Libros con uasabi La 2

Libros con uasabi

Domingos a las 13:00h

www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
3594218
Para todos los públicos Libros con uasabi - 01/05/16 - Ver ahora
Transcripción completa

Antes de que comience esta nueva entrega

de "Libros con Uasabi",

me gustaría recordar a quienes nos siguen

y al escritor invitado que hoy nos acompañará

algo que ya dije cuando el programa, en el mes de octubre, echó a andar.

Aquí hablamos de libros

y, sobre todo, de libros que pertenezcan a la literatura.

Cualquier asunto tratado por esta tiene cabida.

Menos uno: la política.

Y, de modo especial, la política española de actualidad.

Bastantes tribunas de prensa, radio y televisión tiene ya eso

como para que encima añadamos leña a una hoguera que ya cansa.

¿Por qué lo reitero? Enseguida lo sabrán.

Comienza...

(Música cabecera)

Ramón Lobo, periodista, reportero, Corresponsal de guerra y escritor,

publicó hace unos meses, con sello de Ediciones B,

este libro de memorias personales. Muy personales.

Lo que no impide que desagüe en él

mucho y muy impetuoso y sectario caudal de eso tan de moda

que se ha dado en llamar "memoria histórica",

y que se presenta con pretensiones de improbable objetividad

frente a la inevitable subjetividad de la memoria personal.

Lo de sectario, mi querido Ramón, no es un reproche.

El escritor, a diferencia del periodista,

tiene derecho a serlo, no seré yo quien se lo niegue.

"Todos náufragos", tal es el título del libro,

lleva una dedicatoria dividida en dos partes.

La primera dice:

"A mi bisabuelo Ramón Lobo Regidor, a mi abuelo Ramón Lobo Coya,

y a todos aquellos que siguen luchando por la memoria histórica".

Yo no soy de esos.

El pasado siete de febrero publiqué una columna en El Mundo

de la que entresaco y recorto algunos párrafos.

"Se atribuye al filósofo Santayana", decía,

"la manoseada frase de que quien no recuerda la historia

se ve obligado a repetirla. ¿Y si sucediera al revés?

¿Y si recordar la historia,

como proponen los partidarios, Ramón Lobo entre ellos,

de aplicar ese criterio a lo sucedido

en nuestra Guerra Civil, y solo a ella,

nos condenase, en realidad, a repetirla?".

España es, entre todos los países de la Tierra,

el único que se cuestiona a sí mismo.

La autofagia del hispanocéntrico hombre ibérico

podría ser uno de los hilos de araña que, en vez de sacarnos

de lo que Brenan llamó "Laberinto español",

nos han metido en él.

Para ese viaje, mejor el olvido, ¿no?

No será fácil, amigo Ramón,

evitar que la política se cuele en la entrevista que voy a hacerte,

y en el debate con las chicas que luego se entablará,

pero haré cuanto esté en mi mano para impedirlo.

Lo que en este intenso, muy sincero y casi desgarrador libro me interesa

no es la historia general,

respecto a la que hay opiniones para todos los gustos y disgustos,

sino tu historia personal.

De ella hablamos a continuación.

(Música)

Hola, Ramón.

Este libro es una larga sesión de psicoanálisis.

Psicoanalista, Ramón Lobo. Psicoanalizado, Ramón Lobo.

¿Estás de acuerdo? Sí.

Espero que el resultado sea mejor que mis años en el psicoanalista,

que no me sirvieron de mucho.

"A los siete años", así empieza la sesión de psicoanálisis,

"me inventé una vida, otra familia, un accidente de aviación.

Un hospicio en Maracaibo".

Y eso te valió un par de bofetones arreados por tu padre

e irte a la cama sin cenar.

Psicoanálisis, decía.

Ya tenemos aquí un desdoblamiento de familias,

porque la real no te satisfacía,

y un trauma infantil provocado por el generalísimo Ramón Lobo,

que era el páter familias, el mástil de ese navío.

Un planteamiento canónico del psicoanálisis freudiano.

Sí, se buenos y malos, el que me ha mantenido toda la vida.

Este libro lo que ha hecho ha sido mostrarme los grises,

que ni los buenos eran tan buenos ni los malos eran tan malos.

Te cito: "Han pasado 53 años, y aún fantaseo con ser otro.

Tener otro padre, otra familia.

Siempre con la carga de la infancia de los yos inventados

que alimento y arrastro.

Soy un tipo en guerra subterránea permanente conmigo mismo".

Contigo. Sí.

Yo siempre he pensado que era una guerra contra mi padre,

y el libro, una de las cosas que me ha demostrado,

es que yo soy la víctima de mí mismo,

que me he ido marcando y cerrando.

Y gracias al trabajo de periodista he conseguido abrirme.

Este libro, en el fondo, es un libro del perdón hacia mí mismo también.

El psicoanálisis es un lenguaje de símbolos.

Atributes tus problemas de identidad y de desdicha a la Guerra Civil,

al triunfo en ella de Franco,

a la permanencia de este en el poder,

y el cierre en falso, tras su muerte,

de todo lo que, a tu juicio, eso supuso.

Ramón, tu padre es Franco, o al revés.

La Guerra Civil es tu familia, o al revés.

Tu libro, a mi juicio,

revela una continua transferencia de lo particular a lo general.

De lo personal a lo histórico y viceversa, tanto monta.

Sí, porque, de alguna forma,

no quería escribir un libro solo sobre mi familia,

quería escribir un libro sobre lo que yo creo que son

las averías de este país. Un libro que pudiera leer

gente que no tiene nada que ver con mi familia.

Gente que pueda ver reflejada su propia infancia, su juventud,

o su familia, o las historias que ha escuchado.

Esa transferencia a la que acabo de referirme

explica, siempre a mi juicio, la feroz saña

con la que aludes a todo lo que pasó entre el 18 de julio de 1936

y el 20 de noviembre de 1975.

Nunca he leído un libro en el que con tanto encarnizamiento

se describan a favor de la izquierda y en contra de la derecha,

la Guerra Civil y los 40 años de franquismo.

Al principio hablo de los abusos y los excesos que hubo en Madrid

entre el 18 de julio y finales de noviembre

o primeros de enero del 37,

que es cuando, de alguna forma, se pone orden.

Aquí hubo fusilamientos, hubo checas...

Cuento la existencia de Paracuellos.

Yo creo que ahí la izquierda tampoco tuvo un papel ejemplar.

Cuando me refiero a la memoria histórica

me refiero a todas las memorias históricas.

Incluida la de la División Azul, mi padre estuvo ahí con sus hermanos.

Claro, es muy fácil demonizar, pero dentro de la División Azul

hay gente que fue por muchas razones, por razones muy distintas.

Dos primos míos murieron allí. Claro.

Siempre me sorprende comprobar

las distintas y, a menudo opuestas versiones

que las personas dan de un mismo hecho.

Yo, por razón de edad,

viví los años más duros de la posguerra,

que tú, nacido casi 20 años después, no conociste.

Veo todo aquello con una óptica muy diferente.

Demos los dos por sentada

nuestra honradez, sinceridad y buena intención.

¿Cómo te explicas ese fenómeno? No por cuestiones de ideología.

El color de los recuerdos de la infancia y la adolescencia

es anterior a cualquier ideología que el adulto después asuma.

