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Los gozos y las sombras - Capítulo 4 - ver ahora
Transcripción completa

Puedes merendar ahora, nosotros ya lo hemos hecho.

-No. ¿Ah, no, por qué?

¿Qué pasa? -Más tarde.

¿No tienes hambre? -No, quiero terminar antes.

Como quieras.

No vendrá,

cuando termine se pondrá a rezar,

nosotros le importamos un comino.

¿No sabes que es santa?

Bueno, ¿qué? ¿Qué?

Ya has mirado bastante, ¿no?

¿Qué te parezco?

¿Por qué lo dices?

Pareces tonto, primo,

todos los hombres sois un poco tontos.

¿No sabes que Juan me mandó aquí para ver si te gustaba?

A Inés ya la conocías y no parecía haberte hecho efecto

además de meterse a monja.

A mí hay que casarme antes de que ocurra una catástrofe.

Di algo, hombre, no te quedes ahí pasmado,

o quieres verme mejor, ¿eh?

Trae una vela, yo no puedo hablar contigo sin verte la cara.

Vamos.

Vamos, di si te gusto.

No, no me gustas.

Ah, ¿no? No.

Pues estoy muy buena,

por lo menos eso es lo que me dicen cuando voy a la lonja,

me lo dicen con la mirada.

A veces me dan un azote o me tiran un pellizco,

que quiere decir lo mismo.

Ya, eres una desvergonzada.

¿Y qué? Es mejor que lo sepas.

He fingido desde ayer ser una chica como las otras,

no sé por qué.

Bueno, sí lo sé, pero no te lo digo.

Así nos entenderemos mejor, tú tonto, yo sinvergüenza.

No me quiero entender contigo, y si no fueras

la hermana de mi amigo te...

¿Me echarías a patadas?

No, te pediría que te fueras, te lo pido.

No creo haber dado pie a una escena violenta como esta.

¿Violenta? Para ti, yo he pensado mucho en ella.

Pensaba si seguir engañándote como hasta ahora

o poner las cosas en claro.

No tengo suficiente educación para ser hipócrita con éxito.

¿Qué te propones?

Nada más que te enteres de cómo soy,

para que no caigas en la trampa. ¿Pretendes sugerirme

que tu hermano trata de hacerme a mí caer en una trampa?

No, mi hermano es incapaz,

él sólo piensa... "Carlos está soltero

y si va a quedarse aquí necesita una mujer.

A lo mejor le gusta Clara y me quito un peso de encima",

pero yo soy una trampa, gusto a los hombres.

Si hubiera permanecido silenciosa y te hubiera seguido el aire

después de haber trabajado para arreglar tu casa y hacer tu cama

a lo mejor te habría gustado, y quién sabe.

Te ruego que me dejes solo, por favor.

No, no me mandes marchar.

No quiero ir con Inés, quiero quedarme aquí hasta que ella

se vaya y hablar contigo. Me da igual.

A mí no, lo más desagradable ya lo he dicho,

y si hace falta te pido perdón.

¿Me dejas que me quede junto a la chimenea?

Tengo frío. Haz lo que quieras.

Acordes de piano.

(TOCA EL PIANO)

No había necesidad de esto.

No te pongas así, hombre, tómatelo a broma.

Eres la hermana de un amigo y casi me obligas a insultarte.

En el fondo me he portado bien, ¿sabes?

Podría haberte gustado, ¿qué habría pasado entonces?

Ayer me diste un duro,

y hoy cuando me llevabas a tu lado en el coche

te has preocupado de taparme,

fue un gesto que me conmovió

porque lo hiciste limpiamente, sin tocarme.

Era cosa de seguir disimulando,

a lo mejor conseguía gustarte y te casabas conmigo.

Yo por huir de mi casa me casaría hasta con el diablo,

y si el diablo no me quiere para casarse, allá él.

Acabaré huyendo,

tú lo evitabas. El diablo es Cayetano Salgado.

¿Por qué lo sabes? Por lo que me han dicho,

no hay nadie que se le parezca más.

¿Ya no estás tan enfadado conmigo?

No, ya no estoy tan enfadado.

Entonces siéntate, parece que estás esperando a que me vaya.

¿Quieres que sigamos hablando?

Sí. ¿Sin mentiras?

Para mentirme no valía la pena lo de hace un momento.

Empiezas a comprender que ha sido mejor así.

