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Para todos los públicos En Portada - La llama del odio - ver ahora
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Subtitulado por Accesibilidad TVE.

quienes públicamente fomentan,

promueven o incitan,

directa o indirectamente,

al odio, hostilidad, discriminación

o violencia contra un grupo,

o una persona determinada

por razón de su pertenencia a aquel,

por motivos racistas,

antisemitas

u otros referentes a la ideología,

religión o creencias,

situación familiar,

la pertenencia de sus miembros a una etnia,

raza, nación,

su sexo, orientación o identidad sexual,

por razones de género,

enfermedad o discapacidad.

El odio siempre ha existido.

Es un rincón oscuro del ser humano que precisa de un impulso,

más o menos enérgico, para ser activado.

Si aciertas a tocar la fibra,

si distribuyes su semilla con precisión quirúrgica,

puedes poner a todo un pueblo de tu parte

y en contra de tu enemigo.

Por eso, a lo largo de los siglos, sátrapas de todos los confines

lo han explotado como herramienta de poder.

El odio siempre ha existido, como el amor o la guerra.

Forma parte de la Humanidad.

Pero antaño, el odio se sembraba semilla a semilla

y tardaba años o siglos en germinar.

Hoy, su impacto y su contagio es inmediato.

Las redes sociales actúan de catalizador,

como antes lo hacía la pólvora o el fósforo.

Y así, la llama del odio se propaga sin freno.

¿Qué es el odio?

Pausa. ¿Qué es el odio, Dios mío?

El odio es...

El odio es la base de la gente inculta.

El odio lo impone la persona cuando se siente insegura.

Un rencor hacia alguien, por ejemplo, porque sea diferente

o te haya hecho mal.

Personas que no aceptan a gente de otro color,

otra raza u otra cultura.

El discurso del odio es más que un simple mensaje despectivo.

Es algo mucho más premeditado que un insulto o un puñetazo.

Obedece a una estrategia sistematizada

que pretende desactivar la razón y potenciar la emoción,

desnudar de valores al otro, al de enfrente, al futuro enemigo.

Conté yo cinco condiciones, muy básicas, y las digo.

La primera es que tiene que haber intencionalidad,

en Derecho Penal le llaman dolo, intencionalidad de daño.

Tiene que haber una intención de dañar, de provocar ese daño,

de discriminación o violencia.

Segundo: tiene que haber un llamado a un daño,

tiene que haber un mensaje que circule a un público

lo suficientemente amplio o lo suficientemente poderoso

para que cause ese efecto.

Tercero: el daño al que llama tiene que ser real, no una opinión.

Cuarto: tiene que ser un daño inminente,

no uno que va a suceder dentro de diez años.

Y quinto: el contexto.

El contexto marca mucho

en un ambiente de discriminación o tensión,

cuándo estos actos pueden tomarse así.

Frank La Rue es un guatemalteco global.

Ha plantado cara a dictadores,

ha sido relator de la ONU para la Libertad de Expresión

y hoy dirige la Comunicación de la UNESCO.

La libertad de expresión es un valor fundamental de la democracia.

A veces se abusa y se excede, pero es preferible permitir el exceso

que limitarlo y erosionar la democracia.

Bajo la excusa de prevenir el discurso del odio,

o, a veces algunos países lo dicen, por seguridad nacional u otros temas,

empiezan a crecer las limitaciones que Gobiernos autoritarios imponen.

En el fondo, esto sirve para consolidar a quienes

ya de por sí están en el poder.

La plaza de los Héroes del Gueto está en Cracovia,

pocos metros al sur del río Vístula.

Los nazis concentraban aquí a los judíos

antes de trasladarlos a los campos de exterminio.

Las esperas se hacían eternas

y algunos decidían desplegar sus propias sillas

para aliviar el cansancio.

Estas sillas vacías homenajean hoy a los millones de seres humanos

exterminados en el delito de odio más brutal

que ha conocido el planeta en todo el siglo XX.

A poco más de una hora en tren desde Cracovia,

el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau,

estación término para todos esos pacientes judíos.

El odio, primero alimentado en bravatas

y después convertido en gas Zyklon B,

embruteció y también adormeció la conciencia

de gran parte de un pueblo ante la aniquilación

de millones de judíos.

Ninguna de las grandes guerras y genocidios habría estallado

sin una adecuada gestión del odio en las sociedades.

Esta melodía, reproducida una y mil veces

por la Radio Mil Colinas de Ruanda, encendía la llama del odio hutu

contra los tutsis.

