Dirigido por: Ana María Peláez

Serie de documentales sobre los personajes más destacados de la cultura española del siglo XX cada semana en La 2 y en RTVE.es. Dirigido por Ana María Peláez

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Para todos los públicos Imprescindibles - Fernando Savater, ahora que lo pienso - ver ahora
Transcripción completa

(B.S.O de Juan Bardem)

(FERNANDO SAVATER) Yo no tengo prácticamente ni más vida

ni creo tener mucho más interés que lo que escribo

y me parece además que la comunicación más sana

entre el autor y el lector viene por sus libros,

esa gente que quiere tener contigo una relación especial,

que le escribas una carta, que le hables por teléfono.

Si eso es lo que hace uno cuando escribe.

Yo veo mucho más personal un libro que una carta, ¿no?

El mayor elogio es cuando alguien te dice:

"Mire, yo a partir de su libro tal conocí a Stevenson

o conocí a Chesterton o conocí a no sé quién".

Mis libros me gustaría que sirvieran a las personas

para leer a otros autores más dignos de ser leídos que yo.

Fundamentalmente, me considero un lector

y lo que toda mi vida me ha gustado hacer

y creo que lo hago bastante bien es leer.

Sin leer, no puedo estar.

Sin escribir puedo estar perfectamente

y, de hecho, he escrito fundamentalmente

para ganarme la vida,

pero no tengo ninguna compulsión especial a la escritura,

en cambio, a la lectura sí, incontenible.

Por supuesto, si por leer pagasen,

yo no me hubiera dedicado a nada más en la vida

y ahora sería multimillonario.

Borges tiene también una frase muy expresiva

que dice que él se enorgullece más de los libros que ha leído

que de los que ha escrito.

Si eso lo dice Borges, qué no diremos otros

que evidentemente no hemos escrito ni mucho menos

lo que ha escrito Borges, ¿no?

Eh...

Mi vida, si yo tuviera que contarla,

verdaderamente, la contaría jalonada

de los libros que he ido leyendo.

Los descubrimientos de mi vida son

el momento en que descubrí "Tarzán",

el momento en que descubrí "Sherlock Holmes",

el momento en el que luego descubrí Espinosa o Ciorán o en fin,

lo que pasa que eso normalmente no se admite como biografía,

hay que contar otras cosas.

(Música instrumental suave)

El único verdadero paraíso que tiene uno es la infancia,

pues para mí, la infancia es San Sebastián

y siempre, cuando llego allí, respiro, ¿no?

Yo soy un convaleciente de la infancia perpetuo.

Hay unos que se pasan toda su vida escapándose de la infancia,

vengándose de su infancia,

remediando las cosas malas que les pasaron en la infancia

y otros, en cambio, nos pasamos la vida

añorando, recordando,

pero en todos los casos, te quedas atrapado en la infancia

sea para intentar escaparte, sea para intentar regresar.

Mi padre, un hombre mucho mayor que mi madre,

mi madre había sido novia del hermano menor de mi padre

que fue asesinado en la guerra

y entonces, después mi padre se casó con ella,

había una diferencia de edad, era una especie de padre abuelo.

Mi madre era la que me compraba los libros

y la que, bueno, con la que tenía las relaciones más intelectuales

de la familia

y luego, mi padre, que trabajaba en la oficina toda la semana,

prácticamente solo estaba con él así íntimamente por decirlo así

el domingo cuando nos íbamos juntos a los caballos.

Primero el hipódromo de Lasarte, que fue mi primer hipódromo,

y ha sido siempre el hipódromo más próximo a mi corazón.

Lo que me sorprende cuando voy acompañado con alguien

que no es muy aficionado, muy experto

es que al otro la carrera se le va enseguida,

o sea, no ve nada.

Hay un artículo muy divertido de Henry James, el escritor,

que como él era norteamericano,

estaba empeñado en convertirse en inglés

y los amigos le dijeron:

"No puedes ser un inglés si no has ido al Derby"

y Henry James, que por supuesto no tenía el más mínimo interés

en ningún deporte, fue

y entonces hace un artículo muy divertido

porque claro, no se entera de nada.

Él está mirando a la gente y tal

y entonces, mientras está distraído con eso,

de pronto, ve un revoloteo de unas gorritas a los lejos y tal

y dice: "Ya está, ya se ha corrido el Derby"

y el hombre se queda así y al final termina el artículo diciendo:

"No tengo nada contra la calidad de este espectáculo,

pero la cantidad deja mucho que desear".

(Música ambiental)

Yo en esos dos minutos veo muchísimas cosas,

me parecen larguísimos.

Vamos,

están pasando cosas constantemente durante la carrera,

pero hay que saber mirar.

Como todo, supongo que amar algo es saberlo ver.

Por eso, cuando queremos decir que alguien detesta a otro,

dice: "No le puede ni ver"

y es verdad, odiar algo es no poder verlo

y, en cambio, amar algo es verlo de verdad

y por eso, los aficionados somos los que vemos bien las carreras.

(Música ambiental)

Para los viejos aficionados

a las carreras de caballos en España,

nuestro mito más entrañable ha sido Claudio Carudel.

Carudel era un jinete francés

que muy joven despuntó en Francia

donde las carreras son muy competitivas

y los jinetes son muy competitivos.

Ganó el Gran Premio de Madrid con Wilson

y a partir de ahí ya se quedó

y bueno, pues ya era, por supuesto, más español que nosotros, ¿no?

Siempre fue un mito porque era un jinete muy fino, elegante.

Yo tuve la suerte de tratarlo bastante

y bueno, guardo un recuerdo estupendo de él.

Desde muy pequeño, a mí me gustaban mucho los relatos de animales

y mi sueño era ir a África,

cosa que yo, por otra parte, pensaba que era un sueño imposible,

sería como ir a otro planeta o cosa por el estilo

y cuando yo tenía siete años, una cosa así, quizá ocho,

de pronto, en un periódico, vi un anuncio de un viaje a África.

Me quedé asombrado porque era un anuncio normal

que decía que había una agencia de viajes, se iba, tal,

te venía el itinerario que ibas a hacer, precio...