Dime una cosa, ¿por qué...

hablas de escaparte con Cayetano como algo inevitable?

¿Y qué quieres que haga? ¿Estás enamorada de él acaso?

No, pero Cayetano es rico,

cuando me lleve a La Coruña le pediré que me compre

mil pesetas de ropa interior y que me aloje en un hotel

donde pueda bañarme entera con agua caliente.

Después que haga de mí lo que quiera,

no pienso volver a Pueblanueva.

¿Esa es toda la razón

mil pesetas de ropa interior y un baño caliente?

Sí, y no volver.

Puedes marcharte sin hacer nada de eso.

Sí, puedo marcharme ahora, claro.

Sola o con cualquier viajante de comercio.

Me han hecho proposiciones, ¿sabes?

Pero ninguno ofrece nada, sólo mentiras.

Te querré siempre, te tendré como a una reina...

Imbéciles. Por lo menos el otro no engaña,

paga lo que toma y lo paga bien.

Los hombres son una mierda.

El peluquero de la plaza me espera cuando vuelvo del mercado,

es un buen chico y tiene novia,

pero le gusto, me espera en la carretera,

y tengo que defenderme a golpes.

Yo le provoco y cuando veo que va a atreverse, escapo.

¿Sabes por qué?

Porque a mí los hombres me gustan

y si me quedo un poco con ellos, caigo,

y yo no puedo caer si quiero que Cayetano

me dé las mil pesetas, ¿lo entiendes?

¿Es la tarifa? No,

pero como no tengo hermanos que emplear en el astillero.

Juan es muy orgulloso y no baja la cabeza, muy cómodo.

Un hombre de verdad se guarda el orgullo y trae un sueldo,

entonces puede exigir,

pero Juan come de nuestro sudor, y si me deslizo

me rompe una costilla. Que se vaya al diablo,

por eso en cuanto pueda me largaré

y si quiere matar a Cayetano, allá él,

ya ves el trabajo que me ha costado no engañarte.

Si te casaras conmigo... o me trajeras a tu casa de querida,

todo se arreglaría.

Ya sé que al principio no tendríamos mucho dinero

y que tendría que trabajar como una bestia,

pero estoy acostumbrada.

Además, yo no te costaría mucho,

con lo viejo de tu madre puedo hacerme ropa interior

Te obsesiona la ropa interior. Si es que no tengo.

Si me quitara lo que llevo puesto me quedaría en cueros,

unas bragas y una camisa es todo mi ajuar, y me da asco,

por eso sueño con ropa nueva y limpia,

ya ves a lo que estoy dispuesta.

Ay... me gustaría arreglarte algo,

puedo darte el dinero.

Sí, ¿para que mi hermano me pegue pensando que se lo saqué a otro?

No, no, se le dice. No,

antes se dejaría matar que aceptar nada de nadie.

Ya, ¿y a Inés? ¿Inés?

Juan no pensará de ella que se lo ha sacado a Cayetano,

Inés es buena.

¿También te has dejado embaucar por esa beatona?

No, pero reconoce que a ella no le esperan los mozos

en el camino como a ti.

Claro, Inés tiene el problema resuelto,

está enamorada de un fraile. Oh, por favor.

Sí, sí, no te asustes.

Ella no se da cuenta pero sólo piensa en él

¿Sabes que nunca se han hablado y él ni siquiera la conoce?

¿Y qué importa eso? Ella está enamorada de él.

Un enamoramiento de esos románticos, por ahora.

Clara...

tienes algo malo dentro.

Ya lo sé. Perdona.

¿Por qué?

Has dicho la verdad, soy mala de corazón,

pero lo malo mío no nació aquí,

vino de fuera y se metió en mí.

Era cuando vivíamos en Madrid, ya no teníamos dinero,

nadie se preocupaba de saber de dónde salía

el kilo de patatas o el real de huesos para hacer caldo.

Como yo era muy simpática, sí, era muy simpática,

me daban los huesos y las patatas, y de propina un azote,

o me achuchaban contra un montón de sacos.

Como ahora cuando voy a la playa,

los pescadores me dan el pescado más barato

porque les gustan mis caderas

y yo como lo sé las meneo.

Esos no me tocan porque respetan a Juan,

pero me desean.

Pero cuando uno de los otros me espera en el camino

y tengo que defenderme a golpes...

por la noche al acostarme lo recuerdo,

y con tal recuerdo y el deseo, no hay palabra ni puñetazos.