Sí, porque nosotros estamos hechos de averías, de alguna forma,

que luego vestimos de ideologías, de mitos, de lo que sea.

Lo importante yo creo que es ser conscientes

que nuestra visión de la vida es una visión parcial, subjetiva,

y que puede estar equivocada.

Tu libro es un ajuste de cuentas, entre otras cosas.

Un ajuste de cuentas con tu padre, militarote que dejó el Ejército,

falangista y franquista hasta la médula,

divisionario, autoritario.

Sí, es un ajuste de cuentas que se me ha ido de las manos.

Al final el libro me ajusta las cuentas a mí mismo.

Me di cuenta, en los últimos años de su vida,

que yo no fui ejemplar.

Al escribir un libro contra tu padre

piensas en "Carta al padre" de Kafka,

que era tan autoritario como el tuyo,

aunque sin medallas militares. Sí.

Esa era mi ilusión, cuando yo tenía 16 o 18 años,

y había descubierto a Kafka y me leía todo de Kafka,

siempre que había un incidente con mi padre,

yo, en mi cuarto, sin decírselo, decía:

"Te escribiré un libro, como Kafka".

Cuando me he enfrentado a este libro me dado cuenta de que no era útil.

Hubiera sido...

Es una venganza inútil, sobre todo para mí.

Lo que debía hacer era ponerme en sus zapatos

y tratar de entender su vida.

Eso te lo tenía preparado para el final.

Impresiona también en tu libro la dicotomía de los dos despachos,

de las dos habitaciones en la misma casa

con sus respectivas iconografías.

Muy franquista la otra y muy izquierdista la tuya.

Había puesto: "Pensión Lobo",

con un cartel que clavaste en la puerta de esa habitación.

El arrinconamiento progresivo de los objetos de tu padre

por petición tuya a tu madre, después de su muerte.

También hay un juego de símbolos muy complicado.

Un primo mío, Jesús, que murió...

El águila de la bandera franquista y el Che Guevara, por así decirlo.

Sí, de la familia más castigada, de mi tía Josefina,

él me dijo, me lo recordó:

"Tu padre tenía el retrato de Franco y la bandera franquista en el salón,

y tú tenías al Che y a Miguel Hernández

y oías discos de Quilapayún en el tuyo".

En el fondo, es verdad, había una cierta tolerancia,

que yo no percibí en ese momento.

Frente a la figura de tu padre, más psicoanálisis,

aparece la figura benévola, tolerante, inteligente, longeva,

de tu madre.

ahora comes con ella todos los lunes y echáis una partida de Trivial

en la que tú, a pesar de sus noventa y pico años,

sueles perder.

Un Edipo, el tuyo, clásico, Ramón. Seguimos con el psicoanálisis.

Sí, bueno, jugamos al Scrabble. Bueno, el Trivial, el Scrabble, sí.

Ha empezado a leer el libro, y se enfadó mucho

porque puse en el libro

que a veces ponía palabras que no existían

y se las dejaba pasar.

Me dijo que cómo le podía dejar pasar las palabras,

y, después, cómo lo había escrito. No te zafes de mi pregunta.

El Scrabble o el Trivial era lo de menos, era lo del Edipo.

Me he dado cuenta de que he tenido un exceso de padre

y, de alguna forma, una ausencia de madre.

Mi madre estaba escondida detrás de mi padre.

Mi madre es del norte, nació inglesa,

de padre luxemburgués y madre francesa.

No era una persona especialmente cariñosa.

Se ha ido haciendo cariñosa con el tiempo.

Mis abuelos tampoco eran especialmente cariñosos.

No había contacto físico, pero había una especie de cariño visual,

que yo percibía en Inglaterra,

que también puede ser una reconstrucción para salvarme.

Tenía que salvar a alguien, salvé a mi madre y a Inglaterra.

Tu madre escribió un libro de memorias

al que tú, inicialmente, no prestaste mucha atención,

pero en el que luego encontraste muchos de los datos

que aparecen en el tuyo. Sí.

Es el mecanismo que me pone en marcha para escribir este libro.

Es un libro esencial.

Tuve la suerte de poder hablar con ella durante muchas semanas

para fijar recuerdos sobre ella,

que tiene sus problemas de memoria y muchas cosas no las recuerda.

"Hace años", página 24 de tu libro,

"me sorprendió", tu madre, "con una pregunta a bocajarro:

'Si algún día escribes un libro sobre tu vida,

no quiero que hables mal de tu padre. ¿Me lo prometes?'.

Guardé silencio", dices tú.

"Tragué las palabras, como hago con frecuencia para no ofenderla.

Es una promesa que no puedo ni quiero hacer, y ella lo sabe".

Porque yo quería partir desde la libertad de escribir.

He escrito este libro pensando que ella lo podría leer,

y he tratado de ser sincero conmigo y con ella.

Sé que hay cosas que le van a molestar.

Le he ido preparando las cosas que le van a molestar,

y hay otras que le van a gustar.

Las familias siempre se enfadan con los escritores

cuando hablan de ellas, aunque sea bien.

Sí. Es un fenómeno curioso.

Nunca se reconocen.

Claro, la memoria nunca coincide, del uno y del otro.

Yo insisto mucho en que es mi visión, que puede ser una visión equivocada.

La verdad no está en uno ni en dos, la verdad es relativa es moral.

Entre esa sucesión de bofetadas,

que era el lenguaje principal con que tu padre se dirigía a ti,

hay dos que te dolieron especialmente, muy injustas,

por culpa de un teléfono descolgado. Sí, esa fue la última.

Yo tenía 17 años, creo. Llegué tarde a casa.

Estaba en casa de un amigo, cerca.

Me dijo la madre de este amigo: "Quédate a cenar".

Me quedé a cenar, pero no cogían el teléfono en mi casa

para avisar que llegaría un poco más tarde.

Cuando llegué, coincidió la bofetada con que mi madre se daba cuenta

de que el teléfono estaba mal colgado.

Lo colgó, y sonaba el teléfono, la madre mi amigo,

para informar que yo llegaba un poco más tarde.

¿De verdad crees,

como dijiste en una charla con Vila-Matas,

que serías completamente distinto al que eres

si hubieras crecido a 20 kilómetros de tu padre?

¿No crees que todo en la vida responde al carácter,

y que el carácter es algo con que se viene al mundo?

No lo sé, eso debería reflexionarlo para otro libro,

pero si hubiera hecho lo que mi abuelo pidió,

que era que estudiara en Inglaterra, sería completamente distinto.

Quizá hablaría y escribiría inglés maravillosamente,

escribiría para el New York Times. Venderías más ejemplares.

Muchos más, pero quizá me faltaría el coraje y la valentía,

la rebeldía para haber sido periodista.

¿Has visto la película japonesa "Despedidas"?

Si no la has visto, hazlo.

Te ayudará a entender por qué es vital, crucial,

para estar en paz con uno mismo, y tú no lo estás,

reconciliarse con la figura del padre, si eres varón,

o de la madre, si eres mujer. Me encanta esa película.

Es una película llena de amor.

Es una película que demuestra que en este país, o en esta cultura,

nosotros estamos muy poco preparados para la muerte.

Tengo una nota que dice: "Página 45, muy importante".

Efectivamente, lo es. En realidad ya has hablado de ello.

Dices: "Han pasado demasiados años. Quizá 40.

¿De qué sirve ahora escribir un libro vengativo?

