La nueva serie de las sobremesas de La 1 salta alrededor de 45 años atrás en el tiempo y cuenta el origen de las dos familias protagonistas, los Cortázar y los Reverte, cómo se construyeron sus respectivos negocios, y cómo llegaron a ser quienes son en la actualidad.

Los espectadores podrán conocer a Vicente Cortázar en su juventud, a sus padres y hermanos, y cómo el patriarca de los Cortázar llegó a adquirir el poder del que disfruta en el presente. Un camino lleno de intrigas que relatará el enfrentamiento entre los Cortázar y los Reverte con la irrupción de una tercera familia bodeguera en discordia a la que podremos conocer en la nueva ficción.

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2004815
No recomendado para menores de 7 años  Gran Reserva. El origen - Capítulo 82 - Andrés ha decidido huir del pueblo al confesar a Roberto su homosexualidad - ver ahora
Transcripción completa

Pero no me puedo arriesgar. -Le juro que me iré de aquí

y nunca más me verá.

Por favor, tenga piedad.

Baje el arma, por favor. -Quieto, no te muevas.

(Disparo)

(Música de intriga)

Me cago en la mar, hijo. Qué susto.

¿No has dormido? -No tenía sueño.

¿Adónde va a estas horas? -A la finca del Cojo, a ver un perro.

-Es muy temprano, ¿no? -Es que ese hombre madruga mucho.

¿Por qué no vas a la cama? Tienes cara de cansado.

-No podía conciliar el sueño

y he estado dándole vueltas en la cabeza a un asunto.

Una decisión que tengo que tomar. Una decisión difícil.

-¿Puedo saber cuál? -Una para la que no hay vuelta atrás.

-Habla más claro, Luis. No te entiendo.

-He decidido...

nombrar capataz al nuevo empleado, Roberto Vega.

-Creí que era algo más grave.

-¿Y no va a decirme nada? -¡No!

Tú decides, tú eres el director.

Las bodegas Miranda están ahora en tus manos.

Tengo que marcharme. Me están esperando.

¿Por qué no vas a la cama?

-Pasa. -Buenos días.

-Buenos días, ¿qué hora es? -Las siete.

(BOSTEZA) -Pues enseguida bajamos a preparar los desayunos.

-Antes quería preguntarle algo.

Cuando me contó la historia del anillo de Gabriel

hay una cosa que no me quedó clara.

-¿El qué? -¿Cuándo le entregó el anillo?

(DUDA) -Pues una noche de farra que estuvo aquí con unos amigos.

-Ya, ¿pero cuándo exactamente? -Ay, hija, no me acuerdo bien.

(DUDA) -Pues, yo qué sé... Sería más o menos...

como una o dos semanas antes de la boda de Vicente.

Anda, déjame que me arregle y bajamos a preparar los desayunos.

-No. No, madre.

Ahora no vamos a bajar a preparar los desayunos.

-¿Por qué no? -Necesito que me diga la verdad.

¿Por qué apareció ese anillo en su habitación?

-Carolina... -¡Madre, que me diga la verdad!

¿Qué pasó aquella tarde con Gabriel? -No entiendo tanta pregunta.

-Madre, contésteme. ¿Usted vio a Gabriel?

Usted vio a Gabriel. Ese anillo no se lo pudo dar antes.

Lo llevaba el día en que desapareció, el día que lo mataron.

(NERVIOSA) -Hija, yo... Creo que esa tarde estaría aquí,

como cada tarde desde hace 20 años. -No.

Esa tarde usted no estaba aquí, estaba yo sola.

-¿Dónde está la lata grande de atún en escabeche?

-Estará en la despensa, no la he tocado.

-No, allí no está. Me extraña que haya desaparecido.

-¿Y a mí qué me cuenta? -¿A quién le pregunto si no?

A ti, que te has quedado al cargo de la fonda un rato.

-Un rato no, el recado le ha llevado toda la tarde.

-Sea lo que sea, por favor, dígame la verdad de una vez.

(SUSPIRA) -Hija, yo...

