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Los gozos y las sombras - Capítulo 1 - ver ahora
Transcripción completa

(NARRADOR) Los mandones de Pueblanueva habían sido siempre

un Churruchao, un Deza o Sarmiento o un Aldán o Quiroga.

Y por primera vez, alguien ajeno al clan mandaba.

Pero mandaba por conquista, no por herencia;

por la fuerza de su dinero, no de bóbilis, bóbilis.

Mandaba por redaños y nadie se movía.

Los que tenían en casa muchachas de buen ver,

esperaban ansiosos la llegada de Carlos Deza

para asistir al rito de la venganza sólo porque Cayetano Salgado

se había acostado con ellas o acabaría acostándose.

-La sota de oros. -¡Este don Baldomero...

tiene todos los triunfos! -Ya está usted como todos los días.

-¿Se decide o qué? -¡Sí, hombre!

¿Recuerda usted a don Carlos Deza, don Cayetano?

¿Que si le recuerdo? Naturalmente.

Somos de la misma edad, meses más, meses menos...

Mire usted,

Carlos y yo...

¡y ese anarquista muerto de hambre de Juanito Aldán!,

jugábamos de niños.

-¿Entonces quedamos en que eran ustedes muy amigos?

Eran presumidos, ¡insoportables!

Muchas veces subíamos a las ruinas del castillo.

Y entonces ellos fingían hablar con el fantasma del conde

y a mí no me dejaban escuchar la conversación

porque, según ellos, yo era un siervo.

-¿Usted un siervo? -¡No puedo creerlo!

-¿Estará enterado entonces de los rumores?

¿Qué rumores?

-Del regreso de don Carlos.

¿Pero usted no sabía nada?

¡Le toca jugar a usted!

-Sí... ¡el as de bastos y el tres!

(NARRADOR) La venida de Carlos Deza, si bien se considera,

no fue venida sino regreso.

Le precedieron anuncios y aun profecías,

especie de bombo y platillos

con los que se quiso rodearlas de importancia.

Carlos Deza era el nuevo señor,

el que iba a desbancar a Cayetano.

El tren que trajo de Viena a Carlos le dejó en París.

Tenía un día entero hasta tomar otro tren que le llevara a España.

Y Carlos decidió pasear por la ciudad

hasta la hora de su cita con Gonzalo Sarmiento,

favor que le pedía doña Mariana en su última carta.

(CARTA) -Te pido que, si pasas por París,

vayas a ver a mi primo Gonzalo; no será una visita agradable

porque Gonzalo es una calamidad.

Quiero que me traigas tu impresión sobre su hija Germaine.

Creo que está en un colegio a pesar de sus 20 años.

Pero si es posible, me gustaría que la vieses y hablases con ella.

(HABLA EN FRANCÉS)

Busco a don Gonzalo Sarmiento.

-¿Qué...? Yo soy.

Pase. Pase, por favor, pase.

¿No me diga usted quién es?

Usted es Quiroga, el hermano de Eugenio.

No. Soy Deza, Carlos Deza.

-¿Pero es usted de Pueblanueva? Sí, eso sí.

-Me pareció usted un Quiroga, ¿no lo conoce?

Tiene que conocerle, él es de Pueblanueva.

Lo siento pero no le conozco,

hace más de 15 años que falto de Pueblanueva...

exactamente 18. Ahora estoy de regreso.

-Entonces, si no le manda Eugenio, ¿quién le envía?

Doña Mariana. -Ah...

Ah, sí, sí, Mariana.

Siéntese, por favor, siéntese, póngase cómodo.

Gracias. -No puedo preguntarle

cómo está porque usted no viene de allí.

Además hubo carta de ella hace pocos días.

Todos los meses escribe; yo le mando las cartas a mi hija.

Doña Mariana me encargó que la visitara en el colegio.

¿Puedo hacerlo? -No.

No es posible, está en Normandía.

Claro que Germaine se alegraría mucho de conocerle.

Pero la visita no es fácil.

El reglamento del colegio es muy estricto y solo a los padres

o algún acompañante de los padres se le permite las visitas.

Y yo no podría acompañarle a usted hasta la próxima semana

y tendría que retrasar mucho su viaje.

Tengo aquí unas fotografías para enviar a Mariana.

¿Quiere llevárselas usted? Sí, sí, con mucho gusto.

