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No recomendado para menores de 16 años
Transcripción completa

-Te compro la gramola, pero con una condición.

¿Cuál? -Que vengas a oír música conmigo

siempre que quieras. Gracias.

Creo que podemos sacarte de aquí, pero debes comprometerte a algo.

(PRÓCULO) Se trata de tu hija Elena.

¿Has vendido a nuestra hija Elena? Le procuro un futuro mejor.

Por eso te sacó de la cárcel, ¿verdad?

-¡Marta!

¡Papá!

¡Papá!

¿Se va a poner bien? -Ha tenido suerte.

¿Dónde conseguisteis esa penicilina? De Eutimio.

Recoge tus cosas y lárgate. No quiero volver a verte aquí.

-Le aseguro que esto no va a quedar así.

¿Qué hace aquí mi jefe? -Es un fijo ya.

-No me falles esta vez. -No lo haré.

-La señora que quiere contratarte, Roberta, italiana, te espera.

-Marta Ribas. ¿Puedes empezar a trabajar hoy mismo?

No creo que a Antonio le haga gracia

que trabajes a sus espaldas rodeada de hombres.

No tengo nada de qué avergonzarme. Pero tu marido sí.

-He venido a buscar a un hombre. Enseña Piano en el Conservatorio.

(Música de piano)

Hola, Virtuditas. -Te hacía en el hospital.

No, voy a la iglesia con Julita a bordar.

(Música de violín)

-Aquí está lo tuyo. No está mal, 100 duros por recoger un paquete.

-Ven un día con tu novia. -Elena no... no es mi novia.

-Camilo lleva más de dos días sin aparecer por casa. Sé dónde está.

Serás imbécil. ¿Te parece bonito?

Yo olvido lo sucedido y te readmito en la notaría.

¿Acaso olvida que me echó, y de muy malas maneras?

¡Ay! -Perdón.

Perdón. -Eres tú.

-¿Quién era, hijo? -Para doña Fermina, el cartero.

-Precisamente estuvo aquí antes. -¿Qué quería?

-Que sacaras a su hijo del calabozo.

He pasado tanto miedo... ¿Por eso ahora trabajas?

Antonio, lo necesitábamos.

-No sabes cuánto me alegro de lo de papá.

Ya sabes que te quiero mucho, ¿sí?

(VIRTUDITAS) Él la quiere. Es verdad, que yo lo sé, los vi.

Me mientes. ¿Para qué?

¿Qué ha pasado? ¡Puta!

¡Ah!

¡Por favor, don Mauricio, don Rafael!

¡Suban!

(Puerta abriéndose y cerrándose)

(Tacones acercándose)

Fermina, perdona, pero al final nos hemos entretenido.

-Ay, no te preocupes.

¿Lo habéis pasado bien? Muy bien, una fiesta increíble.

Tenías que haber visto lo bonito que han dejado el Ritz.

-Cuánto me alegro. ¿Qué tal se ha portado?

-Pero si es un cielo de niña.

Y cómo come, como una lima. Sí.

-Bueno, por no contarte la paliza

que nos ha dado toda la tarde corriendo por el recibidor.

Me alegra que lo hayáis pasado bien.

-Sí, la verdad es que lo he disfrutado mucho.

Qué bien. -Oye.

¿Sabes que me ha llamado "abuela"?

¿Sí? -Sí, así, de repente.

Sin más ni más. Me dice: "'Abela', ven, ven".

Bueno, me ha hecho una ilusión... Es que para ella eres su abuela.

¿Está durmiendo? -Pues... no sé.

Se ha quedado Camilo con ella. Le está leyendo un cuento.

Deben de estar los dos como troncos.

Voy a verlos. -Muy bien.

Muchas gracias, Fermina. -No hay de qué darlas.

Ya sabes, siempre que necesites algo aquí estoy.

Gracias.

(Sintonía "La sonata del silencio")

(Golpes en la puerta)

Justo ahora.

Voy a ver quién es.

Voy contigo. No, quédate aquí con tu padre.

No, no, que me da mucho miedo. Está loco.

No está loco, hija, está enfermo.

Voy a avisar al doctor Torres. No.

No aviséis a nadie.

Estoy bien.

(SUSURRA) Quédate aquí con él.

Juana, ¿qué pasa?

Juana.

Dios mío.

No podemos dejarla así.

Hay que bajarla.

-¿Nosotros?

Si quieres dejamos que lo hagan las señoras.

Por ahora solo vamos a bajarla.

-Está bien, la dejaremos en su cama. Nada más.

Juana, traiga algo para cortar la sábana.

-Sí, señor.

-Venancia, baje a casa y encárguese de que no suban las niñas.

No quiero que vean algo tan terrible

-Como diga. Si quiere luego subo a ayudar.

-No, no hace falta.

Ay, Dios mío.

-Qué cosa tan extraña. -Mucho.

Es que no tiene sentido.

No me imagino a mi señora...

encaramándose a una silla, y ahorcándose, por Dios.

A mí esto me da muy mala espina.

-¿Qué quiere decir, que la han...? -Que la han obligado o algo peor.

-Juana, ¿podría venir?

-Sí, señor.

(LLORA DESCONSOLADA)

-¿Ha visto alguna nota? -¿Una nota?

-Una carta de despedida.

Los suicidas suelen dejarlas para explicar sus razones.

-Pues es que... aún no me ha dado tiempo a mirar.

Entré directamente a la casa y...

-Pues hay que mirar si hay algo.

Busquen por aquí.

No deberían husmear entre sus cosas.

De dejar una nota, la habría dejado a la vista.

-¿Y si no es un suicidio?

(MAURICIO) Antes de hacer conjeturas, busquemos.

Acompáñeme, Juana.

