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Los gozos y las sombras - Capítulo 3 - ver ahora
Transcripción completa

¿A cómo están estos? -A 3 el cuarto.

¿Y estas? -A 2 y media.

-Aquí hay muchas cosas que hacer, don Carlos.

Una es de albañiles. Derribar esa parte.

Es posible que también sea necesario reforzar

las otras paredes.

Lo primero que hace falta es suprimir todos los altares

que son puros pegotes.

Y librar las paredes de la cal, dejando al aire libre la piedra.

En el presbiterio pondremos un altar exento.

Un momento.

¿Qué es un altar exento? -Está en el boceto.

Es una simple mesa de piedra

sobre cuatro columnas. Ah.

¿Y el retablo? (RÍE)

-El retablo también será necesario derribarlo, claro.

¿Le gusta? Sí, mucho.

-Juan, dame los planos.

Lléveselos a doña Mariana. Me gustaría saber qué opina ella.

Es una vista desde otro ángulo. Sí, sí. Ya veo.

¿Le importa que le lleve ahora

al monasterio? -No, claro.

Fray Eugenio quiere conocer su opinión.

¿Qué le parece? -Quedará muy bonita la iglesia.

Y en cuanto... -Pero de estas pinturas

no habíamos hablado. Tampoco fray Eugenio.

Se limitó a hacerlas.

-Quizás quiera pintarlas él. Quizás.

¿Qué sabe usted de fray Eugenio? -Poca cosa.

Estuvo algunos años fuera de Pueblanueva

y regresó al empezar la guerra europea.

Venía de París. Aquí llevaba una vida muy rara.

Salía a pintar y se pasaba

días y días en el campo o en el monte.

Y cuando volvía sucio y barbudo, se encerraba

sin relacionarse con nadie.

En una ocasión quiso pintar a una moza desnuda

y se armó un escándalo.

Se hizo muy amigo del antiguo prior y un día se fue al monasterio.

Allí vivió una temporada como huésped,

hasta que de pronto se metió fraile.

Llaman a la puerta. Adelante.

-Señor, ha venido el chico del casino con el recado

de que algunos señores le ruegan ir a tomar café con ellos.

Iré enseguida. Gracias.

Hasta luego. -Hasta luego.

Música ópera.

-Don Carlos. Don Baldomero.

-Ándese con cuidado, que aunque se trate de una broma,

en el fondo siempre hay algo.

Cayetano no le perdonará jamás lo de la otra tarde.

Espere. Explíquese.

-No, ahora no. Que si nos ve juntos,

se estropeará todo. Pero vaya con cuidado.

(TOCA LA FLAUTA)

Risas.

Buenas tardes. -Buenas tardes, don Carlos.

Flauta.

Te agradezco que hayas venido. Pasa.

Buenas tardes. -Buenas tardes.

-Buenas tardes. A Paquito ya le conoces, ¿no?

Don Lino.

Este es Cubeiro.

Sí. Hola. Encantado. -¿Qué tal?

José. -Don Cayetano.

Por favor, siéntense. ¿Qué quieres tomar?

Un coñac a don Carlos. -Sí, señor.

Le tienes miedo, ¿eh?

Te tiene miedo porque cree que le vas a curar.

-Es que tengo derecho a ser loco. (RÍEN)

-¿No es así, caballeros?

-No conseguimos hacerle comprender que la sociedad

está obligada a curarle.

Paquito.

Paquito es un gran mecánico. Sí.

¿Verdad que lo eres, Paquito?

-Ya lo creo.

Paquito.

Paquito.

Risas. Enséñale el pájaro a don Carlos.

-Mire. Desenvuélvalo con cuidado.

Risas.

Véalo. ¿Eh?

Yo mismo lo hice.

Risas.

Si se cura, le daré un empleo en el astillero.

-¡No!

No, eso no. No quiero curarme.

Tengo derecho a ser loco.

Risas. -Está muy loco.

-La sociedad lo exige, Paquito.

-¡Y un cuerno para la sociedad!

Te daré 5 duros diarios de sueldo.

-No los quiero.

Tú lo que quieres es vivir de parásito.

Risas. -Tengo derecho.

