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Los gozos y las sombras - Capítulo 11 - ver ahora
Transcripción completa

-Atención, no se mueva nadie.

Quietos, quietos,

quietos.

Música y alboroto.

-Gracias.

-Yo, tres días antes de la boda, dejo de comer

para que me pille con el estómago vacío.

¿No le parece a usted, don Carlos?

-Vaya mujer que te llevas. -Sí.

Gracias.

(CANTAN Y BAILAN)

-Hija...

-Para los novios parece un velatorio.

-Lo de casarse es serio. -Y que lo digas.

-¿Pero qué clase de padrino es que no bailas? Anímese.

-Pues que baile el señor boticario.

-Vale, pero buscaré pareja.

Ahí está.

Vamos a bailar, tú tranquila que te puedes cansar.

Anda, moza... -Busque una pareja de sus años.

-¿Pero dónde va esta poniendo...?

¡Calla, pellejo!

Ahí está.

Ven acá, moza. Vamos a demostrar

a esos que somos capaces de bailar lo que nos digan.

-Rosario, toma.

-Y qué buena pareja hacen, cuando se quede viudo

puede casarse con ella.

-Baldomero, palpe, palpe que hay donde agarrarse.

Vaya par de tetas, ¿eh?

-De eso no puedo dar fe. Aquí hay algo que abulta,

pero quién me dice a mí que no son dos cucuruchos

de algodón en rama.

-Sí, sí, algodón.

-Dos almohadillas, meta la mano y vea dos almohadillas.

-¿Y tú, qué dices? -No digo nada, señor.

-Quieren que te meta mano. -Usted verá.

-Habrá que pedirle permiso a la novia.

-Quite ya, la novia manda en su cuerpo, yo en el mío.

-¿Entonces, qué, te dejas o no te dejas?

-Ah... Atrévase.

-Si es que no se deja.

-La tiene vieja...

(TODOS SE RÍEN DE ÉL)

-Silencio, está en su derecho de no dejarse palpar.

Claro que, si no fueran cucuruchos,

se dejaría meter la mano.

(TODOS RÍEN)

-¿Veis? La tiene miedo.

¿Qué le pasa, la tiene miedo?

¿Dónde están los pantalones, señor boticario?

-Ánimo, don Baldomero, ánimo.

-A ver, qué decís.

-Si fuera un hombre como Dios manda,

se la sacaría a la fuerza.

-No te dejes, aguanta, que se la toque a su madre.

-Boticario... -Que...

Es...

-¿Qué va a ser, boticario?

-Que si me atrevo...

-A ver si es usted capaz de sacármelas.

-Que si soy capaz, ahora verás.

Cuidado, cuidado...

Ten cuidado, criatura. Ay... Quita, quita.

Que te levantes, desgraciada, puñetera...

(RÍE) Ja, ja, ja.

-Ay, ay... -Ya es tuyo, ya es tuyo.

-Cuidado, pero no seas bestia.

Criatura, ay...

Ay, ay, ay...

¡Ay!

Ánimo, don Baldomero.

-Quítate de ahí, quita la mano que me haces...

Suena una jota.

(TODOS CANTAN Y BAILAN)

-Hala, y ahora a dormir todo el mundo.

Que mañana hay que trabajar.

-Enhorabuena, cuñado.

-Os he dicho que a dormir.

Que mañana hay mucho trabajo que hacer.

Espere, madre.

Levántese, padre, y vaya bajando las cosas.

No guarde la loza que no hará falta.

-¿Pero qué dices?

¿Qué dices tú? Lo que oye, mi madre.

Que ahora mismo se marchan y se llevan los muebles,

la gallina y el cerdo.

¡Ahora mismo!

-¿Pero tú oyes esto? ¡Claro que lo oye!

Y no lo repetiré dos veces.

Ya aguantaré mucho si les permito

coger la cosecha que, también, es suya. ¡Andando!

Que no quiero verles más en mi vida ni han de pisar

mi casa aunque me parta una centella.

Por estas. Ya puede llamar a mis hermanos.

-Pues claro que les llamo.

¡Pepe!

¡Miguel!

Tiraos de la cama enseguida.