Me quedé deslumbrado ante la posibilidad

de ir a África como si fuera ir a París o a Berlín

o a cualquier sitio normal.

¿Cómo podía ser?

Se lo dije a mi madre

y ella, la pobre, pues me vio tan ilusionado

que me dijo: "Sí, sí"

y mi padre dijo: "Pues vamos a pensarlo y nos vamos a África".

En vez de quitarme la cosa de la cabeza,

pues me dijeron que sí.

Entonces, yo corrí a mi cuarto, cogí una maletita de cartón

y ahí empecé a prepararme mis tebeos,

una pistola de estas que disparaba corchos,

en fin, cosas que me parecían muy imprescindibles

en un viaje a África como es debido

y cuando lo estaba haciendo y tal,

mi madre apareció, miró en el cuarto

y vio horrorizada que yo realmente ya estaba preparando la maleta

porque suponía que si había una posibilidad de ir a África,

eso no se aplazaría, o sea, nos iríamos inmediatamente.

¿Cómo íbamos a dejar una posibilidad como esa?

Bueno, entonces, poco a poco,

me fueron contando que la cosa no era tan fácil y tal

y no he ido nunca a África,

el África que yo quería, Tanganica, el Ngorongoro...

Todas estas cosas no, no, nunca he ido y ya no iré,

o sea, África se va a quedar para mí en ese sueño imposible,

pero bueno, quizá en la vida todos tengamos que tener algún África

a la que no podamos ir

y que nos mantenga abierta una especie de esperanza, ¿no?

(Música tribal africana)

Los tebeos tenían su propio ritual.

Solían aparecer siempre el viernes o el sábado,

"El Capitán Trueno", "El Jabato", "El Cosaco verde", en fin

y entonces, yo la paga semanal me la gastaba prácticamente íntegra

en comprar tebeos

y luego,

esa noche me preparaba mi orgía "tebeística"

del orden en que iba a leerlos.

Yo me considero hedonista

y, por lo tanto, procuro regular mis placeres para que duren.

(Música ambiental)

Cuando yo tenía 11 o 12 años,

me volví adicto a los libritos Richmal Crompton,

la autora de "Guillermo Brown".

Bueno, Guillermo Brown llevaba una vida

totalmente opuesta o distinta al menos

a lo que podíamos tener los niños españoles de 11 o 12 años

que vivíamos aquí, en el franquismo.

Aquellos niños que vivían

en una especie de zona más o menos rural inglesa

con cobertizos, bebiendo agua de regaliz

y con cosas de ese tipo,

no sé qué tenía que ver con nosotros,

pero causó entusiasmo.

Yo fui un admirador rendido

de Guillermo Brown y de su grupo de proscritos.

En fin, Guillermo es un héroe que tuvimos nosotros.

Apareció en nuestras vidas

como esos santos que aparecen de vez en cuando

para salvarle a alguien la vida en concreto,

pero los demás no lo ven.

Apareció para salvarnos la adolescencia

y luego, desapareció para los demás.

Walter Benjamin había sido traducido y editado

por mi primer editor y amigo, Jesús Aguirre.

Y el narrador de Benjamin,

de una manera muy sutil y muy inteligente y muy brillante,

defendía lo que quise defender en "La infancia recuperada",

la narración pura.

Respondía a esa idea de Chesterton de que la literatura es un lujo,

pero la ficción es una necesidad.

No me gustan las novelas en las que no pasa nada, es decir,

no me gustan los experimentos verbales literarios.

Me gustan los relatos, eso sí, bien contados,

En fin, la antonomasia de esos relatos que me han gustado siempre

ha sido "La isla del tesoro", de Stevenson.

"Mis ojos juveniles se extasiaban en el mar infinito".

La primera vez, la oí en un disco de aquellos,

que entonces oíamos mucho.

Bueno, realmente,

casi me gustaba más que la novela el disco.

Para mí, esa frase siempre era el pórtico glorioso de la aventura

y por eso le puse "La infancia recuperada".

Sí, la misma andanada

que hizo perder al viejo Pew la luz de sus ojos.

El relato de aventuras es la historia, digamos,

por lograr cumplir una acción eficaz

que tenga un sentido moral.

La palabra "moral" hay que entenderla no en el sentido

de cumplimiento de pautas,

restricción a unas normas,

sino como cuando decimos que el Alcoyano tiene la moral alta.

Es decir, una "moral" en el sentido de tener fuerza

para actuar de una manera adecuada.

¡Eh, has vuelto a bordo!

Vive eternamente.

La ética no trata de decir "no hagas esto" o "no hagas lo otro",

sino "haz esto" o "haz lo otro".

La ética es siempre positiva.

Eso se aprende en los libros de aventuras.

¡Mátame a mí tam...!

Entonces, claro,

la habilidad extraordinaria de Stevenson en ese relato

es que Jim Hawkins vive fascinado por John Silver.

John Silver es un hombre de acción,

que tiene un carisma y una energía enorme,

pero es, evidentemente, malo.

Aún no ha existido un hombre

capaz de mirarme entre los ojos.

Eso es el sentido ético y épico que tienen

las historias de aventuras,

insisto, sean en cómics, sean en novelas, sean en lo que sean.

Y yo creo que en mi vida han influido mucho.

Alguna vez, cuando me hicieron una entrevista

en la época en que estábamos

enfrentándonos un poco al terrorismo en el País Vasco,

en la época de Basta Ya, etcétera,

la gente te decía:

"¿Y usted no tiene miedo?".

Y yo siempre decía: "Mire, de todo esto, de lo que yo hago,

la culpa la tiene el Capitán Trueno".

Porque es verdad, ha sido, en el fondo,

el haberme educado con el Capitán Trueno

el que me hizo...

bueno, a lo mejor, tomar compromisos un poco imprudentes.

En "La infancia recuperada", hubo dos cosas, digamos,

que fueron descubrimientos que hice.

Uno de ellos fue "El mundo perdido" de Conan Doyle

y los dinosaurios.

