La acción se desarrolla entre los años 1865 y 1876. Juan, hijo único de la aristocrática familia Santacruz conoce a Fortunata, de familia humilde, con la que comienza un romance.

Su madre decide casarlo con su sobrina Jacinta. Después del viaje de novios, Jacinta empieza a colaborar en obras benéficas, a inquietarse por la falta de embarazo y a aprender a sufrir. Mientras, Fortunata conoce a un joven llamado Rubín con el que al cabo de un tiempo se casa. Juan y Fortunata se vuelven a encontrar. Fortunata es expulsada de la casa de los Rubín. Las relaciones entre Juan y Fortunata se enfrían. Después de convivir con un coronel retirado, Fortunata vuelve con su marido. Fortunata y Juan reanudan discretamente sus relaciones. Fortunata da a luz un niño y antes de morir se lo entrega a Jacinta.

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Fortunata y Jacinta - Capítulo 10 - ver ahora
Transcripción completa

Todo empezó a ir mal cuando le conté lo que me contaste,

se enfadó tanto...

-Aquello pudo haber sido una equivocación,

pero no una calumnia,

el difunto Moreno estaba loco por ella,

falta saber si ella le correspondía o no.

Tú me dijiste que sí y que tenían citas.

-Sí, pero te lo dije como una suposición, nada más,

y tú fuiste corriendo a contárselo. Hay que tener más tacto, amiga mía,

y no herir el amor propio de los hombres.

¿Y tú qué crees, es honrada o no?

-No lo sé, si Moreno hubiera vivido, no sé a dónde

habrían llegado las cosas.

Él hacía el trovador de la manera más infantil del mundo,

un hombre tan corrido...

Ella se reía de él, quizá, o le miraba con simpatía,

¿qué sé yo?

Lo único que debe importarte es que él te quiera más que a ella.

¡Quita de ahí, mujer!

Si ya se acabó, si ese perro me está faltando,

en 15 días le he visto dos veces y siempre con prisas y amenazas,

me ha echado otra vez al agua

y yo no sé lo que va a ser de mi vida,

esto se acabó.

-Te agradezco la ayuda, la de Reoyos estará encamino

y la pruebo en un voleo.

Vete a casa y espérame allí, anda, hablaremos luego.

Casi no voy a pasar por tu casa, Maxi se empeña en que le de la cena

como a los niños. (SE RÍEN)

-Está bien, hablaremos mañana entonces.

Campañilla. Hasta mañana.

-Hasta mañana.

Y gracias por tu ayuda.

-No ha vuelto por aquí desde el último día que estuvo

¿Seguro? -Seguro,

pero de todas formas, voy a preguntar al patrón,

por si acaso, espere.

-Me había equivocado, él no ha estado aquí,

pero mandó esto con alguien, para usted.

¿No lo va a abrir?

Después, ya sé lo que hay dentro.

-Bueno... No pasa nada, no te preocupes.

-¡No, ay, ay! ¡Ven aquí!

-¡Ay, me quiere matar, ay! ¡Que me mata!

-¡Maxi!

-¡Ah! -¡¿Maxi, qué haces?! ¡Maxi!

-¡Ay!

¡Señora, señora! ¡Ay! -¡Fortunata!

¡Fortunata!

¡Le siego el pescuezo y la...! Cálmate, cálmate, ven.

Te daré la medicina y descansarás un poco.

(JADEA) Ven.

-¿Qué le hiciste? -Yo no le hice nada, señora.

-No te vas de aquí sin que me lo digas.

-¡Déjeme! -¿Que le hiciste?

-Señora, yo no le hice nada, él empezó, porque yo ni chisté.

Yo estaba recogiendo el servicio y él saltó sobre mí

diciéndome si para arriba y que si para abajo,

entonces me eché a reír porque no le entendía nada

y luego saltó con unos disparates muy gordos y dijo

que la señorita Fortunata estaba esperando un niño

y yo qué sé qué más,

entonces me empecé a reír otra vez y luego cogió el cuchillo y...

y me siguió a mí y, entonces, si no me retiro

me parte por la mitad. -Venga, ¡vete a la cocina

y aprende para otra vez, a todo lo que él diga

tú dices "amén" y nada más que "amén", anda, largo de aquí!