Vete a casa, aquí no haces nada.

Por favor.

(Puerta cerrándose)

¿Qué haces? ¿Qué tienes ahí?

Me he golpeado con la puerta.

No digas tonterías. ¿Qué ha pasado? ¿Ha sido Antonio?

Métete en tus asuntos, Rafael.

¡Oh! Virgen santísima.

Ay.

¡Don Mauricio! ¡Don Rafael!

¡Vengan para acá, por favor!

Vengan, por favor, vengan.

El armario. Está vacío, se lo ha llevado todo.

¿Qué todo? -¿El qué?

-Las...

Las mercancías.

(FERMINA) Juana, ven a recoger la gramola, por favor.

¿Cuándo vas a ir a ver a Antonio? A mediodía.

(Música en el gramófono)

-Le vas a dar esto de mi parte. Muchas gracias.

Qué generosa eres con nosotros. Gracias, Fermina.

-Es que me llaman el hada madrina del estraperlo.

No puede ser casualidad.

Debe haber una relación entre el robo y la muerte de Fermina.

-Yo ya lo dije. Mi señora era incapaz de suicidarse.

Seguro que la obligaron a hacerlo.

Ella antes se habría defendido de los ladrones, hubiera gritado.

Ustedes la conocían.

¿Creen que haría algo así?

-Juana, usted tiene que recordar si Fermina estaba a mal con alguien,

si tenía algún problema.

Lo que sea.

Cualquier cosa puede ayudar.

-Algo pasó con don Eutimio.

-Cuéntenos, ¿qué pasó?

-De acuerdo. No vamos a discutir por diez céntimos.

-No vamos a discutir porque no hay trato.

-Le ofrezco la mejor leche condensada

que ha llegado a la capital.

Si la maneja bien, puede sacar un buen dinero.

Ponga usted el precio.

-Ya veo que tienes prisa por sacártela de encima.

-Lo estoy haciendo como deferencia, porque es vecina de don Rafael.

-Pues puede ahorrarse usted la deferencia.

No quiero sus latas robadas.

-Pero ¿y a usted qué más le da de dónde hayan salido?

¿Se las está dando de santa? ¿De dónde saca lo que vende,

se cae de un camión? -Fuera de mi casa.

-¿O si no qué, eh?

¿Me va a echar a escobazos?

Bruja. -Fuera he dicho.

O aviso a don Mauricio.

Juana.

Juana, por favor.

Acompaña a este señor a la puerta. -Sí, señora.

-No hace falta, Juana. -Sí hace falta, sí.

Le advierto...

Se ha metido con la persona equivocada.

-No es la primera vez que oigo eso y ya ve, aquí sigo.

-Aquí sigue y lo que le queda.

(EUTIMIO) Esto no va a quedar así.

(Golpe con la puerta)

-¿Y usted qué mira?

-¿Eutimio? Pero ¿no lo despediste?

Sí, pero fue por un malentendido. Ya se ha reincorporado.

Ya sabéis lo que decir a la Policía mañana a primera hora.

Pongo la mano en el fuego por Eutimio.

Ten cuidado no te quemes.

-Estás muy susceptible, Marta.

Llevas un rato muy nerviosa.

Venancia, prepara una tila. No quiero ninguna tila, gracias.

-Pues deberías tomarte una, porque se te ve muy alterada.

¿No estarás ocultando algo?

¿Qué insinúas, Virtudes?

-No, yo solo digo que en este edificio

todos saben las penurias que pasáis y quizá Antonio...

¿Cómo puedes juzgar a la gente tan a la ligera?

Fermina era mi amiga. -Yo no te estoy juzgando.

Yo solo digo lo que veo. Basta.

Callaos las dos.

-Creo que a ninguno nos conviene avisar a la Policía.

¿Y por qué no nos conviene? -No es lo adecuado, aún no.

Porque qué dirían si averiguan que un juez

ha estado haciendo la vista gorda con una vecina estraperlista, ¿no?

-Creo que me ha entendido mal.

No estoy diciendo que no llamemos a la Policía.

Sugiero que antes busquemos a alguien

que pueda arrojar algo de luz sobre lo ocurrido

para saber a qué atenernos cuando la Policía investigue.

Ya. Imagino que... ¿Y en quién ha pensado?

-Tengo a la persona adecuada.

¿Y crees que estaría dispuesto a ayudar con discreción?

-Solo tengo que telefonear.

(Música jazz)

-¿Cuándo vas a traer a esa chica?

-Pronto.

Sí, pronto.

-¿De qué son esos morados, chico?

-Me he caído por la escalera. -Vaya por Dios.

Ve con cuidado.

Hay muchas escaleras en Madrid.

-Con el debido respeto, no debieron descolgarla hasta que yo llegara.

-Ya lo dije.

-Han alterado el escenario del crimen.

Fue cosa mía.

No íbamos a dejarla ahí colgando.

-Está muerta. A ella le iba a dar igual.

De todas formas, ya que la han bajado,

podían haberla dejado en la bañera con hielo.

Lo tendremos en cuenta para la próxima vez.

-Me han dicho que era estraperlista. -Exacto.

-Y le han robado toda la mercancía. Así es.

-Muy bien.

De ser así, que no es lo que estoy diciendo,

el que la ahorcó debía de ser una persona fuerte.

De todas formas es muy raro.

-¿Algo que le llame la atención?

-No tiene marcas en las muñecas.

Tampoco tiene golpes en la cabeza.

De ser asesinato, lo normal habría sido defenderse.

A no ser que conociese al asesino y este la amenazase con algo.

A lo mejor es más sencillo todo y se ha suicidado de verdad.

-Puede ser.