A ver si con estos te atreves.

-Rosario, hija, ¿y la casa?

Ramón,...

Toma la tranca.

Tú ahí con eso y que no te toquen.

Que yo voy a desnudarme.

-¿Dejarás que tu mujer eche a sus padres de casa?

¿Vas a dejarla?

Cría cuervos...

Tráela hace 25 años y todos trabajando para ella.

Permita Dios que te salga un cáncer en las entrañas.

Y que te vean pidiendo por los caminos.

Y que se te deforme la cara.

Menos prosa, madre, y más espabilar.

Que estoy caliente y quiero dormir con mi marido.

(LLORA LA MADRE)

(LLORA)

¿Dónde vamos a ir? Pobres de nosotros.

¿Quién será el alma cristiana que nos recoja?

Todo por una hija sin alma, por una perra sin corazón.

-Calle, que llorando se reirán de nosotros.

-Qué voy a hacer, más que llorar.

-Callar, mi madre, tengamos vergüenza.

Cantes y jolgorio.

(BAILAN Y SALTAN)

-¿Y dónde van esos? -Es la cencerrada, madre.

-Así le metan fuego a la casa con ellos dentro.

Hagan justicia.

(LLORA DESCONSOLADAMENTE) Maldita sea.

(LLORA)

(NARRADOR) Dos meses después de dar la cencerrada

a Rosario, llegó la primavera.

Llovió poco y el calor fue tan intenso,

que el único que parecía gozar de la nueva estación

era Paquito el relojero.

En el pueblo sabían que con la llegada

de la primavera, entraba en celo

y que cualquier mañana temprano cogería su petate

cargado de regalos y se marcharía a la aldea

para encontrarse con su novia loca.

De don Carlos Deza se dice que estudia mucho

y que escribe un diario contando las cosas del pueblo.

En el casino, la junta directiva,

acordó colgar del techo, tiras del papel matamoscas.

Como el año vino tan seco, parece como si todas

las moscas del mundo, se juntasen aquí.

Hay quien se pasa las horas como Baldomero,

contando las moscas que algún compañero de partida,

liquida de un manotazo.

Se dice que Cayetano ha traído de Inglaterra

un líquido que las mata solo con el olor.

Y que en los talleres del astillero, no hay moscas.

tranquilamente, en las oficinas.

También trajo de Inglaterra, para su madre,

galletas y mermelada de naranja.

Clara Aldán casi no sale de su tienda.

Su clientela se compone de aldeanas, sobre todo.

Se entiende bien con ellas.

Dicen que vende mucho.

Como don Carlos no aparece ni se ve con ella,

deben de andar mal las amistades.

El negocio le va bien y abrió una cuenta corriente

en la caja de ahorros con las ganancias de las ventas.

Fray Eugenio, trabaja todos los días

en la reforma de la iglesia y ninguno sabe lo que hace

porque no deja entrar a nadie.

La obra debe estar terminada

para el día en que llegue Germain.

Y con estas cosas, llegó el otoño.

Regresó a Pueblanueva Paquito el relojero.

Y contó a don Carlos las nuevas.

El pueblo espera ansioso la llegada de la francesa.

La única razón, según ellos,

del retraso de la marcha de don Carlos.

Esa misma tarde de otoño,

Carlos escribe una carta a París.

Mi querida Germain: He recibido su carta

y me alegro de que, por fin, se decidiera a venir.

Empezaba a resultarme inexplicable

el desinterés por sus asuntos.

Mañana gestionaré el envío del dinero

para que usted y su padre, hagan, cómodamente, el viaje.

Avíseme con tiempo la fecha exacta de su llegada.

Le saluda, cordialmente, Carlos Deza.

-La mejor lamprea... -Buenas tardes.

(TODOS SALUDAN) Hola...

-Y ustedes aquí, tan tranquilos.

-¿Por qué no? -¿Se ha muerto alguien?

-La francesa, llegó la francesa.

(TODOS MURMURAN)

-Lo que cada cual tenemos en casa es una caca.

Y, perdonen la manera de señalar.

Una mujer como Dios manda.

Delgada, pero llenita.

