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Para todos los públicos En Portada - La mina o la nada - ver ahora
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Subtitulado por Accesibilidad TVE.

Soy Abdelzarrak Daioui, nací en 1995, en Yerada.

Y vivo aquí, en esta ciudad.

Vivo en esta habitación sin baño, sin agua,

y no tengo electricidad.

Los vecinos me tiran un cable para conectar la luz cuando lo necesito.

Mis padres aquí tienen unas cuantas cabras

y unos pequeños corderos.

Esto no es suficiente para vivir.

Lo único que tenemos aquí es la mina.

Empecé a trabajar cuando era pequeño.

Al principio sólo recogía trozos de carbón

que encontraba en el camino.

Con eso rellenaba una bolsa de entre 25 y 60 kilos,

luego la vendía por 50 o 60 dirhams,

unos cinco o seis euros.

Más tarde tomé la decisión de bajar a la mina,

entonces trabajaba siempre con seis personas.

El carbón es lo peor en esta ciudad de Yerada.

Lo peor de este mundo es el carbón.

La mina significa muerte.

Tengo miedo de la muerte, a las enfermedades...

Tengo miedo de todo, pero realmente estoy obligado a bajar,

es la única manera de llevar algo de comida a mi familia.

Abdelzarrak Dauoi es un minero.

Pero esta vez será también reportero.

Le entregamos una cámara y a partir de ahora, sus ojos,

son nuestros ojos en el corazón de la mina.

Esto es una decisión de Dios.

Si Dios quiere que vuelvas a subir, subes.

Pero si se derrumba el techo de la mina,

nadie podrá ayudarte, nadie podrá salvarte.

Esta enorme montaña de desechos de carbón

es un buen símbolo de la historia reciente de Yerada.

De su grandeza y de su tragedia.

Hace más de 90 años,

una empresa belga descubrió

que el subsuelo de esta zona era muy rico en antracita.

Para explotar esos extensos yacimientos,

se creó una empresa a su altura: Charbonnage du Maroc.

En su momento de mayor esplendor,

esta empresa llegó a tener más de 6.000 empleados.

Fue la segunda compañía más grande de Marruecos.

Sus mineros trabajaban en buenas condiciones.

Pero a finales de los 90, echó el cierre para siempre.

Extraer el carbón era muy caro,

y el precio del carbón en el mercado muy barato.

La empresa perdía mucho dinero, no tenía beneficios.

Así que el Estado, en esa época, decidió cerrarla.

La muerte de la empresa trajo consigo, también,

la inexorable agonía de la ciudad.

En poco tiempo,

Yerada pasó de 65.000 a 40.000 habitantes.

Hoy, el paro ronda el 40%,

casi el doble que en el resto del país.

La región Oriental, donde se ubica Yerada,

es la segunda más pobre de Marruecos.

La mina aseguró la vida de toda una población,

y era la economía de la región Oriental.

Ahora todo eso se acabó.

La única alternativa que encontró la siguiente generación

también estaba en la mina.

Pero en pozos de carbón, clandestinos e inseguros,

que aparecen diseminados cada pocos metros

por las montañas de la ciudad.

Pozos que nadie vigila, que nadie controla,

que nadie mantiene en condiciones.

Sólo en Yerada, hay cerca de 4.000.

Unos dos mil mineros se juegan la vida a diario, en estos agujeros.

Lo recuerdo como el peor día de mi vida.

El peor día de mi vida fue ese viernes.

Nunca he sentido más dolor que en aquella jornada.

Perdí a dos primos con los que vivía.

Ellos eran como mis hermanos.

Abdelrrazak Daioui tiene grabada una fecha a sangre y fuego:

22 de diciembre de 2017.

Ese día subió esta misma cuesta, hasta este mismo pozo minero.

Un agujero de más de 100 metros de profundidad,

al que entró con sus dos primos, Jedouane y Hussein,

para buscar carbón.

Cuando estaba abajo, en la mina, y brotó el agua de la pared,

lo primero que recuerdo es cómo mi primo Jedouane

le pedía ayuda a Dios.

Es algo que jamás podré olvidar.

En ese instante yo también me dirigí a Dios.

Recé y pensé en mi padre, en mi madre,

en mi esposa y en mi niña.

Me despedí para siempre de esta vida.

Hasta que en ese momento, y no recuerdo cómo pasó,

salí del agua, recuperé el aliento, y de repente sentí que volví a nacer.

Y conseguí trepar hasta la salida de la mina.

Jedouane y Hussein murieron ahogados,

atrapados en una galería subterránea.

