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Los gozos y las sombras - Capítulo 13 - ver ahora
Transcripción completa

Música de cabecera

Acordeón

Soy yo, si pasa algo estoy en el Pirigallo.

¿Vino a quedarse? Creo que sí.

¿Y por qué no vive contigo?

No tengo sitio donde meterlo. Mi casa es muy pequeña.

Además... Estáis peleados.

No, pero con Carlos tendría más libertad que conmigo.

¿Sabes que se casó Inés? Está en Alemania.

Juan no debía haber vuelto.

Los tipos como él, en un pueblo como este, solo estorban.

Es como un niño.

Mientras estuvo con Inés, todo fue bien.

Pero al quedarse solo se acordó de nosotros.

Escúchame, Clara, ¿qué piensas de Carlos?

¿Por qué me preguntas eso?

(RUDO) ¡Fuisteis amigos! ¿No?

(SUAVE) Quiero decir, que salíais juntos durante un tiempo.

Sí, hace un año de eso.

No sé, es un hombre un poco raro.

Una nunca sabe a qué atenerse con él.

¿Te hizo la corte? No.

¿Y tú? ¿Yo, qué?

Clara, hace más de dos meses que quería hacerte esta pregunta.

Pero no me he atrevido hasta hoy.

Ya ves que soy capaz de una delicadeza.

Pero esta tarde vino rodado.

Estuve enamorada de él.

Si no hubiera sido por eso ya me habría casado contigo.

Debí haberle matado.

Teléfono

¡Sí, un momento!

(MOLESTO) ¿Qué pasa? D. Cayetano, el teléfono.

¿Qué hay?

Que esperen.

(ENFADADO) ¡Sí, que esperen!

Tenemos que irnos. Espera.

¿Es que vas a defenderle? No, pero quiero explicarte algo.

Como a mí nunca has intentado engañarme

yo tampoco quiero dejarte ir engañado.

¿Y qué más da?

Cuando nos creí arreglados aparece el Dr. Deza a reventarlo.

Carlos Deza, el último de los churruchaos.

El que lo sabe todo y te embarulla con palabras inútiles.

Acordeón

Está bien. Di lo que quieras.

Tú no puedes ni siquiera imaginar lo que es la miseria.

Cuando Carlos llegó a Pueblanueva, cuando lo conocí,

estaba desesperada. Pensaba huir de casa y prostituirme.

Venderme a ti por 1000 pesetas y un equipo de ropa.

¿Vas a confesarme ahora que te vendiste a él?

Calla.

No me he vendido a nadie gracias a Carlos.

Se portó noblemente conmigo y pude recobrar la esperanza.

Era natural entonces que me enamorase de él

y lo fue que él no se enamorase de mí.

Yo debía parecerle despreciable. Quieres decir que te rechazó.

No, es demasiado decente para hacerlo.

Las cosas no se plantearon así. Sucedió lo que tantas veces:

que yo le quería él y él no me quería a mí.

Debí haberle matado aquella noche.

Eso no hubiera arreglado nada.

¡Siempre Carlos!

¿Por qué me lo has dicho? ¿No podrías habértelo callado?

Para que las cosas quedaran claras entre tú y yo tenía que decírtelo.

Además... ¿Es que hay un además?

Sí.

Me dijiste que eras el hombre más hombre de Pueblanueva.

Esta es la prueba.

No, hay cosas que un hombre no puede tolerar.

Si hubieras sido lo que yo creía te hubiera hecho mi querida.

Pero la que Carlos Deza despreció no puede ser mi mujer.

¡Ja! Carlos. Precisamente Carlos.

¡Pues no se iba a reír poco!

No eres el hombre más hombre de Pueblanueva.

Anda, acompáñame, no vayan a decir que te he dejado plantado.

Buenas tardes, D. Cayetano. Adiós, buenas tardes.

Puerta, llaman

Pase usted, D Angustias. -Gracias.

