Serie de carácter biográfico sobre la vida del poeta granadino Federico García Lorca, basada en la reconstrucción que de ella hizo el historiador e hispanista Ian Gibson.

La figura de Lorca es tratada en toda su dimensión artística y humana; propone incluso una aproximación a la faceta ideológica y militante del poeta muerto durante la guerra civil.

El capitulo sexto y ultimo de la serie, titulado 'la muerte (1936)' concurrió al festival de cine y televisión de Montecarlo 1988, donde obtuvo el gran premio de la crítica.
Serie dirigida al público adulto. Rodada en estudio y escenarios naturales.

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Lorca, muerte de un poeta - La muerte (1936) - ver ahora
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¡Federico García Lorca!

Ruidos de armas.

(Disparos)

Y no quiero llantos,

la muerte hay que mirarla cara a cara.

¡Silencio!

¡A callar he dicho! Nos hundiremos en un mar de luto.

¿Me habéis oído?

¡Silencio!

¡Silencio he dicho! ¡Silencio!

Bullicio.

Griterío.

Jaleo.

Griterío. -¡Vamos, vamos!

Griterío. -¡Ah!

Bullicio.

Griterío. -¡Vamos!

Bullicio.

Jaleo. -¡Venga, vamos!

Griterío y llantos. -¡Ah!

Bullicio. -¡Vamos!

Jaleo. -¡Pon las manos arriba! Vamos.

Campanadas.

Cántico religioso en latín.

Cántico religioso en latín.

Cántico religioso en latín.

Cántico religioso en latín.

Ruido de motores. -Venga, abajo.

Bullicio.

-¡Si no he hecho nada! -¡Vamos, hijos de perra!

Gritos. -¡Venga!

Ruido de motores. -¡Venga!

-¡Dale! ¡Vamos!

Gritos. -¡Ah!

-¡Vamos! -¡Fuera, fuera!

-¡Hijos de puta!

Griterío. -¡Vamos!

-¡Vamos, vamos! -¡Vamos!

Gritos. -¡Idiota!

-¡Que te pierdas! -¡Ah!

¡Os juro que os equivocáis!

(GRITA) -¡Carguen armas!

¡Apunten! ¡Fuego!

Estruendo.

Griterío.

Gritos. (GRITA) -¡Carguen, apunten!

Bullicio.

¡Fuego!

Estruendo.

Griterío.

Gritos y bullicio.

¡Carguen!

¡Apunten!

Gritos. ¡Fuego!

Estruendo.

Ruido de motores. -¡Vámonos!

Ruido de motor.

-Son varios los pueblos en que se tienen detenidas

a la gente de derechas.

Ya conocerán mi sistema.

Por cado uno de orden que caiga yo mataré a 10 extremistas

por lo menos. Y a los dirigentes que huyan

no crean que librarán por ello, les sacaré de debajo de la tierra

si hace falta.

Y si están muertos los volveré a matar.

Hay en Sevilla unos seres afeminados que todo lo dudan,

incluso, que en Sevilla está asegurada la tranquilidad.

Esos seres se empeñan en propagar noticias falsas.

(RADIO) ¿Qué haré? Pues imponer un durísimo castigo

para callar esos idiotas congéneres de Azaña.

Por ello faculto a todos los ciudadanos

a que, cuando se tropiecen a unos de esos sujetos,

lo callen de un tiro. O me lo traigan a mí,

que yo se lo pegaré.

Yo os autorizo bajo mi responsabilidad a matar

como a un perro a cualquiera que se atreva

a ejercer coacción sobre vosotros;

Que si lo hicierais así... Lo siento, no lo puedo soportar.

Es el rey de los putrefactos.

(CAMBIA DE EMISORA)

Concha, hija, a ver si tú la encuentras.

-¿Pero qué buscas? ¿Qué voy a buscar?

Radio Madrid.

-¡Ah!

(CAMBIA DE EMISORA) -Bajo control del gobierno

los escasos focos de resistencia de las fuerzas facciosas

en aquellas provincias donde la rebelión militar

todavía no ha sido sofocada.

Según las declaraciones del señor Giral, presidente

del Consejo de Ministros la legalidad republicana

no tardará mucho en volver a implantarse en toda la nación.

Señoras y señores, acaban de oír ustedes el último boletín

de noticias de Unión Radio, Madrid, a todos, muy buenas noches.

Música del nodo.

(SOLLOZA) -Por amor de Dios, Federico, estás jugando con fuego.

Pero, mamá, estamos en casa, rodeados de amigos por todas partes

en las huertas de al lado, ¿quién quieres...?

-Tu madre tiene razón.

Nunca se sabe quien puede pasar cerca de aquí y oír.

Por menos de nada hoy te buscas un disgusto gordo.

Creo que exageras, papá.

(SUSPIRA) -Ojalá, Federico.

Ojalá.

Os confieso... que estoy muy impresionado.

Se está matando a gente así como suena...

Fusilando.

Sin juicio y sin nada.

Llanto. Por cualquier motivo

o sin ningún motivo.

Solo por ser republicano. (CONCHA LLORA)

-Concha, hija.

(ANGUSTIADA) Concha...

(CONCHA LLORA) Tengo miedo, mamá.

-Hija... -¿Qué será de mi Manolo?

Todo el día me aguanto y me aguanto por no llorar delante

de los niños... Pero no puedo más.

Concha, Conchita, no llores, mi niña.

-Tengo miedo...

(LLORA) Por él, por todo.

Tengo miedo por ti.

¿Por mí? ¿Pero yo qué he hecho?

-Lo malo, hijo, es que por lo que se sabe no basta

no haber hecho nada para que le maten a uno,

están fusilando

a catedráticos,

periodistas,

ingenieros.

-Mejor llévate a los niños

a dormir la siesta. -Vamos, Paquito, Concha.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?

-¡Abajo! -¿Con qué permiso entran?

-Cállese, don Federico, ¡cállese! Será mejor para todos.

¿Dónde está su casero?

¿No es Gabriel Perea casero suyo?

A ver, tú y tres más, esa es la casa de los caseros,

¡traedme aquí a todo bicho viviente!

-Tú, tú y tú. -¡Y vosotros!