¿Me ayudará a concluir esta guerra? Vengarme no sería justo ni útil.

Lo que tengo que hacer es meterme en sus zapatos, de tu padre,

ir más allá de lo evidente, comprender y, quizás, indultar".

Ese es el proceso, la única salida. Pero tú no la tomas.

Sí, yo creo que la he tomado, pero no durante el libro.

Es al final del libro.

El final del libro... Es verdad. Al final, final, final.

Por los pelos. No, y después.

Después de terminar el libro, dos cosas que he hecho han sido

encontrar la tumba de mi bisabuelo, que estaba completamente destrozada,

he arreglado esa tumba.

Me parecía que era la historia de mi familia,

y de este país totalmente olvidado y destrozado.

He arreglado esa tumba y he limpiado la tumba de mi padre.

Si ahora reescribieras este libro, ¿sería muy distinto?

Quizás, porque he aprendido cosas que no sabía, de mí mismo también.

Relajémonos un poco.

Dices que solo salvaste al Real Madrid

"del derribo concienzudo

de la herencia impuesta por la figura paterna". Y añades:

"Uno puede cambiar de familia, pareja, sexo, nacionalidad,

religión, ideas políticas, pero jamás de equipo de fútbol".

No es verdad, Ramón.

Yo fui socio de ese mismo equipo, el Real Madrid, durante diez años

con abono en el Bernabéu,

y a los 18 años, cuando me hice progre,

me desentendí por completo del Madrid y del fútbol.

La diferencia quizá estribe

en que el Madrid era un sucedáneo del padre que no sentías como tal.

Yo iba al fútbol con mi padrastro,

el padre que tú deseabas era Di Stefano.

Posiblemente. A mí, el fútbol, lo que ocurre

es que siempre me ha gustado y me ha traído muchos problemas.

Ya sabes que en este país, si eres de izquierdas,

tienes que ser absolutamente de izquierdas,

y si eres de derechas tienes que ser absolutamente de derechas.

Si te mueves un poco de las trincheras te disparan.

Mis amigos de izquierdas no entendían cómo yo podía ser del Real Madrid.

Bueno, a mí me gustaba.

No me gustan mucho los dirigentes actuales,

pero me encanta el equipo.

Pertenencia a una tribu.

Al ser tan forofo del Real Madrid ya te incluías en una tribu.

Y militancia siempre en el bando de los perdedores,

al elegir profesionalmente otra tribu,

la de los corresponsales de guerra.

Así, "la tribu", llamó Manu Leguineche a esa gente,

a nosotros en definitiva,

y decía que se caracterizaban por las tres D.

Dipsómanos, divorciados y deprimidos.

Yo dipsómano no he sido mucho. Deprimido, he tenido mis días.

Y divorciado, sí, repetidamente.

Siempre en fuga,

también en lo relativo a vivir conyugalmente con una mujer.

Tienes pareja, pero vivís en apartamentos separados.

No soy indiscreto, lo dices en el libro.

No tienes hijos ni quieres tenerlos. Más psicoanálisis.

Prefiero tener gatos. Siempre me han parecido mucho más...

...inteligentes.

Los hijos... me gustan mucho los niños de los demás,

tengo una buena interactuación con los niños,

porque obedecen al lenguaje corporal, como los animales, me llevo muy bien.

Pero pensar en tener que estar todo el día con un niño me cansa.

Y mi miedo siempre ha sido transmitir las averías que he recibido.

Una vez Luis del Olmo, en una entrevista, te preguntó:

"¿Qué te dice la familia cuando te vas a la guerra?".

Tú le dijiste: "Mi familia no habla, son dos gatos: Claudio y Oliverio".

Sí, y mi novia de entonces se enfadó mucho.

Y en vez de decirme que se había enfadado, me dijo:

"Si lo llega a oír tu madre".

Le expliqué que era una forma de no hablar de la familia.

Ahí coincidimos, en los gatos.

Te voy a regalar esta novela mía, "Soseki: inmortal y tigre",

que yo creo que es el canto de amor jamás escrito sobre un gato.

Un novelón entero sobre un gato mío que murió

en circunstancias muy dramáticas. Muchas gracias.

Otro punto de contacto: los toros. En ellos ves el heroísmo.

Te gustan pese a ser tan progre, tan de izquierdas, entre otras cosas

porque tu madre, seguimos con el psicoanálisis y el Edipo,

era muy aficionada,

e incluso fue amiga y tuvo un conato de medio noviazgo con "El Litri",

del cual conservas una carta dirigida a tu madre.

Sí, y una oreja. Y una oreja.

La oreja está disecada, claro. Está disecada, sí.

No me gustan los toros, nunca he ido.

¿Nunca has ido? No.

¿A pesar de lo que dice el libro? Sí, sí.

Rechazo el maltrato animal,

pero, junto a eso, en mí convive la poesía del heroísmo

cuando caminaba por el bulevar de lo que era General Mola

y ahora el Príncipe de Vergara,

y oía en la radio a esa gente sobre las corridas,

que se ha tirado un maletilla... Eso me gustaba mucho.

En la casa donde yo vivía estaba Ángel Luis Bienvenida,

que era torero, y nos enseñaba a torear.

General Mola, Príncipe de Vergara. Molina 60, creo que es ahora.

Antes era 50, o al revés.

Recuerdo un día que yo le dije a Ángel Luis:

"Yo quiero ser torero".

Entonces se quitó la camiseta y me dijo: "Esto es ser torero".

Estaba lleno de cicatrices. Ahí pasé a querer ser bombero.

Luego astronauta, y, al final, periodista.

También te gusta el boxeo, el duro, el de los pesos pesados.

Por la misma razón. El boxeo de...

Hay una cierta poética del heroísmo. Pero no me gusta.

Cuando lo piensas intelectualmente es una barbaridad,

pero lo siento.

No soy una persona formada solo de cabeza.

¿Te habría gustado que el conato de noviazgo

entre tu madre y "El Litri" hubiese cuajado?

¿Te habría gustado ser hijo del "Litri"

en lugar de hijo de aquel general?

Si hubiera podido elegir entre los posibles,

porque mi madre dijo que no eran novios, que eran amigos,

de todos habría elegido al primero,

un aviador británico llamado Steiner, que era judío.

Siempre he tenido una relación muy compleja con todo lo judío.

No me gusta lo israelí, pero me gusta lo judío.

Una de las líneas de investigación del libro

era hasta qué punto el apellido Lobo es judío.

Encontré que Leider, el apellido de mi abuelo,

es una palabra yidis que significa "curtidor de cueros".

Vamos con tu trabajo de corresponsal, de reportero.

Lo que buscas, dices, es la chispa de la emoción,

no de la estricta objetividad.

Huérfano en tu infancia de emociones,

buscas eso siempre en tus contactos con los demás.

Como dicen en "Guantanamera":

"Con los pobres de la Tierra quieres tú tu suerte echar".

Siempre con el bando perdedor, a riesgo de rayar en la injusticia,

porque a veces son los vencedores quienes tienen razón.

¿No te sientes griego, ahora, judío, palestino, africano...?

Sí, yo creo que el secreto para no equivocarse...

Eso es una poética. Sí.

Pero el secreto para no equivocarte en los perdedores

es reconocer que en los dos bandos hay perdedores, en ambos lados.

Si tú vas a una guerra no puedes elegir un bando u otro.