-Te estás luciendo, ¿a qué vienen esas reservas

cuando más indicada estaba la confianza?

¿Por qué sabe Maximiliano que está demente antes que yo

que estoy en mi juicio? ¿A qué escondites juegas?

Yo no se lo dije, él lo adivinó,

esto no podía decirlo a nadie en esta casa, y a él menos.

-Y al él menos. Sí, porque él no debía saberlo.

Me daba vergüenza decírselo, pero iba a hacerlo,

ahora lo único que me queda por hacer es pedirle que tenga

compasión de mí y recoger mi ropa y marcharme de esta casa,

esta vez sí que será para siempre. -¿Qué haces que no echas a correr?

Me pasma que tengas pachorra para seguir aquí todavía,

si es por el dinero que te guardo, las cuentas están al día,

ahora mismo te preparo todo.

-Toma. No me interesa eso, guárdelo

y si lo necesito ya se lo pediré.

-¿Tienes dónde ir?

No se preocupe.

-¡Fortunata!

El cuarto lo tengo ahora en el piso de arriba,

tiene la llave puesta.

Dejo aquí esto un momento, tía, voy a hacer una visita y vuelvo.

-En el piso de arriba, acuérdate.

(MAÚLLAN)

-No se esté mucho tiempo.

Maullidos.

-Ese es el más tunante, el que más picardías tiene.

Maullidos.

¿Que hay, chulita? Cuéntame,

¿qué tal está?

¿Quién? -Tu marido.

Maullidos. Completamente ido de la cabeza,

le van a llevar al manicomio.

-¿Al manicomio? Sí, le van a poner en Leganés.

-¿Y doña Lupe?

Ella y yo...

-¿Habéis reñido?

(SE RÍE) Qué cosas, doña Lupe,

la muy lagarta.

(MAÚLLA)

-No te vayas, chulita,

ven, ven.

Es muy tarde.

-¿Te acuerdas qué días más felices?

Lástima que yo no tuviera 20 años menos,

entonces sí que podríamos haber sido verdaderamente dichosos.

¿Has roto con ese bendito?

Llaman a la puerta.

Llaman a la puerta.

¿Quién es? -Me manda doña Segunda.

Pasa.

-Me llamo Encarnación. Ven.

Escucha, Encarnación, tienes que ayudarme

a limpiar esta casa,

lo haremos entre las dos,

tengo que pasar mucho tiempo aquí metida y tanta porquería

puede acabar conmigo.

Bajarás luego a comprar plantas, meteremos todos los tiestos

que quepan.

Ah, y aprende bien esto:

si algún hombre que tú no conoces, por ejemplo, un señorito flaco,

de mal color, un poco alborotado te pregunta en la calle

si vivo yo aquí, le dices que no,

no abras nunca la puerta a ninguna persona que no sea de casa,

llaman, miras y vienes y me dices lo que sea.

-¿Tenemos que seguir viniendo durante mucho tiempo, doctor?

-El paciente mejora, ¿no es así? -Absolutamente.

-Con este sistema de bromuro de sodio y las duchas escocesas

diarias puede arreglarse definitivamente en un par de meses.

Lo que ya no veo es la necesidad de que lo acompañe usted cada día.

-Pero es que mi tía insistió en que no le dejara.

-Qué tonterías, no lo creo necesario.

-Me ha dicho el doctor que puedes venir solo,

que con una semana más de tratamiento te pondrás bien,

eso ha dicho.

¿Quieres que cojamos un coche? No, vamos andando.

Quería preguntarte una cosa, ¿por qué ni tú ni mi tía,

ni nadie queréis decirme dónde está mi mujer,

qué ha sido de ella?

No me vengas con misterios, la noticia no me alterará,

ya has oído al doctor.

-Pues mira, hazte cuenta de que ha muerto, ¿a ti

qué más te da, para qué quieres tú mujer?

No sirven más que para dar disgustos, chico.

