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La forja de un rebelde - Capítulo 3 - ver ahora
Transcripción completa

(NARRA) Hace meses, esta cabila era un grupo de chozas de paja.

Dentro, esterillas de paja trenzada;

una en la puerta, para dejar las babuchas al entrar;

otra dentro, para agruparse

en cuclillas alrededor de las tazas de té;

otras, más largas, adosadas a la pared para dormir.

La cabila eran chozas de paja y esterillas de paja,

unos pocos animales, hombres y mujeres,

ancianos y niños.

La cabila despertaba en las montañas con el sol.

La mujer, el hombre y el burro

bajaban a las tierras más llanas de la ladera.

La mujer y el burro se uncían al arado de madera

y el hombre lo conducía, lentos los tres,

doblando las rodillas en el esfuerzo.

Un día, la cabila fue arrasada de la raíz de la tierra.

Al primer cañonazo, se derrumbó todo.

Al atardecer, aquella miseria estaba conquistada

y los partes hablaban de una gran batalla.

Y los oficiales pensaban en los ascensos

y las distinciones que aquellos muertos

les hincarían en la carrera, a la altura del corazón.

Cuando yo llegué, habían pasado

muchos meses de aquella gloriosa batalla

en la que un ejército heroico logró una victoria sobre la cabila.

En 1898, el año del desastre, España perdió Cuba,

el último eslabón ultramarino del que había sido su imperio.

Las tierras conquistadas en el Norte de África, en Marruecos,

cobraron entonces una repentina importancia

porque, de una parte, sirvió para mantener la ficción

de que todavía teníamos imperio;

y de la otra, para ocupar a un ejército

que seguía manteniendo una organización colonial

y que, de la noche a la mañana, se había encontrado sin cometido.

Entre unos y otros, nos embargarían en un sueño.

Por aquel entonces, estábamos metidos en una guerra interminable.

Diez meses atrás, yo andaba por Madrid vestido de paisano.

Hasta que llegué a Marruecos, fui soldado y después cabo.

Había pasado de una oficina civil a una oficina militar,

siempre entre papeles y números.

Y de la noche a la mañana, me vi en el corazón del Rif;

en una posición de primera línea, encargado de las obras

de una carretera que no sabía por dónde pasaba

y responsable de una contabilidad cuyas particularidades desconocía.

Además era un sargento. Es decir,

una vértebra de la espina dorsal del cualquier ejército del mundo.

-El sargento Barea, que ha sido a la compañía,

acaba de incorporarse a ella.

Mándeles en su lugar descanso.

En su lugar descanso, ¡ar!

-El teniente Arriaga. A sus órdenes.

-El alférez Mayorga. A sus órdenes.

-Encantado. -Yo me llamo Blanco.

A sus órdenes.

(NARRA) En aquellos primeros años en Marruecos,

escribía frecuentemente a mi madre,

contando de una manera puntual cuanto me estaba sucediendo,

espera encontrar algún alivio a tanta soledad como sentía.

-¡Pajares!

-A sus órdenes. -Este es el sargento Barea.

Barea. Manzanares, el machacante.

-Todo está arreglado. Ahí tiene su cama, que ni la de un rey.

Y si le falta algo, dígamelo. -¿No hay para beber?

-Lo que quiera: vino, cerveza, aguardiente, coñac.

De todo menos agua. El agua da las palúdicas, prohibida.

No sirve ni para lavarse. Venga, tráete una botella de vino.

-A sus órdenes.

-Oye, una recomendación:

esconde bien estos libros si les tienes aprecio.

¿Por qué? -Porque el día que el capitán

los vea por aquí o en manos de alguien, mandará quemarlos.

Gracias. -No hay de qué.

Aquí dormimos cuatro sargentos.

Córcoles, que ha venido contigo; Herrero, al que ya has visto antes;

Julián, que está en el tajo y yo.

Manzanares cuida de nosotros. ¿Y esas dos camas?

-Paisanos que tienen que ver con la construcción de la carretera.

Ya irás poniéndote al día. Gracias.

-Nos vemos luego.

Lo que quieras saber, lo anotas para preguntarlo.

Gracias otra vez.

-Desde mañana se encarga usted de las obras.

Estas son las instrucciones que tengo de Tetuán.

Al parecer, conoce usted algo de topografía, ¿no?

Un poco, mi capitán. -¿Y contabilidad?

Sí, señor. Esto mejor.

-Bueno, pues desde mañana,

corren de su cuenta los materiales, los jornales y las obras.

Claro que como ayudante mío. Naturalmente, mi capitán.

-Puede usted retirarse. Pero quisiera que me explicara...

-Puede usted retirarse. A sus órdenes, mi capitán.

Gritos en otro idioma.

Gritos de los obreros.

Buenas tardes.

-Tómese una cerveza, aunque no está muy fresca.

Gracias. -Creo que no nos conocemos.

Yo soy José Suárez. El señor Pepe me llaman todos;

el contratista de la piedra.

Me parece que usted y yo nos vamos a entender muy bien.

¿Por qué no? Me llamo Arturo Barea.

-Ya.

Supongo que ya estará usted al tanto de las cosas.

