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Los gozos y las sombras - Capítulo 10 - ver ahora
Transcripción completa

Flauta.

-Paquito, que tu loca está preñada de otro.

(RÍE) -No vayas por el monte,

que se te van a enganchar los cuernos en algún pino.

(RÍEN)

-Está como una cabra, el pobre. -Mírale.

Flauta. Está cada día peor.

(RÍEN)

Reloj.

Buen retrato, ¿eh? Y no estaba mal la vieja

en sus años.

Quién lo diría. ¿Quieres sentarte?

Me da reparo. ¿No mancharé el tapizado?

Puedes quedarte de pie, si te acomoda.

Estos muebles tan elegantes piden señores de frac

y no un trabajador en ropas de faena como yo.

¿No te parece?

Bueno, ¿de qué se trata?

El pésame.

Vengo a darte el pésame por la muerte de mi enemiga.

No eres su pariente, pero sí su mejor amigo.

Mentiría si te dijera que lo siento,

pero comprendo que lo sientas tú. Gracias.

Ya sé que el entierro fue una importante manifestación

de duelo democrático, todos los pescadores

como un solo hombre. Sus últimos siervos de Pueblanueva

se despiden llorando de la señora feudal.

¿Y ahora qué? ¿Qué de qué?

¿Qué van a hacer ellos? ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?

Me han dicho que te marchas. Sí, en cuanto pueda.

Unas semanas, todo lo más. Me dejas el campo libre, perfecto.

¿Pero y esos pobres pescadores? ¿Vas a permitir que caigan

bajo mi tiranía? No está en mis manos evitarlo.

¿Seguro? Siempre hemos jugado

con cartas a la vista, pero esta vez sospecho

que ocultas algunas. Es de triunfo. Según.

¿Quieres tomar algo? Bueno.

-Señor. Tráiganos algo de beber.

Y también algo para picar. -Sí, señor.

Bueno, ¿y ese as?

¿Conoces el testamento de la vieja? No.

Yo sí.

Sí, hoy lo he leído y lo he estudiado,

es el testamento de una loca. No me digas que también

tienes al notario a sueldo. (RÍE) Carlos, nunca serás

un buen político. Al juez, al notario y al cura

no se les debe comprar habiendo chupatintas,

secretarios y sacristanes. Un oficial de la notaría

me manda copia de los documentos que necesito.

Por cierto, que no ha podido mandarme

el testamento completo porque hay un codicilo

bajo sobre lacrado que mi colaborador

no ha podido abrir, ese es mi as.

Bueno, me has ganado solo por unos días,

ya que el notario vendrá próximamente a Pueblanueva.

Y tú, naturalmente, no te marcharás

hasta que el notario haya venido. Pero yo puedo anunciarte

que a lo mejor no te vas, gracias.

Me iría aunque la vieja me hubiera constituido

su heredero universal. Pero ella no ha hecho eso,

estoy seguro. No, no lo ha hecho.

Dejártelo todo a ti sería, en cierto modo, razonable

porque fuiste el único amigo que tuvo en el mundo.

Y ya te dije que es el testamento de una loca.

No te deja nada, nada.

Es decir, te lega su retrato

y te autoriza escoger lo que quieras entre sus alhajas

y objetos personales.

Doña Mariana no tenía ni idea de lo que es un capital.

Es algo que no se debe dividir y ahora ya ves,

comete el error de repartir su fortuna.

Deja la casa y todas las fincas, rústicas y urbanas, a su sobrina.

En cuanto a las acciones del astillero,

que son un buen pico, manda que se vendan

y se divida el dinero a partes iguales

entre la sobrina y el hijo que tuvo.

Bueno, todavía no he terminado con el testamento.

Sí, pero a mí no me importa lo que doña Mariana

haya hecho con sus bienes. Más de lo que te figuras.

De momento, te nombra su administrador universal

hasta que la sobrina haya cumplido los 25 años.

No es posible. Sí, de modo que la venta

de las acciones tienes que tratarla tú conmigo.

¿Te das cuenta? Porque yo soy el gerente

del astillero con plenos poderes y mi padre ya no pinta nada.

