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No recomendado para menores de 12 años Capítulo 36
Transcripción completa

Pronto viajaréis a Castilla,

el rey Luis os invita a hacerlo por Francia,

visitando la corte.

¡Cómo se atreve a viajar con nuestra hija por Francia!

Dios mío,

va a poner a la heredera al trono a merced del enemigo.

¿No debo plantar cara al enemigo de mis padres?

No conviene.

¿Pretendéis que Juana rompa con sus padres?

Si no la alejo de su influencia, seré el consorte de la reina.

Colón ha desembarcado en Cádiz, majestad.

¿Cuándo nos honrará con su presencia?

Estáis aquí por orden del juez pesquisidor de la Corona.

En mi nombre,

Bobadilla os ha despojado de los títulos de virrey

y gobernador de los nuevos territorios.

La recaudación de las alcabalas es una fuente de corruptelas.

No las vamos a eliminar, lo pida quien lo pida.

La paz y la justicia cuestan dinero.

Que nuestros dineros no engrosen las cuentas de la Corona,

mas todos habremos rendir cuentas al Altísimo.

Agradeceos el apoyo a mi propuesta.

El rey de Inglaterra reclama a la infanta Catalina.

Desea casarla cuanto antes con el príncipe Arturo.

Los ingleses deben saber que nuestro compromiso es firme,

preparadlo todo,

nuestra hija debe partir hacia Inglaterra.

Fadrique ha de ceder la Corona.

Si no le obligáis vos, lo haremos españoles y franceses.

Partiréis inmediatamente a Francia, aclarad el asunto de Nápoles;

que queden bien definidas las fronteras.

Mucho ha sufrido vuestra soberana con la pérdida de sus hijos.

No quisiéramos causarle más dolor.

O cedemos ante Francia o habrá una guerra.

Ved cuánto importáis a vuestros padres:

han entrado en guerra contra nuestro anfitrión,

No tomaré como rehenes a los herederos de las Españas,

Fernando caería con toda su furia sobre nosotros

si tocamos un pelo de su heredera.

Los archiduques han partido escoltados por la guardia del rey.

Ya van camino de la frontera.

¿Dónde están mis padres?

Les ha sido imposible cabalgar hasta aquí para recibiros.

Vuestras rentas y bienes os serán restituidos.

Gracias, gracias, majestad, gracias.

A cambio renunciaréis a los títulos de la Corona.

El rey de Inglaterra no aceptará el matrimonio con Margarita.

¿Cómo pensáis lograrlo, mi señor? Pidiendo ayuda a Maximiliano.

Vuestro padre ha casado a Margarita con el duque de Saboya.

Una carta de Fernando llegó en el momento oportuno.

Si ese es el juego, ha encontrado adversario a su medida.

Subtitulado por TVE.

Hoy es un día feliz para el reino,

no ha de serlo menos para sus reyes.

¿No ha llegado?

Aún no.

¿Y ha de ser él quien dé voz a las Cortes en día tan señalado?

Así se ha decidido.

¿Como premio a su lealtad?

Como anfitrión de los archiduques.

En mala hora.

Dios los cría...

Ahí viene.

Don Diego Pacheco,

los años han hecho mella en vos.

El tiempo es enemigo honesto:

combate de frente,

no así otros...

Sed bienvenido en nombre de sus majestades.

Es un honor.

Vuestro rango lo merece,

y el interés del archiduque lo ha hecho inevitable.

Acompañadnos.

¡Malditos borgoñones!

¡Conteneos!

¡No deis premio a su provocación!

Ha sido la Providencia la que ha conducido

los pasos de sus altezas a nosotros

en este día en que juraremos a doña Juana y don Felipe

como vuestros sucesores en el trono de Castilla.

Bien sabedes cómo plugo a Nuestro Señor

llevarse para sí a vuestro amado hijo don Juan,

príncipe de Asturias,

y, tras de él,

a la serenísima reina e princesa doña Isabel,

vuestra hija y primogénita heredera.

Y también a su hijo legítimo, el ilustrísimo príncipe don Miguel,

vuestro nieto y heredero,

que había de ser destos vuestros reinos y señorios.

(Grita): ¡Bastaaa!

Dios, y con Él nuestros señores,

han querido que sea la serenísima archiduquesa e infanta doña Juana

la heredera de estos reinos,

y que sea jurada por nos como princesa de Asturias

junto a su esposo y príncipe consorte, don Felipe.

Campanas

Aplausos y vítores

¡Dios guarde a nuestra princesa doña Juana

y a su esposo el príncipe don Felipe!

(Todos): ¡Castilla por su princesa!

Parad.

Ocupad vuestro lugar a mi lado,

pues sois mi esposo y nuestro príncipe.

(Cuchichean).

Dios,

que hasta aquí me trajo,

no ha querido que yo,

Catalina de Aragón, fuese un día reina de Inglaterra.

Vuestro esposo, el difunto príncipe de Gales,

velará por vos allá donde esté.

Un hombre ha muerto lejos de su familia,

¿cuál fue su pecado?

Seguir a su señor a tierra amiga.

Quizá haya pecado más de lo que decís,

y su muerte sea la consecuencia de una provocación.

Estuvisteis presente; señalad pues al culpable.

Eminencia reverendísima,

no sois el único que nos hace llegar sus quejas,

parece el séquito del archiduque se comporta como ejército invasor.

En el reino de Francia, que consideráis enemigo,

se dio mejor trato al príncipe y a los suyos

que en las Españas, sobre las que un día reinará.

En verdad os desagrada la acogida que os dispensamos.

En nada comparable a la que recibieron en Flandes

quienes acompañaron a Juana y no volvieron para contarlo.

Sin embargo,

la familia de ese hombre recibirá el justo amparo de la Corona.

