La serie "Los gozos y las sombras" es la adaptación en cine para su emisión en televisión de la célebre trilogía del mismo nombre de Gonzalo Torrente Ballester. Un drama rural que tiene lugar en Pueblanueva del Conde, un pueblo gallego imaginado por el autor, entre 1934 y 1936, con la 2ª República de fondo.

El espectador se convierte en testigo de las tensiones entre caciques y trabajadores, las luchas sociales y sindicales, la violencia y las pasiones que dan cuerpo a la serie.

Dirigida por Rafael Moreno Alba y producida por Jesús de Navascués, contó con un presupuesto de 165 millones de pesetas. TVE aceptó que finalmente fueran trece capítulos de una hora, en lugar de los diez contratados inicialmente, la extensión y profundidad de la novela lo justificaban. El rodaje transcurrió en su mayor parte en la provincia de Pontevedra y en Madrid, en un palacete cercano a la calle Alcalá. Se inició en diciembre de 1980 y duró siete meses. Hicieron falta otros siete para completar todo el proceso de producción.
La puesta de largo de la serie tuvo lugar el 25 de marzo de 1982, fecha de su emisión en la primera cadena de TVE. Posteriormente ha tenido varias reposiciones en la pequeña pantalla y fue reestrenada en RTVE.es el 23 de junio.
Jesús Navascués, motor del proyecto, unió a su faceta de productor la de guionista o adaptador. No le quedó más remedio. Tras dos intentos fallidos con dos guionistas cuyo trabajo no gustó a Torrente Ballester, él mismo escribió un guión que fue del agrado del escritor.

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Los gozos y las sombras - Capítulo 12 - ver ahora
Transcripción completa

-La entrada es por allí. ¿Quiere que le acompañe, señorita?

-No, gracias. -Muy bien.

Campanadas.

Golpes en la puerta.

Campanadas.

-Ave María Purísima, ¿qué quería?

-Ver al padre Eugenio Quiroga. -Voy a avisarle.

-¿No podía esperar dentro? Aquí hace frío.

-Sí, pase.

Campanadas.

-Espere aquí, es clausura.

-Germaine. -Sí, padre.

-¿Cómo has venido a este ventisquero?

Debiste mandarme recado, criatura; hubiera ido a tu casa.

Aquí nos moriremos de frío.

Pero ahí dentro podremos sentarnos. Ven.

Siéntate.

No tenemos otro lugar mejor.

Bien, dime, ¿qué te sucede?

-Ayer... estuvo a visitarme el cura con unas señoras

y me dijeron algo sobre las reformas de la iglesia.

Quiero que usted me aconseje lo que debo responderles.

-Cuando vuelva a verte les respondes que tú no entiendes

de eso y que hable conmigo o con Carlos. ¿Se lo has contado ya?

-No.

-Pues debiste hacerlo.

-No volví a verlo ayer, no cenó en casa.

El otro día discutimos, no nos entendemos.

No he debido venir a Pueblanueva. Yo ya sabía...

(LLORA AFECTADA)

Está empeñado en que me quede y me odia porque no quiero quedarme.

-Oh, no pienses eso. Carlos es incapaz de odiar.

Quería mucho a tu tía, eso es todo.

Y se cree en la obligación de que se cumpla su voluntad.

-Pero... usted me comprende, ¿verdad?

Cómo voy a renunciar a mi carrera

por la voluntad de una muerta. Es injusto, padre.

-Claro, claro, cómo vas a quedarte. Naturalmente que no.

En fin... ya encontraremos un arreglo

en que las dos partes estéis de conformes.

Porque...

los dos tenéis razones.

Pero no podéis entenderos, porque os desconocéis.

Y porque desde el primer momento habéis sido hostiles.

Pero cuando pase algún tiempo...

¿Quién duda de que los sentimientos de ahora pueden cambiar?

¡Claro que sí, pueden cambiar totalmente!

¿Sucede algo?

-No, nada.

¿Quiere también insinuar con eso que Carlos y yo podemos casarnos?

¿Es a ese arreglo al que usted se refiere?

-No parece que esa solución te guste, ¿verdad?

-¿Cómo va gustarme?

Usted que conoce el mundo, ¿ha podido pensar alguna vez

que Carlos llegue a ser mi marido?

Necesito un marido mínimamente presentable.

-Ya. Y Carlos no lo es.

-El mismo Juan Aldán que vive en Madrid me serviría

mejor que Carlos. Sabe vestirse...

y es un hombre culto y educado.

-Y Carlos no lo es.

(RÍE)

-¿Por qué se ríe, padre? -Porque si todas las dificultades

nacen ese equívoco el asunto está resuelto.

Ay, ay, ay, ay, ay... Cómo podría hacerte comprender

que estás en un error, hija.

-No lo estoy, padre. Lo menos a que tengo derecho

es a que se me comprenda como artista.

Todos... las señoras que estuvieron en mi casa, el pueblo que llenaba

la iglesia, el prior y usted me comprendieron.

Sólo Carlos se mostró insensible.

Canté para él el día de mi llegada.