Mamá, qué alegría. ¿Qué te trae por aquí?

Siéntate. Sí, mamá.

Toma, lee.

"Vecinos de Pueblanueva, hago saber que en esta Semana Santa

se suspenden las procesiones y manifestaciones religiosas".

Bien, ¿y qué? Que esto no puede ser, hijo mío.

Los cristianos tenemos derecho a nuestras ceremonias.

No hay alcalde ni gobernador que pueda prohibírnoslas.

Además, la procesión de mañana la costeé yo.

Pensaba acompañarla.

Bueno, ¿y qué quieres que haga yo, mamá?

Hablar con el gobernador.

No somos amigos. Entonces, con el alcalde.

¿O es que no te obedece? Yo no he dicho eso, mamá.

Pues no me lo digas, que no te creeré.

En el pueblo se ha hecho siempre tu voluntad.

Con izquierdas y con derechas.

Mucho más con esa gente de ahora, que la has nombrado tú.

Está bien, mamá.

Por teléfono, no.

Las cosas importantes se hacen personalmente.

Pero, mamá, ¿tanto te interesa?

Si no me interesase, no habría venido a molestarte.

Mamá, por favor, no digas eso.

Vamos, mamá...

Tú nunca me molestas, mamá.

(SOLLOZA) De un tiempo a esta parte, no lo parece.

Por favor, eso ni lo pienses, mamá.

Quédate tranquila.

Ahora mismo hablaré con el alcalde.

(TIERNO) Mamá...

Conversación de fondo

Perdona un momento. Buenos días, D. Cayetano.

Siéntese. Después te llamo, Santiago.

Siéntese, por favor. ¿Qué le trae por esta, su casa?

Ver el telegrama del gobernador prohibiendo las procesiones.

No, gracias, acabo de fumar.

Fuma. Como usted quiera.

-Aquí lo tiene.

-Tome.

Esto está muy bien pero no reza con Pueblanueva.

Es una buena medida de orden público para las grandes ciudades

donde es difícil mantener a raya a los de un grupo y a los de otro.

Pero Pueblanueva es una villa civilizada.

Aquí no pasará nada. ¿Y cómo lo sabe usted?

Eso es asunto mío. Pero sabe que hay elementos...

A esos elementos se les mantiene quietos.

Si se mueven, a la trena con ellos. ¡D. Cayetano, me juego el puesto!

No ocurrirá nada. Si usted me lo asegura...

De todas formas, será mejor que llame al gobernador.

Como la orden viene de él...

¿Desde cuándo mandan los gobernadores en Pueblanueva?

Antes ya sé, pero ahora yo creía que...

La diferencia entre el ahora y el antes es que había otro alcalde

y ahora el alcalde eres tú. Sí, señor.

Empieza a escribir un oficio autorizando las procesiones.

(SERVIL) Muchas gracias, Don Cayetano.

Naturalmente, puedes poner en él

que se hace responsables a los señores sacerdotes

de que los fieles respeten el orden público, etc. etc.

y que ellos son los únicos responsables.

Con dos copias, ¿verdad, D. Cayetano?

(RÍE) Sí.

Ya dirá usted, señor juez.

(SUSURRA) Fíjese.

-Es D. Cayetano.

Está hablando con su novia sin la menor precaución.

Si nos acercásemos un poco, podríamos oír lo que dicen.

-Yo creo que he oído algo.

-¿Y qué han dicho?

Vete. He venido a pedirte perdón.

Bien, ya está, perdonado.

¿Y nada más?

¿Qué más quieres?

Te he pedido perdón. Me has perdonado.

Pues bien, aquí no ha pasado nada. Como antes, ¿eh?

Como hace una semana. Tú, ahí detrás.

Yo aquí, y cuando cierres, los dos juntos.

¿Adónde vamos esta tarde? No volveré a salir contigo.

Eso sí, tan amigos.

Una mujer no es como un hombre.

Lo comprendo. No razonáis lo suficiente. Ni siquiera tú.