Me parece justo.

Mas, ¿qué cambiará en sustancia?

Soportaremos vuestra hostilidad hasta que la jura en Aragón

nos permita partir sin tardanza.

Yerra su eminencia reverendísima en sus planes.

Mucho ha costado traer a los príncipes a Castilla.

Y ahora que aquí están, aquí han de quedarse.

Este ha de ser nuestro principal afán.

Bien os sientan los aires de Castilla.

Mejor os sienta a vos ser princesa.

¿En algo me ha hecho distinta?

Vais cumpliendo vuestro destino

siendo tanto de lo que vos se espera.

¿Cómo no ha de crecer cada día el amor que siento por mi esposa?

¿Cómo no voy a estar orgulloso de ser vuestro príncipe consorte?

La Corona de Castilla es poco

a cambio de la dicha que me procuráis.

Quedaos con Castilla,

mientras sobre el corazón de su reina solo gobierne yo.

Tenemos un deber hacia Castilla:

hacer de Juana la mejor reina posible.

¿Pensáis conseguirlo reteniéndola aquí?

No dudo de vuestras habilidades, mas sí de nuestra hija.

Pondría la mano en el fuego por ella antes de que partiera hacia Flandes.

Estos años no han podido alejarla tanto de lo que era.

Por lo que cuenta Fuensalida,

a su esposo le han bastado para dominar su voluntad.

Pero solo veo armonía allá donde dijo

que reinaba la desavenencia.

Quizá también erró sobre el carácter de nuestra hija.

Quizá.

Y, si no, que Dios nos ampare.

Hablaré con ella.

Veré si está llamada a continuar nuestra obra.

Y si se ha desviado de su camino, sabremos enmendarlo.

Vos tratad a Felipe.

¿Qué deseáis saber sobre él? Puedo anticiparos las respuestas...

Pensáis que está hechizado por el francés,

mas si Francia pudo,

Castilla y Aragón habrán de ganar su lealtad.

Y que Dios nos ayude,

pues hasta aquí hemos traído el fruto de nuestros desvelos.

Y con lo que contamos tendremos que asegurar el porvenir.

¿Qué es eso que tanto me urge saber?

La reina desea que permanezcáis en Castilla,

y a ello va a encaminar todos sus desvelos.

Vuestros deseos al respecto no se considerarán.

Buena noticia es que a uno le quiera tanto su suegra.

Demuestra que en Castilla lo tenemos todo ganado.

¿Estáis seguro de ello?

Nuestros esfuerzos han de centrarse en Francia.

Es mi deseo retomar el compromiso entre mi hijo Carlos

y la hija del rey Luis.

Su destino es ser el nuevo Carlomagno.

Y el mío, hacer que se cumpla.

Para que ello ocurra no debéis confiaros.

Permitidme un consejo:

apreciad el favor que os muestran los reyes de Castilla,

o se volverá contra vos.

¿Favor decís?

Saben que el futuro del reino pasa por vos y vuestra esposa.

Todo aquello por lo que tanto han batallado.

¿Qué sugerís?

Mostraos proclive a complacerlos y os allanarán el camino.

Mas si os ven como enemigo serán implacables.

Estas son las fronteras que sobre Nápoles

firmamos en Granada.

Aquí fueron vulneradas por las huestes del rey Luis,

cuando vos y mi hija erais sus huéspedes.

¿Qué os trae?

Noticias de Nápoles, majestad.

Continuaremos en otra ocasión.

Entendí que queríais ponerme al tanto de los asuntos del reino.

Poco a poco, querido yerno.

Poco a poco.

¿Acaso desconfiáis?

Salid.

Os lo ruego.

Tanto añorar teneros a mi lado

y os hablo de lo que conviene al gobierno del reino.

Tal es lo que se reclama de una soberana.

Si mucho se exige a una reina, más aún a una princesa heredera.

¿Cómo puede ser tal cosa, si una gobierna y la otra no?

Porque como princesa

habéis de ganaros la confianza de los que os han de servir.

Mucho habré de porfiar para conseguirlo:

vuestro recuerdo hará palidecer mi reinado.

Siempre será así.

La labor que yo comencé no se cumple con una vida sola.

Continuad mi obra,

y haced que vuestro reinado y el mío sean uno y la misma cosa.

Mi esposo y yo así lo haremos.

Mucho me place veros tan unidos y felices.

Hechos me contaron que me causaron inquietud.

Siempre hay cosas que acomodar para encontrar el camino

que han de compartir dos desconocidos.

¿No he de preocuparme, entonces?

Escogiéndolo a él elegisteis lo mejor para mí,

y para vuestro reino,

pues si yo mucho le amo, más lo harán vuestros vasallos.

Habéis dado sosiego a mi corazón.

Y vuestras palabras me animan a participaros de mi mayor deseo.

Traed a vuestros hijos a Castilla.

Vuestro deseo es el mío,

pero fue mi esposo quien estimó que eran muy niños para tal viaje.

Hablad con él ya que en todo os escucha.

Es hombre propenso a mantener sus decisiones.

Y vos, que vais a gobernar,

debéis ser mujer capaz de hacer valer vuestro buen juicio.

Ya encontraréis el modo de que vea vuestros deseos como propios.

Hablaré con el príncipe.

Ya veremos qué decide.

Canosa no ha aguantado el sitio y ha caído.

Gonzalo ha tenido que replegarse a Barletta.

Los franceses nos superan en número.

Por miles, majestad.

Están mejor pertrechados y no les sobra artillería.

Si no mandamos refuerzos,

ni Gonzalo podrá evitar que Francia nos eche de Nápoles.

Sin dinero no hay refuerzos, y en las arcas del reino poco queda.

¡Pues habremos de sacarlo de donde sea!