Para él solo, lo hice adrede.

Mi voz resbaló sobre la piel de Carlos

como sobre la piel de un elefante.

-Precisamente aquella tarde estuvo a verme.

Me habló de ti... y de tu voz.

Cómo me gustaría recordarte ahora sus palabras.

-Serían más o menos las que me dijo a mí; palabras elementales

de cortesía: qué bonito, qué bien canta...

Lo que puede decir un ignorante.

-No, no, Carlos no es un ignorante.

-Admito que pueda ser un sabio en su profesión, pero no sabe

una palabra de música. Carece además de sensibilidad.

Toqué para él al piano un valls de Chopin.

A Chopin lo entiende todo el mundo,

llega a todos los corazones, menos al de Carlos.

Ponía cara de bobo al escucharlo.

No hacía más que mirar mis manos.

-¿Eso hizo?

Eso sí que no lo tolero. No, no, no, claro que no lo tolero.

Pues no faltaba más.

-No entiendo, padre. No sé qué quiere decir.

-Que Carlos te ha engañado.

¿Lo comprendes ahora?

Sabe de música más que de cualquier otra cosa

y si no le hubieran obligado a ser médico hubiera sido

un gran pianista. Pero aun así, todavía es un pianista muy bueno.

Es un hombre que durante todos los días toca dos y tres horas.

Y no ignora a Chopin.

Y puede apreciar mejor que nadie la calidad de tu voz.

¿Lo entiendes, hija?

Él miraba tus manos para estudiar tu técnica.

Te ha engañado y es no, no lo tolero.

-Pero... ¿por qué?

-Eso me pregunto yo. ¿Por qué y para qué?

Porque de una cosa sí estoy seguro;

de que Carlos no se propone perjudicarte.

¿Me permites que fume?

-Sí, claro.

-Gracias.

Jamás hizo ni dijo nada que anunciase esta conducta.

Sino todo lo contrario.

-Quiero que usted me ayude

a resolver mi situación, padre. Hable con Carlos.

Necesito volver a París, pero no puedo irme sin mi dinero.

-Bien, bien.

Iré a ver a Carlos y tú también deberías hacerlo ahora mismo.

Habéis regañado y debéis hacer las paces.

Carlos es un muchacho muy sensible. Ya verás como olvida todo.

-Bueno.

Iré ahora.

-¿Viene a verle?

-Eeh... a don Carlos, sí.

-Espere que le aviso.

Entre.

-¿Y usted quién es?

(RÍE) -¿No se lo dijo?

-No.

Él estará arriba. Le avisaré.

Suba, le indicaré el camino.

Soy el mejor relojero de Galicia.

También sé afinar pianos.

Y entablillar un brazo roto.

Sígame.

Por aquí.

Entre.

Está en la torre.

Pasos.

Buenos días, Germaine.

Bienvenida a mi cobil.

Por favor, deja el guante.

¿Qué prefieres quedarte aquí o vamos a mi leonera?

Hace frío en todas partes. Pero si quieres puedo mandar

que enciendan la chimenea. -Es igual.

Bueno, entonces espera un momento.

Ah, no te sientes porque te helarás.

Paco.

Paquito, enciende la... nada, nada.

Tictac de un reloj.

Tictac del reloj.

(TOCA UNA TECLA)

Tictac del reloj.

(TOCA UNA PIEZA EN EL PIANO)

Música del piano.

Está bien.

Música del piano.

Tictac del reloj.

Bueno, ya está.

¿Vienes?

-¿Y ese piano?

Eeeh... es el piano de mi madre.

Un trato envejecido que suena como los demonios.

En esta casa... todo está viejo y podrido.

¿Sabes una cosa? Cualquier día se hundirá

conmigo dentro. Anda, vamos.

Pasa.

Creo que ya conoces a Paquito. Es mi gran amigo.

-Uuh.

La señorita me tiene miedo, ¿sabe, don Carlos?

Me lo tuvo en cuanto me vio.

Eeh, eeh... Anda, Paquito, déjanos solos, ¿eh?

¿Nos sentamos?

-¿Me permites curiosear?

Eeh... si no hay más remedio.

-¡Ooh!

Déjalo, no te preocupes.

-¿Es pueril o diabólico, Carlos?

¿El qué?

-Tus libros están en francés, en inglés y en alemán

y en tu piano hay una pieza de Ravel.

Eeh...

Eso significa que a veces toco a Ravel y que entiendo esos idiomas.

Eeh... siéntate, por favor.

-Cuando toqué a Chopin dijiste que lo desconocías.

Y cuando hablé francés no diste señales de entenderlo. ¿Por qué?

Eeh...

Mira, si no te sientas tú tendré que levantarme yo

y de estas cosas se habla mejor sentado, anda.

-No me siento.

Verás, eeh...

Más que un engaño... fue una ocultación.

O como diría un militar un repliegue.

Te pido perdón.

-No, no, no. Todo eso me parece innecesario, retorcido.

Yo he mentido alguna vez por necesidad, pero tu mentira

es una burla. No puedo perdonarte, eres malo.