Tardaron tres días en sacar sus cuerpos.

Tanto, que la ira acumulada de la población,

por otra muerte en la mina,

marcaría la historia reciente de Yerada.

A cien metros bajo tierra,

Abdelrrazak y sus amigos están ya inmersos en laberinto de la mina.

Si no eres minero, llegar hasta aquí,

moverte por aquí, es casi una misión imposible.

Es un lugar que hasta ahora no se había visto con detalle.

En estas minas ha muerto medio centenar de jóvenes

en los últimos 20 años.

No hay medidas de seguridad.

Se trabaja sin casco, sin mascarilla, sin traje.

Antes de sacar carbón, lo primero es asegurar la mina.

Los muchachos que hacen guardia arriba, básicamente esperan.

Y esa espera no es agradable.

Constantemente tienen que estar pendientes

de cualquier problema que pueda surgir en el interior de la mina.

Ahora mismo, la realidad es que yo estoy aquí arriba

y ellos están allá abajo.

Y nuestro único contacto es el cable.

Cuando se mueve el cable,

lo primero que pienso es que están vivos,

que todavía no han muerto.

Ya has visto el ruido que hace este motor,

si al que está abajo se le cae encima el techo de la mina,

desde aquí arriba no podemos escuchar nada.

El grupo encuentra, al fin, la gruta donde extraer carbón.

El trabajo comienza y los temores también.

La casa de Abdelzarrak se levantó, ladrillo a ladrillo,

en los meses siguientes a la muerte de sus primos.

Y se ha construido a golpe de limosna,

de la ayuda generosa de los vecinos.

En realidad, la casa es una pequeña habitación,

sin muebles ni electrodomésticos,

que comparte con su hija y su esposa.

Vivo con la ayuda de los vecinos y de los amigos.

Uno te da 50 dirhams, unos cinco euros,

otro te da 60, y eso sirve para comprar leche para mi niña,

comida para la casa...

Hay meses en los que Abdelzarrak gana solo unos 80 euros.

Hay meses en los que pierde dinero con los gastos de la mina.

Y hay meses, en invierno,

en los que la mina se inunda y no puede salir a trabajar.

En esta ciudad no se mueve nada.

Y si no hay nada, no hay trabajo, estás obligado a quedarte en tu casa.

No puedes alimentar a tu familia.

Este es el día de las manifestaciones,

cuando salimos a pedir alternativas económicas

y a reclamar nuestros derechos.

Esta también fue tomada durante las manifestaciones,

delante del ayuntamiento, en la plaza de los mártires.

La muerte de sus primos

no ha cambiado la vida de los mineros.

Pero sí ha despertado a una población

que parecía dormida y aletargada.

Los nombres de Jedouane y Hussein han sonado, sin descanso,

en las manifestaciones que llegaron tras aquel accidente.

La tragedia de los primos de Abdelrrazak

movilizó a decenas de miles de personas.

Marchas, casi a diario,

en las que se pedía una alternativa a la mina,

rebajas en la factura del agua y la electricidad,

y la dimisión de las autoridades locales.

La protesta social de Yerada creció y creció,

hasta que el 12 de marzo,

el Ministerio del Interior marroquí decidió prohibir las manifestaciones

Y al día siguiente, ocurrió esto.

Violentísimos enfrentamientos entre policías y manifestantes,

a los que siguió una oleada de detenciones.

Ese miércoles, muchos jóvenes fueron detenidos.

Entre ellos muchos amigos míos.

Los metieron en la cárcel simplemente por pedir un trozo de pan.

El Gobierno aplacó las protestas

enviando a cientos de policías a Yerada.

Hoy, nada escapa al control de los agentes en la ciudad.

Había que hacer respetar esa decisión del Gobierno.

Y es por eso que, todavía hoy,

hay una enorme presencia de la policía

para que se respeten las libertades de todos los ciudadanos en Yerada.

Esta foto

es del día del accidente.

El 22 de diciembre,

cuando murieron Jedouane y Houssein.

El álbum de fotos de Abdelrrazak está regado de recuerdos.

Y casi todos, tienen que ver con sus primos.

Este es Jedouane,

aquí en esta otra foto está muerto.

Si hay un camino que Albdelrrazak se sabe de memoria,

es el que lleva a la casa de su tío.

Un sendero áspero y yermo en lo alto de la aldea de Hassi Bilal,

a las afueras de Yerada.

El joven Albelrrazak creció junto a su tío y sus primos.