Mucha gente cree que los dinosaurios se pusieron de moda

a partir de "Jurassic Park", de Spielberg.

"Jurassic Park" responde al entusiasmo por los dinosaurios

que ya existía, no creó ese entusiasmo.

Y muchos éramos adictos a los dinosaurios

en todas sus formas y posibilidades.

Yo, de hecho, estuve a punto de estudiar paleontología

solo por mi entusiasmo por los dinosaurios,

aprendido en tebeos como "Turok, el hombre de piedra"

y cosas por el estilo.

Esa es una de las cosas en las me adelanté un poco al tiempo.

La otra fue "Lord of the Rings", de Tolkien.

"El Señor de los Anillos" no se había traducido todavía.

Y durante un verano, el verano que precedía

a mi incorporación al servicio militar...

A mí, como había estado en la cárcel,

me quitaron las milicias universitarias,

afortunadamente, porque las milicias universitarias exigían

unos ejercicios gimnásticos que yo jamás habría podido hacer.

Durante ese verano,

que yo consideraba el verano final de mi vida,

porque creía que cuando fuera al ejército,

allí moriría entre atroces sufrimientos

a los dos días de entrar al cuartel,

entonces, me dediqué, con un diccionario y enorme paciencia,

a leer "El Señor de los Anillos".

Fue uno de mis libros predilectos, me gustó.

Y creo que ese texto que aparece en "La infancia recuperada"

es lo primero que se editó,

digamos, en un libro comercial, normal.

Pasaron seis, siete, ocho años tras "La infancia recuperada"

que nadie sabía quién era Sauron.

Detesto el realismo.

Yo soy incapaz de escribir una historia realista:

una mecanógrafa atribulada por la amenaza del paro

y el hostigamiento sexual de su patrón,

la trama corrupta de Valencia, cosas por el estilo.

Todo eso me parece muy bien para leerlo en el periódico,

pero me interesa nada como género literario,

ni para leerlo ni para escribirlo.

Bueno, a mí lo que me ha gustado siempre es escribir cosas

de aventuras, tramas más o menos fantásticas, etcétera.

La primera novela que escribí dentro de ese género

fue "Caronte aguarda".

Y luego, "El jardín de las dudas" quería ser

una biografía de Voltaire, en forma de correspondencia

porque me parecía lo más propio del siglo XVIII,

las correspondencias del XVIII.

La cosa salió más novelada de lo que yo me propuse en principio,

a pesar de que casi todo lo que dice Voltaire está escrito por él,

yo lo tomé de las obras de Voltaire.

Y lo mandé al premio de novela y quedé finalista el año que ganó

"Lituma en los Andes", de Mario Vargas Llosa,

con lo cual, tuve la ocasión de trabar una buena amistad con él

de la cual yo me siento muy honrado.

Y después, seguí escribiendo algunas otras cosas,

sobre todo, para dar gusto a mi mujer.

A Sara le gustaba mucho...

Me dijo: "Escríbeme un cuento, algo que...".

Entonces, yo escribía cosas para ella.

"La hermandad de la buena suerte",

con la cual gané el Premio Planeta,

o "Los invitados de la princesa".

Esas son cosas que yo escribí para que las leyera Sara

y para dar gusto a Sara y ese era su objetivo.

A mí me gusta,

pero también comprendo que, como a mí no me gustan

la mayoría de las novelas que escriben mis contemporáneos,

las más elogiadas, etcétera, pues yo comprendo

que tienen mucho derecho a que no les gusten las mías,

porque, verdaderamente, es algo recíproco.

Pero ya, cuando, desgraciadamente, perdí a mi mujer,

también perdí con ella el ánimo de escribir cosas de ficción.

Insisto, yo lo hacía solo pensando en darle gusto

y ya, fuera de eso, no me interesa...

No me interesa seguir escribiendo, en general.

Yo he sido muy aficionado al teatro, me gusta mucho el teatro.

La afición me nació en el colegio,

gracias a una persona que influyó mucho en mi vida adolescente,

que fue Carlos Aladro, que era un profesor.

Yo colaboré con él

haciendo papeles en las obras de teatro

y, luego, escribiendo obritas para los niños pequeños,

porque la habilidad de Carlos

fue que fundó una especie de grupo que se llamaba El Ratón del Alba

y eran niños que hacían las obras y que las escribían.

Pasó el tiempo y un amigo,

y muy admirado actor y director de teatro, José Luis Gómez,

cuando estaba dirigiendo el Teatro Español,

me pasó una utopía que se escribió en el XVIII en España,

la "Sinapia", y entonces, yo escribí "Vente a Sinapia"

y conocí a una muy joven todavía María Ruiz,

colaboradora con José Luis Gómez,

y la primera obra que dirigió fue la mía, "Vente a Sinapia".

Y, a partir de ahí,

nos unimos en una serie de colaboraciones teatrales.

Yo todo lo que he hecho ya en teatro lo hice pensando

en llevarlo al escenario dirigido por María.

Hicimos bastantes cosas.

Yo creo que lo mejor de lo que hicimos fue "Último desembarco".

Pero bueno, hicimos cosas en Mérida,

en el 92, se llamaba "Guerrero en casa",

sobre un español que se queda a vivir con los mayas en México.

En fin, hicimos bastante teatro juntos.

Yo creo que algunas cosas estaban bien y nos divertíamos mucho.

Yo creo que en España hay muy buenos directores teatrales,

pero a veces son un poco esnobs.

Y hay otros que no son esnobs, pero no son tan buenos.

Y María es una buena directora que no es esnob

y por eso procuro trabajar con ella.

Yo las cosas que he hecho las he hecho para divertirme.

O sea, no he buscado redimir al mundo,

no he buscado salvar a nadie, etcétera.

Yo he tenido la suerte de no haber trabajado nunca,

en el sentido estricto del término.

Es decir, nunca he hecho cosas que solo hiciera para ganar dinero.

Todo lo que he hecho, primero, me divertía

y, luego, lograba sacarle dinero.

Es la pequeña habilidad que he tenido en la vida.

