Dirigido por: Ana María Peláez

Serie de documentales sobre los personajes más destacados de la cultura española del siglo XX cada semana en La 2 y en RTVE.es. Dirigido por Ana María Peláez

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Para todos los públicos Imprescindibles - Pepín Bello: Así pasen cien años - Ver ahora
Transcripción completa

-El té, la gallina y el Theotocópuli.

Ni poeta, ni pintor.

Ni músico, ni escritor. Ni rico, ni pobre.

Ni rojo, ni azul.

No terminó ninguna carrera, no se le conocen trabajos muy definidos.

Ni aventurero, ni viajero, ni mujeriego, ni homosexual.

Es una desgracia...

Éramos una desgracia y una cursilería además, me parece.

-José Bello.

!Por favor, no me llaméis Pepín, que ya soy mayorcito!.

Siempre educado. Gusta decir lo que piensa, o se calla.

Que se extraña uno, que se sorprende de no ser uno nada,

habiendo tenido esa gente alrededor.

Buen bebedor, algo fumador, noctámbulo, felizmente soltero.

Cuidadoso con el idioma, pero capaz de un elegante taco

o una inusitada virulencia verbal, que sólo se vuelve seria, grave,

como si una sombra que tapara su memoria feliz de las cosas,

si se habla de la Guerra Civil y sus desastres.

Explosión.

Preocupadísimo todo el tiempo. Preocupadísimo, atenazadísimo.

Hambriento, helado y con un miedo horroroso para ser los tres años.

Un hermano mío asesinado, otro, en la cárcel. Yo estuve en una checa.

No habíamos más.

-Pepín Bello realmente, en parte, puede decirse que su vida

quedó muy tocada o muy diferente a partir de la Guerra Civil.

En la guerra lo pasó muy mal. Y en la posguerra lo pasó peor.

Me ayudó en cierto modo uno que era amigo, pero no de los íntimos.

Que era un zaragozano, que era Feliciano López de Uribe,

que era Fiscal Jefe de la Audiencia de Madrid.

Y ese, cuando me detuvieron a mí, a las once de la noche

me llevaron a la checa, que ya estaba bien. Pues mi hermana,

que se quedaba sola en casa, el otro hermano estaba muerto

y el otro estaba en la cárcel, pues la llamó.

Y al día siguiente vino a verme a la checa.

-"Pasé la guerra, disimulando, viviendo como un paria,

pasando hambre, frío, miserias y asco,

y sin hacer caso de la movilización,

Me arriesgué no por valentía, sino por instinto de supervivencia,

y también porque sabía el desmadre y la desorganización que tenían.

Llegaron los ganadores

y tampoco eran los míos.

-Lo importante, en el caso de Pepín Bello, y el de muchos compañeros,

en la aventura de aquellos años, fue realmente

el poder soñar o poder pensar en una España moderna, diferente,

que se truncó precisamente con la Guerra Civil.

-El paraíso perdido de la infancia.

Huesca y la libertad de los campos.

Del aire, del pantano.

-"Mi padre era un buen pintor aficionado,

un intelectual librepensador, amigo de Bartolomé Cossio,

Giner de los Ríos y Azcárate. De Joaquín Costa.

De aquella generación regeneracionista.

De aquellos que creyeron en la educación laica en el progreso.

Llevó la luz eléctrica a Huesca y construyó pantanos

que todavía están en pleno uso.

Hubiera hecho bien cualquier cosa.

Tenía una vocación, sobre todo, de trabajo y de honradez,

y de autenticidad, que eso no se lo quitaba nadie.

-Creo que lo más importante era su persona, su cultura.

El haberse adelantado a los tiempos.

Es decir, en 1912, le manda mi padre

a estudiar a Inglaterra todo el bachillerato y la carrera.

Mi madre, con mi tía Adelina, mi abuelo, las mandó a Inglaterra

bien jóvenes. O sea, no sé si mi madre tendría 13 años y mi tía, 12,

pero estuvieron internas en Inglaterra hasta que tuvo 18.

Mi madre era una mujer muy guapa, muy simpática.

Y muy graciosa. Muy graciosa. Muy ingeniosa.

Entre sus amigas,

era la pieza que las unía más, vamos.

Era la que celebraba más.

Y muy simpática, mucho.

Y tuvo ocho hijos Fuimos ocho. No uno, ni de dos, ocho.

-Una persona alegre y, al mismo tiempo, pues eso...

Pues si hay algún deje surrealista en la familia,

es de ella, seguro, porque... De hecho, los viajes,

se iban con mi abuela en el coche.

Del pantano se iban a Zarautz o San Sebastián o lo que fuera,

y se iba toda la familia y mi abuelo se iba en tren.

Y según parece, había un peaje nada más pasar la Foral en Navarra.

Nada más pasar la frontera entre Aragón y Navarra,

había una especie de peaje que los que pasaban tenían que pagar

y creo que mi abuela decía: "Acelera, acelera".

No dejaba parar al chófer y se lo saltaba.

-A lo largo de nuestra vida hemos venido aquí a visitarlo

y, sobre todo, nos han ido contando los felices que fueron aquí.

Sobre todo los niños, cómo se criaron aquí

de una manera tan natural, ¿no?

Y bueno, les daban la suelta, como decían, se las daban,

volvían cuando tenían que comer o hacer alguna cosa,

pero vivieron muy libres. Siempre contaban sus correrías,

algún peligro que corrieron en algún momento,

cómo les dejaban subir en las vagonetas de la obra.

En fin, no sé. Creo que lo pasaron bien.

-Nosotros íbamos siempre juntos los dos, porque éramos los dos jóvenes.

Pepín era un año más joven.

Un años más joven que yo. Y siempre juntos.

Estábamos siempre...

Éramos los dos más jóvenes

y éramos los que recibíamos alguna...

Alguna cosa, ¿sabes?

-Él, lo de ver los carnuzos, parece ser que...

Bueno, le debía de marcar y casi a la generación si se descuida.

Porque ver a los buitres y a las mulas y no sé qué,

pues será uno de los sitios donde acudían.

Él aquí era uno más de los niños.

