www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.11.0/js
4209318
Los gozos y las sombras - Capítulo 6 - ver ahora
Transcripción completa

Música.

Bullicio.

Hola. Buenas tardes. -Buenas tardes, don Carlos.

-Hola, don Carlos. -Ahí va eso.

-¿Ya empezamos? -Bueno.

-Le convendría, don Carlos, aprender a jugar al tute.

Es una buena manera de matar el tiempo.

-Y de perder dinero. -Cuando quiera,

viene a casa y le enseño.

Su tía sabe. Iré algún día.

Risas. -Bueno, hombre.

-¿Queréis basto?

-Déjeme, señor. Gracias.

-Ahí va esa. ¿Qué me dices?

-Basto. -A ver si tengo más suerte.

-Otro basto. -También.

-¿Y estas? -No, se me han acabado.

-Anda. -Ahí viene.

-¡Hombre!

-Esta es mía.

-¿Qué va a tomar, señor? Un café.

-Un momento. Que de esta salgo yo.

-Ya ves. -Para mí.

Pica una espada. -Que cambie, pero a mejor.

A ver lo que has hecho.

-A ver. Vamos allá.

Venga, venga. -¿Qué me dice usted?

-Lo de siempre. -Hay que saber jugar.

Risas.

-Ah. Buenas, don Cayetano. -Deme, don Cayetano.

-Quita.

Espere usted a que vuelva. ¿Qué? ¿Te acostumbras?

Esto no es como Viena.

-Ahí está. -Mis cartas.

Tuyas.

-Baldomero. Y las mías.

Ahí triunfo. -Con cariño, que somos amigos.

Primero la cena. A usted, don Baldomero,

le tengo una noticia. -¿A mí?

-Buena carta. -Pues usted dirá.

Puede acostarse cuando quiera con la Galana.

-Hombre. Ha regañado con ella.

Anoche le di una paliza que la dejé baldada.

-Cuente, cuente.

Cuando se paga a una mujer,

es para hacer con ella lo que a uno se le antoje.

Y ayer tuve un capricho.

Risas.

-Qué bárbaro. ¿Y lo hizo?

No quiso. Se puso brava y le di de palos.

Ay, qué gusto da pegar a una mujer desnuda.

Y no crean, que ella se defendió. Miren, miren, miren.

(RÍEN)

Y yo le pegué. Y yo pego duro, ¿eh?

Hasta sudar.

La dejé tirada en el suelo.

En el suelo.

Entonces, me dio asco.

Señores, se acabó la Rosario.

Pero como la tengo pagada...

Como la tengo pagada hasta final de mes,

he pensado...

¡Chico!

Tráeme una cuartilla.

Risas. Mira este.

He pensado extender unos vales

para el que quiera pasar una noche con ella.

Usted, don Baldomero, seguro que quiere, ¿eh?

-Ah, pues yo... ¿Cómo se lo diría?

Y usted, don Lino, ¿eh?

-Pero ella a lo mejor no querrá. ¿Que no quiere?

Sin miedo.

La tengo pagada hasta fin de mes.

Risas. Y si se niega,

Risas. le prendo fuego a la casa.

Bueno, fuego a la casa no.

Porque tiene dueño. -Otra paliza.

Me extiende otro vale y se la pego.

No debe estar nada mal darle fuerte en las nalgas

con la mano bien abierta.

¿Y tú, Carlos?

¿No quieres también un vale?

A ti no se atreverá a rechazarte.

Eres su casero. No estoy tan seguro.

Son dos autoridades.

La tuya y la mía.

La mía no la ejerzo.

Además... ¿Qué?

Pues que...

El juego así no tiene gracia.

¿Qué se ventila? -Caray, don Carlos.

¿Que qué se ventila?

¿Pero usted no ha visto bien a la Galana?

No, no muy bien. -¿Que no?

No, no. Aún así, no es suficiente.

Al menos para mí.

Como regalo, no me parece aceptable.

Quizás porque mis ideas sobre la esclavitud

difieren de las de Cayetano.

Y como broma de casino, la encuentro muy poco pesada.

Pero, en fin, si hay que seguir el juego...

Yo les ruego que tengan en cuenta mi proposición, que es esta.

Dos de nosotros, Cayetano y yo, por ejemplo,

nos comprometemos a algo grave.

Mi vida contra la de él o sus bienes contra los míos.

Gano si la Galana rechaza al que se presente en su casa

con el vale o si yo paso en su cuarto más de una hora.

Y pierdo si me da con la puerta en las narices

o si admite en su cama al que vaya con el vale.

De lo contrario, sin riesgo y sin emoción,

a mí la aventura no me atrae. -Qué bien habla.

No tiene sentido del humor, Carlos.

Bueno, quizás lo tenga, aunque diferente del tuyo.