Distinguida y no nuestras vacas que usamos aquí.

-Las viejas, también, eran delgadas.

-Esta es como la vieja, pero en guapo.

Es como estas de los figurines.

Y cómo viste... Claro, viene de París.

-¿Y qué hizo al llegar? ¿Saludó al pueblo?

-Bajó del coche, ayudó a su padre...

Y se metieron en casa.

Don Carlos, al ver tanta gente, me reía...

-Don Carlos ríe siempre.

-¿Tendrá derecho, no? -Lo tendrá, sí,

pero a mí ya me empieza a fastidiar, porque don Carlos

ríe siempre desde arriba.

¿Entienden? -Sí...

-Ah, buenas tardes, don Cayetano.

(TODOS) Buenas tardes.

¿Qué pasa, señores, no hay partida?

-Estábamos charlando.

De la francesa, como si lo viera.

-Sí, el tema del día.

Merecían ustedes ser, eternamente, esclavos.

-Le toca dar a usted hoy, don Cayetano.

Como los esclavos.

Solo piensan en comer...

Y en divertirse.

De lo demás, que se preocupe el amo.

Pero el amo... Está a punto de cansarse.

-No creo que sea para ponerse así,

hacemos lo de siempre

¿y usted qué más quiere?

Depositamos en usted la confianza.

Para eso manda.

Alguna ventaja tendría que tener la esclavitud.

una amenaza de hambre sobre el pueblo?

-No será por la pesca.

El pueblo no vive de la pesca.

-¿Eh? Sino del astillero.

Todos ustedes comen gracias al astillero.

-Menos yo.

Yo soy un funcionario de la República.

Ja, buena está la República.

Y mucho les importa a los que gobiernan

que todo un pueblo se quede en la miseria.

Los bancos regionales acaban de negarme el crédito.

¡A mí, al industrial

más honrado y más próspero de la provincia!

Pues acaban de decírmelo. Si tiene usted dinero,

trabaje con él.

Si no lo tiene, cierre el negocio.

Nosotros no le damos ni un céntimo.

-Pero usted es rico.

Solo relativamente.

Un industrial moderno no gana para guardar,

sino para ampliar su industria.

Sí, claro, tengo dinero, pero no para hacer frente

a seis meses de trabajo.

Para eso están los bancos, pero, por lo visto,

los bancos... Quieren mi ruina.

Pretenden desacreditarme.

En el fondo, se trata de una maniobra preelectoral.

Si las cosas no se arreglan, tendré que vender el astillero.

¿Dijo usted vender?

Como suena.

Se me ha declarado la guerra a muerte,

¿y saben ustedes por qué?

Porque me negué a la intervención ajena.

La patronal de Vigo... Quería sobornarme.

Y les he mandado a la mierda.

Quiero que lo sepan ustedes.

¡Y todo el mundo!

-¿Pero, van a haber despidos?

No.

Al menos, de momento.

Pero quizás llegue el día en que necesite

la colaboración de todos.

Y de usted, don Lino,

de usted muy especialmente.

Dicen que va a haber elecciones.

Si las ganamos nosotros,

usted saldrá diputado.

Y si las perdemos...

Si las perdemos...

Pueblanueva del Conde se dedicará a la pesca.

Ya verán qué bien lo van a pasar.

Y dejaré de mandar yo...

Y mandará la francesa.

Arrastro, arrastro, arrastro y arrastro.

-Caray, si es que lo tiene todo.

Claro, y dice que es socialista y gana gracias a los reyes.

-Muy bueno, muy bueno... -Así cualquiera...

-No hay derecho.

-No, no puedo beber, no me conviene para la voz.

Es un buen profesor, pero cobra muy caro.

No le gustan las alumnas modestas,

las alumnas que visten ropas reformadas.

Un carajillo. -Ah...

Le gustan los nombres distinguidos.

Espero que germana de Sarmiento

será de su agrado.

¿Germana?

-Sí, en Francia es menos vulgar.

Yo allí soy germana en español.

¿Y por qué de Sarmiento?

-En Francia es necesario,

al menos en el mundo que voy a vivir.

El gran mundo, claro. Debe ser muy atractivo.