Yo solo quería protegerte. -¿Protegerme de qué?

-De todo lo que se te venía encima.

Yo sabía que no podía salir nada bueno de esa relación

y cuando te oí que le contabas que estabas embarazada...

-¿Me oyó? -Sí.

Te oí en el momento en el que se lo decías a él.

Lo escuché todo.

(CAROLINA) ¡Para, Gabriel! ¡Suéltame!

Estás aquí porque tengo que decirte algo importante.

(GABRIEL) -A ver, cuéntame.

-Estoy embarazada. (GABRIEL) -¿Qué dices?

-Espero un hijo tuyo.

(GABRIEL RÍE)

Esa sí que es buena. (RÍE)

¿Estás embarazada o intentas cazarme? (CAROLINA) -Hablo en serio.

¿Crees que quiero quedarme embarazada de alguien que no me quiere?

¡Para el que no significo nada!

-Me da igual si me estás hablando en broma o en serio.

Tengo muchos planes, y te aseguro que ninguno pasa por casarme contigo.

Estés o no estés embarazada.

Además, ¿quién me asegura a mí que ese crío es mío?

(CAROLINA) -¿Cómo lo dudas? Yo te di mi honra.

-No podía soportar oír cómo ese granuja se burlaba de ti

y cómo te humillaba después de haberte engañado.

Así que...

decidí que tenía que hacer algo.

Y esa misma tarde...

fui a las bodegas para hablar con él.

Cuando llegué no había nadie.

"Todos estaban celebrando la boda de Vicente y Rosalía.

Cuando subí, en la zona de las barricas,

me lo encontré en las escaleras

con una sonrisa en los labios.

Como si estuviera esperando a alguien".

(GABRIEL) -¿Qué haces aquí, tabernera?

¿Te han contratado para servir en la boda?

Porque si es así, el servicio trabaja en la cocina.

-Mira, guárdate esos aires de señoritingo conmigo

y escúchame. -Que la gatita saca las uñas.

Me gustan las mujeres que tienen carácter, como tú.

-Y no como mi hija, que hace lo que tú quieres.

La has estado manejando a tu antojo y ahora la dejas tirada.

Mira, lo que has hecho no tiene perdón de Dios.

-Sí, tengo entendido que fornicar sin pasar por la vicaría es pecado.

Debiste enseñarle algunas cositas,

como mantener las piernas bien cerraditas.

¿Dónde vas, tabernera? ¿Dónde vas?

-¿Te crees que puedes hacer lo que quieras con quien quieras?

¡Pues ahora no! Ahora vas a tener que dar la cara.

Has dejado embarazada a mi hija de un hijo tuyo.

Ahora tendrás que cumplir como un hombre.

-¿Quieres que cumpla también contigo? (PILAR REFUNFUÑA)

-¿Cuánto hace que no le das una alegría a ese cuerpo? Dime.

Ese escote me ha excitado siempre, desde que era pequeño.

Entraba en la fonda y solo tenía ojos para él.

No sabes las noches que he pensado en ti.

-¡Basta, déjame! Solamente he venido para decirte

que cuentes a tu familia lo que has hecho.

-Yo solo quiero pasar un buen rato, y yo me siento generoso.

Estoy dispuesto incluso a regalarte este anillo

con tal de que me dejes disfrutarte. -No quiero ese anillo.

Guárdatelo, no quiero nada tuyo. -En el fondo lo estás deseando.

Y me excita pensar que lo habré hecho con la hija y con la madre.

-Eres un miserable. -¿Dónde vas? Ven, ven.

Mira, este anillo vale un dinero y te lo voy a regalar, para ti.

Que solo quiero... -¡Déjame!

-Mira, por las buenas, tabernera, es más agradable.

Por las malas, es más divertido. -¡Suéltame!

¡Suéltame, por favor!

(GRITA) ¡Por favor!

(PILAR GRITA)

(GRITA)

(RESPIRA NERVIOSA)

"Cuando me acerqué y me di cuenta que ya no se estiraba...

me dio un ataque de nervios y salí corriendo de allí".

