Hasta luego, hasta luego.

(BAJITO) -Tengo que hacerle una confidencia, Carlos.

Esta mañana...

-Gracias, hija, adiós.

-Usted es un caballero...

Esta mañana Cayetano me salió al paso.

-Es indudable que me esperaba,

jamás se le ha visto a las nueve de la mañana

por la carretera del monasterio.

Salíamos de misa, hacía viento y tuvimos que abrigarnos.

(EMOCIONADA) Entonces pasó con su coche y se detuvo...

y me besó la mano.

Fíjese bien, íbamos todas,

las hay muy bonitas como sabe, jóvenes, atractivas,

pues bien, nos invitó a subir al coche

y se las compuso para que yo me sentase a su lado.

¿Y qué? -Imagínese.

Me dijo...

que mañana me sacaría a bailar.

A mí...

a una pobre mujer casada y enferma.

A una tuberculosa. (TOSE FUERTE)

Porque yo...

yo, don Carlos...

estoy tuberculosa.

¿Qué va a pasar mañana en el baile?

Pues, que Cayetano la sacará a bailar.

-¿Y mi marido?

¿No piensa usted en lo que hará mi marido?

Nada, supongo, todo lo más mirar.

-¿Nada? Qué mal conoce a Baldomero.

Me tiene abandonada,

pero si Cayetano intenta hablar conmigo...

habrá un escándalo.

Yo se lo imploro, Carlos, contenga a mi marido,

evite la tragedia.

Es que no pensaba ir al baile.

-Vaya usted por favor,

Baldomero le tiene mucho respeto.

Si usted le dice que en los países civilizados

una dama puede bailar honestamente con un caballero

aunque no se sea su marido, le hará caso.

Incluso puede usted si quiere...

puede usted sacarme a bailar.

Hágalo, se lo suplico,

así no llamará la atención de nadie que me saque después Cayetano.

En el caso...

de que usted quiera hacerme el honor de bailar conmigo...

y si mi enfermedad...

no le causa repugnancia.

(TOSE)

Bien...

haré lo posible por ir, pero no se lo aseguro.

Ahora he de marcharme, no puedo esperar a su marido, adiós.

-¡Por favor!

Por favor, ¿vendrá usted, D. Carlos?

Pues... (INSPIRA FUERTE)

¿Qué? -Prométamelo.

Sí... quizá.

Adiós. -Adiós.

Cierra la puerta.

-Con ese meneo de caderas, hermosa,

nos vas a volver locos a todos.

-A ver cuando me toca el turno a mí.

-¡Cada día estás más rica!

-¿Qué, cuándo vamos a dar una vuelta tú y yo?

-Por estar contigo daría... No seas arisca, mujer.

Algarabía de mujeres.

¿A cómo están estas? -A tres el cuarto.

¿Y estas? -A dos y media.

Póngame dos. -Bien.

Tenga.

Gracias. Hola, ¿te queda mucho?

No, espera. Si quieres acompáñame, he de comprar otras cosas.

Adiós.

-Buenos días. Hola.

Carmiña. -Hola, Clara.

¿Me das el vino? -Aquí tienes.

Gracias, mañana te lo pagaré. -No te preocupes.

Adiós. -Adiós.

Adiós. Ya he terminado. Adiós.

-Adiós.

No te he visto en todos estos días.

He tenido mucho que hacer.

¿Mucho que hacer? Sí.

Campanadas. Ya.

Cortejar a la vieja y visitar a doña Lucía.

Fue un compromiso. Si no te lo reprocho,

no tienes obligación de andar conmigo,

como no la tenías para ofrecérmelo sin pedírtelo.

No me hubieras hecho esperarte.

¿Lo hiciste?

Sí, todos los días.

Algunos bajé a comprar pescado sin necesidad,

solo por si venías.

Lo siento, he tenido... No tienes por qué disculparte

y menos con mentiras.

Dejemos las cosas claras.

Nos veremos cuando caiga y sin ninguna obligación.

Hoy justamente venía a proponerte ir al baile.

¿Al casino? Sí, ahí se celebra, ¿no?

Eres poco listo, Carlos.

Deberías haber adivinado que yo nunca iré al casino.

¿Por qué? Ahora tienes un traje muy bonito.