Hay que buscar las víctimas en los dos bandos.

Si los encuentras, estás protegido contra las propagandas.

Dices que "nadie va a la guerra para contarla",

que "se va a la guerra por cuestiones personales".

Frase curiosa, Ramón, en boca de un hombre como tú.

El gusto o la necesidad de contar también puede ser, si es vocacional.

Como en el caso de Hemingway, una cuestión personal.

Sí, yo siempre he tenido necesidad de contar las cosas.

Siempre me ha gustado escribir. Desde muy pequeño escribía.

Poesías horribles, que Bernardo Arrizabalaga,

uno de los héroes de mi vida, uno de mis rescatadores,

tuvo la amabilidad de decir que eran muy buenas,

pero luego me recomendó lecturas, como diciendo: "Aprende a escribir".

Para mí contar siempre ha sido la esencia de todo.

Quizás el periodismo ha sido lo que me ha permitido contar

y tener el prestigio de contar en los sitios

donde suceden las cosas.

A mí una vez, en una entrevista como esta,

Adolfo Marsillach me dijo que había dos maneras de ser actor.

Una, el actor que se mete dentro del personaje

y vive las mismas emociones que expresa el personaje,

en cambio el actor frío, distanciado, estudia al personaje,

y de esa manera puede representarlo mejor.

Adolfo Marsillach me decía que él pertenecía al segundo tipo.

En lo relativo a las guerras y estas corresponsalías,

me siento más cerca de Marsillach que de ti.

Tú dices que la única manera de no equivocarse jamás de bando

es narrar la guerra desde el punto de vista de todas las víctimas,

las de los buenos y las de los malos.

Yo, en cambio, no me identifico.

Tomo notas, no copas, como Zola en los bares de París del siglo XIX.

Estoy hablando solo de la profesión,

no de las relaciones con amigos o parientes.

Pero en la profesión, en las guerras,

con los parientes y los amigos tomo copas y tomo partido,

en las guerras no, miro y cuento. Procuro distanciarme.

Tú haces todo lo contrario, son dos estilos distintos.

Pero yo lo hago para poder llegar a la gente.

Lo que he ido aprendiendo es que si yo utilizo mi emoción,

si permito que mi emoción funcione,

la otra persona tiene confianza en mí,

y me muestra su emoción.

Eso es a la hora de hablar con él. Exacto.

No a la hora de... Pero, al escribir,

yo tengo que escribir desde su emoción, no desde la mía.

La mía tiene que desaparecer. Y a la hora de escribir,

tengo que escribir teniendo en cuenta dos cosas.

Que estoy trabajando sobre un material complejo,

y que tiene que permitir que al lector que lo lea,

puede llegar a conclusiones distintas de las mías.

Tengo que hacer textos abiertos,

no puedo hacer textos donde cierre una realidad.

Sobre todo no puedes mentir.

Yo soy un ser subjetivo y escribo de forma subjetiva.

Pero trato de ser un ser honesto.

Hablas de mí con cariño, te lo agradezco, en la página 219.

Mencionas una entrevista con Saramago,

en la cual Saramago y yo hablamos del hombre nuevo.

En un momento Saramago dice

que hay que encontrar al hombre nuevo, y yo pregunto:

"¿Quién lo educa?".

El hombre siempre será viejo, creo yo, Ramón.

No ha cambiado un ápice desde el Paleolítico, por dentro.

Por fuera sí, claro.

Pero sus pasiones y pulsiones, sus sentimientos, su conducta,

sus motivos, siguen siendo los mismos, en mi opinión.

Yo creo que los buenos eran los neandertales.

Yo también. Nosotros estropeamos la especie.

Ahí se perdió la primera guerra civil.

Ahí se perdió, ganaron los malos, que somos nosotros.

Lo único que hemos hecho es empeorar.

Entonces nunca vamos a tener hombre nuevo.

Esto no es muy de izquierdas, si lo piensas así.

El problema es quién lo educa.

Por ejemplo, cuando pensamos en la educación...

Tú y yo, por ejemplo, con una charla como esta.

Estamos aportando un granito de arena a la educación.

No sé si del hombre nuevo, pero del espectador en general.

Me gusta Ken Robinson, un educador británico

que rompe el esquema de educación, va hacia una educación más agrícola,

crear un campo donde tú plantes los niños,

y los niños, de alguna forma, crezcan en función de sus talentos.

Yo creo si empezamos a pensar en la educación,

¿quién educa a los educadores que educan al hombre nuevo,

a los niños nuevos? No sé por dónde se empieza.

Tuve un viaje a Liberia, no sé si es lo que buscas,

lo que me dijo un amigo:

"Vale, te nombramos presidente de Liberia.

¿Y ahora qué harías? ¿Cuáles serían tus medidas?".

Me quedé bloqueado dos semanas. Después, en Sierra Leona,

con un cura amigo, Chema Caballero, que ya no es cura pero sí amigo,

le dije: "Ya sé, hay que empezar por la educación".

Pero claro, la educación son 25 años, para crear a alguien.

¿Y mientras qué? La corrupción, por ejemplo.

La corrupción está también metida en la educación.

En realidad no sabría por dónde empezar.

Como periodista me resulta mucho más fácil criticar,

porque yo no sabría hacerlo.

Otra orfandad: tu expulsión del país.

Sí, luego he pensado que me ha venido muy bien, porque...

Gracias a ella has escrito el libro. Yo creo que sí.

Me ayuda a cerrar una etapa que yo no hubiera cerrado jamás.

Cerrar esa etapa me ha permitido reflexionar sobre ella.

Cuando se produjo la expulsión, que yo sabía que se iba a producir,

me iban a incluir porque nunca he parado de decir lo que pienso,

y de provocar.

Todos los grupos que podía haber de poder

solo estaban de acuerdo en una cosa: que yo era un indeseable.

Cuando se produce el ERE, tuve una sensación de traición.

Había pensado en cuánto dinero, en cómo me iba a montar todo...

Todo lo tenía pensado, pero se me olvidaron, como siempre,

los sentimientos.

Y desde ese instante tomé la decisión de no trabajar en el rencor,

porque el rencor es una cárcel, y para mí es una etapa terminada.

Llegamos al final, que no está al final del libro,

sino que está a medias del libro, que es cuando tu padre muere.

Tú estás volviendo de Londres, te acabas de casar,

y de repente, nada más llegar, te das cuenta de que algo ha pasado

y de que tu padre ha muerto. Estás hablando con tu madre:

"Le pregunté si mi padre había muerto.

Fui directo, sin rodeos.

Cuando asintió con la cabeza, empujé el carro con violencia,

y lloré.

En un segundo sentí que había perdido todo.

El padre que no tuve y el que ya nunca podría encontrar.

Su muerte nos dejó sin el perdón mutuo.

A mí sin un padre que querer, y a él sin hijo que descubrir".

Sí, yo creo que es cierto.

Yo creo que él también se perdió un hijo.

Ahora estoy intentando, finalizada la guerra...

Porque la guerra ha finalizado, eso lo siento, estoy como zen.

Ahora tengo que encontrar la paz.

Te voy a regalar otros dos libros míos.

Mi libro de memorias, "Esos días azules".

Y este lo escribí sobre la muerte de mi padre,

al comienzo de la guerra civil, "Muertes paralelas".