Sí, quizá.

Pero no olvides que tu tía,

que no pudo apoderarse de ti en vida, proyectaba hacerlo

después de muerta valiéndose de mí.

Su testamento es una trampa para que me case contigo. ¿O no?

-Pero estamos casi en 1936 y las personas, al menos en Europa,

se casan con quien quieren

Sí, pero... verás...

Tu tía jamás pensó en obligarnos. Suponía que a estas alturas

se repetiría un situación remota.

La de mi padre enamorado de ella.

Lo esperaba, lo deseaba y casi...

casi estaba convencida de que sucedería.

-Un curioso modo de meterse en las vidas ajenas.

Sí. Porque... aunque no nos hayamos enamorado

ni estemos dispuesto a casarnos... la verdad es que la voluntad

de doña Mariana ha influido en las nuestras y...

incluso ha llegado a transformarlas.

-Me he irritado un par de veces y siento haberlo hecho.

No es el mejor camino de llegar a un acuerdo.

Porque deseo que lleguemos a un acuerdo.

Eeh... si como dices la idea de nuestro matrimonio

hace explicable el testamento, si ha sido pensado y redactado así

para que nos casemos... al estar de acuerdo como lo estamos

en que mi tío se equivocó acerca de lo que había de suceder,

¿no crees que el testamento se convierte en letra muerta?

Vamos a ver...

¿Adónde quieres ir a parar?

-Una de dos. O usas las facultades que el testamento te concede

y lo pones todo en mis manos por medio de la fórmula legal

que sea precisa... No, pero...

-O rechazamos los términos del testamento

y nos atenemos al codicilo.

Ah, no, al codicilo no, eh.

-¿Te da miedo?

Sí. Lo confieso.

-A mí no. Lógicamente contendrá unas disposiciones parecidas,

aunque no condicionadas. Soy la única heredera de mi tía.

Espero que en el codicilo sea más generosa contigo.

Y hasta lo encuentro natural.

Quién sabe, Carlos. A lo mejor te conviene más

poseer un poco que gobernarlo todo.

Tienes 21 años, Germaine.

No hay nada más torpe que una adolescente

que se cree cargada de experiencia.

Te voy a hacer una oferta.

Todo el dinero que pagaron por las acciones del astillero,

más lo que quede en la cuenta corriente;

deducidos los gastos previsibles, claro.

El resto de la hacienda queda aquí, a mi cargo.

Hasta que pasen 5 años.

Después hablamos.

-No.

Es mucho dinero, Germaine. Más del que te autorizarían

a sacar del país y más del que necesitarías

durante esos 5 años, por grandes que sean tus

necesidades y muchos tus gastos. ¿Comprendes?

Según mis cálculos pasa bastante del medio millón, ¿eh?

Si quieres también puedo mandarte

anualmente las rentas de lo que aquí queda.

-No.

¿No? ¿Por qué?

-Porque lo quiero todo.

Y porque no deseo más relaciones contigo; ni que sacrifiques

administrando lo mío ni que lo mío esté en tus manos.

Me apetece la independencia.

(SUSPIRA RESIGNADO)

Muy bien.

No tengo nada que objetar.

Diré al padre Eugenio que te acompañe al notario.

No tengo nada que hacer allí,

porque yo... no rechazo los términos del testamento.

Y ahora para terminar...

¿Quieres que toque para ti "La Pavana"?

Es una pieza muy solemne

y creo bastante apropiada para el caso, ¿eh

-No, gracias. Es tarde y hay una casa donde me esperan.

¿Ah, sí? ¿Cuál?

-La de los Salgado.

Lo siento.

(TOCA UNA PIEZA EN EL PIANO)

(TOCA UNA PIEZA EN EL PIANO)

(TOCA UNA PIEZA EN EL PIANO)

-Uuh, uh... ¡Clara!

(SOLLOZA)

A ver... (CANTA) Te vas a quedar soltera.

A la lima y al limón.

Dame un poquito de vino.

¡Mala! ¡Mala hija!

¡Te vas a quedar soltera!

Ladridos.

Máquina de coser.

Ladridos.

Golpes.

Ladridos.

Buenas tardes.

Ya estás largándote a la calle.

¿Es una tienda, no? Puedo entrar a comprar...

o a ver lo que tienes.

Pues compra lo que quieras,

pero pronto. (SONRÍE) No tengo prisa.

Quítate el sombrero.

Mis visitas suelen ser bien educadas.

Muy bien.

Ya está.

¿Y ahora?

Tú dirás.

¿No me ofreces asiento?

¡No!

(RÍE)

No voy a comerte.

Claro, no me dejaría.

(RÍE)

Quería ver esto, ¿sabes?

Curiosidad por saber lo que has hecho con mi dinero.

Con el mismo derecho puedo preguntarte

qué has hecho con mi casa.

No me sirve para nada.

Yo no te obligué a comprarla.

Más bien fuiste tú quien me obligó a venderla.

Eso no la hace más útil.

Bueno... pues si esperas un poco

cualquier día de estos vuelvo a comprártela.