-Lo que no me explico es esa manía

de tomarlo todo por lo trágico, don Carlos.

Es como si yo tuviese dos langostas

o una empanada de lamprea que me hubieran regalado.

Y les dijera: Señores, a disfrutarlas.

Yo no consigo entender la identidad

entre las lampreas de la empanada

y esa moza que Cayetano acaba de ofrecernos.

-¿Identidad? ¿Qué es eso?

-Hombre, Cubeiro, no seas bestia.

Identidad quiere decir... ¡Chis!

Acabas de dar en el clavo, Carlos.

Tú y yo no nos entenderemos nunca.

¿Y sabes por qué? Porque para mí

entre la Galana y una buena langosta

no hay diferencia.

Es decir, sí. Hay una.

El modo de deshacerme de ellas

una vez disfrutadas. (RÍE)

Risas. -Enorme, enorme. Qué bueno.

Campanas.

-Qué elegante vas hoy, Clara. Gracias.

-Vamos, Gonzalo.

Hola. -Hola.

Vas muy guapa hoy, Clariña.

¿De verdad? -Llevas un abrigo precioso.

Ya lo creo.

Dime, Clariña, ¿tenemos novio?

Quién sabe. No es fácil.

-Pues ya va siendo hora.

Sí. Ya va siendo hora.

-Malo... no tener un hombre a tu edad.

¿Le gustan mis zapatos?

-Preciosos. Me encantan.

Bueno, guárdeme las zuecas.

-Muy bien. Con mucho gusto.

Y a la vuelta las recojo.

-Ya sabes que hago todo lo que tú quieras.

Ya sabes lo mucho que te quiero.

Tenga. -Muy bien, hija. Muy bien.

Adiós. -Hasta luego.

Pareces otra mujer.

Es lo mejor que podías decirme.

He pasado toda la semana viviendo para esto.

He cosido hasta las 4 de la mañana.

Y esperaba que alguien me dijera: Estás bonita.

Estás guapísima, Clara. Perdóname por no habértelo dicho.

Me has dicho algo mucho mejor.

"Pareces otra mujer".

Parecerlo ya es algo, ¿verdad?

Es casi como serlo. Sí.

¿Por qué quieres ser otra mujer?

No lo sé. Lo deseo con toda mi alma.

Vamos.

Una mujer me dijo que estaba bonita.

Antes se lo había preguntado a Inés y a Juan.

No me parece mal, porque ellos tienen sus problemas

y yo soy muy impertinente.

Pero les hubiera agradecido unas palabras

que me dieran seguridad. Ya.

¿Pero por qué quieres ser otra mujer?

La única persona que no necesita hacerme esa pregunta, eres tú.

Claxon. Oye, podemos ir al cine...

¿Qué hace este?

Campanas.

-Bueno, ¿qué dice usted de esto? -Que no hemos visto nada.

-¿Subimos a dar el parte? -Vamos.

-Buenas noches. -Hola.

-Jartín, un país. -Jartín, un vermú.

-Tenía yo razón.

-Hay que rendirse a la evidencia, señores.

No la tocó un pelo. -Claro.

-Entonces, ¿por qué la acompaña?

-Eso me pregunto yo. ¿Por qué la acompaña?

-Supongamos que le hace la corte para casarse con ella.

(RÍEN) -No sea imbécil, hombre.

-¿Imbécil?

Bueno, ¿y por qué soy yo imbécil? Vamos a ver.

-Porque, en primer lugar, don Carlos

no puede ignorar al clase de pájara que lleva al lado.

-Ah, Cubeiro...

-A no ser que el imbécil sea él. Claro.

-¿Qué se sabe en concreto de esa muchacha?

¿Alguien se acostó con ella?

-Hombre, eso no puede decirse con seguridad.

Quizás en otra parte lo haya hecho.

No aquí.

Porque, señores, entre nosotros,

apenas le hemos echado la vista encima a una rapaza,

cuando damos por cierto lo que no pasa de ser

una suposición.

-Bueno.

Como usted bien sabe,

esta chica tiene gustos populares.

Le da por los marineros. Como su hermano.

¿Lo comprende?

Él y ella se dedican a consolarlos.

Aldán les promete reparto

y ella mientras tanto... ¡Ja!

Risas. Se reparte entre ellos.

Y usted, don Cayetano, ¿no dice nada?

A mí nadie me dio vela en este entierro.

-En materia de mujeres,

lleva usted las velas por derecho propio.

(RÍE)

-Vamos, dé su opinión.

Solo puedo decirles una cosa.

Clara Aldán es una mujer guapa

y con un cuerpo bonito.

De eso no hay duda. -Ya lo creo.

Un cuerpo pistonudo.

Uno de los mejores cuerpos de la villa.