Es muy guapa. -Son recientes,

se las hizo en el colegio hace un par de semanas. Es Germaine.

Se parece mucho a su madre. Mariana se cuida mucho de nosotros,

de mi hija... le paga los estudios

y quiere, naturalmente, que vayamos a vivir con ella.

Iremos, claro, ya no duraré mucho.

Es mi mujer; lo pintó Eugenio Quiroga,

al que me refería a su llegada.

Era un buen pintor y no pudo haberme hecho mejor regalo.

Suzanne murió pronto y no tenemos otro retrato suyo.

Me extraña mucho no haber sabido de él,

se marchó de París empezada la guerra.

Me prometió volver... ¡y ni escribió siquiera!

¿No se habrá muerto?

Naturalmente usted tendrá muchas cosas que hacer

y, como yo tengo salir, me espera un momento y saldremos juntos.

Claxon.

Murmullo.

-El señor llega.

Alboroto.

-¡Oiga, por favor, tiene que subir con la maleta a la baca,

aquí no hay sitio! Lo siento, tiene que subir.

Aquí no hay sitio, por favor.

Lo siento, pero tiene que subir arriba, aquí no hay sitio.

Suba, por favor. Sí, sí, gracias.

-¡Venga, venga!

Alboroto de viajeros.

-¿Tiene billete, señor? No, no, deme uno. ¿cuánto es?

-Poco, señor. 1,25 sólo, señor.

-¡Déjeme, señora, déjeme!

-Puede subir. -¡Apártese!

-Rosario, hija, ven aquí, déjale un sitio para el señor.

Siéntese.

¿No se caerá la maleta, verdad? -No, no se preocupe.

-Ahí, señor, ese es su asiento.

Gracias.

-¿Está cómodo el señor? Sí, sí.

¿El señor es don Carlos Deza, verdad?

Sí. ¿Cómo lo sabe?

El señor no tiene por qué llamarme de usted. Soy Rosario, la hija

de Galán, un casero del señor. Soy como la criada del señor.

¿Quiere decir que vive en mi casa? No,

mi padre lleva arrendadas unas tierras y una casita suyas;

las lleva ya desde hace varios años, en vida de mi abuelo.

¿Trabaja usted mis tierras? Yo no, señor, mi padre,

yo soy costurera. Y ya le dije que no me trate de usted.

La que va a su lado es mi madre. -Servidora, señor.

Alboroto de los viajeros.

Alboroto.

¡Ay, señor, qué alegría...!

No puedo oírla. -Perdone, señor,

digo que nos alegra mucho su llegada.

Ahora que ha venido, nos arreglará el pago que le hacemos.

¡La tierra da poco y doña Mariana nos ha subido la renta 15 duros!

Ya sé, ya sé que son cosas de doña Mariana.

Porque ni el padre del señor ni su madre, que Dios tenga en gloria,

hubieran tocado la renta antigua.

Rosario, no ves que el señor se está mojando.

No, no se preocupe. -¡Pues no faltaría más,

tápale con el mantón, mujer, tápale!

Ya llegamos.

Mire, la casa del señor.

¿Estuvo usted alguna vez allí? Sí, cuando murió la señora,

asistí al velatorio. Ya va para cuatro años.

Flauta.

Voces pregonando.

Campanadas.

Alboroto de los aldeanos.

¿Se encarga de mi maleta? -Sí, señor.

Mugido.

Canto de un gallo.

Mugido.

-¡Carlos!

¡Querido Carlos!

¡Qué mal día trae, criatura!

¿Pero cómo se te ha ocurrido venir encaramado con el frío que hace?

El frío no importa, esa muchacha me tapó con su mantón.

-¡Qué buena pieza está hecha la Rosario!

Mugido.

Ladridos.

Ladridos.

Motor del coche.

-¡Sardinas, sardinas, grelos, grelos, sardinas!

¡Sardinas frescas, grelos...!

-¿Recuerdas mi casa? No, casi no recordaba la mía.

-Tu casa está hecha una ruina.

El tiempo que estés aquí serás mi huésped.

Quizá me quede poco tiempo. -Es natural.

¿Qué vas a hacer en Pueblanueva? Este es el último rincón del mundo.

Sólo una vieja loca como yo puede vivir aquí.

Pero aún me queda bastante que hacer.

Claxon.

-Esa es una de las hermanas de Juanito Aldán.