Muerta..., ¿muerta? -¿Por qué no,

todos tenemos que morir?

¿Cómo quieres que te crea? En ese caso iríamos

vestidos de luto. -¿Pero no sabes que hay una ley

prohibiendo el luto? Acaba de promulgarse.

Una ley prohibiendo el luto, ya no me tomas por trastornado,

sino por tonto, creerás que a mí me comulgas con ruedas de molino.

(TOSE)

Gritos.

(TOCA LA CAMPANILLA)

-El recibo del mes. Pase, don Plácido,

tengo que hablarle. -No paso, vengan los cuartos,

no tengo ganas de conversación. Quiero que vea usted la casa

para que se convenza de que aquí no pueden vivir cristianos.

-Pues mudarse. Qué tiranístico se ha vuelto.

No puedo vivir entre tanta suciedad,

si usted no quiere hacer las obras, las haré yo por mi cuenta.

-Eso es otra cosa, siempre que se haga

con mi vigilancia. Pase, pase y verá.

-No se pueden hacer obras cada vez que lo pide un inquilino

porque sería el cuento de nunca acabar, no podemos,

el mes pasado me gasté más de 20 000 reales

en reparaciones, conque despácheme que tengo prisa.

¿Pero se ha vuelto usted cohete? Siéntese un momento.

Dígame una cosa. -No tengo nada que decir.

Siéntese, ahora le doy el dinero.

¿De quién es ahora esta casa? -Eso a usted no le importa,

la casa es de su amo,

¿o es que quiere usted comprarla? Dígame de quién es.

-De su amo, está tasada en 35 000 duros, sólo

el pedernal de los cimientos y la berroqueña de la escalera

valen un dineral,

cuando se abrió el testamento de don Manuel Moreno Isla

se encontró que dejaba esta casa a su tía doña Guillermina Pacheco,

ella la ha hipotecado para acabar el asilo,

lo acabarán este año, con que venga, venga.

Doña Guillermina mi casera...

A ella le voy a pedir que me haga las obras,

-¿Qué ha de ser amiga suya? Y si quiere usted verla furiosa

no tiene más que hablarle de otras obras

que no sean las del asilo.

Adiós, que haya salud.

Cuidado con los tiestos, como yo vea rezumos de agua

la echo a usted a la calle, cuente que la echo.

-Al rey Luis XVI y a la reina doña María Antonieta

les cortaron la cabeza, naturalmente, porque no querían

darle libertad al pueblo, naturalmente,

por eso hubo aquel pronunciamiento

y todo lo variaron, hasta los nombres de los meses.

Pusieron el metro y quitaron la vara de medir

y la religión fue abolida y se celebraban misas

a la diosa razón. ¿Me puedo sentar a la mesa?

Su conversación me interesa mucho.

-Le contaba a mi amigo, el señor Izquierdo,

cómo los mismos que piden libertad, al poco tiempo

ya están pidiendo orden,

por consiguiente, salta el dictador,

así llegó Napoleón a meter en cintura a toda aquella gente,

y yo le aplaudo, sí señor. Yo también.

-Yo le aplaudo.

¿Quiere esto decir que yo sea partidario

de la tiranía? No señor,

yo soy amigo de la libertad, pero respetando a todo el mundo,

y que cada uno piense lo que quiera.

Muchos creen que el ser liberal consiste en pegar gritos,

insultar a los curas, pedir aboliciones, no trabajar

y decir que mueran las autoridades, no señor.

¿Qué se desprende de todo esto? Que cuando hay libertad

mal entendida y muchas aboliciones, los ricos se asustan

y mandan el dinero al extranjero, no corriendo el dinero,

la plaza está mal,

no se vende y el bracero que tanto chillaba,

no tiene para comer,

es lo que yo siempre digo: "Lógica, lógica, hombre, lógica"

y de ahí no me saca nadie.

-¡Castañas calentitas! ¡Castañas calentitas, calentitas,

que ahora queman!

¡Castañas! -Segunda.

-¿Cuánto te han costado? -Real y medio.

-Toma.

-Vamos, José.

-¡Castañas!

Campanilla.

