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No recomendado para menores de 12 años Capítulo 31
Transcripción completa

¿Pensáis en reclamar la Corona?

Mis derechos son incuestionables.

Ya es hora de que Nápoles y Sicilia vuelvan a ser un solo reino.

Fernando concentra sus fuerzas en Italia,

ataquemos el Rosellón.

Los franceses han tomado Salses, en el Rosellón, y amenazan Asti.

Han aprovechado que está en Nápoles el grueso del ejército.

Me ha costado reconoceros por cuánto habéis cambiado.

¡Padre, padre!

Cartógrafos reputados aseguran que no puede haber llegado a Asia.

¿Dónde fondean nuestros barcos?

En un archipiélago, en medio del océano.

Cumplí con vuestro deseo de no tomar los votos; no me casaré.

¡Haréis como se os ordene!

Haré lo imposible por despojaros de vuestra máscara.

Que la reina sepa cómo actúan sus fieles servidores.

Vais a un lugar extraño, pero nunca estaréis sola.

Soy vuestra cuñada, Margarita.

La naturaleza ha respetado sus tiempos,

aunque eso no disminuirá vuestro dolor.

Vuestro destino va a cumplirse: seréis reina de Portugal.

Debo entregárselo a su santidad personalmente.

Entonces, debéis esperar hasta su regreso.

¿Ha abandonado Roma? ¡Traidor!

¡Traidor, hijo de mil padres!

Veamos si somos capaces de desbaratar esa alianza.

El santo padre me anima a buscar una corte que me acoja,

amiga del pontífice,

con la que pueda haber buen entendimiento y alianza.

Yo, Alejandro VI, deseo que los reyes de las Españas

se titulen para hoy y siempre como sus Católicas Majestades.

Si el papa cree que con el título compensa su traición, se equivoca.

No me quiere como amigo, así que me tendrá como enemigo.

La infanta servirá antes a su esposo que a sus padres.

En todo habrá de seguirme,

pues nadie quedará a su lado que pueda contradecirme.

Subtitulado por TVE.

Ladridos lastimeros

Pobre Bruto,

él también parece inquieto por mi boda.

¿Vos por qué habríais de estarlo, alteza?

Sé de las bondades que se cuentan de Margarita.

Pero confiar en nuestra avenencia es un acto de fe.

Vuestros desvelos no tienen razón de ser.

Tiene fama de encantadora y sensata.

Y vos sois...

¿Creéis que le complacería verme combatir en unas justas

tras el enlace?

Bien es sabido

que a las mujeres las deslumbra el brillo de la armadura.

No necesitáis de tales exhibiciones para encandilarla.

Más cuando dicen menos de quién sois que de lo que tal vez deseáis ser.

Cierto,

¿por qué iba a engañarla?

Nunca he tenido la lozanía de un guerrero.

Mi padre es el rey soldado.

y yo el príncipe cazador y el amante de la música.

No todos los hombres destacan en las mismas artes.

Sed vos mismo.

De nada habéis de avergonzaros, al contrario.

Así lo haré,

pues nada puedo cambiar, por mucho que a veces lo desee.

Mostradle vuestras virtudes.

Tenéis muchas,

y bien lo sabéis.

¿Preparadas para el viaje?

Apenas puedo esperar.

Mas creo que doña Beatriz se quedaría gustosa en Flandes.

Recuerdo el oleaje durante la travesía que aquí me trajo

y tiemblo al pensar en revivirlo.

Amenazan vientos, pero iréis bien acompañada.

Al séquito de Margarita se le une el de Juana.

Todo él regresará con vos.

Pensé que solo una parte de los castellanos retornarían

para acompañar a vuestra hermana.

Cierto.

Mas la dote de Juana naufragó de camino aquí

y con ella el dinero para mantenerlos.

¿De qué han vivido esas gentes desde entonces?

De mi tesoro.

Dejaría que lo siguieran haciendo si por mí fuera,

pero mis consejeros me obligan a contener el gasto.

Pero mis señores os pagarán, sin duda.

Saben que mantener el séquito de su hija es responsabilidad suya.

Me incomoda hacerles pagar una suma tan considerable.

Habida cuenta del infortunio sufrido.

Prefiero perdonar la deuda

si no he de asumir sus cuidados por más tiempo.

Es mucha generosidad la vuestra.

Mas os rogaría que quedasen aquí algunos castellanos.

No puedo llevar en mi conciencia dejar a Juana sin séquito,

y mis señores no me lo perdonarían. -Hermano,

evitad conflictos innecesarios con mis futuros suegros.

No deseo que nada haga peligrar mi enlace.

(Suspira).

De acuerdo.

Que dos de los navíos castellanos se queden en Amberes.

Siempre que vuestros señores asuman su manutención, claro.

Reservad la desconfianza para los enemigos, Busleyden.

Somos familia.

Asunto zanjado.

Se abre la puerta

Mi señora, siento molestaos,

y más por semejante motivo.

¿Qué ocurre?

Vengo a rogaros que...

otorguéis la gracia real a un preso que cumple condena.

¿Fue juzgado de manera injusta?

Me gustaría decir que sí,

pues eso aliviaría mi apuro al pediros el favor.

Explicadme entonces qué os lleva a interceder

por un hombre culpable.

Se trata...

de mi hermano.

Fue condenado por escribir un libelo ofensivo contra mí.

¿Por qué iba un hermano vuestro a hacer algo así?

Su intención era que llegase hasta vos

y me despojaseis del arzobispado.

Para ello escupió mil mentiras.

Aunque de vuestra sangre, en poco parece estimaros.

¿Por qué perdonarle?

Bernardino no me causa rencor, sino misericordia.

Quiero creer que aún puedo llevarle por el buen camino.

Más argumentos no tengo que esa esperanza.

Entendería que ignoraseis mi ruego.

Veo que la segunda oportunidad es para vos.

Siendo así, descuidad: vuestro hermano quedará en libertad.

Bernardo de Boyl.

Tenéis buen aspecto.

