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No recomendado para menores de 12 años Capítulo 33
Transcripción completa

Preparaos para partir.

Esta carta ha de llegar a Castilla cuanto antes.

¡Cómo se atreve a reclamar el título de príncipe de Asturias!

El arzobispo de Toledo, Francisco de Cisneros,

pronto os visitará.

Los reyes de Castilla otorgan el indulto

a todo aquel que tenga cuentas pendientes con la justicia

y abrace la fe verdadera.

¿Portugal ha abierto la ruta a las Indias hacia el este,

circunnavegando a África? ¿Por qué seguir adelante?

Porque ni las islas ni el continente al que han arribado sus naves

son las Indias.

Me dispongo a abandonar la carrera eclesiástica.

El santo padre me anima a buscar una corte que me acoja,

una corte amiga del pontífice,

con la que pueda haber buen entendimiento y alianza.

¡Su majestad, Luis, rey de Francia!

El papa ha concedido la nulidad al francés.

¡Ah, ah, ah! Margarita, ¿qué ocurre?

Muerto el príncipe Juan,

muerto su hijo,

el camino queda libre para que Castilla, Aragón y Portugal

estén bajo el mismo reino.

Castilla da la bienvenida a su futura reina.

El archiduque quiere hacer valer sus títulos en Castilla.

¿Buscáis entonces el respaldo de Francia,

a las pretensiones de vuestro señor?

Aseguraos que Juana no está sola,

y evitad que Felipe la mantenga aislada.

¡Os habéis aliado con los franceses!

Si volvéis a interponeros,

no dudaré en enviaros de vuelta.

Cuando retornó de su segundo viaje,

mi padre me habló de una bahía repleta de perlas.

Colón ha traicionado nuestra confianza.

Bendita sea la paciencia que hemos tenido con él,

pero se acabó.

El archiduque desea que se provea un documento de los reyes

que reconozca su derecho al trono

si la reina de Portugal no tuviera un hijo varón.

¿Lo estáis?

Es una niña.

Quiero convertirme a vuestra fe.

Mi decisión es sincera.

Las conversiones no sirven de nada si no acabamos con el culto.

Subtitulado por TVE.

"Ego te baptizo

in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti".

"Amen".

"Credis et in Spiritum Sanctum,

sanctam ecclesiam catholicam,

sanctorum communionem,

remissionem peccatorum,

carnis resurrectionem,

et uitam aeternam".

"Credo".

(Todos): "Credo".

"Vis baptizari?".

"Volo".

(Todos): "Volo".

"Ego te baptizo

in nomine Patris et Filii

et Spiritus...".

¿Qué os ocurre? ¿Qué tenéis?

¿Os encontráis bien?

He sentido una pequeña molestia.

Debéis descansar.

Es normal en vuestro estado, no os preocupéis.

¿Cómo no he de hacerlo,

si el mundo entero está pendiente de mí?

Sed paciente con nuestros desvelos.

Haced caso a vuestra madre.

Pensad cuánta esperanza hay en vuestro vientre.

(Llora): Disculpadme.

Bien poco hace era en su vientre donde crecía la esperanza.

No debe de ser fácil.

Lo sé, hija mía, tampoco para mí.

¿Cómo podré recuperarme de tanta y tan dolorosa pérdida?

Ahora solo vuestro bienestar y el de vuestro hijo

son importantes para mí.

Perded cuidado, madre.

Todo marcha bien, y yo estoy feliz con ello.

Qué diferente habría sido todo para las dos

si hubieseis nacido varón.

Firmadme este papel.

¿Qué es eso que necesita mi conformidad?

Es la petición

de un beneficio eclesiástico en Castilla

para un prelado de Borgoña.

Algo habitual

y que redundará en el acercamiento.

Siendo mi esposo y soberano, ¿precisáis mi firma?

Como bien suponéis, es un asunto meramente formal.

Pura cortesía.

Sabéis que los reyes de las Españas no aceptarán imposición alguna.

Vais a firmar, ¿sí o no?

Apenas os habéis acercado a mí, ni a vuestra hija,

y de pronto aparecéis con tal demanda.

No firmaré.

(Suspira): Ya veremos.

¿Cuándo volveréis a visitarnos?

Debéis procurar mejor entendimiento con vuestra esposa.

La corte no percibe beneficio en vuestro matrimonio con la infanta.

Hay quien murmura que fue un error.

¿No fue bastante la dote? ¿Qué esperaban?

Quizás una archiduquesa más dócil,

más proclive a aceptar los usos de la corte.

Decid, ¿qué más echan en falta?

Un hijo varón.

Vuestro distanciamiento de la infanta crea un problema de gran enjundia.

Necesitáis un heredero.

Pensad en vuestro futuro.

Encontrad el modo

de que vuestra unión sea grata a la corte, y a vos.

Sería más fácil cambiar a Juana por otra,

os lo aseguro.

¡Maldita boda y maldito mi padre

que tan mal servicio nos hizo acordándola!

¿Por qué el arzobispo no ha quemado también la Alhambra,

además de los libros?

¡Puede que las consecuencias fueran menos graves!

Sosegaos, mi señor.

Estoy segura de que Cisneros busca dar buen servicio a Castilla

y a la cristiandad.

¿Qué servicio procura si trae de nuevo la guerra a Granada?

Cierto es que en unas semanas ha habido más conversiones

que en todos los años pasados.

Como era vuestro deseo,

Granada es una ciudad cada vez menos mora y más castellana.

¿A qué precio?

¡Ya no hay moro en Granada

que no esté dispuesto a favorecer un desembarco turco!

O de algún emir del norte de África.