-¿Todavía está aquí? Mi marido le espera,

ha ido a reconocerla y contaba con tenerle

a usted a su lado... (SUSURRA) -Hable bajo.

-A usted venía a buscar. ¿A mí?

-Sí, a usted, su tía está empeñada en que le enseñe

nuestras últimas criaturas,

le van a gustar, de verdad, venga.

¿Ahora? (RESOPLA) -¿Por qué no? Vamos.

-Iré enseguida, no se preocupe. -Bien.

Campanilla.

-Padilla, vuelvo enseguida.

Campanilla.

Pájaros.

-¿Qué, los ha visto todos? Sí.

-¿Qué le parecen? ¿Cómo pueden dormir?

-¿Quién, ellos? No, ustedes.

-No hay problema, los dejamos a oscuras y no cantan.

Llaman a la puerta. Ah...

-Perdone.

-¿Qué tal está?

-¿Qué quieres?

Quisiera dejar de ir a la ducha por las mañanas,

necesito tiempo.

-Eso tendrá que decirlo el médico. Pero ya estoy bien, tía,

tengo la cabeza como no la he tenido nunca.

-Aunque así sea, será el médico quién decida cuando debes dejar

el tratamiento.

Estoy tan cuerdo que me sobra cordura

para darle a muchos que por cuerdos pasan.

-No dudo que estés bien, y me alegra infinito verte así,

y le doy gracias a Dios de que estés bien.

Reconozco en mi cabeza una fuerza que no he tenido nunca,

discurro muy bien y se lo voy a demostrar ahora mismo.

-No tienes que demostrarme nada, hablaré con el médico.

Ya no se trata de eso, yo quería decirle...

que si buena comedia han echo ustedes conmigo,

mejor la he echo yo con ustedes,

con indicios y con medias verdades y a base de observación y lógica

he descubierto los siguientes hechos:

Que Fortunata no ha muerto, que está en Madrid,

que vive cerca de la Plaza Mayor, en la Cava de San Miguel,

que está fuera de cuentas desde hace un mes

y que don Francisco de Quevedo la asiste.

-Verás...

Ven aquí, ven.

Tú no tienes que ocuparte de nada, es cierto que vive,

pero no sé dónde,

y en cuanto al embarazo, es un error tuyo

y de tu maldita lógica. Si insiste usted en hacer comedia,

tía, creeré que quien ha perdido el juicio es usted,

reafirmo lo que he dicho

y tengo la evidencia de que es verdad, y le juro

a usted que no he hablado con nadie de este asunto.

Y ahora le voy a dar la última prueba de cordura, ¿cómo?,

no volviendo a hablar de este asunto, se acabó,

sigamos la vida ordinaria, aquí no ha pasado nada.

A ver si usted cuenta, tía, de que nada hemos hablado.

-¿Quieres dejar las duchas de las mañanas?

Hablaremos de eso, tía,

hablaremos.

(SUSPIRA)

Pasos.

Pasos.

Pasos.

Llantos de bebé.

Llantos de bebé.

Risas.

Risas.

Ladridos.

-¿Se puede? Adelante, pase usted,

don Segismundo.

¿Quiere verle?

-Cuidado que es bonito.

Dos horas hace que duerme, es muy tragón, viene decidido

a tirarse buena vida.

Si le viera usted cuando me mira,

yo creo que me quiere mucho.

Es un amigo, tío.

Estoy muerta de miedo, por las noche sueño

que vienen a robármelo, por eso le digo a mi tío

que estén siempre cerca.

-Bueno, yo he venido a recordarle que seré el padrino

de su excelencia, usted lo prometió.

Sí, y no me vuelvo atrás.

-Y después del primer nombre que le ponga usted llevará el mío,

Segismundo, ¿qué le parece? Muy bien, se llamará Juan,

después Evaristo y después Segismundo.

-En fin, transigiré con el tercer lugar del escalafón,

pero más atrás no, por favor. (SE RÍE)

-Doña Lupe, con toda su fiereza, no se olvida de usted,

todos los días nos pide noticias, a mí o a Quevedo,

y pregunta por el muchacho, si es robusto, si mama bien,

si tiene algún defecto físico... ¿Defecto?, si es más perfecto

que las perfecciones, se lo voy a enseñar desnudo

para que vea qué hermosura de hijo.