-Seguidme. -Todos estos, colocádmelos ahí,

contra la pared. -¡Andando!

-¡Vamos, deprisa!

-Venga.

Daos prisa.

Grito fuerte. -¡Aaaaaah!

¡Hijo, hijo! -¡Gabriel!

-¡Cabrones! -¿Se habrán despertado los niños?

-No... Están dormidos, no padezca.

-¡Vamos! -¡Hijo de mi vida!

-¡Muévete! (LLORA) -¡Hijo!

-¡Vamos! -¡Déjenle!

-¡Muévete! -¡Hijo mío!

(ASUSTADO) ¡Ah! -Gabriel Perea, ¿sabe quién soy?

Sí, ¿verdad?

¿Y cómo me llaman en el pueblo? En Valderubio...

(FURIOSO) ¡Dilo!

-El Marranero. -Más fuerte.

-¡El Marranero! -¿Sabes por qué?

Por la maña que me doy en degollar a los cerdos.

(GRITA) ¡A todos los cerdos!

-¡Gabriel! -¡Quita!

(GABRIEL RESPIRA ANGUSTIADO)

Llanto.

Gabriel Perea,

¿dónde estás tus hermanos?

¿Dónde está Andrés? -No, no lo sé.

-Mamá.

¿Y José? ¿Dónde está José?

(SOLLOZA) -No... No lo sé, se lo juro.

(ALGUIEN) -Ya está bien. -¡Ah! Por Dios, no le peguéis más.

-¡Gabriel, por favor! -¡No, nooo!

¡No le peguéis más! Soy Isabel, no me conoces,

cuando estaba en el pueblo te crié a mis pechos.

(LLORA) ¿No lo sabes?

-Sí, mujer, claro que lo sé, ¿y qué?

Buen dinero te pagarían, ¿verdad? ¡Venga! Llevárosla de aquí.

(AMBAS GRITAN) ¡Nooo!

-¡Y basta ya de chillido, coño!

-¡Gabriel! -¡Venga!

-¿Dónde está Antonio? -No me pegue más

que yo no sé donde está ninguno.

-Gabriel Perea, tú y tus hermanos sois ¡unos hijos de la gran puta!

¿Me entiendes? Me cago en la...

¡Tú y tú, atádmelo a ese árbol! (GABRIEL) -¡No, no!

-Me tienes que decir dónde están o te desollo vivo.

-¡No! -Por Dios.

-Y, ustedes, ¿qué coño miran? No les parece bien lo que hago.

¡Pues los hermanos de ese cabrón

se cargaron a dos cuñados de este!

(GRITA) ¡Del marranero!

Hace dos meses, ahí, en el pueblo.

Y tengo que saber dónde se esconden esos hijos de puta.

¿Lo entienden? (VOZ TEMBLOROSA) -No.

-Y vaya si lo voy a saber. (GRITA) -¡No, nooo!

Gritos. ¡Aaah!

Griterío. No le peguéis.

-¡Quitadme de encima a este maricón!

Bullicio.

(LLORA)

Griterío.

(LLORA)

(RADIO) -La línea del frente siguen progresando y las avanzadillas

de Varela están ya en el sector B, a unos 53 kilómetros de Loja.

Mañana por la mañana llegarán a Granada, aterrizando

en Armilla, dos Junkers con más legionarios.

Así que ya habremos completado otra bandera.

Como verá usted, amigo Valdés, todo son buenas noticias.

¿Algo más? Corto.

-Mi general, todavía no me ha dado instrucciones sobre toda esa gente

de la que hablamos ayer, ya sabe.

¿Entendido? Corto.

-Sí, comandante, vuelvo a repetirle que la mejor solución para eso

es la de siempre: café, mucho café.

Buenas tardes, comandante. ¡Viva España!

Corto y cierro.

Bullicio. -Vaya, menudo lleno.

¿Qué pasa? ¿No tenéis nada que hacer?

(SE CALLAN TODOS)

-Pues yo estoy hasta el gorro de tantos papeles y tanta ostia.

Y encima...

-¿Estás jodido? ¿No será por tanto café?

-Será por leches, Nestares.

¿Qué tal por la colonia? ¿Mucho trabajo?

-Todo el que tú me mandas, ahora es la antesala del cielo.

(RÍE)

-¿Usted qué quiere? -Que autorice la lista para hoy.

El señor Romero Funes ya la ha visto.

-¿Y qué dice mi jefe de policía? -Que está bien.

-¿Da su permiso? -¿Cuántos?

-32. -A ver, a ver.

Sí, vale.

¿Qué quieres, sargento? -Que ponga el visto bueno

a esta salida, mi comandante. -¿De quién?

-De Gabriel Perea, ese que le dije, hay que soltarle.

No sabe nada. Seguramente sus hermanos

ya están con los rojos. -Ya caerán, sargento.

Ya caerán.

¿Y de quién dices que es casero este cabrón?

-De don Federico García, que tiene una huerta

en los callejones de Gracia.

-¿García qué? -García Rodríguez, mi capitán.

Por cierto, que estaba allí también su hijo.

-El poeta. -Sí, eso, el poeta.

El escritor: Federico García Lorca.

-Federico, no está aquí seguro, tiene que dejar la huerta

ahora mismo, sin perder un minuto. Perdona,

¿qué decías? -Que no te puedes quedar aquí

ni un minuto más. ¿Quieres decir aquí?

-Ni en ninguna finca de por aquí. Ni en la del Tamarit.

Vendrán otra vez y vendrán por ti. -Por favor, Isabel.

-Tía, ¿para qué engañarnos? No, tiene razón mi primita, mamá.

Pero, la verdad, es que no descubres

nada nuevo, Isabel.

¿Quién dijo eso de "por las arboledas de Tamarit

han venido los perros de plomo a esperar"?

-¡Federico, por favor! Perdona, papá.

Está claro, tengo que irme de aquí esta misma noche.

Pero, ¿dónde puedo ir?

-A casa de don Manuel de Falla, el maestro te quiere mucho.

Y yo también a él, mamá. Pero...

-¿Qué?

Pues que no.

¿Para qué causarle problemas?

Además...

Ninguno de los dos se sentiría cómodo.