Tiraban piedras, iban por aquí y por allá y uno de los sitios

era ver a los buitres allí, cuando les llevaban las mulas,

que se tiraban en un barranco...

Pues nada, era un espectáculo, ¿no?

Sí, de los carnuzos hablaba bastante.

-"Nos educó en libertad, en casa. Sin curas, ni misas, ni títulos.

Hasta que un día aceptó que hiciéramos el bachillerato.

Habían llegado las ideas de la Institución Libre de Enseñanza.

Se estaba inaugurando la Residencia de Estudiantes.

Era un sitio modesto,

un poco espartano

y barato, además.

A cuatros metros de mí, veía labrar los campos

con un arado y una yunta de mulas.

Ese campo de Madrid tan pobre, además.

Con unos trigos así, y unas cebadas también así.

-Aquí no vienen los plebeyos.

Te lo digo con la debida ironía.

Que no pueden venir, porque no puede ser.

No hay mucha ayuda del Estado.

Aunque creo que siempre había algunas personas de familias

menos privilegiadas, pero la mayoría eran hijos de papá.

Dice la Dalí en algún sitio:

"Aquí gastamos alegremente el dinero de nuestros padres".

Es verdad, iban a zarzuelas y siempre pedían más y más.

Eran chicos privilegiados. Ahora, era una casa muy seria.

Y la idea era crear gente para, luego, poder

hacer que este país cambiara y se hiciera un país europeo.

-Pepín y su hermano son los primeros en llegar a la residencia.

Después irían llegando sus amigos: Buñuel, Lorca, Dalí.

Y allí está el pequeño Pepín.

El aglutinador, el que a todos sobrevivió, el último testigo

de la más universal de las pandillas de la cultura española.

Artífice, cómplice y mantenedor de las más fructíferas

relaciones amistosas y culturales de tres genios del siglo XX.

Siempre fue Pepín un superdotado para la amistad.

Simpático sin hacer esfuerzo. Educado, anticursi,

rápido, socarrón, ocurrente. Bastante socarrón.

Memorioso y usaba el idioma como si fuera un juego de precisión.

-Un islote de liberalismo, de europeísmo,

porque desde el primer momento se pone el énfasis,

en uno de los de la casa, sobre el contacto perdido con Europa.

Claro, el proceso había empezado antes con Institución Libre,

incluso con Ortega, que van a estudiar a Alemania. El krausismo.

Bueno, hay un contacto. Pero aquí eso se continúa.

Y la verdad, es un foco de cultura, no sólo español, sino europeo.

Aquí viene todo Dios.

Yo fui el primero que llegué a la residencia.

Después llegó Buñuel.

Pues, no sé, esas cosas casuales.

Que coincidimos, que nos apreciamos.

Que nos encontramos bien, que el pitorreo y el cachondeo nos iba.

-Son los tres con un cuarto, que es el catalizador.

Porque, claro, las relaciones entre los tres fueron

por turnos más apasionadas y más violentas,

y hubo amores y rupturas y tenían este vértice

de uno que claramente estaba ahí.

Nos gustaba mucho Toledo.

Y allí hacíamos el viaje de fin de semana.

Que era salir de aquí por la tarde.

En tren y en tercera, claro.

Allí no cenábamos, sino que comprábamos, tomábamos,

íbamos por las tabernas, tomando dientes de vino, todo barato.

Y después nos íbamos a la Posada de la Sangre

Tres reales, una peseta valía la cama, nada más.

Con unas sábanas de blancura muy dudosa,

y a la mañana siguiente nos reuníamos en Zocodover

y nos íbamos a comer a la Venta de Aires.

Extramuros de Toledo. Ultrabarata, ultramodesta.

La venta del pueblo.

-Y la bandera de esta casa era el liberalismo,

el escuchar al otro, el diálogo y el intercambiar impresiones,

porque había sitio para las dos culturas: las ciencias y las artes.

Intencionadamente, mezclaban en el comedor

el científico con el otro, el físico con el poeta.

E iban cambiando. Esto era una universidad, aún sin serlo.

Él descubre la residencia y descubre Madrid.

Y deja el pueblerinismo de Granada. Eso, desde luego.

-El genio era Federico,

porque él decía que su obra era el 10% de su persona.

O sea, la personalidad de Federico era arrolladora.

Si había que bailar, bailaba mejor que nadie.

Si había que tocar el piano, lo tocaba.

Si había que inventar canciones, él las creaba.

Alegre, extrovertido, sincero.

Era una persona llena de virtudes. Llena de virtudes.

Pero ya, cuando Federico se ponía delante de un piano,

no veas, pues ya...

Con un piano, y cantando y haciendo burlas,

y haciendo caricaturas musicales.

Que hace falta saber música para hacer caricaturas musicales.

Pues, la caricatura de Chopin, y tocaba la caricatura de Chopin.

Y hacía Chopin. Vamos, te quedabas admirado.

Pero un día, estando aquí Falla, Federico se puso al piano

e hizo las caricaturas y Falla se partía de la risa.

Estaba siempre trabajando.

Siempre. Trabajaba de una manera...

Se abstraía y se quitaba de este mundo, ¿eh?

Sentado en la cama, con el mazo de cuartillas aquí y el lápiz.

Con una premiosidad enorme. Borraba y volvía...

Se levantaba.

Totalmente ausente, daba unos saltos por la habitación.

Unos saltos así, pero ausente, totalmente ausente.

Se volvía a sentar y volvía a escribir.

-No cabe la menor duda de que Lorca es un revolucionario.

No puede vivir su vida. Y aquí tampoco, en la residencia.

Hay una frase fundamental de Moreno Villa que dice:

"Cuando alguien se daba cuenta de que Lorca era maricón, homosexual,

se alejaba en esta casa. Pero luego, cuando se sentaba al piano,

volvían, porque tenía una magia". Pero era un problema.

Tener un amigo homosexual creaba problemas.

Había que conocer a Federico,

para saber que no se vertía hacia una doctrina inventada por otro.

Solía hablarlo.

Vanidad la tenía... Vanidad enorme.

Decía, a veces: "Porque tú a mí no me admiras bastante.

Porque yo soy el gran poeta García".

Porque la gente le hacía muchas carantoñas.

Yo nunca le hice carantoñas.