En ellos se dicen cosas muy distintas

a cuento de cosas muy iguales a las que tú cuentas.

Sé que aprecias la cocina japonesa, y seguro que te gusta el uasabi.

Aquí tienes, con mi amistad, un frasquito,

y también una tableta de chocolate muy negro, como debe ser.

Sin que ese color tenga implicaciones políticas.

Náufrago eres.

A ver si las chicas te echan un cable,

o todo lo contrario.

Una de ellas me dijo, tras leer tu libro,

que hoy íbamos a tener rocanrol.

El debate. Vamos a verlo.

(Música)

Ramón, antes estábamos de poder a poder, entre hombres,

y ahora estamos entre mujeres.

Entre estas tres mujeres hubo una que, antes de la entrevista, dijo:

"Hoy vamos a tener rocanrol".

Lo mejor es que invite a esa chica a que salga a la pista

a bailar ese rocanrol. Elia, eras tú.

Pues vamos a bailar un rocanrol a los "Pulp fiction".

Podría estar bien, así vamos quitando hierro al asunto.

La verdad es que es un papelón.

Yo les decía esta semana que había leído tu libro

y me había enfadado bastante con algunos capítulos,

por no decir con todos. Pero bueno, te tengo delante,

y esa cara de bonachón que tienes no me va a hacer mermar

sino que voy a intentar decirte lo que pienso del libro.

Veo mucho de "Hegemonía o supervivencia", de Chomsky,

en cuanto al planteamiento político que haces de esa España de la guerra.

Luego dices que la Transición fue un cuento,

cosas que están demasiado manidas en nuestros días, renegando por todo.

Que nos contaron los Pactos de la Moncloa, la Transición,

y, al final, el engaño a lo mejor fueron las películas de Almodóvar,

como también podemos decir, o la Movida Madrileña.

Esos también son compartimentos estancos.

Más allá de eso, con la reflexión de tu padre,

en vez "Carta al padre", de Kafka,

cuando dijo lo de "el miedo me lo generaste tú",

yo creo que eres muy parecido a tu padre.

Tremendamente parecido, sobre todo te vas haciendo más mayor.

Sobre todo por la incapacidad de expresar sentimientos.

Además, se te ve una persona sensible.

Con el trabajo que has tenido yo creo que esa sensibilidad

se ha podido quedar más acorazada, pero sensible al fin y al cabo.

Y hay una incapacidad importante de expresar sentimientos,

que podemos achacar a muchísimos factores,

de la infancia incluso, de rey descoronado por tus hermanas,

como infante mayor, en este caso, de la familia.

Y bueno, es todo eso lo que encontraba en el libro.

Pero aseveraciones como "nos equivocamos de bando

en la Guerra de la Independencia",

se me han clavado como una flecha en el corazón de española que tengo.

Probablemente estemos en las antípodas de lo...

Ya no solo de lo ideológico, de lo sociológico, entiendo,

en cuanto a la teoría.

Y bueno, imágenes tuyas de joven,

cuando te pusiste el crespón negro por los abogados de Atocha,

y te dijo tu padre: "¿Por qué llevas un crespón?".

Y dijiste algo como: "¿Y por qué te lo pones tú

cuando asesinan a guardias civiles?". (RAMÓN) -No.

O al revés. Pero, al fin y al cabo, respondiste:

"No me importa que asesinen guardias civiles".

Esa clase de rebeldía yo no la justifico,

se tenga la edad que se tenga.

Porque yo he sido imbécil de capirote desde que me parieron en muchas cosas

y para otras, viejecilla prematura, como me decía mi madre,

pero precisamente como he sufrido por ser hija de militar,

y de familia de militares,

ese miedo de que haya una bomba debajo del coche.

Y en mi instituto, chavales como podías ser tú,

decían: "militares, parásitos sociales".

Yo nunca lo he dicho. (ELIA) -Ya, pero bueno...

Es lo que veo en el libro, el reflejo de esa rebeldía,

que no justifico sea cual sea la edad.

Dibujas una España de ponzoña absoluta.

Es la pregunta que te quiero hacer.

"La carta al padre" es la carta a España, Ramón.

Pues ya has tardado. Perdón, perdón.

De alguna forma esa es la España que yo veo.

Reconozco que no es la única opinión y puedo estar equivocado.

Es una España que he sentido.

Yo creo que todo lo que dices lo puedo comparar,

pero creo que le falta un contexto.

Una de las cosas que he aprendido en el libro

es que cuando te metes en los zapatos de alguien

las cosas no son tan fáciles.

El libro es una evolución.

Yo parto, aunque rechace lo absoluto y me moleste en los demás,

yo reconozco que también soy contaminador.

Estoy contaminado y soy contaminador.

el libro también es un intento

de despegarme de esta contaminación ambiental.

Lo de la Guardia Civil fue algo que dudé mucho si poner o no.

Era un cuadro inglés típico de caza, horrible, que había en mi cuarto,

que utilizaba para pegar cosas de la facultad,

y puse ahí el crespón.

Mi padre, desde la frontera, porque no entraba,

porque había un póster del Che y otro de Miguel Hernández,

entonces no entraba porque había comunistas.

Me dijo: "¿Y ese crespón?".

Le dije: "Es por los abogados laboralistas".

Me dijo: "Cuando matan guardias civiles no lo pones".

Yo le dije eso: "Cuando matan guardias civiles, me alegro".

Cuando estaba escribiendo el libro dudé si poner o no la frase.

María, motor esencial en este libro, me dijo: "La tienes que poner".

¡Una santa! (RÍE)

"La tienes que poner porque te define y tienes que ser honesto".

Sí.

"Es una frase que demuestra hasta dónde llegaste tú

en la lucha contra el padre".

El libro sí parte, quizás, de un intento de venganza,

aunque yo no quiera reconocerlo. Pero el libro se vuelve contra mí.

Y al final me pone en mi sitio.

Me voy dando cuenta que yo, en los últimos años de su vida,

le dije cosas terribles, como esa, y otras, como por ejemplo...

...que no podía ser lo que él no había sido,

más lo que yo quería ser. -O "déjame en paz".

-Eso le dijiste. -Exacto, "déjame en paz".

Me di cuenta de que he sido muy injusto en los últimos años.

Y sí, también en mi rechazo a los Lobo,

siempre he preferido ser Leider, he preferido ser extranjero,

al final todo el mundo me dice: "Te pareces a tu padre".

Me da igual. Quizás de carácter incluso soy parecido.

Bueno, el libro un poco también es una derrota de mí mismo.

Eres muy español, con perdón. (RÍE)

-Más que inglés. -Siempre he vivido aquí,

aunque nací en Venezuela, accidentalmente.

Pero sí, soy español, he vivido en Madrid toda mi vida.

(RÍE)

Solo una cosita que quizá te extrañe, Elia.

Yo también creo que en la Guerra de Independencia

nos equivocamos de bando. Arguméntame eso.

No, otro día.

(AYANTA) -Ahora nos meteríamos en... -Por lo de "vivan las cadenas".

No, nos enfrentamos a la Ilustración.

Francia representaba la Ilustración. Tampoco tuvo tantas luces, para mí.

Pero eso es un debate aún más profundo.

Claro, lo siento. Dejemos este jardín.

Ya hablaremos de él. Venga, Ayanta.

Yo soy extranjera aquí en España.

