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Fortunata y Jacinta - Capítulo 8 - ver ahora
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-Buenos días. -Hola, buenos días.

Perdone, es usted demasiado puntual.

¿Cómo va esa salud? -Bien, Rubín, gracias. Siéntese.

-Perdón.

Aquí me tiene.

Siento de veras haberme retrasado tanto.

-Apenas si he esperado.

-No hablo de la espera. No se me olvida el préstamo que me hizo,

pero no puedo pagárselo de momento, don Evaristo.

-Me confunde usted, Rubín. No era mi intención hablar de eso.

-Creí que me había citado para... -Se equivoca y lo siento.

No acostumbro a atosigar a los amigos.

Y usted ha debido pasar un mal rato.

-Me estoy recuperando, gracias, Feijoo.

Gracias.

Cuénteme el porqué de esta cita.

-Verá.

Me encontré hace unos días con su cuñada.

-¿Mi cuñada? -Sí, su cuñada. Fortunata.

Está pasando miseria.

Llena de arrepentimiento y deshecha.

Hablé un rato con ella

y me propuse, por caridad, negociar la reconciliación.

-¿Y Santa Cruz? -Hace la mar de tiempo que acabó.

Desde entonces, vive sola. Apartada de todo.

Llorando sus faltas y comiéndose los ahorros que tenía.

Hasta que han venido los apuros.

Fue de casualidad que yo me enterara.

Me dio pena y decidí ayudarla.

-Señor don Evaristo, a mí no me la da usted.

-Mire, compañero.

Cuando trato las cosas en serio,

ya sabe usted que las bromas me parecen impertinentes.

¿Estamos?

Es poco delicado en usted

suponer que he tenido algún lío con esa señora.

Y que lo disimulo con la hipocresía de arreglar el matrimonio.

Vamos, que se pasa usted de corrido.

-No he dicho nada, don Evaristo. -Me halaga usted.

Pero hace tiempo que me corté la coleta.

-Mi reticencia ha sido sólo una broma.

-De todas formas, el asunto no es para bromear.

-Los inconvenientes para este arreglo no los pondría yo.

No sé lo que pensará Maximiliano. No ha vuelto a hablar de ella.

De lo que estoy seguro es que la figura principal

en todo este asunto sería mi tía. (ASIENTE)

Yo estoy un poco torcido con ella. Lo mejor es que le hable usted.

(RECUERDA) -"Fíjate bien en una cosa.

Y es que doña Lupe, la de los pavos,

es la persona de más entendimiento de toda esa familia.

Si tienes tacto, no se ha de llevar mal contigo.

A doña Lupe le gusta mangonear, dirigir y aconsejar.

Dale cuerda por ese lado.

Y guarda las apariencias, las reglas.

No te descompongas nunca. Eso es lo principal.

Tienes que lograr una mezcla de sumisión e independencia.

Y, llegado el momento, le das todo el dinero que te di,

suplicándole que te lo coloque.

Llégate a admitir recibo, yo he leído en ella como en ti.

Nada le gusta más que le tengan confianza en asuntos de dinero.

Así, teniéndola conquistada, lo demás no será muy difícil".

-Vengo de verla. ¿Cómo está?

Es la misma panfilona inexperta de siempre.

¿Se ha desmejorado? -Quítate de ahí.

Por cada ojo, parece que le van a salir las estrellas del cielo.

A algunas personas la miseria les prueba bien.

¿Pasa necesidades? -No me lo ha dicho.

Puede que sí.

Doña Guillermina, ¿cómo está? -Bien. Perdón, tengo prisa.

-Me duele que pase hambre. Deberíamos hacer algo por ella.

-Vete a verla. ¿Yo?

-Sí, tú. Estás acostumbrado a que te lo den todo amasado y cocido.

Esto es muy delicado y yo no quiero responsabilidades.

Ya no eres un niño.

Y tienes que resolver las cosas por ti mismo.

¿Que vaya yo a verla? -Sí, tú. Déjate de miedos.

Si lo quieres hacer, lo haces. Y si no, lo dejas.

No... No tengo tiempo para ir.

(MAXIMILIANO SUSPIRA)

-¿Te pasa algo? No, nada, nada.

-Avise al señor Villalonga.

-Ah, sí.

Don Evaristo, querido patriarca. Qué gusto verle por aquí.

-Vengo a quejarme, Jacinto. -¿De mí?

-¿No será por lo de la dichosa canonjía para ese cura de Toledo?

