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No recomendado para menores de 12 años Capítulo 37
Transcripción completa

Dios, y con Él nuestros señores,

han querido que sea

la serenísima archiduquesa infanta doña Juana

la heredera de estos reinos.

Y por ello, que sea jurada por nos,

como princesa de Asturias,

junto a su esposo y príncipe consorte, don Felipe.

No os apartéis del lado de Felipe,

estad atento a cuanto hace y velad por Castilla.

Dios,

que hasta aquí me trajo,

No ha querido que yo, Catalina de Aragón,

fuese un día reina de Inglaterra.

El matrimonio de la infanta no fue consumado.

Enrique desea desposarla para no devolver a la infanta

ni la dote.

No aceptaremos tal infamia.

El rey ha retirado su pensión de viudedad.

Son las joyas que os dio vuestra madre.

Vos la convertiréis en leña y alimentos.

Si finalmente buscáis la paz con Francia,

sé quién sería vuestro mejor embajador:

yo mismo.

Hacer llegar esta carta al rey de Francia.

Al jurar en Aragón, partiremos hacia Flandes.

Mi Católica Majestad, estoy a vuestro servicio.

Cumplir vuestros deseos será un honor para mí.

Aceptad el obispado de Coria.

Mis obligaciones impedirán acompañaros a Aragón.

No apuréis vuestro regreso a Flandes.

Dejad que vuestro hijo nazca en las Españas.

¡Ayuda!

¡Ayuda a la reina!

Me muero...

Ordenaré que todo esté presto para nuestra marcha.

No,

vos permaneceréis en Aragón,

y hacer que las Cortes cumplan su cometido.

La reina ha despertado, el físico dice que vivirá.

¡Alteza! ¡No podéis abandonar las Cortes!

¿Soy vuestra princesa o vuestra prisionera?

Me han informado de que el obispo de Coria

está gravemente enfermo.

Fuensalida ha encontrado el modo de resolver la situación de Catalina

y sugiere que la desposemos con el príncipe Enrique.

Retornamos a Flandes,

ya que cumplimos los asuntos que nos trajeron.

Es el momento de negociar la paz.

Debéis enviar a Felipe a negociar con el rey Luis.

¿Qué os proponéis? Que prometa lo que no puede dar,

y pierda la amistad del francés.

Que ambos piensen que comemos de su mano,

mientras nos prepararemos para preparar esta guerra.

Negociaré con los franceses como si fuese vos.

Sois el heredero de Aragón,

vuestro interés y el nuestro es el mismo.

Subtitulado por TVE.

Llaman a la puerta

Alteza.

Asado.

Vuestro favorito.

No tengo gana.

Vos quizá no,

pero la criatura que lleváis en vuestro vientre, sí.

Habéis perdido mucho peso.

La comida castellana es tosca;

mi paladar ya está hecho a Flandes.

Solo queremos lo mejor para vos y para vuestro hijo.

¿Con sinceridad lo decís?

Por supuesto.

¿Haríais cualquier cosa por mi bienestar?

Id a Francia.

Seguid los pasos de Felipe

y mandadme cartas diarias contándome qué dice y qué hace.

Pero mi señora... -Si satisfacéis ese deseo,

comeré,

y saldré del lecho, como quieren los galenos,

y os daré joyas, sí,

¡porque tengo joyas magníficas como nunca visteis!

Mi señora,

temo no poder complaceros.

¿Cómo voy a dejaros para ser la sombra de vuestro esposo?

En cuanto tengáis a vuestro hijo, podréis reuniros con el príncipe.

Tan solo debéis esperar... -Si no me obedecéis,

abriré mis entrañas con un cuchillo y os acusaré a vos.

¡No tardaréis en ser colgada!

Gonzalo sigue bloqueado en Barletta.

Si la paz llegase pronto casi sabría a victoria.

Hemos enviado Felipe a Francia, para que la consiga.

Arriesgada designación para labor tan importante.

He de seros sincero, mi señor:

a todos nos sorprendió vuestra elección.

¿Hasta tal punto confiáis en él?

¿Me tomáis por necio?

Felipe ha viajado a Francia

creyendo que cuenta con poderes para firmar un acuerdo de paz.

¿Y no es así?

Solo tiene potestad para negociar, pero lo ignora.

Actuará con soberbia, creyéndose rey.

Así demostrará a qué intereses es fiel.

No es menos arriesgada la maniobra, si el fin es conseguir la paz.

O puede que os sorprenda

y consiga un acuerdo ventajoso para los nuestros.

Y si no lo hace, lo que firme nada valdrá.

Tan solo como nueva muestra de su deslealtad.

Mientras negocian en Francia, nos regalan tiempo

para juntar caudales y tropas y organizar la contraofensiva.

Ya habrá servido de mucho.

Entonces, ¿Aragón aún no da la guerra por perdida?

Jamás.

Qué placer estirar las piernas de tanto en tanto.

Por suerte alcanzaremos la corte francesa esta noche.

Yo he agradecido el largo viaje.

Mucho tenía que pensar sobre cómo actuar

en las negociaciones con el rey Luis.

¿Y qué habéis decidido?

Que no pasaré por el trance sin obtener beneficio.

Y con tal fin,

he de situarme al margen de ambos contendientes.

Ni seré vasallo de Francia

ni fiel en exceso a Aragón.

Mas representáis a Fernando.