Pero no hay carta de despedida

y ahorcarse no es una manera muy femenina de suicidarse.

Ah, ¿no? -Las mujeres prefieren las pastillas

o cortarse las venas en la bañera.

Eso si lo tienen muy pensado, claro está.

-¿Y si no?

-Bueno, si se trata de un acto de desesperación,

se tiran por el viaducto.

O se dejan atropellar por el tranvía.

Esto último se está poniendo muy de moda en los últimos tiempos.

-Si fuese así, saldría en los periódicos.

No exagere.

-Hay tantas cosas que no salen en los periódicos...

¿Vamos con los demás?

Con el permiso de don Mauricio,

hay una cosa que quiero dejarles muy clara.

Voy a ser completamente sincero con ustedes

y quiero que ustedes también lo sean conmigo.

Es la única manera de aclarar este entuerto,

antes de que, inevitablemente, haya que avisar a la Policía.

-Le aseguro, Mateos, que todos colaborarán.

-Don Mauricio me ha dicho

que Eutimio tuvo una discusión con la afinada,

de manera que iré a verlo.

A estas horas estará durmiendo en su casa.

-A estas horas le aseguro que no está en casa.

Usted, Juana, descubrió el cadáver, ¿no?

-Sí, señor. Pero yo no hice nada.

-Entonces tranquilícese.

Necesitaré una lista de todos los clientes de doña Fermina,

dónde llevaba las cuentas, sus cuadernos...

Todo lo que usted pueda encontrar.

Y necesitaré la dirección del ayudante de la fallecida.

-Tabique.

Tiene un trabajo nocturno en la tabacalera de Lavapiés.

En La Garita del Tejado, ahí lo puede encontrar.

-Pero Tabique será un mote. -Sí.

-Yo necesito su nombre. -Bueno, Manolo Rodríguez.

-Muchísimas gracias. -A usted por venir.

-Respecto a usted...

¿Doña Fermina le tenía mucha confianza?

Sí, nos conocíamos de hace tiempo.

-Muy bien.

De manera que todos los vecinos conocían a qué se dedicaba,

todo lo que guardaba en el doble fondo del armario,

productos, muchos de ellos, muy apetecibles.

Así que tendré que ver sus casas, las de todos.

-¿No se está pasando un poco, Mateos?

-¿Quiere que resuelva el caso?

-Para eso lo he llamado.

-Pues haga el favor de dejarme trabajar.

O si lo prefiere, avisamos a la Policía y yo me voy a mi casa,

con mi hija.

Señora, si no le importa, empezaremos por la suya.

Muy bien. No tengo nada que ocultar.

-Cuando usted quiera.

(Aviso horario reloj de pared)

(CARRASPEA)

(Aviso horario reloj de pared)

(RECUERDA) "Si padre se quedase con Marta...

No digas tonterías. -Él la quiere.

Es verdad, que yo lo sé, yo los vi.

¿Por qué me mientes? ¿Para qué?

¿Qué ha pasado? ¡Puta!".

(Pasos cerca)

(Cajones abriéndose y cerrándose)

¿Qué pasa aquí?

-Estamos buscando las cosas de Fermina.

¿Qué cosas?

Han encontrado a Fermina ahorcada.

¿Que han encontrado a Fermina ahorcada?

Han desaparecido sus cosas

y sospechan que hemos sido nosotros.

Siempre está bien saber qué opinan de uno.

No hay nada contra ti, Antonio.

Van a mirar en todas las casas.

-En esta es evidente que no hay nada.

Disculpen las molestias. ¿Usted quién es?

-Te presento a Pepe Mateos, un detective que he contratado.

¿Y no habría que llamar a la Policía,

en lugar de ponerse a jugar a los detectives?

Eso mismo pienso yo.

¿Qué pasa con el cuerpo de Fermina? -Puede esperar.

La mujer no irá a ninguna parte y no queremos que piensen lo que no es.

Usted mejor que nadie sabe que eso no es la primera vez que pasa.

¿Podemos hablar a solas?

Voy a ver si Juana necesita algo.

Mamá, ¿puedo ir contigo? No, pero ve con Julita.

-De nuevo le pido disculpas. Solo hago mi trabajo.

Señora, voy a continuar con el registro.

(Timbre)

(SE SUENA LA NARIZ)

(SOLLOZA)

Ay, doña Marta. (LLORA)

Doña Marta...

Todavía no me lo puedo creer.

Y encima ahora está en su cama,

ahí, con una carita de pan, tan dulce...

No te preocupes, todo va a ir bien.

¿Dónde está Camilo?

-No lo sé, ya lo conoce usted.

Pase, por favor, pase. No, Juana.

Tengo que ir donde Elena. Está muy mal.

Avísame cuando llegue Camilo, ¿eh? -Oye, Marta...

Es que tengo que darle una cosa. ¿A mí?

-Sí, de parte de doña Fermina.

Antes no he querido dárselo, no fuera que se liase más la cosa.

Este sobre me lo dio esta tarde, antes de irme de casa.

Tuve que firmarlo y...

También me dijo que se lo diera si a ella le pasaba algo y...

Y es que la pobre tenía un pálpito.

Dios mío, Juana.

-Creía que era usted un hombre de palabra.

Teníamos un acuerdo.

Dame tiempo, Mauricio. Deja que me recupere un poco.

-¿Cuánto necesita? No sé.

No sé.

Espera que estemos un poco los tres en familia, ¿no?

Que encuentre un trabajo, que pueda pagar mi tratamiento.

-Espero que no quiera dar marcha atrás con nuestro acuerdo.

Si es una cuestión de dinero... Es una cuestión de dignidad,

de que pueda mantener yo a mi familia

y no vivir de la caridad de los demás.

Necesito un... pequeño empujón.

