Serie basada en la trilogía autobiográfica de Arturo Barea, que va desde su infancia en Madrid, su paso por el ejército de Marruecos, la Guerra Civil española, hasta el exilio. Se refleja fielmente el ambiente de la España de principio de siglo, sobre todo de Madrid.

"La Forja" cuenta la historia de un vencido de la Guerra Civil, el socialista y republicano Arturo Barea, hijo de una lavandera que pasó 18 años en el exilio sin poder regresar a España. Su relato fue un homenaje a las víctimas que sufrieron persecución o muerte por la dictadura franquista. La producción de TVE se adelantó así en 17 años a la llamada Ley de Memoria Histórica, un primer intento de reconciliación nacional.
Fue también la última gran superproducción de TVE. Costó 2.300 millones de pesetas del año 1990, cuando se estrenó. Empezó a gestarse con Pilar Miró (1986-89), juntos con otros ambiciosos proyectos como los Episodios Nacionales, Sandino, Requiem por Granada o El Quijote. 
En la serie intervinieron 250 actores, 280 técnicos y más extras que en Ben Hur, unos 20.000 durante un año de rodaje. 

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La forja de un rebelde - Capítulo 6 - ver ahora
Transcripción completa

-¿Barea está aquí? -Lleva un rato esperando, señor.

-Dígale que entre.

Y no pase llamadas.

Llama a la puerta.

Pase, Barea, y siéntese.

Explosión.

Escuche,

Explosiones. el gobierno sale esta noche

para Valencia. ¿El gobierno se va?

-Procure no interrumpirme.

Nadie sabe lo que le estoy contando,

pero yo necesito su colaboración y es necesario

que esté al corriente de todo.

Se traslada allí porque estará libre de todas las dificultades

que se presentan a la organización de una guerra

cuando la administración está en línea de fuego.

Pero ¿usted cree que van a entrar? -No importa mucho lo que yo crea.

La ciudad entera está yendo a las trincheras para luchar.

Resistiremos, Madrid resistirá. -Preste atención, Barea,

el gobierno sale esta noche y nadie lo sabe.

Se han dejado instrucciones en pliego cerrado al general Miaja

para que negocie la rendición en las mejores condiciones

posibles, pero se enterará del traslado cuando abra el sobre.

En este momento es usted una de las pocas personas

que está al corriente de la decisión del gobierno.

Se dará cuenta de la responsabilidad

que le confiamos. Es absolutamente necesario

mantener secreto este traslado.

(SUSPIRA)

Debe usted volver a la Telefónica y cumplir el servicio

como todos los días.

Y no dejar pasar ni la más pequeña alusión.

Yo me marcho mañana temprano con el personal de la oficina

y con aquellos periodistas extranjeros que no pueden

arriesgarse a que Franco les pille aquí cuando entre.

Dormiré en el Hotel Gran Vía. Si es necesario puede llamarme allí

durante la noche. Pero si se lleva usted

a los periodistas tienen que saber lo que pasa.

-No que se marcha el gobierno.

(SUSPIRA) Les hemos dicho que la situación es grave

y que les pedimos que se trasladen para evitar riesgos.

Se pueden figurar lo que quieran, pero no saben nada.

Lo importante es neutralizar a los periodistas que se quedan.

Son aquellos que están muy cómodos en sus embajadas

sin arriesgar nada.

Muchos asistirán encantados a la entrada

de las tropas facciosas.

¿Usted está seguro que van a entrar?

-¿Qué cree que pueden hacer media docena de milicianos?

Dígame, ¿qué pueden hacer contra en tercio, los moros,

la aviación, la artillería de los tanques?

¿Qué pueden hacer?

(SUSPIRA)

Deje pasar la noticia de que como medida de precaución

el gobierno ha evacuado a algunos corresponsales

extranjeros. Esto lo sabe todo el mundo.

Mañana se proclamará que el gobierno ha decidido

trasladarse a Valencia. Mientras tanto,

su labor consistirá en mantener la normalidad y evitar

que cualquier sospecha de la gente a su cargo pueda provocar

el pánico.

¿Y mañana qué he de hacer?

-Usted no tiene que hacer nada. Cuando acabe su turno,

cierra la oficina, se va a su casa y a partir de ahí

lo que le parezca mejor para salvar el pellejo.

Le dejo el sueldo del ordenanza y el de los dos ciclistas.

Y algún dinero para usted.