Sin embargo, es notorio que yo nunca me acerqué a ella.

¿Creen ustedes que yo hubiera dejado un bombón así

sin probar?

-Siempre pensé que a las hermanas Aldán,

por ser quienes son, usted las respetaba.

¿Respetarlas?

Respetarlas yo por ser quienes son.

¿Pero usted imagina que a mí me importa un pito

quiénes son?

Dos hijas de puta, ni más ni menos.

Usted es un imbécil, don Baldomero.

Señores.

Si yo no lo he puesto los puntos a Clara Aldán,

es porque esta casa

no trabaja con material averiado.

¿Está claro?

Por mi cama

solo pasan virgos

o casadas.

Risas. (TOCA EL ACORDEÓN)

-¿Qué desean tomar los señores?

Pues... ¿Quieres tomar café con anís?

No. Eso es lo que bebe mamá y me da un poco de asco.

Tráiganos dos Benedectine.

-Benedectine. ¿Qué coño de bebida será esa?

Qué ganas de complicar.

Maruja, una botella de Benedectine o lo que sea.

-Mira, esa es Clara Aldán. Está con el médico de locos.

-Ahí va. Es verdad. Y mira qué vestido lleva.

Eres tan popular como Greta Garbo, ¿eh?

Me trae al fresco. Mejor así.

-Aquí tienen, señor.

30 años en la casa y nunca nadie

ha pedido esta bebida. Qué barbaridad.

Mire, me va a hacer un favor.

Nos va a reservar esta botella,

porque desde hoy vamos a venir todos los domingos

a tomar unas copas. -Muy bien, señor.

Lo que usted diga.

Gracias. -De nada, señor.

¿Quieres decir que saldrás conmigo todos los domingos?

Sí. Ese es el trato.

Acordeón.

Carlos, dime una cosa.

¿Deseas de verdad que cambie? ¿Lo deseas lo mismo que yo?

Lo deseo en la medida que tú lo desees

y solo porque tú lo deseas.

No es eso lo que quería oírte decir.

¿No se te ocurre pensar que te encuentro bien como eres?

No digas eso. Yo no puedo parecer bien a nadie.

Escucha, Clara. No te impacientes.

Los pequeños cambios han de venir solos,

sin proponértelos, ¿sabes?

Por ejemplo, este vestido tan bonito que llevas.

Implica tener buenos modales y no decir ciertas vulgaridades.

El saberte bien vestida te basta para...

para volver a ti misma a la que fuiste antes.

¿Antes?

Carlos, ¿qué te parece Inés?

¿Te gustaría que fuese como ella? Inés me parece bien.

Pero si fueses como ella,

no estaríamos hablando de estas cosas.

¿Y las que van con ella?

Apenas las conozco. Solo a doña Lucía.

Son buenas y honestas.

Ninguna de ellas...

Ya me entiendes.

Yo supongo que la única diferencia que hay entre ellas y tú

es que sus pecados solo los sabe el confesor.

Y los tuyos los conozco yo.

Ahora bien, quiero hacerte comprender

que esta única causa no basta

para que te sientas inferior a ellas.

Y mucho menos a mí.

Yo también tengo mis pecados, ¿sabes?

Algún día te los contaré para que nos sintamos iguales.

¿Quieres que te cuente cómo era? Naturalmente.

Me interesa mucho. Cuando era pequeña

iba a un colegio de monjas, un buen colegio.

Hasta que un día mi padre dijo

que en un instituto aprendería más.

Pero aquello duró solo un año.

Luego... ¿No volviste a estudiar?

No. Además, había llegado ya la pobreza.

Nos trasladamos de casa.

Y tuvimos que realquilar una habitación sobrante.

En cuanto la portera supo que admitíamos huéspedes,

nos mandó un sargento de muy buena facha.

Parecía un general.

Al poco tiempo, me tiró los tejos.

Un día me dijo que me quería.

Yo le mandé a paseo y le dije que si volvía a hacerlo,

tendríamos que echarlo de mi casa.

Así que estuvo callado una larga temporada.

Hasta que un día tuve una carta, sin firma.

Era una carta amorosa. Pero yo supe que era de él.

Las primeras cartas eran muy sentimentales

y yo me reía de ellas.

Pero en el fondo me gustaba recibirlas y leerlas.

Poco a poco, las cartas cambiaron de tono.

Decía que me deseaba

y que acabaría haciéndome suya.

A mí me daba repugnancia.

Pero, en el fondo, me causaban placer.

Las leía una y otra vez.

Una noche golpeó en mi pared.

Su habitación estaba junto a la mía.

Lo hacía muy bajito. Cuando me oía moverme por allí.

En sus cartas empezó a pedirme que le contestase,

así que un día me decidí y le escribí.

