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Los gozos y las sombras - Capítulo 5 - ver ahora
Transcripción completa

-Hace unos días preguntó don Carlos por usted.

-Vale.

-Mire, ahí lo tiene.

-Carlos.

Hola, Juan, ¿qué tal estás?

-Bueno, ya no toso.

¿Nos sentamos ahí? Bueno.

-Don Carlos, ¿le traigo unos calamares?

Muy bien. -¿Un cigarro?

Bueno, ya sé que ayer a poco te peleas con Cayetano.

Lo que no sabía es que te gustase Rosario.

Exageraciones.

Fue simplemente una pregunta malintencionada.

Y en cuanto a Rosario,

ni me gusta ni me disgusta.

-Es que... se hablaba de ello esta mañana en el mercado.

La noticia la trajo mi hermana Clara.

Por cierto. -Cómalos, que están muy ricos.

Gracias.

-Tengo entendido que...

el otro día diste a mis hermanas unas ropas antiguas para venderlas.

Bueno, más bien se las di para que hiciesen con ellas...

lo que les pareciera.

-Clara las recibió como un regalo personal.

Me parece muy bien.

-Es que...

las va a usar ella misma.

Escucha, Juan,

¿por qué te atormentas en justificar

lo que ya lo está de antemano?

Regalé a tus hermanas la ropa de mi madre con un pretexto,

pero en realidad lo hice porque a Clara le vendría bien.

No he creído obrar mal...

ni muchísimo menos ofenderte.

Mira, es una cosa tan sencilla que es que no merece ningún comentario.

-Me juzgas mal por no haber aceptado el trabajo que Cayetano me ofreció.

Tú crees, como todo el mundo, que yo debiera someterme

solo por llevar a mi casa un dinero

y sacar a mis hermanas de la pobreza.

No... no seas bobo.

Si me juicio te importa algo, tranquilízate.

Comprendo tus razones y además las comparto.

Pero si yo en realidad he hecho lo mismo que tú.

-Tú eres solo.

¿Y qué? ¿Altera eso los términos?

-Naturalmente, eres libre de aceptar y rechazar, pero yo tengo un deber.

Bah, terminemos esto y vámonos al muelle.

Allí podremos hablar con libertad.

A mí me importa un bledo que la gente me tenga por un vago,

y en cuanto a la opinión de mi hermana, no me preocupa.

Si bien es cierto que lo que hago lo hago por ellas.

Pero las verdaderas razones de mi conducta no se les alcanzan.

¿Y esas razones son justas?

-Eso creo al menos,

y tú conoces el pueblo lo suficiente como para comprenderlas,

porque en otro lugar no habría razón para que yo no trabajase.

Y aquí mismo intenté hacerlo poco después de nuestra llegada.

Pretendí dar clases,

una especie de escuela nocturna para muchachos.

Hasta que un día,

se me presentó don Lino

y me explicó que si no despedía inmediatamente a mis alumnos

mandaría a la guardia civil,

porque según la ley, yo no puedo enseñar.

¿Don Lino? -Sí, sí, don Lino.

En otras circunstancias, no se hubiera metido en nada.

Lo hizo obligado por Cayetano.

Como lo oyes.

Él supuso que yo acabaría por aceptar el empleo que me ofrecía

y que al aceptarlo, renunciaría a mi dignidad,

como todos han renunciado.

Y el día que le llegase el turno a cualquiera de mis hermanas,

haría lo que los demás, no darme por enterado.

El otro día aceptabas como una fatalidad

que Clara acabaría por entregarse a Cayetano.

¿No?

-Sí, pero también dije que lo mataría.

Esta es la razón principal.

La libertad de poder matarlo me cuesta soportar la miseria.

Bocina de barco.

So, so.

(LEE) «Señor don Carlos Deza.

Don Carlos, una servidora irá esta noche a devolverle el pañuelo.

Haga el favor de no cerrar la puerta

para que una servidora pueda entrar.

Y no pase cuidado porque una servidora esta noche está libre.

Servidora de usted, que lo saluda, Rosario Vicites».

Truenos.

Truenos.

Truenos.

Truenos.

Aquí lo tiene.

¿Por qué me lo devuelves?

Señor, tiene que ser así.

Como quieras.

Anda, pasa.

¿Por qué?

Porque estás mojada.

Ven.

Creo que la costumbre es dejar los zuecos ahí, ¿no?