Es sabido

que a su eminencia reverendísima le falta diplomacia,

no obstante... Culpa nuestra entonces,

por no haberle proporcionado la compañía necesaria.

Enviemos a alguien que encauce las aguas

y evite que el río se desborde.

¿Estáis de acuerdo, mi señor? Lo estoy.

Vos, Cabrera, sois el hombre adecuado.

Pero una cosa debéis tener en cuenta:

querer hacer bien las cosas

no significa que renunciemos a hacerlas.

Me complace veros satisfecho en nuestra corte.

Servidnos bien,

y treparéis por su árbol como un gato montés.

Serviros ya es suficiente recompensa.

Aún puede ser mayor.

Más pronto que tarde,

un rey acabará marcando el paso en Italia.

Yo voy a ser ese rey.

Es de justicia.

Os asisten vuestros derechos al trono de Nápoles

y al ducado de Milán.

¿Comparte vuestro padre esa opinión?

Necesito el apoyo de su santidad, bien lo sabéis.

Vos aún habéis de encontrar vuestro lugar en esta corte.

Si el papa vela por los intereses de Francia,

estará velando por los de su propio hijo.

No os quepa duda, su santidad estima lo que habéis hecho por su estirpe.

Estoy seguro de que os apoyará sin reservas.

Partid entonces hacia Roma.

Traednos garantías de esto que nos decís.

Contad con ello.

¿He de ganarme el favor de la corte?

¿Cómo podría, si no soy capaz de retener a mi esposo junto a mí?

Debéis lograrlo,

sois infanta y archiduquesa.

Vuestra presencia en Flandes responde a designios que han de cumplirse.

Desengañaos.

Una española nunca será querida en estas tierras.

Pues sed menos española, señora.

No me educaron para dejar de ser quien soy.

Nadie os pide tal cosa.

Ninguna dama os iguala aquí,

pero muchos entienden como.... desprecio

que no asimiléis sus gustos y costumbres.

Os aseguro que si lográis ganaros a la corte,

con ello os ganaréis también a vuestro esposo.

Debéis reaccionar, alteza.

O el archiduque puede acabar devolviéndoos a Castilla.

Jamás.

Eso jamás. -Entonces,

permitid que os ayude.

Así pues, envían a mi propio hijo a cobrar los favores prestados.

El porvenir de Italia está en manos del rey de Francia,

como el nuestro.

¿Acaso lo dudáis?

¿Pretendéis que sea como Fadrique? ¿Un títere en sus manos?

No puedo ceder.

No solo cuenta Francia.

¿Tanto os han sorbido el seso en la corte que no lo veis?

Calculad las represalias de Isabel y Fernando.

¡Basta ya!

¡Terminó el tiempo de mantener el equilibrio entre los rivales!

¡Si no contamos con el respaldo de uno de los bandos,

antes o después, ambos nos arrollarán!

No defiendo mis intereses,

estoy velando por nuestra supervivencia.

¿No lo veis?

Tener que hincar la rodilla ante semejante miserable.

Lamentaos cuanto queráis.

¡Estamos con él o contra él!

De acuerdo,

el ducado de Milán será francés.

Pero no quedaré ante la cristiandad

como un vasallo de vuestro benefactor.

Haremos que sean sus católicas majestades

quienes nos echen en brazos del francés.

Preparaos,

debéis viajar a Castilla.

Mi señora,

os presento a quien va a ayudarnos a poner fin a nuestros problemas.

Debéis acabar mi labor,

prometédmelo.

Hay que borrar el islam de Granada.

Sosegaos,

medid vuestro ímpetu.

Casi provocamos una revuelta. -Bendita sea,

si es un atajo para conseguir nuestro fin.

¡Cómo podéis decir tal cosa!

Morirían inocentes,

quizá vos y yo.

Pero los reyes...

Los reyes no dudarían en aplacarla.

Sería el fin de la permisividad hacia el moro.

La fiebre os lleva a decir disparates.

Cuando sanéis, os arrepentiréis.

Solo me arrepiento de no haberlo conseguido,

y de morir

dejándoos a vos

la conclusión de un trabajo que...

que os es tan ingrato.

¿Conocéis este baile?

Creía que solo se ejecuta en Flandes.

¿No es ahí justo donde nos encontramos?

¿Sois vos el artífice de esta transformación?

Os felicito, señor de Belmonte.

¿Qué dirían de vos en Castilla?

No me hagáis viajar a tierras lejanas

cuando toda mi felicidad tan cerca se halla.

Sois la estrella que ilumina la corte con su brillo.

Es solo el fuego

que arde en mi corazón.

Procurad que no se apague,

pues esta noche ha de indicarme el camino que he de recorrer.

Es la petición que me solicitasteis.

Hemos de ser uno, ninguna reserva ha de distanciarnos.

Sed indulgente con mis apremios.

A veces me traiciona el tanto amor que siento por vos.

Debemos saber cuándo contener nuestras ansias,

pues somos soberanos,

y no animales o salvajes.

Hoy no contendremos ansia alguna.

Leed, eminencia reverendísima.

La petición, de puño y letra de la archiduquesa,

pidiendo un obispado en Castilla.

Para vos.

No volveréis a tener queja de mi esposa.

Y espero que, en breve, la corte tampoco.

Ha llegado carta de Juana.

En buena hora.

Pide un obispado para Busleyden, el consejero del archiduque.

Los tiempos de las prebendas acabaron.

Su eminencia no se hará con las rentas

de una diócesis que no tiene intención de pisar.

Nuestra hija nunca escribe,

y cuando lo hace, es para solicitar algo

que sabe que no nos ha de agradar.

¿Es propio de su alteza la infanta interesarse por tales asuntos?

El archiduque guió su mano, sin duda.

¿Tan sometida está a los dictados de su esposo?