Las Cortes de Aragón van a reunirse para la jura de los príncipes,

es la ocasión para solicitar lo que necesitáis.

Convencerlos de que juren a Juana y obtener fondos para la guerra;

no es poca tarea.

Os he llamado porque conocéis bien la corte de Flandes,

y es manifiesto que habéis sabido ganaros su aprecio.

Espero que, con ello, pueda daros buen servicio.

Estoy convencida.

Decid, ¿cómo he de atraerme el favor de los flamencos?

¿Os referís a limar las asperezas que han surgido

con los acompañantes de los príncipes?

Eso y mucho más.

Necesitamos ganarnos sus voluntades.

¿La del archiduque, en particular?

De uno solo habéis de ganar el favor y la pondrá a vuestros pies.

Busleyden.

Mucho tendría que dar para conseguir tal cosa

y no estoy a dispuesta a tanto.

Majestad,

no dudéis en pagar ese precio.

Desde bien joven, el arzobispo inspira sus decisiones.

¿Tanta es su influencia?

Busleyden dicta el pensamiento de don Felipe,

cuando no decide por él.

Y suele hacerlo con buen tino.

Aprecio vuestro consejo, don Juan Manuel.

No me equivoqué acudiendo a vos.

Algo más he de pediros...

No os apartéis del lado de Felipe;

estad atento a todo cuanto hace, y velad por Castilla.

Agradezco vuestra visita, Enrique.

Aunque breve fue la convivencia con vuestro hermano,

el príncipe de Gales,

ambos compartimos el dolor ante su pérdida.

¿Abandonaréis el reino?

Solo sé que mi destino no lo decidiré yo.

Pero temo que así sea.

Ya amaba este reino.

E Inglaterra también os ama a vos.

Se abre la puerta

En este doloroso momento,

teneros aquí es un gran consuelo para mí.

Sois mi hija

y mi deseo es que permanezcáis a nuestro lado como tal.

Haré lo que vos y mis padres decidáis.

Habremos de dejar pasar unos meses antes de encarar nuestro futuro.

Quizá crezca en vuestro vientre un hijo del príncipe

y nada haya que hablar.

Ese sería un consuelo con el que no podemos contar.

Ni vos misma podéis saberlo

hasta que no pase un tiempo prudencial.

Intacta llegué a vuestro reino,

y así sigo en él.

¿Queréis decir que vuestro matrimonio no se ha consumado?

La debilidad de vuestro hijo, el príncipe Arturo,

no lo hizo posible.

Siendo así, todo cambia y se torna más sencillo.

Esperemos a ver qué dice la comadrona.

Mi señor,

nunca he mentido y no veo adónde podría llevarme.

No penséis que dudo de vuestra palabra.

No lo hagáis,

pues tan seguro podéis estar de ella

como de que nadie comprobará tal verdad.

(Suspira).

¿Algo os preocupa, padre?

El silencio de su majestad se debe a que,

de compartir aquí sus inquietudes, me haría partícipe de ellas.

Y eso es algo que no desea.

¿Cómo podéis decir tal cosa?

El príncipe de Asturias tiene razón.

¿Y no es extraño mantener en la ignorancia

a quien acabáis de nombrar vuestro heredero?

Lo es.

Aclaradnos qué está pasando aquí.

El rey Luis nos derrota en Nápoles y no sabemos cómo hacerle frente.

¿Qué haríais vos en mi lugar?

¿Lo hablaríais con quien es amigo de vuestro enemigo?

Si yo reinara en Castilla,

y siendo las cosas tal y como vos contáis,

ocuparía mis pensamientos

en cómo pactar la paz con el rey de Francia.

Por nuestro bien,

Dios ha querido que aún quede mucho para que seáis rey.

Extraña manera tenéis de ganaros al príncipe.

No lo haré a costa de poner en peligro a los míos.

Yo le he visto hablar con cordura.

De hecho, no pienso distinto de él.

¿Pretendéis que pacte con Francia,

que ha iniciado una guerra por no respetar lo pactado?

¡Quizá veis llegado el momento de que dirija nuestro asuntos!

Juana y él nos sucederán en el trono.

Es hora de que que asumáis ese hecho

y hagáis por atenuar sus consecuencias.

¡Aún habrá que ver si se cumple lo que decís!

¿Tanto confía la reina en vos?

Contad con que pronto os llegarán honores de Castilla.

¿A pesar de mi desencuentro con los reyes?

Bendito desencuentro.

El bálsamo que alivie la herida habrá de estar a la altura.

Si es tal y como decís,

a vos no os faltarán dignidades en Flandes.

Vais camino de ser tan indispensable en Castilla como en Flandes.

Todo sea en favor de los intereses del archiduque.

Y en nuestro propio beneficio.

Os admiro,

vuestra franqueza roza la desfachatez.

Permitidme entonces un consejo:

vos, a quien tanto escucha el archiduque,

haced que preste oídos a lo que os voy a sugerir.

Conviene, de momento,

que todos vean que nuestro príncipe está al servicio de sus majestades.

A todos convendría, cierto.

Sé qué debe proponer para que a nadie le quepa duda,

sin renunciar a sus propios deseos.

¿Felipe apoyando nuestras pretensiones en Nápoles?

No es lo que cabría esperar del heredero de Castilla y de Aragón.

No se da por vencido:

insiste en unir nuestros destinos

y que su hijo Carlos sea un día el dueño de Europa.

En nada os perjudica,

porque solo podrá conseguirlo casándolo con vuestra hija.

Siempre que Dios no me dé hijo varón.

De momento, ya tenéis un aliado y confidente

en el corazón de la corte del rey Fernando.

Añadid nuestra clara superioridad en el campo de batalla

y la guerra de Nápoles es cosa ganada.