¿Qué quieres que haga?

¿Nunca has tenido novio? No.

Me da vergüenza salir de día,

las chicas me desprecian por la ropa que llevo

y la fama que tengo.

Si pudieran me pegarían y me dejarían en cuero

delante de todo el mundo.

Bueno...

Eso es todo.

¿Y por qué me lo has contado?

Pensé que estaba bien.

¿Cuándo lo decidiste? No lo decidí, salió solo.

Ahora quiero que me respondas a una cosa, pero sin mentiras.

Yo no miento, Carlos.

¿Cuándo...

decidiste que casándote conmigo resolverías tu vida?

¿Es por esa pregunta por lo que temías que mintiera?

Comprendí lo que quería Juan y pensé que no estaría mal.

(RESOPLA) Sí.

¿Somos parientes? Yo te trato de primo.

¿No te molesta? Sí, lo somos.

Entonces también te alcanza mi desvergüenza.

No, no exageres el alcance de las cosas, Clara,

después de todo, ¿en qué consiste tu desvergüenza?

¿En aceptar como una fatalidad que un día

tengas que escaparte con Cayetano?

En primer lugar, si no estoy mal informado

eso lo esperan bastantes chicas del pueblo, ¿no?

Y en segundo lugar, que no lo sabe nadie más que tú.

De lo demás tú no tienes la culpa, bastante haces

con defenderte de tus admiradores.

Mira, Carlos, te he contado algunas cosas

con facilidad por que vinieron rodadas,

y no he pasado vergüenza al contarlas,

tampoco la pasaría si tuviera que contarte

que me he acostado con este o con aquel,

más difícil que contarlo después de hecho

es dar por sentado que un día lo haré,

sin embargo algo he callado,

es lo que me da vergüenza y me cuesta más caro no callar.

Escucha, Clara. Cállate, acabas de disculpar

y te lo agradezco, pero no vuelvas a hacerlo.

Yo tengo mis vicios, ¿sabes?

Oh, ¿ah, sí?

¿Juegas a la brisca, fumas o bebes anís a escondidas?

No es para reírse, mis vicios no son para que nadie se ría.

¿Es que los conoce alguien? Sí,

pero Inés nunca se rio.

Antes dormíamos juntas porque en casa

sólo hay tres camas y pocas mantas.

Un día... me pidió con la mayor dulzura

que no volviera a dormir con ella,

comprendí que me había descubierto y que le daba asco,

y la odio, la odio,

la odio... Vamos, Clara, cálmate.

(GRITA) ¡Suéltame!

Tenía que haberme pegado, tenía que haberme reñido,

tenía que haberme dicho: "Eres una cochina,

no vuelvas a hacerlo".

Claro es muy fácil llegar a casa y decir: "No lo hagas",

cuando se llega con la cabeza llena de ideas místicas

y románticamente enamorada de un hombre

cuyo sudor no ha olido nunca,

pero a mí los hombres me tocan y además me gustan,

me gustan y yo no quiero caer.

(LLORA) No quiero caer, no quiero.

(SOLLOZA)

Tenemos un montón de paja y me fui a dormir allí,

me acostaba vestida y con abrigo,

pero tenía frío y entonces era peor.

Una noche me metí en la cama de mi madre,

pobrecilla, ni se enteró,

nadie sabe que duermo con ella.

En invierno puede pasar, pero en verano

como no se lava huele mal y es terrible.

Yo no puedo estar a su lado por mucho que la quiera

y le tenga mucho cariño.

Por eso en cuanto llegue el verano me escaparé.

Anda, vámonos cuando quieras.

So, so...

Bueno.

Gracias, Inés. -De nada, adiós, Carlos.

Adiós.

Volveré cuando te haga falta.

¿Qué hago si quiero verte?

¿A mí? Sí.

¿Para qué? Somos amigos, ¿no?

Yo no puedo ser amiga de nadie.

Sin embargo algún día querré verte y charlar contigo.

Allá tú, a las 8 bajo a comprar el pescado.

Adiós. Adiós, Clara.

Adiós.

Ladridos.

Clara.

Nada, nada.

Adiós.

(RELINCHA)

Bocina.

-Por lo que me cuentas parece que Clara Aldán se ha impresionado.

Sí, me impresiona la frialdad con que acepta su destino;

"Me escaparé cuando llegue el verano".