¿Te acordarás de él? Sí, de Juanito Aldán sí,

pero de las hermanas no.

Claxon.

-Tu madre nunca quiso que vinieses y tenía, a su modo, razón.

No debes venir para quedarte.

Pero yo ahora me alegro de que hayas venido,

porque lo que aquí puedas saber y conocer te hará más hombre.

¿No esperabas esto, verdad? O al menos no tan pronto.

Desde luego no lo esperaba.

-Es posible que me haya precipitado y que las conversaciones serias

debiera haberlas dejado para dentro de algunos días.

Pero ya ves, salió solo.

No obstante, no hace que hablemos de esto ahora.

Sin embargo hemos comenzado. -He comenzado yo, tú no.

Estoy algo confuso. Lo inesperado

no es sólo que usted me hable de mis padres,

usted misma es inesperada. -¡Soy una vieja loca!

Por ejemplo, he tenido un hijo

que no tiene mío más que la vida física y el dinero.

Creí que era usted soltera. -Lo soy.

No creo haber dado lugar ni haber pretendido que...

usted me hiciera una confidencia de esa naturaleza.

-Lo primero que te dirán en Pueblanueva

es que doña Mariana Sarmiento ha tenido un hijo de soltera.

¡Te lo dirán además bien adobado de mentiras! Pero, en fin...

esto puede quedar para más tarde. Ahora cuéntame,

no sé nada de ti y quiero saberlo todo o quizá necesite saberlo.

Nunca se te ocurrió que fueras tan importante

para una persona que apenas te conocía, ¿verdad?

Comprendo, sin embargo, que no es por mí mismo;

que el interés que usted siente lo recibo en herencia. ¿No es eso?

-No sé por qué me parece que vamos a entendernos.

¡Y me alegra, caramba, ya lo creo que me alegra!

¿Estuviste en París? Sí,

vi a ese pariente suyo que me decía en su carta.

-¿Y Germaine, cómo es Germaine?

No lo sé, está en un colegio y no pude verla.

Pero le traigo un retrato suyo.

-¿Es linda, eh?

Si su padre no fuese un cabezón,

esta chica hace muchísimo tiempo que estaría conmigo.

Es mi única heredera.

¡Gonzalo es un imbécil, lleva 35 años en París!

Quiso ser escritor y no pasó de mendigo.

Tuvo que vender su patrimonio. Ahora vive de lo que le mando.

Lo hago por la chica, no por él.

Y en estas condiciones se atreve a rechazar lo que le ofrezco.

¿Pero, bueno, qué piensa, que yo no sabría educar a mi sobrina

o que Pueblanueva es poco para ella?

Tengo la impresión de que su primo vive con alguien.

No estaba muy tranquilo conmigo y deseaba echarme cuanto antes.

Era evidente que quería ocultar algo.

-Puede suceder que se haya vuelto a casar o... ¡Ay, bueno, allá él!

Mira, cuanto antes se lo lleve la trampa, mejor para su hija.

Tictac de un reloj. ¡Ven aquí!

Entonces, hijo, ¿qué vida hacías en Viena?

La de estudiante pobre. -¿No te alcanzaba el dinero?

¿Cómo decidiste regresar?

Necesitaba encerrarme una temporada.

Es posible que haga oposiciones para una cátedra.

-¿Tienes novia? ¿Novia o amante?

No te avergüences de decírmelo porque carezco de prejuicios.

Había una mujer de la que deseaba separarme.

-¿La quieres?

No. Creo que no la he querido nunca.

-Una de las cosas que temía es que una mujer tirase de ti.

Y sin embargo, sería lo natural.

(GRUPO) Negras tormentas agitan los aires,

oscuras nubes nos impiden ver.

Pero mientras llega el dolor y la muerte,

contra el enemigo nos llama el deber.

El bien más preciado es la libertad,

luchemos por ella con fe y con valor.

¡A las barricadas, a las barricadas,

por el triunfo de la Confederación!

¡A las barricadas, a los parapetos

por el triunfo de la Confederación!

El bien más preciado es la libertad,

luchemos por ella con fe y con valor.

¡Alza la bandera revolucionaria

por el triunfo de la...! -¡Vamos!

¡Compañeros, os habla Juanito Aldán!

Abucheos. ¡Compañeros, por favor, un momento!

¡Compañeros, escuchadme, por favor!

Everything is all right. Keep going.