-¿Entonces usted le mató?

(PILAR SOLLOZA) -¿Mató a Gabriel?

-Fue un accidente, Carolina. Un terrible accidente.

(SOLLOZA) Que me va a pesar toda la vida.

Solo espero que algún día Dios me perdone

y tú también. (LLORA)

(PILAR LLORA)

(Música de intriga)

Buenos días, padre.

-Luis...

¿Qué haces aquí tan temprano? -¿Y usted?

Parece que pesa, ¿le echo una mano? (NERVIOSO) -No, no hace falta.

(RESPIRA ACELERADO) Son cosas para tirar, cosas de caza...

que me guardaba el Cojo en su finca.

-Sé que no ha estado en la finca. Lo sé porque le he seguido.

Es usted un asesino.

-¿Cómo puedes llamar asesino a tu padre?

-Le he visto desenterrando el cadáver de Ormaechea.

A escondidas, como un criminal.

¿Qué pensaba hacer ahora? ¿Meterlo en una tina?

¿Otra vez? -No tuve la culpa, Luis.

Ormaechea quería acabar con estas bodegas.

-Usted le ordenó que adulterara el vino, ¿no es así?

-¡Pero no quería que muriese nadie!

Él sabía lo del cura y lo de Ricardo Reverte

y me estaba haciendo chantaje.

Por eso quedé con él, para pagarle.

Llevé la pistola para asustarle.

Para que supiera que el chantaje se acaba allí.

Pero se puso nervioso

y discutimos.

Se abalanzó sobre mí

y la pistola se disparó accidentalmente.

-Por su culpa han muerto tres personas, padre.

Me avergüenzo de ser su hijo.

-No digas eso.

Tienes que estar a mi lado.

Soy tu padre.

Llevas mi sangre.

Eres igual que yo, Luis.

Por eso no puedes soportarme.

-No. La sangre no hace al hombre, padre.

Y desde luego, no soy como usted.

¡Ortega!

-¿Qué has hecho, Luis?

-Miranda, tiene que acompañarnos.

-Hijo, ¿sabes lo que estás haciendo?

-Pajarillo, procede a la comprobación, abre eso.

Y ahora ciérralo.

-Luis.

Luis.

-Gracias, don Luis Miranda, por su colaboración.

Sé lo difícil que está siendo esto. -Gracias, Ortega.

-No se preocupe, y deje de estar nerviosa, que se le va a notar.

-Es que no lo puedo evitar. -Solamente lo sé yo.

Haga como si nada, como hasta ahora.

-¿Y si me entrego y acabo con esto?

Ojalá pudiera. Madre, sabe que nadie la va a creer.

Yo sé que abusó de usted y solo se defendió de ese miserable.

Y que fue un accidente.

Pero las personas como nosotras no nos podemos fiar de nadie.

Ni de jueces ni de policías. Tenemos que ser mucho más listas.

-¿Y el anillo? -Aquí.

Lo voy a tirar al río. Así nadie se va a enterar.

(Puerta)

Carolina, ¿podemos hablar?

-No puedo, cariño, tengo prisa. -Solo será un segundo.

-No puedo, de verdad. Adiós.

(Música de intriga)

Buenos días.

-Cuidado.

-Por fin en casa. ¿Estás bien? ¿Seguro?

Sí, sí. Siéntate ahí.

Ya puedo yo solo.

-Yo pienso que deberías irte a la cama.

-No, basta ya de cama, madre. Quiero comer uno de sus platos ricos.

(RÍE) -Me parece muy bien. Voy a la tienda de ultramarinos

a comprar y te voy a hacer una comida que te vas a chupar los dedos.

Sofía, ¿te puedes quedar con él?

Claro. Jesús, ¿te vienes conmigo?

Y así les dejamos solos para hablar de sus cosas.

Vamos. Vamos.

(Cierra la puerta)

¿Estás bien? ¿Necesitas un cojín, una almohada? ¿Te traigo algo?

No, Sofía, no.

