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No recomendado para menores de 16 años La sonata del silencio - Capítulo 2: "Elena" - ver ahora
Transcripción completa

Todo esto se resolverá

Te sacaré de aquí, te lo prometo.

Y nuestra suerte cambiará.

Marta, hago todo lo posible. Pues haz más.

Está en la cárcel por tu culpa.

O sacas a Antonio de la cárcel

o tendré que hablar de quién era esa chica.

Marta está desesperada.

Dice que es capaz de hablar con quien sea.

-¿Pediste ayuda al juez, a tu vecino?

(MAURICIO) Antonio Montejano...

-Antonio tiene una hija encantadora, Elena.

-Sin duda.

(PRÓCULO) Es muy guapa y está en una edad

en la que cualquier consejo y apoyo puede resultar decisivo

a la hora de tomar compromiso

Podemos sacarte de aquí, pero hay algo a lo que te debes comprometer.

(PRÓCULO) Se trata de tu hija, Elena.

¿Has vendido a nuestra hija?

Le estoy procurando un futuro mejor.

Por eso te sacó de la cárcel, ¿verdad?

-Estoy deseando que seas mi esposa.

Pero ¿qué está diciendo?

-¿Estás segura de que no te gusta nadie?

Me preguntas lo mismo todos los días, Julita.

¿De qué te ríes?

-De la cara que pondría mi madre si supiese que Dioni es un pulpo.

Nunca más en el portal. Que no. -Nunca más en el portal.

Antonio, qué alegría que estés otra vez con nosotros.

(TORRES) Necesitas quedarte en cama y tratamiento con penicilina.

No tengo para comer, voy a comprar penicilina.

-¿Qué tal está Antonio? Está mal, muy mal.

-Ojalá pudieras llevártelo. Ojalá, este no es su sitio.

Hola, Camilo. ¿Puedo hablar con tu madre?

¿Sabes dónde conseguir penicilina? -Te vas a ir aquí

Esto es un cuartel. -Es de un amigo de mi hijo.

-Un conocido. -Tiene muchos.

Pero esto solo es una. -Es lo único que puedo darle.

-Antonio se recuperará.

No, si no puedo pagarle la penicilina.

-Quien dirige el hotel Ritz es un conocido mío.

Sé que buscan a alguien preparado como tú para un trabajo.

-Me comentó Próculo que estaba usted casada.

Sí, lo estoy. -Necesitaremos, entonces,

una autorización de su marido,.

No quiero que trabajes. Antonio, lo necesitamos.

No estás en disposición de trabajar.

Pienso pagarte el tratamiento. Es mucho dinero, Rafa.

Eutimio.

Diez gramos, lo antes posible,

al precio que sea.

-Déjeme hablar con mi contacto.

-¿Penicilina?

-¿Qué hace aquí el pimpollo de mi jefe?

-Es un fijo ya. Como al chaval le van las putas y el polvito blanco

imagínate. -Vigílamelo y dime lo que hace.

-Ve a las 23:00

Traigo la penicilina.

Muchas gracias, Rafael.

Sabes que puedes pedirme lo que quieras.

¿Seguro que te encuentras bien? Queda la mitad del tratamiento.

-¡Marta! ¡Papá!

(MAURICIO) ¡Antonio!

¡Papá!

(TORRES) Preparen quirófano, deprisa.

Vamos, vamos, vamos.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, creador del Cielo y de la Tierra,

(TORRES) Enfermera, hay que bajar la fiebre.

Una bañera y rápido.

Creo en Jesucristo, su único hijo y nuestro Señor,

que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,

padeció bajo el poder de Poncio Pilatos...

(TORRES) Con cuidado.

Tiene un colapso. Reanimación. (ENFERMERA) Reanimación.

Fue crucificado, muerto y sepultado

-Un fonendo, rápido.

Descendió a los infiernos... (TORRES) Vamos, vamos, vamos.

Al tercer día resucitó de entre los muertos.

Subió a los cielos...

y está sentado a la diestra de Dios, Padre Todopoderoso.

De allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

(TORRES) ¡Fuera!

(ELENA Y JULIA) Creo en el Espíritu Santo.

-Antonio, estoy aquí. Antonio, ¿me oyes?

(ELENA Y JULIA) ...Santa Iglesia católica, apostólica, romana...

-¿Me escuchas? -La comunión de los santos,

el perdón de los pecados.

la resurrección de la carne. -Antonio, ¿me oyes?

Por favor, Antonio. -Y la vida perdurable.

(TORRES) Comprobación.

Es que lo vi tirado en el suelo

y parecía muerto.

¡Papá! ¡Papá!

Estaba blanco, blanco, blanco...

¡Papá!

¡Papá! ¡Papá!

-Doctor, déjelo, no hay nada que hacer.

-Aparte. -Se pondrá bien, ya verás.

No, si se salva, será un milagro.

¿Cómo está? -No os voy a mentir.

Hay que ver cómo evoluciona, pero está muy grave.

Tiene un principio de septicemia.

Solo nos queda esperar.

¿Se va a poner bien?

-Ha tenido suerte. De haberme llamado más tarde,

no se hubiera podido hacer nada.

¿Dónde habéis conseguido esa penicilina?

¿Dónde? De Eutimio.