Con permiso.

-La cuestión está en saber si es tonto o loco.

No te fastidia el cornudo. -¡Te voy a romper la crisma!

No, no. Quieto, quieto.

La cuestión está mal planteada.

Se trata de saber si se puede curar o no.

No lo sé.

Paquito estuvo seis meses en el manicomio hace años,

pero tuvimos que traérnoslo porque se moría de pena.

Pero el médico dijo que se le podía curar.

Ya. Eh...

No me atrevo a decirlo sin haberle observado antes.

Risas. Pues ahí le tiene.

Observarle quiere decir verle y oírle cada día.

Estudiar su conducta y... en fin.

Someterle a ciertas pruebas.

Solo así puede darse un diagnóstico serio.

Estoy dispuesto a pagar todo lo que eso cueste.

Murmullos. ¿No decías que se moría

en el manicomio?

Claro. Por eso quiero que lo cures fuera de él.

¿Aquí en el casino? No estaría mal.

Risas.

Todo el día, aquí en el casino, viéndolo.

Muy bien.

Lo primero, nada de beber.

Después, es necesario

que todos ustedes se olviden de que Paquito es loco

Risas. y le traten como...

Le traten como a una persona normal.

Si ustedes me dan su palabra y me lo garantizan,

yo a mi vez me comprometo a dar un diagnóstico

y a intentar curarle.

Murmullos.

-No. No, don Carlos. No.

¿A que no son capaces de prometer lo que usted pide?

Risas.

¿Pero qué vais a hacer sin mí?

¿Eh?

¿A quién vais a pegar cuando tengáis ganas de pegar?

¿Quién le va a llevar los recados a sus queridas?

Risas.

¿Quién va a componer los relojes por dos cuartos?

¡Eh, eh!

¿Y quién os dirá de memoria los discursos de Hazaña?

Risas.

Los niños...

Risas. no tendrán a quien apedrear...

Risas.

cuando esté borracho.

Risas.

Si se rompa un cristal, no habrá a quien echar la culpa

Por favor, don Carlos.

Soy un loco legendario.

Risas. Que no me curen.

Por favor, don Carlos.

Usted es un hombre de corazón.

Diga que no puede curarme.

Si me cura...

Risas. tomaré arsénico.

Escuche el último discurso de Hazaña.

Siéntese.

Señores diputados.

Aplausos.

Cuando el azar, el destino o lo que fuere

me llevó a la política activa,

he procurado razonar y convencer.

Ningún político español de estos tiempos

ha razonado y demostrado tanto como yo,

parezcan bien mi tesis o parezcan mal.

Quisiera dirigir al país en la parte que me tocase

con estos dos instrumentos:

razones y votos.

Se han opuesto insultos y fusiles.

-¡Sí, señor! -¡Viva la república, Paquito!

-¡Mierda!

De ahí proviene el drama que estoy viviendo.

-¡Viva la revolución social!

Con más violencia y hondura que nadie.

Risas. ¡Soy un loco de derechas!

¡Viva el Rey! (TOCA EL PIANO)

-¡Viva!

-Paquito, que viene la primavera.

-¡La primavera, Paquito!

(DESAFINA)

-¡La primavera!

-¡Paquito, la primavera!

-¡Me cago en la madre que os parió!

-¡La primavera! ¡Que viene la primavera!

-¡Cabrones!

¡Sois unos cabrones!

Risas.

Comprenderás que la vida del pueblo es aburrida.

Nos reímos a su costa, pero él vive a la nuestra.

Yo, por ejemplo, le ayudo.

Pedro, dos coñacs.

Yo mismo le doy cobijo en el astillero.

Allí tiene un cuchitril para dormir

y arreglar sus relojes.

Y lo que gana para él.

Naturalmente, todo esto es una broma.

Sí, claro. Porque estamos seguros

de que no tiene cura.

De todas formas, gracias por tu intervención.

¿Por qué le irritó especialmente la mención de la primavera?

Ah, ¿pero no lo sabes?

No. Paquito tiene una novia

en una aldea de Bergantiños.

Cuando llega la primavera se pone cachondo.

Se carga de regalos y va a ver a su loca.