¡Ya está! Luis Rosales,

iré a casa de Luis.

(RÍE) ¿Cómo no se me ha ocurrido antes?

Luis es mi amigo. Es un poeta maravilloso.

Ha escrito cosas sobre mi obra y sus hermanos son todos...

-Falangistas. Exacto.

Pepiniqui, Gil y Antonio son de Falange y me parece que Miguel,

Luis y Gerardo también se han apuntado.

Además, Pepiniqui no son unos falangistas cualquiera,

son jefes.

Voy a llamarle ahora mismo, ellos me protegerán.

(MURMURA)

¡Ah! Aquí está. Rosales Vallecillos, Miguel.

Calle Angulo número uno.

1-8-9-9.

1-8-9-9.

Luis Rosales.

-Ni una palabra más, Federico, te vienes ahora a mi casa.

-Luisito, hijo, qué peso nos quitas de encima.

-Por favor, no tienen que agradecerme nada,

en casa estarán todos encantados con que Federico pase el tiempo

que quiera con nosotros. -¿De verdad?

Es de agradecer, Luis.

-Si se empaña, don Federico, hoy por ti mañana...

¿Mañana? Mañana tararí.

-Además, podrás escribir tus obras completas.

Nadie te va a molestar, Miguel y José cada uno

en su casa. Gerardo, Antonio y yo

teóricamente vivimos allí pero casi nunca vamos,

ni a dormir. -¿Por qué?

-Porque con esta fregado andamos siempre por los pueblos

sin el frente. O sea, solo verás a mamá,

a tía Luisa y a Esperancita.

Y al piano, porque tenéis uno. -Sí, y si no lo traemos.

Pues ya verás las juergas folklóricas que organizaré

con tanto mujerío. -Recoge tus cosas que nos vamos

enseguida. Volando.

Que no se me olvide nada.

Tengo que llevar, frac, esmoquin, chaqué, levita

Risas. y hopalanda.

¡Ah! Y, sobre todo, mis botines de gamuza.

(RÍE)

-Voy a llamar al taxi de Paco de Loja,

es como si fuese nuestro coche particular.

-Y aún lo es, si no lo han requisado,

¿no lo compraste tú y se lo regalaste?

-Mujer, ¿a qué viene eso ahora?

(SUSPIRA) -En casa estará seguro

y aislado.

Vivirá en la segunda planta que es independiente del resto

de la casa, y nadie le molestará. -Muy bien.

-Lo importante es que no se sepa que está allí.

-Sí. -Nadie debe saberlo.

¿Comprenden?

Nadie.

Nadie. Oye, Luis, dime una cosa,

¿cómo saludáis en vuestra casa; dándoos la mano o así?

-¡Federico! (RÍE)

-En casa estará a salvo. -No tiene ninguna gracia.

-Amigo y protegido del masón judío y marxista Fernando de los Ríos,

Ministro de la República, y enemigo de la España nacional.

Federico García Lorca ha participado en multitud

de mítines, homenajes y reuniones políticas de los rojos

así como en actos de solidaridad

con los comunistas de todo el mundo.

-¡Mamá! ¡Esperancita, ya estamos aquí!

-¡Federico, hijo, qué alegría! -Federico.

Doña Esperanza, la mujer más guapa de Granada.

(RÍE) Y tú, no digamos,

Esperancita, ah, requeteguapa.

-¿Y tía Luisa? -Aquí estoy, ahora mismito bajo.

-Deja, mujer, ahora vamos nosotros. Tú vas a vivir arriba.

Ah. -De fuera vendrá quien de tu casa

te echará. (TODOS RÍEN)

-Basi, el maletín. Oh, Basilissa, ¿cómo estás?

-Muy bien, señorito Federico. Basilissa, tienes nombre

de hierba aromática. (TODOS RÍEN)

-Qué cosas tiene, señorito.

Señoronas mías. (ESPERANZA RÍE)

¡Oh, cómo lo vamos a pasar!

Por cierto, miserable putrefacto, me has engañado.

¿Dónde está el piano prometido?

-Aquí, esperándote.

Retiro lo dicho, vamos allá. La música es lo primero para mí

-Miembro activo de la sociedad de apariencia inofensiva

pero de fines claramente antiespañoles,

llamada amigos de la Unión Soviética.

Hace poco dijo en un periódico de Madrid que en Granada

se agita actualmente la peor burguesía de España.

En la calle de los mundos

han matado a una paloma,

han matado a una paloma.

Yo cortaré con mis manos

las flores de su corona,

las flores desu corona.

Anda, jaleo, jaleo;

ya se acabó el alboroto

y vamos al tiroteo,

y vamos al tiroteo.

(TODAS RÍEN) Fantástico.

¿Lo veis? Sois el mejor coro del mundo.

¡Somos los mejores! Federico y sus divinas carceleras.

-¡Ah! (RÍEN)

No ha salido bordado, señoras. -Hum.

Es natural, porque yo soy un director estupendo.

(RÍEN) Ha sido un éxito arrollador.

-Cuéntanos uno de verdad.

¿Un qué?

-Un éxito tuyo. Cuando en un estreno la gente

se pone de pie y aplaude.

¿Cuál ha sido el mayor que has tenido? ¿Buenos Aires?

(SONRÍE) -¿Madrid?

(SONRÍE) -¿Con la Xirgú?

¿Con la Membrives? (RÍE)

-Venga, cuéntanoslo, Federico.

Mi mayor éxito...

No lo sé.

Tal vez el último;

Madrid, teatro español,

diciembre 1934,

"Yerma".

-"Yerma" va contra la España tradicional, contra la decencia

y contra Dios. La firma de Federico García Lorca

figura siempre en los manifiestos contra el fascismo

y el imperialismo, en las adhesiones de los llamados

intelectuales con el frente popular, en las protestas a favor

del comunismo internacional, ataca a la Guardia Civil

en un poema de su libro; "Romancero gitano".

(RESPIRA ACELERADO) ¿Yo? No estoy nervioso.

¿Por qué dices eso?

-Porque es verdad, estás intranquilo, nervioso,

asustado, si no hay más que verte, pobre mío.

Es verdad, Esperancita, tengo miedo.