Cuyos intereses con tanta frecuencia se oponen a los nuestros.

(Suspira): Pobre Juana.

A qué situación la hemos llevado.

Fuensalida,

habréis de demorar vuestro viaje a Inglaterra,

el acuerdo matrimonial de Catalina puede esperar.

Id primero a Flandes.

Alentad la independencia de mi hija,

recordadle que siempre ha hecho gala de criterio.

Que sepa que tiene el respaldo de sus padres.

Y hacedle ver que su bien nunca será posible

en detrimento del nuestro.

¿Como se encuentra su eminencia reverendísima?

Peor de lo que nos gustaría, las fiebres no dan tregua.

La reina está preocupada por él.

Es su deseo que se le dispense cualquier remedio que necesite.

Nada ha faltado al arzobispo de Toledo,

ni le faltará.

¿Es eso lo que inquieta a su majestad?

Los reyes están preocupados

por la deriva de los sucesos en la ciudad.

Hacen bien,

Granada puede estallar en cualquier momento.

Para evitarlo, me han enviado aquí.

Alabado sea el Señor.

¿Desconfían, pues, de las conversiones forzosas?

Quizá,

pero tal desconfianza no es comparable

a la satisfacción por el éxito de las mismas.

¿Queréis decir que no van a rectificar?

¿Veis diferencia entre lo que viven los seguidores de Mahoma

y lo que vivieron los judíos en su momento?

No me llevo a engaño, y vos tampoco deberíais hacerlo.

Yo he venido a templar los ánimos,

no a proteger la fe de Mahoma.

El islam pronto será historia en Castilla.

Y si Cisneros muere,

vos habréis de terminar el trabajo.

¡Cómo que deseáis comprar el ducado de Gandía!

De allí somos naturales, siendo heredero de mi padre....

Ese ducado perteneció a vuestro difunto hermano.

¿Pensáis disputar la herencia a sus descendientes?

Nuestro fin es poseer un señorío en el reino que nos vio nacer

y así serviros fielmente, nada más.

¡Pretendéis hacernos cómplices de vuestros manejos!

¿En verdad creéis que vamos a aceptar?

Pareciese que reprobáis los deseos e intenciones del santo padre.

Solo Dios puede juzgar al papa.

Pero no es secreto para nadie que la reina de Castilla

no aprueba todas las disposiciones de su santidad.

¡Basta ya!

Sea legítima vuestra petición o no, olvidáis un detalle:

sois duque en Francia.

En nuestros reinos nunca tendréis un dominio

que podáis poner a los pies del rey Luis.

¿Dudáis de mi lealtad?

Sabed que ofendéis más al papa que a mí,

pues sufrirá al conocer

que su descendencia no es querida en la tierra que le vio nacer.

¡Ateneos a las consecuencias!

¿A qué ha venido esta petición descabellada?

Lo ignoro,

pero temo que no tardaremos en saberlo.

Mi señor, ¿me habéis hecho llamar?

Pasan los años,

y entonces comprendemos a nuestros mayores,

justo cuando nos faltan.

¿En qué pensáis, majestad?

En mi padre,

y en el deseo que tuvo hasta su último aliento

de que mi hijo Juan se educase en Aragón.

Si mi hija Isabel pare varón,

habrá de educarse en nuestros reinos.

¿Estarán de acuerdo los reyes de Portugal?

Es nuestro heredero.

La pieza fundamental para mantener el mecanismo

que hemos puesto en pie.

Os comprendo, majestad,

pero no será fácil conseguir su beneplácito.

Castilla es lugar seguro.

En Portugal se levantan voces contra mi yerno.

Ven peligrar sus privilegios

si la unión de nuestros reinos se asienta definitivamente.

Si de voces pasan a gritos, habremos de socorrer a don Manuel.

De momento,

vamos a hacer justo lo contrario: daremos eco a esas voces.

Que mi yerno no pise firme y necesite de nuestro apoyo.

Mientras,

que regrese a su reino dejando a su hijo en lugar seguro.

Juego peligroso el que proponéis,

¿no teméis que se nos escape de las manos?

Si así sucediese,

nuestro ejército acabaría con las disensiones.

Pero el príncipe no saldrá de aquí.

Llaman a la puerta

Pasad.

Mi señor,

su alteza ha roto aguas.

Decid a vuestra madre que deseo verla.

¿Quién es, Ibrahim?

¿Qué puede traeros hasta mi humilde casa?

Vuestra fama,

y mi necesidad.

Preciso de un gran servicio de vos.

Sois el buen alfaquí.

Mucho habéis hecho por nosotros.

Os ayudaré en todo lo que pueda.

Mi señora.

Isabel.

Temo no traer buenas noticias.

¿Nuestra hija?

La criatura, viene mal.

¿Hay peligro? ¿Qué ha dicho la partera?

Difícilmente vivirá.

Salid todos.

Salid.

Vos no, quedaos.

Madre, tengo tanto miedo...

Estad tranquila, hija mía, Dios no nos va a abandonar.

¿Qué pretendéis?

Salvar su vida.

Eminencia reverendísima,

no voy a permitir que manos infieles toquen a mi señor.

Es nuestro último recurso.

¿Vais dejarle a merced de las malas artes

de una bruja mahometana?

¡Estáis loco!

Salid, di esta es la ayuda que vais a dar a vuestro señor.

¡Salid os digo!

No le falta razón.

Ahí yace el enemigo de los míos y de mi fe.

Su bien traerá nuestro mal.

¿Podéis salvarlo?

Hacedlo por mí.

¿Por qué Dios nos castiga de esta manera?

Es momento de confiar en su misericordia.