¿Qué va a hacer con estas fotografías?

-Quemarlas. Y los negativos, también.

Queríamos haberlas usado para propaganda,

pero tal y como están las cosas a quien le cojan ahora

con esas fotos le vuelan los sesos en el sitio.

Déjeme usted llevármelas.

-Si quiere usted jugarse el cuello

es cosa suya.

¿Puedo quedarme con la pistola?

Disparos.

Disparos.

Concha, me han dicho que estabais aquí. ¿Qué ha pasado?

-Hemos venido con algunos vecinos.

Nos vamos a meter en casa de Rafael,

no tiene que preocuparte. Algún niño puede quedarse

en la mía. -No te preocupes.

¿Y la casa? -Ahora es un montón de ruinas.

Salvamos unas pocas cosas, y la cabeza de la máquina de coser.

Fuimos cruzando el puente bajo las balas, y aquí estamos.

Estáis muy tranquilos. -¿Qué vas a hacer?

¿Dónde están los fascistas?

-Pues en la Casa de Campo. Tienen prisa por entrar.

Pero se les van a caer los dientes esperando.

-Tu hermana no ha querido venir.

Prefiere estar con Rafael. Es normal.

-¿Qué es esto?

Las fotos de los niños muertos en el bombardeo de Getafe

hace unos días. -¿Y qué haces tú con ellas?

Explosión. Es cosa mía.

Gritos.

¿Están todos en casa?

-Sí, en la cama, despiertos. Ahora les veo.

Explosiones.

-¿Vas a salir otra vez? Sí.

Estaré fuera.

No sé cuánto tiempo.

Quiero que tengas a mano lo imprescindible

y estéis preparados para iros en cualquier momento.

-¿Adónde? Haz lo que te digo.

-Estoy cansada de hacerlo. Siempre dices lo mismo

y en el momento en que se te necesita

hay que buscarte o escribirte porque nunca estás aquí.

Explosiones.

¿Qué pasa? -¡Nada!

En estos momentos ningún trabajo tiene horario fijo.

Y menos el mío.

-Es igual,

yo prefiero no verte a ninguna hora.

Es mejor para mí.

Mejor para los dos.

-¿Qué va a pasar, papá? Nada.

No va a pasar nada.

-¿Seguro? Seguro.

Venga, a dormir.

-Estamos contando los cañonazos. ¿Para qué?

-Para dormir. La casa se mueve

cuando suenan muy fuerte.

Hasta mañana.

Disparos.

Disparos.

¿Alguna novedad? (SUSPIRA)

¿Alguna novedad? -Las crónicas son las normales.

Todas parecidas. Sí.

-¿Tú sabes algo? ¿Por dónde andan? No hay nada nuevo.

Están en la Casa de Campo, llevan un montón de horas allí,

pero no avanzan.

Disparos.

Disparos.

-Han cruzado el Puente de Toledo

y el de Segovia y el del Rey.

Están peleando cuerpo a cuerpo dentro de las tapias

de la cárcel Modelo. No pasarán de ahí.

Disparos.

Se abre la puerta.

Disparos. -Pero eso significa

que ya están dentro de Madrid. No des la noticia

mientras no haya confirmación oficial.

Adviérteselo a todos: esa noticia no se puede dar.

¿Entendido?

¡Mister Hopkins!

¿Dónde está usted, señor? -En Madrid.

¿Y usted ha visto a Franco aquí, en Madrid?

-¡Franco ha entrado en Madrid! Eso no es cierto, y usted lo sabe.

Si no rectifica su crónica no podremos mandarla.

-¡Franco es en Madrid! (GRITA EN INGLÉS)

¡Suéltame, suéltame!

Cambie su crónica o no la mando, mister Hopkins.

Está usted mal informado simplemente y yo no voy a permitir

que sus lectores puedan pensar que Madrid ha caído.

Cuénteles lo que quiera menos eso.

(HABLAN EN INGLÉS)

-Ah...

Qué falta me hacía.

Yo salgo de naja, Barea. Espero llegar a la calle

antes de que aparezcan. No pases cuidado.

¿Tu catarro? -Ahí sigue.

¿Te veré esta noche? -Toca madera, paisano.

Ojalá aciertes.

Lloros.

Lloros.

¿Qué ocurre?

-Barea, el gobierno ha huido.

(LLORA) Ya lo sé.

No te asustes y deja de llorar.