(ANGUSTIADO) No puedo evitarlo.

-Federico, ¿pero por qué? Estás con nosotros y te queremos.

Y nadie puede hacerte daño aquí.

Sí, sí, lo sé. Y me lo repito constantemente;

una vez tras otra.

(SOLLOZA) Pero es inútil, tengo miedo.

Por mí, por mi familia,

por vosotros.

Tengo miedo por todos y también de todo.

(LLORA)

¿Quieres que te diga un secreto? ¿Un secreto, secretísimo?

(SONRÍE)

No me gusta estar solo, bueno, a veces sí, pero mucho tiempo.

Necesito estar con gente; con amigos sobre todo.

Y hablar, hablar... Hablar y hacer cosas.

-¿Cómo qué? Todo, versos, títeres, juegos,

canciones, dibujos, disfraces, bromas, poemas líricos,

dramones, no sé... Todo.

-Ahora, por ejemplo, ¿qué te gustaría hacer?

Me gustaría estar contigo, corazón mío.

Pero no aquí.

Recorrer el mundo entero

como si fuéramos dos peregrinitos.

¿Lo entiendes?

(SONRÍE) En cuanto termine

este esperpento tremebundo que nos está pasando,

y va a terminar enseguida, te lo prometo,

te vas a venir conmigo y con mis chicos y chicas

de la barraca a seguir haciendo teatro

por todos los pueblo de España. -Pero si soy muy mala actriz.

¿Pero qué dices, Esperancita? Tú eres una cómica de padre

y muy señor mío. (RÍE)

Te lo digo yo.

-¿Cómo era?

¿Qué? -Eso, la barraca.

¡La barraca!

No sé...

Algo increíble.

Más que un sueño

o una esperanza.

-En el telegrama de condolencia, con ocasión de la muerte

del escritor ruso Máximo Gorki, la firma de García Lorca aparece

junto a la de otros comunistas notorios como;

Alberti, Arconada, Sénder, Roces, todos ellos,

lo mismo que el mencionado, miembros

de la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura,

cuya afiliación antiespañola y marxista es evidente.

-¿Dónde está Federico García Lorca?

-No está aquí, ya lo vieron ustedes.

-Sí, se fue hace días, pero no sabemos dónde.

-¿Y por qué se fue?

El que huye de nosotros es porque no tiene

la conciencia tranquila. -Pero él no ha huido.

-¿Entonces dónde está?

¿Dónde está ese rojo de mierda?

La última vez se les dijo bien claro a él y a todos ustedes

que no tenía que moverse de aquí.

¿No se acuerdan?

(GRITA) ¡Por ningún motivo ese intelectual,

o lo que coño sea, tenía que salir de aquí!

Antes era solo un...

Un sospechoso y las cosas podrían haberse arreglado.

Ahora es un rebelde, un enemigo declarado.

Y los enemigos, ya sabéis, al paredón.

-¡Que no ha huido, no ha salido de...!

-¿De dónde?

-En la casa no está.

¿De Granada?

¿Dónde está?

Bueno, ya está bien, estoy hasta los huevos de tantas

contemplaciones. Vosotros dos, ¡cogedme a ese y vamos!

-¡Yo no he hecho nada! -¡No se lo puede llevar!

-¡Estate quieta, coño! Y basta ya de gritos.

A mí me da igual cargarme al padre que al hijo, si la loca se escapó,

me conformo con su padre. -¡Si mi padre no sabe nada!

Él no ha hecho nada, si mi hermano se ha escapado no ha huido.

(LLORA Y GRITA) Si Federico no es un rebelde, está aquí, en Granada.

¡Sí! (GRITA) -¿Dónde?

(LLORA) -En casa de su amigo,

el falangista...

Luis Rosales.

(LLORA)

Bullicio.

-¡Viva el comunismo!

-Poneros a rezar ahora.

Gritos.

(ALGUIEN CANTA)

Disparos.

Hala, vamos.

(LLORA)

(GRITA) -¡Ah!

(LLORAN)

(LLORA)

Sí, papá.

(VOZ DE MUJER)-"Ha llegado otra vez la hora de la sangre.

Dos bandos, ¡aquí hay ya dos bandos!

Tú con el tuyo.

Y yo con el mío".

Griterío.

-Ya está, tenemos la casa rodeada. -Está bien.

Abrir bien los ojos y esperad. -A sus órdenes.

-Traigo una orden de detención de Federico García Lorca,

puede verla si quiere. -No, no es necesario.

Le creo, señor... -Ruiz Alonso, Ramón Ruiz Alonso.

La orden está firmada por el gobernador civil,

comandante José Valdés.

-Y esa orden, ¿a santo de qué? Si puede saberse.

-Lo siento, señora Rosales, no le puedo decir nada más.

La orden es de llevarme a ese señor, Federico García Lorca,

en el Gobierno Civil ya le explicarán lo que sea.

-Yo también lo siento muchísimo pero el señor García Lorca,

que sí, efectivamente está pasando unos días con nosotros,

no sale de aquí.

-Por favor, señora, no me haga las cosas más difíciles,

me lo tengo que llevar y me lo llevaré,

puede estar segura. -Pero usted sabe bien,

¿en casa de quien está?

¿No es usted falangista?

(RÍE) -¿Y no sabe quienes son

en la falange de Granada mis hijos?

Parece mentira, hombre. -Señora,

¡no me haga perder la paciencia!

Tráigame aquí a ese señor o le iré a buscar yo mismo.

-¡Habrase visto! Ni mi marido ni ninguno

de mis hijos están en casa, ya se lo dije, y sin su permiso

yo no puedo hacer nada. Así que usted verá.

Esperancita. -Sí, mamá.

-Llama inmediatamente al cuartel de falange y le dices a Miguel

o a Pepe, al que haya, que venga aquí enseguida,

le cuentas lo que está pasando. -Sí, mamá.

Agonía, sueño, fermento y sueño.

Este es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

-¿Qué os pasa...?

¿A qué viene tanta gente armada rodeando mi propia casa?

¿Pensáis matarlo aquí? -Yo no vengo a matar a nadie.

Yo vengo a llevármelo, esa es la orden, nada más.