¿Desaprovecharéis la confianza que ha depositado en vos?

Al contrario.

Pienso aprovecharla tanto como pueda.

Alteza,

con esta misión tenéis la oportunidad para ganaros al rey.

Conseguid un buen acuerdo

y os colmará de dádivas y privilegios.

Ya me ha hecho su heredero, ¿nada mejor puedo obtener de él?

Ofended a Fernando y jamás os lo perdonará.

Para su desgracia,

no podrá impedir que Juana reine pronto en Castilla.

Ni que yo gobierne.

La Corona ya es cosa hecha.

Y si yo la tengo a mi alcance,

¿por qué no aprovechar el encuentro con Luis

para lograr mayor grandeza?

Ahí llega Fuensalida.

Por desgracia,

el Canal de la Mancha ha sido benévolo con él.

Lástima.

Mantenedlo al margen, que no entorpezca mis pasos.

No ha habido encuentro con Felipe de Habsburgo

que empezara con un buen vino y terminase sin éxito.

Se os ve confiado.

¿Qué más podría pedir?

Para negociar la paz

los aragoneses me envían a mi más fiel aliado.

No es Fernando hombre propenso a tales concesiones.

Dudo de sus intenciones al delegar en Felipe.

¿Pensáis que es una maniobra para distraernos?

O quizá suegro y yerno han trabado mutua confianza

en este tiempo que han pasado juntos.

Ante mí, Felipe cederá,

como acostumbra.

Descartáis con excesiva premura

que ahora le interese más defender a Castilla y Aragón.

¿No debería?

Nunca un duque de Borgoña ha sido coronado.

Y Felipe tiene el trono más cerca que nunca.

La salud de Isabel ya ha dado muestras de agotamiento

y a Juana podrá domeñarla a su gusto.

Si se ve rey de las Españas,

como tal, actuará.

Ya veremos.

Dijo que se rasgaría el vientre si no la obedecía,

y que me acusaría a mí de haberlo hecho.

¿Creéis a Juana capaz de hacer tal cosa?

¿Qué ocultáis?

¡Decid!

No es el primer incidente de este género.

Varias criadas han sufrido sus enfados...,

poco comunes.

¿Y por qué no he sido informada?

No queríamos preocuparos, os sobreponéis de una enfermedad.

No volváis a protegerme de la verdad.

Juana es la heredera,

sus miserias son cuestión de Estado y como reina he de conocerlas.

Su alteza don Felipe de Habsburgo, duque de Borgoña...

Príncipe de Asturias y príncipe de Gerona.

Os recibimos calurosamente, alteza.

Majestad, agradezco vuestra cordialidad.

Más aún cuando no llego aquí como vuestro vasallo.

Aunque hoy rivales,

nuestros lazos harán más llevadero el debate

y más pronta la solución,

¿no creéis?

Todos saben de mi romance con Francia.

Pero mi matrimonio, alteza, es ahora con los españoles.

Y he de defender sus intereses con celo.

Magnífico vino, como siempre.

¿Borgoña?

Lamento lo que hice.

He seguido el consejo de los físicos de dejar el lecho

y dar paseos por palacio para calmar mi ánimo.

Prometed que no os volveréis a comportar de tal modo.

¿De dónde nace esa rabia?

De mi soledad.

Cuanto más lejos Felipe, mayor mi desvelo.

Sé que teméis lo que él pueda hacer en vuestra ausencia.

Mas puede que no ocurra lo que vos imagináis

y tanto os angustia. ¿Y si ocurriese?

Raro es el esposo que no cae en tal pecado.

Os aconsejo que os hagáis a ello, como yo con vuestro padre.

Sus tropiezos no han impedido un matrimonio dichoso.

Disfrutad de lo que Felipe os concede

y llevad con resignación sus faltas.

Sus traiciones me desgarran,

pero no es eso lo que menoscaba mi juicio.

¿Y qué es, entonces?

Su ausencia.

Cuando no está a mi lado,

pierdo el color,

mis manos tiemblan.

Soy...,

soy nada.

Ahora sé que mi vida no era tal hasta que le conocí.

Si le perdiera,

más me consolaría la muerte que soportar su falta.

Entiendo lo que sentís,

mas debéis llevar con más serenidad vuestras separaciones.

Le amáis, eso es todo. No.

Lo que los otros llaman amor es una sombra

comparado con lo que yo siento.

Nunca he sido muy devota, madre, y ahora entiendo el porqué.

Mi alma esperaba a Felipe;

es Dios para mí.

Blasfemáis.

Él da sentido a mis días, me guía y me llena.

A él me entrego y me someto, como vos a Dios.

En ello encuentro mi felicidad.

Mas...

solo desdicha cuando se me priva de aquel al que adoro.

Príncipe de Asturias y Gerona...

Teníais razón,

Felipe ha venido disfrazado de español.

Busleyden era nuestro mejor valedor.

Muerto él,

Felipe ha perdido su querencia por Francia.

Reptil miserable.

Ganamos la guerra con tal autoridad

que las condiciones de paz nos han de beneficiar,

quieran o no.

Ya no me conformo con un acuerdo favorable.

Aprovechemos para desligar a Felipe de sus Católicas Majestades.

Entre ambos rodean nuestro reino,

su alianza es una amenaza para Francia.

¿Y cómo pensáis romper esa unión?

He hablado con los físicos.

Dicen que el ánimo inquieto y la melancolía

son propios de embarazadas.