Aún hay más, Carlos. Queda el asunto de los barcos.

Ya no quiero saber más, estoy resuelto a marcharme.

Lo de los barcos está bien, es bonito, francamente bonito.

Los entrega al sindicato del pescadores

para su explotación colectiva

a condición de que durante los cinco

primeros años, seas tú gerente de la empresa.

(RÍE) El gerente, haces bien en marcharte, Carlos.

Esto no es para ti.

En cuanto a la sobrina,

no entrará en posesión de la herencia

hasta cumplir los 25 años.

Pero durante todo ese tiempo, tiene que vivir en Pueblanueva.

¿Te haces cargo, Carlos? Una muchacha acostumbrada a París.

La encierra en este agujero durante cinco años.

¿Y para qué? Lo más probable es que acabe siendo mi amante.

Reconozco que esta vez tu as será de triunfo.

(RÍE)

Piano.

Buenos días, ¿don Carlos Deza? -Pase.

Gracias.

Piano.

-Adelante.

Hola.

Ya me han dicho que eres rico. Bien callado te lo tenías, ¿eh?

¿Cómo lo sabes? No se habla de otra cosa

desde ayer, la vieja lo dejó todo dispuesto

de tal manera que eres prácticamente el dueño.

O al menos eso dicen. No, las cosas no son así.

Falta que yo acepte. Sigo pensando en marcharme.

Pues eres bien idiota, hijo. Te dan la vida resuelta

y la rechazas. Bah.

¿Te pasa algo? Sí, me molesta que Cayetano

vaya contando una cosa que no es más que una conjetura.

El testamento de la vieja aún está por abrir.

Pues por algo lo dirán.

¿Sabes que por fin he vendido la casa

y pronto tendré dinero?

Ayer vino a verme un empleado de Cayetano.

Me dio un pagaré por 15 000 duros.

¿Ah, sí? Sí.

Carlos.

Tú puedes hacerme un favor, arrendarme el bajo ese

de la tienda. No sabes hasta qué punto

lo necesito. Eso me permitiría rehabilitarme en el pueblo

y respetarme a mí misma. Bueno.

Mira por donde, vas a ser mi casero.

En fin, voy a comprar un poco de pescado.

Ya me dirás si los arreglos corren por mi cuenta

o por la de doña Mariana. ¿Pero qué más da?

Claro que da, si los hago yo, la renta tiene que ser más baja.

Pero prefiero pagar un par de duros más

y no correr con los arreglos. ¿Tengo que pagarlos yo?

Tú no, hijo, doña Mariana.

Mañana hablaré con el maestro de obras

para que empiece enseguida, te tendré al corriente.

Carlos, otro favor.

Me da miedo llevar tanto dinero a casa.

Alguien se enterará y a lo mejor van de noche

a robarme, ¿me lo guardas tú?

¿Es ahí donde guardaba la vieja sus tesoros?

Una parte, al menos.

Voy a enseñarte algo.

Muy bonito, pero me da miedo.

¿Por qué? No sé, me parece un pecado

llevar eso mientras haya tanta gente pobre.

¿Pecado? ¿No te gustaría que fuese tuyo?

No.

¿Por qué no te lo pones? No me tientes.

Anda, póntelo.

Descorre las cortinas, por favor, no me veo bien.

Si me casara contigo, ¿esto sería mío?

Podría serlo.

Doña Mariana me autoriza a escoger de entre sus cosas

la que más me guste.

Podría ser este collar. Quítamelo.

Si quieres, te lo regalo. Está mal que bromees conmigo.

Quieta, yo lo haré.

Ya ves, creo que está mal tener esto, y sin embargo,

si fuera mío... Pero va a ser de Germaine.

¿Tú sabes por qué doña Mariana armó todo ese lío de los barcos

y los pescadores? Pues para amarrarme a Pueblanueva

todo el tiempo que esté aquí su sobrina.

Y para que me case con ella. Es un plan bien pensado.

Pero yo se lo voy a desbaratar. ¿Es fea?

No.

Es muy...

Muy guapa.

Sí, muy guapa.

Pero yo valgo más.

Esta chica con esta cara, no me parece a mí capaz

de tener un hijo.