Pobre Catalina,

apenas desposada y ya viuda.

Poca misericordia reserva el Señor para nuestra familia.

Resignación, majestad, en ella encontraréis consuelo.

Que nuestra hija lo encuentre en su familia.

Reclamaremos a la infanta para que regrese cuanto antes.

¿No habrá inconveniente?

Ninguno, alteza.

Salvo que no respeten el contrato matrimonial,

la infanta habrá de ser devuelta.

Al igual que la dote.

¿No dice eso el contrato?

Si regresa la infanta, tendrá que volver con ella.

Lo importante ahora es el bienestar de Catalina.

Aceleremos su regreso,

ya habrá tiempo de ocuparse de todo lo demás.

¿Os encontráis bien?

Perded cuidado.

Atended nuestros asuntos,

mientras su eminencia y yo encargaremos las misas

por el alma del difunto.

Quizá la desgracia nos traiga algo bueno.

Recuperar el dinero de la dote permitirá enviar a Nápoles

los refuerzos que Gonzalo necesita.

Que Dios me perdone:

mi yerno muerto va a ser el mejor aliado en esta guerra.

Según me han hecho ver,

si sois virgen,

vuestro matrimonio con mi hijo podría declararse nulo.

Nada impediría que vuestros padres os reclamasen a vos y a vuestra dote.

Pese al dolor que me causaría,

pues me considero vuestro padre,

podría aceptar que os alejaran de mi lado.

Pero, como rey de Inglaterra,

nunca devolveré ese dinero que aquí tanto necesitamos.

A todos convendría, pues, que me quedase a vuestro lado.

Disponed entonces de acuerdo con mis padres

y en todo os obedeceré.

¿Seguís manteniendo que sois virgen?

¿Cómo no hacerlo, si así es?

¿Permitís que nuestra partera os examine?

Siempre que antes acabéis con mi vida.

Bien.

Westminster decidirá.

Mientras tanto,

comprended que no podéis cobrar vuestra pensión de viudedad.

No hay viuda si el matrimonio es nulo.

¡Buscad una solución y que sea rápido!

(Preocupada): El rey nos retira su amparo.

Así es.

A partir de ahora,

solo contaremos con nuestros propios recursos.

¿Y qué recursos son esos?

A falta de otras fuerzas,

podríamos disponer de mercenarios alemanes.

¿Cuántos podríamos pagar?

Entrad, hablábamos de Nápoles.

De eso mismo quería hablaros,

pues mucho me duele lo que allí sucede.

No negaré mi amistad con el rey Luis de Francia.

Lo haríais en vano.

Pero sobre ella prevalece mi condición de príncipe heredero,

no lo dudéis.

Os debo una disculpa

y ahora os la doy.

No vengo a vos buscando tal cosa.

¿Qué deseáis, pues?

Si las circunstancias os mueven a buscar la paz con Francia,

sé quién podría ser vuestro mejor embajador.

Yo mismo.

Con la lealtad que os debo y mi buena relación con el rey Luis

conseguiría condiciones que ningún otro podría lograr.

Mucho agradezco vuestra generosa oferta,

y haría buen uso de ella si el reino la necesitase.

Pero las tropas aragonesas pronto desembarcarán

en las costas de Salerno.

No dudéis que ello cambiará el curso de esta guerra.

Me alegro,

pues mejor paz trae una victoria que un pacto obligado.

Majestad,

¿qué desembarco es ese que habéis confiado

al príncipe de Asturias?

Pensaba que aprovecharíais

esta jornada tan agradable para salir a cazar.

Tenéis razón.

Ya habrá tiempo de escribir cuando regresemos al norte.

Eso tendrá de esperar.

Pronto habrá cosas que mi estado no me permitirá hacer.

¿Otro hijo?

¡Dios bendice a esta familia!

Esposo mío,

hagamos que nuestra felicidad sea completa.

Haced que traigan a nuestros hijos,

que se reúnan con nosotros en Castilla.

¿Es idea de la reina?

Vuestro deseo es el mío,

pero no puedo darle cumplimiento.

En Castilla solo me rodea el agravio y el desdén.

No, no.

Confundís como malquerencia el carácter recio de los míos.

Todos me humillan recordándome mi papel secundario como consorte.

Y vuestro padre...,

vos habéis visto cómo me relega de los asuntos de gobierno.

Yo haré que todo eso cambie.

Sé que lo haréis,

cuando podáis.

Y no penéis por vuestros hijos.

Nada más ser jurados en Aragón partiremos para Flandes.

Hay que hacer llegar esta carta al rey de Francia.

Urgentemente.

Seguís indispuesta, Isabel.

Retrasaré el viaje a Aragón. No.

Debéis partir.

No puede repetirse lo ocurrido en la jura de Isabel.

Adelantaos vos.

¿Y dejaros así?

Yo acudiré cuando todo esté a punto.

Así podré recuperar las fuerzas que me restaría un viaje ahora.

Debemos evitar la menor oposición en las Cortes a nuestros planes.

Madre, ¿cómo os encontráis?

Voy a hablar con Cabrera de los cambios del viaje.

No os preocupéis por lo que no lo merece.

Es solo algo de debilidad.

Y los años, que pasan sin que podamos evitarlo.

¿Debo quedar tranquila?

¿Habéis hablado con vuestro esposo sobre vuestros hijos?

¿Podremos recibirlos en Castilla?

Madre, tenéis que saber que Dios me ha bendecido con otro embarazo.

Vuestro primer hijo engendrado en Castilla.

Ello nos obliga a regresar a Flandes en cuanto seamos jurados en Aragón.

Si nos demoramos, como sería nuestro deseo,

el embarazo avanzaría y nos impediría emprender el viaje.

Tendríamos que esperar al parto, y quizás la crianza.