Y le dije que me iría con él, que me llevase donde quisiera.

Pero aquella noche no golpeó la pared.

Fui yo quien lo hizo, sin respuesta.

A la mañana siguiente, muy temprano, se marchó,

dejando la mensualidad en un sobre.

Esperé durante mucho tiempo.

Y esperé leyendo sus cartas.

Continuamente las leía.

Pero tú eras muy pequeña, ¿no? Tenía 14 años.

¿Y no te dejó alguna huella esa experiencia?

No sé.

Se lo inventaba y me lo escribía

para que yo me lo imaginase también.

¿Lo entiendes?

Carlos.

¿Tú no crees que un tipo así está mal de la cabeza?

(NARRA) Considerada como paciente, Clara era perfecta.

Respondía a todas las preguntas, cualquiera que fuese

su naturaleza, sin asomo de reserva o engaño.

Ahora sé que su infancia fue la de una niña solitaria.

A pesar de ello, hablaba sin rencor de su pasado.

Creía que todas sus desdichas le venían

por tener un cuerpo bonito.

Campanas. Si algún día me sucede algo bueno

en este mundo, será por lo mismo.

(RÍEN)

No sé si alegrarme o echarme a llorar.

Hola. -Hola. ¿Qué tal lo han pasado?

(AMBOS) Muy bien. -Me alegro.

Clara es muy buena, ¿sabe?

¿Ah, sí? -Y no crea, que para ser hija

de quien es, es sencilla y buenísima con todo el mundo.

Y no tengo un real. -Eso es lo de menos.

Otras son más pobres que tú y se dan unos aires

de marquesa que... ¿Puedo cogerle una?

-Sí señorito. Las que quiera. ¿Me da mis zuecas?

-Aquí tienes, hija. Gracias.

Deja, yo las llevaré.

-Bueno, ya me contarás, ¿eh? Adiós.

Adiós, señora. -Adiós, señorito.

-Gracias.

¿Qué te pasa?

No lo sé.

Usted sabe de Clara lo bastante para comprender

que todos sus problemas se resolverían con dinero.

Si tuviera unas pesetas, sería una chica

como otra cualquiera. Y que usted y yo

no nos sentiríamos obligados hacia ella.

-Yo no siento obligación. Yo sí.

-La que tú quieras inventarte. Yo me siento obligado

porque, a mi pesar, estoy aquí...

He sido conducido aquí, quizás, para remediar su vida.

-Estás loco. No. Y si acepto

que he sido conducido, una de dos,

o estoy aquí para hacer de Rosario la Galana, mi manceba,

o para casarme con Clara.

Son las dos únicas posibilidades que he encontrado.

¿Prefiere usted la primera? -Estás loco.

Lo siento, pero para poder escucharte con tranquilidad,

tengo que tomar un trago.

Écheme algo a mí también, por favor.

-¿Anís? Sí.

Usted puede tomar a broma mis palabras,

pero es la pura verdad.

O Rosario o Clara. O la una o la otra.

A la señora del boticario le gustaría meter

entre las dos a una de sus amiguitas.

Pero espero que no lo consiga.

Son unas chicas muy puras y muy hacendosas,

pero sin el menor atractivo.

-No olvides que yo también tengo mi candidata

para ese puesto. Ah. Ah, sí. La dulce,

la delicada Germaine. -Ajá.

Un fantasma es poca cosa para competir

con dos mujeres de carne y hueso.

Si el alma de mi padre vive en mí,

yo debería enamorarme de esta muchacha.

Como mi padre se enamoró de usted.

Pero esta muchacha no existe.

Es una oportunidad que la providencia

no ha querido darme.

-Se puede forzar a la providencia.

¿Qué quiere decir?

-Solo eso, Carlos. Solo eso.

Que frente a la providencia y aún contra ella,

está nuestra voluntad.

¿Por qué me quiere usted tanto?

Buenos días. -Ya te vi ayer con el médico.

Me vio todo el mundo. -Trae.

¿Cómo te fue? ¡Ba!

-Pues por guapa no sería, que bien que lo ibas.

Mira. -A ver.

Buena tela. ¿De dónde te vino? Un regalo.

-¿Y eso? Para no estropearme las manos.

-Lo que se hace por un hombre. Sí.

Y total, para nada.

Cuando a una le gusta un hombre, no hay que dejarlo.

¿Y qué hago? ¿Lo meto en mi cama a la fuerza?

-No.

Eso no es lo que más resultado da.

Una piensa que un hijo es lo que más ata a un hombre.

Yo también lo pensé.

Y cuando le dije que estaba preñada,

me dijo que bueno, que marcharía a Cuba

para ganar dinero y que luego volvería para casarse.

Y se fue y no supe más de él.

No todos son iguales, mujer.

-Pues con el segundo hice lo mismo.

