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Para todos los públicos En portada - Los últimos de Calais - ver ahora
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Lo primero que se encontraban los inmigrantes

que llegaban a la Jungla era un grafiti de Steve Jobs

huyendo con su mochila y su Macintosh.

Su autor, el enigmático Banksy, quería recordar al mundo

los efectos positivos de la inmigración.

Steve Jobs, el fundador de Apple,

considerada la compañía más valiosa de la historia,

también fue hijo de la inmigración. Su padre había nacido

en la ciudad siria de Homs, y si Apple existe es porque un día,

alguien autorizó su entrada en los Estados Unidos.

En el asentamiento de Calais, el más grande de Francia,

llegaron a vivir 10.000 personas. Había pocas familias;

la mayoría eran varones no acompañados,

entre ellos 1200 menores.

Su objetivo, como el de todos los que cruzan Europa

en dirección a Calais, no era Francia.

Su sueño está a 40 kilómetros de distancia y una hora de trayecto:

en los acantilados blancos de Dover visibles,

incluso con niebla y lluvia, desde las playas en la que Banksy

dejó la firma de su indignación.

Ha hecho falta que hubiese 10.000 personas en Calais

para que el Gobierno francés, y en último término Europa,

se hicieran la pregunta:

¿Podemos aceptar en Europa a todo el mundo y en todo momento?

La gente no tiene nada que perder, por eso vienen aquí.

Vale ¿nos bombardeáis?, pues este es el resultado.

Por lo tanto, todo el mundo tiene su parte de responsabilidad.

El drama de Calais no se resolverá en Calais.

Aunque se cierre seguirán llegando.

Los conceptos desmantelamiento y humanitario

para nosotros son un contrasentido,

porque o bien se responde a las necesidades humanitarias

y por tanto no se desmantela, o se desmantela

porque no se ha sabido responder a las urgencias humanitarias.

El Gobierno francés ha decidido preservar los grafitis

que Banksy pintó en Calais, como la balsa de náufragos

que piden auxilio a un yate de lujo.

Paradójicamente, los murales han sobrevivido al asentamiento,

desmantelado a finales de octubre.

La Jungla ya no existe. Muchos de sus antiguos moradores,

incluidos los 3000 que se marcharon antes del cierre,

vagan por la región como fantasmas sin rumbo.

Para el Gobierno francés, el desmantelamiento es un éxito,

aunque el drama humano siga intacto.

Llegué aIrán, después a Turquía,

de Turquía fui a Grecia,

de Grecia a Italia, más tarde a Francia

y finalmente a Bélgica.

Durante tres meses intenté pasar a Inglaterra pero no tuve suerte.

Así que volví de nuevo a Francia,

y alguien me dijo que podría ser bueno ir a París;

y en el 2015 me fui a París.

En el pequeño comercio de Daulatzi Mewagul,

apenas quedan existencias.

La aventura del joven afgano de 22 años empezó en el 2012

cuando, harto de las amenazas de los talibanes,

decidió venir a Europa. Hasta entonces vivía en Ingraham,

una ciudad en la frontera con Pakistán.

Vine a Europa para solicitar asilo,

tener una buena casa y, si fuera posible,

un pequeño negocio;

pero no para vivir en estas condiciones.

En la Jungla no puedes tener ni casa ni negocio.

Es un gran problema.

Todo menos volver a Afganistán, aunque añore a su país

y lo recuerde desde su cuenta de Facebook.

Todavía está pendiente de la entrevista que decidirá

si es o no refugiado. Ya no sueña con el Reino Unido,

solo quiere tener papeles, trabajo, y si pudiera,

volver a estudiar.

Los amigos que regresan a Afganistán dicen que hay muchos problemas.

En Afganistán quedan muchos talibanes,

miembros del Daesh que quieren pelear.

Talibanes, muyaidines, Daesh...

Yo no quiero vivir en Afganistán.

Los afganos llegaron a ser el segundo grupo más numeroso

de la Jungla. Eran especialmente hábiles como comerciantes,

y también como jugadores de cricket,

una herencia de su pasado colonial británico.

Eran casi 3000, y parecían tener asegurado el estatus de refugiados

al huir de un país donde quedan núcleos de resistencia talibán

y del Estado Islámico.