Y lo hizo aquí, en la misma casa donde el viejo Abdelkáder

recibió la visita de numerosos dirigentes

tras la muerte de sus hijos.

Todos los políticos me hicieron muchas promesas,

hubo muchos compromisos.

Pero justo después del entierro de los chicos,

nadie quiso recibirme.

Y ahora ya nadie quiere hablar conmigo.

Diabético, casi ciego y enfermo,

Abdelkáder acude religiosamente al cementerio

para mantener viva la memoria de Jedouane y Hussein.

A mi hijo, que tenía 20 años, siempre le decía:

"Vamos a trabajar juntos en agricultura, en la construcción.

Aunque sean trabajos duros".

Y mi hijo siempre me decía:

"No tengo nada que hacer, no tengo trabajo.

Para ganarme la vida, lo único que puedo hacer

es trabajar en la mina".

Y finalmente ha sido una víctima del carbón.

Hay una sensación rara en el interior de la mina.

Los muchachos trabajan.

Pero lo hacen sabiendo que cada movimiento en falso

puede costarles la vida.

Asumen tantos riesgos,

que hablan sin complejos de su relación con la muerte.

Larbi lleva 7 años asomándose al precipicio

de las minas clandestinas.

Hoy trabaja en esta,

a unos 50 metros de donde se encuentra Abdelrrazak.

Abajo están su padre y su hermano.

Llevan dos días enteros de trabajo y no han logrado ni un solo dirham.

Estamos quitando un trozo de piedra muy grande en el interior de la mina.

Y este poco de carbón que hay aquí

es todo lo que hemos sacado desde ayer.

El material con el que trabajan es alquilado.

Todo: el compresor, el martillo,

o la pequeña grúa que sube y baja a los mineros.

No hay beneficio.

Tras 11 horas de trabajo, su familia por fin, ve la luz.

El final de la jornada es un retrato de la derrota.

Mineros exhaustos, abatidos, sin futuro y sin perspectiva.

En parte, porque saben que todo el carbón que saquen,

deberán venderlo al precio

que marquen unos hombres poderosos y misteriosos.

Aquí, todo el mundo los conoce como "los barones del carbón".

Los barones que compran este carbón ni siquiera te conocen.

Han creado unos intermediarios entre ellos y nosotros.

Los barones siguen explotando a los mineros.

Pero hay otra amenaza, silenciosa, que mata poco a poco a los mineros:

la silicosis, la enfermedad que paraliza sus pulmones.

Los muchachos que trabajan ahí abajo

pierden el 70% de su capacidad pulmonar.

Ni siquiera pueden soplar.

Soplar se ha convertido en un ritual para todos los enfermos de silicosis

Soplar, para medir cómo avanza esa afección

que condena a los mineros cuando inhalan el polvo del carbón.

Solo en Yerada hay más de dos mil enfermos de silicosis.

Tantos, que este hospital, levantado aquí hace apenas 2 años,

es el centro de referencia en Marruecos sobre esta enfermedad.

Tenemos tres radiografías de tres personas diferentes,

con diferentes estados de la enfermedad.

En el primer caso, vemos un estado inicial de la enfermedad,

con algunos micronódulos.

En el segundo hay ya muestras de fibrosis

en la periferia de los pulmones.

Y en el caso del tercer paciente se ve claramente la fibrosis,

con bultos de enfisemas.

Se trata de una persona

que tiene una insuficiencia respiratoria crónica.

La evolución de la enfermedad nunca se detiene,

continúa aunque el minero

haya dejado de estar expuesto al polvo de silicio.

La doctora Lamiya Esenhaji

lleva años atendiendo a enfermos de silicosis.

A mineros veteranos, ya jubilados.

Pero también a los jóvenes

que hoy se juegan la vida en las minas clandestinas.

Vamos a ver el área de los proyectos en la zona económica,

es la zona industrial.

El ingeniero Hassan Kabouri es un tipo tranquilo, sosegado.

A él, básicamente, le toca vender

todo lo que está haciendo el Estado

para acabar con esta crisis económica y social.

Y buena parte de ese programa se concentra aquí.

Levantar este parque industrial costará tres años

y nueve millones de euros.

La idea es facilitar el terreno, sin coste alguno,

para que varias empresas se instalen en este lugar.

La primera será una fábrica de empaquetado de gambas.

Luego vendrá otra de paneles solares.

Va a beneficiar a la gente de la ciudad de Yerada.

Y en primer lugar, a aquellos jóvenes mineros

que trabajan en las minas clandestinas.

Mimoune se arrastra, como puede, por una estrecha galería.