Pero ese ni me habló de Cuba.

Y por ahí anda, tan campante, con tres o cuatro hijos

y otras tantas mujeres.

De modo que cuando se presentó el tercero,

tomé mis precauciones y me casé con él.

¿Ah, sí? ¿Cómo?

-¿Que cómo? Le hice el "mengaio".

¿Sí? -¿Te ríes?

Si lo hubiera metido en mi cama,

tendría otro hijo y él andaría por ahí tan fresco.

Así no tuve hijo. Pero él es mi marido.

El caso está en que valga la pena.

-¡Ja! Si lo que quieres es casarte...

Claro. Pero también tiene que quererme.

-Un hombre hace falta para trabajar.

Y para espigarla a una mientras se es moza.

Lo demás son bobadas. Bobadas.

En el mundo no hay más que trabajar para comer

y comer para trabajar.

Ay... Si no fuera por lo que...

Los hombres no hacían ni puñetera falta.

Esa es la cuestión. De modo que ya lo sabes

si te decides. Yo sé de una

que por pocos cuartos te echaría una mano.

No. Si él lo quiere, bien.

Pero eso de obligarlo, no me parece decente.

-Allá tú.

¿Qué querrá esa aquí?

Viene por mí.

-Mi señora me mandó al pazo de Aldán,

a preguntar por una tal señorita Clara.

Y me dicen que estará aquí.

-Igual que un grillo.

-¡Ay, qué horror! ¿A eso le llaman pazo?

Sí. ¿Y qué?

-Dice mi señora que vaya a hablar con ella.

Está bien.

-Antes de la hora de comer. Está bien.

-¿Y a qué hora come tu ama?

-Todo el mundo come a la misma hora.

-Será todo el mundo que no trabaja,

porque nosotras comemos cuando Dios quiere.

-Es que vosotras no sois todo el mundo.

-Si para ser todo el mundo hay que ponerse

la cosa esa en la cabeza y llamar a la vieja "mi señora",

que Dios me guarde muchos años fuera del mundo y amén.

Dile que iré cuando acabe.

-Ah... -¡Ah! Y ten cuidado

donde pones las patas,

no sea que des con los perifollos en el río.

Termíname esto, voy a arreglarme.

Ah...

-Buenos días, Clara.

Buenos días.

-Pasa, ahí también hay espejo.

Es que... en casa no lo hay.

-Quítate el abrigo, aquí hace calor, yo te ayudo.

Llévate el abrigo de la señorita.

Date prisa. -Sí, señora.

-Y trae algo para picar.

Que bien vive usted. Bueno...

Usted dirá. -¿Te gusta esto?

A ver... -Tu casa fue, al menos,

tan buena como la mía.

Yo no me acuerdo.

Y usted sabe... Bueno, usted dirá,

porque para algo me habrá llamado.

-Para conocerte. ¿Nada más?

-¿Es que esperabas otra cosa? Sí, señora,

creí que me llamaba para decirme que no volviera

a salir con Carlos.

-¿Y por qué iba a hacerlo?

Yo no tengo buena fama.

-Ah, yo tampoco.

No es lo mismo.

Caray, con una casa como esta,

mucho me importaría a mí la mala fama.

-Exactamente lo que a mí la mía.

Eso.

-Pero a ti, como eres pobre, te preocupa la tuya.

Verá,

es como si una fuera fea y le gustase ser bonita,

como no tiene remedio...

-¿A ti te gusta Carlos?

Sí, señora,

ya sabía que me lo preguntaría.

-Ah, ¿por qué?

¿Para qué otra cosa me iba a llamar?

-Tienes razón,

sin embargo, ya lo sabía,

no hace falta ser muy lista para eso.

¿Y a él le gustas?

Qué sabe una,

Carlos es un tipo raro,

yo creo que le gusto,

pero no lo bastante para tomarme en serio,

así que no pase cuidado.

Pasos.

-¿Y quién te dice que yo paso cuidado?

Usted es ahora como su madre

y le parece que no soy la nuera apetecida,

aunque, claro está, las madres quieren siempre

para sus hijos mujeres que no les convienen.

-¿Eso quiere decir que le convienes a Carlos?

Para sacarlo de pobre no,

soy dueña de mi casa y de una poca tierra,

pero eso no es nada.

Claro, que una mujer sirve para otras cosas.

-Bueno, al parecer no hay caso,

si no le gusta... Yo no he dicho que no le guste,

sino que no le gusto lo bastante para casarse conmigo.

-¿Y sin casarte?

Ya me han ganado la delantera.

-La Galana.

Eso dicen.

No piense que he venido aquí para delatar a Carlos,

después de todo es soltero.

-Pero a ti lo de la Galana no puede gustarte.