He pensado que desde ayer tengo con ella

algo parecido a una obligación moral,

el deber de evitar eso que espera como inevitable,

además es algo nuestro y cuando Cayetano la tenga

en la cama no dejará de pensar que ha obtenido

una victoria personal sobre ellos.

-Y ante todo sobre ti. ¿Por qué sobre mí y ante todo?

-Suponte que Clara le cuenta que una tarde de lluvia

estuvo en tu casa a tu merced y que tú la rechazaste.

Si dijera eso no sería verdad, y Clara no miente.

-Si lo dijera sería una verdad como una casa,

porque eso es lo que pasó ayer.

Muy bien, ¿y qué? Usted misma dice que la rechacé,

otra cosa sería si yo la hubiera buscado.

-Quizá, pero desde su punto de vista Cayetano

se llevaría algo que ya había sido tuyo.

Que ha podido serlo. -Bueno, llámale H.

Si tuvieras instinto de propiedad no estarías hablando así

ahora de Clara Aldán.

Le aseguro que le tengo la mayor simpatía.

Será verdad pero no se te nota.

Tú eres médico y para ti Clara es un caso más.

¿Y qué quiere que haga, que me case con ella?

-Ay, no, hijo, no, nada de eso.

Yo creo que deberías ofrecer dinero a esa chica

si con dinero se evita lo que tú llamas... destino.

Temo que si le ofrezco dinero se considere comprada,

y yo no puedo comprar a la hermana de un amigo.

Tampoco sé si me sentaría bien eso de sentirme dueño,

propietario de una mujer.

-Bueno, tienes tiempo hasta el verano

para encontrar una solución. ¿Sí?

-El chico del casino, que unos señores le esperan

por si quiere ir a comer con ellos.

-¿Vas a ir? Sí, por qué no.

-¿Cuándo piensas marcharte a tu casa?

Uno de estos días, mañana quizá.

-Supongo que no pretenderás guisarte tú mismo.

¿Por qué no? -Vives en la luna,

estoy segura de que no sabes freír un par de huevos a derecha,

si haces esa vida te convertirás en un salvaje.

¿Por qué un salvaje y no un asceta? -A mí me da igual.

-No me opongo a que te vayas si lo necesitas,

pero exijo que vengas a comer conmigo diariamente,

y que hagas uso de mi casa para no perder

ciertos hábitos civiles, como bañarse.

Estás en situación de comprender la importancia moral

de un baño bien caliente,

y ya que salió esto, reclamo también

el cuidado de tus camisas.

Espero que eso no coarte en lo más mínimo tu libertad.

¿Por qué piensa en ella? Ja, ja. -Porque es lo único

que te preocupa, hijo, salta a la vista.

-Bueno, pues ya me he manchado como siempre.

No sé qué demonios tienen que

siempre que... -Un vino de ribeiro.

-Ahí, al lado del muelle.

-Bueno, ¿qué, nos vamos o no nos vamos a comer?

(HABLAN ENTRE ELLOS)

¿Qué tal estás? Bien, bien. Muy bien.

-Ponle un albariño de cambados aquí a don Carlos.

Je, je, je. Hola.

-Con nosotros, con los grandes.

¿Qué tal? -Con los grandes, ya lo creo.

El médico, el juez, el boticario, el mandamás del pueblo,

y aquí mi amigo si se digna a acompañarnos.

-Conmigo cuenten siempre que haya langosta.

-Marisco y ribeiro por un tubo, no hay más que pedirlo.

Somos los grandes de Pueblanueva.

Anímese, don Carlos.

Las langostas las pone el juez,

se las regalaron por fallar una cuestión con injusticia,

cosa de pique, ya sabe.

El demandante tenía razón

pero no se le ocurrió adelantarse con la langosta.

(RÍEN) -Como sigas diciendo tonterías

te meteré en el calabozo.

-¿En el calabozo? -Sí, en el calabozo.

-¿Es que no somos iguales o qué? -No.

-Yo en robo la gasolina, usted en el juzgado

y aquí don Baldomero en el bicarbonato.

-Eso deja poco, ¿eh?

-Los que no pueden robar como don Lino, don Carlos

y el doctor Padilla, vienen de invitados, ya lo creo.

Grandes son.

-Bueno, dejémonos de tonterías y vámonos a comer.

-Venga, vamos. -Sí, vámonos ya.

-Es la hora.

-Pues lo siento, señores, pero no puedo acompañarles.