¿Ah, sí? Sí.

¿Tanto dinero ganas?

Me defiendo.

No sé qué tiene que le gustan las bofetadas.

¡Quieto!

¿Y para las caricias?

¿Es tan dirigente?

En eso tiene menos práctica.

No lo dice la fama. Bah. Si fuéramos a hacer caso

de lo que dice la fama de ti y de mí.

¿No crees en mi reputación?

Alguna exageración habrá, como en la mía.

Somos... dos incomprendidos.

Puede.

Vas muy bien vestida.

Quién lo hubiera dicho hace un año.

Daba pena verte. Parecías una...

Lo que parecía te lo callas.

Dime. ¿A qué has venido?

Pasaba por aquí.

Y se me ocurrió hacerte una visita. ¡No te creo!

Y no quiero que te vean de palique conmigo.

¿Quieres saberlo de verdad? Si acabas pronto sí.

¿Conoces a tu prima?

No es prima mía. Bueno, sois de la misma camada.

La conoces, ¿verdad?

Una supercursi que dicen que canta bien.

Pues le vengo escapando.

Y se me ocurrió... (RÍE)

Se me ocurrió pasar a verte.

¿Para qué?

¿Quieres venir conmigo a La Coruña?

Te invito a cenar y a bailar.

Huy...

Qué equivocado estás.

Bueno...

No hay nada malo en que aceptes la invitación de un amigo.

Y si lo haces por tu reputación, pues...

nos citamos a la salida del pueblo...

Y así nadie se entera, ¿eh?

Es que yo no soy amiga tuya.

Bueno, pero todo tiene arreglo.

Te ofendí.

Te pido perdón.

Y como tú no me guardas rencor...

Eso es cierto.

No te guardo ningún rencor.

¿Ves?

Pues sin rencor...

y buena voluntad...

dos personas como tú y yo...

pueden llegar a mucho.

¿Llegar a qué?

A ser buenos amigos.

Ja, buenos amigos...

Ajá.

¿Es así como engañas a tus víctimas?

Las cosas claras. Vienes a proponerme

que me acueste contigo. Y te digo que no.

¿Soy peor que otros? Tendrías que ser mejor que todos.

¿Y por qué me exiges a mí más? Soy yo quien puede hacerlo, ¿no?

Es que suelo dar mucho.

Nunca bastante para mí.

¡Has dicho que las cosas claras!

¡Suéltame!

Gritarás. No. Porque vas a soltarme ya.

¿Y si no lo hago?

Entonces me darás asco.

Estoy acostumbrado a que me tengan miedo.

Pero eso no me lo había dicho nunca nadie.

Y yo no lo repetiré si me sueltas.

Como quieras.

De acuerdo.

Está bien.

Está bien. Pero... sin insultos, ¿eh?

Entonces, si has terminado márchate.

No, no he terminado.

¡Tengo que cerrar! No he terminado.

¿Qué pasa, que no te atreves?

Quieres que te lo diga yo.

A ti te ha pasado algo con la francesa

y vienes a que yo pague los platos rotos.

¿Qué te hace suponer eso?

Hace unos meses que he puesto la tienda y jamás se te ha ocurrido

venir. Me has visto mil veces sola por la calle y nunca

te has acercado. Lo haces precisamente hoy, el día en que

mi prima, como tú dices, ha comido en tu casa.

El día en que las comadres de Pueblanueva hacen cábalas

sobré que pasará y qué no. Está bien claro, hijo.

A ti te ha pasado algo cuando vienes a batir la luna conmigo.

¿Qué?

¿Te ha dicho que no? ¿O es que tu mamá

te ha prohibido insinuarte?

Hazme caso, ahí no tienes nada que hacer.

No sé si es una santa o una zorra,

pero para ella no existimos.

Tú no la quieres bien, ¿verdad? Ni mal tampoco.

Pero estoy deseando que se marche.

¿Te estorba? No me gusta.

¿Por Carlos? Es por ella, que la tengo

atragantada, y a Carlos también.

Y a ti, si no me miras con otros ojos.

Yo no soy una puta

y en este mostrador se vende otra clase de mercancía.

Si la francesa te ha soliviantado, a otra puerta.

Que esta se cierra a las 8 y no se abre de tapadillo.

No son más que las 7:15 y acabo de descubrir

que me gusta hablar contigo.

Para hablar hay que contar con el gusto de los dos, ¿no?

¿Y para algo más que hablar?

¡Eso ni mentarlo!

Me parece que he perdido el tiempo.

Menos mal, sí lo reconoces. No.

No lo digo por hoy.

Al contrario.

Me alegro de haber venido,

porque volveré.

Pero no pasarás por esa puerta.

Quién iba a imaginar que Clara Aldán

era la digna rival de doña Mariana.

Me sentía solo desde su muerte.

Pero ahora...

Ya sé dónde estás.

Volveré mañana.

Y no a pelear contigo.

Vamos a ser amigos. Cuando lo seamos te daré la mano.

(RÍE) Ahora no.

Está bien, Clara.

Está bien.