Claro que no me gusta y que lo siento,

pero qué quiere, ¿que le invite a cambiarme por ella?

Mire, señora,

no sé si lo que digo está bien o está mal,

no estoy acostumbrada al trato de gente como usted,

lo sabe perfectamente, y a los animales con que hablo

cada día se les puede decir lo que se piensa

sin que se ofendan y, si se ofenden,

responden del mismo modo y a otra cosa.

No he premeditado cazar a Carlos,

puede estar tranquila.

-¿Te has desahogado ya?

Siéntate.

Siéntate.

Me gusta,

no eres cobarde.

Y ahora si quieres llorar, llora,

yo en tu lugar lloraría. No.

-Mejor, así podremos hablar tranquilamente.

Yo ya lo he dicho todo.

-Yo aún no he empezado,

quiero decirte algo,

eh, yo tengo un bajo vacío cerca de la plaza del mercado

y he pensado poner allí un negocio,

una quincalla. ¿Usted?

-¿Y por qué no? Bueno, no quiere decir

que vaya a ponerme al frente

a despachar metros de puntilla a las aldeanas,

necesito una persona de confianza

y tú me sirves.

Te daré un buen sueldo.

-¿Y está usted segura de que eran Carlos y Clara?

-Ya lo creo que sí.

-¿Y salieron del cine? -Sí.

-¿Y dice que iban muy juntos? -Muy juntos.

-Sí, ya me han dicho que se les ve muy juntos,

cogidos del brazo todas las tardes.

-Sí, sí, todas, ya lo creo. -Menuda es esa.

¡Quieren callar!

¿O es que soy acaso la novia de don Carlos?

-¿Adónde vas?

A un recado. -Pues anda y no tardes,

que hay mucho que hacer.

¿Llevaba algo, verdad? -Algo cogió, sí.

Mugido de vaca.

(LAS OVEJAS BALAN)

-¿No va al pazo?

Parece que va al Outeiro. -Sí, madre, va al Outeiro,

se fue derecha por el atajo.

-¿A qué irá al Outeiro?

Graznidos.

-¿Quién eres?

Rosario, la de Galán, la costurera.

-Rosario... ¿Sí?

-Siéntate.

Rosario,

la que está ahora con el señorito.

Ya no.

-¿Ya no?

¿Y eso?

Ya ve.

Tenga, una docena de huevos.

-Dios te lo pague.

De modo que

fañiste con Cayetano. Lo despaché.

-¿Te atreviste? Sí.

-Chis...

Cuenta. ¿Para qué?

Antes de que él me despachara.

-Habrá otro.

Habrá.

-Tan rico como ese no.

Todo no es ser rico.

-¿Y entonces? ¿A qué vienes?

Me parece que soy machorra,

¿usted cree que eso tiene remedio?

-Todas las cosas tienen remedio,

unas más y...

otras menos.

Quería quedar preñada.

-¿Del otro? Sí.

Le traeré más y si empreño le daré una pulsera de oro.

-Si piensas que lo vale... Lo vale.

-Espera un momento.

(MURMURA)

(HABLA EN GALLEGO)

(SIGUE HABLANDO EN GALLEGO)

(HABLA EN GALLEGO)

Pasa dentro.

(HABLA EN GALLEGO)

Échate en la cama.

Buena ropa, ¿eh?

Y buenas piernas.

Así, así le gustan a los señoritos.

Esto será seguro, ¿verdad?

-No hay seguro más que lo que Dios quiere.

Bueno, te traeré la pulsera de oro. -¡Cállate!

Y cuando yo diga "Gloria Patris" tú respondes "Amén".

(HABLA EN GALLEGO)

(SIGUE HABLANDO EN GALLEGO)

(HABLA EN GALLEGO) ¡Ah!

-¡Fuera de ahí! ¿No me has oído?

¡Fuera de ahí he dicho!

¡Vete, vete!

¿Quién era? -Mi hijo Ramón,

no pases pena, hay que empezar de nuevo.

Oiga, ¿usted cree que me vio?

-¿Y qué te importa? No va a hacerte nada.

Es que tengo que ir sola por ahí abajo.

-Te digo que no va a hacerte nada, es un buen hombre.

No lo hay mejor para el campo en todo el pueblo.

(HABLA EN GALLEGO)

Gloria Patris. Amén.

Pasos.

-Eh, siéntate.

Es tarde. -Ah, siéntate un poco,

Ramón, hazle un sitio.

Tus hermanos trabajan en el astillero, ¿verdad?

Trabajaban, también mi padre,

los echaron. -¿Y ahora?

La finca es buena y da para todos.

-Sí, ya, pero no es vuestra. Como si lo fuera,

pagamos una miseria a don Carlos Deza.

-Sin embargo, un jornal ayuda bastante.