-Ya. Y si no lo entrego, le matáis a él y a toda

la familia Rosales, ¿a que sí?

-No digas tonterías, Miguel, nadie va a matar a nadie.

-Está bien, tú ganas, pero yo me voy con vosotros

al Gobierno Civil, ¿me oyes?

Valdés me explicará eso de la denuncia.

Está loco.

Es un poeta, ¡un escritor muy importante!

Le conocen en todo el mundo. -¿Y qué?

Sí, un escritor, un intelectual, ya lo sé.

Y también sé que ha hecho mucho más daño con la pluma

que otros con la pistola.

-Federico, te voy a acompañar al Gobierno Civil.

Allí lo vamos a arreglar todo, ya lo verás.

Todo esto es ridículo. Un error estúpido, estate seguro.

Sí, Miguel, lo entiendo, y Pepe, ¿lo sabe ya?

-No he podido localizarle todavía. Migue, quiero que tu hermano

venga enseguida, por favor. -Descuida, le he dejado recado

en todas partes. ¡Por favor, por favor,

Miguel, tráetelo como sea!

No.

(EMOCIONADO) No os doy la mano.

No quiero que penséis que no voy a volver.

-Es el señor Ruiz Alonso, trae la orden esa.

Sí, ya sé.

-¿Podemos irnos?

Bullicio.

-¡Miguel! -¿Qué?

-Uh, mirad a quien nos traen de visita hoy.

-¡Venga, coño, mueve el culo! -Tú, estate quieto y a tu puesto.

-¿Pero qué pasa? Nada, Miguel, nada.

-¿Está detenido? -Sí.

-Vamos.

Bullicio.

¡Miguel! -A callar.

¡Miguel! ¡Miguel!

Jaleo.

Revuelo. -A mí no me toques.

-Nombre y apellidos. ¿Qué?

-¿Que cómo se llama? Federico García Lorca. ¡Miguel!

-Vacíe lo que tenga en los bolsillos y póngalo aquí.

¡Miguel! -¿Qué pasa?

-Levanta las manos. Pero...

-¡No me ha oído!

-No tengo tiempo... (DESESPERADO) ¡Miguel!

-No tiene importancia, es rutina. No te vayas.

-Vuelvo enseguida, lo importante es ver a Valdés.

-Recoja sus cosas y espere ahí.

-Venga, vamos. Aquí

Bullicio.

Revuelo.

-No está, así que vamos.

Hombre, Miguelito. -¿Y Valdés?

-Que no está, hombre, de verdad, salió temprano, está en Lanjarón.

-¿Y cuándo vuelve? Tengo que verlo ahora.

-¿Qué te ocurre? -He traído al señor García Lorca,

como se me mandó. -Muy bien.

¿Dónde está? -En el patio.

Bullicio

-¿Para eso querías ver a Valdés?

-Pues claro. ¿A santo de qué viene

llevarse de mi casa a un amigo nuestro?

¿Los Rosales no somos de fiar? -Miguelito, no me vengas

con historias, habla con Valdés cuando venga.

-¿Pero cuándo?

-Y yo que sé. Vendrá por la noche, supongo.

-¡Joder! ¿Y él, qué hacemos?

-¿Como que qué hacemos?

Nada, tu amigo se queda aquí, tú te vas y vuelves más tarde.

¡Y no mires con esa cara, coño!

Que no nos lo vamos a comer.

¡Sargento!

Baja la mano. Acompaña al señor Rosales.

-Sí, señor.

Sígame.

Bullicio.

Dime, ¿pasa algo?

-Sí, hay un problema, Federico.

Valdés no viene hasta la noche.

(ASUSTADO) ¡Dios mío, Dios mío!

-Te tienes que quedar hasta que hablemos con él.

Lo siento pero es así. No se puede hacer nada ahora.

(ASUSTADO) Miguel, tienes que encontrar a Pepe, como sea.

Él lo puede arreglar, solo él. ¡No podéis dejarme!

-¡Sígame! -Es un momento, es un trámite.

No podéis... -¡Vamos, camine!

-Tranquilo. Avisa a mi padre y prométeme

que vendréis por mí. -Lo sabes de sobra.

¡Prométemelo, prométemelo!

(GRITA) -¡Vamos!

-¿Te hace falta algo?

(ABATIDO) No, nada.

Ah, cigarrillos.

Pasos.

Pasos.

Golpe.

Comprendí que me habían asesinado.

Recorrieron los cafés, los cementerios y las iglesias,

abrieron los toneles y los armarios,

destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.

Ya no me encontraron.

¿No me encontraron?

No. No me encontraron.

Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,

y que el mar recordó ¡de pronto! los nombres de todos sus ahogados.

Jaleo.

Bullicio.

-¿Ha vuelto Valdés?

-Sí, está en el despacho. Pero no se le puede molestar ahora.

-Eso lo dirás tú. -Naturalmente,

te digo que no se puede pasar. -¡Suelta, coño!

¿Quieres ver como paso?

-Pepiniqui, tengamos la fiesta en paz.

Si venís por lo del amiguito de Luis lo mejor es que hagáis

una declaración por escrito. -¿Una declaración?

¿Nosotros? ¿De qué? -De que habéis tenido escondido

en vuestra casa a un rojo y eso está prohibido y castigado,

lo sabéis de sobra.

Así que no poneros histéricos y hacedla.

Teniente, tómele declaración.

A Valdés lo veo yo ahora mismo por cojones.

-Oye, Pepe, ¡Pepe!

-¿Qué manera de entrar es esa?

-¿Y qué hago? Tienes ahí a un mierda

que no me deja entrar y tengo que hablar contigo.

-¡Y yo contigo! ¿Quieres que te diga una cosa?

Estoy hasta los huevos de todos vosotros, los hermanitos Rosales.

¡Yo aquí hecho un cabrón! ¡Sin dormir! ¿Me oyes?

¡Sin dormir! En todas partes; que si aquí,

que si en el frente, ¡de un lado para otro!

Y llega el señorito Rosales, muy chulo él.

¡Y, hala, para dentro!

A hablarme del rojo ese que tenía escondido.