Parece que ya os habéis recuperado del todo de la aventura indiana.

El cuerpo sana antes que el ánimo.

Mi labor era llevar la fe y fracasé por completo,

eminencia reverendísima.

Es una labor ímproba, llevará mucho tiempo.

Se hará eterna, dado el desinterés del almirante en la cuestión.

Tenía a don Cristóbal por un hombre de fe.

Quizá lo fue,

pero ahora no tiene más empeño que amasar riqueza y fama.

Es intolerable

que labor tan importante para la cristiandad

esté en manos de quien la desprecia.

Por ello celebro que ahora la empresa no descanse solo en él.

El obispo Fonseca,

que es leal al mandato de los reyes y de su santidad,

velará por la expansión de la fe.

Aunque, como decís, es labor ímproba:

¿cómo llevar la palabra de Dios a quienes solo hablan esa lengua?

Nada entienden.

Quizá debiéramos enseñarles el castellano.

Así podrían adoctrinar a los suyos en su propia lengua.

Esa es una gran idea, eminencia.

Y debería ser puesta en marcha sin demora.

¿Qué fue de los indios enviados por Colón,

los que fueron liberados?

Fonseca se ocupó de ellos.

Pero alguno queda en Castilla, yo mismo los he atisbado,

saltan a la vista.

Me encargaré de buscarlos.

Tened buen viaje.

¿Qué he de decir a vuestra madre cuando me pregunte?

Guardad para vos que no echo de menos Castilla,

pues aquí soy feliz.

Más feliz de lo que nunca imaginé.

¿No os sentiréis sola ahora que tanto menguará vuestro séquito?

Mi esposo me atiende en todo momento.

Si os soy sincera, apenas me percato del resto del mundo.

Pediré a vuestros padres que os traigan un nuevo ajuar.

Os lo agradezco.

No podré mantener el embeleso de mi marido

con los cuatro vestidos que se salvaron del naufragio.

Seguid siendo tan dichosa, alteza.

No adivino otro futuro que ese.

¿Os agrada el castillo, señor Guerra?

Con la recompensa que obtendréis por servirme

podréis comprar uno para vos.

Decid, ¿qué he de hacer?

Embarcaréis hacia el puerto de Roma con vuestros hombres.

Allí os reuniréis con los soldados franceses

que aún resisten en la fortaleza de Ostia.

¿Ostia?

¿Para tomar el puerto y saquear la ciudad?

No contrataría a un bucanero para una misión diplomática.

No obstante, en un primer momento,

nuestra presencia allí ha de parecer inofensiva.

Nos hemos comprometido a respetar la tregua.

¿Y cómo pretendéis que haga pasar por amistosa

la llegada de mis navíos a Roma?

Oficialmente, vuestra misión será

asegurar la retirada de nuestros soldados

y escoltarlos durante su retorno a Francia.

Entiendo.

Mas, ¿cuál será mi verdadera labor una vez allí?

Castigar al santo padre por sus pecados.

Al parecer es cierto:

en Flandes no se entiende el decoro como en Castilla.

Altezas reales.

He ansiado este momento por largo tiempo.

Sabed de mi emoción y de mi vasallaje a vos.

Querida Margarita, sentíos en vuestro reino.

Sed bienvenida,

desde este momento sois una más entre nos.

¿Ha sido benévolo el mar durante vuestra travesía?

Todo lo contrario.

Mas la Providencia ha intervenido al fin para permitir mi llegada.

¿Y Juan?

Decid, ¿cómo está Juana?

Muy feliz.

Mas hay algo que he de comentaros.

Siempre quise aprender a tocarlo,

pero nunca saqué de él una melodía tan bella como esa.

Vuestro talento es admirable.

Soy Margarita de Habsburgo.

Y ante vuestra corte

digo con júbilo

que voy a ser vuestra esposa.

¿Solo dos naves han quedado allí?

¿Ese es todo el séquito de nuestra hija?

Me inquieta saberla sola, ¿cómo se encuentra?

No tiene queja de su esposo, y este parecía sincero al decir

que no podía hacerse cargo de los castellanos por más tiempo.

Es una corte próspera.

Riqueza le sobra a Felipe para haberlos mantenido.

Si no lo ha hecho, es porque desconfía de nosotros.

¿Piensa que no vamos a pagar tal gasto?

Si así es, nos ofende gravemente.

Personaos en Flandes con un nuevo envío de dinero,

y hacedle ver que nunca más habrá de actuar con suspicacia.

Así haré, alteza.

Prepararé la partida sin demora.

No os inquietéis.

Si hubiera visto cualquier señal de desatención hacia Juana,

lo sabríais.

Os creo, mas estos matrimonios parecen destierros.

No puedo evitar preocuparme por mis hijos.

Para vuestro sosiego Juan se quedará en Castilla.

E Isabel no irá más allá de Portugal.

Quisiera que la acompañásemos en su viaje.

Ya ha vivido antes en la corte portuguesa,

no creo que nos necesite en ese trance.

Lo necesito yo.

Llaman a la puerta

Eminencia reverendísima.

Hermano mío.

Vuestra benevolencia es infinita.

No habría podido resistir más en esa celda infecta.

¿Cómo agradecer que me hayáis salvado la vida?

Me compensaréis enmendándoos.

Y contándome por qué escribisteis ese libelo contra mí.

Enloquecí de envidia al saberos arzobispo.

Sentí que la vida os sonreía y a mí me hacía burla otra vez.

He pasado dos años purgando mi culpa, arrepentido de lo que hice.

Perdonadme, hermano.

De no haberos perdonado, no estaríais aquí.

Mis obligaciones me llevarán un tiempo lejos de la corte.

He de oficiar la boda del infante Juan.

Qué gran honor para vos.

La cuestión es que necesito a alguien de confianza

para gobernar mi residencia durante ausencias como esta.

Y quiero

que seáis el mayoral del palacio arzobispal.

¿Veis?

Unos casan al príncipe heredero y otros servimos.

Solo era una chanza, hermano.

¡Asumo feliz el cargo!