-Pues te la han jugado.

Lo que hay en esas ampollas es veneno.

Llevaba días inyectándose,

mejorando de manera evidente.

-Solo te puedo decir lo que he analizado.

Lo que hay en esas empollas no es penicilina.

No sé cómo un hombre de tu posición se arriesga de esta manera.

Has podido meterte en un lío. Yo no las compré.

-No me jodas, Rafael, no me jodas. Si no llego a atender a Antonio,

habrías tenido que dar explicaciones a la Policía.

Esperemos que salga adelante y que, oficialmente,

quede en un empeoramiento de la neumonía.

Pero esto es serio, así que reza para que Antonio salga de esta.

Quiero ver a Antonio. -Ahora es imposible.

Está sedado. Mejor que te vayas a descansar.

No me iré a casa sin verle.

-Enfermera, acompañe, por favor,

a la señora Montejano a ver a su marido.

Si el rastro de esa penicilina llega hasta mí,

no pienso protegerte.

Haz lo que tengas que hacer. -Lo haré.

(Cláxones y trasiego de vehículos)

-57 pesetas.

-¿57 pesetas? Pero ¿qué he roto? -Usted no,

lo de anoche de sus amigos, me dijo que apuntara.

-Ya sé lo que le dije.

¿Vamos?

-Santa María, madre de Dios...

(Timbre de la puerta)

-La tres está libre.

(Risas)

-Ande, vaya a casa y descanse un rato.

Aquí no puede hacer nada. Gracias.

-Buenos días, Marta.

¿Cómo estás? -Deberías acompañarla a casa.

Si hubiera alguna novedad, os llamaré.

-Muy bien. Gracias, Carlos.

¿Puedo hacer algo por ti?

¿Y qué vas a hacer?

¿Que se levante y ande como Lázaro?

-No, esos milagros no están a mi alcance.

Perdóname.

-No te preocupes, bastante tienes ya con lo tuyo.

(BASILIO) Buenos días, señoritas.

Madre.

-Quítate las gafas.

¿De dónde vienes?

-No quieras saberlo. -Esto no puede seguir así.

Ya escuchaste a tu padre el otro día.

O empiezas a comportarte...

-Me quedó claro el otro día.

No me lo repitas más. -¡Basilio!

No hables así a tu madre.

-¿Por qué no os calláis las dos? Me duele la cabeza.

¿Y tú qué haces aquí?

-Se ha quedado a dormir. Su padre está en el hospital.

-¿Y qué le ha pasado?

Aún no lo sabemos.

Mi madre sigue en el hospital.

-Si me disculpáis...

Madre.

-Mamá, ¿por qué no le dices nada?

(VIRTUDES) Tú, calla.

-Buenos días. -Buenas.

(Timbre de la puerta)

-Hombre, Dionisio, hacía mucho que no se te veía el pelo.

Pasa, pasa. -Gracias.

-¿Qué pasa? ¿Te echaste novia o qué? -Precisamente, doña Celia.

-Anda, pastelitos, pues qué bien, porque acabo de hacer café.

Bueno, una buena chica, espero. -Muy formal, doña Celia.

Es la hija de mi jefe, el notario. -Anda, otro al que también

hace mucho que no se le ve el pelo, pero en fin...

Bueno, ¿qué querías?

Pues verá, doña Celia...

Yo he venido... he venido a verla, porque...

necesito que me alquile una habitación.

-¿Y para eso tanto misterio? Habérmelo dicho por teléfono y ya.

-Ya, ya, ya. No.

Es que la chica a la que quiero traer es mi novia.

-Dioni, sabes que las normas de esta casa son estrictas.

-Sí, pero... -Pero nada.

Me parece muy bien que quieras un desahogo,

pero no pienses por un momento

que dejaré que traigas aquí a tu futura esposa.

-Si lo sé, doña Celia, estoy totalmente de acuerdo con usted.

Pero yo la quiero un montón.

-¿Sabe ella de tus planes para desgraciarla?

Porque eso vas a hacer, desgraciarla.

-Que no es eso, doña Celia, de verdad.

Ella y yo ya hemos hecho cosas.

No hemos consumado, consumar todavía no,

pero hemos hecho cosas y desde entonces no puedo comer,

ni pensar ni estudiar. -Dioni, ya me he perdido, ¿eh?

No sé lo que me estás pidiendo.

Verá, doña Celia, me gustaría traerla una tarde,

que usted la conozca y ella a usted y vea que es una mujer amable.

Y ya que vea que esto es una casa decente.

Además, que...

yo sabría cómo compensarla.

Bueno, conoce usted a mi padre y...

-Un buen hombre, todo un caballero

y siempre deja muy buenas propinas.

(Llaman a la puerta)

(EUTIMIO) Don Rafael, lo están esperando.

Pase y cierre la puerta.

-Pero, señor, están en la sala... ¿De dónde sacaste la penicilina?

-De uno de mis contactos habituales, ya se lo dije, no sé más.

Claro.

Tú cobras lo tuyo y ya está, ¿no?

¿Qué más da la mercancía?

¿O lo que pueda contener en realidad?

En este momento,

mi mejor amigo está en el hospital

debatiéndose entre la vida y la muerte

por lo que había en las ampollas que me diste.