-Ese no es un rojo ni un azul, ni un verde, es un amigo

y estaba en mi casa, en casa de unos falangistas,

de unos camisas viejas,

y viene un tío mierda de derechas, de la acera esa de Gil Robles,

y rodea la casa con mil hombres y lo trinca y lo trae aquí,

así, como te lo cuento. Y tú, encima, lo consientes.

-No es que se lo consienta, es que lo he mandado yo.

Aquí hay una denuncia en regla.

Y yo que soy el gobernador civil, no lo olvides,

yo me atengo a ella.

Toma, para que te empapes de lo que se dice aquí

de vuestro amiguito.

-Joder...

Este Ruiz Alonso es un hijo de la gran puta.

¿Cómo se puede decir en serio que Federico García Lorca

es un espía de Moscú?

-Pues ahí lo tienes, y más cosas.

-Yo lo siento mucho, Pepiniqui. Mira, si no hubiera esto

hasta te lo podrías llevar ahora mismo.

Pero... -Pero, ¿qué?

-Que no. Que no puedo hacer nada.

¿No lo entiendes?

Hay que comprobar todo lo que pone aquí.

Los trámites de siempre.

-El paredón.

(RÍE) -No, hombre, no.

No le va a pasar nada, te lo digo yo.

Ojalá todo lo que pone aquí sea mentira como tú dices,

si es así tanto mejor para él y para tu hermanito Luis.

-¿Qué pasa con Luis?

-Se le caerá el pelo si escondió a un enemigo.

-Pero si Luis... -Porque ha sido él y solo él.

De modo que es mejor que se justifique,

pero en serio y a fondo. Ante mí y otras autoridades.

Porque si no... -Si no, ¿qué?

¡No me vengas a mí con amenazas!

(DA UN GOLPE EN LA MESA) -No son amenazas, Pepe.

Es un consejo de camarada; un buen consejo.

Ruido metálico.

(SUSPIRA) Ah, por fin.

Qué alegría.

Ya creía que no ibas venir.

-¿Cómo estás? ¿Estás bien?

¿Vamos? -No, Federico, todavía no.

¿Tengo que pasar la noche aquí?

-Solo esta, mañana por la mañana te saco de aquí, te lo juro.

No va a pasarte nada, Federico.

¿Necesitas algo?

(RESPIRA PROFUNDAMENTE)

-Ah, ¿te han traído mantas? Sí.

Y comida, de parte de tu madre.

Dale las gracias.

Las trajo un falangista

de los tuyos, un chico joven.

Bene, creo que se llama.

Claro; Bene, de benefactor. (RÍEN)

-Lo mejor que puedes hacer ahora es intentar dormir

y olvidarte de todo, ¿eh?

Mañana por la mañana volveré por ti y nos iremos.

Dios te oiga.

-Sí, hombre, sí, ya lo verás.

Hasta mañana.

(SUSPIRA)

Grito de un niño. ¡Federico!

(GRITA) ¡Federico!

(GRITA) ¡Federico!

-¡Señorito Federico!

(EMOCIONADO) Angelina.

(SOLLOZA) Angelina.

(AMBOS LLORAN)

-Pare, usted ya, que me va a ahogar.

¿Está usted bien? Ahora sí.

¿Y en casa?

-Ya se puede usted figurar.

Le he traído café... caliente.

Y sus cigarrillos.

(SOLLOZA) Y pan.

Y una tortilla.

Ahora que la tortilla, calle usted,

que un guardia que había en la puerta, se ha empeñado

en registrarla y la ha espachurrado toda.

Que no sé qué se imaginaría él que se puede esconder

en una tortilla, digo yo. -Venga, ¡termine de una vez!

-Cómasela, que está muy buena.

No tengo ganas. -Es igual, cómasela.

Que si no se quedará usted más chupado que un pirulí.

(LLORA)

Ruido metálico.

(TRISTE) Un pirulí pirulado.

-Estupendo, mi general. Sí, mi general.

Bullicio. ¿Cómo dice?

¿Os queréis callar?

Perdón, mi general, pero es que no se le oía bien.

Sí, sí, ahora mejor.

Entendido, mi general.

A sus órdenes, mi general.

¡Viva!

Por fin, ya tenemos línea directa con Sevilla.

(RÍEN) -Gracias a los chicos Varela.

-Y a todos, no hay que ser modesto. -Es una gran noticia.

-Cojonudo.

¿Y tú, qué quieres?

¿Qué es? -Una orden firmada

de la Comandancia Militar para que sueltes a García Lorca.

-¿Y quién eres tú para ir contándole a nadie

si ese tipo ese tipo está aquí?

¿Qué saben en la Comandancia Militar?

-¿Qué saben de qué?

De quién es cada uno en Granada. De lo que hace y con quien está.

El orden público, ese es mi trabajo.

¿No lo entiendes? A mí este papel no me sirve

para nada, que te aproveche.

Además, ese marica ya no está aquí.

-¿Cómo?

No dijiste anoche... -¿Y qué?

Ahora te digo que no está aquí y punto.

-¿Dónde está? ¿Qué has hecho con él?

Como le pase algo a Lorca... -¿Qué?

-Será un escándalo de cojones, se nos echará encima todo el mundo.

-¿Quién coño es todo el mundo?

¿Cuatro chalados que escribirán que si esto y que si lo otro?

Me importa un huevo lo que digan aquí,

en el extranjero o donde sea. ¡Tengo que ganar una guerra!

Y eso es solo lo que importa.

-Valdés, me cago en... ¡Eres un hijo de!

-Ojo con lo que dices, Pepe.

Mucho ojo. No quiero hablar más de ese asunto.

Mejor será que movilices a tus amistades a ver si arreglan

lo de tu hermanito Luis.

Porque me voy a encargar personalmente de esa historia.

Joder con los poetas. -¡Qué mala leche tienes!

-No sabes con quien hablas. Tú, en vez de estar

aquí haciéndome perder el tiempo, tendrías que estar en tu puesto;

en el frente, en primera línea, pegando tiros.

A ver si le ganamos a los rojos.

Porque sino no quedará ninguno de nosotros para contarlo.

Ni siquiera la familia Rosales. Y ahora, ¡largo de aquí, fuera!

¡No quiero verte más! Es una orden.