¿Y qué? Puede importarme que tú me veas con él o la gente,

pero no los del casino, los del casino son gentuza.

Más de una fingiría escandalizarse. Yendo conmigo eso no sucedería.

Aunque me lo pidiese la junta en pleno no iría jamás a ese baile.

Lluvia.

Hay cosas por las que no paso.

¿Vamos a nuestro bar? Tú tomarás un Benedictine, ¿no?

¿Y qué cosas son esas por las que no pasas?

Que los santos no quieran nada conmigo me parece natural,

pero que esas zorras del casino bajen la cabeza cuando paso,

eso no lo tolero.

Y sin embargo en eso la vieja y yo estamos en la misma situación.

Si fuésemos como ellas ni lo suyo ni lo mío tendría importancia,

yo sé de otras que han hecho cosas peores como deshacerse de un hijo,

mucha gente lo sabe y por ahí anda, tan tranquila.

Pero lo nuestro, también lo tuyo,

se mide por otro rasero. -¿Tomará hoy también un Benedictine?

Sí, gracias. -¿Y usted?

Nada.

Son cosas de las que se acordarán siempre.

Si todos los del pueblo fuesen iguales no me importaría,

pero son los que van al casino, con los de abajo me llevo bien.

Damos por supuesto que todos pecamos igual y a otra cosa.

¿Qué? Llévame al baile del Paraíso.

¿Y qué es eso?

Donde van los marineros y toda esa gente.

Claro que...

que si me llevas al Paraíso irán con el cuento a la Galana.

Si es que no la vemos allí.

Tendría gracia, ¿no? Eso son bobadas, Clara.

¿Por qué hablas de la Galana ahora?

¿Por qué hablan los demás?

Nadie te ha visto con ella, ni rondar su casa,

pero no dudo que es tu querida.

Por favor, Clara. No intentes negarlo.

Yo no tengo por qué meterme, allá tú y ella,

si es tu forma de darle a Cayetano en las narices haces bien.

¿Pero por qué no prescindes de mí?

¿Quieres decir por qué he venido a buscarte?

Sí, quiero decir eso y algo más.

Gracias.

Me había hecho ilusiones, eso es todo.

Aquí, en esta mesa, aquel domingo.

Creí que te gustaba y que habías venido a Pueblanueva para algo.

Para algo que valiese la pena,

no liarte con la querida de Cayetano.

Algo que te valiese la pena a ti. Naturalmente.

Tenga. -Muchas gracias.

Pero reconozco que me hice ilusiones sin que me dieras pie.

Seguramente el deseo de dejar de estar sola

me hizo pensar que venías para acompañarme.

Pero es igual.

Espera... ¿Para qué?

Siento algo así como la necesidad de que también me escuches.

No.

Me convencerías de cualquier cosa, de que he sido una estúpida,

y yo no quiero que me convenzas de nada.

Además, no dirías la verdad,

y sobre todo ocultarías algo de lo que estoy convencida,

de que en algún momento te gusté.

Carlos...

no, no vengas.

Siento no haber aprovechado ese momento.

Sin embargo estoy segura de que es la primera cosa buena

que he hecho en mi vida.

Adiós.

Música de acordeón.

Pájaros cantando.

-Rosario...

¿Quién eres? -Ramón, ¿no te acuerdas?

Estuviste en mi casa y hablaste con mi madre.

Ya.

-Yo soy Ramón.

¿Y qué? (INSEGURO) -Nada...

Es que...

Pasaba y... ¿Y?

-Pensé que querrías ir al baile.

Sí, al Paraíso, ahí al lado.

No.

-Tengo ropa nueva, ¿sabes? No, si no es por eso,

es que los viejos no me dejarían ir.

-Si quieres yo puedo hablarles. No, no te conocen.

Eh... ¿es que no quieres?

No, es que no puedo, no me dejarían.

-Ya...

¿Sabe tu madre que estás aquí?

-No. Pues debías habérselo dicho.

-A ella le parece bien.

¿Ya habéis hablado? -El otro día, cuando estuviste.

¿Y qué? -Que le parece bien.

¿Y a ti?

-Yo puedo venir un rato todas las noches si tú quieres.

¿Sabes lo de Cayetano?