-En cualquier caso tiene que ser el mío.

La gente pobre no va a la ópera.

¿Quieres ver la casa sola o prefieres que te acompañe?

-¿Hay fantasmas? No.

Fue un descuido, lo entiendo, pero tu tía no creía en ellos.

-Enséñamela tú. Muy bien.

Ah... Perdón.

-Gracias.

Por ahí.

Cuidado, no vayas a resbalar.

Mira, este no está mal.

Pasa.

Este es el salón, abriré un momento.

¿Te gusta? -Sí, muy bonito.

¿Quieres oír un poco de música? -Sí.

¿Y este señor, quién es?

¿Ese? Tu bisabuelo.

-Y esa señora debe ser mi bisabuela.

Es tu abuela, la madre de doña Mariana.

-¿Y estas dos de la fotografía?

Esas dos... Creo que son

dos amigas madrileñas de tu tía.

-¿Y decías que no hay fantasmas?

Bueno, al menos no son fantasmas corrientes.

Ven.

Ven, acércate.

Así era tu tía a los 30 años.

-Pero este cuadro ahora es tuyo, ¿verdad?

Sí, es mío.

-Era guapa.

¿Es todo lo que te sugiere?

-Bueno, lleva un bonito traje y un collar maravilloso.

El traje y el collar todavía existen.

-¿Existe el collar?

¿Es mío?

Espera.

Mira.

¿Quieres ponértelo?

-¿Me lo das para mí?

Tú póntelo.

-Para cantar "La Traviata".

¿Es bueno?

Esmeraldas, montura antigua.

-Eso no importa.

Para cantar "La Traviata" irá bien.

Y cómo impresionará a mi maestro.

Voy a enseñárselo a papá.

Perdona.

¿Sigues ahí, Carlos?

Aquí están todas las joyas de tu tía.

Puedes llevártelas.

Mira, ese te puede servir para cantar en el teatro.

Y en cuanto lo demás...

Como veo que los fantasmas no te interesan,

quizás te alegre saber que la sillería es francesa.

Lleva en este sitio más de 150 años, ¿sabes?

Igual que la alfombra.

Sí, y valen mucho dinero.

También tenemos ese piano.

Cualquiera sabe el tiempo que lleva sin tocarse.

Si quieres, puedes probarlo.

(HACE UNA ESCALA)

-Afinado.

Tu tía esperaba que llegaras cualquier día.

-Suena bien, es un buen piano.

¿De verdad, no te importa? No, no.

Mira, aquí tienes muchísimas partituras.

-No, no es necesario.

Algunas piezas las sé de memoria.

Toco el piano desde los cinco años.

Interpretaré para ti.

Has sido tan bueno.

¿O prefieres que cante? Como quieras.

-Primero, un vals de Chopin.

Fue un músico polaco del siglo pasado.

Quizás hayas oído hablar de él.

No, yo de eso no entiendo nada.

-Es muy romántico.

¿Pero, por qué no cantas algo?

-Voy a cantar...

Voy a cantar "La habanera", de "Carmen".

Eso lo habrás oído, seguramente.

Lo tocan mucho por la radio.

(TOSE)

Mi, mi...

"La habanera", "Carmen".

(CANTA LA HABANERA)

¿Te gustó? Sí.

Pero no lo había oído nunca o, al menos, no lo recuerdo.

Tengo tan mala memoria. -Es muy conocido y difícil.

Solo una gran cantante puede cantarlo.

Con esto me presentaré en la ópera de París.

¿Solo con una canción?

-No, tonto, la ópera entera.

Una ópera es una obra de teatro.

Ah...

-¿Nunca has visto una ópera? No.

He visto algunas comedias donde la gente cantaba.

-Pero estuviste fuera de España, ¿no?

Sí, pero muy poco tiempo, como no me entendían, volví.

Fue una lástima.

-Juan, cuando lo vi, me dijo que eras muy inteligente.

Eh... Bueno, siempre se exagera y, además, es amigo mío.

Soy un buen médico.

¿No te habló de sus hermanas?

-Vagamente. Una de ellas vive aquí.

Tendrás que conocerla y al fraile, también.