-Pero lo que le pasmará saber es que el amigo Maxi está tan mejorado

que si lo ve no lo conoce. ¿Es verdad?

-Toda la verdad, como si fuera otra persona.

Me alegro,

ojalá nunca se acuerde de mí para nada, ni sepa que estoy viva.

-Eso no podrá ser, lo sabe todo.

¿Eso es verdad?

Ay, no se divierta conmigo Ballester, mire que estoy

temblando de miedo. -¿Miedo a qué?

Le digo que ha cambiado, está razonable, tranquilo,

habla poco,

y respecto a usted, creo que el sentimiento que tiene

es el de indiferencia, si es que la indiferencia

se puede llamar sentimiento. No me fío, no me fío.

-Bueno... Me tengo que ir, pero antes me gustaría ver

a su excelencia desnudo para poder contar a doña Lupe.

Lo va usted a ver.

A ver.

(RESOPLA)

-¿Señora, señora?

-Dígame. -Llévese eso para arriba,

su sobrina estará necesitada de buenos caldos.

-Lo que usted diga y gracias.

Cacareos. -¿Oiga?

¿Podría verlo? -¿A quién?

-Al pequeño, he oído de él a los que suben y bajan,

pero me gustaría verlo.

-Deje que pregunte.

Cacareos.

Venga.

Tiene hambre el sinvergüenza.

-Es clavado,

totalmente clavado.

¿Qué, no le da un beso o cree que le va a pegar algo?

Descuide, que lo bonito no se pega.

¿Sabe una cosa? Me parece que le va usted a querer

y él a usted también, ¿a que sí? -Es un niño muy hermoso,

sólo quería verle, no molesto más.

Cuénteles, don Plácido, corra a contarles cómo es mi niño.

Que digan lo que quieran y que lo tomen como lo tomen,

Dios no puede volverse atrás de lo que ha hecho,

y aunque se hunda el mundo, este hijo es el verídico nieto

natural de don Baldomero y doña Barbarita,

y la otra con todo su ángel no toca pito.

Es lo que yo digo, que me presente uno como tú,

no lo presentará, descuida.

Ven, mi amor, ven, ven.

-Juan Evaristo Segismundo... (HABLA EN LATÍN)

(EL BEBÉ LLORA)

(HABLA EN LATÍN)

(HABLAN EN LATÍN)

(HABLA EN LATÍN)

Llantos del bebé.

Llantos del bebé.

-¿Me oye, a dónde va?

¡Tío, tío!

-Bajó a la calle, dijo que subía enseguida,

pero si quiere bajo a buscarle. No, no se vaya usted,

estése ahí en el cuarto sin moverse.

-Bien, como usted diga haré.

Parece que me tienes miedo, te equivocas si piensas

que vengo de malas.

Aunque nadie me ha dicho una palabra, sé todo

lo que ha pasado y vengo a compadecerte

y a hacerte un gran bien.

Ya entre tú y yo no puede haber nada,

nos casamos por debilidad tuya y equivocación mía,

yo te adoraba y tú a mí no, y bien lo pagué perdiendo la razón,

pero ahora Dios me la ha devuelto corregida y aumentada,

te asombrarías si pudieras leer mi pensamiento y comprender

la elevación con que miro las cosas,

la calma con que te miro a ti, la indiferencia con que miro

a tu hijo.

¿Qué derecho tengo yo a estorbarle la vida?

Sólo quiero verle.

Otro día le verás, déjale, está dormido y le vas a despertar.

Crees que voy a hacerle daño, eso no cabe en lo humano.

Anda, déjame verle y te diré algo que te aprovechará.

Se parece a tu verdugo, lo malo no perece nunca.

No necesitas decirme, que su padre no te hace ya caso,

ni siquiera habrá a verte, no vendrá nunca, tenlo por seguro.

¿Quién sabe? Yo lo sé.

Pues que no venga, ni falta que hace.