En cuanto dé a luz, Juana volverá en sí.

Solo piensa en reunirse con Felipe.

Cosa imposible.

La culpa no es sino nuestra.

¿De qué habláis?

Nosotros la casamos con Felipe.

La condenamos a ese amor enfermizo que la domina.

Solo es amor. ¡Es un encantamiento!

Felipe ha poseído su espíritu.

Desde que se han separado, Juana ha perdido el juicio.

Que Dios me perdone,

pero he llegado a desear que él falte.

Que lo lleve a su lado y libere por fin a mi hija.

Confiad en los físicos, su ofuscación pasará pronto.

¿Y si no es así?

¿Y si la estamos perdiendo como yo perdí a mi madre?

Como parte vencedora,

me otorgo el derecho a exponer las condiciones.

Es pronto para proclamaros vencedor.

La guerra aún no ha llegado a su fin.

De alargarse el conflicto,

solo resultaría ser un desastre para los aragoneses.

La paz os interesa más a vos que a Francia.

Dad a conocer vuestra propuesta y valoraré si es digna.

El reino de Nápoles quedará bajo dominio francés.

Además,

exigimos compensaciones económicas por el conflicto,

pues los vuestros vulneraron lo acordado en Granada.

Inaceptable.

Cada reino asumirá sus pérdidas.

Y Aragón retendrá las plazas que aún defiende en el sur de Italia.

¿Cómo decís?

No aceptaremos menos.

Cierto es que hay otra manera de llegar a la paz.

Más generosa, espero.

El tratado de Granada ha quedado roto.

¿Por qué respetar las contraprestaciones?

La Corona de Nápoles no ha de ser ni para mí ni para Fernando,

sino para nuestros hijos.

Retomemos nuestro deseo

de casar a vuestro heredero Carlos con mi hija Claudia

y que ellos gocen del reino de Nápoles

cuando sean mayores de edad.

¿Y hasta ese día?

Francia administrará la zona norte y vos mismo el sur.

Dada la edad de los contrayentes,

vuestra potestad duraría más de una década.

¿Cómo beneficia este acuerdo a los intereses de Aragón?

¿Acaso no es el archiduque príncipe de Gerona?

Además, Carlos es nieto de Fernando.

Al final, en Nápoles terminará reinando uno de los suyos.

Decid,

¿os parecen más aceptables estas condiciones?

¡Es un acuerdo inmejorable!

¿Pensáis aceptarlo así, sin más?

¡Por supuesto!

¡Solo beneficia a Francia y a vos mismo!

¿Qué queda para Aragón?

¡La paz, tan necesaria para vuestras tropas!

Los beneficios que yo obtenga

son el merecido premio por conseguirla.

Fernando nunca lo aceptará. ¡Es una rendición insultante!

Bajad el tono, os lo ruego,

pensarán que no estamos en el mismo bando.

¡Callad vos!

¡Y dejad que haga lo posible por evitar semejante humillación!

Cierto, mi suegro puede sentirse humillado.

Lleva años intentando

hacerse con Nápoles en el campo de batalla.

Y yo me he hecho con él en una tarde, sentándome a una mesa.

Voy a administrar un reino

mientras aseguro el trono francés para mi hijo.

Bien habré de soportar las filípicas de su majestad.

(Bufa y gruñe).

(Juana bufa y gruñe).

Juana.

¡Juana!

Confío en que este acuerdo

no os traiga disputas con vuestro suegro.

Soy su heredero.

Suyo es el pasado.

Mías, las decisiones sobre el futuro.

¿Partís ya hacia Flandes?

¿Hace cuánto no estáis en vuestro hogar?

Dos años.

Y no podría hallar mejor manera para volver.

Os recibirán como a un héroe.

Que sea venturoso el porvenir para nos y para nuestros hijos.

Que así sea.

Fernando presume de astucia,

y es tan memo como para designar a un traidor como heredero.

Cuesta creer tamaña torpeza.

Felipe y él no tardarán en enfrentarse

a causa de este acuerdo.

Es justo lo que nos conviene.

Quizá se plantee apartarlo de la sucesión.

¿Qué otras opciones tiene?

Felipe y Juana son los príncipes herederos,

jurados en Cortes, quiera o no el aragonés.

Y cuando Felipe gobierne,

el rey de las Españas será vasallo de Francia.

¡Sal!

¡Saaal!

¡Saaal!

(Llanto de bebé).

Es un varón sano y hermoso.

Majestad,

siento anunciaros

que en Francia he sido testigo de un insulto intolerable.

Leed lo acordado por el príncipe.

Con el debido respeto,

¿en qué momento se os ocurrió

depositar en Felipe tal responsabilidad?

Antes firmaría mi sentencia de muerte.

Este documento nada vale sin la aprobación de su majestad.

¿Era necesaria vuestra firma?

Ni el rey Luis ni el príncipe lo creen así.

Solo concedí a Felipe poderes para negociar.

Quería dejar en evidencia su deslealtad.

De haber sabido que era una treta, incluso habría disfrutado.

Disfrutad al menos de las buenas noticias:

acabamos de derrotar al francés en Seminara.

Mientras en los despachos se nos insulta,

nuestros soldados están ganando esta guerra.

Partirán más tropas hacia Nápoles.

La ofensiva no cesará; recuperaremos el terreno perdido.

¿Y el archiduque?