-Rubín, Nicolás Rubín.

-Hice lo que pude, don Evaristo. Escribía a Cárdenas.

Yo puedo espabilarlo un poco, pero eso va lento.

Saldrá seguro.

Tardará un poco, pero su amigo tendrá su canonjía.

También le di una credencial de Penales para otro Rubín.

¿Qué pasa?

¿Se dedica usted ahora a proteger a la familia?

-Yo no protejo familias, niño.

Me intereso sólo por la gente de mérito.

-Está bien, por mí no va a quedar.

Le daré a Cárdenas unos achuchones.

¿Se sienta en nuestra mesa?

-No, no. Gracias, Jacinto. Tengo un puesto abajo.

-Como usted quiera.

-Don Evaristo, le presento a mi hermano Maximiliano.

Encantado.

¿Cómo está usted? Me dice mi hermano que anda delicado.

-Ya ve usted.

No sé la de tiempo que llevo así.

Pero ¿qué es lo que tiene usted? -¿Que qué tengo?

Algo muy malo. La peor de las enfermedades.

70 años. ¿Le parece a usted poco? (RÍEN)

(EVARISTO TOSE)

-¿Hacía adónde va usted con su cuerpo?

A la calle Ave María. Hace días que nos mudamos allí.

-Yo llevo esa dirección. Iremos juntos.

¿Dónde vivían antes? En Chamberí.

Vinimos cerca de la farmacia, donde trabajo.

-¿Le importa? No, por favor.

-Las piernas no me ayudan mucho. Desconfío de ellas.

Estuve escuchando en el café.

Razona y discute usted de una forma que es poco frecuente.

Con tranquilidad y generosa corrección.

Tiene usted el espíritu bien fortalecido

y yo debo hablarle sin rodeos.

Doña Lupe no ha tratado con usted cierto asunto.

Por una casualidad, en él intervengo yo.

Le advierto que ella desea volver. ¿Lo desea?

-Si no lo deseara, ¿cómo me iba a meter en este negocio?

¿Lo comprende? Sí, pero no hay que confundir.

El perdón puramente espiritual ya lo tiene.

El otro, que equivale a la reconciliación, es imposible.

-Piénselo bien. Lo he pensado y es imposible.

-En estas cosas hay que poner algo de caridad.

No se puede proceder con simple criterio de justicia.

Convendría que usted hablara con ella.

¿Yo? Pero, don Evaristo... -Sí, no me vuelvo atrás.

Usted es un hombre generoso.

Y ella, aunque la he tratado poco, le aseguro que tiene buen fondo.

El último beso.

La aventura del viejo Feijoo ha pasado a la historia.

Entraremos en vida nueva.

Y de esta sólo quedará un recuerdo en mí. Y otro en ti.

¿Has hablado con él?

-Acostúmbrate a tratarme de usted.

Yo también lo haré.

Todo acabó.

Aquel que te quiso, como un hombre quiere a una mujer, no existe ya.

Eres mi hija.

Y no porque hagamos un papel aprendido, no,

sino porque serás para mí, de verdad, de ahora en adelante,

como una hija.

Y yo procederé como padre.

Nunca he sido padre, pero a lo mejor no lo hago del todo mal.

Creo que se va a arreglar todo y yo podré morirme tranquilo.

El chico es bueno y decente.

Anoche le vi y no le encontré tan raquítico.

Creo que ha engordado. En fin, tú lo has de ver.

Y en último caso, hay que conformarse.

Sacrifica un poco el gusto y la ilusión

por transigir con las leyes sociales.

De tener un marido y una casa decente, a andar por la calle

con el cartel del alquiler levantado como los simones,

va mucha diferencia.

Pueden pasarte dos cosas.

que te arregles con él, que lleguéis a teneros cierto cariño,

que le respetes, que tengáis chiquillos.

Lo que es eso... Oh, no puede asegurarse tal cosa.

La naturaleza sale siempre por donde menos se piensa.

Ojalá que sea así.

Porque, entre criarlos y cuidarlos,

se te desgastará el sentimiento que de sobra tienes en tu alma.

Y te equilibrarás y no harás más tonterías.

Puede ocurrir también que te veas en el disparadero de faltarle.

En tal caso, procura conservar el decoro.

Y la decencia.

Este es el secreto.

Los principios son una cosa muy bonita,

pero yo me quedo con las formas.

Falta aquellos, pero no pierdas las santas apariencias jamás.