(LLORA) Lo sé desde las 6 de la tarde.

Y no podemos hacer nada. (LLORA)

-Los grandes personajes siempre se pueden ir,

los gobiernos siempre pueden mudarse, pero el pueblo

se tiene que quedar. ¿O no es verdad?

-¡Si es verdad! (APLAUDEN)

Bueno, buen trabajo. Buenos días.

Disparos. ¿Y ahora qué, don Luis?

Madrid no ha caído. -No importa.

Haga usted todo lo que le dije.

Si ha terminado el trabajo, ocúpese de usted mismo.

Deje a la Junta de Defensa... ¿La Junta de Defensa?

-Sí, hay una Junta de Defensa. Déjela que monte

sus propios servicios mientras dure.

Madrid caerá mañana o pasado.

Esto ya se ha terminado.

A mí lo único que me preocupa es que hayan cortado

la carretera de Valencia.

Yo creo que Madrid no va a caer, ni mañana ni pasado.

Resistirá mucho tiempo, y hasta es posible

que no caiga nunca. -Usted no es empleado del estado,

Barea. No, señor.

Yo soy un voluntario en la guerra contra el fascismo.

Y hago este trabajo porque mi salud me impide estar en las trincheras.

Lo que he dicho era sólo una opinión: la mía.

-Así lo he tomado.

Buena suerte, Barea.

Yo también se la deseo a usted.

-Estas son las órdenes que tengo, y las he recibido

del señor subsecretario.

Yo tengo que cerrar y todos ustedes se marchan

ahora mismo a la calle. Un momento.

¿Le han dado a usted orden por escrito para cerrar

el ministerio? -No, señor, es una orden personal

del subsecretario. Me llamó esta mañana por teléfono.

Salía para Valencia, donde ya está el gobierno.

Me dijo que yo tenía que cerrar el ministerio

y que advirtiera al personal que se fuera a sus casas

a medida que iban llegando. Venga usted.

Me llamo Barea, bajo mi responsabilidad

queda usted encargado de que no se cierre

el ministerio hasta que no haya una orden escrita

de una autoridad superior. -No se apure, esto no se cierra

mientras yo esté dentro. Formaremos un comité

del Frente Popular que asuma las responsabilidades

sobre lo que aquí se hable. Después, cada uno a su puesto.

-Me llamo Torres y soy impresor. Cuente conmigo, compañero.

Si Franco toma Madrid siempre podréis decir

que yo entré en el ministerio por la fuerza y os obligué

a seguir trabajando. Si Madrid resiste,

os encontraréis entre los valientes

que no han abandonado su puesto. Y nadie discutirá

vuestros derechos como fieles servidores

de la República. -Compañeros, ¿estamos de acuerdo?

-¡Sí!

Ahora tú y yo intentaremos dar con esa Junta de Defensa.

-¿Y dónde está? Eso quisiera saber yo.

Disparos.

-¿Y vosotros dos qué queréis? ¿Wenceslao Carrillo?

-Soy yo. Me llamo Barea.

Trabajo como voluntario en el Ministerio de Estado.

La orden, al irse el gobierno, ha sido cerrar el ministerio.

Hay asuntos, como el control de los periodistas extranjeros,

que no deberíamos abandonar. Por eso hemos impedido el cierre.

Venimos a buscar órdenes,

algo oficial que regularice la situación, nada más.

-¿Y qué queréis que yo le haga? Estamos en el mismo lío,

se han marchado todos y aquí se queda Wenceslao

para dar la cara. Nadie me dijo una palabra

de que se marchaban, porque si me lo hubieran dicho...

Podéis hacer dos cosas: quedaros aquí con nosotros

buscando soluciones o llegar hasta la Junta de Defensa.

Disparos. ¿Dónde está?

-¿Y yo qué demonios sé dónde está? El amo es Miaja,

y Miaja anda por ahí pegando tiros.

Usad la cabeza y seguir buscando.

-Soy Frade, voy directamente al grano

porque tenemos un montón de cosas que hacer.

Acaban de contarme vuestro caso. Yo seré mañana secretario

del comité ejecutivo de la Junta de Defensa.

No discuto lo que hagáis hecho, me parece obvio que ningún puesto

de importancia debe abandonarse. Mañana tendréis la orden

por escrito para que el personal del ministerio

permanezca en su puesto. Tratad de reanudar

el servicio como si nadie se hubiera movido de su sitio.