¿Y qué problema veis?

Tened a vuestro hijo en Castilla y dejad que cuidemos de todo.

El príncipe no puede desatender durante tanto tiempo

sus asuntos en Flandes.

Quedaos vos, entonces.

Mi esposo no lo permitiría.

Ningún buen esposo lo haría.

Vuestra noticia me ha hecho muy feliz.

Eminencia reverendísima,

os he convocado para hablaros de una cuestión que os atañe,

y en la que nada puedo hacer sin vuestro consentimiento.

Mi Católica Majestad, estoy a vuestro servicio.

Cumplir vuestros deseos será un honor para mí.

Aceptad pues el obispado de Coria.

Me honráis tanto como me sorprendéis, majestad.

Desde Flandes, mi hija pidió un beneficio para vos.

Solicitud que pensábamos satisfacer hace tiempo.

Mas en todas las Cortes que conozco,

cuando se recibe una recompensa siempre se espera un servicio.

En este caso, es la recompensa la que exige el servicio.

Tanto la reforma de la diócesis como sus rentas

precisan que permanezcáis durante un tiempo en Castilla.

Desconozco si vuestros deberes en Flandes

os permitirían retrasar vuestro regreso.

Como sabéis, he de estar cerca de su alteza,

el príncipe Felipe.

¿No puede solucionar sus asuntos sin vos?

A todos convendría que sus altezas retrasasen su partida.

¿Lo veis posible?

¿El obispado de Coria, decís?

Así lo he solicitado al santo padre.

Podéis contar con ello.

¿Partís ya?

¿Todo está en orden?

Hay noticias de Inglaterra.

El rey Enrique desea desposar a la infanta.

Triplica su edad, y es el padre de su esposo.

¿Qué le mueve a tal desatino?

¿Acaso ve peligrar nuestra alianza?

Teme perder el dinero de la dote.

Mi señora,

el matrimonio de la infanta no fue consumado.

El consejo de Westminster ha de decidir sobre su virginidad.

Enrique desea desposarla para no devolver a la infanta

ni restituir la dote. ¡No podemos aceptar tal infamia!

El rey ha retirado la pensión de viudedad.

¿Permite que la princesa de Gales sufra privaciones?

¡Acaso es mi hija su rehén!

Quiere forzar nuestra decisión:

ha de quedar en Inglaterra como princesa viuda o como reina.

Enviaremos a Fuensalida,

negociará con el rey y cuidará de la infanta.

Esperemos su despacho para tomar una resolución.

No temáis.

Si el diablo algo torciera,

os juro que yo mismo iré a Inglaterra

y traeré a nuestra hija de vuelta.

Es la última leña que nos queda.

Los nuestros no se calientan hace días

y el hambre comienza a pesar.

¿Cómo puede el rey Enrique ser tan mezquino?

No debéis hablar así,

es el rey.

No es propio de reyes

permitir que una princesa viva privada de lo indispensable.

Y pensar que si vuestro matrimonio hubiese sido consumado

por nada de esto pasaríamos.

Pero no lo fue.

¿Y qué importancia tiene, señora?

No sería impedimento para otros esponsales,

y al menos viviríais, en vez de perecer de hambre y frío.

No voy a mentir.

Aunque haya de perder la vida, jamás perderé la dignidad ni pecaré.

Tendremos que esperar al Consejo de Westminster.

¿Y hasta entonces?

Son las joyas que os dio vuestra madre.

Vos sabréis convertirlas en leña y alimentos.

No podéis desprenderos de ellas.

Además, apenas daría para unas semanas,

¿qué vamos a arreglar con ello?

Lo que no podamos arreglar nosotras, ya se encargará Dios de hacerlo.

Así que la reina os concede un obispado.

Las cosas empiezan a cambiar para los vuestros en este reino.

¿Vos también lo creéis así?

No es poca la merced concedida,

habida cuenta de las rentas de la diócesis.

Y tampoco son escasas las unidas a vuestro título.

Quizá vuestra disposición hacia la Corona

debería cambiar en consonancia.

Don Juan Manuel está en lo cierto, alteza.

Es el momento de aprovechar la generosidad de los reyes.

Confío en vos.

Pero me parece que la dicha por vuestro nuevo cargo os ciega,

o al menos os hace tuerto.

El tiempo lo dirá.

Pero permitid que os dé un consejo,

ya que mis nuevas obligaciones me impedirán acompañaros a Aragón.

No apuréis vuestro regreso a Flandes.

Dejad que vuestro hijo nazca en las Españas.

Eso os granjeará el favor de muchos, incluido el de los reyes.

Pese a no ser de mi gusto le encuentro sentido.

Pero nada os prometo por ahora.

Estoy seguro de que vuestro buen juicio

terminará el trabajo que hemos comenzado.

Recurrir a la generosidad de la reina acabará pesándome.

Por lo pronto me priva de contar con vos en Aragón.

Cada uno hemos de hacernos cargo de nuestros deberes en estos reinos.

En la corte me hallaréis a vuestra vuelta.

Durante el viaje,

confiad en don Juan Manuel como si fuese yo mismo.

Tened cuidado.

Se ofenderán por la merced que os han concedido.

Partid tranquilo, me ampara el favor de la reina.

No os he llamado para que me escuchéis en confesión,

sino para explicaros

qué me ha movido a otorgar el obispado de Coria

al arzobispo Busleyden.

No me debéis explicación alguna.

Cierto, eminencia reverendísima,

pues como reina solo ante Dios debo hacerlo.

Mas he de pediros algo,

y antes preciso que conozcáis mis razones.

Temo que difieran poco de las que inspiraron

a quienes os precedieron en el trono.

Con igual dureza que vos los juzgué yo en su día.