¿No recibirá castigo alguno por su deslealtad?

Por supuesto que sí, el más doloroso para sus ambiciones.

Vamos a alejarle del gobierno de Castilla cuanto podamos,

y eso significa alejarle de Juana.

Mi hija es la princesa de Asturias, y aquí se ha de quedar.

¿Le enviasteis para probar su lealtad?

Lo único que ha probado ha sido su vileza.

Ha firmado a favor de Francia y de sí mismo.

Solo podemos contar con Juana.

Ha de quedarse aquí hasta que se convenza

de que solo ella ha sido llamada a reinar en Castilla y Aragón.

Mas Felipe no tardará en reclamarla.

Que reclame, no será complacido.

Juana permanecerá en Castilla

hasta que asuma el gobierno de los reinos.

En su estado, llevará un tiempo.

Ya ha dado a luz;

ahora podrá serenarse y aceptar sus deberes.

¿También pensáis ponerla a prueba?

Isabel.

Urge saber si nuestra hija es vuestra digna sucesora.

¿Cómo hay carestía de trigo en Valencia?

¿Acaso no ordené abastecerles?

El cereal parece perderse por el camino.

Y el alza de precios es imparable.

Alguno se queda con los cargamentos para enriquecerse.

Eso se sospecha, pero la población pasa hambre.

Pide más envíos de inmediato.

¿Qué haríais vos, Juana?

¿Investigaríais a los mediadores o mandaríais más cereal?

Ya he tenido a mi hijo.

¿Cuándo podré irme a Flandes?

¿Esa es vuestra respuesta?

El consejo queda pospuesto, marchad.

¿No os importan vuestros reinos? ¡Son vuestros aún!

¡Mi sitio está en Flandes!

Asumid los deberes que recaerán solo en vos.

Para eso estáis aquí.

No dejaréis Castilla hasta que entendáis

que sois la única heredera,

¡pues vuestro esposo es un traidor y jamás gobernará!

¡Cómo osáis insultarle!

¿Queréis pruebas? Las tendréis.

¡Pero no regresaréis a Flandes!

¡Inventáis infamias solo para retenerme!

Os retengo, sí.

¿Acaso habéis olvidado cuanto os hemos enseñado?

¡Debéis ser fiel a vuestros reinos!

Solo soy fiel a mi esposo.

¡Comportaos como princesa, no como una novicia enamorada!

¿Qué sabréis vos del amor?

Vos,

que habéis yacido con tantas.

¡El traidor sois vos!

¡Si no fuese por vos, ahora estaría en Flandes!

¡Qué hacéis!

¡Tuvisteis que contar el favor que os pedí!

¡Soltadme, os lo suplico! -Me retienen.

¡No me dejan marchar por vuestra culpa!

¡Soltadme, soltadme! -¡Soltadla!

Beatriz.

¡Miserable!

¡Querer desgraciar a la pobre Beatriz!

Nadie más habrá de temerme. ¡Parto hacia Flandes!

¡No lo haréis! ¡No permitiré que mi nieto!

¡Se queda en Castilla, En nada le estimo!

Tenerlo me ha separado de Felipe.

Con el mismo desdén abandonáis a vuestro hijo y reinos.

No parecéis hija nuestra.

Me retenéis con la esperanza de que nazca en mí

el deseo de gobernar, ¡y eso no ocurrirá!

¿Tanto despreciáis vuestro rango?

¡Lo desprecio porque en nada lo necesito!

¡Solo a Felipe!

¡Abrid los ojos! ¡Vuestro amor es enfermizo!

¿Lecciones de amor me va a dar una cornuda?

¿Una lerda que ha mirado hacia otro lado

mientras su marido yacía con otras?

¿Una ramera que retiene a su hija contra su voluntad?

¡Maldita seáis, madre, y maldita sea la desgracia que me causáis!

¡Ojalá ardáis en el infierno por ello!

Agradezco vuestra visita porque requiero explicaciones.

Decid.

¿Por qué Aragón ataca en Nápoles habiendo un acuerdo de paz?

¿Acaso habéis visto en el acuerdo la firma de mi rey estampada?

Lo firmó el príncipe heredero, su enviado.

¿Os mostró el archiduque un poder firmado por el rey de Aragón

que le facultara para cerrar el trato?

Temo que don Felipe solo tenía capacidad para negociar.

Si el acuerdo no era del gusto de mi señor,

bien podía ser ignorado.

¿Queréis decir que pactamos en vano?

Conociendo a vuestro vasallo, el duque de Borgoña,

mi señor tomó ciertas precauciones.

¡Pretendéis mofaros del rey de Francia!

¡Y tenéis la desfachatez de venir a regocijaros!

No, majestad, vengo a negociar.

Y, dados nuestros avances en la contienda,

con condiciones muy distintas.

Nos habéis hecho perder el tiempo, mientras Aragón ganaba Seminara.

No pienso caer de nuevo en vuestros engaños.

¿Deseáis que prosiga la guerra?

Que prosiga hasta que caiga el último soldado.

Sea.

¿Cómo se encuentra?

Por favor, señor, no la hagáis hablar.

No debe hacer esfuerzo alguno.

Os repondréis.

No la dejéis partir,

aún no.

No la dejéis partir.

Primero Seminara y luego Ceriñola.

Los aragoneses a punto de entrar en Nápoles.

¡Nos estamos dejando vencer!