-Antonio...

Sí.

(Puerta cerrándose)

¿Qué pasa ahora?

¿Qué es eso?

¿Qué es eso?

Se lo dio Fermina a Juana para que me lo diera si pasaba algo.

-Te lo voy a preguntar otra vez: ¿dónde estabas a las 21:00?

-Y yo te lo repito.

Estaba en el teatro, en el teatro María Guerrero.

-No jodas, Eutimio.

¿Tú... en el teatro?

-Mira, no tendría por qué, porque tú ya no eres policía, ¿eh?

Pero como somos amigos, te lo voy a demostrar.

(Música jazz)

-"El caso de la mujer asesinadita".

-Deberías ir a verla.

Le pega al caso que investigas.

-No tiene ninguna gracia.

Hay testigos de que la amenazaste. ¿Por qué?

-Intentó estafarme.

-Mira, eso sí que ha tenido gracia.

¿Adónde has ido después del teatro? -Aquí, no me he movido.

Pregunta a Paquito. -No hace falta.

Está escuchando lo que decimos como una cotilla.

-Oiga, sin faltar.

-¿Cuánto tiempo lleva este hombre aquí?

-Desde las 22:00.

-Espero por tu bien que sea verdad.

-Mateos, ¿a qué juegas, eh?

Te echaron, te echaron por chivato.

Tienes el mismo poder que una mosca.

-Cuidadito.

Todavía tengo contactos suficientes para encerrarte,

gente que aún piensa que ser policía consiste en atrapar delincuentes

y hacer cumplir la ley, gobierne quien gobierne.

Algún día cambiarán los tiempos. -¿Cambiar los tiempos?

(RÍE SARCÁSTICO)

Ya puedes esperar sentado.

Esto no ha hecho más que empezar.

-Me invita mi amigo Eutimio.

Buenas noches. -Adiós.

¿Todo bien? -Mi amigo Pepe,

que ahora se ha metido a detective privado.

-Pues debe de ser bueno.

Como poli era el mejor, ¿verdad?

-¿Ya te vas, tan pronto?

-Sí, tengo muchas cosas que hacer. -Que estudiar.

¿Y eres así de aplicado para todo?

-Eh... Sí, eso intento.

-Pues... me encantaría comprobarlo.

-No es buena idea.

-Relájate.

No estés tan tenso.

Esto solamente es un juego.

Pero claro, si no quieres jugar...

-¿Por qué queréis conocer a Elena?

-Creo que ya lo sabes.

-No quiero hacerlo. -Pues díselo a Álvaro.

-Sí, claro.

Ahora mismo.

-Yo también trabajo para él. -No es lo mismo.

Además hay chicas mucho mejores.

Tú puedes hablar con él, seguro que te escucha.

-Podría, pero cuando el varón quiere algo...

-Ayúdame, por favor.

-Si quieres que te ayude...

ya sabes lo que tienes que hacer.

Juega conmigo.

-No puedo hacerlo.

Sí él se entera me mata.

-Es lo que tienen los juegos...

(Puerta abriéndose)

(SUSURRA) ...que también hay reglas.

(HOMBRE, CARRASPEA)

(CARRASPEA)

(MAURICIO) Es tarde, pero no queremos dejar cabos sueltos.

Queremos saber su opinión sobre la validez del documento.

Parece que cumple los requisitos legales.

Pero hay que confirmar que es de su puño y letra

para presentarlo como testamento hológrafo.

Lleva tiempo. -¿Un testamento de Fermina?

Un testamento escrito a mano por la difunta, sí.

-Firmado por Juana como testigo.

-Sí, señor.

-¿Y qué dice?

Dice que "doña Fermina Carrascosa deja el usufructo de su casa

a doña Marta Ribas de Montejano y familia".

-¿A Marta? ¿Y a sus hijos? ¿No le deja nada a sus hijos?

No, la casa pasa a ser de sus hijos en propiedad,

pero este testamento permite a Marta ocuparla mientras viva

o hasta que decida renunciar a ella.

-Qué barbaridad.

No me digas que no sabías nada. No tenía ni idea.

-Pues qué sorpresa.

Justo antes de morir, va y te deja su testamento.

Es raro, ¿no?

-Hay que reconocer que llama la atención.

Marta, acompáñame a casa que no me encuentro bien.

-Informaré a Mateos.

(ESNIFA)

(CARRASPEA)

¿Qué haces aquí?

¿Cómo has entrado? Está toda mi familia en casa.

-No te preocupes. Nadie sabe que estoy aquí.

(Portazo)

(VENANCIA, TARAREA)

(Teléfono)

(Teléfono)

(MATEOS) "Soy yo".

Eutimio tiene coartada. No me fío de él, pero parece que no miente.

-Se agota el tiempo. No podemos mantener más el cuerpo

sin llamar al médico o a la Policía. -¿Se sabe algo del hijo?

No, el hijo no ha sido, no.

Pasa más tiempo en locales de desviados que en casa.

"Ya sabemos su condición".

-Voy a cruzar unas palabras con Tabique,

el ayudante de doña Fermina.

Lo tendré informado. -Muy bien.

-Así que usted era la mano derecha de doña Fermina

y la cara visible de muchos de sus negocios.

-Está muerta. Doña Fermina está muerta.

-Me temo que sí.

-No me lo puedo creer.

Ella es...

Era muy buena persona.

¿Quién querría hacerle daño? -Pues no lo sé. ¿Usted, por ejemplo?

-¿Yo? Pero ¿cómo puede decir eso?

Yo la respetaba.

Sin ella estaría en la calle o... o durmiendo debajo de un puente.

-Bueno, entonces no tendrá usted ningún inconveniente

en decirme dónde estuvo anoche.