Pero Alemania, uno de los países más generosos en materia de acogida,

ha decidido expulsar a los afganos procedentes

de áreas que ahora se consideran seguras;

y otros gobiernos están siguiendo su ejemplo.

Es año electoral en Holanda, Francia, Alemania y quizás Italia.

Europa ha echado el cerrojo,

y Calais ha servido de banco de pruebas.

Creo que lo que vemos en Calais

es una especie de laboratorio de lo que podríamos ver

en otros lugares de Europa.

Creo que la entrada en Europa,

que la inmigración tal y como la hemos visto en Calais,

no se ha sabido controlar; Schengen ya no sirve.

El Reino Unido, el país por el que suspiran

quienes llegan a Calais, no se sumó al acuerdo de Schengen

que permitía la libre circulación en 26 países europeos.

Pero la crisis de los refugiados ha hecho trizas

este espacio sin fronteras.

Algunos países han reintroducido controles temporales

y otros, como Austria y Hungría, cierran fronteras y levantan vallas.

Sin embargo, el endurecimiento de las políticas europeas,

no detuvo el flujo migratorio a Calais,

y la Jungla siguió creciendo.

En abril de 2015 el Gobierno trajo a todo el mundo a estos terrenos.

Al principio era un campamento únicamente con tiendas,

pero como había refugiados que podían quedarse aquí durante un tiempo,

muy pronto se convirtió en un barrio marginal,

en casi una ciudad, con comercios, iglesias, mezquitas,

servicios, escuela... Es una pena.

Podríamos haber mejorado poco a poco las condiciones sanitarias,

crear redes... En definitiva, haber creado...

un nuevo barrio en Calais.

Pese al esfuerzo de organizaciones y voluntarios,

pese al halo de vida insuflado por sus moradores,

el asentamiento no ha pasado de ser un lugar en condiciones deplorables.

En la tienda donde vivieron cuatro meses un grupo de eritreos,

todos menores de edad, el humo impide respirar.

Pero hace frío, y hay que combatirlo.

Un día antes de partir, aseguran que no irán muy lejos,

y que prefieren seguir durmiendo en los bosques cercanos.

Nadie quiere volver a Eritrea.

Son niños que en su mayoría...

niños entre 14 y 18 años,

aunque también hay menores que son pequeñitos,

ocho, nueve, diez años,

y que vienen sin padres, sin hermanos....

Han huido de su país por la guerra

y a veces han perdido a miembros de su familia

durante el trayecto o en el país.

La Jungla, un lugar difícilmente compatible con la vida digna,

se convirtió, poco a poco, en una ciudad “paralela”,

a cinco kilómetros de Calais. Para la opinión pública conservadora

era un enclave extranjero en suelo francés

que echaba un pulso al Estado de Derecho.

En pocos meses, el Gobierno socialista

pasó de tolerar la Jungla a ordenar su demolición.

Hablan en inglés

El final de la Jungla fue una demostración

de la grandeur francesa: 1250 policías,

500 informadores acreditados, a los que se repetía que en Francia

se respetan los derechos humanos pero también la ley,

y la promesa de que en solo una semana

la Jungla pasaría a la historia.

Y la primera etapa consistirá en agrupar a las personas

en la fila que les corresponda.

Pueden ver la diferencia:

habrá una fila para los adultos que viajan solos;

otra para las familias, otra para los menores no acompañados

y otra para las personas vulnerables.

Dejar la Jungla, tras recorrer miles de kilómetros

y con el Reino Unido a la vista, disparó la tensión.

Los antidisturbios y grupos de jóvenes airados,

todos ellos viejos conocidos, se despidieron a su manera,

intercambiando piedras y gases lacrimógenos.

Esto lo limpiarán en una semana, pero...

quizás no sea aquí, y se hace en el bosque de allí,

o en el parque de allá, pero se va a crear más,

porque a menos no se termine una guerra...

no hay dónde ponerlos; van a volver, van a venir.

Los primeros en partir fueron los africanos.

Sudaneses y eritreos hacían cola mansamente,

mitad aturdidos, mitad asustados, desde antes del amanecer.