Como dicen en Madrid: "Acabo de llegar del pueblo".

Así que no sé nada de nada.

-En cinco minutos nos ponemos de acuerdo.

Como ya le he dicho: yo soy el contratista de la piedra

Tengo una punta de moros trabajando.

Unos hacen barrenos en la cantera

y otros machacan la piedra.

La compañía, ustedes, me da la dinamita que yo pago.

Corneta.

Luego me liquida cada metro cúbico de piedra que le entrego.

Usted tiene que anotar la dinamita que yo gasto

y los metros cúbicos de piedra que les doy.

A fin de mes liquidamos cuentas.

No parece la cosa muy difícil.

-Claro que no. Hay para los dos.

Yo acostumbro a dar la tercera parte de los beneficios.

¿A quién?

-¿A quién va a ser? En este caso, a usted.

¿Usted pretende que las cuentas no estén claras? ¿No es así?

-Las cuentas están clarísimas.

¡Ni Dios puede tocarlas!

Claro que, para ello, hace falta que usted lo apruebe.

El capitán se lleva la otra tercera parte.

¿Así que el capitán también está en la combinación?

-Sin él no se podría hacer. Pregúntele.

Yo no pregunto nada.

Si quiere algo, ya me lo dirá.

Pasos.

-Chis, mi sargento.

¡Mi sargento!

(SUSURRANDO) El capitán le está esperando.

-Siéntese.

Supongo que ya se habrá puesto de acuerdo con Pepe.

Algo me ha hablado. Pero no le he entendido muy bien.

-Le he mandado llamar por eso. Quiero explicarle algunos detalles.

Usted sabrá que el Estado realiza todas sus obras

bien por contrata, bien por gestión directa.

Esta carretera no podría hacerse por contrata

a través de un territorio que es territorio enemigo.

Así que se hace por gestión directa.

Nosotros compramos los materiales y pagamos los jornales;

trazamos el proyecto y hacemos las obras en su totalidad.

Quiero hablarle claro para que nos entendamos.

La compañía tiene un fondo particular

que se nutre de lo que economiza sobre lo presupuestado.

Así tenemos 111 hombres, pero no todos trabajan.

Unos están enfermos, otros con permiso,

otros tienen un destino.

Como el que no trabaja no cobra,

el sobrante de jornales pasa a la caja de la compañía.

¿Va entendiendo?

Con los moros pasa exactamente igual:

son 400 pero, en realidad, no pasan de 350.

Pero como tienen que ser 400,

se agregan 50 nombres árabes y en paz.

¿Quién va a venir a contarlos?

En cuanto a Pepe, es una cosa parecida:

el compra la piedra y nosotros se la pagamos.

Cada carretera necesita tantos metros cúbicos de piedra.

Pero si la carretera tiene cinco centímetros menos,

calcule usted. Cinco centímetros menos son

200 metros cúbicos por kilómetro.

Usted viene a hacerse cargo de la contabilidad

y, por tanto, tenía que ponerle al corriente de los detalles.

Habrá otros que se me olvidan ahora,

pero que ya irá comprendiendo.

Croar de ranas.

Ruidos y golpes de herramientas.

(CARTA) Querida madre, los recortes de periódico

son de "El defensor de Ceuta".

Mandé algunos poemas y escritos y me los publicaron. Ahí van.

Me pagaron cinco pesetas por cada colaboración

y compré unos libros que corren el peligro de arder en una hoguera.

Gritos de los obreros.

Aquí, en Hámara, la vida me cambió radicalmente.

Soy el encargado de llevar la contabilidad

de las obras de una carretera que está construyendo el Ejército.

Vivimos en un campamento, entre montañas peladas

y un valle verde y encerrado que apenas tiene árboles.

A las seis de la mañana se toca diana y empieza nuestra vida.

Una hora más tarde, se ha pasado lista

y los hombres, armados de pico y pala,

bajan el cerro hacia el trabajo.

Con ellos unos centenares de moros que viven aquí, en el campamento,

o que vienen desde los poblados vecinos.

llegan con unas carteras de cuero sobre el pecho

donde guardan un montón de higos secos.

¿Cómo te llamas? -Martín, mi sargento.

¿Cuántos años tienes? -38, mi sargento.

¿Qué tiempo llevas en África?

-Mucho, mi sargento.

Está bien, siéntate.

(CARTA) Te escribo desde mi puesto de observación.

Está bajo una vieja higuera, imponente,

cuyas raíces entran y salen en la tierra

donde, a lo largo de mucho tiempo,

ha luchado por sobrevivir.

Hace un rato estaba viendo los planos de la pista

y he comprobado que, si mantenemos la línea recta,

esta higuera tendrá que ser destruida.

Y por encima del trabajo, de los problemas que veo venir,

del calor y los piojos que invaden el campamento,

esta es la única idea que no me deja dormir:

aceptar que este viejo gigante

que ocupa su lugar desde hace más de 500 años,

tenga que desaparecer.

-¿Conocía a mi hijo, Barea?

Pues ya le conoce.

¿Por qué no se acerca a echar una mano con nosotros?

Yo no puedo jugar una paga que aún no he cobrado.