-No puedo decírselo.

-Mal asunto entonces.

Y supongo que tampoco puede decirme dónde está la mercancía robada.

-¿Robar, yo, a doña Fermina? No diga tonterías.

Quien le roba a ella me está robando a mí.

¿Ve todo esto? Pues aún faltan cosas.

Esto es un negocio serio y controlado.

No, no se atreverían.

-Pero el armario donde guardaba bajo llave las mercancías doña Fermina

estaba vacío.

-Pero si ayer por la mañana le llevé un... un lote de conservas.

-Que por la noche robó para tener una buena coartada.

-No lo robé, porque no volví a verla en todo el día.

Y para el volumen de negocio que manejamos, son solo migajas.

-Pues dígame ¡dónde estuvo anoche! -¡No puedo!

-Muy bien.

Le diré a don Mauricio que es usted el principal sospechoso.

-Espere.

Le diré dónde estuve anoche.

Pero debe mantenerlo en secreto.

-No está usted en situación de pedir favores.

-¿Sabe lo que le hacen a la gente como yo o al hijo de doña Fermina?

-¿Camilo?

No me diga que usted también es...

¿Sabe dónde está?

-Ya no frecuentamos los mismos sitios.

Además ahora tenemos... gustos diferentes.

-No hace falta que me dé detalles, no me interesan lo más mínimo.

Lo creo, pero me tiene usted que dar algo para llevarle a don Mauricio.

-Precisamente al juez

es al que menos le interesa remover todo este asunto.

-¿Al juez?

¿Qué tiene que ver don Mauricio con todo esto?

-El juez directamente no...

Su madre.

Y respecto a lo del armario vacío, creo que le puedo dar alguna pista.

(Ladridos)

-Soy todo oídos.

¿Qué haces tú aquí?

-He perdido las llaves de casa.

¿Me ayudas a buscarlas o no? ¿Eh?

Gracias.

Ay, ¿qué haces? Basilio, déjame en paz.

(FERMINA) ¿Quién anda ahí?

Fermina, soy yo.

-Elena, ¿pasa algo? No, que me he tropezado.

-¿Seguro que solo ha sido un tropezón?

Sí. Buenas noches, Fermina.

¿No cierra? -No.

Mientras no te oiga entrar en casa, no, por si te vuelves a tropezar.

Buenas noches.

-Buenas noches.

(Se cierra la puerta)

Ya he acostado a tu padre.

Toma, abrígate, que hace mucho frío.

No puedo dormir.

Yo tampoco, hija.

¿Cómo estás?

Pues ahora que estoy contigo, bien.

¡Zorra!

(RADIO, LOCUTOR) "...y despejado en el resto.

Levante en el Estrecho, moderado.

En Canarias, nuboso al norte del...".

-Ha aparecido ahorcada.

En el salón de su casa. -Madre del amor hermoso.

-Gracias, Venancia, puedes retirarte.

-¿Y cuándo ha sido? -Anoche.

Aún está el cadáver en la cama.

Ni un médico, ni nadie que haga nada.

Bueno, el juez ha contratado a un detective.

-¿Y Camilo?

-No ha aparecido.

El detective de don Mauricio lo está buscando.

-Alguien tiene que haberlo visto.

¿Sabes algo, Virtudes?

-La última vez que lo vi fue hace unos días.

-¿Notaste algo raro?

-No.

Bueno, lo de siempre.

(Flauta de afilador)

(CAMILO) A vosotras, las del XIX, os gusta mucho estar pálidas.

Buenos días.

Virtudes, ¿qué tal la familia. -¡Virtudes!

¿Está usted sorda o es una maleducada?

-Yo saludo a quien quiero.

Bueno, y a quien se lo merece, claro.

-Ah, y mi hijo no se lo merece.

¿Por qué? -Ya está, mamá, venga.

Ya está, mamá, vámonos. -No, no está. Déjame.

¿Le he hecho una pregunta?

-¿Alguna teoría de lo sucedido? -No.

-¿Algún sospechoso principal?

-Muchos... y ninguno.

-No has descubierto ningún culpable, eso me quieres decir.

-Organice una reunión esta tarde con todos los vecinos.

Creo que será la mejor manera de encontrarlo.

Y avise también a su madre.

-Mi madre. ¿Y qué tiene que ver mi madre en todo esto?

-Ya llegaremos a eso.

Usted haga el favor de traerla.

-Espero que sepas lo que haces, Pepe.

No quiero cosas raras.

Estamos alargando esta situación. -Anoche hablé con él.

Aquí está.

-Buenas tardes.

Vaya, veo que ahora también está presente la Iglesia.

-He venido a ver qué está pasando. -Me temo que tendrá que hacer

horas extras confesando a más de uno, padre.

-¿Qué quiere usted decir?

-Necesito saber si quieren ustedes conocer la verdad

y nada más que la verdad. -Pues claro.

¿Es o no es un asesinato?

-No lo sé, no sé quién es el culpable.

Pero sí sé que aquí todos tienen algo que ocultar.

-Se acabó. -No, no se acabó nada.

Deje que siga.

-Gracias, padre.

Verán, esto es como "Fuenteovejuna", pero al revés.

Por cierto, en esta casa no hubo ningún robo.

Pero si todos vimos el armario vacío.

-Hablando con Tabique, supe que Fermina

no solamente ganaba su dinero con el estraperlo.

También hacía obras de caridad,

concretamente en un hospicio.

(Repique de campanas)

-Pobre Fermina.

Que Dios la tenga en su gloria.

-Mucha gente no opina lo mismo, madre.

-Fermina no era de las que iba por ahí exhibiendo su caridad.

Pero muchos de los huérfanos que cuidamos comen gracias a ella.