Como mi obra ha sido ignorada durante 30 años...

Cuando Pilar Miró dirigía Televisión Española,

escribí una obrita sobre Schopenhauer,

el último año de Schopenhauer,

que se llamó "Un paso en falso".

Señora Snep. ¡Señora Snep!

Esa aventura final de su vida,

cuando Elisabet Ney,

la sobrina nieta del mariscal de Napoleón

aparece y le quiere hacer una escultura.

Una joven muy lista, muy guapa y tal.

Y, entonces, el viejo dragón, en vez de comérsela,

al contrario, se queda encantado con ella

y le dice cosas como:

"¡Qué bien estoy a su lado!".

"Parece que nos hemos casado".

Me siento como si estuviese casado, imagínese.

Conociendo su opinión del matrimonio,

no sé si tomarlo como un cumplido o como una ofensa.

Eh... Mire, amiga mía.

Hacer un buen matrimonio es tan difícil como meter

a ciegas la mano en un barril lleno de serpientes venenosas

y coger la única anguila que hay dentro.

Pero creo que quien se case con usted...

habrá pescado la anguila.

Lo cual revela que uno es pesimista,

pero, dentro de ese pesimismo,

hasta el final conserva la esperanza.

A nadie se le ocurrió nunca, dada mi capacidad genética

por las matemáticas, que hubiera hecho una carrera de ciencias.

Pero todos daban por hecho que sería abogado.

Y luego, pues no sé,

notario, como mi padre, tampoco parecía que me tentara.

Ni a mi propio padre le gustaba ser notario.

Pero, bueno, me fui a matricular y me matriculé en Filosofía.

Fui a la Facultad de Derecho, pero me matriculé enfrente.

Y, efectivamente, caí justo

en el momento de los mayores líos universitarios

del franquismo.

Cuando yo era un total pipiolo y no sabía nada,

me encontré metido ya en conflictos, en enfrentamientos,

en manifestaciones y tal.

Y, como a mí siempre me gustó poco la aventura,

ahí tuvimos algunos incidentes

y me detuvieron varias veces

y acabé primero en la Dirección General de Seguridad

y luego en Carabanchel.

Y ahí, efectivamente, entre las figuras...

que habían expulsado de la Universidad...

A Tierno Galván yo le había leído algo.

Me parecía interesante.

A Aranguren lo conocía muy poco y se fue enseguida a EE. UU.

Y luego, mucho más tarde, tuve mucha relación con él,

pero entonces nada.

Y a quien conocí fue a Agustín García Calvo,

que tenía fama de ser un personaje demasiado heterodoxo,

demasiado sulfuroso para aceptarlo, ¿no?

Cosa que, naturalmente,

me lo hizo irresistiblemente interesante.

Para ganarse la vida,

hacía unas sesiones sobre los clásicos griegos,

Heráclito, Parménides, etc.

Era un filólogo extraordinario.

Y los hacía allí, en un local de la calle Desengaño, que tenía.

Y ahí fui montones de veces

y ahí conocí a un grupo de chicos

más bien de ideología ácrata,

que es la que más simpática me resultó siempre.

Vivimos Mayo del 68, nuestro Mayo del 68.

Fue una de las personas que me han marcado en la vida.

Yo creo que es muy distinto...

haber aprendido de los libros a haber tenido maestros.

Los maestros son una cosa insustituible.

Conocí a Octavio Paz, he conocido a Borges,

he conocido a Cioran,

pero lo más parecido a un maestro

en el sentido más amplio del término es Agustín García Calvo.

Lo cual no quiere decir, ni mucho menos, que...

Yo he discrepado mucho y me he alejado mucho de él.

Y supongo que él, de alguna manera, también

se sintió un poco decepcionado conmigo por mi alejamiento.

Pero esos son los buenos maestros, los que te permiten irte.

Esos maestros que te mantienen retenido

y que debes seguir a sus pies toda la vida...

Cosa que a los maestros les suele gustar.

Pero, en fin, yo creo que el verdadero buen maestro

es el maestro que te enseña a irte.

Y yo, desde luego, eso lo aprendí enseguida.

(Música ambiental)

Enrique Ruano fue compañero mío del colegio, de curso

y hasta de banco, vamos.

O sea, que Enrique era

el alumno más destacado de mi clase.

Pero era, curiosamente,

el primero de la clase que a todos les caía bien.

Era simpático, era buen compañero, era divertido.

En la Universidad, nos vimos menos,

pero, de vez en cuando, nos reuníamos.

Él se había comprometido políticamente más,

en la política clandestina.

Y yo le vi pocos meses antes de que lo matasen.

Lo mataron en mi calle.

Por lo que se ve, lo estuvieron interrogando, lo llevaron allí y,

bien sea para disimular las torturas

o, directamente, porque sí, le pegaron un tiro.

Y, entonces, bueno, yo, como solía ser

de los que estaban en el ajo,

pues ya tenía mala fama.

La verdad, tenía bastante mala fama.

Me fueron a detener pocos días después

de que matasen a Enrique.

Me fueron a detener a casa,

me llevaron a la Dirección General de Seguridad

y estuvimos allí detenidos en el estado de excepción del 69.

Y de ahí nos trasladaron a Carabanchel.

Y ahí, en Carabanchel, estuve,

tampoco demasiado, un mes o una cosa así.

Cuando presenté mi tesis doctoral,

que la hice sobre Cioran,

entre que Cioran era un autor

perfectamente desconocido por mis maestros

y que, en algún momento,

Agustín y yo habíamos coqueteado, de broma,

con la idea de que él se inventaría un presocrático

y yo haría una tesis sobre un presocrático inventado por él,

hubo gente que lo tomó en serio

y creyó que Cioran era un autor que nos habíamos inventado.

Entre unas cosas y otras,

me pasé tres años a la espera de poder leer la tesis,

muerta de risa ahí.

José Luis Pinillos,

catedrático de Psicología y hombre paciente y tal,

era el que me decía: "No te van a dejar leer la tesis".

"Se empeñan en que este autor no existe y no sé qué".