Lo último que te recomiendo

es que, si logras conseguir que el mameluco de Santa Cruz

no pueda a volver a tentarte, habrás puesto una pica en Flandes.

Ahí está tu marido.

No creo que suba hoy. Quizá no se atreva a hacerlo nunca.

Pero eso no importa. Ve tú a su casa.

Ese chico no te guarda ningún rencor.

Hasta verla otra vez, doña Fortunata.

Adiós, don Evaristo.

-¿Maxi se ha ido ya? -Sí, señora, hace un buen rato.

-Le compras dos chuletas de ternera y, de postre,

las pastas y la carne de membrillo que yo tomo.

Voy a buscar a esa calamidad y estaré de vuelta a media tarde.

-¿Y a Nicolás qué le doy? -¿A ese? La merluza que sobró ayer.

Le echas bastante sal.

Y la fríes porque está apestando. Le pones todas las tajadas.

Y ni se entera si está buena o mala.

Es como un tiburón que se traga todo lo que le echen.

Para postre, las nueces y el arrope.

Le pones en la mesa la orza y a ver si se lo acaba.

Está fermentando y no hay quien lo pase.

Música de pianola.

Campanilla.

-Pasa.

Dame.

Ven.

Pasa.

-No ha dejado ni rastro. -¿Quién?

-Don Nicolás. De la merluza podrida.

-¿Dijo algo? -Nada, no dejaba de tragar.

-Hala, vete, vete. Vamos, vete.

Antes de nada,

tengo aquí las 5000 pesetas que me diste sin colocar.

Es mucho dinero y quería consultarte.

No tiene que consultarme nada. Disponga de él. Confío en usted.

-Bueno, vamos a lo nuestro. Tú no te muevas de aquí.

Maximiliano.

¿Sí? -Ven, hijo, ven un momento.

Ven.

Buenas tardes.

Yo creí que...

De modo que usted, tía,... -No, yo no me meto en nada.

Lo único que he hecho es traerla, y, frente a frente, decidáis.

Esto es prematuro.

-Me parece bien tu severidad.

Pero ¿no dijiste que era necesario pasarle un tanto para alimentos?

¿Crees que estamos en condiciones de mantener dos casas?

-Ya que está aquí, no se marchará. Yo me lavo las manos.

Si queréis llegar a un acuerdo, muy bien.

Y si no queréis, también.

Muchos servicios hago prestando mi casa para tomaros el pulso.

Pero no me deis más jaquecas, por Dios.

Si pasados los días, no se avienen, se acabó.

¡Pero no me des más jaquecas!

¡Por Dios, no me des más jaquecas!

-¿Te acuerdas todavía de lo que te enseñé?

Alguna cosa.

-Los meses del año, por ejemplo.

Sí.

-Siga la costura, siga el gorgorito,

mientras que yo arreglo a mi pajarito.

A ver si escuchándonos

con mucha atención.

aprende la música

de nuestra canción.

(TODAS) Pajarito que estás entre faldas.

y que a todas solteras nos ves.

Di a los hombres que pasan que estamos

cansaditas de tanto coser.

Di a los hombres que pasan que estamos

cansaditas de tanto coser.

¿Qué miras?

Nada.

(TODAS) Pajarito, ven, trae aquí quien nos quiera bien.

Pií, pií, pií.

Qué tú harás, si me escoge a mí, pií, pií, pií.

Pií, pií, pií.

Pií, pií.

¿Qué me miras? ¿No puedo hacerlo?

Claro que sí.

¡Fortunata! ¡Fortunata!

¿Qué quieres? Ven, ven.

Bueno, ya somos iguales.

A ver, quiero ver lo que te has puesto en los pies.

Quiero verlo.

(RÍEN)

Ven. Ven, bésame.

Despacio. Despacio, tranquilo.

Don Evaristo.

-Mi querida Fortunata. Vengo a ver a doña Lupe.

Tengo asuntos con ella.

No hay nadie. Sólo está Papitos en la cocina.

-Doña Lupe va a venir de un momento a otro.

Déjeme estar aquí hasta que venga. -Claro que te dejo.

¿Cómo va todo? Como usted lo calculó.

-Bien, entonces. Claro.

-Hay modos de vivir infinitamente peores que el tuyo.

No me quejo.

-La mujer tiene que estar siempre aprendiendo a defenderse.

Necesita pisar tierra firme.

Estoy bien. -Claro que estás bien, chulita.