Me has puesto en una situación muy complicada.

Si Antonio muere,

tendré que dar muchas explicaciones.

Así que una vez más, ¿de dónde coño la sacaste?

-Señor, como comprenderá,

yo no sabía. Recoge tus cosas y lárgate.

No quiero volver a verte por aquí.

Y da gracias a que no te denuncio.

-No.

A usted no le conviene hacer eso.

Sabe de mi lealtad. Me jugué el pescuezo.

Me jugué el pescuezo para conseguir esas ampollas.

Usted se juega el pescuezo por dinero, mi dinero,

que bastante bien me lo saca con sus negocios.

-Pero usted también se beneficia, ¿verdad?

Aquí cada uno se lleva lo suyo, que no se le olvide.

¿Me está amenazando?

-No, don Rafael.

Solo quiero...

Solo quiero que vea que está cometiendo un error.

El sueldo de dos meses.

-No me está hablando en serio.

Recoja sus cosas y lárguese.

Tengo mucho trabajo.

-Don Rafael.

Le aseguro que esto no va a quedar así.

Buenos días.

(Se abre la puerta)

(Se cierra la puerta)

(Teléfono)

(Teléfono)

-Ah, ¿sí? ¿Una sorpresa? Pero ¿qué clase de sorpresa?

-Pues una, si te lo digo no tiene gracias, Julita.

-Pero ¿qué sitio es ese?

-Pues uno.

Es la casa de mi tía.

Es que quiere conocerte y nos ha invitado a merendar.

Ya está, ya te lo he dicho, ¿contenta?

-A ver, pero ¿qué tía? Pensaba que tu familia estaba en Cuenca.

-Claro, de ahí es, de Las Pedroñeras.

Se ha venido aquí a vivir... -Pero...

-No me hagas más preguntas. ¿Le digo que vamos o no?

-Está bien.

Pero Elena vendrá con nosotros de carabina.

Que no me fío mucho de tus sorpresas.

¿Te pasa algo? -¿A mí? No. ¿Qué me va a pasar?

Bien, que venga. Dionisio, ven a mi despacho.

Vamos a repasar esas oposiciones. -Vale.

Venga, no tengo todo el día.

Fermina, buenas noches. -Ay, Marta.

Perdona, es que oí pasos

y pensé que podría ser Camilo. No. ¿Todo bien?

-Sí, sí. Nada, una escapada de las suyas.

Ahora se ha liado con un cirujano casado y con dos hijos,

nada menos. ¿Con hijos?

-Sí, hija, sí, es que aquí nadie es lo que parece

ni lo que aparenta ser.

En fin, que todo acabará mal, como siempre.

Ay, pero perdona, yo aquí contándote mi vida

y tú con tu marido en el hospital. ¿Cómo está?

Está mal, Fermina, inconsciente.

El médico dice que hay que ver cómo evoluciona.

-Pobrecito.

Nunca le agradeceré lo suficiente lo que hizo por mi Camilo.

Si este hijo mío hubiese ido a la guerra,

no sé qué habría sido de él.

Antonio siempre ha ayudado a los que lo necesitaban.

Y yo no estoy a la altura.

-¿Qué? Pero tú, ¿qué tonterías estás diciendo?

Ya les gustaría a muchos tener a su lado una mujer

como él te tiene a ti.

Siento que le he fallado. -Y todos fallamos, mira esta.

¿Piensas que hay familias perfectas? Pues no.

Todos ocultamos cosas debajo de las alfombras.

Unos más que otros.

Buenas noches.

-Buenas noches, cariño. Descansa. Y tú.

Tengo que volver con tu padre.

No quiero que estés sola.

Tendrás que dormir con Julita hasta que nos organicemos.

¿Vale? ¿Y cuándo podré verlo?

Ya nos lo dirán.

Se pondrá bien, ¿verdad?

No lo sé. ¿Qué vamos a hacer?

No lo sé, hija. No sabemos cuándo despertará ni en qué condiciones.

Tenemos deudas que pagar.

Ni siquiera sé qué me costará el hospital.

Y por eso me casáis con Mauricio.

Eso resolvería todos los problemas de un plumazo.

¿Quién te lo ha dicho?

Él mismo.

Justo antes de que a papá le diera el ataque.

¿Cuándo pensabas decírmelo?

Tu padre piensa que así al menos tú saldrías de la miseria.

Pero él no tiene que casarse con Mauricio.

Es un buen hombre, hija.

Te defendió en la zapatería

y ayudó a tu padre a salir de la cárcel.

Mamá, y yo se lo agradezco.

Pero no me quiero casar con un hombre 15 años mayor que yo.

Me da igual su dinero, su poder, me da igual.

Ya sé que no es justo, hija. No, no es justo.

No es justo, porque mi vida es mía.

Mamá...

¿Por qué no dejáis que Rafael os ayude?

¿A santo de qué viene Rafael ahora? Es que no lo entiendo, mamá.

Es vuestro amigo, ¿no? Ya nos ha ayudado mucho.

¿Y qué?

Hay favores que se pagan muy caros.

A mí me saldrá caro casarme con uno al que no quiero

ni querré nunca.

(Porcelana rota)

(Se cierra una puerta)

-¿Está todo?

-Tú te fías de mí, yo me fío de ti. Esas son las reglas del juego.