Decidís en algo que concierne a la Iglesia de Castilla

a mis espaldas, no esperéis que lo festeje.

¿Creéis que me satisface el nombramiento?

¡Ruego para que llegue el día en que la política

se ponga al servicio de la religión, mas yo no he de vivir para verlo!

¿Y hoy todo ha de ponerse al servicio de la política,

la Iglesia la primera?

¡Solo una cosa importa, eminencia reverendísima:

que Juana permanezca en el reino!

¿Y pensáis lograrlo repartiendo prebendas?

Ma..., majestad.

(Respira con dificultad). Majestad.

Oídme bien: vienen tiempos difíciles.

Este reino necesita vuestro tesón, de vuestra honestidad,

de vuestra testarudez incluso.

La Corona no ha de ser menos a vuestros ojos que la Iglesia.

Os necesito, eminencia, ¿podré contar con vos?

Sabéis que siempre os seré leal.

Majestad.

Majestad...

¡Ayuda!

¡Ayuda a la reina!

¡Llamad el físico, pronto!

¿Por qué no encendéis el fuego?

¿No sentís frío?

Catalina lo encenderá para vos si deseáis.

Espero que su lectura os alivie en estos momentos de tristeza.

Algo de calor dará al arder,

aunque mejor nos hubiese venido un buen trozo de carne.

Marchad y haced lo que os he encomendado.

Os agradezco vuestra atención.

Es el mejor regalo que podía recibir.

Hay que avisar al rey.

Majestad...,

un mensaje de Castilla.

¿Qué ha ocurrido?

Es...

la reina.

El rey Fernando, nuestro señor, pide vuestra comprensión.

Estas Cortes recibirán satisfacción y cumplida explicación

por su ausencia obligada.

Habéis jurado a sus altezas

como herederos de la Corona de Aragón.

Ahora,

bajo la tutela del príncipe de Gerona, don Felipe,

el rey encomienda que deis curso al resto de los asuntos

que nos han reunido aquí.

¿No ha llegado ningún mensaje de Busleyden?

Ninguno, alteza.

Si el rey ha abandonado de esta manera las Cortes,

la gravedad de la reina es manifiesta.

Quizás esté de Dios

que nuestro destino haya de cumplirse antes de lo esperado.

Puede que así sea, alteza debéis estar preparado.

¿Teméis algo?

Que si la reina muere,

el rey de Aragón se convierta en vuestro más fiero enemigo.

Es de suponer que no acepte de buen grado la sucesión.

De todo sería capaz con tal de no verme proclamado en Castilla.

Teme que vuestra influencia sobre la princesa

ponga el gobierno del reino en vuestras manos.

Y no será de otra forma.

El rey no aguardará al desenlace para actuar.

(Suspira).

Quizás estéis en lo cierto.

Debéis partir a Castilla cuanto antes,

pues es allí donde otros deciden vuestro porvenir.

Daré las órdenes para que todo esté presto para nuestra marcha.

No,

vos debéis permanecer en Aragón

y hacer que las Cortes cumplan su cometido.

¿Acaso la salud de mi madre os importa más que a mí?

Sois la heredera de la Corona

y es la salud de esta la que debéis atender,

por encima de todo.

Vuestra madre no lo dudaría.

Voy con vos.

Nada de lo que digáis va a hacerme cambiar de idea.

Vivimos un momento crucial.

Cada uno ha de ocupar su lugar.

¡Me hacéis daño!

No he de conocer en la reina la flaqueza que detesté en la mujer.

¿Tan grave es?

Dejadme a solas con ella.

Salgamos.

Hemos de hablar.

Me muero.

Dios ha querido llevarme cuando todo está en peligro.

Reposad, debéis guardar vuestras fuerzas.

Si es benévolo,

aún me dará tiempo para encaminar el porvenir del reino.

Callad por Dios, nada va a pasar.

Hubo un tiempo

que hubiese ido a la muerte tranquila,

y bien cumplida con mi reino y mi familia.

¿Confiáis en mí?

Solo creo en vos y en Dios.

Entonces, perded cuidado.

Os juro que nada desviará el rumbo que habéis trazado para Castilla.

Nuestro esfuerzo nos sobrevivirá.

Amaros ha sido mi vida.

Luchad, entonces, como siempre habéis hecho.

Hacedlo por mí.

Tengo tanto miedo...

(Indignado): ¿No habría de ofenderme?

¿Acaso el rey de Inglaterra no es digno marido

para una infanta de Castilla y Aragón?

¡Sois el padre de su esposo!

Si la infanta es virgen, su matrimonio será anulado.

Nada va contra la ley de Dios.

Casi triplicáis la edad de la princesa.

¿Os estáis burlando de mí?

¿Pensáis hacerme creer

que es un inconveniente para vuestros señores?

Algún día la dejaríais viuda

y nos encontraríamos en el mismo punto en que ahora.

Dejaría una reina viuda, algo bien distinto.

Una reina viuda

que ni siquiera habría podido parir al heredero de Inglaterra,

ya que vuestro hijo Enrique os sucedería.

Reconoced que sería orillar el destino de la princesa

y, con él, la alianza que se pactó entre ambos reinos.

¿Qué proponen vuestros señores?

Que la infanta, con todos sus derechos, ajuar y dote,

regrese a los reinos de sus padres.

¡Olvidaos! Eso no es imposible.

Buscad otra solución. -¿Cuál?

Habéis rechazado mi propuesta.

Ahora os toca presentarme la vuestra.

Sus majestades esperan a su hija.

La paciencia es una gran virtud,

y nadie hay más virtuoso

en la cristiandad que vuestros reyes.

Si la reina muere,

pensad a qué nos enfrentaremos.

De nuevo dos reinos dándose la espalda.

Y la Corona de Castilla

en las sienes de un traidor.