Creo que es una buena operación, que por una vez,

Francia está a la altura de un acontecimiento humanitario.

Hay una organización fenomenal.

El Gobierno ha puesto a disposición de los inmigrantes

400 centros de acogida por todo el país.

Se les ha ofrecido la posibilidad de pedir asilo,

aunque muchos ya lo han hecho y están a la espera de respuesta.

Las organizaciones humanitarias creen que en el desmantelamiento

hay puntos oscuros, y que existe un riesgo real de expulsión.

Estamos muy preocupados por lo que pasará

dentro de tres meses; porque a esta gente...

se los envía a los centros de acogida,

pero a nivel global, y al cabo de tres meses,

si no son demandantes de asilo o no son reconocidos como tales,

oficialmente se los devuelve al país por el que entraron

y, eventualmente, a su país de origen.

Cuando escucho las noticias me recuerdan mi pasado,

porque yo viví esa misma situación en Calais.

No fue fácil. Entonces era un menor, hacía frío,

había seis grados bajo cero; era invierno,...

y deambulaba por las calles. En ese momento no existía la Jungla.

Es la misma situación, es el mismo drama.

Para mí es una catástrofe humana.

La historia de Wali es conmovedora, como la de tantos niños

que llegan a Europa desesperados. Tras morir sus padres

y tres de sus hermanos, dejó Afganistán.

Quería ir a Londres, donde vive su hermana.

Tenía 15 años.

Yo provengo de una familia de clase media de Kabul.

No teníamos grandes cosas; sin duda no teníamos las comodidades

que tenemos aquí, en occidente, pero era feliz.

Desgraciadamente, los soviéticos nos bombardearon,

y en una de las casas bombardeadas estaba mi hermana;

después los talibanes mataron a mi padre. Hubo un atentado.

Nosotros, los civiles, somos las principales víctimas

de los atentados. En el primer atentado que hubo en el año 2002

perdí a mi madre.

Sin nada que perder, porque ya lo había perdido,

años después, Wali contó su increíble periplo:

un viaje a través de Asia y Europa escondido en camiones

hasta llegar a Calais. Allí conoció a una familia francesa

que ahora es la suya. Estudió Ciencias Políticas

y se ha especializado en Resolución de Conflictos.

Cuando me dieron los papeles, si me los dieron un lunes,

el miércoles me fui a Inglaterra.

Estaba deseoso de volver a ver a mi familia, de volver a sentir

ese ambiente familiar; la gente a la que echaba de menos,

gente a la que no había visto desde hacía siete u ocho años.

Podría ir y quedarme allí; incluso he estado dos meses trabajando,

pero no me gustó. Inglaterra está bien para quienes les gusta,

pero para mí solo para hacer turismo.

Aquí estoy, comprobando que no se haya escondido

ningún inmigrante justo encima de los ejes.

Los inmigrantes se agarran a esa barra de ahí con sus cinturones

Es muy peligroso para ellos. Tenemos miedo de aplastarlos.

Desde hace diez años, Julien transporta mercancías al Reino Unido

a bordo de un enorme camión de 15 metros de largo.

En este tiempo ha visto empeorar la situación,

con asaltos, cada vez más numerosos de inmigrantes

que intentan pasar escondidos. Pero el cierre de la Jungla

no le parece la solución.

El problema de la distribución de inmigrantes por toda Francia

es que antes los problemas se daban solo en Calais.

Ahora vamos a ir a cargar o a entregar mercancía

a cualquier lugar de Francia para luego volver a Inglaterra,

y el problema es que incluso en sitios como Perpiñán

vamos a tener que extremar la precaución

para que no se nos meta ningún inmigrante en el remolque.

El Eurotunnel no duerme. El flujo de camiones de gran tonelaje

es constante durante la noche, y nadie sabe

dónde puede ir escondido un inmigrante.

Algunos han muerto intentándolo.

Pero en medio del drama humano, la actividad de los transportistas

también se ha resentido: bloqueos a la entrada;

deterioro de las mercancías, y elevadas multas

de las autoridades británicas a quienes llevan a bordo,

aún sin saberlo, a un polizón.