Eres nuevo.

-No.

-Si quieres sobrevivir a este negocio, nunca mientas

porque mientes fatal.

-Vámonos, deprisa.

-Mañana te vienes con nosotros de paseo.

No, no tengo el cuerpo yo para paseos.

-Que sí, que tienes que salir. Quedarse en casa es peor.

He quedado con Dioni, pero podemos hacer algo los tres.

No, no me gusta ir de carabina.

Además, lo siento, pero yo, con el novio que tienes...

me aburro mucho. -¿Si te lo pido por favor?

Es que ya te dije que últimamente está que...

hay que atarle las manos.

Julita, no me digas que... -No, no, para nada.

Solo me ha visto un poco... desnuda.

Un poco.

Mira, ten cuidado con este chico,

porque tiene "peligro" escrito en la frente.

-No sabes cuánto.

Mira, es que... cuando me besa,

me sube un calor

y tengo ganas de estar con él, que no me había pasado nunca.

¿A ti alguna vez...?

Bueno...

pero tampoco tiene que ser algo malo lo que siento.

Eso también es amor.

¿No?

¿Con Dionisio?

No sé, es tu novio, tiene que serlo, ¿no?

-La verdad, no me quejo.

Por lo menos no es don Mauricio. ¿Por qué?

¿Qué pasa con el juez? -Ya sabes, por mi hermana.

Mi madre está empeñada en casarla con él.

Visto así, he tenido suerte con Dioni.

Me toca a mí casarme con ese estirado y me muero.

Venga, que no hago más que hablar, hablar y hablar.

Anda, vamos a dormir.

(Música, bullicio)

-No he robado su dinero.

Se lo juro.

Me pegaron una paliza.

Me tiraron al suelo y me pegaron patadas en el estómago.

-Demuéstralo.

Ábrete la camisa.

-¿Aquí?

-¿Por qué no?

-Recuperaré su dinero.

Se lo juro.

Trabajaré gratis, haré lo que quiera.

-Lo sé.

Sin entrega, no hay dinero, chico.

A ver cómo te pagas ahora tus cosas.

(Sube la cremallera)

(PRÓCULO) Ya verás como Antonio se pone bien.

Te aseguro que no he rezado más por nadie en toda mi vida.

Gracias, Próculo.

-No me las des, es mi trabajo.

Rezar y cuidar de los demás.

Yo también rezaría por que todo volviera a ser como antes.

El otro día, cuando estuve en el Ritz,

todo mi pasado vino a mi cabeza.

No me dejaron entrar.

Creían que era una camarera.

Lo más curioso es que ahora daría lo que fuese por ser camarera.

(MUJER) Ha tosido algo, pero tampoco ha sido mucho.

-Venga, no te preocupes más por tu padre.

No sé qué hago con vosotros. -¿Qué ibas a hacer en casa, mujer?

Esto va a ser mucho más divertido.

Oye, a las 21:30 tengo que estar en casa.

-Sí, yo también, no te preocupes. -Voy a comprar dulces.

Elena, ¿vas a querer o no?

-Pues claro que va a querer. La hemos invitado a merendar.

Mira este.

Desde luego, Dioni, estudiarás para notario,

pero tienes salidas de casquero.

¿Cuál te gusta?

(Timbre de la puerta)

-Tía Celia.

-Ah, hombre, sobrino, hombre.

Por fin te dignas a visitarme.

-Mira, ella es Julita, mi novia, de la que tanto te he hablado.

-Encantada.

-Ella es Elena, amiga suya, se ha apuntado a última hora.

-Encantada, ¿eh? Pasad, pasad.

No os quedéis ahí, pasad.

(CELIA RÍE)

Dioni, ¿quieres la mitad?

-No, estoy un poco revuelto aún de la comida.

-¿Te traigo un poco de bicarbonato? -No, tía.

Se me pasa enseguida.

-Colon irritable.

Le viene de familia.

-Me ha dicho Dioni que es usted también de Cuenca.

-Así es, bonita. -De Las Pedroñeras.

-Se debe de vivir bien ahí, ¿no? Tranquilo.

-Pues sí, la verdad, se está muy a gusto.

Unos ajos estupendos.

-¿Por qué se mudó entonces aquí?

-Temas de médicos.

Está muy malita, la pobre, ¿verdad, tía?

-La verdad, fatal...

-¿Qué le pasa?

-Bueno, nosotros nos vamos.

Hasta la semana que viene.

-Mi hijo, el mayor, y mi nuera.

Han venido a pasar unos días. -Por la mudanza de Cuenca a Madrid.

-¿Ese era tu primo? -Claro.

Mi primo Julián. -¿Por qué no os habéis saludado?

-¿Eh?

Cuestiones familiares, Julita.

Tema de herencias.

Mi primo Julián es un jeta... -Dioni, ¿qué está pasando aquí?

Julita, que nos ha traído a una casa de citas.

-¿Qué? -Cálmate, tiene una explicación.

-Tu tía de Cuenca ha montado una casa de citas.

No es su tía, Julita, no es su tía.

-Vámonos de aquí, Elena.

-¿Qué quieres? Lo he hecho lo mejor que he sabido.

-Julita, por favor. -No soy María Guerrero.