Claro que yo tampoco tendré nunca ese collar

de esmeraldas.

(SUSPIRA)

¿No te importa que cierre? Si el señor tiene frío...

(RÍE)

¿De qué te ríes?

¿Está cansado el señor? Así estará mejor.

Gracias.

Cuéntame cómo van tus cosas. ¿Cuáles, señor?

Las de tu casa. Como siempre, ¿el señor se marcha?

¿Está acordado ya? (CHISTA) No quiero hablar

de eso ahora. Pero yo quiero saberlo.

Mira, Rosario, no puedo quedarme aquí eternamente,

¿comprendes? Tengo una carrera y he de ganarme la vida.

Yo comprendo que este pueblo no es para el señor,

y yo tampoco. Pero si el señor quiere,

yo lo dejo todo y me voy. El señor necesitará una criada.

Si apenas tengo dinero para mantenerme a mí mismo.

¿Cómo piensas que podría mantener a una criada?

Si el señor vende lo que tiene, sacará para empezar.

Por la granja, bien le dan los 4000 duros.

Esa es para ti.

No entiendo lo que quiere decir, a no ser que piense poner

el arriendo a mi nombre.

Quiero decir que voy a regalártela. ¿Por qué?

Porque me voy, porque tú te vas a casar

y porque quiero que seas la dueña de tu casa.

Es mi regalo de bodas.

Al señor le ofende que me case, pero ya le dije

que si me quiere a su lado, me quedo con usted.

No me importa que sea pobre, claro que si le estorbo,

en ese caso, hace bien en no llevarme.

Pero tampoco es como para regalarme la granja.

No porque la desprecie, sino porque me parece demasiado.

Además, ¿qué van a decir de mí? ¿Decir? ¿Qué dirían

si fuera Cayetano el que te la regalase?

Ay, señor, no es lo mismo. ¿Ah, no? ¿Por qué?

Pues... Pues no sé decir por qué,

pero el señor me comprende, ¿no?

Ay, señor, ¿no le parecerá mal lo que le he dicho, no?

Escucha, mañana tengo que ir a Santiago a arreglar unas cosas

de doña Mariana.

Y aprovecharé para hacerte la cesión de la granja

ante notario. Otra cosa,

si vas a casarte, arregla pronto los papeles

porque voy a ser tu padrino.

No, ahora no, quieta.

Estate quieta.

(RÍE)

(SUSPIRA)

"Meu rei".

-Más de 30 años que la conocía y he sido su amigo

y depositario de sus secretos. Usted ya sabe,

la he asesorado como jurista, aunque doña Mariana

admitía consejos hasta cierto punto.

El testamento que le he leído es un capricho,

casi una niñería. Perdone usted que me exprese

en estos términos aparentemente irrespetuosos.

Pero bueno, vamos a ver, ¿y si yo no acepto el encargo

de administrar los bienes, qué pasa?

-Espere, no se apresure, aquí lo dice bien claro.

"En el caso de que la señorita Germaine Sarmiento

no aceptase las condiciones para que se le considere

heredera de doña Mariana, o en el caso de que el señor

Carlos Deza rechazase el encargo que se le hace,

el testamento se consideraría nulo y en su lugar,

todos habrán de atenerse al codicilo.

¿Ah, sí? Pues ya puede usted ir abriéndolo,

porque yo no acepto. -¿Por qué se precipita?

Una de estas dos copias es para usted,

la otra habrá de enviársela a la señorita Germaine Sarmiento

y sería conveniente que le escribiese

para advertirle de que el testamento

difícilmente puede impugnarse. Muy bien, así lo haré.

-En cuanto a usted, su caso tiene dos aspectos.

No, gracias. -El primero, el de administrador,

no creo que le dé demasiadas molestias.

Le aseguro que a nadie se le entregó una fortuna

con más libertad, amigo mío. Puede usted hacer y deshacer

durante cinco años sin que nadie tenga derecho

a exigirle cuentas.

El segundo es más pesado, pero tiene muchas escapatorias.

Usted, como administrador, puede nombrar un apoderado.