Ya lo estoy viendo.

Y mi visita ha terminado ya.

Tan sólo queda cubrir el trámite de doña Lupe.

Le traeré café.

-¿Sabes una cosa? ¿Qué?

-Esa mujer quiere hacer creer a todos que anduve tras ella.

¿Y no es verdad?

-Juraría que no.

Y no por respeto al pobre Jáuregui, un gran amigo mío,

sino porque nunca fue mujer de mi gusto.

De todas maneras, como tengo la memoria, no podría asegurarlo.

-Vienen a ver a Mauricia, ¿verdad? -Sí, nos avisó doña Guillermina.

-Allí, en el ocho. Tuvimos que traerla a mi casa.

Pero ¿qué pasó? -Se cayó en la calle.

Y además de abrirse la cabeza, enfermó.

¿Y está mejor? -Que va. Está muy mal.

(LLORA) Muy mal, muriéndose la pobre.

-Eso es para que aprendas y tengas formalidad.

A ver si cuando salgas de esta, te sirve de escarmiento.

-Sí.

Bien mala he sido. Bien remala.

Oye, tú.

Arrepiéntete. No lo dejes para última hora.

Tú tampoco eres trigo limpio.

Y el día que hagas sábado en tu conciencia,

vas a necesitar mucho estropajo.

(TOSE)

Bebe un poco, anda.

-Tenemos que arreglar un poco esto.

-Mi sobrina.

No me es desconocida su cara. La he visto en las Micaelas.

Por muchos años.

(MAURICIA TOSE)

-Dentro de unas horas recibirás a Dios.

Viene a visitarte el que hizo el cielo y la tierra.

Te parecerá a ti misma que no lo mereces.

Pues aunque no lo merezcas, Él viene.

Y sabido se tendrá por qué.

(MAURICIA TOSE)

-Este amigo es amigo mío.

Un italiano, señora. Se llama señor de Leopardi.

-Signora. -Artista desgraciado.

-¿Y qué puedo hacer por él?

-Si la señora quiere,

al pasar el Santísimo, puede tocar la marcha real.

(RÍE) -Ave María Purísima. Qué cosas se le ocurren.

Déjese de marchas.

No quiero ver corrillos, ¿eh?

Pueden barrer el corredor. La que tenga velas, que las saque.

Y quitar los pingajos que están colgados por todas partes.

Llévelo.

-Doña Guillermina, ¿ponemos el barquito?

-Sí, poned el barquito, que todo lo de la mar es de Dios.

-¿Y este? -Sí, ese.

¿Y flores no tenemos? -Sí, de trapo y de papel.

Vayan a cortar un poco de pino y carrasca.

En las ramas ataremos flores de trapo.

Resultará muy bonito.

-Coge la cuchara de mi cajón.

Echa algo de esa botella.

Pero es... -Medicina.

Me la dan como medicina. Venga.

(MAURICIA TOSE)

Arrepiéntete, chica. No lo dejes para luego.

Arrepiéntete de todo.

Menos de querer a quien te sale de entre ti.

Que eso no es pecado.

No robar, no ajumarse,

no decir mentiras.

Pero en el querer, aire, y caiga el que caiga.

Campanilla.

(ORA) -Pax huic domui. Et omnibus habitantibus in ea.

-Qué gusto salvarse.

¿Es malo lo que he dicho? ¿Qué?

-La palabra justo no suena bien.

Si la intención era buena, no creo que importe.

Campanilla.

-Asperges me, Domine, hyssopo et mundabor,

avabis me, et super nivem dealbabor.

Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.

Gloria Patri...

(REZA SUSURRANDO)

-Abre la boca. -Amén.

-Apaguen las luces y despejen el cuarto.

Que toda esa gente se vaya a sus casas.

¿Cómo está?

Se ha quedado dormida.

En ese caso, esperaremos un poco.

¿Qué tal estuvo la comunión? Bien.

¿Y Mauricia qué tal? Contenta.

-Hija.

Hija, ven.

Yo no entro, pase usted con la pequeña. Me quedo aquí.

-¿Cuál visita te gusta más? ¿Esta o la que estuvo antes?

(MAURICIA LLORA)

-Qué mala he sido, niña de mi alma.

Bien haces en querer a la señorita más que a mí.

porque he sido más mala que arrancada.

(MAURICIA LLORA)

Severiana.

Si quisieras darme...

Sí, que te lleven. Que te quiten de mi lado.

No merezco tenerte.