Pasa unos días con ella

y luego vuelve apaciguado para el resto del año.

(RÍE) Ah.

Campanas.

-Eh, don Carlos.

Don Carlos. ¿Qué ha pasado?

Nada. Tranquilícese. -Cuente.

Solo quería desacreditarme en público.

Cayetano tiene miedo de que explique a alguien

lo de su complejo de Edipo

y procura curarse en salud. -Claro. Lo normal.

Como el pobre ni siquiera sabe quién es Edipo.

-¿Me permite que le ayude, señor? Sí.

Déjelo ahí.

-Madre, la merienda de don Carlos.

-Carlos. ¿Sí?

-¿Dónde vas? Voy a mi casa a desempaquetar

unos libros que han llegado de Alemania.

No sé. Los pondré en la habitación de la torre.

-¿En tu casa? ¿Y por qué no en la mía?

No voy a convertirme en su huésped para siempre.

-Me gustaría que lo fueras.

No. No estaría bien.

-Me había acostumbrado a tu compañía.

Bueno, que me vaya a mi casa, no supone abandono.

Hay entre nosotros tantas cosas comunes,

que creo que no podremos prescindir el uno del otro.

-Te espero a cenar, ¿eh?

-Póngase la gabardina, señor. No. No tengo frío. Gracias.

Adiós. -Hasta luego.

Arre.

Piano.

-Carlos. ¿Sí?

-Carlos. Sí, sí. Estoy aquí.

Hola, Juan. -Hola. ¿Cómo estás?

¿Qué tal?

Anda, siéntate.

Pensaba ir mañana a verte. Ya te lo habrá dicho Inés.

-Ya no hace falta. ¿Qué tal estás?

-Estoy bien. Bueno, me queda un poco de tos.

De todos modos, uno de estos días iré a saludar a tu madre.

-No. Estoy pensando que por qué

no vamos a verla ahora. -No, déjalo.

Tengo el coche fuera. -No te preocupes.

Si no hace falta. Con ella estás cumplido.

Además, los caminos están muy malos.

Pero en el coche llegamos en un momento.

-Mira, Carlos.

Te pido que no vayas a mi casa. Ni ahora ni nunca.

¿Por qué?

-¿No te basta con mi ruego? Sí.

Pero voy a pensar que no deseas ninguna relación

entre tus hermanas y yo. -No, no es eso.

No es nada de eso. Al contrario.

Estoy muy contento de que hayas conocido a Inés.

Ella puede decírtelo.

Es por mi madre.

No quiero que la veas.

Mi madre es una borracha.

Está borracha todo el día y no puede dejar de estarlo.

Lo siento. No sabía nada.

¿Y quién le da el vino?

-Clara.

No tenía ni idea.

Sabía que eráis pobres, pero la pobreza no significa

necesariamente miseria moral.

-Te equivocas.

La pobreza trae consigo la miseria moral.

Mi madre se emborracha porque no puede hacer otra cosa.

Y Clara acepta la miseria y se encenaga en ella.

Solo Inés, que es un alma delicada,

la resiste, pero acabará huyendo.

El otro día me dijo que piensa meterse a monja.

Inés tiene una moral recia.

Es noble y fuerte.

Clara, en cambio, solo está esperando

a que Cayetano le diga cuatro cosas para irse con él.

¿Por qué estableces entre tus hermanas

esa diferencia tan cruel?

-Nos la han dado hecha.

Inés y yo somos hijos adulterinos.

¿No dices nada? No puedo decir nada, Juan.

Pero te escucharé si lo deseas.

Sin embargo, te ruego una cosa.

No seas tan cruel con tus hermanas.

Con Clara, quiero decir. -Bah. Tú no conoces a Clara.

Por culpa de ella tendré que matar a Cayetano.

En Pueblanueva supongo que habrá más de 200 personas

que quieran hacer lo mismo. Alguna de ellas lo hará.

-Sí, claro. ¡Pero yo soy el...!

Cálmate, Juan.

-Perdona. Siéntate.

Siéntate.

¿Por qué no te vas de aquí?

España es grande y América es más grande todavía.

Yo podría ayudarte. -No.