-¿Y eso? -La tía Patro se puso enferma

y tengo que ir a visitarla.

-A ver si tenemos suerte, hay vieiras y nos ponemos moraos.

Hasta luego, Fermín. Pase, don Carlos.

-Adiós, Fermín. -Adiós.

-Pase, pase, pase. -Gracias.

-Pase, Cubeiro, y lo siento, doctor, pero otro día será.

Risas.

-Miren lo que aparece por ahí. -Hombre.

-Qué buena pinta tiene esto.

-Buenos días, señores.

De parte del señor Cayetano dice que vayan ustedes comiendo,

que él se retrasará.

-Gracias, rapaz, gracias.

-Ya ve, don Carlos, si hay igualdad.

-Don Cayetano es el amo,

podía matarnos a todos de hambre, y sin embargo

con la mayor cortesía nos permite ir comiendo.

Pero yo doy gracias a Dios de no tener hijas,

porque si las tuviese y fueran guapas

se acostaría con ellas con la mayor cortesía.

Ja, ja, ja.

Hasta el punto que estoy dispuesto a pedirle un crédito

para montar un negocio de cinturones de castidad,

con doble llave, claro,

y con las ganancias mi señora y yo podríamos ir comiendo.

(RÍEN) -Podrías callarte, estás borracho.

Viva los grandes. -Viva.

-Y esta quinta taza a la salud de don Cayetano,

dueño y señor con derecho de pernada

reconocido por las autoridades de la república.

Ja, ja, ja.

-Ande, cállese y coma.

(RÍEN)

-Sírvase, don Carlos.

-Un poco más de vino, por favor.

-Qué frescos, ¿eh? -Hum...

-Joder.

-Yo tuve una novia, don Carlos, que era de secano,

pero con unas ubres... Dios, que parecían del norte.

(RÍEN)

-Cantaba una canción más famosa.

-Pues cántela, hombre, cántela. -¿La canto?

-Eh, Juan, tráete una botella que tenga raca, raca,

es para acompañamiento, hace falta acompañarse, claro.

Trae, gracias.

-A ver, a ver. -Decía...

Ah, sí, eh...

¿Cómo te va con el tamborilito? No me va mal, pero gano poquito.

Mi madre no quiere que vaya a Logroño,

porque los muchachos me tocan el co...

¿Cómo te va con el tamborilito? No me va mal, pero gano poquito.

Mi madre no quiere que vaya a Logroño

porque los muchachos me tocan el co...

¿Cómo te va con el tamborilito? No me va mal, pero gano poquito.

Mi madre no quiere que vaya a Logroño

porque los muchachos me tocan el co...

¿Cómo te va con el tamborilito? No me va mal, pero gano poquito.

Mi madre no quiere que vaya a Logroño

porque los muchachos me tocan el co...

¿Cómo te va con el tamborilito? No me va mal...

¿Cómo te va con el tamborilero? (RÍEN)

¿Qué pasa, hombre?

Hola, Carlos. -Otro para el tamborilito.

Anda que se están poniendo.

-Ja, ja. -Ya, ya.

Bueno.

-Sírvase, don Cayetano.

¿Por dónde empiezo? -Ande, coma.

¿De los dos? Pues de los dos.

-¿Por qué no? -¿Le echo un poco de vino?

Sí, gracias. -Je, je, je.

-Y que está esto... -Hombre, está todo riquísimo,

ya lo creo, je, je.

Y perdí aquellas ubres por culpa de un ferroviario.

(RÍEN) -Bravo.

Aplausos. -Estas dos para aquí,

para este hombre. -¿Afinamos?

Oiga, oiga, camarero,

que se está partiendo media tortilla de un saque.

(HABLAN ENTRE ELLOS)

-Carlos, un poco de vino.

Je, je, je. -Ahí va.

-¿Don Baldomero, le ordeño un tinto?

-Sí, hasta arriba aunque se salga, ¿eh? Por favor.

-Faltaría más, señor juez.

-Es que no soy partidario del sinapismo, ¿sabe usted?

No, a mí lo que me va es el pediluvio.

-Pues vaya filete...

-¿Don Cayetano? Sí, sí.

-Oh... aquí está el flan. -Hombre...

-El remate.

Este es el remate, cuidado, Cubeiro,

que le estoy viendo las intenciones.

Cuidado. -Fuera esa mano de ahí, hombre.

Fuera las manos.