(SUSPIRA)

Ruido metálico.

-Venga, deje eso ahí y nada de cháchara.

-Pero si no ha comido usted nada.

No, tengo un nudo gordiano. -¿Tiene un qué?

Nada, mujer.

-Hoy no me espachurraron la tortilla,

así que... -¡Ya!

¿Cómo coño hay que decir las cosas?

¡Vamos, fuera ya!

(SOLLOZA)

(LLORA)

(SOLLOZA)

¿Quiere?

-Usted y su familia viven en la calle de San Antón, ¿verdad?

Sí. -¿Cuándo lo han traído?

(SOLLOZA) Ayer.

No. Antes de ayer.

Antes de ayer por la tarde.

Pero tenían que haberme soltado ayer por la mañana.

Pepiniqui Rosales iba a venir

por mí, no sé qué es lo que pasa. -Ya.

A lo mejor es hoy. ¿Usted cree?

-Sería bueno para usted que nos hiciera un donativo.

¿Cómo dice? -Un donativo, para ayudar

a las Fuerzas Armadas.

Sí, claro, pero no llevo nada encima.

-No importa; se lo dice usted por escrito a si familia

y yo acerco un momento a la calle de San Antón.

Ya, ya entiendo.

Esta plumilla está despuntada y escribe muy mal...

-Es lo mismo, lo importante es que su familia vea

que está escrito de su puño y letra.

¿Entiende? Sí, claro.

¿Mil pesetas le parecen bien?

-Normal.

Papá,

entrégale al portador de esta carta

mil pesetas como donativo para las Fuerzas Armadas.

Un abrazo,

Federico.

-Muy bien.

Tic tac del reloj.

Teléfono.

-¿Sí?

Sí, Gobierno Civil de Granada.

El mismo. Comandante Valdés.

De acuerdo.

Buenas noches, mi general.

Bueno, o buenos días, según se mire.

No, no demasiado importante, pero es algo que me preocupa.

-Sí, exacto. Referente a eso que le mencioné

hace un par de días. Ya lo sé, mi general.

Pero, es que aquí están venga a decirme que si es

un personaje muy conocido, que...

No sé, pues mucha gente.

No, no, si está claro, mi general.

Es por si metemos la pata.

De acuerdo.

A sus órdenes, mi general.

¡Viva España!

(LLAMA POR TELÉFONO)

Así que café.

Mucho café.

Ronquidos. (RADIO) Aquí, radio Sevilla.

Son las dos de la mañana de hoy, 19 de agosto de 1936.

El último parte de guerra del Cuartel General

del Ejército del Sur dice así: "Sin novedades dignas de mención

en ninguno de los sectores a mi mando.

Prosigue la consolidación de las posiciones

de las tropas nacionales.

¡Viva España!

Firmado el general en jefe Gonzalo Quipo de Llano".

Marcha militar.

-Esta guerra no acabará nunca.

Me voy a dormir, ¿te vienes? -No, me están desplumando.

Ronquidos. -Bueno, adiós a todos.

-Buenas noches. (TODOS) -Adiós.

-¡Federico! ¡Ah!

¡Ah! -¡Federico!

(GRITA) ¿Adónde le lleváis? ¡Soltadme! ¡Federico!

¿Adónde le lleváis? ¿Qué vais a hacer con él?

(GRITA) ¡Federico! ¡Soltadme, coño! ¡Federico!

¿Qué vais a hacer con él? ¡Soltadme, soltadme!

¡Soltadme, maldita sea! ¡Federico!

Oh, perdón.

-Usted es el poeta, ¿verdad?

García Lorca.

Ya me lo parecía a mí.

Pero, claro, así uno no se atreve.

Yo me llamo Dióscoro Galindo González.

Mucho gusto, Dióscoro.

Vaya nombre chorbatélico. -¿Qué?

Soy maestro, de Pulianas, ¿conoce usted el pueblo?

Sí, ya lo creo.

Un pueblo precioso. Yo soy de Fuente Vaqueros,

en la Vega. -¡Silencio, coño!

Basta de palique.

(VOZ DE MUJER) -"Se olvida que para que yo muera

tiene toda Granada que morir.

Y que saldrían muy grandes caballeros a salvarme".

(VOZ DE HOMBRE) -"No habrá nadie en Granada

que se asombre cuando usted pase".

(TOCA EL CLAXON)

-Arriba España. -Arriba.

¿Qué, a la colonia? -Sí, de vacaciones.

-Para eso era antes; para que los niños de la escuela

fueran en verano ¿Cuántos lleváis? -Solo dos, ahí los tienes.

-Está bien, adelante, podéis seguir.

-De acuerdo.

-Saluda al capitán Nestares de parte del paradero.

-Descuida, vamos.

Ladridos.

Hola. -Hola.

-Buenas noches. Buenas noches.

-Sentaros por aquí.

Gracias.

A lo mejor os hemos despertado.

-¿Tú crees que uno estando aquí puede dormir?

¿Fumáis? -No.

Venga, hombre, si me van a sobrar.

Claro que es tabaco rubio.

Yo el negro no lo soporto, tened.

-Yo a ti te conozco, tú eres el poeta... ¡El poeta ese!

-Federico García Lorca. -Esos hijos de puta,

¡no respetan a nadie!

-A nosotros nos han trincado en el Albaicín peleando.

¿Y a vosotros por qué?

-No sé, yo siempre he sido republicano...

Alguno del pueblo que me quiere mal, no sé.

Soy maestro ahí, en Pulianas. Y me llamo Galindo,

Dióscoro Galindo González.

Un nombre muy... ¿Cómo dijo usted, don Federico?

(SONRÍE) Chorbatélico. -Eso.

Es una tontada.

Me encanta inventar palabras. -¿Y a ti, por qué?

Que más da. El caso es que estoy aquí

con mi amigo Dióscoro y con vosotros.

-Yo me llamo Joaquín Arcollas, banderillero.

-Paco Galadí, yo también.

(EMOCIONADO) Banderilleros, ¿de verdad?

¡Los dos!

(RÍE) ¡Es fantástico! ¿No os dais cuenta?

No hecho por encargo. -¿El qué?

El absurdo y cruel esperpento de la España eterna.