-Por el dinero no se apure.

Cuánto quiere. Nada. Ya le he dicho que no juego.

-Le regalo 100 pesetas.

¡Y véngase para acá, ande!

Ya le he puesto al corriente a Barea de nuestras costumbres

y estamos de acuerdo. Además, creo que ha hablado con el capitán.

Croar de ranas.

-Pon un poco de atención, Arturo. Te va a hablar un amigo.

Adelante.

-De ese fondo particular de la compañía,

lo que el capitán llama "economías sobre lo presupuestado",

todos cobramos nuestra parte.

Lo de las obras se lo quedan entre el capitán

y la comandancia de Tetuán.

¿Así que el comandante también está en el lío?

-No seas idiota. Si no estuviera, no podríamos hacer nada.

A mí eso me parece un robo. -Lo es.

Un robo al Estado.

¿Y si no me da la gana robar, qué pasa?

-¿Hablas en serio? Sí.

Yo no he robado en mi vida.

-Mira, robar es quitar el dinero a alguien, pero esto no es robar.

¿Quién es el Estado? ¡Bastante nos roba él a nosotros!

¿Tú crees que un sargento puede vivir con 90 pesetas al mes?

¿Y aquí en África, con 140 por estar campaña, se puede vivir?

Aparte hay otra cosa.

Si no te prestas a robar para otros y para ti,

te quitarán la plaza, te trasladarán,

te mandarán adonde revientes de hambre

y corras el riesgo de un tiro a cada momento.

Si se te ocurre hablar o protestar, te arrancarán los galones

Y hasta...

es posible que te ocurra un accidente.

¿Tú no has oído decir que cuando entramos en el cuartel

hay un clavo en la puerta para dejar lo que llevamos de hombres?

Luego, cuando salimos, el que puede recoge lo que queda.

¿Qué te pasa?

-¡Estoy muy malo, muy malo, todo el cuerpo mío pica!

¡Todo el cuerpo mío muy malo!

¿Y tienes todo el cuerpo así?

-Sí, sargento y peor.

¿Quieres que te cure?

-Sí.

Te voy a hacer daño, mucho daño.

Pero si eres capaz de aguantarte, te curo.

-Sí.

-¿Seguro que sobrevivirá a esto, mi sargento?

Para mí que está enfermo. No está enfermo, está sucio.

Coge su chilaba y el resto de su ropa y quémala.

-Le vamos a matar. No, hombre, no.

-Barea.

A sus órdenes, mi comandante. -¿Es usted quien ha hecho esto?

Sí, señor.

-Ha trazado la pista casi en línea recta

pero me parece que hay una pendiente excesiva.

¿No cree que hubiera sido mejor

hacer un descenso en ángulo bordeando la ladera?

Probablemente, pero había un problema de nivelación.

La trinchera que yo he trazado

tiene unos 100 m de largo y supone desmontar más tierra.

Un descenso en ángulo obligaría a construir mucho más firme,

desmontar mucha más tierra y pagar más jornales.

-Pongan el teodolito en el punto base y corrijan los niveles.

Vosotros, situaros en esa dirección.

-Vamos.

Coja un eclímetro y venga conmigo.

¿Pero otra vez? Te he dicho que no me tienes que traer nada.

¿Por qué no estás en el trabajo?

-Sargento amigo... no trabajar más.

Me voy. ¿Y qué vas a hacer?

-Yo decir la verdad a ti. Yo hoy tiene 30 duros

y he comprado un fusila, pero nunca viene a matar sargento amigo.

No problema.

¿Y quién te va a vender el fusil? -Los franceses.

Un fusila con balas gordas... como esto.

Y después tendrá un caballo y una mujer.

Balidos.

Motor.

-¿Qué es esto? Una vieja higuera, mi comandante.

Un árbol magnífico que nos va a costar trabajo arrancar.

Yo creo que tiene más de 500 años.

-Hacedle un barreno y metedle un cartucho de dinamita.

Voy a estudiarlo más detenidamente.

Ya vendrás a por él.

Aquí tienes un pase libre por 48 horas.

Deja el dinero de los jornales con el cajero y vete donde quieras.

Esto para que te diviertas.

Gracias, mi comandante.

Música folclórica marroquí.

-Enseguida nos vamos. ¿Adónde?

-A la alcazaba, es donde están todas las putas de Tetuán.

Te llevaré a casa de la Luisa,

¡oye, allí entra todo el mundo, que yo tengo mucha mano!

Si te digo la verdad, preferiría irme a dormir.

-Te vas con una a la cama y te duermes después.

No me gustan las casas de putas para dormir.

-Pues es el mejor sitio, te lo digo yo.

Los hoteles están llenos de chinches, no puedes dormir.

Aquí pagas cinco duros y tienes una mujer y cama limpia.

Bueno, sigue jugando, te espero. Vamos donde quieras, me es igual.

-Que está pegando vaivenes,

yo te tengo comparaíta que con la voz

nunca se detiene.

Yo te tengo comparaíta con la voluntá...

que le tiene.

-¡Venga, arregla...!

¡Olé!

Guitarra flamenca. -Qué guapa.

¡Venga, venga!