Concede a las campesinas hijos sanos de los que nada depende,

y sin embargo... Sosegaos, os lo ruego.

Vuestra angustia de poca ayuda es.

(Contracciones).

Aguantad, hija mía, os lo ruego, aguantad.

Es varón.

¿Y mi esposa?

Es un varón, Isabel.

Os dije que Dios estaría de nuestro lado.

Sabéis tan bien como yo

que me estoy muriendo.

¿Por qué decís eso? Solo necesitáis descansar.

Por fin podré hacerlo,

mi alma está tranquila.

He cumplido mi deber con vos,

y ahora cumpliré con el Señor.

Todo es culpa mía,

yo os llevé al matrimonio.

Perdonadme.

Cuidad de ese hijo mío.

Más lo habéis deseado que su propia madre.

Sois un buen hombre.

Mi señora,

guardad vuestras fuerzas.

Debéis recuperaros.

Nuestro hijo necesita de vos.

Yo necesito de vos.

Llorad,

llorad,

mas no os aflijáis por mí,

pues voy al encuentro

del único esposo que debí aceptar.

Dios mío, no me la arrebatéis, no me la arrebatéis.

Oídme bien:

nada me va a separar de ese niño.

Aquí ha nacido

y aquí crecerá,

pues tan rey va a ser de Castilla como de Portugal.

Pensamos como vos,

y haremos lo posible.

No, mi señor.

Es decisión tomada.

Prometí a mi hija que cuidaría de él,

y voy a dejarme la vida en ello.

Pues si algo le ocurriera,

Juana sería la sucesora.

En estos momentos, eso sería una catástrofe.

Siendo así, debemos evitarlo por todos medios.

Id a Portugal.

Llevaréis la noticia personalmente a mi tía.

Pedidle que venga con vos a Castilla

y contadle qué esperamos de ella.

Espero que sea importante,

muy importante, lo que habéis de decirme.

Isabel, reina de Portugal, ha muerto.

¿Sin descendencia?

Fue durante el parto, dio a luz a un varón.

Pero el niño es débil.

Solo su frágil existencia os separa del trono de Castilla.

Bueno, eso y...

la voluntad de vuestra esposa.

Podría haberse llevado Dios a los dos.

Volved junto a la archiduquesa, nada sabe aún.

Agradecerá que seáis vos quien se lo digáis.

Perded cuidado.

Cumpliré con mis obligaciones,

con nuestros intereses y con mi esposa.

Siento ser portador de tan malas nuevas.

Venid, sentaos.

Qué triste destino para mujer tan excelente.

Al menos parió varón.

El contador os dará el dinero que necesitéis

para proveeros de ropas de luto vos y vuestras damas.

¿Os vais ya?

Bien temprano aprendí

que en estos momentos uno prefiere estar a solas con su dolor.

Volveréis, ¿no?

Siempre que me necesitéis.

Guardaré el luto en mis aposentos.

No saldré y nadie me verá.

Pero cuando vos me visitéis,

no hallaréis sombra de tristeza ni en mis ropas, ni en mi ánimo.

¡Os lo juro!

Mantendré a mi esposo y a mi hija

lejos del dolor que atormenta mi corazón.

Pobre Isabel.

Más que una hija era para mí.

A todos ha arrasado su pérdida.

¿Cómo han bautizado al niño?

Miguel,

así lo ha dispuesto vuestro hijo de acuerdo con sus majestades.

Es el primero,

puesto que ninguno llamado así ha gobernado estos reinos.

¿Vivirá para que ese destino se cumpla?

Aún es débil, el parto fue muy difícil.

Esperemos que pronto puedan volver a Portugal.

La presencia de mi hijo empieza a ser indispensable.

¿Qué ocurre, Chacón? Hablad sin reservas.

La reina reclama vuestro apoyo

para que el rey Manuel consienta en que se eduque en Castilla.

¿Ha olvidado mi sobrina

que el príncipe es el heredero de la Corona de Portugal?

He de recordaros que también lo es de Castilla y Aragón.

Tranquilizad a su majestad;

sabremos educar al príncipe en consecuencia.

Si vuestros oponentes os lo permiten.

Hay quien se cree con derecho a arrebatar el trono a vuestro hijo.

Lunáticos y aventureros los hay en cualquier reino.

En Castilla, sin embargo, toda resistencia ha sido vencida.

Es un reino seguro para que crezca el príncipe.

¿Tiene Castilla algo que ver con las tensiones nos apuntan?

¿Qué pensaría mi hijo

si le hago partícipe de estas sospechas?

No lo haréis,

porque vos luchasteis por la unión de nuestros reinos

y sabéis lo que a todos nos conviene.

Tened presente una cosa:

la reina jamás permitirá que la alejen de su nieto.

Cuanto antes se resuelva el asunto, mejor le irá a Portugal.

Y a vuestro hijo.

¿Cómo pudisteis permitir

que la infanta enviase semejante petición a los reyes?

Ignoraba que Busleyden pretendiera un obispado en Castilla.

Nada sabía de ello, os lo juro.

Vuestra misión era saberlo todo.

Habéis descuidado vuestro deber y con él a la infanta.

¿Y qué hace en su cámara?

¿No es la hora en que suele escuchar misa?

La archiduquesa no abandona sus aposentos.

¿Cómo decís?

Llaman a la puerta

¡Adelante!

¡Alteza!

¿Acaso no os han participado de la desgracia

que asola a vuestra familia?

Así es,

y mi corazón está de luto.

¿Vuestro corazón?

Solo mi esposo y mis sirvientes más fieles me ven.

De la mirada del resto me mantengo alejada.

En cuanto a mis ropas...

La archiduquesa viste luto únicamente en soledad.

¿Y creéis que es forma de comportarse tan alta y cristiana persona?