Estar al borde de la muerte me ha hecho pensar mucho

y ver las cosas de otra manera.

Todavía no puedo olvidar lo que pasó entre mi hermano y tú.

Adolfo, por favor, olvídalo. No es tan fácil de olvidar, Sofía.

Pero sí puedo perdonarlo, si tú quieres, claro.

Yo quiero que seas feliz.

Que volvieras a estar conmigo, eso me haría feliz.

Volver a ser novios y poder mirarnos a la cara con sinceridad.

Sin mentiras ni engaños.

Adolfo, yo... ¿Qué me dices, Sofía?

¿Aceptas?

¿Aceptas que volvamos a estar juntos y querernos siempre?

Sí.

Acepta.

Te querré siempre.

Sí, he entendido perfectamente.

-No, mi padre se retiró de la gestión, la venta es cosa mía.

El precio me parece perfecto, cuanto antes se liquide mejor.

No hace falta, ya me pasaré por sus oficinas de Madrid.

Yo también me alegro. Gracias, adiós.

-Don Luis, ha llegado el Sr. alcalde.

-Que pase.

-Pase, don Bernardo. (CARRASPEA) -Gracias.

Hola, Luis, ¿está tu padre?

-No. -Ah...

Bueno...

Es igual, en realidad, quería hablar contigo.

-Usted dirá.

-Mi hija está muy decepcionada contigo.

Dice que tú...

En fin, no sé si me entiendes. Habla de acto carnal.

-Ya, no hace falta que siga, don Bernardo.

Eso es verdad.

-O sea, ¿que lo reconoces? -Sí.

-¿Te has aprovechado y la has dejado tirada?

-En eso se equivoca, no me aproveché ni la dejé tirada.

Somos dos personas adultas. Sabíamos bien lo que hacíamos.

Le aseguro que nadie abusó de nadie. -¿No asumes tu responsabilidad?

Hablaré con tu padre.

-Le será difícil... (CON SORNA) alcalde de Lasiesta.

Mi padre está en la cárcel.

Esta vez por una larga temporada.

-¿Qué estás diciendo?

-Y usted correrá su misma suerte, me temo.

Lo que no entiendo es cómo pudo hacerse cómplice de mi padre.

Arriesgar su carrera como médico, como alcalde...

¿Todo por el 5 % de las bodegas Miranda?

Debería haber pedido más. -No sé a qué te refieres, muchacho.

A no ser...

que tu amiga Elena Cortázar te haya contado sus paranoicas versiones.

-Usted también tiene las manos manchadas de sangre, don Bernardo.

-No dices nada más que disparates. ¡Disparates!

¡Y me estás injuriando! ¡Vamos!

(LUIS SUSPIRA)

-Perdón, ¿va a comer aquí, señorito?

-No, comeré fuera.

Chelo, vete buscando otro trabajo.

-¿Perdón? -Lo que has oído.

No vamos a necesitar más tus servicios.

-Como usted diga, señorito.

-Buenos días, Pilar. Ponme un chato de vino, por favor.

"Tienes que hacerlo ya".

¡Eh!

-Perdona... -¿Qué coño te pasa?

-Perdona.

Perdóname.

-No vuelvas a hacer eso en tu vida!

-Por cierto, Andrés dejó esto para ti.

Ahí tienes.

(ANDRÉS LEE) "Hola, Roberto, cuando leas esta carta

me habré ido de Lasiesta.

No hay sitio para mí en un pueblo así.

Te pido perdón por lo que pasó ayer. Lo siento mucho.

Todo lo he hecho mal siempre.

Siempre la culpa es mía y no puedo evitarlo.

De pequeño, mi padre me decía que era un desastre

y me castigaba una y otra vez encerrándome para ver si cambiaba.

Y he intentado cambiar yendo con mujeres a los burdeles,

pero ha sido inútil.

Siento algo dentro de mí que me domina.

Cada vez que estabas a mi lado, yo solo sentía ganas...

de tocarte, de besarte.