Que te la voy a reñir...

Canto. -Si tú no quieres acostarte

con nadie, a mí no me quites de acostarme con esa.

Hola.

(SUSURRA) ¿Qué tal? ¿Cómo te llamas?

Guitarra flamenca.

Es francesa, de Marsella.

Te espero si no tardas.

Marinero, sube el palo

y dile a la mare mía...

Marinero, sube el palo...

Que si acuerda de aquel hijo

que en el África tenía.

-Pobrecito... te han dejado solo.

No me quieren por flaco.

-¿Es que no te gustan las chicas?

No.

-¿No te gustan las mujeres?

Sí, pero las otras.

-Tonterías, en la cama todas somos iguales.

-Qué buena compañía tienes. No está mal.

Vamos.

-¿Qué le pasa a tu amigo?

¡Oye!

¿Con quién quieres acostarte tú?

¿Yo?

Con el ama.

Anda, vámonos.

-¿No sabe este quién soy?

-Acaba de llegar a Tetuán, es un paleto.

Caño de agua.

-Ven, te vas a acostar con el ama.

Acordes de piano.

¿Siempre hablas tanto?

-Supongo que hablo cuando la ocasión lo merece.

Gracias.

Me has contado la vida de tus padres,

la de tus abuelos, la de tus antepasados;

plateros, orfebres artesanos... -Una familia de judíos españoles

que todavía conserva la llave de la Casa de Toledo.

Vinieron a morirse de hambre aquí, a Tetuán.

Yo de niña mendigaba por las calles...

¿conté eso?

No. -Así fue.

Entonces era Miriam, la judía...

Ahora me llamo Luisa,

soy la mujer más rica de la ciudad.

Espera, ven...

¿Tú quieres dinero?

¿Mucho dinero?

¿Para qué?

Aquí en África nadie piensa más que en dinero.

-Tienes razón.

¿Me quieres?

¿Te gusto?

No te quiero, me gustas.

-¿Por qué dices que no me quieres?

Todos lo dicen...

Todos están dispuestos a hacer lo que yo diga.

¿Por qué tú no?

Porque no. Muy simple.

Llaman a la puerta.

Música en la lejanía.

-Es un momento, enseguida bajo.

Anda, vístete y ven conmigo.

Han venido unos amigos y quiero presentarte.

(TOCAN MÚSICA DE FOLKLORE MARROQUÍ)

Para la música.

-Mi novio.

A sus órdenes, mi general.

-Nada, nada, muchacho, aquí no hay generales.

En esta casa somos todos iguales tan pronto se cierra la puerta.

Beba usted algo, sargento. (SUSURRA) Esta chica...

Música de folklore marroquí.

-¿Te das cuenta que has insultado al general?

Ha sido una broma de ella, mi comandante, y no sé porqué.

-Luisa es la amiga del general, su ojo derecho,

todo el mundo lo sabe.

Anda, desaparece antes de que alguien te pregunte tu nombre.

Música.

Golpes de herramientas.

-Es más fácil hacer un agujero en el granito, mi sargento.

Vamos, siga.

Golpes de herramientas.

Golpes de herramientas.

Jaleo.

-¿Qué te pasa?

La higuera, mi comandante, no hay necesidad de destruirla.

-¿Qué otra cosa puedes hacer?

¿Quieres que hagamos un túnel?

No, señor, algo mejor, una fuente.

-¿Una fuente? Sí, señor.

-Bueno, cuéntame esa historia de la fuente.

Perdone, mi comandante, pero voy a parar los trabajos

antes de que las seguen.

Ahora mismo vuelvo. A sus órdenes, mi comandante.

(NARRA) "He convertido la supervivencia

de esa vieja higuera en algo fundamental para mí".

¡Pararlo todo! (NARRA) Como si me fuera

en ello la vida o la justificación de mi presencia aquí,

en un lugar que apenas conozco y en una situación que no acabo

de entender y en la que cada indicio que descubro

no revela más que corrupción, estupidez

e incapacidad para dar algún sentido a todo esto.

De ahí que lo único que me importa en este momento

sea la salvación del viejo árbol al que por unos días he hecho

el eje de mi vida en Marruecos. Descubrí que cerca de sus raíces

había un rincón siempre húmedo, cubierto de hierba y palmitos.

Encontramos una vena de agua y pude convencer al comandante

de que se podría construir un pilón para que abreven los caballos

y una pequeña plaza entre la pista y la higuera,

al fin y al cabo desde Tetuán a aquí no se encuentra agua

Agua correr.. sin salirse del camino.

Pusimos una tubería de cinc encauzando el manantial...

Hasta un pilón circular de piedras y cemento,

ahora los moros hacen aquí sus abluciones de la mañana,

puedo oír sus oraciones y saludos;

Salam ailekum.

Ailekum salam.

Caño de agua.

-Tenemos vivista, mi sargento.

Un morazo viejo y cuatro fulanos con fusiles.

El viejo ha entrado en la tienda del capitán.

Es el jefe de la cabila del otro lado del barranco

y pregunta por usted. ¿Por mí?

-Sí, mi sargento,

y si no aparece pronto al capitán le dará un ataque.