-Qué rico, ¿eh?

Y eso que ya no puedo más, ¿eh?

No puedo con mi alma. -¿Le sirvo flan, don Cayetano?

-Siempre que como flan me hago a la idea

de que estoy mordiendo a una mujer.

(RÍEN) -¿Quién te mordía?

-Oiga, don Cayetano, ¿está enferma la Galana?

Porque esta mañana vi a su madre llevar la comida

y no a ella como siempre.

Pues que yo sepa... pero mala...

que va, está buenísima.

Ja, ja, ja.

Al principio se revelaba la puñetera,

pero ahora... canela fina.

-Esta te ha durado más que otras,

si no sumo mal va para tres meses.

Y otros tantos no hay quien se los quite,

si no surge alguna novedad.

Por cierto, el otro día en el mercado

vi a una moza rubia, alta,

con unos buenos pechos. -Ay.

-Je, je, je. No era de Pueblanueva.

-Será alguna aldeana.

Pues habrá que mandar a gentes a las aldeas, ¿eh?

-Ja, ja, ja.

¿Y de Rosario, qué? La semana próxima

la mandaré a una de las casas baratas que están terminando,

pero como yo tengo principios

ha habido que quitar la reja de la ventana,

porque yo, señores, no entro nunca por la puerta.

-Ya lo creo, ja, ja, entra por la ventana, como los ladrones.

(RÍEN)

-¿Y piensas cobrarle la renta?

Hombre, naturalmente.

Una cosa no tiene que ver con la otra.

La renta se le descontará al padre del jornal,

faltaría más.

Bajo el gobierno de la república, señores,

se acabaron los privilegios.

-Pues a ver si pasan pronto esos tres meses,

porque yo ya tengo ganas de meterle mano a la Rosario.

Y yo de partirle a usted la cara como lo intente.

-Hombre, no se ponga usted así, lo que se acaba, se acaba,

y los bienes dejados en el arroyo son del primero que pasa.

En este caso no.

La ternera lleva el hierro de la casa,

y aunque ande suelta, tiene amo.

-Pues mire lo que le digo, don Cayetano.

¿Qué? -Yo creo que eso no está bien,

ya lo creo que no está bien, a mí me parece que no hay derecho,

porque caray, porque...

lo que yo digo, si uno pesca una sardina y se la come,

comida está,

pero si la manosea y la vuelve al agua

es del primero que llegue con el arte.

-Con cuidado, la comparación no es justa,

recuerden cuando varó en la playa de San Andrés

aquella ballena,

traía un arpón clavado,

y vinieron los dueños del arpón y se la llevaron.

-Es que según eso nos quedamos sin mujeres.

-Ja, ja, ja. -Qué puñetero.

-Hable usted. -Bueno...

-Hable. -Vamos a ver,

yo pienso que es cuestión de mentalidad,

en una sociedad racional el amor es libre,

pero ya saben ustedes que ahora está de moda

considerar decadente a las sociedades civilizadas.

La mentalidad patriarcal funciona de otro modo,

ahí tienen ustedes a los moros.

-¿No irá usted a comparar a don Cayetano con Abd el-Krim?

-No precisamente, pero sí con la función sociológica

del patriarca.

El patriarca es dueño absoluto, no sólo de las mujeres

sino también de las riquezas,

impone su ley y se sienta bajo una higuera

a dictar justicia según su leal saber y entender.

(ERUCTA)

-Ya lo sabe, al juez

lo mandamos a paseo, se sienta usted bajo una higuera

y compadece don Baldomero con Rosario de la mano.

Señor patriarca

esta mujer la encontré en la calle

y dice que no puedo meterle mano.

Oh, desvergonzado,

¿no sabes que esta mujer es mía? 30 coces,

y si reincide a castrarlo.

(RÍEN)

-Castrarme no, que eso ya se desterró por bárbaro.

(RÍEN)

-¿Y usted, don Carlos, no dice nada?

Yo no estudié sociología.

-Hombre, pero desde su punto de vista,

alguna idea sí tendrá.

Suponga que le gusta una chica y que al acercarse a ella

ve que tiene el hierro de la casa.

-Eso, eso, ¿qué haría usted?

Ja, ja, ja, ¿ustedes sienten curiosidad por saber qué haría yo

en el caso de que me gustara una chica que hubiera sido...

amante de Cayetano?