Dices bien, ni falta.

Ese hombre tiene ahora otro entretenimientos,

es preciso que lo sepas. Tu verdugo no se acuerda

ya de ti para nada y ahora tiene amores con otra mujer.

¿Otra mujer? Sí, otra a quien tú conoces.

¿Qué historia me vienes a contar? ¡Déjame en paz!

Te dejo.

Falta que sea verdad lo que me cuentas.

¿Quieres su nombre? Ven aquí.

Me lo tienes que decir. Es muy amiga tuya.

¿Aurora? Aurora.

Tú me engañas, me quieres matar y en vez de pegarme un tiro

me viene con esa historia. Si lo quieres tomar

como un golpe de muerte, tómalo. ¡Estás loco, no sabes lo que dices!

No te defiendas con eso. Cuando Aurora sale del obrador

él la espera en la calle de Santo Tomás y van a una casa

que tú debes conocer,

en la calle de La Cabeza, junto a una taberna,

donde antes tenía a otra mujer.

¡Y no me digas que estoy loco!

¡Espera!

No es una calumnia en una mentira. No, es verdad.

¿Y por qué lo haces, por qué tengo que saberlo ahora?

¿Y qué querías, herir y que no te hirieran,

matar y que no te mataran?

El mundo es así, hoy tiras tú la estocada

y mañana eres tú quién la recibe.

¡Te juro...!

Que esa mujer no se ríe de mí, te juro que le pateo el alma

y la mato, le saco los ojos, ¡le arranco el corazón!

(LLORA)

Si tuviera fuerzas.

¡Dios! (LLORA)

Dios...

Quiero que vayas allí y lo intentes,

sé que es muy difícil,

que esa mujer es terca y dura, pero tenemos que intentarlo.

Desde que Plácido vino aquella noche

con la noticia del nacimiento,

no hago más que pensar en ello.

No como ni duermo pensando en esa criatura,

en traerle a esta casa y criarle conmigo.

-Eso es un disparate imposible.

Inténtalo, quizá ella no quiera cargar con él

o no pueda criarlo o necesita dinero, ¿qué sé yo?

Hazlo por mí.

Encarnación.

-¿Va a salir? Sí, estaré fuera media hora,

tú no te separes de aquí y si se despierta el niño

le meces hasta que yo venga, no abras a nadie, si viene mi tía

que espere en la escalera.

Campanilla.

Buenas tardes.

-Fortunata, tanto tiempo.

Dispense, estoy ocupada, vuelve más tarde mejor.

Que cara te vendes, ¿has estado mala?

¿Y tú cómo estás? -¿Y tú dónde te metes?

Tenía que hablar contigo. -Pensé en ir a verte,

pero una no tiene tiempo para hacer visitas.

Siéntate. Estoy bien así,

enseguida despacho.

-De verdad que pensaba ir a verte, pero entre una cosa

y otra no puede.

Sabiendo que te quiero tanto. -Y yo a ti.

¿Por qué no te sientas? No, me marcho enseguida,

sólo he venido a traerte una cosa.

-¿Una cosa, a mí? Sí, verás.

Gritos. -¡Ah!

¡Ah, ah, déjame, ah!

¡Ah!

¡Déjame! ¡Ven aquí, asquerosa!

-¡Ah, ah! ¡Indecente!

¡Indecente ladrona! -¡Ah!

¡No!

Cristales rotos. ¡Ven aquí,

ven aquí, sal de ahí!

¡Asquerosa!

-¡Ah! ¡Suelta, suelta!

¡No! (AHOGÁNDOSE) ¡Suéltame!

¡Ah, ah, ah!

¡Ah, ay, no! ¡Zorra!

¡Zorra, zorra!

Gritos. ¡Zorra, zorra!

Gritos. ¡Zorra, zorra!

(JADEA)

Llantos de bebé.

Llantos de bebé.

Llantos de bebé.

¿Ha comido? -Le dio de mamar hace dos horas.

¿Yo? -Sí.

Se recuperó lo justo para atender al niño,

desde entonces ha dormido.