Y si yo he tardado casi una semana en decidirme,

no puedo exigir que tú te me hayas adelantado.

Además, no podías hacer otra cosa que esperar.

Estoy seguro de que habrás esperado todos los días.

Y que cada tarde, al cerrar la tienda,

estarías más nerviosa que la tarde anterior

porque yo no venía a pedirte perdón

y tú deseabas perdonarme. Todo eso lo comprendo.

Es natural.

No te he esperado un solo día ni deseé que volvieras.

¿Tú qué vas a decir?

Hasta me complace que hables así, el orgullo es una gran cualidad.

Me gustas porque eres orgullosa. Yo también lo soy.

Sin embargo, he venido a pedirte perdón.

Para hacerlo, he tenido que vencer mi orgullo.

Estar seguro de que no ibas a humillarme.

En una palabra, quiero abreviar los trámites.

Te pido perdón. Quiero ser perdonado.

Doy lo pasado por pasado. Haz tú lo mismo que yo.

Déjame. Bueno, bueno...

Te parece todo demasiado brusco.

Quieres que medien lágrimas, palabras tiernas.

Por mí no hay inconveniente. Cierra la tienda y vámonos.

O mejor, ciérrala y déjame dentro, así podrás llorar mejor.

Sin miedo a que te vean.

Quieto.

No cierres.

Estás muy bonita, Clara.

Yo te quiero. ¿No lo comprendes?

Si no te quisiera, no hubiera vuelto.

Te quiero y estoy dispuesto a arreglar lo nuestro.

Lo he pensado mucho, ¿sabes? He querido traerte una solución.

Si no viviéramos en Pueblanueva, nuestra relación sería distinta.

¿Tú crees que me importaría tu enamoramiento de Carlos?

Me importaría un pito que te hubiera rechazado o no.

Aún llego a más.

Soy un hombre moderno.

Sí.

Reconozco a la mujer su derecho a la vida y al amor.

Aceptaría incluso que hubierais sido amantes.

¿Qué más da? Dos que se quieren es una historia que empieza.

El prejuicio de los españoles por la virginidad de la mujer

está anticuado, es inhumano.

(DESPRECIATIVO) Cosa de los moros.

No se oye muy bien. -¿Y entonces, qué hacemos?

-Calle, calle.

Yo no cazo nada, palabras sueltas nada más.

-Usted quédese aquí, me voy a arrimar más a la puerta.

-¿Se atreve? -Con un poco de suerte...

-¿Y ahora? -Chist, calle.

Pueblanueva nos ha envenenado.

Mi manera de portarme no tiene relación con lo que pienso,

sino con lo que piensan los demás.

¿Crees que no me doy cuenta?

Salir de Pueblanueva es como recobrar la libertad.

Vivir donde nadie nos conoce es desintoxicarse de prejuicios.

Hay tantas cosas que tú misma harías lejos de aquí...

La gente, por ejemplo, se casa pensando en los demás.

Donde todos son desconocidos,

los que se quieren no piensan en casarse.

Cuando un hombre como yo necesita a una determinada mujer

desprecia trámites y condiciones impuestas por la sociedad.

Pero bueno...

¿Con qué derecho un juez... o un cura...

o los dos juntos...

nos autorizan a acostarnos?

¿Quiénes son ellos para disponer de algo tan nuestro

como nuestros propios cuerpos?

Por otra parte... (INTERR.) ¿Adónde vas a parar?

Vete ahora mismo de Pueblanueva. De momento, a La Coruña.

No te faltará de nada.

Yo iré a verte cada sábado.

Todo esto, hasta que llegue el arreglo definitivo.

Entonces, yo me iré contigo.

Pueblanueva me viene estrecha. Necesito más aire.

Más luz. Más tierras que conquistar.

(SILBA)

¿Y a qué llamas tú el momento del arreglo definitivo?

Lo que te propongo no es un matrimonio.