(SILBA) -Hombre, no,

bueno... lo que se pedía de usted era una respuesta teórica,

nada en concreto.

-Bueno, señores, vámonos que es tarde

y yo tengo que abrir la botica.

-Eh... sí, sí, vamos.

Juan, la cuenta.

-Hombre, muchas gracias, don Cayetano.

Toma, cobra y lo que sobre para ti, ¿eh?

-Gracias.

-Bueno, pues hasta luego o hasta mañana.

No, no, hasta mañana no, yo me voy a La Coruña

y estaré allí dos días.

-Bueno. -Gracias.

-Pues hasta mañana, adiós.

-Adiós, buen viaje. -Adiós.

-Hasta mañana. -Adiós, señor juez.

-Vámonos, señor juez, vamos.

-Quería hablar con usted,

por eso he insistido en traérmelo.

Ha hecho usted mal, don Carlos.

¿No sabe usted que al Cubeiro le gusta meter a la gente en danza?

Es una mala leche.

Lo que la hubiera gozado si usted y Cayetano

llegan a las manos.

¿Y qué quería usted qué hiciese?

-No lo sé, pero ándese con ojo. Ja, ja, ja.

-Ándese con ojo

que no pararán hasta enredarles a usted y a Cayetano en una bronca.

¿Sabe usted lo que decía Cubeiro la otra noche en el casino?

"Pero bueno, ¿pero se puede saber quién es ahora el que

manda en el pueblo, Cayetano o el mediquillo ese recién llegado?".

¿Mediquillo? -Mediquillo.

¿Mediquillo dijo? -Sí, señor, mediquillo dijo.

Rumor de las olas.

Hola.

Hola, me pidió Inés que viniera a guardar esto,

ayer quedaron a ventilar, ya casi he terminado.

Yo lo hubiera hecho. No, esto es cosa de mujeres.

Anda, ayúdame.

Has hecho bien en venir,

sin ti me hubiera visto negro para doblarla, ¿así?

Sí.

Ha sido una buena idea.

Enseguida termino y te dejo. Ajá.

Conviene que dejes los armarios abiertos

para que la ropa pierda el olor a cerrado que tiene.

Muy bien. Pon dentro manzanas o membrillo.

Tienes tanta ropa, Carlos.

Si quieres puedes llevarte todo eso,

no me hace falta para nada. ¿Todo esto?

Sí, sí, a mí me estorbará.

Pero...

si vale lo menos 100 duros.

Siento que no valga mil pesetas.

Gracias, no lo quiero.

Clara. ¿Qué?

Escúchame, por favor. ¿Qué?

He pensado mucho en ti, ¿sabes?

Venía dispuesto a llevar a tu casa todo eso que acabo de ofrecerte.

No quiero limosnas. (RESOPLA)

Ayer reprochabas a tu hermano su orgullo.

Tengo el mismo derecho, ¿no?

Es verdad, tienes el mismo derecho a equivocarte,

pero ayer obrabas de otra manera.

Ayer no sentía por ti lo que siento ahora.

¿Pero por qué rechazas lo que te ofrezco,

porque es pobre y poco? No seas imbécil.

Ayer lloré de envidia delante de ese armario.

Pero no has dicho, dámelo. Yo no sé pedir,

sólo sé comprar de fiado, ¿qué querías,

que te dijese dámelo y ya te lo pagaré?

Yo sólo puedo pagar de una manera.

Mira, estás sacando las cosas de quicio,

nadie ha hablado de comprar ni de pagar y menos de limosna.

¿Entonces? Bueno, Clara, muy bien.

Te empeñas en ponerlo difícil. ¿Quién, yo?

Antes, cuando me has dicho: "llévate esto",

por poco te abrazo.

No pensaba entonces ni en compra ni en limosna,

era natural que tú me lo dieras y que yo lo aceptase.

Simplemente te hubiera dicho... "no, todo no que es mucho,

me llevo esto o aquello, que me basta,

pero tú te empeñas en estropearlo todo.

(LLORA)

Vuelvo a pedirte que te lo lleves,

sin pensar si es mucho o poco,

y te ruego además que aceptes una cama con todas sus ropas.

¿Una cama? Sí.

¿Para qué?

Tienes derecho al secreto de tus pecados.

Carlos...

Anda, ayúdame a vaciar... Déjame, déjame ahora.

Vete, yo lo haré luego.

Bien.

(SOLLOZA)

Trueno.

Trueno.