Hasta mañana.

Adiós.

-Pues yo aceptaría. Medio millón es una bonita suma.

-Entonces, ¿es ese su consejo?

-Más vale pájaro en mano que ciento volando.

Medio millón. ¿Y si se queda sin nada?

-¿Lo cree usted posible?

-Quizá me equivoque.

¿Quién puede saber lo que hay aquí?

Pero dado el carácter de doña Mariana, que en paz descanse

si puede, me dejaría cortar la mano derecha

si en este sobre no se designa a don Carlos Deza heredero universal.

-¡Será posible!

-Si le interesa saberlo, ahí está el sobre.

Ábralo. Pero bajo su responsabilidad.

Insisto en esto.

Y conste que una vez abierto la cosa ya no tiene remedio.

Entonces lo guardamos, ¿no?

-¿No puede usted destruirlo?

-No.

Así lo quiso doña Mariana.

(LLORA AFLIGIDA)

Tictac del reloj.

Aquí tienes, 75 000 pesetas que completan el medio millón.

Bueno, ya eres rica.

Te haré las cuentas anualmente

y te mandaré el dinero, si así lo deseas.

En cuanto a esta casa...

La cerraré cuando tú te vayas.

La cuidaré, te lo prometo. Porque la amo demasiado.

Es seguro que alguna vez venga aquí a pasar la tarde para tocar

el piano en recuerdo de tu tía.

A ella le gustaba oírlo.

A estas horas de la tarde.

Bien, tengo que marcharme.

El entierro de doña Lucía está a punto de salir y...

Y...

¿Quieres que nos despidamos ahora?

-No. Papá no está bueno, habrá que esperar un par de días.

Mándame recado.

Adiós, padre Eugenio.

-Yo también me voy. El padre prior creerá

que me he escapado del convento.

Volveremos a vernos.

(LLORA AFLIGIDA)

Está llorando.

-Sí.

(TOCA UNA PIEZA MUSICAL EN EL PIANO)

(TOCA UNA PIEZA MUSICAL EN EL PIANO)

Campanadas.

-"In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti".

-Amén. (LLORA AFLIGIDO)

Campanadas.

(LLORA DESCONSOLADO)

Campanadas y llanto.

(LLORA DESCONSOLADO)

Campanadas.

-¿Te has fijado en la cara del boticario?

-Sí. -Como si le doliera.

-¿De qué murmuran?

-Aquí don Lino que dice las lágrimas de don Baldomero

son lágrimas de cocodrilo.

-Cuidado, quien lo ha dicho ha sido tú.

(LLORA DESCONSOLADO)

-Bueno, lo que dije es que después de todo

no tiene por qué ponerse así.

Lleva más de a un año deseándole la muerte.

-Nadie sabe lo que sienten los demás.

-Pues yo por un saco de huesos no lloraría así.

Porque doña Lucía era una saco de huesos.

-Pero tendría su aquel.

-Sí. Las tetas. (RÍE)

Ya sabe usted el cantar que le sacaron

por carnaval. -No lo recuerdo.

-¿Qué, qué? Cántelo.

La mujer del boticario tiene las tetas de goma.

Ay, ay, ay, la chamelona.

-¿Y quién se las tocó para saberlo?

-Hay misterios impenetrables.

Pero que alguien se las tocó... ¡uf! Es un hecho.

-Chis, cuidado.

Campanadas. -Le acompaño en el sentimiento.

-Gracias, gracias.

Campanadas.

-Mis principios, don Baldomero, no me permitieron presenciar

la ceremonia religiosa. Pero ya sabes que nuestra amistad

está por encima de las diferencias ideológicas.

-Muchas gracias. (SOLLOZA AFLIGIDO)

-No se sabe lo que vale una mujer

hasta que se la pierde. Lo siento mucho.

-Que Dios os lo pague a todos.

Fuerte viento y lluvia.

Llanto de don Baldomero.

Campanadas.

Bueno, don Baldomero, ahora a dormir, eh.

Estará usted muerto de sueño. -Y de pena, Carlos, de pena.

¿Los ha escuchado usted? Y sobre todo, ¿los ha visto?

¿Se ha fijado en sus sonrisas?

(LLORA) ¡Eh, eh!

-Ya que no puedo librar a Lucía de sospechas,

al menos quedará mi honor limpio de manchas.

(LLORA DESCONSOLADO)

Tranquilícese.

(LLORA DESCONSOLADO)

Vamos, cálmense, don Baldomero,

cálmese. (LLORA DESCONSOLADO)

(NARRA) La pobre doña Lucía quedó en el cementerio.

Como dice el verso de Bécquer:

"Dios mío, que solos se quedan los muertos".

Pasaron ya tres meses desde el entierro de la mujer del boticario.

Hace unas semanas la francesa, como le llaman en el pueblo

a Germaine, ordenó hacer sus maletas para volver a París

de la Francia con los cuartos y joyas de la difunta doña Mariana.

La marcha fue un amanecer de principios de invierno.

Contrató al taxi para que la transportarse hacia la frontera.