Ya sé que escuchar esto te puede parecer repugnante,

pero he preferido usar una carta para que sepas cómo soy realmente.

Por esa razón mi padre me daba palizas

y mi madre no hacía nada para ayudarme.

Solo te pido que no me guardes rencor.

Y tengas un buen recuerdo de nuestra amistad.

Te deseo que seas feliz con Manuela. De verdad, te lo deseo.

Ambos os lo merecéis.

Un abrazo de tu amigo Andrés".

(ELVIRA) Hola, Luis.

-Elvira.

¿Una copa?

-No, gracias. Hoy no me apetece.

Hoy empiezo una nueva vida y quiero celebrarlo sin beber.

-Me parece perfecto.

-Luis...

Sé que todo esto está siendo muy duro para ti, pero...

Me gustaría decirte que estás haciendo lo correcto.

No quiero hablar mal de tu padre. No hace falta, pero...

(SUSPIRA)

Los crímenes que cometió son terribles y debe pagar por ellos.

-Sí, desde luego.

Pero aceptar que tu padre es un asesino no es fácil.

-Por eso ahora tienes que mirar hacia delante.

-Ya lo hago.

Voy a vender la empresa. Te hablaré del contrato y de las condiciones.

-No, Luis, no hace falta. A mí no me hace falta saber nada.

¿Has hablado con Elena?

-Aún no, aún no.

-Deberías intentarlo. Tienes que intentarlo.

Siempre he estado convencida de que juntos podéis ser felices.

-Gracias, Elvira.

-¿Gracias por qué?

¿Por pensar esto?

-Por ser mi único apoyo en esta casa.

Por aguantar lo que has aguantado

y por darme el cariño de una madre que nunca tuve.

-Me vas a hacer llorar, Luis. -No, no quiero.

Te mereces ser feliz, Elvira, de verdad.

(LLOROSA) -Y tú también, cariño.

(SOLLOZA)

-¿Cómo pudiste ser tan estúpido? Matar a Ormaechea fue una locura.

-Lo hice por nosotros, por salvar la empresa.

Pero no pienses que me voy a quedar aquí solo.

-No me amenaces. No puedo hacer nada.

Habla con ese abogado tan bueno que tienes.

Aunque esta vez no será nada fácil. Esta vez hay un cadáver.

-No digas tonterías. -Tú lo que debes hacer es calmarte

y colaborar con la justicia como hizo Ortega

para que te impongan una pena menor.

Solo debes responder por asesinato a Ormaechea.

Lo demás ni mentarlo.

Ahora tengo que irme.

Calma, Santiago.

Todo irá bien.

(Campanilla)

(SOLLOZA)

Rosalía, ¿qué ha pasado?

(LLORA)

Rosalía, ¿qué ha pasado?

(SOLLOZA)

(LLORA) Tenías razón, Sofía. Debí hacerte caso.

Lo ha descubierto todo: todas mis mentiras, todo.

Pero ¿cómo? Si estuvo aquí preguntando y yo...

Tranquila... ¿Qué, que has sido tú?

¿Tú le has contado...? No, por Dios, yo no.

¿Cómo has podido? Rosalía...

Cálmate. No le he dicho nada, le dije que hablara contigo.

¿Por qué no me avisaste?

¿Por qué no me avisaste? Lo hice, Rosalía, te avisé,

pero no estabas. Se lo dije a Inés. ¿No te dijo nada?

(LLORA) Le he mentido a Vicente, Sofía.

Le he mentido desde el momento en que nos conocimos.

Le mentí y tú me habías avisado. Me dijiste: "No lo hagas", pero...

Yo no te hice caso y ahora tengo lo que me merezco.

No digas eso. No tengo nada.

Me he quedado sin nada. Y ahora... ¿qué hago?

Ya, ya, ya...

(SOLLOZA)

Por favor, cálmate. Vicente me repudia, Sofía.

Me repudia y no le puedo reprochar nada

porque tiene toda la razón del mundo.

He hecho... He hecho cosas... He hecho cosas horribles.

Mírame, mírame.