"No hay nada editado de él".

"¿Y no te podía, a lo mejor, él enviar una carta,

un apoyo que utilizásemos?".

Digo: "Sí, se la puedo pedir".

Entonces, yo tenía correspondencia habitual con Cioran.

Entonces, le escribí una carta.

Él sabía que hacía la tesis sobre él,

aunque había intentado quitármelo de la cabeza.

Pero ya que la hacía...

Y le dije: "Mire lo que pasa. Dicen que usted no existe".

Directamente, a vuelta de correo, me dijo: "No los desmienta".

"Sí, tenemos que desmentirles

porque, si no, no me dejan leer la tesis".

Y, entonces, me hizo un breve texto...

diciendo que él no se consideraba filósofo

y que el único filósofo que había conocido era un vagabundo,

un pordiosero que vivía en su barrio.

Le gustaba la filosofía y era el único filósofo que había conocido.

Pero eso coló.

Fue suficiente para poder leer la tesis...

y, en fin, iniciar una vida académica

no muy gloriosa, pero, por lo menos, viable.

A Cioran lo conocí por el periódico "Le Monde".

Yo era suscriptor de "Le Monde"

y yo leía "Le Monde" como si fuera devocionario,

como el Evangelio, todas las semanas.

Y empecé a mantener correspondencia con Cioran.

Le escribí a cuenta de Galimard

y le pasaron la carta y él me contestó.

Desde finales de los 60, principios de los 70,

mantuvimos correspondencia.

Yo aún no podía salir de España.

Y, años más tarde, cuando ya tuve pasaporte y tal,

visité a Cioran en París,

en el 21 de la Rue de l'Odéon.

Y ya se convirtió en la parada obligada

cada vez que iba a París.

Dejaba mi bolsa de viaje y tal y me iba a ver a Cioran.

Y ahí cenábamos un día y hablábamos

y bueno...

En contra de lo que parece que es una...

literatura pesimista, etc.,

él era muy divertido, muy gracioso,

con gran sentido del humor.

Tenía de bueno que nunca hablaba de cosas intelectuales,

de filosofía...

De eso le gustaba poco hablar.

No era un filósofo teórico.

Bueno, no era un filósofo en el sentido

que suele entenderse la palabra. Era un pensador privado.

"La sabiduría de Occidente", de Bertrand Russell,

es un poco mi hechizo definitivo por la filosofía.

Él escribió muchos ensayos sobre actualidad, etc.,

y con ese tono claro, razonado,

irónico, etc.

Eso ha sido siempre lo que me ha gustado, ese estilo,

el estilo de fondo volteriano.

Me aburre la filosofía de grandes complicaciones.

Los filósofos que se inventan un lenguaje

prácticamente inaccesible, etc...

Bueno, yo eso lo he tenido que estudiar en una época

por razones profesionales, porque tenía que dar clases, etc.,

pero la verdad es que, cuando me jubilé

y pude hace 11 años renunciar a eso,

ya no he vuelto a leer un libro de ese tipo de filosofía en mi vida.

(Música ambiental)

Empecé a escribir ensayos porque era lo que más tenía que ver,

profesionalmente, con lo que yo estaba haciendo.

El ensayo como un medio de expresión breve,

no un tratado académico.

Una especie de deambular ágil, inspirador...

Quisiera que mis ensayos fueran

como aceleradores de partículas mentales.

Bueno, que sirvan para estimular en el lector las ganas

de seguir pensando y leyendo por su cuenta.

Escribo para abrir puertas.

Digamos que escribo como punto de partida, no como punto de llegada.

Y por eso se me ha dado relativamente bien, creo yo,

la escritura de textos para adolescentes, para jóvenes.

Me he interesado profesionalmente por la divulgación,

por acercar los grandes temas a la gente.

Porque todo el mundo puede filosofar.

Es absurdo pensar que alguien para filosofar

sobre su vida tiene que saber quién era Platón.

Tampoco es obligatorio.

En cambio, hay cosas que sí hay que saber.

Sobre la acción humana,

sobre las relaciones, etcétera.

Yo entonces eso es lo que hice en "Ética para Amador",

intentar un ensayo que pudiera ser leído por adolescentes

sin necesidad de una salvaguardia de un adulto

que le mirara por encima del hombro

y le dijera lo que pensar, ¿no?

(Música suave)

Los jóvenes, los adolescentes, tienen una música propia,

un cine propio. No digamos juegos, videojuegos.

Y en fin, tienen todo un mundo cultural dedicado a ellos,

pero hasta ahora no existía el ensayo,

propiamente un ensayo para que fuera leído

por un chico de 15 o 16 años.

Bueno, pues eso es "Épica para Amador",

eso es "Política para Amador",

eso es "La historia de la filosofía sin temor ni temblor".

Y "Las preguntas de la vida",

que también está pensado para iniciarse

en el tema de la filosofía.

(Música suave)

¿Por qué hay que preocuparse por vivir bien y no por vivir mal?

O sea, ¿qué saca uno viviendo bien?

¿Qué es lo que puede sacar alguien viviendo bien?

¿Cómo se le dice a alguien con 14 o 15 años

que lo de vivir bien no es una obligación de los padres,

una imposición de la sociedad,

una obligación de los dioses,

sino que uno saca más cosas viviendo bien que viviendo mal?

(Música de saxofón suave)

Las personas sabemos

que hay cosas que nos convienen y que no nos convienen.

Libertad es que podemos elegir

entre unas cosas y otras para buscar

lo que nos conviene. Haz lo que quieras,

pero pregúntate qué quieres realmente.

No actúa por el impulso o actúa por el mimetismo,

actúa por lo que ves hacer a los demás,

sino pregúntate qué quieres.

Haz lo que quieras una vez preguntado eso.

(Música de trompeta suave)

En el colegió dirigí la revista del colegio del Pilar,

se llamaba "Soy pilarista".

Que, por cierto, solían hacer una broma,

porque yo en aquel momento descubrí que uno

encarga artículos y colaboraciones y tal

y luego llega la hora del cierre de número

y nadie ha mandado nada.