Federico es inconmensurable.

Vamos, si lo tenemos aquí,

nos darían la una de la noche, haciendo lo del Gastón.

Nosotros aquí boquiabiertos, escuchándole.

"¡Oh, Salvador Dalí, de voz aceitunada!

No elogio tu imperfecto pincel adolescente

ni la color que ronda la color de tu tiempo,

pero sí tus ansias de eterno limitado.

Ese era el poema que le hizo Federico a Dalí.

Dalí era totalmente asexuado.

Dalí era como esta mesa, igual. No sabía nada de nada.

Ni sabía desenvolverse, ni lo más mínimo.

Vamos, no sabía leer las ruedas del reloj.

No sabía que un duro eran cinco pesetas.

No sabía distinguir cosas escritas.

Para él no había más que cartas o tailones.

Y tailones eran todos los documentos.

Y en cambio, de pintura lo sabía todo.

En el segundo pabellón y en la planta baja,

yo pasaba por su habitación, tenía la puerta abierta

y tenía una serie de dibujos por encima de la cama. Y entré.

Me gustaron mucho y le dije: "¿Estos son tuyos?"

Dice: "Sí, son míos". "Son estupendos".

Y me detuve un poco a verlos.

Y cuando estuve con Federico y con Buñuel dije:

"Oye, este chico catalán tiene unas obras fenomenales.

Tenéis que verlas. Ya veréis. Fenomenales, fenomenales".

Rafael era un hombre

políticamente equidistante de todo.

Un hombre que no le interesaba la política.

A ninguno de nosotros nos interesaba la política.

Vamos, lo sabemos, una chispa de izquierdas. La juventud y tal.

Y ella le arrastró al comunismo, cualquier cosa del comunismo.

Fue ella.

Él y María Teresa, cuando vinieron de Rusia,

me contaron que habían conocido a Gorki.

Y Stalin los invitó a tomar el té un día.

Y a mí se me abrieron los ojos: "Contadme cómo es".

Cómo es Stalin y qué os dijo. Cómo habla y qué tal y cual".

Se reían y se miraron uno al otro: "¿Qué dices?

Es una persona normal y corriente".

Pero no me dijeron nada.

Con Alberti estrenamos una obrita en el teatro de Baroja.

En el Mirlo Blanco. La escribimos, la escribimos.

Una obrita de teatro que duraba veinte minutos.

Lo que marcaba el teatro de don Pío.

-En un sótano que tenía Baroja, en que se leían novelas,

lo tenía para la pequeña intelectualidad de Madrid,

se representaban pequeñas obras, y por intervención de Federico,

le dijo a Pío Baroja, le habló de Alberti, que ya le conocía algo.

Y José Bello, íntimos amigos, que no tienen oportunidad.

Pues tal día, se abría el telón y aparecía la obra de una casa.

Entonces las obras eran unos tablones de madera siniestros

y estaba Alberti totalmente vestido de pobre con las piernas cruzadas

y un cestillo al lado donde se le echaban las monedas.

Y entonces, por un parte aparecía Pepín, primer personaje de militar.

Y decía: "Sadam, Salem". Y el pobre contestaba: "Bardem, Bardem".

Y ahí se acababa todo el diálogo.

A los tres minutos aparecía Pepín de monja y le daba una limosna.

Y le decía: "Sadam, Salem". Y el otro: "Bardem, Bardem".

Así de maestro, de policía... Y al séptimo u octavo personaje,

Pío Baroja se cabreó, tiró, cerró el cordón y los echó a todos.

Yo con Luis me encontraba muy bien. Muy bien.

Nos entendíamos muy bien.

Tenía pequeñas manías.

Yo lo llamaba el líder racional. Es que era muy racional.

Luis era muy racional.

No conseguimos que fuera jamás al Museo del Prado. Jamás.

Nunca fue al Museo del Prado.

Yo he ido toda mi vida, muchas más. Muchísimo.

Luego íbamos Federico, Dalí y yo.

Los dos estupendos para ver pintura.

Federico, por las cosas que se le ocurrían de la pintura,

que me decía cosas buenísimas,

y Dalí, no digamos. Dalí decía unas cosas sobre pintura

que ya no cabe calar más hondo.

Pues Buñuel no fue nunca. Nunca.

-A Buñuel se lo encuentra aquí,

dando puñetazos a un punching en el jardín.

-Creo que a él le daba muchísimo miedo la violencia física.

Y si hacía todo eso, era una especie de show.

De disfraz de tío macho. Pero, en el fondo,

no era tan seguro de sí mismo, a mi juicio.

Y parece que nunca combatió de verdad en un combate. No creo...

Creo que toda su vida haría unos cinco o diez minutos de boxeo,

pero eso le gustaba mucho. Era un mentiroso...

Y, sobre todo, para ponerse el cabeza.

No era vanidad,

era otra cosa que vanidad.

Le gustaba ser el más, el jefe.

-La primera cámara de fotos de Luis Buñuel es una Kodak Instamatic,

aquella de plastilina mala que tenía Pepín.

"A ver, déjamelo ver". Al cabo de dos o tres meses, se la regaló.

Lorca piensa que "Un perro andaluz" es una sátira contra él.

Y hay algo de Lorca en "El perro andaluz". Estoy convencido.

Claro, todas sus preocupaciones sexuales, el tema homosexual.

El mismo ojo cortado que supongo que es una de las imágenes

más extraordinarias del siglo. Esto viene de una mezcla

de elementos, un sueño de Moreno Villa o, tal vez, uno de Dalí.

Los carnuzos, los burros podridos...

Bueno esto viene de Buñuel y de Pepín,

que son dos aragoneses que han visto burros podridos.

Y el burro podrido aparece en la película.

Creo que hay muchísimas alusiones a la residencia en la película.

Hicimos el guión juntos.

Juntos, Dalí, Buñuel y yo. Y más Buñuel y yo, que Dalí. Más.

Tuve más...

Que ver en el guión, que más que Dalí.

Y tanto como Buñuel, vamos.

Yo no era técnico de cine, ni mucho menos.

Pero de cosas de su cartel...

Yo le di todo, vamos. Casi todo.

Los muertos encima del piano. Eso es mío todo.