-Sí.

¿Y no te importa?

Bueno, vuelve mañana.

-¿No quieres venir al baile?

No, pero vuelve mañana, hablaré con mi madre.

Ahora vete.

(EUFÓRICO) -¡Yepa, yuju!

-Has tardado mucho, ¿dónde estabas? Con Ramón.

-¿Quién es? Un vecino.

-¿Qué quería? Me pidió la palabra.

Es un buen muchacho, buen labrador, ya hizo el servicio.

Él y su madre tienen las tierras y una casa, no son más hermanos.

-¿Le mandaste volver? Sí.

Mañana.

Música de baile.

-Oh... -¡Uh!

-¿Me permite?

-Qué bien lo vamos a pasar.

Risas.

-Podéis bailar.

Gritan alegres.

Ven, pequeño.

-Dígame. -Oye, guapo, ¿está por ahí dentro...

mi marido? -Sí, señora.

-Dile que estoy aquí.

-Dice que "Bueno".

-Oye, guapo, ¿y está...? -¿Quién?

-Nadie, nadie, gracias.

Tráeme un refresco. -Sí, señora.

Aplausos.

-¡Muy bien! -Venid.

-Invita la casa.

Siguen los aplausos. -Muchas gracias.

-¿Le damos una sorpresa a Dña. Lucía y pedimos el tango que le gusta?

¿Se saben la letra de esa canción que dice:

"Te invito a penetrar en el templo donde todo el amor lo purifica"?

-Ahora mismo, señorita.

(RÍEN EMOCIONADAS)

Atención... Una, dos, tres...

-Vamos.

Se arrastran los compases compadrones

del tango que se encoge y que se estira.

Su música doliente pareciera sentir una...

(NARRADORA) -Si fuera cierto...

Si el amor lo purificase todo,

si no fuera pecado.

...el amor lo purifica,

Viviremos los dos el cuarto de hora de la danza...

(NARRADORA) -Pero sin el pecado, ¿sería de verdad amor?

Ella desconocía el amor virtuoso,

y no había podido al menos experimentarlo

porque con su marido...

¿había sido feliz, lo había amado verdaderamente?

(SOBRESALTADA) -¡Ah! -¿Qué te pasa, Lucía?

¿Te encuentras mal?

-Sí, me encuentro mal, no debí venir al baile.

-¿Y por qué has venido?

-Mis ovejitas, es necesario que cuide de ellas.

-Pues no te duermas,

porque al menos una de tus ovejitas está dándose el lote con mi sobrino.

-¡Oh!

¡Dios mío! ¡Oh!

Te invito a penetrar en este templo

donde todo el amor lo purifica. -¡Es un escándalo!

¡La juventud de ahora no tiene vergüenza!

-Si es tu sobrino no importa,

a los muchachos no hay que temerlos,

todo se les va en palabras.

(EMOCIONADA) ¡Ah!

¡El peligroso es ese...

el Gavilán!

-Ya quisiera Julia Mariño que Cayetano se fijase en ella.

-Qué más quisiera su padre.

El almacén les va mal y me han dicho

que andan detrás de un préstamo de Cayetano.

Si la niña se metiese por medio... -Qué pueblo repugnante.

Se arrastran los compases compadrones...

del tango que se encoge ý que se estira...

-Fíjate en Cayetano, se la come con los ojos,

es capaz de quitársela a mi sobrino. -¡Pero no a mí!

-¿Qué pasa?

-Estoy asombrada, Julia.

Tu conducta con este jovencito está siendo muy comentada.

-Señora, yo... -Vete inmediatamente.

-Gavilán, no tiene nada que hacer aquí,

tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

(SEDUCIDA) ¡Oh!

Vengo a bailar con usted.

(SIN CONVICCIÓN) -Por Dios, Cayetano, no sea atrevido.

¿Qué va a decir la gente? ¿Y mi marido?

¿Su marido? Nada.

Se le pide permiso. -¿Usted?

¿Pedirle permiso usted?

¿Por qué no? Ahora mismo.

Se arrastran los compases compadrones

del tango que se adueña de las fibras.

-¡Oh!

Ya ves mi sacrificio por guardar tu pureza, hija mía.

-Ya lo veo.