Pero vale más.

Te ofrezco todas las garantías que apetezcas.

Más de las que tendrías siendo mi mujer.

Por lo pronto, hacerte propietaria de una casa y de un dinero.

Más tarde cuando mis padres mueran,

compartir legalmente conmigo, en pie de igualdad,

toda mi fortuna.

No soy un romántico. Sé que puedo morir.

Por nada del mundo te dejaría en la pobreza.

Es una hermosa proposición. ¿Aceptas?

¿Quién iba a decirme cuando pensaba venderme a ti por 1000 pesetas

que acabarías ofreciéndome la mitad de tu fortuna?

No sé cuántos millones tienes, pero, por pocos que sean,

hay gran diferencia con lo que yo entonces pensaba pedirte.

¿Por qué recuerdas eso? Porque lo tengo presente.

Y me alegro. Me da la medida exacta de lo que valgo.

No he pretendido evaluarte... (INTERR.) Soy yo quien lo hace.

Saber que valgo la mitad de tu fortuna me llena de orgullo.

Estás llevando las cosas a un terreno falso.

Todo lo contrario: estoy quitándoles el disfraz.

Hablo con el corazón en la mano Tu corazón te miente.

Te quiero y lo sabes de sobra. No lo dudo.

Es la única verdad que has dicho hasta ahora.

Lo demás... (ENFADADO) ¿Y no te basta?

Mientras hablabas me recordabas a Carlos.

Muchas palabras para ocultar la verdad.

Solo que a ti es más fácil adivinártela.

Me ofende que me compares con él.

Yo soy un hombre y él un charlatán.

No eres tan retorcido, lo reconozco. Pero también intentas engañarte.

¿No comprendes que tanto barullo y palabrería son tus excusas

para no casarte conmigo?

La opinión de los demás te importa más de lo que querrías.

Temes que se rían de ti si te casas con una mujer

que estuvo enamorada de Carlos Deza.

Tienes miedo a que Carlos cuente lo que pasó y lo que no pasó.

(ENFADADA) ¿Qué sé yo a lo que tienes miedo?

Claro está que, si yo estuviese enamorada de ti,

pasaría por todo y aceptaría ser tu querida o lo que fuese.

Pero yo no estoy enamorada de ti ni lo estaré ya nunca.

No te irrites y aprende a escuchar la verdad como un hombre.

Acabas de proponerme que sea tu querida y no me he ofendido.

Tampoco te guardo rencor.

Solo siento que seas como eres. En el fondo, un pobre hombre.

La única a la que de verdad le importa un pito la opinión ajena

es a mí, a mí no me importaría irme contigo y tener un hijo tuyo

si algo razonable me impidiera ser tu mujer.

Pero tus razones no me convencen.

Sería un pretexto hoy, otro mañana y siempre mentiras y delaciones.

Yo no soporto la mentira, ¿qué quieres?

Me pasa como con la suciedad. Tienes que quereme.

No puede ser de otra manera.

No eres malo en el fondo, pero estás envenenado.

Te será difícil librarte de ese veneno.

Tanto tú como los otros no os iréis nunca de Pueblanueva.

Ya ves, mi hermano, que no iba a volver nunca. ¡Bah!

El pueblo os tiene cogidos y no os suelta.

A ti también. No.

Yo me marcharé enseguida, mucho antes de lo que piensas.

No te lo permitiré. Esto tiene que arreglarse.

Sería la primera vez que a mí... Nosotros no seremos felices.

Tú tampoco lo serás.

Coño, Cubeiro, que yo no puedo.

Lo siento, no hay nadie tan malo que no merezca un poco de paz.

Anda, vete. Volveré.

No vuelvas. Piensa en la opinión del pueblo.

Volveré.

Coche, arranca y se va

Se me pusieron aquí. -Pues anda que a mí...

-Usted mucho hablar, pero se escondió.

-Una prevención elemental, pero no por miedo.