¡Padre!

Los vigías informan

de que varios navíos sin bandera han atracado.

La bandera que no llevan es francesa.

¿Cómo osa el rey Carlos enviar a gente de armas?

Me acogió en su corte, se comprometió a respetar la tregua.

Según dice, ninguna intención hostil traen esos barcos.

Pero juzgad vos mismo su pobre excusa.

"Escoltar a los soldados de vuelta a Francia"...

¡Escoltar!

¡Cómo si fuéramos a impedir su retirada!

¿Qué pretenderá?

Aparte de aferrarse a sus reductos en Italia

con uñas y dientes.

Espero cualquier cosa de ese rey ambicioso y traicionero.

Si tanto se parece a vos,

poneos en su lugar y adivinad sus intenciones.

¿Qué haríais si tomaseis la ciudad?

Todo llega a nosotros por el puerto de Ostia.

¡Quiere desabastecer la ciudad!

Va a matar de hambre a Roma.

El hambre traerá revueltas, amenazará mi reinado.

Sabe bien lo que hace. -Daré cuenta al rey Fernando.

Ha de enviar a su armada de inmediato.

Harto estoy de suplicarle ayuda al católico soberano.

Agranda su ambición y siempre exige recompensa.

Pero, padre, ¿qué otra opción tenemos?

Eminencia reverendísima.

¿Atareado con la búsqueda de fondos para la expedición, monseñor?

Y satisfecho.

Aunque me duele admitir que los inversores se animan

al saber que el viaje no solo depende de Colón.

De lo cual me congratulo.

He sabido de su falta de compromiso con la misión de fe encomendada.

Sin embargo,

mi obediencia es férrea al mandato evangelizador de la reina.

Mi visita tiene que ver con la cuestión.

Estoy decidido a enseñar castellano a los nativos.

Qué interés.

¿No creéis que facilitaría su conversión?

Magnífica idea.

Es la falta de entendimiento lo que todo lo dificulta allí.

¿Viajaréis entonces a las Indias?

No será necesario

si me informáis del paradero de los indios que llegaron a Castilla

y se pusieron a vuestro cargo. -Vaya...

Lamento informaros de que, una vez liberados,

los hombres rojos fueron trasladados a Canarias.

Así lo quisieron los reyes.

Era ese un clima más propicio para su espera

antes de ser enviados de regreso a las Indias.

Cosa que ya se habrá hecho. -Curioso.

Tenía entendido que algunos habían sido vistos en Castilla.

Sí, y a mí también me han llegado tales relatos.

Mas, ¿quién mejor que yo para informaros de la verdad?

Si os soy sincero, quien me hizo tal comentario

no es hombre dado a hablar por hablar.

Eminencia os prometo que a la vuelta del tercer viaje,

se os traerán nativos para enseñarles nuestra lengua.

¿Os complace así?

Teníais razón, Gante es una ciudad muy hermosa.

No tardaré en enseñaros otros rincones de mi reino.

¿No se quejan vuestros consejeros de la atención que me prestáis?

Pensarán que estáis descuidando vuestras obligaciones.

No tengo obligación más importante y dulce que estar con vos.

¿Os estáis cansando de mi compañía?

¿Cómo podría?

Os amo tanto...

Confesad, entonces:

¿echáis de menos a Beatriz, o a vuestro séquito?

Si no los hubieseis mencionado, ni los recordaría.

¿Ni siquiera os entristece no tener caudales con los que contar?

Confío en que mis padres restauren pronto mi dote.

Si no lo hacen, yo me encargaré de que nada os falte.

Os cubriré de sedas y oro.

¿Decís entonces que yo soy lo único que necesitáis?

Desde que os conocí,

el mundo es solo una sombra,

y la única luz para mí sois vos.

Dejad que os vea.

Me estudiáis como ya hicisteis con Margarita,

sin perder detalle.

Aparte de reina también soy madre, y a veces ejerzo como tal.

El heredero de dos reinos en el día de su boda.

Me enorgullece veros convertido en un caballero.

Y para instruirme, he tenido la mejor mentora: vos.

Si en algo yerro, será mi culpa.

Aprended también de mis errores, que han sido muchos.

También con vos.

¿Por qué lo decís?

A veces temo haberos protegido en exceso.

Quizá, pero el tiempo me endurecerá.

Un caballero no ha de esquivar los daños.

Vos lo sois.

Aunque para mí siempre seréis mi ángel.

"Béne X dic, Dómine,

ánulum hunc, quem nos in tuo nómine bene X dícimus.

Per Christum Dóminum nostrum.

Amen".

Yo, en nombre de Dios Todopoderoso, os uno en santo matrimonio.

Lástima que vuestro hermano esté ausente hoy.

Me urge pedir un favor a alguien de su rango.

¿Y qué, si no se halla? No menospreciéis mi autoridad.

El mayoral de un palacio arzobispal no es ningún criado.

Decid en qué aprieto os estáis metido y veré cómo solucionarlo.

Voy a ser juzgado por el robo en un almacén de trigo.

Alguna culpa tendréis.

De ser inocente, no pediría ayuda.

No es cuestión cualquiera.

Basta que digáis al juez que mi condena sería la suya.

¿No hará eso que acabe yo inculpado en lugar de vos?

¿Con vuestra posición?

Imposible.

Descuidad, resolveré vuestro problema.

¿Más vino?

Música y risas

Creo que vuestra madre no me ve digna de vos.

Tan solo se preocupa en demasía, como siempre ha hecho.

Pronto os estimará como merecéis.

Yo, sin embargo,

me siento entregado a vos desde el primer instante.

Es un banquete magnífico,

pero... -Se está haciendo eterno.

¡Vino, vino aquí! -¡Llena bien esas copas!

¡Están ante reyes y se comportan como en la peor taberna!

Son el séquito de Margarita, no queda más que soportarles.

Si queréis ganárosla, ahí tenéis una buena oportunidad.

¡Qué forma indigna de comportarse ante reyes tan honorables!

¿Os acogen en su corte y así se lo agradecéis?