Salud. -Salud.

Salud.

¿Cómo te llamas? -Luis.

Necesitamos un teléfono, Luis. -Ahí tiene uno.

Barea... Dime.

-Hay una señorita que le está esperando a usted

desde hace horas. ¿Dónde?

-Ahí, en la galería.

Llama a la telefónica. Que se encarguen de controlar

las conferencias de esta noche.

Yo no apareceré hasta mañana. -Descuida.

-Pensé que vendrías a verme

y esperé hasta que no pude más.

María, no tienes que preocuparte por mí.

-No lo hago por ti, soy yo la que te necesita.

Pero ahora ha cambiado todo.

No puedo estar contigo ni un minuto.

-Mis hermanos se han ido al frente.

Mi madre, cada vez que se oye un tiroteo piensa en ellos

y estalla de nervios.

Trato de estar siempre con ella y ayudarla,

pero hoy necesitaba verte.

Para coger fuerzas, a lo mejor.

Has hecho bien.

Yo me he pasado el día dando vueltas por Madrid.

Tan cansado estoy que casi me he olvidado de la guerra.

-¿Puedo verte de vez cuando?

Claro.

-Te dejo. ¿Quieres que te acompañe?

-No, gracias. Hasta pronto.

-Le he improvisado una cama en la sala de prensa.

Pensé que podría necesitarla. Gracias, Luis, la necesitaré.

-Es un diván, pero bastante cómodo. ¿Me puedes traer mañana

un termo con café? -Sí, sí, claro.

Luis,

¿por qué haces todo esto por mí?

-Estamos en la misma guerra, Barea. Por eso.

(GRITAN EN SUS IDIOMAS)

(GRITAN EN SUS IDIOMAS)

(GRITAN SUS IDIOMAS)

-El señor subsecretario está en su despacho.

¿No se había ido a Valencia? -No, se le ha estropeado el coche.

¿Qué se sabe del frente, sargento? -Seguimos aguantando.

Y hoy vamos a tener una buena ayuda.

Aquí tiene café caliente. Gracias.

¿Qué día es? -Día 8, domingo.

Han llegado de Albacete dos batallones

de las Brigadas Internacionales.

Dentro de unas horas van a cruzar por el centro de Madrid

hacia el frente. ¿Quiere café?

-No, gracias, ya he tomado.

¿Y qué hace aquí el subsecretario?

-¿No sabe usted la historia? No.

-La otra noche, los anarquistas estaban esperando al gobierno

camino de Valencia, en Tarancón. Y querían fusilar

a todos los peces gordos.

Este se enteró de lo que estaba pasando,

cogió miedo y ahí le tiene, en el despacho, como un pajarito.

Yo creo que debería suprimirse. No sea usted bruto, hombre.

-Yo seré bruto, pero ese fulano es un fascista.

Quería decirle únicamente que tengo esta orden

de la Junta de Defensa de Madrid de acuerdo con la cual

el ministerio no puede cerrarse. -Bueno, lo que usted diga.

Eso es todo.

-Bien.

Pero yo tengo que irme dentro de un rato para Valencia.

Yo no tengo nada contra usted. Usted es el secretario de Estado

y yo no soy más que un temporero en la censura.

Supongo que usted tiene órdenes directas del gobierno.

Lo único que quiero que sepa es que este ministerio

no se cierra. Lo demás no me importa.

-Entonces todo está bien. Muchas gracias.

Explosiones.

Aplausos.

(CANTAN EN FRANCÉS)

(APLAUDEN)

¿Quién firmaba esa nota? -Nadie.

El papel era del ministerio. Me lo creí y dejé pasar el día

sin moverme de aquí, y sin mirar una crónica

de las que se enviaban. ¿Y los censores de teléfonos?

-Les ocurrió lo mismo que a mí. Y estos se han despachado a gusto.

Cualquiera que lea estas crónicas estará convencido

de que Franco ha entrado en Madrid.

(LEE) La última resistencia, floja y desorganizada,

ha sido rota. "Hay que congratularse por ello",

dice alguno. Y el que menos se atreve

habla de un terrible desorden. No hay más que asomarse a la calle

para ver a un pueblo defendiéndose contra todo.

Un pueblo unido y serio que marcha a morir a las trincheras

por la libertad. Eso está allá abajo,

en cualquier lugar donde quiera uno mirar.