-¿Y ahora, qué? -¿Qué de qué?

-Lo que hemos oído. -Yo, casi nada.

-Yo, poco más. Pero suficiente.

-¿Tú qué piensas? -Que ella le dio calabazas.

-Y vas a contarlo en el casino. -¿Quién, yo? ¡Ja!

No seré yo quien vaya con esa historia.

Cuéntelo usted. -Mira, Cubeiro...

Yo tengo un cargo público. Soy una autoridad.

No me parece bien andar metido en comadreos.

-Pues entonces, con callarnos... -¿Tú eres capaz?

-Por la cuenta que me tiene.

Bullicio

Bienvenido, Don Lino, enhorabuena.

Juan y yo debemos hablarle de algo importante.

Don Lino, ¿cómo está? -Cuánto tiempo sin verle.

-¿Qué pasa? -Mire...

-Diga. -Se trata de los pescadores.

De su situación desesperada solo el Estado podría sacarles.

-¿El Estado? ¿Y ustedes piensan que yo...?

-Usted es diputado, D. Lino.

Todos los pescadores le han votado. Y sus mujeres.

-Sí, eso es cierto, pero... Escuche, D. Lino.

Solo tienen dos caminos:

Ponerse en manos de Cayetano Salgado y amarrar los barcos

o que el Gobierno arbitre una fórmula de socorro.

Insisto en que el asunto le interesa a usted y solo a usted.

Los pescadores no tienen a otro que les represente.

No debe dejar pasar una ocasión como esta de hacer bien al pueblo.

Y de ganarse su afecto. Son estupendos.

Ya lo verá cuando les hable.

Eso, un discurso bien amarrado y estudiado,

pero conmovedor...

Mi experiencia parlamentaria me ha hecho comprender

que a la persuasión tradicional hay que añadir una lógica aplastante.

Conmover, sí, pero también convencer.

D. Lino, tengo que irme. Hasta luego.

Siga usted, D. Lino. -Pues como iba diciendo,

para mi gusto, Azaña aunque su oratoria resulte fría,

el ideal sería una mezcla de Azaña y Castelar.

Hola. Hola.

¿Lo del cartel va en serio? Y tan en serio.

Tengo ya dos compradores.

Pasa.

Ven, pasa. ¿Pero tienes algo determinado?

¡Ay! Sí.

Irme a Buenos Aires.

¿A Buenos Aires?

¿Y por qué tan lejos?

Pues mira, porque no hay un sitio más lejos adónde ir.

Pero, ¿y una vez allí? No sé, algo saldrá.

Si vendo la tienda, me quedarán unas 20.000 pesetas

después de pagar el asilo de mamá y descontar los gastos del viaje.

20.000 pesetas dan para aguantar una mala racha, ¿no crees?

Sí, pero si la mala racha sigue ¿qué vas a hacer?

Dejarme llevar.

¿Qué más da? Irse tan lejos es como morir.

Lo que le sucede a un muerto ni a él mismo le importa.

(RÍE)

¡Enhorabuena, señor diputado! -¡Hola, D. Lino!

Aplausos

-Gracias, muchas gracias.

-¡Qué faena! -Hombre, a propósito de faena.

No es cierto eso que se anda diciendo por ahí.

En primer lugar, yo no fui llevado a hombros como un vulgar torero,

sino acompañado a mi domicilio por un grupo de trabajadores

a los que había dirigido la palabra.

Y en segundo lugar, que no son plebe ni populacho,

sino legítima representación del pueblo que labora y sufre.

Esa que algunos pretenden apartar de nosotros y hacerla enemiga.

Me estoy refiriendo, como es obvio, al proletariado.

¿Quién tiene la culpa de que vaya a producirse tal escisión?

¿De que el proletariado se haya convertido

en enemigo de nuestra sociedad?

-Cayetano. -Cubeiro, yo no he dicho eso.

O, al menos, no lo he dicho aún. -Tampoco yo quería decirlo.