El rey Fernando ha enviado refuerzos,

y nuestras tropas están exhaustas.

Más lo estarán cada jornada que pase.

Y caerán más plazas.

Majestad,

quizá es momento de aceptar lo inaceptable:

consigamos una tregua.

Nuestros ejércitos se recuperarían

y podríamos plantear otra estrategia.

Ya negocié y fui vilmente burlado.

Los aragoneses no merecen sino ser masacrados.

¿A costa de perder la guerra?

No.

Ha de haber una manera de cambiar nuestro sino.

¡Han invadido el Rosellón!

Francia quiere traer la guerra de Nápoles.

¡Lo han hecho a sabiendas de que es inviolable!

Y que habréis de responder. Eso buscan,

que desplace tropas para facilitarles la batalla

en el sur de Italia.

¿Lo haréis?

Dejaré Aragón yerma de soldados si hace falta para defenderlo.

Eso es lo que van a conseguir.

¡Yo tomaré el condado al frente de mis ejércitos!

¿Vos?

¿Lo creéis prudente?

Debería.

Mas dejar a la reina, justo ahora...

No os avergüence delegar en otro capitán,

todos entenderá vuestra ausencia.

Todos menos yo mismo.

No entiendo la honra sin empuñar yo mismo la espada,

bien lo sabéis.

Tomaos tiempo para decidir.

¿Acaso lo tengo?

Justo lo que necesito: una visita de Fuensalida.

Mostraos firme con él,

aparentad que todo se ajusta a vuestros deseos.

Debéis reponeros, alteza.

¿Y cómo hacerlo?

Se esperaban beneficios de la negociación con Francia,

y ahora se me desprecia

por haber vuelto con las manos vacías.

Alteza.

Coraje mostráis presentándoos ante mí,

tras ocultar que la negociación era un artificio.

Como entenderéis, me debo más a mi señor que a vos.

De él os traigo un mensaje.

¿De disculpa?

De encendida molestia.

Considera vuestra actitud altamente desleal.

Habéis perdido su confianza.

Y no solo la suya.

Vengo de la corte francesa.

El rey Luis está muy decepcionado con vos.

Piensa que le habéis burlado.

¡He sido yo el engañado por vuestro rey!

Si el acuerdo hubiese sido bueno para Aragón,

mi señor lo habría aceptado.

Y la soledad en la que ahora estáis no sería tal.

No os consiento que me habléis en ese tono.

¡Soy el príncipe de Asturias!

Si no tenéis nada más que añadir.

Lo cierto es que sí.

Os informo de que vuestra esposa ha dado a luz a un hermoso niño,

y que gozará de su crianza en Castilla por largo tiempo.

Partiré al Rosellón pues es mi obligación como rey,

pero Isabel y Juana vivirán separadas mientras tanto.

Solo quedaré tranquilo de ese modo.

Teniendo a Juana a su lado,

será difícil que mi esposa se recupere.

Podríamos llevarnos a Juana por un tiempo,

para que se serene y calmar su ánimo.

Una especie de retiro.

Quizás podamos recuperar a la princesa

para la labor que le ha reservado la Providencia.

El castillo de la Mota en Medina podría servir.

De acuerdo,

mas una vez allí, vigiladla en todo momento.

Y por mucho que insista,

negaos a dejarla partir hasta que yo regrese.

He de ver si está cabal y en condiciones de marchar.

Así se hará, pero ¿cómo aceptará Juana este retiro?

¿No crecerá por ello su ira?

Temo que solo hay una manera de convencerla.

Se abre la puerta

Se cierra la puerta

Hija mía, he de partir hacia el Rosellón.

Os deseo la mayor ventura, padre.

Que Dios os guarde en la batalla.

Vos también partiréis. mañana mismo.

¿A Flandes?

Haréis un primer alto en Medina del Campo.

Perdonad mis ofensas, padre.

Me comporté como la peor de las hijas.

Necesitamos que seáis la mejor, Juana.

¿Lo haréis?

¿Seréis capaz de dar lo que de vos queremos?

Sin duda, padre.

Sin duda.

Chacón me ha hecho saber que vos y él cuidaréis de Juana en Medina.

Confiamos en que sea un alivio para vos.

Y que por un tiempo solo os dediquéis a descansar.

No es posible.

Juana solo es uno de nuestros problemas.

La guerra con Francia no cesa, cada vez se acerca más.

Nada me rebela más que la lucha entre reinos cristianos.

No dejo de rezar para que acabe pronto.

Sin duda, vuestros rezos contribuyen.

Mas

podría buscarse otra manera de frenarla.

Pidamos la intervención de su santidad.

El papa se ha amistado con Francia en los últimos tiempos,

no se me antoja la mejor ayuda.

Esta vez no se ha pronunciado,

ha esperado a saber quién vence para ponerse de su lado.

Como acostumbra.

Y ahora que Nápoles está casi bajo dominio de Aragón,

nos apoyará.

Pedirá que cesen las armas si así lo exigimos.

Le escribiré con tal fin.

Para petición tan importante,

será necesario algo más que un emisario.

Enviaremos a Bernardo de Boyl.

Es asunto aragonés y goza de la confianza de Fernando.

Eminencia reverendísima.

Sed pacientes con Juana,

cuidad de ella con cariño.

Guiadla,

exigid que cumpla con sus deberes,

mas no desesperéis.

Con la ayuda de Dios recuperará la serenidad.