(SUSPIRA) ¿Y usted? -Había venido a verla

y la encontré tirada en la escalera.

Me encuentro muy cansada, muy mal.

-Usted no tiene buena la cabeza, tiene que criar a un niño

y se va de pelea, se desangra por la calle, se desmaya.

Estaba llorando cuando yo subía. -Si no es formal y le cría bien

le pondremos un ama,

y en último caso, hasta lo recogeremos

para tenerle con nostras. No señora, yo no le suelto,

verá usted qué bien me voy a portar ahora,

no quiero cuentas con los hombres, con ninguno.

Mi hijo y yo... -Fortunata.

¿Sí?

-El médico Quevedo se ha asustado un poco,

has perdido sangre, quiere que descanses

que no hables, que no veas a nadie.

Haré lo que ustedes digan.

-Yo me voy a ir, tú tía y esa niña

estarán cerca de ti.

Duerme, descansa.

Dígale a la otra que no la guardo rencor,

desde que Dios me dio este hijo no la puedo guardar rencor,

si me apura mucho hasta le tengo cariño, dígaselo.

-Descansa.

(EL BEBÉ PROTESTA)

-Si te empeñas en meter la cuchara lo vas a echar todo a perder,

no te voy a dejar subir, si acaso al piso de Estupiñá.

¿Podrá bajar al niño? -¿Qué cosas se te ocurren?

Tengo ganas de verle. -Tiempo tendrás.

No puedo apartar de mi pensamiento a esa mujer,

lo que hizo está bien hecho y tiene el valor que a mí me falta.

-Es repugnante que dos mujeres se peguen.

Será lo que tú quieras, pero siento algo por ella

que antes no sentía. -Disparates.

-Perdonen que las haya hecho esperar,

he estado buscando amas. -¿Amas?

-Sí, amas de cría, encontré tres muy buenas, una pasiega,

otra asturiana y la tercera de Santa María de Nieva,

cualquiera de las tres vale, las tengo habladas y vendrá una

en cuanto esa loca quiera. -¿Pero qué ha pasado?

-Que el niño no encuentra el alimento o la madre

lo ha perdido,

durante la noche no paró de llorar

y bajó la vieja a llamarme, he estado de acá para allá y...

Ya no llora.

Esa mujer no se lo quita del pecho, tuvimos que llamar al boticario

amigo suyo para que la convenciera.

-Yo voy a subir, no te muevas tú de aquí, espérame.

Llantos.

-¿Qué pasa? (LLORA) -Está muy mal.

-¿Quién?

-La señora, se muere. -No digas tonterías.

¿Cómo está? -Mal, pero se ha tomado

las medicinas y es muy fuerte, se recuperará.

-¿Y el niño?

¿Qué está haciendo? -Esa burra de sobrina

ni se daba cuenta que la leche se había ido

y el pobrecito se moría de hambre. Al principio le hacía ascos a esta,

pero ahora se está hartando. -Mandaremos una mujer.

-Lo que diga mi sobrina. -¿Cada cuántas horas le daba?

-Cada cuatro.

-Vendrá una mujer cada cuatro horas,

no se hable más.

-Está muy débil, hay que dejarla descansar,

quitarle el niño. -Ya le he dicho a Segunda.

-Y confiad en que se recupere.

-¿Sabes una cosa? Tienes calentura,

por ponerte a pensar en lo que no debes.

Ah... (SE RÍE) Vas a ser la reina del mundo,

levanta la cabeza, ¡aire!

¿No ves que esos señorones te hacen la rueda,

no lo ves?

Estaremos en grande, hasta coche vamos a tener.

Se están muriendo de ganas de chiquillo

y mientras, nosotras, a poner el cazo, sobrina,

ya he empezado yo a sacudirme las pulgas.

Tú date tono,

no seas boba.

Si sabemos aprovecharnos,

iremos para arriba.

Cristales rotos.

¡Ah!

El niño. -Está en el gabinete, duerme.

Tráelo.

No, deja.

¿Quién eres tú? -Encarnación, señora.

¡Ah!

Qué tonta soy.