Trueno.

¿Carlos? Estoy aquí.

Necesito un paño grande para envolver la ropa.

Alguno habrá por ahí, supongo.

¿Qué te parece cómo está quedando, te gusta?

¿Tu ayudo? No, puedo hacerlo solo, gracias.

Entonces te dejo, voy a ver si encuentro el paño.

Clara, ven conmigo, vamos a ver la cama.

Ahí dormía yo de niño.

Es preciosa.

Anda, ayúdame.

Cuidado con la escalera. Sí.

Carlos. ¿Qué?

No quiero que sepa nadie lo de la cama.

¿Entonces cuándo la llevamos?

Esta misma noche a las nueve, Juan no habrá vuelto.

Hay una habitación vacía junto a la cocina, es pequeña,

pero tiene una ventana, en cuanto llegue la limpiaré

y guardaremos todo allí.

¿Quieres venir conmigo al cine mañana por la tarde?

¿Al cine? Sí, quiero que nos vean juntos.

También me gustaría acompañarte a tu casa alguna noche

cuando bajes a comprar pescado,

así el peluquero dejaría de esperarte en el camino.

Va, por ese no te preocupes. ¿Entonces aceptas?

No, mañana no, otro día.

Si quieres espérate al domingo,

para entonces ya habré arreglado el abrigo negro de tu madre

y podrás ir conmigo sin avergonzarte.

Como quieras.

Inés. -¿Eh?

Tengo que decirte algo.

-Di.

Carlos Deza me ha regalado toda la ropa de su madre.

-¿Por qué?

Dice que a él le estorba

y pensó que nosotras podemos darle algún destino.

-¿Te la dio para los pobres?

No.

Entiéndeme, Inés, no me la dio para nadie, me la regaló a mí,

para que hiciese con ella lo que me pareciera.

-Hay mucha gente a quien socorrer.

Sí, pero yo estoy desnuda, no tengo más que eso.

-Bueno.

Inés.

Inés...

Hay un abrigo negro muy bueno, y un traje de seda antiguo,

si tú quisieras arreglarlos para mí.

Basta con que los cortes, yo los coseré

aunque tenga que quedarme hasta las 4 de la mañana.

Compréndeme, Inés.

Yo no voy a ser monja.

Quiero tener ropa decente

y no andar por ahí avergonzada.

-Lo haré.

Inés, Inés, cuánto te quiero. -Clara...

Clara, no, Clara.

Clara.

¿Por qué no me dejas que sea tu hermana?

-Lo eres, Clara,

pero no más que otra cualquiera.

Las otras también besan la mano que les hace favor.

-Las mías no te lo hacen.

¿Cuándo te vas al convento?

-Cuando Dios lo disponga.

¿Tienes ya reunida la dote? -No.

Voy a vender algunas de esas ropas

y te devolveré cinco duros que te robé hace tiempo.

Tu cena.

(CANTA)

-En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo.

Dios te salve, María, llena eres de gracia,

el Señor es contigo.

-Dame la botella.

Toma.

-No, no quiero cenar. Mamá.

-Que no quiero cenar, obedéceme.

Ya está bien. Ah, eso.

Ja, ja, ja.

-Toma un poquito. No.

¿Sabes una cosa? -¿Qué?

Que esta noche no duermo contigo.

(RÍEN)

Oh.

-En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Oh...

Yo tengo mis vicios, ¿sabes?

Carlos.

¿Una cama, para qué?

Porque tienes derecho al secreto de tus pecados.

No.

(SOLLOZA) Carlos.

No...

Oh.

Carlos, Carlos.

Carlos...

No.

(LLORA) No...

  • Capítulo 4

Los gozos y las sombras - Capítulo 4

06 sep 2017

Carlos prepara su casa para habitarla. Clara le ayuda y en una de sus visitas se ofrece a Carlos y le cuenta sus más íntimos secretos, su intención de marcharse de Pueblanueva, aunque sea con Cayetano. Carlos asiste a una comida con el boticario, el juez, el médico y Cayetano en donde hablan de Rosario. Carlos llega a su casa en donde encuentra a Clara colocándole los armarios. Él le regala las ropas de su madre y una cama. Clara, al llegar a su casa, se lo cuenta a su madre y se prueba los vestidos que le ha regalado Carlos, por quien se siente fuertemente atraída.

Histórico de emisiones:
15/04/1982
04/01/2008
31/03/2013

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