-¿Que quiere bailar con mi señora, don Cayetano?

Es la costumbre en los países civilizados,

claro está, que si usted no lo permite...

-Las señoras de los presentes son tan distinguidas como la mía.

-Oh, no...

-Doña Lucía es de lo más fino que hay en Santiago.

-¡Perdón! (RÍEN TODOS)

-Pasamos la vida pidiendo que haya paz en este pueblo,

y cuando el amo nos la brinda no la queremos.

(RÍE IRÓNICO) -¿Entonces por qué no baila el amo con su señora?

-Por mí no hay inconveniente. -¡Ah, ah!

Haya paz, señores, haya paz.

Bailaré, si me lo permiten,

con las señoras de todos ustedes,

pero como con ella empezó la cosa

reclamo que doña Lucía sea la primera, cuidado,

sin que esto sea un desdoro para las otras.

-Eso, eso, abajo las costumbres anticuadas.

-¡Abajo! -Allá usted, por mí que no quede,

caprichos más raros he visto,

pero que sea pronto que en cuanto saque la apuesta me voy a dormir,

me muero de sueño. -¿Entonces continuamos la partida?

-Continuamos, ¿quién da?

-A triunfos. Señores...

-Sí. -A ver qué cartas me das, ¿eh?

-Conservad la mano, ¿eh?

-Salgo yo.

-Está amañado, siempre le toca dar, no sé cómo lo hace.

Quiero verla a solas.

Risas.

-¡Oh!

Es usted un exagerado, Cayetano.

Respóndame, ¿quiere verse conmigo? -Oh...

Soy una mujer casada.

Mañana, en Santiago,

cuando salga de ver al médico.

(BALBUCEA) -No me espere, no iré.

En el hotel Compostela...

cuando salga del médico, a la hora del café.

Es un lugar fino, selecto,

donde puede ir una dama respetable como usted.

-No me espere... Irá.

-Cuidado. -Cierra la puerta.

Lo siento, no podéis pasar.

-No podemos aguantar. -Yo estoy que reviento, ¿qué pasa?

Déjanos pasar, venga mujer. -¡Huy!

(RÍEN AMBAS)

-¿Podemos pasar ya? -Aún no.

(RÍEN LAS DOS)

Acaba el tango.

Aplausos.

(RÍEN)

Comienza otra canción.

-Vaya con su mujer, ¿eh? -Mire, mire...

Mire cómo la goza.

-Pero, hombre, eres un insensato. -¿Por qué?

-¿No ves algo raro en todo esto?

-¡A mi plim! Mi mujer está fuera de favores

y como no tengo hijas. -Oh...

-Nada, no se preocupe, no pasa nada. -Pero bueno...

-Que no pasa nada, hombre.

-Hola. -Llévame a casa, Baldomero,

no puedo más.

-Sí, está bien, mujer. Ya lo oyen, debemos irnos a casa, buenas noches.

-Adiós, Baldomero. -Adiós, señor juez.

-Adiós, y a ver si bailamos más otro día.

-Mire usted cómo disfruta don Cayetano.

-¿Pero no crees que hay algo raro en esa forma de bailar?

-Es un hombre de mundo.

-Si tú lo dices. -Sí.

Señor... ¿Sí?

¿Y si me quedo embarazada?

Me caso contigo.

No lo piense, señor. ¿Por qué?

Ya se lo dije, señor,

pasaría por tener en su cama un plato de segunda mesa.

(RÍEN AMBOS)

Si no quieres casarte te vienes a vivir aquí conmigo.

¿Eh? No, tampoco.

¿Entonces?

Habría que pensar en un marido.

Es lo que se hace, señor.

No habría de faltar quien lo quisiera.

La Granja de Freame es una tentación para muchos.

Sí, pero ya la llevan tus padres.

Sí, claro, pero ellos han de morir,

y de mis hermanos uno piensa irse a Cuba.

Hay un mozo que anda detrás de mí,

un tal Ramón y es labrador.

Viene por la granja, si el señor quisiera...

¿Qué?

Es solo dejarle venir a hablar por la ventana después de cenar,

así el señor estaría más tranquilo.

Rosario, no entiendes las razones por las que no puedo hacerlo, ¿no?