Pero lo has hecho todo porque le quieres y lo sabe.

Vergara, Vergara... ¿Te acuerdas?

¿Te acuerdas de lo de Vergara? Sí, sí.

Pues lo sabe también y no me perdonará jamás, jamás.

No me perdonará nunca.

(LLORA) Me equivoqué.

Pero voy a pagar muy caro lo que he hecho.

Tranquila. No, Sofía, yo voy a luchar.

Lucharé por él y haré todo lo que sea necesario.

Lo voy a hacer todo para que me perdone.

Para que me perdone y tengamos nuestros hijos.

Nuestros hijos... Chis...

Por favor, basta. La promesa que nos hicimos...

Por favor, Rosalía, basta. ...la noche de la boda.

La voy a cumplir, Sofía. Chis...

La voy a cumplir, lo prometo.

Rosalía, basta, tranquilízate.

(LLORA)

Por favor, tranquila, tranquila...

Va a salir bien. La voy a cumplir.

Tranquila, va a salir bien.

Todo va a salir bien.

(LLORA)

(LLORA)

(SOLLOZA)

-Madre, ¿qué pasa?

No se preocupe, ya pasó todo.

(LLOROSA) -No. Ahora es peor, hija.

Tú antes no sabías nada, pero ahora es como si...

Como si tú también fueses culpable de lo que pasó.

-Ay, no. No se preocupe por eso ahora, por Dios.

Lo importante es que ya no hay pruebas que la acusen

y que nadie se va a enterar de nada.

-Haya pruebas o no, yo lo maté y eso no lo va a cambiar nadie.

-Madre, no diga eso, por favor.

(PILAR LLORA)

-Ángel, ¿qué haces aquí? -Acabar con esta farsa de una vez.

-¿De qué estás hablando?

-¿Por qué querías deshacerte de este anillo?

(TITUBEA) -No sé de qué estás hablando.

Por favor, vete del cuarto de mi madre.

-¿Y tú, Pilar, no tienes nada que decir?

-Mi madre no se encuentra bien. Lárgate.

-Antes dime qué hacías con el anillo de Gabriel Cortázar.

-Yo, pues...

-¿Tú lo mataste?

-Sí. Sí, Ángel, yo...

-Basta... ¡Basta, basta, basta! Esto se acabó.

Ángel...

Yo soy la culpable de la muerte de Gabriel Cortázar.

Fue un accidente, pero yo lo maté.

Esa es la verdad, tienes que creerme.

-Tengo que avisar a mi tío.

-No, Ángel. Por favor, escucha a mi madre.

-Carolina, hablamos de un asesinato. -Madre, por favor,

cuéntele cómo ocurrió.

-Nos pone media bandeja de ahorcaditos.

-No, estos no son. Los tengo dentro, ahora los saco.

-Menuda cara tienes. -¿Qué cara quiere que tenga?

-Pues anímate, la que tendría que estar así soy yo.

-¿Usted? -A ti qué te parece.

Después de todo lo que llevo dentro de... en fin.

-No empiece otra vez.

-Menos mal que tu padre estará echándole la bronca a ese depravado.

-Luis no es ningún depravado. -Ya...

(SUSPIRA) -Bueno, ¿qué más les pongo?

-Decencia.

-De... ¿Qué es lo que quiere decir?

-Que este pueblo parece Sodoma y Gomorra.

-¡Doña Elvira! (RÍE) -Muy buenas.

-Hablando de Sodoma y Gomorra.

-Doña Clotilde, ¿decía usted algo? -¿Yo? Nada, ¿qué iba a decir?

-Que no hace falta que disimule ya a estas alturas.

Ay, mala bruja...

(RÍE) -Usted ha bebido.

-¿Yo? (RÍE)

Ah, por cierto. (CARRASPEA)

¿Sabe dónde tiene a su marido en estos momentos?

-¿A mi marido, a qué viene eso?

-Ah, ¿no se ha enterado? Lo acaban de detener.

-¿Cómo? -Eso no... No puede ser.