Majestad,

mal hombre de Iglesia sería si no creyese

que un alma perdida puede volver al buen camino.

Dadme cuenta de todo lo que allí acontezca.

Nada os guardéis por temor a disgustarme.

Os lo ordeno.

Cuidaos mucho.

Castilla os necesita ahora más que nunca.

¿Sois el sargento de la guardia? Así es, mi señor.

Habréis de dar cuenta

de cualquier proceder extraño de la princesa.

Haced que los vuestros cumplan la orden.

Hermoso castillo.

Pero nada me apetece más

que dar un paseo por esos campos que acabamos de atravesar.

¿Os unís a mí, alteza?

Con gusto.

Alivia salir de la corte de cuando en cuando.

Reposa el alma de tanto contratiempo.

Así es.

De niña disfrutaba mucho al aire libre.

Me enfadaba tanto al tener que volver a palacio...

Vuestro famoso carácter.

Dios no me quiso reposada, eminencia reverendísima.

Desearía serlo,

pues los mansos viven en paz.

¿Pensáis que la paz de espíritu es una condición natural?

Doy fe de que no es así.

Quienes soportan mis arrebatos sufren menos que yo al padecerlos.

Os creo.

Mas con voluntad

podréis hacer de vuestro ánimo

un amigo que no os traicione.

En Flandes encontraré el sosiego sin esfuerzo alguno.

¿Allí nunca sentís rabia?

A veces.

El alma encendida no encuentra sosiego en lugar alguno.

Aprended a serenarla y seréis dichosa,

no importa dónde ni cuándo.

¿Tal felicidad es posible?

¿Incluso para alguien como yo?

No tengo duda.

Quiero creeros.

Me ha sorprendido la serenidad de la princesa.

No he visto en ella rastro de ofuscación,

sino voluntad de corregirse.

Ve cercano el regreso a Flandes.

Quizás ese es su único bálsamo.

O puede que alejarla de la corte haya apaciguado su espíritu.

Triste es que no puedan convivir madre e hija.

¿Cuántas veces no se da tal desgracia?

Tantos amores devienen en odio...

¿Creéis que aún hay esperanza de que recupere su ser?

¿Tanto como para reinar un día?

Rezo por ello.

(Iracundo): ¡Con qué derecho retienen a mi esposa y a mi hijo!

Me humillan en Francia como hombre de Estado,

y ahora como esposo.

Desean alejarla de vos, es obvio.

Y como futuro rey consorte, no os conviene.

Exigid la vuelta de Juana, estáis en vuestro derecho.

Nada obtendría, o solo tras mucho batallar.

He de aprovechar el único poder que aún conservo.

El único infalible,

el que tengo sobre Juana.

Para mi esposa será la misiva.

Y no una cualquiera.

"Las infantas doña Leonor y doña Isabel, mis hermanas,

a Dios gracias están con salud y besan más de mil veces

las muy reales manos de vuestra alteza.

No me detengo más, madre,

y os suplico que vengáis, cuanto humildemente puedo,

porque el príncipe se halla muy solo sin vos.

Perdone vuestra alteza la descortesía de no escribir de mi mano.

Vuestro humilde y obediente hijo y servidor,

Carlos.

Importante asunto hemos de tratar si la reina os envía como correo.

¿Qué hay más importante que poner fin a una guerra que se eterniza?

Mi señora implora vuestra intervención

para zanjar el conflicto con Francia.

En los últimos tiempos he preferido mantenerme al margen.

Elogio vuestra prudencia,

pues no conviene equivocarse en cuestión tan espinosa.

Mas ahora no hay duda:

Aragón está a las puertas de la victoria.

¿Para qué me necesitáis entonces, sabiéndoos vencedores?

Francia se empeña en alargar la contienda inútilmente.

Si os pronunciaseis a nuestro favor, el rey Luis terminaría por desistir.

Nada interesa a Roma una guerra tan próxima.

Y Aragón garantiza vuestra seguridad

por encima de cualquier otra consideración.

Está bien.

Os daré el apoyo que solicitáis.

Esta misma noche os entregaré el documento que lo atestigüe.

Y ciertas contrapartidas que espero sean satisfechas.

Gula...

Sin duda, el más repulsivo de los pecados.

¡Padre! -¿Santidad?

Bebed.

¡Avisad al físico!

Mi señora.

Un mensaje para vos.

¿Quién lo envía?

Ha llegado desde Flandes.

Salgamos hacia Laredo sin demora, he de continuar camino hacia Flandes.

¿A qué se debe esa urgencia?

Mi hijo se desvive por mi vuelta.

Me ha escrito desesperado.

Mi señora, vuestro hijo Carlos aún no ha cumplido cuatro años.

Dudo que haya escrito tales lamentos.

¿Qué insinuáis?

Que es obra de vuestro esposo.

Si es Felipe quien me reclama, ¡con más razón he de partir!

Eso ahora no es posible, la mar está innavegable.

Esperamos noticia desde Laredo.

Cuando el tiempo sea propicio, lo sabremos.

Ahora las tormentas en la costa son espantosas.

Partir sería una enorme temeridad.

Que estoy dispuesta a asumir.

Pero, alteza, no querréis sufrir una travesía

como la que os llevó a Flandes; casi perecéis.

¿Acaso deseáis que vuestras prisas dejen a unos pequeños sin madre?

¿A vuestro esposo viudo?