¿Ofendiéndoles con vuestra insolencia?

Abandonad este lugar del que no sois dignos

y cargad con la vergüenza que me hacéis sentir.

Aprendiendo sobre vuestra corte,

leí que en las bodas reales

es costumbre repartir pan entre los necesitados.

Así es.

Os ruego que al pan se le una el alimento que ya no van a tomar.

Gemidos

¿Creéis que deberíamos abandonar la alcoba?

Estarán preocupados.

¿Y dormir, cuándo?

Sabía de vuestras virtudes,

Juana me las hizo saber.

Pero la mejor la he descubierto por mí misma.

Creedme si os digo

que he guardado mi vigor para entregároslo a vos.

Bien ha merecido la espera.

¿No será vuestro brío fruto de la curiosidad?

Dicen que para muchos hombres la pasión decae tras la primera noche

El sol está alto, así que la noche ha quedado atrás.

Si tenéis dudas, besadme,

y os daré la respuesta.

Atento soldado.

Con los cinco sentidos.

Olfato, gusto, tacto...

¡Oído!

¡Eso es!

Y con la vista.

¿Cuáles son soldado vuestras últimas palabras?

Vuestras lecciones son más exigentes que muchas batallas, mi capitán.

(Grita): El sudor que derramáis en tiempos de paz

salvará vuestras vidas en tiempos de guerra.

¡Debéis estar atentos!

¡Con los cinco sentidos dispuestos en el campo de batalla!

Sabias palabras.

Soy César Borja.

Así que nos conocemos, aunque no hayamos sido presentados.

¿A qué debo el honor?

Roma os reclama, capitán.

¿El santo padre desea verme?

A vos y a tantos hombres como puedan acompañaros.

El destino os pone a prueba de nuevo.

Sabed que yo también me rindo ante vos por vuestros éxitos.

Venciendo al invasor habéis devuelto estas tierras

a sus legítimos señores.

Mi único mérito, santidad,

es haber cumplido con la labor que se encomendó.

Si cumplís mis órdenes con tanto celo,

pronto Roma estará liberada del yugo de ese pirata.

Desde que los franceses tomaron Ostia, Roma pasa hambre.

Ese pirata mercadea con los alimentos

haciendo que un trozo de pan valga lo que el oro.

Solo la liberación de la plaza

podrá evitar que los romanos mueran de hambre.

Y solo un militar tan glorioso como vos

puede llevar a cabo esa misión antes de que sea tarde.

Siento como mío, santidad, el dolor de vuestras gentes,

y me enorgullece ser considerado digno de tal empresa.

Mas no puedo ponerme a vuestras órdenes

sin la venia de mi señor, el rey Fernando.

Enviaré un hombre a Castilla

para que le informe de vuestra demanda.

Ojalá pueda ayudaros.

No podemos esperar tanto.

¿Qué será de Roma hasta entonces?

Por suerte, Roma, santidad, tiene un rey próspero,

que sois vos.

Podréis abastecer a los vuestros durante la espera.

Estoy seguro.

Olvidáis que, además de hombre, soy la cabeza de la Iglesia.

Temo no poder sacrificarme de tal modo, aunque quisiera.

Puerta

Os tenía por un hombre recto y respetuoso de lo que es justo.

¿Pretendéis que el robo perpetrado en el almacén de trigo de mi sobrino

quede impune?

¿De qué habláis?

¡Habéis presionado a quien juzga el caso

para que declare inocente al acusado!

Yo jamás haría tal cosa. ¡Disculpaos!

Será la reina la que decida si os acuso en falso.

Cuando vea la carta, que tiene vuestro sello.

¿Juan Ulloa?

(Asiente): Un soldado navarro.

Lleva años entrando y saliendo de las cárceles.

Descuidad.

Yo mismo me encargaré de solucionar este asunto.

Os presentaréis ante el juez al que intentasteis amedrentar,

le pediréis perdón y limpiaréis mi nombre.

¿Cómo?

Iréis luego ante la reina con el mismo fin.

Que ella juzgue si ha de revocar la gracia que os concedió.

¡Si lo hace, habré de volver a prisión!

Lo que habéis hecho también delito.

Por una causa o por otra, una celda os espera.

Pero, hermano, estoy tratando de enmendarme.

¡Ahora trabajo para vos! -¡No!

No por más tiempo, ya no sois mi mayoral.

¡No pienso humillarme pidiendo perdón!

¡Pedídmelo vos a mí, pues sois la causa de mi descarrío!

¿Cómo os atrevéis a culparme de vuestra maldad?

Podía haber sido un gran hombre como vos,

pero me torcí cuando os fuisteis de casa en busca de Dios.

¿En qué mi vocación tiene culpa

de que vos os hayáis convertido en el ser innoble que sois?

¡Porque sois mi hermano mayor y nunca ayudasteis en nada!

Hube de trabajar desde niño para compensar vuestra marcha.

¿Cómo no acabar lleno de rencor y vileza?

¡Y cargo con esa culpa!

¡Por eso os he ayudado siempre,

sin más recompensa que vuestra traición!

¿Me ayudáis convirtiéndome en vuestro sirviente?

¿Es mi sino?

¿Que mi trabajo sirva a vuestra gloria?

¿Mi gloria?

¡Mi gloria ha sido labrada con años de estudio y oración!

¡Vuestra ruina, con vino y deshonor!

Insultadme, mas no pienso volver a prisión.

¡No pienso volver!

Vuestro hermano parece haber encontrado el amor.

Siempre supo hacerse querer más que el resto.

Si lo decís por vuestra madre,

siente por vos tanta devoción como por él.

A pesar de que no siempre se lo habéis puesto fácil.

Mi boda está cercana, pronto dejaré de incomodarla.

Si supieseis lo mucho que os va a extrañar, no diríais eso.

¿Habéis visto a Cisneros? No, señora.

Debería haber acudido a mi cámara a confesar,

no falta a un compromiso.

Descuidad, iré a buscarle.

Llaman a la puerta

¿Excelencia?