Y entonces yo ahí, de mala manera,

en dos horas me escribía medio "Soy pilarista"

con diversos pseudónimos.

Y los demás, en broma, en vez de "Soy pilarista",

le llamaban "Soy Savater",

porque casi todo el número lo hacía yo.

Cuando me echaron de la universidad

al final de la época franquista, me gané la vida

primero escribiendo en revistas, como "Triunfo",

o en periódicos, en el antiguo "Informaciones".

Y cuando comienza la democracia y ya apareció "El país",

pues yo he escrito desde el número cero de "El país".

Y bueno, sé... sé un poco lo que es esa especie de urgencia

de que debes hacer el artículo en un momento determinado,

lo cual te quita, me parece,

esa especie de pedantería de que la página perfecta.

Y el periodismo te enseña

que la página tiene que, antes que perfecta o imperfecta,

tiene que estar hecha para un momento determinado.

Y si esa semana no te ha salido la perfecta,

pues igual la siguiente te sale mejor.

Me he considerado siempre periodista,

porque mi vida ha transcurrido en... en periódicos,

en medios de comunicación.

Y la idea de condensar, de abreviar y, sobre todo, de ser claro,

de utilizar el hueco que te dejan en la prensa

yo siempre lo he visto como una expresión pedagógica

que resultaba útil al lector. He apostado siempre

por la literatura útil y por la... y por el ensayo útil

Y no simplemente por el,

digamos, la expresión de una alma atormentada

que no ha sido nunca mi caso.

Luego voy a dar clase en las universidades de Madrid,

porque me tenían vetado tanto en la Complutense

como en la Universidad Autónoma de Madrid.

Pero en cuanto se inauguró

la facultad de Filosofía en Zorroaga,

me pude venir aquí como profesor interino.

Y luego, pues ya saqué mi cátedra en el año 80, ¿no?

La universidad fue una experiencia muy abierta, muy libre,

precisamente porque era una cosa casi improvisada, digamos.

Estaba allí en... en el alto de...

de Zorroaga,

en unas instalaciones muy defectuosas

con unas goteras enormes.

Se reunió una cantidad de gente valiosa

y... y bueno, casi yo creo que inédita

en las universidades españolas.

Y además, había un clima muy relajado, de camaradería, de tal,

dentro de que, claro, estábamos viviendo la época

del terrorismo y había, pues eso,

un ambiente en muchas ocasiones muy marcado por el asunto.

La verdad es que la mayoría de los que estaban allí

no se significaban tampoco mucho en contra de...

de ETA, salvo algunos,

como, por ejemplo, yo.

Pues entonces, tuve mucha más presión que otros.

Estuve en la facultad con toda la facultad con pintadas

contra mí, ataúdes, pintura roja en la puerta

de mi despacho y cosas por el estilo.

Aún así, digamos, lo pasábamos bien. (RÍE)

Estábamos... Lo pasábamos bien. Lo que pasa es que, poco a poco,

la parte de cultura, de originalidad, etcétera,

pues fue cediendo

ante el peso burocrático y sobre todo ultranacionalista

cada vez mayor. Y entonces, la gente que valía más,

pues se fue yendo, claro.

Se callaban, porque había que convivir, había tal.

Y yo reconozco que yo mismo

procuré durante mucho tiempo,

pues bueno, llevarme bien con todo el mundo

y no significarme demasiado.

Hasta que hubo un acto contra la tortura.

Yo era uno de los fundadores

de la Asociación contra la Tortura en España.

Y entonces hubo un acto contra la tortura en Zorroaga

y era la época en que estaba secuestrado

el ingeniero Ryan por la central nuclear de Lemóniz, ¿no?

Y dije que un ejemplo de tortura es, por ejemplo,

lo que le estaba pasando al ingeniero Ryan,

que estaba siendo torturado en ese momento por ETA, etcétera.

Bueno, eso fue el escándalo mayor,

porque, naturalmente, el guión era que yo tenía que meterme

con la tortura que hacía la Policía y tal,

pero no decir que Ryan estaba torturado también.

Y eso ya fue un poco el detonante

de que yo pasara a convertirme un poco el enemigo público

número uno. (RÍE)

La verdad, sin muchos apoyos

de los demás. O sea, que la gente me apoyaba en silencio.

Cuando estábamos en el bar, se acercaban y en voz baja:

"Esto es una vergüenza",

refiriéndose a las pintadas que había.

Pero bueno, no así, digamos,

sacar pecho a mi lado no había ninguno.

Fui amigo de Octavio Paz.

Iba a México con frecuencia.

Y entonces, cuando Octavio cumplió los 70 años,

estuve allí unos días.

Y una de las veces, cuando terminó la mesa redonda,

pues se acercó un grupo de chicos:

"Somos vascos, no sé qué, tal". Y bueno,

me fui a tomar algo con ellos.

Entonces, una de ellas, una chica, era Yoyes, ¿no?

Que yo, la verdad, no la conocía en aquel momento.

Me dijo que quería volver.

Que quería volver y dejar la banda.

Tenía un hijo pequeño.

Y... y bueno, y quería dedicarse a ello

y a vivir una vida normal.

Entonces, que ella tenía la licenciatura de Filosofía,

pero bueno, le venía bien tener los cursos de doctorado,

etcétera, porque aspiraba a tener un doctorado.

Entonces, yo le dije que sí, que daba un curso.

Y bueno, ella necesitaba algún tipo de documentación académica

para poder volver y justificar antes las autoridades

que venía a eso y no a otra cosa y que la dejaran en paz.

Cosa que pasó. Una de las...

de las cartas que llevó fue mía.

Entonces, efectivamente, volvió, se incorporó.

Hubo mucho revuelo.

Porque claro, era la primera vez que una dirigente muy importante,

ella no era una militante corriente,

sino que había sido la mujer que llegó más alto

de toda la organización.

Y meses después, pues paseando al niño por la calle,

la mataron, en Ordicia, ¿no?