Era lo mejor para don Gonzalo, su padre,

el pobre se sentía un poco enfermo.

Yo estaba allí para desearles buen viaje.

Con ella se llevó a la Rucha hija en calidad de doncella particular.

Ningún ciudadano de Pueblanueva dio importancia a la partida.

Y eso que fue tan aplaudida en la inauguración de la iglesia

cuando cantó el "Ave María" de Gounod.

Pero como no dio qué hablar en amores. Las cosas por aquí son así.

-Adiós. Cuídese mucho. -Sí.

Unos días atrás estuvo a verme la Rucha madre.

Su hija le ha escrito una carta. En la letra cuenta y no acaba.

Dice que ahora marchará a Italia donde la señorita

va a cantar en los teatros. También cuenta que ya empieza

a hablar francés y mandó a su madre un retrato

con la Torre Eiffel al fondo. Pero todo esto ya pasó.

Hay otras cosas más importantes.

La principal: Las relaciones de Cayetano y Clara.

(CARRASPEA) Don Baldomero descubrió

que todos los días iba a verla y se pasaba en la tienda

cosa de una hora y después marchaba a su casa.

Ahora le tocaba el turno a Clara.

En el fondo no deja de ser tranquilizante que Cayetano

vuelva a las andadas y precisamente con la hermana de Juanito Aldán,

su enemigo de siempre. Déjame, tengo mucho que hacer.

(NARRA) La única que sufre estas relaciones es doña Angustias.

A la madre de Cayetano no le han hecho ninguna gracia y ha mandado

decir muchas misas y rezar novenas y rosarios para que los santos

alejen a su hijo del lado de una chica de tan mala reputación.

Claxon. Cayetano, salvo si algún negocio

le requiere fuera, va tarde tras tarde directamente del trabajo

a la tienda de Clara, la recoge y salen amorosamente a dar un paseo.

¿Dónde quieres ir?

Al mar. Vamos.

(NARRA) Estando las cosas así se montó un servicio de vigilancia

para ver si Cayetano se acostaba con Clara.

Don Baldomero, alma de viudo desde la muerte de doña Lucía,

espiaba todos los movimientos.

Aseguranque Cayetano parece otro

desde que es el novio oficial de Clara.

Ya comienzan los rumores de que está próxima la vuelta

de Juanito Aldán y se tomará venganza.

Pero el noviazgo de Clara y Cayetano no lo es todo.

La semana entrante se van a celebrar elecciones.

El pueblo anda revuelto y cada uno de nosotros lleva

la procesión por dentro.

-Buenos días, don Cayetano.

Don Cayetano Salgado.

Adiós. -Adiós, don Cayetano.

(NARRA) Quién iba a decirnos que unas simples elecciones

cambiarían tanto las cosas. Desde las 7 hay colas delante

de los colegios. Las urnas han sido respetadas

y se ha guardado el orden. Como siempre hay un chivato.

Por él se ha ido sabiendo la marcha del escrutinio,

así la gente se enteró que han triunfado las izquierdas.

Don Lino, el maestro, es nuestro nuevo diputado.

Hemos ganado por 769 votos.

Gritos y alboroto.

("LA INTERNACIONAL") ¡Arriba parias de la tierra!

¡En pie famélica legión!

Atruena la razón en marcha:

Es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

Legión esclava a pie

a vencer.

El mundo va a cambiar de base,

los nadas de hoy todo han de ser.

¡Agrupémonos todos,

en la lucha final!

El género humano

es la Internacional.

-Su hermana vive aquí al lado. Se las puedo llevar.

-No hace falta. Seguramente no iré a su casa.

-¿Es por lo de su hermana?

-¿Qué es lo de mi hermana?

-Ah, ¿no lo sabe? Es novia de Cayetano.

El género humano

es la Internacional.

Vehículo.

Tictac de un reloj.

-¡Carlos!

Soy yo, Juan.

-¡Eh, eeh! ¡Señor Ministro! -Hola, Paquito.

-Bienvenido.

-Quítese el sombrero, señor Ministro, que lo trae mojado.

¡Don Carlos! ¡Don Carlos!

(RÍE CONTENTO)

Que tenemos aquí al señor Ministro.

-¿Qué tal? Bueno, qué buen aspecto tienes.

-¿Compro más huevos, don Carlos?

Porque supongo que al señor Ministro

lo convidaremos a comer. Sí, hombre sí.

Ah, y hasta puedes hacer en su honor cualquier extraordinario.

-¡Ji, ji! ¡Ji, ji, ji!

(SILBA)

(TOCA EL CLAXON Y RÍE)

(SILBA Y RÍE)

-Ya estoy aquí otra vez.

(RÍE) ¿Con el escudo?

-Para qué voy a engañarte, Carlos.

Con el rabo entre las piernas.

Y más hundido aún por lo que acabo de saber.

¿Mi hermana es novia de Cayetano?

Sí. Eso parece.

-¿Pero no te das cuenta de mi situación?

Ni casa tengo donde meterme. Porque en esas condiciones

no voy a pedirle a Clara que me meta en la suya.