La multa puede ascender hasta las 2000 libras,

y se han dado casos en los que la empresa

ha tenido que pagar esas multas. Sencillamente es intolerable,

porque la empresa no es ningún traficante; es ante todo,

una víctima. Han dañado su vehículo, su mercancía y además,

tenemos que hacer frente al cinismo de las autoridades británicas

que ven bien el sufrimiento de nuestras empresas,

y aún así imponen multas.

Hasta la construcción del Eurotunnel,

el tráfico de personas y mercancías entre Francia y el Reino Unido

se realizaba por mar.

Calais es el primer puerto de carga del continente,

pero para los inmigrantes es mucho más:

es la última parada antes de la tierra prometida.

No es la destrucción de los asentamientos

lo que detiene la llegada de personas que quieren ir al Reino Unido

y que se quedan bloqueadas aquí, en la frontera.

Calais sigue siendo el principal punto de paso

entre el continente europeo y Gran Bretaña.

Así que la gente va a seguir llegando.

El puerto de Calais se ha ido convirtiendo en una fortaleza

de alambradas y hormigón, conforme se ha disparado

la presión migratoria; y las peticiones al Gobierno

para que pusiera fin a la Jungla, han ido en aumento.

Somos quienes más padecemos la presencia de los inmigrantes.

Afecta al tráfico de mercancías y al de pasajeros.

Este año hemos tenido 1.200.000 viajeros menos

respecto a las previsiones. Esto nos ha afectado

de forma muy negativa, al igual que a los comerciantes de Calais.

Porque nos faltan 1.200.000 pasajeros,

y esto significa 1.200.000 clientes menos.

Apenas 90 minutos de travesía separan a Calais de Dover,

conocida por su valor defensivo como “la llave de Inglaterra”.

Los vínculos y las disputas entre ambos enclaves

han sido constantes a lo largo de la historia;

pero desde el año 2003, los controles migratorios

se hacen en Francia.

En la práctica, lafrontera británica

se ha trasladado al continente, una circunstancia

que podría cambiar tras el Brexit,

en parte cimentado en el voto antiinmigración.

¿Qué he visto en Calais?

He visto personas desesperadas por entrar en Inglaterra.

Escuché a un voluntario decir...

que quien está en Calais no quiere quedarse en Francia,

quiere ir a Inglaterra.

Inglaterra y Londres,

dos de las palabras mágicas de la Jungla,

especialmente al atardecer, la hora en la que los inmigrantes

aprovechan para hablar con sus familias.

Pese a haber vivido cinco años en Italia,

este joven solo quiere ir a Londres.

Tras el cierre de la Jungla, intentará pasar desde Bélgica.

Allí esperará su oportunidad, el momento de subir clandestinamente

a un camión.

Quienes llegan a Calais no quieren quedarse en Francia,

pese a que las ayudas destinadas a la inmigración

son algo superiores a las del Reino Unido.

Pero la mayoría asegura tener vínculos familiares en Inglaterra,

donde la economía sumergida está más tolerada

y es más fácil encontrar trabajo.

Francia nunca ha declarado a Calais zona de crisis.

Naciones Unidas, pese a tener agencias especializadas

en la infancia y en los refugiados, también se ha mantenido al margen.

Pero los inmigrantes han seguido llamando a las puertas de Inglaterra

sin más ayuda que la de algunas organizaciones no gubernamentales

y decenas de voluntarios.

En estos momentos, Gran Bretaña está ayudando muy poco

a los refugiados, y nos podemos encontrar

con una situación tremenda si no colaboramos

en la resolución del problema. Esta es la mayor crisis humanitaria

que se ha producido en varias generaciones,

y no hay ninguna razón para que el Reino Unido

no se implique más.

Además, esto no casa con la manera de actuar de los británicos

cuando alguien está en situación de dificultad;

y espero que esto no cambie.

Clare Moseley dejó su casa y a su familia en el Reino Unido,

para poner en marcha Care4Calais,

una organización de voluntarios.

La comida, la asistencia social y la ayuda de emergencia

han recaído en gran medida en pequeñas entidades

que pese al cierre de la Jungla, siguen sobre el terreno;

y no se han ido porque saben que muchos inmigrantes

continúan en la región, y que otros... volverán,

o vendrán por primera vez.