Si el señor no quiere...

Pero es lo mejor.

Es una tranquilidad, también por mis padres,

no sabe lo mal que me tratan, dejarían de pegarme.

¿Y todo por qué? Todo por mi culpa.

(CARIÑOSO) Chis, la culpa es mía, no vuelvas a hablarme de eso.

Señor...

si yo no hubiera querido,

el señor sabe que yo le busqué desde que nos vimos en el autobús.

¿Por qué lo hiciste?

No sé, estaba en mi suerte, pero no pensaba en casarme con el señor.

Un día el señor se cansará de mi cuerpo

y en mi casa no me quieren,

así el señor es libre.

También querrá casarse alguna vez y podrá sin que yo le preocupe.

"Para Elisa" al piano.

-¿No hay otro salón? -No, señora.

(TOSE)

Empezaba a impacientarme.

Siéntese.

¿Cómo está usted?

-Casi muerta. Vamos, vamos...

-Voy a morir pronto, Cayetano.

Pida usted para mí...

algo que me dé fuerzas.

Le sentará bien coñac.

-Lo que usted quiera...

siempre que no me haga toser, sería horrible.

-¿Don Cayetano? Un café y un coñac para la señora.

(SUSPIRA) -Ay, estoy cansada, muy cansada,

tendrá usted que perdonarme.

(SOBRESALTADA) ¡Ah!

Por favor, todo el mundo me conoce.

Repórtese.

¿Viene usted del médico?

-Sí. ¿Y qué le ha dicho?

-Que me quedan tres meses de vida,

cuatro a todo tirar.

El médico me leyó mi sentencia de muerte.

Eso lo ha dicho para meterla miedo, mujer.

-No, Cayetano, lo cierto es que voy a morir.

(SUSPIRA) ¿Y qué me llevo de la vida, eh?

Pena, dolor, aburrimiento...

Solo eso, aburrimiento.

Será mejor que eche el coñac en el café.

-No me hará toser, ¿verdad? No, así no.

Y después...

nos iremos enseguida.

-¿Adónde?

Podemos ir a dar un paseo en coche.

-¡Oh, por favor, todo el mundo me conoce!

(RÍE) Un paseo es algo inocente, ¿no?

Beba.

Hágalo despacito, le sentará bien.

Eso.

-Por favor, Cayetano, ¿a dónde me lleva?

Ya se lo dije, a dar un paseo.

-Me da usted miedo. ¿O...?

¿O qué?

-Me doy miedo a mí misma.

Eso, ya ve, no lo entiendo.

-Es que no lleva la muerte encima, si la llevara como yo

sentiría una especie de rebelión,

algo así como unas ganas locas de ser feliz.

¿Usted se aburra ahora?

-Ahora no, ¿cómo voy a aburrirme?

Estoy triste y siento dolor en el alma porque no soy feliz.

¿Quiere serlo? -¿Cómo?

Le pregunto si quiere ser feliz ahora mismo.

-¡Cayetano! Respóndame.

-¿Qué es lo que me propone?

Respetuosamente le invito a acompañarme.

-¿Para qué? Lo sabe de sobra.

-Cayetano, ¿se da usted cuenta?

Sí. -Soy una mujer honrada

y una buena esposa.

Pero se aburre y no es feliz.

-Lo que usted me propone es un pecado.

En eso no me meto.

-Voy a morir y perderé mi alma. Vea si la compensa.

-Cayetano, es usted un monstruo.

Alabado sea Dios.

-Si cedo a la compasión me matará el remordimiento.

¿Y qué más le da si va a morir de todos modos?

-Es usted cruel.

Le ofrezco ser feliz,

en lo demás no me meto.

¿Qué me responde?

-Que responda por mí el destino.

Pájaros cantando.

-Buenas tardes, don Cayetano.

Y la compaña.

-¿Qué hay? La señora viene cansada,

y querría echarse un poco. -Muy bien, don Cayetano.

-Ya sabe dónde es.

¿Le sirvo algo? Te avisaré.

¿Vamos?

Vamos.

(NERVIOSA) -Ay...

Vamos.

Vamos. (RÍE)

Vamos.

(MUY NERVIOSA) -¡Oh!

(RESPIRA NERVIOSA)

¡Oh!