Cuando salió la película, me extrañó que no se me nombrase,

pero tampoco me importó nada.

-Muchas madrugadas encontraron despierto a Pepín metido en charla.

Evocador de juergas pasadas. Nostálgico sin exageración

y con aspecto de burgués ilustrado.

Admirable gentilhombre que preferiría no hacerlo.

En un universo español de Bartlebys,

sería unos de los principales. Escritor del No.

Arquetipo genial del artista hispano sin obra.

Nada madrugador, resistente al alcohol, buen bebedor de cervezas,

a pesar de que en los tiempos de Lorca, estuviera más cerca

del güisqui y del té.

"Cielo de Claudio Lorena.

El niño triste que nos mira y la luna sobre la residencia.

Pepín, ¿por qué no te gusta la cerveza?

En mi vaso de luna redonda, diminuta se ríe y tiembla.

Pepín, ahora mismo en Sevilla visten a la Macarena.

Pepín, mi corazón tiene alamares de luna y de pena.

El niño triste se ha marchado.

Con mi vaso de cerveza brindo por ti esta tarde.

pintada por Claudio Lorena".

-La cosa no se resuelve con decir: "Yo no hice nada".

Porque sí hacía. Es decir, sí ayudaba.

Naturalmente tampoco dice: "Yo lo hice todo",

porque resulta que sus compañeros de broma,

ninguno de ellos sabía lo que iban a ser.

Y resulta que son como el activo más importante

de la producción artística española del siglo XX.

En distintas disciplinas.

-"Encarnación López Julvez. Mi querida Encarna.

Mi admirada Argentinita. Mi amiga.

Y una de las más grandes artistas que he podido conocer.

Ella fue la que dio la noticia de la muerte de Federico.

Sí, fui su confidente, su amigo.

El que guardó sus secretos.

El que disfrutó de su arte, de su vida, de sus palabras

y de sus silencios".

"No puedo presumir de haber ganado el pan con el sudor de mi frente,

aunque en Sevilla se exuda sin tener que hacer grandes esfuerzos.

Pero trabajé, o casi.

Me divertí rodeado de amigos y con un contrato para preparar

la Exposición Universal. Fue la primera y única vez en mi vida

que gané dinero. Pasaban los amigos escritores.

Pasaron los poetas, aquellos que fotografié en el Ateneo de Sevilla.

Después, les llamarían la Generación del 27.

Allí fui Delegado en la Exposición,

Delegado del Ministerio de Fomento

y de Aragón, que realizó un pabellón muy bonito.

No tenía nada interesante dentro, pero era un pabellón muy bonito.

Pues de recibir visitas, calcúlate.

Desde los reyes hasta toda la Familia Real que fue allí.

Con la que intimé fue con la infanta Isabel.

-Ah, ¿sí?

Sí, estuvo allí mucho rato en el pabellón de Aragón,

y me preguntó cosas y... Muy simpática, muy simpática.

Fea, vieja. Decía una greguería de Gómez de la Serna

"Todas las viejas se parecen a la infanta Isabel".

-Se ha amigo de los Mihura, se hace amigo de Juan Belmonte.

Vamos, prácticamente de la sociedad... De Moreno Villa.

También en Sevilla se hace íntimo amigo suyo.

Bueno, no sé, estaba metido en todos los tinglados.

Hace la foto de la Generación del 27.

Es el que la hace en el Ateneo. Reúne a todos

Los trae de Granada, a otros, de Madrid, a otros, de Huelva.

Y los reúne a todos, y fueron. Lo genial es que fueron todos.

-El grupo del 27, el grupo de la residencia

define la amistad, es decir, la cooperación intelectual.

Y realmente ese espíritu de amistad, de cooperación

está presente en algunos de los proyectos del grupo.

Es decir, que no se entiende...

Pues eso que hemos hablado antes, no se entiende "Un perro andaluz",

no se entiende en algunos de los proyectos de las revistas,

si no se entiende eso que ellos llamaban amistad.

Creo que me conecta mucho escucharlo

con lo que pudo y debió ser la generación del 27,

Es de gran libertad mental toda la generación.

Y esa libertad, creo que queda truncada con la guerra.

Después la posguerra es muy larga y acaba con muchas cosas,

y, por eso, siempre estar en contacto con personajes como Pepín

te conduce a algo que, para mí, ha sido como casi mi ideal de cultura.

-Días de juergas y poesía a la sombra de Góngora

Le cayó la desgracia del dinero y se dedicó a vivir bien.

Hasta mató un becerro en la finca de Ignacio

para demostrar que no tenía miedo.

Lo tuvo. Lo hizo por complacer a uno de sus mejores amigos.

El mismo que murió por un toro.

El de la más hermosa elegía de la poesía española.

Ignacio Sánchez Mejías.

Ya lo conocía de Madrid, pero allí intimamos mucho más.

Yo pasaba temporadas en su casa. En su cortijo.

-Toreaba. Llegó a torear. Yo tengo fotos de él toreando.

En Pino Montano, en el cortijo de Ignacio Sánchez Mejías.

Pero toreando, vamos, y entrando a matar.

Era las tardes de Ignacio.

Antes de salir de Sevilla, me enteré de la cogida,

y llamé inmediatamente a su casa.

Me dejaron tranquilo, porque hablé con su mujer

y hablé con su hijo. Y me dijeron: "No, no te alarmes.

Sí, ha sido una cogida, pero no tiene importancia".

Y el lunes, bajé a la playa

y unos que habían venido por la mañana, eso sería al mediodía.

Unos sevillanos que habían

se acercaron a mí... Después ya lo pensé.

Se acercaron y dijeron:

"¿Te has enterado de lo de Ignacio, cómo está?"

Dije: "No, no. Llamé... Antes, cuando salía de...

Llamé a su casa y me dijeron que no tenía importancia".

Dicen: "Es que hoy hemos oído en Sevilla, antes de salir...".

Ya sabían que se había muerto.

Digo: "No, no. Me dijo esto la familia".

Y en la playa me encontré a otros sevillanos y me dijeron lo mismo.

Yo ya...

Y sin bañarme, me eché el albornoz por encima, subí al pueblo,

me fui a la Telefónica, pedí una conferencia con Encarna.