¿Sucede algo? -Sí, señor, Juanito Aldán

y los suyos están dando un mitin a la entrada del astillero.

¡Venid conmigo todos, vamos, todos!

Abucheos. -¡Compañeros, por favor!

Abucheos.

¡A vosotros...!

¡Vosotros, bajad! -¡Trabajadores de este astillero

a las órdenes de un patrón autoritario,

autoritario, absolutista, aunque se disfrace de cordero!

¡Cacique del mocho! ¡Eh, venid conmigo, vamos, todos!

-¡Hombres del pueblo limpio,

a quienes un mísero salario

os convierte en esclavos del capital!

¡Nosotros, los hombres libres,

os queremos recordar

que el trabajador no puede aceptar la tiranía del capital!

(OPERARIOS) ¡Fuera!

Abucheos.

Abucheos.

(ABUCHEAN)

-¡Un día llegará en que sólo el pueblo libre

posea los medios de producción!

(LO ABUCHEAN)

-¿Qué más da pesca que astilleros?

¡Todo eso debe ordenarse al bienestar del pueblo libre!

Abucheos.

Demostradles que no dicen más que tonterías.

Abucheos.

-Pero a eso sólo se puede llegar

con la solidaridad de todos los trabajadores.

Abucheos. ¡Compañeros, compañeros...!

¡Calma, calma, no os dejéis provocar, tranquilos!

¡Tranquilos, es una provocación!

¡Calma, calma, tranquilos!

¡Atrás, Xirome, Xirome, no os dejéis provocar!

Abucheos.

Hay que permanecer juntos. Debéis permanecer juntos...

Abucheos.

-A mí siempre me han gustado

la ópera italiana y los cuplés picarescos.

Y cuando quiero oírlos, como ya no voy al teatro,

pongo uno de estos discos.

Música de cuplé.

¿Bailamos? ¿Sabes lo que dice la letra?

No... no sé bailar, eh. -"¡Ay, qué tío tan atroz!

¡Qué pellizco tan feroz me dio en la parte posterior saliente,

que me ha dejado toda la región doliente!

Pero luego se calmó. (RÍEN)

¡Es divertido...!

¡Me alegro mucho de que hayas venido!

Tú no eres ambicioso, ¿verdad?

Sí... tengo algunas ambiciones.

Lo que me falta es pasión para realizarlas.

-¿Te acuerdas de Cayetano Salgado?

Sí. ¿Un chico rico que jugaba con nosotros, no?

-Algo más que un chico rico.

Pero sí es verdad, jugaba con vosotros.

Jugaba contigo y con Juanito Aldán.

Ahora es el amo aquí.

También estuvo fuera, como todos vosotros.

¿Qué sucede que todos os vais y volvéis luego?

Pero él ha vuelto de otra manera.

Estuvo en Inglaterra, en Estados Unidos, se hizo ingeniero

y ahora dirige los astilleros.

Es muy rico, ¿sabes? Más rico que yo.

Cualquiera, en su lugar, habría elegido otro sitio para vivir.

Los astilleros, podría dirigirlos desde La Coruña, por ejemplo.

Sin embargo, él vive aquí.

Sirenas de barcos. -Compañeros,

ahora vamos a salir todos juntos sin perder los nervios.

Algarabía.

(RÍE)

Gritos.

Música de guitarra.

-Señora, Xirome quiere verla.

-Que pase.

¿Qué ocurre? -Lo de siempre, señora: palos.

-¿Pudieron más? -Hay dos heridos por bando.

-¿Cómo andáis de vino? -Mal.

-Paga una ronda o dos... ¡o las que hagan falta!

Y si alguno tiene apetito, que coma también.

-Hirieron en la cabeza al señor Aldán.

-Ahí va el dinero. -¿No es mucho?

-Ya me devolverás lo que sobre, si sobra.

Pero no me gustaría que ganasen los de la UGT.

Bueno, esto hay que celebrarlo.

¿Qué es lo que celebramos?

-La paliza que mis hombres darán a los de Cayetano.

No entiendo nada.

Y menos esa mención de la UGT.

Eso me ha sorprendido más que otra cosa.

-Los del astillero están afiliados a la UGT solo porque mis pescadores

pertenecen a la CNT. ¿Sus pescadores?

-Todos los barcos de Pueblanueva son míos.

Un mal negocio, puedes creerme, en estos tiempos de poca pesca.