Trae bolsas vacías

para que sus compañeros las llenen de carbón.

Los muchachos se esfuerzan al máximo para sacar todo el carbón.

No ha sido una mala jornada.

En todo este drama,

incluso hay momentos para la alegría y el agradecimiento.

Ahora, nuestros amigos

están trabajando abajo, sacando carbón.

Cuando llenan las bolsas, nos avisan.

Luego las subimos para filtrarlas y quitar los trozos pequeños.

Luego metemos el carbón en otras bolsas para poder venderlo.

Podemos estar todo el día,

y sacar entre 20 y 22 bolsas de carbón

en una jornada entera de trabajo.

El precio de cada una

es de unos 80 dirhams, unos ocho 8 euros,

cada bolsa puede llevar 100 kilos.

En lo más profundo de la mina,

no hay día en que Abdelzarrak no recuerde la muerte de sus primos.

Acabado el trabajo, Abdelrrazak emprende el camino de vuelta.

Todo pasa, ahora, por llegar a salvo hasta el agujero de la mina.

Larbi y su cuadrilla ya han recogido el carbón.

Y ahora se lo llevan para venderlo.

En Yerada, durante casi 20 años,

sólo cuatro personas han concentrado la gran mayoría de licencias

para explotar y comercializar el carbón.

Son los famosos "barones del carbón".

Vendemos el producto a los barones, así les llamamos,

controlan todo el mercado en Yerada.

Los barones tienen las licencias de explotación.

Pero no invierten ni un sólo dirham en la seguridad de las minas.

No contratan a mineros ni les pagan un sueldo.

Simplemente les dejan entrar en las minas.

A cambio, les obligan a venderles el carbón al precio que ellos dicten

Luego, estos barones venderán el carbón,

tres veces más caro, a hoteles de lujo y particulares.

Quiénes son esos barones del carbón, yo personalmente,

en tanto que técnico responsable del sector,

tratamos con gente que está autorizada,

que tienen sus papeles legales y en regla.

Y esos barones del carbón,

¿han obtenido sus licencias de explotación en un proceso público,

organizado por el Ministerio de Minas?

Cuando usted dice "barones" yo no conozco a los barones.

Yo conozco a gente, conozco empresas que trabajan

y que han solicitado las licencias,

y que tienen las condiciones necesarias

para obtener esas autorizaciones.

Oficialmente, tras la crisis de Yerada,

el Ministerio de Minas

ya ha retirado las licencias a los barones del carbón.

Y el objetivo, ahora, es crear cooperativas de mineros.

Trabajarían en grupo, con seguro médico y condiciones.

Y venderían el carbón, legalmente, a un organismo del Estado.

Pero eso, de momento, es solo un plan.

Sobre el terreno,

nada parece haber cambiado para quienes se juegan la vida

por un trozo de antracita.

Abdelrrazak es el primero en intentar salir.

En este tramo, la mina es un espacio mínimo,

con recorridos donde la altura no supera los 30 centímetros.

Así que no hay más remedio que arrastrarse.

Cualquier desprendimiento, aquí, es una trampa mortal.

La cuerda, el contacto con el exterior, se mueve.

Para los que están abajo este simple movimiento

es la conexión con la vida.

Me siento muy cansado, me duele la garganta.

Escupes y solo salen cosas negras de tu boca.

Se te pega el carbón a la garganta, te duelen los pulmones,

te duele la cabeza, no respiras bien.

Todo el cuerpo está en un completo desequilibrio,

no puedo describir la situación exactamente.

A veces pienso, una y otra vez, en tomar la decisión de no volver.

Pero cuando llega un momento de crisis,

en el que no tienes ni un dirham,

en el que no tienes nada para comer, tú vuelves aquí directamente.

Lo peor de esta vida es la mina.

Bajas muerto, pero cuando sales, vuelves a la vida.

Subtitulación realizada por Beatriz Barroso Bravo.

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En Portada - La mina o la nada

18 ene 2019

Un equipo de En Portada ha acompañado a Abdelrrazak Daoui para mostrar cómo viven los mineros de Yerada. Las entrañas de ese infierno bajo tierra quedan al descubierto por primera vez, y muestran las dramáticas condiciones de trabajo de los mineros.
Una cruda y peligrosa situación laboral de la que también se hace eco el Laboratorio de Innovación Audiovisual de RTVE.es en el reportaje transmedia ‘Descenso a una mina clandestina’, que amplía la emisión de televisión y permite que el usuario sea testigo directo de esas condiciones laborales durante una larga jornada.

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