Muchos en la corte alaban la... -Vos callad.

Quien nace infanta de las Españas

nunca deja de serlo.

Tenéis una responsabilidad hacia vuestros padres,

un deber que cumplir.

¿Creéis que les complacería veros de esta guisa?

No estoy casada con mis padres.

Podéis iros por donde habéis venido.

No tengo necesidad de inquisición en mi vida.

Decídselo.

Fuera.

¡Dejadme sola!

Agua...

¿Qué ha ocurrido durante mi convalecencia?

¿Hay algo que deba saber?

La secta de Mahoma vuelve a sentirse fuerte.

¿Y las conversiones?

Han menguado,

porque ha descendido el celo en hacerles llegar la fe verdadera.

La mal entendida bondad de Talavera.

¿Dónde está?

Celebrando un funeral.

La reina de Portugal ha muerto al dar a luz a su hijo.

No podemos perder lo que ya creíamos ganado.

¿Puedo confiar en vos?

Vuestra archiduquesa os pide perdón.

El inmenso dolor que siento por la muerte de mi amada hermana

ha hecho que relegara mis responsabilidades en la corte.

Disculpad mi debilidad,

más aún cuando me habéis demostrado afecto y devoción

respetando el retiro que elegí.

Pensaba que vuestro dolor

iba a quedar encerrado en vuestros aposentos.

La desolación no me ha dejado ver cuál es mi deber.

Pero, cuando vengáis a verme,

encontraréis a la esposa que esperáis.

Señora,

venid vos a verme también.

Tengo unos encajes que por mi condición no podré usar

y que a vos os harán muy buen servicio.

¿Os desagradan las condolencias de su santidad?

Así es,

pues le preocupa más el ducado de su hijo

que el alma de nuestra Isabel.

Y lo demuestra con palabras infames.

"Vos señora, que habéis usurpado un trono,

no deberíais erigiros en juez moral de otros gobernantes".

¡Me llama usurpadora!

En vez de procurarnos el consuelo del que tan necesitados estamos,

el papa clava otro puñal en mi pecho.

Esto es una ruptura.

Solo nos falta que, después de nuestro yerno,

se nos haga francés el papa.

El papa nos abre las puertas de Milán.

Pensaba que tardaría más.

Mucho le han desairado los españoles, al parecer.

Es perro viejo.

Su santidad se ha buscado una coartada para darnos su apoyo.

¿Y esa merced, viene sin carga alguna?

No contento con el ducado, su santidad pide ahora

la mano de una princesa para su bastardo.

Un día me pedirá la Corona

y, si no estoy hábil, se hará con ella.

Su bendición es indispensable para entrar en Milán.

¿Qué pensáis hacer?

Concederemos a César Borja una esposa de sangre real,

mas no será francesa:

Carlota de Albret, la hermana del rey de Navarra.

Quedará satisfecho.

Entroncará al bastardo con la realeza y afianzará su posición.

Y espero que su dicha sea comparable

a la contrariedad de Isabel y Fernando.

¿Pensáis abrir un nuevo frente en Navarra?

De momento, que disputen con su rey.

Mientras, nos haremos con Italia.

Fijaos qué trabajo más minucioso.

Sería una pena dejarlo para pasto de polillas.

Dadme las tijeras.

Esto será suficiente para un buen cuello.

Gracias, mi señora.

Pero llevaos también para unos puños.

¡Ah, ah, no, por favor!

¡No te muevas, perra, o aún tendré que rajarte la cara!

(Llora): No...

¡Por favor, pare, señora! ¡Por favor!

Estáis loca.

¡Loca!

¿No os gusta más así, mi señor?

Os servirá de doncella y paje, eh.

¡Debería acabar con vos! -¿Creéis que no lo estáis haciendo?

¡No me conformo con ser vuestra esposa!

¡También he de ser vuestra amante!

¡Porque o soy todo para vos, o no seré nada!

Volvéis a Castilla.

Aprovechad los últimos días que os quedan

para despediros de vuestra hija porque no volveréis a vernos.

¡Eso lo veremos!

¡Abrid, en nombre de la reina!

¿Qué buscáis?

Dile a la bruja que vive aquí que salga.

Nadie hay más que yo.

¿Tendré que prender fuego a la madriguera

para que salga la alimaña?

¡Acompañadnos!

¿Por qué, adónde?

¿Es esta la justicia de la reina?

(Todos): ¡Dejadle, dejadle!

¡Le vais a matar!

¡Detente, perro cristiano!

¡Dejadle!

¿Te atreves a llamarme perro?

¿Tú te atreves a llamarme a mí?

¡Hereje!

¡Hija de mil rameras!

(Gritan).

¡Por Alá!

¡Por Alá y su profeta!

Regresad.

Asegurad a mis padres que en todo seguiré su consejo.

Con nadie puedo contar en esta corte.

Pero, señora,

el archiduque ha dicho a todo el que ha querido oírle

que volvéis a Castilla.

Tendrá que desdecirse.

Ahora todos, incluido mi esposo, saben a quién se enfrentan.

Este es mi lugar

y de aquí no va a moverme nadie.

Señora, vuestro esposo pretende repudiaros.

Despreocupaos,

no lo hará.

Llevo otro hijo suyo en mi vientre.

Dios quiera que sea varón y así se apuntale para siempre

mi posición en la corte.

Recibid mi enhorabuena, alteza.

Debéis ocultar vuestro estado.

Que todo siga según el archiduque ha previsto.

¿Me pedís que vuelva a Castilla?

Es lo más sensato, confiad en mí.

¿Pretendéis que el archiduque la repudie?

Flaco servicio nos hacen vuestras necias palabras.