¿Es que voy a subir?

Si quieres.

Pasa, pasa.

Bueno, ¿quieres darme el mantón?

¿No cierra la puerta, señor?

No debe dejar la puerta abierta.

No pases cuidado, aquí no vendrá nadie.

Anda, acércate al fuego y caliéntate.

Truenos.

Voy a preparar café y también hay galletas, si te gustan.

Espera.

Qué guapa estás así, despeinada.

Me deshice las trenzas en la cocina antes de irnos

y no me dio tiempo hacérmelas después.

¿Me permites?

Siéntate.

Siéntate.

Te has mojado las medias.

Si quieres, puedes ponerlas ahí, junto al mantón.

Señor. ¿Qué?

Te has descalzado.

Espera, voy a traerte una manta para que te abrigues.

No hace falta.

Se acercan pasos.

Siéntate.

Siéntate, mujer.

Así.

No está bien que el señor haga eso.

¿Ah, no? ¿Por qué?

¿Tengo que decir por qué?

No.

¿Lo quieres con mucha azúcar? No, no, gracias.

Ten.

No lo bebas que...

te vas a quemar.

Te has abrasado, ¿eh? Sí.

Toma.

¿Cómo te has atrevido a venir? ¿Eh?

Él no está esta noche.

Ya, pero venir sola a estas horas...

Nadie tiene por qué saberlo ni por qué hacerme mal.

Truenos. Dime, Rosario.

¿Has venido solo a traerme el pañuelo?

No.

También quería contarle algunas cosas,

si el señor quiere escucharme. Sí.

No quiero que el señor piense mal de mí.

¿Por qué he de hacer eso?

Es natural que lo haga.

Bueno, escucha, yo...

supongo que en Pueblanueva habrá muchas mujeres que hayan sido...

queridas de Cayetano.

No me importan las demás.

De quien tengo que dar razón es de mí.

¿Y por qué a mí?

Dime.

Una mañana,

mi madre me dijo:

«Deja la labor, vas a venir conmigo.

Ponte la ropa de los domingos».

Fuimos al astillero.

Cayetano nos encontró en la puerta de las oficinas

y nos preguntó quiénes éramos y qué queríamos.

«¿Los Galanes? Ah, sí, pasad dentro».

Después de escuchar a mi madre mientras no me quitaba ojo,

contestó: «Algo habrá».

«¿Mando a mi marido?», preguntó mi madre.

«No, no hace falta.

Ya iré yo una de estas noches a llevar la respuesta».

«El señor no tiene por qué molestarse», contestó mi madre.

«No, si no es molestia.

Después de cenar siempre doy un paseo.

Y esta moza, ¿cómo se llama?».

Como yo no contestaba,

mi madre respondió: «Rosario».

Dos días después, apareció en casa.

Habló con los hombres

y quedó que irían a trabajar a partir del lunes.

Mi madre dijo entonces que estaba muy cansada

y que se retiraba

y que yo me podía quedar con él hasta que él quisiera.

Cuando se marcharon,

Cayetano preguntó dónde estaba mi cuarto.

¿Y tú? ¿Y yo qué iba a hacer?

Era el trato, lo sabía desde que mi madre me llevó con ella.

Pero...

Quiero decir...

¿Has llegado a quererlo alguna vez?

¿Yo? Sí.

No, señor, así lo parta una centella delante de mí.

La hija de mi madre no llorará ni una lágrima.

Una aguanta lo que quiere hacer, que ya es bastante,

y no por una, que de una patada le hundo las costillas,

sino por la casa y los viejos.

¿Tan mal lo pasabais en el jornal del astillero?

Qué va, ¿qué íbamos a pasar?

En mi casa, gracias a Dios y a las manos de todos,

se comió siempre bien

y no faltaron cien duros ahorrados para comprar una vaca.

Fue la codicia.

Y ahora, cuánto echarán de menos la casa del señor,

en ese cuchitril donde vamos.

Pero como lo manda el amo...

Ya.

¿Y cuando él te deje?

Eso es lo que no piensan los viejos.

Antes, por el aquel de la finca, no habría de faltarme marido.

Ahora, me sobran moscones.

Yo sé que Cayetano... (CARRASPEA)

Aunque te deje, no va a permitir a nadie que ande contigo.

Dijo que tenías el hierro... como las vacas.

¿Y una qué va a hacer?