Claro, dije: "¿A quién llamo?" A Encarna, a la Argentinita.

Digo: "¿Qué pasa? ¿Qué es eso de Ignacio?"

Se echar a llorar y me dice: "¿Que qué pasa?

Que a la diez de la mañana se ha muerto".

Y colgó.

Esa es la mejor obra de Federico. El poema a la muerte, el llanto.

Es la mejor, para mí es la mejor.

-"A las cinco de la tarde.

Eran las cinco en punto de la tarde.

Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde.

Una espuerta de cal ya prevenida a las cinco de la tarde.

Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde.

-Sus amigos en la cárcel, el exilio o dispersos y desconcertados.

Los peores años de su vida.

Hombre, me enteré cuando estaba España en tal grado de tragedia,

que fuera una cosa más.

Es que no había tiempo de perder.

Me hizo el ver los efectos que me podría hacer.

Aquí se dijo en Madrid, tal...

Estaban tres totales aislados.

Se dijo algo, pero no nos lo creímos. No nos lo creímos.

Y lo iba a comentar con Encarna, que estaba todavía aquí.

Y Encarna, como ya tenía pasaporte argentino,

pues pudo marcharse de Madrid. Y le dije a la Encarna:

"Cójame una carta

diciéndome si lo de Federico es cierto.

Se entera allí en Francia ya que es una cosa...

Pero como la correspondencia estaba intervenida,

pues quedamos en una fórmula

para no decir...

Me acuerdo: "¿Los solares se han vendido o no se han vendido?"

Si se han vendido los solares, es que a Federico lo han matado.

Si no, es que no...

Y nada.

con una rapidez, en aquellos tiempos, casi inusitada.

Quince o doce o catorce días recibía cartas de Encarna.

Me decía: "Efectivamente, los solares se vendieron".

-Nada más acabar la guerra, la economía familiar

estaba medio hundida y como aquí tenían unas tierras,

pues mandaron a mi padre y a Pepín a ver qué podían hacer.

A ver si podían sacar algo y empezar a...

Pepín, creo que estuvo a un par, no sé si de meses o semanas...

Claro, vivía en una pensión.

Muy mal. Pues eso, la época era terrible, ¿no?

Y nada, Pepín, creo que se volvió enseguida y no pudo aguantar.

-"Los peores años de mi vida. Sólo, sin amigos.

La guerra terminada y la posguerra que parecía interminable.

Aquella inútil, terrible guerra que había roto nuestras vidas.

Nunca fui rojo, nunca fui franquista.

Fui un demócrata liberal. Eso no existía en aquel mundo,

y tuve que jugar con mi imaginación.

Me imaginé que Richard Wagner, mi músico más querido,

me hacía una visita a Burgos.

Le fui a recibir en el tren mixto de Miranda.

Cuando le vi en la ventanilla, me acerqué con el corazón palpitante.

Yo tenía ese primer momento,

pero todo se deslizó con la mayor cordialidad.

Era un hombre encantador. En la mano llevaba una gran sombrerera

y una merienda comprada en Castejón. Tomamos mi coche

y nos fuimos a Castañares.

No tuve ni un amigo en Burgos. Nada.

No, no, nadie.

Era una época de mucho trabajo.

De ir las cosas mal. En fin, una cosa que no quiero recordar mucho.

-¿Cómo son los años de Pepín en Burgos?

Pues es un exilio interior muy duro.

Creo que le gustó muy poco la sordidez del mundo franquista

y, de hecho, él se reúne con algunos de los más brillantes

de aquel Madrid sórdido de los 50 y los 60.

-El frío, la tal, la cual y la soledad.

Él en Burgos, no...

Dice: "En Burgos no me he hecho ningún amigo".

Sí que se había hecho, pero muy pocos.

Un hermano emprendedor creyó que, invirtiendo en el Mouton Doré,

harían una fortuna.

No había pieles para los abrigos y las señoras que quisieran salir

necesitaban ese tipo de prendas.

Abrigos elegantes con ibéricas pieles de conejo, de cordero.

No se vendieron bien. Y terminó la guerra europea.

Volvieron las pieles, el astracán, los visones.

Pepín, en Burgos, aislado, sin salir, sin amigos, solo.

Peor que una guerra.

Claro, por la guerra. Debilitó la piel extranjera.

Toda, la normal, la corriente, el visón, el astracán y tal.

Y no vino nadie.

Estuvimos aquí cinco o seis, o diez años sin nada de eso.

Y hubo que hacer peletería nacional.

Y se establecieron en España 35 fábricas.

Y una de ellas era la nuestra.

-Sí, le llamaban el Mouton Doré, porque era cordero,

que quemaban y hacían unas rayas parecido al visón.

Y era un cordero normal y corriente. Le estiraban el pelo.

O sea, un visón falsificado burdamente.

Sí, al principio fue bien, pero yo intuí que iba a ir mal,

porque sabía que era una cosa de temporada.

Vendría y se normalizarían las cosas y así sucedió.

-Yo estaba haciendo una película que se llamaba "Surcos".

Y entonces, un día, alguien me dijo, no sé si fue Luis Peña:

"¿Por qué no vas por el Buffet Italiano?"

Dije: "Sí, me gustaría ir, pero no conozco a nadie".

"Yo estoy ahí por la barra algunas veces".

Y fui un día y en esa reunión, estaba, aparte de Pepín Bello,

que era un ser encantador y maravilloso,

pues estaba la familia Dominguín entera.

Estaba un hijo de Carlos Arniches y su mujer Mani.

Estaba Tono. Estábamos mucha gente, muchos periodistas, escritores,

mucha gente muy conocida, muy importante en aquellos tiempos.

Y allí me cayó también aquella tertulia que...

Yo empecé a ir y ya iba todos los días.

Y se hablaba alto.

Sí, en contra del franquismo.

Porque era gente de izquierdas. Casi toda, o toda.

Sin embargo, se hablaba muy fuerte.

Algunas veces venía un barman y decía: "Por favor, bajen la voz,

que está oyéndose en la calle lo que dicen".

Y aparte de que se hablaba de política en contra de Franco.