Como que cuando seas mañosa, no te dirán que viene el coco,

sino que viene tu madre.

Pero estoy conforme.

-Esta es la Eucaristía que le gusta. Trinque.

-¿Viste a la Jacinta?

¿Habló contigo?

¿Te conoce? No.

-Tú eres una sosona.

Si a mí me llega a pasar lo que te ha pasado a ti con esa pastelera...

Si el hombre mío me lo quitó una mona golosa.

Si un día me la encuentro delante, la trinco el moño,

y así, así le doy cuatro vueltas hasta que la acogoto.

¡A mí no me puede nadie! Yo soy Mauricia la Dura.

La que abrió la ventana en el casco a la ladrona de pañuelos.

La que arrancó el moño a la Pepa.

Y arañó la cara a doña Malvina, la protestanta.

¡Suéltame, tiorra pastelera!

¡O de una mordida te arranco media cara!

¿Persona decente tú?

Tú, que dejas un soldado para tomar otro.

Que tienes el corazón como la Puerta de Alcalá

de tanta gente como ha entrado por él.

¡Loba, más que loba! Asquerosa.

¡Judía!

Con más babas que un perro tiñoso. Cara de escupidera.

Zurrón, celemín de peinetas. Verás que recorrido te doy.

Te arranco la nariz, te escupo los ojos.

¡Suéltame! -¡Ah!

Ven, échate.

Tranquila, tranquila.

-Anoche tuvo seis achuchones como este.

Si viniera el médico, le pondría unas inyecciones.

Una gota de morfina.

(MAURICIA JADEA AGONIZANTE)

-¿Te vas a quedar tú? Sí, pueden irse.

-Si le da muy fuerte, me llamas. O a mi marido.

Entre los dos podemos contenerla.

Descuide.

(SUSURRA) -Muérete y vente conmigo, Fortunata.

Verás qué bien vamos a estar allí las dos.

Es nuestro sitio.

Debe serlo, porque aquí no hemos tenido nada.

Nada más que los hijos.

Los hijos.

(AMBAS LLORAN)

-Me dijo Severiana que cuando le diera fuerte, siempre sale con esa.

Con que va a ir al sagrario a coger la custodia y guardarla.

Qué sé yo qué. Durante la noche soltaba unas risas,

que me ponían los pelos de punta.

Después, decía tantos disparates sacrílegos,

que estuve toda la noche en vilo, horrorizada,

con el estómago revuelto y deseando que el día llegara.

-Hace falta tener buen corazón para quedarse velando a esa mujer

noches y noches en ese barrio. -Doña Guillermina me lo dijo.

Esa es la verdadera caridad.

Las demás hacen donativos, pero se quedan abrigadas en sus casas.

Tres noches llevamos yendo Fortunata y una servidora a sufrir,

porque no he pasado noches más perras en mi vida.

-Deberíamos hablar de otras cosas. Es muy triste todo lo que cuentan.

-¿Cuándo abrís la tienda? -Enseguida.

Sólo queda por hacer la instalación del gas.

Pero estará en unas semanas.

-Ahora sólo queda preguntarte cómo te va con la farmacia.

Muy bien. Todo va muy bien.

-¿Qué tal te llevas con Ballester?

Es una buena persona. Nos llevamos como dos compañeros.

-Ya le digo que debe inventar algún específico contra la tisis

o el moquillo de los perros. Se pueden ganar ríos de oro.

Lo importante es descubrir algo.

-Tienes que venir a ver la tienda.

Está en la calle Pontejos. ¿Sabes dónde?

Claro que sí.

¿Qué tal está? Duerme.

-¿Oyen el trombón?

Ese hombre toca como un descosido cuando se entera de que estoy aquí.

Es la manera de recordarme que le prometí traerle ropa.

Tendrás que mirar si le sobra algo a tu marido y dármelo.

Lo miraré.

-Me voy al almacén de maderas de La Ronda.

Estaré de vuelta enseguida.

Llévate mi coche. Yo te espero aquí.

Según el médico, la pobre no saldrá de esta.

No saldrá.

Si sigue así,

traeré esta tarde a la niña para que la vea.

Sí, tráigala.

¿Tiene usted niños?

No, señora. Yo tampoco.

Pero me gustan tanto, que los robaría si pudiera.

También yo, si pudiera.

Pero ¿es que se la han muerto o es que no ha tenido?

Tuve uno, sí, señora. Va para cuatro años.