Estoy prisionero de mí mismo.

También de mis esperanzas. Esto tiene que acabar.

¿El qué? ¿Lo tuyo? -No.

Me refiero a la revolución.

¿Tú no la deseas también?

Soy un hombre bastante chapado a la antigua, ¿sabes?

No es que crea que el mundo vaya bien,

pero tampoco espero que marche mejor.

-Yo, la verdad, siempre creí que por ahí,

por el extranjero...

En fin. Temí que fueses comunista.

Por ahí todo el mundo lo es.

Yo mismo lo fui algún tiempo.

Ya no lo soy. ¿Ah, no? ¿Por qué?

-Está claro. Si triunfase los comunistas,

aquí seguiría mandando Cayetano.

Te obsesiona Cayetano, ¿eh? -No, no es eso.

Mira, Carlos.

Yo no soy enemigo de Cayetano por razones personales.

Yo soy enemigo de Cayetano porque él lo es del pueblo.

El pueblo es cobarde. Yo no.

El pueblo no se atreve a levantar la voz.

Yo la levanto en su nombre.

El pueblo considera a Cayetano su bienhechor.

De eso estoy seguro.

-Lo que él quiere es reducirnos a la esclavitud.

Que todos marchemos como piececitas de una máquina

que echa a andar cada mañana a toque de sirena.

Y eso, eso es compatible con el comunismo.

Porque el comunismo también es eso.

Cuando lo descubrí, dejé de ser comunista.

Además, hay también razones de orden privado.

¿Y cuáles son?

-Yo soy poeta. ¿Ah, sí?

-Sí. Y soy poeta de una manera

que no es compatible con el comunismo.

Porque el comunismo es una doctrina optimista

y mi poesía es desesperada.

Parte de un desencanto radical. Mira.

Estoy escribiendo un poema cosmogónico

en el que describo la autoformación del universo

como resultado de un azar, de una casualidad.

En la segunda parte

cuento el primer suicidio de un hombre

cuando él descubre que el cielo está vacío.

Y cómo los demás hombres

deciden llenar ese cielo de mentiras

para salvar a la humanidad.

Oye, ¿te interesa esto? ¿El qué?

-¿Pero tú no eres psiquiatra?

Verás. Teóricamente, sí.

Pero la verdad es que soy un mal médico.

Desde el punto de vista de la ciencia,

he perdido completamente el tiempo.

A mí siempre la poesía, la teología y el arte

me han interesado por sí mismos.

Y me siguen interesando.

-Entonces, no eres un sabio, un gran psicoanalista.

Un hombre que, con solo mirar, desnuda el alma de los otros.

No. Te aseguro que mis ojos

no ven más que otros cualquiera.

¿Qué pasa? ¿Eh?

¿Te decepciono? -Sinceramente, sí.

(SUSPIRA) Es curioso.

-¿Y es necesario que la gente lo sepa?

¿Que lo vayas pregonando?

¿Por qué? -Porque entre la gente

cuento a Cayetano y él todavía te tiene miedo.

Ya sé que te ofreció un empleo y que tú no lo aceptaste.

Eso estuvo bien. Pero si Cayetano supiera...

En fin, que se crecería, que sería mucho más tirano.

Vamos a ver. ¿Quieres decirme

que debo llevar adelante una farsa

por razones de política local?

-Una farsa no. Callarte nada más.

¿Qué te importa a ti que te tengan por lo que no eres?

Hazlo. Cállate.

Bueno, ahora me tengo que ir.

Hasta luego, Carlos. Adiós.

-Ah. ¿Quieres que una tarde de estas

vengan mis hermanas a ayudarte?

Así verás que me parece bien que las conozcas

y seas su amigo. Sí, sí. Muy bien.

-Hasta luego, entonces. Juan.

-Gracias.

(LEE) He oído que hablaban los habladores

la fábula del principio y del fin.

Pero yo no hablo ni del principio ni del fin.

Nunca hubo más principio que ahora,

ni más juventud ni vejez que ahora,

ni habrá más perfección que ahora, ni más infierno

ni cielo que ahora. Impulso.

Impulso. Impulso.

-Carlos, has tenido visita.