Lo que está ocurriendo en Siria es dramático, sso tiene que acabar.

Todo el mundo lo dice, es una guerra.

Hay que tomar en cuenta a esos refugiados de guerra, sin duda,

porque eso puede volver a pasar en cualquier parte del mundo,

y quién sabe si mañana nos puede pasar a nosotros.

Luego está el resto: la inmigración denominada “económica”,

la “gratuita”; esa no puede continuar.

Sea o no por la presión migratoria, el voto al Frente Nacional

ha crecido en los distritos del área metropolitana de Calais;

y en el conjunto de Francia los datos son inquietantes.

Solo un 11 % de la ciudadanía considera buena la inmigración.

Una cifra sorprendente en un país

donde una de cada cinco personas tiene un abuelo inmigrante.

En Calais, con 70.000 habitantes,

han surgido grupos ultras de autodefensa

que incendian las redes con sus mensajes.

El periódico “Le Nord Littoral” decidió publicar la identidad

de quienes usaban las redes sociales para fomentar el odio

y la xenofobia.

Decidimos llevar a cabo una acción impactante contra varios internautas

que entraban en nuestra página de Facebook

y que hacían llamadas a la violencia contra los inmigrantes

e incitaban a asesinarlos.

Y en un momento dado, en el diario pensamos

que al ser un periódico de Calais, teníamos una responsabilidad social;

y decidimos publicar los perfiles de estas personas

para tomar conciencia.

-Cuando grupos como “Salvemos Calais” o “Calesianos encolerizados”

organizan manifestaciones en la ciudad, se reúnen 200, 250,

300 personas, de las cuales muchas vienen de París,

de Lille, de Lens... no viven en Calais.

Yo creo que los ciudadanos de Calais son gente razonable

que no rechaza al inmigrante, que no rechaza a los exiliados.

En septiembre,

el presidente Hollande estuvo en Calais.

No pisó la Jungla, pero se comprometió a desmantelarla.

Una respuesta a quienes habían acusado al Gobierno de “buenismo”,

y de facilitar con sus políticas la acogida sin límites.

Ahí están las elecciones de 2017.

Todos los políticos vienen aquí; y efectivamente,

creo que se trata de un desmantelamiento

más electoral que humanitario.

-Todos sabíamos, el Gobierno y otros responsables,

que estaban ahí ilegalmente, para ir ilegalmente a Gran Bretaña.

Y se les ha permitido, se les ha permitido las tiendas,

los camiones, se les ha permitido instalarse, etcétera.

Eso no puede volver a pasar, porque si vuelve a pasar,

creo que el descontento de los ciudadanos de Calais

será enorme y serán muy reivindicativos.

Tras el cierre de la Jungla algunos inmigrantes

han encontrado cobijo en Grande-Synthe,

a 40 kilómetros de Calais. Es la otra cara de la moneda:

un campo de refugiados austero y digno,

levantado a iniciativa del Ayuntamiento

y Médicos sin Fronteras. Había 300 niños, 300 mujeres,

y no podía quedarme con los brazos cruzados.

Así es como llegamos a la situación de este campo

en Grand-Synthe, donde hemos intentado ofrecer

unas condiciones de vida dignas a todas estas personas.

La población se ha adherido a este proceso sin problemas.

No ha habido manifestaciones; sí que hay algunas personas

que se quejan, eso pasa siempre. Pero globalmente,

la población lo ha aceptado. En el campamento de Grande Synthe

viven familias de origen kurdo. Los niños van a la escuela,

y juegan ajenos a la precariedad que les rodea.

Pero las condiciones de vida distan de ser óptimas.

Mientras preparan la cena, kilma-dolma,

un guiso de cordero con verduras, un padre de familia nos confiesa

que la noche anterior trató de subirse a un camión,

y que hoy volverá a la autopista. Lo intentan cada noche

entre 100 y 200 personas, pero solo lo consiguen...

dos o tres por día. Grande Synthe...

es un lugar de paso.

Es algo provisional. El campamento fue concebido

para responder a una emergencia, porque ahí vivían 2500 personas

en condiciones deplorables, y no había solución para ellos.

En esa época no existían los centros de acogida.

Creamos una estructura para poder recibirlos.