La verborrea arcaica y racista de Milósevic

generó en muchos serbios un odio irracional

hacia los albanokosovares.

O, más recientemente, el poder budista birmano

ha esparcido ingentes dosis de odio hacia la minoría musulmana

de los rohingya.

El mapa del odio en el mundo es tan global como Internet.

Los mensajes de odio se utilizan para que los occidentales

desprecien a los musulmanes y para que los musulmanes

odien a los cristianos.

Para que los suníes odien a los shiíes y viceversa.

Para que los filipinos justifiquen brutalidades,

para que los rusos sean intolerantes con los homosexuales.

Ojo, porque a veces las soluciones que se buscan

son soluciones publicitarias.

Suena muy interesante que se restrinjan ciertos mensajes,

pero no necesariamente es efectivo.

La prevención, educación y formación.

Y tratar, en esas cuestiones, de ser muy intransigente.

No me gusta esa palabra hablando de esos temas,

pero creo que en materia de derechos fundamentales,

hay que ser absolutamente beligerante.

Es decir, no hay que pasar una.

No hay que decir que todo es asumible, no, no.

Una de las cosas que me preocupan profundamente

es que hoy tenemos autoridades de Estado,

de varios Estados del mundo, teniendo mensajes racistas

o de xenofobia.

Y esto sí es muy peligroso.

Un mensaje que viene de una persona que ejerce un papel público,

una autoridad, tiene mucho más efecto.

El Parlamento Europeo se ha convertido en un buen ejemplo.

Algunos eurodiputados aprovechan el eco mediático

para soltar simples bufonadas.

Y también claros mensajes de odio.

Los presidentes de la Eurocámara no lo tienen fácil.

Si mantienen la palabra a quienes lanzan tanto exabrupto

se pueden convertir en cómplices.

Si se la retiran, les conceden un protagonismo ante los medios

que no merecen.

En la cresta de los intolerantes, el italiano Mario Borghezio.

Su currículo está repleto de desprecios hacia los inmigrantes.

En 2013, descalificó con argumentos racistas

a la exministra de Integración Cécile Kyenge.

Verdad a medias.

Las críticas de Borghezio tuvieron poco de político

y mucho de racista.

No se refiere al color de su piel, pero...

En Alemania, el debate sobre la inmigración

y el auge de la ultraderecha han disparado algunas alarmas.

Se cuestionan tabúes asumidos tras el Holocausto

como parte de su responsabilidad colectiva.

¿Qué es lo que cambió la ultraderecha en la sociedad alemana,

además de las cuestiones políticas?

Podemos decir que modificó estos límites

de lo políticamente correcto que antes en Alemania existían,

rompiendo tabúes y permitiendo que una parte de la sociedad

tenga "derecho" a decir cosas que antes no se podían decir.

Por ejemplo, hablar mal del extranjero,

del inmigrante, del refugiado, sin más razones que el miedo,

la xenofobia, el odio.

Franco Delle Donne y Andreu Jerez

han estudiado el fenómeno de la ultraderecha en Alemania.

Su conclusión es que ya no es un movimiento

que surja de lo marginal.

No es gente que milite en movimientos skinheads o neonazis,

sino que es gente que está integrada socialmente,

con buena situación económica y que decide votar ultraderecha

porque está cansada del status quo o del establishment político.

En las últimas elecciones,

el ultraderechista Alternativa por Alemania batió su récord.

Cerca del trece por ciento de votos y casi un centenar de diputados.

El Bundestag deberá acostumbrarse a soflamas y discursos populistas.

Vemos que desde que ha crecido la inmigración sin límite

se ha quintuplicado la violencia o actos violentos en nuestro país.

Tuvimos un atentado en la capital el diecinueve de diciembre,

como se sabe bien, donde murieron doce personas.

Esto no hubiera sido posible sin esta política.

Verdad a medias.

La violencia que ha aumentado en Alemania

es la ejercida contra los refugiados.

En dos mil quince hubo mil ataques.

En dos mil dieciséis, más de tres mil quinientos.

Gerald Hensel tuvo una idea tan brillante como obvia.

Si las empresas dejan de anunciarse en las webs

que lanzan discursos de odio, se les acabará la financiación

y tendrán que cerrar.

Puso manos a la obra y su hashtag "Keingel-fur-rechts",

en castellano "No hay dinero para la ultraderecha",

alcanzó notoriedad en poco tiempo.

Tanta que su vida se inundó de amenazas y mensajes de odio.

Plataformas como Facebook o Twitter

se han convertido en un incontrolable contenedor

de mensajes de odio.