Los franceses han reforzado la costa de Salerno

esperando el desembarco que anunciasteis a Felipe,

y que nunca se producirá.

Lo sabía.

Perro ruin...

Le faltó tiempo para contárselo al francés.

Si Dios se lleva a la reina,

el traidor se hará con Castilla y la volverá contra mí.

No voy a permitirlo,

aunque tenga que acabar con él con mis propias manos.

No es mérito de vuestro yerno

que se vea elevado a situación tan ventajosa.

Sin el consejo de Busleyden

Felipe no sabría ni dónde tiene su mano derecha.

Busleyden es hombre que se puede comprar,

bien lo ha demostrado la reina.

No, Chacón,

urge acorralar al traidor

y ya no es tiempo de jugar la partida a medias.

Llegáis en buen día, excelencia.

La visita del príncipe nos había alegrado.

¿Suelen compartir lectura sus altezas?

El príncipe trae libros a mi señora.

Y hoy también unas ristras de salchichas.

Con vos aquí nuestras privaciones han terminado.

Mi señora,

nos están esperando.

"Alcañiz, ciudad de la Concordia,

tiene a bien aprobar nuevas sisas

para el mantenimiento del ejército del rey,

bajo garantía de vuestra palabra de levantar dicho impuesto

cuando el fin al que se destina haya sido satisfecho".

¿Ve vuestra alteza verdad en ello

y permite que el documento se prepare para esperar la sanción del rey?

¿Alteza?

¡Alteza! ¡No podéis abandonar así las Cortes!

¿Soy vuestra princesa o vuestra prisionera?

¿Cuánto tiempo he de perder

en asuntos que no merecen mi atención?

Murmullos

¡No podéis insultar así a las Cortes de Aragón!

¡Ensillad mi caballo!

¡Os juro que, aunque sea a pie, llegaré a Castilla!

La reina ha despertado, el físico dice que vivirá.

Podéis estar tranquilo.

Dios ha escuchado mis ruegos.

Ya que Nuestro Señor os escucha, dirigíos a Él con redoblado ahínco.

Me han informado de que el obispo de Coria

está gravemente enfermo.

(Agoniza): Dios

ha venido a buscarme

estando en Castilla.

Veo en ello una señal.

Debéis vivir.

¿Qué voy a hacer sin vos?

Os eduqué para ser un buen gobernante.

Escuchadme pues.

Solo mandaréis sobre esta tierra

si permanecéis tiempo en ellas.

Amad este reino, pues Dios ha querido que sea vuestro.

No podéis morir.

Mi señor.

Alteza.

Temo por vos.

¡Reaccionad!

¿Qué voy a hacer sin él?

Su consejo siempre me ha guiado.

Lo primero es reclamar a vuestra esposa.

La princesa es la mayor protección con la que contáis en el reino.

¿De verdad puedo confiar en vos?

Poco le ha importado a Juana dejar las Cortes

para venir tras su esposo.

Y cuando se lo he hecho ver, ha dicho que seguía mi ejemplo.

Dios le concedió entendimiento, pero no sentido común.

Aragón nunca perdonará su desplante.

Al menos Fuensalida ha encontrado

el modo de resolver la situación de Catalina.

¿Algo que no os place?

Pensaba ver pronto a mi hija,

pero puede que nuestro embajador haya encontrado la mejor salida.

Contad.

Sugiere que desposemos a Catalina con el príncipe Enrique.

¿El hermano de su esposo?

Manuel de Portugal casó con dos de nuestras hijas.

Enrique es un niño, ¿qué años tiene?

Once,

seis menos que la infanta.

Habrán de pasar años para ver el fruto.

Es la mejor solución,

pues en todo Catalina recuperará rango e influencia:

será princesa de Gales y después reina de Inglaterra.

No van a devolvernos a nuestra hija.

¿Pensáis ir a Inglaterra a arrebatársela por la fuerza?

Maldito mezquino usurero, y se llama rey.

¡Solo le importa la dote!

A nosotros solo nos debe guiar el bien de Catalina.

No enviaremos refuerzos a Nápoles.

El dinero de Inglaterra no va a llegar.

Sin refuerzos, no tendrá posibilidad ante los franceses.

Lo sé,

y mil veces preferiría estar junto a mis hombres

que en Castilla.

Confiemos en Gonzalo y en que Dios esté de su lado.

Voy a enviarle un despacho. No, Chacón.

Yo debo escribirle y darle justa explicación.

No es poco lo que voy a pedirle.

Se abre la puerta

Habéis adelgazado, señora.

Debéis cuidar mejor vuestra salud.

Es normal que el dolor por la pérdida de vuestro hijo

me haya retirado el apetito.

Pero no os preocupéis,

últimamente vuelvo a comer mejor.

Alteza,

os traigo un mensaje de mis señores. -¿Más quejas?

En su nombre, he de haceros una propuesta

para dar salida a esta infausta situación.

¿Y cuál de las partes sufrirá el quebranto?

Ninguna, alteza.

¿Teméis que aderecemos vuestro plato con ponzoña?

Los días antes de emprender un viaje siempre pierdo el apetito.

¿Partís?

¿Adónde?

Retornamos a Flandes,

ya que cumplimos los asuntos que aquí nos trajeron.

¿Queréis que nuestra hija viaje en su estado?

Quizá pretendéis que mi nieto nazca en Francia.

Majestad,

vinimos a vuestros reinos para que nos hicierais herederos.

Habréis de hacernos prisioneros para quedarnos en ellos.

No me pidáis lo imposible,

sabéis que mi lugar está al lado de mi esposo.

Y el de ambos en los dominios que vais a heredar.

Hacédselo ver al príncipe. ¿Cómo?

Mi propio padre le trata como a un enemigo.