Si cierro a cero la temporada me daré por contenta.

Pero aunque pierda dinero no amarraré los barcos.

¿Por qué lo hace?

¿Por filantropía? -No, hijo,

por hacerle la pascua a Cayetano.

Él quiere acabar con la pesca, no porque le estorbe

para su negocio, sino por ser el amo

y que aquí nadie gane un real que no sea suyo.

¡Y a mí no me da la gana!

Ya sé que al final ganará él...

Pero será cuando yo muera.

Lo siento por los pescadores, les hará pasar hambre

y entrar por el aro antes de admitirlos en el astillero.

El que me herede no querrá jugarse el dinero

por una terquedad mía.

Tú, por ejemplo no lo harías, ¿verdad?

¿Yo?

-¿No comprendes? Con mi dinero, mis barcos

y mis tierras puedo legar al que me herede

ciertas obligaciones morales.

No creo, incluso, que ningún notario se atreviese

a escribirlas en mi testamento. La gente es imbécil.

Si se me ocurriera dejar el dinero a un hospital

lo encontrarían razonable...

Pero si lo dejo para que se impida a Cayetano Salgado mandar

en el pueblo y hacer su santa voluntad,

lo encontrarían disparatado.

Y, sin embargo...

El padre de Cayetano es mi amigo.

No fue nunca mi amante, como dicen por ahí, no.

Es un amigo.

Bueno, todo lo amigo que puede ser un perro fiel.

A él le duele la enemistad entre su hijo y yo,

pero piensa que todo el lío se arreglará como en las comedias,

con una boda: Cayetano Salgado y Germaine Sarmiento.

¿Lo encuentras bonito?

A la madre de Cayetano le parece de perlas

porque ella siempre soñó que su hijo fuera el dueño

de esta casa. A mí me parece monstruoso.

Si me sobrina se casara con él, estoy segura

de que mis huesos se levantarían

y vendrían una noche a asesinarla.

Cayetano me repugna.

Será de la primera persona que te hablen en el pueblo,

antes que de mí, porque a mí me odian,

pero a él le temen.

Te contarán que es un conquistador, que no hay mujer que se le resista,

y el que te lo cuente tendrá sus razones

para convencerte,

porque es muy probable que su mujer, si aún es joven,

o su hija, si la tiene, se hayan acostado con Cayetano.

La chica que vino contigo en el autobús,

Rosario, La Galana, es la de turno.

Lleva con ella un mes o cosa así,

le durará lo que tarde en encapricharse de otra.

Disparos.

-Eso han sido los del astillero.

Griterío.

¿Quiere que vaya a ver qué sucede?

-No, no quiero que te mezcles en este lío.

Sin embargo recuerde que Aldán está allí.

Gritos.

Me gustaría hacer algo, pueden necesitar ayuda.

-Ve a la Taberna de El Cubano, al final del puerto,

es algo así como el cuartel general de los pescadores.

Ve con cautela, hijo.

El reloj da la hora.

Griterío. -¡Cabrones!

Griterío.

Gritos.

Buenas noches.

Soy médico y pensé si...

¿Ha pasado algo?

-¡Carlos!

Carlos Deza, soy Aldán, ¿no recuerdas?

¿Juan? -Sí, claro.

¿Cómo estás? ¿Qué te pasa? Estás herido.

-No es nada, no te preocupes.

¿Qué tal estás? Bien.

-Ya sabía que habías llegado.

Es el doctor Deza, de quien tantas veces os hablé.

Buenas noches.

-Sidoine. Ya nos habíamos visto.

-Andrés. -Buenas noches.

-Antonio. Hola.

-Bienvenido. -Don Carlos.

-Yo soy Carmiña, este es mi padre, El Cubano.

-Está bien, ahora vete y deja al señor en paz.

-¿Quiere verla? Me parece que no es nada.

No es nada, hace falta limpiarla un poco.

-El boticario, fue por árnica y esparadrapo.

Esto es una agresión, Juan, ¿por qué no les denuncias?

-¿Denunciarles?

Don Carlos no sabe que el espolique de Cayetano

es oficial del juzgado.

Romperían la denuncia y cualquier noche de estas

darían una paliza al denunciante.

-¡Nosotros estamos contra esto!

¡No somos asalariados de nadie!

Yo trabajé en Cuba y sé lo que es la libertad.

Por defenderla, en una huelga, perdí esta pierna.