Pero esos cabrones no lo ven, no quieren verlo.

Sólo han reparado en el aire de derrota, en la confusión

Llaman a la puerta y el desastre de los últimos días.

Alguien les facilita las cosas para que estos disparates

se puedan contar al mundo entero. ¿Qué pasa?

-¿Barea? Sí.

-Mire usted, yo soy el delegado del Estado en la compañía

Transrradio. Ha oído que usted había puesto

orden aquí. Esta mañana han pasado ciertas cosas y yo no sé muy bien

qué hacer. ¿De qué se trata?

-Las noticias que han salido de Madrid no hay hecho otra cosa

que provocar un montón de telegramas. Mírelos.

¿Qué dicen? -No es lo que dicen,

es que van dirigidos casi todos a los rebeldes,

dando por hecho de que ya están dentro de la capital.

En algún caso el telegrama es para el mismísimo Franco,

y la seña es el Ministerio de la Guerra.

Le felicitan como conquistador de Madrid.

Se van a acabar los telegramas.

Ha habido un fallo en el trabajo y no volverá a ocurrir.

-¿Y qué hago con esto? Muy fácil,

devuélvalo con la respuesta consabida:

"Desconocido en las señas indicadas".

-Eso haré. Buenos días.

Se impone la necesidad absoluta después de tanta malicia

y tanto embuste de ejercer una censura de guerra,

y de ejercerla bien. -Nos faltará gente.

Vamos a arreglarnos.

Disparos. Enciende la luz.

Disparos.

-¿Te sientes mal?

Disparos.

¿Pasa algo? -Dos extranjeros,

que quieren hablar contigo.

¿Ahora? -Sí.

-Mira, compañero, este es el camarada Kosov,

de "Pravda". Venimos del Comisariado de Guerra.

Queremos saber algunas cosas sobre ti.

(HABLA EN RUSO)

-Quienquiera que sea responsable de la salida de estas noticias

merece que le fusilen.

¿Eres tú quien ha dejado a los periodistas

escribir estas cosas? ¿Sabes lo que has hecho?

Lo único que sé es que soy yo quien ha evitado

que esto siga pasando.

Nadie se ha preocupado de ello. Y también parece que vosotros

os hayáis enterado un poco tarde. Yo no tengo autoridad alguna,

salvo la que me confía un improvisado comité

del Frente Popular. -La autoridad de quien tú dependes

es el Comisariado de Guerra.

Vente con nosotros. ¿Ahora?

-Ahora mismo.

(NARRA) Aclarada la situación, el Comisariado de Guerra

se hizo cargo del departamento de prensa y me puso al frente

del servicio. Decidí vivir permanentemente

en la Telefónica y me llevé conmigo a Luis.

Organizamos los turnos con nuestro escaso personal.

Disparos. Fueron pasando días y noches

de cansancio y de insomnio, tratando de cumplir

de manera eficiente con el trabajo que nos habían encomendado.

Bombardeos.

(NARRA) Un día me tomé unas horas de descanso.

Fui hacia el barrio de Argüelles. Todo el entorno cercano

al Paseo de Rosales formaba parte del frente

y había sido evacuado y declarado zona de guerra.

Disparos. Los edificios eran cáscaras huecas

que recibían los ruidos y los devolvían amplificados

y terribles. El tableteo de las ametralladoras

repercutía en la calle vacía. Notaba la guerra cercana,

pero avanzaba sin ver a nadie.

Disparos. La calle Ferraz

era una calle muerta.

La atmósfera de la ciudad estaba cargada de tensión,

de desasosiego, de miedo físico y de voluntad irrazonada y amarga

de seguir luchando.

Disparos. -¡Vuelva, salga de ahí!

Explosión. ¡Váyase!

¡Váyase! (NARRA) Las preguntas

que siempre me hice sobre mí mismo y mi propio destino

dejaron de tener sentido en el momento dramático

que estaba viviendo.

Estábamos en guerra y en una ciudad sitiada.

Noviembre era frío y húmedo, y la muerte era sucia.

Aquella batalla que había empezado el 7 de noviembre continuaba.

Sobre Madrid se sucedían los bombardeos aéreos.

Saltaban las calles a cañonazos, y un montón de milicianos

y voluntarios extranjeros soportaban los ataques continuados

de un ejército de veinte mil hombres bien equipados.

En un esfuerzo heroico, la capital seguía resistiendo,

y el hasta entonces arrollador avance nacionalista

tuvo que detenerse en las afueras.