Pensad en la reacción del archiduque

al enterarse de que su descendencia ha ido a nacer en Castilla.

Pensad si, además, dierais a luz a un varón.

Se arrepentiría

y suplicaría mi regreso.

Y más, señora.

Aceptaría todo lo que le pidieseis.

Vuestra vida empezaría de nuevo.

Sin contar con las ventajas que Castilla obtendría

para negociar con él.

¡Estad preparados!

¡Don Andrés!

Aún estamos a tiempo: hay que evitar un baño de sangre.

Marchad, no sois soldado.

Ocuparos de lo vuestro.

Voy a dar la comunión a cada uno de vuestros hombres.

Descuidad, no interrumpiré los preparativos.

Griterío en el exterior

¡Estamos en Castilla!

¡Defendamos nuestro reino y nuestra fe

como haría el apóstol Santiago!

Abridme.

¡Abridme!

¡Mi señoñr!

¡Seguidme!

"¡Domine Deus noster

tu exaudiebas illos Deus

tu propitius fuisti eis

et ulciscens in omnes adinventiones eorum.

Exaltate Dominum Deum nostrum et adorate in monte sancto eius

quoniam sanctus Dominus Deus noster!".

Todos me conocéis.

Deteneos, pues aún estáis a tiempo.

No sigáis si no queréis perderos,

pues nada ganaréis sino el castigo de vuestros reyes.

Alá ha querido que el hombre más justo

haya de ser el primero en morir.

¡Esperad, hermanos!

¡Conteneos!

¡Conteneos!

El buen alfaquí siempre ha buscado nuestro bien.

Solo queremos vivir en paz,

de acuerdo a nuestra fe y a la ley de Castilla.

No conseguiréis paz derramando sangre.

Así solo obtendréis vuestra propia destrucción.

Confiad en la ley que os protege, la reina hará justicia.

Tenéis unos acuerdos firmados por los reyes

que velan por vosotros.

La reina de Castilla siempre ha cumplido su palabra.

Vuestros soberanos nada saben de lo ocurrido.

¡Y cuando lo hagan,

lo harán por boca de nuestros enemigos!

Yo mismo iré a hablar con ellos.

Yo les diré cómo se han traicionado vuestros acuerdos.

Os traeré el perdón real.

Aún estamos a tiempo.

¿Vos refrendáis lo dicho?

Todo empezó por mí, y yo os pido que aquí acabe.

Madre,

¿creéis que los reyes van a cerrar los ojos?

Tanto como creo en Alá, creo en la palabra del buen alfaquí.

No puedo posponer por más tiempo mi viaje a Inglaterra.

De allí regresaré a Castilla

y esperaré con los reyes la llegada de la infanta.

Vos la acompañaréis.

Les escribiré para que estén al tanto de todo.

Partid sin cuidado.

¿Cómo hacerlo si he de dejar todo en vuestras manos?

Mucho me habéis decepcionado.

Tratad de enmendar en parte el mal servicio

que vuestras majaderías han prestado a su alteza.

Velad porque mantenga su dignidad y, sobre todo,

que no titubee en su vuelta a Castilla.

¿Por qué me encomendáis tan alta misión,

si ya no gozo de vuestra confianza?

Porque solo cuento con vos.

Pero de todo ello

hablaremos en Castilla.

Majestad.

Sobrina,

vuestro dolor es el mío, bien lo sabéis.

Habéis viajado rápido.

La impaciencia por conocer a mi nieto parecía dar alas a los caballos.

Pues no demoréis vuestro deseo.

Aquí tenéis a Miguel de Portugal,

que también será rey de Castilla y de Aragón.

Querido amigo,

en vuestras manos y en las mías está resolver las desavenencias conyugales

que a todos perjudican.

Solo el archiduque puede.

Dadle consejo,

pues es vuestro señor y es vuestro deber.

Es mi señor,

y puede que dentro de no mucho, sea también el vuestro.

¿Tan sólido veis el futuro del príncipe nacido en Castilla?

Así es,

¿qué habría de pasar?

Por lo pronto, muchos años hasta que llegue a ser rey.

Y entretanto, tantas cosas pueden suceder.

Si pretendéis que influya en las decisiones de la archiduquesa,

habéis errado de hombre, pues es el otro el consejo que sigue.

Vuestra señora no debe volver a Castilla.

Su lugar está con su esposo, encontrando acomodo con él.

Fuensalida y vuestros reyes miran hacia al pasado,

vos habéis demostrado ser capaz de guiar a Juana hacia el porvenir.

Sois hombre de gran valía, Belmonte.

Debéis estar junto a quienes van de la mano de la historia.

Disculpad, eminencia reverendísima, pero tengo asuntos...

Estáis en una de esas encrucijadas que marcan una vida.

Elegid bien.

Si Felipe reina algún día en Castilla,

sabrá compensar a quien estuvo de su lado.

¿Cómo os atrevéis a pedirme que deje a mi hijo en corte extraña?

¿Extraña?

¿Os sentís así entre nosotros?

Con esta petición demostráis

que con cien ojos habré de velar por mis intereses

y por los del príncipe en Castilla.

Castilla es uno de los reinos que heredará.

Como también lo es Portugal.

Siempre que podáis defender la Corona hasta que llegue su hora.

No consentiré poner en peligro al heredero

para afianzaros en vuestro trono.

Tan soberano soy como vos,

y Portugal en nada es menos que Castilla.

Nadie lo discute.

Pero sobre todo ello me asiste mi derecho de padre.

Miguel vendrá conmigo a Portugal.

Lo último que oí de labios de mi hija

fue que cuidase de él.

No dudéis que lo cumpliré.

Mi señor,

hay algo importante que debéis de saber.