Cuando fuimos al funeral, era muy impresionante,

porque hicimos una pequeña manifestación

paseando por las calles de Ordicia.

Ella tenía muchos hermanos.

Solamente uno se hablaba con ella después de dejar la violencia.

Y, por supuesto, no había ningún miembro de la familia

en el funeral ni nada.

Paseamos por Ordicia y todas las ventanas de las casas

estaban cerradas. Y la gente miraba por los agujeros,

etcétera, etcétera. Era el régimen del terror,

que fue el habitual

en el País Vasco.

Y no es verdad que la gente mirara para otro lado, no.

Miraba hacia nosotros con reproche.

Éramos los malos. Los buenos eran los etarras y los malos, nosotros.

Se tardó en hacer una reacción cívica.

O sea, entre nosotros y los etarras

no existía más que la Policía y la Guardia Civil.

Es lo único que había verdaderamente activo.

Y después, poco a poco,

empezó a surgir alguna respuesta.

La primera que salió fue Gesto por la Paz,

que fue un grupo fundado, entre otras, por Cristina Cuesta,

que era alumna mía.

Cuando estaba siendo alumna mía en Zorroaga, mataron a su padre.

Lo mataron por nada, por ser funcionario.

Y entonces, pues bueno, ella con otras amiga

fundaron este grupo de Gesto por la Paz,

que tenía un carácter sobre todo ético,

yo diría incluso un poco religioso.

O sea, había que reunirse allí, en la plaza Guipúzcoa.

Nos reuníamos,

porque yo también iba.

Me acuerdo que el primer día fuimos 18.

Nos reunimos allí. Estaba Eduardo Chillida,

Pilar, su mujer.

Y nos reuníamos allí en silencio

con una pancarta que pedía paz

para todos y tal.

Y bueno, no se pedía más.

Enfrente solían ponerse los otros a decir:

"Sabemos dónde vives,

sabemos a qué colegio llevas a tu hijos"

y todo este tipo de lindezas.

Yo y algunos ya estábamos un poco hartos

de tanto pacifismo, la verdad.

Y de ahí nació "Basta ya".

"Basta ya" nació para ser un movimiento que no respondiera

simplemente a los atentados,

sino la situación general,

que se enfrentara a la situación general,

y que reivindicara la Constitución y el Estatuto,

no los Diez Mandamientos.

(TODOS) ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos!

¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos!

Y eso es lo que hicimos.

Después de la mini tregua que hizo ETA,

en el año 2000 lanzamos esta idea, es decir, un movimiento político.

Cosa que al principio no quería nadie.

(TODOS) ¡Asesinos! ¡Asesinos!

Hasta ahora aquí hay lemas de paz,

libertad,

armonía... Bueno.

Esos son lemas que puede adoptar cualquiera.

Los lemas concretos son: ETA no.

Estatuto y Constitución.

Es decir, ir claramente a lo que no queremos

y a lo queremos.

Las manifestaciones de Basta Ya reunieron unas cantidades de gente

totalmente insólitas en el País Vasco.

Porque siendo, además, eso,

no viniendo de una protesta por un crimen,

sino de una protesta por la amenaza

y la coacción nacionalista terrorista.

Frente a eso, contra el nacionalismo obligatorio

y contra la violencia.

Realmente el final de ETA fue eso:

fueron los movimientos cívicos

secundados por algunos partidos políticos.

Y yo creo que eso fue verdaderamente lo importante.

(TODOS) ¡No son vascos, son asesinos!

¡No son vascos, son asesinos!

-¡Miguel Ángel! ¡Miguel Ángel!

Nuestra primera manifestación fue en febrero del 2000.

Y ahí dejamos que la víctimas fueran delante,

luego íbamos gente que habíamos...

amparado y resultado el asunto.

Estaba José Luis López de la Calle,

Fernando Buesa, José Ramón Recalde,

un servidor y alguno más.

Esto fue en febrero del año 2000.

Cuando en septiembre del 2000 hicimos la manifestación,

la mas grande que hubo,

ya habían matado a Fernando Buesa,

ya habían matado a José Luis López de la Calle,

José Ramón Recalde no pudo ir

porque le acababan de pegar un tiro en la cara y estaba en el hospital,

y el que quedaba en estado presentable era yo.

Evidentemente, la violencia no era ciega.

Sabía lo que hacía e iban liquidando a los adversarios, digamos,

de los proyectos nacionalistas.

Por supuesto, nada de que eran asesinatos indiscriminados y tal,

no, Gregorio Ordóñez lo mataron porque iba a ser alcalde

de San Sebastián tres meses después,

o sea que no... Lo que querían era quitar competencia política.

Bienvenido. Muchas gracias.

Bienvenido al Parlamento Europeo. Muchas gracias. Muy amable.

(HABLA EN FRANCÉS)

Nos negamos a sustituir el estado de los ciudadanos

por el estado de las etnias.

Por eso hemos salido a la calle

para defender los principios constitucionales

y gritar a los terroristas: ¡Basta ya!

Lagun la inauguraron en el año 68.

Allí, en la Plaza de la Constitución,

la organizaron personas destacadas de la izquierda intelectual

de aquel momento,

José Ramón Recalde y su mujer, María Teresa Castells,

y nace así.

La librería era librería, o sea, que vendía libros,

pero, además de eso, había tertulias,

había presentaciones, y para muchos de nosotros

era como llegar a una isla.

En la época de Franco, cuando había una huelga general,

la única librería que cerraba era Lagun,

y luego, durante la época terrorista,

cuando Batasuna y ETA decretaban una huelga general,

la única librería que permanecía abierta era Lagun,

porque era la que se mantenía fiel a la democracia

y no a los que amenazaban.

José Ramón Recalde se llevó un tiro y... en fin.

(Violín)

Como constantemente estaba agredida,

con cócteles molotov, con intentos de incendio,

Constantemente estaba... Y perdía libros,

perdía los ejemplares que estaban en los escaparates,

etcétera, nos pusimos a buscar, los dueños y un grupo de amigos

un lugar más seguro, una zona de San Sebastián

un poco más tranquila...