Aviación. -¡Mirad, aviones!

Explosiones.

Explosión. -¡Ramón, Ramón!

Claxon.

-¿Qué quiere? Lo que tenga.

-Esto. Eso.

-Vamos.

¿Adónde van? -A cavar trincheras.

Son voluntarios.

Sirenas antiaéreas.

-Vamos.

Explosiones.

Aaaaay...

Qué alegría más grande

tiene

to el mundo ya.

Yo tengo más de una pena.

Yo se

lo pío.

Yo se lo pío

al mi santita

María

que he besao...

Explosiones. Ay, qué bella...

Explosiones.

-¡Vamos!

(APLAUDEN)

Explosiones. Triana, Triana,

qué bonita está Triana

Explosiones. -¡Vamos allá, olé!

Que bonita está Triana, que bonita está Triana

cuando le ponen en las puertas

la bandera republicana. -¡Olé!

Cuando le ponen en las puertas

la banderita republicana.

Sirenas.

Explosiones.

-Mi nombre es Ilse.

-Lleva horas esperando, pero se empeñó

en que no te despertara.

Vengo a ayudarte, camarada.

Yo no he pedido ayuda.

-Y menos la de una mujer, me supongo que no.

Soy austríaca

y llevo dieciocho años de lucha política.

Conozco varios idiomas, soy economista;

pero hace tiempo que me dedico sólo al movimiento obrero.

¿Hay algo que no te gusta?

¿Por qué?

-Me ha parecido que estabas sonriendo.

¿Hay algún motivo? No sonreía, siga contando.

-Llevaba varias semanas en París intentando venir.

Conseguí que dos periódicos de izquierdas,

uno griego y otro checoslovaco, me adelantaran algo de dinero

y me dieran credenciales. El departamento de prensa español

se hizo cargo de mis gastos y quería que trabajara para ellos

en Valencia.

Yo me empeñé a venir a Madrid.

No.

¿Está cansada del viaje?

-No.

Dentro de cinco minutos empezamos a trabajar.

Bienvenida. -Gracias.

Arréglale los papeles y búscale una habitación enfrente.

La paga es la corriente, trescientas pesetas al mes

más el hotel, eso es lo que han pensado.

-Me parece bien.

Sirenas antiaéreas.

Explosiones.

Llanto de bebé.

Llanto de bebé.

Explosiones.

Esta vez me ha tocado a mí verla dormir.

-Estaba muy cansada. Llevaba muy poco tiempo en la cama

cuando empezó a sonar la alarma.

Has trabajado duro, merecías un descanso

y el haberte sacado de la cama es una cabronada.

-¿Qué hacías tú? El turno de noche.

-¿No tienes casa?

Ahora no.

-¿Tú duermes siempre arriba, en el cuarto?

Claro.

Ven, ven.

(RÍEN) (SILBA)

¡Angelillo!

-Don Arturo... ¿De dónde sales tú?

-De por ahí, de alguna parte de un agujero.

Me dijeron que estabas en un hospital de guerra,

como auxiliar de farmacia. -Me aburría, así que fue al puente

de Segovia. Para qué contarle. La paliza que les dimos...

Ellos a nosotros. Moros, legionarios, tanques...

La de Dios, el fin del mundo. Por poco nos matan a todos.

Yo creí varias veces que ya habían acabao conmigo.

Yo te veo muy bien. -Como un roble.

Déjese convidar. ¿Dónde estás ahora?

-Al otro lao del puente de Segovia, y en un par de días,

en Navalcarnero. Lo que yo le diga. ¿Qué? ¿Vamos dentro?

Tengo que ir a casa. Aurelia y los niños

salen para Valencia. -Pueden esperar un poco, creo yo,

que a mí, a lo peor, no me vuelve a ver. ¿Vamos?

Venga.

-Lo que no entiendo es por qué los demás países se quedan quietos

mirando los toros desde la barrera como si no les fuera nada en esto.

Está bien en los de arriba, que son los mismos en todas partes,

pero los de abajo... Hay millones de trabajadores

en el mundo, y en Francia un gobierno de Frente Popular.

¿Qué es lo que están haciendo?

Yo tampoco lo entiendo, Angelillo. -No digo que nos tengan que mandar

sus ejércitos porque ya somos bastantes,

pero nos debían dejar comprar armas.