Ayer tarde mismo vino con un montón de conservas de primera calidad.

-Disculpe, ¿ha dicho "conservas"?

-Venga conmigo.

(Cantos religiosos)

-¿Le daba comida a los pobres?

-Sí, señora, que no todo va a ser rezar en esta vida.

También les llevaba leche condensada, café, azúcar, de todo.

Usted era la única que la conocía de verdad

y a la que más quería.

-¿Y usted qué sabe? Por favor. -Me lo ha dicho su hijo.

-¿Dónde está? -En la cárcel.

Lo detuvieron hace tres noches.

(POLICÍA) ¡Maricones!

¡Quieto, quieto!

¿Te gustan las porras? ¡Toma porra!

¡Toma porra!

(CAMILO) ¡Hijo de puta! ¡No!

¡No!

¡Suéltame, hijo de puta!

(PEPE) He ido a verlo al calabozo y el pobre chaval

está hecho un cristo.

-Ay, pobrecito mío.

(PEPE) Sí, pobrecito.

Está esperando a que usted lo saque de la cárcel,

como le prometió a su madre.

-Yo no prometí nada. -Sí que lo hizo.

A cambio le pidió a doña Fermina que no le contase a nadie

que su madre le robaba.

-¿Yo? -Sí, señora.

Usted.

Doña Fermina lo sabía y lo apuntaba todo.

Cada noche hacía inventario de todas sus mercancías.

Usted, cada vez que venía a ver a su hijo,

iba a su casa para pedirle productos que no le pagaba

y que ella debía entregarle para que no la denunciaran.

-Eso es una infamia. -Madre, por favor.

Ya le dije que no se acercase a esa delincuente.

No nos podía traer nada bueno.

¿Le prometió a Fermina sacar a Camilo de la cárcel?

-Sí, lo hice.

Pero fue para que me dejase en paz.

Ese...

Ese siempre terminaba apareciendo.

No pensé que podría haberle pasado algo.

-Casi todos aquí odiaban a doña Fermina.

Usted, por lo de su madre.

Usted la amenazó con echarla de su casa.

-¿Yo? Pero ¿quién le ha dicho eso?

-El portero, las escuchó discutir hace unos días.

-Le he hecho una pregunta.

-¿Quiere que se la conteste?

Pues lo haré.

Yo no saludo a desviados.

-Desviados. -Lo dice la Biblia, querida.

"Levítico", capítulo 18, versículo 22.

-La Biblia también dice: "Ama y serás amado"

¿o a ese capítulo aún no llegó?

Eres una beata asquerosa.

Habla de Dios como si fuese una monja.

Pues le voy a decir una cosa. Si Dios existe de verdad,

va a acabar usted en el infierno por mala persona.

-No consiento que una delincuente me hable a mí así, de esa manera.

-Por favor. -Pues tendrá que acostumbrarse.

-Haré que la echen de este edificio

por las buenas o por las malas.

-No hay reaños. -Buenos días.

¿Es eso verdad?

-Muy bien, pues si no hay robo, no hay asesinato.

-En cualquier caso,

creo que ya es hora de avisar a la Policía.

-Eso haré.

Tú y yo ya hablaremos largo y tendido.

Antonio.

(JUANA) No se preocupe, ya lo limpio yo.

No, Juana, es mi marido. Toma, Antonio.

Qué estropicio.

¿Estás bien? Sí, sí.

¿Te encuentras bien? Sí.

-Hay una carta.

De un hospital de Londres.

Qué raro, está escrita en español.

"A doña Fermina Carrascosa,

el fallecimiento de su hijo, Adolfo Bonilla Carrascosa,

en un bombardeo alemán,

durante la guerra".

Por lo visto, tardaron un tiempo en identificar el cadáver.

También falleció su esposa

y su hija, Fermina, de cinco años.

-Era su hijo mayor.

Eso fue lo que intentó decirme y no la escuché.

Fermina. -Ah, hola, Marta.

¿Podríamos hablar un momentito, si no es molestia?

No es molestia, pero voy al hospital, Antonio ha despertado.

(FERMINA LLORA)

¿Dice algo más?

-Que está enterrado en una fosa común

y que el hospital envía sus pertenencias personales.

Cree uno que su vida es horrorosa,

pero siempre hay alguien que está peor que tú.

Bien, creo que no tiene sentido seguir buscando a un asesino,

porque no lo hay.

Como tampoco hubo ningún robo.

Así que Fermina se suicidó.

Qué desesperada debía de estar para matarse de esta forma.

-Aún nos quedan cosas por hacer.

Debemos sacar a Camilo de la cárcel para que se despida de su madre.

-Sí, padre. -No.

Yo ya he hecho suficientes favores, ni uno más.

-Lo he arreglado para que no presenten cargos,

solo hay que pagar una fianza.

Cada hora que pase ese chaval en la cárcel está más cerca de la muerte.

Como quiera.

Yo me encargo.

-Bien, debemos preparar el entierro. -¿Se ha vuelto loco, padre?

¿Cómo vamos a enterrar a Fermina? -En el cementerio.

Ya lo tenía todo preparado para cuando llegase su hora.

-A los suicidas no se los entierra en campo santo.

-Doña Melchora tiene razón.

-¿Quién ha dicho que se ha suicidado?

Fermina ha muerto de un ataque al corazón.

Se enterrará como merece alguien que ayudaba a los demás.

¿Queda claro?

Señor Próculo... -Tranquila.

(LLORA) Gracias.

(JUANA) Ay...

Ay, Virgen santísima.

Ay, mi chico, ven aquí.

-Lo siento.

Lo siento. Estoy bien, estoy bien. Estoy bien.

Estoy bien.

Quiero verla.