Si bien España es el lugar donde vivo, donde quiero vivir,

y me ha llamado siempre muchísimo la atención

este problema de las famosas "dos Españas".

Claro, nunca me he sentido involucrada, realmente,

en primera persona, lo he visto siempre desde el balcón.

Leyendo tu libro, en realidad lo que me interesa

no es el problema ideológico o político,

sino es la persona,

es tu recorrido sentimental, emocional, familiar,

en busca de perder ese rencor,

de encontrar la paz y, por tanto,

de reencontrarte a ti mismo.

A diferencia de ti, toda mi infancia ha transcurrido

queriendo parecerme a mi padre.

Esto ya es algo que nos hace completamente opuestos

en las vivencias.

Pero reconozco el problema que podemos tener, yo y todos,

en nuestro padre. Sí, pero tú eres chica.

Soy chica, pero... No tenéis el problema edípico.

Sí, pero quiero decir, soy huérfana de madre también.

Entonces, tú eres un todo, el padre. Eres padre y madre.

Entonces, reconozco perfectamente...

Obviamente, todos sabemos de qué estamos hablando.

La problemática del hijo hacia el padre o la madre.

En este sentido, Ramón,

yo creo que a uno le cambian los puntos de vista

cuando deja de ser hijo,

o sigue siendo hijo, pero ya es padre o madre.

Yo sé que tú no has tenido hijos, pero, por lo menos en mi experiencia,

nada hay más doloroso que un hijo te diga

las cosas que has hecho mal.

Porque, finalmente, la vocación del padre,

aunque se equivoque, y lo hará mil veces,

es la de hacer las cosas bien, lo hace todo por amor.

Entonces, yo quería saber si tú te habrías atrevido,

porque sé que hace falta una gran dosis de coraje

para hacer este viaje, en tu cabeza y literario, que haces,

si te hubieses atrevido a escribir y a publicar este libro

en vida de tu padre.

Seguramente sí.

Porque... Pero sería otro libro.

Eso me dijo Trapiello, uno de los que me ayudó a situarme.

Hablé con él.

El problema de mi padre es que murió en el año 83.

Entonces no pudo hacer un recorrido mayor,

como le pasó al padre de Trapiello.

Y, quizás, si él hubiera visto mis comienzos en El País,

de cuando empecé a ir a guerras, es como si hubiéramos empatado.

Podríamos haber hablado desde un respeto mutuo.

Seguramente la relación habría cambiado por completo.

De hecho el último año de su vida no fue tan malo.

Despolitizamos y nos encontramos un poco.

Creo que, quizás, el libro no hubiera sido necesario

si hubiéramos tenido ese recorrido,

porque podría haber hecho las paces.

Lo que decíamos antes de pedirse perdón.

Yo he comprendido que él tendría que haberme pedido perdón por cosas,

y yo también a él. Por lo pronto,

a ese libro escrito antes de la muerte de tu padre

le faltaría esas dos páginas cruciales, esenciales del libro,

cuando tú cuentas su muerte, cuando te enteras de ella.

Faltaría eso.

Y, la verdad, al libro le quitas ese arbotante y se desplomaría.

Sería una cosa completamente distinta.

El libro llega en un momento de necesidad emocional.

El ERE de El País, como comentábamos antes,

yo creo que marca el cierre de una etapa,

que me permite reflexionar sobre esa etapa.

Y, sobre todo, algo que me resulta muy placentero

es pensar que he tenido una vida muy completa.

He tenido una vida muy satisfactoria, he sido un privilegiado,

en todos los aspectos.

He tenido el privilegio de encontrar gente que no tenía nada,

que me ha enseñado cosas.

De novias que me han acompañado. De mujeres como María,

que me ha sostenido y es un elemento fundamental del libro.

Me doy cuenta de que soy un privilegiado,

por eso llego a la última frase.

Lo que sí creo, ahí me he peleado con María,

porque dice que es como si mi vida terminara en este libro.

No, termina una vida. Ahora empieza otra.

Y la otra, creo, la empiezo con un poco más de inteligencia.

Anna.

Bueno, Ramón. (CARRASPEA)

Tú, Elia, dices que este libro te ha dado muchos disgustos.

A mí me ha hecho mucho daño. (ELIA RÍE)

Vamos a poner en antecedentes al personal.

Yo a ti te conozco desde el 95,

y te quiero mucho.

Y no sabía lo mucho que te quería hasta que he leído este libro.

No sabía que te quería tanto.

Yo conocí a Ramón Lobo en 1995, en Sarajevo.

Hemos sido amigos desde entonces.

Debo reconocer que en nuestra amistad siempre ha habido puntos oscuros,

que en este libro explotan.

Ahora me doy cuenta de que yo despoliticé mi amistad contigo.

Yo orillé la política contigo, porque siempre me pareciste...

En este programa no tenemos el mal gusto de hablar de política,

pero me pareció que eras de ese tipo de personas

que tu visión de las cosas valía más que la de los demás.

Que tu memoria histórica valía más que la de los demás.

Tú tenías más razón que los demás, tú eras más chulo que nadie.

Tú representabas, para mí, una visión de la historia y de la política

que todos los que no estábamos de acuerdo, o teníamos otra historia,

éramos como más burros, más tontos, más fachas, lo que sea, da igual.

Todo esto a mí no me importaba un rábano.

No afectaba para nada a nuestra amistad.

Me parecía un asunto absolutamente periférico.

En este libro, en cambio, he tenido que enfrentarme a eso.

Por ejemplo, yo no estoy de acuerdo con casi nada de lo que dices.

Intelectualmente, tu libro me provoca un rechazo atroz.

Te habría dado de bofetadas cuando hablas de Chaves Nogales.

Chaves Nogales no estaba ahí, ni tú. Ya recibió bastante de su padre.

No le des más bofetadas. No, quiero decir...

Yo reconozco, y aquí hay cierta intimidad,

la mala fe del oficio.

Tú eres uno de los mejores periodistas de España.

Eres un periodista muy inteligente, y cuando quieres dejar algo mal...

...que no está tan mal, tienes muchos recursos del oficio.

Dicho esto, y ahora voy al otro lado.

Yo no sabía que tú habías sufrido tanto,

y que tenías tantas ganas de ser otro.

Y yo que, por razones que no vienen al caso,

porque la protagonista no soy yo, y mi historia hoy no cuenta,

reconozco esa sensación.

Yo, para resumir, tu libro, intelectualmente,

me ha rechinado mucho.

Me ha parecido injusto, rencoroso, encarnizado.

En cambio, humanamente, me ha parecido un tesoro.

O sea, la cantidad de dolor, la cantidad de comprensión,

de catarsis...

Tu libro ofrece...

España y tú, España y yo, somos así.

Y, realmente... (ELIA RÍE)

...es jodido pero es grande.

Yo creo que hacía falta mucha valentía,

mucha nobleza, mucho valor, para enfrentarte a tus demonios

como tú te has enfrentado en este libro.

Creo que...

Creo que, como libro, es fallido. Te lo digo por experiencia.

Yo también me enfrenté a demonios parecidos

en un libro que me salió fatal, en cambio me ayudó mucho.

Creo que no es el mejor de tus libros,

pero creo que es la más valiente de tus aventuras.

Entonces, tengo curiosidad por ver qué vas a escribir

a partir de ahora, y déjame decirte una cosa.

Es muy bonita la historia de tu madre casi ennoviándose con "El Litri".