No.

Desgracia inmensa para la cristiandad.

Sufro con vos vuestra pérdida.

Os lo agradezco.

De tan repentina,

su muerte ha dejado a medias las últimas voluntades.

Como la de proclamarse a favor de Aragón

en su guerra con Francia.

Lamento que la Providencia no haya obrado en vuestro favor.

Vos podríais reparar lo que el infortunio ha quebrado.

¿Me estáis pidiendo que escriba yo ese documento?

¿Que lo falsifique y firme

en lugar de un hombre que acaba de reunirse con Dios?

Solo os pido que deis curso a lo que en vida fue su voluntad.

Cierto que no sería un acto loable,

pero si ese texto pone fin al conflicto,

el Señor sabrá perdonarnos.

Ahora es mi voluntad la que cuenta,

y no está en ella pronunciarme contra el rey Luis.

Sé de vuestros lazos con Francia, a ellos me remito.

¿No os pesará haber permitido que la lucha siga?

Las muertes, las carestías...

Os ruego que os marchéis.

Permitid que a mi padre se le vele en paz.

¡No, dejadme salir!

¡Abridlas! ¡Abridlas!

¿Qué ocurre?

¡Sacadme de este encierro! ¡Abrid las malditas puertas!

Devolvedla al castillo.

¡Obedeced!

¡Soy la princesa de Asturias!

¡Si me movéis de aquí, me mato!

¡Atrás!

Se ha aferrado a la verja del portón.

Dice que no dará un paso atrás que la aleje de Flandes.

Prometí a la reina que daría cuenta de cualquier incidente.

Intentemos solucionarlo antes de informar.

¿Y si no nos fuese posible?

Evitaríamos un disgusto a la mujer, pero a la reina...,

estamos obligados a contárselo.

Por Dios, cubríos, por lo que más queráis.

Sé que vuestro corazón ansía volver al lado de vuestro marido.

Sois una esposa amante y eso es digno del mejor elogio.

Pero necesitáis reposo, alteza, que vuestra alma recupere la paz.

Sois el bien más preciado de la Corona

y todos nos desvivimos por vuestro bienestar.

¡Bellas palabras!

¡Dignas de un traidor!

¡Lo sois, como todos!

¡El viaje a Flandes era embuste! ¡Este castillo es mi prisión!

¡No!

Es solo un lugar donde serenaros antes de partir.

¿Por qué nadie entiende que es regresar lo que necesito?

¿Qué solucionáis ateriéndoos de frío?

Volved al castillo.

Abridme allí vuestra alma y yo... -Jamás volveré a esa cárcel.

¡No daré un paso que me aleje de mi esposo!

¡Ni uno solo!

Rezo por el alma del santo padre.

Que la paz que no supo dar en vida, la encuentre junto Nuestro Señor.

A todos ha sorprendido su muerte.

Tan repentina.

Tan nefasta para nuestros intereses.

Sin su intervención,

quién sabe lo que durará esta guerra.

Poco necesitamos al santo padre teniendo a vuestro esposo

en el campo de batalla.

El rey está venciendo, majestad.

¿Ha conseguido recuperar el Rosellón?

No se ha contentado con eso.

Ha seguido su avance y está ganando plazas en Francia.

Si os soy sincera,

más plegarias he elevado por Fernando

que por ese papa al que nunca estimé demasiado.

El final de esta guerra está cerca.

Y la victoria será nuestra.

Confío en que este éxito

ayude a sanaros.

Sin duda lo hará;

la desgracia es el peor de mis males.

Es de Cisneros.

Mi señora,

con el debido respeto, es insensato que partáis así.

¡El galeno dice que puede ser fatal un viaje con este tiempo!

Mi muerte será segura si me quedo aquí,

sabiendo el trance por el que está pasando mi hija.

Tomad,

os hará bien.

Estáis muy débil.

Podría quitaros esa daga sin esfuerzo.

Mas no lo haré.

Si vuestra voluntad es no dar un paso que os aleje de Flandes,

la respetaré.

La garita de los guardias está a igual distancia de vuestro esposo

que esta verja.

Cobijaos allí.

No habréis cedido en vuestro empeño

y recuperaréis salud para vuestra partida.

¿En la garita de los guardias?

Ahora mismo es un mal menor.

Unas horas más al raso y hubiera sucumbido.

Os agradezco la buena obra.

Prometed que no daréis cuenta a nadie de lo sucedido.

En nuestro silencio podéis confiar,

pero el cuento ha llegado a las aldeas cercanas.

Los gritos alertaron a los vecinos, y no han sido pocos esta noche

los que se han acercado para verla.

Los habréis espantado. -Al momento.

Pero la vieron.

E hicieron burla de ella.

¿Qué dijeron?

Siento que ofendo al decir cómo la llaman.

¿Cómo?

"La loca".

Está bien,

pidamos una tregua.

¡Eh!

¡Eh!

Ayudadme a escapar.

Madre...

Volveréis a Flandes.

No es engaño ni promesa lejana;

partiréis lo antes posible.

Gracias, madre. Callad.

Solo os pongo una condición:

esperaréis a vuestro padre, que regresará pronto.

Es su deseo despedirse de vos.

Sí, madre, le esperaré.

Hasta entonces, volveréis a palacio.

Beberéis,

comeréis

y viviréis con la paz que os ha faltado hasta ahora.