Hay un punto sobre el que me gustaría

aconsejarle. Tiene usted que vender

las acciones del astillero, ¿ha pensado algo de esto?

las querrá comprar, es natural. Pero tengo entendido

que una importante firma de Vigo está también interesada

en el asunto y pagarían por ellas una buena cantidad.

Escuche, el señor Salgado está al corriente de todo esto.

¿No sabe usted que desde hace una semana

tiene en su poder una copia exacta de este testamento?

-¿Qué me dice? Sí, señor, una copia exacta.

-Yo le doy mi palabra de honor... No, no, no diga nada.

Como él dice: Habiendo chupatintas...

-Chupatintas, hay tres en mi notaría.

Pío, Castelo.

-Señor notario. -Señor notario.

(RÍE)

-Copas. -Ya han salido las copas.

-Bueno. -Ahí va.

Buenas noches. -Buenas noches, don Carlos.

-Don Carlos. Buenas noches, Carmiña.

¿Está tu padre? -Sí.

¿Puedes avisarle? -Sí.

Ponme una copa, anda. -Enseguida.

No le despiertes si está dormido, ¿eh?

-No, no.

-Y otra vez copas.

-Mira. -Oros.

-Oros. -Oros, ahí va.

-Arrastro. -Otra vez.

-Claro. -Vaya.

-Me ha venido una carta bien.

-Tuya, tuya.

-Te toca. -Aquí está.

-Y aquí están. -Espadas.

-Sigamos. -Deja la sardina y juega.

-Déjame en paz, hombre, con la sardina.

-¿Pero te vas a comer la cabeza? -Sí.

-Tú juega y calla. -Arrastro otra vez.

Buenas noches. -Tiene que perdonarme,

ya me había acostado. Carmiña, si te he dicho

que no le avisaras. -No faltaba más,

aunque fuesen las cuatro de la mañana.

Perdone, siéntese.

-Bueno, pues usted dirá. Bien, usted sabrá,

lo sabe todo el mundo en el pueblo, las condiciones del testamento

de doña Mariana. He venido a ofrecerle

el cargo de apoderado. Le confieso que,

hasta hace un momento, no se me había ocurrido,

pero el caso es que yo tengo una gran confianza en usted.

Supongo que el sindicato no tendrá nada que oponer,

incluso estará conforme. -Lo comunicaré al sindicato

y me someteré al acuerdo de la mayoría.

Podemos dar por sentado que aceptarán y en ese caso,

es conveniente que vaya prevenido. Los pescadores tienen que ser

conscientes de lo que van a emprender

y de las condiciones en que lo emprenden.

Doña Mariana Sarmiento cede sus barcos,

pero para llevar adelante el negocio hace falta dinero.

Al menos, en la cantidad suficiente para constituir

un fondo de reserva. Así que supongo

que tendremos que empezar por una hipoteca.

-¿Una hipoteca? Sí, un barco, quizá dos.

Además, la cesión habrá de hacerse de un modo legal,

mediante un documento. Eso corre de mi cuenta,

pero es menester que se enteren. Y que los responsables

se dispongan a firmar. En cuanto a usted,

el poder le dejará las manos libres para hacer y deshacer

según lo necesite. -Sí, pero una hipoteca...

¿No le parece un mal modo de empezar?

Sí, pero es que no conozco otro medio de allegar fondos.

Como usted sabe, en los últimos tiempos,

doña Mariana perdía unas 30 000 pesetas anuales.

Claro que ella podía perderlas. -Si nosotros perdemos eso,

estamos arruinados. Sí.

La idea de Aldán era, si no recuerdo mal,

que los barcos explotados con un criterio moderno

no darían pérdidas, sino ganancias. Claro que no inmediatamente,

supongo. -Sí, eso pensaba Aldán

y todos con él. Bien, ¿era una buena idea

o una locura? Contésteme honradamente.

¿Es una buena idea o es una quimera?

-Le doy mi palabra de hombre honrado

de que la creo una buena idea. Una idea salvadora.

Si no lo creyera así, no aceptaría.

Bueno, entonces no hay nada más que hablar.

Prácticamente, son ustedes ya propietarios

de los barcos. -Pero nos abandonarás.