-Julita, Julita, por favor. -¿Qué?

¿Qué creías? ¿Que iba a acostarme contigo así, sin más?

¿Sin estar casados, sin hablarlo siquiera?

-Me lo dijiste el otro día, dijiste: "Nunca más en el portal".

Me enteré de este sitio y... -Estás loco.

-Loco por ti, Julita.

No me puedo concentrar.

Que solo pienso en ti...

en ti y en mí haciéndolo.

Te quiero, Julita, te deseo.

Y sé que tú a mí también.

Julita, vamos. -Alto los tres.

Son más de las 21:00 y esta es una casa decente.

Si salís juntos, parecerá que la gente viene aquí a acostarse

en trío o sabe Dios qué otras guarrerías más.

-¿A qué vienen? ¿A jugar al cinquillo?

-Menos bromas, jovencita.

Aquí se sale de uno en uno cuando yo lo diga.

-Pues yo salgo la primera.

Julita.

Por favor, ¿me deja salir?

-Anda, vete.

No vuelvas por aquí.

Sé una chica de provecho.

-Vaya, vaya, si no lo veo, no lo creo.

-¿La conoces?

-Ven.

Es amiga de mi hermana pequeña.

-Pero si es una cría. ¿Qué hace en un sitio como ese?

-Pues ya ves.

-Che, che, che.

¿Adónde te crees que vas, jovenzuelo?

¿Eh? ¿Tú sabes el lío en el que me has metido?

-Doña Celia.

Si no voy detrás de ella ahora mismo, la pierdo.

Por favor.

-Anda, vete, vete, venga.

(JULITA CHISTA)

-Pero bueno...

Qué sorpresa.

Dioni, ¿qué haces aquí? -¿Yo? Por aquí, nada.

-¿Nada? No me tomes el pelo, chaval. ¿Con quién has venido?

-Yo solo, bueno, y mi tía, que vive en el tercero.

He venido a verla. Se está mudando, porque la mujer...

-¿Sabes qué pasa? Cuantos más datos dan, la mentira es más grande.

¿Sabes a quién he visto?

-¿A quién? -A Elena Montejano.

-Basilio, no le digas nada a nadie. Esto tiene una explicación.

Te la daré, pero ahora... -No te preocupes.

Esto queda entre tú y yo. Así que tranquilo.

Si no lo veo, no lo creo.

Estos dos tontos pegándosela a la tonta de mi hermana.

(Timbre de la puerta)

(Risas)

-¿Cuántas veces te he dicho que no se toca el timbre?

-Perdón, perdón. -Conoces perfectamente

las reglas de esta casa. Primero uno, después el otro,

que luego la gente se piensa lo que no es.

-Pues lo es, doña Celia, lo es.

-Como sigas así, te prohíbo la entrada.

-No se sulfure, mujer, que estamos en confianza.

-El dinero, por adelantado.

-¿Cuándo le he dejado de pagar a usted?

-Mira, Basilio, o me pagas ahora mismo

o tú y tu amiguita os vais a la calle.

(BASILIO ASPIRA, CARRASPEA)

-No llevo más dinero encima, pero... -No, no, no.

Mañana no, ahora.

Sabes lo que cuesta esto y lo que pasa si no pagas.

Así que... tú verás.

-¿Qué tal? ¿Cómo está? No hay cambios.

¿Quieres velo? -Antes quería hablar contigo.

Dime.

-Verás, he estado viendo al director del Ritz

y me ha dicho que el puesto sigue sin ocupar.

¿Entonces? -La señora que quiere contratarte,

Roberta, italiana, te espera. Le he dicho que irías mañana.

¿Mañana?

Estando así, Antonio, no puedo.

-Aquí, en el hospital, no puedes hacer nada por él.

(Llaman a la puerta)

-Buenas tardes, Elena.

No quería molestar, solo quiero saber cómo está tu padre.

No le puedo decir, porque mi madre sigue en el hospital.

Aunque, bueno, acaba de llamar a casa de doña Virtudes

para decir que venía de camino.

-Dile a tu madre...

que si necesita algo, que me avise.

Para lo que sea, ¿eh? Para lo que sea.

Yo sé muy bien lo que es pasar por algo así.

Cuando mi mujer...

En fin.

No quiero aburrirte con mis problemas, que ya tienes bastantes.

Tu padre se va a recuperar porque es un hombre muy fuerte.

Buenas tardes.

Gracias.

-¿Perdón?

Buenas tardes.

(Llanto de bebé)

(Llanto de bebé)

-Adiós.

(Llanto de bebé)

(RECUERDA) "¡Elena!

¡Elena!

¡Elena!

¡Elena!

Ven un momento.

Mira, guapa.

Me gustaría que la llevaras en tu comunión.

¿Sabes de quién era? ¿De quién?

Esto era de mi abuela.

Mi abuela se la dio a mi madre, mi madre a mí

y yo te la doy a ti.

Es muy bonita. ¿Te gusta?

Sí. ¿Y sabes lo mejor?

¿El qué? Que esto es como un talismán.

Si algún día tienes algún problema,

solo tienes que cogerla y rezar con fuerza,

que es como pedir un deseo.

¿Te la pongo? Sí.

¿Me das un besito?

Bueno".

(SUSURRA) Te quiero.