Si una tuviese hombres en casa...

Dame.

Bueno,

es tarde y...

la ropa estará seca.

Sí, está seca.

¿Me las da, si hace el favor?

Gracias, señor.

¿Quiere ponérmelo usted, señor?

Truenos.

Truenos.

Truenos.

Ay, Dios mío, qué tarde tiene que ser.

Pasan de las doce.

Te acompañaré hasta tu casa. No lo haga, señor.

¿Para qué va a venir? Sé el camino y no me pierdo.

Me da no sé qué dejarte sola a estas horas.

Nada me ha de pasar.

Señor, póngame el mantón como antes.

(RÍE)

Mándemelo, señor, y me quedaré aquí para siempre.

¿Estás segura de que no te arrepentirías después?

El señor no tiene más que mandarme.

Piénsalo mejor, ¿eh?

Y si lo acuerdas así...

Como el señor mande.

Cierre siempre bien la puerta, señor.

Pero ¿por qué tienes tanto miedo?

Al señor hay quien no lo quiere bien.

Pasa.

Mis zuecos, ¿dónde están mis zuecos?

Las dejé debajo de la mesa. Cálmate, están ahí.

Ese no era el lugar.

Márchese, señor, suba y cierre la puerta, alguien estuvo aquí.

Me daría dolor que lo matasen. Espera.

¡Rosario!

Truenos.

¡Rosario! Espera, voy contigo.

Truenos.

Truenos.

(TOSE)

-Buenos días, don Carlos.

Pero...

¿Qué haces tú aquí? ¿Eh?

¿Quieres explicarme qué haces aquí, Paquito?

-Ya ve, me he cambiado de casa.

¿Que te has cambiado a la mía? -Sí, señor.

Pues bienvenido.

¿Es que quieres que te cure? -No, no, eso no.

La primera condición es que no ha de intentar curarme.

Ya, la primera condición del contrato de arrendamiento.

¿No es así? ¿Eh?

-Bueno, será eso.

¿Qué pasa? ¿Te han desahuciado?

-¿A quién? ¿A mí? No, no, señor. (RÍE)

-Me mudé por mi voluntad. Pues entonces, no lo entiendo.

-¡Don Carlos!

¿Tiene un pitillo?

Toma.

-Le advierto que no vengo dispuesto a fumar a su cuenta.

Es que como salí temprano del pueblo,

no tuve ocasión de comprarlo.

Pues mire, anoche a eso de las nueve y media,

estaba yo sentado ahí fuera, debajo del alpendre, porque llovía.

Y empecé a pensar:

«Si sigo con Cayetano...

es cuestión de irle con el cuento».

Pero, la verdad, no me parecía bien.

Yo seré un loco, pero hay cuestiones en que la cosa está clara.

Ir con el cuento por esta vez no era de hombre cabal.

Entonces empecé a darle vueltas a la cabeza.

Salí de aquí y seguía pensando.

Hasta que por fin, encontré el arreglo.

Aquí estoy, no tengo que contar nada a nadie.

Ten.

-Usted tiene la mala costumbre de dejar todo abierto.

Eso no está bien si no hay quien guarde la casa.

(TOSE)

-Buen tabaco, ¿eh?

¿Sabe alguien que Rosario estuvo aquí anoche?

-Nosotros tres y Dios.

Se lo juro por las cenizas de mi madre.

Dame.

-Se lo juro, a mí puede usted creerme.

Y si hubiera querido decírselo a alguien,

me hubiera quedado en el astillero.

Pero qué caray, uno tiene derecho a ser persona decente.

No lo diré a nadie aunque me eche de aquí.

Puedes quedarte.

-En ese caso, tenemos que tratar la cuestión.

Usted pone sus condiciones y yo las mías.

Vamos.

-Tiene arriba seis relojes antiguos de buena marca.

Todos están parados.

Se los voy a arreglar.

¿Cómo sabes que los tengo?

-Ya le dije que dejar la puerta abierta es malo.

Pero yo no he robado nada, ¿eh?

A mí, lo único que pueden echarme en cara es que una vez, hace años,

fue cuestión... de violar a una criatura.

Dicen que está mal,

y debe de ser así, a juzgar por los palos que me dieron

y por los seis meses que pasé en el manicomio.

Otra condición es que no ha de preocuparse de mí para nada.

Soy un hombre libre.

Como cuando tengo hambre y duermo poco.