De tu madre casi ennoviándose con otro.

Yo me alegro de que tu madre se ennoviara con tu padre,

y de que tú no seas otro, me legro de que tú seas tú,

y de que España, con todos sus defectos,

sea como es, y de que podamos hablar de todas estas cosas,

y de que esto nos lleve a algún lado.

Yo reconozco que soy una persona averiada.

-Muy averiada. Como este país. -Y muy interesante.

Sí, las averías son más divertidas que las no averías.

Yo reconozco que estoy averiado,

y que tengo muchos problemas, como tiene este país.

Lo que sí he comprobado es que muchas de mis averías

proceden de este país.

Pero yo siempre culpé a mi padre de ellas.

En este libro me he dado cuenta de que las averías más importantes

en realidad proceden de mi madre.

Proceden de los Leider, de mi abuelo al que yo...

(ANNA) De la pérfida Albión.

Yo adoro a mi abuelo Marcel, que ejerce de referente de padre.

Bueno, la vida es superar esas averías.

Asumirlas y seguir adelante.

-El aceptar que somos personas. -¿La vida es

dejar de culpar a los demás?

Quiero decir, todo el mundo tiene la culpa de todo.

-Pero nosotros también. -Yo tengo muchas culpas.

Las reconozco, no soy inocente en esto, pero...

-Todos somos contradictorios. (ANNA) -Exacto.

Por una parte odio el absolutismo o la rotundidad de este país,

y en el fondo también soy rotundo. (ELIA) -Yo quería preguntarte.

¿Tú piensas de verdad...?

Por no ahondar tanto en lo humano y más en la visión que das de España.

Bueno, no es cuestión de hablar de política,

tampoco creo que hablar de política, si se hace con altura,

puede ser elegante también. -Os morís por hablar de política.

-No, pero es que a mí la política... -La política es una hoja de parra

para esconder lo sentimental.

Vuelvo a repetir, hablar con altura...

Hemos llegado a un punto de desprestigio en este país

en el que hablar de política parece que sean los debates

dando todos voces: "¡PP! ¡PSOE! ¡El otro!".

No, política es mucho más. Esto es política, estamos debatiendo.

Yo le quiero preguntar: ¿Tú crees que, realmente,

podría haber habido una democracia saltándose ese periodo,

no sé si tan largo, evidentemente, de dictadura?

Pero en una posguerra tan dura...

Porque dices que sí, que verdaderamente, en España,

podría haber habido una democracia saltándonos la dictadura de Franco.

Una de las ficciones del libro

es qué hubiera pasado si Hitler hubiera leído a Napoleón,

y en vez de invadir a la Unión Soviética

hubiera invadido España. (AYANTA) -Es el otro del otro.

-Es jugar a los otros. -Si hubiera invadido España,

nosotros hubiéramos sido liberados por los americanos.

Por nuestras maneras, digo, si hubiera sido posible.

-No tendríamos a Berlanga. -Sí, pero ganaríamos otras cosas.

Sí, yo creo que somos un país muy atormentado.

Muy de trinchera. Muy de "estás en un sitio o en otro".

Pero tienes que estar completamente en un sitio o en otro.

Yo no es que sea de los que se sale mucho de una trinchera.

Me salgo algo.

Y cuando te sales, aunque sea un tuit, te arrean.

Te arrean los tuyos.

Prietas las filas. A mí no me gustan las filas.

No me gustan los desfiles.

Ramón, leyendo tu libro, una se pregunta

si ser "facha" es una cuestión política o biológica o genética casi.

Una se llega a preguntar si el facherío es algo genético

leyendo tu libro.

No sé, también es una palabra.

Mira, yo creo que es interesantísimo.

Habéis dicho antes lo de la Ilustración y, sin meterme,

con la Ilustración yo creo que nace la impostura.

Es el Siglo de las Luces de la impostura.

Ser lo que uno no es.

Bueno, Fernando, en términos breves. No, no.

No confundas la Ilustración con la Revolución francesa.

(ELIA) No, no. Son dos vectores diferentes.

Aunque muy entrelazados. (ELIA) La Revolución francesa

es una lucha encarnizada y sangrienta.

No solo fue igualdad y fraternidad, fue Robespierre.

Pero si en España algo no somos, que sí son nuestros vecinos,

algunos, pero puestos a generalizar, que en política se hace mucho,

no somos nada impostores.

Somos muy auténticos, el español, por lo menos,

y de ahí nuestras cuatro guerras civiles.

¿Qué nos trajo la Guerra de Independencia?

¿Qué nos trajo? Lo peor de lo peor. Con algún breve intervalo.

Que si las Cortes de Cádiz o el Trienio Liberal.

(ELIA) ¿Te parece poco? Trajo siglo y medio de desdichas,

y de guerras civiles, dictaduras, de opresión y "vivan las cadenas",

y de "lejos de nosotros el feo vicio de leer

y la funesta manía de pensar".

El siglo XIX es lamentable. El siglo XIX es brutal.

(ELIA) El siglo XIX es convulso. Y el XX, al menos...

(ANNA) -En cambio el XX una delicia. -¿Cuántas constituciones hay aquí?

Yo creo que hemos tenido alrededor de doce, ¿cuántas?

Lo brutal no es el siglo XIX, sino la Historia de España.

Toda ella, desde las guerras púnicas.

Desde las guerras púnicas, es tribalismo puro.

Hay una entrevista con Magalhães, el escritor portugués, que decía

que nunca hemos tenido tantos problemas en España,

pero tanta libertad para solucionarlos.

Es como si tuviéramos miedo a enfrentarnos y solucionarlos.

Cuando hablo de la memoria histórica,

no hablo solo de los muertos que están en fosas comunes.

Hablo de las palabras.

Las dos partes han de esforzarse por encontrar palabras que nos unan,

no palabras que nos desunan. El proceso de Sudáfrica...

El problema es que la libertad de expresión,

para serlo de verdad, requiere respeto.

Eso en España falta.

Lo que hay ahora es libertad de "impresión".

Puedes escribir lo que te dé la gana,

pero no hay de expresión, luego te faltan al respeto.

Por lo que tú has dicho, es que es de verdad.

Hay que reconocer la existencia del otro.

El otro puede portar ideas distintas a las tuyas.

Sentimientos. Y no tiene por qué estar equivocado.

El otro, aunque exprese un discurso completamente distinto,

como te pasa a ti conmigo,

te puede reafirmar en tus convicciones

o te puede dar un pequeño elemento que te haga reflexionar.

(AYANTA) Hemos perdido el arte de la conversación.

Si no escuchamos a los demás, da todo igual.

Se ha convertido en algo estéril. Tú dices que estás averiado.

Yo creo que España está averiada en este sentido.

Esta es parte de la emoción que transmite este libro.

Yo te quería preguntar otra cosa sobre tu padre.

¿No crees que te ha dejado un enorme regalo?

¿Que esa avería de la que hablas es la que te hace ser Ramón Lobo,

es la que te hace ser escritor, la que te hace ir a las trincheras?

¿No crees que los problemas familiares,

al fin y al cabo son un alimento que uno puede convertir

en algo creativo y hermoso?

Sí, eso me lo dijo un psicoanalista, Bahad.

La primera vez que lo escuché lo rechacé,

pero luego pensé y dije: "Tiene razón".

En el fondo me ha dado un regalo de ser otro.