Naturalmente, claro.

también se hablaba de cine, de teatro.

-Hombre, era el mundo liberal en su conjunto.

Luego, otros eran, digamos, más

socialistas o socialdemócratas que liberales,

pero en aquel entonces la palabra era liberal.

-Siempre supo vivir sin trabajar, todo un arte que sin esfuerzo

y sin presunción, Pepín supo administrar con elegancia natural.

Creció con buena salud, con mucha curiosidad,

con sorprendente memoria y con cuidada soltería.

Bebió animosamente.

"Yo aguanto bien bajo el agua", le gustaba decir.

Pero sin llegar al nivel de su amigo Buñuel,

que siempre le sacaba dos o tres Martinis de ventaja.

Era lata para pedir los Martinis en los sitios que fuimos.

Cómo tienen que ser las copas.

Hasta dibujando, cómo tenía que ser las copas.

Un día nos dieron unos Martinis muy buenos.

Y llamó al maître para decir que no se podían servir en esas copas.

Que las copas de Martini tenían que ser...

Era pesado.

Tenía pequeñas manías.

-"Nunca fui muy viajero. Me gustaban los viajes en tren.

También, aquellos coches tan elegantes.

Mis viajes han sido por España. Sí recordaré siempre

un viaje a Italia con el joven hijo de uno de mis mejores amigos.

Con el elegante e ilustrado Antonio Garrigues.

-Un día hablando me dijo que al único sitio donde le gustaría ir

era Venecia. Y yo tampoco conocía Venecia.

Era muy joven, estaba loco como hay que estar en aquella época.

Me acababan de entregar un coche recién nuevo.

Entonces dije: "Nos vamos". Él dijo: "¿De verdad?"

Cogimos el coche. En aquel entonces, ahora se dice eso fácil,

pero te aseguro de ir de Madrid a Venecia en coche

era una aventura gloriosa. Realmente gloriosa.

Hemos tenido una cantidad de horas para hablar de todo,

pero de todas las cosas imaginables. De todo.

De mujeres, de hombres, de comidas, de gustos, de modas, de teatro,

de las relaciones con todos sus amigos de la residencia. Con todos.

Las cosas que decía de Dalí, de Buñuel. De todos ellos,

y del papel que él cumplía con ellos, era...

Yo iba con los ojos permanentemente abiertos, ni queríamos dormir.

Queríamos hablar.

Y luego tuve que dejarle, porque se partió una pierna andando

y tuve que llevarle a un hospital y yo tenía que volverme.

Y allí se quedó el pobre y me fui muy triste.

-Pepín Bello iba a los Hermanos de San Juan de la Cruz,

que había un colegio en la Isola Tiberina.

Y allí había un dentista muy bueno.

Yo había ido al dentista, y allí estaba Pepín.

Después, al saber que éramos de la academia,

quiso venir, conocer la academia, y los domingos,

alguna vez, había venido incluso a misa.

Porque la misa se decía en Pietro de Bramante.

-Que yo sepa, sólo ha viajado dos veces al extranjero.

Una vez con Antonio Garrigues, que fue a Roma.

Y otra vez, conmigo a Andorra.

Tampoco se alejó mucho de nuestro país, ¿no?

Y además, tengo una anécdota del viaje

que hicimos con mi suegra y mi mujer y Pepín

que era en esa época de los años 70, setenta y tantos,

principios de los 80. Se iba mucho a Andorra, sobre todo desde aquí,

porque se compraban aparatos electrodomésticos, radios y eso.

Y las señoras se compraban perfumes.

Y bueno, se montó un viaje a Andorra para comprar no sé qué

y, al llegar, nos distribuimos, cada uno a lo que iba.

Y recuerdo que, cuando nos reunimos para comer y esto,

le digo: "¿Qué, Pepín? ¿Has comprado algo?"

Dice: "Sí". Entonces Pepín fumaba bastante.

Y dice: "Pues que se me ha acabado el tabaco

y me he comprado unos Ducados y me ha costado más caro que en Huesca".

-Tuvo hermosas novias.

Tuvo otras amigas, todas guapas y elegantes,

pero el matrimonio no era para él.

-"Además de Araceli Durán, las hermanas Fórmica,

las más elegantes de Sevilla o la misteriosa Miroslava,

que tanto enamoró a Benet, y Lucía Bosé,

la de belleza más moderna, con pinta de eterna adolescente.

Fuimos una pandilla de pocas mujeres.

En la residencia no había, a otros no les interesaban,

y Luis y yo las buscábamos donde estaban. En el burdel.

-Cogían aquí abajo el tranvía número ocho, iban abajo

a la cervecería de Correos, a La Ballena Alegre.

Y a otros sitios, algún burdel, según Pepín Bello.

Él y Buñuel eran los únicos hombres del grupo,

porque Dalí nada, Lorca nada.

Ellos sí, pero de vez en cuando, una juerga con putas.

-En Madrid, su ciudad de residencia en la tierra

pasó la mayoría de su vida más que centenaria.

En Madrid, años 50, volvió a sonreír.

Otra vez entre tertulias e intelectuales.

Otra vez, entre burgueses, ilustrados y liberales.

Los Garrigues, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Chueca Gotilla,

Mercedes Fórmica y el joven Juan Benet,

el amigo que decía que su arte mayor era el haber sabido

vivir bien sin trabajar. No le gustaba mucho esa admiración.

Tampoco en eso quería presumir.

También en su arte de no hacer nada, hubiera dicho

que prefería no hacerlo.

-La gente que sobrevive con esa cultura, que es una cultura,

para eso hay que tener una actitud vital muy predeterminada.

Pero él nunca tenía... Siempre le preguntaba a mi padre:

"Pero ¿Pepín qué hace?"

Decía mi padre: "Si Pepín no hace nada

y tiene a gala nunca hacer nada".

Realmente, esa era su pasión.

-Mi tío empezaba a vivir a partir de las dos,

o muchos días, a las tres había que avisarle para comer.

Estaba así o asá, depende de cuando se acostaba. Se cuidaba.

O sea, ha durado mucho, pero se ha cuidado.

-Pepín era muy austero absolutamente austero.

Él no necesitaba nada. Casi nada.