Escucha, Juan, has venido aquí y esta es tu casa.

Salvo si los blasones de la torre ofenden tu dignidad anarquista.

A mí, como sabes, me traen sin cuidado.

-También los tenía la que fue mi casa.

¿Qué te ha pasado en Madrid?

-He cometido un error político, Carlos.

Serví de intermediario en unas conversaciones frustradas

entre anarquistas y fascistas.

Incluso abogué por un entendimiento.

Al salir mal, me acusaron de agente del fascismo y...

tuve miedo.

Además el dinero se iba acabando.

Estruendo. No he ganado ni un solo real.

Fuertes truenos.

Inés se casó...

Y se marchó al extranjero.

Fuerte viento y lluvia. Y...

Fuertes truenos y lluvia.

Y yo pensé en Pueblanueva.

Naturalmente, Juan.

Fuertes truenos, viento y lluvia.

Oye, ¿y lo de mi hermana qué es?

¿Y quién lo sabe? Yo desde luego no.

Hace tres meses que no la veo.

-Eso hace mi situación más difícil.

Porque yo no puedo ser más que enemigo de Cayetano.

No, Cayetano es un buen muchacho.

Ha cambiado mucho, ¿sabes?

En el pueblo no se mueve una rata sin que él lo ordene,

pero a cambio ya nadie discute ya su mando.

Hasta los pescadores se han dado cuenta de que...

-Oye, por cierto, ¿cómo va lo de los barcos?

Ah... cada vez peor.

Si vieras y escucharas a tus amigos.

Viven tan mal como antes, pero con la amenaza de que se lleven

los barcos los acreedores.

Dos barcos hipotecados, sin dinero para pagar la hipoteca

ni las letras de las redes nuevas que se compraron.

Tu hermoso sueño también fue un fracaso.

-¿Si remedio?

Bueno, si el gobierno ayudase, pero...

¿Quién se va a ocupar en Madrid de una docena de pescadores?

Fuertes truenos y lluvia. Acaso...

Ahora que estás tú aquí...

¿Quieres fumar? -Bueno.

Oye, ¿pero tú crees que yo...?

¿Qué puedo hacer yo?

Escucha. Hay dos personas en cuyas manos está el posible remedio

de la situación. Una es Cayetano, si se presta a admitirlos

en el astillero. La otra es don Lino, el maestro.

Acaba de salir diputado y... quizá pueda conseguir

del gobierno... un socorro, cualquier clase de ayuda.

Sólo que ninguno de los dos siente

la menor simpatía por los pescadores.

¿Serías tú capas de hacérselos simpáticos?

-A Cayetano desde luego no.

Fuertes truenos y lluvia.

Don Lino...

Quién sabe.

Aprovechando su vanidad quizá.

¿Quizá?

(RÍE) ¿No has traído equipaje?

-Lo dejé en la estación. El mozo me lo guarda.

Iré al pueblo y lo subiré. -Ajá.

Carlos. ¿Sí?

-Son varias maletas y cajones. No te preocupes.

Me encargaré de todo. -Ajá.

Fuertes truenos y lluvia.

Fuertes truenos y lluvia.

Aay... Hola.

(RÍE) Hola.

Oye... ¿Y esto?

No te preocupes. Es de Juan, pero...

Voy a tenerlo aquí hasta que escampe. ¿Te importa?

No, no, claro. Es que va a vivir conmigo y...

Bueno, voy a quitarte esto. Muy bien.

Fuertes truenos y lluvia.

Bueno... ¿qué tal estás?

Pues ya me ves, hecha una reina. Y seguramente muy cambiada para ti.

Hace tres meses que no vienes por esta casa.

Seguro que no me has echado de menos, ¿eh?

Seguro. Como que no sé si han sido tres meses o tres meses y un día.

-Falta otro bulto, ahora lo traigo. Bueno, muy bien.

Me gustaría saber qué trae mi hermano aquí.

Porque cuando se marchó llevaba dos camisas

y un par de calcetines remendados.

Pues ya verás qué elegante viene. ¿Sí?

Sí. ¿Y de dinero?

¿Se ha hecho rico? De dinero millonario.

¿Sí? Claro, cien duros escasos.

¡Vaya por Dios! ¿Y mi hermana?

¿Qué? Se casó.

No. Sí. Con un amigo de Juan.

(RÍE)

No me la imagino dando un beso a un cura.

¿Qué? Perdón, a un hombre.

Profesor de Literatura. (CARRASPEA)

Ah, disculpe.

Tenga, muchas gracias.

-A usted, señor. Adiós.

Bueno, voy a cerrar.

¿Me echas?

A menos que quieras comer conmigo.

No es cosa de dejar a tu hermano solo el primer días, ¿no?

¿Y por qué no ha venido a verme?

Pues... no lo sé.

Ayúdame, ¿quieres?

No creo que tenga queja de mí, vamos, digo yo. Anda, dame eso.

Gracias. Supongo que...

Alguien le habrá dicho que tienes novio y no se atrevió.

¿Que tengo novio? Sí, o... algo parecido.