-Lo siento por ti, Asunción, cielo.

Hay que ver los padres que te han tocado.

(SOFOCADA) -Bueno, nos vamos. -¿No se lleva los ahorcaditos?

-Ya nos ahorcaremos nosotras. Ea.

Con Dios. (DIMAS RÍE) Pero bueno...

-Más que dulces, lo que necesitarán ahora mismo

son calmantes para digerir lo que se les viene encima.

-No entiendo nada. -Te haré un breve resumen, Dimas.

Verás, mi marido y su cómplice, don Bernardo,

ahora ya no serán un impedimento para nuestra relación.

Así que te cedo el honor de elegir el destino del que será

nuestro primer viaje como pareja de enamorados.

(TITUBEA) -Pellízcame. Dime que esto no es un sueño.

-Es un sueño...

del que nunca despertaremos, mi amor.

-Entiendo que fuera un accidente, pero yo tengo que dar parte de esto.

-Lo comprendo.

-No, Ángel, por lo que más quieras. -Carolina, esto es muy grave.

-Ya, lo entiendo, lo sé, pero es que es mi madre.

Yo no puedo dejar que la acusen y la encarcelen

por defenderse de ese canalla que intentó abusar de ella

y encima dejó embarazada a su hija.

Yo habría hecho lo mismo. -No digas eso, no es verdad.

-Sí, lo habría hecho. -En el juicio se demostrará...

-Ángel, por Dios, no seas iluso. Sabes de sobra cómo funciona esto.

¿Qué crees que hará Vicente al saber que mi madre mató a Gabriel?

-Ya sé que es una situación muy difícil.

Pero no se me ocurre otra cosa. -Carolina, Ángel tiene razón.

Debo entregarme y acabar de una vez con esta pesadilla.

-No... No, no, madre. Si lo hace... yo me muero.

-Hay otra solución, Pilar.

Haz la maleta, coge tus cosas, lo imprescindible,

y vete lo más lejos que puedas. No contactes con nadie, no escribas.

Pasado el tiempo suficiente, se lo contaré a mi tío.

-¿Serías capaz de hacer eso por mí?

-Lo hago por ti... y por tu hija, que es lo que más quiero.

-Gracias, mi amor.

-Es que cuento las horas que faltan para estar con Elvira.

¿Dónde iréis? No sé, primero vamos a Madrid

y luego... Pero ¿qué más da? El caso es estar con quien quieres.

Claro que sí.

Me voy para dentro a echarle un ojo al horno y a ver...

Oye, Dimas...

Gracias por confiarme el horno.

Pero bueno, ¿quién mejor que tú? Le dejo el horno a mi hija, ¿no?

(SUSPIRA)

(Campanilla)

Hola, Sofía. Hola, Jesús.

¿Qué tal Adolfo? Bien.

Dijo que hablasteis y que...

vas a volver con él.

Sí, así es.

Mírame, Sofía.

Dime que le quieres a él.

Le quiero a él.

De otra manera, pero... Pero le quiero a él.

Me quieres a mí, pero no te atreves.

Jesús, esto... es lo que tengo que hacer ahora.

Es lo correcto.

¡Jesús!

Me ha dicho Sofía lo de Adolfo. Enhorabuena.

Gracias.

Pero ¿qué te pasa? ¿Y esa cara echa un poema?

Un poema lamentable.

Mira, te voy a decir una cosa.

La vida da muchas vueltas, nada es definitivo.

Te lo digo por experiencia.

(Llaman a la puerta)

-Señor, perdone que le moleste.

Es Pilar, la tabernera. Quiere hablar con usted.

-Hazla pasar.

¿Qué te trae por aquí a estas horas?

-Don Alejandro, me marcho del pueblo.

No sé por cuánto tiempo.

Pero antes necesito hablar con usted.

-Tú dirás. Siéntate, por favor.

-No, no... No importa.

Le había escrito una carta para que la leyese

cuando yo estuviese muy lejos, pero no puedo.

Debo decírselo mirándole a los ojos o no podré vivir en paz.