Y yo creo que su hermano... Pues, hombre...

algo le protegió económicamente,

pero, vamos, no es que... No sé cómo decirte. Una cosa de hermanos.

-Pues no sé, yo creo que la familia le daba mucha...

Y él tendría sus propios recursos.

Trabajar... No era una persona de ir al trabajo todos los días.

-El último trabajo. Un intento más.

De poco sudor y, desde luego, de poco madrugar.

Con dinero de empresarios americanos,

y con sus amigos los Garrigues, Pepín participó en el primer

y fracasado intento de cine para coches.

Se hicieron dos proyecciones.

No había muchos coches, la programación estaba

en manos de un inútil y los controles eran demasiados.

Un negocio ruinoso.

Una pantalla vacía que, hasta hace no muchos años,

se podía ver desde la carretera.

Así se terminó su corta vida laboral.

-Es un cartel para anuncios. -Era un cine.

-Hay muchas teorías, pero hay una que yo creo que...

Que es un tema de censura. Un poco muy fuerte.

Un tema de censura... Daos cuenta los años que eran, los he vivido.

Yo tendría pues 14 ó 15 años o una cosa así.

Pues fíjate te estoy hablando de 50 años.

Claro. No, más, cincuenta y tantos años.

El tema de censura era muy profundo y eso, que dos parejas,

solas en un coche en la oscuridad con tal...

Algo pasaba, porque iban todo parejas al motocine al principio.

Y hubo unas quejas del obispado muy profundas

y Antonio Garrigues dijo que se retiraba del negocio.

Y después, pareció que no lo había hecho nadie.

Y luego lo hicimos.

Fui a Italia, a ver el único que había en Europa, el de Roma.

Fui a Italia, lo vi.

Claro, esas cosas hay que verlas, porque no todo va a ser teórico.

Hay que ver cómo funciona y tal.

Y lo vi. Y el nuestro estaba muy bien. Muy bien.

Pero el norteamericano que fue el que trajo la idea,

y que se empeñó él...

En explotar, vamos. En ser el gerente del cine.

Pues nada, fue un fracaso horroroso.

-A mi padre le gustaba la idea y podía ser un buen negocio.

Era una oportunidad de modernizar también ese tipo de actividad.

En EE.UU. tenía éxito, lo que pasa es que luego dejó de tenerlo.

Es que no era buen idea, era complicadísimo y difícil.

Entonces ahí Pepín trabajó a su estilo, a su manera.

Le interesaba, insisto, muy poco el trabajo, pero ganaba unas pesetas.

Hablábamos con él.

Él decía: "Qué extraño es todo esto, qué complejo".

Por el tema de permisos,... En fin, una cosa complicada.

Yo, que no entendía nada de eso, y vi como aquello perdía clientes.

Pero claro, es que no cabía el programa, unos programas antiguos,

y se lo dije a los que habían puesto el dinero, a los Garrigues.

Les dije: "Vamos a la catástrofe. Esto hay que...

Hay que sustituirlo inmediatamente.

No me hicieron caso. No sé, no sé qué pasó. Es un misterio.

(LEE LA PORTADA)

Estamos hablando del año 48. 48, 49.

Y en aquel momento, esta ciudad debía ser muy gris.

Muy aburrida. Sin nada que hacer.

Se juntaron gente de la sociedad ilustrada de esta ciudad.

O sea, hacían aquello de los Amigos de don Juan Tenorio.

Son José Bello, Fernando Chueca, Paulino Garagorri,

Alfonso Buñuel, Juan Benet. -Lo de don Juan Tenorio

fue una maravilla, los noviembres hacían una obra de teatro.

Pepín era el comendador y las representaban.

unas veces en Mesón de Fuencarral, otras, en el Hotel Suecia,

Otras veces, en la Hostería del Estudiante.

-Estaban aquí también. -Sí, están ahí.

Y era una vez al año, pero fueron 10 cenas gloriosas.

-Volver a casa era un problema, porque volvías muy tarde.

Como la despedida fuese en una esquina, era larguísima.

Si era por el mundo de mi madre, se ponían a bailar en la esquina

para decir: "Porque el paso de..." Y era con mi padre, hablaban

y decían: "Pues yo te acompaño a ti" Y se acompañaban varias veces.

Era un mundo...

Son las obras que estrenamos.

Que escribimos, que las representamos,

y que fuera gente a verlas.

Todas en pleno franquismo, ¿eh? En pleno franquismo.

-Desde mi punto de vista, era un subterfugio, entre otras cosas.

Aparte de la afición de la figura del Tenorio

y por la simbología que tiene asociada,

y los ritos funerarios, todas estas cosas que les gustaban mucho.

Para mí eran una especie de subterfugio para estar

hasta las tantas de la madrugada

sin despertar las sospechas de la Secreta.

Claro, en aquellos tiempos, una reunión, si no recuerdo mal,

de más de 10 personas tenía que pedir autorización

al Ministerio del Interior.

-Tenía un contenido político, porque era una forma de protesta.

Se ponían obras sobre cosas de las que no se hablaban fuera.

Buenos, la segunda parte de mi vida,

con gente también muy interesante.

En fin, gente de primerísima. De primerísima.

-Me resulta difícil verlo con pantalones cortos

a sus 103 años, pero sí que me da la impresión

de que es como Bartleby, el escribiente,

que vivía en la oficina y no se movía nunca de allí.

Donde trabajaba, pero también vivía allí.

Entonces, él llegó aquí hace 90 años.

En 2015 hará 100 años de que llegó aquí,

por lo tanto faltan ochos años para esto.

Y sería como un título para una novela de estas,

a lo novela-río, ¿no? El bachillerato más largo.

-Yo creo que Pepín tuvo más tiempo que todos nosotros,

pero también tuvo más talento para construirse un personaje.

Y en esa construcción, hay distintas etapas.

Y esa última etapa, que es

para él una bendición laica, porque siempre fue muy laico,

que es la época en que se recupera la residencia.

-Aquí era feliz. Era como volver a su casa, como la vuelta a su casa.

A su casa primitiva, donde quizá se había encontrado...

Pienso que, a lo mejor, se había encontrado mejor.

o había pasado momentos felices de su vida.