Si venís a seguir castigándome

o a pedir una reparación por mi conducta...

Si vuestro exceso fue grande, el mío fue aún mayor.

Me arrepiento de mis palabras,

y os pido perdón por ellas.

Soy vuestro esposo,

este es vuestro hogar y aquí debéis permanecer.

No deseo para mis hijos un hogar sin respeto ni amor.

No conocí hogar semejante hasta llegar aquí.

¿Dudáis de que os ame?

No puedo pensar en mi vida sin vos.

Dejaros partir sería peor que la propia muerte.

¿Decidme si no es eso amor?

Mucho hemos de perdonarnos mutuamente.

Ved si estáis dispuesta a ello

y a seguir compartiendo vuestra vida conmigo.

Sabéis que no hay otro anhelo en mí.

Entonces, no os iréis.

Nunca fue mi deseo.

Espero haceros tan feliz como vos acabáis de hacerme a mí.

¡Señor!

He de deciros algo...

César Borja y Carlota de Albret.

Emparentan al bastardo con la familia real de Navarra.

La noticia coincide con la petición de Juan de Navarra

de recuperar sus posesiones en Castilla.

Mientras exige que nuestras tropas salgan de su reino.

Detrás está la mano del rey Luis de Francia

y su intención de hacerse con Navarra.

No lo hará.

El rey Juan habrá de respetar nuestros acuerdos.

¿Y esas peticiones?

Una cortina de humo que no ha de impedir nuestra visión.

Contestemos al rey de Navarra sin vacilación.

Él sabe que sin nuestra protección, la guerra civil asolaría su reino.

¿Qué codicia Luis, entonces?

Italia.

Hemos firmado un tratado de paz.

En estos tiempos,

un tratado no vale la tinta con la que se firma.

Pero nada conseguirá sin la bendición del papa.

¿Creéis que cuenta con ella?

Ahora sabemos a qué vino reclamar Gandía.

Los Borja han jugado bien la baza de la ofensa.

Pidieron algo que jamás les concederíamos.

Para alejarse de nosotros y apoyar a Luis.

¿Hemos de ver en su santidad a un vasallo más del francés?

Debemos prepararnos.

La partida ha comenzado

y nuestros oponentes ya han movido sus peones.

Vamos,

pongámonos en marcha cuanto antes.

¿No deberíais atender aún a vuestra salud?

Es mi obligación ir a ver a sus majestades.

No está tan quebrada mi salud

como para no dar cumplimiento a mi deber.

Vos,

permaneced en Granada,

aquí está vuestro sitio.

Decidme.

¿Eran ciertas las promesas que hicisteis a los moros?

La revuelta ha terminado,

es lo único que importa.

Vuestra torpeza en cumplir lo encomendado

a punto ha estado de acabar

con lo que tanto esfuerzo costó conquistar.

Eminencia reverendísima, en atención a vuestra salud,

sentaos en nuestra presencia y decidnos lo que hayáis de decir.

Gracias, majestad.

Espero que mi vigor dure hasta volver a Granada,

para culminar mi misión.

Trescientos moros se bautizaron el mismo día de la revuelta,

pero todo se torció porque Satanás siempre procura estorbar lo bueno.

Entonces,

¿fue el demonio quien casi prende fuego a Granada?

No,

el que lo impidió,

pues creo que el castigo hubiese sido grato

a ojos del Altísimo.

Sofocar la revuelta a sangre y fuego hubiese acabado con la herejía.

Y con vuestra tibieza.

¿Habéis obrado así a propósito?

¿Pretendéis que los moros se alcen contra la Corona

para obligarnos a someterlos?

¡Sea el martirio su salvación!

¿Acaso los obstinados que se resisten a ser cristianos

merecen ser castellanos?

O tal vez

habéis dejado de temer

que abran las puertas de la península al turco.

¡No!

¡Que se conviertan o se vayan!

Pero hay tratados firmados.

¡Castilla solo puede ser cristiana!

¡El compromiso de sus majestades con Dios

vale mil veces más que el contraído con los infieles!

El cuerpo de un reino cristiano no puede vivir con gangrena.

Amputasteis el miembro judío, ¿por qué mantener el mahometano?

¡Lo que no queremos, eminencia reverendísima,

es que el cirujano mate al paciente!

El arzobispo, a pesar de sus faltas,

ha razón en una cosa.

No podemos desandar lo andado.

¿Qué cuentas habéis de saldar con Isabel

para secundar sus planes?

La defensa de mi familia casi me cuesta la vida.

Nada hay más importante.

Por eso haré lo que sea necesario por nuestro bien.

Necesitáis a Isabel y Fernando a vuestro lado

para defenderos de vuestros enemigos.

Salí de Portugal para ser el rey más grande de la cristiandad,

y he de volver humillado.

Mi debilidad acrecentará su ambición.

No.

Pues volveréis siendo mejor rey.

Presentad la decisión de dejar al príncipe como propia

y regresad sin él,

pero con una reina.

¿Qué estáis proponiendo?

Que el príncipe se eduque en Castilla hasta que tengáis descendencia

y aseguréis la dinastía.

Para ello,

obtened de los reyes el compromiso de entregaros una nueva esposa:

la infanta María.

Mi señora,

estamos en Castilla.

A vos corresponde el honor.

Aquí está vuestro señor,

el príncipe Miguel de la Paz,

hijo de sus altezas los reyes de Portugal

y llamado a ser el soberano

que unirá las Coronas de las Españas

y hará de este reino

el más importante de la cristiandad.

Así como todos vais a darle juramento de lealtad,

yo también quiero jurar,

a él

y a todos los presentes,

que entregaré mi vida por asegurar la suya

y con ella el porvenir de nuestros reinos.