¿Quién era? -El Galán.

¿Y qué quería? -Vino a comunicarte

que al término del mes dejará la finca libre.

¿Y bien? -También quería proponerte

que no alquilaras la finca a la recolección

de la próxima cosecha,

porque, después de todo, él la había sembrado

con su trabajo y con su dinero.

También dijo que él volvería a por la respuesta.

Que no hacía falta que tú fueses por allí.

¿Y eso?

-Celos de Cayetano.

¿Qué tratos te traes con Rosario? Tratos ningunos.

Le hablé aquí cuando vino a traernos el regalo

y en su casa cuando le devolví la visita.

No he vuelto a verla.

-Pues algo diría ella que puso a Cayetano en ascuas.

O con algún cuento le habrán ido.

Rosario, espera. Déjeme, señor.

¿Qué te pasa? Nada, señor.

¿Por qué te vas de mi casa?

¿Te lo mandan? Sí, señor.

¿Hubieras preferido que se la vendiera?

No. Puedo hacerlo por ti.

No me haría ningún bien. ¿No comprende que Cayetano

me dejará y quedaría atada a él para siempre?

Es mejor así. Vamos a por otra casa arrendada.

Lo siento. El señor no tiene

por qué preocuparse. Pero no haga caso de mis padres.

Ellos tienen la culpa.

Por los jornales que ganan en el astillero,

me dejarían ir en cueros por la calle.

Una está para eso.

Iré una de estas tardes a devolverle su pañuelo

cuando sepa que está en su casa.

A la de la señora no quiero volver.

Música instrumental.

Música coral.

-Desde jovencita me encantaba esta música.

(LLAMA A LA PUERTA)

-Señor, la criada del boticario ha traído esto.

Música coral.

-¿Qué es?

(LEE) "Me sentiría enormemente agradecida si tuviese usted

la amabilidad de venir a mi casa para tomar el té.

Siempre a su disposición, Lucía". -Bueno, escríbele unas letras

y acepta.

(QUITA LA MÚSICA)

Campanadas.

Gracias.

-¿Por qué no tocas el piano?

Ah... Muy bien.

(TOCA EL PIANO)

Música de piano.

Ah...

Cada vez lo hago peor. -Pues a mí me gusta cómo suena.

-Pasa, Rucha.

-Señor, dice don Baldomero que le espera abajo.

-Vaya... (RÍE) Primero la mujer

y luego el marido.

(RÍE) Ah...

No se burle. -No me burlo.

(RÍEN)

-Señor Carlos... ¿Sucede algo?

-Eh, quiero prevenirle, ¿va usted a ir a mi casa?

Sí, he aceptado una invitación de su mujer para merendar.

-Ándese con pies de plomo que se juega su libertad,

es una trampa, quiere casarle con una de sus beatas.

Vamos, no creo que eso sea más que una...

-Mire, don Carlos, que usted es soltero y,

aunque por empieza hablarse de cierta moza,

no se le conoce apaños, es una la situación.

Campanadas. No hay nada más fácil

que enganchar a un hombre casto, si lo sabré yo...

Le pasan por delante una muchacha con buenas pantorrillas,

boquita de piñón y ojos inocentes

y usted cae como un pardillo y después ya no tiene remedio.

Bueno, no se preocupe, tomaré mis precauciones.

-No sabe usted, don Carlos, lo que es un pueblo

para estos tejemanejes, primero le insinúan

que si la fulana es bonita,

que si su madre tiene cuartos, y luego dan por sentado

que a usted le gusta y después que si ella

está por usted y así, poco a poco,

un día se encuentra convertido en novio formal.

Me cuesta trabajo pensar que puedo ser un buen partido

para alguien. -¿Pero cómo?

¿Apellidarse Deza y tener una casa con torre

le parece a usted poco?

No, escuche, del mundo de donde vengo eso ya no cuenta.

-¡En este en el que cayó cuenta todavía!

Aparte de que usted no es ningún pobre,

sino un rico mal gobernado. Cualquiera de esas beatas

que van con mi mujer si se casara con usted

le administraría la hacienda al céntimo.

¿Ah, sí? -¡Sí, señor!