¡Excelencia! ¡Excelencia!

¡Ayuda, ayuda!

¡Excelencia! ¡Excelencia!

¡Cómo se atreve Roma a reclamar los servicios

del capitán de mis ejércitos sin contar conmigo!

Es una falta de respeto,

nadie podría reprocharos si os negarais.

Nada deseo más que ponerle donde le corresponde.

Pero negándole mi ayuda, favorezco los intereses de Francia,

que podrá hacer de Roma cuanto desee.

Peor es vulnerar la tregua con una artimaña.

Dudo que desabastecer la ciudad sea el fin último del rey Carlos.

Explicaos.

Está intentando que cunda la desesperación en Roma,

acorralar al papa para que ceda en sus pretensiones en Italia.

¿Tanta consideración merece la amenaza francesa?

Parece una reacción desesperada,

para salvar el honor tras sus derrotas.

Chacón está en lo cierto.

No menospreciemos nada que permita a Carlos ganar posiciones.

Pero no olvidemos que Gonzalo es necesario en Nápoles,

la paz aún no es segura.

No es sensato dejar al ejército sin sus mejores hombres

por tiempo indefinido.

No, solo durante diez días.

Bah, decidme, ¿qué es?

Esperad.

Lo que os prometí.

Os amo sin necesidad de que me agasajéis.

Pero no dejéis de hacerlo.

Nada me agradaría más que entregároslo ya mismo.

Pero, pensándolo bien...,

agasajaros me causa temor.

¿Por qué motivo?

¿No es sabido que el marido que complace en exceso a su mujer

pierde su devoción y respeto?

¿Pensáis que yo obraría de tal modo?

Lo que siento está por encima de cualquier presente.

Y yo os creo.

Por eso os ofrendo un ajuar nuevo.

Mas poco a poco

premiaré con estos dones vuestras muestras de amor hacia mí.

Me duele que necesitéis pruebas de lo que es evidente.

Os venero.

Y si seguís haciéndolo,

mis temores se irán alejando y pronto poseeréis el arcón entero.

¿Acaso vale más lo que aquí se encierra

que conservar nuestra dicha? -No...

No, no, por supuesto que no.

Si así consigo que os sintáis seguro de mi amor,

hagamos como decís.

¿Veis que sencillo?

¿Vuestro rey solo os deja servirme durante diez días?

Es imposible que liberéis Roma en ese tiempo.

Me entregaré a la misión desde este mismo instante

y mi empeño será máximo. -Porque sois un militar magnífico.

Razón de sobra para desobedecer la orden que os ha sido dada.

Pensad en vuestro prestigio.

¿Qué será de él si dejáis una batalla a medias?

No lucho para abrillantar mi gloria.

Dejemos de malgastar el poco tiempo de que nos queda.

Mi espada caerá sobre el pirata Guerra y sus hombres

con más fuerza que nunca.

Puesto que para Roma soy su única esperanza,

os ruego vuestra bendición.

Os echábamos de menos.

Disculpad las formas, tenemos un hambre feroz.

Alteza, os aguarda un viaje por la comarca

para que empecéis a conocer el reino.

Querido, Chacón, Margarita va a envejecer conmigo en Castilla.

Tiempo habrá para conocerla.

Entendednos, ahora nos basta con tenernos el uno al otro.

Si hago memoria, os entiendo.

Pero un descanso alivia el espíritu.

Y evita que los enamorados se aburran el uno del otro.

A los enamorados lo que les aburre es el resto del mundo.

Disculpadnos.

Pero gracias por el ofrecimiento.

¿Cuánto hace que no le visitan sus galenos?

Semanas.

Dice que le ofende ser tratado de enfermo ante su esposa.

Me preocupa el príncipe.

¿Qué ocurre?

He hablado con sus físicos y censuran el esfuerzo que realiza.

Piden una tregua.

¿Una tregua en sus obligaciones como esposo?

Preocupados habríamos de estar si no demostrase ese vigor.

Si insisto, pecaré de agorero; si no lo hago,

no me iré con la conciencia tranquila.

Hablad vos con él, ved cómo se encuentra.

No es asunto para tratar con una madre.

Se abre la puerta

Eminencia reverendísima.

Vuestro hermano ha sido apresado cuando intentaba venderlo.

¿Dónde está ahora?

En un calabozo de Toledo, a la espera de juicio.

Habréis de dar cuenta de lo ocurrido.

Será un trago amargo, pero...

ni siquiera era culpa vuestra.

Lo era.

Pues si mi hermano quedó libre para delinquir

fue porque yo antepuse el corazón a la justicia.

En la corte no se habla más que de vuestra entrega a Margarita.

Hay quien opina que es desmedida.

Porque me creen endeble.

Mas no les culpo, yo también me he visto así siempre.

Ahora sé cuán errado estaba.

¿Qué queréis decir?

Que ha sido tratarme como a un enfermo

lo que me ha convertido en uno.

Por el bien de mi salud,

se me han negado los placeres más sencillos.

Pero, ¿qué debilita más que la desdicha?

Cierto.

Por lo que decís,

entiendo que habéis encontrado la felicidad junto a Margarita.

Nunca pensé que podría tener una mujer como ella.

Hace que me sienta vivo, y feliz.

Por fin, padre.

Por un momento pensé que ibais a reprenderme por mi afán con ella.

No.

Celebro haberme equivocado.

Nada me enorgullece más que ver mi naturaleza en vos.

Si a esa naturaleza heredada se le sumase algún consejo,

quizá mi fama podría rivalizar con la vuestra.

Y bien, ¿qué deseáis saber?

¿Así que sois vos el interesado en encontrar indios?

El mismo.

¿Conocéis vos el paradero de alguno de ellos?

¿Que si lo conozco?

Por desgracia.

En buena hora gasté mis ducados en esos salvajes.

¿Los comprasteis como esclavos para venderlos?

Tal era mi intención.

Mas han ido muriendo con tal cadencia

que ni en tiempos de peste he visto cosa igual.

Un simple resfriado y al hoyo.