¡Larga vida al príncipe Miguel!

(Todos): ¡Larga vida al príncipe Miguel!

Majestades, Luis de Francia ha entrado en Milán.

Teníais razón.

¿Qué pensáis hacer?

El rey de Francia tiene derecho de herencia

sobre el ducado de Milán,

en nada afecta a nuestro acuerdo.

¿Vais a dejarle el camino despejado?

Sí.

Con ello le daremos muestra de amistad,

y esta restará valor a la disfrutada con Felipe y con el papa.

¿Pretendéis que el rey Luis tenga la amistad de todos

y haga lo que quiera?

Hasta que incumpla lo firmado y nos dé razón.

Para entonces ya habremos atado bien fuerte los lazos con Inglaterra

y con Portugal.

Miguel se queda en Castilla

y Catalina ha de casarse ya con el príncipe de Gales.

Mientras tanto,

preparémonos para la guerra.

Así se hará.

Señor,

confío en tu sabiduría y en tu infinita misericordia.

Tú, que perdonaste a Pedro tras negarte tres veces.

que imploraste por quienes te crucificaban,

concédeme el perdón por lo que voy a hacer.

Debéis salir de Granada.

Buscad a vuestros amigos y familiares y refugiaros en las montañas.

En breve

no ha de quedar musulmán alguno en Castilla.

¿Traéis buenas noticias de Inglaterra?

El rey Enrique ha dado suficientes garantías.

Contad con que la infanta Catalina es ya princesa de Gales.

Si es así,

justo es que Margarita vuelva a la corte de su hermano.

Que llene en parte el hueco dejado por vuestra hija doña Juana.

Juana no ha venido.

La alegría que nos proporcionó vuestra misiva

pronto se tornó amarga desilusión.

Hemos recibido una carta notificando su embarazo.

Está firmada por el archiduque.

¡Hijo de Satanás!

¡El borgoñón ha desbaratado nuestra jugada!

¡A saber con qué manejos se ha enterado!

Fuensalida...

¡En todo estaba de acuerdo la infanta!

Y ha vuelto a ponerse a merced de su esposo.

¿Hemos de temer por la suerte de nuestra hija?

Tranquilizaos, majestad.

El señor de Belmonte cuidará de ella; confiad en él.

Hemos de asumir, para ahora y por siempre,

que con Juana no podremos contar.

Dejáis mi corazón atormentado con vuestras palabras.

Mi señora, a fuerza de ser sincero,

he de contaros del carácter mudable y, a veces, inestable de la infanta.

Aquí está la última y más grande esperanza

de todos nuestros desvelos.

Y es tan frágil...

Nosotros la fortaleceremos.

Haremos de este niño el gran rey que todos esperan.

Dios nos dé ánimo a los tres,

pues es mucha la carga que vamos a poner

sobre hombros aún tan pequeños.

De conseguirlo, toda nuestra vida habrá dado fruto.

Y nunca ha habido fuerza que nos detuviese.

A vos, que habéis sometido a todos vuestros enemigos,

¿os asusta la crianza de un niño?

Porque en batallas así he conocido mis únicas derrotas.

He visto morir a mis hijos,

a su descendencia.

Y ahora mis temores sobre Juana se han confirmado.

Solo nos queda este niño.

Perded cuidado.

Juntos, también obtendremos esta victoria.

Os presento a mi heredero:

Carlos.

Han de jurar las leyes de Castilla y Aragón cuanto antes.

Durante su estancia aquí, haremos los posible

para librar a Juana de la influencia de su esposo.

Puede que estéis armando a vuestro heredero.

Señor, el archiduque os propone matrimonio entre vuestros hijos.

Se han producido en Granada nuevos levantamientos,

la calma fue un espejismo.

Ha sido solo el primero de muchos.

¡Muerte al infiel! ¡Muerte al infiel!

Vuestra futura esposa.

La alianza con Portugal parece asegurada

con el compromiso de la infanta María y Manuel.

Hemos de solicitar a Roma la dispensa matrimonial.

Voy a arrebatarle el trono a Manuel de Portugal.

¿Nos pedís que intriguemos contra un rey legítimo?

Es insufrible que nuestros intereses dependan de ese papa.

La negativa a firmar esa dispensa a cambio de tropas y pertrechos

para haceros con la Romaña.

Fernando de Aragón propone el reparto de Nápoles.

¿En qué condiciones?

No saldréis del palacio sin firmar ese acuerdo.

No tendré escrúpulos. -Atreveos.

La delegación de Flandes ha llegado a la corte.

¿Juana está aquí?

Malas noticias de Granada.

Hay un nombre ante el que la reina tiembla,

que hace resurgir sus peores fantasmas:

Juana la Beltraneja.

¡Qué más pruebas necesita! ¿Qué quiere de nosotros?

Subtitulación realizada por Cristina Rivero.

  • Capítulo 33

Isabel - Capítulo 33

20 oct 2014

Las tensiones entre Juana y Felipe son cada vez mayores. Ante el temor de ser repudiada por su esposo, Juana cede ante él. En Castilla, los peores temores de la princesa Isabel, reina de Portugal, sobre su próximo alumbramiento se hacen realidad. Su fallecimiento agrava el daño emocional de Isabel y complica los planes sucesorios. Todas las esperanzas están puestas en Miguel de la Paz, el hijo de Isabel y Manuel de Portugal. Pero Isabel insiste en educarlo en Castilla. A cambio, Manuel desposará a la infanta María.

En Granada, la dura campaña de conversiones iniciada por Cisneros provoca una revuelta. El arzobispo de Toledo no se arrepiente por ello, pues tal era su intención con el objeto de forzar a los reyes a actuar contra el Islam con mano dura.

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