Sí, eso dicen ellos. -Ah, claro.

¿Pero y tú? Yo tengo buenas manos

para ganar un duro diario y mantenida.

-Algún día vendrás, tengo unas sábanas que obrar.

Cuando quiera. -Ah, no, no tienen prisa,

ya te avisaré. Allá, para el mes que viene.

Bueno, me voy,

ya vendré a decirle que... -¿No quieres que Ramón

vaya contigo? No, no, no.

-Ya es de noche. No, gracias,

sé bien el camino.

-Ramón... ¡Ramón, alúmbrala!

-Eh, sí, madre, sí.

Graznidos.

Pasos.

-¡Ah! ¿Qué quieres? Vengo a ver al señor.

-Si fuera yo, te echaría a patadas.

No te metas en esto y cierra la puerta,

¿dónde está, en su cuarto o en la torre?

-En el limbo, ¿no le oyes tocar?

Música de piano.

(TOCA EL PIANO)

Música de piano.

Buenas noches, señor.

Rosario, ah...

(DEJA DE TOCAR EL PIANO)

Ah...

Ayúdeme el señor a quitarme el mantón.

Meu rei, meu rei...

Meu rei, ah...

Meu rei, ah...

-Bonito cuadro, ¿no le parece? -¿Eh?

Buenos días, reverencia, perdone si...

-No se disculpe, ya sé que el ejercicio del arte

abstrae casi tanto como el delicio místico.

-No, no, es otra cosa, Dios me libre de compararlo.

-Tengo que hablarle, acabo de recibir

la visita de doña Angustias,

la señora de Salgado, ha venido porque

ha pensado levantar un altar a la Virgen de Lourdes

y ha prometido a cambio un regalo,

un regalo importante.

¿Qué piensa usted que podré pedirle?

¿5 000 duros? ¿10 000?

-Es mucho dinero. -¡Es poco dinero!

Por discreción, no pienso pasar de los 10,

pero necesito justamente el doble, 20 000 duros.

Con 20 000 duros ya podemos empezar.

Quiero poner un colegio en el monasterio.

-¿Y la regla?

-Por encima de la regla está la necesidad.

-¿Qué quiere usted?

¿Enriquecernos con un colegio de párvulos?

-No sea usted bobo, padre,

y atiéndame.

Yo sé perfectamente lo que quiero,

fíjese bien en lo que voy a decirle.

Hay en Puebla Nueva más de 20 estudiantes de bachillerato,

unos van a los maristas de Lugo y otros a los jesuitas de Vigo,

si nosotros montamos un internado, ah, vendrán aquí.

No pretendo que, de momento, vengan los 40,

con 20 me basta, 20 somos nosotros.

Cobrándoles como el más barato, sacaremos lo suficiente

para que cada niño alimente a un monje,

20 niños y se acabó el hambre.

Pero necesito camas, cuartos de baño,

retretes nuevos y todo eso que la gente

quiere hoy para sus hijos,

20 000 duros de gasto.

Si la señora de Salgado nos regala la mitad,

hay que sacar los otros de donde sea,

para eso he venido a verle.

-¿Y pretende usted que yo...? -Cálmese,

le necesito a usted por dos razones:

la primera, para que convenza al padre Osorio

que no debe oponerse al proyecto,

el padre Osorio podría arrastrar en el capítulo a los jóvenes.

-Es que yo también me opondré.

-No me importa que usted se oponga, fray Eugenio,

a usted nadie le hace caso en el monasterio,

pero le mando, fíjese bien, le mando que convenza

al padre Osorio de que un colegio sería nuestra salvación.

-El padre Osorio piensa por su cuenta.

-Esa es la pena,

pero usted tiene que convencerle.

¿qué sabe usted de las pinturas de la Iglesia?

-No he vuelto a saber nada.

-Esas pinturas, fray Eugenio,

pueden ser su despedida triunfal del arte

si las hace usted hermosas, grandiosas,

como usted sabe hacerlo.

¡Qué menos de 25 000 pesetas le pagarán por ellas!

No alcanzo la cifra del presupuesto,

pero hay para empezar.

15 000 duros, habrá algunas deficiencias.

Vaya pronto y aborde el tema, bien con don Carlos,

si le parece mejor hablarle, o directamente con doña Mariana.

Hombre, Paquito, cuánto tiempo

sin echarte la vista encima.

-Ah, buenas. Vengo a ver a tu amo.

-¡Yo no tengo amo! (RÍE)

-Está aquí.

¿Quién? -Él, Cayetano,

está abajo.

¿Qué quiere? -Dice que verle,

pero yo pienso que... Le diré que está acostado.

No, no, espera... -Es una mala persona,

a lo mejor viene a matarle. ¿Pero qué pensarían de mí

si no le recibiese? ¿Qué pensarían los del casino?