Él estaba dispuesto a hablar con distinta gente,

a escucharles, a preguntarles.

Era una persona que siempre hablaba del presente.

el pasado era complicado.

Sólo cuando tenías una cierta confianza, hablaba con naturalidad,

pero si no, había que preguntarle y sonsacarle.

Él siempre hablaba del presente y nunca tenías la sensación

de que estabas con una persona mayor.

-Decidió seguir viviendo con la dignidad que otorga

no ser negociante, ni trabajador, ni patrón, ni productor.

Tener la suerte de ser sólo Pepín Bello.

Una cosa y bien segura, hoy no me levanto yo.

Tengo sábanas y mantas, buena almohada y buen colchón.

Tengo tabaco y cerillas y buena imaginación.

Y aquí en la cama he llegado a la clara conclusión

de que pase lo que pase, hoy no me levanto yo.

Por fin les dije, aunque vengan gobierno y oposición,

la televisión y prensa y el cabildo en procesión,

policía y alguaciles que van de gobernación,

y los propios comunistas me piden su excomunión,

aunque vengan Dios y el Diablo, hoy no me levanto yo.

Hoy se nace con el sino de actuar por actuar.

La gente anda arrebatada y no se para a pensar

que hay veces que el levantarse se lo puede uno saltar.

-Tuvo muchísima suerte. Pudo ser siempre independiente,

pero lo importante no es que fuera independiente económicamente,

lo fue que lo fuera ideológicamente.

Es decir, que hasta los 103 años, Pepín entró en la ducha solo,

fue capaz de vivir solo.

Tenía ciertos servicios sociales del Ayuntamiento,

personas que lo atendían y, especialmente, su sobrina Tota.

Tuvo la enorme suerte de tener a esa sobrina postiza, política

que le ayudó hasta el final.

Miraba mucho con nosotros y siempre todo era con él.

Y yo llegaba un momento en que me cansaba,

como el que carga con la suegra y dice: "Qué pesadez".

Pues a mí, con el tío, al principio, me pasó.

De ahí luego, una unión preciosa y querernos muchísimo.

Había sido mi segundo padre. -Se interesaba por el futuro,

por los jóvenes y no hablaba del pasado ni la nostalgia.

Y ellos tenían verdadera veneración por él todos los jóvenes.

-Pepín era, con su inteligencia, un socarrón tremendo.

Sus conocimientos de todo. Había que tener cuidado con él.

-El tío... "¿Tú crees que puede conocer a este? ¿Y a este otro?"

Y en el periódico: "Oye, tío, ¿conoces a ese?" "Sí".

Mi hermana me decía: "Es mentira. Nos está engañando el tío".

Dice: "Vamos a hacer aquí una prueba".

Estaba la televisión encendida. "Oye, tío, ¿conoces a ese?"

"Hombre, Pepe Bódalo. Claro que sí, muy amigo mío".

Decías: "Es imposible. Este nos está tomando el pelo".

-Tiene un poco lo mejor, que fue muy bueno, de la tradición

de la Institución Libre de Enseñanza y sus derivaciones.

Que tiene su parte peor también. Hay veces que tienen

cierta ostentación de puritanismo. -Era muy divertido, se reía mucho.

Siempre estaba riéndose de cosas. Le tomaba el pelo a todos.

Era un tipo genial.

Que será muy mayor... Bueno, se ha muerto con 103 años,

pero desde que lo conozco, siempre lo he visto joven.

Se ha muerto y yo le he seguido viendo joven.

Era un señor mayor, pero joven.

-Hay en Pepín también una profunda tristeza,

rememorando la España de antes de la guerra.

Yo lo veía en sus ojos. Tenía siempre la sonrisa puesta.

Era un hombre de sonrisa inmediata,

pero había también una terrible tristeza.

-Siempre me he sentido bien con Pepín Bello.

En los 20 años que ha durado nuestra amistad,

yo ahora pienso en él y me produce bienestar.

Que hay veces que el levantarse se lo puede uno saltar.

Y aunque a nadie le hagas falta, allí te vienen a hurgar

Pues por mí que canten misa, no me pienso levantar.

Imprescindibles - Pepín Bello: Así pasen cien años

01:01:40 22 ene 2016

Monográfico dedicado a Pepín Bello, testigo de la Generación del 27. El documental recorre su propia vida a partir de lo que él mismo nos pudo contar. También con las grabaciones -varias horas de recuerdos vivísimos de aquellos amigos de generación- sus historias cotidianas, sus bromas y sus primeros y últimos recuerdos.
Pepín Bello habla de la historia de la Residencia de Estudiantes y de su relación con Salvador Dalí, Luis Buñuel, y Federico García Lorca, durante su estancia en la Residencia. El documental incluye fotografías de principios del siglo XX, de los alumnos y profesores. Fotos de su fundador Alberto Jiménez Fraud; de Federico García Lorca; de Pepín Bello y de Salvador Dalí. Además, una secuencia de la película "Un perro andaluz" e imágenes del teatro La Barraca, una iniciativa de Federico García Lorca.
En Zaragoza, Pepín Bello recibió el Premio Aragón 2004, en homenaje a su vida, con motivo de su centenario.

Histórico de emisiones:
14/05/2011

Monográfico dedicado a Pepín Bello, testigo de la Generación del 27. El documental recorre su propia vida a partir de lo que él mismo nos pudo contar. También con las grabaciones -varias horas de recuerdos vivísimos de aquellos amigos de generación- sus historias cotidianas, sus bromas y sus primeros y últimos recuerdos.
Pepín Bello habla de la historia de la Residencia de Estudiantes y de su relación con Salvador Dalí, Luis Buñuel, y Federico García Lorca, durante su estancia en la Residencia. El documental incluye fotografías de principios del siglo XX, de los alumnos y profesores. Fotos de su fundador Alberto Jiménez Fraud; de Federico García Lorca; de Pepín Bello y de Salvador Dalí. Además, una secuencia de la película "Un perro andaluz" e imágenes del teatro La Barraca, una iniciativa de Federico García Lorca.
En Zaragoza, Pepín Bello recibió el Premio Aragón 2004, en homenaje a su vida, con motivo de su centenario.

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