¿Qué quiere decir?

-Comprenda que usted nos hará falta.

Al principio, no sé. Tendrá que echarnos una mano.

Ya sé que usted quiere irse de Pueblanueva,

¿pero no podría esperar un poco? Al menos, hasta que esto marche.

Yo soy analfabeto y tiene usted que darse cuenta

de que esto no lo hizo nadie ni sabe cómo se hace.

Habrá que equivocarse hasta dar con el quid.

Algún tiempo, no mucho.

El que haga falta.

-Eh, eh. ¡Hombre!

-Ya estoy de vuelta. Paquito, ¿qué tal te ha ido?

-Las Ruchas son unas putas. Me tratan mal.

Ya, bueno, me alegro de verte otra vez por aquí.

Lo de las Ruchas lo arreglaremos, no te preocupes.

-Si a usted no le importa, prefiero seguir en el pazo.

Nuestro trato no fue de que yo viviera aquí.

Quedamos en que eras libre. -Gracias.

¿Es de plata esto? Sí.

-Dios...

Hace usted mal, don Carlos.

No es bueno acostumbrarse a esta vida de rico.

Después cuesta caro acomodarse a la pobreza.

Anda, siéntate y toma café.

Bueno, y ahora cuéntame, ¿cómo te fue con tu novia?

-De la cuestión de mi novia le diré que allá quedó.

A las mujeres no hay quien las entienda.

Lo pasábamos tan bien y una mañana, cuando desperté,

ya no estaba. La esperé todo el día

y toda la noche, y no volvió.

Entonces, fue cuestión de coger mis bártulos y venirme.

Pienso si ya se habrá cansado. Y por eso te emborrachaste

ayer a la llegada. -No, no, no.

Unos, que me invitaron. Me pusieron el aguardiente a tiro.

Estaban muy contentos de verme y querían tirarme de la lengua.

Que les contara lo que hice con mi novia.

Las Ruchas son unas zorras.

No me dejaron entrar.

A mí...

Esto del café con leche... Donde esté un pedazo de pan

con ajo y una copa de aguardiente...

Coche. Es el coche de Cayetano.

Lo conozco a la legua.

Viene aquí, viene a visitarle. En estos últimos tiempos,

lo hace con frecuencia.

-¿Ya son amigos? No.

-Si no le importa, prefiero que no me vea.

Tú tómate el café tranquilo, le recibiré en otra habitación.

-Me marcharé enseguida. Cuando quieras.

-Iré a dormir al pazo. Eres libre.

-Bah...

(CARRASPEA)

Siéntate. No, no me siento.

Tenemos prisa. ¿Tenemos?

Sí, vengo a buscarte para que me acompañes a Vigo.

¿Qué? Lo que oyes.

Quiero arreglar eso de las acciones.

Ya te he dicho que no corre ninguna prisa.

Bueno, pero puede correrme a mí. Pero esto es un asunto entre dos.

No, te equivocas, esto es un asunto entre tres.

Por eso te pido que me acompañes. Fíjate bien, Carlos.

Te lo pido y como estoy dispuesto a jugar limpio,

no tengo inconveniente en anunciarte que mañana

alguien tiene el proyecto de visitarte para comprarlas

y yo quiero adelantarme. ¿No has pensado que quizá

yo tenga interés en escuchar al visitante?

Justamente es a él a quien vamos a ver.

¿Para qué? Para ganarle por la mano.

Las cosas pueden plantearse de muchas maneras.

Cada cual tiene su estilo y yo tengo el mío.

Fuma. No, gracias. ¿En qué consiste?

Voy a pagarte por las acciones lo que valen y un poco más,

no demasiado, lo razonable.

La intervención de un tercero podría complicar las cosas.

¿Temes que me ofrezcan más de lo que vale?

No, no, eso no lo harán nunca.

Son...

Gente estrecha, eso lo haría yo.

En su caso, lo haría yo y con el tiempo,

no perdería dinero. Entonces, no te entiendo.

Pueden engañarte, o intentarlo, por lo menos.

En ese caso, no hace falta que vayamos.

Mira, tú te enteras del precio y yo te las vendo a ti.