Ah... Entonces vale la pena que me case, ¿no?

(RÍE) -¡Eh, eh! ¡No haga ese disparate!

Arrégleselas cómo pueda, pero no se case.

Usted viene conmigo. -¿Quién, yo?

Sí, sí. -No, yo no subo,

yo no contribuyo a llevarle a usted al desolladero,

yo me voy al casino a jugar mi partidita y que...

Cuando triste quedo a solas en mi alcoba,

Timbre. -¡Ah!

Le pregunto a la estampita de la Virgen.

¿Qué he hecho yo pa' que tú así tan mal te portes?

-Buenas tardes. Buenas tardes.

Mira, niño, que la Virgen lo ve todo

y que sabe lo malito que tú eres,

que queriéndote yo a ti...

-Entre, señor. Con fatiguitas.

Gracias. El amor buscas tú

de otras mujeres.

Serranillo, serranillo,

no me mates, gitanillo,

qué mala entraña tienes pa' mí,

cómo pué' ser así.

(APAGA LA RADIO)

-Eh, buenas tardes, don Carlos. Buenas tardes.

-Oh... eh, perdone mi atuendo. No, no, perdóneme usted a mí...

-En los hombres no importa,

y menos en un sabio como usted.

Eh, pero siéntese, por favor. Gracias.

-Le estoy muy agradecida por haber aceptado mi invitación.

Ah... Tengo que confesarle que empezaba a preocuparme por usted.

¿Ah, sí? -Un hombre joven y solo,

ya se sabe, la soledad no es buena,

en este pueblo hay mucha lagarta.

Un hombre como usted necesita conocer muchachas,

eh, tengo aquí a dos amiguitas, ya verá,

ahora están en la cocina, se empeñaron en hacer

una tarta para obsequiarle, son muy buenas

y muy bonitas, ya verá.

Oh...

Julia Mariño. Hola, ¿qué tal?

-Rula Doval.

-Ah... Mucho gusto.

-Carlos Deza, el sobrino de doña Mariana.

-Oh...

-Huy... Perdón.

-Ah... oh...

-Eh, por favor, siéntese.

Ah... (TOSE)

-Están un poco asoladas, imagínese, delante de usted

que habrá conocido a tantas clases de mujeres por esos mundos.

(RÍE) -Ah...

¿Y en París? ¿También estuvo en París?

Sí, una vez... -No, no, no, no...

No nos hable de París,

dicen que aquello es Sodoma, Gomorra y Babilonia juntas.

Eh, solo he estado un par de veces y no...

-¿Cierto que los novios se besan en público?

Ah, no me he fijado, eh... -Hizo usted bien,

en ciertas cosas más vale no fijarse.

-Ah... ¿Sí?

-Ah...

-Ah...

Ah, ¡ha pasado un ángel! (RÍEN)

-Podéis ir sirviendo la merienda.

Ah...

Son unos cielos estas criaturas,

tienen manos de monja, ya verá,

créame, amigo mío, si quiere usted una mujer pura,

no la busque por esos mundos entregados a Satán,

una mujer pura, lo que se dice pura,

solo se encuentra en España.

Campanadas. Sí, desde luego... sí.

¿Pero Cayetano no...? -¡Ay! No me miente usted al diablo.

Ah... ¡Oh! Él y otros como él

quieren traer la inmoralidad del extranjero.

Eh, usted ahí, Carlos, eh... Tú aquí, Rulita.

Eh, Julia, tú aquí.

Así... Siéntese, por favor.

¿Café o chocolate? Chocolate, gracias.

-Chocolate.

Pásame los churros.

Gracias. Eh, sí, así está bien.

-Ah...

-¿Galletas? -¿Un pestiño?

Eh, sí. (RÍE)

-¿Un poquito de tarta? -¡Huy...!

Eh, lo siento. (RÍE)

-Ayúdeme, don Carlos,

entre estas criaturas,

hay algunas que sienten vocación religiosa,

y de esas no me preocupo, pero otras no han sentido

la llamada del Señor,

eh, son chicas alegres y esperan, naturalmente,

eh... un marido. -Ah...

(TOSE)

(TOSE MUCHO)

Ah, ah... Perdonad.