Vuestro padre solo pretende... ¿Acaso es razonable

mantener al heredero ajeno a los asuntos

del reino que ha de heredar?

Deberíais dar gracias a Dios.

Solo la cordura de mi esposo y su amor a mí

consiguen que Felipe aún os tenga respeto.

¿Ha de escuchar una madre hablar a su hija así?

Mostradme que es falso cuanto digo.

Os juro que nada me haría más feliz que estar errada.

Es solo un niño,

y el hermano de mi esposo.

El príncipe Enrique ha llegado a palacio;

viene hacia vuestros aposentos, alteza.

¿Lo sabe él?

El rey lo aprobó con entusiasmo,

yo diría que parecía ansioso por compartirlo con su hijo.

Alteza, es lo mejor para todos.

Vos cumpliréis con vuestro deber.

Vuestro destino era ser reina de Inglaterra,

y así lo seréis.

Es cosa de mi padre.

La reina compartirá el recelo que mostrará el papa

ante tal propuesta.

Ella misma me pidió que hablase con el rey Enrique.

En unos años seréis mi esposa.

Y yo,

el hombre más dichoso de Inglaterra.

¿Es cierto que los franceses nos han derrotado?

En Seminara.

La noticia ha llegado esta noche.

Siento como si yo mismo hubiera empuñado

cada una de las espadas que han matado a mis hombres.

Es el momento de negociar la paz.

Lo precisan Aragón y también vuestro espíritu.

Como él mismo os propuso,

debéis enviar Felipe a negociar con el rey Luis.

Escuchadme.

Si hemos de verle en Francia,

mejor será que vaya en nuestro nombre.

Mil veces nos convendrá que así sea ante el rey Luis.

Desengañaos, nunca podremos confiar en él.

Lo sé,

pero Juana quedará en Castilla.

¿Pretendéis separarlos?

¿Creéis que Felipe consentirá?

No se opondrá.

Si se lo pedimos, querrá satisfacernos

por delegar en él y seguir su consejo.

Separado de su influencia en Juana se irá debilitando día a día,

mientras la nuestra se gana su voluntad.

Quizá podamos hacer de Juana la reina que todos deseamos.

Merece la pena intentarlo.

Dios os oiga,

pues no es poco lo que nos jugamos en todo ello.

¿El príncipe Felipe embajador en Francia?

Perded cuidado, Chacón.

Puede que de esta empresa todos salgamos contentos.

Todos menos el propio Felipe.

¿Qué os proponéis?

Que prometa lo que no puede dar y pierda la amistad del francés.

Hagamos que ambos piensen que nos tienen comiendo de su mano.

Mientras, nos prepararemos para ganar esta guerra.

Escribid a Gonzalo y dejadle una cosa bien clara:

solo ha de cumplir las órdenes que vengan directamente de su rey.

Entregad al príncipe de Gerona las cartas de representación.

Negociaré con los franceses como si fuese vos.

Sois el heredero de Aragón;

vuestro interés y el nuestro es el mismo.

¿Despedís a vuestro esposo vistiendo ropas tan funestas?

Aliviad entonces el luto que llena mi corazón.

Llevadme con vos.

Debéis quedar en Castilla y alumbrar aquí a nuestro hijo.

(Llorosa): Os lo suplico.

Si me amáis no partáis sin mí.

Levantaos.

Vamos.

¡Os lo estoy suplicando!

¿No veis que muero sin vos?

He de partir.

Sé que os dejo con quien mejor puede cuidar de vos y de mi hijo.

¡Felipe!

¡No...!

¡Dejadme!

Hija, debéis... ¡Dejadme he dicho!

¡Qué nadie se me acerque!

¡Sola! ¡Quiero estar sola!

¡Quiero estar muerta!

Felipe ha poseído su espíritu.

Desde que se han separado, Juana ha perdido el juicio.

(Grita).

¡Juana!

Fernando presume de astucia y designa a un traidor heredero.

Voy a administrar un reino

y asegurar el trono francés para mi hijo.

¡Han invadido el Rosellón!

Quieren traer la guerra a las fronteras.

¡Saben que el condado es inviolable!

No volváis a protegerme de la verdad.

Juana es la heredera,

sus miserias son cuestión de Estado y he de conocerlas.

¡Si no fuese por vos, estaría en Flandes!

¡Qué hacéis! -¡Contasteis el favor que os pedí!

Urge saber si nuestra hija es vuestra digna sucesora.

No me conformo con un acuerdo favorable;

aprovechemos a desligar a Felipe de sus Católicas Majestades.

Mientras en los despachos se nos insulta,

nuestros soldados ganan la guerra.

Conseguid un buen acuerdo,

y os colmará de dádivas y privilegios.

Ya me ha hecho su heredero, ¿nada mejor puedo obtener de él?

Los aragoneses a punto de entrar en Nápoles,

¡los estamos dejando vencer!

Vuestra esposa ha dado a luz a un hermoso niño,

y gozará de su crianza en Castilla por largo tiempo.

No dejaréis Castilla hasta entender que sois la única heredera,

¡pues vuestro esposo es un traidor y jamás gobernará!

No la dejéis partir,

aún no.

¡Si me movéis de aquí, me mato!

Subtitulación realizada por Cristina Rivero.

  • Capítulo 36

Isabel - Capítulo 36

10 nov 2014

Juana y Felipe son jurados en Cortes como herederos, pero eso no resuelve la inquietud de Fernando e Isabel por la suerte que correrán sus reinos en manos de los príncipes. Conscientes de la influencia de Busleyden sobre Felipe, Isabel trata de ganárselo. En Inglaterra, la muerte del prometido de Catalina abre un conflicto con el rey Enrique, que no está dispuesto a renunciar a la dote. La joven sufre las consecuencias.

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