Verá...

(SUSPIRA)

Cuando... Cuando su hijo Gabriel dejó embarazada a Carolina,

yo me enteré...

Escuché cómo la trató, cómo se burló de ella, cómo la humilló.

Esa misma tarde decidí que tenía que hacer algo.

Así que vine hasta aquí, hasta sus bodegas.

Ustedes estaban todos celebrando la boda...

(INAUDIBLE)

(ELENA RÍE)

(SUSPIRA) -¿Quieres llevarte algo de comer para el viaje?

Es que no se me ha ocurrido ponerte nada, que tengo la cabeza...

(RÍE) -No te preocupes, Inés. Si bastante has hecho por mí.

Llevas cuidándome toda la vida. -Es mi obligación.

-Otra despedida más. -Sí, pero esta es diferente.

¿A que sí? -Sí.

Ay, Eduardo...

Muchísimas gracias por todo. Cuídate mucho y...

Ojalá Luis y yo seamos capaces de formar una familia

tan bonita como la vuestra.

-Claro que sí, señorita. Con amor y respeto todo se elabora.

(ELENA SUSPIRA) -¿Escribirás?

(RÍE) -Claro que sí.

Al principio escribiré desde París, luego ya veremos.

-De donde sea, pero no te olvides de nosotros.

(RÍE) -No quiero que estés triste.

Ay, hermano...

(SUSPIRA)

¿Ves cómo los sueños se hacen realidad?

Me alegro de que vayas a estudiar al extranjero, como querías.

-Sí, tenías razón, pero te voy a echar muchísimo de menos.

-Y yo a ti.

(SUSPIRA) -Padre... -Hija.

Todas las despedidas son tristes,

pero hoy soy feliz porque vas a conseguir tu sueño.

-Gracias, padre.

-Perdóname por los errores que haya cometido.

-No se tiene que disculpar por nada.

Sé que todo lo hizo por nuestro bien.

(SUSPIRA)

¿Y Vicente dónde está?

-Ya conoces a tu hermano.

-Sí, no creo que le guste mucho este final.

(SUSPIRA) -¿Y Rosalía.

-Ah... Está arriba en su habitación, indispuesta.

-Pues despedidme de ellos.

-Espero que la hagas tan feliz como se merece.

-Eso no lo dude, D. Alejandro.

-Siento mucho lo de tu padre.

Me hubiese gustado ganarle de otra manera.

-Solo espero que acabe aquí esta absurda guerra.

-Ojalá.

-Bueno, al menos nuestros hijos serán Cortázar y Miranda.

Tenemos que irnos, que se hace tarde.

Os voy a echar mucho de menos.

(SUSPIRA)

Os quiero mucho.

Ha cometido un gran error.

Algún día Elena volverá a esta casa, arrepentida.

Estoy cansado, Vicente.

Educa a tus hijos en armonía y en paz.

Yo no supe hacerlo.

Rosalía te ayudará.

Ella es una excelente esposa y será una buena madre.

Ojalá lo consigas.

(SUSPIRA) Ya lo has oído.

Sus hijos serán Cortázar y Miranda.

No descansaré un solo día para evitar eso.

No, tú no vas a hacer nada.

¿Ah, no? ¿Vas a impedírmelo tú?

Escúchame bien, vas a dejar que Elena continúe con su vida

y yo con la mía.

A partir de ahora te vas a limitar a ocuparte de tus asuntos.

¿Y por qué iba a hacer eso? Bueno, porque si no...

puede que todo el mundo se entere del pasado maravilloso de tu esposa.

Sabrán quién es en realidad.

Y sabrán cómo ha podido llegar a ser una Cortázar.

(RÍE) Venga, no pongas esa cara, Vicente.

No te extrañes. Tú me has enseñado a ser así.

Por cierto, cuando vuelva de Burdeos

vamos a organizar de otra manera las bodegas. Padre está de acuerdo.

Buenas noches, hermano.

Gran Reserva. El origen - Capítulo 82

23 ago 2013

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