(Música de violín)

(Aplausos)

-Ah. Hola, Elena. ¿Tu mamá está? Sí.

Mamá.

Fermina, qué sorpresa.

-Hola, Marta. Perdona que te moleste,

pero Juan está en cama con un resfriado que no puede ni moverse

y necesito pedirte un favor. Claro, dime.

-Camilo.

Lleva más de dos días sin aparecer por casa.

Sé dónde está,

pero prefiero que me acompañes, por si acaso.

Claro que sí. Dame un minuto y cojo el abrigo.

(Música de vodevil)

-Hola, Santiago. -Hola, Fermina.

-Eh... ¿Camilo, donde siempre?

-Sí, donde siempre.

-¿Te importa si...? -Adelante.

-Gracias.

Marta. Marta.

Por favor.

Desde luego... Vaya peste que hay aquí.

¡Camilo!

Pero levántate de ahí ahora mismo.

(CAMILO, VOZ CONFUSA) Mamá, ¿qué haces aquí?

-¡Venga!

¿Cómo que qué hago aquí?

Espabilarte, que buena falta te hace.

Pedazo de imbécil. ¿Te parece bonito marcharte así de casa?

Y mientras, yo preocupada pensando que te habían detenido o algo peor.

Venga, arriba. Ayúdame, Marta.

Venga, venga.

Venga. -Ay. Me da igual todo.

Joaquín me ha dejado. -Pues ha hecho muy bien.

-Es el amor de mi vida, mamá.

(LLORA) El amor de mi vida... -Venga.

-Yo puedo. Ahí está.

-Anda, venga. -Que sí, mamá.

Yo puedo. Apóyate.

-Anda, venga.

Cuidado. -Cuidado ahí, Marta.

Cuidado... Uf. -Vale, vale, vale.

-Anda.

Ay... Y pensar que su padre era un militar de pelo en pecho...

Un héroe de guerra.

Y va a salir este, delicado como una flor.

Bueno, Fermina, cada uno es como es.

-No, el otro no era... no es así.

El otro salió a su padre.

Ojalá que estuviera aquí con nosotros.

No te pongas triste.

-Entonces sí que era yo feliz...

Y mírame ahora, cargando con este.

Este un día me da un disgusto,

pero de los gordos. Cuidado. -Mamá.

-¿Qué?

Yo te quiero mucho, ¿eh? -Y yo, hijo, y yo.

Anda, vamos. Vamos, venga.

Buenas noches. -Buenas noches.

-Anda, Camilo, vamos para casa.

Anda, hijo, anda, anda.

(LLORA)

(Teléfono)

-Antonio, tengo a don Rafael al teléfono.

Dice que es urgente.

Dime.

Sí, sí, claro que soy médico, pero hace años que no ejerzo,

ya lo sabes.

Claro que voy.

Dame la dirección.

Voy para allá.

Necesito un taxi.

Está en el portal. ¿Qué hace ahí?

La portera no quiere saber nada. No sé qué hacer.

¡Dios!

Está muy mal.

Hay que hospitalizarla ya. No podemos ir al hospital.

-¡Ah!

(VARIAS MUJERES GRITAN) El coche, rápido.

¡Vamos!

Aguanta. Aguanta, ¿me oyes?

(HOMBRE) ¡Alto ahí!

¡Ayúdenla!

(MASCULLA) Tira, tira.

(Truenos)

Pase lo que pase, yo me ocuparé de Marta y Elena.

Te lo juro.

Hola, Venancia. ¿Está la señora?

-No, ahora mismo no hay nadie en casa.

¿Quiere que les diga algo cuando vengan?

Es que venía porque necesito llamar al hospital

para saber cómo está mi marido. -Ah, pase,

que lo primero es lo primero. No quisiera ponerla en un apuro.

-No se preocupe. Si estuviera aquí la señora haría lo mismo.

Muchas gracias.

-Mejor la dejo a solas. Si necesita algo,

no tiene más que decírmelo. Gracias.

(Truenos)

(Truenos)

(Tapa cerrándose)

Rafael.

Sé que ayer estuviste en el hospital.

Aléjate de mi familia, que bastante daño nos has hecho.

Si te refieres a la penicilina, yo no tuve nada que ver.

Y el responsable de suministrarla ya no trabaja aquí.

¿Has despedido a Eutimio?

Es lo menos que podía hacer.

No es solo por la penicilina.

Y bien lo sabes.

Ya no sé qué hacer para estar a bien contigo.

He tratado de compensar una y mil veces lo que pasó,

pero no me dejas.

El amor y la amistad no se demuestran con dinero, Rafael.

Claro, por eso vas a permitir que Antonio case a Elena con Mauricio.

Es su padre.

¿Por qué tenemos una visión tan distinta de las cosas?

Antes no eras así.

La vida cambia a las personas.

Además, no seas hipócrita.

Querías casar a Virtuditas con el juez.

No, eso son cosas de Virtudes y sus aires de grandeza.

Yo nunca impondré a mis hijas que se casen con quien no quieran.

Bastante he sufrido yo con eso.

Será mejor que me vaya.

Si no quieres olvidar lo que pasó, allá tú.

Para mí es pasado.

Y algo que no debió suceder.

(Timbre) -Ay, qué trajín, por Dios.