Tú...

¿Conservas cierto retrato de tu madre, no?

-Naturalmente, es mi tesoro.

¿Lo conoces? Sí.

Lo pintó Eugenio Quiroga.

Ahora es fraile, es quien decoró la iglesia.

Tu padre y él, fueron muy amigos.

¿Sabes que en París tu padre me confundió con un Quiroga?

es que los Churruchaos tenemos cierto parecido.

Puedes comprobarlo si te fijas bien en esos fantasmas.

Es solo uno, sin embrago, se parece a ti.

Este.

Se llamó en vida, doña Mariana Quiroga.

Y creo que es tu tatarabuela.

Je, je, por suerte, tú eres mucho más bonita.

Algún día te contaré su historia, ¿eh?

Bueno, si estás de humor para...

Para oírla.

Campanas.

Murmullos.

Gracias.

Perdón.

(CANTAN EN GREGORIANO)

(HABLA EN LATÍN)

No sé lo que pensará a gente, pero el conjunto

me parece impresionante, de verdad.

-Le ruego que no lo juzgue estéticamente.

Una vez más le digo que ese cristo,

quiere ser la oración de todos.

La revelación... A todos.

De algo que cristo es.

Padre, por favor, toque el "Ave María" de Gounod.

"Ave María" de Gounod.

Aveeee...

Maríaaaa...

Gratia plena,

Dominus tecum,

benedicta tu,

in mulieribus,

et benedictus

fructus ventris tui Iesus.

Sancta María,

Sancta María,

María,

ora pro nobis,

nobis peccatoribus

nunc et in hora,

in hora mortis nostrae.

Amen, Amen.

Aplausos. (LLORA)

-Te fijaste qué guapa es. -Parece mentira

que de aquella bruja... -Es increíble, sí.

(APLAUDEN Y ACLAMAN)

Je, je, je.

Te los metiste en el bolsillo, ¿eh?

Saluda, saluda.

La idea del prior de que cantaras, fue un acierto

es un buen político ese hombre.

Te aconsejó lo que nunca se me hubiera ocurrido.

Y te aconsejó lo mejor.

-¿Por qué lo dices? Porque a partir

de ese momento, sucederá lo contrario a lo que pensaba.

De lo que esperaba tu tía y, sobre todo,

de lo que todos deseaban.

No heredarás su odio, sino la admiración.

Y, quizás, el amor. Todo gracias a tu hermosa voz.

-Entonces, ¿a mi tía no la querían?

¿A tu tía? La odiaban.

Aunque sin razón, la odiaban como se odia

al que no se entiende.

-Pobre tía.

No la compadezcas,

a ella no le importó jamás.

-Madre, ya estamos aquí.

Si vieras cómo cantó la señorita.

Tiene una voz preciosa, aplaudía toda la iglesia.

-La felicito, señorita. -Gracias.

-Señor. -También la felicito, señorita.

Está bien, gracias. -Perdón.

-Señorita, enhorabuena. -Muchas gracias.

-Vamos, déjalos solos.

Desde hoy puedes hacer lo que quieras en Pueblanueva.

Tu voz te da derecho a todo.

-Gracias. Aunque te traiga

algunos inconvenientes como visitas y cosas así.

-¿Tendré que ser amable?

Ah, desconozco el modo correcto de comportarse

una diva ante un público ignorante, pero...

Te aconsejaría que aceptases.

es la primera vez que admiran a un Churruchao.

-Hasta mañana, Carlos.

Hasta mañana.

-Carlos...

¿Quién es aquella chica que se sentó a mi lado?

Es Clara, la hermana de Juan Aldán.

-Es muy bonita.

Me hubiera gustado hablar con ella,

pero marchó enseguida, como si huyera.

Bueno, ya hablarás con ella otro día.

-No la quieres.

Después de tu tía, es la persona

a quien más admiro y respeto.

-Buenas noches, Carlos.

Buenas noches.

-¿Sabes que empezaron las visitas?

Primero estuvo un cura, acompañado de unas señoras

para decirme si podría recibirles esta tarde.

Le dije que sí, ¿hice bien?

¿Quiénes son?