Muy bien.

En cualquier caso, yo voy a ir a ver

a esos gerifaltes. Quiero darles una lección

y dejar bien sentado cuál es mi poder.

Haz lo que quieras.

Campanas.

Deme eso.

Suba.

-El cura me mandó recado de que la iglesia está lista

para empezar los trabajos. El maestro de obras

nos está esperando desde la una para que hablemos.

Ah, ¿quiere un cigarrillo? -Sí, gracias.

Hace meses que el monasterio atraviesa una crisis económica

y el padre prior no me da ni un solo cigarrillo.

Bueno, quizá sea también que quiere castigarme.

¿Quiere quedársela? -Eh... No.

Tenga, quédesela. -Gracias.

Don Carlos, he tenido carta de Germaine.

Léala, hágame el favor.

No, no la leo. Cuénteme lo que dice.

-Que lamenta la muerte de su tía, a quien hubiera deseado conocer.

Que ha leído la copia del testamento

y que lo encuentra muy extraño. Y puesto a que se la obliga

a residir aquí, dice que retrasará su venida

hasta que termine los estudios. Ya, en cierto modo es lógico.

-Añade también que anda mal de dinero

y que de lo que va a heredar, se le mande alguna cantidad.

Que tiene muchos gastos, que su padre está enfermo

y no puede trabajar. En fin, yo creo

que es una petición muy razonable, ¿no le parece?

Sí, claro. Y usted seguramente no duerme

pensando que pueda pasar hambre. Ha sido una falta de precaución,

le mandaré el dinero, ¿vamos? -Sí, vamos.

¿Sabe que ya he vendido a Cayetano las acciones del astillero?

-Ah. Interpretando el testamento

a la letra, la mitad de ese dinero pertenece a Germaine.

No, no se lo mermaré, hay otros fondos.

Dispondré de ellos para estas pequeñeces.

Mientras esperamos, voy a echar un vistazo a esto.

-Sí.

Mañana es la boda, señor.

Siéntate.

No me atrevo, señor. ¿Qué dirá esa si me ve?

Siéntate.

No, no, déjelo aquí, por favor.

Gracias.

¿Quieres desayunar? No, gracias, ya lo hice.

Mañana es la boda a las siete.

¿Por qué tan tarde? Pensé que sería mejor

al anochecer, aún así habrá mirones.

Iré a buscarte en un automóvil. Ay, señor, no haga eso.

No es propio de una mujer de mi clase.

¿Entonces, qué quieres? ¿Que vayamos a pie

con toda la gente detrás? Iré con mis padres y mis hermanos

y el señor me esperará en la iglesia.

Ya sabe, en la parroquia. Ser padrino no le obliga a más.

Habrá después cena, si el señor quiere, puede ir.

Me gustaría que fuese y llevase algún amigo,

porque los que estarán allí no son para hablar con el señor.

(SUSURRA) Señor.

Esa está escuchando y tengo que decirle...

Campana.

¡Rucha!

-Perdón, señor, estaba en la cocina.

¿Quiere llevarse eso?

¿Y quiere abrir la ventana, por favor?

-Perdón, señor, va a haber mucha corriente.

Entonces, cierre la puerta. -Sí.

Mañana ya seré de mi marido. Por tu voluntad.

Sí, señor.

Y me da mucha pena pensar que ya no podré volver a su casa

como antes, al menos, de momento. Esta noche, si el señor quisiera...

No, ahora ya no vivo en mi casa. Sería sospechoso

después de haber estado tú aquí que no viniese a dormir.

El señor puede ir a mi casa, si quiere. Ramón se va a las 11.

A las 12 duerme todo el mundo, encerraré al perro

para que no ladre. ¡No!

Rosario, no está bien. Mañana es tu boda.

El señor puede venir a mi casa.

Entrará por mi ventana, si mi luz queda encendida,

pasa de largo. Pero si está apagada, entre.

Tengo una cama nueva. Vendí todas las cosas de oro

que tenía y la compré con otros muebles.

Es muy hermosa, con sábanas finas.

Si el señor viene, las que use esta noche

no las volveré a poner.

¿Y tus padres? Duermen arriba.