-Ven, ven, hijo, ven.

Venta, hijo.

-Estoy bien, estoy bien.

Si necesitáis alguna cosa, estoy en la notaría.

Gracias, Rafael.

(CAMILO) ¿Dónde está, en la cama? -Está en la cama, sí.

Muy guapa y muy dulce.

-¿Está vestida o lleva sudario?

-No, va vestida. -Vale.

-Siempre me llamáis para meterme en líos.

-Carlos, Carlos.

No llames "líos" a una obra de caridad cristiana.

-Próculo, por favor, que esa mujer se ha ahorcado.

¿Qué pongo en el certificado?

Pon lo que creas conveniente,

pero que nadie sepa nada.

-Además lleva muerta casi 24 horas.

La he visto. Los de la funeraria lo van a notar.

No te preocupes por los de la funeraria.

De eso me encargo yo. Daré fe de que todo lo ocurrido es verdad.

(CARLOS SUSPIRA) Que no me preocupe.

Hay que joderse.

Un cura, un notario y un juez ocultando un cadáver

y de una estraperlista, nada menos.

Parece un chiste.

-¿Nos va a ayudar o no?

-Cuando terminó la guerra,

mi hermano, Adolfo, se fue a Londres.

Detrás de Connie.

Connie era periodista.

Se conocieron en el frente y...

se enamoraron enseguida.

Me decía: "Cuando te enamoras de verdad...

Es la mujer de mi vida".

Así que se fue de manera ilegal, claro.

Antes de irse me hizo prometerle que no le diría nada a mamá.

"Mamá nunca me va a perdonar que me vaya en este momento

fuera de España,

con una mujer, sin estar casado,

con una republicana

y encima, embarazada".

Y mamá se volvió loca durante... seis años.

Buscándolo, que si un conocido lo había visto subirse a...

a un barco rumbo a Inglaterra desde Bilbao.

Y mamá: "¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué me hace esto?

Si la guerra ha terminado, ¿por qué no vuelve a casa?

¿Qué le pasa conmigo? ¿Qué?". Y yo...

Yo callaba.

Yo, en silencio.

Porque yo me enteré de la muerte

un mes después de que ocurriera.

Él me mandaba cartas en secreto.

Un día dejaron de llegar las cartas.

Hasta que llegó una carta del hermano de Connie

diciéndole que se habían matado los tres en los bombardeos.

Los tres.

Y yo me callé.

Yo no podía decirle nada a mamá, no podía decirle nada,

porque mamá lo habría hecho antes, ¿verdad, Juana?

Ella siempre decía: "Si tu hermano está muerto,

a mí no me queda nada por lo que vivir.

Tú te tienes que ir fuera de España, no tienes que estar aquí".

Y yo...

Con tal de que estuviera aquí preferí callarme

y que no supiera la verdad.

Lo siento, no sé si lo hice bien. Juana, perdóname.

Solo sé que si hubiese estado aquí, no se habría atrevido a hacerlo.

-Cariño... -Podría haber interceptado la caja,

podría haber hecho cualquier cosa. -Tú no tienes la culpa.

Su dolor era muy grande, ¿eh?

Tú lo hiciste para que no sufriera, cariño.

No, no, ven aquí. -No sé, no sé, Dios mío, Dios mío.

-No es culpa tuya. -Dios mío...

-Tú no tienes la culpa, mi niño, no.

Mi niño, no. -Pobrecita.

-Hijo... (LLORA) Ay...

(Música de violín)

(Música de violín)

-Gracias.

Gracias. Ha sido precioso.

-¿Te ha gustado? Sí.

-Es una de las piezas más complicadas.

Ah, ¿sí?

-Tardé siete meses en aprender a tocar la mitad. (RÍE)

Siete meses... ¿Interrumpo?

Mamá, ¿qué haces aquí?

Iba para casa y escuché la música.

¿No nos vas a presentar?

Eh... Él es Hanno.

Ella es Marta, mi madre.

-Un placer. Encantada.

Tocas de maravilla. -Gracias.

Todo un honor, sabiendo que usted es música.

Su hija me ha dicho que es una gran pianista.

Mi hija tiende a exagerar, aunque a veces se queda corta.

¿Quién te ha enseñado a tocar así?

-Mi padre, él "enseña a mí" todo lo que sé.

Debe de estar muy orgulloso.

-Lo estaba, sí. Lo siento.

-¿Puedo invitarlas a un café?

Para ti, uno de "socolate".

Un "chocolate".

-Un "socolate". No.

Chocolate.

-Cho... (RÍE)

Muchas gracias, pero tenemos que irnos.

En otra ocasión. -Claro.

Te dejo que te despidas. Te espero ahí.

Adiós. -Adiós.

¿Todo bien? Sí.

-Parece buena gente, ¿no?

¿Nos vemos otro día?

-Claro.

Adiós. (RÍE)

-Marta, perdona el desastre,

pero para mí preparar un viaje es lo que tiene.

No, déjalo, déjalo, lo hago yo. ¿Cuándo vuelves?

-No lo sé.

Dentro de un mes, puede ser que dos.

Te voy a echar mucho de menos.

-Y yo.

Te pediría que me acompañases, si eso fuera posible,

pero también te necesito aquí trabajando por mí.

Con respecto a eso... -¿Qué?

No voy a poder seguir haciéndolo. -¿Por qué? ¿Qué pasa?

Antonio... -Ay, Antonio.

Va empezar a trabajar en los juzgados.

-Entiendo.

Yo no quiero parecer una ingrata, no se trata de eso.

-Lo sé, lo sé.

Perdóname tú.

Soy una egoísta.

Muy a mi pesar, te has convertido en alguien imprescindible.

No me gusta depender de nadie, pero es así.