-Bueno, ya está aquí el árnica.

¡Ah, es usted!

Entonces, ya no hace falta el árnica.

¿Usted es el boticario? -Sí, señor, Piñeiro,

Baldomero Piñeiro, farmacéutico.

Por favor, ¿puede hacerlo usted? -Cómo no.

Anda, Carmiña, sujeta esto.

Yo conocí a su padre,

claro que entonces yo era un rapaz.

Pero le recuerdo bien:

muy señor, buena figura, siempre solitario,

de una raza que ya no hay.

¡Oiga! No me tome a mí por uno de estos, ¿eh?

Abucheos. Yo no soy de CNT,

yo soy monárquico de los de antes.

Abucheos. Absolutista, claro.

Pero a pesar de las discrepancias políticas

somos aliados contra el enemigo común.

Jaleo.

-El árnica. -Ya, hijo, ya.

-Don Carlos, árnica no habrá en esta casa,

Risas. pero vino y sardinas no faltan.

-¡El absolutismo es lo más conveniente

para la redención de las clases humildes!

En tiempos de los grades reyes la monarquía y el pueblo

se habrían aliado contra los tiranos

y los habrían vencido.

Hala, ya está, hombre, eso no es nada.

-No hay nadie.

-Vámonos.

-Buenas noches. -Mete eso ahí.

-Adiós, don Carlos. Adiós.

¡Dame, tú! -Adiós.

Adiós. -Buenas noches.

-Oye... -Hasta más ver.

-Es costumbre dar a todos la mano. Ah, bueno.

-Vamos. Adiós.

(TODOS) Adiós. -Ahora, don Carlos, vamos

a mi casa a tomarnos una copa. -¡Ya está todo arreglado!

(TODOS RÍEN) -No os preocupéis,

¡que es un hombre muy importante!

(RADIO) -Respuesta al discurso político de la diputada

Dolores Ibárruri...

(CAMBIA DE EMISORA) (RADIO) La rubia explosiva

Jean Harlow, la primera rubia platino

de la pantalla, una de las más prominentes

seductoras vampiresas ante quien los hombres mueren

de un modo fulminante, que consiguió fama

de mujer temible gracias a su tipo

extremadamente provocativo y también a su matrimonio

malogrado con Paul Bern que terminó trágicamente,

parece ser que se lleva muy mal con su actual marido,

alega crueldad porque lee en el lecho conyugal.

La puerta se abre. Como saben...

-¿Eres tú, Baldomero?

-Entre. Entre por aquí, don Carlos.

Por aquí. Pasa tú también, Juanito.

Está usted en su casa, don Carlos. -¡Ah!

-Lucía... -¿Cómo me pilló?

(RÍE) No deberíamos haber venido

sin avisar. -No se preocupe.

Ya sabe cómo son las mujeres. Deme la gabardina.

Póngase cómodo.

La pobre Lucía no tiene mucha salud.

Se pasa todo el día leyendo,

cuando no está en la iglesia, claro, es muy religiosa,

pero como todas las mujeres, un poco coqueta.

(RÍE) Pero siéntese, siéntese, en mi butaca.

La pondremos aquí.

Hala, sienta, siéntate.

Bueno, y ahora nos tomaremos una copita.

-Ah.

-No sabe cómo se le esperaba, desde que dijo que volvía

no hemos hecho más que hablar de usted,

como si fuese un redentor, yo, por motivos particulares.

Ante todo, ¿cree usted en Dios?

¿Es usted como yo, católico, apostólico y romano?

¿Por qué?

-Porque si no lo es, no me sirve.

Y si lo es tendré que explicarle algo previamente.

Yo sé mucho de religión.

¿Ha estado usted en el seminario? -¡Caray, sí!

¿Por qué me lo pregunta?

No, por nada, se me ocurrió de pronto.

-Pues sí, estudié toda la carrera, colgué los hábitos

dos meses antes de ordenarme.

Me gustaban las mujeres.

Si no fuera por ellas yo podría ser santo.

Son mi pecado.

Los otros vienen detrás.

Me gustan las mujeres, sí.

Me gustan con las tetas en punta, bien duras.

Es una especie de obsesión. (RÍE)

-Este marido mío tienen la costumbre de llegar

de repente con visitas y una...

-Si quieres puedes acostarte, nosotros venimos

a hablar de política. -¡Vaya por Dios!