¿Quién os los vendió?

El que ahora no me recibe, pues sabe que habría de compensarme.

Ese miserable de Fonseca.

Decid,

¿me compraréis los dos que aún viven?

Doscientos ducados por cabeza y son vuestros.

Pensad que os los entrego adiestrados.

El mercadeo de indios ha sido prohibido por los reyes.

Traedlos a mi cuidado de inmediato y agradeced que os evite la cárcel.

Perdonadme, hermano, nunca quise lastimaros.

¡No sé qué demonio habitó mi cuerpo cuando os ataqué!

¿Cómo os encontráis?

Hace frío,

apenas me alimentan y duermo entre alimañas.

Dudo siquiera que llegue vivo al juicio.

Os lo suplico, decidles que fue algo fortuito.

¡Qué nunca quise haceros daño!

¿Me pedís que mienta?

Me corregiré, esta vez sí.

Y si así lo deseáis, no volveréis a verme jamás.

¿Para que el daño que no me hagáis se lo hagáis a otros?

La prisión que me espera es aún peor que esta celda.

¡Si me negáis la ayuda, moriré en ella, hermano!

Os tendí la mano y escupisteis en ella.

Puede que os desatendiera en el pasado,

pero esa culpa ya está expiada.

La vuestra,

aún no.

Hermano...

Hermano...

Eminencia reverendísima,

traigo un remedio para vuestras heridas.

Os lo agradezco mucho, pero prefiero cargar con este dolor.

Se acompasa al que siente mi alma.

Por vuestro semblante,

diría que vuestra tristeza ya basta como penitencia.

Pero insisto...

Ha de ser difícil

sobrellevar la decepción causada por vuestro hermano.

A eso estoy acostumbrado.

Lo que me mortifica

es sentir aún piedad por él después de lo que ha hecho.

Sois a quien más le duelen sus faltas

y a quien más desea que se le perdonen.

¿No es cierto?

Bien entendéis mi calvario.

Mi padre

cometió contra la Corona un delito de caudales.

No he de explicaros la humillación que sentí

cuando se supo.

La justicia habló y acabó purgando su falta, pero,

si hubiese estado en mi mano,

le habría librado de su condena.

¿Aun a sabiendas de que era culpable?

Prefiero vivir con una mancha en mi conciencia

que permitir el dolor perpetuo de alguien de mi sangre.

Pero entonces,

¿dónde queda la justicia?

Que Dios me perdone, eminencia,

pero soy humana.

Tened un buen viaje, hermana,

y que vuestro matrimonio os dé felicidad.

Me conformaría con la mitad de vuestra dicha.

Rezaré por vos,

para que vuestra unión dé pronto sus frutos.

Pedid mejor para que el fruto nazca varón y sano.

Margarita está encinta.

¡Estoy orgulloso de vos!

La garantía de continuidad que la Corona necesita.

Y nuestro primer nieto.

Os felicito.

Miraos.

Esposo feliz, heredero,

y pronto padre de quien también lo será.

Os traje al mundo para veros con tal fortuna.

Detened el asalto,

nos batimos en retirada.

Así nada vamos a conseguir.

Gritos victoriosos

Acomodaos.

Mandaré avisar a la corte portuguesa de nuestra llegada.

Dicen que este palacio se asienta a ambos lados de la frontera.

Que algunas estancias son portuguesas,

y otras castellanas.

Decidme cuál es cuál,

pues no estoy preparada para dejar aún mi reino.

No sin antes hablar con vos.

Son nuestras últimas horas juntas

y solo habéis mentado a Juan y a su futuro hijo.

Entendedlo, la noticia ha sido un gran alivio.

Disculpadme.

Estando cerca nuestra despedida, debimos haber hablado más de vos.

No me atrevo a decir que no me queráis,

pero sí a que nunca me lo habéis hecho sentir.

Vuestras palabras me hieren en lo más profundo.

Pero quizás tengáis razón.

Siempre os he visto tan fuerte,

tan suficiente,

tan parecida a mí, Isabel.

¿Y la fortaleza ha de ser así castigada?

Nunca deja de echarse en falta el amor de una madre.

Os amo con toda el alma, Isabel.

Me avergüenza no haber sabido demostrároslo.

Os ruego que me perdonéis.

Pedí acompañaros para retrasar nuestra despedida.

Aunque eso no compense el abandono que sentís.

Ayuda a curarlo, madre.

Cuando deis un hijo al rey Manuel,

no caigáis en el mismo error.

Sed tajante cuando hayáis de serlo,

pero que nunca dude vuestro amor.

Disponemos de poco tiempo,

pero tened por seguro que la victoria final será nuestra.

Aunque seamos pocos,

aunque esa maldita fortaleza les proteja.

Preparad una avanzadilla de reconocimiento

con los mejores.

Quiero planos de la fortaleza, palmo a palmo.

Y alzad la testa.

Quizá la victoria empieza en el gesto.

(Juan respira con dificultad).

¿Aún estáis fatigado?

¿Juan?

Juan.

¡Socorro! ¡Ayuda!

¡Juan!

¡Ayuda!

¡Juan! ¡Juan!

¡Amor mío!

¡Ayuda!

¿Qué decís?

¿Vuestro hermano va a quedar libre?

No he encontrado ánimo para declarar contra él.

Mentir me está negado, más...

he guardado silencio.

¡Estuvo a punto de acabar con vos! -Y yo con él...,

de haberle devuelto a la cárcel.

Un peso que mi conciencia no habría podido soportar.

Os entiendo,

pero vuestro hermano es un hombre colérico,

peligroso.

No debe quedar impune. -Descuidad,

me he servido de mi autoridad para ingresarle en un monasterio.

¡Bah!

Su clausura será de por vida.

A nadie hará daño,

y podrá encomendarse a Dios para que le guíe, pues yo...

yo no he sabido hacerlo.

El príncipe.

La artillería concentrará el ataque en la muralla central,

así mantendremos ocupado al grueso del ejército enemigo.