Se alquiló y ahí ha seguido la librería muy bien,

pero la lástima es que tanto José Ramón Recalde

como María Teresa Castells no hayan podido estar.

Seguro que les habría hecho mucha ilusión.

El nacionalismo es, digamos, una especie de...

jerigonza ideológica, mental, etcétera,

que tiene la virtud de que está al alcance

de las mentes más simples y más obtusas, porque...

si tú quieres ser marxista, tendrás que leer libros de Marx;

si quieres ser un liberal tendrás que leer a Hyde, o al que sea,

pero para ser nacionalista no hace falta nada.

"Tranquilos, aquí somos los buenos".

"Aquí somos así y tal y cual".

Es el revestimiento ideológico, pero, claro, puede haber intereses.

Cuando se decía: "La violencia no sirve para nada".

Cuidado, de aquí, en el País Vasco,

en diez, doce años se fueron 200 000 personas

y, claro, todo eso dejó vacantes.

Dejó vacantes en la universidad, en el periodismo,

en la empresa, que fueron ocupados por otros

de menores méritos profesionales, etcétera,

pero que supieran adaptarse mejor a las circunstancias.

(Música ambiental)

Yo la verdad es que nunca he tenido vocación de mártir,

y una de las veces que estaba dando vueltas a la cabeza

de decir: "Bueno, ya está bien,

vamos a ver si esto se acaba de una vez".

"O yo me voy y que se queden los demás",

iba paseando por La Concha, rodeado de mis escoltas,

dando vueltas a la cabeza esto que digo,

se me acercó una señora, y me dijo: "Ay, profesor,

qué alegría me da verle".

"Mientras le veamos a usted por aquí sabemos

que no nos han dejado solos".

(RIENDO) Si te dicen eso, pues no hay más remedio que seguir.

Había que seguir hasta el final.

(Música ambiental)

La filosofía es el reverso de la democracia.

Es decir, la democracia está hecha de ciudadanos

y los ciudadanos, por definición, tienen que ser libres e iguales.

Esas son las dos bases de la democracia

y también de la filosofía.

Porque la filosofía es los ciudadanos tiene que ser libres,

de hablar, de especular, de desafiar las tradiciones,

las religiones, etcétera, etcétera,

y de buscar por sí mismos,

e iguales en el sentido de que hablan en un pie de igualdad.

No es como esos sabios que hay en Oriente,

que están ahí ellos en una cueva y el discípulo entra a gatas,

y no se atreve a levantar la vista ante el sabio, no.

La filosofía se hace mirando a los ojos al otro

y siempre en el mismo plano de igualdad.

Los países que no han tenido democracia

no han conocido la filosofía.

A veces, erróneamente, se habla de la filosofía china

o de la filosofía hindú. No existe tal cosa.

Existe la sabiduría.

(Música ambiental)

La educación para la ciudadanía es algo...

que al principio lo llamábamos ética cívica,

luego educación para la ciudadanía, etcétera, es algo...

de hace muchísimos años.

Hace muchos un grupo de personas intentábamos, digamos,

que se hiciera algo así.

Es decir, que se explicara a la gente

qué significaba la democracia,

en qué consiste el derecho a decidir,

en qué consiste la ciudadanía, etcétera, etcétera.

Todo eso yo lo consideraba importante

porque esas cosas no se aprenden naturalmente.

Y, claro, tropezábamos primero, por supuesto, como siempre,

con los curas, que tratan de convertir todo eso en catecismo.

Pero luego, en esos que disimuladamente decían:

"Los valores los tienen que transmitir la familia".

Según qué familia te toque.

Los niños no pueden estar a merced de sus padres.

Yo siempre he creído que la educación,

uno de sus fines es liberar a los hijos de sus padres,

y librarles dándoles una alternativa,

digamos, que puede luego con los años confirmar

lo que los padres enseñaban

o diferir de lo que los padres dijeran.

Pero hay que enseñar algo diferente.

Porque la ética que se quiere transmitir

no es una ética familiar, sino una ética cívica,

una ética social, y eso hay que instarlo institucionalmente.

(Música ambiental)

A Newmarket he ido bastante veces porque...

me gusta un poco el ambiente,

hay un museo de las carreras de caballos muy bonito,

y entre las cosas peculiares es un pequeño cementerio,

y ahí están enterradas...

algunas personas relacionadas con el caballo.

El centro es Fred Archer, que es el gran jinete del siglo XIX

y el que tiene el aura de haber sido el mejor jinete

que ha montado nunca.

Fui, me encontré la tumba,

y preguntando a un sepulturero que estaba por allí

me dijo dónde estaba la tumba de Fred Archer.

Y luego me señaló otra tumba mucho más reciente,

de un jinete de los años 50, del siglo pasado,

Arthur Robert Freeman.

Y... en su tumba ponía:

"Always strong in the finish".

Es decir: "Siempre enérgico en los finales".

Me parece una frase bonita, es un elogio.

Es decir, ser fuerte en los finales que es donde suele ser lo difícil.

Sea el final de las carreras, el final de los amores...

o el final de la vida.

Ser fuerte en esos finales es verdaderamente algo importante.

Algunos, desgraciadamente, no lo hemos conseguido,

pero bueno, por lo que se ve, el señor Freeman sí.

(Música ambiental)

Imprescindibles - Fernando Savater, ahora que lo pienso

57:20 03 feb 2019

El documental "Fernando Savater, ahora que lo pienso"  ha seguido al filósofo en su gran pasión, las carreras de caballos, a través de los hipódromos de Lasarte en San Sebastián y Zarzuela en Madrid y ha recorrido su verdadero paraíso emocional desde la infancia: la ciudad de San Sebastián, el lugar donde siempre quiere estar.

El documental "Fernando Savater, ahora que lo pienso"  ha seguido al filósofo en su gran pasión, las carreras de caballos, a través de los hipódromos de Lasarte en San Sebastián y Zarzuela en Madrid y ha recorrido su verdadero paraíso emocional desde la infancia: la ciudad de San Sebastián, el lugar donde siempre quiere estar.

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