Otro arrebato y no tomaréis ese navío.

Hija mía,

en mi ánimo siempre ha estado buscar lo mejor para vos.

Aunque solo vuestro odio haya recibido a cambio,

lo volvería hacer.

He intentado cumplir mi deber como reina,

y por intentarlo,

a ambas nos ha rondado la muerte.

Madre...

No voy a prolongar más vuestra desdicha.

Este es vuestro reino,

pero no vuestro sitio.

Ahora lo sé.

Marchad.

¿Qué hace la reina aquí?

¿Cómo habéis permitido que deje la corte en su estado?

Fuevoluntad suya, dada la situación de Juana.

¿Este retiro no la ha serenado?

Vengo de arriesgar la vida por mi reino.

Nápoles parece a punto de ser nuestro.

Y este esfuerzo,

esta gloria de la que ahora gozamos,

quedará un día en manos de un traidor

y de una mujer que ha perdido el juicio.

Amarga se torna mi victoria sabiendo a quién se la entrego.

¿Dónde está Isabel?

¿Cómo os encontráis?

Feliz por vuestro triunfo.

Vos nunca me falláis.

El Rosellón está en paz.

Habéis obrado con sabiduría proponiendo esta tregua.

No alabéis una decisión a la que me he visto obligado.

Cierto.

Vuestras tropas están mermadas y sin brío alguno,

como en Nápoles.

¿Por qué no acordar otra tregua allí también?

En Nápoles aún resistimos.

Acorralados en cuatro plazas.

Vos dabais la guerra por perdida hace bien poco.

¿Qué impedirá a Francia remontarla de igual modo?

El cansancio,

las bajas,

el mal ánimo de vuestras tropas

y la superioridad de las nuestras.

Confiaos.

Eso hará vuestra derrota más humillante.

Y vos empeñaos en alargar vuestra agonía.

Eso no hará menos amarga vuestra derrota, majestad.

Estáis ardiendo.

No podemos dejar que Juana parta.

¿Qué decís?

Se lo he prometido, pero me arrepiento.

Sé que si marcha la perderemos para siempre,

¿Acaso no veis el mal que os ha causado?

En cuanto llegue a Flandes, Felipe la dominará por completo.

Juana será un muñeco en sus manos.

¿Y creéis que retenerla más cambiaría algo?

Juana se ha perdido, Isabel.

¿No creéis que haya alguna esperanza?

¿Lo creéis vos?

Que Dios me perdone,

pero nada deseo más que verla marchar.

Que ese esposo que ciega su entendimiento

soporte sus delirios.

Me aflige tanto verla así...

¡A mí me llena de ira, ha obrado como un veneno para vos!

¡Por salvar a la heredera,

a punto hemos estado de perder a la reina!

Isabel,

os necesitamos más a vos que a ella.

Madre, cuidaos, os lo suplico.

Sabéis que no suelo hablar con el Altísimo,

pero rezaré por vos con todo fervor.

Tened un buen viaje, hija mía.

Os deseo una travesía tranquila.

Me alegra haberos esperado.

No podía marchar sin despedirme de vos.

Cuidaremos del pequeño Fernando como si fuera nuestro propio hijo.

En el futuro no ha de ser causa de desvelos,

para vos ni para vuestro esposo,

como no lo ha sido hasta ahora. Os lo agradezco.

He de partir.

La reina está muy enferma,

muchas cábalas pueden hacerse sobre el futuro de Castilla.

Ninguna que me excluya del trono.

Puede que mi hija esté loca, pero no es tonta.

Jamás firmará un documento renunciando en favor de Felipe.

(Admirada): Felipe.

Creo que entregasteis Gaeta a los ejércitos de Aragón.

Así es, majestad. -¡Cobarde!

¿Cómo que el rey de Inglaterra pretende desposar a la Beltraneja?

Vuestra esposa es mujer de corazón limpio.

Solo reclama vuestras atenciones,

vuestro amor.

Nuestro nieto Carlos es nuestra esperanza.

Le educaremos como príncipe y coronado cuando tenga la edad.

Quiero ver a la reina.

Decid a quien os envía que no hay hombres sobre la Tierra

que impida al rey de Inglaterra casar con quien le plazca.

César Borja ha sido apresado por orden del papa Julio.

¡Está con ella...!

Felipe está con ella.

El problema sois vos,

ni el marqués ni los nobles aceptarían que gobernarais

en lugar de vuestra hija.

(Llorosa): Mi señor, volver a nuestro lecho,

os lo ruego.

He dado orden que se registren los desvaríos de mi esposa.

Nada os descubro sobre mi suegro si digo que es codicioso y testarudo.

Funestas consecuencias augura la unión con la excelente señora.

¿Puedo contar con vos para el futuro?

¡Alteza!

Alteza, vuestro hijo.

¡Mientras quede un soldado francés en pie,

habrá guerra!

Subtitulación realizada por Cristina Rivero.

  • Capítulo 37

Isabel - Capítulo 37

17 nov 2014

Felipe viaja a Francia para negociar la paz con Nápoles en nombre de Fernando. El rey francés no desaprovecha la ocasión para intentar atraerle de nuevo a su bando. Tras la partida de su esposo, a Juana le obsesiona reunirse con él. Tanto se enfrenta con la reina que esta acaba por enfermar. Fernando e Isabel deciden que Juana se aleje de la corte, con la esperanza de calmar su ánimo.

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