Mi madre también me ha dado regalos.

Mi madre, por ejemplo, es una mujer...

Le digo a veces: "He heredado tus defectos".

Y me dice: "¿Cuál?".

Y le digo: "Que eres muy rígida, yo soy como tú, parezco alemán.

Pero, por otra parte, me has dado la rebeldía".

Eso me lo dio mi madre.

Mi padre, de alguna forma, también ha fomentado esa rebeldía sin querer.

Sí, ahora estoy bastante contento. Cuando llego al final de ese libro,

con la sensación de "estoy contento como soy".

Sé que ahora tengo que devolver algunas deudas

a mi padre, a mi madre y a mis abuelos.

Bueno, dejémoslo ahí.

Mis disculpas pero, una vez más, se nos ha acabado el programa.

Nos quedan 4 o 5 minutillos para recomendar libros y el poema.

A toda velocidad, si ha lugar a ello,

Anna, venga, recomiéndame un libro. Bueno, yo quería recomendar...

...para compensar la mala baba de tu libro.

Anna, escoge uno de los dos.

Quería recomendar otro libro de Ramón Lobo, "Isla África".

Es una novela basada en sus experiencias en África.

Es un libro mucho más dulce que este.

Creo que a ti te resulta más fácil ser mejor fuera,

que dentro.

Creo que este libro da un interesante contrapunto

para abarcar los claroscuros de tu alma,

creo que este libro muestra al Ramón Lobo más dulce, más amable,

más empático, más inocente, y menos toreado, digamos.

Menos amargo. Creo que es un buen melón con jamón.

Seix Barral, Biblioteca breve. Elia.

Yo le voy a recomendar "La leyenda negra de España",

de Julián Juderías, es un clásico.

En este caso Luis Español es el que lo ha editado.

Estábamos hablando, y tú, Fernando, lo sabes.

Si hablas mal de España, eres español, ¿no? Bien.

Precisamente yo creo que pocos lugares

han sido objeto de tanta injuria,

y que ha calado tan hondo en los propios injuriados.

Nosotros mismos hemos dicho: "Qué malos hemos sido".

España ha sido la primera potencia, por así decirlo...

Pero en gran medida la leyenda negra viene de los antepasados de Ramón,

de los ingleses.

Por eso mismo yo con Ramón estoy muy enfadada, pero bueno.

En cualquier caso, lo que intentaba Julián Juderías

era comprender ese origen, que es lo que intentábamos aquí.

Hablar con altura de esos temas más allá de...

...de ponerse muy intensos. Regeneracionista, al fin y al cabo.

Despensa, escuela,

y el sepulcro del Cid bajo siete llaves.

Joaquín Costa. Sí, y Ángel Ganivet,

otro grande y muy olvidado regeneracionista.

Anna antes te ha citado "En Flandes se ha puesto el sol",

de Marquina, con lo de "España y yo somos así".

Le ha faltado el "señora". (RÍE)

Venga, Ayanta.

Pues un libro que tiene que ver con el periodismo, Ramón.

Se titula "Extra, extra".

Es una edición a cargo de Vicente Campos,

editorial Ariel.

Es un libro sobre lo que se llamaban "Muckrakers".

No sé cómo se dice en inglés.

Es decir, los periodistas que escarban en la porquería.

Tú has escarbado en diversas porquerías

a lo largo de tu vida.

Aquí hay periodistas que, ahora, quizás sean periodistas olvidados,

pero que en su día tuvieron muchísima importancia e interés,

y es un libro en el que...

Por cierto, su último capítulo también dedicado

a los artículos que escribió Mark Twain en su día.

Docena y media de nombres sobre el contexto histórico.

Además, apuntes biográficos de sus autores. Muy interesante.

Ramón, tú te has presentado en el programa con 8 o 10 libros.

La mayor parte los hemos puesto ahí, y basta que recomiendes uno.

No te dejo ni dos, se nos ha acabado el tiempo.

"Las ciudades invisibles", de Italo Calvino.

(ELIA) Muy bien.

Es un libro que tengo siempre en la mesa.

Es un libro que me permite soñar y conectar con los sueños.

Ahí vamos a coincidir todos. Sí.

Bueno, aquí también.

Yo quiero recomendar, recién llegadito a mis manos,

lo acaba de publicar Anagrama, este libro de Kapuściński,

grande entre los grandes. Se llama "Estrellas negras"

y en realidad no es el primer libro,

recoge los primeros artículos que escribió Kapuściński

cuando fue enviado, antes de abrir la primera corresponsalía en África,

cosa que hizo en Dar es-Salam, en la época de Nyerere.

Antes estuvo en la Ghana de Nkrumah, y en el Congo de Lumumba.

Empezó a escribir esta serie de artículos,

que son los primeros que escribió, y que se han recopilado ahora.

Su epiloguista, Ramón, dice algo que te va a gustar mucho:

"El recientemente fallecido...".

El epiloguista es un tal Bogumil Jewsiewicki, o algo así.

(RÍEN)

Es difícil de pronunciar. Dice:

"El recientemente fallecido Chinua Achebe,

uno de los escritores africanos más conocidos,

gustaba de subrayar que hasta que los leones no crearan

a su propio historiador,

la historia de la caza solo glorificaría al cazador.

Es la diferencia fundamental entre la mirada de Kapuściński

y la perspectiva de Conrad, rechazada por Achebe.

Los reportajes de Kapuściński describen África y a los africanos

desde el punto de vista de los leones, no de los cazadores".

Ahí tienes a Achebe.

Un libro esencial, "Todo se desmorona",

para entender África. Efectivamente.

Y luego, especialmente dedicado a ti...

(ANNA) ¿Tú recomiendas dos? No, no voy a hablar.

Este es el libro de Jesús Aguado, "Carta al padre",

publicado por la Fundación Lara, es un libro hermosísimo.

Un libro de poemas, aunque parte están escritos en prosa.

El título ya lo dice todo.

Te quiero leer, Ramón, mirándote a los ojos,

uno de estos poemas en prosa.

Dice así:

"Mi padre se subió al tejado. Estaba a punto de caer una tormenta.

Un gato maullaba. Le quité la escalera de mano.

Era un juego, nada más. Un juego. Cuando comenzó a llover,

me acurruqué dentro de la caseta del perro,

a ver qué pasaba. De repente, rayos y truenos.

Asustado, junté todas mis fuerzas

para volver a colocar la escalera apoyada contra la pared.

Grité. Nada. Volví a gritar.

Temblando, subí agarrándome a los escalones resbaladizos.

Aullé.

Al llegar arriba, ni el gato ni mi padre.

Todavía los busco".

Gracias, Ramón. (RAMÓN) Gracias.

Seguiremos.

(Música)

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Libros con uasabi - 01/05/16

Libros con uasabi - 01/05/16

01 may 2016

Lo que hay en este intenso y muy sincero, casi desgarrador, libro de memorias no es la historia general, respecto a la que hay opiniones para todos los gustos y disgustos, sino la historia personal de Ramón Lobo.

ver más sobre "Libros con uasabi - 01/05/16" ver menos sobre "Libros con uasabi - 01/05/16"
Programas completos (42)

Los últimos 43 programas de Libros con uasabi

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

El administrador de la página ha decidido no mostrar los comentarios de este contenido en cumplimiento de las Normas de participación

comentarios.nopermitidos