-En buen lío nos ha metido usted,

Barea, con su manía de curar a todo el mundo.

Entiéndase con él. Es una orden.

-Hijo mío estar malo, muy malo. Su tripa estar dura, muy dura.

Tener mucho calor y mucho ruido en cabeza.

Yo venir por ti, sargento doctor, tú venir conmigo y nada pasar.

Yo dejo aquí cuatro moros con fusil,

si algo pasa a ti, capitán puede matar todos.

Yo no soy médico, señor,

solo un aficionado que no sabe nada.

¿Por qué no va al zoco y pide un médico en el hospital?

-Tú vienes y tú curas a él.

Nada pasa a ti.

Yo... promesa.

¿Y... si no le curo... y se muere?

¿Qué pasa?

-La voluntad de Alá es única.

-Haga usted lo que le dé la gana

pero yo me lavo las manos.

Usted va sin yo saberlo.

Manzanares, vete al botiquín y coge lo que puedas,

te vienes conmigo. -A sus órdenes, mi sargento.

Voy pero si alguien me pone mala cara le pego un tiro,

ya me conoce. Venga.

¿Ordena otra cosa, mi capitán?

-Es una cabila amiga, pero ya sabe usted que eso

de la amistad... es muy relativo.

Bufido.

(RESPIRA ASFIXIADO)

Lo mejor que puedo hacer es enviarte un doctor

mañana por la mañana.

-¿Y ahora qué medicina le vas a dar?

(MANZANARES SUSURRA) ¿Qué le ocurre?

(SUSURRA) No lo sé.

A lo mejor una indigestión, mucha fiebre, ¿qué sé yo?

¿Qué le podemos dar? -Solo tenemos

aceite de ricino y quinina.

Ninguna de las dos cosas le puede sentar mal.

-Vamos allá.

Prepara la inyección.

(HABLA EN ÁRABE)

-Quiere que le des más.

(SUSURRA) -Dele.

Relincho.

Sargento doctor, mi hijo ha echado fuera todo su mal,

horas y horas, la noche entera.

La tripa ya no está dura. La cabeza no le duele.

Está débil pero la medicina le ha sanado.

El sargento doctor es... mi amigo.

Yo me siento honrado y agradecido con tu amistad.

Cacareo de gallinas.

Manzanares. -Diga, mi sargento.

¿Te gusta el ejército?

-Hay cosas peores.

¿Qué cosas peores? -La cárcel, mi sargento.

Yo estaba allí cuando me ofrecí voluntario para servir en África,

vine directamente desde la Modelo, aquello era peor.

Sobre todo porque uno no tenía delito probado y no sabía

si se iba a tirar dos años o 30.

¿Quién te metió?

-Decían que yo era un carterista famoso,

todos lo decían.

Yo de eso no quiero hablar,

ni que sí ni que no,

pero a mí nadie me atrapó nunca. Nunca nadie me probó nada.

Me pegaba una buena vida y eso me perdió.

Como no podía explicar de dónde me venían los cuartos,

un comisario se empeñó en estropeármela.

Y cada dos por tres a la cárcel.

Y a las pocas horas de salir, otra vez para dentro.

Hasta que me decidí escribirle ofreciéndome voluntario.

Se habían puesto las cosas de tal modo...

que prefiero esto.

-Todo es verdad.

Y como es el único ladrón que hay aquí,

y de cualquier cosa que faltase le iban a echar la culpa...

se las arregla para que en esta compañía

no falte ni un botón.

¿Has vuelto a ver a Syd Joseph?

Sí, hablamos con frecuencia.

-Dicen que es un español que se escapó hace años

del penal de Ceuta.

Podría ser.

-Te estás tomando Marruecos muy en serio.

Me interesa.

Si no fuéramos tan bárbaros como somos...

aquí podríamos hacer algo grande.

-No te tomes las cosas así.

Esto es un negocio.

Conforme. Es un negocio...

pero matamos y nos matan,

¿a ti no te importa? -No.

Si me matan, mala suerte...

Si no... en unos cuantos años me hago rico.

¡Las riquezas que tú hagas!

-¿Por qué no?

Justamente ahora se va a licenciar el suboficial Pedrajas.

Después de 20 años de servicio

tiene el 80% de la paga como retiro,

nunca estuvo en el frente,

pero ha ganado tres o cuatro Cruces Pensionadas.

Además, tiene 150 mil pesetas en el banco

y una casa en su pueblo.

En los ocho años que ha sido subayudante del regimiento...

rico.

¿Y cómo se ha hecho rico?

-Robando.

Robando granos de los caballos, garbanzos, ropa de los soldados

y las bombillas del cuartel.

Robando hasta las escobas para barrer las cuadras.

Puedo imaginarme cuántos soldados han caído enfermos

porque les faltaba la manta que él había robado.

Eso a ti te da lo mismo.

-No. Pero yo no puedo cambiar las cosas.

Aquí comes o te comen.

Y lo peor es que si no robas es lo mismo, te lo dan por hecho.

Un día se rebelarán los soldados... o los moros.

-A los soldados se los fusila y en paz...

¿Lo moros, qué van a hacer si somos nosotros los que tenemos

los cañones y las ametralladoras?

No te hagas amigo de ellos, hazme caso.

No hay más que una forma de tratarles

si quieres que te respeten...

Y es a palo limpio.

-Qué porvenir más negro tenemos, mi sargento.

Se hará lo que se pueda.

-Voy a echarme un sueñecillo si no quieren nada.

Buenas noches. Buenas noches.

El 28 de marzo nos dieron la orden de cesar el trabajo en la pista.

Hemos dejado allí un pelotón a las órdenes del alférez Mayorga

y al señor Pepe con los moros.

Por primera vez voy a la guerra.

Nos hemos incorporado a una pequeña operación

planeada por el Estado Mayor en la que interviene una columna

de 2000 hombres destinada a enfrentarse con fuerzas dispersas

del Raisuni en el Valle del Veñarós.

Recibida la orden, nuestra compañía se ha puesto

en marcha hacia el lugar de la concentración,

un campamento llamado Ben Karrich.

Por el camino empezamos a tener frecuentes bajas.

No, gracias.

Murmullo.

-¡A formar! ¡Vamos, al camino!

Jaleo.

Relincho.

¡Vamos, vamos!

-Vamos, esa mula. -¡Atrás!

¿Te has fijado en esos hombres? -Sí, mi sargento.

¿Crees que estaban muy mal? -¿Por qué me lo pregunta?

Porque les he visto.

Uno tiene mucha fiebre,

Sotero la mano hinchada como una bota

y Mencheta está chorreando pus, sin embargo mantenían

una actitud impasible, como si no les importara.

-Mi sargento. Dime.

-No les importa ni les duele, no querían entrar en fuego

y lo han conseguido. El uno, que se llama Vicente,

se metió una cabeza de ajo bajo el sobaco toda la noche,

en el rasguño que tenía Sotero se puso ortigas machacadas

y Mencheta cogió un papel con de mostaza hizo

un tubo y se lo metió por el caño de la orina.

Hay muchos de trucos; ahora van al hospital

hasta que acaben las operaciones. Estos días las casas de putas

de Tetuán tienen más clientes que nunca, todos van

con la esperanza de coger una enfermedad y dejar la guerra.

Tienen miedo.

¿Saben lo que arriesgan con eso?

-Sí, pero un balazo en la tripa es peor.

Y tú que conoces todos los engaños posibles, ¿por qué vienes?

-Porque ya los hice mucha veces, mi sargento.

Y tarde o temprano empiezan a fijarse en uno

y se corre el riesgo de acabar en presidio.

Cuando me toca ir de operaciones, me digo:

"que sea lo que Dios quiera"

y echo para adelante.

-¡Venga!

(NARRA) Ayer, después de la conversación

con el cornetín, me quedé pensando en lo que me había dicho:

"sea lo que Dios quiera".

Eso no significa esperanzas en la bondad de Dios,

sino el fin de toda esperanza.

El soldado acepta Marruecos como se aceptan

las cosas inevitables;

con el fatalismo frente a lo irremediable.

¿Por qué tienen que luchar contra los moros?

¿Por qué tienen que civilizarlos si no quieren serlo?

¿Quiénes son los civilizadores?

Campesinos que no saben leer ni escribir,

gentes que viven en pueblos sin escuelas,

en casas de adobes, que duermen con la ropa puesta,

en la cuadra, al lado de las mulas.

Este ejército civilizador está formado por hombres,

que con un mendrugo de pan y una cebolla trabajan

campos ajenos de sol a sol, reventando de hambre y de miseria,

el amo les roba y si se quejan la guardia civil los muele a palos.

Si no se hubiesen presentado en el cuartel cuando les tocó ser

soldados, les habrían dado un paliza.

Canto. Y mañana, sin embargo,

pueden morir en un guerra que nadie les ha explicado.

Jaleo gritos.

Bullicio. -¡Que se acaban las botellas!

Cante flamenco.

(GRITAN)

(GRITA) -¡Eh! (NARRA) A mi alrededor

hay una tensión nerviosa

que nace de la expectación del peligro.

Esta noche me costará trabajo dormir,

pero mi tensión y mi miedo no lo provoca lo que nos espera

en los cerros, enfrente, al otro lado de la llanura...

(GRITA) -¡Vamos! (NARRA) Sino estos hombres

del tercio que hacen una religión de la taberna, el burdel,

la guerra y la muerte.

Bullicio y cante.

Te has dormido

en el campo de la...

-¡Firmes! ¡Ar!

(GRITA) ¡Caballeros legionarios!

Sí, caballeros.

Caballeros del tercio de España,

sucesor de aquellos viejos tercios de Flandes...

Caballeros, hay gentes que dicen que antes de venir aquí

eráis yo no sé qué...

pero cualquier cosa menos caballeros;

unos eráis ladrones y otros asesinos.

Y todos con vuestras vidas rotas,

¡muertos!

Es verdad lo que dicen

pero ahora, desde que estáis aquí,

sois caballeros.

Os habéis lavado de todas vuestras culpas

porque habéis venido aquí a morir

y ya no hay más vida para vosotros que esta legión.

Pero debéis entender que sois caballeros españoles.

¡Todos! En vuestras venas hay gotas

de la sangre de aquellos que conquistaron un mundo

y que, como vosotros, fueron caballeros,

fueron novios de la muerte.

¡Viva la muerte!

(TODOS) ¡Viva!

Explosiones.

Disparos.

-¡A la bayoneta!

¡A mí la Legión!

Clamor de los soldados.

Ráfaga de ametralladora.

Ráfaga de ametralladora.

Disparos.

-Cuando la Legión asalte el cerro y lo deje libre,

nosotros recibiremos la orden de avanzar.

Vamos a fortificar esa posición.

Construiremos un blocao lo bastante grande

como para una compañía de infantería

y una batería del 75.

Trabajaremos rápido y cumpliremos las órdenes.

Ahora... nos toca esperar.

Ráfaga de ametralladora.

Llamada del muecín a la oración.

Disparos y explosiones.

-¡Tenemos que terminar antes que anochezca,

después nos retiraremos!

¡Pero la orden es terminarlo hoy y lo terminaremos!

Disparos.

Gritos de los soldados.

Disparos.

Disparo.

Disparos.

Ráfaga de ametralladora.

En cuanto se coloque la chapa, nos retiraremos por secciones.

Un último esfuerzo, muchachos.

Ráfaga de ametralladora.

-¡Venga, esas mulas...!

Golpes repetitivos.

Golpes repetitivos.

Eh.

-¿Sabes dónde vamos, mi sargento?

No sé nada... ni el día en que vivimos.

-Yo sí, mi sargento.

Estamos a finales de julio y vamos a Melilla.

Dicen que los moros han dado muerte a toda la guarnición

y están ya a las puertas de la ciudad.

¿Nosotros vamos a liberar Melilla? -Eso es.

Nosotros...

¡Eh!

-39,8.

-¿Está usted mejor, mi sargento? Abra la boca.

Tiene que ser en la boca.

Estese quieto ahora.

¿Quiere un poco de leche?

Agua.

-No, leche, sólo leche. El agua está prohibida.

-¿Tienes un pitillo?

Enciéndemelo.

(TOSE)

¿Qué tienes?

-Tisis.

No fumes... tíralo.

-Es igual...

me voy a morir hoy.

Tos del tísico.

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

Tos de algunos enfermos.

Tos de algunos enfermos.

Asfixia de un enfermo.

Pasos.

-¿Te acuerdas de mí?

Miriam.

-Tu amigo vino a contarme lo tuyo. A lo mejor te puede ayudar.

Cada noche hay alguno que muere.

¡Pero yo no voy a morir, no!

-Dime qué se puede hacer.

Sacarme de aquí.

-Quédate tranquilo, lo voy a intentar.

Miriam.

¿Cómo te han dejado entrar? -Yo consigo casi todo.

Ven.

Pase lo que pase,

el verte aquí ha sido como... como volver a la vida.

-¿De dónde eres, muchacho? De Madrid.

-¿Sabes lo que tiene?

Tifus... -Tifus, sí, estás muy débil.

Pero no te preocupes, te sacaremos adelante.

-¿Enfermo?

Carmen, es para ti.

He tomado tanta leche en el hospital que la aborrezco.

-¿Un vaso de jerez y galletas, está bien?

Sí, está bien.

Silbido de un tren.

-¡Pobrecito! Ha estado usted en Melilla.

Sí, al principio.

-A mí me hubiera gustado ir a un hospital

pero papá no me ha dejado. Figúrese,

la duquesa de la Victoria, que es de la Familia Real, ha ido

y a mí no me han dejado.

Cuénteme, ¿cómo son los moros?

Pues... de muchas maneras, creo yo.

-¿Y Abdelkrim?

Nunca le he visto.

-¡Qué suerte tienes, hija! A mí me han largado

un soldado de Cáceres con la cabeza abierta y muy sucio.

¿Usted está herido? No.

Enfermo de tifus.

-¡Pero eso se pega!

(SUSURRANDO) Ten cuidado, Carmen, por si acaso.

¡Me voy con mi soldadito!

-Tome, esto es para usted. Gracias.

-Le acompañaré al tren.

Silbido del tren.

Silbido del tren.

Griterío.

-¡Abuelo!

¡Hermanito!

¿Cómo estás, hijo? ¿Cómo estás?

Bien, madre, muy bien.

Y delgado... ¡en los puros huesos!

Pero estoy vivo. Otros se han quedado allí.

¿Y usted cómo está, madre? Bien...

Nos arreglamos, no te preocupes.

En un par de semanas te habremos cebado un poquito.

Tardaremos un rato en volver.

¿No quieres salir?

Mucha gente me pregunta por ti cada día.

No tengo ganas de ver a nadie.

Haz lo que quieras, hijo.

(LEE) La vanguardia avanza entre un diluvio de balas,

un escuadrón de caballería persigue

a los moros heridos con los sables desenvainados.

"¡A ellos, hijos, míos!", grita el coronel a su cabeza.

¡Héroes, desfiles, arengas...! ¡Siéntate!

Siéntate.

Están engañando a todo el mundo.

Aquí estaba yo.

Después de un día de marcha, nos hicieron formar.

Teníamos los pies llagados, las gargantas de esparto

y en cada hueso del cuerpo un dolor.

Había soldados dormidos y otros desmayados.

El general se paseaba arriba y abajo de las filas

y nadie se emocionó ni recibió

con aclamaciones entusiásticas la arenga, no,

le llamábamos entre dientes: cabrón, hijo de puta,

nos obligó a estar dos horas al sol para que pudieran

hacerles las fotografías.

Están engañando al país entero.

(IRÓNICO) Valor temerario de los oficiales...

Les vi arrancarse las estrellas o cambiar su uniforme

por el de un soldado muerto porque les daba la probabilidad

de que los moros no les matasen y sé de soldados que tuvieron

que disparar contra oficiales que huían de sus puestos.

Sabéis de Marruecos lo mismo que de la Luna.

-Dicen que se abrirá un proceso. ¿Un proceso?

Un proceso militar contra el propio ejército,

contra el rey...

Ya lo he leído, ya.

¿Y quién va a hacerlo?

No hay ejército en el mundo que me pueda estropear a mí

una comida con mis hijos.

(SUELTA LOS CUBIERTOS)

(VOMITA)

Desde todo aquello no puedo comer carne...

Lo intento pero no puedo.

No estoy enfermo, solo es eso.

Me viene a la memoria y no puedo dominar...

(DA ARCADAS)

(VOMITA Y TOSE)

Muertos al sol, madre...

Cientos de muertos que juntábamos en un montón

para poder quemarlos.

No se me va de la cabeza.

Y me engañabas con tus cartas.

Yo sabía que las cosas no iban bien...

¿Cuándo van bien para los soldados?

Pero nunca me hablabas de ti,

siempre de lo que pasaba a tu alrededor...

pero no de ti.

Cuento lo que veo... ¿Qué importo yo?

Y todo era verdad, madre.

Seguro que era verdad...

pero no me dejabas saber de ti.

Y ahora vienes...

(SOLLOZA) Y, de repente, sin saberlo...

(LLORA) Te encuentro mal.

(AMBOS LLORAN)

(SOLLOZA) He visto tantas cosas, madre...

Acordeón.

Buenas.

Un vino.

Acordeón.

Hola, Pla.

-Ah, hola, siéntate y que te den un vaso.

¿De modo que ya no recordamos a los amigos?

-¡No puede ser...!

Barea... ¡No puede ser!

Me dijeron que estabas en Marruecos.

He estado dos años, ahora tengo un par de meses de permiso.

¿Y tu trabajo?

-Seguimos luchando, siempre con problemas

pero no acabarán con nosotros, ya lo sabes.

Además, dentro de un año tenemos la República.

Eres un optimista.

-La monarquía se acaba, todo el mundo conocía

las aventuras financieras del rey, está en las Minas del Rif

con Romanones, en el suministro de camiones

para el ejército y tiene, encima,

todo el lío de Marruecos. ¿Qué lío de Marruecos?

-Interviene; anima a los generales e insiste

para que ese disparate continúe.

Los reaccionarios le apoyan pero los republicanos

y los socialistas están pegando fuerte en las Cortes.

Además, va a haber un proceso. Ya... El famoso proceso.

-Establecerá las responsabilidades de lo que pasó en África.

Los generales amenazan con un pronunciamiento,

como en tiempos de Isabel II, pero ahora las cosas han cambiado,

que vengan, los vamos a recibir con fuegos artificiales.

De todas maneras no soy tan optimista.

A la larga creo que esto terminará muy mal.

¿Por qué?

-Muy sencillo, durante la guerra europea

al gente se hinchó a ganar dinero;

los terratenientes y la gente con fortuna triplicaron su capital,

pero ese dinero no ha significado

avance alguno de las condiciones de vida de los trabajadores.

-Adiós, buenas noches.

Adiós, buenas noches. -Adiós, buenas noches.

-¿Te acompaño? No, estoy bien.

Prefiero ir solo.

-No te he dejado colocar ni una palabra.

Otro día me contarás qué has hecho estos dos años.

Tengo muy poco que contar;

hice una carretera, estuve en le guerra

y en una ocasión evité que destruyeran un árbol,

una higuera grande que daba sombra al camino.

No he hecho a más.

Pero a juzgar por cómo me encuentro

se diría que llevé el mundo a mis espaldas durante este tiempo.

-Barea...

Que te pongas bueno. Hasta la vista.

(TOSE)

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La forja de un rebelde - Capítulo 3

05 jul 2017

Marruecos, 1920. La presencia militar española en Marruecos es una inacabable sangría. Allí llega Arturo como sargento y se le encarga supervisar la construcción de una carretera y la contabilidad de la compañía. Pronto se entera de la picaresca que existe en el ejército africanista: desde un ascenso hasta el más necesario de los suministros, todo es objeto de especulación y venta. Arturo participará en la toma de una colina y en la defensa de Melilla, en donde cae enfermo de tifus. Quedará muy débil, por lo que le conceden dos meses de permiso.

Histórico de emisiones:
13/04/1990
29/07/2012
17/08/2014

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