-No lo sé, las más importantes del pueblo, según el cura.

Una sobre todo.

Doña Angustias, la madre de Cayetano Salgado.

-Esa. ¿Sabes quién es?

-No. La mujer de un hombre

que se pasó la vida amando a doña Mariana,

madre de otro que la odió siempre.

La vida en Pueblanueva en los últimos 30 años,

giró alrededor de ese amor y de ese odio.

Pero estos no son eternos, así que

el demonio que Cayetano llevaba dentro,

se apaciguó al morir tu tía

y me confesó el temor de que su madre,

a la que adora, pues quisiera zanjar el asunto

como en las novelas, con el matrimonio.

-¿Conmigo? Tu tía no lo deseaba,

pero temía que si te quedabas en Pueblanueva,

acabarías por casarte con Cayetano.

-Pero no me quedaré en Pueblanueva.

Ni Cayetano quiere casarse contigo.

Claro está que todavía no te conoce.

Acaso el día que te vea y hable contigo, cambie.

-¿No fantaseas un poco? No.

Doña Mariana lo sabía.

Un día me dijo que sus huesos temblarían en la tumba

si sus bienes fueran a parar a los Salgado.

Si tú... -Si yo, qué.

Mira, la gente de aquí piensa que don Jaime Salgado,

padre de Cayetano, fue amante de tu tía.

Cayetano sabe la verdad,

pero lo hace desde poco tiempo,

y no le hizo mucha gracia saberla.

Pensar que su padre poseyó a la mujer más...

Importante del pueblo, le compensaba

de los sufrimientos de su madre.

Su orgullo, por decirlo de alguna manera,

Pero que desde que conoce la verdad, entre Salgados

y Churruchaos, queda una cuenta pendiente.

Y a Cayetano le gustaría saldarla contigo.

Aunque sin casarse.

-¿Por qué conmigo?

Escucha, en la operación, tú no serías tú.

¿Me comprendes? Sino un símbolo.

Solo un símbolo, una representación

de la sangre enemiga.

Y acaso él, tampoco fuese él,

sino el instrumento de una oscura venganza

agazapada hace siglos en las almas de los siervos.

De cuyos hijos se sirvieron, sin escrúpulos,

los hombres de tu familia y los de la mía.

-¿Por qué me obligaste a venir aquí?

No tengo nada que ver con esas historias

ni quiero mezclarme en ellas.

Deberías haberlo comprendido.

¿Y el destino?

¿Acaso no cuentas con el destino?

Aparentemente, estás aquí por mi voluntad

o por la de tu tía, pero tu tía y yo

somos instrumentos del destino.

-Eso es una bobada.

Ni mi tía ni tú, teníais derecho a meterme

en esta situación. Es el precio que pagas

por un dinero que no es tuyo.

El dinero es algo de lo que sirve para pagar

el mejor profesor de canto de París,

el dinero es sangre, odio, historia.

Y el que te quieres llevar trae consigo todo eso.

-No me explico por qué sois tan crueles.

Será la vida que lleváis en este agujero del mundo.

Tu vida y la de mi tía, ociosos, sin obligación

que os ate, sin ambición ni esperanza.

Te equivocas, tu tía no quiso mezclarte

Pero no podía ignorar que entrarías en ella

contra tu voluntad y la suya.

-Para evitaros fue para lo que pretendió

sujetarme cinco años a ambos.

Esperaba que en ese tiempo

aprendieras a amar lo que ella amó.

En cuanto a mí, te digo todo esto solo para prevenirte.

Doña Angustias te hará

esta tarde toda clase de zalemas.

La dueña de la fortuna de doña Mariana

y, además, con ti hermosa voz, ¿te imaginas el placer

que sentiría oírte cantar una nana a sus nietecitos?

Es una infeliz, una auténtica buena persona.

Muy cristiana, y muy apenada por la mala vida de su hijo.

No le permitiría que te hiciese objeto de una ofensa.

-¿Y yo? ¿Piensas que lo permitiría?

Estoy seguro de que no. No te creo mujer capaz

de dejarse seducir por Cayetano.

Ni si quiera de enamorarte de él.

Existe, cómo te diría... Una especie de...