(TOSE) Ah...

(TOSE DE FORMA EXAGERADA)

-Pobrecilla...

-La pobre...

-Ah...

Ah...

Ah...

¿Se encuentra ya bien? -Sí.

Gracias, Carlos. Ah...

Siento tener que irme,

es que tengo una cita con Juan Aldán.

(AMBAS) ¿Tan pronto?

Eh, sí, lo siento.

Encantado. -Adiós.

Adiós.

-Juanito Aldán no es mal muchacho,

pero anda descarriado y necesita una mano que le guíe.

¿Y una de sus amiguitas? Rulita quizá...

-Oh, Dios lo haga mejor,

Rulita es plato para otra boca.

De todas maneras, me preocupa Juanito Aldán,

ay, a lo que llega una familia cristiana y distinguida

cuando hacen presa en ella las malas costumbres,

la incredulidad... Eh, bien, tengo que irme.

-Oh... Ah...

Y gracias por la merienda, estaba riquísima.

-Ah... Deseo que se mejore pronto.

-Muchas gracias, don Carlos.

(TOSE)

-Buenas tardes, don Carlos. Buenas tardes.

-¿Va a tomar algo? Sí, un vino, por favor.

-Carmiña. -Voy, mi padre.

Venía buscando a Juan Aldán. -No ha venido

y a esta hora ya no vendrá. Ay, Tiriña...

-Buenas. -A lo mejor sigue ahí

con el catarro. -Buenas tardes, doña Antonia.

Qué poca gente tiene usted hoy. -Los últimos ya se hicieron

a la mar, si quiere mando a casa de Aldán a preguntar

cómo va del catarro. No, hoy ya no, es tarde,

voy a irme enseguida. ¿Un cigarro?

-Sí, gracias.

-Apúntalo. -Mañana entonces.

Sí, mañana.

-Un cuartillo, 1,25.

Ya está, señora Antonia.

-Buen trabajo usa usted, don Carlos.

Buenas tardes. -Buenas.

Esta es la hermana de Aldán. Hola, Carmiña.

-¿Qué hay?

¿Tú eres la...? Soy Clara.

Vengo a buscar vino para Juan, que está con su catarro,

lo toma caliente y con azúcar. Ah...

Me alegro de encontrarte,

mañana Inés y yo pensábamos ir a tu casa, ya sabes,

para arreglar aquello. Sí, sí.

Juan nos dijo que vas a vivir allí.

Eh, pues...

¿Quieres venir conmigo? Sí.

Digo, si no tienes nada que hacer.

No, precisamente iba a salir.

Espera un momento, que voy a pagar el vino.

Toma, aquí tiene. -Gracias, don Carlos.

Una mañana de niebla

me fui a la Puebla del Caramiñal.

Tuve que pasar la ría de Villagarcía

que es puerto de mar.

Tuve que pasar la ría de Villagarcía

que es puerto de mar.

Buenas tardes. (TODOS) Buenas tardes.

Deme esto, le pagaré mañana. -Ah, me pagará mañana,

Sí, mujer, lo de mañana. Yo tengo dinero.

No, no te molestes, no.

-Si el señor lleva dinero... págueme lo que me debe.

Tenga... -Lo de ayer son... 14 reales.

No tengo vuelta, si quiere llévese otra cosa.

No importa, queda para mañana.

No, ¿cuánto vale este besugo? -Bueno, se lo dejaré

en los 6 reales. Démelo, me lo llevo.

(RÍEN)

Adiós y gracias. -Adiós.

Tarareo.

Hace más de un año que no pruebo el besugo,

es para mí sola. Sí, como quiera.

Esta noche, después de que cenen todos,

me haré un guiso. Muy bien.

Adiós. Pensaré en ti mientras lo como,

pero no digas nada del duro, ¿eh? Juan me mataría a palos

si llega a enterarse, él no debe saber nada.

No he ido a verle todavía... No te preocupes.

La verdad... A Juan no le gusta

que nadie nos vea nuestro cubil y hace bien.

Adiós, Paquito. -Adiós.

Sonido de flauta.

Hasta mañana. ¿No quieres que te acompañe?