¿Este es su antro, Cayetano?

Un antro claro y limpio, como ve.

-Si las paredes hablasen...

Pero no hablan.

-Cayetano... ¿Ajá?

-Esto es para mi alma la antesala del infierno.

Está a tiempo de arrepentirse.

-Hace frío.

Voy a encender la estufa.

(ENFADADA) -¿Todo lo tiene preparado?

El hambre de felicidad me arrastra hacia el abismo...

me siento descender.

¿Cómo podré mirar a las mujeres honradas?

No hay mujeres honradas. -¡Yo lo he sido hasta hoy!

¡Ah!

¿Qué haces?

Vas a tener mucho calor con todo esto encima, ¿no?

-¿Me vas a besar?

¡Claro!

-No lo hagas en la boca...

mis labios son venenosos.

(SEDUCIDA) ¡Oh!

¡Por piedad, eso no, Cayetano! ¿Cómo que no?

-¡Cayetano, no! Vamos, sé razonable.

-¡Respeta mi pudor! Con pudor no hay felicidad posible.

¡Soy una dama indefensa! ¡No! Vamos, no seas niña.

-¡No, no! ¿Qué...?

-Cayetano...

¿Pero qué es esto?

(AGUANTA LA CARCAJADA)

(RÍE A CARCAJADAS)

(RIENDO) ¡Ay, puñetera loca!

(RÍE) Si lo sabía, lo sabía.

¡Bah!

(RÍE A CARCAJADAS)

No, la señora se ha puesto mala,

ve con ella y dale un poco de aguardiente,

pero con cuidado que está tísica.

-¿Se queda aquí? No, luego mando a buscarla.

Anda.

¡Guapa! (RÍE)

Música jazz del disco.

-Buenas tardes, don Cayetano, señor Cubeiro.

-Hola, rapaz.

Buenas tardes.

¿Hay partida?

-¿Solo de tres? -Alguno vendrá.

Campanadas del reloj.

-Pepe, un café. -Enseguida.

Bueno, vamos allá.

¿Lo ve? Ya somos cuatro.

-Buenas tardes, don Lino. -Hola.

-A su hijo le tuve que poner a caldo esta mañana,

no se ha portado bien el rapaz.

-¿Qué hay, señores? -Buenas tardes.

-¿Empezamos? -Le estábamos esperando.

-¿Quién da? -Usted mismo.

-Bueno, a esto se llama llegar y besar el santo.

-Buenas tardes, don Baldomero. -Hola, rapaz. Toma.

-Ahora voy yo. -Y ahora yo.

(RESOPLA) -¡Uf!

-Buenas tardes, señores. (TODOS) -Hola.

-¿Qué tal, don Carlos? Bien, don Baldomero.

-¿Qué?

¿Se puede mirar? -Y otra más.

-Ajá, mío. -Ni una doy.

-Esa es buena.

Pero hombre, si antes falló usted,

¿cómo es que ahora tira un basto?

-Hombre, don Cayetano, eso no está bien.

Bueno, bueno, no se enfaden, dejo la partida.

Cedo el puesto a mi amigo el boticario

si no tiene inconveniente. -¿Por qué he de tenerlo?

Me dijeron que anoche su mujer llegó muy enferma.

-Sí. ¿Cómo está?

-¿Cómo ha de estar? Como una persona que no se cuida.

Tiene dos cavernas en los pulmones que le caben los puños.

Me lo dijo el médico por teléfono,

y todo por no hacerse a tiempo las neumotórax.

Fue a Santiago y volvió muerta de miedo.

Ahora tendrá que pasar una temporada en la montaña,

pero de poco va a servirle.

Vaya por Dios.

Y usted quedará triste.

-Hombre, imagínese. -¿Quién, este?

(RÍE) Ya verá qué triste queda.

El buey suelto bien se lame.

-¿Qué dices? -Cubeiro, no sea bestia.

Me refería al motivo.

¿Y cuándo marcha?

-Vaya usted a saber.

(SUSPIRA) Ay, su señora es una santa.

Si necesita el coche para el viaje lo pongo a su disposición.

-¿Lo dice de veras?

En estos casos, mi querido don Baldomero,

se olvidan las diferencias.