Unas veces trabajo y otras no.

Nadie tiene derecho a obligarme.

Y cuando llega la primavera, me marcho.

Y al que no me deje marchar...

lo mataré.

¿Por qué?

-De eso ya hablaremos.

¿Y por qué no ahora? Tengo derecho a informarme de mi inquilino, ¿no?

-Sí.

Naturalmente que tiene derecho.

Es cuestión de que se entere de todo.

Mire, don Carlos, qué invento.

En este bastón están todos mis secretos.

Vea.

Aquí guardo mis ahorros.

Unas 300 pesetas.

Para la primavera, habré llegado a las 400.

Aquí tengo los avíos de coser.

Un hombre solo tiene que saber de todo.

¿Eh? (RÍE)

Aquí tengo el retrato del rey y la reina, que Dios guarde.

Y aún hay más.

¿Quiere desenroscar el puño?

¿Y esto?

-Es arsénico.

Si mato a alguien, es cuestión de tomarlo.

Y ya está.

Pero ¿por qué has de matar a alguien? ¿Por qué?

-Usted me dijo una vez que podía curarme.

Sí, es cierto, pero no pienso hacerlo.

Eso forma parte de tus condiciones.

-¿Me da su palabra?

¡Eh! ¡Eh!

Bueno, esto es otra cosa, don Carlos.

Usted me dio la mano. Sí.

-¿Sabe qué quiere decir, entre hombres de bien?

Me parece que sí.

-Bueno.

Bueno, le voy a contar.

¿Sabe que tengo novia?

No.

-La tengo.

A mí me gustan las mujeres,

pero ninguna se quiso casar conmigo.

Eh... un loco, ¿eh?

Pero soy un hombre...

y una vez quise violar a una niña.

Quedamos en que está mal,

pero uno es un hombre, ¿no?

Pues...

una vez estaba de romería,

allá, por Bergantiños.

Me dieron vino para que les dijera un discurso de Eduardo Barriobero.

Subí a una mesa y les dije el discurso entero.

Pero empezaron a burlarse de mí.

Me maltrataron.

Me tiraron botellas.

Y me dejaron tirado en la cuneta con la cabeza rota.

Mire, mire, aquí tengo la cicatriz, ¿eh?

Allí me dejaron tirado.

Hasta que ella me recogió.

¿Y qué pasó?

-Pues... todo el mundo en el pueblo sabe la cuestión de mi novia.

Cuando llega la primavera,

compro varios regalos y me voy a verla,

porque ella me está esperando.

Entonces me preguntan: «Paquito, ¿cómo sabes que te espera?».

Y yo les digo: «Sois unos ignorantes.

¿Cómo saben las golondrinas que es cuestión de emigrar?».

Yo vivo tranquilo durante el año,

pero un día de primavera,

siento como un golpe en las entrañas.

Entonces,

hago mis compras, lío el petate

y me voy cantando y tocando la flauta.

Y cuando llego a su aldea,

ella me está esperando. Claro.

Probablemente ella sienta también ese... golpe en las entrañas, ¿no?

-No lo diga de broma porque es así.

Ella también es loca.

Por eso no quiero que me curen.

Si no fuera por ella...

tal vez sería cosa de pensarlo.

Pero si me cura,

¿cómo sabré después...

que me está esperando?

Bueno, otro día le seguiré explicando esta cuestión.

Por hoy ya es bastante.

Ahora, póngame sus condiciones.

Solo una,

que no te metas en mi vida, ¿eh?

-Usted no sabe lo que dice.

¿Qué quiere? ¿Que le deje la puerta abierta?

¿Qué no le cuente lo que sé

y que si alguien quiere matarlo, lo deje entrar? Vamos.

Además,

está lo de las mujeres.

Lo van a meter en muchos líos.

Una sola mujer y ya ha terminado.

Pero ¿qué haces? -Lo de esa acaba de empezar.

No sabe usted con qué lagarta tropezó.

La Galana es de mucho cuidado, si no al tiempo.

En cambio, la otra... ¿La otra?

¿Y quién es?

-Clara.

Clara, ¿qué sabes de ella?

-Tiene buen corazón. Una vez me quiso dar cinco duros

porque le vendí un reloj que me trajo el de la gasolinera.

Además,

tiene mejor cuerpo que la Galana.

¿Ah, sí? -Las vi desnudas a las dos.