Núñez, Ventura y Enríquez, habréis de contener su respuesta.

Mantened la posición,

no os acerquéis a la muralla.

Desde lo alto tienen ventaja y, además, son superiores en número.

Mientras tanto, los arqueros de Álvarez,

junto a nuestros mejores hombres,

asaltaremos la muralla por donde menos lo esperan:

por el barranco.

Soldados,

la fortaleza de Ostia será nuestra.

Abriremos desde dentro sus puertas a nuestras tropas.

¡Por Castilla!

(Todos): ¡Por Castilla! ¡Viva!

(Silba).

¡A las almenas!

¡A las puertas!

Sus altezas reales, los reyes de Castilla y Aragón,

os envían saludos afectuosos.

Y caudales suficientes para mantener al séquito de doña Juana

durante dos años.

¿Qué ocurre?

Tengo noticias luctuosas.

Los hombres que quedaron en el puerto de Amberes

no han podido resistir la espera.

¿Qué decís, han muerto?

Sin obligación de hacerlo,

mandé a mis hombres a interesarse por su estado.

Cuando llegaron, sus navíos ya eran tumbas.

El hambre y las privaciones acabaron con ellos.

Con el debido respeto, alteza, ¿no se pudo hacer nada para evitarlo?

Si hubieseis regresado antes con la ayuda,

esta desgracia no habría tenido lugar.

Pero en nada os culpamos.

Ambos reinos hemos hecho lo posible,

mas la Providencia ha obrado en contra.

Estos caudales quedarán en manos de vuestra esposa.

Os lo agradezco en su nombre.

Tengo intención de entregárselos a ella personalmente, alteza.

No conozco los usos en Castilla,

pero aquí el marido administra la fortuna familiar.

Como sabréis, las mujeres flaquean al ahorrar.

Las castellanas son austeras por naturaleza.

Vuestra esposa sabrá hacer buen uso de ello.

Tendré en cuenta vuestra opinión.

Si nos disculpáis, tenemos otros asuntos que tratar.

Os deseamos un buen viaje de vuelta a Castilla.

Dudo mucho que Isabel y Fernando os disculpen

por la muerte de esos hombres.

Conozco bien a mis señores, no les bastará esa explicación.

Y su malestar puede ser irrecuperable.

A no ser que alguien de su confianza insista

en que ninguna culpa tenéis de esas muertes.

Alguien como vos.

Intuyo que no intercederéis por nosotros gratuitamente.

Solo os pido que me permitáis permanecer en la corte.

No quisiera dejar a Juana tan sola.

Es poca contrapartida,

dado que voy a limpiar vuestro nombre ante los reyes.

Y ahora, exijo ver a vuestra esposa.

Ahí estás.

No voy a mataros así,

tengo un destino peor para vos.

Gritos e insultos

Eminencia reverendísima,

si venís a interesaros por la expedición,

sabed que estoy cerca de completar los fondos necesarios.

Lamento que, después de tanto esfuerzo,

no vayáis a disfrutar del resultado.

Vengo acompañado por la guardia.

Vais a ser apresado por mercadeo de esclavos.

Supongo que antes o después había de descubrirse.

Lo encajáis con aplomo de más.

Cuando los reyes sepan lo que hicisteis,

no tendrán miramientos.

Eminencia reverendísima,

eso no va a ocurrir.

¿Pensáis que os voy a encubrir?

Sois lo bastante inteligente como para entender que, sin mí,

el proyecto evangelizador no se completará nunca.

No sois el único hombre capaz de sacar adelante esta misión.

Ya nadie confía en Colón.

No puede conseguir el dinero para el viaje,

ni emplearía el conseguido en causas de fe.

Bien lo sabéis.

¿Sabéis cuánto me ha costado

conseguir la confianza de los inversores?

Si ahora os valéis de un escándalo para descabezar el proyecto,

¿no reclamarán su dinero de vuelta?

¿Acaso la empresa no quedaría mancillada para siempre?

Hay otros navegantes ansiosos por...

Hombres ambiciosos que buscan fortuna y grabar su nombre en la Historia.

¿Pensáis que les importan las almas?

Decís ser fiel con el mandato real,

pero lo desobedecisteis al vender a esos pobres salvajes.

Y vive Dios que no volveré a hacerlo.

El negocio ha resultado desastroso:

¿quién me compraría unos esclavos que por nada fallecen?

(Suspira).

Con mis defectos,

soy un miembro de la Iglesia

y un gestor inmejorable para este proyecto.

Denunciadme si eso aligera vuestra conciencia,

pero entonces habréis de vivir con la carga

de haber echado por tierra la salvación de miles de almas.

Está bien.

Pero habréis de comprar a aquellos a quienes vendisteis.

Me los confiaréis para que les enseñe nuestra lengua.

Leve multa para la que en realidad merecéis.

¡Majestad!

¿Traéis respuesta de la corte portuguesa?

Vengo de Castilla, mi señor, es vuestro hijo.

¿Qué le sucede?

He cabalgado hasta aquí rápidamente.

¿Viruelas?

Decidme que no está grave.

Según los galenos, el príncipe estaba muy débil.

El mal no encuentra resistencia.

¿Qué ocurre?

Nada de importancia.

Juan ha caído enfermo, pero se está recuperando.

¿Deberíamos acompañarle?

Aun no siendo grave,

no podemos dejarle solo en este trance.

Descuidad,

puedo esperar sola a mi prometido.

No pienso dejaros en una ocasión así.

Vuestro padre viajará a su lado,

y yo me quedaré con vos. Gracias, madre.

Todos los grandes de Roma piden audiencia con ese capitán.

¿El mismo que ha liberado la ciudad en ocho días?

Comprendo su entusiasmo.

No le niego el valor,

pero ensalzarle de tal modo me parece excesivo.

No deja de ser un simple militar.

Diría que os molesta que su gloria os haga sombra.

Si esa es la cuestión, aún os podéis apropiar de su hazaña.

¿De qué modo?

Cuando le recibáis, honradle tanto o más que el pueblo.