¿Estás segura de lo que estás haciendo?

Ay, Roberta, yo...

Estoy feliz trabajando, pero mi marido...

-Bueno, pero no tienes por qué decírselo a tu marido.

Además, no estás haciendo nada de lo que te puedas avergonzar.

Y ya sabes que puedes venir aquí a tocar el piano

como y cuando y siempre que quieras.

Gracias, Roberta. -¿De qué?

Estoy pensando en volver a tomar clases.

-Ay... Tocar con Castillo

me ha hecho darme cuenta de lo mucho que lo echo de menos.

Lo necesito.

Y lo oxidada que estoy también.

Antonio me ha dado su permiso.

-Pues hazlo antes de que se arrepienta.

Ya me contarás.

A mi vuelta espero darte buenas noticias.

¿Sobre qué?

-Bueno, ya he dicho demasiado. Venga.

Venga.

Ya te echo de menos. Y yo.

¡Ah! Perdón.

Ah, disculpe. -Va usted demasiado deprisa

en la vida, señora. Perdón.

-Debería tener más cuidado.

Señor Tassoni, quería hablar con usted.

-No acostumbro a hablar con las madres de mis alumnos.

Ah, no soy madre de alumno.

Eh... Quería recibir clases de usted.

-La recuerdo.

¿Usted no era alumna del profesor Castillo?

Sí, bueno, no exactamente.

-Lo siento, señora.

No sé quién piensa que soy, pero las amantes de ese hombre

no podrían ser alumnas mías. Es un insulto la insinuación.

Disculpe, no le permito que me hable así.

Mi relación con el señor Castillo fue exclusivamente profesional.

-¿Qué quiere de mí, entonces?

Nada.

-Es usted mayor para ser alumna.

La música es algo muy serio.

Si se aburre, debería probar en una escuela de baile.

El conservatorio no es un lugar para mujeres como usted.

Tengo la carrera de música desde hace mucho tiempo.

Toco el piano desde que tengo uso de razón.

No he venido por aburrimiento, sino porque necesito tocar.

Necesito la música como el aire que respiro

y más en este momento de mi vida.

Me vale un minuto con usted para saber que prefiero quedarme sorda

antes que hacer algo que amo bajo su supervisión.

Buenas tardes.

-Demuéstremelo.

Si es verdad que sabe usted tocar, me gustaría oírla.

Demuéstreme lo que sabe

mientras me tomo un café.

(Música de piano)

-Está bien.

De acuerdo.

Le daré esas clases.

Será en mi casa cada tarde a partir de las 16:00.

Aquí tiene la dirección.

¿Qué ocurre?

¿No es lo que quería, señora...?

De Montejano, pero puede llamarme Marta.

-Mire, Marta,

supongo que no duda de mi magisterio.

En la escuela la informarán sobre mi trayectoria.

Comprobará que no acepto a cualquiera como alumno.

y mucho menos sin recomendación

o una audición concertada meses antes.

Además, mi tiempo y mis clases no son precisamente baratos.

Si esto es un capricho...

No es ningún capricho, ya se lo he dicho antes.

-¿Entonces?

¿Qué problema tiene? No lo entiendo.

Perdone la pregunta, pero... ¿vive usted solo?

-Completamente.

¿Le supone eso algún impedimento? No, pero mi marido preferiría

que diéramos las clases aquí, en el conservatorio.

-Mire...

No sé bien lo que me lleva a hacerle este ofrecimiento,

pero estas son mis condiciones. Le daré clases de lunes a viernes

de 16:00 a 18:00. Exijo puntualidad,

no admito falta de asistencia ni excusas sobre ellas.

Para mí, la dedicación a la música está por encima de todo,

incluidos marido e hijos.

Si tiene la carrera de música, sabrá muy bien

que se requiere estricta disciplina.

Para conseguir la maestría de cualquier instrumento

son necesarias muchas horas. Si acepta mis reglas,

empezaremos mañana mismo. Si tiene alguna duda,

puede marcharse.

Las acepto.

(VIRTUDES) ¿Qué te pasa? ¿No tienes hambre?

-Me duele el estómago. -Eso te pasa por no cenar en casa.

-Que...

-Que tengo una falta.

-Voy a dar una fiesta. Me gustaría que vinieras

con esa amiga tuya. (BASILIO) Elena.

-Esto es solo el principio, pero si no haces algo,

el borracho de tu amigo y la puta su mujer

acabarán arruinándonos. ¡Ah!

Así no puedo estar. (TORRES) ¿El alcohol no te basta?

Necesito algo más.

Antonio.

Espera, espera. ¡Antonio!

-Imagino que estás aquí por Juanito.

Sí, hace semanas que no sé nada de él.

-Llevaste a esa chica a abortar ilegalmente

y dejaste que se desangrara en la calle.

-No me gusta verla triste, Marta,

y es como viene siempre. Pero me voy feliz

y eso es lo que importa.

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La sonata del silencio - Capítulo 5: "Fermina"

11 oct 2016

El capítulo 4 de La sonata del silencio acababa con dos momentos de una terrible dureza. Antonio daba una paliza a Marta y Fermina aparecía ahorcada en el salón de su casa.

En el capítulo 5, "Fermina", la estupefacción de los vecinos ante la muerte de la estraperlista es general. A los vecinos les extraña tanto el suicidio que piensan que se trata de un asesinato.

Mauricio, en su doble condición de jefe de casa y juez, toma el mando para averiguar qué ha sucedido antes de avisar a la policía.

Todos son sospechosos, y en especial Marta, la más beneficiada ya que un testamento manuscrito le deja beneficios. Además, todos los productos de estraperlo que había en el doble fondo de un armario han desaparecido.

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