Pero no es una solución vivir en una caja de madera de siete m2.

a 30 metros de los baños, a 50 metros de un punto de agua,

teniendo que ir tres veces al día con el suelo lleno de piedras.

Esa no es la solución.

El campamento tampoco durará mucho.

La intención del Gobierno es desmantelarlo

para que no se produzca un efecto llamada. Además,...

sobre su reputación pesa la evidencia de que en él viven

grupos organizados de traficantes de personas.

Sabemos que en el campamento, desde su origen,

había redes de traficantes que metían aquí a la gente.

Desde hace un año, gracias a una acción del Ayuntamiento,

la Justicia y la Policía, hemos acabado con 28 redes de traficantes.

Oero no es el campamento el que crea los traficantes.

¿Qué es lo que da lugar a los traficantes?

Son los muros que ponemos en la entrada de Europa,

porque en algún momento tendrán que entrar.

Huyen de la guerra, huyen de la muerte.

Cada inmigrante acaba siendo traficante en algún momento.

Es decir, cuando uno tiene dinero para pagar al traficante,

le paga para que te monte en el remolque; pero el día

que se queda sin dinero se convierte en traficante

para subir a otros inmigrantes y ser el que cierra las puertas del camión.

Así ganará dinero, y podrá pagar a otro inmigrante

para que a su vez intente subirle a un camión.

Pero las sospechas van más allá del colectivo de inmigrantes.

También hay conductores que a cambio de dinero aceptan el trato.

Las cifras varían, pero están por encima

de los 1000 euros por cada persona que esconden.

Personalmente, a mí no me lo han propuesto nunca,

así que no puedo decir. Pero no asumiría ese riesgo.

Si alguna vez me lo proponen no asumiría el riesgo.

No quiero tener líos con las autoridades inglesas,

con mi jefe... Tampoco quiero que me despidan.

Las palabras del Presidente de la Comisión Europea

han quedado sepultadas por la avalancha migratoria

de los últimos meses, y los cálculos de varios países

en vísperas electorales. Hasta los más proclives

han pasado de la política de “brazos abiertos”

a las restricciones.

Incapaz de manejar la crisis y alcanzar un acuerdo entre socios,

Europa ha colgado el cartel de “completo”.

Pero el cierre de fronteras no afectará solo

a los inmigrantes económicos; la Unión Europea quiere revisar

el derecho de asilo, y varios países, entre ellos España,

han incumplido su compromiso con las cuotas de refugiados.

Médicos del Mundo critica firmemente a todos los países

que actúan exactamente como Francia;

es decir, que no asumen su responsabilidad

por lo que está pasando en los países en guerra. Aquí tenemos refugiados.

Las columnas de humo negro añadieron dramatismo

a las últimas horas de vida en la Jungla.

Incendios provocados que nadie reivindicó,

acordes con la tradición pastún de no dejar nada

al abandonar la casa.

La Policía selló la entrada al campamento,

para desesperación de los que aseguraban

tener allí sus pertenencias.

Los últimos en abandonar el paisaje de guerra

en el que se convirtió la Jungla han sido paradójicamente,

los más vulnerables: los menores.

Durante unos días vivieron en contenedores de acogida provisional;

esperanzados y preocupados ante lo que parecía

un inminente traslado al Reino Unido.

Lo que pasa es que no tienen otra opción que la de ser fuertes,

porque no hay nadie para... para...

para ocuparse de ellos. Pero son niños,

y había uno el otro día que me decía

que se había pasado la noche llorando, porque no sabía

si iba a conseguir ir a Inglaterra

para reunirse con su familia.

Unos 300 menores ya están en el Reino Unido

y el resto, hasta 1200, han sido dirigidos

a centros de acogida a la espera de que finalice su identificación.

Las organizaciones humanitarias han denunciado

que la clasificación de los menores se estaba haciendo a ojo

y sin garantías.

Hemos sido testigos de cómo hacían un triaje por así decirlo

de “tú eres menor” “tú no eres mejor” solo por verles la cara:

“tú no tienes cara de menor”, “tú no pasas por los menores”.

Y eso no tienen derecho a hacerlo. Tenemos testigos de eso.

O sea que... realmente no no... ha sido un desastre.