Recordad a todos que la idea de contar con él fue vuestra.

Y por tanto, la victoria también lo es.

Altezas, ruego me disculpéis

por las falsedades contenidas en mi anterior misiva.

Hube de mostrársela a Felipe de Habsburgo

y me fue imposible ser sincero.

Los hombres del séquito no fallecieron

por unas desafortunadas plagas, como os conté,

sino por la desatención del esposo de Juana.

Si esta fue intencionada o no, solo lo sabré si aquí permanezco.

Mi presencia servirá también de compañía a Juana,

ahora sola,

y, a mi parecer, vigilada en exceso por su esposo.

Ruego no os inquieten en demasía mis palabras.

Confío en que mis temores sean solo fruto del malentendido.

Por vuestra valentía y destreza, por vuestra fructífera entrega

a la causa que yo, el sumo pontífice, os encomendé.

Os entrego la Rosa de Oro,

con la que una vez al año Roma reconoce al mejor de sus servidores.

Me honráis, santidad.

Vuestro mérito ha sido mayor teniendo en cuenta

el mínimo plazo con el que contabais.

Acepté teneros solo diez días a mi servicio

porque, siendo vos, sabía que triunfarías,

a pesar de la mezquindad de Fernando de Aragón.

A quien, en su ingratitud, poco parece preocupar

el destino del santo padre y los habitantes de Roma.

Santidad,

bien haríais en reconocer

toda la ayuda que os ha prestado mi señor;

ahora y siempre.

Su generosidad ha salvado Roma,

pues quien había de velar por sus gentes,

nada hizo para socorrerlas.

Os agradezco el premio.

Estáis bellísima.

Manuel se va a sentir muy afortunado cuando os vea.

Yo también estoy preocupada por Juan, madre.

Altezas. -Señora.

Beatriz, mucho me complace veros de nuevo.

¿Sucede algo?

Parecéis inquieta.

Os dejo a mi hija para siempre,

¿no es razón suficiente para mi desvelo?

Querida,

el tiempo juega en contra de todos menos de vos.

¿No es cierto, Manuel?

Este presente apenas expresa mi felicidad por casar con vos.

Son muy hermosos, os lo agradezco.

Mi hija es de gustos sencillos,

pero que eso no os impida agasajarla y colmarla de atenciones.

No tengáis duda de que así lo haré.

Sabed que, si su vanidad no es exigente,

sí lo es su corazón.

Mucho habréis de amarla para hacerla feliz.

Y para contentarme a mí.

Os ruego disculpéis a mi madre,

pues ha de partir hacia Castilla sin demora.

¿Por qué motivo?

¿Ocurre algo?

Asuntos del reino reclaman mi presencia en la corte.

Debéis ir al lado de vuestro hijo.

Ansía despedirse de vos.

(Llorosa): No me dejan acompañar a mi esposo.

¡Os ruego vuestro permiso para estar a su lado en este trance!

Lleváis en vuestro vientre el futuro de dos reinos.

Si enfermáis, se malogrará.

Evitad que a esta desgracia le suceda otra.

Alteza, apenas queda tiempo.

Padre.

Dejad que os dé fuerzas.

Vivid, aferraos a la vida.

No puedo.

Perdonadme,

os lo ruego.

¿Qué habría de perdonaros?

Querría haber sido... mejor hijo.

Fuerte,

y sabio.

El sucesor que vos y el reino merecíais.

Os he fallado.

Decís mal.

Gracias a vos hay un heredero en camino.

Aquel que hará de dos reinos uno solo.

Nunca ha habido un padre más orgulloso que yo.

Decid adiós...

a mi madre.

No enviéis mensajeros a la frontera,

seré yo quien se lo diga a Isabel, para poder consolarla en su dolor.

¿Cómo está?

Su último pensamiento fue para vos.

Quiero ver a mi hijo.

Rezos

Dios me lo dio,

Dios me lo quitó.

(Grita).

Mi ángel.

Mi ángel, mi ángel...

Preparaos para partir,

esta carta ha de llegar a Castilla cuanto antes.

¿Cómo se atreve a reclamar el título de príncipe de Asturias?

El arzobispo de Toledo, Francisco de Cisneros,

pronto os visitará.

Los reyes de Castilla otorgan el indulto

a todo aquel que tenga cuentas pendientes con la justicia

y abrace la fe verdadera.

Colón ha traicionado nuestra confianza.

Bendita sea la paciencia tenida, pero se acabó.

¿Y si por mi causa, Francia no tiene heredero?

¡Su majestad Luis, rey de Francia!

Tras varios días, alcanzamos una gran bahía,

con una extensa de agua rugiente que resultó ser dulce.

¿Seguro de que es continente?

Deseamos que Margarita vuelva a Flandes,

no tiene sentido su permanencia en Castilla.

¡Ah, ah, ah! Margarita, ¿qué ocurre?

No responden a vuestras cartas, ¿y aún así confiáis en ellos?

Quieren separarme de vos.

Castilla da la bienvenida a su futura reina.

Iréis a Francia.

Deberá de entender asuntos que requieren astucia.

Aseguraos que Juana no está sola, y evitad que Felipe la aísle.

(Llora): No...

Majestades, la archiduquesa.

Subtitulación realizada por Cristina Rivero.

  • Capítulo 31

Isabel - Capítulo 31

06 oct 2014

La primogénita de Isabel y Fernando es la elegida por Manuel de Portugal para convertirse en reina del país vecino, destino que se vio truncado años atrás por la temprana viudedad de la princesa Isabel. No obstante, ella recalca su deseo de tomar los hábitos, poniendo en riesgo la necesaria alianza con Portugal. Muy diferente es el talante de Juana quien, a pesar de un frío recibimiento en Flandes, queda prendada de su esposo Felipe nada más conocerlo. Las continuas disputas por el trono de Nápoles se recrudecen al morir su soberano sin herederos. El Papa intervienen en contra de los intereses de Fernando y, en compensación, nombra Reyes Católicos a los monarcas de Castilla y Aragón.

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