Una vez Cayetano me mandó con un recado para Rosario.

Llamé a la ventana y se lo di.

Me dieron ganas de curiosear.

Me escondí y por la ventana vi cómo se desnudaba

y se miraba en el espejo.

Me dije para mí: «Una mujer que se mira desnuda al espejo

no es de buena ley».

Estaba muy buena,

pero Clara no tiene nada que envidiarle.

Después, una tarde, vine a ver los relojes

porque me daba pena que estuviesen parados.

Entonces sentí que venía alguien y me escondí.

Era Clara.

Se fue derecha a la habitación de la cama grande.

Se quitó el mantón.

Se puso a revolver en el armario,

a sacar la ropa

y a mirarse en el espejo con ella puesta encima.

De pronto,

empezó a desabrocharse.

Se quitó la bata

y se quedó en cueros.

Oh... oh...

No tengo palabras para contar lo que vieron mis ojos, don Carlos.

Nadie podía sospechar que fuese así.

Pero ya ve,

no se le ocurrió mirarse desnuda al espejo como a la otra.

Después llegué yo, ¿no? -Sí, pero ya se había vestido.

¿Y oíste lo que hablamos?

-Cuando gritaban sí.

Entonces sabes también que no me acosté con ella.

-De esa cuestión... no puedo hablar.

En cuanto vi ocasión aproveché para escaparme.

Paquito, ven aquí.

Dime...

¿Tú eres un loco...

o un sinvergüenza?

-Le puedo afinar el piano.

(AMBOS RÍEN) Anda, sube y empieza.

Y a ver cómo lo dejas.

(RÍE) -Sí, sí, ya verá.

Ya verá.

Todo va a funcionar.

(SUSPIRA)

-Hola.

-¡Anguilas frescas!

Toma.

Hola.

-¡Pescado fresco! Hola.

¿Qué tal estás? (RÍE)

-¡Pescado fresco! ¿Qué pasa?

-A ver, ¿tú qué quieres, Antonia?

¿Se ha enfadado la vieja por haberte llamado?

No creo, ¿por qué habría de enfadarse?

No sé, como te tiene a su lado como si fueras su novio...

-Mira, va con el médico de locos.

En toda la semana no te he visto. Lo siento.

¿Me llevas a casa? Sí.

Bueno, aquí nos despedimos.

Adiós. Adiós, Clara.

Ya sabes, espérame el domingo a las cinco en la plaza.

Muy bien. Hasta el domingo.

Adiós.

¡Eh, Clara!

¿Qué?

¿Tienes el vestido nuevo? Sí, es precioso.

No te avergonzarás de ir conmigo.

¿Qué tal va eso?

-Esto me dará mucho trabajo.

Aún no he terminado de limpiarlo.

Y cómo suena.

Debe de hacer 20 años que no lo tocan.

Vamos a ver.

Oye, muy bien, te felicito.

Ah, le dije a Cayetano que estás aquí desde ayer

y que has venido a que te cure. No me desmientas, ¿eh?

-¿Y si al pasar el tiempo...

ven que sigo tan loco?

No te importe,

no sabemos qué pasará ni lo que convendrá entonces.

-Eso también es cierto.

Lo hizo para que no sospeche. Sí.

Y para evitarte la paliza de despedida.

Bueno, muy bien.

Te dejo, voy a dormir.

-Eh, don Carlos.

Tabaco, ¿no? -Sí.

Toma.

Hasta mañana.

Se cierra una puerta.

Se alejan pasos.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

Mugidos.

Mugidos.

Mugidos.

No entre. ¿Por qué?

Porque no me da la gana, si se mueve le doy con la tranca.

¡Puta!

Zorra.

¡Zorra!

¡Zorra!

Te voy a matar, ¡zorra!

¿Qué pasa?

-Le sangra la cara, señor, ¿quiere un poco de caña?

¿Quién vino a ver ayer a Rosario?

-Nadie, señor, no salió de casa en todo el día.

¿Quién vino a verla?

-Nadie, señor.

Créame, por el alma de mis difuntos.

Nadie, no vino nadie.

Se acostó temprano porque el señor no venía.

Señor... pero, señor, ¿ella qué le hizo?

¡Ah!

-Ay, señor, ¿va a pegarle más?

Pero ¿qué has hecho? (LLORA)

-Mañana no iremos al trabajo.

-No.

-¿Qué le habrá hecho?