¿Qué tiempo lleva de matrimonio? ¿Yo?

Cinco años.

Me casé antes que usted. ¿Antes que yo?

Sí, sí, señora.

Tuve un niño. Murió.

Si me viviera, le juro que...

(RECUERDA) -"Guarda las apariencias, observa las reglas del respeto

y, sobre todo, no descomponerse nunca.

No descomponerse nunca. Nunca".

Soy Fortunata.

Soy, soy... Soy la...

¿Qué te pasa?

Me dice la tía que no te encuentras bien.

Estoy mejor. A ver.

Subiré un antiespasmódico y jarabe de azahar con bromuro.

Y una pildorita de sulfato de quinina.

Tienes un poco de fiebre.

Te habrás enfriado en aquella casa o atufado con algún casero.

Trata ahora de dormir.

¿Qué te pasa?

Nada. Duerme.

-Lo he conseguido. Una vida descansada.

Mi misa por la mañana con la fresca,

mi coro, mañana y tarde, mi altar mayor, cuando me toque,

mi paseíto a la caída del sol y vengan penas.

-Canónigo... ¿De dónde? -De Orihuela, tía.

Mala catedral, pero ya veremos si sale una permuta.

-¿Cómo te encuentras? Ya estoy bien.

-Debo invitar a una serie de personas.

Ese Feijoo es lo que se llama un caballero.

-Vete, vete.

Hija.

Rézale un padrenuestro a la pobre Mauricia.

¿Se ha muerto? -Sí.

A las nueve y media.

Parecía que estaba esperando que llegara yo para morirse.

Tengo que ir al monte. Hoy empiezan las subastas.

Ten vigilada a Papitos.

El bacalao en remojo, la ropa, lavada.

Estate pendiente de todo.

(MUJER REZA) -María eres llena de Gracia, el Señor es contigo

Bendita tú eres entre todas las mujeres.

-Yo no puedo soportar esto. Me vuelvo al monte.

Quédate tú por el buen parecer.

-Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

-Tengo que hablar con usted.

¿Conmigo? -Sí, con usted. Venga.

Verá, yo tengo a una amiga a quien quiero mucho.

Daría mi vida por ella.

Esta amiga tiene un marido, que es una excelente persona.

Pero la hace sufrir continuamente con engaños y tonterías.

He prometido a hablar con usted para preguntarle

si tiene algún trato con el marido de mi amiga.

Hace un siglo que ni siquiera le he visto.

-Si me hubiera usted dicho lo contrario,

la hubiera pedido que devolviera la tranquilidad a mi amiga.

Pero, siendo así, no tengo mucho que añadir.

¿Será capaz de no tener nunca más trato alguno con ese hombre?

Responda. ¿Volvería a tener trato con él?

Sí.

-Pero...

Usted no sabe que es un pecado horrible desear al hombre ajeno.

¿Piensa que vivimos entre salvajes

y que cada uno puede hacer lo que quiera?

Se casó para tener un nombre, ¿verdad?

Para tener independencia y poder corretear libremente.

No fue por eso, sino porque pensé que las cosas eran de otra forma.

No tengo culpa de no querer a mi marido.

-Quizá aún no sepa

que la mayor de las virtudes es la abnegación y el sacrificio.

La renuncia a la felicidad. Abra usted los ojos.

Abra el corazón de par en par. (LLORA) -Se la llevan.

(LLORA) Dios mío.

Llanto de bebé.

-¿Será tan buena que quisiera tener otro rato de palique conmigo?

Todos los que quiera.

Llanto de bebé.

(CURA) -Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.

Et secundum multitudinem miserationum tuarum,

dele iniquitatem meam.

Amplius lava me ab iniquitate mea: et a peccato meo munda me.

Quoniam iniquitatem meam ego cognosco:

et peccatum meum contra me est semper.

ibi soli peccavi, et malum coram te feci:

ut iustificeris in sermonibus tuis, et vincas cum iudicaris.

Ecce enim in iniquitatibus conceptus sum.

In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.

(LLORA)

(LLORA) Mauricia.

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Fortunata y Jacinta - Capítulo 8

29 ago 2017

La conclusión de Feijoo con respecto a las porvenir de Fortunata determina la vuelta de esta con su marido. Es inútil que proteste. El viejo coronel siente que llega su hora y quiere dejar a la mujer pisando firme. Esta vuelta al matrimonio abandonado, requiere una estrategia.

Histórico de emisiones:
11/03/2009

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