Configuran la tormenta perfecta.

Su capacidad de proyección y contagio es ilimitado

y, además, permiten el anonimato a quienes solo son capaces

de escupir barbaridades sin mirar a los ojos.

En las grandes plataformas se dan dilemas más concretos.

Hasta dónde intervienen ellos en bloquear mensajes o no.

La respuesta rápida es el gran reto

frente al discurso del odio en las redes.

Todos los países democráticos tienen legislado el delito de odio.

Pero los tiempos de la justicia son necesariamente más lentos,

y para cuando se imparte, es muy probable que el mal ya esté hecho.

Ya se están estableciendo

lo que llamamos las notificaciones de confianza.

¿Qué son, más o menos, las notificaciones de confianza?

Pues que las redes, esas grandes redes sociales,

cuando reciben una notificación de un discurso del odio concreto,

que se puede estar difundiendo en su plataforma,

por parte de, imaginémonos, una ONG,

pues si una ONG u organización de la sociedad civil

ha valorado que esto puede ser un de discurso de odio,

vamos a analizarlo nosotros.

Ellos lo analizan con unos parámetros

y resuelven, además en plazos de veinticuatro horas,

por lo que comentabas antes de la importancia

de que no se expanda.

En Colombia, la situación política me produce odio,

agentes políticos me producen odio o rabia extrema, muy extrema.

Los chicos de Rewind han logrado hacer notable lo sencillo.

"Ante un mensaje de odio, rebobina".

Su recomendación surgió en la universidad

y en poco tiempo se convirtió para Facebook

en la mejor idea de Europa

para luchar contra los mensajes de odio en la red.

Cuando veas este comportamiento, pon el emoticono

y de esa manera vas a contribuir a que todo el mundo

pueda seguir diciendo lo que piensa porque si una persona se va...

La fuerza de la herramienta está en que sea mucha gente

la que lo ponga, no solo uno en cada debate

y que quede perdido entre la masa de comentarios,

sino que haya mucha gente,

y que busquemos que se den "Me gusta" entre ellos

y que sean los comentarios más destacados.

La propuesta Rewind aborda la esencia de la lucha

contra el discurso del odio: el cibercivismo,

el rechazo social, la no pasividad.

A escala más artesanal,

es lo que hacen los limpiadores de garabatos de Cracovia,

una brigada que, brocha en mano, se dedica a eliminar de las fachadas

mensajes de odio o simples dibujos obscenos.

La fachada del Newsewm de Washington

es un homenaje a la primera enmienda a la Constitución de Estados Unidos.

Prohíbe al Congreso aprobar legislación alguna

que restrinja, entre otras, la libertad de expresión

o de prensa.

Forma parte de la esencia de la Unión.

Eso explica por qué allí la lucha contra el discurso del odio

es más laxa que, por ejemplo, en Europa.

Para impedir a un estadounidense decir lo que piensa

tiene que haber un evidente ánimo de provocar un acto violento.

Esa misma primera enmienda es la que ha hecho grande

al periodismo estadounidense.

Los pasillos del Washington Post están repletos de premios Pulitzer

y de sentencias que enaltecen el valor de la verdad.

Pero hoy los grandes medios,

aquellos a los que uno debe acudir para confirmar o desmentir un rumor,

han perdido influencia.

Como en los setenta, hoy el enemigo de los medios tradicionales

vive en el 1600 de la Avenida Pensilvania.

Su animadversión hacia el periodismo parece más evidente,

también en este caso, por la fuerza de las redes sociales.

En el fondo, la primera enmienda

también protege la libertad de expresión del presidente.

A pesar de que, en ocasiones, sus comentarios

se acerquen demasiado al discurso del odio.

No es difícil deducir que tras comentarios

tan fuera de lugar como esos, algunos supremacistas blancos

se puedan sentir legitimados.

El discurso del odio que pega más fácil es el racista

porque va dirigido a diferencias muy concretas y físicas.

En Estados Unidos, por ejemplo, hay asociaciones eminentemente racistas,

que para mí no deberían existir, como el Ku Klux Klan,

que tiene en sus orígenes la violencia

y todavía en la actualidad favorecen la discriminación masiva.

Odio he sentido mucho, sí,

hacia mi persona, por mi origen, solo por ser africana, por mi raza,

solo por el hecho de tener sangre negra.

Y por el hecho de ser mujer en un mundo patriarcal.

Sí, lamentablemente, además soy homosexual

y vengo de la España profunda, así que bastante.

Por mi condición, parte de mi ser humano

hay gente a la que le molesta.