Terminaremos peleando a puñetazos.

Al principio teníamos que guardar cola

para coger el fusil del compañero que mataran.

Después, los mexicanos nos mandaron unos fusiles

en los que no cabían los cartuchos.

Luego, nos lanzaron unas bombas que en cuanto tirabas de un alambre

tenías que salir corriendo porque te explotaban

en las narices. Y, ahora, nos dan cachos

de cañería llenos de dinamita que hay que encender

con la colilla del cigarro.

Y, mientras,

nos asan a morterazos, que ni Dios se entera

cuando le caen a uno encima.

Parece que te dado cuerda. -Si es que cuando se lía uno

a hablar de estas cosas se le enciende a uno la sangre.

Me tengo que ir.

Cuídate.

-Salud.

Léelo tú.

-Comenta que la policía española ha registrado en Madrid

la embajada alemana y que ha confiscado

armas y papeles. Resalta que ha ocurrido

a los pocos días de que la Alemania

nacionalsocialista reconociera al general Franco

y cuando la mayoría de los ciudadanos alemanes

ya han sido evacuados de la capital.

Técnicamente, dice, es una violación del derecho

de extraterritorialidad, pero nadie ignora los vínculos

entre la embajada alemana y los emboscados que colaboran

con Franco desde dentro de la ciudad.

¿A qué esperamos? Todos dicen lo mismo.

Y lo que cuentan es verdad.

Tenemos orden de esperar. Esa referencia a la investigación

policial no se puede dar hasta que no se haga

el comunicado oficial. -Pero llevan esperando

más de una hora, y esa buena voluntad

que ahora tienen se puede cambiar en antagonismo.

Una hora más y será la versión alemana la que se conozca

en el mundo entero. La llamada del Comisariado

de Guerra, tienes a Kosov al teléfono.

(HABLA EN ALEMÁN)

¿Qué ha dicho? -Tiene miedo de no alcanzar

el cierre de sus periódicos.

Soy Barea.

Kosov, necesitaría permiso para dejar transmitir la noticia

del registro a la embajada alemana. Ya lo sé, pero corremos el peligro

de que se divulgue solamente al versión alemana.

Yo creo que los corresponsales expresan los hechos

de la manera correcta.

Está bien.

Explosiones.

Kosov me ordena que espere hasta que se haga

el comunicado oficial. -Pero es una equivocación,

esta gente no puede esperar.

Explosiones.

Reparte esto, vamos.

¿Qué estás haciendo?

-Yo no estoy trabajando día y noche para los burócratas

de la oficina de Valencia, sino por la causa

de los trabajadores. No estoy dispuesta a cometer

equivocaciones como esta.

Seré la responsable.

(HABLA EN ALEMÁN)

¿Qué es eso?

-Nada.

Nos sentaremos juntos en el consejo de guerra.

Explosiones.

¿En qué piensas?

-En que ha sido una buena idea poner otra cama aquí.

¿Por qué?

-Porque no tengo que cruzar la calle.

¿En serio? -En serio.

-¿Y tú? ¿Qué piensas?

En el trabajo.

Este servicio no es el sueño de mi vida,

pero lo hago lo mejor que sé.

-¿Cuál es el sueño de tu vida?

No los sé aún.

Me estoy acercando a él,

pero todavía no lo conozco.

Explosiones.

(NARRA) Los días fueron pasando cada vez más duros y amargos.

Madrid estaba sufriendo hambre mientras la muerte

presidía las trincheras. Los túneles del metro,

al igual que los sótanos de los grandes edificios,

estaban abarrotados con miles de refugiados.

Estábamos condenados de antemano.

Sólo nos quedaba la desesperada solución de sacrificarnos

para que otros pudieran ganar tiempo y hacer sus preparativos

y, así, cuando un día llegara el fin del fascismo,

tener el derecho de exigir nuestra compensación.

Todo esto formaba parte de mis conclusiones,

pero había una realidad delante de mis ojos:

una ciudad con sus calles y sus casas, hombres, mujeres,

muchachos y niños que estaban luchando

por la República.

Por encima de las ideas, de los países y de sus mandatarios,

existía una gente que estaba pagando con la moneda

de su sangre y la destrucción de su suelo la única culpa

de querer un país mejor y más justo.

Explosiones.

(HABLA EN ALEMÁN)

(LLORA)

La forja de un rebelde - Capítulo 6

10 jul 2017

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