Iréis al menos a cobrar. Mañana es sábado.

Hombre, Paquito, ¿qué se te pierde?

(RÍE) Pero... (RÍE) Pero ¿de dónde vienes?

-Cayetano...

acaba de darle a Rosario una tunda.

¡Mi madre querida!

En mi vida vi más palos.

Cuestión de patadas, puñetazos, yo qué sé.

Y ella le zumbó también mientras pudo.

Si me da un poco de eso...

Estoy calado hasta los huesos. Sí, bebe.

-Qué tunda, mi madre.

Lumbre.

Ella quedó como muerta.

Ni a mí me pegaron nunca tanto.

Después Cayetano vino y...

estuvo ahí fuera.

Pero no se atrevió a llamar. Abre la puerta y búscalo.

-No sea loco, el nombre de usted no salió para nada.

Fue ella, que le dio con la ventana en las narices.

Es de mucho cuidado. Voy a verla.

-¡Eh, eh! Yo no iría.

Los viejos se enterarán y mañana lo sabrá Cayetano.

¿Y a mí qué? -Yo no iría.

Y si va, no vaya solo, lleve una escopeta.

Es cuestión de defensa propia. No tengo escopeta.

-Pues lo que sea, unas tijeras, el cuchillo.

Tenga.

Yo iré con usted.

¿Para qué? -Hay un perro que ladra.

A mí me conoce. Es cuestión de caricias.

Los perros se llevan bien conmigo.

Además, le enseñaré los atajos.

Quedamos en que no te meterías en mi vida.

-Este es caso de conveniencia.

Si lo dejo ir solo, me quedo sin amo y sin casa.

Si no le importa, bebo otro trago. Sí, hombre, bebe.

-Todavía estoy empapado.

¿Tienes con qué mudarte? -Si vamos a salir...

Vamos, deja eso, vamos.

-Póngase algo que llueve mucho.

Y lleve el cuchillo. ¡Venga, vamos!

Déjate de cuchillos.

Ladridos.

Ladridos. (CHISTA) -Cuidado.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

Golpes en la puerta.

-Espere.

Golpes en la puerta.

Déjalo, vamos, debe de estar dormida, vamos.

-No, ya que estamos aquí...

Golpes en la puerta.

-Antes de salir hágame una señal.

Rosario. No.

Apague eso, no quiero que me vea así.

¿Y cómo se enteró usted?

Paquito ha venido conmigo.

Él lo vio y me lo contó.

Pero...

¿por qué lo hiciste?

Después de haber estado con el señor, no podía recibirlo.

Pero ¿por qué? ¿Por qué? No lo sé, señor.

Por una cosa que me venía de dentro.

Sabía que me iba a pegar y lo hice.

Y estoy contenta.

Lo voy a... ¡No! No...

No.

No lo haga, señor, no.

Nadie tiene que saber que fue por usted.

No quiero que Cayetano lo sepa.

Que piense que fui capaz de echarlo sin ayuda de nadie.

Déjeme ese gusto.

Además no quiero que lo hiera o que lo mate.

Cayetano tiene mucha fuerza y mucha gente dispuesta

a ir a la cárcel por matar a un hombre si él lo manda.

Bueno, cálmate.

Te vendrás a vivir conmigo, te quedarás en mi casa.

No, tampoco, señor.

Iré cuantas veces quiera

y pasaré allí la noche si lo desea,

pero sin que lo sepa nadie, como ayer.

Dime, ¿vendrás mañana?

Iré, iré, sí,

pero cuando se me hayan pasado los golpes.

Ahora tengo la cara hinchada y...

los pechos marcados de cardenales.

Ya le mandaré recado por Paquito el relojero

cuando haya de ir.

Ahora márchese, márchese, por favor.

Márchese.

Márchese.

Márchese.

Déjame que me quede, Rosario, déjame.

Márchese, por favor.

Por favor...

Sí.

  • Capítulo 5

Los gozos y las sombras - Capítulo 5

07 sep 2017

Rosario aprovecha la ausencia de Cayetano del pueblo para visitar a Carlos, y pasa la noche con él. Al día siguiente rechazará a Cayetano, y éste le propinará una gran paliza ante la pasividad de su familia. Paquito presencia la escena y se apresura en contárselo a Carlos, quien acude de inmediato.

Histórico de emisiones:
22/04/1982
07/04/2013

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