No tenga miedo, señor, cuando le digo que vaya.

¿Irá? Sí, quizá.

Recuerde, a las 12.

Piano.

Cacareos de las gallinas.

-Don Carlos, eh.

¿Qué hay, Paquito? -¿Va usted a ver

a la señorita Clara? No, ¿por qué?

-Hoy abrió su tienda. Convida a un vaso

a todo al que va por allí. Ya... No lo sabía, gracias.

-Deme un pitillo antes de irse. Sí, hombre, toma.

-Le pedí uno. Bueno, los demás para luego.

-Gracias.

No deje de visitar a la señorita Clara.

-¡Manzanas, señora, manzanas!

Y medio.

¿Es la primera? Mucho dinero, ¿no? No.

¿Tiene cuellos?

Un momento? Almidonados.

Son diez céntimos, señora. -Tenga.

Adiós. -Adiós.

¿Tiene o no tiene? ¿Con o sin puntilla?

Estoy de luto, así que... No enrede.

Me ha dicho Paquito el relojero que convidas a tus clientes.

Solo a los amigos. Ah, entonces,

¿me invitar a mí a una copa? ¿Eh?

Tengo que pensarlo. (RÍE)

Espera, te traeré una taza.

(RÍE)

Déjame, yo te ayudo. ¿Te gusta la tienda?

Sí, se ve muy limpia.

(RÍE) Siéntate.

Gracias.

Toma.

Vamos a brindar. Brinda por mi salud.

Por tu felicidad. Bah, déjate de eso.

Entonces por tu propiedad. Bueno, yo brindo por...

Cualquiera sabe por lo que vas a brindar tú.

¿Recuerdas que un día me dijiste que eras prisionero de ti mismo?

Campanas. Pues brindo por tu libertad.

¿Te parece mal? No, no.

Te has puesto triste.

¿Sabes que mañana se casa La Galana?

¿Es eso lo que te entristece?

No, ya lo sabes. Pero...

Anda, bebe.

¿Qué sucede ahora con La Galana?

¿Te conté alguna vez lo que me pasó con la otra?

Con la austriaca. Dijiste que venías

huyendo de ella o al menos eso me contaste.

Hay mujeres cuyo amor hace sentirse libre.

Y tú seguramente seas una de ellas, quiero decir que...

Enamorado de ti, yo tendría que ejercer mi voluntad,

¿comprendes? Que me pondrías constantemente

en la necesidad de hacerlo. Lo que pasa, es que cuando llegué

a Pueblanueva, había reconquistado mi libertad

y necesitaba conservarla.

Si nos hubiéramos encontrado en aquel momento...

Tú me habrías ayudado mucho, pero cuando nos conocimos,

doña Mariana por un lado y Rosario por otro

se habían metido en mi vida y...

Desde el principio sabía que doña Mariana

trataría de gobernarme. Entonces, hice de Rosario

mi defensa. Ya.

Porque yo sabía que doña Mariana no consentiría nuestras relaciones,

¿comprendes? Así que...

Apoyado en Rosario fui libre ante doña Mariana,

pero sin estar enamorado, dejé de serlo ante Rosario.

(RÍE) Pensaba que era

una criatura desvalida y yo su única defensa, ¿comprendes?

Menuda lagarta está hecha.

La muy zorra. (RÍE)

(SUSPIRA)

Un día,

me dijo que tenía que casarse.

Otro día hizo que le regalase la granja.

Entonces, pensé: "Bueno, asunto liquidado.

Si ella se casa, puedo recobrar mi libertad".

Pero...

Esta mañana...

Ha ido a verme.

¿Y?

Le he prometido ir a dormir con ella esta noche.

¿Has sido capaz de eso? Sí.

A sabiendas de que se repetirá siempre,

siempre que ella quiera.

Bueno, bueno.

Te he contado todo esto para que me insultes.

Pobrecita.

No me insultas.

No. ¿No? Bueno.

Entonces será que no me lo merezco.

A lo mejor, la cosa no es tan grave

como yo pienso, ¿verdad? Las causas engendran los efectos

y lo que yo hago

es el resultado de un sistema de causas.