La Ley contra la Propaganda Homosexual

ha envalentonado a los radicales rusos,

ansiosos por exhibir músculo frente a homosexuales.

Aprobada en dos mil trece, la ley pretende proteger a los menores,

pero en el fondo limita la libertad de gays y lesbianas.

Cualquier gesto de complicidad en público

puede acabar con ellos en la cárcel.

Oficialmente, no hay un discurso de odio contra la homosexualidad,

pero el Gobierno de Putin sí parece asumir la homofobia

como una suerte de afirmación de los valores tradicionales

frente a las influencias occidentales.

En este sencillo local de Moscú se presta asesoría jurídica,

y también emocional, a homosexuales como Román o Sofía.

Evitan las entrevistas en la calle, prefieren que hablemos con ellos

dentro de la confidencialidad de esta asociación.

Rachelle Fraenkel vive en Israel.

Issá Abdul Muti vive en Palestina.

Rachelle perdió a su hijo Naftalí en dos mil catorce.

Lo secuestró Hamás, junto a dos amigos,

y apareció muerto dieciocho días después.

El secuestro y asesinato

desencadenó la última guerra de Gaza.

Issá Abdul salió a buscar a su hermano pequeño

una mañana de oración de dos mil doce

y se topó con los enfrentamientos habituales

de los llamados viernes de la ira.

Tenía doce años.

Recibió varios disparos en las piernas.

Rachelle e Issá Abdul están marcados por sus tragedias personales

y viven, además, en una tierra descosida por el odio

desde hace decenios.

El enquistado conflicto árabe-israelí confirma que el odio

no se marchita con el tiempo.

Al contrario, refuerza la idea de que el enfrentamiento continuo,

la amenaza permanente, lo impregna todo de odio.

Se percibe en todas partes.

En bares y guarderías, en periódicos y controles policiales.

Hasta hace no muchos años, las portadas de los periódicos

daban carta de naturaleza a las noticias globales,

a los hechos que, de una u otra manera, cambiarían las vidas

de los lectores.

Así ocurrió, al menos, hasta el once de septiembre.

El discurso del odio siempre ha existido.

Y quizá siempre han existido, aunque con otros nombres,

lo que se conoce como post verdad o las fake news,

las noticias falsas.

Pero hoy su influencia es más poderosa.

La emoción circula más rápido que la noticia.

El desmentido, si llega, es lento y costoso.

Los referentes, en política o en periodismo,

se diluyen como azucarillos.

La verdad pasó a ser un elemento menos necesario para la población.

Muchas personas prefieren enterarse de la vida

a través de lo que comparten con sus familiares y amigos.

Eso se vuelve para ellos símbolo de la verdad, la noticia del día.

Sea, efectivamente, cierto o no,

porque no hay procesos de verificación.

En este mundo global, la llama del odio se extiende con tal rapidez

que puede llegar a anestesiar la capacidad crítica

de los ciudadanos.

No estamos preparados para cribar tantos mensajes

y, al final, todo vale.

Eso nos convierte en seres permeables,

también ante discursos de odio.

Así se gesta una sociedad débil, expuesta a emociones,

lista para entregar la llave de esa caja de serpientes

que, la historia nos recuerda tristemente con frecuencia,

algunos, muchos, quizá todos, llevamos oculta

en lo más profundo de nuestro ser.

Subtitulación realizada por: Virginia Sander.

  • La llama del odio

En Portada - La llama del odio

30 oct 2017

La llama del odio muestra cómo el discurso del odio ha reforzado su impacto, gracias a las nuevas tecnologías y las fake news o noticias falsas. Un equipo del programa ha viajado por todo el mundo para mostrar cómo la sociedad global se ha vuelto más indefensa ante discursos programados para generar odio entre comunidades.
'La llama del odio' ofrece una visión sobre cómo los ciudadanos de todo el mundo han bajado algunas de las barreras que les mantenían más o menos inmunes ante mensajes de odio o mentiras organizadas, ante las llamadas fake news o el concepto de postverdad. Por ejemplo, los medios tradicionales han perdido influencia como referente a la hora de confirmar rumores y han florecido sitios web desde los que se lanzan campañas difamatorias.
Para analizar este tema, 'En Portada' ha hablado con Martin Baron, director de The Wahington Post; Frank La Rue, director de Comunicación de la Unesco; Timothy Garton Ash, historiador de la Universidad de Oxford; Timothy Snyder, historiador de la Universidad de Yale; Fernando Grande-Marlaska, magistrado; además de ciudadanos anónimos de medio mundo.

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