No, no... Me da no sé qué dejarte

ir sola a estas horas, tu casa está fuera del pueblo.

Bajo sola todas las noches. Como quieras.

Tormenta.

Música de piano.

Lluvia.

-Buenas tardes, Carlos. Hola, hola, primo.

Hola. No hemos tardado.

No, una tiene que ir detrás. Tú, Inés.

-Sí. Dame.

¿Qué haces? Abrigarte.

Toma, tú también tienes que taparte.

¿Y Juan, cómo está? A ese no hay rayo que lo parta.

-Está mejor.

¡Arre!

¡Ar!

¿Vas bien, Inés? -Muy bien, gracias.

So...

¡Arre!

¡Ar!

¡Arre!

So...

Podéis entrar, la puerta está abierta.

Vamos, Inés. -Voy...

Adelante.

¿Qué, subís? -Tenemos que quitarnos los zuecos,

es la costumbre.

Pasad.

No asustaros, ¿eh? Como veis, esto es un caos.

Cómo está todo... Sí.

Bueno, de la ropa que se encargue Inés,

y esto habrá que barrerlo y fregarlo, ¿tienes un cubo por ahí?

¿Pero vas a fregar tú? Sí, lo hago todos los días

en mi casa. Ah, no, no en la mía.

Va, no hables con remilgos.

Vamos a ver el resto de la casa.

Muy bien.

Inés, ven.

Carlos, empezaré por esta.

¿Quieres venir?

Ah...

Pasa.

Este es el viejo cuarto ropero de mi madre.

-Ah, qué bonito. Sí.

Inés, puedes empezar cuando quieras,

mira, aquí en el armario tienes... Carlos.

Sí. ¿Dónde puede haber una escoba?

Al final del pasillo a la derecha, en la cocina

Bien...

Ah...

Ah... ah...

Voy a encender la chimenea del salón,

si necesitas algo... -Muy bien.

(SOPLA)

Pasos.

Ah...

Carlos...

Entonces vamos a merendar, he traído un cestillo

que preparó doña Mariana, está en el coche.

(RÍE) Ya será veneno si viene de la vieja.

Bajo por él. Muy bien.

Espérame.

Inés...

Inés... -Ah...

¿Vamos a merendar? -Merendad vosotros,

yo iré luego.

¿No estás cansada? -No.

Tienes mucha ropa. Ajá.

Perdona. -¿Qué?

Ah...

-Las mantas están picadas.

A ver... -Las dejaré fuera,

necesitan aire. ¡Carlos! ¡Carlos!

¡Sí, sí! Ya voy. -Las sábanas necesitan

aire también. Eh...

-Las dejaré fuera. Claro.

¿Entonces no vienes? -No, no, id vosotros, iré luego.

Carlos, ven.

Ya he terminado. ¿Ah, sí?

Lo he limpiado todo

y tienes la cama hecha, puedes venir cuando quieras.

Ah, qué bien, qué maravilla.

Mira...

Fíjate, qué envidia, hay de todo:

enaguas, trajes de invierno, de verano...

Este de seda negra es precioso.

Tú madre debió casarse con él,

es una pena,

se va a picar. Si quieres...

podemos empezar a merendar.

Muy bien, ¿pero aquí? Sí... Lo he limpiado todo para eso.

¿Y por qué no en el salón?

Ah... Como está todo limpio ya.

Justamente por eso, además, en el salón hay fuego.

¿Vamos? Ajá.

Lo que tú digas, vamos.

Gracias. De nada.

(RÍE)

(RÍE)

Puerta.

-¿Tienes una vela? Eh...

¿Una vela? Ah, sí, ahí, encima del piano.

Ven.

  • Capítulo 3

Los gozos y las sombras - Capítulo 3

05 sep 2017

Carlos interviene en la reconstrucción de la iglesia. Doña Lucía, la mujer del boticario, le invita a merendar para presentarle a dos muchachas casaderas. Más tarde, Carlos se reencuentra con las hermanas de Juan Aldán, Inés y Clara, que le ayudarán a limpiar la vieja casa.

Histórico de emisiones:
08/04/1982
15/03/2009
24/03/2013

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