Y, sobre todo, tú, ¿qué pensarías tú, eh?

-Bah, bueno,

que entre entonces,

pero yo estaré detrás de la puerta con una ganga.

No. -Don Carlos, usted no le conoce,

¿Y quién dice que no se lo tenga?

Sin embargo, lo recibiré, anda, suelta, suelta.

-Allá usted, pero después no diga que no le avisé.

Si me mata, difícilmente podré decir nada.

Anda, ve tú primero. -Vale.

Buenas noches, Carlos.

¿Por qué cierras?

Desconozco todavía las costumbres

de Paquito el Relojero, puede ser de los que escuchan,

Ven, iré yo delante.

Mi estudio, no tan lujoso como el tuyo,

pero caliente.

Siéntate.

Tiene que sé coñac o nada, también hay café.

Coñac.

Supongo que esta visita es de pura cortesía,

había olvidado hasta que oí tu nombre

que me la debías. ¿Debértela?

Recuerda que estuve en el astillero.

Aquella es una bonita habitación. Sí.

También quería hablarte,

quiero haberte una pregunta.

Ah, tú dirás.

¿Te has acostado con Rosario?

Ah... Pero, hombre, qué pregunta,

¿no comprendes que no puedo contestarla?

He venido a saber la verdad y no pienso marcharme sin saberla,

te lo pregunto de hombre a hombre. Ah...

Si tú lo eres. La verdad, la verdad...

Si no te la digo no soy hombre,

ese es tu punto de vista.

Ah, es curioso porque el mío es justamente al contrario.

Puedo convencerte.

Ahí está la dificultad, convencerme,

tendrías que transformarme en alguien semejante a ti

para que yo aceptase tu punto de vista

y eso es imposible.

Me temo que no te diré nunca la verdad.

Yo le llamo a eso cobardía.

Bueno, ¿y qué?

Para mí lo cobarde sería decir la verdad,

sería como confesar un delito por temor a una amenaza.

Para mí la cuestión se plantea de otra manera,

la cuestión consiste, ante todo,

en que tú has pegado a Rosario creyendo

que se había acostado conmigo y después te has alabado

de haberlo hecho y, en esas condiciones,

yo tengo que decirte que no, sea cual sea la verdad,

necesito hacerlo,

solo para que sientas el remordimiento

de haber sido injusto.

¿Y si no te creo?

Ah, pues entonces la cosa se complica,

entonces sucede que tú no puedes soportar

el remordimiento, que te sientes culpable

y que, para justificarte, atribuyes a Rosario

un delito inexistente.

Yo no pienso nada de eso.

No se trata de lo que pienses, se trata de algo más oscuro,

más profundo

y, sobre todo, más difícil de averiguar.

No me interesa,

¿pero no comprendes que lo único que deseo

es que me confieses que te has acostado con Rosario

para romperte la cabeza?

Toma, rómpeme la cabeza,

pero no esperes nunca que te diga la verdad.

Y, después, para justificarte,

atribúyeme un delito en el que cada vez creerás menos.

Nada de lo que has dicho es cierto,

¡no tampoco lo del complejo de Edipo!

Consulté a un médico y es una idiotez.

Espera, espera un momento,

todavía no he terminado.

Me han dicho muchas veces que intentarías matarme,

me lo han dicho varias personas, que vendrías de noche

o que mandarías a alguien a buscarme.

Ah... Yo no podía creerlo,

te tengo por tan capaz de matarme como a mí

de creer en el diablo, a traición

o por medio de uno de tus siervos.

¿Y cara a cara como estamos ahora?

Ah...

Hace un momento te ofrecía el atizador

y ahora te ofrezco... un poco más de coñac,

tienes la copa vacía.

Eres un...

Siéntate, anda.

Eres un tipo desesperante.

(RÍE) Ah, siéntate.

(SUSPIRA)

  • Capítulo 6

Los gozos y las sombras - Capítulo 6

08 sep 2017

En el casino, Cayetano alardea de la paliza dada a Rosario. Carlos y Clara van al cine y más tarde al café, en donde ella le cuenta su vida. Carlos confiesa a su tía, doña Mariana, que se siente atraído por Clara y Rosario. La Galana visita a una curandera, pues desea quedarse embarazada de Carlos. En el monasterio, fray Eugenio recibe la visita del prior que le ordena vender sus pinturas para pagar la construcción de un colegio. Carlos recibe la visita de Cayetano, que está muy alterado.

Histórico de emisiones:
29/04/1982
15/03/2009
14/04/2013

ver más sobre "Los gozos y las sombras - Capítulo 6 " ver menos sobre "Los gozos y las sombras - Capítulo 6 "
Programas completos (14)

Los últimos 16 programas de Los gozos y las sombras

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios