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La forja de un rebelde - Capítulo 2 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué es una angina de pecho?

-Dios te salve, María, llena eres de gracia,

el Señor es contigo. Bendita tú eres

entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Dios te salve, María, llena eres de gracia,

el Señor es contigo. Bendita tú eres

entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Para que Dios le devuelva la salud o dé a su alma

lo que más le convenga. Padre nuestro,

que estás en los cielos, santificado sea tu nombre,

venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad

así en la Tierra como en el cielo...

Dios te salve, María, llena eres de gracia,

el Señor es contigo. Bendita tú eres

entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

-Otro se hubiera muerto ya.

Este hombre es de hierro.

(MAÚLLA)

-Mi reloj,

con la llave para darle cuerda.

Las he atado

para que no se te pierdan.

(JADEA)

Para ti.

Y mi bastón, y mi puño de oro

y mi navaja de afeitar.

Quédatelos.

(JADEA)

Y la sortija.

Tenla también.

(JADEA)

¿Por qué le da eso al niño?

-Ah...

A ti te lo puedo decir.

Ya no los usaré más.

Ah...

Guárdaselos

para cuando se haga un hombre.

Yo ya estoy muerto.

Ven,

dame un beso.

(LLORA)

-Yo creo que es hora de que nos vayamos sentando

y hablemos.

-Tú dirás qué piensas hacer.

-Para eso os he reunido, Hilario, para que me aconsejéis.

Yo he tenido una idea. -Me choca.

-Si empiezas con tus pullas, Inés...

-Hum... -Como afortunadamente

el pobre pepe ha dejado lo suficiente para que no me falte

de nada y como yo ya no tengo a nadie en el mundo

fuera del niño,

he pensado retirarme

a una santa casa

en donde las madres recogen como pensionistas

a señoras como yo.

Y el niño entrará en un colegio.

-Mira, Baldomera, antes dije que me chocaba

que tuvieras alguna idea y ahora lo repito,

por si alguien no me ha oído bien.

¿De dónde te ha bajado a ti eso que nos acabas de contar?

-Es un consejo del padre Dimas.

-¿Con que esas tenemos, padre Morcilla?

-Señora... -¿Qué señora ni qué cuernos?

Usted se cree que yo me mamo el dedo.

Baldomera, tú no sabes quién es esta gentuza, y yo sí.

Te metes en el convento, te tratan de lo mejor,

y al niño ya lo cuidarán en el colegio,

que, por cierto, no será el mismo.

¿Voy bien?

-Había pensado llevarlo a Areneros.

-Exacto. El padre Morcilla había pensado meterlo en el colegio

de Areneros, que es de los jesuitas,

y ya está montada la combinación: al niño se le hace jesuita

y a la tía se la engatusa para que teste a su favor

como único heredero. Y todo queda en casa,

¿eh, padre Morcilla? -Doña Baldomera,

yo me retiro. Mi sagrado ministerio

me impide discutir en estos términos

con una mujerzuela.

Permítame añadir que ignoraba que en esta casa cristianísima

iba a encontrarme con personajes de este jaez

-Pues claro que su señoría se había creído

que aquí no había más que idiotas, pero se ha equivocado,

aquí estoy yo.

El chico no se va a ir a ese colegio

porque a mí, que soy su abuela no me da la gana.

Y lo de mujerzuela, padre Morcilla, sepa que es la primera

y la última vez que se lo permito. Y eso por respeto al difunto.

Porque si hay una segunda vez le pongo a usted los carrillos

del tamaño de la tripa.

¡Hala, hala, a tu agujero!

¡Cucaracha!

-Pero ¿qué es lo que has hecho?

-¿Que qué he hecho? Comerme las ganas de liarme

a bofetadas con él.

Hum...

Y, ahora, sin padres postizos,

podremos hablar en familia. -Yo creo, salvo mejor parecer,

que lo que debes hacer es venirte con nosotros al pueblo

hasta que se te alivie la pena. Una temporada.

-Estarás como una reina, ya lo verás.

Y el niño puede seguir estudiando si es su gusto.

Y ya vendrá a verte en el verano.

-Claro que necesitas cariño alrededor, faltaría más;

pero yo no te veo encerrada en un pueblo.

Sin distracciones, sin ir y venir, sin ver a la gente.

-Con nosotros ya sabes cómo vas a estar.

Con nadie como con tu hermana, y con tu sobrina,

que, además, es tu ahijada de pila.

Y a Arturo, con darle a su madre

lo que sea para que siga con sus estudios...

Y a casa cuando él lo quiera o cuando lo quieras tú.

Eso por descontado.

-¿Y tú?

-Que no seas idiota, Baldomera, eso es lo que te aconsejo.

Tú te quedas en tu casa con el chico

como has estado todos estos años, y ya Leonor te hará las cosas.

Así no tendrás que dar cuentas a nadie.

¿Es que no has entendido lo que quiere esta gentuza?

El cura, aislarte del chico y de la familia;

y la familia, aislarte del cura, del chico, de la madre del chico

y de toda la parentela que haga sombra.

Y todos, entérate bien, todos, chuparte los cuartos,

y dejarte como tu madre te parió.

-Nosotros sólo queremos su bien. -Los cuartos, y sólo los cuartos,

que si el difunto la hubiera dejado con una mano delante y otra atrás,

¿quién de vosotros, que sólo queréis su bien,

iba a ser el guapo que cargara con ella,

viaja, beata y gruñona, como es.

Baldomera, déjate de consejos de familia.

La familia y los trastos viejos, lejos.

-Aquí no se puede discutir. -Pues claro que no.

Aquí lo único que hay que hacer si se tiene cuajo

es coger la puerta y marcharse.

Y tú deja de llorar, Baldomera, que el difunto no va a volver

porque le llores.

Pero ¿no habíamos quedado en que cada mochuelo a su olivo?

Arturo, abre todo, que entre el aire.

Huele a podrido.

Cantos de niños.

-Tía...

¡Tía! -¿Qué quieres?

¿Me da cinco céntimos de palolú?

-Tiene usted que cuidarse, no tiene más remedio.

(RÍE PIZPIRETA)

Ya verá... ya verá cómo se anima.

Timbre.

Pasen, pasen ustedes.

-Leonor... Los tíos.

-Jesús, María y José, si no me habéis dejado sitio

en la despensa la última vez. -Lo que tú te mereces.

Y aún es poco todo cuanto hagamos. -Leonor, llévate todo esto.

-Mi voluntad es la de pagarte todo lo que le debía al pobre José,

pero el mal año, y los imprevistos, que son muchos, no lo permiten.

Tendrás que armarte de paciencia, Baldomera.

-¿Son estos los recibos?

-En cuanto pueda...

-¡Pan y agua!

-Ah...

No me acompañes, hijo.

A la tía no le gusta y, además, te está esperando.

La tía tiene visita.

Es igual, me gusta que estés con ella.

Y a mí me gusta acompañarte.

Haz lo que quieras, pero tendremos un disgusto,

ya lo verás.

-Yo ya no me quitaré el luto de encima hasta que el Señor

quiera llevarme con el pobre Pepe. ¿Para qué quiero todo esto?

-Gracias, muchas gracias. -Así que si os lo lleváis,

el favor me lo hacéis vosotras a mí.

Carmen...

-No.

-Anda, tonta, por tu cumpleaños.

(NARRA) Después de la muerte del tío José,

mi situación en la casa de la tía se empezó a ser insostenible.

Todos los parientes la acosaban sin descanso,

halagándola y haciéndolo creer que estaban preocupados

por su vida y su suerte, cuando en realidad

no buscaban otra cosa que el dinero.

Se dedicaban a desprestigiar continuamente a mi madre,

a invadir la casa en cualquier momento del día

y a mirarme a mí con un cierto recelo

porque me consideraban un estorbo en sus descarados planes.

La relación entre mi madre, mi tía y yo

se hizo cada vez más tensa.

Se abre una puerta.

Vaya, otra vez aquí. Me vais a dejar sentar, ¿eh?

-Había cosas por hacer.

Me parece que las tres no vamos a caber.

Como yo tengo que guisar, no voy a irme a otro cuarto.

-Pasa algo. -Nada, tía,

que había cosas por hacer y nos pusimos a ello.

A Leonor no le gusta tenernos aquí.

-A mí tampoco me gustan muchas cosas y me aguanto.

Anda, veniros.

Carmencita...

Tía, quiero hablar con usted.

Mire, ha sido usted muy buena con nosotros,

pero yo no puedo seguir así.

Me voy a lavar. Usted ya tiene quien la sirva

y así todos viviremos en paz.

-¿Y qué piensas hacer con el niño?

Usted verá lo que dispone.

-Si tú quieres marcharte yo no me voy a oponer.

El niño puede quedarse hasta que termine el colegio

y después ya veremos. Si Dios me da salud

hará la carrera, como quería su tío.

Timbre.

-Hola, Arturo. Hola, señor Manuel.

-El baúl de tu madre me lo llevo yo pa la buhardilla,

compañero.

Campanas.

Si necesita usted algo, me manda llamar por Arturo.

Por mí no podrá avisarte, porque yo también me voy.

Si mi madre no se queda, yo tampoco.

Me voy con ella a la buhardilla y se guarda usted el dinero

y la carrera, que yo ya sé trabajar.

Pero, antes de irnos, debería de contar el que guarda

en la cartera del armario. -Yo no sabía. Mi madre...

Ella me dijo que... -Sólo era un pequeño préstamo.

Lloros.

(LLORA) Arturo...

-¡Arturo! ¡Arturo!

¡Leonor!

Órgano.

-Conozco el problema, claro que sí. Y es una lástima.

Este niño está particularmente dotado.

Alumnos como él son los que interesan

en nuestro centro, y no vamos a permitir

que se malogre. Le daremos los estudios

y la comida, señora. Todo antes de que se nos pierda.

Pero hay que vestirlo, y los libros.

-Mire usted, lo tomamos como un interno más.

Donde comen ciento, comen ciento uno.

Por la ropa y los libros tampoco tiene que preocuparse.

Ya lo arreglaremos. No hay que arreglar nada.

Yo quiero trabajar. -Tú tienes que escucharnos.

Es que no quiero limosnas. -Es usted y no el niño

quien ha de tomar la decisión. Soy yo el que tengo que decidirlo.

Y ya lo tengo decidido.

Usted, padre, me entiende. -Claro, Arturo.

Habla, dime. Yo he aprendido muchas cosas.

Si me quedo me lo echarán en cara cuando les venga en gana.

Y ya no será sólo el padre del nieto el que me recuerde

que estoy aquí de caridad.

A cambio de su limosna tendré que estudiar como un burro.

Y yo lo que tengo que hacer es ayudar a mi madre.

Somos pobres, y como pobres tenemos que vivir.

Encontraré un trabajo y no dependeremos de nadie.

-Tiene razón, no se puede hacer nada.

A este niño lo han estropeado entre unos y otros.

Lo mejor es dejarle que empiece a conocer la vida.

Y a ser valiente, ¿eh?, que ya eres un hombre.

-Trabajar, hay que trabajar;

pero al chico se le tratará como si fuese de la casa:

comida, cama, ropa limpia y diez pesetas al mes

más las propinas.

¿Qué? ¿Qué le parece? -Don Arsenio, por favor...

-Perdón, señora.

(SUSPIRA)

Arnulfo, arriba.

(SUSPIRA)

-Pasen, pasen.

Pasen.

Toma.

-Arturo, tráeme la pieza de paño largo, vamos.

Vamos, vamos.

-Arturo...

¿Qué haces?

Búscame la caja de los botones de nácar, anda.

Sí. -¿Dónde vas?

Un momento.

-Arturo, deprisa.

Arturo, te estoy esperando.

-Chico, la caja de los velos blancos. ¡Vivo!

Sí.

-Eh, muchacho, sube la pieza.

-Arturo, en cuanto puedas ven aquí.

Don Arsenio...

-¿Qué? ¿Qué me pidió?

-La caja de los velos blancos.

-¿Manda usted alguna cosa, don Arsenio?

-Nada. -Con Dios, Rafael.

-¿Desea usted alguna cosa más? -Nada, buenas noches.

-Buenas noches, D. Arsenio. -Buenas noches.

-Adiós.

¡Muchachos!

Vamos, nosotros a lo nuestro. ¡Vivo!

Ojo, muchacho. Cuidado.

"Jota de los ratas".

En los tranvías y ripperts,

en los tranvías y ripperts

y en donde se halla ocasión,

damos funciones gratuitas

de prestidigitación.

Damos funciones gratuitas

de prestidigitación.

No hay portamonedas que seguro esté,

cuando lo diquela uno de los tres.

Y si cae un primo que tenga metal,

se le da el gran timo aunque sea el primo

o un primo carnal.

Lu que es el talento, lu que es la mullera,

a ver si este chisme lo inventa cualquiera.

Lu menus tres meses hace que vamus tras de estus pillus,

y gracias a este caletre pur fin lus hemus cugidu.

¡Ay qué gracia tiene esta ratonera...

La tía ha venido algunas veces.

¿Y qué hace? Se sienta y se echa a llorar.

Que si no quiere que seas chico en una tienda,

que si madrugas mucho, que si trabajas demasiado.

A la tía Eulogia y a la Carmen las echó porque le seguían robando.

Los del pueblo tampoco aparecen. -Lo ha preparado todo

para que vuelvas. No volveré.

-¿Por qué no me sacará a mí de servir?

Yo no le iba a decir que no.

Cualquier día aparece cuando estés tú,

o se te presenta en la tienda.

-¿En qué puedo servirla, señora? -Vengo a por el niño.

-¿Qué niño? -El niño.

Mi sobrino nieto.

Que no necesita trabajar, porque en casa, a Dios gracias,

no le falta de nada. -Sí, señora, tiene usted razón;

pero cálmese, aquí todos estamos con usted.

-Pero ¿y el niño? ¿Es que ha salido?

-Pero ¿qué niño ni qué ocho cuartos, señora?

¿De qué me está usted hablando, señora mía?

-Ah...

¿A qué ha venido, tía? -Ah, pero ¿esta señora es tu tía?

Pues, anda, arregla con ella lo que tengas que arreglar,

y al trabajo. ¡Vivo! No sé lo que quiere.

-He venido a por ti. Tu madre y yo

hemos hecho las paces. Tú recoges tus cosas,

te despides de estos señores y nos vamos.

Estudiarás, trabajarás en lo que quieras.

Todo antes que verte de tendero.

-Oiga usted, señora, lo de tendero,

como usted lo llama, es una profesión muy digna.

Yo no sé quién es usted ni me importa,

pero entérese usted bien: el chico es un menor

que está bajo mi tutela, y aquí, de momento, mando yo,

así que... por esta puerta se va a la calle.

-Te estaré esperando, Arturo, y todo volverá a ser como antes.

Te lo juro.

-Aquí no ha pasado nada. Vamos, a trabajar. ¡Vivo!

-¿Y tú de qué te ríes? ¡Vamos, a trabajar!

-Arturo, Arturo...

Mira, ahí la tienes otra vez.

Campanadas.

Ladridos.

-Atención, chicos,

hoy vamos a hacer la tertulia en la terraza.

Arriba con todo. Hace una noche estupenda

y estaremos la mar de bien al aire libre. Vamos.

Golpe.

¡Hijo de zorra! Pero ¿es que no tenéis ojos

en la cara? ¡A mí no me toca usted,

puerco cebado! -¿Qué?

¡El hijo de zorra lo será usted! Y se mete este trasto

donde le quepa. -¿Qué?

Pero, bueno... ¡Chico, ven aquí! ¡Chico!

¡¡¡Chico, ven aquí!!!

-¡"Heraldo", ha salido el "Heraldo"!

¡"Heraldo", ha salido "Heraldo"!

¡"Heraldo", el periódico de Madrid! ¡Ha salido "Heraldo"!

¡Compren el "Heraldo"!

¡Ha salido el "Heraldo"! ¡Lean el "Heraldo",

el periódico de Madrid!

¡"Heraldo", ha salido "Heraldo"!

¡"Heraldo", el "Heraldo"!

¡Compren el "Heraldo"!

¡"Heraldo", el periódico de Madrid!

Toses.

¡"Heraldo"! ¡"Heraldo"!

-¡Ha salido el "Heraldo"! ¡"Heraldo" de Madrid!

-¡El "Heraldo"! ¡Ha salido "Heraldo"!

-¡Ha salido el "Heraldo"! -Niño, dame "El liberal".

-¡Ha salido el "Heraldo"! ¡El "Heraldo"!

¡Ha salido "Heraldo"!

Y así están las cosas, como si no hubiera pasado nada.

Mi madre llega por la mañana y se va por la noche.

Y yo insistiendo con que quiero trabajar.

Y la tía no se atreve a decirme ni que sí ni que no.

-¿Y qué vas a hacer? Entrar en un banco.

Don Julián, que era compadre del tío, me va a recomendar.

Ahora estudio contabilidad en el colegio.

Y algo de comercio. Mecanografía, idiomas y cosas así.

Para prepararme.

-Llévate las que no hayas leído.

Desde mañana subes el periódico a casa y te quedas un rato.

-A tu tía no le gustará. Eso era antes. Ahora no le importa.

Silbido. -¡Ángel, date prisa!

-¿Te vienes? -¿Adónde vais?

-A las huertas de Aluche. A las peras de San Juan.

Hoy ha sido la última vez. ¿De qué?

-No volverás a vocear conmigo el "Heraldo". Ya lo verás.

Claxon.

-¡Un coche! -¡Un coche!

-¿Te ha costado ponerte al corriente?

Arturo, ¿te ha costado ponerte al corriente?

Es la contabilidad, que te gusta poco.

No, no es eso. -Entonces, dime, ¿qué es?

No lo sé, pero es muy raro.

Que todo me parece distinto. El colegio, los chicos, usted...

Hasta la calle Mesón de Paredes me parece otra.

Como si la hubieran cambiado. No sé cómo explicarlo.

-Ves todo distinto, pero te equivocas.

Nada ha cambiado.

El que ha cambiado eres tú.

A ver, acércate.

Deja sobre la mesa lo que lleves en los bolsillos.

¿No hay más? No.

-¿Y la caja? ¿La sigues teniendo?

En casa.

-¿Y dónde están el peón, las canicas y las tapas

de las cajas de cerillas?

¿Ya no llevas chapas de botella ni pinzas de la ropa,

ni palolú? ¿Se te ha roto algún bolsillo?

Ya veo, ya, que no te falta ni un solo botón.

Ni llevas las manos manchadas de tinta.

¿Te has enterado ya de lo que está pasando?

Algún padre de este colegio te diría que has perdido

el estado de pureza.

Para mí ocurre sencillamente que has dejado de ser niño.

(CON ACENTO FRANCÉS) -Como primera prueba, cumplimentarán ustedes

su propio dossier personal.

En el impreso correspondiente

cubrirán los espacios en blanco

con su nombre, sus apellidos, su fecha de nacimiento

y los estudios aprobados.

Vamos.

-¿Dónde estudiaste?

En las escuelas pías de San Fernando.

-Yo en los Salesianos de la Ronda.

Ese es Zabala. Se gasta el poco tiempo

que tiene libre en misas y rosarios.

Y el de arriba, ¿lo ves?

Trata de no encontrarte con él. Es el jefe de personal,

señor Corachán.

Ese es el más tratable. Si tienes que pedir algo,

vete a él. Es el señor Berzotas. ¿Cómo?

-Berzotas, el señor Berzotas.

Te has quedado dormido. Estoy muy cansado.

Hasta que me acostumbre. La tía se ha echado hace ya rato.

Parece que no se encuentra bien.

Anda, ven.

-Tenga usted cuidado de no desgarrar las cartas

al abrir el sobre. Sí, señor Berzotas.

-¿Quién le ha dicho a usted que yo me llamo Berzotas?

Nadie. Lo he oído. A no se quién.

-Aquí, señor Barea, no hay ningún Berzotas.

Porque cuando hay alguno se le pone de patitas en la calle

y en paz. Yo me llamo Manuel Berzosa.

-No te lo tomes por la tremenda. Aquí se gastan bromas,

y el que se cabrea, peor para él.

-Señor Pla...

Pla, haga usted el favor de salir.

Cisterna.

-Sí, señor.

-Señor Pla, hace doce minutos justos que estoy esperándole.

Y vaya usted a saber cuánto tiempo más hace que falta usted

de su puesto. -Ha sido sólo un momento,

por una necesidad. -¿Un momento?

e ¿Un momento, dice usted?Un cuarto de hora.

Un cuarto de hora perdido que a fin de mes cobrará usted

como si lo hubiera trabajado. Aquí, además, se viene

con todas las necesidades hechas, y así no ha lugar a que nadie

se tome los servicios como un patio de recreo.

(TOSE) -Apesta usted a tabaco, señor Pla.

Es intolerable.

Por su propio bien, que no vuelva a ocurrir.

-¿Cuánto tiempo llevas en el banco?

Casi un mes.

-Aquí tienes tu porvenir.

-Cuando termine deje usted las copias encima de mi mesa.

Sí, señor. -Buenas noches, Barea.

Buenas noches, señor Zabala.

-Venía buscando un cenicero.

Aquí.

¿Te vas a quedar hasta muy tarde?

-No me asusta el trabajo, pero me dan tanto

que me abruma un poco y me tengo que quedar.

Pero todo sea por la abuela, para que viva mejor.

La abuela es mi madre.

Además, a estas horas puedo fumar sin tener que esconderme.

(TOSE)

¿Por qué me dijiste aquello del porvenir?

-Para que vayas aprendiendo.

Tu porvenir.

Un año sin sueldo en competencia con sesenta aspirantes como tú

a tres plazas. Si tienes suerte y te admiten,

cuando lleves doce años, como yo, ganarás noventa pesetas al mes.

Tres pesetas de jornal.

Y, ahora,

fíjate y calcula. En Madrid hay veinte bancos,

a cincuenta meritorios sin sueldo cada uno de ellos,

y me quedo corto, ya suman el millar.

Y ahora piensa en toda España.

Total, que son muchos los miles de muchachos

que trabajan de gratis, y ellos a llenar la caja,

hasta que el día menos pensado se le reviente

porque ya no quepa más. Pero eso es el aprendizaje.

-No, esa es la explotación descarada del muchacho

que empieza a trabajar. Después de sacarles el jugo

durante meses, a nueve de cada diez los pondrán de patitas en la calle.

Y que no vayan a otro banco diciendo que ya estuvieron aquí

porque no los admitirán. Y si no dicen nada

les espera otro año de aprendizaje. Aun así, yo...

-Aun así tú quieres ser empleado fijo en este gran banco.

Pues prepárate. Prepárate, porque te van a exprimir

hasta el tuétano.

Arañazos.

Arañazos.

(JADEA) ¿Qué pasa, Toby?

-Vaya, ya has vuelto.

Y yo en la luna. Y tu madre: "Que ponga usted ojos,

señora Segunda, para cuando venga Arturo,

que no se le vaya a olvidar".

Pasa algo. -No, nada.

Tu madre está en casa de tu tía, que está algo pachucha.

Me encargó que busques a tu hermano y me lo traigas,

que lo quiere en casa. No se preocupe más.

Ahora mismo salgo.

¿Qué es lo que pasa?

-Nada, no pasa nada.

¿Quiénes son esos?

-Gente que no tiene nada que hacer, por eso están aquí.

Buscan trabajo durante el día y la suerte por la noche.

No tienen ni para comprar pan.

Madre me dejó el encargo de que te buscara.

-Me he ido del trabajo.

O me han echado, que tampoco lo sé muy bien.

Y ella sí lo sabe, se lo han dicho. Y yo ya la estoy oyendo:

que me busque otra tienda, que esto y que lo otro.

Y yo no quiero ser chico de recados.

¿Has comido?

(SUSPIRA)

Todavía me queda una hora.

No, Arturo, tienes que levantarte.

Hum... ¿Dónde lo encontraste?

Por ahí. Llevaba todo el día sin probar bocado.

No quiere trabajar en ninguna tienda.

Que trabaje donde quiera, todo menos verle convertido

en un golfo. (SUSPIRA)

La tía Baldomera se ha muerto, Arturo.

(LLORA)

De madrugada.

He estado un rato con ella.

Para eso te he despertado.

(LLORA)

-Señor García de León.

Señor Medrano.

Miserables...

-¿Decía usted algo, señor Medrano?

-Yo nada, señor Zabala, si todavía no he abierto el sobre.

-Señor Recalde. No te lo tomes por la tremenda,

aquí se gastan bromas, y el que se cabrea, peor para él.

-Señor Cros.

Comemierdas, tiralevitas...

¡Pedazo de cabrón! -¡Señor Recalde!

-Una cochina faena, sí señor, y por tercer año consecutivo.

Pero por mí ya se pueden ir a la mierda el banco

y todos los jesuitas como usted.

Nadie puede decir palabra de mi trabajo,

pero a los reverendos jefazos se les ha puesto en los mismísimos

que yo no puedo tener querida.

¡Y yo tengo lo que me da la puñetera gana!

-¡Señor Recalde, cállese usted! -No me da la gana, ¿se entera?

-Cálmese, por favor. -¡Grito porque quiero!

-Cálmese, por favor. -¡Porque me sale de la boca

irme así de esta pocilga!

-Señor Barea.

Señor García Jiménez.

Coja usted lo que le venga bien. Esa ropa es una de las pocas cosas

por las que no se pelearon aquellas fieras.

No sé qué apaño le hará usted a eso, señora Segunda.

-Para Toby, hija, para Toby,

para que se tumbe en el suelo.

Este velo me lo puedo poner por la cara,

y toda la gente que no se atreve a mirarme, podrá hacerlo.

¿Y esta colcha?

No busque usted más. Se lo lleva todo y ya está.

-Dios te lo pague, hija.

A todo le sacaré provecho.

¿Os vais a mudar de aquí?

¿Yo?

-Se lo oí a la Pascuala.

Cuando el chico de la señora Leonor coja los cuartos

que ha heredado, se mudarán.

Me entraron temblores.

Son ya muchos años de vecinas y sin vosotros

me sentiría muy sola.

Toby también.

Con ese dinero no seremos ni más ricos ni más pobres.

Con que aquí seguiremos, señora Segunda.

Una cosa sí que vamos a hacer, madre.

Tú dirás. Que nos instalen luz eléctrica.

Estoy harto de quemarme las cejas. Yo llamo a la compañía.

¿Una bombilla?

-¿Y Rafael? Entrará en El Águila,

la fábrica de cervezas. Le costó dar con un trabajo,

pero al fin lo encontró.

-¿Cómo fue el reparto? La gente se vuelve loca

en cuanto ve un billete. Se llevan un dinero y algún mueble

y en vez de contentarse, se miran los unos a los otros

como si fueran a darse puñaladas.

-Señor Barea, le llamad de dirección.

El señor Corachán.

-¿Es usted el señor Barea? Sí, señor.

-Bien.

-Pues sepa usted que en vista de los buenos antecedentes

que constan en su dossier personal la dirección ha acordado

no echarlo a usted a la calle. ¿Por qué?

-Porque tiene usted una letra infame.

¿Usted cree que se puede ser empleado fijo en un banco

como el Crédit Étranger escribiendo patas de araña,

como usted hace?

Tiene usted un mes de plazo, únicamente un mes para cambiar

su letra por una que sea legible.

De lo contrario, entérese bien, queda usted despedido.

Bien entendido que como se le ha avisado

con la anticipación reglamentaria, el banco queda liberado de pagarle

a usted el mes de indemnización.

Salga de aquí, señor Barea.

Sentí ganas de pegarle hasta que me pidiese perdón.

O le hubiera roto la cabeza con uno de aquellos ceniceros.

-Tampoco te hagas mala sangre.

Aguanta, si puedes.

Porque el día que te sometas empezarás a prosperar.

¿Y usted cree que voy a terminar así, sometido?

-Todo eso, las broncas, los premios y las palmadas,

el cambio brusco a los castigos,

forma parte de una doma.

Al final el más rebelde doblará la cabeza sin protestas.

¿Por qué me dice eso? -Porque no es normal.

Es la vida, es así.

A ti te va a resultar muy difícil hacer lo que te dé la gana.

Naciste pobre y no tienes dónde escoger.

Tres oportunidades. Dos.

O solamente una.

A mí me mandaron al seminario con ocho años

sin preguntarme mi opinión.

Dejé a mi madre, dejé el pueblo,

el caserío y los juegos con los amigos.

Todo.

Porque ellos no tenían dinero y yo comía demasiado.

Y aquí estoy,

sometido.

Pero tú serás un hombre.

Nueve pesetas para el recibo de la casa, eso lo primero.

Y dos para Pascual.

Cinco para la sociedad

y diez para pagar la colada.

Esto son deudas que hay que pagar.

Nos quedan, hasta el día 8, que cobre yo, treinta pesetas.

-Yo necesito ropa: una camisa, un corsé y unas medias.

-No eres tú nadie... Yo necesito una blusa y calzarme.

Yo también necesito zapatos. -El señorito necesita zapatos.

Tiene dos pares, pero necesita otros.

Son de color, y en el banco... -Pues los tiñes.

Y tú un corsé para andar presumiendo de tetitas.

¡Niño! -Es la verdad. Me mato fregando

cacharros todo el día y encima tengo que dar explicaciones

al señorito chupatintas. Envidia.

Basta ya. -¿Envidia? ¿Envidia de ti?

Si vas a ser más desgraciado que ninguno.

Nosotros somos pobres y no nos da vergüenza,

estamos acostumbrados. Aquí han subido mis amigas,

pero tú... ¿Quieres decirme cuándo has traído a algún compañero

de tu dichoso banco? ¿O es que tienes reparo

de que sepas que estás viviendo en una buhardilla

y que tu madre lava ropa para poder...

Yo trabajo como tú, sólo que tengo más luces.

Basta ya, no quiero oíros más. Si necesitáis algo lo tendréis

si podemos comprarlo, pero no estéis

como el perro y el gato. -Serás siempre un muerto de hambre,

un chupatintas, un señorito de pampringao,

un esclavo de cuello duro. ¡Calla!

(NARRA) En la buhardilla nuestra vida se fue normalizando.

Los domingos, a veces íbamos al cine.

Durante la semana yo leía o estudiaba idiomas

y mi madre cosía a la luz de la lámpara.

Durante una temporada compré un montón de herramientas

y piezas en el rastro y me puse a construir

una locomotora pequeña.

Fue un tiempo en el que con frecuencia

tenía la dolorosa sensación de que el mundo

que rodeó mi infancia iba desapareciendo

sin que yo pudiera hacer nada.

A veces me acordaba de los tíos

y cuando me quedaba solo en el silencio del cementerio

me entraba ansia de correr, de saltar, de moverme.

Era necesario que mi madre dejara de trabajar en el río.

No quería verla cansada ni oler el agrio de la ropa sucia

que se amontonaba en casa durante la semana.

Yo tenía que sacarla de allí,

pero al final terminaba pensando que aquella vida encorsetada

del banco era mi vida, y que no había otra cosa que hacer.

-Poner un anuncio por palabras en los periódicos:

"Se necesitan médicos". Y ahí está,

tiene a cerca de cincuenta muchachos trabajando como locos.

Y él se pasea entre ellos con las manos a la espalda

como un maestro de escuela entre los pupitres.

Y hasta se permite repartir algún soplamocos

si alguien no trabaja todo lo deprisa que él quiere.

Pero aún hay más.

Sobre no cobrar, el que a partir de ahora

quiera ingresar como meritorio aspirante tendrá que depositar

un aval de cincuenta duros para responder de su honradez.

-Pero, bueno... -Pero hay que denunciarlo.

-Ya te había visto, pero yo ahí no me acerco

porque conozco el paño: mucho blablablá,

pero de mojarse el culo, nada. Somos unos cabrones.

-Yo no.

Yo tengo mi carnet de la Casa del Pueblo.

Estoy dispuesto a luchar siempre. Me la juego cuando haga falta.

Estoy afiliado a Oficios Varios. Los de la banca somos tan pocos

que no van a abrir otra ventanilla sólo para nosotros.

Yo entiendo que a los compañeros les dé miedo de dar el primer paso.

Se enteran arriba y los ponen en la calle.

Pero eso es porque no estamos unidos,

que si todos los de la nómina estuviéramos apuntados,

otro gallo nos cantaría. Un día me tienes que llevar

a la Casa del Pueblo. -Tampoco te creas

que estoy yo solo. En el banco no bajamos de diez,

que yo sepa. Y seríamos más si no tuvieran tanto miedo.

Conozco a un empleado del Fénix que le despidieron

después de quince años por estar afiliado a un sindicato.

En otro lugar donde fue a pedir trabajo le dice el jefe:

"¿Conque es usted socialista?".

"Yo no, señor". "Pues del Fénix me dicen

que está usted afiliado a la Casa del Pueblo".

"Sí, señor, estoy afiliado porque allí tengo médicos,

medicinas, boticas...". "¡Basta! No necesito explicaciones.

¿Usted cree que yo puedo admitir en mi casa a un empleado

que no cree en Dios y que va por las calles

con una bandera colorada dando gritos contra el gobierno?

Mi casa no es nido de revolucionarios.

Métase a albañil y dedíquese a poner bombas,

que esta es una casa decente".

Así son las cosas.

¿Qué te parece?

Todas esas historias cuentan los mismo,

y un día se tendrán que acabar. -Llegaremos a verlo, Barea.

Llegaremos a verlo.

(GIMOTEA)

¿Qué le pasa, señora Segunda?

-Nada,

que me estoy muriendo.

¿Qué se siente usted?

-Eso,

que me muero.

¿No ha venido el médico? -Sí,

quería llevarme al hospital,

pero yo le he dicho que no.

Lo siento por Toby.

Arturo...

En el cafetín

hay un ciego que se lo quiere quedar

de lazarillo.

¿Le conoces?

Le dicen el Pecoso.

Es un buen hombre. Sí, le conozco.

-Cuando me muera,

dale el perro.

Márchate a dormir, anda.

-Fuentes, ¿cómo estás? ¿Qué tal?

Toma, fúmate un pitillo

y me esperas, que voy a pagar la cuota.

(NARRA) Un sábado que Pla fue a pagar la cuota

a la Casa del Pueblo le acompañé.

Los pasillos estaban llenos de obreros

y sus blusas y alpargatas les diferenciaban de nosotros,

que íbamos con nuestro traje oscuro y las botas brillantes

que nos obligaban a llevar.

Yo le decía en broma a Pla que sería socialista de buena gana,

pero la cuestión estaba en saber si era o no un obrero.

Asistí con él a una reunión que celebraban los tipógrafos

de la editorial Riva de Neira en uno de los salones.

Aquel día me di de alta en el sindicato.

-El ir o no a la huelga.

Los que estén conformen que se levanten.

-¡Pido la palabra!

¿Por qué a la huelga? Está demostrado

que no sirven para nada. Yo reclamo la acción directa:

boicotear, matar al patrón si es preciso.

¡Prender fuego a los talleres!

(APLAUDEN Y JALEAN)

-Yo no necesito matar a nadie.

Quiero trabajar honradamente.

En cuanto a romper las máquinas, las máquinas

son de los trabajadores, y son sagradas.

Si yo le viera a un compañero levantar un martillo

para romper mi Minerva le machacaba los sesos.

(APLAUDEN Y JALEAN)

Pedí hace semanas una plancha de goma.

Tenía que pasar.

-Ayúdame.

Vamos a retirar el cristal.

-¿Qué haces? Escribía.

-¿Lo podré leer? Son cosas que se me ocurren.

Las escribo y luego lo rompo todo.

Cosas del crecimiento, como dice mi madre.

No sé, además... -¿Además qué?

Nada, nada.

-Mi mujer, mi hijo.

Este es Arturo.

Nosotros nos vamos y tú escribe.

Algún día habrá que leer todas esas notas.

Pla, Pla, soy Barea.

-Cuéntanos lo del cristal. ¿Lo de la luna que rompí?

-Eso ya lo sabemos. Lo que ha pasado esta mañana.

Corachán me ha hecho llamar. Han acordado descontarme

el importe de la luna, 37'50 pesetas,

y no han tomado otras medidas por mis antecedentes.

-Ladrones... Tienen las lunas aseguradas.

No pueden descontárselas a nadie cuando se rompen.

Si no hacemos algo somos unos mierdas.

-Lo mejor que podemos hacer es pagar la luna entre todos

y aquí no ha pasado nada. -¿Qué pasa? ¿Tienes miedo

a que te echen? -A que nos echen, Pla,

a que nos echen.

-Ya lo tengo. No os mováis de aquí.

Esperadme, esperadme.

(LEE) Como el Crédit, con doscientos cincuenta millones

de francos de capital social no tiene para pagar un cristal

de siete duros y medio, los empleados abajo firmantes

tienen sumo gusto en pagarlo.

El que no firme es un pedazo de cabrón.

¿Tú dónde vas? -A mi planta.

-¿Ya has firmado?

-No, no he firmado.

-¿Y tú estás afiliado?

Tú firmas.

Firmas por encima de la cabeza de Dios.

Los que no son compañeros pueden no firmar si les peta,

pero tú firmas o te comes el carnet ahora mismo.

Y ahora a ver cómo nos movemos para que ese papel

recorra todas las plantas antes de llegar

adonde tiene que llegar.

-Señor Barea, le llaman de la dirección.

El señor Corachán.

-¿Usted es el empleado del negociado de títulos

que rompió la luna? -Sí, señor.

-El banco ha acordado no descontar a usted el importe

de la citada luna porque afortunadamente

no lo necesita, pero como casos como este

no pueden quedar sin sanción, cuente usted

con una nota desfavorable en su dossier personal.

¿Perdón? ¿Una nota de qué? -¿De qué va a ser?

De mal empleado. De empleado negligente.

Una luna de un dedo de grosos sólo se rompe

si uno se ha propuesto romperla. Yo no soy tonto.

Usted no es tonto, no, usted es imbécil.

Con un sello de metal rompo yo una luna de mi mesa,

la de la suya, su cabeza de usted y la de su puñetera madre.

La luna... Como si le importara algo a usted.

Pero como no quiere reconocer que lo que de verdad le importa

es esa lista firmada por más de treinta empleados

me viene usted con el cuento de la luna.

-¿Está usted loco? Sí, estoy loco.

Y le voy a decir lo que pienso. Es usted un miserable

que se ha ganado el puesto vigilando en los retretes

a los empleados que fuman. ¡Un cerdo!

Y en banco, una pocilga.

-¡Terrible asesinato! -¡"El liberal", "El liberal"!

-¡El archiduque de Austria, asesinado en Sarajevo!

¡Compre información!

¡"Heraldo", "Heraldo"!

¡Últimas noticias sobre el asesinato en Sarajevo!

¡"Heraldo", "Heraldo"! ¡"Heraldo", "Heraldo"!

¡El asesinato en Sarajevo del archiduque!

¡"Heraldo", "Heraldo"!

¡Últimas noticias!

El pobre ciego hasta le compró un filete de ternera.

Y ni por esas.

Toby se negó a comer.

Se metió en un rincón

y allí se dejó morir de pena.

Así son las cosas.

Así es la vida.

¿No me preguntas qué me ha pasado?

No.

Tú me lo contarás, si quieres.

Me he marchado del banco.

Para siempre.

(LLORA)

¿Ves como todavía eres un niño?

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La forja de un rebelde - Capítulo 2

04 jul 2017

1909. La muerte del tío José causa conmoción en el ánimo del pequeño Arturo. A casa del difunto llegan los parientes, ávidos de hacerse con los bienes que ahora son de su viuda, la tía Baldomera, una beata sin muchas luces, manejada por su confesor. Arturo es testigo de la enérgica intervención de la abuela Inés.

Histórico de emisiones:
06/04/1990
22/07/2012
10/08/2014

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