Dionisio.

¿Se puede saber qué haces aquí?

La cita era a nombre de tu padre. -Lo sé. He llamado yo.

-¿Y qué pretendes ahora? -Bien lo sabe, doña Celia.

-Pero ¿por qué tienes que mentirme? -Porque de haber sido para mí,

¿me la habría reservado? -No.

-Por eso le he mentido.

-Mira, Dionisio, quiero que te vayas ahora mismo.

Y no me vengas con las propinas de tu padre.

-Doña Celia, yo quería hacerlo por las buenas,

pero si llegado el momento no me deja usted otra elección...

-¿Me estás amenazando? -No, no, no.

Por favor, Dios me libre a mí. Con lo que yo la quiero.

Pero ¿sabe que está habiendo muchas redadas en las casas de citas?

Por lo visto hay un juez al que su mujer le ha sido infiel

y se han puesto muy serios con esto de...

de las redadas, ¿sabe?

Y no quisiera ser yo el que... bueno, pues...

-Sabes que arruinarás tu vida y la de esa muchacha, ¿verdad?

-No se ponga tremenda, mujer, que no es para tanto, ¿eh?

-Marta.

¿Cómo está Antonio?

Sigue inconsciente, con mucha fiebre, mal.

-Si hay algo que yo pueda hacer... No lo creo, pero muchas gracias.

-Me preguntaba si su marido tuvo tiempo de pensar en mi proposición,

si le dijo algo al respecto.

Creo que no es el momento de hablar de esto.

-Yo creo que sí.

Cuando saqué a su marido de la cárcel,

me jugué mi reputación como magistrado.

Espero que se recupere, aunque antes me gustaría tener todo bien atado.

Tanta molestia merece compensación

y ahí entra en juego la señorita Elena.

Siento ser tan claro.

Pero, por favor, permítame hacerle ver el lado bueno.

Asumo que soy mayor que ella.

También soy un buen partido,

mucho más de lo que su hija podría aspirar.

Asumo también un riesgo.

Debo cuidar mi imagen y la hija de un ex presidiario moribundo...

No le permito que hable así de él. -No alce la voz, por favor.

Esos son recibos, ¿no? Sí, y se pagarán.

-¿Con qué dinero?

Mire, Marta, los estoy tratando de ayudar.

Por eso, déjeme gestionar todo a mí.

Cuando su marido se recupere, lo espera un trabajo en mi juzgado.

Sus problemas económicos se verán resueltos.

Mientras, yo me puedo encargar de todo lo que necesiten.

Todos salimos ganando, ¿no le parece?

Mi marido no ha tomado una decisión aún.

Cuando se recupere, y no antes, tendrá una respuesta.

Estoy segura de que lo entiende, ¿verdad?

-Por supuesto.

Solo quería aclarar la situación.

Me ha quedado muy clara.

-Pero no parece que usted lo apruebe.

Y para mí sería muy importante saber lo que piensa.

Lo que piense o deje de pensar no es relevante,

pero quizá debería preguntarle a Elena qué es lo que piensa.

Buenas noches.

-Buenas noches.

(Truenos, lluvia)

-Déjame, anda.

Eres preciosa.

(Truenos)

(Música swing)

(BASILIO) ¿Tiene algo para mí?

-Ve ahí. Te están esperando.

No me falles esta vez.

-No lo haré.

(Motor arrancando)

-Hombre. Pero si es mi vecinita.

¿Qué haces por aquí? Yo no...

-Vamos a tomar algo. No, debo hacer recados.

-Vamos a tomar algo.

Los recados se hacen mejor después de comer algo caliente.

(Música de violín)

-Paco, dos caldos.

(CARRASPEA)

¿Qué?

¿Vas a estar todo el rato callada?

Gracias, Paco.

¿Y de qué quieres que hable?

-¿Quieres que hablemos de cómo se la pegas a mi hermana con Dionisio?

¿Qué dices?

¿Cómo se te ha ocurrido esa barbaridad?

-Porque estaba allí.

Os vi.

Primero saliste tú.

Como debe ser.

La señora Celia lo tiene todo muy bien organizado.

Y justo después...

el tonto de Dionisio detrás de ti.

Yo no me he acostado con Dionisio.

-La verdad es que te creo.

Tienes una cara de virgen que no puedes con ella.

¿Y tú qué sabrás?

-Lo sé, Elena, lo sé.

Lo que no entiendo es qué hacías allí.

No sé.

Podría preguntarle a tu madre... No, no, no. Por favor.

No le digas nada a nadie, Basilio. -Elena.

No estás en posición de pedir nada.

¿Quieres que guarde tu secreto?

Pues entonces, tendrás que ofrecerme algo a cambio.

Sal conmigo.

Y yo me quedo calladito.

Vamos esta noche al Chicote a tomar una copa.

Mis padres no me dejan salir por la noche y...

-No es mi problema.

O sales conmigo...

o lo cuento todo.

Tú verás.

Iré.

-Irás.

-Mira, Marta, sé que no es el momento y lo que opina Antonio,

pero dadas las circunstancias,

tal vez sería conveniente que aceptaras el trabajo del Ritz.

El director me llamó ayer.

Me ha dicho que no has vuelto,

y es una lástima, porque él estaba encantado contigo.