Fue una coincidencia, acabo de oír su coche y creo que va a entrar.

Buenas noches, señores.

¿Qué, se discurseaba?

Lamento haberles interrumpido.

Continúe, D. Lino.

Si he venido esta noche, ha sido para escucharle a usted.

No puedo por menos que alegrarme de sus éxitos.

Políticamente hablando, usted es hijo mío.

(INDIGNADO) ¡Yo soy hijo de la voluntad del pueblo!

Cabalmente se lo explicaba así a estos señores.

La voluntad popular. ¿Eso qué es?

¡Ja! Así hablan los fascistas.

No sé lo que es eso, D. Lino. Pues yo se lo voy a explicar.

Fascista es quien pretende ignorar la voluntad del pueblo

para sustituirla por la suya propia.

Fascista es quien ejerce un poder apoyado es su fuerza y riqueza.

Fascista, D. Cayetano, ¡es usted!

¿Usted cree que yo mando tanto?

¡Y aún me lo pregunta!

¡Interrogue a estos ciudadanos!

¡Salga a la calle, detenga a los transeúntes!

¡Haga esa pregunta en la sagrada intimidad de los hogares!

Usted manda en este pueblo, D. Cayetano, porque le temen.

¡Le temen porque es el amo del pan!

¡Por eso se da el lujo de pisotear las leyes de la República

y obligar a los ciudadanos conscientes a soportar,

a tolerar sin chistar el espectáculo degradante,

deprimente y absurdo de una procesión!

¡Usted, que ni cree en dios ni ha creído nunca!

El que otorga el pan se cree el amo de la vida y el honor,

con derecho sobre mi cuerpo y el cuerpo de los míos.

Cree también que tiene el derecho a esclavizarme.

Por eso me coloca en el dilema de rebelarme o esclavizarme.

(IMPASIBLE) ¿Y eso es lo que hace ahora, D. Lino?

¿Rebelarse?

¿O la rebelión ya existe y ha decidido ser el cabecilla?

Golpe con la silla

(RABIOSO) Yo no necesito rebelarme, señor mío.

No lo necesito por la simple razón de que yo no soy un oprimido.

Don Cayetano, ¡lo acuso!

(INDIGNADO) ¿A mí? A usted, sí.

En nombre de los explotados, de los pisoteados y deshonrados.

¡Un momento!

En lo que se refiere a los deshonrados,

puede usted hablar en nombre propio.

No voy a oponerme. Y le doy la razón.

Es más...

Tiene usted perfecto derecho a censurarme.

Puedo decirlo delante de todos estos señores

porque todos lo saben.

Yo, mi querido D. Lino...

Yo le he puesto los cuernos.

(CUBEIRO RÍE)

(IRACUNDO) Es usted un miserable.

Sr. Salgado, usted es, además de tirano, inmoral.

Se goza con la vergüenza ajena.

¡Se alimenta de cieno, como los cerdos!

¿Hasta cuándo va a durar esto?

¿Cree usted que su reinado va a ser eterno?

¡Por lo pronto, en este casino nos reímos de sus bravatas!

¡Nos reímos los que recordamos que dijo usted

que por su cama no pasaban más que vivos!

(RÍE) ¿Se acuerdan ustedes caballeros?

Hablábamos de cierta señorita de la localidad

cuando el Sr. Salgado dijo que él no admitía material averiado.

Pues bien, el Sr. Salgado, entre la burla y la risa de todos,

está corriendo tras un material averiado

(RÍE) y traga, encima, que le den calabazas.

-Le va a matar.

¡Piensa casarse con la mujer más desacreditada del pueblo!

(ENFAD.) ¡Cornudo de mierda!

Tiene que soltarme, soy un diputado de la República.

¡Y una mierda!

(VOCERÍO)

¡Quita! ¡Que lo va a matar!

Le haré comer el camisón ensangrentado de esa muchacha.

Que este imbécil no se mueva de aquí hasta que yo vuelva.