Cállate. ¿Por qué?

Mira, si dejo que esta cerilla arda,

me quemará el dedo, ¿no? Como sé que la llama

me causará dolor, la soplaré antes de que me queme.

En definitiva, el miedo al dolor será la causa.

Con esto no contabas.

Esta es la última noche que paso en mi casa.

Mañana traeré los muebles y a mi madre.

Hoy no cerraré la puerta y te esperaré.

Y si duermo, tampoco cerraré. Cuando vayas a casa de Rosario,

recuerda que te estoy esperando. Cuando salgas,

te estaré esperando todavía. Hasta el amanecer.

Pero si mañana no despiertas a mi lado,

no vuelvas más junto a mí.

Ni para que te escuche ni para que te consuele

ni para que te insulte.

No vuelvas más junto a mí porque me harías daño.

Y en ese caso, vete de Pueblanueva.

Escapa otra vez.

Como de la austriaca, cualquier cosa

menos quedarte aquí.

No dejaría de quererte,

pero te perdería el respeto.

Y eso sería horrible.

Don Baldomero.

-Ah, buenas tardes, don Carlos. Hola.

-Buenas tardes. ¿Cómo está doña Lucía?

-Pues las noticias son las de siempre,

pero pase, pase usted por ahí.

Que tengo dentro un... (RÍE)

-Un levanta espíritus que le voy a dar a probar.

Lo que me hacía falta. (RÍEN)

-Alquimia.

Eso es. -Ahí, ahí tiene usted

el quitapenas.

Bueno, ¿y qué le trae a usted por aquí?

Hermoso color, ¿no le parece? -Sí, pero el color

no emborracha, digo yo.

Bueno, ¿y a qué se debe el honor? Pues...

He venido a invitarle a una boda. -¿La suya?

La de Rosario, La Galana. -Ah.

Voy a ser el padrino y va a haber un convite.

Había pensado en usted. -Buen pirandón está usted hecho,

así que al fin la casa, ¿eh? ¿Y dónde van a vivir?

No sé, no se lo he preguntado. Supongo que en la granja,

ahora es de ella. -Mal hecho.

Tenía usted que habérselo llevado al pazo, a él no le importaría

y usted... A solas con La Galana

estaría mejor servido.

¿No sabe que le van a dar una cencerrada?

Lo oí decir en el casino. ¿Una cencerrada?

-Sí, es lo normal.

Para que los novios puedan trabajar con música.

Tenga. -Gracias, así que mañana, ¿eh?

Hecho, cuente conmigo.

Y si quiere, hasta puedo firmar de testigo.

Supongo que habrá buena comida. No sé.

-¿Cómo? ¿Pero no es usted el que paga?

Pues está en la obligación de ese reembolso

siendo el padrino.

Bueno, el padrino y otra cosa que todo el mundo sabe.

Sí, sí... Don Baldomero.

-Hasta el novio lo sabe.

Sabe que usted se acuesta con la Galana.

Y que antes se acostaba Cayetano.

Oiga, no irá usted a decirme que no le gusta la moza, carajo.

¿Pero a quién le amarga un dulce?

Se casa porque está usted detrás, que si no...

Bueno, y ahora, por favor, don Carlos, déjeme solo.

Que me duermo. Sí, señor.

-Así que me voy a acostar un rato porque es que esos cabritos

del casino me han ganado seis duros y yo,

por ahogar el berrinche en vino, ahora estoy que no me tengo.

Muy bien, bueno, cuento con usted, ¿eh?

-Seguro, donde haya para comer y beber, allá está Baldomero.

Ande, quédese aquí, que ya salgo solo, adiós.

Ladridos.

Ladridos.

Ladridos.

Mugido.

Ladridos.

  • Capítulo 10

Los gozos y las sombras - Capítulo 10

14 sep 2017

Cayetano ha conseguido una copia del testamento de doña Mariana y pretende beneficiarse de ello. Clara alquila el bajo para poner su tienda. Como regalo de bodas, Carlos regala a Rosario la casa en la que vive. Fray Eugenio informa a Carlos de los planes de Germaine.

Histórico de emisiones:
27/05/1982
12/05/2013

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