No he vuelto porque Antonio no quiere que trabaje en ningún sitio.

-¿Se ha vuelto loco o qué?

Es mi marido. Sin su autorización no puedo.

-Ya, pero a ti te interesa, ¿no?

Sí, claro. Pues puedo solucionarlo.

No te preocupes por su firma.

Como sacerdote, y teniendo en cuenta su incapacidad,

la situación de desamparo en la que quedáis...

Puedo arreglarlo para respaldarte legalmente.

Tú no te preocupes por nada.

Yo lo supliré.

¿Puedes hacer eso? -Ajá.

No sabes la de cosas que un cura puede conseguir en este país.

(Música de jazz)

-Un gin fizz para el caballero...

y un porto flip para la señorita.

¿Qué es esto? -Vino de Oporto,

yema de huevo y avellanas.

Está de moda en Madrid.

Alimenta que es un primor. Con uno vas servido.

Pruébalo.

-¿No le gusta? Sí.

Sí, sí, me gusta, pero...

¿Podría traerme un vaso de agua? -Cómo no.

Gracias.

-No te veo muy animada.

Disfruta, mujer.

Es el corazón de la noche de Madrid.

Viene la gente más importante.

Aquí puedes conseguir lo que quieras.

Gracias.

-El Chicote es el paraíso en medio de tanta miseria.

Pues yo lo veo y no me gusta.

No sé cómo gastan dinero en estas cosas.

-Bueno, el mundo siempre ha sido así.

Gente con dinero y gente que no.

Lo importante es que sepas estar entre los primeros.

Yo lo he conseguido.

Y tú puedes conseguirlo.

Basilio, ¿qué es lo que quieres de mí?

¿Elena?

Elena.

"Mamá, vuelvo enseguida. No te preocupes".

-¿Nos vamos?

Perdón, perdón. -Disculpe, señorita.

(Claxon)

(Truenos)

Basilio, ¿qué hacemos aquí?

No querrás... -Tranquila.

Yo nunca hago esas cosas en el coche.

Basilio, ¿qué es eso?

Basilio, ¿qué haces?

-Toma.

Prueba un poco.

Prueba. No, de verdad.

He probado demasiadas cosas nuevas hoy.

-Te sentirás bien.

Pruébalo... Basilio, ya está, por favor.

No sé para qué me has llevado al Chicote. Me quiero ir.

-Vale.

Vale.

¿Quieres ganarte 100 duros en 5 minutos?

¿Cómo?

-Tienes que llevar esto a esa casa.

Da igual, mejor no.

-Te juro que si no lo haces te arrepentirás.

¿Eh?

Lo siento.

Lo siento, Elena.

Tienes que ayudarme, por favor.

Me estoy jugando la vida.

¿Y yo no me la juego?

-No.

No.

Yo me quedo aquí vigilando que no pase nada.

Y solo tienes que dejar el paquete.

Coges el dinero, vienes y nos vamos a casa.

Te lo juro.

Está bien.

-Di que vas de parte del Káiser.

(Timbre)

-¿Qué quieres?

Vengo de parte del Káiser.

-Sígueme. Vamos.

Espera ahí.

(RECUERDA) "Esto es como un talismán.

Si algún día tienes algún problema,

solo tienes que cogerla y rezar con fuerza".

(Puerta abriéndose y cerrándose)

-¿Has perdido algo?

No.

-Mira, guapa, te diré una cosa.

Si quieres sobrevivir a este negocio, nunca mientas,

porque lo haces fatal.

-Buenos días, señora Ribas.

Vengo a ver a la señora Roberta Moretti.

Te traigo esto.

-Señora Moretti, el coche está listo.

-Te prometo que Antonio está en las mejores manos.

No le quito el ojo.

Confía en mí.

-Dele saludos a Elena de mi parte, por favor.

-¿Quién la ha enviado a verme?

-Quieto ahí.

Y no creo que a Antonio le haga gracia

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La sonata del silencio - Capítulo 2: "Elena"

02 jul 2019

Antonio lucha por su vida en el hospital mientras a su alrededor las vidas de su familia y amigos se complican. Elena se tortura mientras Mauricio ha redoblado sus atenciones hacia la muchacha desde que su padre ha sido liberado.

Lejos de estas preocupaciones, Basilio (Joel Bosqued), el hijo mayor de Rafael (Eduardo Noriega), disfruta de la noche coqueteando con el peligro y las drogas, lo que le llevará a situaciones límite. Por su parte, don Próculo, el sacerdote, (Fernando Soto) ante la difícil situación económica que atraviesa la familia, consigue para Marta una entrevista de trabajo

El trabajo será como asistente personal de una empresaria italiana, Roberta Moretti (María Rosario Omaggio) que se encuentra en Madrid de viaje de negocios. Marta duda si ir, ya que Antonio sigue hospitalizado y una mujer casada requiere la autorización del marido para firmar un contrato de trabajo.

Mientras Julita, la hija menor de Rafael, (Clara de Ramón) confiesa a Elena el acoso sexual que sufre por parte de su novio Dionisio (Daniel Luque) y su escasa voluntad de resistirse, Elena se ve forzada por Basilio a embarcarse en una turbia aventura.

Histórico de emisiones:
20/09/2016

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