¡Quitaos, coño!

Ha ido usted demasiado lejos.

-Deme un coñac. -Un coñac.

Coche, arranca y se va

Eso no, D. Lino. Tiene usted que esperar.

-No pretenderá usted que me muela a palos.

-Nos ha hecho responsables de que no se mueva de aquí.

-(TEMEROSO) Pero ustedes me protegerán, ¿no?

¡Ustedes me han elegido! ¡Soy el diputado de este pueblo!

¡No pueden entregarme indefenso en las manos del tirano!

-¡Jefe! -Voy, señor.

Vete a la taberna El Cubano y que venga corriendo Aldán.

-Sí, señor.

-A ver si hay suerte.

Música angustiante

Ladridos

Música angustiante

Música angustiante

Música angustiante

Grillos

Crujido

(GIMOTEA)

Estruendo

(FORCEJEAN)

Cristales rotos

No...

Ay...

¡Ay!

¡Ah!

Lo siento, Clara.

Pasa.

Pasa.

Aquí está ya.

-Ah, por fin llegó usted. -Paulino.

-Siéntese aquí conmigo. ¡José! -¡Voy!

-Al señor Aldán, lo que pida.

¿Quiere una copita?

-No, no, gracias. -Como mande.

¿Qué pasa aquí? ¿Pasar?

Nada, que yo sepa. Que hay más gente que otras veces.

Y como don Lino estuvo discurseando, no pudimos arreglar una partida.

Estruendo

¿Qué pasa?

¿Qué pasa? No va con usted.

¡Ahí tiene el camisón de Clara!

¿Qué te trae aquí?

¡No te metas en esto! -¡Señores!

¡Cuestiones personales a la calle! -¡Suéltenme!

¡Anda, sal a la calle a que te mate!

¡Sí, hombre, sí! ¡Pues vamos!

Alboroto

(FORCEJEAN)

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

(RESPIRA DE FORMA AGITADA)

(FORCEJEAN)

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

Levántate que te voy a... ¡Suéltame, coño!

(TOSE)

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

(JADEA)

Ay...

Ah...

(TOSE)

Te voy a matar, fascista.

-(LLORA)

-(FORCEJEAN)

-Ah...

¿Qué miran?

¡Vamos, márchense a sus casas!

(GIME)

(TOSE)

¿Qué? Ahora conmigo.

¿Contigo?

Contigo no tengo ni... ¡Ah!

¡A la mierda los Churruchao!

¡Se acabaron los Churruchao!

Motor

¡Aparta, juez!

Música tranquila

Música tranquila

Música tranquila

Música tranquila

Música tranquila

Música tranquila

Música tranquila

Música tranquila

Tenga, eche un buen trago.

Después pase al patio y se lava las manos.

Pobre hombre... Le han dejado como un eccehomo.

Aquí tiene esto. Y usted tampoco va mal...

Lo mío es menos importante. ¿Quién ha sido?

Cayetano.

Escuche, dele un poco de aguardiente y espéreme aquí.

¿Dónde va? No se preocupe y espéreme.

También a ti.

No importa.

Ah...

¿Dónde tienes una toalla? Por ahí.

(LLORA)

Ah...

(RÍEN)

(LLORA)

Vámonos. ¿Adónde?

A mi casa.

(RÍEN)

Tráeme los zapatos.

Sí.

(LLORA)

Música tranquila

Viento

Gorjeos

Música tranquila

Música tranquila

  • Capítulo 13

Los gozos y las sombras - Capítulo 13

18 sep 2017

Cayetano ofrece a Clara dinero y una casa en La Coruña, pero ella no acepta y le cuenta cómo fue su amor por Carlos. En el casino se produce un enfrentamiento entre Cayetano y Don Lino, quien descubre ante todos el rechazo de Clara y hace que él se enfurezca y abuse de ella.

Histórico de emisiones:
10/06/1982
02/06/2013

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