Pongo el coche a su disposición todo el tiempo que sea necesario.

-Gracias, don Cayetano.

-Vamos a seguir la partida. -Sí.

-Don Baldomero, su señora manda recado de que vaya enseguida,

que se encuentra muy mal. -¡Ya voy, ya voy!

Permítame, don Baldomero, le ayudo. -Muchas gracias, don Cayetano.

Eso es, salude a su señora de mi parte y dígale cuánto lo siento.

-Adiós. -Que no sea nada.

-Gracias, gracias a todos.

-Pobre don Baldomero.

-Vaya por Dios,

parece que hoy tampoco podremos hacer la partida.

-Pues hagámosla de tres. -Pues eso, a ver quién sale.

-Venga, Cubeiro, baraja de una vez.

-Don Lino, no se impaciente.

(BAJITO) Carlos, ven para acá.

(BAJITO) ¡Ven para acá, hombre!

Tengo... que contarte una cosa.

-Corte.

Oros, copas y espadas.

Doy yo. -Vale.

Anteayer me llevé a la cama a la mujer del boticario.

No. Sí.

Una tuberculosa medio histérica,

yo no me creía lo de la tuberculosis.

que aunque me la llevé a la cama no me acosté con ella.

Porque se me desmayó cuando vi que tenía tetas postizas. (RÍE)

(RÍE DISIMULADO) Pero eso no importa.

Ya. Claro.

Bien... Yo...

Yo lo del postizo me lo imaginaba,

y debo confesarte que la curiosidad me ayudó a vencer la repugnancia.

Quería que lo supiera todo el mundo para bajar los humos al marido,

pero al enterarme de sus agujeros en los pulmones

y que le queda poco tiempo de vida

he decidido que no lo sepa nadie.

Ten cuidado, ¿eh? ¿Por qué?

En un hombre como tú, la misericordia es debilidad.

¿Misericordia?

¿Pero qué misericordia? Tú no has entendido nada.

¿Misericordia dices?

No, hombre, no es eso.

Tú imagínate que el boticario se entera

y le pega una paliza y la otra se muere a resultas.

Puede ocurrir, ¿no? Sí.

Lo sabría todo el mundo.

Y se enteraría mi madre.

Ah, y tu madre es para ti la medida del bien y del mal, ¿no?

Naturalmente, mira este.

José.

-¿Don Cayetano? Dos coñacs, ¿eh?

-Sí, señor.

Dos coñacs.

(INQUIETO) -¡Lucía!

¡Lucía!

¡Lucía!

(MUY PREOCUPADO) ¡Lucía, Lucía, qué te pasa?

¿Qué te pasa, Lucía?

(FATIGADA) -Voy a morir. -¡No!

-Déjame. -¡No!

-Llévame a la cama. -Lucía, ¿pero qué te pasa?

¿Qué te pasa?

(MUY FATIGADA) -Ah...

-Cariño, ¿qué te pasa? ¿Qué...?

Golpetazo. (TOSE)

(COGE AIRE AHOGADA Y TOSE)

(RESPIRA NERVIOSO) -¡Huy!

¡Ay, Dios, ¿dónde habré puesto....?!

(RESPIRA AHOGADA)

-¡Ya, aquí!

¡Eh, Lucía, tómate esto!

¡Lucía, tómatelo! (RESPIRA MUY FATIGADA)

-¡Sí! -Baldomero...

el Señor me ha abandonado. -¡No!

Lucía, no te pongas así. (TOSE)

-¡No me abandones! -¡No!

Calma. -Voy a morir

¡No! -¡Voy a morir!

(GRITA) -¡No!

-Pero antes necesito tu perdón. -¿Qué?

-¡El perdón de Dios no me basta!

(LLORANDO) ¡Soy una mujer infame! -No.

-¡Infame! -No.

(LLORANDO) -Te he deshonrado, esposo mío.

¡Te he engañado con otro! -¡¿Qué dices?!

(FURIOSO) ¡¿Con quién?!

¡Habla enseguida, ¿con quién?!

(BALBUCEA) -Con... -¿Qué?

-Con Cayetano. (GRITA AFECTADO)

-¡Perdóname!

(HISTÉRICA) ¡Perdóname, perdóname!