¿Qué quiere decir con eso? Lo que he dicho.

Bueno, ¿y qué os parece? Eeh...

Es decir, ¿qué te parece a ti?

Porque él no habrá tenido tiempo de pensarlo.

Yo no puedo opinar, Clara. Si eres feliz, me alegro.

Quiere casarse conmigo. ¿No te parece estupendo?

Ya lo creo, sobre todo para ti.

Hace un año pensabas venderte a él por mil pesetas.

Es un cambio importante, ¿no? ¡Ven aquí!

Quiero verte los ojos.

¿Qué quieres decir con eso?

Es... quizá un recuerdo inoportuno, pero inevitable. Reconócelo.

A mí cuando me vienen recuerdos así los borro del alma.

En cambio a mí se me vuelven palabras.

¡Pues te las tragas! ¿Por qué? Cuando una persona es

feliz es bueno recordar las cosas desagradable,

el contraste les da realce. ¡Cállate! ¡Yo no soy feliz!

Perdona, pero tú me lo habías hecho creer.

A Cenicienta por fin le ha llegado el príncipe azul.

¡No seas cursi! Y no trates de envolverme con palabras.

Estoy segura de Juan y tú habéis pensado que me he pasado

al enemigo, que os he traicionado. Como si yo tuviera la obligación

de seros fiel; o como si vosotros os lo merecierais.

¿Concretamente tú qué has hecho por evitarlo?

Nadie me ha tenido en sus manos como me has tenido tú.

Ni ninguna mujer ha perdido su dignidad como la he perdido

yo por ti. Pero me has dejado sola.

Podías haber sido mi amigo, ¿no?

Yo también necesito quien me escuche.

Estoy harta de hablar al cuerpo muerto de mi madre,

de insultarla cuando necesito hacerlo.

Durante un año, ¿cuántas veces has venido a verme?

Una vez. Sí.

Y vi a Cayetano hablar tan amigablemente contigo y a ti...

escucharle tan contenta, que...

Tuve miedo de estorbar.

Y no volví claro. Desde entonces yo también he estado solo.

¿Por qué no entraste? Dime. ¿Por qué no le echaste de mi lado?

Porque eres un cobarde.

Te hubiera sido tan fácil, sin pelear; sólo con tu labia.

Mejor ha sido así.

No lo has hecho mal del todo.

Pero por lo menos no me acuses.

Y ahora...

Vas a saber la verdad de mis relaciones con Cayetano.

No, no, Clara... ¡Cállate y escucha!

Un buen día...

Se presentó aquí con la intención de acostarse conmigo.

Creía que yo era una puta y se encontró con que al menos

no era una puta fácil.

Volvió al día siguiente y al otro... y al otro.

Cambió de procedimiento, pero no consiguió nada.

Un día me preguntó:

"Clara, ¿tú eres honrada?"

Sí.

Soy honrada.

Se sorprendió mucho y hasta me pidió perdón por habérmelo dicho.

Poco a poco... fue teniéndome respeto.

Necesitaba que me quisiera de una manera honrada.

Y no paré hasta conseguirlo.

Conseguí lo que vosotros

con vuestras arrogancias no habéis logrado.

No digo que sea un santo.

Pero por lo menos ha olvidado su odios.

Qué equivocada estás, Clara.

Cayetano seguirá siendo el mismo de siempre.

Nadie cambia de esa manera si no es en apariencia, ¿comprendes?

Todo lo que ocurre...

Es el resultado de la fascinación que siente por ti.

Tienes un cuerpo muy bonito, Clara.

Un cuerpo que él desea y no puede conseguir.

Tienes una personalidad poderosa a la que no está acostumbrado.

Es la primera vez en su vida que tropieza con una mujer así.

Eres lo nuevo, lo desconocido...

Lo que atrae a un luchador como él.

Lo que necesita vencer.

Aunque sea casándose contigo.

Tienes unas ideas muy raras sobre el mundo.

¿Quién te ha dicho que voy a casarme con Cayetano?

Cuando una mujer hace lo que tú...

La cosa termina en boda.

Eso es lo que él cree.

Lo que me hace tener mala conciencia.

Clara... ¡Eeh!

Me casaría si tú no hubieras venido.

Pero te he visto y he empezado a temblar.

Y así yo no puedo casarme.

Pero si un día puedo mirarte tranquila...

Ese día... ¡me casaré, te lo juro!

¿Me estás invitando a que desaparezca?

Hace mucho que te lo he pedido.

Qué más quisiera yo.

Pero puedo no volver más por tu casa.

Es como estar ausente.

Y sobre todo que es más cómodo.

-¡Clara!

¡Tráeme coñac!

No...

Llévate las cosas de mi hermano y dale recuerdos de mi parte.

Hay mucho equipaje. Me llevaré

ahora las maletas y después... Después nada.

Ya me encargaré de mandarle todo.

Pagaré a quien sea para que no gastes sus millones.

¿Dónde tienes el coche? Ahí fuera.

Los gozos y las sombras - Capítulo 12

18 sep 2017

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