La tiene una sola todo el día,

y para una vez que...

Pero siéntese, por favor, don Carlos.

Gracias.

-¿Fue una pedrada? -Sí.

-Ya me lo contó Baldomero. -Sí.

-Ya le habrán explicado quién es Cayetano.

¿Se lo habrás explicado, Baldomero?

-Deja, deja.

-¡Ay! Una vergüenza.

Sobre todo para las mujeres, no respeta a nadie.

-Mujer, afortunadamente tú no puedes decirlo.

-Ay, ¡qué sabréis los hombres! -Pues yo...

-¿O es que no hay otro modo de faltar al respeto

que tocar y decir groserías?

Hay también miradas.

Y de las miradas de Cayetano no se ha librado ninguna.

Ni yo misma y...

(TOSE)

Y eso que ahora, desde que tiene a La Galana,

anda un poco más calmado.

Lo malo son los días entre...

una querida y otra.

Le aseguro que nos mira a todos como si fuese

al mercado a ver a quien va a comprar.

A La Galana la he conocido

en el viaje... -Ahí tiene, una moza decente,

costurera. Se hubiera casado

con un hombre de su igual.

La vio Cayetano, le dijo dos cosas y metió a su padre

y a su hermano en el Astillero.

(SUSPIRA) ¿Qué iba a hacer ella?

-¿Que qué iba a hacer?

¡Mandarle a paseo!

Es lo que haría una mujer decente.

Lo que pasa es que en este pueblo...

no hay moral. -¿Qué sabrás tú?

-Digo que no hay moral, un pueblo donde todo tiene

su precio y donde el único que puede comprar es el rico...

Es un pueblo sin moral.

-¡Oh! Todo no, Baldomero.

A mí no puede comprarme Cayetano.

-¡Mujer, no me refería a ti!

-Sabes de sobra que a Cayetano le haría mucha gracia.

En fin, que le gustaría.

Si yo no fuese como soy.

Oh...

¿Conoce usted al padre Osorio, don Carlos?

Es un hombre extraordinario, le aseguro que es...

-Un chiflado. -Cállate, hereje.

Es un verdadero santo.

Es el director espiritual de un grupo de señoras y chicas

con las que Cayetano no se atreve.

-Es un fraile que no me gusta.

Estuvo en el extranjero y entiende la religión a su modo.

Para mí, un hereje.

Todo lo que sea entender la religión de otra manera

que nosotros... herejía.

-¿Qué sabrás tú? -¿Cómo?

-Bueno, don Baldomero, dejemos las discusiones

para otro día.

-Ya sabe que ha tomado posesión de su casa

para todo lo que usted guste mandar.

(TOCA UNA MELODÍA CON LA FLAUTA) -El flautista de Pueblanueva.

Ande.

Flauta. Vamos.

-Ahí lo tiene usted.

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Los gozos y las sombras - Capítulo 1

01 sep 2017

A Pueblanueva del Conde regresa Carlos Deza ausente durante 18 años. Junto a los Aldán, Churruchau y Sarmiento mandaban tradicionalmente en el pueblo, enfrentados a Cayetano Salgado, actual dueño de los astilleros, que ejerce su poder con la fuerza del dinero.

Histórico de emisiones:
22/03/1982
15/03/2009
10/03/2013

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  1. Patricia

    Silvia, fue en el '84. :) La daban por canal ATC. Por suerte podemos volver a disfrutarla gracias a este archivo. Una historia estupenda, que dio una serie muy lograda, bien producida, bien ambientada, bien dirigida, y con unos actores de leyenda. Larrañaga y Rivelles, lamentablemente, nos han dejado, pero quedan en el recuerdo.

    hoy
  2. silvia

    No entiendo cómo no sirvió el mail que mandé. les preguntaba si hay alguna posibilidad de que vuelvan a enviar a Argentina, la serie INCREÍBLEMENTE HERMOSA de LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS, los veía cuando vívía en v. Gesell, en el año 1980, más ó menos y todos los domingos la pasaban MARAVILLOSA !!!!

    21 abr 2018
  3. SILVIA

    sería muy bueno que volvieran a vender a Argentina este ESPECTÁCULO DE ARTISTAS ÚNICO!!!! lo ví , cuando los domingos lo pasaban en V. Gesell,Argentina, en el año 80 ó alrededor,, no recuerdo exactamente

    21 abr 2018