(INCRÉDULO) -¡No! -¡Perdóname!

-¡Pero suéltame! (LLORA DESESPERADA) -¡Perdóname!

(LLOROSO) -¿Por qué?

(LLORANDO) ¿Por qué, por qué? (TOSIENDO) -¡Perdóname!

-¿Por qué? ¡Dios!

(LLORANDO) ¡Lucía, Lucía!

¡Lucía!

(LLORANDO DESESPERADO) ¡Lucía!

Estruendo.

(TOSE AHOGADA)

(DESGAÑITÁNDOSE) ¡Lucía!

¡Lucía, Lucía!

¡Lucía!

¡Lucía, Lucía!

(LLORA Y TOSE)

-¿Qué has hecho, qué has hecho?

Estruendo enorme.

No, pasearé hasta casa de don Baldomero.

Bueno, como quieras.

Gente cantando a lo lejos.

Asunción, Asunción, echa media de vino al porrón.

Asunción, Asunción, echa media de vino al porrón.

Pasos apresurados.

(LLORA)

(LLORA DESESPERADO) ¡Dios!

Campanas.

Pasos a la carrera.

Llanto de Baldomero.

Don Baldomero, ¿qué sucede?

(LLORANDO CASI ININTELIGIBLE) -Mi mujer me ha engañado.

¿Cómo, qué dice? -Sí.

Acaba de decírmelo, con mi peor enemigo.

¡Con Cayetano! No, no puedo creerlo.

-¡Sí! Su mujer no le ha engañado.

-Sí, don Carlos, han sido sus palabras.

Cálmese. -¡Mi mujer no ha mentido!

Ella esperaba que yo la matase,

y hasta me pidió que lo hiciera, pero no fui capaz.

Yo no... fui capaz.

Ella tosía y...

Yo soy un puñetero sentimental...

Ella...

tosí...

tosía...

(LLORANDO SIN PODER HABLAR) Y... me dio pena.

¡Y pudo más la pena que mi honor!

¡Soy un cobarde!

No se la rindas. ¿El qué?

-¡El que esté llorando! Pero es lo natural.

Quiere a su mujer y aún la quiere. -No, qué va.

(LLORA) Usted se equivoca.

No, don Carlos, a mí me gustan las mujeres con la tetas en punta,

bien duras, y mi mujer no tiene,

me dio el pego con unos cucuruchos rellenos de algodón

y cuando quise darme cuenta ya no había remedio. ¡No!

No me lo merezco, Señor, no me lo merezco.

¡Sí! ¡Sí! ¡Sí me lo merezco!

¡Soy... soy un cabrón!

¡No, no! No me mire usted con esa cara.

Soy tan cabrón como don Lino,

o como Martínez Couto o como cualquiera de los padres

o maridos de las mujeres seducidas por Cayetano.

¡Soy un cabrón, me ha ganado por méritos propios

un puesto de honor en la cofradía del cuerno!

Ya basta, vuelva a casa y tranquilícese,

piense que por lo que sea le engañó.

-¡No, eso no puedo ni pensarlo!

¡Ni tampoco puedo volver a esa casa

y vivir con ella bajo el mismo techo!

Don Baldomero... -¡Estoy decidido!

(LLORANDO) No permitiré que nadie se burle de mí.

(GRITANDO) ¡Y Cayetano!

¡Cayetano!

¡Dios!

El Señor es implacable,

no me ha dejado ninguna salida.

Estoy hundido, deshonrado para siempre.

No, cálmese, nadie sabe una sola palabra.

-¡No, no! Vamos.

-¡No! (TOSE) ¡Don Baldomero!

¡No!

Vamos. -¡No!

(LLORA DESESPERADO) -¡No! Vamos, Baldomero.

-¡No, no!

¡Por favor!

-¡No!

  • Capítulo 7

Los gozos y las sombras - Capítulo 7

12 sep 2017

Clara, enterada de que Rosario visita a Carlos, le pide a él que no vuelva a buscarla. Rosario sin embargo, después de visitar a Carlos, le explica la conveniencia de que un muchacho del pueblo la visite en su casa, ya que así el señor tendrá libertad para estar con quien quiera.

Histórico de emisiones:
06/05/1982
21/04/2013

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