Un poeta lírico... Un maestro de escuela cojo...

Y dos toreros. -Y una jarta de fascistas

que nos esperan. (RÍE)

-¿De verdad nos esperan?

Al sacarme del Gobierno Civil el sargento me dijo

que nos traían para trabajar en fortificaciones o en carretera.

-Ni carretera ni fortificaciones, están aquí porque...

Porque están condenados a muerte. -¡No!

¡Esto es un crimen, yo no hice nada! ¡Es un crimen!

-La culpa no es mía, son órdenes.

Les he oído y pensé que es mejor que no se hagan ilusiones.

Lo siento.

La esperanza es lo último que se pierde.

A veces llega el indulto.

El que quiera entregarme algún objeto personal

para su familia... No sé; un reloj, un anillo, lo que sea.

O si quiere escribir una carta.

O su... Su testamento. (DIÓSCORO RESPIRA FUERTE)

Puede contar conmigo; hay papel y tinta.

Escriban lo que quieran; les doy mi palabra

de que lo entregaré a quienes ustedes digan.

Lo más importante es que si alguno quiere confesarse

que me lo diga ahora. (DIÓSCORO MURMURA)

-Y yo mando a por el cura.

(DIÓSCORO SOLLOZA)

Ruido de arrastrar algo.

¿Hay más presos arriba?

-Medio presos. Esos sí trabajan.

Como enterradores.

Nos lo han dicho ellos.

-A nosotros nos han traído desde la cárcel aquí al atardecer.

(ANGUSTIADO) Y los hemos visto.

A ellos los encierran cuando anochece...

Ahí arriba. -Y al día siguiente a trabajar.

-Pero, ¿es verdad? ¿Nos van a matar?

-Es mejor que te vayas haciendo a la idea.

(SOLLOZA) -No...

(LLORA DESCONSOLADO) No.

Vaya roconcolilla que tenemos todos, ¡esto se ha acabado!

Venga ya, todos juntos;

Soy más valiente que tú, más torero y más gitano.

Soy más valiente que tú,

Llantos. más torero y más gitano.

Entonces, os enseñaré un juego; hay que decir

tres nombres de cosas, tres sustantivos, maestro.

El primero se repite dos veces, el segundo tiene que ser siempre

la gallina, ¿de acuerdo? La gallina.

Y el tercero y último, pues lo que se os ocurra,

de repente, sin pensárselo.

Por ejemplo; empiezo yo.

El té, el té, la gallina y el «teatocopuli».

-¡Anda, la hostia! (RÍE)

¡Pues eso! La hostia, la hostia, la gallina

y los galomedanos. (RÍEN)

Risas. ¿Lo habéis cogido ya? A ver tú.

-El toro, el toro, la gallina

y la madre de que lo parió. (RÍEN)

Ahora tú. -¿Eh?

Ajá.

-La puta... la puta,

la gallina y la Guardia Civil.

(TODOS RÍEN) -Toma ya.

Vamos, Dioscorillo, vamos, maestro.

Ahora le toca a usted. (SOLLOZA)

-La casa...

La casa, la gallina... (SOLLOZA) Y el corazón.

(LLORA)

-¿Por qué no nos dices un verso tuyo?

Llanto de Dióscoro.

Cuando yo me muera,

enterradme con mi guitarra bajo la arena.

Cuando yo me muera, entre los naranjos

y la hierbabuena.

Cuando yo me muera, enterradme si queréis

en una veleta.

Cuando yo me muera.

La puerta se abre.

Quiero confesarme.

¡Quiero confesarme! -Ya no puede, el cura se ha ido.

En el ejército las cosas hay que hacerlas a su debido tiempo

y no cuando a uno se le antoje.

Claro que siempre hay una posibilidad de salvarse.

Basta con un sincero acto de arrepentimiento.

(ANGUSTIADO) ¿Un sincero acto de arrepentimiento?

¿Y así no me condenarían? -Sí.

Rece conmigo el Señor mío, Jesucristo.

Sí. Señor mío, Jesucristo...

No me lo sé, ¡lo he olvidado! (GRITA) Mi madre me lo enseñó

y yo no lo sé, lo he olvidado. -No importa.

Yo lo digo y usted lo repite, ¿eh? Sí.

Señor mío, Jesucristo. Señor mío, Jesucristo.

-Dios y hombre verdadero. Dios y hombre verdadero.

-Creador, padre y redentor mío. Creador, padre y redentor mío.

-Por ser vos quien sois. Por ser vos quien sois.

-Y porque os amo sobre todas las cosas.

Y porque os amo sobre todas las cosas.

-A mí me pesa. A mí me pesa.

-Pésame, señor, se todo corazón. Pésame, señor, se todo corazón.

-Haberos ofendido. Haberos ofendido.

-Por mi culpa, por mi culpa. Por mi culpa, por mi culpa.

-Por mi grandísima culpa. Por mi grandísima culpa.

-Yo propongo firmemente nunca más pecar.

Yo propongo firmemente nunca más pecar.

-Apartarme de las ocasiones de ofenderos.

Apartarme de las ocasiones de ofenderos.

-Y cumplir la penitencia. Y cumplir la penitencia.

-Que me fuera impuesta. Que me fuera impuesta.

-Por tanto ruego. Por tanto ruego.

-A la bienaventurada Virgen María. A la bienaventurada Virgen María.

-A los ángeles, a los santos. A los ángeles, a los santos.

-A vosotros, hermanos. A vosotros, hermanos.

-Que roguéis por mí. Que roguéis por mí.

-Ante Dios, nuestro Señor. Ante Dios, nuestro Señor.

-Amén. Amén.

(SOLLOZA) Gracias.

Gracias.

Que Dios te lo pague.

Ruido de motor.

-Joaquín Arcollas Cabezas.

Francisco Galadí Melgar.

Dióscoro Galindo González.

Federico García Lorca.

Ruido de motor.

Disparos.

Tardarán mucho tiempo en nacer,

si es que nace, un andaluz tan claro,

tan rico de aventura.

Yo canto su elegancia con palabras que gimen

y recuerdo una brisa triste por los olivos.

Lorca, muerte de un poeta - La muerte (1936)

17 ago 2017

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