Imposibilidad metafísica.

No sois de la misma especie.

-Has dicho algo verdadero, Carlos, no pertenezco

a vuestra especie. Vuestro mundo

me es tan ajeno como el de la luna.

No os entiendo ni entiendo qué pasa

a mi alrededor. Hablo con vosotros

con la palabras de todos, no con las mías,

porque no las entenderíais.

Esta mañana... Esta mañana tuve otra visita.

Esa muchacha que se sentó a mi lado en la iglesia.

Me dijiste de ella no sé qué cosas

y la imaginé una heroína de novela.

Es una desgraciada con el sexo

y la envidia escritos en la cara.

No es una mujer decente, debiste advertírmelo

y no hubiera cometido el error de recibirla.

¿Te has manchado? -A esto no tienes derecho.

Ni tú a juzgar a una persona que no conoces.

-Me basta con lo que vi y su reputación.

No querrás meterte en el mundo de Pueblanueva,

pero haces casos de sus chismes.

-Suficiente con lo que vi. Clara se hartó

de envidiarme esta mañana. Veía el deseo en sus ojos

de aniquilarme para quedarse con mi collar.

Se lo enseñaste.

-Sí, pero ya lo conocía.

¿Y no te dijo que un día se lo ofrecí y lo rechazó?

-¿Te atreviste? ¿Por qué no, eh?

Podía hacerlo.

Pude ofrecérselo del mismo modo que cualquier cosa de esta casa

porque tengo derecho a elegir una, para mí,

la más valiosa, la que quiera...

Esa botella, el collar... ¡El piano!

Lo que quiera.

Un día le enseñé el collar a Clara.

Y le pregunté si lo quería a sabiendas

que lo rechazaría.

-¿Tenías que pagarle algo?

No.

Quería hacer feliz, aunque solo fuera un momento,

a una persona que desconoce lo que es la felicidad.

(HABLA EN FRANCÉS)

Se es eso lo que llamas hablar con tus palabras,

es verdad que no te entiendo.

-¿Qué ocurre, hija?

-Nada.

Carlos, que se marchó.

"La habanera", "Carmen".

(GOLPEA LA MADERA)

Va.

Buenas tardes.

-Necesito unos encajes y pensé que usted los tendría.

Siéntese.

-Gracias.

Esto es todo lo que tengo.

-¿No vino Carlos por aquí?

No, no suele hacerlo.

Cuando no está en el casino, está en casa con sus libros.

O en el barrio de los pescadores.

-Hoy tuvimos unas palabras,

discutimos, estuve impertinente.

Temo haberle ofendido. No, es difícil ofenderlo.

-¿Está segura? Sí.

Casi estoy por decirle que es imposible.

Carlos lo comprende todo, hasta el insulto.

Llega a ser desesperante.

-Conmigo no tuvo tanta paciencia.

Se marchó, pero yo tenía razón.

Usted vino aquí para hablarme de eso, ¿verdad?

-Sí. ¿Por qué?

-No lo sé.

Probablemente tendría usted razón,

pero no me pondré de su parte, no soy justa.

-Usted le quiere, ¿verdad?

¿Se lo ha dicho él? -Se ve enseguida.

Entre.

Cerraré para que no nos molesten.

La mejor manera de entendernos es poner las cosas claras.

Y usted, ¿no le parece raro que nos llamemos de usted?

A mí me resulta un poco forzar.

Solo llamo de usted a desconocidos, ancianos

o a la gente que me merece muchísimo respeto.

-¿No me encuentra respetable? Sí, pero no superior.

No te ofendas, pero estoy acostumbrada a tratar

a todos por igual.

-Puesto que para entendernos las cosas han de quedar claras,

debo decirte que esta mañana cuando viniste a casa,

mi criada me dijo que no te recibiera.

Tu criada es una esclava que solo respeta a los ricos.

-También me dijo que no tenías buena reputación.

Eso es cierto.

Mi reputación y la de doña Mariana,

son, igualmente, malas e injustificadas.

Aquí cuando no se hablaba mal de ella, lo hacían de mí.

Por eso nos llevábamos tan bien.