La Jungla es una villa fantasma. Sus iglesias,

mezquitas, escuelas y cafés fueron demolidos

antes de que nadie pudiera preguntarse por el futuro

de los 5200 inmigrantes que aceptaron ir

a los centros de orientación y acogida.

Los que tenían posibilidades de asilo están localizados,

pero el resto ha abandonado los albergues del Gobierno

porque teme su expulsión.

Este campo tenía unas estructuras bastante claras y ya tenía

una forma de ayudar que era más o menos efectiva.

Eso tendrá que volver a crearse; pero se creará,

porque la gente volverá o necesitará ayuda allí donde esté.

Será el fin de la Jungla pero no es el fin del problema,

y desde luego no es el fin de la crisis de los refugiados

y no es el fin de la crisis en Calais.

Tras la crisis de los refugiados, los valores europeos

cotizan a la baja. El presupuesto destinado a inmigración ha crecido,

pero la partida destinada al blindaje de fronteras

es muy superior a la ayuda humanitaria.

El desmantelamiento de la Jungla ha sido políticamente rentable

y una puesta escena de cuyos efectos se duda.

Porque las dificultades que puedan encontrar los desplazados

siempre serán menores que las que sortearon

hasta llegar a Europa. Por eso nadie ha interrumpido

las obras del muro de cuatro metros de alto

con el que se quiere blindar el tramo de la autopista

que desemboca en el puerto.

Comprendemos la miseria que vive el inmigrante,

pero no tolerar los métodos que usan para entrar a nuestros vehículos,

las amenazas a nuestros conductores, las mercancías dañadas...

Los daños van desde los 200 euros cuando solo rasgan las lonas,

pero pueden llegar hasta varias decenas de miles de euros

cuando destrozan totalmente la mercancía.

El muro no es el muro de Berlín, no es el muro de Trump.

Yo vivo en Calais, y para ir al puerto

me he encontrado en medio de una lluvia de piedras

lanzadas por los inmigrantes. Me he visto en esa situación,

y hay que conocer eso para decir que el muro no es necesario.

El muro sí es necesario.

Cuando me fui de Kabul

vendí las pertenencias que me quedaban de mis padres

y me dije: o bien llego a casa de mi hermana o bien muero ahogado,

como tantos centenares de personas, o bien acabo en cualquier sitio.

Ya veremos qué nos depara la vida. Cuando asumes un riesgo así

puede pasar cualquier cosa.

Subtitulación realizada por Yolanda Fernández Gaitán.

  • Los últimos de Calais

En portada - Los últimos de Calais

13 feb 2017

Las gaviotas han vuelto a colonizar las dunas de Calais sobre las que creció el mayor asentamiento de inmigrantes y refugiados que ha habido en Francia. Los propios desplazados se referían al campamento como 'La Jungla', un lugar insalubre sobre lo que fue un vertedero, sin apenas infraestructuras, tapizado de lonas y plásticos, donde se hacinaban cerca de 10.000 personas. Un equipo del programa ha vivido de primera mano este proceso, que sirve para analizar la política migratoria europea.
El desmantelamiento del campamento de Calais fue un golpe de efecto ante 500 informadores de todo el mundo, que veían cómo los inmigrantes subían a los autobuses, aparcando así su sueño de pasar al Reino Unido. Esos autocares les trasladaban a los Centros de Acogida distribuidos por toda Francia. Además, ha sido un éxito político para el Gobierno de François Hollande, al que acusaban de mirar a otro lado y permitir un enclave extranjero en suelo francés.
Aunque la dispersión ha rebajado la presión y los incidentes en la autopista del Eurotunnel, nadie duda que la medida no detendrá la hemorragia migratoria de quienes cruzan Europa, con la vista puesta en el Reino Unido, donde tienen familiares o amigos. De hecho, los Centros de Acogida se han vaciado lentamente y la presencia de los inmigrantes y refugiados en el área de Calais ha ido en aumento.
Lo que pasó en Calais concuerda con las nuevas políticas de la Unión Europea que, pese a la falta de políticas comunes, sí parece estar de acuerdo en cortar los flujos migratorios de carácter económico y en endurecer sus políticas de asilo.

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