Chiquilla,

ve corriendo al cuarto de abajo y dile a don Plácido

que le necesito, antes, tráeme al niño, anda.

(EL NIÑO PROTESTA)

No te querrán tanto como yo,

pero sí un poquito menos. (SUSPIRA)

Me estoy muriendo, la vida se me corre fuera y...

y quiero antes arreglar la tuya.

Pasos. Vas a ver.

Puerta.

-Vamos a ver, ¿qué se le ofrece?

Ándese pronto, me muero.

-No bromee usted. Don Plácido,

si no me sirve llamaré a otra persona.

-Intentaré hacerlo.

Busque papel y pluma,

quiero escribir una carta. -Al instante.

¿Un espejo?

Encarnación. -¿Qué quiere, señora?

Yo era como tú.

Haga el favor de poner lo que le diga.

Yo firmaré, traiga.

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

-¿Qué digo en la carta?

Que le doy el niño a la señora Jacinta,

ponga eso.

Luego,

ahora lléveselo, antes de que se despierte

mi tía o venga alguien.

(EL BEBÉ LLORA)

Espere, espere, déjeme verle.

(EL BEBÉ LLORA)

(EL BEBÉ LLORA)

-¡Sandías, tomates!

¡Cebollas!

¡Naranjas, peras, piñas!

(SUSPIRA)

-Se ha encerrado ahí dentro, ha cerrado la puerta

y le damos la comida por el montante.

(LLORA) Da unos aullidos terribles por la noche,

por eso le he llamado a usted, porque no nos atrevemos a entrar.

(LLORA)

-Maximiliano,

ábreme, soy Ballester.

Llantos.

-¿No me conoces? Ballester.

-El mismo.

¿Quiere que le de noticias del mundo?

No voy a consentir que me engañen de nuevo.

-Su mujer de usted ya no existe, es verdad,

hace ocho días que murió.

Otra vez la misma comedia, quieren que me vuelva loco,

eso es lo que quieren, destruir mi lógica y mi talento.

Llaman a la puerta.

Llaman a la puerta.

(EL BEBÉ LLORA)

Llaman a la puerta.

Jacinta, tengamos una conversación seria.

¿De qué vamos a hablar?

Escucha, pienso que podemos...

tenemos que hablar, de ese niño y de nosotros,

llevo semanas proponiéndote lo mismo.

Sal de ahí y escúchame.

Juan,

no te necesito, ni cuento contigo,

nada de lo que te ocurra me puede afectar,

tienes toda la libertad que quieras, si es que alguna vez

dejaste de usarla por respeto a mí.

¿Como si dejara de existir?

Sí, así será desde ahora.

¿Pero no podíamos ver la ma...?

Llantos del bebé.

Llantos del bebé.

Llantos del bebé.

-¿Qué dice ahí?

(LLORA)

Son las lágrimas de toda mi vida las que derramo ahora.

La quise con toda mi alma,

hice de ella el objeto capital de mi vida y ella...

no respondió a mis deseos,

no me quería. (LLORA)

Miremos las cosas desde lo alto,

no me podía querer,

juro que perdoné a esa desventurada que tanto daño me hizo,

declaro en mi estado de perfecta cordura

que la quiero lo mismo que el día en que la conocí,

he sido un mártir

y un loco y el mundo acabó para mí. (LLORA)

Era un ángel, ¡era un ángel!

¡Y el miserable que lo niegue o lo ponga en duda

se las verá conmigo! (LLORA) Era un ángel...

-Este es un monasterio retirado y hermoso,

donde vas a estar como en la gloria,

los monjes que lo mandan no hacen más que pensar en Dios

y en las cosas divinas.

(SUSPIRA)

(PIENSA) "Creerán que me engañan, sé donde voy, y lo acepto,

y me callo en prueba de la sumisión absoluta

de mi voluntad a lo que el mundo quiera hacer de mi persona.

No encerrarán entre murallas mi pensamiento.

Resido en las estrellas.

Pongan al llamado Maximiliano Rubín,

en un palacio o en una cuadra,

lo mismo le da".

Fortunata y Jacinta - Capítulo 10

31 ago 2017

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