-Según mi criada, mi tía te echó de casa.

Eso es mentira.

-Pero si fuese verdad, no lo reconocerías.

Yo no sé mentir y los mentirosos me dan asco.

-¿No te viste nunca obligada a hacerlo?

Como cualquiera, pero no lo hice.

-¿Necesitaste alguna vez dinero?

Siempre.

-¿Pero, lo necesitaste de tal manera

que de tenerlo o no dependiese tu porvenir?

Durante toda mi vida y hasta no hace mucho.

-Te explicarás que yo luche por ese dinero.

Naturalmente.

Yo, en tu caso, haría lo mismo.

-¿Entonces, por qué Carlos me lo niega?

¿Por qué se empeña en que me quede aquí siempre?

Es muy difícil saber los porqués de Carlos.

De otro hombre pensaría que obra así

para casarse contigo.

(SONRÍE) Je, je, je.

¿Casarse conmigo? Sí.

-Es una ocurrencia estúpida.

¿Por qué?

-La explicación sería larga. Me gustaría escucharla.

A mí, casarse con Carlos no me parece una estupidez.

Y tampoco a doña Mariana.

Si dejó las cosas como las dejó fue para que se casara contigo.

-¿Si?

Ella pensó que sus bienes serían un cebo para ti

y un cebo para él.

A cualquiera se le ocurriría eso.

A cualquiera que no sea como tú.

-¿Piensas que nos parecemos en algo?

Tenemos... ¿Cómo te diría?

Cualidades comunes, pero somos distintas.

Se nota que no te gusta el mismo hombre que a mí.

A mí, Carlos me parece el mejor hombre del mundo

a pesar de sus defectos.

-Bah, un pueblerino.

¿Cómo pudo pensar mi tía, cómo puede ocurrírsele

a nadie casarme con él?

Pues aquí se le ocurrió a todo el mundo, incluido él.

Estimarán tanto a Carlos, que no encuentran

en Pueblanueva una mujer que le merezca.

Tenías que llegar de París.

-Ahora que me conocen, no pensarán lo mismo.

¿Tan por encima de nosotros te crees?

-Je, je, es que ni tú ni los demás comprenderéis

nunca que el hecho de cantar bien me coloque

tan por encima de vosotros.

Pero es inútil que te lo explique.

Mi marido será un hombre de mundo,

que sepa llevar la propaganda y mis relaciones sociales.

y sacrificado a mi arte como yo.

En fin, un hombre culto, que hable idiomas,

que sepa llevar un frac, ¿me comprendes?

Carlos es un patán. ¿Un patán Carlos?

¿Pero dónde tienes los ojos?

Carlos no es el maniquí que tú quieres.

Es muy orgulloso y no le imagino de segundón.

Nació para morirse de asco en su torre,

o para llegar a las nubes.

-En fin, el porvenir matrimonial de Carlos

no llega a interesarme.

Allá él, ¿no crees?

Y, en todo caso, allá tú y él. Yo venía a pedirte una ayuda.

Esperaba que influyeses a mi favor,

que pudieras convencerle de que es injusto

obligarme a que me quede aquí y que me iré.

Carlos nunca me hizo caso.

-Lo siento. Bueno...

¿Te llevas los encajes o no?

-Mandaré a la criada a buscarlos.

Te deseo mucha suerte. -Mejor así.

Y en cuanto al consejo puedo darte uno:

Habla con el padre Eugenio, es muy amigo de Carlos.

Lo que él no consiga, no lo conseguirá nadie.

Y no me lo agradezcas.

Perdí toda esperanza, pero si te vas...

-Tengo entendido que hay otra mujer.

Una mujer indigna de la que Carlos

no podrá separarse nunca.

¿O es que a ti no te importa tener a Carlos repartido?

  • Capítulo 11

Los gozos y las sombras - Capítulo 11

15 sep 2017

Rosario expulsa a sus padres de su casa tras su boda con Ramón. Germaine llega al pueblo y se hace respetar por lo bien que canta en la iglesia. Carlos le contará el miedo de su tía a que Cayetano quisiera casarse con ella.

Histórico de emisiones:
03/06/1982
19/05/2013

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